miércoles, agosto 25, 2010

Folletín de verano (27)











Cuatro de la mañana. Llueve en Madrid quedamente. Carlos Luján escucha el repiqueteo contra las ventanas de su dormitorio. Habitualmente, ese sonido le ayuda a dormir. Pero no puede. Tiene demasiadas cosas en qué pensar y ganas de pensar en ellas. Antes, en sus primeros años en la Brigada, era otra cosa la que le tenía despierto en una noche así; las caras de las personas que había apalizado regresaban, como si le quisieran hacer reproches, cada vez que cerraba los ojos. Pero eso pasó hace mucho tiempo. Ahora ha aprendido a compartimentar las cosas. A poner cada sentimiento en su sitio, adjudicarle su momento. Como nunca supo muy bien cuál era el momento para sentir compasión por las personas que pasaban por sus manos, acabó por olvidar sentirla. El tiempo pasa, y él piensa en Anselmo López…


Finalmente, se dice, he acabado por tener razón. Rojos renegados. Su primera tesis ha resultado, de alguna manera, ser la cierta.


Reconstruye, provisionalmente, la historia. Con sus zonas oscuras.


Una pareja de hermanos, probablemente gemelos: los Longares. Políticamente muy significados. Uno de ellos hace carrera en el mundo militar, probablemente en labores de inteligencia. O tal vez incluso es policía; se le podría buscar en los archivos de desafectos, pero tampoco merece la pena porque con un tipo así tampoco está nada claro que Longares vaya a ser su apellido real.


Longares acaba integrándose en el cuartel de Pontejos, integrado en algún cuerpo de élite de carabineros, en directa dependencia del gobierno. Eso ocurre antes o después de estallar la guerra, pero es ahí donde permanece durante la contienda. Cuando se da cuenta de que la guerra está perdida, con Negrín además en Barcelona, muy lejos, comienza a buscarse la vida. Hace uso de su posición y de su alto nivel de información para cartografiar aspectos importantes de las defensas de Madrid. Es su seguro de vida. Un día, sus servicios captan la presencia de quintacolumnistas en la ciudad. Termina el año 38 y Longares se da cuenta de que esos falangistas son más valiosos vivos que muertos. Así que hace detener a uno de ellos y pacta con él un sabotaje a cambio de su libertad. En ese momento, Longares tiene una pareja, no se sabe desde cuándo; una fogosa activista de la FAI, Lucía Odriozola, a través de la cual pone a prueba su pacto con los falangistas dando salida de Madrid a un grupo de anarquistas que, después de la guerra, regresarán.


En lo que se refiere a la huida de los carabineros, la cosa, sin embargo, no sale bien. Contra lo que Longares había pensado, su maravilloso plan no es necesario. El golpe de Estado de Casado, y el simple y puro derrumbamiento del ejército republicano que viene después, frustran completamente sus planes. Pero él no es ningún idiota. Tiene un plan alternativo, para el cual se ha fabricado una identidad nueva, la de Julio Cendoya. Probablemente, no obstante, decide que su cobertura no es suficiente, motivo por el cual decide apuntarse a la División Azul. Acostumbrado a confundirse con el terreno, consciente de que no pocos voluntarios de la División son falangistas radicales, adopta él mismo el papel de radical.


Sabemos, además, que en algún momento durante su periplo ruso, decide hacer saber a Damián Vigo, su antiguo contacto quintacolumnista, que está vivo. Probablemente, fue su hermano Higinio quien le hizo llegar esa postal. No hay más que juntar piezas. En la mente de Luján aparece el momento exacto del largo interrogatorio a Vigo.


-Antes has dicho que hacía años que no veías a Higinio Longares. ¿Cuándo contactaste con él después de la guerra?


-Tras la muerte de su hermano había sido la respuesta del contable-. Cuando apareció yo ya estaba informado por las organizaciones de veteranos. Yo me alegré de verlo y le informé de que me veía con camaradas de Pontejos. Pero Higinio nunca vistió de militar. Supongo que su hermano se las arreglaría para librarlo. Estaba hecho de otra pasta. Vino a verme porque dijo que me había encontrado y porque no sabía que yo ya conocía la muerte de su hermano. Yo interpreté que todo lo que quería era garantizarse que no lo iba a delatar.


En algún momento en torno al año 1943, pues, tras la muerte de su hermano, Higinio Longares dejó clara su voluntad de desvincularse de todo lo que había significado él. Se negó a contactar con viejos camaradas suyos y decidió vivir su vida, una vida muy modesta. Pero persiste el misterio en torno a por qué, cinco años más tarde, repentinamente adquiere la conciencia de que quieren matarle, se esconde en una pensión de mala muerte, se dedica a llevar constantemente calcetines para que nadie pueda relacionarle con su hermano y es, finalmente, arrojado por alguien por el Viaducto; puesto que la hipótesis de que verdaderamente se suicidara es ya, teniendo en cuenta todo lo que vamos sabiendo, poco probable.


Lo siguiente que sabemos es que, de alguna forma, en Rusia Anselmo López se integra en el grupo de Cendoya. In Bello Amicitia. Longares, probablemente como una estrategia para mejorar su pedigree fascista, crea una especie de hermandad en la que están los más radicales. Y Anselmo López. Lo cual no cuadra, porque las dos personas que lo conocieron con las que se ha podido hablar, es decir su médico y la antigua compañera de Longares, Lucía Odriozola, lo dibujan como la antítesis de la persona violenta y echada para delante; y, en este punto, el testimonio de Odriozola, ella misma persona muy ideologizada, adquiere especial relevancia. El médico dejó dicho que López vivía consumido por el miedo. Lucía Odriozola lo consideraba el hombre más bueno del mundo.


Otro aspecto interesante y misterioso de este punto es la relación de Odriozola y López. Él regresó de Rusia tras quedar inútil para el servicio por recibir un balazo en la pierna. Se fue a vivir al culo del mundo en una ciudad como Madrid, abigarrada y enorme, y da la casualidad que su vecina es la compañera de Longares/Cendoya. Demasiada casualidad. Es más lógico pensar que, igual que Cendoya usó a su hermano para tener un poco atado a Vigo, usó a Odriozola para vigilar a López. Eso sí, probablemente nunca podremos aclarar en qué medida Lucía no traicionó a su amante, enamorándose del hombre al que tenía que controlar.


Lo que sí quedaba claro ahora es por qué aguantó una paliza en una comisaría. Protegía a Higinio Longares, el hermano de su novio que ella probablemente sabía que seguía viviendo en Madrid. No podía descubrir todo el pastel ante la policía porque, en ese caso, habríamos tirado del hilo Cendoya-Longares y habríamos llegado a él, cagándole la vida. Eso sí: finalmente, ni consiguió protegerle a él ni, a la larga, protegerse a sí misma. Ambos están muertos.


Sin embargo: tiene lógica que Cendoya tratase de controlar a Vigo. Si las cosas se ponían muy feas, él era su única esperanza de presentarse en un tribunal y testificar que fue una especie de quintacolumnista voluntario de última hora. Pero, ¿qué lógica tenía controlar a López? ¿Qué sabía Anselmo? ¿Se trataba tan sólo de controlar que no delatase a Cendoya? En primer lugar, no tenía motivos. Anselmo López no parece el tipo de persona identificada con el Régimen. En segundo lugar, la actitud de López no deja lugar a equívocos: pudiendo obtener más apoyos, decide vivir una vida pobre, absolutamente insulsa. Es como Higinio Longares: a todas luces, se quiere quitar de en medio. Pero en medio, ¿de qué?


Solución: de RiP 203. De Amado. Las dos extrañas pistas sin solución de este caso, sobre las cuales, por cierto, Damián Vigo dijo no saber nada, y sonó muy convincente. RiP 203 es, quizá, la única traza que Anselmo López guardó de lo que fuese que supiera. Siempre quiso conservarla, repasando la anotación con lápiz para que nunca se borrase. Es obvio que, signifique lo que signifique, López no iba a olvidarlo. Si guardaba ese papel, era para dárselo a alguien, en algún momento.


Amado, por su parte, es la razón por la que Lucía Odriozola fue asesinada. Es el nombre de su asesino, o una palabra relacionada con su asesino; sin embargo, ahora sabemos que su asesino, muy probablemente, se llama José, o Pepe. Pero Odriozola no podía esperar que la Brigada de Investigación Criminal fuese a embarcarse en una investigación compleja para esclarecer la muerte de una puta entrada en años. Es evidente que si hizo esa anotación fue para que la viésemos, y fue porque sabía, o sospechaba, que estábamos investigando el caso López.


Lo cual nos lleva a otro detalle interesante. Lucía Odriozola sabía lo suficiente del caso López como para dar por hecho que la policía estaría detrás de él. Sabía por qué alguien como Franco podría estar interesado en ello.


Repentinamente, el teléfono chilló en el salón. Laura, junto a Luján, dio un respingo y se incorporó. Bruno empezó a llorar.


Luján estaba despierto, así que fue el primero en reaccionar. Se levantó mientras le murmuraba a su mujer que se ocupase del niño y, chasqueando la lengua con fastidio, se dirigió al salón. Encendió la luz, miró el reloj; cuatro y media. Quienquiera que sea, pensó, la va a cagar.


-Diga dijo, con malos modos.


-Soy Azpíriz dijo la voz de Azpíriz, al otro lado del teléfono.


-¿Tú? ¿A las cuatro y media?


-Yo, sí. A las cuatro y media.


-¿Estás gilipollas, o qué? ¡Has despertado al niño!


-Luján el tono de Azpíriz dejaba poco lugar para la duda sobre su seriedad-. Tenemos que vernos. Ya. En una hora, como mucho.


Luján sintió una opresión en el pecho. Conocía al navarro. Aquello no era ni una broma ni una borrachera ni una chorrada.


-¿Dónde has estado esta noche después de dejarnos?


-En un tiroteo respondió Azpíriz, como quien dice «en el cine».


-¿En un tiroteo?


-Recordé algo continuó como si tal cosa-. ¿Recuerdas las averiguaciones que te prometí en ambientes radicales?


-Dijiste que no habías conseguido nada.


-Y no conseguí nada. Por eso no te comenté los detalles. Me hablaron de algunas cosas, sobre todo de lugares. Me dijeron que muchas de las personas de esos grupos solían frecuentar un bar llamado Camper.


-Vaya nombre raro.


-Eso pensé yo. Hasta esta noche. Cuando me iba a casa, caí en la cuenta. Es muy tonto: Cam-per. Camilo Pérez.


Luján se escuchó respirar pesadamente. Había dejado de escuchar los llantos de su hijo, pero eso tal vez era porque estaba concentrado en la conversación.


-¿Por qué no me llamaste?


-Era tarde. Yo había vuelto a la Brigada por algunas cosas. Hablé con un capitán de guardia. Me parecieron suficientes hombres.


-¿Fuiste solo?


-Fui solo, sí. Con veinte policías más, no te jode. Encontramos el bar cerrado, claro. Pero el tipo vivía encima. Llamamos a la puerta, dijimos que era policía, y entonces empezó a disparar.


-¡Joder! ¿Y?


-Nada la voz de Azpíriz era casi funcionarial-. No le dimos tiempo ni de rascarse el huevo izquierdo.


-¿Está muerto?


-Fiambre total. Eso sí, no era Pérez. Según la documentación, se llamaba Ardiles. Un amigo, supongo. Pérez no estaba, o tal vez escapó. Pero hablé con Ardiles antes de que estirase la pata. Y es por eso que necesitaba hablarte ahora mismo.


Azpíriz nunca se alteraba por nada. Pero en sus últimas palabras le había temblado algo la voz. Luján le dejó tomar aire.


-Luján, antes de morir le interrogué sobre sus actividades. No me hizo ni puto caso. Luego comenzó a morirse, entró en una especie de delirio. Entonces dijo: «mañana Franco se quedará solo», se rió, y la cascó.


-¿Mañana Franco…?


-Luján, es la madrugada del 20 de noviembre. Mañana, o mejor dicho hoy, en El Escorial, hay una misa en honor de José Antonio. Ministros, autoridades, cuerpo diplomático. Franco va a estar todo menos solo. Pero se quedará solo.


-¡Ostias! ¡No me jodas!


Carlos Luján colgó el teléfono con violencia. Se tomó dos segundos para respirar y, después, descolgó de nuevo y comenzó a marcar el número de Ismael Rebollo.











El 20 de noviembre de 1957, 21 años después del fusilamiento de José Antonio Primo de Rivera en Alicante, se celebró en el Escorial un funeral por su alma. Era un acto habitual en la simbología del franquismo y su vinculación a la figura del fundador de Falange. Así pues, al acto estaban invitados el cuerpo diplomático, autoridades y representantes religiosas, civiles y militares, en suma el gotha del franquismo.


El acto venía planificándose desde hacía unos meses, pero a eso de las cinco y media de la mañana, cuando la decisión fundamental estaba en manos de Ismael Rebollo, se había decidido que el Caudillo no acudiese. Los indicios eran muy preocupantes. En las últimas horas, la policía había encontrado la punta del iceberg de una organización cuyo tamaño real desconocía; una organización que podría tener ramificaciones y apoyos en el extranjero a través del exilio rojo. Sin tener muchos datos, se sospechaba de elementos nacionalsindicalistas puros y anarquistas que habían llegado ya a algún nivel de entendimiento al final de la guerra y lo habían continuado posteriormente, todos ellos progresivamente integrados en la propia Falange.


A las cinco y media de la mañana ya se sabía que la persona que había muerto al responder con disparos a las llamadas de la policía se llamaba Arturo Reparaz y que había sido inquilino de Porlier1. El cadáver de Reparaz, de hecho, permitió confirmar que había sido miembro de partidas de defensa de la FAI en Madrid, donde se hizo bien conocido por su hostilidad hacia todo lo que consideraba burguesía. Terminada la guerra, no se pudo demostrar su participación en ninguna saca o paseo, motivo por el cual fue condenado a veinte años, sentencia que le fue después reducida. A pesar de estos antecedentes, Reparaz había podido ingresar en Falange. Trabajaba de camarero y encargado en el bar propiedad de Camilo Pérez.


Tras conocer estos datos, Carlos Luján se preguntó si Reparaz no sería la persona que esperaba a Léntulo Sediles en Chamartín. No lo creía, porque Reparaz parecía ser más un sicario que un jefe. En medio de la vorágine de aquella madrugada, se dio cuenta de que ya no podía seguir protegiendo a su jardinero, que tendría que ser interrogado. No obstante, al final de aquel día, cuando regresase de El Escorial, iba a descubrir que no protegía a sus testigos tanto como creía. Cuando la policía fue a buscarle la misma mañana del funeral, Léntulo Sediles apareció en su chiscón con una bala en la cabeza; los forenses dijeron que llevaba bastante tiempo muerto, bastantes días. Luján pensó: desde el día 1, cuando regresó a casa. La muerte de Sediles, en todo caso, confirmó las sospechas de Luján de que no era el contacto del jardinero; si lo fuera, o habría sabido que estaba muerto o lo habría matado él mismo; en ambos casos, difícilmente habría regresado a su pequeña casa encima del bar que regentaba, a esperar a que la policía lo localizase.


De hecho, aquel detalle, es decir el hecho de que Reparaz no hubiese sabido de la muerte de Sediles y probablemente tampoco de la de Lucía Odriozola, fue lo que más nervioso puso a Rebollo.


-Son listos les explicó a Luján y Azpíriz, mientras paseaban nerviosos por una Puerta del Sol desierta, esperando que diesen las siete-. Actúan en células que alguien coordina, pero que no se conocen entre ellas. Léntulo Sediles podría haber sido asesinado a tres portales de la casa de Reparaz, y éste nunca se habría dado cuenta de que la muerte tenía relación con él. De esta forma, si les trincamos, no saben nada. Sólo conocen su puta esquinita de la Revolución.


-Pero tiene que haber un cerebro coordinador opinó Azpíriz.


-Desde luego que sí contestó Rebollo, y señaló a Luján con su cigarrillo-. Es más: según aquí tu amigo, es el tal Julio Cendoya.


A las siete de la mañana despertaron al Caudillo. En cuanto abandonó su cama, fue rápidamente informado de las sospechas policiales y de la propuesta de Rebollo, que sus superiores habían asumido. Sin embargo, Franco se negó en redondo a faltar al funeral.


Un joven policía armada salió de la Dirección General de Seguridad y corrió hacia el grupo de policías de paisano. Sus pasos resonaron en la noche. Jadeante, informó a Rebollo de que tenía que comunicarse con El Pardo. Los tres hombres y el jovencito volvieron al edificio, donde a Rebollo le indicaron un pequeño despacho desde el que podría hablar. Luego todos esperaron segundos muy largos. Finalmente, el teléfono del despacho donde se había encerrado Rebollo sonó con estrépito. El inspector no hizo intención de susurrar. Luján y Azpíriz, en el pasillo, captaron casi toda la conversación.


-Mi general, buenas noches…


-


-Sí, muy sólidos. Lo suficiente, si lo prefiere usted así.


-


-No, mi general.


-


-Sí, mi general.


-


-Yo no puedo garantizar que eso sea exactamente así, mi general.


-


-Mi opinión ya la conoce, mi general. El Caudillo debería [inaudible]


-


-Pero la prensa podría presentarlo de otra manera. [Inaudible] No puede decirse que eso fuera a ser una falta de respeto hacia la figura de José Antonio. Y, sin embargo


-


-…


-…


-Sí, mi general.


-


-…


-…


-Sí, mi general. A sus órdenes.


Rebollo salió de la sala con cara de pocos amigos.


-La frase del muerto, eso de que Andrés no estará solo, no es concluyente. Puede querer decir muchas cosas.


Había usado con toda naturalidad el código privado con Luján para referirse de Franco.


-Pero, ¿Andrés sabe que está en peligro?


-Lo sabe; pero dice, y quizá no le falta razón, que apenas sabemos nada de ese peligro. Que podría tener ramificaciones exteriores que acabasen por sacar tajada de su ausencia. Que ni puede dar imagen de miedo ni puede, este año, faltar al funeral de José Antonio.


-¿Este año?


-Este año, sí explicó Rebollo-. Soplan vientos de modernidad, amigos. Y la modernidad tiene sus demandas; la principal de ellas, un país con… menos Falange. Pero la modernidad no nos va a hacer tan cabrones como para dar la espalda a la memoria del camarada muerto.


Luján apretó los labios. Hizo esfuerzos por callar, pero no pudo.


-De alguna manera, Rebollo, estás dándole la razón aquéllos quienes hoy pretendemos atajar.


Rebollo enarcó una ceja y miró a Luján con curiosidad y algo de violencia en los ojos.


-¿Qué has dicho?


-He dicho que de alguna forma les justificas. No a los rojos renegados, desde luego. Pero sí a los falangistas… -la palabra «auténticos» quiso nacer, sin conseguirlo- radicalizados. Al fin y al cabo, han sido traicionados.


Rebollo lo miró largamente, dedicando fugaces miradas al tercero en discordia, Azpíriz, probablemente para juzgar su posición en la discusión. Nunca le fue tan útil al navarro su cara de póquer.


-Eso que has dicho, Luján terminó diciendo el inspector, muy despacio-, si lo dijeses un poco más alto, tal vez provocaría que pasaras a dormir en el sótano de este mismo edificio, en espera de juicio. Además…


Luján le hizo callar con un gesto de la mano.


-Qué sí, Rebollo. Que sí. Que sé lo que vas a decir: además, te lleva a dudar de mi lealtad. ¿Es así?


El inspector calló, la boca torcida por un gesto de disgusto.


-Hoy voy a salvar la vida del Caudillo terminó por decir Luján, y al hablar sentía una profunda paz en el pecho-. De mi Caudillo. Dando la mía si es preciso. Porque lo entiendo todo. Entiendo que hace dos décadas de la guerra. Entiendo que España debe echar a andar. Entiendo que su destino es acabar sentada en la tribuna de la ONU junto a países hipócritamente democráticos. Entiendo que ése es un viaje que hará nuestro Generalísimo, y que si su carro va a aplastar a unos cuantos de los que no se quieran subir a él, lo justo con la Historia es aceptarlo.


Tragó saliva. Los ojos de Rebollo viraban hacia la compasión.


-Pero no me pidas que piense que esos cadáveres aplastados por el carro de la Historia son iguales que los que fueron aplastados hace ahora veinte años. Ellos son fieles a ideales muy elevados. ¿Han de morir esos ideales? ¡Pobre España! No seré yo quien lo frene. Pero, Rebollo, te lo vuelvo a decir: no intentes convencerme de que son unos cabrones.


Rebollo dejó escapar una risita, y luego realizó unos cuantos aplausos sordos.


-Bravo, bravo, bravo. Voy por rutas imperiales, caminando hacia Dios… Qué bonito, de verdad, qué bonito repentinamente su rostro se endureció-. Eso sí, me temo que olvidas que esos preclaros varones comparten armas y planes de asesinato con pistoleros faístas que te aterrorizaron a ti y a los tuyos cuando apenas eras un niño. ¿Qué dirán tus muertos de este respeto tuyo hacia sus asesinos?


Luján hizo un gesto de escepticismo.


-Supongo que una mitad de esos muertos me diría que todo el mundo acaba por equivocarse. Y la otra mitad me preguntaría qué coño ha hecho… Andrés para empujar a falangistas y faístas a ser amigos.


Por toda respuesta, Rebollo se dio la vuelta y desapareció tras una enorme puerta. Luján miró a Azpíriz.


-No sé si no me habré quedado fuera de este operativo musitó.


El navarro le contestó con un insulso: «Quizá».


Estuvieron allí, fumando y desayunando unos cafés que les trajeron en cuanto abrieron las primeras cafeterías de la zona. No volvieron a ver a Rebollo hasta las ocho y media. El inspector parecía como revigorizado, como si hubiese sido capaz de dormir todo ese rato.


-Por lo menos hemos conseguido pequeños cambios en el programa informó-. Leves cambios de ruta, horarios cambiados en diez minutos… Además, se ha aceptado que la Lonja esté limpia de público. Sólo las formaciones previstas. Todos desarmados.


Extendió un croquis. Era fácil entender que incluía la portada de la basílica de El Escorial y la Lonja que la abraza.


-La entrada será muy pronto y muy rápida. Los vehículos entrarán en la Lonja, y el público deberá estar siempre detrás del murete que la delimita, así pues será difícil que ahí pase nada. A la salida es otra cosa, porque el Caudillo pasará revista a dos formaciones. Se ha aceptado que estén una enfrente de la otra para que la revista propiamente dicha no ocupe todo el trayecto desde la entrada de la basílica hasta el coche.


Miró brevemente a Luján y Azpíriz, como buscando confirmación de que entendían.


-Las formaciones son una especial del Ministerio del Ejército, formada completamente por voluntarios especialmente seleccionados; por aquí no hay nada que temer. La otra es la XVI Centuria de Montañeros de la Guardia de Franco. Si por aquí tuviésemos algo que temer, estaríamos jodidos.


Tragó saliva unos segundos.


-Éste es el punto crítico. Habrá varias decenas de policías de paisano mezclados entre el público, para controlar cualquier movimiento. Especialmente si aparece alguien manco. Además, vamos a colocar hombres de poste de vigilancia aquí, aquí y aquí. Yo iré unos pasos por detrás del Caudillo. Azpíriz, tú has demostrado esta noche que tienes olfato olisqueando cabrones. Te quedarás al pie del auto del Caudillo, esperándolo; pero no mires hacia la basílica, hacía allí mirarán otros. Tú mira hacia fuera, y la primera mierda que veas, te rascas la oreja derecha.


-¿Y si me pica la oreja derecha? Como siempre, el tono de la pregunta no dijo nada sobre su seriedad.


-Pues te jodes por Dios y por España fue toda la respuesta de Rebollo-. Luján se detuvo unos segundos antes de hablar-, tú te colocarás aquí.


-¿En el centro de la plaza?


-Más o menos. A mitad de trayecto del Generalísimo, detrás de la Centuria de Montañeros. Todos estarán brazo en alto.


-¿Y yo estoy mirando hacia?


-Hacia Azpíriz y el militar que estará a su lado. Ambos son la señal. Si cualquiera de ellos se rasca la oreja derecha, te quiero corriendo a toda hostia hacia el Caudillo.


Rebollo se detuvo, como sopesando la importancia de lo que estaba diciendo.


-No serás el único, desde luego. En la propia plaza habrá no menos de quince personas con la misma instrucción, aquí, aquí, aquí, aquí y aquí. Todo lo demás te tiene que dar igual. Tú tienes que llegar al Caudillo y si alguien te lo impide, te lo quitas de en medio. Una vez que llegues, que te dé igual lo que esté pasando. O sea: si ves a alguien que está a punto de reventarle la cabeza a algún ministro, ¿qué has de hacer?


-Proteger al Caudillo.


-¿Si te disparan?


-Protejo al Caudillo.


-¿Si me disparan a mí?


-Te remato, por si acaso.


Ismael Rebollo tardó segundo y medio en darse cuenta de que era broma.


-Menos coñas, que eso es serio se quejó. Pero lo dijo sin convicción.


-Sólo tengo una duda dijo Luján.


Rebollo, por toda respuesta, se quedó expectante.


-¿Por qué al Caudillo tiene que protegerle un miembro de la Brigada de Investigación Criminal?


Rebollo sonrió, con esa sonrisa de quien escucha a alguien hacer la exactamente la pregunta o comentario que esperaba. Luego dio una fuerte palmada a Luján en un hombro.


-¡Muchacho! Porque te has presentado voluntario, ¿o no lo recuerdas?


Luego hizo gesto de irse, pero se paró.


-¡Ah, coño! Se me olvidaba lo que más te va a gustar de todo esto, Luján. Tu misión no es ni de uniforme ni de paisano.


Luján enarcó las cejas, sin entender.


-Sube a la planta de arriba y pregunta por Mequinenza. Que te dé ropas de tu talla. Hoy vestirás de falangista.


Mequinenza resultó ser un funcionario de escasa motivación y con poco armario. Por esta razón, aquella mañana Carlos Luján subió a El Escorial impecablemente vestido con un uniforme falangista que era una o dos tallas más pequeño de lo que le correspondía y una boina declaradamente más grande. Aún así, cumplió con su obligación y ocupó su puesto más de una hora antes de que apareciese Franco. Se distrajo observando a las diferentes unidades que fueron llegando marcando el paso, en perfecta formación marcial, y que media hora antes de comenzar el acto ya estaban dentro de la plaza. A Luján le dio la impresión de que el coche del Caudillo se desempeñaba con excesiva rapidez, pero tal vez era algo provocado por lo que sabía. Cuando la misa empezó, el día se había caldeado un poco. Luján dirigió su vista hacia la salida de la plaza, donde ya estaba el coche del Generalísimo. Distinguió claramente a Azpíriz y a un militar a su lado. Ambos estaban en posición de descansen, mirando hacia fuera, dando la espalda a la basílica. Desde ese momento, no les perdió de vista más de dos o tres segundos.


La mañana transcurrió lenta. Muy fría al principio aunque, conforme la mañana se fue definiendo, se fue haciendo más tratable. Carlos Luján se sentía débil y algo enfermo. En ese momento, hacía ya más de cincuenta horas que no había dormido a pierna suelta un rato bien largo. Pero quería aguantar. Cuando escuchó la batahola de los montañeros se dio cuenta de que habían recibido orden de formar. Miró el reloj y, recordando la agenda que le habían comunicado, apenas quedaban diez minutos para el momento indicado para el final de la misa. Se entretuvo mirando a los falangistas, con dos tipos de uniforme distintos (con el tiempo sabría que unos iban de esquiadores y otros de montañeros).


El horario real apenas se demoró unos minutos. Un cuarto de hora después, Franco, como escoltado por decenas de personas principales de las que habían acudido al funeral, apareció en la entrada del patio de los Reyes. Comenzó a escucharse la marcha real. Luján había fijado definitivamente la vista en Azpíriz y su compañero. Observó al navarro elevar el mentón como para ver mejor algo relativamente lejano. Se puso tenso. En ese momento, sintió un presentimiento. La Centuria de la Guardia de Franco colocó el brazo en alto; el saludo de José Antonio. Por alguna razón a Luján ese gesto, que adivinó por el rabillo del ojo, le estremeció.


El himno de España parecía no terminar nunca. Incluso, Luján tuvo la sensación de que Franco caminaba a cámara lenta hacia las formaciones a las que iba a pasar revista. Se dijo que era porque estaba afiebrado.


Siguió escudriñando. De repente, parecía como si Azpíriz no pudiese estarse quieto. Echó un vistazo al público. No vio nada raro. Los acordes del himno se sucedían perezosos. Luján pudo sentir que Franco se acercaba. Azpíriz. Nuevo gesto. Levanta la mano. El corazón de Luján se para. No, no se rasca la oreja. Suena la música. Cercana, lejana. Murmullos. ¿Murmullos? Luján sabe que está solo. Pierde la vista de Azpíriz para mirar a su espalda. Nadie. Vuelve a Azpíriz. Ya no se mueve. Pero pasa algo. Murmullos. La música. En una esquina de su visión, una centuria de jóvenes falangistas, firmes, brazo en alto. La sensación de que Franco está cerca.


Y un grito.


-¡Mediaaaaaaaaaa vuelta! ¡Ar!


Tres golpes secos. Luján se ha vuelto, olvidando a Azpíriz. Está helado, paralizado. Varias decenas de rostros le miran. Aunque no le ven. Algunos maduros y duros; otros, rostros adolescentes, casi unos niños. Él está detrás de ellos, y ellos le miran. Con mucha dificultad, como nadando por un mar de gelatina, Luján consigue comprender. La centuria ha ordenado media vuelta. En el justo momento en que frente a ella iba a pasar el Caudillo. Mientras suena el himno de España. Franco pasa revista a una colección de espaldas.


Funeral de José Antonio. En el recuerdo del camarada caído, que te jodan, cochino traidor. Delante de todo el mundo, los notables en la puerta de la basílica, esperando que se le deje salir; los de a pie, rodeando la plaza.


Durante unos segundos que parecen siglos, Carlos Luján se queda troquelado de los rostros de la compañía que acaba de dar la espalda a Franco. Pero eso es sólo un refugio para no pensar. Piensa en Franco muerto. Piensa en una mañana de noviembre en El Escorial y un solo segundo que acaba con todo. Un fogonazo, un ruido seco, y el fin. ¿Por qué no? Tal vez ya ha ocurrido. Siente esa angustia propia de las pesadillas, querer correr pero no poder, querer gritar pero ser incapaz. Luego, como un rayo, la idea de Rebollo cruza su cabeza, las notas del himno se hacen netas, parpadea, y sabe que tiene que reaccionar.


Con retraso, de una forma un tanto ridícula, portando un uniforme que a todas luces le viene pequeño, Carlos Luján anda deprisa, para coger el paso de la pequeña comitiva que ya ha superado a la Centuria, que permanece impasible dando la espalda a la ceremonia, que parece hacer el saludo fascista hacia el cielo, y se dirige al Rolls-Royce del Generalísimo.


A diez metros del vehículo, alcanza a Rebollo. Le mira. Rebollo niega con la cabeza. Luján nunca sabrá qué significado tiene aquel gesto. Camina con él hasta el automóvil. Franco camina con un ritmo constante, ni apresurado, ni lento. Al llegar a la puerta, se paran, como si les diese miedo entrar en el coche. Luján escucha a un militar de edad que se ha parado junto al Caudillo.


-Mi general. ¿Qué hacemos con ellos?


Franco se vuelve. Mira a Carlos Luján. Parece como si se hubiese vuelto porque recordase que debe estar allí. Luján se siente ridículo, con su uniforme pequeño. Pero Franco no demuestra ni una emoción. Luego se vuelve hacia el hombre que le ha hablado, y hace un gesto con la mano derecha, como diciendo que no se le de importancia, que es una tontería.


Y entra en el coche, que sale raudo. No sin que antes Ismael Rebollo se suba en el asiento del copiloto.








1 En los primeros años de la posguerra, un convento de la calle madrileña de general Díaz Porlier fue usado como cárcel, en la que estuvieron muchos condenados por motivos políticos y comunes.