viernes, agosto 27, 2010

Folletín de verano (29)

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Además de la revelación sorprendente de que, en los últimos meses de 1938, Anselmo López había tomado ya contacto con el grupo de Julio Cendoya o tal vez formaba parte de él, Pedro Grisca dio, sin querer, la pista para su localización. Conforme las terminales de la policía franquista que vigilaban de cerca a la oposición en el extranjero, sobre todo en Francia, negaron que hubiese aparecido por allí ningún opositor manco que respondiese a la descripción de José Durán o Carlos Grisca, Carlos Luján se fue dando cuenta de que se había quedado en España. Lo cual era lógico. A esas alturas de la investigación ya sabía lo suficiente del grupo de Cendoya como para entender que no estaría ligado a grandes estructuras de oposición. Estaban tratando con personas muy individualistas que iban completamente a lo suyo. Lo habían hecho durante la guerra, y después también. Carlos Grisca no podía esperar que ni en París ni en ningún otro lugar del mundo las organizaciones de rojos se la fueran a jugar por él; probablemente, no lo conocerían demasiado y, en todo caso, no era de los suyos.



Rebollo no opinaba lo mismo. En interminables conversaciones con Luján, terminaba una y otra vez explicando lo de la organización por células. El terrorismo se compone de células que apenas se conocen porque ese desconocimiento es un seguro de vida para los activistas cuando alguno es capturado. Así pues, las organizaciones terroristas son ampliamente autónomas, por lo que no es de extrañar que el manco Grisca pareciese estar aislado, sin que eso, necesariamente, fuese a significar que estaba solo.



-Está claro que hemos golpeado la célula argumentaba Rebollo-. No sabemos si Cendoya está vivo. Pero sí nos hemos cargado a Reparaz, hemos localizado sus apoyos más o menos bienintencionados en el falangismo, hemos desmantelado sus excursioncitas y, por último, el hermano de Cendoya, Longares, si alguna vez estuvo con ellos, está más que evidentemente muerto. Pero los supervivientes intentarán salir de España para reagruparse con otros opositores rojos.



Luján no era de esa opinión. La conversación con Pedro Grisca le había hecho pensar mucho. Había algo en la forma de actuar de Carlos Grisca que no acababa de tener lógica. Les habían contado que Cendoya montó un operativo para salvarse en un Madrid sitiado, ofreciéndose a traicionar a las fuerzas de la República contándole a los franquistas cuáles eran los puntos fundamentales de las defensas de la ciudad. Esto, se decía Luján, es lo que haría alguien que está acorralado.



Pero Carlos Grisca y Anselmo López no estaban acorralados.



En efecto: Carlos Grisca y Anselmo López se encontraban, en las últimas semanas de 1938, a escasos kilómetros de la frontera francesa. Tenían lo que entonces no tenía nadie para llegar allí: un coche. Disponían de alimentos, de galones, de uniformes, de armas y de poder. Cualquier persona en esas circunstancias huiría del país. Pero no ellos. Ellos querían quedarse en España o, más concretamente, volver a Madrid.



-¡Aquel hombre te lo explicó! Protestaba, en ese punto de la conversación, Rebollo- Habían llegado ya al pacto con los quintacolumnistas. No querían ir a Francia, a un destino incierto.



-¿Tan cierto era su destino en Madrid? Respondía Luján- Por Dios, Rebollo: regresando a Madrid, asumían unos riesgos de cojones.



-En ese caso, ¿cuál crees tú que era esa fuerza que los mantenía unidos a Madrid?



-Joder, Rebollo. Si supiera eso, habría resuelto el caso Anselmo López.



En todo caso, la información dada por Pedro Grisca terminaba de confirmar algo: la relación de López con Lucía Odriozola no fue casual. Lucía era durante la guerra la novia de Julio Cendoya, el cual era un oficial de Carabineros al mano del cual había un grupo de personas entre las cuales estaba Carlos Grisca y, probablemente, Anselmo López. Era, pues, imposible que no se conociesen.



-No te precipites, Luján le decía Rebollo en este punto-. Sólo sabes que Anselmo López conocía a Carlos Grisca a finales del 38. No sabes ni que fuesen compañeros, ni que ambos tuviesen relación con Cendoya. Pero debo reconocer que es la hipótesis más lógica.



-Y más ilógica, a la vez respondía Luján-. Porque si Anselmo López tenía miedo de que su pasado volviese y en el pasado de la guerra tuvo relación con este grupo, parece lógico imaginar que era a ellos a quienes temía. Pero, si les temía, ¿por qué se dejaba vigilar tan estrechamente por alguien que sabía vinculada a ellos?



Todas estas discusiones e hipótesis terminaban en la necesidad imperiosa de dar con el manco Grisca. Si era Rebollo quien tenía razón y estaba para entonces en Tolouse, en París o en México, la cosa se complicaba aunque, como también solía decir el inspector, «para el brazo de Franco no hay nada imposible». Luján, en cambio, siguió creyendo en la hipótesis de que hubiese permanecido en España, escondido y, quizá, falto de apoyos. Y fue por creer en ella y querer confirmarla que acabó cayendo en la cuenta de algo que había dicho su hermano.



Sabadell. Un barrio remoto. Un ateneo. Siempre quisieron empezar por ahí.



La gran ventaja con un tullido es que es más fácil de encontrar. La policía localizó a Carlos Grisca no muy lejos de donde había estado la casa de sus padres y le siguió durante dos semanas. Se hicieron extensos informes sobre su vida, que resultó ser muy ordenada, casi cronometrada. Vivía de dar clases particulares y las horas de éstas regían su vida con precisión matemática. Su semana laboral terminaba los jueves por la tarde, muy cerca de su casa. Invariablemente, al salir del domicilio del muchacho al que explicaba ciencias naturales, se tomaba dos chatos de vino en una taberna frente a su domicilio.



Principiaba marzo de 1958 la tarde que Ismael Rebollo y Carlos Luján entraron en aquella taberna. Rápidamente contaron los parroquianos; siete. Se colocaron en el extremo de la U que formaba la barra, justo enfrente de la puerta de salida. Estaban a menos de metro y medio de José Durán, o Carlos Grisca, quien en ese momento bebía de su primer chato de vino.



Había sido idea de Rebollo. Carlos Grisca era considerado un hombre muy peligroso. Lucía Odriozola sólo era una mujer, pero aquel hombre había conseguido reducirla y hacerla esperar su muerte sin apenas reaccionar, lo cual demostraba que sabía lo que hacía y sabía hacerlo. Tenía que ser una operación limpia y, además, era básico trincar al sospechoso vivo para poder interrogarlo. Para todo eso, Rebollo necesitaba verlo de cerca, saber cómo estaba de pertrechado.



Carlos Grisca les miró a ambos con un deje de extrañeza en los ojos. También habían previsto eso. Estaba en un pequeño barrio de una pequeña ciudad catalana. Sería más que probable que hiciese semanas que allí no entraba alguien distinto de los parroquianos habituales. Habían hablado de ello y, por eso, Luján fue tranquilo testigo de cómo su compañero siguió el guión a la perfección.



-Señor, ¿podría decirme si hay por aquí una tienda de ropa que se llama Márquez?



Carlos Grisca simuló sinceridad es sus esfuerzos por recordar.



-No, la verdad. ¿Ha interrogado usted a Marco, el del quiosco? Si no lo sabe él, no lo sabe nadie.



Rebollo le dio las gracias, apuró su vino, pagó y salió del establecimiento seguido de Luján.



-Ya sé todo lo que tenía que saber informó.



Estudiaron la casa de Grisca. Comprobaron que si subía a la azotea, podía saltar a la casa de enfrente, porque la calle era muy estrecha. Era un salto muy expuesto para un manco, pero posible. Así pues, Rebollo ordenó a Luján que tomase tres policías armados, subiese a la terraza del edificio de enfrente y cerrase desde ahí una posible huida. Rebollo iría de frente por la puerta.



Se hacía de noche. Silencio. El ritmo de la vida detenido y apenas el murmullo de alguna radio en la lejanía. Luján contaba los segundos. Deseaba que el operativo terminase. Eso significaría tener a Grisca en sus manos. Un hombre que, claramente, conocía el pasado de Anselmo López, la auténtica piedra filosofal de todo aquel caso. Se decía que ni esperaría, que esa misma noche procedería al interrogatorio. Y todo se había hecho a las mil maravillas. Habían llegado hasta la misma puerta de su casa sin que sospechase nada.



¿Perfecto?



Esta misma noche. Esta misma noche, ¿qué?



El interrogatorio.



Grisca no se había dado cuenta de nada. ¿De nada?



Luján pensaba. No dejaba de pensar.



La gente normal no interroga. La gente normal pregunta.



Sólo interrogan los policías.



Expiró todo el aire que tenía. Se irguió. Corrió hacia el borde de la terraza. Miró su reloj. Las nueve y ocho. El operativo se había fijado para las nueve y cinco.



Tomó aire y gritó con todas sus fuerzas.



-¡Isma…!



Pero no terminó. La explosión cortó su grito y le catapultó tres o cuatro metros hacia atrás.