viernes, enero 16, 2026

Ceaucescu (49): Arde Timisoara




Rumania, ese chollo
A la sombra de los soviéticos en flor
Quiero rendirme
El largo camino hacia el armisticio
Conspirando a toda velocidad
El golpe
Elecciones libres; o no
En contra de mi propio gobierno
Elecciones libres (como en la URSS)
El último obstáculo, el rey
Con la Iglesia hemos topado
El calvario uniate
Securitate
Yo quiero ser un colectivizador como mi papá
Stefan Foris
Patrascanu y Pauker
La caída en desgracia de Lucretiu Patrascanu
La sombra del titoísmo
Gheorghiu-Dej se queda solo
Ana Pauker, salvada por un ictus
La apoteosis del primer comunista de Rumania
Hungría
Donde dije digo…
El mejor amigo del primo de Zumosol
Pitesti
Pío, pío, que yo no he sido
Trabajador forzado por la gracia de Lenin
Los comienzos de la diferenciación
Pues yo me voy a La Mutua (china)
Hasta nunca Gheorghe
El nuevo mando
Yo no fui
Yo no soy ellos
Enemigo de sus amigos
Grandeza y miseria
De mal en peor
Esos putos húngaros
El puteo húngaro
El maldito libro transilvano
El sudoku moldavo
La fumada de Artiom Lazarev
Viva Besarabia libre (y rumana)
Primeras disidencias
Goma
Los protestantes protestan
Al líder obrero no lo quieren los obreros
Brasov
No toques a Tokes
Arde Timisoara
El derrumbador de iglesias y monasterios
Qué mal va esto
Epílogo: el comunista que quiso sorber y soplar a la vez



El 28 de noviembre, las autoridades le comunicaron a Tokes que su apelación había sido desestimada, y que debía abandonar su casa. Eso provocó una procesión constante de personas de la parroquia que le llevaban comida y otras cosas. El día designado para el desalojo, la multitud formó una cadena humana alrededor de la manzana donde vivía. El propio Tokes se asomó a una ventana, les agradeció el esfuerzo pero, acto seguido, les pidió que se marchasen.

Edit, la mujer del pastor, que estaba embarazada, cayó enferma a causa del estrés de la situación. El 16 de diciembre, Tokes pidió a sus vecinos que avisasen a un médico que vivía en el barrio, y que acudió presto. Media hora después de la llegada del médico, apareció el alcalde de Timisoara con tres médicos más. El alcalde estaba como loco por conseguir que la familia Tokes aceptase el ingreso de ella en un hospital, porque eso supondría dejar el piso. Sin embargo, el primer médico, el vecino, opinó que la mujer podía aguantar perfectamente en casa, y los Tokes decidieron no moverse. Tras esta decisión, y como por milagro, aparecieron unos trabajadores municipales para reparar unas ventanas del piso que llevaban rotas varios meses tras un acto de intimidación.

Aquello supuso una pequeña mejora que Tokes, aparentemente, valoró mucho. El alcalde, por su parte, le pidió que, a cambio, trabajase para disolver a los grupos de personas que seguían en la calle bloqueando el desalojo. El pastor, efectivamente, volvió a dar otro discurso desde una ventana, llamando a la gente a dispersarse porque, les dijo, lo que estaban haciendo era ilegal (y, por lo visto, lo que estaba haciendo él, manteniéndose dentro de una casa que había sido definitivamente declarada como propiedad de otro, no lo era). La gente reaccionó con un abucheo y coreando “¡No le creas!”, refiriéndose al alcalde. Encabronado, el alcalde se marchó de la zona. Pero volvió por la tarde, más encabronado todavía porque el tema no se hubiera resuelto. Tokes le invitó a hablarle a la multitud desde la ventana. El alcalde, efectivamente, habló para decir que garantizaba personalmente que Tokes no sería desahuciado; pero el personal no le creyó. Incluso hubo algunos que comenzaron a gritar contra el propio Tokes, por ser tan considerado con el poder.

La multitud lo dejó claro: eso de que Tokes no sería desahuciado lo querían por escrito, junto con la declaración de que no sería trasladado a Mineu y que podría desarrollar su labor pastoral en Timisoara. El alcalde prometió realizar ese documento en menos de una hora; pero la promesa era, nunca mejor dicho, papel mojado, porque era sábado; y en la Rumania comunista no se podía ni soñar con que un sábado trabajasen suficientes funcionarios como para producir un puto pedazo de papel. Así las cosas, a las dos de la tarde se presentó el vicealcalde, quien informó a la multitud de que, si seguían impasibles los rumanos, habría consecuencias, de las que hacía responsable a Tokes.

El pastor, en ese momento, propuso que las reivindicaciones de la gente de la calle fuesen escuchadas adecuadamente. Así pues, dijo, que una delegación de los manifestantes entrase en el edificio. El vicealcalde estuvo de acuerdo. Así las cosas, seis rumanos y cuatro húngaros fueron elegidos para esa comisión representativa, que entró en las oficinas de la iglesia. Hablaron con Tokes y pronto le reportaron al alcalde, que había vuelto, la producción de algunos avances. El alcalde respondió prometiendo que antes de una hora llegaría un documento de Bucarest. Afirmó que en ese plazo estaría disponible en el Ayuntamiento.

La cosa es que los miembros de la comisión negociadora se fueron al Ayuntamiento una hora después. Pero allí no había ni un papel ni una hostia. Lo que encontró la comisión fue al alcalde, quien les conminó a comunicarle a los manifestantes que si a las cinco de la tarde no se habían ido a tomar por culo, iba a enviar a los bomberos con cañones de agua.

Cuando la “oferta” de “míster una hora” se conoció en los alrededores de la iglesia y la residencia de Tokes, éste comenzó a conminar a la gente a marcharse para evitar males mayores. La mayor parte de los manifestantes, sin embargo, estaba convencida de que Tokes no era dueño de sus palabras. Se decía que la Securitate estaba en el piso, que tenía controlada y amenazada a la familia del pastor, y que por lo tanto lo que decía no era lo que pensaba ni lo que quería. Tokes, en realidad, no era un prisionero. Pero lo que sí era, es una persona consciente de que no podía bajar a la calle a dirigir a los manifestantes, porque eso le habría dado toda la oportunidad al régimen para acusar a la minoría húngara, y reprimirla.

Eran las siete de la tarde, y para entonces la multitud ocupaba ya varias calles del vecindario. A la protesta se habían unido estudiantes universitarios y, lo que es más importante, la movilización mostraba una clara unión entre rumanos y húngaros. Cantaron el himno nacional y luego dieron mueras a Ceaucescu y al comunismo.

En ese ambiente, la masa de gente comenzó a moverse desde la zona de la iglesia, cruzando el puente de la ciudad hacia el centro de la misma; en dirección a la sede central del Partido. Cuando llegaron allí, se dedicaron a tirar piedras a las ventanas hasta que, a eso de las diez de la noche, se presentó la milicia con sus argumentos habituales. Empujaron a la multitud hacia la iglesia de Tokes y, una vez allí, los bañaron amablemente con los cañones de agua. Las fuerzas del orden puestas en juego, sin embargo, eran claramente muy pocas para el pifostio que se había montado. En efecto, la multitud acabó subiéndose sobre los vehículos de los bomberos, destrozando las mangueras y tirando sus piezas al río Bega. A partir de ahí, comenzaron a marchar por la ciudad, destrozando las tiendas que encontraron, y acabaron por entrar en un gran almacén, donde fueron apilando libros de Ceaucescu con los que hicieron hogueras.

En ese momento era media noche y la casa de Tokes estaba bastante tranquila. La violencia, ahora, se había desplazado a otras zonas de la ciudad. Sin embargo, a eso de las tres de la mañana la puerta de su casa fue derribada bajo el hacha. Eran miembros de la Securitate. Los Tokes escaparon por otra salida del piso hacia la iglesia, y se encastillaron en la sacristía; pero la policía tiró también esa puerta abajo. Un miembro de la policía, entonces, agredió a Tokes, dándole varios puñetazos. Ya con la cara ensangrentada fue llevado a su propia oficina, donde continuó la paliza. Cuando los policías se cansaron de pegar, la dijeron a Tokes que firmase un papel en blanco, que luego ellos ya lo rellenarían con cositas. Tokes se negó, por lo que se llevó una nueva mano de hostias, tras la cual él y su mujer fueron llevados, en coches separados, a la central de la Securitate en Timisoara. Él terminó en un cuartel militar y ella en un hospital; ambos fueron repetida y largamente interrogados.

El interrogatorio duró dos días. Sin embargo, el 22 de diciembre algo raro pasó. Las órdenes eran trasladar a marido y mujer a Zalau; traslado que tenía que realizar la Securitate. Los militares del cuartel esperaron esa mañana en vano, porque los policías no se presentaron. Asimismo, el Ejército, siguiendo órdenes, había apostado a varios militares en los alrededores de la que tenía que ser la nueva casa de Tokes en Mineu; pero aquella mañana aparecieron otros militares en jeeps, que les dijeron que se marchasen de allí.

Lo que había pasado era que Ceaucescu había caído.

¿Fueron las movilizaciones en favor del pastor Lazslo Tokes las que acabaron con el comunismo en Rumania? En mi opinión, sí, y no. No, porque yo creo que, si no hubiera sido Tokes, habría sido Tokas. El personal estaba hasta los huevos de los comunistas, y sólo esperaba una buena disculpa para dejarlo claro. Por otra parte, sin embargo, el tema Tokes tiene elementos muy particulares que lo hicieron especialmente importante. El más importante de todos tiene que ver con dónde ocurrió todo (en Timisoara) y cuál fue la consecuencia principal de todo: la unión fraterna de dos comunidades que hasta entonces se habían llevado de puto culo, como rumanos y húngaros. Para el régimen, aquella unión era muy mala noticia, porque apuntaba a una solidaridad en la frontera de ese otro país que se estaba, asimismo, sacudiendo el dogal rojo, es decir, Hungría.

Los enfrentamientos producidos en Timisoara produjeron 122 víctimas; lo cual es mucho, aunque es cierto que es mucho menos que los miles que se especularon en aquel momento (aquello fue un poco como los 800 del 1-O). Elena Ceaucescu ordenó personalmente que 40 de esas víctimas fuesen trasladadas a Bucarest y cremadas para que no pudieran ser identificadas. El tema había quedado visto para sentencia el 18 de diciembre, cuando trabajadores de las factorías de Timisoara se habían unido a las protestas. El día 20, toda esa multitud había proclamado ya que Timisoara había dejado de ser una ciudad comunista.

¿Qué había pasado? Bueno, ya lo he ido diciendo, o insinuando, en capítulos anteriores de estas notas. De todos los pecados que comete el comunismo cuando gobierna, el más relacionado con su caída siempre es el mismo. Y no, no es la represión: es la ceguera.

Nicolae Ceaucescu había embarcado a sus ciudadanos en un viaje a la pobreza, en muchas ocasiones incluso extrema, cuando a finales de los años setenta del siglo pasado el espejismo creado en el mundo soviético por el aumento de los precios del petróleo, que hizo creer a muchos que la URSS había conseguido finalmente ser un experimento económico exitoso, comenzó a griparse. La economía rumana, a pesar de poseer el país su propio petróleo, no tenía bases sólidas. Hizo falta la imposición de políticas draconianas que, en la práctica, deterioraron enormemente el nivel de vida en el país.

En marzo de 1974, tras la creación del puesto de presidente de Rumania, Ceaucescu se presentó a las elecciones y, para sorpresa de todos, las ganó. Poco tiempo después convirtió a su mujer. Elena, en la número dos del régimen, cuando fue nombrada primera viceprimera ministra (1980); promoción para la que oportunamente se inventaron una serie de trabajos sobre química que habría realizado. Durante la década de los ochenta, Elena Ceaucescu se convirtió en la vieja’l visillo del Comité Central del Partido Comunista, exigiendo siempre que todas las reuniones tuviesen las paredes enladrilladas de fotos del matrimonio. Fue ella, efectivamente, quien construyó y mantuvo el culto al Conducator y su pastelera señora.

Elena y Nicolae Ceaucescu, según todos los indicios, llegaron a creer que eran los únicos que valían algo en el mundo en general, y en el Partido Comunista en particular. Fueron como dos auto-mitómanos que se alimentaban el uno al otro, en una soledad que ni les pesaba ni, aparentemente, les parecía preocupante, y que los alejó seriamente de la realidad. Ceaucescu era diabético, y eso le afectó bastante en sus últimos años, convirtiéndolo en un ser irascible e intolerante, Su mujer no hizo sino exacerbar estas características y especular con ellas en su propio beneficio, aislando a su marido de los demás e impidiendo que alguien pudiera acercarse a él lo suficiente como para poder iniciar cualquier conversación medianamente racional sobre los enormes problemas a que se enfrentaba el país, pero que obviamente los Ceaucescu no experimentaban. 

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