miércoles, enero 15, 2020

Isabel al poder (y 17: Coda)

Otros escalones de esta escalera:

Aunque Enrique de Trastámara abandonó todo proyecto de apañar el asunto de Trujillo, Pacheco decidió no hacerlo. El cortesano sabía tener paciencia y porfiar, y eso fue lo que hizo hasta que, a finales de septiembre, acordó con Stúñiga cambiar Trujillo por Saelices. El destino, sin embargo, le reservaba a Pacheco, como a Chacón, la putada de quedarse a las puertas de su gran momento. En esos días, se le produjo un absceso en la garganta que, pronto, le provocó fiebre y vomitonas sanguiñolientas. Estando así, en una situación tan jodida que incluso permanecía atado a una silla dentro de una habitación a oscuras para que nadie pudiera verlo, apañó las últimas negociaciones para recibir Trujillo. Al día siguiente de conseguirlo, entró en coma y, poco después, murió. Los criados del cortesano le quitaron todo lo que tenía y, para ocultar sus sevicias, escondieron el cadáver en una cuba de vino; no fue descubierto hasta días más tarde.

Enrique, como es lógico, recibió esta noticia como de muy mal agüero. Fernando, por su parte, recibió la noticia el 24 de octubre, estando en Barcelona. Junto con el obituario le llegaba, vía Cárdenas, la noticia de que el rey había decidido confirmar como maestre de la orden de Santiago al hijo de Pacheco, Diego López Pacheco; una decisión cuestionable que había levantado ronchas en la Corte, donde eran muchos los grandes que consideraban llegado su momento para ocupar ese puesto. A pesar de que Aragón y Francia estaban de nuevo en guerra por la posesión de los territorios catalanes traspirenaicos, Fernando decidió regresar a Castilla. Pero no era fácil. En Zaragoza, fracasó a la hora de arrancarle a las Cortes nuevos fondos para la guerra y, mientras tanto, de Isabel llegaban cartas que más que insinuaban que Castilla estaba cayendo en el caos. El conde de Osorno, uno de los principales candidatos a la maestría de Santiago que, por lo tanto, había sido preterido por el hijo de Pacheco, había decidido encarcelar a éste como un vulgar delincuente. Todos los candidatos, conscientes de la vuelta de tuerca que podía dar Castilla en poco tiempo, buscaban la complicidad de Isabel, quien no se comprometió con ninguno pues, en secreto, tenía la aspiración de que el cargo fuese para su marido.

A Fernando le costaba decidirse. Pero decidió por él una carta que recibió el 17 de diciembre, en la que se le informaba de la muerte del rey de Castilla, Enrique IV.

Según los indicios disponibles, a finales de octubre, cuando Enrique recibiera la noticia del encarcelamiento de López Pacheco, el Trastámara entró en eso que los sajones llaman a nervous breakdown. La caída de Tordesillas, la muerte de Pacheco, la exhibición impúdica del poder de los nobles, la causa isabelista... era demasiado para él. Se echó a llorar y así se quedó horas enteras, apollardado como Theoden, hijo de Thengel y señor de Rohan. Dicen las crónicas que el afecto del rey por el hijo de Pacheco “superaba su razón”; quién sabe si, verdaderamente, Enrique fue un homosexual más o menos reprimido, y el hijo de Pacheco no sería su último capricho. En todo caso, resolvió liberarlo por sí mismo, por lo que partió a Villarejo, en Extremadura, acompañado por el cardenal Mendoza, Carrillo y otros nobles.

Osorno, a la vista del rey, accedió a liberar al muchacho, pero no por ello dejó la pelea por la maestría de la orden de Santiago. El Enrique que regresó a Madrid, según todos los indicios, había llegado a la conclusión de que le quedaban dos días en el convento. Comía sin tasa y se negaba a tomar el Sintrón como le demandaban sus médicos.

Cuando llegó diciembre, el rey estaba demasiado débil para ir a Segovia; un lugar que, además, probablemente prefería no visitar, teniendo en cuenta que allí “reinaba” Isabel, generosamente regada con el tesoro real en manos de Cabrera. Así pues, resolvió pasar las navidades cazando en El Pardo, hasta el 9 de diciembre. Ese día, tras una jornada cinegética, una vez más, desaconsejada por sus médicos, tuvo una hemorragia intestinal. El 11 de diciembre, tras dos días de agonía, tuvo una repentina mejoría, se levantó de la cama y se vistió con ropas de caza. Ni qué decir tiene que los médicos, que llevaban 48 horas esperando que la diñara, cuando él les dijo que se iba a ensartar venados le contestaron que no mamase. Pero el rey era el rey, y hacía lo que le salía del pingo. No obstante, de camino a El Pardo le vino un gran dolor de estómago que lo obligó a regresar al alcázar.

Es difícil discernir qué pudo pasar por la mente de Enrique en los últimos momentos de su vida, pero mi teoría es que, como Felipe III, que murió más o menos berreando que vaya mierda de rey había sido; o como Carlos III, quien también consumió sus últimas horas expresando una especie de nostalgia por haber vivido cualquier otra vida que no fuese la de rey, Enrique renegaba de lo que había vivido y de lo que había hecho. Probablemente harto por todo lo que había pasado, sintiendo que su vida personal no había dado frutos (su mujer vivía apartado de él, en el convento de San Francisco de Segovia; paradójicamente, al final de los días de Enrique, Juana estaba geográficamente más cercana a Isabel que a él) y que nada se había ajustado en el reino, se sentía hondamente frustrado. Se negó a recibir los sacramentos, lo cual no sabemos si quiere decir que en el fondo no creía o, más probable creo yo, que no se sentía con derecho a morir en el seno de la Iglesia. Y, lo que es más importante, por mucho que los testigos de su muerte le imploraron que aclarase si Juana era o no hija suya, declinó decir algo al respecto. Él tenía que saber que estaba sellando el destino de su hija con ese silencio; pero, o bien la sacrificó para no generar una nueva guerra civil en Castilla (lo que abonaría la tesis de que era hija suya); o bien la niña le importaba un cojón (lo que demostraría que no lo era).

Supuestamente, o al menos eso dice Hernando de Pulgar, Enrique nombró a seis hombres para que dirimiesen la sucesión: Mendoza, el marqués de Santillana, el conde de Benavente, el duque de Arévalo, el condestable de Castilla y su muy querido Diego López Pacheco. El propio Pulgar nos dice que hasta un moribundo Enrique tenía que saber que estaba designando una comisión proisabelista.

Enrique murió en los inicios del 12 de diciembre de 1474. El mismo martes 13, por la tarde, sin más deliberaciones ni movidas, los nobles aclamaban a Isabel reina de Castilla en el castillo de Segovia.

Con aquel acto celebrado a la hora de la merienda, culminaba el largo y doloroso parto de la nación española, algo más largo y traumático que el de la francesa pero, por si nos sirve de consuelo, mucho menos problemático que el de la británica (por citar los dos benchmark de parecida magnitud), que comenzó, cuando menos para mí, con el reinado de Juan de Castilla y de su valido Álvaro de Luna. Juan, Enrique e Isabel de Castilla, tres reyes que nos vienen seguidos en la lista, en realidad abarcan un plazo de tiempo relativamente corto, especialmente en términos históricos; pero, sin embargo, en buena medida la Castilla, la España, que heredó el primero y tomó la tercera (no digamos ya la que dejó) eran, ya, reinos totalmente diferentes.

España tenía las bases para nacer, bases muy sólidas. En realidad, todas las grandes naciones las tienen. Francia tuvo el pacto de hierro entre su nación y la religión católica, apostólica y romana, firmado por Clovis y rubricado por el segundo de los reyes no merovingios, Carlomagno. Fue un pacto tan importante que el país no tuvo reparo en hacer uso del puro y simple genocidio para acabar con las herejías maniqueas en su seno y, en cuanto a la huella que dejó, todo lo que podemos decir es que los franceses se pasaron siglos admirando a Carlomagno hasta que pudieron admirar a Napoleón. Inglaterra tuvo, por supuesto, su insularidad y su singularidad. Pero a España tampoco le faltaban motivos para ambicionar el cosido de los reinos castellano, aragonés, navarro y portugués, por mucho que la última de estas piezas sólo episódicamente formó parte del equipo porque nosotros, los españoles, la verdad, nos hemos portado con “nuestra Escocia” (que es Portugal, no Cataluña) mucho mejor que ésos que nos dan lecciones de civilización.

España tenía la Reconquista, una misión colectiva cuya importancia hoy se minusvalora como si escribiendo libros en el 2019 se pudiera cambiar la forma de pensar de los habitantes de hace 600 años (y es que la historiografía española, demasiadas veces, ya no quiere describir o analizar la Historia; quiere cambiarla). Tenía también una evidencia geográfica (era bastante más probable que Tordesillas acabase compartiendo nación con Valencia que con La Valetta, por razones que, si es necesario explicar, mal vamos). Y, sobre todo, tenía la tendencia general a la centralización, a la des-feudalización de los territorios, la aparición de los Estados propiamente dichos.

Pero todo eso necesitaba de personas. De gentes con DNI, nombres y apellidos, dispuestas a arrostrar con los peligros del proceso y llevarlos a cabo a pesar de todo. En España se dio la circunstancia de que esas personas aparecieron desde la tercera fila dinástica: Isabel de Castilla y su luego marido, Fernando de Aragón.

El proceso de acceso de Isabel de Castilla al poder en su reino es todo menos legal, todo menos constitucional. Juana de Trastámara no habría sido el primer ni el último rey o príncipe de la Historia de quien se hubiera planteado durante toda su vida la pregunta de quién era su verdadero padre. A decir verdad, su padre legal, el rey Enrique, hizo muy pocas cosas por luchar contra el rumor y luego, impulsado por las necesidades políticas, incluso hizo muchas cosas para alimentarlo; pero eso no esconde el hecho de que los derechos dinásticos de Isabel eran muy leves, tan leves que de haber sido Juana un chico o de no haber muerto su hermano Alfonso, ella jamás habría podido ser reina de Castilla. Para colmo, el matrimonio de Isabel, que fue fundamental para allegar los apoyos necesarios para su causa, fue un matrimonio ilegal, amañado. Last, but not least, no pocas veces las pretensiones de la infanta de Castilla, a pesar de que luego se convirtiese en la primera reina renacentista de nuestra Historia, se apoyaron descaradamente en los rancios, y cada vez menos constitucionales so to speak, poderes de la gran nobleza castellana.

Isabel, pues, no fue reina por legitimidad. Fue reina porque supo permanecer en el ring todo el tiempo que hizo falta. Como Rocky Balboa, dejó que su oponente la pegase cuantas veces quisiera, pero sin caer. La suya es la historia de una resistente.

Pero no es su historia. Cuando menos, digo esto desde mi punto de vista. Ésta no es la historia de Isabel de Castilla. Es la historia de Alfonso Carrillo. Ciertamente, Isabel no puede ser retirada de la ecuación: si usamos a su hermano como rey de Castilla, las incógnitas no pueden despejar de la misma manera, porque las coronas de Castilla y de Aragón no se habrían unificado en un heredero. En ese sentido, es curioso que el principal handicap de Isabel terminó siendo su fuerza: su capacidad de casarse con un rey. Pero, aun así, sin quien esta historia habría sido otra, es sin Carrillo.

A pesar de que no pocas veces a lo largo del duro enfrentamiento dinástico castellano, el arzobispo Carrillo se comportó como un viejo señor feudal, imbuido del derecho de decirle al heredero de la corona castellana lo que tenía que hacer, lo que tenía que pensar, con quién tenía que hablar y qué le tenía que decir, no se puede negar que Carrillo aporta a la Historia de España la convicción de que es necesario que el poder real sea un poder central, efectivo y superior. Se dice y se escribe mucho sobre que Fernando el Católico es el verdadero modelo del príncipe maquiaveliano y yo, desde luego, no lo niego. Pero no hay que olvidar que en la eclosión de un nuevo poder siempre hay que tener en cuenta la actitud del viejo, que puede resistirse a ello o puede colaborar con los tiempos que llegan. Carrillo se puso del lado de esta segunda tendencia y, sin él, la causa isabelista habría perdido pie varias veces, aunque sólo sea porque Fernando de Aragón entró en el club prometiendo apoyos efectivos a la causa de su mujer que apenas pudo prestar a causa de lo comprometidas que estaban las cosas en su casa.

El proceso de creación de España, por lo tanto, tiene dos arquitectos: uno, lógico mal que nos pese, era un arzobispo que quería ser cardenal; a nadie puede extrañar que las tendencias centrípetas de un Estado español centralizado nacieran en el seno de los hombres de la Iglesia. El segundo de los arquitectos es Juan de Aragón, el rey de la nación teóricamente rival, y que es el primer tío listo en toda esta Historia que entiende que, por usar una metáfora que fue usada muy repetidas veces en el ámbito religioso durante las querellas sobre la naturaleza de Cristo, Castilla y Aragón, lejos de ser, como siempre se decía, agua y aceite, eran, en realidad, agua y vino. Esto lo entendió un tipo que, en su juventud, había sido un gañán que, haciendo pandi con sus hermanos, la mayoría peores que él, había intentado rapiñar Castilla en su propio beneficio; y que había aprendido alguna que otra cosa siendo rey consorte de Navarra, un reino que, históricamente, ha apostado por la negociación y el entendimiento para lograr su supervivencia primero, y la de sus fueros, después.

¿Mereció la pena? La respuesta ya se la dejo a cada lector, porque si algo queda claro cuando te tomas unas cañas con varios españoles es que hay casi tantas maneras de vivir el hecho de serlo como seres vivos con NIF. Supongo que a unos cuantos, el hecho de que la llegada al poder de Isabel de Castilla fuese abiertamente sediciosa en muchos puntos y perlada de ilegalidades les vendrá muy bien; es algo típico de quien se mueve por la Historia con dos de pipas, ignorando que este tipo de movidas son, más bien, lo habitual en la Historia de las naciones. Habrá, asimismo, quien considere que todo el proceso estuvo presidido por el deseo explícito de crear la nación española, que también es algo exageradillo, pero qué le vamos a hacer.

Para mí, la verdad, las cosas están un poco en el medio de todo eso. Con Isabel de Castilla, España tuvo la suerte, que desde luego no había tenido con su padre ni con su hermano, de tener en el momento justo a la persona justa. En este sentido, si Gregorio Marañón solía decir que el hecho fundamental para la Historia de España había sido la muerte del infante Baltasar Carlos, yo más bien creo que el momento crucial para la Historia de España es la muerte del infante Alfonso; muerte sin la cual los muchos méritos, habilidades y capacidades de Isabel de Castilla se habrían más que probablemente derrochado en alguna casa real extranjera. Yo no creo, por ejemplo, que de haber vivido Alfonso, Isabel y Fernando se hubieran casado, pues en su matrimonio nada tuvo que ver la atracción personal (por mucho que apareciese después), y todas las motivaciones estuvieron ligadas a una situación que, con Alfonso en el mundo de los vivos, habría sido otra; pues siendo Alfonso rey de Castilla o candidato a serlo, Isabel no habría podido aportar en su matrimonio apoyo alguno a los aragoneses en sus guerras contra el francés.

Fue una circunstancia feliz, en el sentido de que permitió el acceso al poder a quien no sólo lo quería, sino que tenía la inteligencia y la voluntad de ejercerlo. Yo, la verdad, teniendo como tenemos los españoles una lista de monarcas en la que la frecuencia de abúlicos, inútiles, pasotas cuando no incapaces o directamente traidores, es tan elevada, creo que no estamos en condiciones de despreciar los momentos en los que el rey resulta ser suficientemente listo y, como dicen las notas colegiales modernas, es capaz de progresar adecuadamente.

Isabel fue votada en este blog la persona más importante de la Historia de España. Por algo será, por algo es. Aquí hemos dejado 65 páginas de palabritas que pretenden ser una torpe introducción al tema.

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