miércoles, febrero 22, 2012

Ejercicio de agudeza poética anticlerical

He pasado un rato divertido esta tarde leyendo alguna vieja antología de letrillas anticlericales. Es éste un subgénero de la literatura satírica española que poco, o nada, tiene que envidiarle a un Aretino. Y, bueno, como tenía abierto el ordenata, se me ha ocurrido dejaros aquí una serie de poemillas con reto; el reto, obviamente, es adivinar la palabra que falta.

Insisto: todos los poemas son anticlericales, en su mayor parte glosando la figura del canónigo, personaje central de la sociedad española durante muchos siglos, tildado de nepótico, vago, egoísta e ignorante. El más alto personaje de la literatura española (en mi modesta opinión, que sé bien que no muchos comparten) es, de hecho, un canónigo magistral: don Fermín de Pas.

Empecemos por uno fácil. Pero es que la letrilla fue famosísima en su época, así pues, todos aquéllos de mis lectores que pasen de los 180 años o así no tendrán problema en rememorarla:

Riñas, odios y rencores
fomenta entre si mayores
la familia __________
que la gente mundanal.

Fácil, ¿no? Prueba ahora con éste:

Canon, regla significa;
de ahí canónigo se fiça,
ya que bajo juramento
ha de estar todo momento.
De Dios consagrado a la gloria,
pompa y cargo, ¡palmatoria!
Más que correr hacia el _____ [pista: se refiere a la teórica obligación de todo canónigo]
eligen paseo y oro
y las ropas militares
prefieren a las talares.
Rara vez se ocupan de algo
que debamos celebrarlo.
Son de corazón ______,
no prestan al pobre amparo;
ni dan a Dios lo que sobra
aunque de la Iglesia cobran.


Los canónigos, para serlo, pasaban unas oposiciones. A ello se refiere este poemilla. Piénsese en quién podía tener poder para manipular el resultado de los exámenes, y que rime bien.

Si quiere la canongía
cuando llegue la oposición
ofrezca algún doblón
a los de la __________

En el mismo tema abunda éste:

Si alguno a un tomista imita
con doblones ande diestro:
venda al punto a su maestro
y dé el voto al __________.


¿Y una vez conseguida la canongía? ¿Cuál será el siguiente escalón? Dice la letrilla:

Será el principal cuidado
de un canónigo actual
aunque falte a lo esencial
pretender un ___________.


... bueno, y os dejo algunos fuera de concurso, por ser de mi apreciación.

Éste, por ejemplo, sobre el nepotismo de los canónigos.

El que este oficio ha de usar
ha de tomar providencia
de dexarse la conciencia
donde no pueda acusar.
Después ha de procurar
hacer por varios caminos
canónigos a sus sobrinos
y después a sus sobrinas.
Pues también cabrán pollinas
donde han cabido pollinos.

O esta letrilla, dedicada a un tal Francisco Ribera, que opositó para ser canónigo de la catedral de Toledo siendo, según las crónicas, un cabestro en asuntos teologales y aun mundanos. Los versos no tienen desperdicio:

De Badajoz vino aquí
un canónigo de sayo
con nariz de papagayo
y voz de quiquiriquí.
En toda mi vida vi
ciencia más despilfarrada
que parece vendimiada
que no lo fue ni en la voz.
¿Qué vino de Badajoz
sino una badajada?

Disculpas a los extremeños, obviously.









Un escalón en la creación de España


Durante lo que habitualmente conocemos como Baja Edad Media, Europa dilata. Cada vez en periodos más cortos y de forma más violenta. Finalmente, se produce el alumbramiento; un alumbramiento enormemente doloroso y en el que se acumulan toneladas de sangre y que, desde mediados del siglo XIX, conocemos como Guerra de los Cien Años, la primera auténtica guerra europea que registra nuestra Historia. La Guerra de los Cien Años es un enfrentamiento bélico intermitente cuyos principales protagonistas son Inglaterra y Francia; sin embargo, de una forma o de otra, implica a todos los países de Europa y, además, como fenómeno que es de madurez de las monarquías frente al poder feudal que identifica los tiempos medievales, en realidad es el proceso más, por así decirlo, visible, de una serie de procesos en todos los países que avanzan en una dirección parecida.

España no es una excepción. El tiempo de la Guerra de los Cien Años viene a coincidir con nuestro propio tiempo bélico; una guerra en la que se ventilará, en buena medida, la relación de fuerzas entre las coronas de Castilla y Aragón que acabará decretando, pocas décadas después, cierta dependencia de ésta respecto de aquélla, comenzando con ello el proyecto de la nación española. Pero esta dinámica no es ni fácil ni incruenta. Es, como casi siempre, una guerra. La guerra entre los dos Pedros: el Cruel, en Castilla; y el Ceremonioso, en Aragón.

Alfonso IV, rey de Aragón, conocido como El Benigno, casó en segundas nupcias con Leonor de Castilla, que aportaba al matrimonio, como en la serie Los Serrano, hijos ya bastante maduros. Leonor ambicionaba para sus vástagos un papel de árbitros en la política peninsular, razón por la cual, a base de presiones y zalamerías sabiamente administradas, fue arrancando de su marido sabrosas donaciones para ellos, especialmente para el mayor, Fernando. De hecho, el rey Alfonso convirtió a Fernando en poco más que una especie de rey de Valencia, si tal cosa existiese, pues le cedió terrenos amplísimos en dicha demarcación. Lo que no sabemos, a día de hoy, es si Fernando se pagaba sus trajes.

La hostilidad de Pedro, el heredero de la corona maña, hacia los apliques entre su padre y su madrastra, debía ser bastante obvio, porque Leonor y su prole, nada más enfermar el rey, se refugiaron ipso facto en Castilla. El rey castellano Pedro I los recibió con los brazos abiertos, aunque ni los respetaba ni en realidad tenía planes para ellos; en su mente, el infante Fernando traía consigo tierras que él ambicionaba, tales como Alicante, Orihuela o Játiva.

Pedro I había llegado a rey con 16 años, tras la muerte de su padre Alfonso XI. Todo nos hace indicar que era persona de escaso miedo y bastante falta de escrúpulos; condiciones que le vinieron muy bien para ser rey de una nación en la que las revueltas nobiliarias eran frecuentes y, además, existían alternativas a su persona en la de los hermanastros bastardos del rey, sobre todo Enrique de Trastámara. Prueba inequívoca de esa propensión a hacer lo que le daba la gana es el famoso episodio en el que el rey, apenas a los dos días de su boda con Blanca de Borbón, se empalma dubidú al ver a María de Padilla, y se va con ella.

El conflicto entre Castilla y Aragón tuvo desde el principio una importante implicación internacional, pues fue por proteger a un aliado histórico como Génova que Castilla inició las hostilidades. El navegante catalán Françesc de Perelló atacó dos embarcaciones aliadas de Génova en Sanlúcar de Barrameda; gesto que fue contestado por el rey castellano con el embargo de los bienes de todos los comerciantes catalanes residentes en Castilla (a tomar por culo el consumo de cava en las behetrías). En agosto de 1356, aduciendo este episodio y la huida de Leonor de Castilla entre otros temas, Pedro I le escribe a su homólogo aragonés una carta que termina d’aquí adelant no nos haiades por amigo. Pedro reunió a sus asesores y, tras largas discusiones, decidió aceptar el desafío y declarar, por su parte, la guerra.

La guerra entre Castilla y Aragón fue desde el principio una guerra sucia, pues ambas partes hicieron todo lo posible por atizar los problemas en el seno de su enemigo. El más hábil en este punto fue Pedro el Ceremonioso, quien rápidamente atrajo hacia su zona de influencia a Enrique de Trastámara y al infante Fernando. A finales de 1356, Enrique pasó a Aragón con sus mesnadas, que eran numerosas, atraído por una serie de promesas territoriales en varios puntos de la corona aragonesa. Asimismo, Pedro inició acercamientos hacia Fabrique y Tello, los dos hermanos de Enrique; y tramó un alianza secreta con nobles castellanos para apoyarlos en una rebelión en Andalucía a cambio de la cual Aragón recibiría Sevilla, Algeciras, Cádiz, Jaén y Tarifa; casi nada. El Ceremonioso, por lo tanto, tenía todo un plan para penetrar en el poder castellano por su trastienda. La movida, sin embargo, fracasó. Pedro I, además, incitó al infante Fernando, cabreado por la preferencia aragonesa por Enrique, a montar bulla dentro del reino enemigo.

En marzo de 1357, los ejércitos castellanos toman Tarazona, en medio de los intentos de Guillermo de la Jugue, legado pontificio, para negociar una paz. El rey aragonés presentó batalla en Magallón, pero el Cruel la rechazó. Finalmente, el papado forzó una tregua, que se hizo efectiva en mayo de aquel mismo año, por la cual los territorios invadidos por Castilla quedaban bajo custodia pontifical.

La tregua fue usada por ambos bandos para buscar aliados. Castilla buscó la amistad, fundamentalmente, de Inglaterra, mientras que Aragón consolidaba su relación con Navarra y alguno de los reinos musulmanes de la península. Sin embargo, la principal alianza fue la alcanzada entre El Ceremonioso y el infante Don Fernando, quien aceptó pasarse a Aragón para hacerle la guerra al castellano. Pedro I reaccionó muy violentamente, temeroso de que la defección de Fernando le crease una oposición interior. Puso en marcha la rueda de reprimir y se apioló a los críticos a cientos; entre ellos, a Fabrique, hermano de Enrique de Trastámara; y a Juan, hermano de Fernando. Al tercer Trastámara, Tello, lo buscó pero no lo encontró. Algo más tarde, fue Leonor de Castilla la asesinada, convirtiéndose con ello en una de las escasas mujeres de estirpe real (pregunta a mis lectores: ¿acaso la única?) muertas violentamente en nuestra Historia.

Los castellanos rebeldes realizaron una operación semi-coordinada de pinza. Enrique atacó por Soria y Fernando por Murcia. Pedro, mientras tanto, siguiendo su táctica habitual de rehuir en lo posible el combate ofrecido por el contrario, decidió cambiar el teatro del enfrentamiento. Así, aprovechando la condición de potencia naval de su aliado portugués, organizó una expedición por mar para pillar a los aragoneses por su culo. Lo intentó en Guardamar, sin suerte, pero con el tiempo la flota se consolidó, de modo que en junio de 1359 tenemos a la armada castellana en la bocana del puerto de Barcelona. Ciertamente, la expedición fracasó en el ataque a la ciudad y, tras diversas vicisitudes, acabó licenciando a los marinos en Cartagena; pero para los catalanes fue una mala noticia, pues les demostraba que Castilla, cosa que ellos no habían esperado, estaba en condiciones de hablarles de tú a tú en el Mare Nostrum.

En septiembre de ese mismo año, los castellanos son derrotados por Enrique de Trastámara cerca de Moncayo, en Araviana. Esta derrota enervó a Pedro I de tal manera que intensificó la represión de los elementos contrarios a él en Castilla, con asesinatos masivos que están en la base del sobrenombre con el que ha pasado a la Historia. Sin embargo, esta represión consiguió taponar la rebelión de la nobleza enriquista que se estaba preparando y, de hecho, hizo zozobrar la invasión de Castilla que éste preparaba. En abril de 1356, Pedro I había recuperado el resuello y derrotó a las tropas de Enrique en Nájera.

Una vez más cambian las tornas, y de tal forma que Pedro el Ceremonioso de repente pierde el culo por firmar una paz. Ya está a punto de hacerlo cuando una novedad le detiene: en el reino de Granada (que entonces abarca todo el sur y parte del centro de Andalucía), Mohamed VI, El Rey Bermejo, aragonesista hasta las cachas, le arrebata el poder a Mohamed V, aliado de los castellanos. Este cambio debilita notablemente la posición de Castilla, que es ahora la que corre para lograr una paz, que de hecho se firma en Deza-Terrer (mayo de 1361). Bajo los eternos auspicios del inevitable legado papal (en este caso, Guido de Bolonia), ambas partes se devuelven terrenos conquistados y prisioneros y se prometen amigos para siempre will you always be my friend. No obstante, Pedro I, como Vito Corleone, sólo estaba firmando una paz falsa y, de hecho, mientras abrazaba a sus hermanos castellanos y aragoneses, pensaba en la venganza; pocos meses después, Mohamed V recupera el poder en Granada con apoyo castellano, y es el propio Pedro I quien traspasa con su lanza, cual pincho moruno (broma cruel), al Rey Bermejo, en Tablada.

Cubiertas las espaldas, Pedro I invade Aragón, llegando hasta Calatayud, que sitia con éxito (por lo que se ve, de aquélla los calagurritanos todavía no eran lo suficientemente tercos…) Este movimiento pilló a Pedro el Ceremonioso sin pasta y sin tropas, pues las había licenciado. Es por ello que llama a Enrique de Trastámara y se echa en sus brazos. En las Cortes de Monzón, el hasta ahora resistente se ha convertido, sin ambages, en candidato al trono de Castilla, por encima de todos los demás. El Trastámara, pues, ganó la preminencia en el trono castellano gracias a su tropa de marines.

En 1363, Pedro I realiza una nueva campaña en Aragón que llega a amenazar Zaragoza; aunque luego vira hacia Levante, donde llega incluso a asediar Valencia. En lugar de presentar batalla a la oposición castellana que apoyaba a los aragoneses, se refugió en Murviedro donde, tras semanas de gestiones y cartas, se llegó a la paz de tal nombre, que establecía la entrega a Castilla de Calatayud, Tarazona y Teruel; condiciones que, de todas formas, nunca se cumplieron.

En el bando aragonés, aquella paz humillante afectó sobre todo a los castellanos que se habían refugiado en el Este de España por ser opositores a la política de Pedro I. La mayoría de esos castellanos en guerra con Castilla eran partidarios del infante Fernando, al que consideraban con más sólidas credenciales para ser rey de Castilla; y el apoyo decidido de Pedro el Ceremonioso a Enrique Trastámara les jodía. La bomba estalló cuando Fernando anunció su marcha a Francia con sus tropas. El rey aragonés trató de retenerlo y, cuando vio que no podía, solucionó el problema de forma categórica: lo hizo asesinar.

Hecho esto, Enrique de Trastámara tenía las manos desatadas para convertirse en el líder de la oposición castellana; y contaba, además, con la ventaja de que Aragón seguía necesitando sus tropas. Por ello, el bastardo inició una operación de limpieza de los partidarios de la paz con Castilla, especialmente el consejero del rey Bernat de Cabrera; quien primero fue convertido en súbdito de Navarra en el pacto entre dicha corona y Aragón (Tratado de Uncastillo, agosto de 1363): y después, tras un proceso por traición, ejecutado en Zaragoza.

A finales del mismo año de 1363, Castilla realizó una nueva campaña de invasión en tierras aragonesas, de modo que a principios de 1364 estaba de nuevo sitiando Valencia. El Ceremonioso contraatacó, obligando a los castellanos a abandonar el sitio y, posteriormente, comenzó a recuperar ciudades, mientras Pedro I se refugiaba en Murviedro.

Más o menos por aquel tiempo se produjo el hecho que habría de desequilibrar definitivamente la balanza de aquella guerra tan compleja: la entrada en Aragón de las llamadas compañías blancas, tropas mercenarias francas a la orden de Bertrán de Duguesclin. La implicación de Francia con infantería propia obligó a Pedro I a volver grupas hacia Castilla.

La entrada de Duglesclin, que se venía a combinar con la presencia en el ejército castellano del llamado Príncipe Negro (el delfín de la corona inglesa, llamado así por la color de su armadura), despeja toda duda que pudiera caber frente a quienes dudasen de que el episodio de la guerra entre los pedros fue, en realidad, uno más de los escenarios de lo que conocemos, desde mediados del siglo XIX, como Guerra de los Cien Años. Y también fue el punto culminante de la guerra civil castellana, pues lo que aquí hemos llamado guerra de los pedros es, en realidad, dos guerras: una, la de Castilla y Aragón, en la que se ventila la dominación en la península; y otra, entre Pedro I y el Trastámara, en la que se ventila el poder en Castilla.

Para entender la dedicación con que los franceses se aplicaron en apoyo de los aragoneses debemos de tener en cuenta que la primera mitad del siglo XIV, o sea los primeros actos de la Guerra de los Cien Años, no son sino un rosario de victorias inglesas, que varias veces provocaron el colapso de la caballería franca, que aún vivía en el pasado, bajo las flechas de sus compañías de arqueros. Todo eso había cristalizado en la paz de Brétigny, en la que Francia tuvo que aceptarlo todo menos que su rey tuviese que lamerle el culo al inglés cada mañana antes del desayuno.

Pero, más allá de la implicación internacional, lo que se produce en Castilla desde 1366 es una situación típica de guerra civil, es decir dos Españas, o mejor dos Castillas, enfrentadas frente a frente. Pedro I es el Ricardo II español (aunque no tuvo un Shakespeare que lo cantase en términos, la verdad, bastante poco históricos). Igual que el malhadado rey inglés poco tiempo después del que relatamos, Pedro es un rey que quiere serlo, que reclama para sí el poder absoluto que tendrán sus sucesores en el trono algunos siglos después, y que por lo tanto se cree con derecho para gobernar el país con la colaboración de su estrecha camarilla de amiguetes. Enrique de Trastámara, por su parte, acepta la jefatura del partido de los nobles de toda la vida, que quieren recuperar los tiempos pasados y probablemente por eso elijen a un descendiente de Alfonso XI. Facción enriqueña y nobiliaria le llama al partido Trastámara el medievalista Sánchez Albornoz.

A finales de 1365, notablemente reforzado con ese ejército de desharrapados y soldados de fortuna que se han quedado sin trabajo tras Brétigny, Enrique de Trastámara decide invadir Castilla. Entra por Cataluña, dejando tras de sí los relatos de los rosarios de violaciones, robos y destrozos causados por los franceses, que de toda la vida se han llevado con los catalanes como los catalanes creen que se llevan con ellos los españoles. Llegada la armada a Calahorra, y por presión de los capitanes extranjeros, Enrique se proclama rey de Castilla con el nombre de Enrique II. Fue coronado de nuevo semanas después, en Las Huelgas, tras el arrollador avance de norte a sur de sus tropas y la toma de Burgos. En mayo entra en Toledo y en junio en Sevilla, forzando la huida del rey Pedro a Portugal.
Pedro I, huido, se llegó a Bayona, entonces dominada por los ingleses. Allí le recibió el senescal de Aquitania, Thomas Felton, en nombre del Príncipe Negro. En septiembre de 1367, Pedro firma con Inglaterra el tratado de Libourne, en virtud del cual Londres le prestaba a Castilla los marines a cambio de que Castilla se deshiciese de Vizcaya y la villa de Castro Urdiales… ¿alguien se imagina a Bildu yendo a montarla a Westminster con pancartas de We are Basque, not British? Guipúzcoa, Treviño y Vitoria serían para el tercer firmante del acuerdo: Navarra.

Mientras el Príncipe Negro reclutaba unos 10.000 combatientes en Aquitania, en España, una parte relevante de las Compañías Blancas era licenciada, básicamente por los desafueros que seguían cometiendo allí donde iban. En enero de 1367, las tropas inglesas cruzaron la frontera navarra hasta San Juan de Pie de Puerto.  Entraron en Álava en marzo. El 3 de abril, en Nájera, las tropas de ambos bandos castellanos se enfrentaron. Fue una victoria sin paliativos de los ingleses, que casi lograron capturar a Enrique de Trastámara, quien hubo de huir a Francia a uña de caballo.

Dado que Pedro I, su sobrenombre lo deja claro, era propenso a la brutalidad, no le importó que las tropas anglo-gasconas que le habían dado la victoria en Nájera se desempeñasen en tierras de la actual comunidad autónoma riojana con una violencia similar a las compañías blancas. Lo cual no le ayudó precisamente a allegar partidarios en la guerra civil castellana.

En Francia, el huido Enrique estrecha lazos con los francos. En el tratado de Aigües-Mortes, agosto de 1367, el bastardo consigue una nueva ayuda militar. En paralelo, en el otro bando las cosas se ponen chungas pues, cuando el inglés se quita la armadura negra y reclama su soberanía sobre los vizcaínos, Pedro va y dice que va a ser que no, que es que se pasó de frenada, que si tal, que si pascual. El mismo mes de agosto que el Trastámara estaba reclutando los soldados franceses, el Príncipe Negro abandona Castilla. En septiembre, tras la entrada de Enrique en tierras castellanas por Calahorra, el Cruel se da cuenta de la capullada que ha hecho tangando al heredero de la corona inglesa, y trata de atraerlo de nuevo para su causa. Pero el Príncipe Negro no era persona a la que se pudiese sacar dos veces a la pista a bailar el mismo vals. Como resultado de la situación, Enrique barre las tierras castellanas de norte a sur, y en abril de 1368 está echando lapos en las murallas de Toledo. Pedro I se refugió en Andalucía, al calor del califato nazarí, desde donde intentará liberar Toledo a principios de 1369.

En el campo de Montiel, las tropas de Pedro y Enrique se encuentran, y del enfrentamiento se produce una victoria sin paliativos del Trastámara. Pedro se refugia en el castillo de Montiel y envía a uno de sus hombres a contactar con el francés De Duglescin, al que ofrece el oro y el moro por pasarse a su bando. El taimado gabacho hace como que acepta y cita en su tienda al rey castellano para sellar el pacto. Pero es una celada. En la noche del 22 al 23 de marzo de 1369, entrando Pedro I en la tienda del francés, allí le está esperando Enrique de Trastámara quien, tras una pelea de cine, acaba con la vida de su hermanastro.



Hay que ser muy cuidadosos a la hora de valorar las consecuencias de la guerra castellano-aragonesa. Digo esto porque lo que os acabo de relatar es un caso muy curioso de la Historia en el que quien pierde, gana. Porque, increíblemente, para mí no hay duda de que el gran ganador de aquella guerra entre Castilla y Aragón sería la primera; que, formalmente, la perdió.

Las razones son varias.

Pocas décadas después de la celada de Montiel, Castilla, por obra y gracia de su reina Isabel, ejercería la fusión por absorción de la corona de Aragón, con la aquiescencia de la dinastía reinante en dicho reino, que sabía lo suficiente de geopolítica como para entender que su futuro estaba en la asociación con el gigante castellano. ¿Cómo pudo ser esto, pues, si Pedro el Ceremonioso había terminado por ganar la guerra pretérita entre los dos pedros?

Pues por la sencilla razón de que Aragón, en el objetivo de vencer sobre los castellanos, primero; y apoyar el partido del bastardo golpista, después, se dejó su capacidad de tener algún día soberanía económica suficiente como para ser independiente. Un problema que comenzó a sufrir Aragón en los albores del siglo XIV y que permanece vivo en los discursos del actual molt honorable president de la Generalitat catalana.

Aragón salió de la guerra literalmente drenado de todo recurso importante. Hay que decir, en todo caso, que las raíces de este problema ya existían antes del conflicto. Un aspecto que sería interesantísimo estudiar (de hecho, si me tocara el Euromillones, es, probablemente, a lo que yo me dedicaría) y del que, cuando menos en mis lecturas, se habla poco, es de la prevalencia de Castilla sobre Aragón por razones fiscales. En mi opinión, uno de los factores principales que fortalece a Castilla en el siglo XV es el hecho de que se trata de una nación con un sistema tributario mucho más eficiente que su vecino aragonés. Las muy queridas libertades territoriales de los catalanes, valencianos, aragoneses y baleáricos fueron un lastre para su nacimiento como nación fuerte, porque el sistema constitucional aragonés tendía a la confederación y, como demuestra muy bien la guerra civil estadounidense, cuando una coalición está confederada, es muy difícil coordinar adecuadamente los recursos. Castilla, en cambio, tenía un sistema fiscal mucho más eficiente, centralizado, que le garantizó, durante toda la tardo Edad Media, un flujo de recursos adecuado para construir su poder.

Castilla salió de la guerra con Aragón razonablemente bien desde el punto de vista económico, a pesar del tristísimo espectáculo que debían ofrecer las plazas mayores de sus villas, petadas de hombres ociosos, con los pies o las manos cortadas tras las numerosas represiones masivas dictadas por el rey cruel. En cambio, Aragón ingresó en la incapacidad de financiarse y, en esas circunstancias, su asociación a una potencia mayor era sólo cuestión de tiempo.

Para colmo, esta situación situó a los aragoneses ante una disyuntiva fatal que explica una parte importante de la geopatía del nacionalismo catalán: castellanos, o franceses. No por casualidad decía Françesc Cambó que Francia es la principal razón de que los catalanes no deban coquetear con dejar de ser españoles. La política de alianzas de Enrique de Trastámara (que tampoco es reprochable; se alió, literalmente, con el que quedaba en el marco de un enfrentamiento europeo) hizo que Aragón entrase en la órbita francesa; en una órbita que, la Historia lo demuestra, no admite hermandades ni colegueos; cuando se está con el francés, se le rinde pleitesía, y punto.

El final de la guerra con Castilla colocó a Aragón en una vía de sentido único cuya estación terminal era acabar en los brazos (literalmente) de aquél a quien había combatido.

Castilla, en cambio, se encontraba en la típica situación de quien ha resuelto una guerra civil con la derrota de una de las partes, dispuesta a mirar hacia adelante, sin grandes obstáculos interiores. Es cierto que tenía compromisos con Francia, y de hecho los cumplió en la batalla naval de La Rochela y probablemente, por esa causa, perdería Portugal, otro predio que naturalmente le debiera haber pertenecido, por cuanto cuando Juan I se quiso ceñir la corona lusa, con rapidez llegaron en ayuda de los locales las tropas inglesas, que dieron su medida en la mítica batalla de Aljubarrota y comenzaron, con ello, la secular alianza entre británicos y portugueses.


La guerra de los pedros, y la guerra civil castellana que le siguió o más bien se confundió con ella, es, por todo ello, un episodio fundamental en el nacimiento de esa cosa que llamamos España.

lunes, febrero 20, 2012

Heráclito Basileus

Siempre he sentido cierta debilidad por la Historia de Bizancio. Por razones lógicas, no es algo que en España se pretenda enseñar ni medio bien y, sin embargo, en mi opinión es un periodo histórico de gran interés, repleto, además, de anécdotas y hechos casi irrepetibles. Creo, además, que demasiado habitualmente Bizancio es pasto de ignorantes. Prácticamente lo que todo el mundo sabe del imperio constantinopolitano es que es una época de la Historia cuyos protagonistas se pasaban el tiempo discutiendo polladas religiosas, como, por ejemplo, el sexo de los ángeles. Esta es una idea que desconoce la gran importancia que tiene para Bizancio la discusión religiosa, pero no en sí, sino como expresión, digamos, metafórica, del gran enfrentamiento existente alrededor de la ciudad de Constantinopla; que no es otro que la construcción de una auténtica alternativa, greco-ortodoxa, a la dominación romana.
Bizancio es el resultado de la inevitable decadencia de Roma. Romanos se hacen llamar los bizantinos cientos de años después de haber abandonado Roma; romano se hace llamar el general Belisario, el último gran general de Constantinopla, así como su ejército. Romanos en su raíz son el Senado y el Consulado bizantinos, hasta que finalmente sean sustituidos por una telaraña, tan meticulosa como intrincada, de cargos griegos. Los emperadores bizantinos, especialmente los primeros, sienten una gran nostalgia de Roma y sufren por su dominación bárbara; es ese sufrimiento el que obligará al mayor de los emperadores del Este, Justiniano I, a intentar reconquistar la península italiana; intentar, con ello, acopiar un pálido reflejo de lo que un día fue el Imperio Romano.

La Historia, sin embargo, nos procura estos fenómenos inversos y extraños. Los españoles rebeldes, acopiando fuerzas y unidad para responder ante el francés invasor que es hijo de la Revolución Francesa, acaban, paradójicamente, adoptando muchos de los principios revolucionarios. Y Constantinopla, ganando fuerza, riqueza e influencia para mantener la luz del imperio romano, acaba siendo un poder distinto, distante y competidor de la propia Roma.
Ambas puertas friccionarán en la bisagra que las une, que es el cristianismo. Las polémicas entre arrianos y cristianos, primero; pero, sobre todo, entre nestorianos y monosifistas, son muchísimo más que una sutil discusión teológica sobre las naturalezas de Jesucristo; discusión que, aún hoy, hace a los católicos occidentales repetir, cada domingo, aquello de engendrado y no creado, de la misma naturaleza que el Padre… Las trifulcas religiosas del siglo VII y siguientes expresan el conflicto entre Constantinopla y Roma; y entre aquélla y Alejandría.

Algún día hablaremos de Justiniano, el más grande de los emperadores bizantinos; que tuvo la suerte de asociarse con una de las mayores inteligencias políticas de la Historia de la Humanidad, su mujer Teodora. Hoy, sin embargo, nos toca situarnos precisamente en su muerte, para poder llegar, poco a poco, a la figura de un emperador tristemente olvidado, a pesar de lo hercúleo de su labor. Me refiero a Heráclito.

Heráclito será emperador de Oriente, sin embargo, aproximadamente medio siglo después de la muerte de Justiniano. Antes que él, la situación se cocerá lentamente para la aceptación de un emperador de grandes poderes, como siempre se cuecen estas cosas, esto es mediante el caos.

En el año 565, Justino II hereda de Justiniano un imperio enorme y arruinado. Los historiadores suelen decir del nuevo emperador que traía ideas muy buenas pero que, en cualquier caso, no pudo llevarlas a cabo por la situación en la que estaban las finanzas públicas. Otra característica de Justino es que había heredado el tremendo orgullo imperial, más que de Justiniano, de Teodora, lo cual le llevó a tomar una decisión poco acertada. Tras unos años de vacilaciones, finalmente decidió denunciar el acuerdo de paz que Justiniano había firmado con los persas, que pasaba por el pago desde Constantinopla de un importante impuesto. Justino consideraba esto humillante y, como digo, dejó de pagar. Esto dio pábulo a los persas para iniciar de nuevo la guerra, guerra que colocó pronto a Justino en un estado que cabría calificar de sicopatía, en el que pasaba, casi sin solución de continuidad, de periodos de cólera desatada a otros de abulia tan profunda que, de hecho, desde el año 573 no será él, sino su mujer Sofía, quien reine en el Imperio.

Sofía, no sabemos si por respeto intelectual u otro tipo de querencias, se apoya en un alto funcionario palaciego, llamado Tiberio, para el que poco a poco irá requiriendo títulos y prebendas (lo cual da que pensar que algún tipo de frote habría) hasta verlo recibir, en 574, el título de César que lo asociaba al trono.

Tiberio reinará del 578 al 582, apenas cuatro años. Un emperador apenas interesante para la Historia del que nadie o casi nadie habla pero que, sin embargo, fue enterrado y llorado por los bizantinos como si hubiese muerto Montoya la Polla. La razón, sencilla: en los cuatro años que reinó, Tiberio se dedicó, básicamente, a pulirse el Tesoro imperial reconstruido por Justino, tacita a tacita, dándole a la gente lo que quería, bajando los impuestos, y todo eso. Aquéllos de mis lectores con el colmillo más retorcido musitarán: negando la crisis...

Mauricio, que sucede a Tiberio en el 582, había sido nombrado César por éste tras dar el braguetazo con su hija Constantina. Afortunadamente para Constantinopla, era todo lo que no era su suegro. Cutre hasta la médula, al parecer los miembros de su corte se desesperaban con su incapacidad de gastar un mango en cualquier cosa. Cualquier cosa que no fuese el ejército pues Mauricio, que por encima de todo era un soldado, soñaba con reconstruir las legiones romanas y volver a poner el Mediterráneo de rodillas a sus pies.

Mauricio aprovechó la feliz (para él) circunstancia histórica de que la corona persa entró por entonces en un proceso de primarias cainitas; momento que es aprovechado por el emperador para atacar y forzar una negociación. En la dicha negociación, conseguirá Mauricio la devolución de la ciudad fronteriza de Daras (cuya pérdida había causado que Justino II se volviese tolili), amén de zonas de Armenia y Mesopotamia. El esfuerzo en Oriente, sin embargo, coloca en grave situación los intereses bizantinos en Occidente, donde, desde el 568, Italia se está viendo invadida por el norte por una raza de germánicos, los lombardos, que de hecho darán su nombre a dicho área; aparte de a una verdura de dudoso gusto, que algunos españoles con mala suerte hubieron de consumir, forzosamente, durante todas las navidades de su infancia.

Asimismo, el problema fronterizo se agravará en los Balcanes, donde ávaros y eslavos presionan, desde el año 580, en Iliria y Tracia, cometiendo crímenes masivos en la persona de los bizantinos. En el 591, Mauricio firma la paz con los persas, lo cual le da la oportunidad de volver grupas hacia el Oeste y comenzar a arrear de capones a los eslavos.

La guerra, sin embargo, viene durando demasiado tiempo, y costando demasiados impuestos. Mauricio, que como todas las personas de espíritu militar es incapaz de entender que haya gente a la que la vida de campamento e instrucción le pese, ha ordenado que sus tropas estén acampadas, en régimen semipermanente, en la orilla exterior (exterior según se mira desde Constantinopla) del Danubio, para así impedir las penetraciones eslavas. Los eslavos no penetran, efectivamente; pero a costa de que los soldados estén demasiado lejos de casa. La cosa se va encendiendo a base de borracheras inocentes que se convierten en conciliábulos más o menos organizados que terminan en golpe de Estado. Un centurión de las tropas bizantinas, que lleva el poco elegante nombre de Phocas, o sea Focas, se alza en jefe de los conjurados, levanta el campamento y se dirige a Constantinopla. Las noticias de su llegada despiertan simpatías dentro de la ciudad entre los que están hasta los huevos, y son muchos, de que les suban el IVA cada día por la tarde para así pagar la guerra.

Tan rarito es el ambiente de Constantinopla que Mauricio le envía a Focas una embajada de negociadores, que lo tratan con honores de jefe de Estado; Focas, sin embargo, los despacha sin atenderlos. Muy seguro se siente el centurión de su fuerza; pero lo cierto es que es la suya una zapaterina seguridad, que tiene sus agujeros. Entre los propios conspiradores hay muchas gentes que se imaginan (y ya veremos que no se equivocarán) que Focas de Basileo sería un desastre; por ello, envían mensajeros al hijo de Mauricio, Teodosio, ofreciéndole a él la corona y a su padrino, Germano, el consulado.

Cuando Mauricio se cosca de todo esto, se coge un globo de la hostia. Hace comparecer a Germano ante él, lo más flojo que le dice es hijoputa, y ordena su ejecución. Germano sale del palacio imperial echando leches y se refugia en la iglesia de la Virgen, donde, a pesar de estar en sagrado, las tropas van a entrar para cargárselo. Pero el pueblo, en un movimiento espontáneo, rodea el templo para impedir la entrada de los milicos. Mauricio, visto que no puede alcanzar a Germano, le da una mano de hostias, con un bastón, a su hijo Teodosio.

El detalle desata la revolución en la ciudad. Las calles son de las turbas, que arramblan con todo. Queman la casa de Constantino, el valido de Mauricio. El visir y el emperador, disfrazados de gente común, escapan en un pequeño esquife con el que ganan, por mar, la iglesia de San Autónomos Mártir.

Focas entra en Constantinopla con sus tropas y, por la fuerza de las armas, se hace coronar emperador en la iglesia de San Juan Bautista; y corona emperatriz a Leoncia, su churri. Nada más salir de la iglesia, montado en un caballo blanco, comienza a diseñar en su cabeza el que será su reinado, todo moderación y concordia.

Lo primero que hace Focas es enviar una partida de soldados a la iglesia donde Mauricio se encuentra bloqueado con cinco de sus hijos. Siguiendo sus órdenes, los soldados decapitan a los infantes delante de su padre antes de cargárselo a él. Fue, eso sí, clemente tanto con la mujer como con las hijas, a las que encerró en un convento de por vida, tal vez para ahorrarles el espectáculo de ver las cabezas de su padre y marido, y de los hermanos e hijos, expuestas, durante largo tiempo, en el Campo de Marte. A partir de ahí, se sique una represión en la ciudad en la cual fueron separadas cabezas de cuerpos de todos aquéllos que alguna vez le dieron la hora a Mauricio; incluso su único hijo superviviente, Teodosio, que es masacrado en la iglesia donde había conseguido refugiarse.

Aquellos militares que no terminaban de fiarse de Focas en el poder tenían sus razones. El reinado del centurión es un puto caos, tanto que, rápidamente, el rey Chosroes II de Persia lo huele, y comienza a pensar en volver a declarar la guerra. El pistoletazo de salida, en el 604, es la defección del único buen general bizantino, Narses o Narsés, quien, harto de las polladas del emperador ex chusquero de mierda, directamente abandona el servicio. A partir de ahí, se librará una guerra de cinco años en la que Bizancio no ganará ni una escaramuza y en la que perderá Siria, Palestina, Mesopotamia, Asia Menor, Calcedonia, y terminará por ver a los persas casi meando contra los muros de la capital.

Focas acabará matando a Constantina, viuda de Mauricio; y también a Germano, a quien acusa de complotar contra él. Pero para entonces, el emperador ni siquiera puede acudir a los espectáculos del hipódromo, pues allí la gente le hace lo que a Zapatero en el desfile del 12 de octubre, sólo que al cuadrado. Cuanto más miedo tiene, más gente ejecuta Focas. Y cuanto más ejecuta, más gente se pone contra él.

Puesto que la anterior familia real ha sido laminada, será finalmente un exarca del norte de África, Heraclio, quien decida ponerse al frente de los golpistas; acción para la cual el propio Senado constantinopolitano se lo pide de rodillas. Heraclio pone a su hijo del mismo nombre (Heraclín, pues), al mando de una flota, y a su sobrino Niketas al de las tropas de tierra, que envía a Egipto. El 3 de octubre del 610, el padre ya situado en Alejandría, el hijo coloca los barcos frente a Constantinopla. Potio, un cortesano muy cercano a Focas que lo ha traicionado, pide el derecho de detenerlo, mientras la ciudad entera aclama a los barcos. Entra en el palacio con una pequeña fuerza y, efectivamente, encuentra al emperador, lo despoja de sus ropajes, y lo lleva frente a Heraclín con las manos atadas a la espalda. Tras hacerlo decapitar, el hijo de Heraclio ordena que se mutile el cadáver y, con dos lanzas, en una de las cuales ha clavado una mano y en otra un trozo del cuerpo del ex emperador, organiza una macabra manifestación por las calles de la ciudad, que los parientes de Focas ya no verán, porque en el momento que se produce están sufriendo el mismo destino que su otrora protector.

Heraclio fue un emperador, desde el principio, sorprendente. Para los bizantinos, acostumbrados a figuras hiperprotocolarias que parecían vivir una vida aparte del resto de los mortales, su capacidad de implicarse en los asuntos de la gente es sorprendente. En tonos laudatorios refiere el historiador Nicéforo el caso del terrateniente Vitilinos que, teniendo un litigio de lindes con una viuda, ordenó a sus criados matar a uno de sus hijos. La mujer fue a Constantinopla, reclamó justicia ante el emperador, y éste hizo llevar a Vitilinos al hipódromo donde, frente al pueblo, lo entregó a los hermanos del muerto para que acabasen con él.

Del 610 al 620, Heraclio se centra en la reforma de la administración bizantina y, sobre todo, la reorganización del ejército, ineficiente e incapaz. En el 619, no parece estar claro por qué causas, el emperador, en un gesto también poco común en la Historia, considera su labor realizada y amaga con volverse al norte de África de donde vino. El pueblo de Constantinopla alucina y, a través de Sergio, el patriarca de la plaza, le ruega que se quede.

En realidad, más que probablemente Heraclio quiere huir de la derrota. En los últimos años, los persas no han hecho sino avanzar en la Capadocia, Armenia y Siria; en 614, toman Jerusalén. El sitio de la ciudad santa de los cristianos (que no tardará en serlo también de los musulmanes) dura veinte días. La ciudad cae finalmente, entre otras cosas, porque sus defensores tienen entre ellos una numerosa quinta columna: los judíos que, por odio a los cristianos, se alían con los invasores. Lo que sigue tras caer la ciudad es una matanza de cristianos y una destrucción masiva de iglesias. La del Santo Sepulcro, kilómetro cero del cristianismo, es incendiada. La más querida reliquia de la ciudad, la cruz en la que murió Jesucristo, es robada por los persas, que se la llevan a la ciudad de Ctesifón.

La presencia de los persas en lo que hoy conocemos como Oriente Medio es mucho más que una conquista militar; es un órdago a la grande al imperio bizantino, de todos sus enemigos. Ya hemos visto a los judíos aliarse a los persas en la toma de Jerusalén. Pero, más allá, a todo lo largo y ancho de Palestina, los nestorianos, que se sienten ninguneados por el monosifismo calcedonita, se apresuran a pactar con los persas el respeto a sus creencias a cambio de volverse, ellos también, contra los que, al fin y a la postre, creen en el mismo Dios padre que ellos. Es en gran parte por la inquina nestoriana por lo que cae la provincia de Egipto; Alejandría es tomada en el 618.

Por si esto fuera poco, en el 617 tropas ávaras y de otras tribus eslavas penetran en Tracia, Tesalia y el Épiro, amenazando Tesalónica en una batalla de la que Heraclio sale vivo de milagro; tras una celada del kagán ávaro, avisado en el último momento, el emperador huye disfrazado de gentil, con la corona escondida bajo el sobaco (y no es una forma de hablar).

Pasado este trago, sin embargo, la toma de Jerusalén, y el robo de la reliquia de la Santa Cruz, juega a favor de Heraclio. Para los, por así llamarlos, europeos, la cosa ya consiste en algo muy parecido a la guerra santa, motivo por el cual el emperador acaba por firmar una alianza con sus hasta ahora enemigos eslavos, y puede iniciar (622) una larga campaña de seis años contra los persas. Campaña en la explotará, hasta la saciedad, el carácter de la guerras como guerra entre creyentes.

En el 626, no obstante, los ávaros, a pesar del chute de pasta (200.000 piezas de oro) que les ha supuesto la alianza con los bizantinos, viendo Constantinopla débilmente defendida, la sitian para tomarla. Heraclio no llegará a tiempo para defenderla, pero, aun así, la ciudad no caerá, merced a las arengas sin descanso del patriarca Sergio. El 10 de julio, el kagán ordena un asalto por mar y tierra, y la flota eslava es destrozada por los bizantinos. Altamente supersticiosos, los ávaros y su kagán, que esta vez más debería llamarse kagón, creen, tras esta derrota, las soflamas de Sergio, según las cuales la Teótokos, o sea la Virgen María soi-meme, combatía al frente de las tropas de los sitiados. Pronto, muchos eslavos supervivientes comienzan a contar la coña de que si vieron a una extraña mujer en esa almena o en aquel barco, y tal. El corolario de todo aquello es que los sitiadores levantan campamento y se van, voluntariamente, a tomar por culo Danubio arriba. Sergio compuso un himno en honor de la Virgen combatiente que aun se canta hoy en las iglesias ortodoxas durante la celebración de este día de salvación de Constantinopla.

En el 627 los jázaros, aliados del imperio, penetran en Albania y luego de ahí al imperio persa, llegando a sitiar Tiflis. Por su parte, Heraclio avanza por Media y Asiria, superando las difíciles zonas montañosas como antes lo hizo Alejandro, y se llega hasta Nínive, en la que no deja enteros ni los llaveros. De ahí enfila cagando melodías hacia Ctesifón, donde recupera parte del botín que los persas habían hecho. Tras retirarse a Genzaca, es informado allí de que Siroés, noble de la corte de Chosroes II, se ha rebelado contra él por su incapacidad de ganar la guerra. Finalmente, tras el éxito del golpe de Estado, el nuevo rey de los persas encierra al antiguo en una habitación llena de oro y piedras preciosas. «Disfruta de lo que has preferido sobre todas las cosas», le dice, antes de cerrar la puerta para siempre. Así pues, probablemente, Chosroes es el único hombre en la Historia que murió, de hambre y de sed, rodeado de cosas con las que podía haber comprado restaurantes enteros.

Siroés pide la paz, y Heraclio la acepta. Pero a cambio, por supuesto, de la devolución de la Santa Cruz y, además, Siria, Palestina y Egipto. En marzo del 630, en medio de una gran procesión triunfal, el emperador resitúa la reliquia en la iglesia de Jerusalén.


Pocas veces en la Historia de la Humanidad un rey consiguió tanto con tan poco. Heraclio fue el gran heredero del sueño de Justiniano, quien quiso rememorar el imperio romano conquistando Europa y el norte de África para Constantinopla y, con ello, creó un imperio de pies de barro que era incapaz de defenderse; Bizancio no será grande en la Historia, en la cultura y en el pensamiento, hasta que no sea pequeña, esto es, hasta que no pierda aquellas partes de su territorio que no podía conservar.

Una parte importante de estos territorios, sin embargo, siguieron siendo bizantinos bajo Heraclio porque él, que era un hombre de guerra a quien llamaron a ser emperador por el caos que suponía su predecesor, lo que quería era guerrear. Y en su afán por ganar batallas imposibles, acabó inventando un elemento estratégico de primer orden que daría, y sigue dando, mucho juego: la guerra santa.

Sin el sentimiento de recuperación y venganza vinculado a la recuperación de la reliquia de la Santa Cruz, Bizancio difícilmente habría ganado la partida contra los persas. Así pues, fue este emperador bizantino el que enseñaría un camino que más adelante sería hollado por muchos otros. Lo cual, nos guste o no, tiene su mérito.

Tras el periodo de los heráclidas, que bien podría ser llamado de los pollas, Bizancio, al calor de los emperadores macedonios y lo que vino detrás, fue grande. Muy grande. Se convirtió en un experimento duradero que ejercería la función de centinela de la Europa cristiana. Pero eso sólo fue posible gracias a que la integridad del Estado constantinopolitano se salvó por la espada de Heraclio, el emperador que, a juzgar por sus gestos, curiosamente, no tenía demasiadas ganas de serlo.

jueves, febrero 16, 2012

De generales

Estos días pasados he participado en un debate en internet, en un grupo de frikis de la Historia y tal, sobre cuál era el mejor general de la Historia de la Humanidad. La discusión ha sido intensa y un tanto, o un mucho, peraltada hacia lo sajón; pues ingleses y estadounidenses son la mayoría de los miembros y miembras del frikigrupo. No obstante, la presencia de personajes de diversas nacionalidades ha salpimentado las propuestas.

Yo creo que, tras días de intercambios dialécticos, hemos llegado a la conclusión de que es bastante difícil, cuando no imposible, responder a la dicha pregunta. Por razones varias.

Rationale Guan: El approach del experto/friki no siempre es el mismo. Hay personas que en la valoración de un militar ponen en juego factores meramente bélicos (o sea, su poder como estratega); y otras que hacen jugar factores políticos (sobre todo en el caso de los constructores de imperios: Alejandro, Napoleón, Julio...). Así pues, no está muy claro cuál ha de ser el ámbito de la valoración.

Rationale Tú: Entre aquéllos que hacen un acercamiento meramente bélico al problema, están aquéllos que tienden a valorar al general poderoso, es decir, a aquél que tuvo efectivos sobrados y, además, supo utilizarlos; y están los que tienden a valorar más a los que consiguieron cosas con dos de pipas, es decir sacaron petróleo de una piedra seca. Un ejemplo de mi admiración a este respecto (pronto escribiré por qué) es Heraclio de Bizancio, el inventor de la Guerra Santa.

Rationale Zrí: El hecho de estar contemplando en el análisis seis o siete mil años de Historia de la Humanidad, durante los cuales habrá habido, qué se yo, no menos de 20.000 o 30.000 guerras, hace que las comparaciones sean odiosas o directamente imposibles. Por ejemplo: la discusión: ¿Patton, Monty, Zhukov, Guderian o Rommel?, es una discusión asequible. Pero la discusión: ¿Cayo Mario, Sun Tzu o Clausewitz?, es bastante más jodida.

¿Qué breakthrough bélico fue, realmente, más eficiente? ¿La movilidad de los carros de combate alemanes ayudó más a su victoria que el uso inglés del long bow contra los franceses?

Por todas estas razones, he pensado que sería interesante haceros llegar a través del blog una lista casi completa de los nombres que se han manejado en esta discusión. Además, creo que esto tiene una función colateral pues, como veréis, en la lista no hay, prácticamente, militares españoles. La inclusión de don Gonzalo es cosa mía; y también pensé en Ambrosio Spinola, pero lo cierto es que, dentro de mis conocimientos (ya he dicho mil veces que la Histoira bélica no es lo mío) tengo dudas a la hora de valorarlo como un Number One.

Pero, como ya he dicho, soy consciente de que a la lista le falta una pasada por la Historia de España y, aunque podría habérmelo currado, lo he dejado así, valeiro que se dice en mi tierra, a propósito. Así me he hecho unas risas imaginando el rictus de trompa de Tiburcio cuando lea esto, y los saltos de indignación que probablemente ejecutará Eborense cuando no vea a ninguno de los estrategas de nuestra Guerra de la Independencia, ni a ningún militar hispano de la mar océana, en la lista.

Así las cosas, todo lo que llegue en los comentarios será trasladado a mi reunión de frikis, acompañado de una breve descripción de los méritos que queráis apuntar en defensa de vuestros candidatos.

La lista va más abajo. Y no hay más que verla para darse cuenta de que, lentamente, la discusión sobre el mayor general de la Histoira se está convirtiendo en una discusión sobre si podemos limitar la lista de los mejores generales de la Histoira a menos de 100 nombres.

  • Alejandro Magno
  • Smrat Chandragupt Maurya
  • Gengis Khan
  • Aníbal.
  • Atila.
  • Mauricio de Orange
  • Napoleón Bonaparte
  • Erwin Rommel.
  • George Patton
  • Georgy Khukov
  • Guillermo el Conquistador
  • Escipión Africano
  • Hernán Cortés
  • Julio.
  • Cayo Mario.
  • George Washington
  • Robert E. Lee
  • Belisario
  • Sun Tzu
  • Omar Bradley.
  • Thomas Jonathan “Stonewall” Jackson
  • Roy S. Geiger
  • James Gavin
  • Carlomagno
  • Juan I Tzimisces
  • Robert Giscard
  • Saladino
  • al-Malik al-Zahir Rukn al-Din Baibars al-Bunduqdari
  • Winfield Scott
  • Heinz Guderian
  • Erich von Manstein
  • Takeda Shingen
  • Caballo Loco.
  • Jefe José de los Nez Percé
  • Arthur Wellesley, duque de Wellington
  • James Custer
  • Võ Nguyên Giáp
  • Leónidas.
  • Temístocles
  • John Pershing
  • Juana de Arco
  • Marqués de Lafayette
  • Simon Bolivar
  • Ramsés II
  • Ciro el Grande
  • Ferdinand Foch
  • John Churchill, primer duque de Malborough.
  • Gonzalo Fernández de Córdoba.
  • Carl von Clausewitz
  • Heraclio, emperador de Bizancio.
  • Shaka Zulú
  • Alexander Nevski

Por cierto, que, por la impresión que tengo, si hemos de hablar de un ganador, tendríamos que señalar al primero de esta lista.

miércoles, febrero 15, 2012

El marxista naïf (y 10: los errores de Allende)


Una vez contada la historia de Salvador Allende y del allendismo, creo se impone un epílogo sobre sus errores.

No ha de entenderse mal este enfoque. Hablar de los errores de Allende no es hablar de que Allende fuera el único que se equivocase. Los errores de otros, y sobre todo de los Estados Unidos, existen y son materiales a la hora de explicar lo que pasó en Chile en el año 1973, bien que han sido ya bastante explicados. Es Allende, sin embargo, quien permanece más inmune a la crítica, como siempre le pasa a la figura histórica a la postre martirizada.

Salvador Allende Gossens, sin embargo, lejos de ser una persona que no dio más pasos que los que le eran lícitos; lejos de ser una persona que siempre trabajó para que no ocurriese lo que ocurrió, fue, en realidad, de palabra, de obra o de omisión, uno de los arquitectos de la situación de guerra civil larvada, o no tan larvada, que hizo crisis en Chile mediante el golpe de Estado militar, o sea la rociada de gasolina en la hoguera.

En realidad, a mi modo de ver, titular estas notas El marxista naïf es buscar para Allende la mejor sospecha posible. La más comprensiva con él. Otras personas piensan, lo han dicho y lo han escrito, que en realidad el médico de Valparaíso no tenía nada de inocente ni de bienpensado. Que, realmente, llegó a la primera magistratura de Chile con un plan para tensionar la sociedad y la política chilenas hasta el punto que lo hizo. Yo, sinceramente, al menos a mi nivel actual de conocimientos, no lo pienso. La imagen que yo me hago de Salvador Allende es la de una persona enormemente ideologizada, como había que serlo para liderar un Partido Socialista Chileno que, en los años sesenta, no es que no hubiese abandonado el marxismo; es que se declaraba leninista; y, además de ideologizada, de alguna forma tomada por esa desesperación de aquél que comienza a pensar que, en expresión muy común en España, se le había pasado el arroz. En 1970, Salvador Allende era un político fracasado, un jarrón chino polvoriento de la Historia de Chile; sólo el catastrófico fracaso de la presidencia de Frei lo pudo resucitar.

Salvador Allende, por lo tanto, tuvo que alcanzar la presidencia de Chile con una sensación clara de ensayo único: lo que debiera hacer, debía hacerlo una vez, o no hacerlo. No habría otra oportunidad, al menos para él. Como buen conocedor de la política chilena, pues no en vano llevaba muchos años practicándola al máximo nivel, sabía que no podía preterirla pero, aun así, percibía la necesidad de eliminar las desigualdades inherentes al capitalismo; lo cual pronto lo llevó, en la creación de la Unidad Popular, a la idea de acabar con el capitalismo mismo.

Y aquí está el primer error de Allende: su idea de construir el socialismo en plena legalidad democrática, lejos de ser la aportación genial que sus admiradores quieren ver, fue su primer, fundamental, error. El gran error que surge de la inocencia y el buenismo del presidente y que condicionará todo el proceso; porque a unos, los partidarios de la Unidad Popular, especialmente los radicales, les regalará un aval para hacer lo que querían hacer; y a los otros, la democracia cristiana y el Partido Nacional, les dará la apoyatura argumental que necesitarán para plantear su total oposición al allendismo.

El experimento chileno de Allende, lejos de demostrar que el socialismo puede construirse en libertad, demuestra exactamente lo contrario. El socialismo, y hablamos del socialismo del PSCh, esto es de inspiración marxista-leninista, es un cambio sistémico. Es hacer las cosas de otra manera. Como ya he insinuado antes, está en el propio programa electoral de la Unidad Popular de 1970: Parlamento, no; Asamblea del Pueblo. Justicia separada del Ejecutivo, no; tribunales populares. Economía de mercado, no; intervención estatal de la economía, dejando lugar sólo para la pequeña propiedad y el pequeño negocio, quién sabe si, además, como una opción meramente estratégica. Y digo esto de estratégica por dos razónes.

La primera, porque la Democracia Cristiana, tras las elecciones del 70, dio su apoyo a la presidencia de Allende tras la exigencia de un pliego adicional al programa electoral que introducía, básicamente, el respeto a la economía de mercado; pero el propio Allende declararía que aceptó aquello, simple y llanamente, para que le votasen.

La segunda, que precisamente eso (admitir la pequeña propiedad en los primeros albores de la revolución) está ya en Lenin; y todos sabemos lo que hizo Lenin al llegar al segundo cuarto del partido.

Los cambios sistémicos sólo se pueden imponer mediante la revolución, lo cual sólo en muy escasas ocasiones no incluye ciertas dosis, en ocasiones elevadísimas, de violencia gratuita y ciega. Como ya he escrito, muy lerdo hay que suponer a Allende para no imaginarse que su postrer propuesta de someter el socialismo a referendo supondría perder dicha consulta, pues los números de todas las elecciones anteriores cantan. 

Así pues, Allende pretendía implantar el socialismo, no sólo mediante la legalidad sino, además, en minoría. Ciertamente, esto lo hizo también Lenin; eso quiere decir bolchevique: la minoría. Pero Lenin lo hizo llevándose a los marineros de Kronstadt a la Duma para que apuntasen con sus fusiles a los socialrevolucionarios cuando tomaban la palabra; lo hizo cerrando los periódicos de otras ideologías, masacrando a los kulaks, destruyendo a la burguesía rusa. Vladimir Lenin prácticamente no hizo uso de un solo elemento democrático para arrimar el ascua a su sardina. Entendía que la única forma que tiene una minoría de imponerse a una mayoría es a hostia limpia.

La pretensión del allendismo de subirse a las instituciones democráticas chilenas para construir el socialismo nos conduce directamente al segundo error de Allende: la blandura con su izquierda. Hay que reconocer que la ultraizquierda chilena fue extremadamente inteligente respecto de la Unidad Popular. Con el socialismo altamiranista dentro de la coalición de gobierno, el MIR, la VOP y resto de grupos radicales no tenían ninguna necesidad de estar dentro de ella. Ellos no querían gobernar porque los ministerios eran fajas demasiado estrechas para ellos y, además, eran lo suficientemente listos como para imaginarse que Allende no les invitaría al club; pues hasta él habría entendido que un ministro mirista colocaba las cosas en su punto de ebullición.

El MIR y su mundo, por lo tanto, permanecieron fuera de la Unidad Popular; pero tan dentro que, de hecho, cuando todo acabó, eran ellos quienes permanecían alrededor del presidente, compartiendo su martirio. Pero esa extraterritorialidad fue tóxica para el proyecto de la Unidad Popular. Uno no puede controlar a alguien que no es socio suyo, salvo usando a la policía. Allende, sin embargo, quizá porque en su fuero interno entendía, si no compartía, los postulados de la ultraizquierda, o quizá por mero cálculo político relacionado con los equilibrios en el seno de la coalición, no sacó las porras lo suficiente para parar a los radicales. En la Historia hay un hilo invisible que une al Manuel Azaña que, un día de mayo de 1931, se niega en redondo a que la guardia civil reprima a quienes están quemando iglesias, colegios y bibliotecas; y al Salvador Allende que, un día detrás de otro, deja encima de su mesa papeles que le informan de la toma ilegal de fundos por parte de patotas de la ultraizquierda, y no hace nada, o casi nada.

Sobre Salvador Allende gravitaron siempre dos graves pecados a los ojos de Occidente. Uno, el hecho evidente de que había expropiado ocho veces más empresas de las que decía iba a expropiar; dos, que en su Chile, el Chile cuyo ejército, carabineros y policía en general, obedecían sus órdenes, quienes no sólo no creían en el camino legal hacia el socialismo sino que además lo decían públicamente, camparon por sus respetos desde el minuto 1 de su presidencia; y sólo cuando sus actos fueron especialmente execrables, es decir cuando hubo muertos, reaccionó como debía.  Hasta la pastueña y bastante sectaria II República española fue más dura con su MIR, de soltera CNT-FAI.

Salvador Allende tenía prisa por construir el socialismo. Sabía que había ganado un mandato pero, preso de su misma teoría de respeto a las instituciones, sabía que debía devolverlo si no ganaba de nuevo. Esas prisas provocan el tercer error de Allende, que es la instrumentación de una política económica y social desastrosa. A despecho de acciones tan loables como eficientes desde el punto de vista de la imagen, como la campaña del medio litro de leche, el allendismo es, básicamente, un compendio de chapuzas económicas que no podía tener más resultado que el que tuvo: pobreza, estanflación, caos.

El problema del análisis de Allende, o quizá mejor debiéramos decir de Vuscovic, es el approach tremendamente maniqueo en que se basaba. Algo que marxistas y marxistoides aun hoy en día se resisten a entender: ni ellos son el compendio de todas las virtudes, ni sus enemigos, que eso son: enemigos, son una plétora de sevicias.

Ambos dos errores conceptuales los cometió Vuscovic, mientras su presidente aplaudía con las orejas; y, cuanto más se equivocaba Epi, más aplaudía Blas. El superministro económico asumió que, por principio, el mal de la empresa chilena era el empresario, también conocido como ladrón de la plusvalía del obrero. Para los marxistas chilenos, la plusvalía del obrero, como el dinosaurio de Monterroso, siempre estaba ahí, y siempre estaría. Todo lo que había que hacer, era liberarla. Estamos, por lo tanto, ante un marxismo decididamente naïf, yo diría que incluso de tonos anarcoides, porque asume la bondad intrínseca de la cogestión obrera igual que los ácratas que implantaban el anarquismo en los pueblos de Aragón antes y durante nuestra guerra civil estaban convencidos de que todos los humanos aceptarían el egalitarismo sin una protesta. 

La realidad, sin embargo, no fue ésa. Las nacionalizaciones no sólo fueron muchas, sino que se produjeron en un cortísimo espacio de tiempo que no llega a dos años. En consecuencia, el allendismo le dio la vuelta a la tortilla al tejido industrial chileno, lo colocó bajo la cogestión obrera, bajo la coordinación de camaradas no siempre bien preparados; y, como consecuencia, gripó la producción.

En este punto, el allendismo, o el vuscovismo, se portó como ese general imbécil que no se da cuenta de que a las tropas que avanzan y toman terreno enemigo hay que alimentarlas de alguna manera, y proveerlas de nuevos suministros. Da la impresión de que Allende creía que el socialismo era algo que caería de cajón, por su propia lógica; idea que es, en un político tan experimentado como él, de un simplismo intolerable. Allende primero creó el problema y luego, con total desparpajo, reclamó la solución, en su famoso discurso, ya citado, de que los chilenos tienen que entender que hay que trabajar y hay que producir más, bla.

La política económica de Allende fue tan caducamente equivocada que hay que remontarse, casi, siglos atrás para encontrar gentes que, como él y su gobierno, tuviesen una creencia tan intensa en que, en materia monetaria, un Estado puede hacer lo que se salga del pingo. En España, por ejemplo, esas convicciones provienen de los tiempos en que el país nadaba en la plata de América. Décadas, si no un siglo, antes de que Allende tuviese uso de razón, el mundo ya sabía que la masa monetaria no se puede hacer crecer sin tasa, porque eso, al final, alimenta la inflación. Sucintamente, en el Chile de Allende se tomaban medidas para frenar la depreciación del peso que, en realidad, lo que hacían era depreciarlo más; con ello los chilenos, todos los chilenos, se levantaban, cada mañana, un centímetro más pobres.

Por supuesto, en el ámbito económico no hay sino citar otro de los grandes errores de Allende, cual es su famosa doctrina expropiatoria. La Doctrina Allende fue notablemente lesiva para Chile y es, además, una teoría de dudosa legalidad. Como ya hemos tenido ocasión de comentar, la Doctrina Allende se basa en un hecho moralmente comprensible: si quien es expropiado ha obtenido sus riquezas mediante la explotación, no merece justiprecio; o, dicho de otra forma: si los esclavos hubiesen sido hecho libres, en alguna nación, mediante la nacionalización de las tierras o las fábricas en las que trabajaban, no habría sido justo pagarle indemnización a sus propietarios.

Que las ideas sean prístinamente comprensibles y moralmente exigibles no quiere decir, necesariamente, que sean legales. Allende no pudo evitar que su Doctrina sonase a subterfugio para no pagar y, en puridad, no es posible afirmar que no lo fuese. Pero es que, además, sólo los muy tontos piensan de sí mismos que podrán permanecer en el orden internacional sin guardar unas mínimas reglas de respeto hacia el Derecho y las reglas de juego entre naciones.

Con todo, y por lo menos para mí sin duda, el gran error de Allende, si exceptuamos el primero que los genera todos que es su extraña concepción de socialismo impuesto en el marco de la democracia, es su relación con el estamento militar. Como ya he insinuado en otros párrafos, es bastante habitual que en España, puesto que los españoles suelen desconocerlo casi todo incluso de sí mismos, se sea notablemente injusto con Chile desde un punto de vista histórico. Sobre todo hace unas pocas décadas, cuando nosotros ya éramos democracia y Latinoamérica era un rosario de espadones, los españoles tendían a mirar a Chile por encima del hombro, considerándolo uno más de esos países cuya Historia bien podía resumirse como un continuo de asonadas militares y periodos de dictadura.

Ese destino, no obstante, no es el que vivió Chile; se adapta mucho mejor a la Historia de España. Chile tiene prolongados periodos de parlamentarismo, y su ejército exhibe una tradición constitucionalista que nosotros no podemos aseverar de nosotros mismos. Tanto es así que algunos de los partidarios de Pinochet recuerdan la resolución del Congreso chileno de finales de agosto, en la que con palabras apenas veladas se reclamaba del Ejército la intervención para restablecer el orden; declaración que, según esta peripatética teoría, daría legitimidad constitucional al golpe de Pinochet (y, hemos de suponer, también su gesto posterior de cagarse y mearse encima de esa misma Constitución).

Saltos mortales dialécticos aparte, el problema estriba en que no fueron Washington, ni Eduardo Frei, ni siquiera la derecha o la ultraderecha chilenas, quienes señalaron a los militares el camino del poder. Fue Salvador Allende. El presidente Allende, convencido del gubernamentalismo del ejército chileno, decidió hacerlo suyo, ponerlo de su parte. Así las cosas, en los últimos veinte o treinta meses de su vida, apenas se dejó ver en público si no era rodeado de uniformes y, de hecho, convirtió al general Carlos Prats en su vicepresidente político plenipotenciario. En el marco de un análisis tremendamente simplista, Allende parece haber asumido que, una vez que el ejército chileno se bajase del faetón de la neutralidad política, iba a realizar ese gesto siempre por el lado izquierdo. ¿Por qué, en un país mayormente de centro-derecha, cuya institución militar además, como suele ocurrir siempre, tiene perfiles más conservadores que la media?

Alguien debió engañar a Allende; quizá, supongo, José Tohá, su ministro, primero de Interior, luego de Defensa, y el propio general Prats. Alguien le tuvo que decir al presidente que controlar la subversión reaccionaria en el seno de un ejército implicado de hoz y coz en la labor gubernamental, estaba chupado. Alguien se lo tuvo que contar; pero también es cierto que él se lo tuvo que creer. Que es algo que hacen, con demasiada asiduidad, las personas crédulas.

El Allende de las últimas boqueadas, el Allende de la primera semana de septiembre de 1973, se me aparece como un hombre desconectado de la realidad, víctima de sus propios análisis simplistas. Todavía cree en la fidelidad del ejército; todavía quiere fijarse en la prueba de total fidelidad aportada por el general Pinochet tras el tancazo. Sus círculos más ultraizquierdistas no le dicen eso; le dicen que hay una conspiración reaccionaria, y que la violenta aplicación de la Ley de Armas es su primer escalón. Pero Allende no lo ve, quizás porque para entonces ya no puede fiarse de esa misma ultraizquierda, que tantas veces le ha puesto las cosas difíciles y le ha engañado. Es probable, incluso, que cuando decide sacar a pasear el refrendo sobre el socialismo, piense que Chile le va a votar en masa, y que toda esa gente que ahora está contra él va a aceptar el resultado sin más.

El fondo de toda la cuestión es, a mi modo de ver, que Allende está convencido de tener la razón. Y, por alguna razón, eso le basta. Siendo más cierto que la Historia de la Humanidad está empedrada con los nombres de muchos personajes que tuvieron la razón, y de los que hoy no sabemos nada.

La mayor prueba del fracaso del allendismo es que, aunque al comunismo le quedaban el día que murió aun 16 años de vida, su experimento no se volvió a intentar. La vía hacia el socialismo desde la democracia parlamentaria quedó cegada en el momento en que él se reventó el velo del paladar.


Volvieron a florecer las alamedas. Pero lo fueron plantadas por hombres con mucha mayor dosis de realismo que Salvador Allende Gossens, el marxista naïf.

lunes, febrero 13, 2012

El marxista naïf (9)


En coherencia con lo que acabo de escribir, en realidad el golpe de Pinochet empezó semanas, si no meses, atrás. La derecha había presionado en el Congreso para lograr sacar adelante la Ley 17.798 de Control de Armas, a la que Allende no se supo oponer. Ordenó una actitud contemporizadora durante la fase parlamentaria que no le sirvió de nada y, cuando finalmente fue aprobada, en un gesto como poco inelegante, decidió vetarla. Sin embargo, ni eso le sirvió, pues el veto llegó al Congreso fuera de plazo y tan plagado de errores formales y legales que no pudo ser admitido a trámite. La anécdota quizás ilustra el intensísimo debate que se produjo en el Palacio de la Moneda; y la más que probable tesis de que Allende se resistió hasta el último minuto a dar su veto a torcer. No se olvide, a este respecto, que el médico de Valparaíso vivía básicamente convencido de que su actitud respecto de los militares le había granjeado su apoyo; lo que lo convertía en un moderno Casares Quiroga, convencido de que no habría golpe.

Esta ley daba amplias potestades a los militares para reprimir la posesión de armas por particulares, potestades que éstos utilizaron en toda su amplitud. Es por eso que en Chile hay muertos del golpe de Estado antes del golpe de Estado.

El 4 de agosto, un trabajador de la Industria Lanera Austral, Manuel González Bustamante, de 27 años, cae muerto por una ráfaga de ametralladora en el curso de un allanamiento practicado por fuerzas militares en aplicación de la ley de control. La peor noticia para la izquierda es que la operación fue coordinada por el general Manuel Torres Ruiz quien, apenas unas semanas antes, era hostigado en las calles de Santiago por los ultraderechistas a causa de su comprensión hacia el gobierno de la Unidad Popular. El día 5, mientras González fallecía en el hospital, moría en el Hospital Regional de Temuco Robinson Gutiérrez, obrero ferroviario, que había sido hallado malherido dos días antes. Gutiérrez formaba parte de una guardia obrera que vigilaba el puente recién reconstruido, pues había sido volado días antes por elementos ultraderechistas que apoyaban el paro de camioneros.

La ultraderecha tuvo en esos días la humorada de distribuir por las calles de Santiago un folleto que advertía de la inminente producción de un «golpe de Estado comunista con la ayuda de las Fuerzas Armadas».

El 25 de julio, en un clima casi de guerra civil, los camioneros van de nuevo a la huelga. El 17 de junio ha renunciado el general del Aire César Ruiz Danyau, ministro de Transportes, ante la imposibilidad de llegar a un acuerdo. El gobierno reacciona a la movilización nombrando algo así como comisionado para la huelga al subsecretario del departamento, Jaime Faivovich, que comienza por requisar los camiones de los huelguistas. Sólo en la granja de Hugo Gálvez, un ex ministro de Alessandri, aparecen 760 vehículos escondidos.

El 9 de agosto, Allende forma lo que llamó «gabinete de seguridad nacional» y Ruiz Danyau vuelve a Transportes. Otra prueba de que el presidente no ve de qué manera están evolucionando los militares. El ministro limpia su ministerio de civiles y pone trabas a las requisas de camiones, así como a la ocupación estatal de las distribuidoras de combustible. Lejos del plan del gobierno, que incluía escoltar a los camioneros para protegerlos de los frecuentes atentados, el ministro se reúne con los líderes gremiales en su propia casa. Los camioneros reclaman: sobre todo, el cese de Faivovich. El 18 de agosto, el general dimite de nuevo.

Salvador Allende y el general César Ruiz se tuteaban.

El 18 de agosto hay un conato de golpe militar, pero los generales detienen los movimientos de los aviones que se dirigen de Santiago a Concepción: no quieren dar el golpe hasta que el general Prats esté completamente apartado, para no dar la oportunidad a militar alguno de elegir el bando contrario.




El 21 de agosto, una multitudinaria manifestación de mujeres, esposas de militares de diversas graduaciones con inclusión de las más altas, se agolpa frente a la casa del general Prats, exigiéndole que dimita. Un solo militar se presentará después a pedirle perdón al general por la actitud de su esposa; gesto que no le impedirá, semanas después, ser ministro de Pinochet.

El 22 de agosto, patotas ultraizquierdistas y ultraderechistas combaten en la calle, tapizada con pasquines exigiéndole a Allende que renuncie o que se pegue un tiro.

El 23 de agosto, desde muchos puntos de vista, cae Allende: el general Carlos Prats dimite. Eñ 28 de agosto, dimite el gobierno en pleno.

El 4 de septiembre, el centro de Santiago es testigo de una imponente manifestación allendista. Es el tercer aniversario del triunfo de la Unidad Popular.  Esa misma noche, el ejército allana más de una decena de fábricas, en busca de armas. El día 5, a duras penas consigue Allende convencer al almirante Raúl Montero que permanezca como comandante en jefe de la Marina; el estamento militar le presiona para que renuncie y deje su lugar al almirante José Toribio Merino.

El 6 de septiembre, el general Pinochet hace pública una nota en la que advierte a la población que no realice provocaciones al ejército «ya que tales actos podrían tener graves consecuencias en virtud de las órdenes dadas a la tropa».

El 7 de septiembre (¡el 7 de septiembre!) Allende informa a sus colaboradores más cercanos de que el ejército está contra él (el ejército que, en ese momento, hace diez meses que ha ordenado deponerlo). Los líderes de izquierdas todavía creen en la existencia de un golpe, apoyado por el Ejército de Tierra, para imponer a Eduardo Frei en la presidencia, pero sin acabar con el régimen democrático. Según ellos, Marina y Aire son los sostenes del golpe fascista y antidemocrático.

El 8 de septiembre (¡el 8 de septiembre!), esto es tres años y cuatro días después de haber ganado las elecciones a la presidencia, Allende plantea a su equipo la posibilidad de convocar un plebiscito sobre la transición al socialismo. Esta iniciativa, de haberse llevado a cabo, habría abierto un boquete en la Historia (el comunismo ha llegado al poder a través de la guerra o el golpismo; nunca ha sido impuesto por un referendo), pero es de suponer que hasta Allende, nada más ver la composición del Congreso, nada más ver los resultados de las elecciones de marzo, las mejores de toda su vida, se daría cuenta de que tal consulta la perdería. A mayor abundamiento, ese mismo día Eduardo Frei hace unas declaraciones en la prensa internacional en las que afirma que Chile está en peligro de guerra civil, porque «quienes controlan el poder están decididos a pasar por encima de cualquier consideración para imponer sus ideas, aunque la mayoría del país las rechace». Frase muy, muy importante, medida. Obsérvese que en ella no figura la expresión gobierno, ni Unidad Popular, ni siquiera presidente Allende. Enigmáticamente, Frei se refiere a los que controlan el poder, en plural.

El 9 de septiembre, la DC propone la renuncia de Allende, simultánea a la de todos los parlamentarios, y convocatoria de elecciones. El movimiento se interpreta como una intentona de la democracia cristiana más izquierdista, buscando evitar la pura reivindicación de su derecha (que Allende se vaya) y proponiendo, de alguna manera, el plebiscito del presidente, pero de una forma más ordenada y legal. Ciertamente, si esas elecciones se hubiesen celebrado, todo el mundo las habría considerado un plebiscito al allendismo.

La policía gubernamental informa al presidente de que el golpe de Estado será el lunes. Allende se reúne en su casa de la calle Tomás Moro (premonitorio) con Carlos Altamirano, el portavoz de la izquierda irredenta. Se ha escrito que la discusión acabó con unos berridos que harían imposible escuchar a los tres tenores que estuviesen cantando en la habitación de al lado. Tengo por mí que Allende, sin tener personalmente deseos de transar con los militares, estaba dispuesto a tragarse ese sapo. En la sostenella y no enmendalla del gobierno, Allende se lleva más de una torta que debería impactar en el metafórico rostro de Carlos Altamirano, el Luis Araquistain de la tragedia chilena.

El día 10, desde el Palacio de la Moneda, se filtra la idea plebiscitaria de Allende. La Democracia Cristiana anuncia una macromanifestación ese fin de semana para reclamar aumentos de salarios del 100%, para equilibrar el coste de la vida, desbocado. Una manifestación de mujeres, frente al Ministerio de Defensa, corea: «Fuerzas Armadas al poder, te lo pide la mujer…»

Ya es demasiado tarde. El resto está contado en otro sitio.

viernes, febrero 10, 2012

El marxista naïf (8)


El entonces director de L’Humanité, y por lo tanto comunista de libro, Etienne Fajon, visitó por aquel tiempo Chile y dejó escritos los que, en su opinión, eran los errores de la izquierda chilena (léase del Partido Socialista, de los grupos minoritarios, del mirismo extragubernamental, y del presidente que se obstinaba en no ver riesgos en todo ello). Leída la lista, no parece que haga falta buscar diagnósticos muy derechosos para criticar el proceso que llevó al debilitamiento de la Unidad Popular:

1)      La toma de empresas por parte de los trabajadores más allá de los sectores y  las individualidades en sus inicios considerados críticos, para extenderse hacia industrias de mediano tamaño, en no pocas ocasiones propiedad de empresarios que habrían apoyado el cambio socialista.

2)      La política salarial, pretendiendo primero poner más dinero en manos de todos para que hubiese más consumo (lo que empobreció más absolutamente a todos); y, después, basándose en una teórica política distributiva, por la cual a todos los chilenos bien pagados se les negaba el pan y la sal, como si eso no fuese a tener consecuencias, por ejemplo, en la productividad. 

3)      El nulo interés del gobierno por atacar las fallas de la productividad en el país, arrastrado por ese buenismo universal marxista, según el cual el obrero es el compendio de todo bien y jamás es vago, ineficiente o venal.

4)      El uso, dentro y fuera de la Unidad Popular y del gobierno, de un lenguaje encendidamente revolucionario, que negaba toda posibilidad de mando a quien no fuese obrero, que incluso incitó a los soldados a desobedecer a sus mandos, lo que dio alas a los sentimientos reaccionarios. La izquierda mirista, del PCR (maoísta) o de la Vanguardia Organizada del Pueblo, hablaba de cerrar el Congreso a leche limpia, de instaurar tribunales populares y de prohibir la prensa opositora, sin que la Unidad Popular hiciese otra cosa que aseverar que ésa no era su política, pero sin actuar propiamente contra unas fuerzas sobre las que, justo es decirlo, pocas herramientas de control tenía, pues no estaban en la coalición de gobierno.

En las últimas semanas antes del golpe, Allende pareció despertar de su hipnotismo revolucionario y, escuchando probablemente a los más razonables de los comunistas chilenos, decidió negociar con la Democracia Cristiana. Llamó a Patricio Aylwin para ello..., pero el centro-derecha ya no se dejó cortejar. ¿Para qué? Las derechas, de tiempo atrás, incluso antes de las elecciones, pedían un golpe de Estado. Había batallas campales en las calles. La teoría de Frei en  el seno de la DC, el llamado «golpe blanco» (obligar a Allende a abandonar, esto es, echarlo pero sin salir del sistema democrático) se daba por la única posible. El Partido Nacional ganaba adeptos cada día entre aquéllos para los cuales Chile se había convertido en un país que los trataba como apestosos burgueses y buscaba su lenta desaparición. Si tenía buena información, sabría, para entonces, que el ejército perdía a marchas forzadas su perfil constitucionalista y que en Washington, de tiempo atrás se había tomado la decisión de provocar en el país un golpe de Estado que pusiera las cosas en su sitio de nuevo.

Aylwin contestó con la más lógica contestación: yo sólo quiero escuchar de sus labios, presidente, el anuncio de su renuncia. Y Allende, que hacía ya más de un año que había vaticinado que de La Moneda saldría con los pies por delante, le contestó que y un huevo.

El 23 de marzo de 1973, el general Carlos Prats González renuncia al ministerio del Interior, y tras de él, como a la voz de ¡ar!, otros ministros militares dimiten. Prats es un militar sincero, constitucionalista, que ha dado el paso adelante de colaborar con el gobierno Allende porque cree en su mensaje contra los monopolios y el capitalismo salvaje, no así del socialismo revolucionario; porque siente que es su función amansar las cosas en un país donde han pasado cosas como el asesinato del general Schneider, de Pérez Zujovic y el paro gremial; y porque considera que es posible un pacto de la Unidad Popular con la Democracia Cristiana.

Otra cosa que piensa Carlos Prats es que el general Augusto Pinochet, cada vez con más peso en los cuartos de banderas, es un constitucionalista convencido.

En todo, o casi todo, se equivoca Prats. La Unidad Popular no quiere frenar las ínfulas del gran capitalismo, sino borrarlo de Chile. Y el pacto con la DC es imposible, porque Allende se lo niega, no sé muy bien si porque no lo quiere (que lo dudo) o porque lo reputa imposible teniendo en cuenta que el contrario ya sólo aceptará que él se vaya.

El 29 de junio de 1973, el golpe de Chile tendrá un ensayo general en el llamado tancazo (juego de palabras que proviene del tacnazo, golpe contra Frei organizado en su día por Roberto Viaux, estando al mando del regimiento Tacna): la sublevación, al mando del coronel Roberto Souper, del regimiento Segundo de Blindados. Como el propio Allende recordaría en alocución radiada tras el intento, había sido recibido a la puerta de la Moneda, en el momento en que se estaba reprimiendo el golpe, por el general Prats, el director general de Carabineros… y el general Augusto Pinochet. 

Fue entonces, en realidad un poco antes (tras las elecciones de marzo), cuando las izquierdas chilenas, dentro y fuera de la Unidad Popular, comenzaron a preocuparse por la tendencia del ejército hacia el golpismo. Eso es tardísimo. En realidad, el golpismo chileno se forjó ya en 1972, sobre todo por la acción de oficiales muy jóvenes, y pudo haber estallado en septiembre del 72, de haber cuajado los planes del general de infantería Alfredo Canales, apartado de mando inopinadamente por el entonces ministro Tohá.

Pero no fue la izquierda la única que se equivocó. También se equivocaron los militares más proclives al allendismo, y al frente de ellos, Prats. Los militares gubernamentales creían que nunca habría golpe porque un golpe rompería el ejército en dos mitades. Como militares que eran, podrían haber entendido que Chile, aquel Chile de los setenta, era un país que, si no estaba en guerra, no podía bajar las manos, pues tenía conflictos serios, con Bolivia, con Perú y con Argentina; no sé si hará falta recordar que con la última casi llegó a las manos por el canal de Beagle.

El análisis de Prats era erróneo. El ejército, si se veía impelido a tomar una decisión, la tomaría binaria: o blanco, o negro. O rojo, o azul. Y no podía ser rojo porque la oficialidad joven se negaría en redondo a avalar la lucha de clases.

Los militares constitucionalistas, por lo tanto, pecaron de maulas. Según se publicó en Estados Unidos tras el golpe, la decisión de la oficialidad de derribar a Allende mediante un golpe de Estado data de noviembre de 1972, momento tras el cual los golpistas contactaron con dirigentes empresariales adictos a la derecha para recibir apoyo en forma de movilizaciones.  Al principiar agosto de 1973, cualquier solución legalista a la situación estaba ya descartada: a los golpistas ni siquiera les valía la deposición del presidente.

miércoles, febrero 08, 2012

Los hechos puntuales



Vaya por delante un asunto: en mi ajurídica opinión, el juez Baltasar Garzón no debería ser condenado por prevaricación en el caso relacionado con su pretensión de investigar los crímenes del franquismo. Yo a Garzón lo veo culpable, eso sí desde hace muchos años, de ser un juez con unos conocimientos procesales cuestionables (no es la primera vez que la instrucción de un sumario se le atasca) y demasiado ideologizado. Pero, como digo, un prevaricador no es alguien torpe; es alguien hábil y listo que utiliza esa habilidad, y esa inteligencia, para llevarse el gato al agua y tomar decisiones que sabe no debe tomar.

Pero una cosa es considerar que un tipo no es culpable de lo que se le acusa, y otra muy distinta es que quien le apoya pueda decir chorradas.

Dicen las noticias publicadas por ahí que el fiscal José Navajas, durante su intervención en la sesión final del juicio por lo que se ha dado en llamar la Causa General del Franquismo, ha afirmado que el suceso de Paracuellos fue «un episodio puntual de saca de presos»; que los investigadores de hoy en día cuestionan que hubiese personas de la República implicadas, en directa referencia a Santiago Carrillo, superstite de aquellos tiempos.

Con la venia, esto es muy, pero que muy, cuestionable.

Hombre, lo mismo tiene razón, puesto que, al fin y al cabo, no hay ninguna regla inmanente que nos diga cuál ha de ser el significado que hemos de dar a la expresión «episodio puntual». Lo mismo cabe considerar que 85.000 personas apiñadas en las gradas del estadio Santiago Bernabéu un domingo de fútbol son «un episodio puntual de ocupación de unas instalaciones deportivas». Sugiero a los adúlteros y adúlteras que, cuando sean pillados por su cónyuge llamando al móvil a la churri seis o siete veces al día, aduzcan que se trata de meros «episodios puntuales».

Durante las primeras semanas de la guerra civil, y durante meses, las sacas de presos, y los intentos de hacer presos a civiles desarmados, estuvieron lejos de ser puntuales; a menos que nos queramos referir a que, normalmente, se producían, con puntualidad, al caer la tarde. Paracuellos no es un hecho aislado. Está el Tren de la Muerte. O el Túnel de Usera, más tarde. O los siete religiosos de Ciempozuelos. Y está, sobre todo, la matanza de la cárcel Modelo, donde hasta diputados de la nación, como Melquiades Álvarez, murieron masacrados como perros, en el mismo patio, sin juicio y, por supuesto, sin la defensa a la que les daba derecho la Constitución de la República.

Acudo aquí a las memorias de Aurelio Núñez Morgado, embajador de Chile y decano del cuerpo diplomático entonces destacado en España, quien, en calidad de tal, hubo de coordinar las negociaciones con el gobierno español para conseguir que respetase el derecho de asilo de personas, una vez más civiles, que se habían refugiado en las embajadas para que no se los llevasen a las checas. Morgado cuenta en su libro, con pelos y señales, el caso del marqués de Veragua, descendiente de Cristóbal Colón, hombre para entonces ya provecto y carente de notación política, quien desapareció de su casa, generando con ello, por razón de su ilustre tatarabuelo, la reacción inmediata de los embajadores latinoamericanos. Relata en el libro cómo el gobierno les daba garantías de que lo mirarían, de que lo buscarían; pero sólo logró encontrarlo fiambre, en una cuneta de las afueras de Madrid; ello a pesar de que los embajadores tenían noticias ciertas de que estaba en la checa de Velázquez.

Pero fue, claro, un «caso puntual»; más que nada, porque no había más descendientes de Colón que apiolarse por allí.

Es importante que el lector sepa,  y si no lo ha imaginado se lo digo yo, que el autor de este blog es tonto, pero no gilipollas. Quiero decir que critico el desconocimiento de los hechos de la guerra civil, pero soy perfectamente consciente de que me estoy situando en el best scenario; puesto que es más que probable que la verdad sea peor y, en realidad, se digan estas cosas porque se quieren decir, y porque hay toda una corriente que, además de permitirlo, lo alienta.

La historiografía republicana lleva setenta años intentando orillar los sucesos de Madrid, de Barcelona, de Valencia, tras el estallido de la guerra civil, así pues es bastante probable que ya, con los años que lleva, jamás se baje ya de la burra.

La burra porta, fundamentalmente, dos alforjas.

La alforja uno es el argumento que el propio Navajas, según las noticias, ha sacado a pasear en su discurso: es cuestionable que dirigentes republicanos estuviesen implicados en lo de Paracuellos.

La alforja dos, íntimamente ligada a la uno, sostiene que, si bien las violencias del bando franquista, durante y después de la guerra, fueron perpetradas por sus responsables, las violencias republicanas fueron perpetradas por una masa ignota de incontrolados sin nombre, que no se sabe ni a qué líderes ni a qué ideas daban servicio. Todo lo malo que pasó en la República, desde la quema de iglesias del 10 de mayo de 1931, hasta las checas y los paseos, fue cosa de incontrolados.

Y, la verdad, lo mismo tiene razón; para desgracia de los republicanos. Yo, la verdad, no sé cómo los memoriohistóricos no se dan cuenta de que defender estos argumentos es poner a la República en el peor lugar ante la Historia.

Si verdaderamente la matanza de Paracuellos se produjo sin la intervención de ningún miembro del gobierno, o de la Administración, o de las Fuerzas de Seguridad de la República, entonces lo que tenemos no es, desde luego, un caso de cooperación para el asesinato; tenemos un caso de dejación de las funciones de gobierno, que es muchísimo más grave. ¿Acaso alguien, hoy, en Madrid, puede coger a 2.000 pavos, meterlos en camiones, llevarlos a las afueras del aeropuerto de Barajas y matarlos a tiros, impunemente? Si alguien intentase cosa tal, ¿acaso no irían la policía, la guardia civil y la BRIPAC, en fila de a siete, a impedir tal desafuero? ¿Cuántos nanosegundos tardaría el ministro del Interior, o el delegado del Gobierno, fuese del partido que fuese, en dar la orden de movilización?

Morgado cuenta en su libro un episodio, citando de las actas de las reuniones del cuerpo diplomático, que muestra a las claras la escasa implicación de los mandos republicanos en las cosas que pasaban en Madrid más o menos en los tiempos en los que Paracuellos parecía el metro de Callao. Conviene reproducir los párrafos (con mis cursivas):

«En la sesión de 19 de noviembre [de 1936], el decano da lectura a un telegrama del Ministerio de Estado, de Valencia [el cuerpo diplomático había acordado no seguir al Gobierno en su traslado], en el que le dice que le concede un plazo de 24 horas para que se desalojen los locales que ocupaban en Madrid las embajadas de Alemania e Italia (...)

»El decano expresa que, apenas recibió la comunicación del Ministerio de Estado, se dirigió al General Jefe de la Plaza [José Miaja Menant] en petición de garantías para hacer salir a la gente que allí se hallaba refugiada, y que consta de unos 20 alemanes y 45 españoles. Se complace declarando que el general Miaja, que también había recibido copia del mismo telegrama, le prometió el envío de las fuerzas necesarias para el momento que se le indicara.


»Se trató extensamente del modus operandi para sacar de la embajada alemana a las personas que allí se encuentran y que sin nuestra ayuda correrían peligro de muerte [sigue la descripción de la distribución de los civiles entre las embajadas]. A fin de no atraer la atención de las milicias [ya se ve lo mucho que confiaba el cuerpo diplomático en Miaja] se acordó proceder a las ocho en punto de la mañana, para lo cual los coches debían ser muy precisos [entiendo que quiere decir puntuales]. Así se le comunicó al Jefe de la Plaza [general José Miaja Menant].

»En la sesión del día 20 se dio cuenta de los graves incidentes producidos en la mañana de ese día con motivo de la evacuación de la embajada alemana. Contrariamente con lo ofrecido por el general Miaja, las guardias militares brillaron por su ausencia; en cambio, había varios centenares de milicianos armados que entorpecieron hasta el punto de impedir la salida de la mayor parte de los refugiados. Las balas disparadas contra los coches de los diplomáticos no causaron más daño que la rotura de algún neumático y la perforación de una carrocería. Este asunto era ya de preverlo. Ayer tarde, dice el decano [Morgado], el representante de Suiza me vino a avisar que en la terraza inmediata a la embajada, y en cuyo edificio Suiza tiene su cancillería, habían colocado dos ametralladoras enfocadas hacia el jardín de entrada de la embajada con claros propósitos de impedir todo acceso a dicho local. Inmediatamente me puse al habla con los ayudantes del general Miaja, en ausencia de éste, y prometieron hacer retirar ese armamento, como, en realidad, a la entrada de la noche, lo realizaron».

Aurelio Núñez Morgado: Los sucesos de España, vistos por un diplomático. Buenos Aires: Talleres Gráficos Argentinos L. J. Rosso, 1941. Páginas 244 y 245.

Cuenta más cosas curiosas. Por ejemplo, en el acta de la primera reunión del cuerpo diplomático, el 24 de julio de 1936, se da cuenta de que (cursivas mías) «días antes había pretendido asaltar la embajada de Chile una masa de 87 milicianos». Probablemente la «moderna historiografía», que como hace poco se cachondeaba el proboscídeo Tiburcio está a un cortacabeza de demostrar que la guerra la ganó la República, será capaz de demostrar que ningún responsable republicano formaba parte de aquella patota de 87 pollos armados; pero la pregunta es: un gobierno bajo cuyo sobaco pueden ir 87 tíos armados por Madrid como si tal cosa y asaltar una embajada... ¿está cumpliendo con su deber de gobernar?

Recapitulemos: mientras en Paracuellos se producía el «hecho puntual», hemos de entender que inusual y aislado, de que centenares de personas fuesen fusiladas contra las tapias, casi un centenar de milicianos asaltaban la embajada de Chile, y varios centenares se congregaban misteriosamente a primera hora de la mañana en la puerta de la embajada de Alemania (informados... ¿por quién?) para impedir la salida de unos refugiados; acción en la que no les duelen prendas de disparar contra vehículos en los que van diplomáticos, que es una cosa que en cualquier país es un delito que te cagas; en tiempo de paz, y en tiempo de guerra. Suceso, el traslado de la embajada, para el cual, en un edificio cercano, se habían colocado dos ametralladoras que batían el jardín de entrada; y que fueron obviamente colocadas por la autoridad republicana en Madrid, puesto que es ley de vida que quien retira, es porque puede retirar. Y si puede retirar, es porque ha puesto. Además, mientras se producía este hecho puntual, en la cárcel Modelo de Moncloa entraban unos cuantos incontrolados que se llevaban por delante, sin juicio ni hostias, a quien les pareció que debían. Siendo esta actuación tan evidente para todo el mundo que las actas del cuerpo diplomático las recogen; son varios los libros de memorias que cuentan cómo el anarquista Melchor Rodríguez, en nombrado responsable de prisiones, tuvo que impedir una saca de presos pistola en mano; y hasta el franquismo, cuando montó su Causa General, encontró innúmeras fotos de los muertos. Que hemos de suponer pertenecerían a la colección privada de algún incontrolado.

En paralelo, diversas organizaciones políticas okupan edificios emblemáticos de Madrid, como el Círculo de Bellas Artes, y montan allí cárceles paralelas a las del Estado, donde detienen a quien se les pone en la punta del rabo (por ejemplo, el descendiente del Almirante de la Mar Océana) y se los llevan por delante comme il faut. La situación es tan desconocida, tan clandestina, tan incontrolada, que los gestores de esas checas emiten vales que circulan por la ciudad, y siguen circulando, al parecer sin que el gobierno se entere, puesto que nunca actuó contra ellos. Vales como el que preside este post. Que, por cierto, ya que estamos aquí, os propongo una adivinanza. ¿Qué diríais que ocupa el envés del vale?

a) Un retrato de Durruti.
b) Un consejo alimenticio.
c) Una consigna anarquista.
d) Una llamada al alistamiento.

Quien quiera más datos sobre las sacas, que sepa que en este blog ya hemos escrito sobre ello.



Como decía, yo no aprecio nada malo, todo lo contrario, en defender a Garzón. Pero no hay por qué retorcerle el brazo a la Historia para hacerlo. Sin embargo, hasta cierto punto es lógico, pues todos estos posicionamientos, probablemente, son el resultado de un movimiento, el de la memoria histórica, que se basa un poco en esto. Se basa en imponer una interpretación historiográfica que en parte está por hacer (por eso el fiscal dice eso de que la actual investigación duda de esto o de aquello). La reacción del fiscal es, literalmente, el producto de lo que hay.

Durante este juicio hemos asistido a una extraña confusión de conceptos. Al menos por lo que yo he podido oír en la radio más que ver en la tele, parece que al juicio han ido testigos que son parientes de personas asesinadas en la guerra o durante el franquismo que reclaman poder desenterrar a sus muertos y darles adecuada sepultura. Lo que pasa es que, cuando menos en mi conocimiento, lo que pretendía Garzón era investigar los crímenes, esto es, derivar un culpable, y castigarlo. A mi modo de ver, son dos cosas distintas. Están relacionadas, pero no son la misma cosa. Si una persona sabe por la razón que sea que su abuelo fue injustamente fusilado en Rusia estando con la División Azul, tiene lógica que intente, en la medida que pueda, encontrar su tumba; pero que se dirija a Vladimir Putin exigiéndole que persiga a los que apretaron el gatillo, como digo, es otra cosa.

El fondo de la cuestión, tal y como yo lo veo, es la amnistía del 77. Una amnistía que no le gustó a nadie, pero que plugo a todos. Los libros son muchos. Por recomendar uno, voy a recomendar el de Francisco Candel, Un charnego en el Senado: Esplugas de Llobregat, Plaza y Janés, 1980; que tiene un capítulo entero dedicado a la amnistía. En uno de los párrafos, cuenta cómo un parlamentario socialista se levanta para recordar que, si votan a favor, estarán amnistiando a quienes han cometido desafueros sobre aquéllos que les perdonan; y un parlamentario de derechas, almirante para más señas, apostilla desde una bancada escondida: «Y Paracuellos»... Ante este panorama, Candel, que no era precisamente un facha (senador de la Entesa del Progrés, con personajes como Mosén Xirinachs), afirma (página 98) que «yo, al final, ya solamente deseo el borrón y cuenta nueva a todos los niveles, y a recomenzar de nuevo con unos esquemas justos y racionales».

En foros de internet, y teta a teta, le he dicho varias veces a quienes, desde la juventud, defienden la iniciativa de Garzón, si no les parece que es una falta de respeto a esas personas. Al senador Prats, a Justo Martínez Amutio, también senador; a Justino de Azcárate. A las personas que ocuparon sitial en aquellas primeras Cortes democráticas habiendo sufrido en sus carnes el mordisco de la represión o del exilio y, aun así, decidieron transar para lograr un futuro. Muchas de las personas que ahora declaran apoyando a Garzón para que pueda aclarar las circunstancias del asesinato de sus parientes tuvieron edad para votar a todos estos representantes parlamentarios que votaron la amnistía; algunos de ellos, con seguridad, les votaron.

Al paso del tiempo, lo importante de las guerras es no repetirlas, porque las guerras son sucesos tan dramáticos, tan jodidos, que jamás se puede aspirar a la reparación de todos sus daños. El otro día leía en un foro de Historia estadounidense que el arqueo que hace la historiografía de los combatientes estadounidenses cuya existencia se disolvió tras las líneas rusas y de los que nunca se volvió a saber nada, es espeluznante. ¿Sería justo buscar a los responsables de sus muertes, que cabe adivinar atroces? Por supuesto. ¿Es practicable? La verdad es que no.

Si ponemos el contador de las culpas a cero, Franco saldrá perdiendo; y, desde luego, bien que se lo merece, porque el franquismo es, mutatis mutandis, el conjunto de unas 350.000 cabronadas de la peor laya. Pero quienes tanto ambicionan ese proceso deberían pensar que, tal vez, su amada II República se puede dejar más de dos, y más de tres, plumas en el proceso. Porque algún día, cuando se vayan repasando las víctimas, se acabará llegando, un suponer, a la persona de Agapito García Atadell (un señor al que un falangista peligroso -por lo visto- como el cineasta Luis Buñuel acusa, negro sobre blanco, de violar a las mujeres de los hombres que paseaba). O de los asesinos de Palenciana. O del Cojo de Málaga (bueno, éste no, que lo mataron los republicanos...). Y a ver quién es el guapo que pide reparación moral para estos hijos de la gran puta.

Y, de paso, nos convence de que sus acciones fueron «hechos puntuales».