jueves, febrero 26, 2026

Indonesia (22): Yo no voy a ser Salvador Allende


No es nada personal, son negocios
Los primeros pasos
El nacimiento de Perhimpunan Indonesia
Mano dura
Japón, esa nación herida
¡Es el petróleo, estúpidos!
En dos días, seré comida para los peces
¿Amigo o enemigo?
Las semillas del odio
Le odio, pero no quiere decir que te ame
Independientes por la gracia de Nos
Que vienen los británicos
La espiral violenta
La batalla de Surabaya
Negociemos
Linggadjati
Raymond Westerling, el franquista de las Célebes
Los malos acuerdos generan malas soluciones
La invasión
Negociación de buenos oficios
Madiun
Yo no voy a ser Salvador Allende
Julianos aislados
... y Sukarno comenzó su meccano
La invención de un líder mundial
La misa-romería de Bandung

 

 


Una cosa entendieron Sukarno y Hatta desde el puto principio: Mariun y lo que suponía, que era nada menos que la lucha por el control de Java, era la cueva de Procusto por la que iban a ser internacionalmente juzgados. La Comisión de Buenos Oficios había cambiado de presidente; ahora era Horace Merle Cochran, un hombre que exigía mano dura contra los comunistas. Lo mismo hacía Louis Beel, el ex primer ministro que había sustituido a Van Mook. Los indonesios cantaron, como Tequila, eso de yo sé lo que quieren / y se lo voy a dar.

No hubo contemplaciones. Si en algún momento el nacionalismo indonesio pudo considerar que el comunismo era un compañero de viaje, Madiun cambió todo eso. La lucha en Java provocó miles de víctimas y más de 30.000 detenidos. Pero Sukarno y Hatta consiguieron lo que buscaban. Robert Abencrombie Lovett, entonces subsecretario del Departamento de Estado estadounidense, dijo en público que el gobierno indonesio era el único gobierno de Asia que se tomaba en serio el tema del comunismo y de cómo tratarlo. En unos momentos en los que la cada vez más probable victoria del comunismo en China estaba generando un cambio radical en el mapa geopolítico del Extremo Oriente, el bando estadounidense de la Guerra Fría, de repente, cantaba línea en un territorio desde muchos puntos de vista inesperados. Washington decidió que Indonesia debía ser uno de sus principales aliados asiáticos contra el comunismo; algo que se acabaría por quintaesenciar en una política abiertamente intervencionista en sus asuntos internos.

En los Países Bajos, sin embargo, los católicos habían ganado las elecciones, lo que daba alas a los puntos de vista conservadores y de alguna manera neocolonialistas. En ese momento, además, como he dicho la Administración neerlandesa se empeñó en perder un peón de gran valor y conocimiento como Van Mook, y sustituirlo por un hombre como Beel, que entendía mucho peor las sutilezas de la situación. La Haya, en todo caso, quería tomarse el tema en serio, así que envió a la zona a su ministro de Ultramar, Emmanuel Maan Sassen; y al jefe de la diplomacia, Dirk Uipko Stikker. Por muchos esfuerzos que hicieran, sin embargo, no podían luchar contra el principal elemento de la ecuación, que era el cambio de visión de los Estados Unidos. En efecto, para entonces el relato que prevalecía en la Casa Blanca era que la República de Sukarno estaba leyendo adecuadamente el partido, y que eran los neerlandeses, en realidad, los que estaban demasiado perdidos. En consecuencia, el 7 de diciembre de 1948, cuando Stikker regresó a su despacho en La Haya, tenía sobre la mesa un memorando del Departamento de Estado estadounidense, en el que se le decía que, si Países Bajos tomaba alguna acción militar en Indonesia, los dólares del Plan Marshall podían volar.

En Washington estaban totalmente convencidos de que la amenaza “o Next Generation, o colonia” sería efectiva. Pero lo cierto es que se equivocaban porque en EEUU siempre han tendido a pensar que el neerlandés medio es Milhouse van Houten, cuando, en realidad, son mucho, pero mucho más tercos y mostrencos. En realidad, durante aquel mes de diciembre de 1948 lo que pasó fue que en La Haya fueron ganando espacio los halcones, tomando la ola de la victoria electoral de los católicos, que veramente no podía interpretarse de otra forma que como un aval a la política de mano dura. El 19 de diciembre, Louis Beel dio la orden de comenzar la acción militar.

Entre los indonesios, nadie quería esa acción militar. Aun sabiendo que a los Estados Unidos no les iba a sentar bien, sabían que las posibilidades de que pasaran en su apoyo de las palabras a los hechos eran inexistentes. Temían a la fuerza militar neerlandesa, que no había hecho sino reforzarse y adquirir experiencia sobre el terreno; y ahora no podían confiar en una oposición local totalmente unida, después de que Madiun hubiese dejado prístinamente claras las diferencias existentes entre los propios indonesios. Por esta razón, su estrategia, ejecutada por Hatta, fue mostrarse conciliadores y aceptar las exigencias neerlandesas. Beel, sin embargo, no quería esa solución. Había sido mesmerizado por los almirantes y generales, que querían tomar el cuchillo de capar gorrinos, y aprovechó con eficiencia el hecho de que Hatta cayese enfermo y se viese inevitablemente postrado en la cama. Hatta estaba en su residencia, a treinta kilómetros de Yogyakarta. Una distancia que, en realidad, era un mundo, porque a finales de año estaba lloviendo a lo puto bestia. El neerlandés le dio al indonesio un plazo muy breve para presentarse y garantizar el compromiso de la República; habría tenido que ser un dron para poder llegar a tiempo. Así las cosas, el 18 de diciembre en la medianoche, el acuerdo firmado en el USS Renville quedó en papel mojado, y los neerlandeses iniciaron una ofensiva.

El principal elemento de esa operación fue el aterrizaje en el aeropuerto de Yogyakarta de 250 paracaidistas neerlandeses, que tomaron el control de posiciones clave y eliminaron las minas que habían sido colocadas para impedir el aterrizaje de aeronaves. Una vez limpias las pistas, llegaron los aviones con las tropas de tierra.

Había comenzado la Segunda Acción Policial, algo que supongo que estaríais esperando, porque nadie le llama a algo Primera Acción Policial si no sabe que hubo, por lo menos, una segunda. El elemento fundamental de esta acción era la llamada Operación Kraai, o sea Operación Cuervo, que era la invasión terrestre a gran escala.

Los neerlandeses actuaban en un terreno en el que la resistencia local estaba mal organizada. Se podrá decir muchas cosas de los comunistas y casi ninguna buena; pero lo cierto es que la Historia contemporánea demuestra que, en los tiempos que más o menos nos ha tocado vivir, no se puede pensar en una colectividad política más disciplinada. Los comunistas viven y mueren por su causa; bueno, en realidad eso es lo que hacen la mayoría de los comunistas; sus dirigentes, por lo general, suelen preferir el vodka, las putas, y el ve tu delante, camarada, que a mí me da la risa. 

Sea como sea, la pérdida o el extrañamiento del comunismo de la causa republicana tuvo una consecuencia bastante evidente en la combatividad de los resistentes. En consecuencia, los neerlandeses avanzaron deprisa, sin tener que sufrir un número de bajas de ésos que generan cansancio de guerra, y pronto habían tomado toda Java. La jugada era perfecta; La Haya ya tenía Sumatra, y ahora podía poseer el otro as del mazo.

La principal victoria estratégica de los neerlandeses fue consolidar corredores que garantizaban la conexión entre las costas occidental y oriental de la isla. Esto, en la práctica, los hacía inexpugnables. Perdida la capacidad de lucha en las zonas rurales, que en teoría habría sido el principal activo de los indonesios, el TNL hubo de centrarse en objetivos de contenido más simbólico, como la defensa, hasta el último hombre, del palacio presidencial de Sukarno. Allí todo el mundo era consciente de que, si bien la Primera Acción Policial había tenido como objetivo ganar para los neerlandeses el control de determinadas zonas agrícolas muy potentes económicamente, la Segunda no tenía otro objetivo que enviar al proyecto republicano al basurero de la Historia. Los neerlandeses también eran conscientes de que el reloj les corría en contra; de que los Estados Unidos no les darían demasiadas oportunidades de prevalecer; y, por eso, querían para sí una victoria total, sin ambages, en la que proyecto lanzado por Sukarno quedase en el olvido.

Por parte de los atacados, desde el primer momento tuvieron dudas. En la cúpula indonesia surgió rápidamente la idea de que aquella guerra, o mini guerra, se iba a perder. Ellos sabían mejor que nadie cuáles eran las capacidades reales que ofrecía la resistencia en ese momento; por lo tanto, no tenía sentido agarrarse a relatos épicos inventados. Por todo ello, se planteó la posibilidad de que Sukarno y Hatta, quizás, eran más valiosos vivos, y en el exilio. El plan era huir a un país cercano en muchos sentidos: India. Allí, con el apoyo de Pandit Nehru, Sukarno podría tal vez convertirse en esa típica mosca cojonera internacional, todo el día paseándose por los aledaños del Consejo de Seguridad de la ONU para dar por culo, todo el día mandando emails al Departamento de Estado estadounidense para recabar su apoyo.

Éste debería haber sido, de hecho, el destino de Sukarno y Hatta. Si no lo fue, fue por la virulencia y el éxito inmediato de los neerlandeses en la operación del aeropuerto de Yogyakarta. Para cuando los indonesios dieron el OK a la operación del exilio, ya no podían exiliarse. El aeropuerto estaba totalmente controlado por los lechosos uileminos, y de allí ya no se iba a ir nadie.

Por supuesto, en los despachos cercanos a aquél en el que estaban reunidos Sukarno y Hatta, había muchas personas de las de avanzar sin transar. Siempre hay gente, en esas circunstancias, a las que ir al encuentro con su mito histórico les parece la mejor idea. Cierto es que, faltando comunistas en la partida, este tipo de formas de ver las cosas era menos frecuente. Pero no olvidemos el importante elemento islamista de la ideología republicana indonesia; y éstos también se llevan lo suyo en cuestiones de radicalidad.

Estos elementos, por lo tanto, le propusieron a Sukarno y a Hatta el destino que, al de un cuarto de siglo, aceptaría para sí elmarxista naïf, Salvador Allende Gossens. Sukarno, sin embargo, tenía en mayor estima su vida; y, sobre todo, era más listo que Allende. Por sobre todas estas cosas, era asiático; y los asiáticos, de la mano de las filosofías vitales desarrolladas en sus tierras, filosofías que a menudo los occidentales motejamos erróneamente de religiones, sabía que muchas veces perder es ganar. Y, sobre todo, sabía, como sabe José Mota, que si hay que morir, se muere; pero morir por ná, es tontería.

Sukarno y Hatta decidieron: no huirían. Ellos no lucharían. Transferirían el poder de la República a su ministro de Asuntos Exteriores, Sjafruddin Prawiranegara, y ellos se dejarían detener. El general Sudirman, a pesar de estar muy enfermo, abandonaría la capital para irse a las montañas a iniciar una guerra de guerrillas.

El 31 de diciembre, todo había acabado en Java; y en Sumatra apenas se tardó algunos días más. Ahora, por así decirlo, La Haya disponía de todas las piezas para construir esa Indonesia federal que quería, una federación bajo el protectorado de facto de los uileminos.

La Haya, sin embargo, tenía un problema. Sukarno y Hatta, como os he dicho, no se habían hecho un Allende. Habían decidido no ser motivo de canciones de cantautores de mayor o menor talento durante décadas; y con esa decisión le habían creado un problemón a los neerlandeses, problemón que Augusto Pinochet se ahorró.

Los detenidos quemaban en las manos de los Países Bajos. Lo dicho: Beel, seguro, hubiera preferido que hubiesen muerto en alguna refriega, como los líderes de Madiun. Pero no era así; ahora estaban en un calabozo; y nadie, literalmente, sabía qué hacer con ellos.

Por increíble que pueda parecer, los halcones uileminos, es decir los políticos católicos y los mandos militares, nunca habían imaginado ese escenario. No tenían Plan B. Los siete principales dirigentes indonesios eran como ese bolo de acelgas al que el niño da vueltas en la boca, sin decidirse entre tragárselo o escupirlo en el plato. Tras varios traslados, terminaron en la isla de Bangka.

Los uileminos, por otra parte, habían diseñado la Segunda Acción Policial para los días cercanos a la Navidad y el Año Nuevo, porque buscaban, de esa manera, que las Naciones Unidas no reaccionasen. Ya en aquellos tiempos en los que la ONU daba apenas sus primeros pasos empezaba a dar muestras de su tendencia natural a tocarse los huevos. El Consejo de Seguridad paraba para el break navideño, y los uileminos contaban con que no rompería su costumbre por unos aceitunados de mierda.

Fue, sin embargo, un error de cálculo. Los australianos, parte muy interesada en que Indonesia permaneciese en un estatus político estable, se asustaron enseguida, en cuanto comenzaron a sonar los primeros tiros. Pero lo que lo cambió todo, y le demostró a La Haya en qué medida habían cambiado los tiempos desde Linggadjati (que había sido hacía dos telediarios) fue la rapidísima respuesta de los Estados Unidos. En Washington llamaron al curro a todos los que tuvieron que llamar, hicieron piña con los australianos, convocaron un Consejo de Seguridad al que nadie se atrevió a faltar, y el mismo día de Nochebuena le arrancaron una declaración, seguida de otras dos más el 28.

La actuación no fue muy proporcional, las cosas como son. Antes de la Segunda Acción Policial, ya había habido movidas internacionales jodidas en Indochina o en Checoslovaquia, donde la URSS había impuesto el comunismo a hostias; y nadie había dicho nada. El interés por el tema indonesio, sin embargo, era una mezcla de prioridades geopolíticas y de acción necesaria pues, al contrario de lo que habían calculado los uileminos, la acción militar en el archipiélago fue primera noticia mundial.

Las cuatro ya ex colonias asiáticas británicas: India, Pakistán, Ceilán y Birmania, procedieron a prohibir el tránsito de aviones neerlandeses por sus espacios aéreos. Poco tiempo después, Arabia Saudita se les unió. Australia, muy presionada por sus sindicatos en los puertos, decretó un boicot naval; Nehru, en Delhi, convocó una conferencia internacional sobre Indonesia. Birmania incluso anunció que estaba pensando en enviar su ejército en ayuda de la República. Y, lo que es más importante, en Washington dejaron de firmar los cheques del Plan Marshall. El 11 de enero de 1949, Philip Caryl Jessup, embajador estadounidense en la ONU, pronunció allí un discurso rabiosamente antiholandés.

El plan era que no se enterase nadie. Pero se enteró todo Buda.

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