domingo, agosto 29, 2010

Folletín de verano (31)











Muy pocos días después de la extraña entrevista producida en un despacho del Ministerio del Aire, Francisco Franco pronunció un discurso en las Cortes para presentar la Ley de Principios del Movimiento Nacional. Esa ley fue la primera en la que el régimen franquista no seguía fielmente los viejos 27 puntos de la Falange y, de hecho, el discurso de Franco aquel 17 de mayo de 1958 fue el primer discurso importante pronunciado por el Caudillo en el que no citó el nombre de José Antonio Primo de Rivera.


Para cuando eso ocurrió, no obstante, la vida de Carlos Luján había cambiado, o mejor dicho empezado a cambiar, de una forma tan clara que apenas tuvo tiempo de pensar en ello. Su mujer recibió la noticia de que había decidido no trasladarse con la misma resignación con que le había escuchado cuando le comunicó lo contrario.


-Me trasladaré de departamento, pero aquí, en Madrid se explicó-. Será un trabajo distinto. Pero los horarios son más locos y tal vez tenga que viajar.


Hubiera querido contarle más. Pero en La Central, como se autodenominaba el departamento del que ahora dependería, le advirtieron que, sin ser estrictamente necesario guardar secreto absoluto sobre el trabajo propio, lo recomendable era procurar la mayor discreción posible, también con las personas más cercanas. Así pues, Luján se limitó a mirar a los ojos cansados de su mujer, e informar:


-Sea lo que sea, conservaré todos los trienios. Y cobraré dos mil pesetas más, por comisión de servicios.


Sea porque aquello es todo lo que podía interesar; sea porque comprendió que una subida de sueldo no se concede a menos que el trabajo sea de mayor responsabilidad, lo cierto es que Laura ni hizo preguntas ni le puso pegas a su marido cuando éste, cada vez más, comenzó a hacer una vida menos hogareña. Luján, en efecto, comenzó a pasar temporadas lejos de casa. Al principio seguía las normas de las que sabía que su mujer gustaba; la llamaba todas las noches, estuviese donde estuviese. Pero la vida se fue complicando.


Le ocultó a su mujer su salida al extranjero desde la primera ocasión. Le pareció una medida mínima de precaución. Viajó en coche junto con tres compañeros a Francia, a un pueblo cercano a Toulouse. Allí les esperaba un contacto a quien pagaron generosamente por marcar al personaje que se les habían señalado. Los papeles habían sido establecidos en Madrid, pero un día antes de la acción que tenían preparada se dieron una comilona, tan fuerte que dos de los miembros del equipo quedaron inservibles. Así pues Luján, que había ido a Francia para ir aprendiendo y foguearse, tuvo que cargar con la misión. Fue su bautismo de fuego y lo realizó con extrema facilidad. El objetivo era un granjero relativamente acomodado que prestaba cobertura a células anarquistas cuando necesitaban esconderse en Francia. Luján, siguiendo a rajatabla el guión que le habían encargado, lo acojonó primero y después le pegó un tiro en la rodilla derecha. El tipo casi le dio las gracias, entre dolores atroces, por dejarlo vivir.


1962 fue, en buena medida, el año de Luján. Pasó buena parte de él en Asturias, infiltrándose en asambleas y reuniones de los huelguistas1; enviaba informes práticamente a diario. También en Madrid, realizando muy a menudo discretas vigilancias en la calle Marqués de Cubas2. No obstante, además de eso terminaría por emular a su maestro Ismael Rebollo. Quince años después de que, como él sabía por el relato del hombre que lo había reclutado (y al que jamás volvió a ver), salvo la vida del Caudillo.


La Central y otros servicios más o menos conocidos y legales de la seguridad española tenían controlados a los distintos movimientos de oposición al franquismo, especialmente los radicados en Francia. Entre ellos estaban los grupos de inspiración anarquista, que eran los que más interesaban a las unidades contraterroristas. En 1956, aunque Luján prácticamente ni se enterase, el Partido Comunista había transmitido a través de Radio España Libre un manifiesto en el que apostaba por la reconciliación nacional, la superación de la guerra, y de una forma más o menos clara renunciaba a la política que había realizado en los primeros años de la posguerra, destinada a echar a Franco por la fuerza. Obviamente, los comunistas no quisieron decir con eso que abandonasen toda oposición; su estrategia había cambiado hacia la infiltración en el propio franquismo, sobre todo a través de la organización sindical. Por eso fueron tan importantes las vigilancias de la huelga del 62, porque los más enterados dentro del aparato de seguridad del franquismo se dieron cuenta de que era el primer pulso serio de inspiración comunista, y no sería el último. No obstante Luján, pese a colaborar en labores de vigilancia y espionaje dados los conocimientos y la práctica que iba acumulando, observaba todo esto de medio lado; era una labor más propia de la Brigada Político-Social. La suya era otra historia.


Vigilando a los opositores con capacidad y voluntad terrorista, pues, era inevitable llegar a los anarquistas. La vieja CNT tenía en París una Comisión teóricamente encargada de coordinar las acciones antifranquistas; pero, en la práctica, no eran pocas las personas y grupos que actuaban a su aire. No se trataba tan sólo de permanecer sin conocerse por razones de seguridad; se trataba de que era relativamente habitual que un grupo de activistas decidiese realizar una acción por su cuenta, si encontraba los medios para ello.


La obsesión de estos grupos era matar a Franco, y en La Central lo sabían bien.


Matar a Franco no resultaba nada fácil. La vida del Caudillo era una vida cuidadosamente reglada, muy del estilo militar que le gustaba, repleta de compromisos pero normalmente fácil de organizar; además, los españoles se habían acostumbrado a una rutina en la cual la prensa rara vez anunciaba por adelantado los movimientos del jefe del Estado, de modo que se sabía, por ejemplo, que se iba de vacaciones; pero era casi imposible saber con certeza el día en que llegaría a tal o cual sitio. No salía al extranjero. Fuera de Madrid, en vacaciones, el «providencial» regalo de los coruñeses, el pazo de Meirás, hacía las cosas bastante fáciles. Los encargados de la seguridad del Jefe del Estado se vanagloriaban de que nadie podía acercarse a menos de veinte metros del Generalísimo sin que antes lo supiesen al menos diez personas, y lo hubiesen aprobado.


Así las cosas, la obsesión de La Central era impedir atentados suicidas, al estilo del que pudo ocurrir en Barcelona en 1947. El gran problema que planteaban los terroristas anarquistas, y que los distinguía de los demás desde hacía ya un siglo, era su disposición a morir en sus acciones. Mateo Morral sabía que sus posibilidades de sobrevivir al atentado contra el rey eran escasas; el asesino de Canalejas le pegó un tiro a menos de doscientos metros del principal centro de gobierno de España y, consecuentemente, fue prontamente perseguido por la policía, ante lo cual se abrió la tapa de los sesos.


Carlos Luján, sin embargo, se destacaba por ser escéptico en este terreno. Hablaba de que incluso los anarquistas llegarían a un punto que él llamaba el punto de salto cualitativo.


-Matar es cuestión de medios se explicaba-. Si alguien alcanza un punto en que tiene suficientes medios, puede plantearse matar con menos riesgo.


Los compañeros y superiores de Luján no es que se cachondearan de él, pero se limitaban a escucharle con conmiseración y a invitarle amablemente a poner los pies en la tierra. Luján, sin embargo, decidió seguir sus instintos e investigar, siempre que pudiera, las vías por las cuales los anarquistas podían llegar a disponer de grandes cantidades de dinero.


Realizando esas investigaciones es como llegó a Manuel Hijares3. Hijares era un exiliado que vivía en Francia y que había mostrado una habilidad especial, se diría que innata, hacia la falsificación. Como tal era conocido por la policía francesa. A base de falsificar dinero y otras acciones, había conseguido crear un pequeño emporio empresarial; sin embargo, su nivel y modo de vida le delataba; estaba claro que los pingües beneficios que arrojaban sus actividades no iban dirigidos a la compra de mansiones o de lujos. Utilizaba el dinero para financiar actividades anarquistas.


Carlos Luján comenzó a hacer viajes a Francia en rebaño. En la Central, «viajar en rebaño» significaba desplazarse bajo identidad falsa; la cosa venía de que, cuando hacía eso, el policía iba como disfrazado de cordero inofensivo. Con la connivencia de sus jefes, obtenida a base de dar mucho la murga en los despachos, consiguió hacerse pasar por un empresario español, de ideología indefinida, que hacía negocios con una pequeña empresa que era una de las tapaderas de La Central en París; la cual, asimismo, había logrado tener alguna relación con negocios de Hijares. A lo largo de algunos meses del año 61, Carlos Luján realizó varios viajes a Francia durante los cuales fue anotando cuidadosamente sus observaciones sobre el entorno de Hijares. Buscaba a alguien que, por mucho que tratase de disimular, no pudiera ser de la misma ideología que su jefe. La fidelidad a los principios es una gran cosa, pero en la vida real resulta prácticamente imposible rodearse de personas absolutamente fieles, especialmente cuando se realizan actividades económicas.


Carlos Luján acabó por trabar conocimiento con un joven francés que ayudaba a Hijares con las naturales gestiones burocráticas que genera todo negocio. Un día le invitó a comer y le compró. Fue una jugada segura; para entonces ya sabía que el muchacho apenas ganaba dinero y, además, tenía ciertas aficiones caras que no podía pagar. El muchacho espió para él con tanta pasión que si no necesitase tanto el dinero era como para creer que había leído los Principios del Movimiento y había visto a la Virgen.


Un día, el muchacho informó a Carlos Luján de una adquisición de Hijares extraordinariamente sospechosa. Primero, por lo extraño: se trataba de un avión. Segundo, por el secreto con que se había llevado a cabo la operación. El informador de Luján, de hecho, no conocía la compra por el trasiego de papeles que pasaban normalmente por sus manos, sino por haber escuchado, de casualidad, una conversación telefónica a media voz, y haber investigado por su cuenta.


¿Para qué podía querer Manuel Hijares un avión? Luján ató cabos. Un avión no sirve para una acción bélica; para una acción bélica, cualquiera que ésta sea, hacen falta varios. Además, esto no formaba parte del estilo de los anarquistas. Por lo demás, se informó y averiguó que el avión adquirido tenía, lógicamente, una autonomía de vuelo limitada. Así pues, los anarquistas habían comprado un avión en Francia; pero si querían usarlo para algo en España, tenía que ser cerca de la frontera.


Fue entonces cuando Luján se acordó de las traineras.


La competición de traineras era algo muy tradicional de San Sebastián en verano, como también lo era que asistiera el Caudillo. En parte por querencia personal y en parte también por imposición de seguridad, Franco solía llegar al puerto de San Sebastián antes de comenzar las carreras y desplazarse en una falúa a algún yate fondeado en la bahía, desde donde presenciaba la competición en primera fila y a salvo de movimientos extraños en el puerto. Esta básica medida de seguridad tenía, sin embargo, el problema de que lo situaba como un blanco fijo y solitario. Eso sí, Franco estaría rodeado de discretas lanchas con equipos de seguridad preparados para impedir incluso el acercamiento de buceadores. Pero, ¿y si el peligro llegaba del aire?


El plan tenía mucha lógica. Una avioneta que despegase de la frontera franco-española tardaría poco tiempo en llegar a San Sebastián. Suficientemente poco como para que los servicios de control aéreo tuviesen poco margen para localizarla, y menos aún para cursar órdenes a la fuerza aérea que pudiesen poner algún avión en el aire para neutralizarla. Para cuando la seguridad se pusiera en marcha, la avioneta ya estaría ametrallando y bombardeando el yate del Jefe del Estado. El atentado no afectaría nada más que al Caudillo, lo cual lo hacía aún más deseable por parte de sus impulsores.


Un día de septiembre, muy poco antes de comenzar las competiciones de traineras en San Sebastián, la avioneta de Hijares, tal y como había previsto Luján, despegó del aeropuerto francés de Dax y puso morro hacia España. Nada más entrar en espacio aéreo español, dos aviones de caza, que la estaban esperando, se colocaron a sus lados y ya no la abandonaron hasta que regresó a Francia. Por los informes que luego pudo leer Luján elaborados por otros topos, los anarquistas jamás lograron explicarse cómo había logrado la policía franquista saber con antelación que el atentado se iba a producir, y cómo.


Era la segunda vez que Carlos Luján desmantelaba una organización contra Franco, y la primera que le salvaba la vida. Nadie le regaló entonces otra pitillera de plata. Pero ascendió a jefe de grupo.


El 7 de noviembre de 1963, Carlos Luján, estaba más que acostumbrado a mandar operativos. Las más de las veces, operativos policiales, casi siempre de la Político-Social; pero también había dirigido acciones en las que habían participado elementos militares, personas de la Segunda Bis o de inteligencia, y casi siempre el designado para mandar era él. Aquél día no era una excepción.


Cuando los inspectores Sánchez y Castuera llegaron a la cafetería donde habían quedado, se reconocieron con la mirada sin problemas. Luján ya estaba sentado en una mesa, esperando desde hacía más de un cuarto de hora. Eran dos policías jóvenes. Ambos trataban de disimular su nerviosismo.


-¿Qué sabéis del operativo? Les preguntó Luján, con gesto serio, tras las presentaciones.


-Poca cosa repuso Castuera, alzándose de hombros-. Una detención, nos han dicho.


-¿Y nada más?


Los dos inspectores se lo quedaron mirando, bloqueados por esa desagradable sensación de no saber a ciencia cierta si se ha cometido un error.


Luján suspiró, y abrió en número del Ya que tenía sobre la mesa de la cafetería. Sobre la página que escogió había una foto suelta. La foto de un hombre delgado, fibroso, aún joven aunque con entradas en su pelo.


-Éste es nuestro hombre informó en voz baja, aunque cuidando que no fuese exactamente un susurro-. Y es caza mayor.


Los dos jóvenes policías se quedaron mirando a la foto. Ambos estaban frente a Luján. Ni siquiera se atrevieron a tocarla para darle la vuelta. Luján dejó que su fastidio y su impaciencia se reflejasen en su rostro.


-Vamos a ver… ¿es Sánchez y Castuera, verdad?


-Sí, señor.


-Sí, señor.


-Está bien. ¿Os importaría decirme, Sánchez y Castuera, cuál ha sido vuestra caza más importante?


Ambos se miraron, desconcertados. Luján cerró el periódico, y tosió con afectación. Los dos jóvenes sintieron el aguijonazo de las prisas.


-Hemos… hemos hecho vigilancias.


-¿Vigilancias?


-El otro día Sánchez hablaba con dificultad, como si tuviese la boca completamente seca-, en la Pegaso, por ejemplo. Y también, durante las huelgas de…


Luján bufó más que suspiró y se pasó una mano por la cara. Los policías se callaron. El inspector-jefe les miró. Había casi compasión en sus ojos.


-No me puedo creer que me manden dos pipiolos para esto.


-Señor, somos perfectamente capaces de…


-¿De? ¿De detener vosotros solitos a un miembro del Comité Central del Partido Comunista?


La lividez y la mirada de los jóvenes fueron las propias de alguien que hubiese vivido hasta aquel momento pensando que los miembros del Comité Central del Partido Comunista eran personajes de ficción, en realidad inexistentes.


Sánchez fue el primero que se recuperó. Tras echar una mirada hacia la cafetería, se acercó a Luján y bajó la voz.


-¿Vamos a detener al puto Carrillo?


Luján lo miró con desprecio.


-¿A ti te parece que el de la foto es el puto Carrillo, chaval? Y te diré más: ¿te parece que la mejor forma de pasar desapercibido en una cafetería es mirar para todos los lados antes de hacer una confidencia?


Aquello desarmó por completo a Sánchez. Se echó hacia atrás, apoyando la espalda en el respaldo de su silla, y allí se quedó, rígido, más que probablemente sin saber qué hacer. Luján se volvió hacia su compañero. Pero Castuera sólo era capaz de mirarle a él, con la boca entreabierta, el mentón colgando como sin fuerza.


-Se llama Julián Grimau informó Luján-. Cincuenta y un años. Miembro del Comité Central.


-¿Qué hace en España? Alcanzó a preguntar Castuera.


-Lo que todos respondió Luján, tras dibujar un rictus con sus labios-. Tratar de poner a hervir la olla.


-¿A hervir…?


-¡Sí, cojones, a hervir la olla! ¿Quieres que te lo dibuje?


Castuera enrojeció hasta la raíz de los cabellos.


-Pero eso da igual continuó Luján-. Esta noche está detenido. Ése es nuestro trabajo.


Se inclinó hacia sus interlocutores.


-Pero es caza mayor ahora sí les susurró-. No es ningún gilipollas. Ese cabrón tiene los huevos pelados de tanto hacer la revolución. No podéis cometer ni medio error.


Luego les dejó que se despertasen un poco, que bebiesen un poco de agua y, tras ocurrir todo eso, se levantó y, con media sonrisa, les dijo:


-¿Jugáis al mus?


Los dos policías, aún sentados, se miraron sin saber qué decir.


-¡Es una pregunta fácil, coño!


Sánchez y Castuera asintieron.


-Pues si jugáis al mus, conocéis las señas. En este negocio, las señas del mus son fundamentales. Recordadlo bien.


Luján fue repasándolas una tras otra, y hacía cada seña en cada momento antes de dar su significado.


-La señal de Voy Ciego significa que no hay posibilidad de realizar la acción. Puede ser porque el objetivo tenga posibilidades de escapar, porque haya civiles cerca o por otras mil razones. La señal de duples significa seguidme; si me la veis hacer, os pegáis a mi espalda y hacéis lo que yo haga. La señal de medias significa que el objetivo nos está calando; así que tenéis que acelerar. La señal de juego significa lo contrario: el objetivo aún no sabe que lo es. Y el solomillo…


Luján calló y los miró, esperando a que hablasen. Tres segundos más tarde, a Sánchez se le iluminaron los ojos.


-¿Vía libre? Preguntó, con un deje de miedo en la voz.


Luján le sonrió y luego le estrechó la mano. Aquello relajó a los jóvenes inspectores.


Entonces Luján arqueó ostensiblemente las cejas, duples, y salió del bar.


Miró su reloj. Casi las tres de la tarde. Se volvió hacia sus compañeros y les hizo un gesto de la cabeza hacia delante. Luego apretó el paso. No necesitó mirar atrás. Sus dos compañeros, más jóvenes que él, se pusieron a su lado rápidamente. Luján pensó advertirles sobre lo poco usual que es la imagen de tres hombres caminando por la calle en formación; pero, como sabía que todavía estaba lejos de donde podían ser descubiertos, optó por callarse.


Caminaron por la calle Alcalá a paso vivo, sin esperar a que los semáforos les dieran paso. Luján quería correr aunque sin parecer angustiado. A Grimau lo estaban ya siguiendo y muy cerca de la cafetería en la que había estado con Sánchez y Castuera había un coche policial camuflado donde dos policías más estaban atentos a la radio. Todas aquellas precauciones tenían que ver con la posibilidad, remota pero existente, de que Grimau conociese a Luján. De todas las personas que participaban en aquel operativo, la única que había estado en el extranjero realizando misiones encubiertas había sido él. Siempre era posible de que le hubiesen calado alguna vez en París, por ejemplo. Que le hubiesen tomado alguna foto y la hubiesen hecho circular entre las personas que venían a España clandestinamente. Por esa razón, Luján no podía estar en la estación de metro de Goya, donde se les había informado que se bajaría Grimau, esperándole. Era demasiado riesgo porque en una estación de metro, el objetivo tenía muchas posibilidades de escapar. El operativo estaba montado de otra forma.


En la última manzana antes de la estación de Goya, Luján colocó sus manos en los costados de sus compañeros y empujó levemente. Los dos jóvenes inspectores reaccionaron inmediatamente, así pues, medio segundo más tarde, el jefe de grupo estaba solo. No se preocupó de controlar dónde estarían sus muchachos; era obligación de ellos no perderle de vista a él.


Se acercó a las escaleras de la estación de metro. Se paró en la acera, dando la espalda a un tipo que, embutido en una gabardina, leía el periódico. Parecía muy concentrado en su labor. Cuando se rascó la oreja izquierda, Luján supo que Grimau todavía no había llegado.


El jefe se movió hacia la esquina de Conde de Peñalver, cruzó el semáforo y allí, a prudente distancia de la salida del metro, esperó, fumando. Era una apuesta. Los informes eran claros: Grimau tenía su cita en la puerta del cine Universal, en Manuel Becerra. Pero como todos los clandestinos experimentados, antes de presentarse daría varias vueltas para comprobar que no le seguían. Por ello, los policías no esperaban que tomase la propia calle Alcalá, que le llevaba directamente al lugar de su cita; esto dejaba dos posibilidades: la calle Goya o la calle Conde de Peñalver. Luján, colocándose en la segunda, apostaba claramente porque Grimau tomaría la primera.


Fue una prueba más para Luján de que su sexto sentido policial seguía funcionando a las mil maravillas. Unos minutos más tarde, el hombre que leía el periódico se llevó el puño a la boca y tosió convincentemente. Carlos Luján sintió una punzada en el estómago cuando vio la cabeza semicalva de Julián Grimau llegar a lo más alto de las escaleras del metro y doblar a su derecha, hacia el semáforo que cruzaba a Goya.


Las instrucciones eran claras: la detención de Grimau debía producirse sin alharacas, y mucho menos daños. La orden que había recibido Luján de sus jefes de La Central había sido: «Tienes que hacerlo de forma que si alguien está comiéndose un bocadillo en el mismo banco donde Grimau esté sentado cuando le detengas, ni se entere». Esto significaba que a Grimau podían seguirle las dos docenas de policías que, de una forma u otra, estaban implicados en la operación; pero debían detenerle, tan sólo, el propio Luján, Sánchez y Castuera. Así las cosas, el seguimiento que se había previsto consistía en un solo hombre que caminaría a unos cinco metros detrás de Grimau. Sus relevos esperarían siempre en esquinas y se habían convenido dos señales específicas, una para que el caminante dejase claro que había visto a su compañero, y otra para que el que estaba parado dejase claro que estaba previsto para relevarlo. En la zona había tres coches policiales camuflados que se intercambiaban instrucciones por radio y se encargaban de dar instrucciones a los policías de su área.


Así pues, Luján asumió que en ese momento se estaba ordenado a todo el operativo de Conde de Peñalver que abandonase esa calle y se dirigiera en dirección a Manuel Becerra, mientras que los policías apostados a lo largo de la calle Goya se iban relevando. Luján observaba la operación desde la acera opuesta, a más de cincuenta metros de Grimau.


Grimau cometió un error. Al inicio de su paseo, apenas cambió de calle, con lo que le dio a la policía tiempo suficiente como para concentrar sus efectivos en lo que ahora sabían que era su itinerario. Remontó toda la calle Goya hasta doctor Esquerdo y luego, al llegar, dobló a la izquierda hacia la plaza de Manuel Becerra. Pero no iba aún a su cita. Antes de llegar, torció por Ayala; por desgracia para él, aquél era un movimiento muy fácil de prever (hubiera sido una estupidez por parte de Grimau pasar tan pronto por delante del lugar de su cita), así pues la policía estaba, para entonces, preparada. Viéndole casi llegando a Alcalá desde la confluencia de Ayala y Doctor Esquerdo, Luján pensó que, por lógica, Grimau no iba a torcer a la izquierda para volver a desembocar en Goya, así pues apostó a que cruzaría Alcalá. Y así lo hizo. Cruzó Alcalá pasando por delante precisamente del lugar donde Luján, Sánchez y Castuera se habían encontrado. Siguió por Ayala hasta llegar a la esquina con Alcántara. Allí dobló a la derecha, lo cual obligó a que el policía que le seguía tuviera que hacerlo algunos metros más hasta que la fila de relevos se recompuso.


En la confluencia de Alcántara con Don Ramón de la Cruz se produjo el momento más difícil del operativo. Grimau dobló a la derecha y luego, en la primera esquina, la de Montesa, de nuevo a la derecha, camino de Alcalá. En Montesa no había operativo, pensó Luján nada más doblar la esquina de Alcántara con Don Ramón de la Cruz y comprobar que Grimau había desaparecido del campo de visión. Sin embargo, el carácter bastante rectilíneo del barrio y la experiencia les ayudaron a no perder los nervios.


El policía que seguía a Grimau se paró a sacar un cigarrillo y lo encendió parsimoniosamente, dándole metros. Era el protocolo cuando un seguimiento se prolongaba demasiado. Para entonces, Luján ya había encontrado el coche camuflado de su área. Con rapidez, distribuyó órdenes. Grimau tenía tres posibilidades: una la desecharía con seguridad, pues era tomar de nuevo Ayala. La otra era tirar por la pequeña calle de Las Naciones. La otra era seguir hasta Alcalá. Luján ordenó que un policía se colocase en la pequeña calle; sólo uno porque estaba seguro de que no la tomaría, porque esa calle terminaba de nuevo en Alcántara y, de tomarla, Grimau se vería obligado a hacer lo que todo clandestino trata de evitar: llamar la atención pasando dos veces por el mismo sitio. El inspector-jefe dejó claro que lo que había que hacer era reconstruir el operativo en Alcalá.


Grimau no les decepcionó. Cruzó la calle Alcalá y, justo en la esquina de Hermosilla, entró en una cafetería.


Había llegado el momento.


Grimau estaba a punto de ir a su cita. El momento en el que actuarían Luján y sus dos inspectores. El momento en el que empezaba a ser de total importancia el dato de si Grimau le conocía o no. Sin poder evitar las arañas en el estómago y con las manos en los bolsillos de la gabardina, Carlos Luján entró en la cafetería. Se colocó en la barra a menos de dos metros de Grimau y pidió una copa de cognac.


Cuando le sirvieron, en el acto de levantar la copa, dejó que se resbalase un poco entre los dedos. Derramó apenas unas gotas de cognac, pero la copa chocó con el mostrador con cierto estrépito. Con su entrenado rabillo del ojo, Luján observó cómo Grimau, sorprendido, observaba la escena. Y luego seguía bebiendo su café.


Ahora Luján sabía que no estaba marcado.


Terminado el café, Grimau avanzó hacia Manuel Becerra pero, superada la primera manzana, volvió a torcer a la izquierda, cruzó Alcalá, y subió por Mártires Concepcionistas. Para entonces la policía lo tenía plenamente calado; si era cierto que había quedado a eso de las cuatro, apenas tenía ya tiempo para llegar, todo lo más, hasta Francisco Silvela, para regresar definitivamente a Becerra. Grimau parecía ser un policía más que obedecía las órdenes.


Grimau y Lara, su contacto, se encontraron en el punto designado y charlaron un rato largo. Para entonces, media plaza estaba ocupada por policías de paisano. Todos esperaban. Cuando se separaron, Grimau se acercó a la parada de autobús. Luján, apretando el paso, se acercó a unos metros de la marquesina; sin ver, era consciente de que Sánchez y Castuera estaban a su espalda.


Carlos Luján fue la última persona que aquella tarde a las cuatro y pico se subió en Becerra al autobús 18. Casi se le escapa una expresión de felicidad cuando contempló que Grimau se había sentado en uno de los asientos de un grupo de cuatro, enfrentados dos y dos. Si se lo hubiesen pedido por favor, no podía haberlo hecho mejor. A primera hora de la tarde, el autobús no llevaba mucha gente. Descontando al comunista y a los policías, apenas tres o cuatro personas. Y todas se sentaron detrás de donde se había sentado Grimau. Luján sonrió. Se ha sentado cerca de una puerta de salida, se dijo. Pero, con eso, lo que ha hecho ha sido darnos la oportunidad de cazarlo aquí mismo.


Hizo la señal de voy ciego a los cuatro policías que se habían subido además de él mismo, Sánchez y Castuera. Ninguno de ellos había hecho un relevo siguiendo a Grimau. Los cuatro asintieron muy levemente. Luján se sentó junto a Grimau, mientras que Sánchez y Castuera lo hacían en los otros dos asientos, frente a él.


El autobús arrancó. Luján miró a Sánchez. El inspector repitió la seña: voy ciego. Quedaban civiles en el autobús. Luján asumió que los policías de detrás estaban tomándose las cosas con tranquilidad para no asustar a los civiles. Esperaban a ver si el autobús se vaciaba él solo; actuarían sólo si alguien intentaba irse hacia delante, cerca del objetivo.


Luego le contaron que apenas les hizo falta enseñar sus placas a un par de viajeros que se fueron subiendo y que iban directos a los primeros asientos. Ninguno de ellos hizo el menor ruido. Nada más saber que un policía les invitaba amablemente a abandonar el autobús, ya no sabían hacer otra cosa que esperar a la siguiente parada para salir escopetados sin hacer preguntas. A la altura de la plaza de Ruiz de Alda4, llegó el último momento complicado. Julián Grimau, que hasta ese momento había dado la impresión de ir ensimismado en sus pensamientos, levantó la vista, miró a su derredor y comentó como para sí.


-Qué pocos viajeros…


Luján miró a Sánchez de nuevo. Voy ciego. Suspiró. Cerró los ojos dos segundos. Déjalo pasar, pensaba. Déjalo pasar. De una forma o de otra, está hecho.


El coche paró, y arrancó de nuevo. Entonces, Sánchez le guiñó un ojo.


El autobús estaba vacío. Aunque Luján no lo sabía, hasta los policías se habían bajado.


Grimau llevaba una cartera de mano con una cerradura de las de combinación. En ese momento, tamborileaba con los dedos en la cerradura.


Luján pensó: allá vamos.


Le dijo:


-No siga usted tocando, porque saldrá la clave.


Julián Grimau le miró. Probablemente, ni siquiera se dio cuenta de que era el mismo torpe bebedor de cognac de la cafetería. Sólo, con el leve temblor de una voz insegura, le contestó.


-No… no hay clave.


Pero también hablaron sus ojos. Eres policía. Y has venido a detenerme. Yo soy un comunista, y tú un franquista. Y aquí termina mi calle. Mi callejón sin salida.


Luján viró el rostro hacia delante. Me mordió la comisura de los labios. Medias. Nos está calando. Los ojos de sus compañeros pidieron instrucciones. Pero Luján no hizo nada.


Fue unos doscientos metros más allá, cuando el autobús gimió mientras frenaba en la siguiente parada, cuando adelantó los labios.


Solomillo.


Julián Grimau intentó levantarse.


Luján le agarró del brazo y tironeó hasta sentarlo de nuevo.


-Tú te quedas aquí le informó, en voz baja pero firme.


Luján esperó a que el autobús llegase a Raimundo Fernández Villaverde. Escogió una tienda. Mirando a Castuera, señaló con la barbilla al conductor. El inspector se levantó como un resorte y se inclinó a hablar con el conductor. Al punto, el autobús paró.


-Fuera ordenó Luján-. Y sin trucos.


Lo sacaron del autobús y lo metieron en una tienda. Allí Carlos Luján se identificó y pidió un teléfono. Marcó un número que ya se sabía de memoria. A la voz que le contestó le dio las señas de la tienda. El coche camuflado no tardó ni cinco minutos en llegar.


Luján, Sánchez y Castuera fumaban apoyados en la pared de un estrecho pasillo de la Dirección General de Seguridad. El jefe frente a los dos subordinados. Los tres estaban en ese momento dejándose llevar por el relajamiento extremo al final de un largo y tenso camino. Era ya media tarde bien cumplida. A escasos metros, tras una puerta, se estaba produciendo el interrogatorio de Grimau. De detrás de la hoja llegaban rumores apagados de voces. Casi siempre, los propios interrogadores. La voz de Grimau apenas intervenía y, cuando lo hacía, era en un tono bajo y monocorde. Luján apenas llegó una vez a entender las palabras «Partido Comunista».


Señaló a sus compañeros con el pitillo, mientras hacía un movimiento giratorio con la mano.


-Vosotros, os podéis marchar si queréis. Aquí ya no hacéis nada.


Los dos policías se miraron. Sánchez, finalmente, miró a Luján extrañado.


-¿Y el papeleo?


-¿Qué papeleo? Preguntó, con voz distraída, Luján.


Sánchez se alzó de hombros.


-Pues, no sé, joder. La detención.


-¿Qué detención?


Luján sonrió. Siempre procuraba hacerlo en este punto. No era la primera vez que se encontraba en una situación así. Ni sería la última.


-Vosotros no habéis detenido a nadie. ¡Ah, joder! Afectó falsa sorpresa, mientras se erguía y lanzaba miradas a la puerta de la sala del interrogatorio- ¿Os referís a Grimau? Pero, ¿no os habéis dado cuenta de que a ese tipo le ha detenido la policía?


-Nosotros… -repuso, lentamente, Castuera- nosotros somos…


-¿Policías? Sí, los dos. Policías en día libre. ¿No os lo han dicho? Todo el que trabaja conmigo lo hace en día libre. Porque nunca está conmigo, ¿lo entendéis? Vosotros estáis pasando la tarde con vuestras familias. O con vuestros amigos. O con vuestras amigas. Ahora mismo no estáis aquí. Y vuestra misión de hoy… bueno, no intentéis buscarla mañana en los partes diarios de vuestra unidad. No la encontraréis.


A los dos jóvenes les costó cosa de medio minuto comprender lo que se les decía. Luego miraron de nuevo a Luján. Como de costumbre, el inspector-jefe leyó en sus ojos cierta traza de alivio.


-¿Por qué nosotros? Acertó a preguntar Sánchez.


Luján se alzó de hombros.


-Por un montón de cosas. Un montón de cosas que vuestros superiores y alguno de vuestros compañeros han observado. Cosas que llevan a pensar que sois de los que valen para esto. De los que valen para que el día de mañana la gente diga, a Grimau lo detuvo Minguez, lo detuvo Olazábal, y no se les ocurra abrir la boca5. No se les ocurra marear la perdiz con que si otros se ponen medallas que son mías, y todo eso. Auténticos españoles, con capacidad de sacrificio.


-Lo entiendo. Pero, es que…


Luján se adelantó hasta Sánchez y le puso una mano en el hombro.


-Habla, hombre. Habla sin miedo.


-No, si… lo que digo es que no entiendo por qué el secreto. Por qué no ha podido ser… una detención más.


Luján dio una larga chupada a su cigarrillo. Luego sonrió de medio lado.


-Sánchez, la clave es ésta: ese tipo señaló con la mano que sostenía el cigarrillo la puerta del interrogatorio-, ese tipo no lo sabe. Pero está muerto. Ya está muerto.


La nuez de Sánchez subió y bajó ostensiblemente.


-Hace tiempo que conocemos sus movimientos. Los suyos y los de los suyos, no sé si me entiendes.


-Los comunistas.


-Los comunistas, sí. Nos están jodiendo bien, para qué negarlo. Los rojos siempre viven de lo mismo: de la gente que no les conoce. Han esperado como ratas desde que terminó la guerra a que en España hubiese suficiente gente que, por mucho que quisiera, no pudiese recordar aquellos tiempos. Los tiempos en los que ellos quemaban las iglesias y torturaban en las checas. Como Grimau, que era asiduo de una de ellas.


-Cabrones…


-Cabrones, sí. Cabrones. Pero listos. Llevan ya años con la cantinela ésa de la reconciliación entre españoles y toda esa puta mierda. Y la gente les cree. Y les cree también esa historia de que es bueno que haya sindicatos libres. Como si los sindicatos libres no hubiesen llenado España de basura.


Los jóvenes asintieron.


-Cuando supimos que este tipo iba a entrar en España de clandestino, un pez gordo, uno del Comité Central, alguien pensó: ¿por qué no? Este cabrón no lo sabía el día que cruzó la frontera, pero fue la última vez. Por eso yo mandaba el grupo.


Los dos policías le miraron con el desconocimiento en los ojos. Luján soltó una carcajada breve.


-¡Joder, señores! ¿Hay que explicároslo todo? El operativo tenía que salir de otra manera. ¿No os ha llamado la atención que cuando paramos en Fernández Villaverde tuviésemos que meternos en una tienda para llamar a la DGS? En un operativo de detención, tiene que haber como mínimo una parada preparada con un coche cerca, ¿no?


-Ya, ya… -respondió Castuera-. Pero, entonces, si no lo íbamos a detener, entonces… ¡joder! ¡Me cago en Dios!


Luján, sin dejar de sonreír, asintió con la cabeza, mientras sacaba de su cartuchera la pistola y la agitaba delante de los ojos del joven inspector.


-Sí, Castuera, sí. Con ésta me lo tenía que haber cargado. Si me hubiera dado la oportunidad. Pero el muy cabrón no huyó. Se limitó a obedecer y luego soltar en la tienda la chorrada ésa del comunista honrado6.


-¡Joder! Mirando el rostro de Castuera, Luján se preguntó si, en caso de haber salido el operativo como se le había ordenado, no habría sido una mala elección- Pero, entonces, ¿y ahora?


-Algo se nos ocurrirá, señores. No les quepa duda de que algo se nos ocurrirá.


La voz sonó a la derecha del grupo, fuerte y grave. Los tres se volvieron. Luján se incorporó y casi se puso firmes. Había reconocido al hombre alto, espigado y entrado en años que los observaba.


-¡Señor!


Con total seguridad, Sánchez y Castuera no podían conocer a aquel hombre. Pero, a la vista de la actitud de Luján, también se cuadraron.


-Me han dicho que fue muy fácil.


-Considerando que la misión no se completó respondió Luján; los dos policías hubieran sido incapaces de despegar los labios-, no sé si cabe decir eso, mi general.


El viejo esbozó una sonrisa de sacerdote compasivo.


-No se puede tener todo en la vida, Luján. Y, además, ustedes han metido el pollo en el horno. Cocinarlo es cuestión de tiempo.


-Con todos los respetos, yo no esperaría mucho, señor.


-¿Por?


Luján sintió una opresión en el pecho. Su sentimiento habitual cuando las ideas querían salir más deprisa que las palabras.


-Los rojos tienen a mucha gente engañada. Acuérdese de Munich7.


-¿Y?


-Mi general, en una semana, este tal Grimau tendrá a medio mundo agitando pancartas en su favor.


El hombre se alzó de hombros.


-Ya. Pero tan cierto como que eso va a ocurrir, lo es que a nosotros no nos va a importar lo más mínimo.


-Tiene razón. Pero muerto el perro, se acabó la rabia.


El hombre mayor pareció reflexionar, y luego asintió en silencio con rostro serio. Suspiró. Adelantó su brazo derecho. Sólo entonces Luján se percató de que desde que había llegado llevaba un vaso vacío.


-Ha pedido agua informó el viejo- y la ha bebido de aquí. Parece que beber le ha desorientado un poco.


Luján no necesitaba mucho más para comprender. Se puso tenso. Quizá sus dos compañeros de aquella tarde seguían ahí; pero para él ya sólo quedaba el general mirándolo con ojos fríos.


-Por su padre, Luján. Por los tíos de su señora esposa. Por los amigos y los amigos de sus amigos a los que hace ya veinticinco años que no ha podido ver, porque tipos como ése señaló a la puerta con la barbilla- lo decidieron así.


Tosió levemente. Se acercó a Luján.


-Lávenos esta puta mancha le susurró al oído.


Luján le miró a los ojos, asintiendo con un gesto eléctrico. Luego se dio la vuelta, apartó a los dos policías y abrió la puerta. Era una habitación más larga que ancha. En el centro, sentado en una silla, estaba Grimau. Miraba al suelo con ojos perdidos, la boca entreabierta, medio drogado.


Luján miró a los dos policías maduros que estaban de pie junto al interrogado.


-Fuera.


-Oye, ¿tú…?


-¡Fuera! Repitió Luján, blandiendo su credencial.


Cuando escuchó el chasquido de la puerta que se cerraba, se acercó a Grimau. El preso ni siquiera levantó la vista para mirarlo. El dolor en el pecho se hizo insoportable. Lágrimas viejas se embalsaron en los ojos de Carlos Luján. Varios rostros le miraron angustiados desde el fondo de su memoria. A su interior regresó, fresco como el primer día, el insondable temor adolescente a la muerte. Cerró fuertemente los puños. Las rodillas entrechocaron entre ellas. Luego, poco a poco, se dominó. Siempre había pensado que, puesto delante de alguno de los verdugos de sus años jóvenes, sentiría deseos de apalearlo. Pero eso era antes de que la vida le diese una oportunidad como aquélla. De repente, cuatro hostias le parecieron tan sólo un consuelo para torpes. A él le había tocado el Juego Mayor. Se emborrachó con sus pensamientos; un poco más, y habría estallado en una carcajada interminable.


Dio cuatro pasos hacia la ventana. La abrió. Luego volvió hacia Grimau. El preso seguía con la mirada baja y perdida.


-Hijo de puta susurró-. ¡Hijo de puta!


Lo agarró por las solapas. Lo levantó. Le pasó el brazo derecho por la espalda y metió la mano bajo su sobaco derecho. Lo acarreó sin dificultad. No le pesaba. Cuando lo tuvo frente a la ventana, Grimau, desde las aguas profundas de su somnolencia, pareció querer decir o hacer algo. Luján sintió rabia. Rabia de que no fuese consciente de lo que le estaba pasando.


Después tomó aire, algo de impulso, y empujó el cuerpo por la ventana.



1 En 1962 se produjo la primera gran oleada de huelgas del franquismo, iniciada sobre todo en las provincias del Norte.



2 Despacho de Enrique Tierno Galván.



3 Los datos de esta operación están cambiados. En realidad, el intento de matar a Franco bombardeándolo mientras contemplaba la competición de traineras no se produjo en los años sesenta, sino a principios de los cincuenta. El militante anarquista que financió el intento de atentado no se llamaba Manuel Hijares, sino Laureano Cerrada.



4 Actual glorieta de López de Hoyos.



5 Los policías que detuvieron a Grimau, según la documentación oficial, fueron Juan García Salabert, Félix Mínguez González, Javier Olazábal Cortázar, Francisco Sánchez Campanero, Juan Antonio de la Torre y Miguel Ángel Gil Gutiérrez.



6 Una vez en la tienda tras bajar del autobús, y según su abogado, Grimau se dirigió a los dependientes para decirles que no se estaba deteniendo a ningún delincuente, sino a «un comunista honrado».



7 Luján se refiere a lo que se conoció como El Contubernio de Munich, una reunión de antifranquistas del interior y del exterior celebrada en esta ciudad en junio de 1962 en la que, con la excepción de los comunistas, los nacionalistas catalanes y algún otro grupo, se sustantivó la filosofía de la reconciliación entre viejos rivales en aras de la lucha contra Franco y a favor de la transición democrática en España.