lunes, noviembre 17, 2014

Sir John (4: el escocés cambia de táctica, gracias a un cartero con mala hostia antigabacha)

Recuerda que ya te hemos contado:

La extraña combinación de circunstancias que puso a John Moore al mando de las tropas británicas en España.

Las opiniones no demasiado buenas que los ingleses se llevaron en su primer contacto con La Coruña.

Los miedos de sir John Moore de que en España estallase la burbuja.

El 4 de diciembre, Napoleón Bonaparte entraba en Madrid. Sir John Moore lo supo el día 10 cuando, a su llegada a Salamanca, se lo contó el coronel Graham. Es evidente que al general inglés la noticia no le gustó, pero tampoco se puede decir que le sorprendiese. En buena parte, se la esperaba.


Moore, con la disponibilidad de tropas que tenía, no podía ni soñar con vencer al ejército francés en la península; y, como ya hemos dejado bastante claro, no creía en la capacidad de los españoles de darle una alegría (menos aun tras haberse perdido Madrid, para más inri mediando algún tipo de acuerdo con algunos jefes españoles). Pero, por lo menos, creía tener gente suficiente como para generar una maniobra de diversión, avanzando hacia el este, cortando el contacto del ejército napoleónico con Francia, y forzándolo a atacar a los ingleses, reduciendo la presión sobre la capital y sobre el sur.

Moore tenía a su favor que los franceses, según todos los indicios, no sabían dónde estaba y, probablemente, pensaban que se retiraba hacia Portugal. Además, uno de sus oficiales, enviado de descubierta, había estado en Valladolid, donde, informó, ya no había franceses. Así pues, si los ingleses lograban avanzar hacia Valladolid y el Carrión, tal vez podrían obligar a Napoleón a cruzar la sierra del Guadarrama hacia el norte. Si eso ocurría, para los ingleses era obvio que no podían plantar batalla en campo abierto, que perderían con seguridad (es decir: no les quedaría otra que huir a toda hostia hacia el mar). Pero eso le daba un respiro a los españoles.

La salida de los ingleses de Salamanca comenzó el día 11 de diciembre; apenas un día después, por lo tanto, de haberse sabido allí la caída de Madrid. Se formaron dos columnas. La de la izquierda puso la nariz hacia Toro, donde les esperaba Henry Paget con la caballería desembarcada en La Coruña por Baird. La otra columna puso rumbo a Tordesillas, protegida por unidades de caballería a las órdenes de Charles Stewart.

Al día siguiente, los ingleses alcanzaron la vinícola villa de Rueda. Allí les llegaron relatos de que había franceses, así pues Stewart envió a su ayuda de cámara, el capitán Charles Dashwood, para que se infiltrase en la villa vestido de campesino. Dashwood, en efecto, descubrió que había en Rueda casi 100 soldados de infantería franceses y dragones de caballería. En el crepúsculo, los ingleses rodearon sigilosamente la ciudad, y al caer la noche atacaron. Mataron a 18 franceses e hicieron 35 prisioneros. De éstos aprendieron que, tal y como Moore había sospechado, los franceses creían que el inglés se estaba retirando hacia Portugal.

El día 13, el propio Moore abandonó Salamanca, siguiendo los pasos de Stewart hacia Tordesillas y, después, Valladolid. Sin embargo, a medio camino el general cambió de idea. Algunos días antes, en un pueblo llamado Valdestillas, se había presentado un militar francés. Debía de ser un francés bastante auténtico, puesto que acrisolaba dos características: una, ser casi completamente gilipollas, pues se presentó en el lugar completamente solo; y la otra, apostar por la grandeur e incluso el chauvinismo (dicho sea forzando los tiempos de la Historia), puesto que no ocultó su desprecio hacia los españoles y su sentimiento de superioridad. Como consecuencia, los habitantes de Valdestillas, al parecer liderados por su cartero, se lo apiolaron comme il faut o, como se dice en español, por sus santos huevos.

Los españoles desnudaron el cadáver de aquel pobre francés pringao y pusieron a la venta las pertenencias. Acertó a pasar por el pueblo un oficial inglés, capitán Waters, en labores de inteligencia, esto es intentando averiguar cosas de los movimientos de los franceses. Le ofrecieron los documentos que llevaba el gabacho, y decidió comprarlos.

Fue un enorme de suerte. Con gran sorpresa, Waters descubrió, en la documentación adquirida, una carta del mariscal Berthier a Soult, que estaba en Saldaña. Le llevó los papeles a Stewart quien, asimismo, se los envió a Moore sin dilación.

Berthier le decía a Soult en la carta que con las tropas con que contaba (dos divisiones de infantería y cuatro regimientos de caballería) podía tomar León, Zamora y Benavente. No encontraría, le decía un mariscal a otro, oposición alguna, porque los ingleses estaban de retirada hacia Portugal. También daba noticia Berthier en la carta de los movimientos del resto del ejército francés. Lefèvre se encontraba en Talavera, tirando hacia Badajoz, y Bessières perseguía a las tropas de Castaños en dirección hacia Valencia. Asimismo, el ejército de Mortier se encontraba en el norte de Aragón, avanzando para ayudar en el sitio de Zaragoza, mientras que Junot avanzaba hacia Burgos.

Leyendo estas cartas, obtenidas gracias a la chulería de un francés pollas y la propensión a tirar de faca de los funcionarios de Correos españoles, aprendieron los ingleses que Soult estaba, con unos 18.000 hombres, tan sólo algunas millas al norte de ellos; y que, además, la capacidad francesa de allegarle tropas, en el caso de necesitarlas, era muy limitada. Si Moore y Baird se encontraban a tiempo para atacar a Soult antes de que Junot, el único general francés que avanzaba hacia él, llegase para apoyarlo, la victoria era más que probable. Eso sí, había que moverse a pelo puta.

Así pues, Moore envió un jinete al encuentro de Baird, con la orden de modificar su trayectoria y avanzar hacia Mayorga, donde se uniría a sus tropas. Las primeras tropas de Baird, de hecho, alcanzaron Mayorga bajo la nieve, el día 19 de diciembre. En la mañana del día siguiente, caminando trabajosamente por varios centímetros de nieve, llegaron, por el sur, los infantes de Moore.

Con las tropas allegadas, Moore formó cuatro divisiones de infantería, dos brigadas ligeras y una sola división de caballería. La primera división fue para Baird, la segunda para Hope, la tercera para el teniente general Alexander Mackenzie Fraser; y la cuarta división de reserva, para Edward Paget. Los comandantes de las dos brigadas ligeras fueron Karl August von Alten (quien, por cierto, sería herido en Waterloo) , y Robert Craufurd (otro escocés, como varios de los citados, que encontraría la muerte en Ciudad Rodrigo). Lord Paget, cómo no, era situado al frente de la división de caballería, son una brigada al mando de sir John Black Jack Slade, primer baronet de Slade (a quien, por cierto, Wellington consideraba poco digno para el mando, y pronto sabremos por qué); y la otra, de Charles Stewart.

Lo que fallaba en los planes, una vez más, eran los españoles. El marqués de la Romana había prometido unirse con 20.000 hombres, pero el día 19, en Castro Nuevo, Moore recibió una carta que asimismo había recibido Baird el 16 en la que el marqués le comunicaba que, lejos de juntarse con ellos en León, estaba de retirada, por Astorga, hacia Galicia (the Galicias, dice Moore en su carta a Romana). Continúa el general inglés: «ruego saber si ésa sigue siendo la intención de Su Excelencia, dado que afecta en gran medida a mis movimientos. Dado que era mi deseo combinar mis acciones con las de los españoles, espero que tenga la bondad de comunicarme sus intenciones».

Creo que el fino sarcasmo escocés se aprecia bastante bien.

Los ingleses tenían razones para estar encabronados. Cierto es que Romana tenía razones para huir, pues su ejército, en aquel momento, era más una patota de ñetas becarios jubilados que otra cosa. Pero es que, además de sufrir la falta del apoyo militar de los españoles, los ingleses comenzaban a sufrir la falta del apoyo social.

Entendámonos. Las tropas de Baird, de Hope, de Paget, no estaban formadas, que digamos, por catedráticos de griego. El soldado inglés que ha invadido el mundo ha sido, de toda la vida, un impresentable de cojones que se ha portado allí donde ha ido como un hooligan no sólo falto de modales, sino habitualmente proclive a la agresión, la violación y el robo (y más adelante veremos hasta qué punto esto es cierto). Aquellos ingleses, además, para culminar las etapas que terminaron en Mayorga, habían tenido que marchar en condiciones muy poco saludables en etapas de muchos kilómetros; así pues, cuando llegaban a los pueblos, no mostraban lo que se dice educación con los lugareños. A ello hay que añadir que la actitud del hombre rural español hacia todo el pollo desconocido que aparece por la plaza de su pueblo es legendaria. Así pues, se juntan el hambre con las ganas de comer.

A los ingleses, en los pueblos que tocaban, la gente les cerraba las puertas. Como no puede ser de otra manera, en sus cartas se despliegan con una inquina sin contención hacia nosotros. Véase, sin ir más lejos, este pasaje de Henry Paget, hablando de los españoles.

Such ignorance, such deceit, such apathy, such pusillanimity, such cruelty was never before united. There is not one army that has fought at all. There is not one general who has exerted himself. There is not one province that has made any sacrifice whatever. The resources of the country are withheld from us. We are roving about the country in search of Quixotic adventures to save our honor, whilst there is not a Spaniard who does not skulk and shrink within himself at the very name of Frenchman.

Apenas unos días después, Moore le escribe a su amigo Frere: «si el ejército inglés estuviese en un país hostil, no estaría más desamparado. Si es verdad que los españoles están muy interesados en su causa, su conducta es la más extraña que jamás se ha exhibido. El movimiento que realizo es del máximo riesgo. No sólo estoy en riesgo de ser rodeado en cada momento por fuerzas superiores, sino que también puede ocurrir que mis comunicaciones sean interceptadas. Espero que el mundo sea consciente, como lo es cada miembro de este ejército, de que hemos hecho todo lo posible en favor de la causa de los españoles, y de que no la abandonamos, a pesar del tiempo que ha pasado desde que los españoles nos han abandonado a nosotros».

Éstos son los tipos que, según los ayuntamientos y sus agencias de comunicación, salieron de España admirados de la valentía del pueblo español y bla, bla, bla.

El 21 de diciembre, las tropas británicas se encontraban cerca de Sahagún. A la hora del amanecer, Paget había llegado hasta los arrabales de la ciudad, atacando a las tropas francesas que se encontraban por allí. Él mismo tomó el mando de décimo quinto de húsares para rodear el pueblo y cortar la retirada de los franceses que aún estaban dentro, y ya advertidos; mientras que entregó a Slade el mando del décimo de húsares, que habría de atacar frontalmente.

Hace unas pocas líneas hemos dicho que un militar experto como el duque de Wellington consideraba a Slade incapaz para el mando. Ahora vamos a explicar por qué o, más bien, los dos porqués que existen para esta valoración.

El primero de los motivos era que Slade era un militar extremadamente cauteloso. Nunca le parecía que las circunstancias eran las correctas para atacar y, consecuentemente, en la práctica era un general que nunca tomaba riesgo alguno; lo cual, en la guerra, que es riesgo puro y duro, era mala cosa.

El segundo motivo era su bisoñez. La noche del 21 de diciembre de 1809, el baronet de Slade tenía 47 años y, sin embargo, por extraño que pueda parecer, aquélla era su primera batalla. Su cautela y habilidad para el escaqueo le habían permitido llegar a una edad casi provecta de su carrera militar sin haberse peleado nunca; lo cual, obviamente, quiere decir que su práctica era cuestionable.

El general Slade viviría muchos años (medio siglo tras aquella batalla), hasta convertirse en un personaje muy al estilo del viejo militar de la película Las cuatro plumas. Exactamente igual que ese militar del film tiene, cada noche a los postres de la cena, que colocarle al personal la historia de la carga de la brigada ligera en Balaclava, Black Jack Slade, cargado de años y de achaques, le contaba a sus nietos, hasta hacerles coquetear mentalmente con la idea del suicidio, la historia de la acción de Sahagún. Lo que pasa es que Slade, igual que el militar de la película, cambiaba los hechos. Porque, lejos de la perfecta y valiente acción que él describía, el Sahagún se portó como un pollas. Fueron tantos y tan meticulosos sus preparativos, todo tenía que estar perfecto para su primera victoria, que, como consecuencia, cuando Paget cargó desde la otra parte del pueblo contra los franceses, convencido de estar realizando un ataque sorpresa del que su compañero estaría realizando por el frente, Slade estaba todavía arengando a sus tropas: no había avanzado todavía.

Paget, cuando se dio cuenta de que Slade no estaba, también se dio cuenta de que, de todas formas, tenía que cargar. Los franceses estaban formando, eran una tropa impresionante, y si conseguían colocarse en formación de batalla serían invencibles. Así pues, al grito de guerra de los húsares (Emsdorf and Victory! En recuerdo de la batalla de Emsdorf, en Alemania, el 14 de julio de 1760. Las fuerzas que participaron en ella recibieron el honor de poder llevarla en su blasón) cargó contra los franceses, en un choque brutal. Las bajas fueron muchas, pero consiguió lo que quería: la formación francesa se rompió y comenzó a recular.

Hope consiguió aquella noche una victoria muy relevante para los intereses ingleses. Se llevaron por delante a 20 franceses, y a muchos más los hirieron. Hicieron 170 prisioneros y, en general, asestaron un golpe tan fuerte a los Chasseurs (cazadores) al mando del coronel Tasher (sobrino de la emperatriz), que la unidad hubo de ser disuelta con el tiempo. Horas después, Moore entraba en la ciudad y convertía el convento benedictino de Sahagún en su cuartel general.

El escocés estaba exultante. Bueno, Slade había hecho el pollas, pero Hope había más que equilibrado la balanza, y ahora él estaba en disposición de avanzar hacia Saldaña y atacar a Soult, probablemente en el siguiente amanecer. Además, unas horas después cayó sobre la zona una espesa niebla, lo que hacía más fácil un ataque por sorpresa.


Un día entero pudieron las tropas inglesas descansar en Sahagún. Al día siguiente, recibieron, de nuevo, la orden de moverse.