domingo, enero 28, 2007

¡Ole con ole y ole!

Hace bien pocos días me quejaba, en otro post de este blog, del escaso respeto de los políticos por la Historia. Me quedé corto. Debo pedirles perdón públicamente, no tanto por acusarles de una práctica que no realizan, como de haberlo hecho como si ellos fuesen los únicos que la cometen.

Hace unos pocos días, en una populosa ciudad de la corona metropolitana de Madrid llamada Alcorcón, se produjo un grave altercado tras el cual se ha destapado en España en general, y Madrid-Alcorcón muy en particular, una polémica muy dura sobre la violencia, el fenómeno de las bandas callejeras y el racismo. Se dice que la seguridad ciudadana en Alcorcón es muy escasa y que las bandas latinas tienen la culpa de ello. Se dice que grupos de inmigrantes latinos hacen cosas como monopolizar las canchas deportivas públicas, y cobran a quien quiere jugar en ellas. Se dicen muchas cosas.

El sábado por la tarde, según cosa que era sabida desde días antes, había grupos de personas, españoles de ideologías extremas según algunas versiones, que querían manifestarse en Alcorcón; manifestaciones que vendrían a sumarse a las iniciativas de otros grupos, de corte pacífico, que han pretendido durante toda la semana, sin éxito, manifestarse contra el racismo y la xenofobia.

La noche del sábado fue, pues, movidita. Hubo mucha policía, carreras, detenciones. Y un periódico de Madrid, en un alarde de periodismo de precisión, le ha llamado a eso Noche de cristales rotos.

La Reichskristallnacht, o noche de los cristales rotos, se produjo en Alemania la noche del 9 al 10 de noviembre de 1938, y debe su nombre al hecho de que, a la mañana siguiente, las calles estaban tapizadas con los cristales de los escaparates que grupos de activistas nazis rompieron en el curso de sus pogromos. Aunque la cosa venía de antes. Por ejemplo: en febrero de 1938, había en la ciudad bávara de Munich 1.600 negocios propiedad de judíos. Seis meses después, sólo quedaban 666, la mayoría de ellos propiedad de extranjeros. Durante todo ese año, el gobierno de Hitler promulgó una serie de leyes que impedían que los judíos pudiesen ocupar determinadas profesiones, desde médicos hasta vendedores ambulantes. El 17 de agosto se publicó un decreto por el cual todos los judíos venían obligados a unir a su nombre, cualquiera que éste fuere, el de Israel; y Sara para las mujeres. Tendrían que utilizarlo siempre en público, para que todo el mundo supiera que eran sucios judíos. Se les obligó a poner una J enorme en sus pasaportes.

A lo largo del verano de 1938, un montón de sinagogas y cementerios judíos fueron profanados por toda Alemania. En la primavera, Hitler visitó Munich y expresó en público su repugnancia porque la Deutsches Künsterlerhaus (Casa de los Artistas Alemanes) estuviese cerca de una sinagoga. Pocos días después, los nazis la demolieron. La excusa oficial fue favorecer el tráfico rodado. El baboso Julius Streicher, asesino en serie de judíos y otras razas menores, le hizo la pelota al Führer inmediatamente demoliendo la sinagoga de Nuremberg. La demolición fue toda una fiesta.

La mañana del 7 de noviembre de 1938, un adolescente polaco de raza judía, Herschel Grynszpan, disparó al tercer secretario de la embajada alemana en París, Ernst von Rath. El 9 de noviembre, Von Rath moriría por las heridas del atentado, pero ya en las horas anteriores, instigados por la prensa nazi, se habían producido pogromos en varios lugares de Alemania. A las diez de la noche del día 9, Joseph Goebbels pronunció un discurso radiado en el que informó al pueblo alemán de la muerte de Von Rath, de la producción de las primeras represalias antijudías, y llamó a la producción de manifestaciones espontáneas en toda Alemania. En su diario, en el que habla de una recepción, anterior al discurso, en el Ayuntamiento de Munich en la que también estuvo Hitler, Goebbels anotó esto: «Explico el asunto al Führer. Él decide: que las manifestaciones continúen. Retirad a la policía. Que los judíos sientan por una vez la cólera del pueblo».

Militantes y simpatizantes del NSDAP, miembros de las SS, de las SA, recibieron aquella noche la instrucción de quemar sinagogas en toda Alemania y destruir propiedades judías. Según los informes, ardieron varios centenares de sinagogas y se demolieron unas 100 en toda Alemania (los bomberos recibieron orden de limitarse a impedir la propagación del fuego a edificios colindantes); la Gestapo transmitió la orden de detener a entre 20.000 y 30.000 judíos varones; y se destruyeron, según los cálculos, al menos 8.000 negocios propiedad de judíos. Se arrasaron las casas particulares, se destrozaron los muebles, las ropas fueron rotas en la calle. Los propios nazis valoraron los daños en cientos de millones de marcos. Aproximadamente un centenar de judíos fueron asesinados e innúmeros grupos seriamente maltratados, incluyendo ancianos, mujeres y niños. Los judíos detenidos, que fueron enviados a campos de concentración, fueron humillados en las comisarías y torturados con elevados niveles de sadismo.

Igualito que en Alcorcón donde, según oigo en la radio, ha habido cuatro detenidos y una persona con la nariz rota.

Lo más cachondo de todo esto es que el periódico al que se le ha ocurrido la feliz idea de hacer la conexión mental Alcorcón-Reichskristallnacht otorga el mayor espacio de su portada a una noticia sobre la intensa preocupación de los especialistas en Historia sobre la pobre preparación de nuestros estudiantes de hoy en día.

Señores periodistas: la cultura bien entendida empieza siempre por uno mismo.