No es nada personal, son negocios
Los primeros pasos
El nacimiento de Perhimpunan Indonesia
Mano dura
Japón, esa nación herida
¡Es el petróleo, estúpidos!
En dos días, seré comida para los peces
¿Amigo o enemigo?
Las semillas del odio
Le odio, pero no quiere decir que te ame
Independientes por la gracia de Nos
Que vienen los británicos
La espiral violenta
La batalla de Surabaya
Negociemos
Linggadjati
Raymond Westerling, el franquista de las Célebes
Los malos acuerdos generan malas soluciones
La invasión
Negociación de buenos oficios
Madiun
Yo no voy a ser Salvador Allende
Julianos aislados
... y Sukarno comenzó su meccano
La invención de un líder mundial
La misa-romería de Bandung
En 1947, cuando el ejército holandés comenzó a avanzar desde las ciudades, Australia e India, dos países obviamente interesados en el asunto, llevaron a Naciones Unidas el tema de Indonesia, y consiguieron que el Consejo de Seguridad se ocupase de analizar el asunto. Era una marea clara: dos semanas antes de que India plantease el tema, Delhi había recibido la primera oferta de independencia desde Londres.
India veía en la invasión holandesa un grave peligro para el equilibrio geopolítico asiático, sobre todo si acababa por degenerar en una guerra entre dos bandos que acabarían por tener sus correspondientes aliados o países partidarios.
Camberra era decidida partidaria de la independencia de Indonesia porque la contemplaba como una oportunidad interesante de incremento de su zona de influencia, sobre todo económica. Venía a pensar, pues, que una Indonesia independiente le aportaba a ella una oportunidad un poco parecida a la que se le presentó a los Estados Unidos con la independencia de México. Por ello, los diplomáticos australianos fueron partidarios de que la ONU pariese una resolución muy dura contra los neerlandeses por el tema de la invasión; resolución, sin embargo, que fue diluida por los estadounidenses, quienes forzaron un planteamiento diplomático en el cual los Países Bajos no estaban contraviniendo ninguno de los principios de las Naciones Unidas; en la práctica, pues, la resolución le daba al problema el estatus de conflicto colonial, es decir, asunto interno.
El texto, que fue aprobado en agosto de 1947, instaba a las partes a cesar las hostilidades, resolver sus diferencias mediante arbitraje y mantener al Consejo de Seguridad informado. Es decir, la típica resolución de la ONU que no sirve ni para rebanar los tropezones del ojete. Hay gente que dice y escribe que fue una resolución histórica porque fue la primera vez que la ONU pidió un alto el fuego en un conflicto internacional. Yo estoy de acuerdo: es un texto histórico porque marca prístinamente la utilidad que tenía, y tiene, la ONU. Es decir: un sitio cómodo para mear, porque tiene muchos baños. En dos años, la ONU habría de alumbrar 14 resoluciones sobre el tema indonesio. Quizás habría que decirle al señor Guterres eso de José Mota de que, si hay que resolver, se resuelve; pero resolver por nada, es tontería.
Los Países Bajos, después de aquella primera resolución, se quedaron pijarriba. Hay que entender que fue la primera vez que la ONU hizo algo así, por lo que el gesto tuvo una importancia simbólica y moral muy superior a la que tiene hoy en día. Tan convencidos estaban en La Haya de que los tipos de Long Island (allí se había reunido el Consejo de Seguridad, porque todavía les estaban construyendo el momio de Nueva York) se habían pasado tres pueblos e incluso un par de Estados, que manejaron la idea de pedir la baja. Sin embargo, a la fogosa reina Uilemina la acabaron por parar los pies los cuatro o cinco neerlandeses listos que había por su palacio, quienes la convencieron de que, no sólo los Países Bajos serían unos parias internacionales si se marchaban de la ONU, sino que debían responder a la llamada de alguna manera. Así las cosas, Spoor, arrastrando el escroto, ordenó un alto el fuego el 4 de agosto.
Los más radicales en el gobierno neerlandés temían que ese gesto no hiciese otra cosa que dar alas a las Naciones Unidas para comenzar a dar por culo. Y no se equivocaron. A finales de agosto, el Consejo de Seguridad votó una nueva resolución según la cual el alto el fuego debería ser verificado por enviados del propio Consejo. Detrás estaba la mano de los estadounidenses, que querían apostar por un nuevo Linggadhati con un poquito más de fuerza, y con su presencia a través de la ONU. La propuesta era crear una Comisión de Buenos Oficios, con tres miembros. Dos de esos miembros serían de un país miembro del Consejo de Seguridad a elección de neerlandeses e indonesios. Y el tercer miembro sería el acordado entre los dos países previamente designados.
Esto supone que la comisión tenía que salir de: Estados Unidos, URSS, China, Francia, Reino Unido, miembros permanentes. Y Australia, Bélgica, Brasil, Colombia, Polonia y Siria, entre los contratados eventuales.
Las apuestas en William Hill prácticamente no pagaban nada por la posibilidad de que La Haya eligiese a Gran Bretaña. Era, efectivamente, el movimiento más racional. Pero los uileminos dieron la campanada eligiendo a Bélgica; un país fuertemente unido a Países Bajos por el Benelux y que, además, si los neerlandeses puede considerarse que eran unos coloniales radicales, lo de los belgas ya se salía del medidor. Los indonesios se decidieron por los australianos, lógico teniendo en cuenta su actitud; y australianos y belgas designaron a Estados Unidos como tercero de la partida.
En lo concreto, la comisión se dotó con el ex primer ministro belga Paul van Zeeland. Los australianos colocaron a un juez, Sir Ricard Clarence Kirby, que era un experto en arbitraje (del extrajudicial, no en plan Negreira),hasta el punto de presidir durante mucho tiempo la Comisión de Arbitraje de la Commonwealth, también conocida como el VAR del Imperio. EEUU envió al rector de la universidad de Carolina del Norte, Frank Porter Graham; no creo que fuese elegido por su condición de historiador, sino más bien por su perfil liberal y su implicación política (llegó a ser senador). Un belga, un australiano y un estadounidense navegan hacia Indonesia. La verdad, parece un chiste de Arévalo.
Esta comisión llegó a Indonesia el 27 de octubre de 1947. El archipiélago se encontraba, como he dicho, bajo un alto el fuego que, sin embargo, era más teórico que práctico, dado que el general Spoor siempre había dejado claro que se refería a los nuevos territorios no ocupados; en el ámbito de los ya ocupados, el argumento de que hacía falta garantizar la seguridad supuso para los neerlandeses una especie de aval para continuar con las operaciones. Los indonesios, que lógicamente trataban de conservar la ganancia relativa de peso que suponía el nombramiento de una comisión arbitral en el que el peso de los liberales anticolonialistas era tan grande, sí que respetaron el alto el fuego, preocupados con no hacer algo que los desacreditase.
El 9 de diciembre de 1947, en la mañana, un grupo de 80 militares neerlandeses, casi recién llegados de la metrópoli, entraron en la aldea de Rawagede, que estaba situado en una zona pantanosa donde el control neerlandés era prácticamente inexistente. Las órdenes que llevaban era localizar y detener a un líder guerrillero de la zona. Sin embargo, cuando llegaron a la aldea se dieron cuenta de que hacía tiempo que había huido. Frustrados y quizás tomados, sacaron a todos los hombres del pueblo y los asesinaron a sangre fría. El balance final pudo ser de hasta 400 muertos. Una acción edificante que, debo repetiros, no se produjo en el siglo XVI cuando supuestamente los españoles hacían barbacoa de indio todos los domingos. Se produjo hace menos de un siglo.
La Comisión de Buenos Oficios incoó una investigación propia sobre lo que había pasado. Los neerlandeses se hicieron un Delcy Rodríguez: daban versiones diferentes sobre lo que había pasado, versiones que se desmentían unas a otras y en las que, inevitablemente, ellos siempre habían cumplido con todos los protocolos y procedimientos habidos y por haber en el mundo mundial de la guerra pacífica. Eso, sin embargo, no evitó que la comisión concluyese que la acción había sido innecesaria, brutal y falta de cualquier adarme de piedad o respeto por las personas. La Comisión, sin embargo, no era una instancia judicial. Lo único que podía hacer era pasarle la pelota al sistema judicial neerlandés. Una vez allí, el asunto pasó a ser gestionado al grito de: “¿De quién depende la Fiscalía? ¡Pues eso!”: los responsables de la matanza nunca fueron acusados. Eso sí, en el año 2011, y cuando la inmensa mayoría de las viudas de Rawagede habían agotado ya sus vidas, el Estado neerlandés se avino a admitir en un tribunal que, tal vez, se habían pasado un poquito; y le concedió a las nueve viudas supervivientes otras tantas indemnizaciones de 20.000 euros. 180.000 euros por 400 vidas; para que luego digan que los neerlandeses no saben hacer negocios.
Pocos días después, probablemente al calor de los sucesos que os acabo de contar y que se habían comenzado a conocer, en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas se sacó el tema de lo que se conoce como el tren de la muerte de Bondowoso; un transporte de prisioneros de once horas realizado bajo un sol de justicia con los prisioneros hacinados en vagones de ganado, donde no se les permitió ventilación ninguna ni tampoco se les dio agua. Porque los holandeses veneran a Anna Frank, claro; pero bien que se callan que, pocos meses después de su muerte, se portaron con otros seres humanos como los verdugos de los judíos. Pero aquí quien tiene que pedir perdón somos nosotros por robarle el móvil a Moctezuma el hijoputa.
En el informe realizado por las Naciones Unidas, sin embargo, lo que no figuró fue la masacre de Rawagede. Allí estaba Washington para poner los cortafuegos adecuados. Los Países Bajos comenzaban, muy poco a poco, a apuntar hacia el país próspero y aliado que finalmente fue, excedente criadero de obedientes secretarios generales de la OTAN; y los estadounidenses no querían poner eso en peligro. Entre eso y las pocas ganas que han tenido siempre los uileminos de reconocer lo bestiajos que son es por lo que, probablemente, no sabes nada io casi nada de estas cosas.
La comisión, en cualquier caso, trató de meter el tema indonesio por unos carriles diplomáticos. Sin embargo, dos no negocian si uno no quiere; y si ya son dos los que no quieren, para qué las prisas. En realidad, aquellos contactos se retroalimentaban de malas vibas. Los indonesios, en esto Sukarno siempre fue bastante presciente, se sabían ganadores de la partida en el largo plazo y, por lo tanto, eran muy poco proclives a caer en las trampas de los neerlandeses, que eran frecuentes. Por lo demás, las violaciones de los acuerdos por parte neerlandesa eran constantes y, si alguna vez Sukarno pensó responder en plan Gandhi, que no creo, pronto le quedó claro que no podía, porque su masa social estaba por lo que estaba. La consecuencia fue la multiplicación de la violencia y una amenaza clara de que el conflicto indonesio se enquistase en un turbión de violencia mutua. La Haya acabó planteando una suerte de ultimátum que la República, no muy convencida, aceptó (o, mejor, dijo aceptar); lo cual no impidió nuevas acciones del ejército neerlandés.
Las conversaciones de la Comisión de Buenos Oficios se celebraron en un buque estadounidense surto en el puerto de Yakarta, el USS Renville, y duraron bastante más que Linggadjati. No hay que extrañarse de ello: el ambiente bélico era peor y, sobre todo, aquí las tornas habían cambiado, porque el verdadero mediador de los diálogos: los Estados Unidos, estaba íntimamente comprometido con la idea de que Países Bajos saliese de allí con un acuerdo que le pudiera parecer presentable a su opinión pública.
Los indonesios estaban dirigidos por el primer ministro de Sukarno, Amir Sjarifuddin. La neerlandesa la encabezaba Abdulkadir Widjojoatmodjo, que era un hombre que llevaba muchos años a la sombra de Van Mook. Widjo se encastilló desde el primer día en que, antes de hablar de forma de Estado, de niveles de soberanía y todo eso, había que llegar a un acuerdo militar que garantizase la presencia neerlandesa.
A mediados de enero, los negociadores lograron parir tres documentos, un tanto genéricos, en los que estaban de acuerdo. En todo caso, los neerlandeses se habían llevado el gato al agua, con una propuesta que primero abordaba el tema militar. Se decretaría un alto el fuego que aceptase las ganancias de terreno obtenidas en la Primera Acción Policial, de forma que la República retiraría sus tropas más allá de las nuevas rayas fronterizas, ahora denominadas “líneas Van Mook”; a ambos lados de las cuales, en franjas de 15 kilómetros, se debían implantar zonas desmilitarizadas.
En lo que se refiere al montaje constitucional, se admitía que los Países Bajos tenían soberanía sobre toda Indonesia y, consecuentemente, podían pasar a nombrar un gobierno federal. Sin embargo, en un plazo de seis a doce meses los diferentes territorios debían celebrar referendos para decidir sobre la República. Una propuesta que fue abrazada por los indonesios, convencidos de que ganarían los referendos de calle; si finalmente se convocasen, claro.
La gran victoria constitucional neerlandesa, obviamente animada por los Estados Unidos, fueron los puntos relativos al estatus soberano de Indonesia. Antes y después de los referendos, la República debería ser parte integrante de una Federación Indonesia, integrados en una unión con los Países Bajos, bajo la autoridad de su monarca.
Aquello era un ultraje para los indonesios. En 1947, existían en la zona ejemplos, y Viet Nam era uno bien visible, en el sentido de que los movimientos de independencia estaban luchando por su plena soberanía diplomática y económica; en el mundo de posguerra mundial, además, principios como el que aquí se sugería, con sistemas sociales y económicos respondiendo a la planificación y las órdenes diseñadas literalmente en la otra punta del mundo, eran cada vez más inexplicables. El rector Graham, sin embargo, jugó muy fuerte en este tema. Fue quien más presionó a los indonesios para que no se les ocurriese poner pies en pared. Su argumento fundamental fue el multilateral: las Naciones Unidas estaban esperando una solución de aquel sudoku, y no iban a reaccionar muy bien si los indonesios, en ese momento procesal, decidían romper la baraja. El principal argumento de Estados Unidos, pues, fue que el movimiento indonesio corría el peligro de que el ámbito internacional perdiese el interés por el tema o, peor, que cambiase de bando y comenzase a coquetear con la idea de que los neerlandeses, a lo mejor, tenían algo más de razón de lo que se pensaba. No se trataba, pues, argumentaba Graham, de lo que era justo; se trataba de lo que era posible.
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