lunes, noviembre 24, 2014

Sir John (5: Napoleón se mosquea, mientras brota el hooligan que todo británico lleva dentro)

Recuerda que ya te hemos contado:

La extraña combinación de circunstancias que puso a John Moore al mando de las tropas británicas en España.

Las opiniones no demasiado buenas que los ingleses se llevaron en su primer contacto con La Coruña.

Los miedos de sir John Moore de que en España estallase la burbuja.

Los cambios de planes de los ingleses, después de que un cartero vallisoletano se cargase a un francés pollas.




A la salida de Sahagún, Moore comenzó a recibir informes repetidos de que tropas francesas habían salido de Madrid con la intención de tomar contacto con las de Soult, a las que él quería enfrentarse. Sin embargo, el escocés consideraba que tenía tiempo suficiente como para dar su golpe antes de que Napoleón llegase al Duero. Su plan era atacar más o menos el día de Navidad y, después, avanzar rápidamente hacia el mar. Sin embargo, a las seis de la tarde del primer día de marcha, le fue llevado a su presencia un campesino que portaba una carta del marqués de la Romana. El informe del español venía a decirle que las tropas de Madrid estaban casi ya en la zona. Horas después, un oficial inglés que había sido enviado de batida confirmó esos temores. Moore se dio cuenta de que no llegaría a tiempo de atacar a Soult antes de que recibiese refuerzos críticos, capaces de cambiar el signo de la pelea; o, en cualquier caso, bloqueando su retirada.



Lo que había pasado es que Napoleón había recibido sus propios informes. El emperador francés sabía desde el 19 de diciembre que los ingleses no se habían retirado a Portugal y avanzaban hacia Burgos. En la tarde del 21, había resuelto ir personalmente, al frente de sus tropas, a por ellos, además de ordenar a Ney que dejase de lado Zaragoza y avanzase por Castilla la Vieja hacia Soult.

A las siete de la tarde del día 23 de diciembre, sir John Moore llegó a Villacastín, un tanto desolado y deprimido. Sin embargo, podría haber sido peor. Los informes de Napoleón no eran perfectos, así pues había supuesto que Moore estaba casi 100 kilómetros más al sur de lo que realmente estaba. Esto le daba una oportunidad de retirarse hacia Sahagún y Astorga. Le escribió a Romana instándole a llevar a sus hombres al norte, siguiendo el curso del Esla, llegándose a Austrias y luego a Galicia, es decir la tierra que los británicos dominaban. Si los españoles cruzaban el Esla en Mansilla, podrían mantener ese puente mientras los británicos se movían de Astorga sin temer ser atacados por su flanco norte.

Todos los británicos que aún quedaban en Sahagún abandonaron el pueblo rápidamente. La división de Baird la abandonó por el norte, buscando el Esla. Las divisiones de Hope y de Fraser fueron por el sur, hacia Astorga. Mientras que la división de reserva, la caballería y las brigadas ligeras actuaban de guardaespaldas de todos estos movimientos. Todo esto se realizó bajo una pesada, fría, constante y helada lluvia, que había sustituido a la nieve. Los habitantes de Sahagún estaban tan tristes de que los ingleses los abandonaran, que nada más salir el último soldado tocaron las campanas a rebato y se lanzaron a celebrar en las calles.

Baird llegó al Esla el 26 de diciembre. A pesar de sus temores, no encontraron al francés; de hecho, Napoleón había decidido pasar el día de Navidad en Tordesillas, por lo que había detenido el avance de su ejército. A pesar de esta buena noticia, algunas unidades de Soult habían llegado a tener contacto con las tropas de Baird, lo que llevó a sir Henry Paget a pensar que había que hacer algo para tratar de espantarlos. Decidió encargarle la gestión a Slade; algo que resulta difícil de entender, teniendo en cuenta que Paget parecía tener bastante claro de qué palo era su subordinado: en esos días, como le diese unas instrucciones y Slade marchase a cumplirlas, nada más verle comenzar a galopar, Paget se dirigió a uno de sus ayudas de campo y le conminó a ir detrás de that damned stupid fellow, no fuese a ser que la cagase.

Paget ordenó a Slade que guardase la retirada inglesa, atacando a los franceses que hostigaban dicha retirada con el décimo de húsares. Slade comenzó el avance, pero lo detuvo en seco a unos pocos cientos de metros: había descubierto que sus estribos no estaban bien colocados. Cuando hubo ajustado la altura de los estribos, volvió a marchar; pero había recorrido menos de un kilómetro cuando ordenó alto de nuevo, esta vez para ajustarse las correas. Desde una colina, Paget ya no pudo más y envió a otro oficial para que se hiciese cargo de las tropas.

Las otras dos divisiones inglesas se encontraban cruzando el río en Castro Gonzalo. En medio de una lluvia espesa, que dificultaba notablemente la visión, dos soldados, John Walton y Richard Jackson, fueron situados en el puente, con la instrucción de que, si aparecían los franceses, uno se pusiera a disparar y otro echase a correr hacia las tropas inglesas para informarles del número de los enemigos. Ambos se portaron como héroes. A la llegada de los gabachos, fue Jackson el que echó a correr. Varios jinetes franceses fueron tras él, por lo que, finalmente, se detuvo para plantarles cara. Recibió catorce golpes de sable (sic) pero, aun así, dado por muerto, reptó y se escabulló, hasta poder cumplir su misión de dar la alarma.

Por lo que se refiere a Watson, se quedó en el puente, disparó primero, se defendió después con la bayoneta, y acabó por dar a la fuga a los franceses sin haber sufrido heridas de consideración. Gracias a ello, en la tarde-noche del 28 de diciembre, el último soldado inglés cruzó Castro Gonzalo.

El resto del día siguiente, los ingleses avanzaron hacia Benavente, mientras las tropas al mando de Craufurd mantenían a los franceses a raya, para dar tiempo a los ingenieros a trabajar en la voladura del puente. Cosa que hicieron a medianoche. La voladura fue tan bestial que los franceses tardaron un día entero de trabajo en volver a tener otro que se pudiera usar.

A pesar de estas noticias no demasiado malas, la tropa británica comenzaba a tener problemas serios relacionados con la disciplina. Los soldados ingleses llevaban ya muchas semanas de barrigazos por una tierra que no mostraba demasiada proclividad a sentir simpatía por ellos; distancia moral a la que ellos respondían emborrachándose y saqueando tabernas en los sitios por los que pasaban.

La mayoría de las unidades, nada más entrar en Benavente, se aplicaron a la búsqueda inmediata de vino. Los oficiales intentaron, en un inicio, controlarlos; pero cuando se dieron cuenta de que era misión imposible, simplemente pasaron. Los soldados encontraron muchas barricas de vino (es la zona), y las rompieron disparándolas con sus mosquetes. Pronto, por las calles corrían ríos de vino que manaba de las barricas destrozadas, y los soldados se arrodillaban en el suelo para abrevarlo. Fue un espectáculo patético; de hecho, no se sabe de uno sólo de esos dibujantes británicos de sketches históricos que haya intentado, jamás, inmortalizarlo. Forma parte de esa porción de las guerras que nunca nadie cuenta.

El propio Moore tuvo que hacer pública una orden escrita en la que admitía que el comportamiento de los soldados exceeds what we could have believed of British soldiers. Y aquello no había hecho nada más que empezar. Algunas horas más tarde, un emisario llegó a toda prisa a la tienda del mayor John Colborne, un joven oficial que llegaría a ser primer barón de Seaton, para avisarle de que los franceses estaban cruzando el río. El puente no estaba del todo reparado, pero ya era capaz de soportar el paso de algunos caballos, y las tropas napoleónicas no habían querido esperar más.

Paget preparó una contraofensiva. Una vez más, tuvo que confiar una parte de las acciones a Slade, que tardó mil años en formar a su tropa. Como consecuencia, el coronel Loftus William Otway tuvo que realizar el contraataque con poco más de un centenar de pringaos, que fueron fácilmente rechazados por los dragones franceses. Otway se reagrupó y recibió el apoyo de la Legión Alemana, al mano del mayor Burgwedel (o sea, que Slade seguía haciendo el pollas por ahí); con estos refuerzos sí que consiguió repeler a los franceses; pero el creciente número de enemigos les aconsejó salir de allí hacia Benavente, acompañado por Charles Stewart.

Paget esperó hasta que los franceses se hubiesen separado bastante del río y entonces, al mano de 150 hombres del décimo de húsares y 200 del décimo octavo de Dragones Ligeros, más la Legión Germana, apareció como de la nada (cosa que se le daba muy bien), y cargó. Los franceses acabaron volviendo grupas hacia el río, no sin dejar por el camino 55 cadáveres y varios prisioneros, entre ellos su comandante, el general conde Charles Lefèvre-Desnouettes.

Lo que sigue es una escena muy de la guerra decimonónica, o más bien dieciochesca. Lefèvre es llevado a la presencia de Moore, que se percata de que tiene una herida en la frente; exige que traigan agua para que se la pueda limpiar, tras de lo cual ambos generales se muestran de acuerdo en que es una herida superficial. Entonces Moore, preocupado porque el francés está empapado, le ofrece piezas de su propio fondo de armario para que se las ponga. El general francés acepta, pero, educadamente, sugiere si no será posible mandar a alguien a las líneas francesas, para que traiga sus cosas. El general escocés, por supuesto, acepta. Pasada una hora o así, de Castro Gonzalo llega el destacamento de ingleses con un montón de baúles. Esa noche, en la cena, el francés se presenta en sus mejores galas. Eso sí, el general francés no lleva sable y Moore, observando que se siente incómodo, se levanta, desenvaina el suyo propio, y se lo entrega.

Napoleón, mientras tanto, se siente extraordinariamente optimista. Está convencido de que encontrará a los ingleses en Benavente; lo cual, le escribe a Soult, será su perdición. Sin embargo, cuando logra cruzar el río y se presenta en la ciudad, Moore y su gente ya se ha ido de allí, camino de Astorga. Sin embargo, el 29 de diciembre, el emperador no está ni a 50 kilómetros de los ingleses. El día 30, Soult llega a León, y la ocupa. Por su parte el marqués de la Romana, que sigue las indicaciones de Moore y trata de huir hacia Asturias, se encuentra el puerto de Pajares impracticable por la nieve, por lo que tiene que volver atrás, hacia Astorga.

Como consecuencia, el último día del año 1808, la ciudad de Astorga es un enorme destacamento militar. Todos los edificios están ocupados, o bien por las tropas británicas, o bien por miembros del ejército de La Romana que han conseguido llegar. Los soldados de ambos ejércitos recorren las calles de la ciudad, convirtiéndolas en lo más parecido a una aldea del Far West. No hay ley, no hay respeto, no hay orden. Para entonces, muchas de las unidades del ejército de Moore donde es más frecuente la presencia de personas de mala catadura están, técnicamente, amotinadas. Los oficiales temen a los soldados, y no se impone la disciplina. Las turbas, que es mejor forma de referirse a los grupos de soldados, asaltan las bodegas, sacan el vino a la calle y se aplican a orgías dipsómanas; muchos de ellos en compañía de sus mujeres e hijos, o de las no pocas putas que todavía siguen formando parte de la formación. Cuando se dan cuenta de que tienen hambre, toman los carros de las gentes del pueblo, desenganchan los bueyes, los ejecutan a tiros y, luego, los cocinan en plena calle.

La escena le enseña a Moore un tema preocupante: Astorga no puede alimentar al conjunto formado por sus propias tropas y las unidades españolas. Necesita llegar a algún lugar donde piense que tiene suficientes recursos como para alimentar a toda esa gente. Sólo hay una alternativa. Hay que abandonar el proyecto de que Romana llegue a Asturias, y dirigirse a Villafranca del Bierzo.

Los ingleses parten sin demora. La cosa va mal. Tan mal, que tanto Henry Paget como Charles Stewart enferman de oftalmia. En esas circunstancias, no queda otra que poner el décimo quinto de húsares bajo el mando (por llamarlo de alguna manera) de John Slade.