lunes, febrero 07, 2011

Mano negra, Mano Blanca (y fin)

Eddie Lynch hizo su entrada en el Adonis a las 3 de la tarde del jueves, día de Nochebuena de 1925. El lugar era una fiesta, porque llegaba la Navidad, y también porque llegaba Al Capone, una vez más de visita a sus hermanos neoyorkinos. Aunque esta vez, el motivo era otro. Sonny Capone, el hijo del capo de la mafia, había desarrollado una infección del mastoide en su oído izquierdo que amenazaba con dejarle sordo o incluso con segarle la vida. Los médicos en Chicago poco hicieron por él, así pues el padre se volvió hacia Nueva York buscando un cambio de suerte. Puso a su hijo en las manos del doctor Lloyd, en el hospital de San Nicolás de Manhattan. La operación fue un éxito total y, precisamente por eso, Frankie Yale había decidido invitar a su amigo a compartir con él la fiesta de la víspera de Navidad.

Cuando llegó Lynch, Yale hizo un aparte con él y, nada más dejarle hablar, se quedó helado. Yale sabía que Lonergan era inasequible al desaliento y que, por lo tanto, algo intentaría en el marco de la guerra entre la Mano Negra y la Mano Blanca. Pero no podía pensar que el irlandés de pata de palo fuese tan temerario como para diseñar la operación que había diseñado.

Según Lynch, Lonergan entraría esa misma noche en el Adonis con la intención de no dejar títere con cabeza.

Pensaba hacerlo con un equipo de seis hombres: él mismo, Aaron Harms, Patrick «Happy» Maloney, Joseph «Ragtime» Howard, James «No Heart» Hart y Jack Needles Ferry. Estos hombres eran, probablemente, la última guardia pretoriana que le quedaba a Lonergan en una organización criminal que se disolvía como un azucarillo a pasos agigantados.

Los nombres, en todo caso, arrancaron a Yale una sonrisa. Los conocía. Todo el mundo se conocía en aquel mundo del hampa. Maloney, Howard y Hart ni siquieran eran pistoleros. Eran conductores de camiones de alcohol. Lonergan no había tenido más remedio que confiar, para la operación más difícil de su vida, en becarios del crimen.

Yale decidió que no había motivo para no hacer la fiesta.

A las siete de la tarde, Capone llegó al Adonis. Le recibió el gotha de la mafia neoyorkina: Frankie Yale, Don Giuseppe Balsamo, Augie The Wop, Two Knife, Frenchy Carlino, Tony Yale, Vince Mangano, Chootch Gianfredo, Glass Eye Pelicano...

A las ocho no había menos de sesenta miembros de la Mano Negra en el local. Nadie reparó en que Capone, en lugar de participar en la fiesta, se pasaba el rato mirando a la calle por una ventana. De repente, se volvió hacia sus guardaespaldas, Scalise y Anselmi, y les hizo una seña. Inmediatamente, los dos pistoleros se escondieron detrás de unas pesadas cortinas.

Pocos segundos después, los seis irlandeses entraban por la puerta.

Tal y como Al Capone había previsto, los seis se quedaron parados y pegados cuando le vieron allí. Capone, que era una persona de extrema frialdad, incluso se permitió bromear con ellos. Todo el mundo, los irlandeses también, sabía que el ahora jefe de la mafia de Chicago, una vez, cuando era muy joven, había trabajado de portero precisamente en el Adonis Club. Afectando serlo todavía, Capone se acercó a los micks y, amablemente, les indicó un perchero para que colgasen sus abrigos. Obviamente, Lonergan contestó afirmando que no había ido allí para ninguna fiesta y gritando: «¡Que nadie se mueva!»

En ese momento, tal y como Yale y Capone habían instruido a todo el mundo, Fury Argolia apagó las luces del local, y todo el mundo, sin disparar, se metió debajo de las mesas. Eso sí, el local no quedó completamente a oscuras. Seguía encendida una pequeña lámpara, justo al lado de los irlandeses.

Lonergan, sus pistoleros y sus camioneros reconvertidos comenzaron a disparar a la oscuridad. No le dieron a nadie, claro. Todo el mundo estaba escondido. Bueno, todo el mundo, no. Anselmi y Scalise habían salido de su escondite, y comenzaron a rociarlos de balas, aprovechando que ellos estaban en la oscuridad y a los irlandeses se les veía perfectamente.

La primera andanada hirió únicamente a Ferry y Maloney. Todos los irlandeses, aún vivos, buscaron refugio contra las balas. Intentaron disparar a los italianos, ahora acompañados por el mismísimo Capone. Pero se habían refugiado detrás de la barra del bar, a oscuras, desde donde disparaban con ventaja.

Maloney recibió tres balas en el pecho. A Howard le alcanzó una sola bala, pero en la nuca. Harms también cayó.

Quedaban Lonergan, Hart y Needles Ferry. No Heart decidió tratar de ganar la puerta y salir de allí. Lonergan se refugió bajo el piano de la sala de fiestas. Ferry no podía moverse: temía balas en ambas piernas. Capone ordenó que se encendiesen las luces un segundo; suficiente para localizar a Ferry, sentado e indefenso. Le metieron 18 balas.

Se ensañaron tanto con Ferry que le dieron a Hart el tiempo que necesitaba para desaparecer por la puerta. Después, ya solo, Lonergan se defendió desde el piano disparando hasta que Capone, en franca ventaja, le colocó tres balas en el cuero cabelludo.

La Nochebuena de 1925, con el último suspiro de Richard Pegleg Lonergan, terminó la guerra entre la Mano Negra y la Mano Blanca. Frankie Yale había ganado.

Eso sí, los más suspicaces ya habréis caído en que la escena que describía yo en la primera entrega de esta pequeña serie era la demostración de que aún no lo hemos contado todo.

Esta historia tiene un epílogo.



Frankie Yale era ahora el absoluto dueño del crimen organizado en Brooklyn, presidía la Unione Siciliana, y era respetado por el hampa de toda América. Y así siguió reinando hasta el verano de 1928.

El 1 de julio de 1928, tras años de liderazgo, le llegó el momento a Frankie Yale de ser agradecido y generoso. Una petición le llegó, nada menos que de Chicago. Tres años antes, en 1925, el cabeza de la Unione Siciliana en Chicago, Miguel Genna, había muerto envenenado por los hombres de George «Bugs» Moran, el sucesor de Dion O'Bannion al frente de la mafia irlandesa rival de Capone. Capone había colocado en su lugar a Sam «Samoots» Amatuna. Pero nueve meses después del nombramiento, mientras se afeitaba en una barbería, los hombres de Moran lo localizaron y tapizaron el suelo del local con sus sesos. Tras ese asesinato, Capone apoyó la candidatura de Tony Lombardo, pero apareció la competencia de Joseph Aiello, a pesar de la mala imagen que tenía entre los italianos por haber hecho negocios con Moran. Así las cosas, Capone llamó a Yale y le pidió que, como presidente de la Unione, apoyase la candidatura de Lombardo.

Pero Yale dijo que no.

Formalmente, Frankie Yale adujo que no quería meterse en temas de Chicago. Pero eso no es creíble. Más lo es el hecho de que, en 1928, se había hecho poderoso, muy poderoso, y se sentía con capacidad de enfrentarse a su viejo amigo Capone. Por eso, de hecho, decidió engañarlo.

Yale y Capone eran socios por aquel entonces. El segundo recibía su alcohol ilegal en barcos que atracaban en Long Island. Una vez pasada la carga a camiones, éstos tenían que atravesar Nueva York, cosa que hacían con la protección de Yale.

En la primavera de 1927, comenzaron a desaparecer camiones. Al principio, Capone pensó que la policía se había vuelto lista. Pero, finalmente, cuando vio que la sangría no paraba, decidió hacer uso de un contacto: James Filesi DeAmato, uno de los hombres de Yale, amigo de juventud de Capone.

Filesi vigiló discretamente, y una noche comprobó que Vincenzo Mangano y los termibles hermanos Mormillo, teóricos guardaespaldas de un camión, lo desviaban en Hamilton Street y lo llevaban al garage de Yale, donde lo descargaron.

Así pues, Frankie Yale le estaba robando a Alphonse Scarface Capone.

Para colmo, el 7 de julio de 1927, a las nueve y media de la noche, mientras Filesi caminaba justo delante del número 123 de la calle 22, un coche a toda velocidad se paró junto a él y sonaron seis disparos de otras tantas balas. Todas ellas se quedaron en el cuerpo del mafioso. Desde entonces, Capone perdió cada vez más camiones.

El domingo 24 de junio de 1928, Al Capone llamó a capítulo, en Miami, a su gotha asesino particular: John Scalise, Albert Anselmi, Fred «Killer» Burke.. y Vince Gibaldi, el que algún día fue el hijo de un italiano honrado de Nueva York. Dos días después, los cuatro tomaban un tren hasta Knoxville, Tenessee, donde llegaron con sus pesadas maletas y compraron un coche de segunda mano que les costó 2.040 dólares. Con él, condujeron sin escalas hasta Brooklyn. El sábado por la noche se registraron en el Hotel Bossert.

Lo que ocurre el 1 de julio, en parte ya lo sabéis si habéis leído la primera toma de esta historia. Yale ha comprado un coche, descubre que no está totalmente blindado, decide llevarlo al taller, antes se toma unas copas, recibe una extraña llamada y sale disparado hacia su casa.

Camino de su casa, conduciendo deprisa, a la altura del 957 de la calle 44, un coche negro se pone a la altura del de Yale. El jefe mafioso de Brooklyn, presidente de la Unione Siciliana, mira a su derecha, y lo que ve le enseña que va a morir.

Porque es el rostro de Vincenzo Gibaldi, el joven cuyo padre él también lloró, el joven al que vio crecer como asesino en apenas días, el joven al que no quiso contratar y que dejó ir para que trabajase con su ahora peor enemigo; el rostro de Vincenzo Gibaldi, digo, es lo último que ve Frankie Yale antes de sentir los topetazos de las balas.

Nunca hasta entonces se había matado en Nueva York con pistolas ametralladoras. Era una moda de Chicago que fue, todo hay que decirlo, rápidamente importada a Nueva York.

Frankie Yale no tuvo ninguna oportunidad. Murió como había matado y como mueren los mafiosos. Con las botas puestas y por orden de algún buen amigo.



Con el fondo de una buena balada de rithm & blues, no sé, quizá I'm still not over you, la pantalla se va a negro, y aparece el cartel de:

The End