Rumania, ese chollo
A la sombra de los soviéticos en flor
Quiero rendirme
El largo camino hacia el armisticio
Conspirando a toda velocidad
El golpe
Elecciones libres; o no
En contra de mi propio gobierno
Elecciones libres (como en la URSS)
El último obstáculo, el rey
Con la Iglesia hemos topado
El calvario uniate
Securitate
Yo quiero ser un colectivizador como mi papá
Stefan Foris
Patrascanu y Pauker
La caída en desgracia de Lucretiu Patrascanu
La sombra del titoísmo
Gheorghiu-Dej se queda solo
Ana Pauker, salvada por un ictus
La apoteosis del primer comunista de Rumania
Hungría
Donde dije digo…
El mejor amigo del primo de Zumosol
Pitesti
Pío, pío, que yo no he sido
Trabajador forzado por la gracia de Lenin
Los comienzos de la diferenciación
Pues yo me voy a La Mutua (china)
Hasta nunca Gheorghe
El nuevo mando
Yo no fui
Yo no soy ellos
Enemigo de sus amigos
Grandeza y miseria
De mal en peor
Esos putos húngaros
El puteo húngaro
El maldito libro transilvano
El sudoku moldavo
La fumada de Artiom Lazarev
Viva Besarabia libre (y rumana)
Primeras disidencias
Goma
Los protestantes protestan
Al líder obrero no lo quieren los obreros
Brasov
No toques a Tokes
Arde Timisoara
El derrumbador de iglesias y monasterios
Qué mal va esto
Epílogo: el comunista que quiso sorber y soplar a la vez
Los primeros tiempos del régimen comunista rumano, cuando éste no tenía problema en identificarse con la URSS, tuvieron una consecuencia en la producción cultural, sobre todo literaria, del país. Toda una corriente defendida y apoyada por la alta política buscaba negar en lo posible los orígenes romances de los rumanos, excitando sus vínculos eslavónicos. Por otra parte, los grandes impulsores del realismo socialista en la literatura rumana fueron los altos cuadros del Partido que, procedentes de Besarabia, eran rusófonos; personas como Iosif Chisinevski o Leonte Rautu.
En un entorno de disidencia difícil, el gran símbolo de la
resistencia a los planteamientos del Partido fue el poeta Lucian Blaga, que no
fue contemporáneo del poder de Ceaucescu porque falleció en 1961. Blaga era
profesor en la universidad de Cluj y, a causa de su heterodoxia, fue apartado
de su cátedra y borrado de la vida pública durante el resto de su vida.
Exactamente igual que hizo el franquismo e hicieron el
resto de comunismos, el régimen rumano creó una Dirección General de Prensa e
Imprenta, para poder abordar la censura de una forma totalmente profesional.
Este nuevo órgano administrativo fue creado en 1949, y durante años controló
con mano de hierro que, literalmente, todo aquél que se moviese se saliese de la
foto.
Una de las labores fundamentales de la Dirección General,
por lo demás, fue tratar de explicarle con eficiencia a los escritores rumanos
que los logros en artes, humanidades y ciencia de la Unión Soviética no tenían
parangón, ni en el mundo, ni en la Historia. El tema llegaba a límites
increíbles. Se censuró, por ejemplo, un libro colegial de química porque, en una página, decía que Alfred Nobel había observado las propiedades
explosivas de la nitroglicerina, olvidando que un ruso llamado Vizin, al
parecer, lo había hecho antes. Asimismo, en otro libro de ciencias se decía que
Benjamin Franklin había descubierto la electricidad en 1752, y se olvidaba de
decir que Milhail Vasilievitch Lomonosov, ruso por supuesto, lo había hecho
antes. Otro libro escolar fue censurado por no decir que un tal Pozunov había
inventado el motor de vapor antes que Watt.
La muerte de Stalin tuvo consecuencias casi inmediatas
para la política cultural, en forma de demanda de “re-rumanización”. Zaharia
Stancu, que era el presidente del Sindicato de Escritores, comenzó a reclamar
que los grandes clásicos de la literatura rumana del siglo XIX, la mayor parte
de ellos bastante maltratados por la política editorial oficial (la única que
había), fuesen reeditados. De esa petición, bastante racional y con un cierto
aspecto de no problemática, también se coló la petición de edición para algunas
obras de autores de entreguerras, como Camil Petrescu, Cezar Petrescu, Liviu
Rebreanu o Vasile Voiculescu.
En 1955, el panorama literario
rumano se vio sacudido por una gran novedad cuando un escritor que ya conocemos
en estas notas, Marin Preda, publicó Los Morometes. En esta novela,
Preda crea uno de esos personajes-símbolo que a veces prenden en la literatura:
el campesino Ilie Moromete. La novela está situada en el periodo de
entreguerras, y analiza la relación del protagonista con su entorno, familia
incluida. Ilie es un hombre muy mandón y disciplinado, chapado a la antigua,
renuente ante toda evolución; esto lo convirtió en un símbolo de la antigua
Rumania que el comunismo había conseguido dejar atrás.
La novela va de cómo ese mundo
que Morometes cree inmarcesible se va rompiendo poco a poco. Diversos intereses
económicos cambian la faz de la aldea donde vive. Su familia tampoco resiste a
las tensiones del siglo; los hijos de Morometes, hartos de su hacer
autoritario, roban los caballos de la familia y, montados en ellos, huyen a
Bucarest. El segundo volumen de la novela analizará la llegada del comunismo, y
la puesta en marcha de un nuevo sistema de reglas.
La URSS, cuando en 1956 se encontró con el disidente húngaro Gyorgy Lukacs en las manos, sin saber qué hacer con él pero una obvia e intensa necesidad de controlarlo, no se lo pensó dos veces y decretó que fuese exiliado, precisamente, a Rumania; este dato nos demuestra hasta qué punto la cultura rumana, entonces, era 100% ortodoxa. En efecto, en ese momento quizás no se podía pensar en una esquina del Telón de Acero donde la producción intelectual estuviese tan controlada y tan alineada con el objetivo de cantar las alabanzas del comunismo.
Sin embargo, conforme se
consumió la sexta década del siglo y comenzaron los años sesenta, y como ya
sabemos, el comunismo rumano evolucionó cada vez hacia una postura
nacionalista, que lo colocaba en la distancia de un brazo respecto de la URSS;
y esto era algo que tenía que tener, tarde o temprano, su réplica en la
creación literaria.
Como ya os he contado, la
desestalinización, en Rumania, fue, en realidad, des-rusificación. El Instituto
Ruso de Bucarest fue cerrado, y los ciudadanos del país comenzaron a dejar de
aguantar que sus calles estuviesen dedicadas a personajes rusos y, no pocas
veces, se rotulasen en cirílico.
La consecuencia inmediata de
este punto de vista más nacionalista es que, en los círculos culturales
rumanos, de repente comenzaron a interesar de nuevo muchas de aquellas figuras
que Stancu ya había reivindicado, es decir, figuras literarias del momento en
que Rumania estaba luchando por su independencia, en el siglo anterior. El
país, por lo demás, entró en esa fase, ya comentada, en la que intentaba
aparecer ante occidente como una especie de verso suelto comunista con el que
se podían tener relaciones estrechas. Fruto de esta estrategia, por ejemplo, la
Royal Shakespeare Company estuvo en Bucarest en el año 1964; y no fue el único
contacto cultural de los círculos rumanos con referencias occidentales.
El principal beneficiario de la
política de rehabilitación de intelectuales fue Titu Maiorescu. Maiorescu, que
falleció precisamente el año de la revolución rusa, era un esteta; un teórico
del arte por el arte que, por lo tanto, no creía en el arte como herramienta
social. En consecuencia, cuando Rumania cayó bajo la influencia soviética, los
funcionarios culturales llegados de Moscú exigieron su ostracismo; era
imposible hacer sus escritos y teorías compatibles con el realismo socialista.
De hecho, la rehabilitación de Maiorescu, a principios de los años sesenta,
coincidió con el abandono por parte de la cultura oficial rumana del realismo
socialista como forma de expresión. Fue una decisión valiente que permitiría,
con los años, la rehabilitación de la rica literatura rumana del siglo XIX.
Lamentablemente para los
comunistas rumanos, como en los años sesenta les podría contar
perfectamente el general Francisco Franco si hubieran estado en el mismo grupo
de Whatsapp, la relajación estética es un proceso que uno sabe cuándo y por qué
lo comienza; pero no puede controlar hacia dónde evoluciona. La
desestalinización cultural y el abandono del realismo socialista provocó la
eclosión de una generación de creadores, nacidos en los años de la segunda
guerra mundial o incluso algo más tarde, con planteamientos totalmente nuevos
que, con el tiempo, habrían de plantearle muchas dudas y problemas a los
gestores de la política oficial. Figuras como Ioan Alexandru, Ana Blandiana,
Martin Sorescu o Nichita Stanescu.
Pero tampoco hay que
secuestrarse. El proceso de cambio de planteamientos estéticos y de contenido
de la creación cultural rumana fue un proceso estrechamente dirigido por el
Partido Comunista; y no se puede decir que Ceaucescu se encontrase en una posición
peor que la que había tenido Gheorghiu-Dej. Escribir de más, o más bien
escribir cosas que no se quisieran ver escritas, seguía siendo motivo para
recibir la visita de la Securitate y comenzar a pelarse de frío en cualquier
repugnante cárcel. Cualquier crítica al Conducator podía tener, código
penal en mano, la calificación legal de traición a la patria.
Tras una primera media década
en la que hubo más bien poco movimiento, en 1966 hubo una novedad. Miron Radu
Paraschivescu fue encargado de una sección fija en la revista literaria Ramuri,
que se publicaba en Craiova. Muy rápidamente, Paraschivescu consiguió ampliar
la columna y convertirla en un suplemento literario de cuatro páginas. Y allí,
en ese suplemento, comenzó a hablar y a publicar cosas de escritores alejados
de la ortodoxia del Partido y que, por lo tanto, lo tenían muy jodido para
publicar. Aquello supuso una cierta ventilación. Muy poco tiempo después, llegó
1968, y la denuncia pública de Ceaucescu del resto de sus compañeros del Pacto
de Varsovia; una denuncia que le granjeó uno de los momentos de la Historia en
los que el Partido Comunista puede considerar que ha tenido un apoyo más
masivo. De haber convocado elecciones libres en ese momento, de hecho,
Ceaucescu habría sacado más votos que la Ayuso. Las consecuencias para el mundo
de la cultura se vieron muy rápidamente, cuando la Gaceta Literaria publicó un
manifiesto firmado por 23 escritores de la nueva generación en apoyo de
Ceaucescu.
La apelación a un comunismo
nacionalista rumano, pues, le funcionó a Ceucescu a la hora de fusionarse con
la clase intelectual rumana.
Esta solidaridad, sin embargo,
traía aparejada otras cosas. Muchos de los intelectuales que, a través sobre
todo de las uniones de escritores oficiales, estaban mostrando su apoyo a los
posicionamientos de Ceaucescu, no escondían que la construcción de un comunismo
nacionalista rumano debía suponer, asimismo, la implantación de reformas. Sin
embargo, pronto se encontraron con una actitud extremadamente cauta por parte
del Partido, donde se consideraba que había que tomar ejemplo de lo ocurrido en
Checoslovaquia; no se planteaba, pues, ir demasiado lejos. Aunque el régimen
tuvo algunos éxitos integrando a la disidencia, como ocurrió en 1972 cuando
Nicolae Breban regresó del extranjero recuperó su puesto como editor jefe de Romania
Literara, pronto iba a emerger la que quizás es la principal figura de la
disidencia intelectual: Paul Goma.
Goma fue expulsado del consejo
editorial de la revista que dirigía Breban en 1973, y también fue expulsado
del Partido. Admirador de la iniciativa de Pavel Kohout en Checoslovaquia, Goma
le escribió una carta a Kohout y otros firmantes de la Carta 77, expresándoles
su personal solidaridad con aquel movimiento. Inmediatamente después, convenció
a otros siete escritores para que firmasen una carta abierta a los 35 países
participantes en la Conferencia de Seguridad y Cooperación en Europa, firmantes
de la llamada Acta de Helsinki, llamando la atención sobre las violaciones de
los derechos humanos en Rumania. Aquella carta abierta era un gesto que no
tenía precedente entre los intelectuales rumanos. Y, como suele ocurrir en
estos casos, tuvo un efecto llamada, ya que pronto cerca de 200 ciudadanos
rumanos habían firmado la misiva; ello a pesar de que la Securitate había
iniciado una campaña de acojone en modo experto cuyos objetivos eran Goma y
sus primeros siete amigos.
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