miércoles, noviembre 19, 2014

El hombre que sabía hacer las cosas bien (22)

Leónidas Breznev era, en el fondo de su corazón y también en la superficie de su dermis, un estalinista. Sin embargo, sus años como protegido de Nikita Kruschev le habían dejado, tal vez incluso a su pesar, un importante eco: el eco de los tiempos. Kruschev no fue ningún demócrata; simplemente, fue un mandatario soviético consciente de que había accedido al puesto en plena Guerra Fría, con todas las consecuencias que ello suponía, sobre todo en términos de cambio de uso.


La política de desestalinización del ucraniano no fue otra cosa que eso: una estrategia acompasada con los tiempos. Inmediatamente tuvo la consecuencia de la revolución húngara, cosa que desde luego dio la razón a los inmovilistas moscovitas en el sentido de que no había que moverse en esa dirección. Pero a veces quienes pierden acaban ganando, y éste fue uno de los casos.

Por mucho que Breznev, y sobre todo los generales amigos suyos que explicaban una parte nada desdeñable de su poder, deseasen poder sostener sin ambages la posición de total dureza respecto del resto de la galaxia comunista, la URSS estaba ya, cuando llegó Breznev, bien entrada en la década de los sesenta. En 1964, Estados Unidos había tenido ya un presidente (John Fitzgerald Kennedy) que había fijado claramente la agenda de las presidencias demócratas finiseculares en unos puntos que eran difícilmente criticables como antidemócratas; y, además, la URSS sufría los embates de la cada vez más fuerte competencia china en el orbe marxista. La URSS ya no se podía permitir que el mundo concibiese Moscú como la metrópoli de un complejo imperialista que abortaba los derechos de los pueblos sojuzgados.

Así las cosas, y mediando obviamente la simplificación de confundir «pueblo» con «Partido Comunista», una de las cosas que el breznevismo se vio prontamente obligado a reconocer fue el derecho a la autonomía de todos los países satélite. Pero esto, como ya he tratado de insinuar, era solo de boquilla, porque lo que el secretario general ambicionaba, y más aun su ideológo Milhail Suslov, era mantener la URSS dentro de su puño de hierro.

[No deja de ser curioso recordar que, teniendo las ambiciones que tenía, bajo el estalinismo Breznev podría haber sido detenido, juzgado y fusilado; dado que el padre de la teoría de que la URSS no era sino un solo partido comunista con ramificaciones en diferentes países no fue otro que Grigory Zinoviev...]

Hemos de recordar, en este punto, que en noviembre de 1957 los diferentes países comunistas del mundo firmaron la Declaración de Moscú, redactada en una reunión de todos ellos que venía a responder a las rebeliones húngara y polaca; declaración en la que, curiosamente por presión especial de los chinos, se aseveraba el liderazgo indiscutido del PCUS. Sin embargo, casi inmediatamente después de dicha declaración, habían comenzado las disidencias, especialmente desde Beijing. Kruschev trabajó intensamente para la celebración de una nueva conferencia que zanjase estas diferencias; reunión que tuvo lugar en noviembre de 1960.

La nueva conferencia sirvió para dar notaría precisa de las diferencias sino-soviéticas, amén de otras surgidas, sobre todo, en países del Tercer Mundo, que consideraban al comunismo soviético muy tibio con el colonialismo. Los países del Este de Europa, o más bien sus partidos comunistas, exigieron una dura condena del revisionismo yugoslavo. Y, por último, Enver Hoxa, el líder albano, tomó partido claramente por los chinos, lanzándose a criticar a Kruschev sin ambages (a la larga, terminaría abandonando también el maoísmo, convirtiéndose en el único comunismo autárquico).

Pocos meses antes de su caída, Kruschev todavía estaba impulsando una nueva conferencia sobre la materia, esta vez en la propia Beijing. Sin embargo, para entonces las disensiones entre partidos comunistas eran cada vez peores. Muchos partidos comunistas, y especialmente los de los países de la Europa occidental, objetaban la posibilidad de que un comunismo apartado de la ortodoxia pudiera ser incomunicado del resto de formaciones; era evidente que temían que sus propias evoluciones (recuérdese a Enrico Berlinguer y su eurocomunismo) podía llevarles a ellos por el mismo camino.

Kruschev cayó apenas unas semanas antes de la anunciada celebración de un comité preparatorio de la conferencia de Beijing, que ya no se celebró. Breznev decidió no reunirlo: primero porque, como ya hemos visto, consolidarse en el poder no fue cosa sólo de unas semanas; y, segundo, porque prefería explorar antes la situación real del principal problema que se planteaba en estas conferencias, que no era otro que la relación con China.

Finalmente, Breznev y Suslov movieron la fecha del comité del 15 de diciembre de 1964 al 1 de marzo del año siguiente. Acudieron 19 partidos de los 26 que fueron convocados.

Para desgracia de Breznev, aquella reunión preparatoria sirvió, fundamentalmente, para que los diferentes representantes dijesen eso que hoy está tan de moda de «acordemos no estar de acuerdo». Sin embargo, buena parte del prestigio internacional de Breznev (léase exhibición de músculo frente a Washington y la OTAN) residía en la capacidad de convocar una nueva Conferencia Comunista Internacional.

Los 81 partidos comunistas que habían sido invitados a la conferencia de 1960 fueron citados en Budapest, en febrero de 1968, para una conferencia preparatoria de la conferencia.

67 de los 81 invitados, y no pocos de ellos arrastrando los pies, se presentaron en la capital húngara, en una reunión que fue un auténtico patio de Monipodio. En primer lugar, Rumania, en un gesto teatral que traía muy preparado, abandonó la conferencia. Y, para seguir, fue imposible obtener tomas de posición comunes frente a China o la RDA, o concluir las culpabilidades de las crisis de Oriente Medio. Aun así, se acordó celebrar la conferencia propiamente dicha en noviembre de aquel año.

En realidad, la conferencia hubo de celebrarse el 8 de diciembre de 1969, puesto que por medio ocurrió una cosita: la invasión de Checoslovaquia.

[Y aquí es donde, para continuar este post, debo copiar, y completar, otro que ha publiqué sobre esta misma materia.]


Una de las principales líneas argumentales del siglo XX fue el nacimiento, crecimiento y caída de la idea de que el comunismo era una alternativa democrática al capitalismo, y la URSS un modelo progresista frente a los Estados Unidos. Legiones de personas de inteligencias variadas y en ocasiones acendradas, toneladas de escritores, actores, periodistas, directores de cine y de teatro, científicos, sociólogos, filósofos, cantantes, alfareros, músicos, pintores, escultores, climatólogos, médicos, biólogos, sexadores de pollos, cantamañanas y soplagaitas, creyeron, en algún momento entre 1920 y 1990, que en la gran pelea ideológica del siglo, la mal llamada Guerra Fría (y digo mal llamada porque de fría no tuvo nada) entre capitalismo y comunismo, era el segundo de ellos quien debía prevalecer para bien de la Humanidad.

Para que esta convicción pudiese funcionar, era necesario, como si de un montaje euclidiano se tratase, partir de un axioma: el comunismo y sus representantes eran ideologías, y regímenes políticos, democráticos. Insisto en el concepto de axioma. Este principio era eso, un principio. Algo que se otorgaba a los regímenes comunistas by default, sin que tuviese que ser demostrado pues, como todo axioma, era tan evidente que no hacía falta dicha demostración.

La literatura procomunista, especialmente la desarrollada en los años sesenta y setenta, que fueron los más intensamente prosoviéticos o filosoviéticos, abunda en referencias a las conquistas sociales del comunismo. Las defensas del régimen de los sóviets repiten machaconamente los éxitos del comunismo en la lucha contra el analfabetismo y el logro de la sanidad gratuita y universal como los dos grandes pilares de eso que podríamos denominar el cuaderno de méritos del comunismo frente al capitalismo. Al mismo tiempo, se suele obviar la vertiente repugnante del comunismo, que casi siempre son los muertos. Porque el comunismo, como régimen político y en sus diferentes expresiones, tiene un triste récord de muertos y represaliados, no superado por nadie. Sólo Mao Zedong mató a 20 compatriotas (más una porción no desdeñable de tibetanos) por cada judío asesinado por Hitler. Como otro ejemplo, resulta históricamente inexplicable que alguien que se diga comunista propugne el respeto por las minorías nacionales o raciales, siendo lo cierto que ningún otro régimen político en la Historia moderna ha deportado de sus propias tierras de origen y residencia a más personas y, en general, ha sojuzgado bajo su bota a más naciones, pueblos y nacionalidades.

Todo esto ocurrió entre 1920 y 1990 pero, sin embargo, fue eficientemente evitado, o cuando menos expresado con sordina, por muchos y diversos portavoces, sobre todo pertenecientes a eso que llamamos intelectualidad, en general caracterizada por un acriticismo hacia las realidades de aquel mundo, acriticismo de tal calibre que hace que no pocos de los párrafos que hoy se pueden leer en aquellos libros de ayer provoquen el sonrojo. En todo caso, por mucho que los tiempos hayan colocado muchas cosas en su sitio, en modo alguno los resultados de aquella inmensa operación de autoconvencimiento colectivo están solucionados. Sin ir más lejos, ahí está la tendencia que, aún hoy en día, tienen muchos conocedores y observadores de la guerra civil española, en el sentido de identificar el bando republicano con el concepto de «fuerzas democráticas»; identificación que tiene el efecto inmediato de otorgar tal vitola a los comunistas españoles, que se parecían a un demócrata sincero más o menos lo que se parece Mariano Rajoy a Giselle Bunchen.

La historia del comunismo, no obstante, es muy larga. Más o menos setenta años (neto de Fidel y de Kim Jong Il, claro está). Demasiado larga para estas ilusorias versiones. Si lo que poseemos es un bidón lleno de mierda, es racional que podamos aspirar a convencer a alguien durante un par de minutos que en realidad es vino de Burdeos. Pero si llevamos el engaño más allá, llegará un momento en que nuestro interlocutor se empezará a oler que lo que hay en el bidón tal vez no sea tan bebible como nosotros queremos aparentar. A partir de los años cincuenta y, sobre todo, sesenta del siglo XX, las personas occidentales que se querían considerar de izquierdas empezaron a tener una alternativa en las diferentes socialdemocracias (incluido el laborismo británico) que, con sus acciones de gobierno, empezaron a demostrar que hay cosas (por ejemplo, la sanidad pública e universal) que se pueden conseguir sin mediar la dictadura del proletariado. Y, además, el régimen soviético fue desarrollándose, tomando decisiones, acciones, que en Occidente tenían mala venta. El propio comunismo occidental comenzó a darse cuenta que, en sociedades cada vez menos rurales y donde el papel de las clases medias era cada vez mayor, era imposible sostener un discurso comunista de libro; esto hizo nacer el eurocomunismo, que fue una especie de fistro diodenal ideológico que, en todo caso, basaba su actuación en la plena, y subrayo lo de plena, aceptación de la democracia parlamentaria como regla de juego para su actuación.

Este proceso fue muy lento y gradual, y en unos sitios se ha perfeccionado más que en otros. Pero, en todo caso, tuvo sus momentos de crisis. Sus puntos de dramático cambio cualitativo. Estos párrafos van del más dramático de todos: la primavera de Praga. La última primavera del comunismo, porque aquella primavera de 1968 fue la última en la que el comunismo pudo considerarse democráticamente creíble ante el mundo; el último momento en el que Leónidas Breznev pudo albergar la ilusión de disputarle la victoria propagandística a su enemigo americano en algunos terrenos de la opinión.

Checoslovaquia fue una carallada surgida del derrumbamiento de la monarquía austrohúngara. Terminada la primera guerra mundial, y dado que el encargado de resolver el sudoku del mapa geopolítico europeo de posguerra era el presidente norteamericano Wilson, el lobby checoslovaco de los Estados Unidos jugó sus cartas y logró la declaración de independencia para el país. A los checos se unen los eslovacos, un pueblo entonces significativamente más retrasado económicamente, de base rural, que los checos o bohemios. Eran tiempos felices en los que muchas gentes pensaban que en Europa se podrían construir estados que fuesen cócteles étnicos sin problemas. De aquellos polvos vinieron los lodos de guerras como la que arrasó la antigua Yugoslavia y que hoy se dirime en las salas del Tribunal Penal Internacional. Checoslovaquia fue un tutti frutti de checos, eslovacos, alemanes, húngaros, rutenos, polacos, judíos y algún que otro gitano.

En 1938, Checoslovaquia brillaba como una isla democrática en su área de influencia, pero por poco tiempo. Lo que pasó ya lo hemos contado. Acojonada y reducida a la impotencia por el matón alemán y la inacción de sus aliados franceses y británicos, Checoslovaquia, tras los acuerdos de Munich, se asemeja a un cadáver inerme al que se acercan los buitres. Hitler primero, pero después Polonia, que reclama las tierras de Teschen, y después Hungría, reclamando las áreas donde los húngaros son más frecuentes. En marzo de 1939, pocos meses antes de comenzar la segunda guerra mundial, un obispo, monseñor Tiso, proclama la independencia de Eslovaquia y pide el amparo del ejército alemán. Así las cosas, lo que queda del país es puesto bajo la protección del Reich.

En plena guerra, en 1942, los aliados reconocieron la legitimidad de un gobierno checoslovaco en el exilio. El 30 de abril de 1945 se crea, aún fuera del país, un Consejo Nacional Checo formado por todas las tendencias políticas. En la carrera contrarreloj que libraron sobre el mapa de Europa americanos y rusos a ver quién sentaba los reales en zonas de influencia, los americanos llegaron hasta Pilsen, localidad de evidentes resonancias cerveceras; pero fueron los rusos los que entraron en Praga. En 1946 se celebran elecciones, en las cuales el Partido Comunista consigue el 38% de los votos. Esto les da la mayoría junto con los socialdemócratas, pero pronto surgirán disensiones entre ellos. Las cosas van quedando claras cuando se anuncia que Checoslovaquia va a formar parte del archifamoso Plan Marshall. De Moscú llega la orden de que eso no llegue a producirse nunca. Stalin deja clara su voluntad de que el país permanezca en su órbita.

En febrero de 1948, los comunistas diseñan el ataque final para hacerse con el país. Desde el gobierno, acusan al resto de fuerzas políticas de saboteadoras y crean una crisis de gobierno a base de realizar una amplia purga en la Administración de elementos no comunistas. El 22 de febrero, dos millones y medio de trabajadores, siguiendo las instrucciones del líder sindical Antonin Zapotoky, van a la huelga general y paralizan el país. El presidente Benes tiene que ceder una vez más, cesar a los ministros no comunistas y nombrarles sustitutos. Esto es lo que la Historia conoce como Golpe de Praga: la manzana checoslovaca cae, durante los siguientes cuarenta años, del lado comunista.

La Checoslovaquia del líder Klement Gottwald, de Zapotoky y sobre todo del secretario del partido, Antonin Novotny, fue una digna hija de Stalin. No le faltó de nada. Por supuesto, desde el momento en que los comunistas lograron que Benes cesase a los ministros burgueses, por allí no se volvió a ver nada que oliese a elecciones libres. Haberlas, las hubo; pero con lista única. Otra cosa en la que los comunistas checoslovacos se demostraron como alumnos aventajados del padrecito fue en la realización de purgas internas, que se llevaron por delante a dos centenares de miembros del Partido.

En 1956, como todos pudimos saber (todos, incluida la mayoría de los residentes del paraíso soviético) unos treinta años después, se produjo la sesión secreta del PCUS en la que el nuevo líder de la URSS, Nikita Khuschev, denunció los crímenes del estalinismo. Aunque como digo en la Cibeles ni lo olimos porque todo fue como muy en secreto, esto se notó en cierto descenso de la presión dentro de los países de la órbita. No obstante, no detuvo en lo absoluto el imperialismo soviético, pues en ese mismo año de 1956, la URSS sofocó a leche viva sendas rebeliones en Polonia y Hungría, dejando bien claro que en lo que dimos en llamar Bloque del Este al que se movía medio centímetro se le daba una patada en los cojones.

En uno de esos arabescos acojonantes de los que sólo es capaz el comunismo, en Checoslovaquia quien se afana en la labor de borrar el estalinismo del país es precisamente quien lo pintó, es decir Antonin Novotny. Pero los arabescos son chorradas. Esto es algo que los jerifaltes soviéticos, y los prohombres comunistas en general, nunca entendieron bien, y así les fue. Uno no puede colocar al más furtivo de los cazadores al frente de la vigilancia del parque natural. Si hace eso, lo que acabará ocurriendo es que habrá gente en el mismo régimen que empezará a pensar por su cuenta. A mi modo de ver, este intento de Novotny (léase Moscú) de sucederse a sí mismo es algo que está en el germen del movimiento de la Primavera de Praga. Porque la Primavera de Praga, que es el movimiento que más seriamente pone al comunismo contra las cuerdas, no es un movimiento burgués. No es, como se podría decir desde una óptica comunista con esa expresión tan general, cosa de fachas. La Primavera de Praga la inventaron comunistas.

Desde la caída del estalismo, en el seno del comunismo checoeslovaco comienzan a aparecer elementos llamados reformistas, cuyo principal exponente es el eslovaco Alexander Dubcek. Hablan de las cosas que creen que la gente normal, el personal en general, demanda de su régimen comunista: el fin de la opresión policial sobre los ciudadanos, desaparición de la censura de prensa, libertad de expresión, legalización de sindicatos libres... Igual que si una mujer obesa se pusiese la blusa de una top-model, al régimen checoeslovaco se le saltan las costuras y por los intersticios se escapan individuos y grupos de individuos que, casi siempre desde dentro del Partido, se niegan a regirse por la disciplina única de sus dirigentes. En 1967, durante una sesión del Comité Central del Partido, Novotny y los duros acusan a Dubcek de entenderse con los burgueses. Lo siguiente que hace es llamar a Moscú para llamar al primo de Zumosol.

Para desgracia de Novotny, el que se puso al otro del teléfono ya no era el mismo que había repartido hostias en Hungría once años antes.

Desde 1964, mandaba en la URSS Leónidas Breznev; tal vez, el más inquietante y desconocido mandamás soviético de toda la Historia de la URSS, si hacemos excepción de las flores de un día que le siguieron hasta llegar a Mihail Gorvachov (Constantin Chernienko y Yuri Andropov, si no me falla la memoria). Breznev era un tipo cuya principal ocupación en las cinco primeras décadas de su vida había sido sobrevivir. Carecía del carácter sanguíneo de su antecesor Khruchev (él nunca habría golpeado en público una mesa con un zapato, como había hecho él) y, además, no olvidaba que a ese mismo antecesor se lo había pasado el Partido por la piedra, obligándolo a dimitir. Breznev, por lo tanto, fue, quizás, el primer líder soviético que entendió bien de qué iba eso de la URSS: entendió, pues, que la URSS fue un sistema político que basaba todo éxito en placer al Partido Comunista. Las acciones no tenían que ser buenas, ni eficaces, ni virtuosas, ni justas; todo lo que tenían que ser es buenas a los ojos del Partido.

Así las cosas, en una URSS que, bajo los báculos de Lenin, Stalin y Khruschev, se había acostumbrado a tener líderes que mandaban un huevo, pasó a ser mandada por un tipo extraordinariamente contemporizador, que todo lo consultaba, que nada hacía sin tener claro que la nomenklatura de los mandos del Partido no se lo iba a reprochar. Un gobernante lento. A mí me recuerda un poco a Felipe II, salvando las distancias.

El 8 de diciembre de 1967, convocado urgentemente por Novotny, Leónidas Breznev aterrizaba en Praga. Lo que se encontró el ruso en el país lo dejó acojonado. Checoslovaquia, o más bien su partido comunista, presionado por sus elementos más progresistas (sic), había iniciado una serie de reformas económicas que, sin embargo, habían ejecutado hombres del aparato sin voluntad alguna de llevarlas a término; lo que había tenido como consecuencia colocar el país en un caos económico desconocido en mucho tiempo. Además, las disensiones entre checos y eslovacos (no se olvide que Dubcek era eslovaco) habían rebrotado, y la inquietud de profesores y estudiantes, palpable. El corolario de aquellos problemas es que, aquel mismo mes de diciembre, un aterrado Novotny se había encontrado con un reunión del Presidium de su partido en el que ocho de los once miembros del mismo habían votado su destitución.

Novotny, por supuesto, llamó a Breznev para que lo ayudase, para que impusiese en el Presidium otra actitud distinta. Pero el Leónidas que aterrizó en Praga era, básicamente, un señor que estaba hasta las pelotas del tipo al que había venido a proteger. De hecho, Breznev ya había acompañado a Kruschev al mismo sitio, y por razones relativamente parecidas, en 1964; y ya en aquella visita había consolidado la opinión de que Novotny era un mojón. Así pues, contrariamente a lo que esperaba el secretario general del comunismo checoslovaco, Breznev no trajo los tanques. Se limitó a hablar. Con él, con Dubcek, pero poco más. Dejó Praga Breznev sin siquiera atender el almuerzo en su honor que había preparado Novotny, diciéndole a los comunistas locales que consideraba que aquel problema era un problema interno de ellos.

Era una forma como cualquier otra que el padrino Corleone tenía de aprobar la ejecución de alguien.

La lentitud de Breznev fue gas sarín para Novotny. Si el checo había esperado ver los tanques rusos enfilando hacia Praga, se quedó con las ganas. Moscú le dejó solo, lo cual equivale a decir que otorgó su nihil obstat para su defenestración; y, en muy poco tiempo, Novotny se vió en minoría en el Partido y dimitió como secretario el 5 de enero de 1968. Le sucedió el eslovaco Dubcek.

Hasta la llegada de Milhail Gorvachov al poder en la URSS, Alexander Dubcek fue el único máximo mandatario de un partido comunista de la órbita soviética de cuyas verdaderas convicciones democráticas no quepa dudar. Pero entre Gorvachov y Dubcek media un abismo, pues el primero llegó a la máxima magistratura de la URSS para realizar la voladura controlada del sistema comunista; el segundo, sin embargo, nunca pretendió otra cosa que perpetuar el régimen comunista. Tanto es así que, en realidad, era un personaje con un currículo perfecto a los ojos de Breznev: hijo de proletarios, educado en la URSS, graduado en la Escuela Mayor del Partido Comunista de la URSS... es muy probable que el propio Leónidas lo considerase más soviético que checoslovaco (como su amigo y sucesor, Konstantin Chernenko, más soviético que moldavo).

A finales de enero, Dubcek viajó a Moscú, se entrevistó con Breznev, y en la nota oficial de la reunión se afirmó una «total identificación de puntos de vista en todos los temas discutidos». Breznev, pues, estaba que no meaba con el cambio de liderazgo en el país. Para colmo, en marzo Dubcek impulsó el nombramiento como presidente del país de un viejo camarada de la milicia de Breznev: Ludvik Svoboda.

En realidad, el único lider comunista que no quería ver a Dubcek era el Walter Ulbricht, el jefe de la RDA. Ulbricht era más papista que el Papa en lo que a comunismo se refiere y, sobre todo, era jefe de un país que estaba situado en un área de influencia en el que la prosperidad o el ejemplo checoslovaco podía ser seriamente dañoso para él. En febrero de 1968, con ocasión del aniversario de la llegada comunista al poder en Checoslovaquia, Breznev trató de que ambos líderes se conociesen e hiciesen las paces.

El principal acto de aquella celebración praguense tiene resonancias hispanas, pues se celebró en el llamado Salón Español del castillo de Hradcin. En su discurso allí, Dubcek, mirando directamente a Breznev (pensemos un poco en la famosa escena de Zapatero de: «Pasqual, aprobaré el Estatuto que...»), afirmó su «eterna lealtad a la comunidad de países socialistas». Luego se volvió a Ulbricht, lo nombró específicamente (recuérdese: «Pasqual...») y le afirmó su total solidaridad con la RDA y su oposición «al constante revanchismo de la Alemania Occidental».

Hasta ahí, tanto Breznev como Ulbricht estaban teniendo orgasmos espontáneos. Pero, pronto, comenzaron a eyacular para detrás cuando Dubcek comenzó la segunda parte de su discurso. La realmente histórica. Aquélla en la que anunció una serie de reformas en el país y en el Partido. Las reformas que pasaban a suponer lo que se ha conocido como «socialismo de rostro humano».

El 5 de marzo de 1968, hecho insólito en un país comunista, se levanta la censura de prensa. Pocos días después, se produce la ya comentada salida de Novotny de la presidencia de la república, siendo sustituido por el general Ludvik Svoboda, compañero de Breznev, si: pero, también, víctima de las purgas de los años cincuenta.

El programa de los reformadores, que como hemos dicho se dio en llamar socialismo de rostro humano, tiene algunas reminiscencias del socialismo a la chilena de Salvador Allende. Entre sus elementos principales se encontraba la propiedad privada de pequeños negocios (se mantenía la estatal para los elementos básicos de la economía), la apertura del sistema a diferentes partidos políticos, sindicatos independientes y derecho de huelga, independencia del poder judicial, igualdad de las diferentes nacionalidades y libertad religiosa. Se fijó para el 9 de septiembre la celebración del XIV congreso del Partido Comunista de los Trabajadores checoslovaco, que debía dar carta de existencia a todas estas reformas.

El 29 de marzo, en la conferencia del Partido Comunista de la ciudad de Moscú, comienza el contraataque breznevita. El Partido Comunista, dijo, no sólo es uno sino que actúa como uno. La unidad es fundamental en su actuación. Acto seguido, cargó contra los pretendidos reformadores del comunismo, de los que terminó por decir que «no pueden esperar escapar del castigo».

Hay que decir que, en un punto tan temprano de la crisis praguense, en Moscú ya comenzaron a moverse por las mesas papeles con planes de intervención armada. Sin embargo, Breznev los paró, consciente de los enormes costes que tendría. En ese momento, su principal objetivo era que en noviembre de aquel año se celebrase la proyectada conferencia de partidos comunistas, conferencia que debería emitir al mundo una imagen de unidad sin fisuras. Y es obvio que la invasión de un país cuyo partido comunista se mostraba díscolo no era la mejor tarjeta de presentación. El presidente norteamericano Johnson acababa de anunciar la decisión de detener el bombardeo de Viet Nam del Norte, en una clara medida de apaciguamiento entre las dos grandes potencias que, claramente, cambiaría de sentido si había invasión. Sobre su mesa, Breznev tenía cartas de Josip Broz Tito, de Luigi Longo, el líder comunista italiano, y de Ceaucescu, tratando de prevenirle de realizar la invasión. De hecho, en junio, durante una entrevista con Josef Zednik, vicepresidente de la Asamblea Nacional Checoslovaca, le dijo a las claras que no tenía intención de intervenir militarmente en el país.

Eso sí, también tenía Breznev presiones en el sentido exactamente contrario, esto es exigiendo los tanques en Praga, fundamentalmente de Walter Ulbricht y de Vladislav Gomulka.

El 26 de junio, una revista literaria, Literární Listy, publicaba un texto del escritor Ludvik Vaculik, conocido como El documento de las dos mil palabras, suscrito por las firmas de otros muchos intelectuales. Este manifiesto reclamaba de las autoridades checoslovacas un avance más rápido hacia la plena democracia.

A partir de ese día, el Kremlin ya no puede más.

La URSS organiza en Varsovia, los días 14 y 15 de julio, una conferencia de países del bloque del Este para analizar las reformas checoslovacas. Dubcek se negó a asistir. Probablemente, no tenía otra opción pues, de haber ido, habría resultado inmovilizado allí mismo. Pero su ausencia dejó el campo libre al resto de los comunistas para aprobar mociones en las que se calificaba el proceso checoslovaco de contrarrevolucionario, y justificando la intervención armada.

Con ese teórico apoyo en la mano, Breznev decide generar la última oportunidad para la paz, conocida como el encuentro de Cierna-nad-Tissou. El encuentro de Cierna tuvo lugar entre el 29 de julio y el 1 de agosto de aquel año de 1968, y se produce entre once miembros del Politburó del PCUS y la totalidad del Presidium del Partido Comunista de la Checoslovaquia.

Un buen aperitivo de lo que iba a ser ese encuentro fue la propia llegada de Breznev. Llegó a la población checoslovaca fronteriza con la URSS en un tren blindado. Él se esperaba una cita como todas a las que estaba acostumbrado, esto es: la estación vacía de gente, salvo las personas del pueblo designadas por la policía secreta y el consabido grupo folklórico para bailarle el aurresku; y, sin embargo, se encontró con un andén repleto de periodistas. Le costó perdonar aquello.

Los cuatro días de la conferencia de Cierna fueron tormentosísimos. Finalmente, Breznev logró arrancar de Dubcek unos nebulosos compromisos en el sentido de reducir la libertad de prensa recién decretada, y parar las reformas económicas. Nada más terminar esta conferencia, se proujo otra en Bratislava en la que el líder soviético, apoyándose en estos compromisos, apareció relajado y positivo. Incluso concedió una entrevista a la televisión eslovaca. Se marchó de Checoslovaquia dando la crisis por cerrada.

Sin embargo, es obvio que lo que él había entendido, y lo que habían entendido Dubcek, de aquellos compromisos, era distinto. La evolución en Checoslovaquia habría de preocupar de nuevo en Moscú. Muy pronto.

Lo que siguieron fueron días de toma y daca. El bloque soviético presionó con la publicación de la Carta de Varsovia, y Dubcek intentó negociar, poniendo siempre sobre la mesa el aplastante apoyo social con que contaba en su país. Sin embargo, consciente de lo delicado de la situación, y probablemente sabiendo que su país había sido ya pisoteado sin contemplaciones en el pasado, el 3 de agosto firma, junto con otros mandatarios del área, una declaración que asevera que el socialismo deberá ser siempre defendido allí donde esté en peligro. Sin embargo Dubcek, que con gestos así parece demostrar que no carece de mentalidad estratégica, también hace cosas que hacen pensar que se desenvolvió en aquellos tiempos con notable torpeza. Durante el mes de agosto, de hecho, recibe en Praga a las dos bichas de Moscú: el mariscal Tito, jefe del Estado yugoslavo que mantiene una línea decididamente independiente del Kremlin; y Nicolae Ceaucescu, el dictador rumano que por aquel entonces coquetea con los chinos.

Además de todo esto, el 10 de agosto fue publicado el borrador de Estatutos del Partido checo, que debían ser aprobados en un congreso extraordinario fijada para el 19 de septiembre. Entre otras cosas, prescribía la votación secreta para elegir a los dirigentes del partido, además de limitar los mandatos y proponer medidas para evitar la concentración de poder. Más aún, aquellos estatutos establecían mecanismos para la expresión de los puntos de vista de las minorías. En Moscú, y en otros países comunistas, esta publicación fue vista como herética y enormemente peligrosa.

A finales de agosto, el día 20, tenía señalada reunión el Presidium del PCT. Cerca de las doce de la noche de aquel día, cuando en las salas aún se trabajaba y se debatía, llegaron las noticias de la invasión soviética del país. La URSS, acompañada voluntariamente por Polonia, Hungría y la República Democrática Alemana, violaba las fronteras del país. La Historia, como vemos, se repite: los cuatro invasores del 68 fueron los mismos que, en el 38, se llevaron partes del país o sacaron tajada de la situación.

¿Cómo, o más bien por qué, se produjo la invasión? No lo sabremos nunca con certeza. La hipótesis más potable que se ha manejado siempre es que fue el mando de las Fuerzas Armadas el que decidió reaccionar. El Estado Mayor, según esta versión, habría sacado de sus dachas vacacionales a Breznev, Podgorny y Kosigyn, para llevarlos a Moscú y, allí, plantearles la inevitabilidad de la invasión. Otras versiones, menos creíbles, afirman que el Comité Central le impuso la decisión al Politburó (como digo, poco creíbles, teniendo en cuenta que el Politburó no era sino el destilado del Comité; además de que no hubo signos de reunión alguna del Comité Central, y se habría notado dados los muchos miembros del mismo). La tercera y última versión, menos creíble aun en mi opinión, es que fue Ulbritch quien, tras su propia tormentosa reunión con Dubcek (en Karlovy Vary, el 12 de agosto) habría exigido la medida.

Tanto Breznev como Podgorny veranearon aquel año en el Mar Negro; y sabemos que ambos se entrevistaron con Janos Kadar allí, el 14 de agosto. Es, pues, una fecha muy probable para la decisión de invadir. Aquel mismo día, además, el mariscal Grechko y el general Yepishev viajaron a la RDA, oficialmente para pasar revista a las tropas rusas situadas en el país.

Dentro del partido, lo más probable es que el mayor apoyo llegase de los comunistas geográficamente más cercanos a Checoslovaquia y, consecuentemente, más temerosos: los ucranianos. Asimismo, el más que probable contradictor de la idea debió ser Milhail Suslov, porque ya se había opuesto al uso de la fuerza en Hungría, y porque su prioridad era salvar la conferencia comunista mundial.

La invasión, en todo caso, no salió como Breznev esperaba. En primer lugar, siendo como era un comunista de libro, ni se le ocurrió que fuese cierto lo que decía Dubcek en las reuniones sobre el apoyo popular a sus reformas y la resistencia que se encontraría cualquier medida de fuerza. En segundo lugar, su plan político falló. Él pensaba secuestrar a los principales cabecillas de la reforma (el propio Dubcek; su primer ministro, Oldrich Cernik; y el presidente de la Asamblea Nacional, Josef Smirkovsky) y poner al frente del país a un gobierno títere. Pero no contaba con su viejo camara, Svoboda, presidente del país, que, simple y llanamente, se negó a nombrar un nuevo gobierno.

Svoboda llegó a Moscú en la tarde del viernes 23 de agosto. Breznev lo recibió en el aeropuerto Vnukovo con categoría de jefe de Estado. Luego lo metió en uno de aquellos coches enormes que tenían los jerifaltes soviéticos, junto con Podgorny y Kosigyn.

Nada más comenzar las negociaciones, Svoboda comenzó a levantar la voz. Le exigió al secretario general del PCUS poder ver a Dubcek, Cernik y Smirkovsky. Cuando Breznev se negase, Svoboda se levantó, se arrancó del pecho la medalla de Héroe de la Unión Soviética, la tiró sobre la mesa; y luego siguió con otras condecoraciones. Luego, en un gesto cinematográfico, blandió su pistola (la misma pistola, le dijo a sus contertulios, que Stalin le había dado para luchar contra Hitler) y amenazó con suicidarse. «Podéis decir que me suicidé», parece ser que les dijo, «pero no os creerá nadie».

La discusión continuaba. Pero, cada vez que los soviéticos argumentaban algo, se encontraban con la terca posición del viejo general checo, que se negaba a llegar a ningún acuerdo mientras sus compañeros no fuesen liberados y las tropas extranjeras saliesen de su país. Finalmente, tras algunas horas, las dos partes acordaron no estar de acuerdo. Svoboda fue alojado en un apartamento en el Kremlin (donde es de suponer que hasta las cucarachas estaban a sueldo del KGB) y Breznev, Podgorny y Kosigyn se retiraron a deliberar.

Al día siguiente, los moscovitas habían cedido parcialmente. Svoboda pudo ver a Dubcek y los otros durante dos horas. Además, Breznev había hecho llegarse a Moscú a los presuntos miembros del nuevo gobierno checoslovaco (Drahomir Kolder, Alois Indra y Vasil Bilak, amén de otros civiles colaborantes con la causa, como Gustav Husak). Svoboda seguía insistiendo en que las tropas debían irse.

Finalmente, Breznev convenció al presidente para que fuese a la sala donde prácticamente todo el parlamento checoslovaco estaba reunido (léase detenido). Breznev comenzó un discurso plúmbeo sobre la colaboración socialista que, al parecer, pasada una hora, interrumpió Svoboda con un puñetazo en la mesa y el grito que podríamos traducir como: «¡Ponte a negociar, hostias!»

Lo que siguió al discurso breznevita y la interrupción svobodita fueron tres días de negociaciones, por llamarlas de alguna manera. Finalmente, se alcanzó el compromiso de que las tropas permanecerían en Checoslovaquia, al menos hasta que el país se normalizase. Las reformas estaban muertas. En esas circunstancias, Dubcek, Cernik y Smirkovsky regresaron a su país. Pero lo hicieron para contemplar cómo el partido es purgado de reformistas y a todas las reformas, sin faltar una, se les pone el freno primero, y la marcha atrás después.

En noviembre, en el congreso del Partido Comunista Polaco, Breznev pronuncia un discurso en el que sustancia la que, desde entonces, se conocerá como doctrina con su nombre. Según esta teoría, todos los países comunistas tienen una soberanía matizada, que termina en el momento en el que ponen en peligro el sistema en sí del socialismo, esto es al resto de países; y la URSS, en consecuencia, retiene la obligación de intervenir para recolocar las cosas si es necesario.

El 16 de enero Jan Palach se quema vivo en la plaza de San Wenceslao. Algunos días después, otro estudiante hace lo mismo en Pilsen. El 25 se produce una gran manifestación. Es el último acto de rebeldía de los checoslovacos.

La primavera de Praga fue la prueba del nueve del comunismo. Hasta su producción, y aunque existiesen evidencias y datos, quien quisiera creer en las honradas convicciones democráticas del comunismo internacional, podía hacerlo. Tras la Primavera de Praga, es obvio que ha habido muchas personas que han seguido pensando, escribiendo y diciendo tal cosa. Pero tal idea se convirtió en demasiado exótica e incomprensible para mucha gente.

El principal ganador de la Primavera de Praga, a mi modo de ver, fue la socialdemocracia. A partir de 1968 comenzaría el lento goteo de comunistas que acabarán abrazando el socialismo; goteo del que en España tenemos bien conspicuos representantes.

Por lo que se refiere a Leónidas Breznev, tal vez pensó que con lo actuado había conseguido cerrar el grifo de las disensiones en su bloque.


Ni de puta coña.