sábado, enero 20, 2007

Lectura: Negrín, por Enrique Moradiellos

Negrín. Biografía de la figura más difamada de la España del siglo XX. Enrique Moradiellos. Barcelona, Península, 2006.

Cada año los reyes magos, entre camisas y otras cosas que saben que necesito y quizá por eso me las regalan aunque yo nunca las pongo en la carta (siempre pongo juegos de la play y cosas así; será que se confunden y se los dejan a algún niño del edificio), se acuerdan de mis aficiones y me dejan algún libro que en ese momento esté en el candelero literario histórico. El año pasado me dejaron la biografía de Indalecio Prieto que escribió Octavio Cabezas (Madrid, Algaba, 2005). Este año me ha caído la de Negrín (véase ficha en las primeras líneas). La pregunta es: ¿quién editará, las navidades que viene, una biografía de Largo Caballero?

Entre los dos libros, el de Prieto y el de Negrín, hay bastantes diferencias. El de Cabezas es una hagiografía. El de Moradiellos pretende no serlo. No esconde el autor su voluntad de reivindicar la figura de Negrín, nos dice en las últimas líneas del texto, injustamente olvidada hoy en día. Pero hay que reconocer que lo hace con unas dosis de equilibrio mucho más voluminosas que el biógrafo de Prieto. El resultado no llega a ser un libro imparcial, pero se le parece más.

Quizá es que resulta imposible escribir un libro imparcial sobre Juan Negrín. No de momento, cuando menos, dado que los archivos de la guerra civil siguen enormemente dispersos, algunos en manos del Estado o de partidos políticos, pero otros muchos en manos de particulares; y, dado que la tendencia archivística es, además, centrífuga, es y será muy difícil que alguien, o más bien alguienes porque la labor es tan ingente que haría falta el concurso de un grupo multidisciplinar de historiadores con mucha pasta, pueda, algún día, realizar estudios comprensivos y comprensibles que analicen todas las caras del poliedro de nuestro pasado y, muy especialmente, del pasado de nuestra II República española, asumiendo que, como pretendieron sus impulsores, dicha república existió desde 1931 hasta poco menos que la muerte de Franco, en 1975.

Juan Negrín es pasto de la opinión que tenga la persona que sobre él hable o escriba. Más aún: de la opinión que sobre él se tenga en determinados momentos de su vida. No es posible establecer (aunque Moradiellos lo intenta) un juicio canónico sobre él, porque son varias las dudas que surgen sobre su actuación, dudas que ya no es posible resolver mediante pruebas irrefutables. Hoy por hoy, y ésta es la triste respuesta que merece el intento del autor de este libro, quien quiera pensar que Negrín fue un traidor a sus huestes iniciales, los socialistas, y juguete del comunismo internacional, tiene en qué agarrarse para pensarlo. Y quien no lo piense o no quiera pensarlo, que lea el libro de Moradiellos; está preñado de clavos de donde colgarse.

Juan Negrín nació para ser un científico reputado, un investigador médico de ésos que hablan varios idiomas y tienen amigos en todo el mundo que le mandan plúmbeas cartas repletas de fórmulas químicas. En algún momento durante los primeros años de la II República, sin embargo, sintió la llamada de la política, supongo (y digo supongo porque, cuando menos a mí, la génesis política de Negrín no me queda bastante clara en este libro) que impulsado por esa voluntad, más o menos nebulosa, de progreso que suele presentarse en las personas del mundo científico. El escaso perfil parlamentario de Negrín durante los años previos a la guerra civil parece apuntar que, efectivamente, se limitó a ser un diputado más, moderado además, alejado de los cantos de sirena del marxismo, lo cual hizo de él un prietista; hecho que, unido a su más que evidente capacidad de trabajo, probablemente influyó en que fuese subiendo conforme lo hacía su mentor.

Negrín, prácticamente, asoma la cabeza a la Historia de España cuando, iniciada la guerra civil, y tras los primeros balbuceos torpes de los gobiernos republicanos, Francisco Largo Caballero (o sea, el PSOE) decide aceptar la tarea de dirigir la guerra, y de mantener unido al Frente Popular y al propio PSOE en ese objetivo. Juan Negrín es nombrado entonces ministro de Hacienda y, como ministro de Hacienda, se convierte en piloto de una operación que le perseguirá el resto de su vida y de la que ya hemos hablado en esta página: el traslado del oro del Banco de España a la URSS. Moradiellos, de quien ya hemos dicho que merece alabanzas por una pretensión de equilibrio en sus juicios de la que otras hagiografías carecen por completo, es categórico en este asunto y asevera que la URSS no sabía nada de este asunto, que se limitó a ser la sorprendida receptora del oro y que nunca urdió plan alguno para que se le transfiriese a ella toda esa riqueza (véase página 206 y siguientes del libro). Niega para ello la veracidad de testimonios publicados poco tiempo después de la guerra por ex agentes comunistas como Krivitsky y Orlov (aunque en otras partes el testimonio de Orlov sí que le sirve al autor, como en la página 253). Y dice bien, aunque no del todo, en mi opinión.

Que la España republicana, en el otoño de 1936 cuando maquinó el traslado del oro, no estaba aún echada en brazos de la URSS, es un hecho; por lo tanto, la capacidad de presión no era tanta como hubiera sido, por poner un ejemplo, en la segunda mitad de 1937 o más allá. Sin embargo, también parece que Moradiellos usa un poco los datos que le convienen para que la tesis le cuadre. Por ejemplo, dice que una pieza fundamental soviética en la operación, el delegado comercial soviético, Arthur Stachevsky, ni siquiera lo era cuando se tomó la decisión del traslado. Lo cual es cierto, como lo es también que existen testimonios de que, sin haber sido nombrado aún, llegó a Madrid a mediados de agosto del 36, de la mano del escritor Louis Fischer, y que su primer amiguito en Madrid fue… Juan Negrín.

Así lo dice, por ejemplo, en sus memorias Justo Martínez Amutio (Chantaje a un pueblo, Madrid, G. del Toro, 1974), autor (eso sí, largocaballerista hasta las trancas) que incluso recuerda el rumor de que Negrín no era candidato a ministro en el gobierno Largo Caballero, y si lo fue, y además de Hacienda (o sea, a cargo del oro), fue por presión precisamente de Stachevsky. Rumor que, en cualquier caso, él mismo desmiente, aseverando que quien impuso a Negrín en el Ejecutivo, aún contra el criterio de Largo, fue Prieto. Pero, en todo caso, hay, como decía, testimonios de que Stachevsky ya estaba actuando en Madrid antes de ser agregado comercial de la embajada, así pues la facilidad con que Moradiellos lo aparta de las tribulaciones sobre el oro del Banco de España son, tal vez, un poco precipitadas.

La mejor parte del libro, y la más justamente reivindicativa, es la correspondiente a los largos meses en los que Negrín fue presidente del Gobierno y máximo responsable de la conducción de la guerra. Como siempre en los libros bien documentados, y éste lo es, el lector irá contemplando, poco a poco, cómo dos tendencias diferentes, el aislamiento internacional de la República y sus propias contradicciones internas, van haciendo una pinza que la ahoga cada vez más. La tesis de Moradiellos, que no trata de esconder ni un minuto, es que donde muchos autores y políticos han querido ver a un Juan Negrín que se hizo progresivamente procomunista, lo que había era un hombre que todo lo que hacía era cooperar con quien le garantizaba suministros y armamento, es decir la URSS. Esta tesis en, en gran parte, cierta, y por eso digo que esta parte del libro, que sustenta buena parte de la reivindicación de la figura de Negrín, es la más aprovechable.

La parte más triste se corresponde con las páginas dedicadas a la posguerra, es decir a los 17 años que Negrín sobrevivió a la derrota militar de la República. En ese tiempo, el exilio republicano dio un repugnante espectáculo de división, discusiones, apelaciones cruzadas basadas en lo que cada uno había hecho en el pasado, y un desencuentro tan brutal que los dos principales líderes del socialismo durante la guerra (enfermo Largo Caballero, me refiero a Negrín y a Prieto) no volvieron a tener una conversación ni un contacto serio.

Lo que hace más repugnante esos años es el hecho de que lo que hacían las dos facciones del PSOE era discutir por la pasta. Tras estallar la guerra civil, el gobierno de la República estableció que todas aquellas personas que poseyeran metales preciosos o joyas debían ingresarlos en el Banco de España y, más aún, la posesión de más de 400 pesetas en moneda pasó a ser un delito. El 23 de septiembre de 1936 se creó la Caja de Reparaciones de Daños y Perjuicios de la Guerra. María Ángeles Pons, en su interesante trabajo Hacienda y finanzas durante la guerra civil, nos deja claro que nadie sabe, a ciencia cierta, a cuánto dinero ascendieron aquellas incautaciones, algunas de las cuales, notablemente las realizadas en los primeros momentos de la guerra, carecían de cobertura legal y fueron, por lo tanto, robos mondos y lirondos. Un informe de diciembre de 1936 dice haber tasado bienes por valor de 40 millones de pesetas, pero reconoce que las incautaciones fueron más y que no existía, ya entonces (seis meses de guerra) control sobre ellos. En los dos primeros trimestres de 1937 se recaudó más del doble de lo que ya había en la Caja (91 millones de pesetas), por lo que sabemos que las incautaciones siguieron a buen ritmo. A partir de agosto de dicho año, se comenzó una labor de devolución de bienes. Aún así, en el último balance conocido de la Caja de Reparaciones, el valor contable del activo roza los 370 millones de pesetas de la época (con retenciones en el pasivo de 263 millones). Este balance no incluye el valor de los objetos entregados a la Junta Nacional del Tesoro Artístico (obras de arte). A finales de 1938, el activo de la Caja podría ser de unos 640 millones depesetas.

Según Moradiellos, el gobierno de la República en el exilio habría conseguido sacar de España casi seis millones de libras limpios (pág. 472). Pero éste no fue el único patrimonio con que contó el exilio. Hubo otros, como un material aeronáutico que se vendió en Canadá y, sobre todo, el cargamento de un yate, el Vita, que arribó a México tras la guerra y sobre cuyos bienes el presidente mexicano, Lázaro Cárdenas, dio plena posesión a Indalecio Prieto.

¿Cuánta pasta había en el Vita? Según el único balance oficialmente presentado sobre su valor, 6,4 millones de dólares. Según otras fuentes más negrinistas, incluso 50 millones de dólares (véase el libro antes citado de Octavio Cabezas sobre Prieto, página 458 y ss).

Sacasen los republicanos un fortunón de España o un modesto peculio apenas suficiente para asistir a los muchos exiliados del franquismo, lo que sí es cierto es que ambas partes, Negrín y Prieto, Prieto y Negrín, pasaron años tirándose los trastos por esta causa y dieron el bochornoso espectáculo de que ni siquiera cuando el viento les favorecía (acabada la guerra, cuando las Naciones Unidas condenaron el régimen franquista y pareció factible echar a Franco) fueron capaces de presentar ante los diplomáticos mundiales un dossier conjunto. ¿Cómo iba nadie a tomar en serio a un sedicente gobierno republicano en el exilio cuya legalidad era puesta en solfa por una sedicente Comisión Permanente de las Cortes republicanas en el exilio? ¿Acaso no recuerda este espectáculo a la célebre escena de La vida de Brian en la que un miembro del Partido Palestino de Liberación se muestra incapaz siquiera de saludar a un camarada del Partido de Liberación Palestina?

Negrín fue alejándose de sus otrora compañeros (aunque es lo cierto que ya durante la guerra los ponía a caer de un burro muy a menudo), sobre todo desde que tras la normalización del exilio, producida tras la reunión de las Cortes en México, se llevó el sorpresón de que el presidente en el exilio, Diego Martínez Barrio, decidió no optar por él para presidir el gobierno. A partir de ese momento, la estrella de Negrín, ya bastante apagada como la de todos los republicanos en el exilio por el pausado viaje del franquismo hacia la normalización política, comenzó a extinguirse.

El último acto de rabia de Negrín es, para unos, lógico, y para otros, incalificable. Cuando se sintió morir, en 1956, desgajó de su archivo la documentación correspondiente al traslado del oro a Moscú y las facturas de las adquisiciones realizadas con él, con lo que fabricó un dossier que, según quien lo ha revisado (Martín Aceña, Pablo: El oro de Moscú y el oro de Berlín. Madrid, Taurus), deja bastante claro que Negrín gastó hasta el último mango en la guerra y no se quedó con nada.

Para cuando Negrín elaboró ese dossier, los gobiernos republicanos posteriores al suyo le habían reclamado ya, varias veces, que rindiese cuentas por los dineros gastados en el exilio. Él se había negado, aduciendo que quería hacer un balance total y que no podía porque Prieto no le había dado datos de la liquidación de los bienes del Vita. Por alguna razón, probablemente el despecho, decidió llevar esa actitud más allá de la muerte. Decidió que la información que él tenía debía ser puesta a disposición del Estado español y, en un retruécano increíble, él, que había pasado años paseándose por el mundo tratando que todo el mundo creyese que era el presidente legítimo del gobierno español porque Franco era un usurpador, él, que había sostenido siempre la plena legalidad de la República en el exilio, decidió darle esos papeles… a Franco.

El presidente del gobierno en el exilio a principios de 1957, el radical-socialista Félix Gordón Ordás, destiló en la nota oficial del Ejecutivo republicano, tras conocer la noticia, toda la amargura contra Negrín. «Al obrar de manera tan censurable», argumentó Gordón, «proclamó el doctor Negrín que consideraba legítimo el gobierno de Franco. ¿Por qué no tuvo el valor cívico, si ésa era su honrada convicción, de declarar en vida tan radical cambio de opiniones?»

Moradiellos, ya lo he dicho, se queja en las últimas líneas de su libro del maltrato, en forma de olvido, que ha recibido Negrín tras su muerte; cuando es lo cierto que si alguien no cejó jamás en la defensa de los valores republicanos, si alguien luchó por aglutinar a las fuerzas progresistas que animaban la República, ese alguien fue Negrín. Pero, claro, es que Moradiellos está a favor; y quienes están a favor tienden a no ver las cosas con claridad.

El gesto de Negrín en 1956 fue un gesto soberbio, despreciativo y, lo que es peor, absurdo. No andaba sobrada la República en el exilio de legitimidad internacional y el gesto de Negrín de considerar que era ante Franco ante quien debía rendir cuentas le quitó la poca que le podría quedar. Esta acción, probablemente, tiene su lógica. Es más que probable que Negrín, tras tantos sinsabores, apenas guardase un ápice de confianza hacia Martínez Barrio, Prieto, Gordón, Araquistain et altera. Probablemente pensaba que sus papeles, en sus manos, serían silenciados, mutilados o manipulados. Pero si es así, debió asumir que ésos, y no otros, fueron los mimbres con los que se construyó su cesta.

Hoy por hoy, como ya he tenido ocasión de destacar, Juan Negrín no existe para España y mucho menos para el Partido Socialista Obrero Español. En parte, el PSOE tiene un motivo para ello: al fin y al cabo, Prieto echó a Negrín del partido, así pues no tiene por qué recordarle en su panteón de socialistas ilustres. Pero eso, en mi opinión, son pamemas. Dentro de un proceso de memoria histórica selectiva, que es la que tiene todo el que se acerca a la guerra civil desde la pasión (sea ésta diestra o siniestra) y no desde el conocimiento, Negrín le sobra, en este caso, a la izquierda, como le sobran otros a la derecha.

Los políticos y estudiosos alla sinistra pueden sortear más o menos algunos hechos, como por ejemplo hace Moradiellos en su libro, cuando dice (página 144) que todo lo que hizo la izquierda en el 34 fue convocar una huelga general indefinida para luego reconocer que fue una acción anticonstitucional (o sea: si sólo fue una huelga, ¿por qué fue anticonstitucional? Respuesta: porque no fue una huelga, sino un golpe de Estado en toda regla). Pero hay cosas que no se pueden sortear, y una de esas cosas es Negrín. Reivindicar a Negrín, hoy en día, es reivindicar a la peor parte del republicanismo en guerra, porque Negrín no le dio el paseo a nadie, pero era presidente del Gobierno de un país donde se daban paseos. Negrín no fue prosoviético, pero fue quien le abrió la puerta a la mayor penetración estalinista producida en Europa occidental. Negrín, en suma, no mola.

Y es injusto porque, y en esto yo creo a Moradiellos, en buena parte sus intenciones fueron sinceras, buenas y bienintencionadas. No fue, quizá, consciente de su debilidad. Pero, en este mundo traidor, ¿quién lo es?

Descanse en paz.