Rumania, ese chollo
A la sombra de los soviéticos en flor
Quiero rendirme
El largo camino hacia el armisticio
Conspirando a toda velocidad
El golpe
Elecciones libres; o no
En contra de mi propio gobierno
Elecciones libres (como en la URSS)
El último obstáculo, el rey
Con la Iglesia hemos topado
El calvario uniate
Securitate
Yo quiero ser un colectivizador como mi papá
Stefan Foris
Patrascanu y Pauker
La caída en desgracia de Lucretiu Patrascanu
La sombra del titoísmo
Gheorghiu-Dej se queda solo
Ana Pauker, salvada por un ictus
La apoteosis del primer comunista de Rumania
Hungría
Donde dije digo…
El mejor amigo del primo de Zumosol
Pitesti
Pío, pío, que yo no he sido
Trabajador forzado por la gracia de Lenin
Los comienzos de la diferenciación
Pues yo me voy a La Mutua (china)
Hasta nunca Gheorghe
El nuevo mando
Yo no fui
Yo no soy ellos
Enemigo de sus amigos
Grandeza y miseria
De mal en peor
Esos putos húngaros
El puteo húngaro
El maldito libro transilvano
El sudoku moldavo
La fumada de Artiom Lazarev
Viva Besarabia libre (y rumana)
Primeras disidencias
Goma
Los protestantes protestan
Al líder obrero no lo quieren los obreros
Brasov
No toques a Tokes
Arde Timisoara
El derrumbador de iglesias y monasterios
Qué mal va esto
Epílogo: el comunista que quiso sorber y soplar a la vez
El 28 de noviembre, las autoridades le comunicaron a Tokes que su apelación había sido desestimada, y que debía abandonar su casa. Eso provocó una procesión constante de personas de la parroquia que le llevaban comida y otras cosas. El día designado para el desalojo, la multitud formó una cadena humana alrededor de la manzana donde vivía. El propio Tokes se asomó a una ventana, les agradeció el esfuerzo pero, acto seguido, les pidió que se marchasen.
Edit, la mujer del pastor, que
estaba embarazada, cayó enferma a causa del estrés de la situación. El 16 de
diciembre, Tokes pidió a sus vecinos que avisasen a un médico que vivía en el
barrio, y que acudió presto. Media hora después de la llegada del médico,
apareció el alcalde de Timisoara con tres médicos más. El alcalde estaba como
loco por conseguir que la familia Tokes aceptase el ingreso de ella en un
hospital, porque eso supondría dejar el piso. Sin embargo, el primer médico, el
vecino, opinó que la mujer podía aguantar perfectamente en casa, y los Tokes
decidieron no moverse. Tras esta decisión, y como por milagro, aparecieron unos
trabajadores municipales para reparar unas ventanas del piso que llevaban rotas
varios meses tras un acto de intimidación.
Aquello supuso una pequeña
mejora que Tokes, aparentemente, valoró mucho. El alcalde, por su parte, le
pidió que, a cambio, trabajase para disolver a los grupos de personas que
seguían en la calle bloqueando el desalojo. El pastor, efectivamente, volvió a
dar otro discurso desde una ventana, llamando a la gente a dispersarse porque,
les dijo, lo que estaban haciendo era ilegal (y, por lo visto, lo que estaba
haciendo él, manteniéndose dentro de una casa que había sido definitivamente
declarada como propiedad de otro, no lo era). La gente reaccionó con un abucheo
y coreando “¡No le creas!”, refiriéndose al alcalde. Encabronado, el alcalde se
marchó de la zona. Pero volvió por la tarde, más encabronado todavía porque el
tema no se hubiera resuelto. Tokes le invitó a hablarle a la multitud desde la
ventana. El alcalde, efectivamente, habló para decir que garantizaba
personalmente que Tokes no sería desahuciado; pero el personal no le creyó.
Incluso hubo algunos que comenzaron a gritar contra el propio Tokes, por ser
tan considerado con el poder.
La multitud lo dejó claro: eso
de que Tokes no sería desahuciado lo querían por escrito, junto con la
declaración de que no sería trasladado a Mineu y que podría desarrollar su labor
pastoral en Timisoara. El alcalde prometió realizar ese documento en menos de
una hora; pero la promesa era, nunca mejor dicho, papel mojado, porque era
sábado; y en la Rumania comunista no se podía ni soñar con que un sábado
trabajasen suficientes funcionarios como para producir un puto pedazo de papel.
Así las cosas, a las dos de la tarde se presentó el vicealcalde, quien informó
a la multitud de que, si seguían impasibles los rumanos, habría consecuencias,
de las que hacía responsable a Tokes.
El pastor, en ese momento,
propuso que las reivindicaciones de la gente de la calle fuesen escuchadas
adecuadamente. Así pues, dijo, que una delegación de los manifestantes entrase
en el edificio. El vicealcalde estuvo de acuerdo. Así las cosas, seis rumanos y
cuatro húngaros fueron elegidos para esa comisión representativa, que entró en
las oficinas de la iglesia. Hablaron con Tokes y pronto le reportaron al
alcalde, que había vuelto, la producción de algunos avances. El alcalde
respondió prometiendo que antes de una hora llegaría un documento de Bucarest. Afirmó
que en ese plazo estaría disponible en el Ayuntamiento.
La cosa es que los miembros de
la comisión negociadora se fueron al Ayuntamiento una hora después. Pero allí
no había ni un papel ni una hostia. Lo que encontró la comisión fue al alcalde,
quien les conminó a comunicarle a los manifestantes que si a las cinco de la
tarde no se habían ido a tomar por culo, iba a enviar a los bomberos con
cañones de agua.
Cuando la “oferta” de “míster
una hora” se conoció en los alrededores de la iglesia y la residencia de Tokes,
éste comenzó a conminar a la gente a marcharse para evitar males mayores. La
mayor parte de los manifestantes, sin embargo, estaba convencida de que Tokes
no era dueño de sus palabras. Se decía que la Securitate estaba en el piso, que
tenía controlada y amenazada a la familia del pastor, y que por lo tanto lo que
decía no era lo que pensaba ni lo que quería. Tokes, en realidad, no era un
prisionero. Pero lo que sí era, es una persona consciente de que no podía bajar
a la calle a dirigir a los manifestantes, porque eso le habría dado toda la
oportunidad al régimen para acusar a la minoría húngara, y reprimirla.
Eran las siete de la tarde, y
para entonces la multitud ocupaba ya varias calles del vecindario. A la
protesta se habían unido estudiantes universitarios y, lo que es más
importante, la movilización mostraba una clara unión entre rumanos y húngaros.
Cantaron el himno nacional y luego dieron mueras a Ceaucescu y al comunismo.
En ese ambiente, la masa de
gente comenzó a moverse desde la zona de la iglesia, cruzando el puente de la
ciudad hacia el centro de la misma; en dirección a la sede central del Partido.
Cuando llegaron allí, se dedicaron a tirar piedras a las ventanas hasta que, a
eso de las diez de la noche, se presentó la milicia con sus argumentos
habituales. Empujaron a la multitud hacia la iglesia de Tokes y, una vez allí,
los bañaron amablemente con los cañones de agua. Las fuerzas del orden puestas
en juego, sin embargo, eran claramente muy pocas para el pifostio que se había
montado. En efecto, la multitud acabó subiéndose sobre los vehículos de los
bomberos, destrozando las mangueras y tirando sus piezas al río Bega. A partir
de ahí, comenzaron a marchar por la ciudad, destrozando las tiendas que
encontraron, y acabaron por entrar en un gran almacén, donde fueron apilando
libros de Ceaucescu con los que hicieron hogueras.
En ese momento era media noche
y la casa de Tokes estaba bastante tranquila. La violencia, ahora, se había
desplazado a otras zonas de la ciudad. Sin embargo, a eso de las tres de la
mañana la puerta de su casa fue derribada bajo el hacha. Eran miembros de la
Securitate. Los Tokes escaparon por otra salida del piso hacia la iglesia, y se
encastillaron en la sacristía; pero la policía tiró también esa puerta abajo.
Un miembro de la policía, entonces, agredió a Tokes, dándole varios puñetazos.
Ya con la cara ensangrentada fue llevado a su propia oficina, donde continuó la
paliza. Cuando los policías se cansaron de pegar, la dijeron a Tokes que
firmase un papel en blanco, que luego ellos ya lo rellenarían con cositas. Tokes
se negó, por lo que se llevó una nueva mano de hostias, tras la cual él y su
mujer fueron llevados, en coches separados, a la central de la Securitate en
Timisoara. Él terminó en un cuartel militar y ella en un hospital; ambos fueron
repetida y largamente interrogados.
El interrogatorio duró dos
días. Sin embargo, el 22 de diciembre algo raro pasó. Las órdenes eran
trasladar a marido y mujer a Zalau; traslado que tenía que realizar la
Securitate. Los militares del cuartel esperaron esa mañana en vano, porque los
policías no se presentaron. Asimismo, el Ejército, siguiendo órdenes, había
apostado a varios militares en los alrededores de la que tenía que ser la nueva
casa de Tokes en Mineu; pero aquella mañana aparecieron otros militares en
jeeps, que les dijeron que se marchasen de allí.
Lo que había pasado era que
Ceaucescu había caído.
¿Fueron las movilizaciones en
favor del pastor Lazslo Tokes las que acabaron con el comunismo en Rumania? En
mi opinión, sí, y no. No, porque yo creo que, si no hubiera sido Tokes, habría
sido Tokas. El personal estaba hasta los huevos de los comunistas, y sólo
esperaba una buena disculpa para dejarlo claro. Por otra parte, sin embargo, el
tema Tokes tiene elementos muy particulares que lo hicieron especialmente
importante. El más importante de todos tiene que ver con dónde ocurrió todo (en
Timisoara) y cuál fue la consecuencia principal de todo: la unión fraterna de
dos comunidades que hasta entonces se habían llevado de puto culo, como rumanos
y húngaros. Para el régimen, aquella unión era muy mala noticia, porque
apuntaba a una solidaridad en la frontera de ese otro país que se estaba,
asimismo, sacudiendo el dogal rojo, es decir, Hungría.
Los enfrentamientos producidos
en Timisoara produjeron 122 víctimas; lo cual es mucho, aunque es cierto que es
mucho menos que los miles que se especularon en aquel momento (aquello fue un
poco como los 800 del 1-O). Elena Ceaucescu ordenó personalmente que 40 de esas
víctimas fuesen trasladadas a Bucarest y cremadas para que no pudieran ser
identificadas. El tema había quedado visto para sentencia el 18 de diciembre,
cuando trabajadores de las factorías de Timisoara se habían unido a las
protestas. El día 20, toda esa multitud había proclamado ya que Timisoara había
dejado de ser una ciudad comunista.
¿Qué había pasado? Bueno, ya lo
he ido diciendo, o insinuando, en capítulos anteriores de estas notas. De todos
los pecados que comete el comunismo cuando gobierna, el más relacionado con su
caída siempre es el mismo. Y no, no es la represión: es la ceguera.
Nicolae Ceaucescu había
embarcado a sus ciudadanos en un viaje a la pobreza, en muchas ocasiones
incluso extrema, cuando a finales de los años setenta del siglo pasado el
espejismo creado en el mundo soviético por el aumento de los precios del
petróleo, que hizo creer a muchos que la URSS había conseguido finalmente ser
un experimento económico exitoso, comenzó a griparse. La economía rumana, a
pesar de poseer el país su propio petróleo, no tenía bases sólidas. Hizo falta
la imposición de políticas draconianas que, en la práctica, deterioraron
enormemente el nivel de vida en el país.
En marzo de 1974, tras la
creación del puesto de presidente de Rumania, Ceaucescu se presentó a las
elecciones y, para sorpresa de todos, las ganó. Poco tiempo después convirtió a
su mujer. Elena, en la número dos del régimen, cuando fue nombrada primera
viceprimera ministra (1980); promoción para la que oportunamente se inventaron
una serie de trabajos sobre química que habría realizado. Durante la década de
los ochenta, Elena Ceaucescu se convirtió en la vieja’l visillo del Comité
Central del Partido Comunista, exigiendo siempre que todas las reuniones
tuviesen las paredes enladrilladas de fotos del matrimonio. Fue ella,
efectivamente, quien construyó y mantuvo el culto al Conducator y su
pastelera señora.
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