miércoles, enero 14, 2026

Ceaucescu (48): No toques a Tokes




Rumania, ese chollo
A la sombra de los soviéticos en flor
Quiero rendirme
El largo camino hacia el armisticio
Conspirando a toda velocidad
El golpe
Elecciones libres; o no
En contra de mi propio gobierno
Elecciones libres (como en la URSS)
El último obstáculo, el rey
Con la Iglesia hemos topado
El calvario uniate
Securitate
Yo quiero ser un colectivizador como mi papá
Stefan Foris
Patrascanu y Pauker
La caída en desgracia de Lucretiu Patrascanu
La sombra del titoísmo
Gheorghiu-Dej se queda solo
Ana Pauker, salvada por un ictus
La apoteosis del primer comunista de Rumania
Hungría
Donde dije digo…
El mejor amigo del primo de Zumosol
Pitesti
Pío, pío, que yo no he sido
Trabajador forzado por la gracia de Lenin
Los comienzos de la diferenciación
Pues yo me voy a La Mutua (china)
Hasta nunca Gheorghe
El nuevo mando
Yo no fui
Yo no soy ellos
Enemigo de sus amigos
Grandeza y miseria
De mal en peor
Esos putos húngaros
El puteo húngaro
El maldito libro transilvano
El sudoku moldavo
La fumada de Artiom Lazarev
Viva Besarabia libre (y rumana)
Primeras disidencias
Goma
Los protestantes protestan
Al líder obrero no lo quieren los obreros
Brasov
No toques a Tokes
Arde Timisoara
El derrumbador de iglesias y monasterios
Qué mal va esto
Epílogo: el comunista que quiso sorber y soplar a la vez



En el momento en el que los (muy teóricos) representantes de los trabajadores enviaron aquel telegrama, que sólo por casualidad terminó encima de la mesa de las redacciones  de los periódicos, la Securitate ya había practicado más de 200 detenciones entre los trabajadores de las dos fábricas de Brasov; detenidos por los cuales aquellos  titanes de los derechos de los trabajadores no mostraron el menor interés. Así las cosas, en diciembre de 1987, los propios trabajadores crearon un Comité de Defensa de los Detenidos, que llegó a censar hasta 425 que estaban enjaretados. Aquel mismo mes, hubo un juicio en el que 61 acusados fueron finalmente condenados a penas de entre 18 meses y tres años de maco proletario.

Ceaucescu, sin embargo, estaba tocado. Tenía pendiente una Conferencia Nacional del Partido; pero el caso es que la aplazó una semana porque, dijo, tenía mucha plancha. Asimismo, el Pacto de Varsovia tenía agendada reunión en Berlín, pero el líder rumano decidió no ir. Esta enorme prudencia fue contemporánea de una campaña de arrestos masivos de opositores. Las detenciones fueron especialmente eficientes entre quienes se habían atrevido a defender a los obreros. Así pues, la pedrea le cayó a Doina Cornea, quien en todo caso ya había sido desalojado de su cátedra en Cluj en 1983 por usar textos de filósofos occidentales en sus clases, así como su hijo, Leontin Juhas; O Mariana Celac, la esposa de Mihai Botez. Brucan, por su parte, fue colocado en arresto domiciliario. Le cortaron el teléfono y sólo le dejaban abandonar la casa una vez al día. Lo colocaron  bajo la vigilancia del presidente de la Comisión de Control del Partido, Ion Constantin. Aún así, aquel mes de diciembre Brucan encontró el camino para filtrarle un segundo comunicado al corresponsal de la UPI.

A finales de enero, John Whitehead, vicesecretario de Estado estadounidense, visitó Bucarest. El 8 de febrero, para tener un gesto de buen rollo coincidente con la visita, los rumanos levantaron el arresto de Brucan. Días antes, Whitehead le había invitado a una recepción en la embajada, pero la Securitate no le había dejado salir de casa. Al día siguiente, Thomas Simons, vice asistente del mismo departamento americano, trató de visitarlo, pero la Securitate no le dejó pasar. Horas después, el teléfono de Brucan volvió a funcionar, el cartero volvía a tener cartas para él, y la Securitate le comunicó que era libre de ir a donde quisiera las veces que quisiera. En noviembre de 1988, Brucan recibió la invitación de visitar Estados Unidos y Reino Unido. El gobierno lo dejó ir (en realidad, no tenía alternativa), así que el rumano se dedicó a dar conferencias sobre la puta mierda en que el comunismo había convertido a su país. Sorprendentemente, el conferenciante recibió la invitación para hablar también en Moscú, y la aceptó. En Moscú fue recibido por Anatoli Fiodorovitch Dobrynin, ex embajador en Washington. Fue un gesto muy calculado de Gorvachev para demostrarle al mundo que Ceaucescu estaba más solo que Yolanda Díaz en un acto de exaltación de los tercios de Flandes.

Presionado por tan mala imagen internacional, en octubre de 1987 el gobierno rumano anunció la pronta aprobación de una amnistía que tendría vigor el 30 de diciembre siguiente, en el 40 aniversario de la república. Saldrían del Helicoide todos aquellos presos que estuviesen cumpliendo condenas de hasta cinco años, mientras que en el caso de los que la tenían más larga (la condena), ésta sería revisada. No se cubrían los delitos graves como el asesinato, el aborto, el robo o el asalto. Pero el mensaje estaba claro: los que sí estaban incluidos en la medida de gracia eran los que habían sido condenados por el delito de haber intentado dejar el país sin tener la preceptiva autorización. 

En ese momento, el Congreso de los Estados Unidos tenía sobre la mesa una propuesta para suspender durante seis meses el estatus de nación más favorecida para Rumania; para Ceaucescu, mantener dicho estatus era un ser o no ser; por eso quiso dar esa imagen de apertura. Por lo demás, Rumania tenía un grave problema con su población reclusa, puesto que las cárceles bullían de gente. Por esto Ceaucescu decidió aprobar su amnistía número 17; lo cual lo convierte, probablemente, en el mayor anmistiador de la Historia (lo cual, no lo olvidemos, también quiere decir otra cosa; pues para poder amnistiar mucho, antes has tenido que encarcelar más).

El truqui del almendruqui del decreto de amnistía era que no decía nada de los presos políticos. Aunque es posible que, o bien Ceaucescu, o bien algunos de los políticos que lo acompañaban en aquel viaje comunista, hubieran querido poder liberar algunos, en realidad no podían, ya que la tesis oficial del gobierno rumano era que en su país no había ningún preso político. No había, pues, teóricamente, nada que amnistiar.

En ese momento, Rumania era un Estado seboso que ya no podía escamotear sus vergüenzas a la vista de los demás. Fuera del país, las conversaciones y debates sobre las violaciones de derechos humanos en el país de Ceaucescu eran comunes y normales, por mucho que chocasen con la negativa de los acostumbrados “intelectuales independientes” de La Mierda Xplica. Era prácticamente inevitable que el tema acabase tomando notoriedad, y lo hizo cuando la Comisión de Derechos Humanos de la ONU decidió fijarse en el caso de Dumitru Mazilu. Mazilu era un representante del gobierno rumano que en 1985 había recibido el encargo de las Naciones Unidas para recabar información sobre los derechos humanos y la juventud en Rumania. Hizo su informe pero, cuando ya se estaba preparando para presentarlo ante la Subcomisión para la Prevención de la Discriminación y la Protección de las Minorías, fue avisado de que mejor no lo hiciese. El gobierno rumano, por otra parte, informó a la Comisión que es que Mazilu había sufrido un ataque al corazón y se encontraba ingresado en el hospital. Los miembros del órgano citado, sin embargo, se quedaron con la mosca detrás de la oreja.

La Secretaría General de la ONU declaró que Mazilu había sido claro al expresar su voluntad de profundizar en el informe que se le había encargado y explicarlo en Ginebra; pero que las autoridades rumanas no le dejaban salir del país. La ONU, siempre tan pastueña y bizcochable, le ofreció al gobierno rumano la posibilidad de que un funcionario de la organización se desplazase a Bucarest para trabajar allí con Mazilu. Bucarest ni siquiera se molestó en contestar. Mazilu se las arregló para hacer llegar una copia de su informe a Ginebra, donde fue presentado el 10 de julio de 1989. Un informe que daba a conocer datos como que en Rumania no se permitía inscribir a los recién nacidos en las tres o cuatro primeras semanas, para así maquillar las estadísticas de mortalidad infantil.

Con todo, la oposición más dañina contra el régimen comunista rumano terminaría por ser la de los húngaros transilvanos. La Iglesia Reformada de la Transilvania Húngara siempre mostró una gran resistencia a la manipulación por parte del gobierno; y de la misma habría de salir la figura de Istvan Tokes, un antiguo obispo; y su hijo, Lazslo Tokes, pastor. Laszlo Tokes, que era el pastor de una parroquia en Dej, era colaborador muy habitual de un periódico clandestino que se editaba en húngaro, Ellenpontok. Llegó a escribir sobre abusos en el respeto a los derechos humanos; enfoque que inmediatamente captó el interés de la Securitate, que comenzó a darle por culo. Primero, tanto él como sus más cercanos fueron puestos en seguimiento estrecho; la cosa fue evolucionando hasta que las autoridades consiguieron arrancarle a su obispo la decisión de cesarlo de su puesto en Dej, tras de lo cual fue trasladado a Sampietro de Campie. Tokes se negó a aceptar ese traslado, por lo que se fue a Cluj, a casa de sus padres, donde pasó dos años sin trabajo. Estando en esa situación, en 1985 inició una investigación sobre la educación de la minoría húngara en Transilvania.

La acción de Tokes acabó por captar el interés del Comité de Relaciones Exteriores del Senado de los Estados Unidos; automáticamente, la vida de Tokes mejoró, puesto que fue nombrado pastor auxiliar en Timisoara, la patria chica de Raluca Petrescu.

Tokes comenzó a dar un tono rabiosamente político a sus sermones, en los que venía a decir que el problema de los rumanos no eran los húngaros y el problema de los húngaros no eran los rumanos; que, en realidad, el problema de ambos era el comunismo. Comenzó a celebrar festivales de la juventud que se convertían en actos de oposición. El obispado intentó prohibirle realizar estos actos, pero Tokes permaneció impasible el transilvano.

El 31 de marzo de 1989, con todo dios en el Partido hasta los huevos del puto pastor aquél, el obispado le ordenó a Tokes que dejase de predicar en Timisoara y le ordenó trasladarse a Mineu, un pueblo que estaba, y está, donde Cristo perdió el autógrafo del juez Peinado. Tokes dijo que y un huevo, y el obispado comenzó un proceso civil contra él, para desahuciarlo del piso que ocupaba, propiedad de la parroquia. Las autoridades de la ciudad, al considerar que ya no era residente de ese piso, le retiraron la cartilla de racionamiento, y le cortaron la luz al piso (pero, ojo, los comunistas siempre te dirán que están con la gente vulnerable que vive en pisos que no paga; te tienes que reír). 

La reacción fue inmediata; los miembros de la parroquia, como un solo hombre, comenzaron a alimentar y a llevar otras cosas a los Tokes, marido, mujer y niño pequeño. Prepararon una carta abierta al obispo en su defensa, aunque no encontraron ni un solo pastor que la quisiera firmar con ellos.

Para entonces, por lo demás, Tokes tenía un aliado importantísimo: Hungría. Los periódicos húngaros, que se podría decir que llevaban años deseando encontrar la forma de poner a Ceaucescu de vuelta y media, se refocilaron con aquel asunto. El 24 de julio de 1989, la televisión húngara entrevistó a Tokes. El pastor reformado habló, fundamentalmente, sobre el plan de sistematización del territorio de Ceaucescu, es decir, la reducción drástica del número de aldeas; un plan que, dijo, no tenía otro objetivo que reducir y acorralar a la población húngara de Transilvania.

El 6 de agosto, es decir pocos días después de la entrevista, la Securitate detuvo a Tokes. Pero estamos hablando de 1989. El comunismo ya no se sentía el gallito del patio. Los hombres de poder en Rumania sabían muy bien que no podían hacer desaparecer a aquel cura sin montar un escándalo internacional en el que no tenían absolutamente nada que ganar. Así pues, Tokes fue interrogado y luego puesto en libertad. El 25, el obispado le retiró a Tokes la condición de pastor; un acto, entre otras cosas, abiertamente ilegal, incluso bajo la legislación comunista rumana.

El 14 de octubre, ocho miembros del consejo de la Iglesia Reformada, en situación de detención de facto, fueron llevados a una reunión y, una vez allí, votaron la expulsión de Tokes. El Consejo tenia 31 miembros; los otros 23 habían huido y se habían escondido. El pastor, por lo tanto, fue expulsado por los ocho gilipollas que no habían sabido esconderse.

Miembros activos de la parroquia de Tokes, para entonces, estaban siendo detenidos y “acariciados” en comisaría. El 14 de septiembre, uno de ellos, Erno Ujvarossy, apareció muerto en un bosque de las afueras de Timisoara.

Aunque Tokes había recurrido la expulsión de su casa, el ministro del Interior, Tudor Postelnicu, exigió personalmente que se llevase a cabo. El 2 de noviembre, cuatro personas armadas con cuchillos entraron por la fuerza en el piso, delante de una patrulla de la Securitate que se limitó a observarlos. Tokes y algunos partidarios fueron a por ellos, y los obligaron a salir a la naja. Dado que Tokes había resultado ligeramente herido en aquella movida, en Budapest el Ministerio de Exteriores húngaro convocó al embajador rumano y le dejó bien clarito que la seguridad de aquel hombre les interesaba mucho.

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