martes, agosto 24, 2010

Folletín de verano (26)













Con una pericia que demostraba a todas luces que sabía lo que hacía, Ismael Rebollo apenas necesitó unos días para esclarecer lo que internamente conocieron algunos policías, no todos, en aquella época, como la Operación Tabla. Tal y como Rebollo había sospechado, Carpena no era más que un hedillista. En 1937, había sido un fogoso voluntario que trataba de hacerse soldado en la academia de Pedro Llen, en Salamanca; y desde allí había respondido al llamamiento de defender a su Jefe Nacional de las maniobras de Franco y los carlistas para acabar con Falange. Probablemente, la noche que le hicieron la celada a Carpena, ninguno de los tres policías sabía gran cosa de aquellos sucesos. Sin embargo, no había pasado ni una semana y ya Rebollo se lo explicó a sus dos compañeros como si lo hubiera vivido en primera persona.



-Falange tenía un jefe provisional, Manuel Hedilla. Todo el mundo estaba esperando que José Antonio pasara a zona nacional porque estaban canjeando a todo Dios y nadie pensó que fuera a ser de otra manera. Pero los rojos lo fusilaron, y ahí comenzaron los problemas. Algunos falangistas, sobre todo Sancho Dávila, se convencieron de que lo mejor era fusionar Falange con los tradicionalistas bajo el mando de Franco. Pero Hedilla les salió gallito. Estaba rodeado de nazis y de paniaguados que le dieron la murga con que el jefe era él y esas cosas.



»En abril del 37, los falangistas favorables a la unificación se presentaron en Salamanca, que era donde se cocía todo lo de la zona nacional entonces. Hablaron con Franco y con Serrano. Los carlistas acabaron por ceder. Se preparó la unificación. Pero Hedilla puso pies en pared. Cuando las cosas deben evolucionar, siempre hay alguien que se erige en guardián de las esencias. Teníamos que ganar una guerra, pero por lo visto, según ese imbécil, a lo que teníamos que dedicarnos era a seguir defendiendo nuestros partidos y banderías y discutiendo entre nosotros. Justo el tipo de cosas que hicieron de la República el agradable lugar que fue y que a José Antonio le provocaban el mismo efecto que el ricino que le hacía beber a los rojos. Menos mal que hay gente lista que sabe separar el grano de la paja y borrar los puntos que no sirven1.



Los tres: Rebollo, Luján y Azpíriz, tomaban café como tres burgueses frente a la galería de una vieja cafetería, con la vista puesta en el enorme portal de un edificio antiguo, en el barrio de Salamanca. No parecían tener prisa.



-Supongo dijo Azpíriz, lentamente, como sopesando las palabras- que a Franco no le costaría demasiado pasarle por encima al tal Hedilla.



-Bueno, no fue tan fácil como parece. Sancho y los suyos decidieron cesar a Hedilla, pero éste se hizo fuerte con su gente, llamó a falangistas afectos a Salamanca, y se preparó para montarla. Una noche mandó a cinco de sus chicos a matar a Sancho2. Le pillaron en calzoncillos pero con la pistola debajo de la almohada. Uno de sus guardaespaldas se cargó a Alonso Goya; y al calor de los disparos uno de los que venían con Goya entró y se cargó al guardaespaldas..



-Me parece ocioso preguntar si ese pollo sigue vivo comentó, con algo parecido a la sorna en el torno de voz, el navarro.



-Por lo que yo sé, es así intervino Luján-. Le cayeron dos penas de muerte, pero Franco las acabó conmutando.



-Pues sí asintió Rebollo, suspirando al mismo tiempo-. Y, ya que me crees incapaz de criticar al Caudillo, te diré algo: se equivocó.



Rebollo señalaba a Luján, enfrente de él, con la punta de su cigarrillo.



-La mierda hay que limpiarla. Y, si ves una rata, lo que hay que hacer es cargársela. Si tienes un solo segundo de vacilación, si por un solo momento dejas que te entre la idea de la ratita se parece al Ratoncito Pérez y que hay que ver qué pena, estás jodido. Se escapará y luego parirá más ratas que parirán más ratas.



-¿Y Carpena?



-Ya te lo he dicho, Luján. Un currinche que estaba preparándose para ir al frente. Un enano mental que se creyó todas las historias de los nazis sobre la pureza del partido y las esencias y toda esa mierda. Cuando trincan y condenan a Hedilla, él está en el frente y comienza a calentarse la cabeza con historias fantásticas. Está en el frente de Burgos, en su unidad hay alguna centuria de apasionados. Hablan de volver grupas e irse a Salamanca a ponerle una pistola en los huevos a Franco para que ponga las cosas en su sitio. ¡El frente de Burgos! Aquellos días hacían falta allí cinco hombres donde había uno, y ellos soñando con dejar el frente para hacer la revolución nacionalsindicalista…



-Le darían un buen sopapo.



-¡Y tanto! Joder, este Carpena debe de ser un soldado de la hostia, porque comerse toda la mierda que se comió y sobrevivir, leche, tiene su mérito. Pero, claro, el chico quedó marcado. Terminó la guerra con tantas medallas que cuando quiso entrar en la policía debió faltar poco para que no le nombrasen ministro de la Gobernación. Así que ya tiene su mesa, sus puntos y sus contactillos para burlar el racionamiento. Se podía haber quedado ahí quieto, pero no; es que los hedillistas tienen ideas.



-¿Ideas? ¿Quiénes decir, como los rojos?



Quizá fue un sarcasmo. Quizá no. Con Azpíriz nunca se sabía. Rebollo miró a Luján y éste, más perito en aquellas situaciones, le hizo un gesto de la mano indicándole que no le hiciera ni caso.



-Un día, hace cosa de algunos años, suena el timbre en su casa y es Damián. Su compañero Damián. Como estuvieron juntos en Teruel, lo mismo fueron más que amigos de lo mucho que se debieron abrazar3. Tras la sorpresa inicial y las presentaciones, el visitante explora lo que ha venido a averiguar. Y averigua que Carpena sigue siendo el mismo. Somos los tropezones del Movimiento. Nuestro sueño no se ha cumplido, ni se cumplirá. Esas cosas que piensas tú los días impares.



Carlos Luján trató de dedicarle una mirada helada a su interlocutor. Pero con ello no le borró la sonrisa chulesca de los labios.



-Si piensas eso, no sé qué haces implicándome en tus cosas. Si tanto me va la revolución, podría estarte traicionando.



Rebollo hizo un rictus de escepticismo.



-En primer lugar, Luján, eres fogoso, pero listo. Carpena sólo es un imbécil, y Hedilla y sus hedillas, una panda de subnormales. No encajarías ahí; en menos de un mes, te estarían enviando a un Alonso Goya a que te ayudase a dormir… para siempre. Un tipo listo no puede evitar hacerle sombra a un lider simplón.



-¿Y en segundo lugar?



-¿En segundo lugar? Pues, Luján, en segundo lugar, ya has conocido el destino de Carpena de primera mano. La mano que casi te rompes astillándole los huesos de la cara. Así pues, yo te doy información; y si tú luego, con esa información, quieres hacer la revolución nacionalsindicalista, allá tú.



Rebollo acercó su rostro al de Luján y susurró con tono grave.



-Pero, si es así, aunque seas tan listo, tu destino será el de Carpena.



-Lo sé. Como sé que a ti no te costaría ser mi verdugo.



Rebollo ni se inmutó. Tranquilamente, miró hacia el portal enfrente de la cafetería.



-¿Tienes ya el informe completo, Azpíriz?



-Aquí mismo informó el navarro, abriendo una carpeta que tenía y repasando los papeles. Damián Vigo, 54 años, contable. Instructor de centurias. Hace tres años fue invitado a no volver a pisar los locales de Falange Española Tradicionalista y de las JONS4 de su barrio, a causa de diversos enfrentamientos dialécticos. En uno de ellos, durante una visita de Esteban Bilbao5, le dijo a gritos que no tenía derecho a pisar aquellos locales y le llamó burócrata de la burguesía.



-¿Burócrata de la burguesía?



-Eso pone...



-¿Y eso es un insulto?



Azpíriz se alzó de hombros. Luego prosiguió.



-Se tiene por cierto que en su condición de instructor de centurias tiene acceso directo a armamento corto. Se ha comprobado, además, que no pocas veces ha aprovechado la juventud y fogosidad de algunos de sus alumnos para tratar de captarlos. No obstante, no se le conoce ninguna acción de importancia. Una vez dijo, a ver…, una vez dijo, sí, durante una discusión en el partido, que ante la posibilidad de matar a Indalecio Prieto6 o al general Varela, le daría más gusto lo segundo. Pero no hay constancia de que eso pasara de bravatas de borracho.



-Eso díselo a la Odriozola masculló Luján.



Damián Vigo trabajaba en una empresa que tenía sus oficinas en un viejo palacete del barrio de Salamanca. Los tres policías esperaron tranquilamente hasta verlo salir, a eso de las seis y media, y luego le siguieron. Cuando comprobaron que tomaba el autobús que tenía que tomar para ir a su casa, se relajaron e incluso Rebollo estuvo a punto de perderlo por quedarse a mirar un escaparate que le interesaba. El vehículo iba atestado; los policías se situaron lejos de Vigo pero entre él y la puerta, para prevenir que se bajase en algún lugar inesperado. No obstante, el objeto de su seguimiento fue absolutamente previsible. En la parada de su casa, se bajó. Luján lo había hecho antes que él y Rebollo y Azpíriz lo hicieron detrás, confundidos dentro de una pequeña masa de gente que se precipitaba del autobús. Con el fino olfato que da seguir a muchas personas, los tres compañeros apenas tuvieron que mirarse para decirse unos a otros que aquel hombre no se había dado ni cuenta de que lo estaban siguiendo; como clandestino, resultó ser bastante torpe.



Lo abordaron en el portal de su casa. Vigo entró y ellos lo hicieron detrás. En la penumbra, el hombre fue a accionar el interruptor de la luz de la escalera, pero Luján, que era el que estaba justo detrás de él, le agarró la muñeca con firmeza.



-No haga eso susurró.



Damián Vigo se tomó dos segundos para procesar la situación. Cuando lo hizo, tironeó del brazo y gritó.



-¡Ladrones, ladrones!



-No, peor dijo, con voz calma, Ismael Rebollo. Para entonces tenía ya su placa a cuatro dedos de la nariz de Vigo, quién, a juzgar por el suspiro que dejó oír y por la inmediata tensión en su cuerpo que Luján, que lo agarraba, notó, no tuvo problemas para distinguirla en la oscuridad.



Sonó un chasquido y se abrió la puerta de la portería. Una mujer entrada en años, en bata, se asomó y pronunció, dudosa, el nombre del señor Vigo. Los policías se limitaron a esperar. Su víctima respiraba pesadamente, pero tuvo la presencia de ánimo de decirle a la portera que no pasaba nada, de insistirle tres o cuatro veces hasta que cerró la puerta.



-¿Qué te parece si subimos a tu casa? Acabó por proponer Rebollo.



-Mi casa no. Mi mujer…



-Vigo, eres soltero.



Fue en ese momento cuando Luján notó que aquel hombre se daba cuenta de lo que estaba pasando. Si la policía te busca puede ser por muchas razones. Pero si te ha investigado lo suficiente como para conocer tu estado civil, es que va a por ti. El inspector sabía que ahora podía soltar su mano. La sintió caer sin fuerza.



Subieron tres pisos. Damián Vigo caminaba pesadamente, como si fuese a su propio funeral. Le costó abrir la puerta porque no atinaba con la llave. Cuando ya estaban dentro Rebollo señaló a Luján con la barbilla y luego puso cara de inocente; luego a Azpíriz y negó con la cabeza. Sus dos compañeros asintieron. Era fácil de entender. Él se reservaba el papel de cabrón, le dejaba a Luján el de bueno y a Azpíriz le ordenaba que estuviese callado.



Cuando llegaron al salón de la pequeña casa, Damián Vigo estaba ya sentado en un sillón, con los codos sobre las rodillas y la cabeza entre las manos. Luján echó un vistazo a las paredes. Por todas partes, fotos enmarcadas de distintos grupos paramilitares, siempre sonrientes.



Rebollo sacó un pitillo y lo encendió. Se quedó de pie. Luján y Azpíriz, en cambio, se sentaron en un sofá perpendicular al sillón donde estaba Vigo.



-¿Por qué no te has casado, Damián? Preguntó con voz casual.



El contable no reaccionó.



-Déjame que adivine: prefieres la compañía de jovencitos flechas y pelayos a la de las mujeres.



Entonces sí que le miró. Sus ojos quisieron ser agrios y desafiantes pero, una milésima de segundo después, pareció acordarse de quién era la persona que tenía delante, y el miedo regresó.



-No soy ningún vicioso alcanzó a decir, sin embargo. El tono de protesta era casi inapreciable en su voz.



Rebollo chupó largamente su cigarrillo, mientras le miraba como estudiando lo que iba a hacer con él. Luego hizo un rictus de escepticismo, y dio dos pasos hacia el sillón.



-Las cosas están así, Vigo le dijo-. Te vamos a hacer unas cuantas preguntas. Y, por cada vez que me mientas, yo te daré una hostia.



-Yo nunca miento.



Apenas terminó su frase Vigo, Rebollo descargó su mano derecha y le dio un bofetón que casi lo saca del sillón. El contable emitió un grito ahogado, y luego se protegió con los brazos.



-¡No me pegue!



-No quiero pegarte repuso Rebollo, muy tranquilo-. Pero en el portal has mentido. Has dicho que estabas casado. ¿O no?



En la interna apuesta que Luján había hecho consigo mismo, pensaba que ése era el momento en que Damián Vigo se pondría a llorar. Rebollo siempre había tenido una habilidad innata para demostrar a sus interrogados que su nivel de control sobre la situación era cero, y el momento en que esa realidad descendía sobre sus hombros solía ser el punto en que el llanto rompía. Pero aquel hombre era algo más duro de lo que él había esperado. Respiraba pesadamente, espiando por los intersticios de sus brazos cada movimiento de Rebollo, pero ni lloró ni pidió perdón.



Y un dato: tampoco preguntó, en ningún momento, por qué la policía se interesaba por él. Y eso es lo que preguntan siempre los inocentes y gran parte de los culpables.



Luján puso su mano en una rodilla de Vigo. Éste dio un respingo.



-Abra los brazos. ¡Abra los brazos, hombre! El inspector se lo ha dicho claro, ¿no? Si no miente, no tiene nada que temer, ¿no?



-¡Yo no sé nada! Bramó el contable, desde su trinchera de brazos.



-¿Nada de qué? Preguntó Luján.



-¡Nada de nada!



Rebollo se acercó todavía más.



-Así no vas a conseguir nada, Luján.



Levantó un puño.



Damián Vigo chilló.



Luján hizo un gesto imperativo, deteniendo a Rebollo.



-¡Espera, coño, espera! ¿No ves que sólo está asustado, joder?



-¡Ni espera ni hostias! ¡A este tipo me lo cargo yo aquí mismo!



Luján se levantó. Forcejeó con Rebollo. Fueron muy convincentes. Luján estaba de espaldas al testigo. Le guiñó un ojo a su jefe. No sin dificultades, consiguió «calmar» a éste.



Una vez que consiguió restablecer la situación, se volvió hacia Vigo.



-Señor Vigo, hemos venido aquí a hacerle unas preguntas.



-¡No le deje que se acerque!



Luján dio una patada a una silla, que chocó con estrépito contra una librería de pared.



-¡Me cago en Dios! Pero, ¿es que no se da cuenta de que eso precisamente es lo que estoy intentando? Mire, Rebollo es un bestia, lo admito. Tiene la mano larga y es un poco… inestable. Pero nosotros hemos venido aquí para interrogarle, y si usted se obstina en quedarse ahí, agazapado, escondiendo el rostro, joder, cada minuto más que hace eso me lo pone más difícil. Porque más razón tendrá él si dice que es usted culpable y que hay que matarlo a hostias. ¿No lo entiende?



Lo había hecho. Pronunciar la palabra traumatúrgica. Y, como siempre, surtió su efecto. Damián Vigo se quedó callado unos segundos, luego abrió los brazos y, con ojos implorantes, esta vez sí al borde de los llantos, balbució.



-¿Cul… culpable? ¿Yo? ¿De qué?



Esta vez fue Luján el que sacó un cigarrillo. Se volvió hacia Rebollo.



-Rebollo, coge una silla y siéntate.



-Luján, oye…



-¡Que te sientes, hostia! Cada vez que hacía esto, Luján se sorprendía de su propio vozarrón-. Lo haremos a mi manera, ¿estamos?



-Ya. ¿Y si no canta?



-Si no canta le pisas los huevos.



Esta parte también estaba dentro de la estrategia habitual Rebollo-Luján: discutir el destino del detenido en su presencia, como si no estuviera. Los años les habían demostrado que servía para angustiarlo todavía más.



Para cuando Luján volvió a sentarse al lado de Damián Vigo, éste temblaba ostentosamente y no podía dejar de mirar a Rebollo, que se había sentado bien lejos de él, en la otra punta del salón.



-¿Quiere un cigarrillo?



Le tomó cosa de un minuto encenderlo. Las manos le temblaban tanto que no encontraba sus propios labios. Sin embargo, una vez encendido, la primera calada, como suele ocurrir, colaboró para estabilizarlo un poco.



-Vamos a ver si podemos terminar esto en poco rato.



-¿Van a detenerme?



-Eso ahora no…



-¡Van a detenerme!



Rebollo se levantó con violencia. A Damián Vigo la sangre le abandonó la faz y fue incapaz incluso de gritar. La croqueta ya está blandita y rebozada, pensó Luján.



Sin mirar a Rebollo, le indicó con un gesto de la mano que se sentara. Rebollo obedeció.



-Es usted de Falange.



-¡Por supuestísimo! Contestó Vigo, como si acabase de encontrar un agarradero para librarse de aquello-. Instructor, además, de…



-Lo sabemos, lo sabemos interrumpió Luján, con voz calmada-. Y está muy bien. Muy bien.



Damián Vigo dio una larga chupada a su cigarrillo, visiblemente más tranquilo.



-¿En qué consiste su instrucción?



El testigo se alzó de hombros.



-Pschts, lo de siempre. Marchas, instrucción cerrada, abierta. Esas cosas.



-¿Manejo de armas?



Se miraron frente a frente. Luján casi podía oír cómo el cerebro de Damián Vigo sopesaba qué respuesta dar.



-Cortas terminó por decir-. Y, por lo general, sólo los instructores.



-¿Qué quiere decir «por lo general»?



El contable se sintió claramente pillado.



-¿Por lo general? Pues, por lo general, ¿no?



-No.



Luján esperó en silencio. Rebollo no hizo nada. Azpíriz, a su espalda, ni se movió. Los segundos transcurrían muy perezosos.



-Bueno… -acabó por decir Vigo-, no voy a negar que, algunas veces…



-¿Algunas veces?



-Sí, los chicos… bueno, es la curiosidad de la juventud, ¿no? Y si hacen instrucción, pensarán que es para algo, ¿no?



-Me está diciendo que algunas veces adolescentes disparan armas, ¿es eso?



La expresión de angustia regresó al rostro de Damián Vigo. Fue entonces, con todo ese retraso sobre el horario previsto, cuando rompió a llorar.



-¡Dios mío! ¡Dios, Dios, Dios…!



Cuando escondió la cara entre las manos y ya no le podía ver, Luján sonrió, miró hacia atrás y compartió sonrisas con sus compañeros. Rebollo, además, asintió con la cabeza. Aprobaba la marcha del interrogatorio. En realidad, había salido a pedir de boca. Justo como lo habían planeado. Damián Vigo lloraba desconsolado, convencido de que le habían trincado, de que ya le habían jodido. Y ellos ni siquiera habían empezado.



Tras repetidas palmadas en la rodilla del testigo y mucha mano izquierda, Carlos Luján consiguió que regresase al planeta Tierra. Aceptó un segundo cigarrillo cuando aún no había aplastado el primero en el cenicero.



-¿Me van a acusar? Acabó preguntando, con un hilo de voz.



Luján se alzó de hombros.



-¿Quién sabe? Al fin y al cabo, pegarle unos tiros a unas latas no tiene por qué ser cosa de tanto, ¿no?



Se volvió hacia Rebollo.



-Vosotros, ¿qué opináis?



Rebollo hizo un gesto de escepticismo, como diciendo «no hay para tanto».



Esto envalentonó a Damián Vigo.



-Es lo que digo yo. Son cosas de… recreo, sí. De recreo. Y también pueden tener su necesidad.



-¿Ah, si?



-Pues sí. ¿Y si algún día vuelve a pasar que…?



Luján dejó escapar una breve risa.



-¡Joder, Vigo! ¡Tendrían que morirse Franco y cien generales el mismo día!



Esa respuesta desanimó al testigo. Justo lo que quería Luján. Tenerle cerca, pero lejos.



-Las armas no son necesariamente un problema. El problema son los que las llevan.



-¡Pero nosotros somos falangistas!



-Falangistas los hay de muchos tipos. Además, hoy en día todo dios es falangista, ¿o no?



Damián Vigo suspiró.



-Me temo que no le entiendo.



Luján sonrió y le palmeó la pierna.



-El Movimiento es exactamente lo que necesita España. Pero el Movimiento, precisamente por eso, es muy amplio, muy variado. Algunas personas sin experiencia y con mucha pasión pueden llegar a confundir el Movimiento con lo que no es. Es como, no sé… como una persona que viera un cuchillo de cocina y lo usara para matar a alguien, sin darse cuenta de que los cuchillos de cocina son para cortar verduras, no para matar gente.



-¿Matar gente? Susurró Damián Vigo, confirmándole a Luján que, de la gilipollez que acababa de soltar, se había quedado tan sólo con lo que él quería que se quedase.



Ahora, Carlos, dijo Luján dentro de la cabeza de Luján: descubre tus cartas.



-Vigo, las armas nos importan una mierda. Hemos venido aquí a hablar de personas.



El testigo se tomó unos segundos, que Luján le cedió gustoso, para comprender. Su rostro reflejó el torbellino de sentimientos que le embargó. Primero, lentamente, el alivio: ya se había creído detenido por el asunto de las instrucciones y ahora se daba cuenta de que los policías no iban detrás de ese asunto. Luego, de nuevo angustia: si lo estaban interrogando, es porque era sospechoso. Y, en tercer lugar, el atropello: todo lo que tenía que hacer era convencerles de que él no era una de esas personas que estaban buscando.



-¡Yo, yo, yo, yo soy fiel! Exclamó, repentinamente, mientras su cara enrojecía- ¡Absolutamente fiel!



-Dale una hostia se escuchó a Rebollo.



-¡Yo soy fiel!



-¡Tú eres un puto hedillista de los cojones! Estalló Rebollo, levantándose con tanta violencia que la silla, al chocar con la pared, se quebró-. ¡Eres una mierda nacionalsindicalista revolucionaria, un puto terrorista!



Dio tres pasos. Damián Vigo cometió un error. Confió más de lo debido en su amigo Luján. No se dio cuenta de que el juego del policía bueno y el policía malo acababa de terminar. Apenas se cubrió y, por eso, cuando Rebollo llegó a él y le arreó el puñetazo, el inspector pudo arreglárselas para encontrarle la mandíbula.



El golpe fue tan fuerte que el contable se ladeó, con él el sillón, y ambos acabaron cayendo al suelo. Rebollo dio un paso más y luego le pisó la cabeza con un golpe seco. El testigo gimió como un niño chico, y se las arregló por fin para protegerse. Se quedó en posición fetal, llorando y gritando mientras Rebollo le pateaba la espalda.



-¡Yo soy fiel! ¡Yo soy fiel!



Rebollo dejó de pegarle. Estaba sudoroso y con cara de muy pocos amigos. Con la barbilla, mirando a Luján, señaló al bulto del suelo. Luján se levantó, se agachó junto al contable, le agarró el pelo y tiró con fuerza. Damián Vigo chilló de nuevo pero se dejó hacer. Tenía la nariz como un pimiento morrón, completamente ensangrentada.



-Escúchame, hijo de puta le dijo-. Y escúchame bien, porque ésta va a ser la única oportunidad que vas tener de responderme y conservar todas las costillas. Yo me cago y me meo en tu fidelidad. ¿No te hemos demostrado antes que habíamos hecho los deberes? A lo mejor teníamos que haberte contado que tu camarada Carpena ya está detenido.



En efecto, muchos policías habrían empezado por ahí. Por lo más sólido que se tiene. La principal pista de Rebollo, Luján y Azpíriz eran, en efecto, las confesiones de Carpena. Luján, sin embargo, era de los que pensaban que a un testigo hay que trabajárselo antes de darle la información relevante.



Damián Vigo estaba muy bien trabajado. El signo de ello es que ni siquiera intentó decir que no conocía de nada a Carpena.



-¿De… detenido?



-Detenido, sí. A la espera de que decidamos con qué parte del Código Penal nos lo vamos a llevar por delante. Y a ti te quedan cada vez menos oportunidades de evitar correr su suerte.



Luján notó el olor a quemado. Echó un vistazo rápido. El cigarrillo que estaba fumando el testigo cuando Rebollo le atacó había terminado debajo de su culo, y de ahí salía un humo que denotaba que estaba quemando la tela de sus pantalones. Pero Vigo no parecía darse cuenta de ello. Luján pensó, fugazmente: si estuviera donde esta él, yo tampoco me daría cuenta.



-¡Yo soy fiel!



-¡Cojonudo! Porque es el momento de demostrarlo.



Le soltó el pelo, se levantó y se volvió a sentar en el sillón. Rebollo permaneció de pie. Vigo no se movió.



-En el 37 estabas en Salamanca, en Pedro Llen, ¿no es así?



-¿Eso qué importa?



-Recuerda tus costillas. Allí te enseñaron cosas, ideas. Nacionalsocialismo del bueno.



-Yo soy nacionalsindicalista.



-Lo que tú digas. Lo importante es que tienes sueños y que crees que es imperativo que los consigas. Tú y tus amigos.



-¿Mis amigos? ¿Quiénes son mis amigos?



-Eso mismo respondió Rebollo, que fumaba tranquilamente sentado en el sillón donde había estado Vigo- es lo que hemos venido aquí a que nos cuentes.



El contable se sentó pesadamente en el suelo. Flexionó las piernas y se abrazó las rodillas, sin dejar de mirar a Rebollo. Extrañamente, parecía estar recuperando la compostura.



-Yo no tengo amigos respondió, como enfurruñado.



-¿Ningún amigo?



-Ninguno. De ésos, ninguno.



-De cuáles.



-Ustedes son los que han hecho los deberes. Así que ustedes sabrán.



Rebollo y Luján se miraron con fastidio. Así pues, se repetía el caso Odriozola. Diez años antes había pasado lo mismo con la falsa puta. Se había mostrado vulnerable y temerosa, pero aún así no había soltado prenda a pesar de la paliza que recibió. Lo que quiera que fuese que supiera Damián Vigo, era lo suficientemente importante como para soportar la brutalidad policial. Esto cambiaba las cosas; ambos sabían ahora que a hostias no serían capaces de sacarle la verdad. Había llegado la hora de la negociación.



-Vamos a ver. Carpena ha cantado de plano. Sabemos que fuisteis compañeretes buena parte de la guerra. Sabemos que si no os presentabais voluntarios para las misiones difíciles, os presentaban, dado vuestro comportamiento en Salamanca. Sabemos que entre esas misiones complicadas se incluyó pasar el frente en la Navidad del 38, comenzar a prepararlo todo.



-Fue una heroicidad el tono de protesta del testigo sonó torpe, desganado.



-Lo fue. A lo mejor hasta te quita cuatro o cinco añitos. Sólo que aquí contactasteis con la Quinta Columna, y con más gente.



-¿Más gente?



Luján había llegado al final del camino. Ahí terminaban las confesiones de Carpena. Cuando confesó que el grupo que había pasado las líneas, formado por él mismo y Damián Vigo, había tomado contacto con anarquistas en Madrid, ya no dijo más. Por muchas hostias que le dieron. Juró y perjuró que los contactos no habían sido suyos, que era Vigo el que había conseguido hablar con ellos, a través de conocidos.



Así que pensó: ¿por qué no? Miró a Rebollo, y no vio nada raro en sus ojos. También miró a Azpíriz. Fue como tratar de averiguar qué piensa una mesa de escayola.



Suspiró, y se lanzó.



-Más gente, sí. La gente de Cendoya.



En realidad, fue un riesgo calculado. Damián Vigo no había preguntado siquiera por qué le buscaban; tampoco había intentado negar que conociese a Carpena. Era obvio que no era una persona ducha en interrogatorios. No era el tipo de persona que sabe disimular una sorpresa. Además, llevaba una buena mano de hostias encima.



Luján no se equivocó.



Al escuchar el nombre de Cendoya, una fuerte corriente eléctrica pareció recorrer a Vigo de parte a parte. Se quedó mirando a Luján, con ojos implorantes que decían: «pero, ¿también sabéis eso?» Luján se permitió una sonrisa chulesca.



-¿Creías que seguíamos tragándonos el cuento del falangista radical? No, Vigo, no. Hace tiempo que sabemos del tal Cendoya decidió que tenía que remachar aquello, jugar fuerte a que lo sabía todo-. Cendoya y su hermano, el que se hacía llamar Higinio Longares.



El contable dejó escapar un suspiro breve. Estaba ya tan derrotado que, para una vez que Luján tropezó y cayó en aquel interrogatorio, él le ayudó a levantarse.



-Está usted equivocado. No es Higinio el que se hace llamar Longares, sino Cendoya el que se hacía llamar Cendoya.



Luján no se inmutó, aunque en su fuero interno se enfadó por haber errado. Otro testigo más listo que Vigo, o más resignado a la idea del dolor o de la muerte, se le habría escapado en ese punto.



-Está bien. Los Longares, entonces. ¿Cuándo los conociste?



-Usted lo ha dicho. En Madrid, la Navidad del 38. Nosotros hacíamos correr la voz de lo que iba a pasar. Los rojos llevaban años escuchando propaganda de que si los moros les cortaban los pechos a las mujeres, que si matábamos a los presos después de lidiarlos y estoquearlos como a novillos; todas esas patrañas. Pero nosotros les decíamos que todo aquel soldado que no tuviese sobre sí un delito de sangre no tenía nada que temer, y que la actuación de los oficiales sería simplemente revisada.



»Conforme avanzaban las tropas por Cataluña, la moral de muchos en Madrid se resquebrajaba. Mucha gente empezó a mirar por ella misma. En enero ya teníamos bastante claro que no seríamos molestados a menos que fuésemos muy descarados; nadie quería ya asumir la responsabilidad de cargarse a unos falangistas. No obstante, una tarde me detuvieron. Yo pensé que para matarme.»



-¿Por qué?



-Porque me detuvieron en Atocha, adonde había ido a visitar a un pariente de un compañero alférez. Era la primera vez que iba a esa casa y me detuvieron a unos metros del portal. Claramente, me habían seguido. En aquellos días y en Madrid, si te hacían seguir…



-Comprendo.



-Me detuvieron y me llevaron a Pontejos. Al cuartel de los de Asalto. Ya saben. La pocilga de Castillo7.



-Ajá.



-Me llevan ahí, me meten en una salita, yo me pongo a rezar el rosario y, cuando, voy por la mitad, entra un capitán. Pero de Carabineros. Yo grito Arriba España y decido morir allí mismo, no en cualquier tapia de las afueras; pero, para mi sorpresa, el tipo me dice que me calme y coloca su pistola encima de la mesa. Si me quieres pegar un tiro pégamelo ahora mismo, me dice, porque de todas maneras acabaréis por fusilarme tarde o temprano. Ahora bien, te convendría escucharme.



-Y tú le escuchaste.



-Nos ha jodido que le escuché. Despliega delante de mí varios mapas. El área del puente de Segovia. Moncloa, Ciudad Lineal. Tenía todo el puto Madrid dibujado ahí. Y me va señalando todos los puntos calientes. Aquí hay una batería. Aquí un destacamento de carros que puede colocarse aquí, aquí o aquí en menos de veinte minutos. Aquí está el polvorín. Me cago en Dios, si llego a ser Franco, esa tarde gano la guerra antes de la cena.



-¿Qué quería, venderte los planos?



-¿Longares? Era mucho más listo que todo eso. Quería salvar el cuello. Lo primero que me dijo es que desde ese mismo día hasta que acabase la guerra iba a poner a varios de los suyos vigilándome día y noche.



-¿Para qué?



-Para que no pudiese dejar Madrid. Consideraba que yo era su seguro de vida. Quería que supiese que tenía plena capacidad de sabotear elementos fundamentales de las defensas de la ciudad. Aquella tarde llegamos a un pacto. Él me vigilaría, pero también garantizaba mi vida y la de quienes yo le señalase. Y haría una cosa más. Llegado el momento, él y su grupo de incondicionales, apenas diez o doce personas de Pontejos, sabotearían algún punto de entrada a Madrid, cuando atacásemos. Mi parte del compromiso era defender esto cuando fuese detenido o, mejor, que le ayudase a escapar.



-Pero no pudo ser.



-A medias. Como adelanto del pacto, llegamos a sacar a los primeros, unos cuantos. Honradamente, no sé quiénes Luján, Rebollo y Azpíriz se dedicaron miradas de inteligencia; ellos sí sabían quiénes: los compañeros de Lucía Odriozola-. Pero luego Casado8 se lo cargó todo, después de de lo de Cartagena9, debió decidir que tenía hacer méritos, y decidió hablar con Beseiro, con Mera10; consiguieron que la República se rindiera, la guerra terminó



-¿Y Longares?



-Él me había contado muchas cosas. Para que estuviese yo bien situado y supiera actuar. Me contó de La Abubilla.



-¿La Abubilla?



Luján no logró situarse. Miró a Rebollo, quien se alzó de hombros.



Azpíriz tosió perceptiblemente. Sus dos compañeros lo miraron.



-El pueblo informó sin pasión-. El pueblo de Salamanca donde nació Julio Cendoya. Lo dice en la documentación.



-Tiene razón… ese señor dijo Vigo, concitando de nuevo la atención de todos-. La Abubilla es una pequeña pedanía cuya iglesia fue quemada en mayo del 31, cuando lo del follón de los conventos11. Se perdió todo el archivo parroquial. Longares me dijo que eso la hacía perfecta, porque con falsificar el asiento parroquial, nadie tendría la forma de trazar su mentira. Nadie sospecharía.



Luján asintió.



-Cierto. Nosotros lo hemos tenido delante, y ni siquiera lo habíamos pensado.



-Yo sabía, pues, que Longares tenía una identidad para dejar de ser Longares, pero no sabía cuál. Hasta que la División Azul se fue a Rusia y yo recibí una postal.



-¿Cendoya te escribió desde Rusia?



-Escribió a alguien que me mandó la postal. Era completamente insulsa y no me citaba. Daba toda la impresión de ser una postal entregada al destinatario equivocado. Pero me fijé en las emes.



-¿Las emes?



-Las emes, sí. Las emes mayúsculas, y había varias en la postal, eran extraordinariamente alambicadas y grandes. El tipo de letra que una vez que la ves ya no la olvidas. Longares sabía eso.



-Entiendo interrumpió Luján-. Ya habías visto su letra antes.



-En los famosos mapas. Debió de pensar que yo me acordaría, y no se equivocó. Fue una manera de decir: estoy aquí, sigo vivo...



-… y, si me descubrieran, cumple tu parte del pacto.



-Exacto.



Rebollo se levantó del sillón y le ofreció una mano a Vigo. Éste, después de pensárselo, la agarró y dejó que el policía tironease para levantarlo.



-Ahora es cuando me detendrán dijo, aunque no había miedo en su voz- o me pegarán un tiro.



-Nuestra justicia no mata cuando le da la gana protestó Rebollo, aunque con voz monocorde-. Tenemos nuestras reglas. Siéntate.



El contable obedeció. Rebollo se paseó por el salón un rato, sin hablar, meditando. Finalmente, se encaró con Vigo, quien tan sólo esperaba ya su destino, cualquiera que éste fuese.



-Vamos a ver. Tenemos un problema, Vigo. Todo lo que nos has contado es muy interesante. Pero no deja de referirse a alguien que, para bien o para mal, murió en Rusia. En el lago Ilmen.



-Lo sé. Aunque no me crea, leo los boletines de la Hermandad de Ex Combatientes.



-Sin embargo, alguien, no sé… alguien relacionado con este mundillo. Alguno de esos rojos renegados, sigue por ahí jodiendo. Matando gente.



-¿Matando? A todas luces, la sorpresa de Vigo fue sincera.



-Hace unos días informó Luján-, una mujer murió asesinada. Lucía Odriozola. ¿Te suena el nombre?



Vigo no reaccionó al nombre. Pero Luján había traído una foto sacada al cadáver en la Morgue. Entonces el contable sí que hizo un gesto inequívoco. Era muy tarde ya para que comenzase a disimular. No hizo el menor esfuerzo por esconderse.



-Siempre la vi en Pontejos informó-. Ella y Longares parecían… ya me entienden.



-¿Y no sabías que seguía viviendo en Madrid, trabajando en una barra americana?



El gesto de Vigo quiso significar: «pues no, y además me importa una mierda que no me creas.»



-Yo soy Damián Vigo, de profesión contable. Señores policías, mi vida consiste en cuadrar filas con columnas y en cantar himnos guerreros por la sierra los fines de semana. Pueden pegarme más si quieren; pero eso no hará de mí un terrorista peligroso.



-Está bien el cuento del contable contestó Luján-, pero entenderás que cueste creerlo. Tu amigo Carpena estaba implicado en un operativo para garantizar la huída de alguien, probablemente vinculado a ese grupo de rojos infiltrados al que pertenecían Longares y Odriozola.



-No voy a negar que conocemos a alguna gente. Pero nunca pensé que pudieran matar a nadie. ¿No lo habrá hecho Higinio?



-Está muerto. Hace diez años.



La noticia sorprendió a Vigo, pero aparentemente la aceptó como algo lógico.



-No le veía desde mucho antes fue todo lo que dijo.



-Hábleme de esa gente que conoce.



Trabajosamente, Vigo se levantó del sillón y caminó arrastrando los pies hasta una pared, de donde descolgó una foto. Volvió al sillón y se la ofreció a Luján. Luján la observó y luego se la pasó a Rebollo, quien asimismo se la pasó a Azpíriz. Cuando volvió a sus manos, Luján la estudió más detenidamente. Tres hombres en uniforme de Falange, uno de ellos Vigo, posaban sonrientes para la cámara, en un paisaje serrano.



-¿No nota usted nada en la foto? Vigo parecía casi divertido.



Luján negó con la cabeza.



-No llevamos boina informó el contable-. Esos uniformes son auténticos.



-¿Quiénes son?



-Éste dijo Vigo señalando a un joven alto, delgado y fibroso- es Camilo Pérez. Éste el chico de pie a su lado era algo más grueso, aunque igual de alto- es Pepe Durán.



El tal Durán llevaba la manga izquierda, vacía, prendida al resto de la prenda.



-Franco cumplió su promesa dijo Vigo, con un deje de admiración en la voz-. Aquél que se había limitado a luchar y a cumplir con su deber, no fue molestado. Pérez y Durán no tuvieron problemas a pesar de haber sido destinados a Pontejos en los últimos meses de la guerra; Durán, además, perdió el brazo a principios del 39, con lo que para cuando terminó la guerra ya no era ni soldado. Entonces creían en el comunismo libertario. Yo, terminada la guerra, comencé a juntarme los fines de semana con la gente… la gente como yo, y como Carpena. Al principio lo rechazaron, pero yo les recomendé que se dejasen ver, que la mejor forma de confundirse con el paisaje sería hacerse falangistas. Con el tiempo se fueron haciendo nacionalsindicalistas de verdad.



Tosió levemente, como pidiendo permiso para hablar.



-No es tan difícil si… si piensas ciertas cosas. El falangismo nunca estuvo por el capitalismo. José Antonio quería la verdadera liberación del obrero y del campesino. El Estado totalitario, en el fondo, tiene algunas cosas de las que ellos querían. O, quizás, tan sólo pasó el tiempo.



-¿Dónde están?



-Hace tiempo que no les veo. Lo juro.



Hora y media después, los tres policías estaban de nuevo en la cafetería donde habían esperado a Damián Vigo. Ahora veían por la cristalera al vehículo de la Policía Armada que se lo llevaba. La Operación Tabla había sido un éxito. Una vez que habían conseguido toda la información posible sobre el asunto que verdaderamente les interesaba, los policías habían continuado el interrogatorio centrándose en la labor de esos grupos de instrucción en los que participaba el contable. Acabó por aparecer lo que esperaban. Pasquines clandestinos, reuniones extrañas, manifiestos reclamando de Franco la pureza revolucionaria. Fuegos artificiales. Pero como todo petardo puede siempre convertirse en una bomba pues, al fin y al cabo, está hecho de pólvora, Damián Vigo fue detenido y puesto a disposición del juez, al igual que lo había sido Carpena poco antes. De Vigo no volvieron a saber nada. De Carpena acabaron por saber que, tras unos años de cárcel, no había podido regresar a la policía, así que se había cambiado de ciudad.



-En fin sentenció Rebollo, tras terminar su café-. Algo hemos avanzado. Sabemos que tenemos que buscar al tal Camilo Pérez y a José Durán. Algo es algo.



-Lo malo repuso Luján- es que el que nos interesa de los dos, o los dos, nos lleva ventaja. Sabe que lo buscamos desde el día de Difuntos. Y nosotros no hemos sabido hasta hoy quién es. Bueno, en realidad aún no lo sabemos.



Rebollo arqueó las cejas, mostrando extrañeza.



-Sí. Son dos. Obviamente, uno de ellos es el asesino. Es lo que explica que Lucía le dejara pasar. Pero aún no sabemos cuál de los dos mató a Lucía Odriozola.



-Sí lo sabemos musitó Azpíriz.



Rebollo y Luján lo miraron al unísono. El navarro apretó los labios.



-¿Ya puedo hablar, señor inspector? Preguntó, con retintín en la voz, mirando a Rebollo.



-Déjate de gilipolleces contestó Rebollo, con fastidio-. El Silencioso es una institución de los interrogatorios bien hechos. Descoloca al testigo. Pero, venga, ahora estamos a otra cosa. ¿Por qué dices que sí lo sabemos?



-Porque Durán es manco.



-Ya. ¿Y…?



-Que a Lucía Odriozola la mató un manco.



La mirada que Rebollo intercambió con Luján quería decir: «este tío es tonto». Pero Luján pensó: o muy listo.



-Explícate.



-No hay violencia para entrar respondió Azpíriz tranquilamente-. Pero sí hay violencia para salir. Lo cual nos dice que el asesino no tuvo problemas para abrir la puerta al entrar, pero sí para salir.



-… porque entró acompañado y salió solo –susurró Luján.



-Exacto. Al salir, vuela de un disparo un cerrojo que se abre casi con respirarle encima. ¿Tan torpe era?



Azpíriz contempló con mal disimulada satisfacción el silencio de sus interlocutores.



-La clave de la puerta no es que el cerrojo sea fuerte o tenga llave. Es que hay que abrirla accionando el pestillo y el picaporte al mismo tiempo.



-¡Me cago en la hostia! Murmurró Rebollo.



A Luján le costó cerrar la boca.



-¡Claro, joder! Una persona con una sola mano no podía abrir esa puerta. O accionaba el pestillo, o bajaba el picaporte. Por eso voló una de las dos piezas.



-Concentrémonos en Durán, entonces concluyó Rebollo-. Y será añadió, haciendo el ademán de levantarse- a partir de mañana.



Luján puso una mano en el hombro del inspector y presionó suave para que se sentase. En el rostro del inspector se dibujó la sorpresa. Luego, Luján se dirigió a Azpíriz.



-Rebollo tiene razón. Seguiremos mañana. Vete, Azpíriz. Yo tengo una cosa que hablar con él.



Si el navarro se sintió preterido por no poder ser partícipe del último diálogo entre los dos policías, no lo reflejó. De todas formas, probablemente estaba ya muy acostumbrado a la idea de que ellos eran los que tenían un caso entre manos, así pues era lógico que guardasen secretos.



Cuando se quedaron solos, Rebollo miró a Luján con fastidio.



-Es muy tarde, Luján. ¿Qué quieres ahora?



-Ismael… una vez me dijiste que si necesitaba algo especial en el caso Anselmo López, te lo pidiese a ti.



-En efecto.



-Pues hoy es ese día.



Rebollo acogió la noticia con afectada tranquilidad. Se echó hacia atrás en la silla, sacó un pitillo y se tomó su tiempo para encenderlo. Mientras hablaba, hizo un gesto con la mano, moviéndola de forma caótica, dejando retales de volutas de humo entre los dos.



-No entiendo, Luján. Estamos juntos en esto. Hemos investigado juntos. Yo sé lo que tú sabes. No veo que necesites nada extraordinario.



-Yo sí lo pienso. Es más: creo que es imperativo.



-¿Imperativo, qué?



-Exhumar el cadáver de Anselmo López.



Rebollo le miró apretando los labios, con expresión de suficiencia.



-¿Eso? Eso se lo puedes pedir a cualquier juez. Conozco uno que no te pondrá ni el más mí…



-Y el de Cendoya.



Rebollo se quedó como si Luján le acabase de decir que había nacido en Alpha Centauri.



-¿Qu… qué? ¿Qué has dicho, Luján?



-Lo que has oído. Que hay que exhumar el cadáver de Julio Cendoya.



Ismael Rebollo respiró muy hondo. Para Luján fue una experiencia nueva verle tan sorprendido, al borde del shock. Con el rabillo del ojo, vio que el cigarrillo que tenía en la mano izquierda se le caía y quedaba sobre la mesa de la cafetería, humeando.



-Luján terminó por decir, hablando con inseguridad-. ¿Tú… tú sabes lo que estás pidiendo?



-Sí.



-¡Cendoya murió en Rusia!



-Lo sé.



-¡Está enterrado en la puta Rusia! ¡En la tierra de los rojos!



-Ya te he dicho que lo sé.



-¿Quieres que le pidamos a los soviéticos permiso para ir al lago Ilmen a buscar la tumba de Cendoya y exhumar su cadáver?



-Hay referencias de donde está.



-¡Una mierda referencias! Estalló Rebollo- ¡Las referencias no son un problema, joder! El problema es… ¡joder, el problema es el país, es un país de cabrones! Nosotros no nos hablamos con ellos, ¿o es que no lo sabes?



-Sé qué eso no es verdad repuso Luján, afectando la tranquilidad que no tenía.



-¿Que no es verdad?



-No, no es verdad. Tú mismo me contaste el caso Abrantes.



Rebollo se tomó unos segundos para recuperar en su cabeza los datos del caso Abrantes. Luego negó violentamente con la cabeza.



-Eso es otra cosa.



-Lo sé.



-Nosotros no podemos ir por el mundo desenterrando cadáveres.



-Lo sé. Tendrían que hacerlo ellos.



Rebollo abrió la boca. Luego se dejó llevar por la risa nerviosa.



-¡Esto es la hostia! ¡Pero la hostia de verdad! No me puedo creer que un policía español, en noviembre de 1957, me esté hablando con tanta tranquilidad de hablar con los rusos para desenterrar un cadáver de hace quince años. ¡Como si fuese un oficio judicial!



Luján se arrimó a Rebollo. Acercaron los rostros y comenzaron a susurrar.



-Mira, Rebollo. Yo no sé lo que habrás pensado tú de la… conversación de esta noche; pero, por mi parte, hay un par de cosas que me han quedado claras.



-Aparte de volverte completamente loco.



-¡Escúchame primero, coño! Mira, yo vivía en esta ciudad cuando la República y la guerra. Era muy joven, pero sabía escuchar. Y a mi alrededor se hacían muchos comentarios.



-Y, ¿qué tiene que ver eso?



-Los de Pontejos eran las fuerzas del gobierno. Todo el mundo lo sabía. ¿Y los carabineros? Rebollo, los carabineros eran un cuerpo policial dependiente del Ministerio de Hacienda. Y, ¿quién fue ministro de Hacienda?



-Ya. Negrín.



-Será por eso que los recuerdan como el ejército privado de Negrín. Los comunistas tenían el SIM12 y Negrín a sus chicos.



-Y eso, ¿qué cambia?



-Eso nos dice que Longares, o Cendoya, no era ningún cualquiera. No era ni un soldadito de plomo ni un militante con guerrera militar. Cendoya era un espía. Un espía muy hábil que a finales de 1938 ya lo tenía todo preparado para cambiar de identidad al final de la guerra y escaquearse. Es obvio que no le fue fiel a su jefe hasta el final. Eso es algo normal en los espías, que siempre acaban, tarde o temprano, mirando por sí mismos.



-Sigo sin entender por qué…



-Cuando terminó la guerra, Rebollo, entramos aquí como una apisonadora. Metimos en la trena a miles de personas. Limpiamos esto a fondo de cabrones. Pero Cendoya consiguió, no solo escaparse de nuestra mirada, sino convertirse en uno de los nuestros. Así las cosas, ¿quién te dice que en Rusia no pudo hacer el camino de vuelta?



Los ojos de Rebollo se convirtieron en una línea muy fina. A todas luces, buscaba la manera de rebatir a Luján. Pero no podía.



-Ya sé que es muy difícil. Un grupo de soldados se queda pillado bajo el fuego enemigo, casi sin cobertura. Mueren como héroes. Es una situación en la que las personas normales no sobreviven. Y Cendoya, probablemente, tampoco. Pero lo que sí sospechamos es que él tenía recursos que los demás no tenían. Y sabemos otra cosa.



-¿Otra cosa?



-Sí, otra cosa. Yo interrogué a Herminio Pozas, así que lo sé bien. Sabemos que nadie lo vio morir. Todos los que le vieron morir murieron con él y los demás lo que vieron fue un cadáver abrasado por las balas. ¿Y si repitió la jugada de su hermano?



-¿La jugada de su hermano?



-La jugada de su hermano, sí. Razonablemente acicalado siempre, Higinio Longares, en el tiempo previo a su muerte, parece descuidar su higiene y se deja crecer el pelo y la barba. Un detalle curioso. Llegué a pensar que podría estar deprimido o algo así. Pero pensando en su hermano, esta noche, me he dado cuenta de que hay otra posibilidad.



-Trataba de no ser reconocido dijo Rebollo.



-Exacto. Lo cual demostraría, por cierto, que temía ser asesinado. Que sabía que estaba en peligro. Pero el caso es que Cendoya pudo hacer lo mismo. En su caso, con más razones. Los soldados de la Azul no podían ni salir a mear fuera de las tiendas del frío que hacía. Dejarse barba era algo lógico en esa circunstancia. Con seguridad no fue el único. Si simuló su muerte, no le debieron faltar sustitutos.



Rebollo recuperó el pitillo y comprobó con fastidio que se había apagado. Lo reencendió con una nueva cerilla. Luego miró a Luján, y negó otra vez con la cabeza.



-Joder, Luján. Piensa lo que quieras, pero lo que pides es muy, muy difícil.



-Lo sé, pero si alguien puede conseguirlo es… Andrés.



-¿Andrés?



-Andrés, sí. El hombre al que fuimos a visitar tú y yo el año pasado. Ya sabes, Andrés…



Rebollo arqueó las cejas, en un gesto de escepticismo.



-Y, ¿qué esperas encontrar en la tumba de un muerto hace quince años?



-Lo primero es conseguir la exhumación. Luego tendremos que pensar más detenidamente el asunto.



Rebollo miró largamente a Luján, y luego negó con la cabeza, como decepcionado.



-Perdóname, Luján. Será que no te entiendo porque soy inestable.








1 Rebollo hace aquí alusión al hecho de que Franco, al asumir los puntos programáticos de Falange, dejó fuera el vigésimo séptimo y último, que era precisamente el punto en el que José Antonio había delimitado que el partido no debería nunca pactar con otras fuerzas políticas que no asumiesen su ideario nacionalsindicalista, de corte fascista.





2 Hedilla sostuvo hasta el final de sus días que esta versión de sus contrarios es falsa. Dijo que había enviado a los falangistas a la pensión de Sancho para hablar con él, pero nunca explicó por qué iban a parlamentar con su oponente unas personas que no pertenecían a la cúpula de Falange; y, sobre todo, por qué iban fuertemente armados.





3 Es una alusión sarcástica al hecho de que, en la acción bélica de Teruel, ciudad que fue ganada por los republicanos y posteriormente reconquistada por los nacionales, los soldados tuvieron que soportar durísimas temperaturas bajo cero.





4 El partido único creado por Franco.





5 Presidente de las Cortes. Tradicionalista, no falangista.





6 Político socialista, fue ministro varias veces en la República y durante la guerra civil.





7 El teniente Castillo, guardia de asalto de significado izquierdismo cuyo asesinato, de hecho, provocó el de Calvo Sotelo.





8 El coronel Segismundo Casado.





9 Se refiere a la huida de la flota republicana al puerto argelino de Bizerta, producida tras una rebelión en la plaza en la que estuvo a punto de caer en poder de los franquistas.





10 Cipriano Mera, dirigente anarcosindicalista que llegó a teniente coronel del ejército republicano. Su intervención en apoyo de Casado fue decisiva en los enfrentamientos.





11 Se refiere a la quema indiscriminada de iglesias y edificios religiosos que se produjo en toda España el 10 de mayo de 1931 y los días siguientes.





12 Servicio de Información Militar, el sistema de espionaje montado por los comunistas en el lado republicano.