jueves, julio 22, 2010

Las sacas

Las notas escritas en el anterior post sobre Melchor Rodríguez han provocado algún que otro comentario privado sobre el asunto de las sacas de las cárceles de Madrid durante el otoño del 36. Vaya por delante que a mí me gusta escribir sobre Historia, y tengo por mí que mientras hay personas vivas contemporáneas de unos hechos, éstos difícilmente pueden considerarse hechos históricos. Éste de las sacas es un asunto desagradable y jodido que presenta muchos perfiles de pasión. Aproximarse a ello desapasionadamente es, verdaderamente, tarea difícil.

Por pura lógica física, y a pesar de que los presos fueron hacinados en sus galerías, no podía haber en Madrid, en los primeros meses tras estallar la guerra civil, más de 10.000 presos. Por lo tanto, lo primero que hay que hacer es desterrar mitos nacidos del régimen anterior. Lo primero que hay que hacer con el asunto de las sacas es sacudirle la mugre franquista. El Alcázar, periódico que ejerció durante mucho tiempo la portavocía del franquismo, llegó a publicar una lista de 12.000 víctimas de los fusilamientos de aquella época; pero esta cifra es, simple y llanamente, imposible. Por lo demás, no es necesario acudir a dichas exageraciones para medir lo execrable de los sucesos que ocurrieron en Madrid en aquellas semanas. Las estimaciones que yo doy por más sólidas colocan el número de víctimas en el entorno de las 2.000. 2.000 personas que fueron asesinadas, que no ejecutadas, en una absoluta carencia de garantías y con una total falta de respeto por sus derechos, una inhumanidad casi inexplicable.

Las sacas de presos se producen durante el mes de noviembre y algunos, pocos, días de diciembre de 1936. Fueron provocados, como comentaba en el anterior post, por la huida del gobierno a Valencia y el hecho de que las tropas franquistas estaban a sólo unos centenares de metros de Madrid. Fueron utilizados para los fusilamientos el arrojo de San José, en Paracuellos del Jarama; y los alrededores del palacio de Aldovea, en Torrejón de Ardoz. Terminada la guerra, no obstante, los muertos de Torrejón fueron trasladados a Paracuellos.

La Causa General abierta por el franquismo contra los crímenes de la República afirma que hubo 13 jornadas de sacas desde las distintas cárceles de Madrid: la Modelo, la cárcel de Porlier, San Antón y Ventas. Todas éstas son cárceles de hombres. Cabe añadir que de alguna de estas cárceles salieron en esos mismos días algunos presos camino de la libertad.

Como también comentaba en mi anterior post, los intentos por restar importancia a estos sucesos se basan en dos grandes argumentos. El primero es que los hechos ya fueron juzgados por el franquismo; argumento éste que es antihistórico porque el juicio de la Historia no es ninguna apelación procesal. El segundo, que como digo ya cité al hablar de don Melchor, es la peregrina teoría según la cual estas acciones habrían sido realizadas por grupos de «incontrolados». La verdad es muy otra. Sorprende lo fácil que le fue a la Causa General sustantivar las acusaciones relativas a las sacas; fue así porque éstas estaban sobradamente documentadas en instancias oficiales.

Lejos de la consideración, que ya sería la leche de por sí, de que quienes se llevaron a los presos de las cárceles, organizando en casos nutridas caravanas de autobuses de dos pisos que difícilmente podían pasar inadvertidas de las fuerzas de orden público aún de madrugada, eran «incontrolados» que no obedecían a nadie, la realidad nos dice que las sacas fueron acciones meticulosamente organizadas desde la Dirección General de Seguridad. Antes de realizar las sacas, según diversos testimonios, quienes realizaban la acción se encerraban en un despacho con las fichas de los presos, las agrupaban y seleccionaban a la gente que se iban a apiolar. Nada de gentes calentadas por el momento actuando por impulsos. Más bien, fríos planificadores de matanzas masivas.

Si hemos de creer al testimonio del miliciano y colaborador de la DGS Ramón Torrecilla, los presos eran clasificados en: militares, hombres de carrera, obreros y personas sin profesión conocida. Cuesta creer que no se crease un montoncito especial para los curas. Luego se escogía a los más significados, se los llamaba en voz alta, y se les trasladaba, como digo, preferentemente en autobuses, aunque la imaginería cinematográfica que ha rememorado estas escenas ha preferido el camión volquete, que sólo se utilizó en los casos en que la cuerda de candidatos a la bala en la nuca fuese poco nutrida.

Todo hace indicar, por lo demás, que los militares y falangistas destacados son el principal objetivo de los asesinatos. En un entorno en el que se cree que los golpistas se pueden hacer con Madrid, la preocupación de los defensores de la capital es que los invasores puedan encontrarse en las cárceles a todo un racimo de mandos militares de gran envergadura y capacidad bélica. La primera razón de las sacas, por lo tanto, es debilitar este eventual reforzamiento del cuadro de mandos del ejército nacional. Sin embargo, tampoco se puede negar que operó el segundo factor, que era el simple y puro odio. Sólo así se explica el fusilamiento de personajes como Pedro Muñoz Seca, autor de La venganza de Don Mendo.

Las sacas más nutridas implicaron a medio millar de personas. En la de Torrejón, por ejemplo, salieron 414 presos, todos los cuales fueron fusilados. La inmensa mayoría de las víctimas, además, no tenían proceso judicial abierto. No estaban a disposición de juzgado alguno, motivo por el cual se acepta generalmente que el estamento judicial no tuvo nada que ver con su muerte. Durante la guerra, se dio la circunstancia tristemente sarcástica de que hubo muertos de Paracuellos que fueron citados a declarar en sus juicios. Ni siquiera sus jueces o sus tribunales populares sabían que habían sido asesinados.

Las matanzas fueron realizadas mayoritariamente por miembros de la llamada Milicia de Vigilancia de Retaguardia pero, como ya he escrito, fueron organizadas y ordenadas desde la Dirección General de Seguridad. Pero eso no es decir mucho, porque el responsable de este departamento, Manuel Muñoz, había huido a Valencia con el gobierno; de hecho, había sido uno de los primeros altos funcionarios en pirarse de la capital, en compañía de su ministro, el gallardo a la paz que valiente Ángel Galarza. Resulta muy difícil saber con exactitud quién mandaba, de qué manera y con qué intensidad, en la DGS durante aquellos días.

Es evidente que el aspecto que más morbo despierta de esta historia es, se pregunte a quien se pregunte, la pretendida responsabilidad de Santiago Carrillo en los hechos. Carrillo fue nombrado, ahora veremos en qué circunstancias, Delegado de Orden Público de un Madrid del que se había pirado hasta el Tato, acojonado el personal por la llegada del general Varela. Su nombramiento se produce en la tarde del 6 de noviembre. Su primer acto es reunirse con el general Miaja y Antonio Mije, comunista como Carrillo, para organizar la Junta de Defensa de Madrid. En esa reunión, si hemos de creer a Carrillo, se habla largo y tendido (hasta casi despuntar el día siguiente) del problema que presentan las cárceles repletas de posibles ayudas al ejército golpista, y muy especialmente la Modelo pues, situada en Moncloa, está a apenas unos metros de uno de los frentes. La primera pregunta para la que no hay respuesta, pues, es exactamente de qué se habló aquella noche. ¿Se habló de trasladar a los presos, como pretende Carrillo? ¿Se habló de matarlos, como aseveran sus críticos?

A mí, la verdad, me cuesta creer esta última versión. No porque crea en Carrillo sino, más bien, porque me cuesta creer que un militar como Miaja aceptase tal solución sin pestañear. Hay que tener en cuenta, además, que el cónsul noruego en Madrid, Félix Schlayer, nada sospechoso de sentir la más mínima simpatía hacia Carrillo, afirma en su libro sobre estos hechos que le comentó al propio Carrillo el problema de los desafueros en las cárceles el día 7, y que el comunista, en ese momento, no conocía los hechos. Parece, pues, difícil sostener que en la reunión de la madrugada del 7 se hablase de matanzas masivas.

De todas formas, esta versión tiene problemas de cronómetro. Si la damos por cierta, entonces deberemos concluir que en algún momento de la madrugada del 7 de noviembre de 1936, se toma la decisión de trasladar a los presos. Sin embargo, en la cárcel de Porlier hay una saca ya ese día 7 por la mañana, tan de mañana que a las ocho ya se está produciendo el paqueo mortal en Paracuellos; y a primera hora de la tarde en San Antón. Como ya hemos visto, las sacas no eran el puente aéreo; aquello no era llegar y volar, sino que llevaba su tiempo; los candidatos eran cuidadosamente elegidos. ¿Cómo pudo organizarse la saca de Porlier en apenas media horita? ¿Acaso no da que pensar la hora de su producción que alguien (no sabemos quién) llevaba pensando en hacer algo así desde antes de que se constituyese la Junta de Defensa? Además, si la intención de trasladar presos afectaba a los más cercanos al frente, ¿por qué no se comenzó por la Modelo, que estaba en primera línea de fuego, mientras que a Porlier ni llegaban los obuses? ¿No da eso que pensar que había más motivaciones que el mero traslado?

Esta incongruencia temporal, a decir de algunos analistas de la cosa, abona la tesis de que ni Carrillo ni Miaja ni Mije pueden considerarse ordenantes de las sacas. Ellos no pudieron lanzar el proceso de paseos a Paracuellos, puesto que cuando ellos aún no podían haber dado la orden, ésta ya se estaba cumpliendo. Además, hay que tener en cuenta que la huida del ministro de Gobernación y su director general de Seguridad se produce el 6 de noviembre; así pues, hay margen para que, en esas 24 horas, más o menos, en las que no queda poder (el gobierno de Madrid ha huido, y la Junta de Defensa aún no existe), a alguien se le ocurriese hacer cositas.

Algunos historiadores proclives a la idea de eliminar la tesis de que Carrillo y/o la Junta ordenaron directamente la limpieza étnica de fascistas abonan la tesis de que ésta fue organizada por los asesores soviéticos, y apuntan, sobre todo, a Jan Berzin, alias Mihail Koltsov. Ciertamente, una de las grandes incógnitas de nuestra guerra civil es la cuota de poder que llegaron a ejercer los soviéticos en España, y en qué terrenos.

Miguel Martínez, el alter ego español de Koltsov, habla en su libro de la necesidad de evacuar a los presos de Madrid para evitar que puedan alimentar una inesperada quinta columna golpista si las tropas de Varela toman Madrid como, por otra parte, todo el mundo esperaba en noviembre del 36.

Según Krivitsky, el espía soviético que escribió un libro sobre los movimientos estalinistas entre bambalinas de Europa que, según a quién leas, lo mismo es la leche que una pura mentira, no había en Madrid ni diez personas que conocían la verdadera identidad de Koltsov ni su verdadero poder. Lo que ningún testimonio que yo conozca ha aclarado es cómo o, si se prefiere, a través de quién o de quiénes ejercitó Koltsov ese poder que, por lo visto, le permitía movilizar a docenas de milicianos de la retaguardia para que seleccionasen centenares de presos, los metiesen en autobuses, los llevasen al arroyo de San José y se los cargasen.

Por otra parte, la propia teoría que responsabiliza a Koltsov, que quizá sólo por casualidad tiene la virtud de salvar a los españoles de haber participado en las matanzas, pone en duda algunas de las cosas dichas hasta el momento. Recordemos, en este sentido, que la afirmación de que ni Carrillo ni Mije ni Miaja tuvieron nada que ver en las sacas se basa en que éstas ya se realizaban antes de que tuviesen cargo para ordenarlas. Pero ahora se nos dice que quien las ordenó fue alguien como Koltsov; alguien que, que se sepa, no tenía cargo alguno. Lo cual nos lleva a la pregunta: ¿verdaderamente hacía falta tener un cargo en el Madrid de noviembre de 1936 para llevar a cabo unas sacas?

La respuesta positiva a esta pregunta es dudosa. No sólo por lo que sabemos del poder que los soviéticos tuvieron en la planificación y ejecución de la guerra (algo que contó con pelos y señales Indalecio Prieto en México tras la guerra), sino porque no olvidemos que las sacas del otoño tienen un precedente veraniego en las matanzas de la Modelo, producidas en agosto, y durante las cuales los milicianos entraron en la cárcel como Pedro por su casa y mataron, simple y llanamente, a quien les dió la gana. Los antecedentes, pues, no son precisamente los que caracterizan a un Estado de Derecho que ejerce el monopolio de la violencia.

Por lo demás, no olvidemos que los papeles soviéticos que se enviaban a Moscú han sido ya publicados en diversas ocasiones, y en los mismos, pese a ser mensajes confidenciales que sus autores jamás escribieron pensando que serían publicados, los asesores soviéticos no hablan, al menos que yo sepa, del asunto de las sacas. Hablan de la necesidad de construir un auténtico ejército y no el cachondeo de las milicias; hablan de las chuminadas anarquistas en Cataluña; hablan de muchas cosas, pero no de las sacas.

A mi modo de ver, y, como quien dice, en mi nivel actual de conocimientos, no hay ni una sola razón de peso para considerar que los asesinatos masivos del 36 fueron cometidos por no españoles. Las sacas fueron, además, coordinadas y llevadas a cabo desde la DGS por españoles. Si esos españoles lo que hacían era obedecer órdenes de un mando soviético, quizá quepa aquí recordar el pequeño detalle de que la obediencia perruna del Partido Comunista de la guerra civil hacia Moscú no deja de ser una decisión voluntaria que, por lo tanto, no se puede invocar como atenuante, menos como eximente.

El día 10 de noviembre, Melchor Rodríguez se coloca al frente de las prisiones, y las sacas cesan. El día 14, al parecer tras recibir llamadas insinuándole que mire para otro lado cuando los autobuses salgan de las cárceles, amaga con irse, y no volverá hasta el 4 de diciembre, cuando hará la machada de Alcalá y acabará definitivamente con los paseos.

Asimismo, también el día 10 el peneuvista José María Irujo, ministro sin cartera, exige por cablegrama de Miaja explicaciones y datos sobre presuntos «hechos lamentables» que se están produciendo en las cárceles. Aunque los servicios de Miaja negarán la mayor, Ángel Galarza, al día siguiente, reconocerá, a instancias del propio Irujo y de José Giral, la producción de graves incidentes con víctimas. El día 14, es decir tres días después de la confesión de Galarza, la Junta de Defensa emite una nota de prensa en la que desmiente la existencia de «malos tratos a los detenidos fascistas», expresión que en sí es toda una muestra de espíritu democrático, pues tiene mérito que alguien sea condenado por fascista antes de haber sido siquiera juzgado.

La conclusión que yo saco de todo lo dicho es bastante obvia. Independientemente de que por los sucesos de Paracuellos y Torrejón nadie puede ya ser juzgado pues, mal que le pese a Garzón, están amnistiados como otros muchos, el juicio histórico debe, cuando menos de momento, terminar como terminaría un eventual juicio penal: con la imposibilidad de fijar un culpable. No se puede decir, a mi modo de ver, de qué mente salió la idea de matar a más de 2.000 personas, impunemente, sin mediar juicio ni condena. No se puede saber, a ciencia cierta, quién dio la orden.

Lo que sí sabemos es que todos los que andaban por ahí lo supieron con tiempo suficiente como para impedir muchas de esas muertes.

El 7 de noviembre, el cuerpo diplomático ya estaba reclamando un trato humano para los presos. El día 10, Melchor Rodríguez detiene las sacas. Si las detiene, obviamente, es porque sabe que se están produciendo. ¿Se calla? ¿No se lo cuenta a sus superiores? Difícil de creer. Ese mismo día 10, José María Irujo demuestra con sus cablegramas a Miaja que incluso en Valencia algo se barrunta al respecto. Galarza confirma los hechos el 11. Pero entre el 11 de noviembre y el final de las sacas aún se realizan éstas los días 18, 24, 25, 26, 27, 28, 29 y 30 de noviembre, amén del 1 y 3 de diciembre. Eso son diez oportunidades de parar la movida que nadie aprovechó: ni la Junta de Defensa, ni el Gobierno de Valencia, ni nadie.


A mi modo de ver, no hay que preguntar por qué lo hicieron. Hay que preguntar por qué callaron.