sábado, agosto 28, 2010

Folletín de verano (30)











La onda expansiva impactó sobre Rebollo de perfil. Ésta es la razón, según los forenses, de que el cadáver estuviese tuerto. El ojo del lado del cual estalló la bomba se salió de su cuenca y dejó un negro agujero que parecía mucho más grande que un ojo. El otro ojo, abierto, todavía parecía mirar a Carlos Luján cuando éste se presentó en el Instituto Anatómico Forense.


Los terroristas anarquistas eran, a decir de los policías que sabían de ello, los más capaces de suicidarse en el caso de saberse acorralados. Otros activistas quizá tenían más apego a sus vidas o menos miedo de las palizas y torturas. Por lo tanto, la hipótesis de que Carlos Grisca decidiese matarse no era en modo alguno descartable; el error estuvo en juzgar que no se había dado cuenta de que había sido localizado.


Obviamente, nadie supo nunca si de días atrás ya sospechaba algo, o todo ocurrió cuando Rebollo se dirigió a él para preguntarle. Lo que sí parece claro es que con su respuesta aparentemente insulsa, Grisca se dio cuenta de que estaba ante dos policías y decidió actuar en consecuencia. Los esperó con la bomba en la mano y, cuando sintió que llamaban a la puerta, se limitó a quitar la espoleta.


De lo poco que se pudo recuperar en su casa, nada fue relevante para el caso.


Carlos Luján lloró lágrimas sinceras por la vida de Ismael Rebollo. Su mujer lo encontraba de madrugada en el salón de su casa, fumando en silencio sin encender las luces. Simplemente, sin dormir. Cuando estaba solo en casa, Carlos Luján entraba en el dormitorio y buscaba en el cajón de su armario la tarjeta de La Aromática encontrada un día en el expediente de Lucía Odriozola. De repente, aquella tarjeta le pesaba como un pecado mortal. No se arrepentía de haberla guardado; pero se daba cuenta de que siempre había contado con que terminaría por confesarle a Rebollo esa decisión suya; quizá el día que Franco dejase de fusilar. De alguna manera, se sentía en deuda. Qué él supiera, Ismael Rebollo siempre le había sido fiel, pero eso es algo que no se podía decir de él mismo. Lo había hecho por proteger a una mujer sobre cuya suerte se sentía, de alguna forma, responsable; y, sin embargo, no le había servido de nada, porque esa mujer había terminado con una bala en la cabeza; y el hombre que la había disparado también había terminado por matar a Rebollo.


Ismael Rebollo, traicionado por el propio Luján. Lucía Odriozola, falsamente protegida por él. Léntulo Sediles, quien también perdió la vida por su causa. Todos muertos. Y el caso, casi como el primer día, mientras Franco esperaba en El Pardo. No me decepcione, Luján. Y él ni siquiera sabía qué podía hacer para no decepcionar a su Jefe.


Antes de que terminase el mes de abril de 1958, aquél en el que se cumplían diez años del descubrimiento del cadáver de Anselmo López, Carlos Luján tomó una determinación. Se la comunicó con frialdad a su mujer, Laura, quien la escuchó sin protestar; y en los cinco días posteriores, además de no protestar, tampoco le dirigió la palabra. Luján era muy consciente de su dolor. Tenían una casa en el centro, él una carrera prometedora, una posición preeminente en la Brigada, y juventud. En esas circunstancias, cualquiera seguiría en la carrera. Lejos de ello, Luján había estudiado el mapa de España, había escogido una capital de provincia pequeña y a más de siete horas de coche, y había solicitado el traslado.


No sabía si el brazo de Franco sería tan largo y tan interesado como para enterarse de que la persona encomendada del caso López se quería ir al culo del mundo. Tampoco le importaba demasiado. Se imaginaba a sí mismo de nuevo en El Pardo. Se veía a sí mismo diciendo: «Mi General: la célula terrorista que quizá usted temió que intentase matarle está desarticulada; hay un terrorista huido cuya movilidad es nula, y el otro, su jefe, es un fantasma de cuya vida ni siquiera estamos seguros, pues en el lago Ilmen apenas tuvo una oportunidad entre cien mil de sobrevivir. El caso Anselmo López no se resolverá nunca, pero yo he cumplido con mi deber, y he protegido su vida». Se repitió tantas veces estas palabras que llegó a creer que las había pronunciado de verdad. Que ya había estado con Franco. Pero Franco nunca le llamó. Quizá por eso, Carlos Luján nunca abandonó el caso Anselmo López; nunca recibió la orden de hacerlo.


En mayo, sin embargo, su vida se había convertido en un hecho amargo. Llegaba a casa temprano, abandonado el hábito de trabajar lo que hiciera falta para dejar los asuntos bien arreglados en cada jornada, y se encontraba a su mujer trajinando ropa en maletas y baúles, mientras lloraba sin ruido. El pequeño Bruno daba vueltas por la casa como a medio gas; percibía la tristeza de su madre y, aunque no la comprendía, parecía imbuido de cierto sentimiento de solidaridad hacia ella. Luján la miraba fumando desde el sillón, tratando de buscar algo que decirle, sin éxito.


Uno de esos días de mayo, sin embargo, al llegar Luján a la Brigada, se encontró a su comisario esperándolo. Desde que se jubilase el primero de sus jefes, por la dirección de aquel grupo de la Brigada de Investigación Criminal habían pasado dos o tres comisarios; aquel último se llamaba Sánchez y era un tipo grande, ancho y silencioso con el que Luján, crecientemente autónomo a causa de la cercanía de Rebollo, apenas había intimado. Sin embargo, Luján sabía lo suficiente de Sánchez como para ponerse en guardia; en todo el tiempo que habían trabajado juntos, Sánchez jamás había llegado al trabajo antes que él.


-¡Ah, Luján! ¿Ha llegado usted ya?


A pesar de ser una pregunta retórica, Luján contestó afirmativamente.


-Me alegro. Nos han citado, y debemos salir ya si queremos llegar a la hora.


Sánchez le alargó el sombrero que Luján acababa de dejar sobre la mesa. El inspector asumió que sería algo relacionado con su traslado, así que salió detrás de su jefe, rogando porque esa misma mañana estuviese todo resuelto.


En la puerta esperaba un coche celular. Sánchez se sentó junto al conductor y Luján detrás, en el sitio habitual de los delincuentes. La situación le inquietó un poco. Pero si algo había aprendido con Ismael Rebollo, era a no tomar decisiones precipitadas.


El coche condujo suavemente por Madrid en dirección al Palacio Real, luego tomó hacia la plaza de España y, una vez allí, remontó la calle de la Princesa hasta llegar a Moncloa y al Ministerio del Aire, construido donde antes estuvo la Cárcel Modelo de Madrid.


El coche entró en el recinto del ministerio y Luján escuchó a Sánchez dar instrucciones al policía conductor para que buscase un sitio para parar.


-¿Qué hemos venido nosotros a hacer al Ministerio del Aire? Preguntó Luján.


-No lo sé confesó su jefe-. Ayer fuimos citados aquí, y eso es todo lo que sé.


Luján trató de no construirse prejuicios. Al fin y al cabo, la policía es necesaria en todas partes. Quien dice el Ministerio del Aire dice cualquier otro sitio.


Después de haberse identificado en la entrada mediante un papel timbrado que el comisario traía consigo, un soldado jovencísimo les guió por un dédalo de pasillos. Subieron escaleras dos veces. Finalmente llegaron a un pasillo que era igual que otros siete u ocho anteriores y se pararon frente a una doble puerta. Ahí, el soldado se paró frente al comisario y, tras juntar los talones sin ruido, informó:


-Es aquí.


-Está bien dijo Sánchez-. Pero no se vaya. Me tiene que sacar de aquí.


Luján miró a su jefe. Inmediatamente, se dio cuenta de que era inútil intentar preguntarle por qué se marchaba sin entrar. De alguna forma, ya se había acostumbrado a todas estas cosas tan extraordinarias.


Llamó a la puerta. Una voz ligeramente aguda le indicó que podía pasar.


Dentro del amplio despacho encontró a un hombre entrado en años, vestido de paisano. Al darle la mano, le sonrió con afectación, con un gesto de felicidad tan exagerado que más parecía propio de un sacerdote que de un militar. Le invitó a sentarse en un sillón y le ofreció coñac de una botella que estaba en la mesita justo delante de sus rodillas, acompañada por dos copas balón.


-Estoy de servicio dijo Luján.


-Yo también dijo el hombre, mientras se servía su copa.


El habano sí lo aceptó. Normalmente, Luján sólo fumaba puros en fiestas y celebraciones, pero, aparte de apreciar que era un cigarro de calidad, juzgó necesario no dar la impresión de estar totalmente a la defensiva.


El hombre encendió otro cigarro y dio un largo trago de su copa. Después de eso, pareció relajarse en su sillón.


-Bueno, bueno, bueno terminó por decir, con tono suave-. Así que usted es el famoso inspector Luján.


-Me gustaría darle la réplica oportuna contestó Luján-. Pero, lamentablemente, todavía no me ha dicho quién es.


El hombre rió divertido, incluso palmeándose un muslo. Luego se alzó de hombros.


-Qué quiere que le diga. No puedo contarle demasiado sobre mí.


-Lo había imaginado.


El hombre pareció recordar algo.


-Hábleme de la guerra.


-¿Qué guerra?


El hombre río de nuevo. Pero no hizo el menor comentario. Se quedó mirando a Luján desde detrás de su enorme copa, mientras tomaba un largo sorbo.


-No sé qué contarle. Yo era un crío.


-Su tío murió en Francia.


-De pena, sí.


-Y a su suegro tampoco le fue muy bien.


-Más bien al padre de mi suegro. Pero no sé qué necesita que le cuente.


-Pues lo que siente.


-¿Lo que siento?


-Lo que siente, Luján.


El inspector aspiró una gran bocanada del puro. El humo anegando sus pulmones casi le mareó.


-No sé. Alivio. Por fin amaneció, ¿no?


-Dígamelo usted.


Luján se echó hacia atrás en el sillón. Sentía la incomodidad en la boca del estómago.


-¿Es esta entrevista un examen de fidelidad al Movimiento Nacional, o algo así?


Esta vez, el hombre sólo sonrió.


-Las personas sobre cuya fidelidad existe una mínima duda dijo- no llegan ni al principio de este pasillo. No estoy hablando con usted de fidelidad, Luján.


El hombre se metió dos dedos en la boca y sacó pequeños trozos de puro que tenía pegados a su lengua.


-Esta entrevista trata de compromiso. Porque todos podemos ser fieles. Pero eso no quiere decir que nos comprometamos.


-¿Comprometernos? ¿A qué?


La sonrisa había desaparecido del rostro del hombre.


-Voy a contarle una historia, Luján. Hace ahora algunos años, para ser más exactos el 17 de mayo de 1947, el Caudillo fue a Barcelona. Ha ido muchas veces y volverá a ir las que hagan falta, entre otras cosas porque este país es nuestro, y a nosotros nadie nos encierra.


A quién se refería exactamente con «nosotros», no lo explicó.


-Aquella visita fue especial porque, menos de un día antes de un acto público que estaba previsto en la plaza de Colón, un joven policía, infiltrado en redes anarquistas de Barcelona, se enteró de que un grupo denominado Los Anónimos había decidido matar a Franco aquel día1; todo fue cosa de un terrorista ácrata llamado Domingo Ibars. Los terroristas habían fabricado unas pequeñas bombas que llevaban en carteras. Iban vestidos de burgueses y estaban mezclados entre la multitud que esperaba a Franco para vitorearlo. Probablemente, aquellos terroristas estaban dispuestos a morir en el atentado si era preciso. Creo que eso no le costar


-No, desde luego.


-Casi no había tiempo continuó el hombre-. Ya le he dicho que el policía consiguió la información cuando apenas quedaban horas para el acto. De hecho, no fue hasta algunos minutos antes de la llegada prevista de Franco que se pudo sospechar de dos activistas, al pie de la estatua de Colón, todos ellos mezclados con la gente con sus carteras. Se dio cuenta de que si intentaban detenerlos sería una carnicería. Si los terroristas activaban las bombas al verse descubiertos, un montón de gente a su alrededor moriría. Y también la policía enviada para prenderlos.


-Pero si no hacía nada, Franco llegaría e intentarían matarlo.


-Exacto. Y usted ya vivió lo de El Escorial, en noviembre pasado. Franco no es de los que vuelven grupas. Y la pieza era jugosa: Franco, don Blas Pérez2, el general Solchaga3, monseñorr Mondegro4, Baeza Alegría5, Rodríguez Martínez6 y hasta el jefe Chinchilla7. Con haber hecho un par de plenos, los rojos habrían tenido el día.


Luján fumó, tratando de construir la escena en su cabeza.


-¿Qué habría hecho usted, Luján?


El inspector negó con la cabeza.


-No lo sé, la verdad.


-No, por favor. No conteste eso.


-¿Por qué?


-Porque si contesta eso, esta entrevista habrá terminado.


Luján se quedó mirando a su interlocutor. Escuchando una voz en su interior. Una voz que decía: es que yo quiero que termine ya. Nunca consiguió comprenderse del todo a sí mismo; nunca llegó a saber muy bien quién habló por su boca.


-¿Hubiera sido posible un cambio de itinerario?


El hombre negó.


-Demasiado tarde.


-Entonces, no había más remedio que inventar algo para evitar que los terroristas llevasen a cabo su plan.


El hombre sonrió, se inclinó hacia Luján y le palmeó una rodilla.


-Justo, Luján. Justo. Niños.


-¿Niños?


-Niños, sí. Montones de niños. Rodeando al Caudillo. Una escena conmovedora. Varios colegios enteros que habían acudido a ver a Franco caminando junto a su coche calle abajo. Y funcionó. Los terroristas, entre tanta gente, consiguieron escabullirse. Pero se llevaron sus bombas. Y, de todas formas, les dio igual, porque sólo tres días después detuvimos a tantos anarquistas en Cataluña que nos faltaban calabozos. Cayeron los comités de Barcelona, de Gerona, de Tarragona, de los metalúrgicos, de la construcción, química, textil, transporte, piel, espectáculos, los sindicatos de ladrilleros, de vidrieros, de artes gráficas, de energía. Todos.


Luján seguía viendo la escena en su cabeza. Cuando la borró, el hombre le miraba con curiosidad.


-¿Por qué me cuenta esto?


-Por dos razones contestó el hombre-: La primera, para convencerle de algo que yo mismo negaré fuera de este despacho: la guerra no ha terminado. Hicimos cautivo al ejército rojo y lo desarmamos, y también alcanzamos nuestros últimos objetivos; pero no por eso la guerra ha terminado.


Por alguna razón que no entendía, Luján no se sintió ni sorprendido ni impresionado por aquellas palabras.


-¿Y la segunda?


El hombre se tomó unos segundos para responder.


-Porque necesito saber si usted tendría huevos de hacer lo mismo. De coger decenas de niños y colocarlos como un escudo. De salvar al Caudillo a cualquier precio.


Carlos Luján sopesó la respuesta durante segundos que duraron horas. Su cerebro le decía que no tenía respuesta para esa pregunta. Pero del sótano de su memoria llegaban gritos. Los gritos del hambre, del miedo. Los ojos de la joven Laura que él aprendió a amar, ojos que esculpían la incertidumbre de seguir viva en el siguiente amanecer. El dolor de saberla angustiada y la impotencia de no poder protegerla de ello. Luego los discursos, las lecturas; los arengas de los maestros, la dulce seguridad del patio de la Academia.


Del sótano de su memoria llegaban gritos. Y él necesitaba acallarlos.


-Proteger al Caudillo terminó por decir, muy lentamente- no es una opción.


-Es una orden.


-Es una orden, sí.


El hombre mayor sonrió complacido. Aunque su rostro mutó rápidamente hacia el disgusto.


Tomó un papel de la mesita. Carlos Luján había adquirido la habilidad de leer incluso del revés, como estaba aquél. Encontró su foto y no tardó en darse cuenta de que era la concesión de su traslado.


-Una persona con su fidelidad, y sus habilidades, ¿por qué quiere marcharse a… -el hombre pareció necesitar aire para seguir-; por qué quiere irse tan lejos?


Luján apretó sus manos, entrelazadas. Notó que un nudo se subía a su garganta. Llevaba días, si no semanas, en los que prácticamente no hacía otra cosa que plantearse esa misma pregunta, y contestarla.


-A mi alrededor, la gente muere.


El hombre le miró con conmiseración.


-Entiendo. Se refiere a Rebollo. Y a aquel hombre de su infancia, el informador…


-Sediles.


Y Lucía, pensó para sus adentros. También ella.


-Sediles, sí… No puedo decirle nada de eso. En cuanto a Rebollo, creo que es mi deber recordarle, y digo recordarle porque estoy seguro que usted ya lo sabe, que siempre supo que corría el riesgo de morir como murió. Y que lo aceptaba.


Luján no contestó. Trataba de recordar a su amigo sonriéndole alguna vez.


-Incluso aquel día, en Barcelona continuó el hombre-. Sabiendo lo que sabía, no se separó del Caudillo ni medio metro. Habría muerto con él, y lo sabía.


Luján se sintió anonadado por la sorpresa.


-Había… había asumido que el joven policía de su historia era usted.


El hombre rió.


-Yo, amigo Luján, no soy policía. Me decepciona que no lo haya adivinado todavía. Quien era joven, y policía, en 1947, era su compañero Rebollo. Entonces era un miembro más de la Brigada de Investigación Criminal, pero su actuación quedó anotada. Además, a él le sirvió para darse cuenta de que cuál era su verdadera vocación. Luchar contra el crimen con mayúsculas, el crimen que se quiere cometer contra la Patria.


Luján suspiró.


-Me temo que yo no he tenido la misma visión que él. Es otra la vida que deseo.


-Lo entiendo. Pero a veces, Luján, no escogemos. Cualquier persona inteligente sabe que, aquel día en Barcelona, no estábamos en condiciones de decidir proteger la vida de los niños a toda costa. A mi guerra le hacen falta soldados como usted; y no puedo reclutarlos por obligación. Con desgana, usted no me sirve de nada.


-Entonces contestó Luján, con voz ronca-, creo que no tenemos nada que hablar.


El hombre mayor alzó las manos, en un gesto de resignación, y se palmeó las rodillas con ellas. Luego se levantó, sonrió de nuevo, y estrechó la mano de Luján, en pie frente a él. Sólo que el apretón fue muy largo, más largo de lo normal; y, una vez terminado, el hombre seguía agarrando la mano de Luján.


-¿Me permite que le haga un regalo, antes de irse? Para que lo disfrute en su nuevo destino, pues tendrá muchas tardes para ello…


Luján asintió sin palabras.


-En noviembre de 1956 el hombre casi susurraba- murió en París Juan Negrín. Ya sabe. El de los trece puntos de la mala suerte8. Quizá le guste saber que había sido expulsado del Partido Socialista.


-No lo sabía contestó Luján, con rictus de desprecio en los labios-, pero lo cierto es que me da igual.


El viejo sonrió.


-Negrín fue el cabrón del oro. Ya sabe, el ministro de Hacienda que decretó el traslado de nuestro oro a Moscú, del que ya nunca más se supo.


-Eso sí que lo sé bien.


-Dado que no sabía lo de la expulsión, no estará muy entonado en las maravillosas relaciones que han tenido los jerifaltes de la República desde el día que les echamos de sus poltronas continuó el hombre-. Y no le voy a aburrir porque ya me ha dicho que no le interesa; pero es importante que, para lo que le voy a contar, retenga el dato de que los diferentes grupos políticos están enfrentados entre ellos, y el Partido Socialista tiene divisiones internas; fundamentalmente, entre la gente de Prieto y la gente de Negrín. No se pueden ni ver.


Luján se alzó de hombros, por toda respuesta.


-Negrín nunca se fió de Prieto. La verdad es que, desde el primer día de la posguerra, han estado peleando por el dinero. Porque se llevaron mucho dinero de aquí. Y uno de los campos de batalla es el asuntillo del oro. Negrín se negó sistemáticamente a dar cuenta de la gestión del oro frente al gobierno republicano en el exilio y, a su muerte, su hijo hizo algo realmente inesperado.


Luján estrechó la mirada.


-Lo recuerdo, ahora que lo dice. Los periódicos lo publicaron. Hizo llegar la documentación a Madrid.


-En efecto. Se lo contó todo a Franco. Todo.


El viejo soltó la mano de Luján. De todas formas, éste ya no tenía intención de marcharse.


-Nos llevó semanas compilar la documentación y cotejarla. Decenas de técnicos trabajaron día y noche en el Banco de España. Y, aunque en vida cometiese tantos pecados de procomunismo, creo que es justo reconocer que Negrín demostró que no mentía. Su documentación cuadra. El oro desplazado se corresponde con los pagos librados a la URSS a cambio de armas y servicios bélicos. Cuadra casi al céntimo. Casi.


El viejo le guiñó un ojo a Luján. El inspector sintió que su estómago ardía.


-Exactamente, ¿en qué cantidad no cuadra?


El viejo sonrió tristemente, y miró a Luján casi con compasión.


-Inspector Luján, no se ofenda, pero ésa es una información que nadie compartiría con un inspector policial de provincias.


Luego extendió un brazo en dirección al sillón donde el policía había estado sentado.


-¿Nos sentamos de nuevo?


Luján tomó aire. Trató de pensar por encima de la batahola que su corazón y su cerebro tenían montada dentro de su cabeza.


-¿Podría saber qué es lo que seré, en lugar de inspector de provincias, si me siento?


El viejo rió brevemente.


-Ya sé que los de la Político-Social no tienen buena fama entre otros policías. Pero no se preocupe. Usted estará, ¿cómo se dice? En otra onda.


Luján no se atrevió a preguntar. Pero se dio cuenta de que el viejo se percataba de que tal respuesta le sabía a poco.


-Servicio de paisano dijo el hombre- Despachos… discretos añadió, mientras echaba una mirada circular al que ocupaban-. En lugares como éste.


-La segunda bis9 -susurró.


El hombre chasqueó la lengua.


-Usted no puede pertenecer a la segunda bis, Luján le dijo-. Es usted policía, no militar. Usted formará parte de… el personal auxiliar. Si no le molesta que lo diga así.


Las voces se habían callado. En su lugar sólo quedaba, como una grabación, la voz de aquel hombre, algunos minutos antes, diciendo: a veces, Luján, no escogemos.


Lentamente, se sentó. El otro hombre hizo lo propio.


-Las cuentas tenían un descuadre de varios millones de pesetas. Un dineral. Pero el oro había sido clasificado y pesado: en Madrid, en Cartagena y en Odessa. Fue trasladado desde Madrid por personal de total filiación comunista, por orden de José Díaz10 y bajo la coordinación de El Campesino11. No, no era una cuestión de oro. En este mundo de hoy, hay cosas que valen mucho más que el oro.


El hombre tomó aire, pensando.


-Algunas semanas antes de empezar la guerra, el Banco de España acudió en ayuda de un empresario constructor con problemas de liquidez. En Madrid los anarquistas llevaban a cabo una huelga salvaje en los tajos que duraba ya dos meses y algunos empresarios empezaban a experimentar serios problemas por la inactividad. El Banco de España no era quién para acudir en ayuda de un particular de esa manera, pero supongo que habría argumentos de peso por medio, ya me entiende…


El hombre se frotaba los dedos índice y pulgar de la mano derecha, uno contra el otro, mientras decía eso.


-El Banco descontó los cupones de unos bonos al portador que aquel empresario poseía en un banco suizo. Lógicamente, eso hacía al Banco propietario de esos títulos, hecho éste que se reconocía en un documento expedido por personas con poder suficiente para ello, y en el que figuraba un nombre más, el de la persona que habría de acudir al banco suizo en representación del nuevo propietario, con el fin de hacerse con los títulos.


-Y esa persona era…


-Nadie respondió el hombre, y pareció casi divertido con la sorpresa de Luján-. Nadie. Tan sólo, el portador. En el Banco deberían estar pensando en a quién designar cuando estalló la guerra y luego, durante unas semanas, nadie recordó aquel papel. Del empresario hay una foto en la Causa General12. En todo caso, en aquellos días en el Banco se preocupaban sólo por el oro, por lo tangible, sin darse cuenta de que había que robar mucho para tener un botín tan jugoso como el que podían conseguir con un simple papel.


Luján dio la última bocanada de su puro habano, sintiendo que sus manos temblaban ligeramente.


-¿Cuándo se dio cuenta Negrín de lo del papel?


-Muy tarde contestó el viejo-. No fue hasta que los funcionarios del Banco de España desplazados a Moscú pudieron repasar el arqueo hecho por los soviéticos, que fue muy lento y además tardaron en recibir, que cayeron en la cuenta de lo del descuento. Cualquiera usar el papel para hacerse con los bonos o con sus réditos. Se lo dijeron al doctor Pascua13, y éste a Negrín.


-¿Y lo buscó?


El hombre se alzó de hombros.


-Según sus notas, o confesiones, o como les quiera usted llamar, lo hizo, pero sin éxito. Sin embargo, los técnicos que revisaron la documentación cayeron en la cuenta de que, en la esquina de los papeles donde se documenta todo esto, el doctor Negrín había anotado, de su propio puño y letra, un nombre.


Carlos Luján se echó hacia atrás, como aplastado por una roca invisible.


-Anselmo López.


-Anselmo López repitió el hombre, asintiendo con la cabeza-. Y éste es mi regalo de hoy, es decir la respuesta que usted lleva meses buscando. Del puño y letra de Negrín, en uno de sus papeles: Anselmo López, 1942. La fecha, con toda probabilidad, se corresponde con el momento en el que le fue comunicado a Negrín que aquel hombre había robado el dinero.


Carlos Luján sintió su mente repentinamente lúcida.


-Franco reabrió el caso Anselmo López para conocer su vinculación con el robo del Banco de España.


-Ajá.


-Y lo que sabemos nos ha llevado a sospechar que ese dinero acabó en manos de terroristas anarquistas. Los mismos que estaban con él a finales de 1938.


-Los mismos dijo el hombre- que hemos desarticulado.


Luján torció el gesto.


-Cendoya sigue por ahí.


-Es posible. O no. Pero lo que sí está claro es que no esconderá el dinero en España. Y los bonos al portador no se pueden rastrear; eso sin contar que ya los habrá vendido.


Luján miró al suelo.


-Hemos fallado.


-No del todo contestó el hombre, con dulzura en la voz-. Lo que hemos averiguado nos ha servido para acabar con un terrorista y obligar a huir a otro. El tercero es un fantasma. Ah, por cierto.


-¿Sí?


-Otro regalo el hombre pareció repentinamente divertido-. Su intuición era muy acertada.


-No sé a qué se refiere.


El viejo blandió un sobre marrón.


-En cuanto firme unos papelitos y haga un par de juramentos podrá leerlo. Pero creo que puedo adelantarle ya su contenido. Es algo que usted pidió.


-¿Algo que yo pedí?


-Desenterramos a Anselmo López. Y lo que encontramos no sé si es lo que usted buscaba, pero es muy, muy interesante.


-No buscaba nada en concreto.


-La bala que dejó cojo a nuestro divisionario se alojó en la pierna. Seguía allí cuando sacamos los huesos del ataúd. Y, ¿sabe usted?, tiene un calibre de 7,62 milímetros.


Luján se alzó de hombros.


-Sé poco de armas.


-Yo, en cambio, sé mucho contestó el viejo-. El arma corta más usada por los rusos en la guerra mundial fue el PSSRh el cual, por así decirlo, compitió con el KAR98 alemán. El calibre del fusil ruso es 7,92.


-Usted ha dicho 7,62.


-Y no me he equivocado, Luján. La bala no es de un arma rusa.


-¿No? ¿No hay ningún arma con calibre 7,62?


De nuevo, el viejo guiñó un ojo.


-Sí, amigo, sí. El KAR98.


Luján no hizo esfuerzos por esconder su sorpresa. Así pues, Anselmo López había sido herido por un arma alemana. Aunque, ahora, todo eso, ¿de qué servía? Ya sabían quién le había matado: el llamado Julio Cendoya. Obviamente, en algún momento una vez terminada la guerra había averiguado el secreto de que era depositario Anselmo López, relacionado con el robo de un documento del Banco de España durante el traslado del oro a Cartagena. Probablemente, había intentado matarlo en Rusia, pero había fallado. Luego, o bien simuló su muerte en combate para volver a España y perseguirlo, o bien hizo que sus hombres le persiguieran. La caza terminó en abril de 1948. Al cadáver le cortaron las manos, típica condena medieval a los ladrones.


Saber eso, en cambio, ya no servía de nada.


El viejo se levantó y palmeó el hombro de Luján.


-El Caudillo le susurró- está orgulloso de usted. Me ha pedido que le dé esto.


Sacó del bolsillo de su guerrera una pitillera de plata, y se la ofreció al inspector.





1 Se sabe que el grupo de Los Anónimos estaba fundamentalmente formado por maquis andaluces que habían abandonado las sierras del sur ante la presión policial.



2 Ministro de la gobernación.



3 Gobernador militar.



4 Titular de la diócesis.



5 Eduardo Baeza Alegría, gobernador civil de Barcelona.



6 Director General de Seguridad.



7 Manuel Chinchilla, en aquel entonces jefe superior de policía de Barcelona.



8 Es una referencia sarcástica al documento de 13 puntos con que Negrín trató de terminar la guerra en 1938.



9 Unidad vinculada al Estado Mayor dedicada a labores de inteligencia.



10 Entonces Secretario General del PCE.



11 Valentín González, apodado El Campesino, fue uno de los principales generales comunistas en la guerra civil.



12 La Causa General fue el monumental sumario que montó el Ministerio de Justicia franquista recogiendo los crímenes de la represión en la zona republicana. El documento tiene un número importante de fotos de personas fusiladas y asesinadas por los republicanos. La referencia del hombre, por lo tanto, se refiere a que el empresario fue asesinado.



13 Marcelino Pascua, embajador de la República en la URSS.