No es nada personal, son negocios
Los primeros pasos
El nacimiento de Perhimpunan Indonesia
Mano dura
Japón, esa nación herida
¡Es el petróleo, estúpidos!
En dos días, seré comida para los peces
¿Amigo o enemigo?
Las semillas del odio
Le odio, pero no quiere decir que te ame
Independientes por la gracia de Nos
Que vienen los británicos
La espiral violenta
La batalla de Surabaya
Negociemos
Linggadjati
Raymond Westerling, el franquista de las Célebes
Los malos acuerdos generan malas soluciones
La invasión
Negociación de buenos oficios
Madiun
Yo no voy a ser Salvador Allende
Julianos aislados
... y Sukarno comenzó su meccano
La invención de un líder mundial
La misa-romería de Bandung
La República Indonesia estaba en una situación bastante comprometida. En ese momento, sus pertrechos y su munición para la guerra de facto que estaba librando contra los Países Bajos estaban en su punto más bajo, mientras que su enemigo no mostraba síntomas de aflojar. La Haya, además, si las cosas se ponían muy mal, y eso todos lo sabían, podía contar con un primo de Zumosol, los Estados Unidos, que probablemente se buscaría alguna disculpa para intervenir. Indonesia, sin embargo, carecía de hermano mayor. Una situación que yo creo que hizo, como se dice, mucho de pensar a Sukarno, y que quizá terminó por acunar sus ideas sobre ese meconio, del que ya hablaremos, que llamamos movimiento no alineado.
El caso es que, en el momento procesal que relatamos, la situación era muy poco virtuosa, y eso los hombres de la República lo sabían. Así que el 17 de enero, arrastrando el escroto, firmaron los acuerdos de Renville. Pero aquello fue un trágala de tales dimensiones que, a su vuelta a Yogyakarta, a Sjarifuddin lo recibieron entre abucheos tan espesos que el primer ministro decidió dimitir. Esto hizo a Mohamed Hatta primer ministro.
Hatta se comió el sapo de tener que cumplir un acuerdo que no había negociado, y comenzó a llamar a casa a las tropas. En este punto hay que reconocer que los indonesios estuvieron un poco maulas, aunque probablemente no podían hacer otra cosa si querían conservar la buena opinión que de ellos tenía la opinión pública internacional y, muy particularmente, el Consejo de Seguridad (todavía no se habían dado cuenta, en todo caso, de que lo que opine la ONU sobre ti no importa una mierda). Porque el caso es que los neerlandeses no estaban en el mismo tono de cumplir los acuerdos. De hecho, como ya os he insinuado algunos párrafos más arriba y ya habréis adivinado, los referendos en los territorios del archipiélago nunca se celebraron. Cosa que puede ser criticable, pero que no tiene nada de extraño. ¿A qué puto demente se le puede ocurrir que alguien puede aceptar ser el convocante de un referendo en el que se va a votar si se le mete o no un pepino por el culo? Van Mook, efectivamente, nunca convocó las votaciones; ni tampoco levantó el bloqueo económico, tratando de que la República independiente acabase por arrastrarse, hambrienta y sedienta, hasta el umbral de su palacio. Los neerlandeses nunca respetaron la zona desmilitarizada de las fronteras. Van Mook, por lo demás, siguió creando Estados federados, es decir sometidos al poder neerlandés, incluso en el territorio de la República, hasta un máximo de 13, casi siempre a base de alianzas con la nobleza local, a cuyo poder la República solía ser hostil (un poco como pasó en la India con los marajás).
Haber firmado un muy mal acuerdo, por lo demás, tuvo otro efecto, que yo creo que tanto neerlandeses como estadounidenses habían calculado y, como digo, si fue así no se equivocaron: me refiero a la división de la República en banderías y capillas. Resumiendo mucho, los acuerdos de Renville sirvieron para desacreditar prácticamente por completo a los políticos y las fuerzas políticas indonesias situadas, digamos, en el centro. Las opciones políticas más integradoras entre las tres grandes tendencias (nacionalistas, islamistas, comunistas) y, también más proclives a la formación de una Indonesia de corte liberal parlamentario occidental, un poco con Australia como modelo. Esta gente, como digo, quedó barrida, en una demostración más de que Estados Unidos tiene una triste tendencia a hacer política exterior de muy corto plazo, pues, si bien en Renville les vino muy bien su descrédito, a largo plazo los hubiera necesitado; y es por ello que, luego, tuvo que remar tanto en Indonesia, y no siempre legalmente, por así decirlo.
La causa de la República quedó en manos de los extremos, a derecha y a izquierda. El descrédito alcanzó, muy a su pesar, a Sukarno, a quien muchos consideraban ya demasiado blando. Esto provocó que estos grupos comenzasen, literalmente, a hacer la guerra por su cuenta. Esto ocurrió, por ejemplo, en Java occidental, un área de fuerte implantación islámica, donde un viejo militante de Sarekat Islam y de Masyumi, llamado Soekarmadji Maridjan Kartosuwiryo, creó el Tentara Islam Indonesia o Ejército Islámico Indonesio y consolidó un territorio, el Darul Islam u Hogar del Islam, en el que quería implantar la sharia.
Kartosuwiryo no se limitó a generar una rebelión en un territorio. En realidad, se erigió como alternativa total a las autoridades republicanas, reclamándose como el auténtico representante del pueblo indonesio. Consideraba que el país estaba en guerra y que había que proceder a una movilización total. En 1949, fundó el Negara Islam Indonesia, es decir, el Estado Islámico Indonesio. Un proyecto que no sólo se estableció en su stronghold de Java occidental, sino también en las Célebes meridionales, el Borneo meridional y Sumatra septentrional, es decir, Aceh, la región siempre más radicalmente islamista. La República y el Darul Islam habrían de estar en guerra muchos años, incluso después de la independencia. En 1957, los islamistas incluso trataron de matar a Sukarno, en un atentado en el que causaron once muertos. Aquello no terminó hasta que, en 1962, las tropas republicanas encontraron en una cabaña a Kartosuwiryo, y medio lo ejecutaron, medio lo asesinaron.
Además del Darul Islam, el principal problema para el gobierno Hatta era que en la porción de Java que podían controlar se habían concentrado un montón de tropas, no pocas de ellas juveniles. Eran casi 450.000 almas cabreadas, y había que hacer algo con ellas. Hatta ideó la RERA, Reorganisasi y Rasionalisasi, es decir, la reorganización de las fuerzas armadas. Hatta quería un poco lo que quería Azaña en la república: reducir el ejército hasta unos 160.000 efectivos. Fue una medida absolutamente necesaria, pero también absolutamente impopular. Mandó a casa a un montón de chavalotes, hijos de la ocupación japonesa y de la militarización consiguiente, que, en puridad, lo único que sabían hacer era repartir hostias. ¿Cómo iban a dedicarse ahora a reparar calderas y recoger cosechas?
Era, sin embargo, lo que tenían que hacer. Pero el caso es que tampoco podían hacerlo. No sólo porque en Indonesia hubiese pocas calderas, que hay que reconocer que no eran muchas; sino porque el bloqueo económico neerlandés, que como ya os he dicho en ningún momento aflojó la tuerca, estaba generando un caos económico hiperinflacionario dentro del territorio de la República. Comenzaron las huelgas y las movidas en La Sexta. Los partidos y formaciones más a la izquierda olieron la sangre, y decidieron coligarse. De ahí nació la Sajap Kiri, el Ala Izquierda, al frente de la cual se situó Amir Sjarifuddin, un hombre efectivamente de perfil bastante de izquierdas que tenía muchas cosas que hacerse perdonar y que, al mismo tiempo, tenía muchas ganas de cobrarse las humillaciones por las que había tenido que pasar.
La nueva izquierda indonesia había ganado mucho en términos de sabiduría estratégica. Para ellos, el crédito de que disfrutaban en la zona los Estados Unidos como ganadores de la guerra y debeladores del yugo japonés se había acabado. Las izquierdas indonesias, muy influidas en esto por los comunistas lógicamente, habían llegado a la conclusión de que la amistad con Washington, lejos de ser parte de la solución, era parte del problema. Pero habían aprendido en Renville que a estas cosas hay que presentarse con un valedor, un padrino; y un bienintencionado juez australiano no era la mejor de las opciones posible.
Amir, siendo primer ministro, ya había comenzado a barruntarse esto, y por eso se había apuntado al grupo de Whatsapp “Revolución Mundial” que había montado Iosif Stalin. Sus primeras aproximaciones hacia la URSS fueron ampliamente exitosas. En Moscú se ofrecieron para abrir un consulado en Yogyakarta, como primer paso para más cositas. En 1948, la jugada de Moscú en China era ya muy seria y la consolidación del Viet Minh en Viet Nam era un hecho. Stalin, que había montado la Komintern para generar la gran revolución comunista en los países más desarrollados de Europa con la que siempre soñó Lenin, se daba cuenta ahora de que, si bien en el continente europeo las resistencias iban a ser muchas, en Asia había un importante campo abonado para sus estrategias. Estados Unidos estaba consiguiendo, aparentemente, darle la vuelta al tema de Japón y colocarlo de su lado; hacía falta poner una pica ahí. Por otro lado, aunque en ese momento procesal todavía no estuviese del todo claro, muy pronto Stalin acabaría preocupado por la tendencia de Mao Tse Tung a la hora de hacer la guerra por su cuenta y tratar de convertirse, él, en el verdadero árbitro del comunismo en Asia. En ese entorno, Moscú necesitaba peones; e Indonesia, asomada al balcón de Australia, era un peón de puta madre.
Esto fue cuando Amir era primer ministro. La llegada de Hatta, sin embargo, cambió las cosas. Hatta era más pragmático que las izquierdas radicales. Partía de la base, más que probablemente cierta, de que por mucho que Indonesia soñase con mandar a Estados Unidos a tomar por culo, no podía permitirse ese lujo; entre otras cosas, romper con Estados Unidos manteniendo la buena sintonía con Australia era bastante complicado de imaginar. Así las cosas, con la llegada del gobierno Hatta las aproximaciones a Moscú se acabaron. Por ello, en la capital de la URSS decidieron usar uno de sus comodines.
Ese comodín fue Manowar Musso. Musso llevaba exiliado en Moscú desde 1936, es decir, bastante antes de que la guerra mundial llegase a Indonesia. Por lo tanto, si bien matemáticamente llevaba sólo algo más de diez años fuera, en realidad llevaba una vida entera. Era un personaje que se había convertido en bastante popular en Indonesia, y prueba de ello es que Sukarno lo recibió con grandes alharacas.
Miembro casi fundacional del Sarekat Islam y del PKI, durante su estancia en Moscú había tomado una esposa rusa y había abrazado el estalinismo. Con su presencia, el Ala Izquierda se renombró Frente Democrático Popular, una retórica más alineada con las intenciones soviéticas. Musso murió en 1948, durante la rebelión del PKI. No son pocos los analistas que consideran que, de haber transcurrido los sucesos de otra manera, podría haber sido el Ho Chi Minh indonesio.
El 18 de septiembre de 1948, en la ciudad de Madiun, los comunistas consiguieron controlar el ataque de unos 1.500 efectivos de la policía militar; tan nutrida fuerza estaba allí para detener a los comunistas locales y, de hecho, fue esa orden la que provocó los sucesos. Esto ocurrió a las tres de la madrugada pero, a la hora de la amanecida, los comunistas eran los dueños de la ciudad. Los rebeldes destrozaron la bandera bicolor de la República Indonesia y, en su lugar, colocaron la de la hoz y el martillo. Los líderes de izquierdas, entre ellos Musso y Amir, fueron a Madiun.
En Yogyakarta, Sukarno, cuando conoció las noticias, debió de tener una mezcla de inquietud y alegría. Inquietud porque, verdaderamente, la rebelión de Madiun, y sobre todo el gesto de colocarla bajo otra bandera que no era la de la República Indonesia, era toda una provocación y un reto de máxima dimensión. Pero alegría porque también había concentrado a toda la cúpula de las izquierdas radicales; así pues, también podía pensar que los tenía en la ratonera.
El presidente hizo una locución radiada en la escupió toda su bilis contra los revolucionarios. Vino a decir, y no le faltaba razón, que resultaba totalmente inapropiado crear un frente interior en la República en el momento en que la República estaba luchando contra los neerlandeses. No se cortó un pelo; no se hizo el nenaza licenciado y, consecuentemente, se dedicó a llamar a las cosas por su nombre. Por lo tanto, la “revolución” de Musso, en su boca, se convirtió en “un golpe de Estado mediante el cual se ha instaurado un gobierno soviético”. Lo que buscaba era lo que de hecho hizo patente durante su discurso: colocar a la población ante una disyuntiva: o la vía de Sukarno-Hatta, o la vía de Musso-Amir. No cabían zonas grises. Musso contestó con un discurso también radiado en el que apeló a Sukarno y a Hatta de nenazas, que primero habían vendido Indonesia a los neerlandeses, y ahora pretendían vendérsela a los estadounidenses.
Según los testimonios disponibles, la violencia en Madiun comenzó después del discurso de Sukarno. Parece ser que Musso no esperaba ese tono. Puede ser, aunque es sólo una hipótesis más, que todo lo que buscara Musso con la acción de Madiun fuese forzar a Sukarno a cesar a Hatta y nombrarle, quizás, a él, creando con ello un gobierno indonesio que, de nuevo tuviese un corte de izquierdas y antiamericano. Pero el caso es que, tras escuchar el discurso de Yogyakarta, le quedó claro que Sukarno no iba a comprar esa teórica; y, entonces, o bien ordenó, o bien no pudo ya evitar, el estallido de la violencia gratuita.
La reacción de Sukarno fue llamar a la denominada división Siliwangi, de largo la unidad militar mejor entrenada del ejército indonesio, y enviarla a Madiun. Cuando los 5.000 efectivos del TNI se acercaron a la ciudad, los comunistas, que eran unos cientos, se largaron a la naja a las montañas. La persecución de los golpistas generó un largo rosario de violencias gratuitas, tanto por cuenta de los perseguidores como de los perseguidos. Los comunistas se sentían galvanizados por el ejemplo de la Larga Marcha de Mao. Pero, claro, no podían saber que la Larga Marcha, en realidad, es un cuento de viejas.
Musso huyó durante semanas hasta que fue espoteado en la aldea de Ponorogo, a finales de octubre; fue objeto de un ejercicio de tiro al aceitunado. Más o menos un mes más tarde, los militares arrestaron a Sjarifuddin; el 19 de diciembre, junto con otros diez golpistas, fue fusilado.
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