lunes, febrero 07, 2011

Mano negra, Mano Blanca (y fin)

Eddie Lynch hizo su entrada en el Adonis a las 3 de la tarde del jueves, día de Nochebuena de 1925. El lugar era una fiesta, porque llegaba la Navidad, y también porque llegaba Al Capone, una vez más de visita a sus hermanos neoyorkinos. Aunque esta vez, el motivo era otro. Sonny Capone, el hijo del capo de la mafia, había desarrollado una infección del mastoide en su oído izquierdo que amenazaba con dejarle sordo o incluso con segarle la vida. Los médicos en Chicago poco hicieron por él, así pues el padre se volvió hacia Nueva York buscando un cambio de suerte. Puso a su hijo en las manos del doctor Lloyd, en el hospital de San Nicolás de Manhattan. La operación fue un éxito total y, precisamente por eso, Frankie Yale había decidido invitar a su amigo a compartir con él la fiesta de la víspera de Navidad.

Cuando llegó Lynch, Yale hizo un aparte con él y, nada más dejarle hablar, se quedó helado. Yale sabía que Lonergan era inasequible al desaliento y que, por lo tanto, algo intentaría en el marco de la guerra entre la Mano Negra y la Mano Blanca. Pero no podía pensar que el irlandés de pata de palo fuese tan temerario como para diseñar la operación que había diseñado.

Según Lynch, Lonergan entraría esa misma noche en el Adonis con la intención de no dejar títere con cabeza.

Pensaba hacerlo con un equipo de seis hombres: él mismo, Aaron Harms, Patrick «Happy» Maloney, Joseph «Ragtime» Howard, James «No Heart» Hart y Jack Needles Ferry. Estos hombres eran, probablemente, la última guardia pretoriana que le quedaba a Lonergan en una organización criminal que se disolvía como un azucarillo a pasos agigantados.

Los nombres, en todo caso, arrancaron a Yale una sonrisa. Los conocía. Todo el mundo se conocía en aquel mundo del hampa. Maloney, Howard y Hart ni siquieran eran pistoleros. Eran conductores de camiones de alcohol. Lonergan no había tenido más remedio que confiar, para la operación más difícil de su vida, en becarios del crimen.

Yale decidió que no había motivo para no hacer la fiesta.

A las siete de la tarde, Capone llegó al Adonis. Le recibió el gotha de la mafia neoyorkina: Frankie Yale, Don Giuseppe Balsamo, Augie The Wop, Two Knife, Frenchy Carlino, Tony Yale, Vince Mangano, Chootch Gianfredo, Glass Eye Pelicano...

A las ocho no había menos de sesenta miembros de la Mano Negra en el local. Nadie reparó en que Capone, en lugar de participar en la fiesta, se pasaba el rato mirando a la calle por una ventana. De repente, se volvió hacia sus guardaespaldas, Scalise y Anselmi, y les hizo una seña. Inmediatamente, los dos pistoleros se escondieron detrás de unas pesadas cortinas.

Pocos segundos después, los seis irlandeses entraban por la puerta.

Tal y como Al Capone había previsto, los seis se quedaron parados y pegados cuando le vieron allí. Capone, que era una persona de extrema frialdad, incluso se permitió bromear con ellos. Todo el mundo, los irlandeses también, sabía que el ahora jefe de la mafia de Chicago, una vez, cuando era muy joven, había trabajado de portero precisamente en el Adonis Club. Afectando serlo todavía, Capone se acercó a los micks y, amablemente, les indicó un perchero para que colgasen sus abrigos. Obviamente, Lonergan contestó afirmando que no había ido allí para ninguna fiesta y gritando: «¡Que nadie se mueva!»

En ese momento, tal y como Yale y Capone habían instruido a todo el mundo, Fury Argolia apagó las luces del local, y todo el mundo, sin disparar, se metió debajo de las mesas. Eso sí, el local no quedó completamente a oscuras. Seguía encendida una pequeña lámpara, justo al lado de los irlandeses.

Lonergan, sus pistoleros y sus camioneros reconvertidos comenzaron a disparar a la oscuridad. No le dieron a nadie, claro. Todo el mundo estaba escondido. Bueno, todo el mundo, no. Anselmi y Scalise habían salido de su escondite, y comenzaron a rociarlos de balas, aprovechando que ellos estaban en la oscuridad y a los irlandeses se les veía perfectamente.

La primera andanada hirió únicamente a Ferry y Maloney. Todos los irlandeses, aún vivos, buscaron refugio contra las balas. Intentaron disparar a los italianos, ahora acompañados por el mismísimo Capone. Pero se habían refugiado detrás de la barra del bar, a oscuras, desde donde disparaban con ventaja.

Maloney recibió tres balas en el pecho. A Howard le alcanzó una sola bala, pero en la nuca. Harms también cayó.

Quedaban Lonergan, Hart y Needles Ferry. No Heart decidió tratar de ganar la puerta y salir de allí. Lonergan se refugió bajo el piano de la sala de fiestas. Ferry no podía moverse: temía balas en ambas piernas. Capone ordenó que se encendiesen las luces un segundo; suficiente para localizar a Ferry, sentado e indefenso. Le metieron 18 balas.

Se ensañaron tanto con Ferry que le dieron a Hart el tiempo que necesitaba para desaparecer por la puerta. Después, ya solo, Lonergan se defendió desde el piano disparando hasta que Capone, en franca ventaja, le colocó tres balas en el cuero cabelludo.

La Nochebuena de 1925, con el último suspiro de Richard Pegleg Lonergan, terminó la guerra entre la Mano Negra y la Mano Blanca. Frankie Yale había ganado.

Eso sí, los más suspicaces ya habréis caído en que la escena que describía yo en la primera entrega de esta pequeña serie era la demostración de que aún no lo hemos contado todo.

Esta historia tiene un epílogo.



Frankie Yale era ahora el absoluto dueño del crimen organizado en Brooklyn, presidía la Unione Siciliana, y era respetado por el hampa de toda América. Y así siguió reinando hasta el verano de 1928.

El 1 de julio de 1928, tras años de liderazgo, le llegó el momento a Frankie Yale de ser agradecido y generoso. Una petición le llegó, nada menos que de Chicago. Tres años antes, en 1925, el cabeza de la Unione Siciliana en Chicago, Miguel Genna, había muerto envenenado por los hombres de George «Bugs» Moran, el sucesor de Dion O'Bannion al frente de la mafia irlandesa rival de Capone. Capone había colocado en su lugar a Sam «Samoots» Amatuna. Pero nueve meses después del nombramiento, mientras se afeitaba en una barbería, los hombres de Moran lo localizaron y tapizaron el suelo del local con sus sesos. Tras ese asesinato, Capone apoyó la candidatura de Tony Lombardo, pero apareció la competencia de Joseph Aiello, a pesar de la mala imagen que tenía entre los italianos por haber hecho negocios con Moran. Así las cosas, Capone llamó a Yale y le pidió que, como presidente de la Unione, apoyase la candidatura de Lombardo.

Pero Yale dijo que no.

Formalmente, Frankie Yale adujo que no quería meterse en temas de Chicago. Pero eso no es creíble. Más lo es el hecho de que, en 1928, se había hecho poderoso, muy poderoso, y se sentía con capacidad de enfrentarse a su viejo amigo Capone. Por eso, de hecho, decidió engañarlo.

Yale y Capone eran socios por aquel entonces. El segundo recibía su alcohol ilegal en barcos que atracaban en Long Island. Una vez pasada la carga a camiones, éstos tenían que atravesar Nueva York, cosa que hacían con la protección de Yale.

En la primavera de 1927, comenzaron a desaparecer camiones. Al principio, Capone pensó que la policía se había vuelto lista. Pero, finalmente, cuando vio que la sangría no paraba, decidió hacer uso de un contacto: James Filesi DeAmato, uno de los hombres de Yale, amigo de juventud de Capone.

Filesi vigiló discretamente, y una noche comprobó que Vincenzo Mangano y los termibles hermanos Mormillo, teóricos guardaespaldas de un camión, lo desviaban en Hamilton Street y lo llevaban al garage de Yale, donde lo descargaron.

Así pues, Frankie Yale le estaba robando a Alphonse Scarface Capone.

Para colmo, el 7 de julio de 1927, a las nueve y media de la noche, mientras Filesi caminaba justo delante del número 123 de la calle 22, un coche a toda velocidad se paró junto a él y sonaron seis disparos de otras tantas balas. Todas ellas se quedaron en el cuerpo del mafioso. Desde entonces, Capone perdió cada vez más camiones.

El domingo 24 de junio de 1928, Al Capone llamó a capítulo, en Miami, a su gotha asesino particular: John Scalise, Albert Anselmi, Fred «Killer» Burke.. y Vince Gibaldi, el que algún día fue el hijo de un italiano honrado de Nueva York. Dos días después, los cuatro tomaban un tren hasta Knoxville, Tenessee, donde llegaron con sus pesadas maletas y compraron un coche de segunda mano que les costó 2.040 dólares. Con él, condujeron sin escalas hasta Brooklyn. El sábado por la noche se registraron en el Hotel Bossert.

Lo que ocurre el 1 de julio, en parte ya lo sabéis si habéis leído la primera toma de esta historia. Yale ha comprado un coche, descubre que no está totalmente blindado, decide llevarlo al taller, antes se toma unas copas, recibe una extraña llamada y sale disparado hacia su casa.

Camino de su casa, conduciendo deprisa, a la altura del 957 de la calle 44, un coche negro se pone a la altura del de Yale. El jefe mafioso de Brooklyn, presidente de la Unione Siciliana, mira a su derecha, y lo que ve le enseña que va a morir.

Porque es el rostro de Vincenzo Gibaldi, el joven cuyo padre él también lloró, el joven al que vio crecer como asesino en apenas días, el joven al que no quiso contratar y que dejó ir para que trabajase con su ahora peor enemigo; el rostro de Vincenzo Gibaldi, digo, es lo último que ve Frankie Yale antes de sentir los topetazos de las balas.

Nunca hasta entonces se había matado en Nueva York con pistolas ametralladoras. Era una moda de Chicago que fue, todo hay que decirlo, rápidamente importada a Nueva York.

Frankie Yale no tuvo ninguna oportunidad. Murió como había matado y como mueren los mafiosos. Con las botas puestas y por orden de algún buen amigo.



Con el fondo de una buena balada de rithm & blues, no sé, quizá I'm still not over you, la pantalla se va a negro, y aparece el cartel de:

The End

domingo, febrero 06, 2011

Menuda serie, serie menuda

Este fin de semana he estado viendo los dos primeros capítulos de La República. Yo no sabía que la serie era continuación de La Señora, que tenía fans, y bastantes, en mi familia. Ya que estaba ahí, decidí verla, al menos, como digo, los dos capítulos emitidos en el momento de publicar estas notas. Creo, por lo demás, que ante los comentarios de los últimos días, era lógico que compartiese con vosotros mi visión sobre la serie.

No sería «panfletaria» la primera palabra que se me ocurriría para definir la serie. La primera es, sin ningún lugar a duda, confusa. La serie es extremadamente confusa, lo cual quiere decir que, a mi modo de ver, su guión sólo puede ser calificado de torpe.

El autor de los guiones de La República, sin duda, se ha documentado sobre este periodo histórico y lo que pasó. Lo que pasa es que se le olvidó hacer fichas por fechas. Lo lógico de una serie así, a mi modo de ver, es que estuviese regulada por fechas; como lo está, sin ir más lejos, Amar en tiempos revueltos, cada uno de cuyos capítulos comienza con una referencia mensual precisa. La II República española es un momento histórico en el que las fechas son fundamentales, aunque sólo sea porque engloba, en su seno, varias repúblicas diferentes: la preconstituyente, la constituyente hasta Casas Viejas y la caída del gobierno Azaña, la de las derechas y la del Frente Popular. En cada una de ellas, los personajes de la serie son susceptibles de tener posturas y opiniones diferentes: los terroristas más terroristas, los terratenientes más o menos cerriles, los socialistas más revolucionarios...

Con el guión en la mano, sin embargo, es totalmente imposible hacerse una idea de en qué momento preciso de la historia de la República están ocurriendo los hechos que se relatan. Al inicio del primer capítulo, en una escena en un cementario, se nos dice que estamos en 1931, pero a partir de ahí no vuelve a haber ninguna otra referencia temporal, ni escrita, ni hablada; en un efecto que yo creo que está buscado por los guionistas para poder así garantizarse el panaché de ideas que transmite el guión.

En una conversación entre dos conservadores, uno terrateniente y el otro banquero, ambos se quejan de que hombres de orden como Miguel Maura se hayan unido a la República. Así pues, estamos en 1931, pues al año siguiente un poco, y decididamente a partir del 33, Maura ya no era de la partida de las izquierdas republicanas. Sin embargo, unos minutos después la actriz que simboliza al PSOE (se confiesa directamente militante del partido) arranca unos carteles contra los rojos (pintadas que, hábilmente, nadie firma, para no tener que definir si la situación es anterior o posterior a la fundación de Falange) de una pared donde hay pegados otros carteles , uno de los cuales aboga (de nuevo, sin firma) por un Frente Popular de Izquierdas y otro aboga por la amnistía para los presos.

Estos dos carteles, pues, parecen estar diciéndonos que la acción se sitúa a inicios del 36 o, desde luego, no anterior a la primavera del 35: el FP es el que ganó las elecciones, y los presos que debían amnistiarse serían los de la mal llamada Revolución de Asturias. Como vemos, pues, una escena nos sitúa en el 31 y la otra cuatro o cinco años más tarde.

Pero no es eso todo. En las escenas en las que aparecen los militares se habla de la voluntad del general Sanjurjo de dar un golpe, sin citar en ningún caso ni el precedente de que ya lo hubiese intentado, ni el dato de que estuviese o preso o exiliado en Lisboa. Por lo tanto, hemos de pensar que se trata del golpe de agosto del 32, luego la acción «viaja» a esos tiempos. En una escena, un teniente coronel, personaje de la serie, recibe una carta de Sanjurjo instándole a unirse al golpe de Estado. No resulta creíble que se trate de una carta relativa al golpe del 36, porque en el 36 esos mensajes los firmaba Mola, no Sanjurjo; y porque, además, un golpista condenado y luego exiliado jamás buscaría corifeos por carta, lo lógico es pensar que la correspondencia de alguien así la lee alguien más. Por lo tanto, ha de tratarse, como digo, del golpe del 32; pero resulta que en dicha carta, Sanjurjo justifica la necesidad del golpe por las agresiones a la Iglesia y a los propietarios (sic), cuando el principal elemento del golpe del 32 fue el Estatuto de Cataluña, que no se cita, ni en esa carta, ni en toda la serie (cuando menos de momento). En una escena, además, el terrateniente habla con el teniente coronel y le dice que duda de que Sanjurjo sea el jefe ideal, y le insta a buscar otro militar más capaz (en lo que podría entenderse como una referencia a Franco... o, en los tiempos de la serie, mejor a Mola); pero, entonces, rigiéndonos por esta escena, el tiempo tendría que ser posterior, no anterior, al golpe del 32. Por lo tanto, ¿de qué golpe de Estado estamos hablando? Nadie lo sabe ciertamente.

Parece que hay también una célula anarquista que dice querer matar al presidente de la República, Alcalá Zamora. Pero entonces ya no estamos en los mismos principios de la República, como parecía insinuarse de las escenas de recordatorio del final de la serie anterior, puesto que en los primeros meses de la República, los preconstituyentes, Alcalá era presidente del Gobierno.

La indefinición en que se mueve el guión de la serie es tal que sólo se nombran dos partidos políticos: el PSOE, y la CNT (que ni siquiera es un partido). La mayor parte de los minutos de la serie transcurren en el domicilio o en la finca de una familia pudiente (una finca secularmente perteneciente a la familia de los Osuna, apellido de la esposa, y que, inexplicablemente, está al lado de Madrid, pues los personajes van y vuelven de ella en coche en muy poco tiempo; uno de los personajes, de hecho, se corre un juergón por Madrid la nuit y en la mañana siguiente ya está allí con su padre); esta familia es claramente de derechas, pero no sabemos si pertenecen a Renovación Española, o a los agrarios, a la CEDA, si son albiñanistas, o qué. La serie no hace el más mínimo esfuerzo por hacer describir al espectador del 2011 en qué consiste el espectro político de la época. Del padre se dice que una vez fue asesor de Antonio Maura; pero es que el maurismo, en 1931, ya no es nada (cosa que tal vez los guionistas desconozcan, claro), puesto que los supervivientes del viejo orden en la República son muy pocos y, además, representantes del ala más izquierdista de la Restauración (el propio Alcalá-Zamora, Melquiades Álvarez, Santiago Alba o el Conde de Romanones).

La confusión continúa con alguno de los elementos troncales de la trama. Uno de esos elementos es la decisión de los terratenientes de no sembrar sus tierras ese año. Insisto en que no sabemos a qué año se refiere, y es un dato importante; de hecho, sin él es difícil valorar dicha decisión.

El marido de la familia dice que ha decidido no sembrar porque tiene miedo de que «esos rojos», en referencia a los anarquistas, les quiten las tierras; lo cual no hace sino abrir dudas: ¿en qué medida lo va a impedir dejando de sembrar?

De nuevo, además, nos encontramos ante una referencia temporal sumamente equívoca. La acción revolucionaria anarquista para la ocupación de tierras no se produjo con virulencia y frecuencia hasta que los anarquistas no se sintieron engañados por la reforma agraria de la república. Pero resulta que la reforma agraria de la República no se comenzó a discutir hasta mayo del 32, y no se aprobó hasta septiembre de dicho año y, de hecho, las grandes movilizaciones anarquistas contra la misma se produjeron en el 33. Otra vez, ¿en qué fecha vivimos exactamente? Como digo, la fecha tiene que ser anterior a la segunda mitad del 32, puesto que fue en ese momento cuando, en respuesta por lo que el gobierno consideraba apoyo decidido al golpe de Sanjurjo, se aprobó la enmienda por la cual la reforma incluía la expropiación de tierras de los grandes de España (en una escena, el marido le recuerda a la mujer que ella es una grande de España). Pero, como digo, el hecho de que los Osuna no tengan aún miedo de ser expropiados por ser grandes de España y que al tiempo los anarquistas ya estén deseando quemar propiedades de los señoritos no cuadra. Las escenas están escritas tomando notas, a la vez, de la página 150 y la 700 de la Historia de la II República que se haya consultado.

Existe otra posibilidad, a mi modo de ver más plausible. Veamos: la reforma agraria, aparte las tierras de los grandes de España, tenía como objetivo primordial las tierras baldías. Pero, en ese caso, la decisión de los señores de la serie de no sembrar sus tierras es como echarle gasolina a la hoguera; si el gobierno quería demostrar que las tierras eran baldías, los propietarios se lo ponen en bandeja no sembrando. La razón más lógica de que no siembren es la Ley de Términos Municipales, es decir la ley por la que se impidió que se pudiesen contratar jornaleros de otros pueblos mientras quedasen parados en la pedanía de la finca; ley que encareció notablemente los salarios (que eran bajísimos antes) y que encabronó, en efecto, a los propietarios.

Sin embargo, ni la Ley de Términos Municipales, ni sus consecuencias, se citan en la serie; lo único que vemos es a un señor que está emperrado en no sembrar y, en realidad, no sabemos por qué. Da la impresión de que los guionistas de la serie tratan de que el espectador piense que no siembra, simple y llamanente, porque es un cabrón. Y aquí entramos en otro capítulo, que es el sesgo ideológico.

Porque lo hay. El único activista campesino que se ve es un tipo de chaqueta de cuero, anarquista, que además siempre va solo a los mitines; extrañamente, ni siquiera se hace acompañar de otros ácratas de la zona. De esta forma se obvia o esconde el hecho, palmario para cualquiera que estudie dos minutos serios de Historia de la República, de que el activismo campesino no fue sólo anarquista; que, de hecho, el ugetismo era muy fuerte en el campo, hasta el punto de tener provincias enteras, como Jaén, que le pertenecían; y que fue el ugetismo el que, por cierto sin participación de los anarquistas, montó una huelga en el campo en el 33 en la que incluso algún terrateniente fue asesinado en su finca.

Otro hecho que yo atribuyo al desconocimiento ideologizado (esto es, a la voluntad de no profundizar demasiado por causas ideológicas) es el propio montaje argumental de la serie, en la cual tenemos: unos terratenientes riquísimos (hay que ver cómo viven) por un lado, y por otro a sus sirvientes, sus jornaleros, un anarquista de cuero y una angélica socialista sobre la que ya me detendré. Punto pelota. La República, por lo tanto, se convierte en un enfrentamiento entre terratenientes y radicales anarquistas. ¿No pasaba nada en las ciudades, entonces? ¿No había fábricas? ¿No había clases medias, políticos burgueses? ¿No había Iglesia Católica? ¿No había radicalismos de derecha, incluso antes de ser fundada Falange? Y, sobre todo y por encima de todo, aquella república, ¿acaso no tuvo gobierno? Porque yo no sé si se han dado cuenta los visionarios de la serie, pero el gobierno republicano no merece ni un comentario en las tertulias políticas que se reproducen...

La verdad es que esta visión simplista y casi bobalicona, la de una República de unos y ceros que se dieron de hostias, le es muy querida a mucha gente, y da la impresión de que los guionistas han buscado darles precisamente lo que quieren, sin grandes profundidades.

Con todo, las manipulaciones son burdas y hasta estúpidas.

En una escena, un grupo de hombres y mujeres discuten sobre el voto de la mujer. Se destaca una fémina que está en contra de dicho voto, porque, dice, «dadle el voto a las mujeres y se lo habréis dado a sus confesores». Hasta ahí, bien. Pero, en ese momento, aparece una de las protas de la serie, dice que ella no tiene confesor, que está totalmente a favor del voto femenino y que por eso, entre otras cosas, está afiliada al Partido Socialista.

El PSOE no sólo no lideró la cruzada por el voto de la mujer, sino que la combatió. El PSOE republicano no quería que las mujeres votasen, precisamente por el argumento-concesionario. Poner en boca de una militante socialista una pretendida ultrailusión por el voto femenino es faltar a la verdad histórica, dicho sea sin detrimento de que pudiese haber mujeres socialistas a favor del asunto.

El guión trata de resolver este desaguisado con otra escena posterior en la que la misma prota habla con correligionario que le advierte de que en el PSOE hay quien está en contra del voto femenino, y ella apostilla algo así como: «sí, ya sé, Margarita Nelken...» Sinceramente, no sé bien quién pretenden los guionistas que es la tipa de la serie (una vez más, su estatus, sus funciones, su labor, son apenas bosquejadas, dejadas en la penumbra), pero para tener un estatus superior a la Nelken tendría que ser Largo Caballero travestido.

Dicho de otra forma: la escena equivale a que, dentro de 70 años, alguien haga una serie televisiva sobre la España actual (llamada, digamos, Amar en tiempos de crisis sistémica) y sitúe una escena en el 2011 en la que aparezcan dos socialistas, con el siguiente diálogo.

SOCIALISTA 1: Creo que es absolutamente fundamental que se aclare hasta las últimas consecuencias todo eso del bar Faisán.

SOCIALISTA 2: Pero hay gente en el PSOE que no parece tan partidaria...

SOCIALISTA 1: Sí, ya, Rubalcaba...

Hurtando, pues, la información de que Rubaldaba no es cualquier Rubalcaba, no es ningún militancillo del partido sino el vicepresidente del Gobierno (en el caso de Nelken, era diputada y voz cantante socialista en el tema del voto femenino), se consigue dar la impresión de que la opinión de una socialista recién llegada a Madrid, que ni siquiera es diputada, es más valiosa que la de Margarita Nelken; y, de paso, se hace creer que el PSOE fue lo que no fue, es decir partidario del voto femenino.

En otra escena, por cierto, encontramos a esta socialista trabajando (escribiendo un artículo sobre el voto femenino). Alguien que la viene a ver le dice que no para, y la socialista contesta: sí, es que la votación está cerca. Como de costumbre en estos guiones, no se nos dice a qué votación se refiere, aunque, por el artículo que está escribiendo, se supone que se refiere al voto femenino. Pero entonces, las fechas vuelven a bailar again, y una vez más nos volvemos a preguntar a qué tiempo se refieren los hechos.

Más temitas. Un grupo de jornaleros va con antorchas a quemar la casa de los señoritos. La guardia civil llama a la casa de éstos y el pater familias da la orden de que los repriman («Sargento, haga lo que tenga que hacer para proteger mi casa»). ¿Cóomor? La Guardia Civil, ¿a quién presta obediencia? ¿Qué tal el gobernador civil o el ministro de Gobernación? Pero, ¿verdaderamente se creen los guionistas de esta serie que pueden llamar mañana por la tarde al puesto de la Guardia Civil de Viveiro y ordenar la detención de un pollo que les caiga mal y que viva allí? En pobre concepto, desde luego, tienen a la legalidad republicana creada en el 31...

En fin, aceptando barco como ribosoma lamelibranquio, puede que el señor de la casa, en su condición de ex asesor de Antonio Maura (un cargo muy fuerte), tenga un predicamento suficiente ante la Guardia Civil como para darle órdenes. Pero para ello hará falta, digo yo, que gobiernen las derechas. Cosa que no pasó hasta noviembre del 33. Una vez más, nos quedamos sin saber en qué día vivimos.

Otro, buenísimo: voz en off de una conspiradora ácrata, que dice que habla alemán pero lo canta como si se acabase de aprender las palabras cinco minutos antes y pronunciándolo con acento de San Roque, Cádiz. Habla de que es necesario incrementar la escalada terrorista. Y dice: «basta ya de quemar pequeñas iglesias». ¿Pequeñas? ¿El Colegio de Areneros es pequeño? ¿La iglesia de los jesuitas es pequeña? Menos mal que los famosísimos incontrolados no encontraron estopa suficiente en mayo del 31; si la encuentran, queman la catedral de Santiago y el Museo Vaticano...

Existen, por lo tanto, elementos propagandísticos en la serie; pero lo que existe, a mi modo de ver, es torpeza, o mejor desinterés por realizar una adecuada ambientación histórica. Esta serie transcurre en la II República como podría transcurrir en el descanso de un Levante-Real Sociedad. En dos horas, más o menos, que he pasado viéndola, ha pasado, como reza el título, de menuda serie, a serie menuda.

miércoles, febrero 02, 2011

Ficcionar la Historia (Anexo: la II República)

Un amable lector de este blog me ha enviado algunos enlaces a unas declaraciones de un diputado del Partido Popular, Ramón Moreno, quejándose del presunto sesgo ideológico de una serie de la tele pública que se llama 14 de abril, la República. Según este señor, que tiene la ventaja sobre mí de haber visto lo emitido de la serie (yo estoy demasiado ocupado intentando que Romano Pontífice, que así se llama mi jugador creado en el NBA 2K11, y que está en su año de rookie, se abra un hueco como alero titular de los Spurs), en la serie hay diálogos y cosas que, en realidad, están hechas a la mayor gloria del partido gobernante. Su opinión se puede encontrar aquí.

Este asunto plantea, de nuevo, un temita sobre el que ya escribí en su día unas notas, cuando salió la serie de Antena 3 sobre Viriato. Todo lo dicho en su día es aplicable aquí. El primer problema, y eso es algo de lo que Moreno no habla porque no es un problema político sino de márquetin y audiencias, es que en una serie de televisión lo que manda es el atractivo. El pobre Viriato, que probablemente sería un tarugo de metro y medio con pelos hasta detrás de las orejas, ha de ser convertido en un George Clooney con denominación de origen Piel de Toro para que la gente lo vea.

Yo no sé si os habéis dado cuenta, pero hasta hace bien poco hemos vivido en un siglo, el XX, que bien podría ser considerado el siglo de la relativización de la verdad. Ha sido el siglo que ha defendido la idea de que la exigencia de veracidad para las cosas es una exigencia genérica; dicho de otra forma, si el conjunto de los hechos narrados son razonablemente veraces, en realidad que los detalles sean inventados no importa. Hijos de esta teoría son los libros de nuevo periodismo que pululan por las librerías, que te cuentan la historia de, un suponer, Zapatero, y van y te cuentan hasta lo que tiene en el cajón de su mesilla de noche. Se lo inventan, claro. Pero es que lo importante es que el libro en su conjunto sea veraz; si en tal o cual paginita se cuela una coña inventada, qué más da.

Así las cosas, los guiones históricos, en el cine y sobre todo en la televisión, parecen armados como tiendas de campaña. Hay cuatro o cinco o siete puntos de apoyo sólidos, que son las cuatro, cinco o siete cosas que da por hechas el historiador de turno que asesora a los guionistas, y luego éstos ponen la lona encima, y lo mismo fabrican un tipi comanche que la jaima de Gadafi.

Cuando una serie histórica de la tele lo que hace, en realidad, es relatar situaciones universales (chico ama a chica, Fulatino tiene problema con padre Fulanote porque es un carca, etc.) que sitúa en un determinado entorno histórico, la cosa es más fácil de hacer. En mi gusto personal, en este terreno es absolutamente canónico el ejemplo de Upstairs, downstairs, serie británica en la que hasta los acentos y el vocabulario de los personajes (sobre todo de los sirvientes) están trabajados para reproducir el ambiente social e histórico de la época; basta con medio minuto de diálogo en la cocina, por ejemplo, para apreciar la notable diferencia existente entre el mayordomo Hudson y el resto de la servidumbre. Que no hay cosa más estomagante que encontrarte un día en la tele con un concurso cualquiera presentado por un actor, y días después ver a ese mismo actor haciendo de tornero-fresador en la Cataluña de 1854 (eso suponiendo, que yo tengo mis dudas, que en 1854 hubiese tornero-fresadores), y encontrarte con que habla exactamente igual. En todo caso, como digo, son series más fáciles de hacer porque, en realidad, el entorno histórico es sólo un velo.

La segunda categoría serían las series en las que la Historia es protagonista. Aquí, la verdad, la única manera de hacer las cosas bien, que comprendo que es jodidilla para los productores que quieren tener un full control sobre las historias para poder hacerlas virar según los gustos de la audiencia, es atarte con cadenas, o bien a los hechos si son suficientemente conocidos y contrastados (lo que ocurre pocas veces); o bien a una versión concreta de dichos hechos. Es lo que hace, por ejemplo, I, Claudius, serie que, by the way Robert Graves, está basada, casi al milímetro, en los chascarrillos que cuenta Cayo Suetonio en su famoso libro sobre los doce césares. Las historias de Suetonio son más que cuestionables, porque su libro, en realidad, es un libro político de un escritor que tenía dos poderosas razones (ser miembro de la nobleza ecuestre, y ser republicano) para poner a parir a los emperadores (sin ir más lejos, buena parte de las cosas que dice de Tiberio hoy se cuestionan, y mucho). Pero, bueno: es un escritor clásico, es una versión, por así decirlo, cerrada, yo la cojo, la adopto y hago una serie. Pues miel sobre hojuelas.

Dice bien Moreno cuando dice que en la tele pública parece haber cierta obsesión por historiar la República y el franquismo en sus series. Lo que pasa es que a mí, así, en principio y en frío, no me parece mal. Sin embargo, el matiz que hay detrás, y en el que ya no tengo las cosas tan claras, es si verdaderamente se puede hoy, en España, hacer series históricas sobre esos años y hacerlas medio bien. Algo bastante dudoso.

Hay tres barreras para esto. La primera es la ideología. En la España de hoy, casi todas las visiones de la guerra de los propios historiadores son visiones bastante preñadas de ideología. Por ejemplo, como ya tuve la ocasión de comentar cuando glosé al personaje, probablemente la peor manera de acercarse a un juicio ponderado de Lluis Companys es fiarlo a la historiografía catalana. En realidad, a mi modo de ver en la interpretación de la República ha habido en España dos tsunamis historiográficos; el primero, obviamente, fue el franquista, y se basó en la construcción de una versión de los hechos en la que las dos palabras clave eran Terror y Rojo; todo lo que no cupiese en esa faja, simplemente, se negaba. El segundo tsunami es de signo exactamente contrario y se basa, fundamentalmente, en la defensa de tres grandes ideas:

* La guerra civil fue impulsada por los intereses y privilegios de unos pocos (negación del efecto rebote o hartazgo frente a los desafueros de los sucesivos gobiernos republicanos).

* Los únicos hechos calificables como represión organizada son los producidos en el bando franquista (o lo que yo llamo teoría de los incontrolados: todos los errores cometidos en el bando republicano lo fueron por grupos o personas que obraban individualmente y sin control).

* Todas las fuerzas políticas y sociales que apoyaron el alzamiento eran antidemocráticas (lo cual probablemente es, cuando menos, estadísticamente cierto); y todas las que apoyaron a la República eran democráticas (lo cual es menos cierto que la afirmación de que San Pablo nació en Catoira).

Desde 1945, por poner un año en el que más o menos comienza la reconstrucción histórica de la República y la guerra civil, hasta el momento presente, los esfuerzos españoles, y muchos extranjeros, por historiar la guerra civil, no han podido superar la visión binaria en la que uno y otro tsunami nos sumergen. Unos y ceros. Blanco y negro. Uno tiene que ser enormemente bueno, y el otro enormemente malo.

La única serie de la época de la tele que he mirado alguna vez es Amar en tiempos revueltos. Recuerdo un episodio relativamente reciente en el que un personaje, un hombre de negocios falangista y, por supuesto, del régimen, visita la embajada, creo que de Guatemala, donde hay una recepción de negocios. El tipo se toma unas copas y se pone alegre (hasta ahí todo muy creíble, muy español) y se dedica a perseguir a la esposa del agregado de negocios de la embajada (punto en el que la historia empieza a ser un tanto acojonante: hasta un retrasado mental sabe que tratar de violar a la mujer del jefe no es la mejor forma de hacer negocios con él). En fin, al final el marido, o sea el encargado de negocios, se lo lleva para salvar a la mujer, y se produce un diálogo sencillamente alucinante entre ambos. Cada una de las intervenciones del falangista está repleta de desprecio hacia los guatemaltecos, a los que moteja de indios atrasados; una vez más, el guionista que escribió este diálogo no ha tratado nunca de hacer negocios, porque si lo hubiera hecho sabría que todo aquel que trata de vender lo que hace es dorarle la píldora al posible comprador, no despreciarlo.

Por lo tanto: falangista = putero, machista, borracho, chulo, racista. La escena, a mi modo de ver, viene a demostrar que los guionistas se apoyan en la ideología para escribir. Porque si se apoyaran en la Historia, en los datos, les resultaría veinte mil veces más sencillo, y creíble, poner a parir a Falange y a los falangistas sin tener que convencer al mundo de que eran todos puteros, machistas, borrachos, chulos y racistas. Que, por cierto, no todos lo eran.

La segunda barrera, tras la ideología, es el objetivo último que buscan estos guiones. Porque el objetivo último de los guiones no es describir la Historia, sino juzgarla. Y juzgarla, además, con los ojos de hoy. Esto es lo que hace que, en estas series sobre la República y el franquismo, yo siempre tenga la sensación de estar viendo como una historia en la que una serie de personajes de hoy han sido abducidos y llevados en una máquina del tiempo al pasado. O sea, el bedel de ministerio Imanol Arias de Cuéntame no es un bedel de ministerio de los sesenta, sino un bedel del 2011 al que alguien, como por casualidad, ha colocado en los años sesenta. Creo que ya lo he escrito alguna vez; yo dejé de ver Cuéntame el día que pusieron un episodio en el que Ana Duato, que cose pantalones con bastante pericia, es contactada por unos tipos, creo que de El Corte Inglés o así, que quieren que cosa para ellos... y la mujer se va, sola, a una cena de negocios mientras el marido espera en casa. Señores guionistas: eso será lo que pasaría hoy; en los años sesenta, en una familia además de extracción baja como los Alcántara, la mujer se iba a ir a cenar sola con otros hombres por los huevines treinta y tres.

Otro ejemplo son los policías angélicos de Amar en tiempos revueltos. Qué razón tienen los guionistas. En los años cuarenta y cincuenta, los delincuentes estaban deseando ser detenidos para poder charlar de nuevo con gentes tan simpáticas y democráticas (aparte del detalle estúpido de que, en las escenas en la comisaría, se ve casi siempre un policía en posición de firmes en el pasillo... ¿qué es aquello, la comisaría de Chamberí o el despacho oval?)

Por lo demás, en todas las series sobre el franquismo siempre falta un elemento: el miedo. Y, visto lo visto, tiene su lógica. Como los guionistas que las escriben tienen treinta y tantos, viven en el 2011 y no tienen miedo, pues sus personajes tampoco.

La tercera y última gran barrera es, cómo no, el desconocimiento. Ambientar un momento histórico es una cosa muy jodida cuando es ambientable (hay veces que no, evidentemente; nadie sabe con certitud, yo qué sé, cómo funcionaba la administración del palacio de un faraón). Hay detalles, historias, movidas mil, que hacen que sea imposible no fallar. Ya he contado en este blog que los freaks de The Godfather han detectado que, en la escena de la primera parte Michael Corleone (Al Pacino) llama desde una cabina para ver cómo está su padre, pasa por detrás un Volkswagen que se comenzó a fabricar dos años después del año en que supuestamente está ocurriendo la escena. Este tipo de cosas quedan para los muy muy aficionados. Pero, lamentablemente, los errores no siempre son tan sutiles. Y el caldo de cultivo es el desconocimiento general sobre aquellos tiempos. Este fin de semana me ha llamado la atención ver en la tele informaciones sobre una pequeña manifestación en Barcelona por la retirada el último monumento franquista de la ciudad. Había allí gentes con banderas catalanas y banderas republicanas, y yo me preguntaba: ¿cuántos de éstos sabrán que la Generalitat de Cataluña, defendiendo la bandera bibarrada, se levantó en golpe de Estado contra el gobierno que actuaba bajo la bandera tricolor?

En suma y por resumir. La posición del diputado del PP, además se servir a sus intereses políticos que eso es cosa suya, aflora, a mi modo de ver, un hecho interesante de estudiar, que es que, en el año 2011, cuando estamos prontos a celebrar el 80 aniversario de la proclamación de la II República, todavía en España somos incapaces de fabricar storyboards decentes sobre el tema. Y eso es algo que pasa después de que el franquismo, primero; y la democracia, después, hayan exprimido este limón en las pantallas de los cines hasta el hartazgo.

El tiempo que media entre el momento presente y la II República es básicamente el mismo que media entre el momento presente y la llegada al poder de Adolf Hitler en Alemania, y no parece que los alemanes sufran de la misma incapacidad que nosotros. Al fin y a la postre, la triste conclusión de estas notas es que, quizá, la diferencia entre nosotros y los alemanes es el largo periodo del franquismo. El franquismo es una enorme distorsión en la Historia de España, en sus usos de pensamiento, en su evolución social, y a día de hoy vivimos las consecuencias.

Porque nosotros pensábamos que el franquismo había distorsionado la cabeza de los franquistas. Pero, poco a poco, hemos acabado por darnos cuenta de que, también, ha distorsionado la de los antifranquistas.