Rumania, ese chollo
A la sombra de los soviéticos en flor
Quiero rendirme
El largo camino hacia el armisticio
Conspirando a toda velocidad
El golpe
Elecciones libres; o no
En contra de mi propio gobierno
Elecciones libres (como en la URSS)
El último obstáculo, el rey
Con la Iglesia hemos topado
El calvario uniate
Securitate
Yo quiero ser un colectivizador como mi papá
Stefan Foris
Patrascanu y Pauker
La caída en desgracia de Lucretiu Patrascanu
La sombra del titoísmo
Gheorghiu-Dej se queda solo
Ana Pauker, salvada por un ictus
La apoteosis del primer comunista de Rumania
Hungría
Donde dije digo…
El mejor amigo del primo de Zumosol
Pitesti
Pío, pío, que yo no he sido
Trabajador forzado por la gracia de Lenin
Los comienzos de la diferenciación
Pues yo me voy a La Mutua (china)
Hasta nunca Gheorghe
El nuevo mando
Yo no fui
Yo no soy ellos
Enemigo de sus amigos
Grandeza y miseria
De mal en peor
Esos putos húngaros
El puteo húngaro
El maldito libro transilvano
El sudoku moldavo
La fumada de Artiom Lazarev
Viva Besarabia libre (y rumana)
Primeras disidencias
Goma
Los protestantes protestan
Al líder obrero no lo quieren los obreros
Brasov
No toques a Tokes
Arde Timisoara
El derrumbador de iglesias y monasterios
Qué mal va esto
Epílogo: el comunista que quiso sorber y soplar a la vez
Conforme las circunstancias económicas del país se fueron haciendo más putomiérdicas, más evidente se hizo que el problema de los mineros estaba lejos de haberse resuelto. En octubre de 1981, los mineros de Leurda, Luponia y Morasti fueron la huelga. Dos años después, fueron los de Maramures, Transilvania. En 1986, las draconianas restricciones económicas dispararon un rosario de huelgas en Cluj y Turda.
En aquel momento, la ración
diaria de pan había sido reducida a 300 gramos y, ojo, los salarios fueron
reducidos un 40%, sin que ningún comunista rumano ni de ningún otro país haya
explicado, a día de hoy, adónde se fue aquella plusvalía. Ante el hecho de que
los comunistas, quienes como cualquier mal jefe nunca tienen la culpa de nada,
tuvieron los cojonazos de vender el recorte salarial como una medida justa porque
los trabajadores no habían alcanzado objetivos de producción, la industria
pesada de Cluj y Turda, con los trabajadores rumanos y húngaros en apretada,
ejem, falange, fueron a la huelga. Los folletos reivindicativos, pidiendo pan
para los adultos y leche para los niños, se editaron en los dos idiomas; el
mensaje era muy preocupante para el comunismo dominante: dos comunidades
acostumbradas a vivir una frente a la
otra estaban siendo unidas por la pobreza. Aquello era como si mañana los habitantes de La Coruña y de Vigo firmasen un manifiesto conjunto; o, peor, los de Cee y Corcubión.
El Partido se las arregló para
hacer llegar camiones de comida a las factorías en huelga. Los jerifaltes
locales del Partido, por lo demás, le prometieron a los trabajadores que
atenderían sus reivindicaciones; pero, claro, esa película los obreros ya la
habían visto. Al final, la Securitate comenzó a detener e interrogar,
exactamente igual que en Jiu en el 77.
Yo no sabría deciros con
exactitud si es que el Partido no tuvo margen para hacer nada o si se dejó
llevar por la típica soberbia comunista en plan nadie da por culo al líder
siete machos. Pero el caso es que, en tres meses, las movilizaciones se habían extendido
hacia el sur; y, además, por primera vez en la Historia del experimento
comunista rumano, en las protestas se apreciaba una evidente confluencia entre
trabajadores y estudiantes. Además, los recortes salariales por “incumplimiento
de objetivos” continuaban. El 16 de febrero de 1987, un millar de trabajadores
de una factoría de Iasi, en Moldavia, marcharon hasta la sede central local del
Partido. Al día siguiente, fueron miles de estudiantes los que realizaron una
marcha por el centro de la ciudad. Esta vez no hubo represión policial. Las
terminales moldavas del Partido no se atrevieron.
La gente tenía toda la razón
para protestar. La situación económica del país había llegado a ser tan
desastrosa que la única medida que podían tomar los gobernantes era reducir
drásticamente el consumo de alimentos y de energía; en un país capitalista habría
habido desabastecimiento. En sistemas comunistas, el desabastecimiento se troca
en pobreza por decreto.
De esta manera, llegamos al
cénit de la protesta social: los sucesos de Brasov. Hablamos del segundo mayor
centro industrial del país. Una ciudad, pues, obrera. A eso de las 11 de la
mañana, según algunos testigos, una serie de gente se dirigió hacia la principal
sede del Partido en la ciudad, coreando el nombre de Ceaucescu, y no para
motejar su (cuestionable) belleza física que digamos. Eran apenas unos
centenares de personas (aunque la plaza estaba abarrotada de curiosos) que
gritaban eslóganes como Hoti (ladrones), Jos Cu Ceaucescu (abajo
Ceaucescu) o Libertate si dreptate, es decir, “Libertad y Justicia”. El
último eslógan tiene su coña. ¿Pero es que esa gente no era consciente de que
le pedía lo que le pedía a unos comunistas?
Aquel día había elecciones
locales en Brasov, y en la Rumania comunista el voto era obligatorio, como
suele pasar en los sistemas en los que el voto sirve para poca cosa. Por esta
razón, todo el mundo en Brasov sabía que en el edificio del Comité Central
brasovita estaban todos los comunistas importantes. A pesar de ello, los
manifestantes no fueron recibidos.
El personal se fue calentando
poco a poco, conforme se fueron haciendo a la idea de que no habría ni un solo
comunista que se aviniese a escucharles. Algunos de ellos escalaron la fachada,
descolgaron el cartel de “Sede Central del Partido Comunista en Brasov” y, como
canta Silvio Rodríguez, lo arrastraron por sobre rocas. Luego la tomaron con
las ventanas de la planta baja, que obviamente no tenían barrotes ni ninguna
otra protección porque, total, los comunistas no necesitan protegerse del
hermano obrero al que están matando de hambre. Unos cuantos manifestantes
comenzaron a empujar la sólida puerta de madera del edificio, hasta que la
abrieron. A partir de ese momento, se desarrolló esa escena que, según algún
que otro subnormal, sólo ha ocurrido una vez en la Historia, en el Capitolio de
Washington.
La gente entró en el edificio y
lo okupó. Quizá creyéndose todas las imbecilidades que dicen los manuales
marxistas en el sentido de que ese tipo de lugares no son sino Casas del
Pueblo, ergo les pertenecen, comenzaron a tomar posesión de todo; lo hicieron,
básicamente, para destrozarlo. Reventaron ventanas, muebles, aparatos; sacaron
los archivos de los cajones y los tiraron por los suelos, a la calle.
Para colmo, como si aquellos
peligrosos fascistas de ultraderecha estuviesen empeñados en hacer foodfare y
acusar a los comunistas de cosas que por supuesto ellos nunca harían, un grupo
de manifestantes apareció en la escalera del edificio con queso, margarina y
pan. En el momento en que lo hicieron, hacía mucho tiempo ya en Rumania que el
pan estaba severamente racionado a los famosos 300 gramitos; pero es que el
queso y la margarina, simplemente, habían desaparecido. Teóricamente, ya no
existían esos alimentos en el país. Ahora, aparecían como de la nada, como
demostrando que los jefes comunistas sí que tenían acceso a ese tipo de
viandas que le negaban al pueblo; aunque seguro que habrá por ahí algún
gonzalomiró de la vida que tendrá una explicación más plausible.
Ante la aparición de las
viandas, además en cantidades bastante respetables, el personal, además de
ponerse a catarlas, se cogió un globo del cuarenta y dos. Comenzaron a sacar
los retratos oficiales, los muebles y el equipamiento de oficinas y a apilarlo
para hacer hogueras. Quemaron en la calle hasta los sellos.
Los dirigentes comunistas
locales, como los seres valientes y corajudos que siempre han sido los
comunistas, habían desparecido del edificio antes incluso de que los
trabajadores comenzasen a ocuparlo. Ésta fue la gran insatisfacción de los
manifestantes: no poder echarse a ningún líder a la cara. Por eso, salieron del
edificio y se dirigieron al de enfrente, es decir la sede del Consejo del
Pueblo. Para entonces, atraídos sobre todo por la margarina, eran ya más de
5.000. Llegaron al edificio y repitieron guion: cartel al suelo, ventanas a
tomar por culo, puerta abierta, y adentro, que hace frío. De las ventanas
tiraron los muebles y los archivos, que alimentaron una segunda hoguera.
Aparecieron tres coches de
bomberos, que se aplicaron a sofocar las diferentes fallas valencianas que, para entonces,
decoraban la plaza. La gente ni siquiera los amenazó. Se limitaron a quedarse
donde estaban, obstaculizando las maniobras de los bomberos hasta que éstos se
resignaron a la idea de que no les iban a dejar trabajar, y se marcharon. Un
poco más tarde aparecieron otros coches de bomberos; aquí el personal ya quiso
dejar más claras sus intenciones, y los apedreó. Poco después, el ejército
entró en la plaza. Los camiones comenzaron a vomitar soldados y perros. El
personal, sabiamente, decidió disolverse e irse a casa con el queso. En las
horas siguientes, se suspendió todo el transporte público en la ciudad, y ésta
fue constantemente patrullada por los milicos.
El origen había sido dos
factorías de industria pesada, una de tractores y otra de camiones. En la
primera de ellas, los trabajadores con más suerte habían recibido el 60% de su
salario, y con diez días de retraso. En la de tractores no había cobrado ni el fantasma de Lenin.
Todo esto ocurrió en el domingo
de las elecciones. El lunes en las factorías no se trabajó. El martes, por arte
de magia, todos los salarios debidos se pagaron; el trabajo recomenzó a primera
hora de la tarde. También por arte de magia, de repente había un montón de
comida en las tiendas. Fue un golpe de suerte, supongo. Alguien debió excavar
un pozo de plusvalía en alguna parte.
En realidad, el cabreo de los
obreros tenía más base que la reivindicación salarial. Cinco días antes de la
movida, un decreto gubernamental redujo el consumo de calefacción permitido en
las casas en un 30%, con serias penalizaciones para quien excediese el umbral. Además,
se decretó el segundo recorte salarial seguido, siempre con la excusa de que no
se habían logrado los objetivos de producción; objetivos que eran imposibles
porque para entonces las fábricas apenas tenían suministro de materias primas.
Para el comunismo rumano al
mando, además, el dato de que las protestas ocurriesen en Brasov era muy mal
dato. Los trabajadores de la industria pesada eran los niños bonitos del
comunismo rumano, como suelen serlo siempre. Estaban mucho mejor pagados que
otros; de hecho, sus recortes salariales no dejaban de ser menos dolorosos,
puesto que ellos caían de mucho más arriba.
Ceaucescu dictó una omertà sobre
los sucesos de Brasov que, en puridad, sólo rompieron tres personas: Mihai
Botez, Silviu Brucan y Doina Cornea. De estas tres intervenciones en defensa de
los manifestantes de Brasov, probablemente la que más le dolió a Ceaucescu fue
la de Brucan. Al fin y al cabo, hasta 1956 había sido editor adjunto del Scinteia,
es decir, el puto Mundo Obrero del PCR; además de haber sido embajador rumano
en Estados Unidos y ante las Naciones Unidas. El 26 de noviembre, Brucan invitó
a su casa a dos periodistas occidentales y les entregó un comunicado dirigido a
los corresponsales extranjeros en Bucarest, en el que, entre otras cosas
advertía a Ceaucescu de que el Partido Comunista Rumano había entrado en
conflicto con la clase trabajadora. Añadía que Brasov no significaba otra cosa
que “el vaso de la indignación está lleno”. Y terminaba: “optar por la
represión no sólo provocará nuestro aislamiento respecto del oeste, sino
también respecto del este”.
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