
... no obstante, desde las costas norteñas, y si hay tiempo y ganas, seguiremos informando.
Bueno, pues la respuesta a la adivinanza que os proponía es: Josif Djougachvili, más conocido como Stalin. La foto que os he escaneado fue publicada por el investigador francés Robert Charroux, y Stalin es el niño que está delante, en el centro. El resto de los que figuran en la foto no son su familia. Son miembros de la familia Daurichevy, y él posa con ellos por una razón sencilla: porque quizá fuesen su familia.
La infancia de Stalin es cuestión batallona porque el líder soviético nunca fue muy claro respecto de la misma. Apenas se le conocían amigos o parientes de sus primeros tiempos, y los años de niño, contados en las publicaciones oficiales, tuvieron desde el primer momento un tufo a montaje que tiraba para atrás. En efecto, muy pronto las biografías de Stalin comenzaron a hacer hincapié en su condición de niño proletario que, en consecuencia, habría adquirido desde muy pronto conciencia revolucionaria. Esta versión encajaba como un guante en las necesidades propagandísticas del personaje, lo cual hizo dudar de ella ya en vida del dictador.
Tampoco es que la muerte de Stalin y los años hayan avanzado mucho en este punto, tal vez porque, realmente, la infancia de Stalin no es un elemento de gran importancia a la hora de conocer y juzgar al personaje. En todo caso, la cuestión plantea sus preguntas.
La historia oficial de la Unión Soviética presentaba sistemáticamente a Stalin como hijo de un agricultor, aunque otras veces se escribió que era hijo de un obrero zapatero de Tiflis. Versión ésta última que es casi verdad, porque Besarion Djougachvili, el padre de Stalin, verdaderamente hubo de emplearse como obrero en una fábrica de zapatos; pero eso fue después de que se arruinase con su zapatería propia, aspecto éste que se ocultaba en las biografías oficiales porque insinuaba un origen burgués para el líder de la revolución mundial.
Josif Djougachvili debió nacer en la aldea georgiana de Didi-Lillo, que era el lugar de residencia de los padres de su madre, Katerina, familiarmente conocida como Katho. Katho Djougachvili, nacida Gheladzé, había llegado desde Gori, donde residía con su marido, el zapatero Besarion.
Aquí ya tenemos una cosa complicadilla. ¿Por qué Katerina se fue a parir a casa de sus padres? Habrá quien piense que es un gesto normal en una mujer, querer estar en ese momento cerca de los consejos y la experiencia de su madre. Pero, la verdad, las cosas probablemente eran de otra forma. Katho se fue a Didi-Lillo porque tenía el pequeño problema de que era un poco pendón desorejado y, consecuentemente, había bastantes probabilidades de que el niño no fuese de Besarión; cosa que el zapatero, probablemente, sabía, porque las apuestas son muchas a que jamás realizó guarrerida alguna con su señora.
En el mercado Dakhuruli de Gori tenía su puesto el zapatero Besarion, y allí se quedó, cosiendo chustis (pequeñas botas usadas en la zona) mientras su mujer agotaba las últimas semanas del embarazo. Hemos de sospechar que algunos de esos zapatos se los vendería a algún frangui o franchi, es decir miembro de la clase alta local. La palabra proviene de franco o francés, porque esta clase alta procedía, casi en su totalidad, de los cruzados franceses que se habían refugiado, siglos atrás, en la zona.
Según recuerdos de refugiados georgianos recogidos, sobre todo, por historiadores franceses (ya que París fue el destino de la mayoría de ellos), el zapatero Besarion tenía fama en Gori de impotente. Esto explicaría que su mujer hubiese ocultado su embarazado marchándose de la ciudad; pero, al fin y a la larga, como todo el mundo habla y se mueve, acabó por saberse que Katho estaba en la villa de sus padres, al cargo de un niño pequeño. Las biografías oficiales de Stalin afirmaban que el matrimonio había tenido doshijos antes que Josif (Mikhail y Georgii), que habrían muerto muy jóvenes; sin embargo, otras versiones indican que Stalin fue su primer y único hijo, lo cual sugiere que el dato de las biografías fue colocado ahí para lavar el rumor de impotencia del padre.
Pero, si el buen Besarion no era el padre de Stalin, ¿quién lo era? Las cosas no están claras. Algunas versiones apuntan a un tipo llamado Egnatachvili, que tenía un colmao donde servía vino, probablemente frecuentado por mujeres casquivanas, y que era bastante visitado por el zapatero (el cual, al parecer, era tan ligero de costumbres como su señora, aunque en su caso trabajaban menos las gónadas, y más el hígado). Hay quien decía que el tabernero agasajaba al hombre para poder tirarse a su mujer a gusto; de ser así, no sería, desde luego, el primer tabernero de la Historia que acudió a este ardite.
En apoyo de esta tesis está el hecho de que Egnatachvili tuvo una vida muy errante, pues salió de Gori para radicarse primero en Taschkent, en Turkestán, y luego en Bakú, la capital azerbaiana; pero, a pesar de tanto traslado, nunca dejó de enviar pequeñas cantidades de dinero a Katho Djougachvili, se supone que para pagar la educación del niño. Puesto que en la casa de los Ghelazdé nadie sabía leer ni escribir, los vecinos tenían que firmar los acuses de recibo del correo, y es por eso que sabían que la mujer recibía dinero, y quién lo enviaba.
No obstante, hay otra tesis bastante más apoyada: el padre sería un pristav, es decir jefe de policía, llamado Damián de Daurichevy. Tesis ésta que sería una putada para Stalin, porque don Damián era un frangui. Tenía, pues, de proletario lo que yo de lagarterana.
El señor Daurichevy, en primer lugar, se preocupó, como probablemente hizo también Egnatachvili, de la educación de Josif, a quien para entonces ya todos llamaban Sosso (Koba, el otro sobrenombre de Stalin, data de los años revolucionarios). De hecho, durante varias temporadas el jefe de policía colocó al niño Djougachvili en compañía de dos de sus propios hijos, Lisa y Josif (llamado también Sosso) Daurichevy, a las órdenes de una institutriz, la señora Stepanova.
Otro argumento a favor de esta tesis es Sosso Daurichevy, el hijo del jefe de policía, que alcanzó ciertos rangos en el ejército soviético y del que se conservan fotos; fotos que revelan, al decir de muchos, un sospechoso parecido con el secretario general del PCUS. Para muestra, un botón.

Asimismo, también se señala que los hijos Daurichevy tendrían una pequeña malformación hereditaria en un dedo. Y da la casualidad de que todas las biografías oficiales de Stalin realizadas durante su vida en la URSS, probablemente para destacar su espíritu sacrificado, citan una deformidad de la mano que le provocaría dolores; aunque, según Nadeida Allilueyva, su segunda mujer, esa circunstancia se debería a una infección de la sangre, no a nada genético.
Si seguimos el relato recopilado por los historiadores interesados en la materia, durante años Besarion trataría de sacarle a su mujer la información sobre quién era el padre de su hijo; algo a lo que ella se negó sistemáticamente. La señora acabó por convencerle de que era mejor que aceptase el fait accompli, entre otras cosas porque, de esta manera, acallaba en parte los rumores sobre su pretendida falta de virilidad.
Sin embargo, cabe imaginar que el zapatero no se sintió, nunca, de acuerdo con esta decisión de dejar pasar las cosas. Sólo aceptando esto es posible aceptar, en consecuencia, que nada menos que once años después del nacimiento del joven Sosso, le montase a su mujer un pollo mundial, le colocase un cuchillo en la garganta y le obligase a confesar, según algunas versiones, el auténtico padre del niño.
Lo que está bastante claro es que Besarion, como dipsómano profundo que era, se desempeñaba, quizás por lo que sabía o sospechaba, con enorme violencia con su mujer e hijo. Así lo afirmaba, por ejemplo, I. Iremashvili, un menchevique georgiano que conoció a la familia, y según el cual el padre procuraba frecuentes palizas a ambos, especialmente al niño, al que castigaba casi todos los días antes de irse a la cama, a menudo sin motivo.
Tras conocer que Daurichevy era el padre real de Stalin, el padre jurídico del crío habría, siempre según algunas versiones de la historiografía, agredido al jefe de policía, siendo ésta la razón última de que tuviese que abandonar Gori y establecerse en Tiflis, donde murió en 1890.
Stalin le dijo a Emil Ludwig, en una de las escasísimas entrevistas al líder soviético que han sido publicadas, que los años de Tiflis fueron fundamentales para él y para su aprendizaje revolucionario. Por lo que se sabe, su trayectoria fue bastante normal en un revolucionario. Su madre lo quería sacerdote, y al parecer, de niño, Josif se mostraba piadoso y obediente, lo que le hizo acreedor de alguna que otra mención positiva en la escuela parroquial. Sin embargo, en la adolescencia desarrollaría su rebelión, que no lo fue social, inicialmente, sino nacionalista. Su rechazo a la escuela parroquial se debió al hecho de que esta institución era un medio de rusificación; el Stalin adolescente, sin embargo, odiaba el ruso, no quería estudiar la gramática, y prefería amar a los poetas georgianos; muy especialmente a Chota Roustaveli, de una de cuyas novelas, La piel del leopardo, tomó el seudónimo de Koba que luego adoptaría como revolucionario.
Prendido de sus ideas nacionalistas, el joven Sosso acabó por tomar contacto con una especie de ateneo obrero andante, un tipo llamado Gloudzidzé que, delante de su tienda, impartía enseñanzas sobre la Historia de Georgia y filosofía en general, con claros tintes anarquistas. Entonces, el futuro Stalin tenía 9 años y, poco a poco, su carácter fue cambiando. Aunque aún unos años más tarde lo encontramos no haciendo ascos a la burguesía al cortejar a una niña de 13 años, Lisa Tzinzilchvili, hija de franchis. Finalmente, Stalin ingresó en el seminario, de donde fue expulsado por sus actividades propagandísticas, en ese momento todavía más nacionalistas que otra cosa. Regresa a Gori, luego a Tiflis de nuevo, y en esta ciudad, tras emplearse en el ferrocarril, comenzará la carrera de revolucionario que lo llevará a la cima del mundo.
Una vez allí, en la cima del mundo, Josif Djougachvili dejará crecer a su alrededor el mito, mito que desdibujará por completo la auténtica historia de su infancia, hasta el punto de que hoy sea prácticamente imposible reconstruirla. Pero queda para los sicólogos la posibilidad de estudiar la evolución de su intelecto y su moral bajo la premisa de que pudiera ser hijo adulterino, de haber tenido que vivir muchos años bajo la presión de serlo y las palizas que ello le procuraba; y de no poder identificarse con su familia carnal por pertenecer ésta, precisamente, a las clases sociales que su puño aplastó.
Clandestinamente, en 1905, Kristofor Tkhinvoleli, antiguo compañero de seminario de Stalin, lo casó con su primer amor serio, Yekaterina Svanizde, de quien se dice era guapísima. Stalin la llamaba Katho, como a su madre, y quienes conocieron por entonces al activista bolchevique decían que la amaba profundamente. Pero Katho murió, al año siguiente, de tifus.
El mundo entero salió perdiendo con esa muerte.

Nunca en mi vida he estado en Menorca, pero amigos y conocidos tengo que dicen que es una isla muy atrayente, a pesar de su capitidisminuyente nombre. Es uno de esos territorios en cuya existencia tienes que estar bastante interesado, porque es bastante fácil que se te pase reparar en él, por lo chiquito. Creo recordar, incluso, que en mis infantes días colegiales alguna que otra vez se me olvidó dibujarlo en los trabajos de geografía, lo cual seguro me supondría algún que otro embroque de mi cara con la mano diestra del profesor.
Menorca, por lo tanto, es poca cosa. Como en este blog tenemos la costumbre de hablar de cosas grandes, desde Dios hasta la China, puede haber, quizá, quien piense que nunca le dedicaríamos un espacio a Menorca. Más no es el caso. Esta pequeña isla es sede de un episodio de nuestra guerra civil (el último para la isla, de hecho) que no está exento de enigmáticas dudas. Una de esas cosas de las que, al menos yo, puedo escribir en mucha mayor medida contando lo que no sé, que lo que sé. O sea, me pone. Y por eso lo escribo.
De todos es sabido que las Baleares son un territorio que, en la guerra civil, cayó pronto en manos de Franco, y así se quedó durante toda la conflagración; por mucho que los republicanos intentasen una recuperación que también es un episodio interesante de contar otro día. Pero esta afirmación no vale para Menorca. La isla de Menorca, relativamente fácil de defender, permanecía, a principios de 1939, incluso después de que Franco se pasease por Cataluña como Messi por el área del Sentmenat F.C., en manos republicanas. Mala cosa para ellos, porque, tras la caída de Cataluña, y sobre todo teniendo en cuenta que para entonces la flota republicana estaba surta en Cartagena, con el culo contra la pared y atocinada en tablas, es decir que el Mediterráneo era de Franco; tras todo eso, digo, Menorca se quedaba, literalmente, tras las líneas enemigas.
Sólo era cuestión de tiempo que cayese. Sólo era cuestión, de hecho, que desde la Barcelona tomada por Franco se enviasen buques con tropas a certificar la caída de la isla.
Antes de que el ejército invasor de Cataluña diese ese paso, sin embargo, las fuerzas nacionales situadas en Palma y Mallorca en general, fundamentalmente aéreas y con fuerte presencia italiana (anótese el dato: Mussolini ambicionaba encontrar el momento de anexionarse las islas), ya pensaron en el asunto. Si hemos de creer a Martínez Bande, ejemplo de historiador franquista muy bien documentado y razonablemente equilibrado en sus juicios, fue el teniente coronel Fernando Sartorius, jefe de la Región Aérea de Baleares, quien tomó la iniciativa.
¿Era este Sartorius algo del célebre político comunista de la Transición Nicolás Sartorius? Pues tengo yo por mí que sí, porque don Fernando era conde de San Luis, es decir ostentaba el título nobiliario de los Sartorius de toda la vida; y, si no me equivoco, don Nico, y quizá por eso era hace años tan atractivo su comunismo, procedía de la noble estirpe. Eso sí, Bande lo llama Fernando mientras que el diccionario de militares de la guerra civil de Couceiro incluye sólo una entrada a nombre de Carlos Sartorius Díaz de Mendoza.
Uno u otro Sartorius habrían sido los padres de la idea, propuesta al jefe de la fuerza aérea, general Kindelán; el cual, el día 28 de enero del 39, habría obtenido el nihil obstat de Franco. Algo se movió porque el día 3 de febrero, aviones nacionales comenzaron a lanzar sobre Menorca octavillas invitando a la rendición.
Mientras tanto, los republicanos habían hecho cambios también en la isla, nombrando gobernador militar a un marino, Luis González Ubieta, quien al parecer era masón. Este dato ha sido usado a veces por los historiadores para interpretar que los mandos militares republicanos (que para entonces estaban pensando más en la rendición que en otra cosa) colocaron a un militar que se pudiera «entender» con los nacionales.
Aquí, sin embargo, es donde los hechos comienzan a dar un giro inesperado. Sartorius se entrevista el 4 de febrero con el cónsul inglés en Mallorca, el capitán Allan Hillgarth, del que solicita, y obtiene, la puesta a disposición de un barco, el crucero Devonshire. Esto es, para cualquiera que sepa dos palabras de diplomacia, algo, como poco, irregular. Hablamos de un gobierno soberano inmiscuyéndose en una negociación bélica. No es algo que el cónsul pudiera hacer por decisión propia, de donde cabe concluir que, de una forma o de otra, el gobierno inglés tuvo que estar informado y, con mayor o menor renuencia, tuvo que dar su conformidad.
El 7 de febrero, el Devonshire llegó al puerto de Mahón. Allí se presentó González Ubieta, quien se entrevistó primero a solas con Muirheard-Gould, capitán del barco, para pasar a parlamentar, acto seguido, con Sartorius. Una vez más, nos encontramos con algo altamente irregular, como es la presencia prelativa de los ingleses en las negociaciones.
Dichas negociaciones se desarrollaron bajo las premisas siguientes: Sartorius exigía la rendición incondicional de la isla, bajo amenaza de bombardearla si resistía. A cambio, todo aquél que quisiese abandonarla podría hacerlo con la garantía del capitán inglés.
Ubieta estaba en una posición bastante incómoda. Para rendirse, necesitaba consultar, como poco, con su Alto Estado Mayor, si no con el ministro de Defensa, si no con el primer ministro. Pero el gobierno republicano, si de alguna manera lo hemos de llamar, se encontraba en esas fechas en algún lugar entre La Agullana y La Bajol, esquivando las bombas de Franco, tratando de coordinar la huida en desbandada de centenares de miles de soldados y civiles y, desde luego, sin teléfono móvil ni fijo que atender. Ubieta no podía obtener la autorización del gobierno la cual, al parecer, intentó sustituir mediante reuniones con los principales representantes del Frente Popular en la isla.
La situación, además, se tuerce más al día siguiente. Al comenzar la segunda jornada de negociaciones, Ubieta es informado de que tres batallones se han sublevado en las localidades de Ciudadela, Ferrerías y San Cristóbal, al Oeste de la isla. Dos hidroaviones de la base de Pollensa despegan para apoyar a los sublevados, a los que se une, pocas horas después, un pequeño destacamento de dos lanchas torpederas con medio centenar de soldados de aviación. A pesar de la desidia general que atora por entonces a las fuerzas republicanas, algunas unidades menorquinas se movilizan para sofocar la revuelta.
Y es en ese momento cuando los italianos (tres aviones Savoia) bombardean Mahón, causando tres muertos, diez heridos y considerables destrozos.
Como digo, el episodio de Menorca es bastante enigmático, y este detalle es, tal vez, el más enigmático de todos. ¿Quién, y por qué, da la orden de movilizar aviones para bombardear Mahón? El jefe de la fuerza aérea no puede ser, porque está en el mismo Mahón negociando la rendición con autorización de Franco para hacerlo. Tampoco tiene sentido que lo hagan otros mandos (por ejemplo, el comandante militar de Palma, general Cánovas), porque estaban preparando la «invasión» de la punta Oeste de la isla, donde tres batallones les hacen ya de cabeza de puente. No sabemos a ciencia cierta quién ordena el bombardeo, pero lo que sí sabemos es que está a punto de dar al traste con las negociaciones. El capitán del Devonshire, que había partido de Mallorca con la garantía de que no habría acciones aéreas mientras el barco estuviese en Mahón, amaga con pirarse. Y, sin barco que se pueda llevar a los que teman ser fusilados por Franco, el acuerdo deviene imposible.
Las negociaciones, sin embargo, continuaron. Se acordó que un coronel retirado, apellidado Useletti y del que, honradamente, no tengo más datos, se pusiese al mando de la isla, mientras en Ciudadela se colocaba al frente, llegado desde Pollensa, el comandante nacional Noreña; que ignoro si era pariente del teniente coronel Carlos Noreña Echevarría, que en tiempos de Franco (ahora supongo que ya no será así) encabezaba, a título honorífico, el escalafón de la escala de Estado Mayor, tras haber muerto fusilado en Madrid por haberse negado a formar parte del Estado Mayor republicano y afirmar, durante su juicio popular, su total identificación con el bando nacional.
En la noche del 8 al 9 de febrero, finalmente, el Devonshire zarpó de Mahón. En el barco viajaban Urbieta, el delegado gubernativo, militares y civiles republicanos sin que, que yo sepa, se haya aclarado nunca en qué magnitud.
¿Por qué es tan importante el suceso de Menorca? O, dicho de otra forma, ¿por qué este humilde posteador ha titulado a su artículo, ampulosamente desde luego, afirmando que la segunda guerra mundial comenzó allí? Pues, básicamente, porque Menorca supone, antes que cualquier otra cosa, un extraño caso de implicación británica en la guerra civil española.
Cualquiera que se haya leído las excelentes novelas de la serie Master & Commander sabrá que Mahón fue, durante mucho tiempo, un hub marítimo de gran importancia para el no menos importante poderío naval británico. Que UK le ha encontrado de toda la vida una utilidad estratégica de la hostia a las Baleares está fuera de toda duda; combinada con su presencia en Gibraltar, viene a garantizar una posición preeminente en el Mediterráneo casi sin competencia. Así las cosas, no es extraño que Baleares fuese el lugar donde los británicos más claramente decidiesen, sobre todo aprovechando que en la guerra todo el pescado estaba ya vendido, dar un paso al frente e implicarse. La moderna historiografía británica asevera que la operación del Devonshire fue conocida a la vez, y aprobada, por Franco y el Foreign Office. Si esta afirmación es cierta, que puede, esto vendría a darle la razón a los alemanes cuando desconfiaban del ferrolano. Los papeles internos de la diplomacia alemana, publicados hace décadas, más que sugieren que el embajador alemán en Burgos, Von Stohrer, no tenía ni puta idea de lo que se estaba cociendo en Menorca aquellos días. Según dichos telegramas, el ministerio alemán de Exteriores se enteró de la operación en la mañana del 9, leyendo la prensa inglesa. Von Stohrer contesta el 10 un tanto sonado, dando informaciones epidérmicas y desenfocadas de lo que está pasando en Menorca (por ejemplo: en fecha tan avanzada, no cita la sublevación de Ciudadela, y asevera que todos los traslados se han realizado en buques españoles).
Los alemanes, por lo tanto, estaban a por uvas. Pero no así los italianos, que eran, con mucho, los aliados de Franco más interesados por las Baleares (a pesar de que, al fin y a la postre, como bien sabemos, han sido los otros aliados los que se las han quedado). No de otra manera cabe interpretar el sospechosísimo episodio de los Savoias, un bombardeo que nadie ordenó, que no formaba parte del operativo aprobado por Franco y cuya consecuencia fue el amago inglés de abortar la operación.
Tengo por mí que ese bombardeo es la demostración que de Mussolini algo sabía; lo cual no es difícil, porque Palma le pertenecía en ese momento. Algo supo. Lo que supo no le gustó y decidió, lisa y llanamente, hacerlo zozobrar. De alguna manera, en Menorca tropas italianas bombardearon intereses británicos; de ahí la metaforilla de que ese día comenzó la segunda guerra mundial.
Con todo, el episodio de Menorca tiene otro significado, difícil de medir en sus dimensiones exactas, pero de gran importancia. Como ya os he descrito, la rendición de Menorca provino de una negociación friendly entre militares republicanos que no tenían nada que ofrecer y mandos nacionales que se mostraron comprensivos. Fue una rendición de la que escaparon muchos de los que quisieron escapar, aunque algunos, con las prisas, quedasen finalmente atrapados.
La negociación de Ubieta levantó en los militares republicanos la ilusión de un armisticio con Franco. De una especie de entente entre profesionales de la milicia, por la cual el general ferrolano comprendería que los uniformados no hicieron otra cosa que cumplir con su deber. Algunos de los jefes militares profesionales de la República, de hecho, soñaban con conservar sus rangos como si tal cosa; Casado, sin ir más lejos, así lo esperaba. La rendición de Menorca dio alas a quienes pensaban, en el bando republicano, que una tal transacción era posible. Así pues, de alguna manera, el episodio alimentó el golpismo contra el gobierno de Negrín que acabaría desencadenando el final de la guerra.
Eso sí, se equivocaron al valorar a Franco y sus posibilidades de pactar un acuerdo. De medio a medio.
Bueno, aquí está el texto que hoy se publica también en el blog de Tiburcio, en lógica devolución de la visita que nos hizo la semana pasada.
El mandarín está vestido. By JdJ
A principios del siglo XX, la revolución rusa levantó una ola de ilusión en todos aquellos que, en el mundo, creían tanto en la necesidad como en la posibilidad de un cambio radical del mismo hacia la justicia y la felicidad social. A pesar de los muchos y exitosos intentos del régimen soviético para mantener viva esa llama, pasadas las décadas, y sobre todo tras el estallido de la guerra fría y el consecuente enfriamiento de las posibilidades del comunismo en los grandes países europeos, la URSS fue decepcionando. Esto, sin embargo, no significó, en modo alguno, que los buscadores de utopías detuviesen sus explotaciones mineras entre los seguidores de Carlos Marx. En realidad, el fracaso de la URSS como potencia democrática (a pesar de haber inventado para sí misma el extraño fistro de democracia popular) impulsó todavía más la asunción acrítica del concepto de que los regímenes marxistas eran democráticos, progresistas y avanzados. La creencia, simplemente, se desplazó al que fue, durante la segunda mitad del siglo XX , el gran elemento reivindicador del progresismo: el Tercer Mundo.
El Tercer Mundo, en proceso de descolonización en muchos casos es, en efecto, un poco el ecologismo del último tranco del siglo XX. Una idea asumida por muchos de una forma bastante automática. El Tercer Mundo, según esta idea, se convierte en un territorio que es objeto de una agresión, la del mundo desarrollado, lo que le convierte en inocente ante cualquiera de sus problemas. Varias decenas de dictadores, algunos de ellos justamente colocados en el hall of fame de la atrocidad inhumana en la Historia de la Humanidad, han vivido de coña gracias a que Londres, en París o Nueva York estuviesen petados de escritores, directores de cine, tornero-fresadores, periodistas, biólogos, intelectuales en general y algún que otro mediopensionista firmador de manifiestos, que no estaban dispuestos a admitir que los problemas de los países en desarrollo tuviesen otro origen que la secretaría de Estado USA y elementos similares.
En medio de este proceso se cuela el comunismo chino de Mao Zedong. Que es un comunismo distinto a otros comunismos, sólo comparable al titismo yugoslavo; que, sin embargo, era una ideología en buena parte inexportable. El maoísmo, pese a llevarse bien con la URSS en sus principios, acaba pronto enfrentado con él, en parte por diferencias ideológicas; en parte por diferencias estratégicas; en parte por la voluntad de liderazgo mundial de Mao; y en parte, ya en los últimos tiempos de este dictador que jamás se lavó los dientes, porque los EEUU vieron el hueco entre los socios comunistas, e ipso pacto se personaron en Pekín, a dar por culo.
El maoísmo tenía elementos que lo hacían más atractivo a los ojos de la progresía intelectual de los años sesenta y siguientes, por ser un comunismo tercermundista, que volvía a las raíces leninistas (del origen del leninismo) que veían en los campesinos la clave de la revolución. Si toda revolución comunista tiende a liberar a una clase social, la revolución maoísta, además, ofrecía la liberación no sólo del hombre pobre, sino del país pobre, de la mitad pobre del mundo.
Una oferta atractiva. Tan atractiva como para mantener a miles y miles de ciudadanos cultivados del mundo occidental cautivados y ciegos durante años en los cuales Mao aprovechó su ceguera para matar a 70 millones de chinos; convirtiéndose con ello, de largo, en el mayor genocida de la Historia.
La historia de cómo tanta gente pudo estar tan ciega es, a mi modo de ver, la historia de una gran vergüenza.
En 1949, cuando en Europa y América se empieza a hablar de China, todavía vive Josif Stalin, y los regímenes soviéticos y chino dan toda la impresión de ser tan hermanos como lo pudieron parecer, hace ahora treinta años, Ronald Reagan y Margaret Thatcher. Ambos eran arietes en la lucha contra el imperialismo. Y permanecerían así hasta, más o menos, diez años después, cuando los problemas fronterizos comenzaron a cambiar las cosas hasta alimentar un enfrentamiento que terminó por ser cainita.
Antes de eso, en 1955, el peregrinaje de intelectuales occidentales comenzó en dirección a China, ahora que no había más remedio que contar malas cosas si el viaje era a Moscú. Este primer viaje lo hizo una miembra conspicua de la intelectualidad parisina, Simone de Beauvoir, compañera en la vida, y en la miopía, de ese gran adalid de la coherencia democrática que se llamaba Jean Paul Sartre. Simona fue a China y volvió orgasmando por las esquinas.
La justificación de las miopías suele ser, principalmente, la falta de información: yo no veía mal; simplemente, estaba mal informado. En el caso de China, sin embargo, esta disculpa es poco creíble. Desde muy pronto, analistas como David Rosenthal estaban denunciando lo que estaba pasando en China en forma de eliminación masiva de personas. Sin embargo, a la Beauvoir aquello no le impresionó demasiado. Chou en Lai, primer ministro entonces, le confesó en su viaje, fríamente, que 830.000 enemigos del pueblo habían sido «destruidos»; pero no debió de parecerle inhumano. Habremos de suponer que pensó que se lo merecían. Además, a su vuelta a París, declaró su convencimiento de que en China los ciudadanos sólo eran arrestados bajo sospecha de sabotaje o conspiración contra el Estado. En la misma frase, confesó que no había ninguna manera de comprobar la cifra facilitaba por ella de que los juicios políticos habían afectado «sólo» a 600.000 personas (comparación: Franco encarceló, se dice, a unas 300.000 personas) y que todos los juicios habían sido legales y respetando los derechos de los imputados. Nunca explicó cómo sabía tanto de unos juicios que ni había visto ni sabía cuántos eran. Más aún, sentenció: «Ningún ciudadano chino es molestado por sus opiniones». Comenzaba la monumental mascarada «Mao mola».
El mayor propagandista del maoísmo fue, sin ningún lugar a dudas, Edgar Snow. Además de contar mil maravillas de la China que conoció, fue durante toda su vida y producción articulística un gran proveedor de argumentos de comprensión hacia el maoísmo. Sin ir más lejos, confesó que eso de «destruir» a 830.000 sonaba mal; pero que, bueno, es que hay que saber chino. En chino, según él, el verbo «destruir» no implica desaparición física. Con los años se ha sabido que Mao, en aquel entonces, estaba incluso enterrando a gente viva. Debe de ser que no sabía mucha semántica. Más allá, otra de las proezas de Snow fue afirmar sin sombra de duda, a pesar de no tener ni una estadística ni prueba fehaciente de ello, que la pena de muerte sólo se aplicaba en China en la persona de quienes habían causado la muerte de otros.
Edgar Snow había sido primero un admirador de Chang Kai Chek, pero en Pekín leyó las obras políticas de Bernard Shaw, y cambió de mito. En 1936 consiguió tomar contacto con el Ejército Rojo, lo que le permitió conocer y entrevistar a militares que habían participado en la Larga Marcha, convirtiéndose con ello en el primer occidental que hablaba de la revolución china.
Con todo, los buscadores de explicaciones más o menos exóticas de lo que veían son legión. Es muy interesante, por ejemplo, la historia de Agnes Smedley, una periodista norteamericana que quizá fue la que vivió más de cerca la auténtica vida de los revolucionarios chinos. Durante la revolución, estando con las tropas, se cayó de su caballo y quedó medio inválida. Aun así, siguió con las tropas, sufriendo todas sus privaciones. En 1937 pudo visitar personalmente a Lin Piao. De vuelta a Estados Unidos, cuando estalló la guerra fría, y después la de Corea, EEUU le negó la visa para volver a China, cosa que no pudo hacer hasta 1960. Lo que contó de esta visita es enternecedor. Coincidió con un periodo de elecciones, por supuesto de partido único. En un salto mortal acojonante, reconoció que, efectivamente, las elecciones sólo tenían candidatos únicos (a ver cómo podía haber dicho lo contrario); pero, argumentó, ¡el proceso estaba diseñado para fomentar la «involucración psicológica masiva» del pueblo chino! Una interpretación muy parecida a la del propio Snow: en China no había elecciones libres porque el campesino chino había tomado la libre decisión de delegar el poder en otros (de por vida, por lo que se ve).
El escritor Basil Davidson, de visita en China al final de la guerra de Corea, con todos los gastos pagados por la Britain-China Friendship Association, escribió a su vuelta que China no era, desde luego, un régimen parlamentario democrático, pero que «la dictadura china no tiene nada en común con la de Hitler o Mussolini». Es probable que no lo dijera porque Mao acabase matando a no menos de 15 chinos por cada judío que mató Hitler. Davidson aceptó, además, un criterio propio del leninismo, que sería multirrepetido durante años en Occidente: China era una dictadura sólo ante quienes no eran obreros ni campesinos.
Davidson insistió en sus artículos en que si no existía el derecho de huelga en China era porque la armonía social lo hacía innecesario. Estaba reproduciendo sin saberlo, en los años cincuenta del siglo pasado, los mismos argumentos, pero calcaditos, que en ese mismo momento se estaban manejando en el régimen de Franco en España para no dotar a los trabajadores de ese mismo derecho.
Simona La Estrábica, en una de sus visitas, fue llevada por los jerifaltes chinos a visitar una prisión. La llevaron a ver la denominada Prisión Uno, es decir una especie de cárcel-estudio de cine que los chinos habían levantado para las visitas extranjeras, con presos de coña, flores por todas partes, puertas abiertas sin cerrojos, programas de estudio y un hospital de la pitri mitri. Beauvoir asumió, a la luz de lo que vio, que todas las prisiones en China eran iguales, y así lo dejó escrito. Nunca explicó, sin embargo, cómo se había cerciorado de que aquel lugar no era singular.
En general, los viajeros occidentales a China no parecen haberse planteado con medio espíritu crítico la verdad de lo que veían. Anna Louise Strong, tal vez la más dedicada propagandista soviética en el mundo sajón, vivió en China, en un apartamento propio y disfrutando de secretaria, coche, chófer, comida y señora de la limpieza. No hay constancia de que se plantease seriamente si el chino medio, tal vez, no vivía así.
En 1955, a la Simona le siguió el Juan Pablo, su costillo. Sartre desplegó en su viaje toda su amplia capacidad de inventarse sus pensamientos y valoraciones, y creérselos. Hizo un vaticinio que podríamos considerar histórico: China, aprendiendo de la experiencia de la URSS (que, ahora que le había insultado apelándolo en el congreso de Wrocklaw de hiena dactilográfica, ya no le molaba tanto), no realizaría ninguna colectivización agraria, sino que aplicaría el socialismo voluntario. Pues sí; tres añitos más tarde llegó el Gran Salto Adelante, experimento colectivizador que dejó la experiencia de la URSS en un juego de teletubbies.
Este proceso, el Gran Salto Adelante, supuso, en la práctica, colectivizar y esclavizar un país entero, del tamaño de un continente, a la mayor gloria de unos objetivos de desarrollo económico que habían de convertir China en un líder mundial. Mao dejó bien claro que lo que quería era que los chinos produjesen y que, si para producir tenían que dejar de comer, por él, de puta madre. Será por eso que en aquellos años millones de chinos murieron literalmente de hambre mientras fabricaban en sus hornos caseros acero como posesos porque Mao quería ser el líder mundial en la producción de la tal cosa.
A la intelectualidad occidental, sin embargo, el Gran Salto Adelante le pareció lo más de lo más, Mari Loli. El doctor Joshua Horn, médico británico afincado en Pekín, bramaba feliz que la colectivización del campo era el resultado de la libre decisión de los campesinos (que estaban siendo colectivizados a hostias a pocos kilómetros de su casa). En 1959, el diácono de Canterbury, peripatético personaje del propagandismo procomunista occidental como se vieron pocos, estuvo en el país y declaró que de no haber sido por la colectivización, millones de personas habrían muerto; hemos de suponer que en lugar de los que ya estaban muriendo, de los que, sin embargo, no dijo nada. El escritor Felix Green dijo, incluso, que el proceso de colectivización había sido tan espontáneo que el gobierno había sido pillado por sorpresa.
En realidad, en 1955 Mao había dado la orden de que se creasen casi un millón y medio de comunas en toda China que incluyesen, al menos, a la mitad de la población campesina. El sistema funcionó mal y causó una terrible hambruna (que, como hemos dicho, monseñor de Canterbury no fue capaz de ver, quizá porque pensase que los chinos son genéticamente delgados). Edgar Snow acudió en auxilio del régimen echándole la culpa a la sequía; eso sí, a principios de los sesenta, cuando el PC Chino dio carpetazo a la yenka maoísta, con toda naturalidad admitió que la precipitación de la colectivización había causado los problemas, y a otra cosa, mariposa.
En mayo y junio de 1957 se produjo la llamada de las Cien Flores por parte de Mao. Fue una especie de proyecto para que, durante aquel tiempo, floreciesen en China (de ahí el nombre cursi) las ideas y los proyectos. Simone de Beauvoir se aprestó a declarar que aquella iniciativa llevaba las libertades más lejos de lo que nunca habían ido en una democracia. Las Cien Flores, de hecho, brotaron. Animados por la invitación, pensadores chinos se adelantaron a criticar el excesivo imperialismo de Mao, así como la brutalidad de su Justicia, que por entonces decía ya estar en cerca del millón de apiolados. El Partido se acojonó, llamó a Mao a capítulo, y éste dio marcha atrás. El régimen hizo uso de una herramienta que le era muy querida: la pública humillación y confesión de los errores, forzada en la persona, por ejemplo, de Lo Lung Chi, vicepresidente de la Liga China por la Democracia. Los mismos intelectuales que habían recibido con entusiasmo democrático las florecitas permanecieron, ahora, básicamente callados.
Como es lógico, la intelectualidad europea recibió, en términos generales, la implicación de China en la guerra de Corea como una acción defensiva, plenamente justificable. Sin embargo, hasta hace bien poco tiempo han estado poco interesados en referirse a la intervención en Tibet, que poco de autodefensiva puede tener; las cositas del Dalai Lama, efectivamente, rara vez aparecen en los escritos de los sinólogos de salón de la mejor época de la gauche divine. Más aún, el régimen chino contó con excelentes voceros, como la inevitable Simone, que, sin haber puesto un pie en el Tibet, escribió en Occidente informes interesantísimos sobre el elevado desarrollo de sus escuelas, autopistas, créditos sin intereses, y otras milongas. ¿Problemas? Hombre, sí, los había. Pero se debían a «el empeño de las tribus nómadas de volver a su anárquico modo de vida». Para la De Beauvoir, por lo visto, alguien que quiere llevar un modo de vida anárquico (y eso admitiendo la certitud del diagnóstico) no tiene derecho a hacerlo. Más revolucionariamente coherente fue la explicación ofrecida por Felix Green: la resistencia tibetana se circunscribía a 20.000 terratenientes y tibetanos reaccionarios; a los cuales, según el catón marxista, es lícito negarles el derecho a la vida.
A mediados de los años sesenta, el régimen chino experimentó una vuelta de tuerca más con la revolución cultural, fruto del pacto tácito entre Mao y Lin Piao.
Mao había quedado tocado por el fracaso del Gran Salto Adelante, que se había convertido en el Gran Hostión contra el Suelo. La facción más moderada del Partido, bajo el liderazgo del Presidente chino Liu Shao Chi, comenzó a tocarle las bowlings. En 1959, Peng Te Huai, ministro de Defensa, había visitado la URSS y allí había reclamado un ejército chino mejor organizado y había criticado el Gran Salto Adelante. Mao, enfurecido, exigió su cabeza. Sin embargo, debilitado por sus fracasos económicos, hubo de claudicar. A principios de los sesenta, China tuvo que imponer su propia versión de la NEP leninista, permitiendo la pequeña propiedad privada y el funcionamiento de mercados libres. Mao perdió después el control sobre el mundo cultural y la prensa del Partido.
A partir de ahí, contraatacó; y lo hizo, como hemos dicho, aliado con Lin Piao, que controlaba la Guardia Roja; institución que fue utilizada como pandilla de matones que, de facto, dio un golpe de Estado dentro del Estado, tomando el control total del país, iniciando el culto cuasidivino a la personalidad de Mao, y eliminando a los enemigos; antiméritos todos éstos que, sin embargo, no impidieron que esta institución tan democrática fuese emulada en los países occidentales, España incluida, a través de la Joven Guardia Roja. Párese el lector a pensar qué dirían los firmadores de manifiestos si alguien hubiese creado en España, en los años setenta, las Nuevas Juventudes Hitlerianas.
Controlado el país, en 1966 Mao lanzó su gran eslogan: todo el país tenía que tomar ejemplo de su ejército; de nuevo, el líder comunista chino se mostraba como un acendrado franquista. Esta idea se vino a combinar con la demanda de que todo lo que no tuviese raíz revolucionaria fuese destruido; así, en abril comenzaron, en la prensa de nuevo controlada por el líder, los ataques contra la literatura clásica. En junio de aquel mismo año comenzaron las purgas, especialmente extensas en el ámbito cultural. Escuelas y universidades fueron cerradas, y para cuando se reabrieron, los alumnos encontraron al frente de las aulas a miembros de la Guardia Roja. De julio data la famosísima foto de Mao nadando en el Yang Tse. En agosto, una vez que logró controlar totalmente el Comité Central del Partido, Mao lo convocó y le hizo decretar algo así como el recomienzo de la revolución contra la burguesía; aunque esta vez, en la lista de enemigos, figuraban también los cargos elitistas del propio partido. Millones de guardias rojos desfilaron en Pekín durante ocho días, mostrándole a todo el mundo que al que se moviese, le cortarían los cojones.
Rápidamente, Liu Shao Chi y otro moderado que acabaría sobreviviendo a la experiencia, Deng Xiao Ping, fueron colocados bajo arresto domiciliario. La mujer de Liu fue llevada ante una especie de corte judicial de desviacionistas, ridículamente disfrazada, para público escarnio. Peng Te Huai, el otrora ministro de defensa, fue llevado ante diez mil personas, cargado de collares con paneles de madera que señalaban sus faltas, en un espectáculo intolerable que, curiosamente, no se sabe de muchos teóricos de la Leyenda Negra que lo criticasen con pasión, igual de escandalizados porque 400 años antes se hiciese, por decisión inquisitorial, algo parecido con los conversos.
Lo que los intelectuales occidentales prochinos hicieron fue de traca. Lejos de criticar a Mao por tanta crueldad, le alabaron la capacidad de clemencia por no estar dando audiencia al clamor que había en la calle para que matase a todos aquellos revisionistas. Pocas, poquísimas noticias tenemos en sus libros de los centenares de miles, sino millones, de chinos cultivados que, en el entorno de la revolución cultural, fueron arrebatados de sus lugares de residencia para ser llevados a trabajar en condiciones infrahumanas en granjas que eran en realidad campos de concentración disfrazados de pitufo. Aún a día de hoy, de hecho, y a pesar de los muchos libros, de ficción y de no ficción, publicados sobre el tema, la revolución cultural, como le ocurre también a los campos siberianos de Stalin, sigue sin figurar en el puesto que en justicia le corresponde en la lista de los genocidios planificados del siglo XX. A los ojos de un montón de gente, el único genocida del siglo XX fue Hitler (bueno, y Franco; aunque Franco, al lado de Mao, era Rita Irasema).
En realidad, en los años 67 y siguientes, incluso después de la defenestración final de Liu (octubre del 68), la revolución cultural provocó una enorme guerra interna. En Shangai y Pekín, cuando las ciudades fueron tomadas por facciones radicales de la Guardia Roja, hubo unas hostias como panes en las calles. De hecho, la propia Guardia comenzó a romperse en facciones que se mataban entre sí. Los divinos scholars sinólogos, sin embargo, seguían visitando el país, y hablando del mundo como cascada de colores a su vuelta. Lin Piao mató a 90.000 personas en Shezuan, 40.000 en Kwantung. Nada de esto, sin embargo, lo vieron los que decían describir la «verdadera China». Especialmente recomendable encuentro un libro llamado Report from a Chinese village, obra del impagable intelectual sueco Gunnar Myrdal, quien visitó un pueblo chino en todo el centro de la Revolución Cultural (1967). En sus páginas, Myrdal acusa a Moscú, Washington, Tokio y Taipei (curiosa coalición) de tender un velo de desconocimiento sobre la RC, y asevera cosas como que todos los chinos usaban radios de transistor y acudían a asambleas locales donde los temas de gobierno eran discutidos. Se ignora, sinceramente, el país que visitó. El capítulo en el que describe a los guardias rojos llegando a la aldea tiene los tintes idílicos de una imaginaria entrevista entre Pocoyó y Winnie de Pooh.
Felix Green describió la RC como un ejercicio nacional de autoanálisis, necesario para sacudirse los vicios burgueses. Joan Robinson, profesora de Economía en la universidad de Cambridge (shit you, little parrot), la describió como «un movimiento desde abajo, con escaso control desde arriba» dirigido por la voluntad «del público de re-educar al Partido». Por su parte, María Antonietta Macciochi, diputada italiana del PCI que visitó China en 1970, sentenció tras su visita que «no hay ni rastro de alienación en China». Sacó esa conclusión tras ser recibida a su llegada al aeropuerto por dos filas de niñas cantantes. Lo curioso es que Macciochi, en un ejercicio increíble de transparencia por parte de los chinos, fue informada en la universidad de Tsinghua del enfrentamiento que la misma había vivido entre dos facciones de la Guardia Roja, que había terminado con tres mil pollos matándose por las esquinas del campus; y, aun así, ello no le impidió escribir que el régimen chino era «compacto e integrado». Además, escribió de China que era un país «absolutamente egalitario, en el que todas las distinciones de rango han sido abolidas».
En 1968, un grupo de profesores de universidad americanos fundaron el Comité de Investigadores Asiáticos, conocido por sus siglas CCAS. Este comité se fundó para oponerse a la guerra de Vietnam pero, entre sus actividades, y honradamente no sé con qué financiación, preparó un viaje de quince de sus miembros que pasaron 31 días en China.
Este CCAS hizo visitas realmente curiosas. Salieron encantados, por ejemplo, de un campo de entrenamiento de milicias voluntarias en Nanking… a pesar de que los chinos no se cortaron un pelo de enseñarles a niños de diez y doce años disparando fusiles y morteros. Aquello, por lo que se ve, les pareció de lo más normal. Los herederos de sus cátedras, por supuesto, estaban treinta años después rasgándose las vestiduras por la existencia en África de niños-soldado.
Y es que hay quien dice lo que piensa, y quien dice, simple y llanamente, lo que está de moda pensar en cada momento.
La operación, espontánea o diseñada, bien o malintencionada, de disfraz de la realidad de la china maoísta, del maoísmo en sí, es una de las mayores operaciones de manipulación que recuerda la Historia reciente de la Humanidad. China, como el resto de los regímenes comunistas del presente y del pasado, se ha beneficiado de ese extraño fenómeno por el cual los Michael Moore que le toca vivir, en lugar de criticarlos, se ponen de su parte. Centenares de intelectuales franceses, alemanes, estadounidenses, británicos, españoles, son responsables de esta mentira o, como poco, de contar verdades como puños de las que en realidad no sabían nada, por un simple prurito ideológico.
Sorprende, sinceramente, comprobar cómo tanta gente, que se supone que está por encima del normal de la gente a la hora de pensar, pudo pensar tan poco, y convencerse con tanta pasión de que el rey, el mandarín en este caso, estaba vestido.
De nuevo vuelve hoy a este blog, como artista invitado, Tiburcio Samsa. Este post se publica hoy en el blog de Tiburcio y en éste. Dentro de poco, cuando yo termine una cosita que estoy haciendo, seré yo quien pase un rato en casa del elefante.
La muerte del Gobernador Pérez Dasmariñas. By Tiburcio Samsa.
El Tratado de Tordesillas dividió el mundo en dos hemisferios, uno para Portugal y otro para Castilla, de forma que en lugar de darse capones el uno al otro se los dieran a los desgraciados indígenas que cayeran en sus respectivos dominios. El Tratado funcionó razonablemente bien, si quitamos algunas pataditas que se daban a la espinilla por debajo de la mesa. Aun así, hubo un contencioso que el Tratado no consiguió resolver satisfactoriamente: a quien pertenecían las Islas Molucas.
Los portugueses conquistaron el importante emporio comercial de Malaca en 1511. Inmediatamente tras la conquista comenzaron a explorar las rutas que iban hacia el sur, hacia las islas de las especias, y para 1513 ya habían llegado a las islas Molucas. Uno de los portugueses que en aquellos años visitó las Molucas fue Magallanes.
Magallanes más tarde se enemistó con la Corona portuguesa porque consideró que no había recompensado adecuadamente sus servicios y se pasó al Emperador Carlos V. Magallanes, armado con los mapas de sus viajes, convenció al Emperador de que las islas Molucas caían dentro de su hemisferio y de que era posible alcanzarlas yendo todo el rato hacia Poniente. En aquel tiempo los geógrafos estaban convencidos de que debía existir un paso que comunicase el Atlántico con el Mar del Sur descubierto pocos años antes por Núñez de Balboa. Magallanes se proponía encontrar ese paso.
Magallanes partió de Sanlúcar de Barrameda el 20 de septiembre de 1519. Mandaba una escuadra de cinco navíos y 234 hombres. Magallanes encontró el paso que buscaba en noviembre de 1520 y pasó al Pacífico. El 6 de marzo de 1521, en la isla filipina de Mactán, encontró algo que no había ido buscando, la muerte. Juan Sebastián Elcano le sustituyó al mando de la expedición y fue él quien llegó a las Molucas y de allí continuó hasta España.
Puede que a Carlos V le fascinase saber que uno de sus navegantes había circunnavegado el globo y había demostrado que efectivamente era redondo. De lo que estoy seguro es de que le fascinó todavía más saber que efectivamente era posible alcanzar las Molucas por poniente, sin tener que atravesar la parte del globo atribuida a los portugueses.
En 1525 Carlos V envió una importante expedición rumbo a las Molucas, a la cual el adjetivo exitosa no se le puede aplicar demasiado. En 1529 se firmó con Portugal el Tratado de Zaragoza, en virtud del cual Carlos V vendió sus derechos sobre las islas. Los motivos fueron tres: 1) Habiéndose casado tres años antes con Isabel de Portugal, su política buscaba el acercamiento a Lisboa; 2) Quería centrarse en el escenario centroeuropeo y para ello prefería tener paz con Portugal; 3) No se había descubierto todavía el tornaviaje, que permite cruzar el Pacífico en dirección este, con lo que no había manera de llevar las especias de las Molucas a Europa sin atravesar el hemisferio portugués.
La situación cambiaría radicalmente con el reinado de Felipe II. Los españoles descubrieron el tornaviaje. Desde finales de la década de los 60 del siglo XVI tuvieron una base en Filipinas que podía servir de plataforma para llegar a las Molucas. Y, finalmente, en 1580 Felipe II unió las coronas de España y fue su política ordenar que los gobernadores de Filipinas socorriesen en lo posible a los portugueses en las Molucas. Y es aquí donde entra el gobernador Gómez Pérez Dasmariñas.
Gómez Pérez Dasmariñas era natural de Galicia. Había sido gobernador de León y corregidor de Murcia, Lorca y Cartagena. En esos cargos Dasmariñas se reveló como un administrador eficiente y concienzudo. Como recompensa, Felipe II le nombró gobernador de Filipinas en 1589.
Dasmariñas llegó a Filipinas en mayo de 1590. Cuando llegó se encontró con que Manila no tenía fortificaciones y que le habían dejado las arcas vacías. Puso en orden los asuntos hacendísticos y en poco tiempo fue capaz de dotar a Manila de una muralla y de establecer una fundición para producir cañones.
Tan pronto hubo consolidado la situación en Manila, Dasmariñas empezó a verse tentado por las islas Molucas. Varios de sus consejeros, como los jesuitas Antonio Marta y Gaspar Gómez y Jerónimo de Acevedo, se pusieron a pincharle para que acometiese la empresa. Una carta del padre Marta resume los argumentos para emprender la campaña: 1) El señuelo de la gloria que alcanzaría, algo importantísimo para un general de aquellos tiempos; hoy habría hablado de dineros; 2) Las riquezas que las islas aportarían a la Monarquía; 3) Ganar al Cristianisno las más de doscientas mil almas que se estimaba que habitaban en aquellas islas. El padre Marta traza también una coyuntura estratégica complicada: los musulmanes del archipiélago están unidos al rey de Ternate y andan crecidos a causa de la captura el año anterior de una galeota que procedía de Goa. El rey de Tidore, aliado teórico de los españoles, se mostraba timorato y prefería nadar entre dos aguas y sus contribuciones eran siempre menores de las prometidas.
Aunque la situación estratégica se presentase complicada, los argumentos eran de peso: gloria y riquezas en la tierra y méritos en el cielo. Por mucho menos que eso los caballeros de aquel tiempo se tiraban a la piscina sin comprobar si tenía agua. Dasmariñas comenzó a preparar cuatro galeras para la empresa.
Uno de los principales problemas con los que se encontró Dasmariñas fue la falta de remeros. Compró a los esclavos que los jefes locales tenían a su servicio, pero no fueron suficientes para dotar a todas las naves. Pidió entonces a la numerosa colonia china que le proporcionasen 250 hombres para dotar a la nave capitana. Para dorarles la píldora, les dijo que recibirían dos pesos mensuales de paga, que no irían encadenados, que se les permitiría tener armas para que sirvieran luego como soldados y que sólo remarían en momentos críticos en los que no hubiera más remedio. ¡Era todo un ofertón! Realmente los chinos debían de tener muy buenos sindicatos.
A pesar del ofertón, a los chinos lo de ir de remeros no les apetecía ni poco ni mucho. El Gobernador apretó al gobernador de la comunidad china y éste viendo que peligraba su posición les dijo a sus compatriotas que, se pusieran como se pusieran, había que encontrar 250 remeros. Al final los chinos hicieron una colecta y recaudaron 20.000 pesos para repartir entre los 250 que se ofrecieran voluntarios. Los ochenta pesos de sueldo, unida a la paga de dos pesos mensuales, ya eran palabras mayores y hubo más voluntarios de los que se necesitaban.
La armada zarpó de Manila el 17 de octubre de 1593. Dasmariñas iba en la nave capitana. Con él iban ochenta españoles y los 250 remeros chinos. El 19 de octubre salieron de Cavite, un puerto al sur de Manila. El 25 de octubre la nave capitana se distanció de las otras naves que navegaban a vista de tierra y ese día uno no sabe que fue más Dasmariñas, si imprudente o confiado.
Ese día la nave se encontró con vientos contrarios y hubo que bogar fuerte. A los chinos, que más o menos les habían vendido que aquello sería un viaje de placer, la cosa les empezó a mosquear. Dasmariñas no mejoró mucho las cosas, cuando los apostrofó, les dijo que remaban como mariconas y que como no pusiesen más empeño les iba a cargar de cadenas y les iba a cortar las coletas. Esto último era la afrenta peor para un chino. En fin, cuando estás en un barco en alta mar con gente que te supera a razón de tres a uno y a la que has dejado que conserven sus armas, o bien les tratas con guante de seda o bien los desarmas y los encadenas. Dasmariñas optó por el suicidio: no hizo ni lo uno ni lo otro.
Los chinos acordaron que los españoles se iban a enterar, empezando por Dasmariñas. Al llegar la hora de dormir, cada uno se acostó al lado de un español. Para no dejar nada al albur, acordaron que a una señal cada uno se pondría una túnica blanca para distinguirse en el fragor del combate y a continuación degollarían al español que tuvieran al lado. Todo ocurrió con tanto sigilo y velocidad, que muy pocos lograron escapar a la escabechina saltando por la borda y de éstos la mayor parte murieron ahogados, porque, aunque la playa estaba cerca, la corriente era muy fuerte.
El Gobernador, que estaba durmiendo en su recámara, acabó despertándose con el ruido. Los chinos le dijeron que saliese a aplacar una pendencia que había surgido entre ellos y los españoles. Dasmariñas, confiado, salió en camisón de dormir y ya no volvió a entrar.
Lo que sucedió después en la nave capitana lo sabemos porque de la escabechina se salvaron el fraile Francisco Montilla y el secretario del Gobernador, Juan de Cuéllar. Aquella noche los chinos no repararon en ellos y cuando más tarde repararon, ya se les habían pasado las ganas de matar, pero sólo un poquito.
Los chinos determinaron volver a China con la nave que habían capturado. Se les había ocurrido que tal vez no fueran muy bien recibidos en Manila después de lo que habían hecho. Asustados al ver que los vientos y las corrientes les eran contrarias, empezaron a hacer sacrificios a sus dioses y hubo casos de posesión, en los que los posesos indicaban lo que se debía hacer.
Pararon en Ilocos a hacer agua y allí los locales, que ya sabían lo que habían hecho con el Gobernador, les tendieron una emboscada cuando bajaron a tierra en la que mataron a 20 de ellos. Finalmente, tras muchos avatares, lograron costear la isla y llegar al reino de Tonquín, cuyo rey se apoderó de todo lo que llevaba la galera y, según unos, los metió en prisión, y según otros, los dejó a su suerte, sin más bienes que las ropas que llevaban puestas.