miércoles, enero 07, 2026

Ceaucescu (43): Primeras disidencias




Rumania, ese chollo
A la sombra de los soviéticos en flor
Quiero rendirme
El largo camino hacia el armisticio
Conspirando a toda velocidad
El golpe
Elecciones libres; o no
En contra de mi propio gobierno
Elecciones libres (como en la URSS)
El último obstáculo, el rey
Con la Iglesia hemos topado
El calvario uniate
Securitate
Yo quiero ser un colectivizador como mi papá
Stefan Foris
Patrascanu y Pauker
La caída en desgracia de Lucretiu Patrascanu
La sombra del titoísmo
Gheorghiu-Dej se queda solo
Ana Pauker, salvada por un ictus
La apoteosis del primer comunista de Rumania
Hungría
Donde dije digo…
El mejor amigo del primo de Zumosol
Pitesti
Pío, pío, que yo no he sido
Trabajador forzado por la gracia de Lenin
Los comienzos de la diferenciación
Pues yo me voy a La Mutua (china)
Hasta nunca Gheorghe
El nuevo mando
Yo no fui
Yo no soy ellos
Enemigo de sus amigos
Grandeza y miseria
De mal en peor
Esos putos húngaros
El puteo húngaro
El maldito libro transilvano
El sudoku moldavo
La fumada de Artiom Lazarev
Viva Besarabia libre (y rumana)
Primeras disidencias
Goma
Los protestantes protestan
Al líder obrero no lo quieren los obreros
Brasov
No toques a Tokes
Arde Timisoara
El derrumbador de iglesias y monasterios
Qué mal va esto
Epílogo: el comunista que quiso sorber y soplar a la vez



Los primeros tiempos del régimen comunista rumano, cuando éste no tenía problema en identificarse con la URSS, tuvieron una consecuencia en la producción cultural, sobre todo literaria, del país. Toda una corriente defendida y apoyada por la alta política buscaba negar en lo posible los orígenes romances de los rumanos, excitando sus vínculos eslavónicos. Por otra parte, los grandes impulsores del realismo socialista en la literatura rumana fueron los altos cuadros del Partido que, procedentes de Besarabia, eran rusófonos; personas como Iosif Chisinevski o Leonte Rautu.

En un entorno de disidencia difícil, el gran símbolo de la resistencia a los planteamientos del Partido fue el poeta Lucian Blaga, que no fue contemporáneo del poder de Ceaucescu porque falleció en 1961. Blaga era profesor en la universidad de Cluj y, a causa de su heterodoxia, fue apartado de su cátedra y borrado de la vida pública durante el resto de su vida.

Exactamente igual que hizo el franquismo e hicieron el resto de comunismos, el régimen rumano creó una Dirección General de Prensa e Imprenta, para poder abordar la censura de una forma totalmente profesional. Este nuevo órgano administrativo fue creado en 1949, y durante años controló con mano de hierro que, literalmente, todo aquél que se moviese se saliese de la foto.

Una de las labores fundamentales de la Dirección General, por lo demás, fue tratar de explicarle con eficiencia a los escritores rumanos que los logros en artes, humanidades y ciencia de la Unión Soviética no tenían parangón, ni en el mundo, ni en la Historia. El tema llegaba a límites increíbles. Se censuró, por ejemplo, un libro colegial de química porque, en una página, decía que Alfred Nobel había observado las propiedades explosivas de la nitroglicerina, olvidando que un ruso llamado Vizin, al parecer, lo había hecho antes. Asimismo, en otro libro de ciencias se decía que Benjamin Franklin había descubierto la electricidad en 1752, y se olvidaba de decir que Milhail Vasilievitch Lomonosov, ruso por supuesto, lo había hecho antes. Otro libro escolar fue censurado por no decir que un tal Pozunov había inventado el motor de vapor antes que Watt.

La muerte de Stalin tuvo consecuencias casi inmediatas para la política cultural, en forma de demanda de “re-rumanización”. Zaharia Stancu, que era el presidente del Sindicato de Escritores, comenzó a reclamar que los grandes clásicos de la literatura rumana del siglo XIX, la mayor parte de ellos bastante maltratados por la política editorial oficial (la única que había), fuesen reeditados. De esa petición, bastante racional y con un cierto aspecto de no problemática, también se coló la petición de edición para algunas obras de autores de entreguerras, como Camil Petrescu, Cezar Petrescu, Liviu Rebreanu o Vasile Voiculescu.

En 1955, el panorama literario rumano se vio sacudido por una gran novedad cuando un escritor que ya conocemos en estas notas, Marin Preda, publicó Los Morometes. En esta novela, Preda crea uno de esos personajes-símbolo que a veces prenden en la literatura: el campesino Ilie Moromete. La novela está situada en el periodo de entreguerras, y analiza la relación del protagonista con su entorno, familia incluida. Ilie es un hombre muy mandón y disciplinado, chapado a la antigua, renuente ante toda evolución; esto lo convirtió en un símbolo de la antigua Rumania que el comunismo había conseguido dejar atrás.

La novela va de cómo ese mundo que Morometes cree inmarcesible se va rompiendo poco a poco. Diversos intereses económicos cambian la faz de la aldea donde vive. Su familia tampoco resiste a las tensiones del siglo; los hijos de Morometes, hartos de su hacer autoritario, roban los caballos de la familia y, montados en ellos, huyen a Bucarest. El segundo volumen de la novela analizará la llegada del comunismo, y la puesta en marcha de un nuevo sistema de reglas.

La URSS, cuando en 1956 se encontró con el disidente húngaro Gyorgy Lukacs en las manos, sin saber qué hacer con él pero una obvia e intensa necesidad de controlarlo, no se lo pensó dos veces y decretó que fuese exiliado, precisamente, a Rumania; este dato nos demuestra hasta qué punto la cultura rumana, entonces, era 100% ortodoxa. En efecto, en ese momento quizás no se podía pensar en una esquina del Telón de Acero donde la producción intelectual estuviese tan controlada y tan alineada con el objetivo de cantar las alabanzas del comunismo. 

Sin embargo, conforme se consumió la sexta década del siglo y comenzaron los años sesenta, y como ya sabemos, el comunismo rumano evolucionó cada vez hacia una postura nacionalista, que lo colocaba en la distancia de un brazo respecto de la URSS; y esto era algo que tenía que tener, tarde o temprano, su réplica en la creación literaria.

Como ya os he contado, la desestalinización, en Rumania, fue, en realidad, des-rusificación. El Instituto Ruso de Bucarest fue cerrado, y los ciudadanos del país comenzaron a dejar de aguantar que sus calles estuviesen dedicadas a personajes rusos y, no pocas veces, se rotulasen en cirílico.

La consecuencia inmediata de este punto de vista más nacionalista es que, en los círculos culturales rumanos, de repente comenzaron a interesar de nuevo muchas de aquellas figuras que Stancu ya había reivindicado, es decir, figuras literarias del momento en que Rumania estaba luchando por su independencia, en el siglo anterior. El país, por lo demás, entró en esa fase, ya comentada, en la que intentaba aparecer ante occidente como una especie de verso suelto comunista con el que se podían tener relaciones estrechas. Fruto de esta estrategia, por ejemplo, la Royal Shakespeare Company estuvo en Bucarest en el año 1964; y no fue el único contacto cultural de los círculos rumanos con referencias occidentales.

El principal beneficiario de la política de rehabilitación de intelectuales fue Titu Maiorescu. Maiorescu, que falleció precisamente el año de la revolución rusa, era un esteta; un teórico del arte por el arte que, por lo tanto, no creía en el arte como herramienta social. En consecuencia, cuando Rumania cayó bajo la influencia soviética, los funcionarios culturales llegados de Moscú exigieron su ostracismo; era imposible hacer sus escritos y teorías compatibles con el realismo socialista. De hecho, la rehabilitación de Maiorescu, a principios de los años sesenta, coincidió con el abandono por parte de la cultura oficial rumana del realismo socialista como forma de expresión. Fue una decisión valiente que permitiría, con los años, la rehabilitación de la rica literatura rumana del siglo XIX.

Lamentablemente para los comunistas rumanos, como en los años sesenta les podría contar perfectamente el general Francisco Franco si hubieran estado en el mismo grupo de Whatsapp, la relajación estética es un proceso que uno sabe cuándo y por qué lo comienza; pero no puede controlar hacia dónde evoluciona. La desestalinización cultural y el abandono del realismo socialista provocó la eclosión de una generación de creadores, nacidos en los años de la segunda guerra mundial o incluso algo más tarde, con planteamientos totalmente nuevos que, con el tiempo, habrían de plantearle muchas dudas y problemas a los gestores de la política oficial. Figuras como Ioan Alexandru, Ana Blandiana, Martin Sorescu o Nichita Stanescu.

Pero tampoco hay que secuestrarse. El proceso de cambio de planteamientos estéticos y de contenido de la creación cultural rumana fue un proceso estrechamente dirigido por el Partido Comunista; y no se puede decir que Ceaucescu se encontrase en una posición peor que la que había tenido Gheorghiu-Dej. Escribir de más, o más bien escribir cosas que no se quisieran ver escritas, seguía siendo motivo para recibir la visita de la Securitate y comenzar a pelarse de frío en cualquier repugnante cárcel. Cualquier crítica al Conducator podía tener, código penal en mano, la calificación legal de traición a la patria.

Tras una primera media década en la que hubo más bien poco movimiento, en 1966 hubo una novedad. Miron Radu Paraschivescu fue encargado de una sección fija en la revista literaria Ramuri, que se publicaba en Craiova. Muy rápidamente, Paraschivescu consiguió ampliar la columna y convertirla en un suplemento literario de cuatro páginas. Y allí, en ese suplemento, comenzó a hablar y a publicar cosas de escritores alejados de la ortodoxia del Partido y que, por lo tanto, lo tenían muy jodido para publicar. Aquello supuso una cierta ventilación. Muy poco tiempo después, llegó 1968, y la denuncia pública de Ceaucescu del resto de sus compañeros del Pacto de Varsovia; una denuncia que le granjeó uno de los momentos de la Historia en los que el Partido Comunista puede considerar que ha tenido un apoyo más masivo. De haber convocado elecciones libres en ese momento, de hecho, Ceaucescu habría sacado más votos que la Ayuso. Las consecuencias para el mundo de la cultura se vieron muy rápidamente, cuando la Gaceta Literaria publicó un manifiesto firmado por 23 escritores de la nueva generación en apoyo de Ceaucescu.

La apelación a un comunismo nacionalista rumano, pues, le funcionó a Ceucescu a la hora de fusionarse con la clase intelectual rumana.

Esta solidaridad, sin embargo, traía aparejada otras cosas. Muchos de los intelectuales que, a través sobre todo de las uniones de escritores oficiales, estaban mostrando su apoyo a los posicionamientos de Ceaucescu, no escondían que la construcción de un comunismo nacionalista rumano debía suponer, asimismo, la implantación de reformas. Sin embargo, pronto se encontraron con una actitud extremadamente cauta por parte del Partido, donde se consideraba que había que tomar ejemplo de lo ocurrido en Checoslovaquia; no se planteaba, pues, ir demasiado lejos. Aunque el régimen tuvo algunos éxitos integrando a la disidencia, como ocurrió en 1972 cuando Nicolae Breban regresó del extranjero recuperó su puesto como editor jefe de Romania Literara, pronto iba a emerger la que quizás es la principal figura de la disidencia intelectual: Paul Goma.

Goma fue expulsado del consejo editorial de la revista que dirigía Breban en 1973, y también fue expulsado del Partido. Admirador de la iniciativa de Pavel Kohout en Checoslovaquia, Goma le escribió una carta a Kohout y otros firmantes de la Carta 77, expresándoles su personal solidaridad con aquel movimiento. Inmediatamente después, convenció a otros siete escritores para que firmasen una carta abierta a los 35 países participantes en la Conferencia de Seguridad y Cooperación en Europa, firmantes de la llamada Acta de Helsinki, llamando la atención sobre las violaciones de los derechos humanos en Rumania. Aquella carta abierta era un gesto que no tenía precedente entre los intelectuales rumanos. Y, como suele ocurrir en estos casos, tuvo un efecto llamada, ya que pronto cerca de 200 ciudadanos rumanos habían firmado la misiva; ello a pesar de que la Securitate había iniciado una campaña de acojone en modo experto cuyos objetivos eran Goma y sus primeros siete amigos.

Las cosas como son, dentro de esos 200 firmantes había muy pocos intelectuales. La mayoría eran ciudadanos que estaban buscando la manera de conseguir un pasaporte para largarse del país de una puta vez. El 1 de abril, Goma fue arrestado y no volvió a ver la luz y las calles hasta el 6 de mayo de 1977. Tras un periodo de acoso, que no derribo, se le permitió salir de Rumania con su mujer y su hijo el 20 de noviembre de aquel año.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario