Rumania, ese chollo
A la sombra de los soviéticos en flor
Quiero rendirme
El largo camino hacia el armisticio
Conspirando a toda velocidad
El golpe
Elecciones libres; o no
En contra de mi propio gobierno
Elecciones libres (como en la URSS)
El último obstáculo, el rey
Con la Iglesia hemos topado
El calvario uniate
Securitate
Yo quiero ser un colectivizador como mi papá
Stefan Foris
Patrascanu y Pauker
La caída en desgracia de Lucretiu Patrascanu
La sombra del titoísmo
Gheorghiu-Dej se queda solo
Ana Pauker, salvada por un ictus
La apoteosis del primer comunista de Rumania
Hungría
Donde dije digo…
El mejor amigo del primo de Zumosol
Pitesti
Pío, pío, que yo no he sido
Trabajador forzado por la gracia de Lenin
Los comienzos de la diferenciación
Pues yo me voy a La Mutua (china)
Hasta nunca Gheorghe
El nuevo mando
Yo no fui
Yo no soy ellos
Enemigo de sus amigos
Grandeza y miseria
De mal en peor
Esos putos húngaros
El puteo húngaro
El maldito libro transilvano
El sudoku moldavo
La fumada de Artiom Lazarev
Viva Besarabia libre (y rumana)
Primeras disidencias
Goma
Los protestantes protestan
Al líder obrero no lo quieren los obreros
Brasov
No toques a Tokes
Arde Timisoara
El derrumbador de iglesias y monasterios
Qué mal va esto
Epílogo: el comunista que quiso sorber y soplar a la vez
Hay una cosa que los observadores occidentales normalmente asumimos y que es radicalmente falsa. Esa cosa es pensar que cuando un disidente de un país comunista es liberado de tener que residir en dicho país, para él la tortura ha terminado. La inmensa mayoría de los exiliados comunistas ha tenido razones para arrepentirse de su decisión, de hecho. Goma tuvo que vivir en París, en realidad, una situación bastante parecida a la que ya vivía en Rumanía en lo relativo a su relación con la Securitate. Aunque, a fuer de ser sinceros, hay que decir que los problemas ya no los tuvo con la Securitate; Los tuvo con el CIE, es decir la el órgano exterior de seguridad rumano. La CIA de Ceaucescu.
El CIE asumió como misión más
importante silenciar tanto a Goma como a otros disidentes. Y para hacerlo no se
paró en barras. El escritor, junto con otros dos disidentes, recibió en febrero
de 1981 un paquete bomba desde Madrid, obviamente destinado a hacer que su boca
dejase de moverse. El 13 de enero de 1982, Matei Pavel Hadiucu, un agente del
CIE radicado en París que normalmente se dedicaba al espionaje industrial,
recibió una orden de su jefe el teniente general Nicolae Plesita. Esa orden era
dejarse de mamonadas de una puta vez y asesinar directamente a Goma y a otro
disidente rumano llamado Virgil Tanase. El método elegido era muy soviético: se
trataba de inyectarles un veneno que les tendría que provocar un infarto de
miocardio.
El caso es que Haiducu no
terminó de ver claro el tema y no cumplió la orden. De hecho, hizo bastante más
que eso, porque se fue a las autoridades policiales francesas con el queo. En
todo caso, el agente exterior rumano siempre sostuvo que la orden de matar a Goma
y al otro disidente nunca había partido de Ceaucescu, sino que había partido del
propio Plesita, quien estaría buscando ganar puntos.
El régimen se mostraba
especialmente preocupado con la oposición llegada desde el flanco religioso. Como
ya os he explicado, la principal iglesia de Rumanía, que era la ortodoxa, se
portó como una nenaza con la llegada del comunismo y, de hecho, fue básicamente
uno de los elementos colaboracionistas con el nuevo régimen. Esto, unido al
hecho de que los rumanos nunca se han visto excesivamente seducidos por las
ofertas de la religión católica, posición en la que no les culpo, dejaba
espacio para la penetración protestante. Recordaréis que uno de los primeros a
los que Goma convenció para que fuese cofirmante de sus cartas era un pastor baptista
llamado Pavel Nicolescu. Como os acabo de decir, Nicolescu era baptista y, por
lo tanto, pertenecía a unas de las fes protestantes que estaban siendo muy
presionadas por el Estado rumano, altamente preocupado por la creciente
popularidad de este tipo de iglesias. Los comunistas rumanos, efectivamente,
fueron a por los baptistas, a por los pentecostalistas, los adventistas, los
adventistas reformados y la llamada hermandad, también conocida como los
cristianos después de los Evangelios.
El el caso es que la tenuidad de
la Iglesia ortodoxa comenzó ya en los años 60, y muy fuertemente en los 70 del
siglo XX, a hacer crecer de manera muy rápida las filas de los protestantes
rumanos. La popularidad de los reformados en el país era, por lo demás,
especialmente fuerte en la región de Transilvania. El hecho de que el
protestantismo rumano fuese fundamentalmente un protestantismo transilvano era
la razón fundamental de que todo esto pusiera de los nervios al Partido
Comunista, dado que aquella disidencia no solamente era una disidencia
religiosa, sino que también tenía elementos de soberanismo regional.
La ley de confesiones
religiosas de 1948 había dado carta de naturaleza al baptismo rumano,
obviamente en un momento en el que las autoridades no esperaban que cuatro
mataos les fuesen a dar problemas. Apenas dos años después, sin embargo, cuando
hubo de negociarse el estatuto de las iglesias bautistas en Rumanía, las cosas
ya habían cambiado y el gobierno lo que quería era reducir aquella presencia de
la manera que pudiera. Los baptistas recibieron la obligación de notificar al Ministerio
de Creencias Religiosas todos los candidatos al bautismo en su iglesia y
someterse a la aprobación estatal para dichos bautismos. Los dirigentes de la iglesia
aceptaron, ya que lo vieron como una transacción a cambio de mantener sus
templos abiertos.
El año que se produjo la
rebelión húngara, el estado comunista rumano decidió terminar de una vez por
todas con un régimen comprensivo hacia los protestantes; Se produjeron arrestos
masivos de miembros de estas iglesias, especialmente transilvanos. Muchos de ellos
fueron encarcelados y se beneficiarían de la amnistía de 1962, tras lo cual la
revitalización de la Iglesia Baptista rumana recomenzó. A finales de los 60, el
gobierno comunista rumano cerró el seminario baptista de Bucarest y redujo el
número de pastores en el país a unos 150. Las protestas que siguieron por parte
de algunos dirigentes de la Iglesia Baptista movieron al gobierno comunista a
ceder relativamente; ellos probablemente pensaban que de esta manera iban a
tranquilizar a la bestia, pero lo cierto es que lo que ocurrió fue exactamente
lo contrario. En mayo de 1974, miembros de diferentes iglesias protestantes
participaron en una protesta conjunta tras el arresto y entrada en prisión de Vasile
Rascol, que recibió una sentencia de dos años por el delito de distribuir
biblias. La respuesta a aquella protesta por parte de las autoridades fue
detener a sus principales impulsores. Sin embargo, finalmente no los acusó de
nada.
El gobierno rumano llegó a
estar tan desesperado con el asunto de los protestantes que incluso llegó a
utilizar un decreto aprobado en 1970 para luchar contra la violencia juvenil
para detener a pastores y fieles de iglesias protestantes. La situación se hizo
tan insostenible que la Iglesia Baptista presentó en marzo de 1977 un informe
completo sobre las violaciones de los derechos humanos que se estaban haciendo
en el país en contra de ellos.
Las seis personas que habían
elaborado este informe fueron arrestadas apenas unos días después. Eran los
pastores Iosif Ton y Pavel Nicolescu; los profesores Aurel Popescu y Radu
Dumitrescu; Silvia Crotea, miembro de La Hermandad; y Constantin Caraman,
ministro pentecostalista. A Ton y Nicolescu les golpearon las cabezas contra
una pared y fueron agredidos varias veces en la cara, el estómago y los
testículos; Sus torturadores eran boxeadores profesionales. El comunismo, hay
que reconocerlo, nunca da hilo sin puntada.
Finalmente, los signatarios del
informe fueron liberados en mayo de 1977, aunque sólo fue para ser arrestados
de nuevo en otoño. Se les amenazó con ser acusados de homosexualidad, tras lo
cual podría llegar uno de los clásicos de los regímenes soviéticos, como es el
internamiento en psiquiátricos. Dumitrescu recibió un pasaporte para poder
salir del país: Sin embargo, los demás debieron quedarse, además viendo
seriamente limitadas sus capacidades de predicación.
En 1978 el periódico The
Times de Londres se hizo eco de esta situación en una serie de artículos. El
tema se hizo con toda la mala leche, puesto que en ese momento Ceaucescu estaba
visitando el Reino Unido. Automáticamente, el Estado comunista entregó
pasaportes para que pudieran emigrar los miembros de la familia Basa, todos
ellos pentecostalistas que habían sido seriamente perseguidos hasta el momento.
Sin embargo, éste fue el único gesto que tuvo el comunismo rumano. En mayo de
aquel mismo año, un número de protestantes formó un movimiento llamado el Comité
Cristiano Rumano para la Defensa de la Libertad la Religión y la Conciencia. En
julio enviaron una petición firmada por 27 personas, solicitando el reconocimiento
oficial de diversas organizaciones religiosas que el Estado había ido
declarando ilegales; entre ellas se encontraba la iglesia uniate, es decir, ésa
por la cual los ortodoxos no parecían sentir necesidad de decir nada; y el
Vaticano, como que tampoco. Algunos de los cofirmantes fueron detenidos y agredidos.
En septiembre de 1978, nueve de
los miembros del comité fueron expulsados de la Unión Baptista, que era el
organismo oficial. En el verano de 1979, seis miembros de la Iglesia Adventista
del Séptimo Día fueron arrestados bajo el cargo de imprimir y distribuir
literatura religiosa. Hubo más agresiones del Estado a los miembros de las
iglesias protestantes a lo largo de esos años.
Cuando Goma comenzó a hacer sus
admoniciones públicas en contra del régimen, en realidad Ceaucescu, aunque no
lo supiera, estaba a punto de enfrentarse a su primera oposición seria en la
calle. Porque el problema religioso estaba muy lejos de ser el más importante
de los que enfrentaba; como la economía iba como el culo, era solo cuestión de
tiempo que comenzasen las protestas.
Dichas protestas acabaron por
llegar por un flanco por el que, la verdad es, suelen llegar: los mineros. Los
mineros del valle de Jiu se declararon en huelga en 1977; y esta movilización
se convirtió en la más importante producida contra el poder comunista desde las
protestas provocadas por la rebelión húngara.
La razón última para la
producción de la huelga fue una legislación que se aprobó en julio de 1977, que
discontinuaba las pensiones de invalidez para los mineros y además desplazaba
la edad de retiro desde los 50 hasta los 55 años. Cuando se enteraron de
aquella movida, los mineros de la mina de Lupeni decidieron ir a la huelga.
Aquello era bastante más serio de lo que pueda parecer. El número de mineros
que se puso en huelga fue de 35.000, y liderados por un líder sindical llamado Constantin
Dobre. Para que veáis el nivel de cabreo que había en ese momento en el valle
de Jiu, ya en el primer gran mitin de los huelguistas una de las principales
personas que habló era la dirigente de las Juventudes Comunistas locales.
Los mineros presentes en el
mitin gritaban demandando que Ceaucescu apareciese personalmente por ahí para
negociar con ellos. Los oradores, probablemente acojonados ante el aspecto que
estaba tomando el asunto, intentaron tranquilizarlos. Los mineros, por toda
respuesta, comenzaron a corear el número 29, en recuerdo a otra huelga que
había se había producido en la misma mina en 1929; antes del comunismo, pues. La
lista reivindicativa de los huelguistas incluía una reducción de la jornada
diaria de 8 a 6 horas; la restitución del retiro a los 50 años; una nueva
valoración de los criterios para obtener la baja por enfermedad; ofertas de
empleo para las esposas de los mineros y las hijas; y el reclutamiento de
personal médico experto. Los huelguistas, además, querían presentar su
movilización a la Prensa. El 3 de agosto, todos estos puntos fueron aprobados
por unanimidad.
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