martes, enero 23, 2007

Si eres buen poeta, serás mal estratega

Aquí os dejo este post de Ina, una pequeña lección que nos enseña que es difícil hacer dos cosas bien a la vez: o se escriben buenos versos, o se sabe gobernar.

Al-Mutamid Ibn Abbad (1039-1095) fue el último rey de Sevilla. Fue un rey hábil, ejemplo de que ya había maquiavélicos antes de Maquiavelo, al que le tocó gobernar sobre un reino débil, situado entre dos vecinos demasiado poderosos: el Reino de Castilla y los almorávides. Más que por su infortunado reinado, hoy lo recordamos por sus poemas: Al-Mutamid fue uno de los mejores poetas hispano-musulmanes. De hecho, fue mejor poeta que rey.

Te escribo consciente de que estás lejos de mí,
y en mi corazón, la congoja de la tristeza;
no escriben los cálamos sino mis lágrimas
que trazan un escrito de amor sobre la página de la mejilla;
si no lo impidiera la gloria, te visitaría apasionado
y a escondidas, como visita el rocío los pétalos de la rosa;
te besaría los labios rojos bajo el velo
y te abrazaría del cinturón al collar.
¡Ausente de mi lado, estás junto a mí!
Si de mis ojos estás ausente, no de mi corazón.
¡Cumple la promesa que nos hicimos, pues yo,
tú lo sabes, cumplo mi parte!
(traducción de María Jesús Rubiera Mata)
Cuando subió al trono en 1068, al-Mutamid se encontró con un reino próspero, que era además uno de los más poderosos de Al-Andalus, aunque no tan poderoso que pudiera enfrentarse a Castilla.
Aunque lo suyo fuera más el vino y las mujeres (o sea, como Julio Iglesias; esta nota es de JdJ) que el guerrear, al-Mutamid no pudo sustraerse a ese gran deporte de los reyes de taifas: conspirar y tocarle las narices a los vecinos. En 1070, Sevilla conquistó Córdoba y eso le abrió el apetito a al-Mutamid, a quien empezó a apetecer tener un pisito en Torrevieja y practicar el esquí en Sierra Nevada, es decir, expandirse hacia el este. Allí le salió al paso Alfonso VI de Castilla, que ayudó al rey de Toledo al-Mamun a ocupar Córdoba. Alfonso VI entendía que Sevilla podía ser un rival mucho más peligroso que el débil y mediatizado Toledo. Al-Mamun no vivió lo suficiente como para gozar por mucho tiempo de su triunfo. Murió envenenado y en 1076 al-Mutamid recuperó Córdoba y poco después conquistó la cuenca alta del Guadiana y Murcia. Había logrado su objetivo del pisito en Torrevieja. En cambio lo de hacer esquí en Sierra Nevada se le resistiría. El rey taifa de Granada, Abd-Allah, resultó igual de correoso que al-Mutamid y la partida entre ambos terminó en tablas.
En 1085, Alfonso VI de Castilla conquistó Toledo y eso cambió muchas cosas. Una cosa era que les matonease regularmente y les exigiese el pago de tributo (las parias). Otra cosa era que les conquistase y les privase de harenes, palacios y poder. Los reyes de taifas estaban demasiado desunidos y recelaban demasiado los unos de los otros como para presentar un frente unido frente a Castilla. Por otra parte, militarmente las tornas habían cambiado y los ejércitos andalusíes no eran rival para la caballería pesada cristiana.
Fue entonces que a al-Mutamid y a Abd-Allah se les ocurrió llamar al primo de Zumosol. Inteligentes como eran, olvidaron la máxima histórica de que nadie saca a otro las castañas del fuego a cambio de nada. En este caso el primo de Zumosol eran los almorávides, un grupo de bereberes fanatizados que en medio siglo habían conseguido formar un imperio que abarcaba Marruecos, el oeste de Argelia y buena parte de Mauritania. He leído en algún sitio que al-Mutamid más que llamar a los almorávides quería jugar con la amenaza de que los podía llamar para achantar a Alfonso VI. Es posible, pero me parece más probable que el maquiavélico al-Mutamid pensase que, una vez en la Península, no le costaría trabajo manipular a esos camelleros norteafricanos incultos. Desde la sofisticada al-Andalus resultaba fácil menospreciar a los vecinos del sur.
Los almorávides desembarcaron en Algeciras en el verano de 1086. En octubre del mismo año, los almorávides y sus aliados andalusíes derrotaron a los cristianos en la batalla de Sagrajas/Zalaca, en el reino de taifa de Badajoz. En esa batalla los andalusíes pusieron la carne de cañón (de lanza en este caso): la infantería, que aguantó malamente, o más bien no aguantó el absoluto, la acometida de los caballeros pesados cristianos. La victoria la pusieron los almorávides, cuyos jinetes ligeros, más maniobreros que los cristianos, envolvieron por las alas a éstos y los deshicieron.
Lo interesante es que los almorávides no aprovecharon la victoria. En lugar de adentrarse territorio cristiano, volvieron grupas y regresaron a África, donde había estallado una rebelión en sus dominios. Así pues, la jugada les había salido redonda a los reyes de taifas: le habían dado un revolcón a Alfonso VI, que en lo sucesivo se andaría con un poco más de tiento en sus tratos con al-Andalus. Y todo a cambio de unos cuantos muertos.
En todo caso Sagrajas/Zalaca no pasó de ser un revolcón humillante, pero revolcón al fin y al cabo, para Alfonso VI. Enseguida volvió a enredar en los asuntos de al-Andalus, en esta ocasión en Murcia, donde se había desatado la rebelión de ibn-Rasif a la que Alfonso VI miraba con simpatía y apoyaba bajo cuerda. Al-Mutamid cayó en el viejo error de pensar que lo que funcionó bien una vez tiene que funcionar bien una segunda, y llamó a los almorávides en 1088.
El objetivo en esta ocasión era que le ayudasen a tomar la importante fortaleza de Aledo, equidistante entre Murcia y Lorca. Esta vez las cosas se torcieron: una cosa eran las batallas en campo abierto, donde la caballería ligera almorávide era temible; otra cosa era un asedio, que requiere paciencia y conocimientos de ingeniería. El asedio duró muchos meses y fue infructuoso. Los almorávides lo abandonaron y regresaron a África con amargura. Habían fracasado y las primeras semillas de la disensión con los reyes de taifas habían aparecido.
Podemos pensar que en su primer desembarco en España los almorávides habían ido de pardillos porque no conocían bien la situación local. Ahora la conocían lo suficientemente bien como para entender que al-Andalus era una fruta madura y apetitosa. Era una tierra rica gobernada por unos reyezuelos y unas élites a las que les preocupaban más el vino y las mujeres que el Islam. Hartos de esas élites corruptas, una parte del pueblo de a pie, así como los juristas, simpatizaban con los puritanos almorávides. Para terminar de completar el panorama, los reinos de taifas eran débiles en lo militar y lo político.

En junio de 1090, los almorávides volvieron, pero esta vez ya no iban a ser las marionetas de nadie. En septiembre tomaron Granada. Una prueba de cómo habían menospreciado los reyes de taifas a los almorávides fue que al-Mutamid fue a felicitar al caudillo almorávide Yusuf ibn Tašufin por la conquista y a sugerirle de paso que le entregase la ciudad a cambio de Algeciras, que los almorávides tenían ocupada desde 1085. Ibn-Tašufin debió de ponerle los puntos sobre las íes, porque tras esa entrevista al-Mutamid le dijo al rey de Badajoz: «Ponte a salvo, porque ya has visto lo que le ha ocurrido al señor de Granada y lo que mañana me ocurrirá a mí». Probablemente fue entonces cuando por primera vez en su vida entendió que él y los demás reyes de taifas navegaban en el mismo barco y que eran más los intereses que les unían que los que les separaban. Pero ya era demasiado tarde.

Al-Mutamid e Ibn Al-Aftas de Badajoz pudieron ayuda a Alfonso VI. Los almorávides no necesitaban mejor excusa moral que ésa para declararles la guerra. Aunque según estaban las cosas, les hubiesen acabado declarando la guerra con excusa o sin excusa. En marzo de 1091, los almorávides conquistaron Córdoba, cuyo gobernador, al-Mamun, uno de los hijos de al-Mutamid, acabó con la cabeza puesta en una pica. Sevilla fue asediada y cayó en septiembre el mismo año. Tras eso, para al-Mutamid, vinieron el exilio entre camelleros norteafricanos, la pobreza y la muerte.
Al-Mutamid se convertiría para los últimos andalusíes en el símbolo de la suerte que les esperaba. Cuando en el siglo XIV, los granadinos se preguntaban si debían recurrir a los meriníes norteafricanos para que les ayudasen frente a los cristianos, el recuerdo de al-Mutamid estaba en la mente de todos. Y en una crónica de ese período, cuando se relatan los acontecimientos de la época de al-Mutamid, se pone en sus labios cuál era la alternativa en el futuro para los andalusíes: terminar o de porqueros en Castilla o de camelleros en África.