miércoles, enero 13, 2021

La Armada (22: por fin, los ingleses rompen la creciente)

Aquí están todas las tomas de esta serie. Los enlaces irán apareciendo conforme se publiquen los posts.

La carambola del cuanto peor, mejor
Las dudas y no dudas de Alejandro Farnesio
Una idea de maduración lenta
Drake, el antiespañol
La reina no quiere; pero da igual
Cádiz
Drake se queda sin fuerzas frente a Lisboa
La guerra flamenca de Diego Pablo Simeone
Las indudables ventajas de luchar contra un gilipollas
La peripecia de los reformados forales en Coutras
Alemanes, suizos, y viceversa
The pela is the pela
Don Álvaro se estresa y hace chof
La Armada se arma como buenamente puede
El Capitán América de la catolicidad entra en París
Ni sivuplé ni hostias
El tropezón coruñés
La famosa frase que Drake, probablemente, nunca pronunció
El librito de un dominico gilipollas y un primer asalto nulo
La batalla que fue como cuando John Connor dispara al cyborg
Entre Parma y Palmer, y sin barcazas
Por fin, los ingleses rompen la creciente
Por qué la Armada jode


La mañana del domingo, 7 de agosto, el duque de Medina Sidonia recibió las primeras informaciones ciertas de la situación real de Parma. Al amanecer, una pinaza donde iba Rodrigo Tello alcanzó a su capitana. Tello había sido enviado dos semanas antes para anunciarle a Parma la situación entonces de la Armada, en Ushant. El emisario había encontrado a su objetivo en Brujas, donde el comandante de las fuerzas en Holanda le dio cartas para su compañero. En ellas, Parma prometía que estaría dispuesto para salir en seis días, a la primera buena oportunidad. Sin embargo, cuando Tello dejó Dunquerque, no había signo alguno de Parma, y reportó que las embarcaciones que había visto en dicho puerto y en Nieuport eran una puta mierda.

La combinación de lo que Tello llevaba en las cartas y lo que vio nos abre la duda sobre el comportamiento de Parma. Cuando él puso por escrito que todo estaba OK, tenía que saber que no era así. Además, sabemos que sólo salió de Brujas el lunes 8. No parecía tener mucha prisa por cumplir su propio calendario.

Algunas hipótesis, incluso contemporáneas, han especulado siempre con la posibilidad de que muchas de las cosas que Parma dijo y, sobre todo, puso por escrito, en aquellos tiempos, fueron actuaciones for the record, es decir, influidas por la consciencia de que todo lo que se estaba produciendo sería algún día pasto del juicio histórico. Intentó quedar bien ante la posteridad. Parma, muy probablemente, sabía bien a principios de agosto, finales de julio incluso, que lo de la Armada no podía salir bien. Él conocía mejor que nadie la situación de las costas cercanas al paso de Calais, y por eso sabía bien que, aun siendo capaz la flota española de destruir o ahuyentar a los ingleses, todavía le quedaría la misión imposible de dominar a los holandeses, siempre protegidos por su conocimiento de los bancos de su costa. En su cabeza, probablemente, el dato de que él hubiera sido capaz apenas de acopiar una docena de barcazas de las más de un centenar que hubieran sido necesarias resultaba un dato irrelevante.

El domingo 7 de agosto, tras escuchar las noticias de Tello, Alonso de Guzmán se había negado en redondo a dar por perdida la misión de la Armada. No le culpo. A cualquiera en su situación le resultaría muy difícil de entender que se le hubiera hecho avanzar en las condiciones que lo había hecho para luego llegar a un punto muerto. Por otra parte, desde que había descubierto en Portland Bill que los barcos españoles, incluso teniendo el viento a su favor, nunca serían capaces de acercarse a los ingleses, había cifrado todas sus ilusiones en completar su formación con las barcazas de Parma, mucho más manejables; y se negaba a bajarse de ese sueño; que era eso: un sueño.

Además, para Medina la formación de la flotilla de ocho barcos ingleses presta a atacar le dejó muy claro que la intención del enemigo era (lo era) que aquél fuese un ataque de barcos en llamas. Enviar al enemigo un barco en llamas era una de las peores putadas que se podía hacer en la guerra naval renacentista, cuyos barcos eran todo madera y estopa. Alonso de Guzmán, además, sabía bien que en Amberes se habían desarrollado los llamados Calderos del Infierno o hellburners, barcos que no sólo ardían sino que explotaban, causando un daño masivo. El inventor de los calderos fue el italiano Federigo Giambelli, de quien se decía que ahora trabajaba en Londres para la reina. En realidad, Giambelli estaba trabajando para los ingleses, pero bastante tenía con diseñar un sistema para bloquear el Támesis a la altura de Gravesend. Sin embargo, eso no quita que los españoles no creyesen que estaba en condiciones de provocarles grandes daños.

Cerca de la medianoche del domingo 7, se pudieron ver luces allá donde estaban anclados los ingleses. Esas luces se fueron concretando, hasta que los vigías españoles pudieron distinguir ocho buques ingleses ardiendo, que corrían hacia ellos surfeando el viento y la marea. Estando las flotas tan cerca la una de la otra, en realidad aquellos barcos sólo tenían que hacer un viaje de unos minutos hasta llegar adonde querían llegar. Y, para los españoles, todo lo que les quedaba era enviar varias pinazas maniobrables para intentar tomar el control de los barcos y enviarlos a morir a la playa como ballenas despistadas. Algunas de ellas lo consiguieron, puesto que dos de los barcos ardientes eran, al día siguiente, un conjunto de cenizas inútiles en la arena. Pero los otros seis no pudieron ser detenidos, y llegaron a su destino: los barcos españoles anclados.

Lo más importante de aquella acción es que, por primera vez en varios días, por primera vez desde que los ingleses lo habían comenzado a intentar, los súbditos de Su Majestad consiguieron lo que querían, que era romper la férrea disciplina de los españoles. En guerra lo importante siempre es mantener la calma; pero eso no es nada fácil. Medina, cuando vio que los barcos se abalanzaban sobre ellos sin ser detenidos, resolvió salir hacia el mar para minimizar los daños, y así lo ordenó; pero esta vez no fue tan fácilmente obedecido. Muchos capitanes procedieron a cortar los cables de sus anclas y navegar a favor de viento, alejándose unos de otros; todo el mundo parecía temer estar cerca de algún otro barco que hubiera podido ser afectado por el incendio.

Ahora los españoles estaban donde siempre los habían querido los ingleses: desarbolados en su disciplina. Por eso mismo, la flota inglesa se aprestó a atacar.

Medina Sidonia decidió que para él no había otra alternativa que plantarse para la batalla, buscando que con su ejemplo el resto de la flota comprendiese cuál era su obligación. Junto a él se colocó muy pronto el San Juan del vasco Recalde y los otros tres galeones reales. Las pinazas navegaban aquí y allá, febriles, unas para apoyar a la formación de defensa, otras para tratar de recuperar los barcos que se habían dispersado.

Howard no pudo estar totalmente cierto del daño que habían hecho sus barcos ardientes hasta que llegó el amanecer. Cuando se pudo hacer una composición de lugar, probablemente concluyó que dicho daño había sido superior al real. La flota española se había despatolado, eso es cierto; pero la mayoría de los barcos habían levado anclas, se habían movido y habían anclado de nuevo. Era, pues, necesario el ataque, y esta vez no habría fuego a prudente distancia; esta vez necesitaban acercarse, aprovechando la ausencia de la formación española.

La estrategia de Medina Sidonia era navegar hacia el Norte, abandonando los arenales de Dunquerque. Howard le había ordenado a Drake y su Revenge que condujesen el primer ataque. Esta vez, el marino inglés, probablemente calculando que los barcos españoles estarían en la situación de escasez de munición en la que estaban, no tuvo reparo en acercarse a la nave y, cuando estuvo a unos 150 metros, comenzó a disparar, y fue respondido por el San Martín. Otros barcos del escuadrón de Drake se unieron, pero para el inglés la nave capitana no era el único problema, y lo sabía. Los más poderosos galeones de la flota española se estaban reorganizando en alta mar. Por ello, de alguna manera pareció perder interés por el San Martín, lo cual provocaría, con el tiempo, una agria polémica entre capitanes. Martin Frobisher siempre se lo reprochó a Drake, por ejemplo; pero, claro, Frobisher odiaba a Drake por variadas razones. De hecho, el Triumph, lejos de seguir a Drake y apoyarlo en su acción contra los galeones (apoyo que, se ha especulado muchas veces, le habría aportado a los ingleses una victoria definitiva) se quedó a pelear contra el San Martín. La nave capitana española parecía estar perdida; al fin y al cabo, el barco de Frobisher era más grande y más alto y, para colmo, pronto apareció Hawkins en el Victory. Sin embargo, Medina no estaba solo; lo acompañaba el San Marcos de Portugal, comandado por el marqués de Peñafiel, que hostigaba a los ingleses desde la cubierta con disparos de mosquetón y arcabuz.

Para cuando llegó Hawkins, además, otros barcos españoles estaban uniéndose a la defensa de su capitana. Entre ellos estaba la mayoría de los que tuvieron que aceptar, y aceptaron, los principales hechos de armas de las acciones anteriores. Estaban los galeones de Portugal, los de Castilla, la carraca de Leyva y la de Bertendona, el imponente Florencia, la nave capitana de Oquendo, y varios barcos del escuadrón de Recalde. Pronto fueron unos 25 barcos y, lo que es más importante, habían sido capaces de formar en media luna, distribuyéndose de manera que los barcos más poderosos “protegían”, por así decirlo, a los más débiles.

Los españoles, en todo caso, habían hecho un gran esfuerzo para recuperar aquella formación, que tampoco era completa. Los barcos ingleses, por lo demás, eran más fáciles de maniobrar; les resultaba más sencillo flanquear la formación española, mantener la ventaja del viento y, en consecuencia, escoger en qué momento atacar y en qué momento retirarse. Además, les quedaba bastante más munición que a los españoles. Así pues, en la segunda fase de la batalla, los ingleses descubrieron, poco a poco, que podían acercarse a los barcos españoles sin temer grandes consecuencias. En esas condiciones, podían aspirar a romper la creciente.

Como consecuencia, al final de la batalla la mayoría de los navíos españoles de primera línea tenía vías de agua; eso si no estaban muy seriamente dañados y eran casi incapaces de navegar. Es el coste de llevar a cabo la única estrategia que les valía, que era intentar el abordaje, cuando menos desde los galeones. La urcas de Bertendona era más una braga que una urca; el San Mateo no estaba mejor; cuando el San Martín le ofreció subir a bordo a su tripulación, Diego de Pimentel rehusó la invitación. Más tarde, un barco inglés le haría la misma oferta; desde el barco español les respondieron con una ráfaga de mosquetón. Así las cosas, el barco, medio hundido, siguió luchando, sin más posibilidad de contestar que las armas cortas.

Para entonces, por muy fieramente que se batieran los españoles, la creciente se había roto y había un montón de barcos que estaban aislados, totalmente rodeados de ingleses. Eran las cuatro de la tarde; quedaba luz suficiente como para terminar el trabajo. Pero en ese momento Dios (o, al menos, eso diría Felipe II) vino en ayuda de los españoles. Un tormentón con violenta lluvia se declaró. El tiempo que les llevó a los ingleses prepararse para la tormenta lo aprovecharon los españoles para navegar hacia el norte y reagruparse. Otra vez la creciente.

La Armada se aprestaba para una nueva batalla. 

Los ingleses, sin embargo, la rehuyeron. Estaban muy cortos de munición y no podían tener una información perfecta sobre la situación de la misma en los barcos españoles. Por ello, decidieron que lo más racional era esperar a tener más medios antes de asestar el golpe final. Sin embargo, aunque ellos no lo pudieran saber, la flota española estaba exhausta de munición; por no mencionar que casi todos los barcos de primera clase tenían vías de agua o estaban gravemente dañados. Durante la noche, con un viento bastante fuerte, la Armada decidió navegar en dirección este-noreste, seguidos a prudente distancia por sus enemigos. El momento más jodido para ellos llegaría en la mañana del martes 9. La nave capitana estaba guardando la retaguardia de la formación junto con el San Juan de Recalde, la carraca de Leyva, el San Mateo, un galeón castellano y las tres galeazas que quedaban en buen estado. Cuando el viento roló al noroeste, los barcos españoles perdieron capacidad de poner agua de por medio con los ingleses. Con aquel viento, además, los barcos se veían empujados hacia los arenales de Zelanda.

Para los españoles, esa circunstancia los llevaba claramente a la opción de morir en batalla, mejor que estrellados en la playa. Así pues, Medina decidió esperar la llegada de los ingleses, y envió pinazas a los diversos barcos para ordenarles la misma maniobra. Los ingleses, en cambio, no aceptaron el reto. No hay que reputarlos de cobardes; nadie, en sus circunstancias, lo habría hecho para, inmediatamente después, poder considerarse un buen marino. Cualquier piloto experimentado que viera aquella escena concluiría que la flota española, en el estado en el que estaba y en las condiciones meteorológicas que se daban, no tenía la capacidad de evitar el trayecto hacia las playas holandesas.

Lo lógico para los ingleses era, pues, meter las palomitas en el micro, y sentarse a esperar.

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