viernes, diciembre 02, 2011

Perdón por las molestias

A partir de hoy, este blog está de






... no obstante, desde las costas norteñas, y si hay tiempo y ganas, seguiremos informando.

jueves, diciembre 01, 2011

Hellas (1)

Reconozco que soy muy exigente con la televisión. Es porque no tengo demasiado tiempo de verla, así pues me gusta que, cuando me siento a ver un programa, especialmente si es seriado y seguirlo me va a tomar varios días, merezca realmente la pena.

Esto, en lo que se refiere a los programas que tienen una carga histórica, pasa por comprobar que los guionistas no hacen trampas en el solitario y se dedican a hacer el pollas con los hechos más o menos verídicos o conocidos. Por eso, en su día, ya me he despachado en este blog sobre cosas como la versión antenatresera de la figura de Viriato (que se parece a la realidad lo que Silvester Stallone a sir Lawrence Olivier) o la alucinógena versión que de los principios de la II República española nos dio la serie de TVE 1 con el mismo título, que era a la realidad de las cosas lo que los concursantes de Operación Triunfo a Wolgang Amadeus Mozart.

De un tiempo a esta parte, se estila bastante en nuestras televisiones la elaboración de series que recensionan la vida de gentes vivas. Política rentable, aunque peligrosa. Es muy fácil que el relato de la vida de un famoso de hoy pueda quedarse, o bien en la crítica fácil y poco documentada que busca el escándalo, o bien la simple y pura mamandurria hagiográfica, a la mayor gloria del personaje.

Tiempo ha, llegado a casa, en la tele del salón me encontré a dos jóvenes actores españoles recreando los papeles de Juan Carlos de Borbón y Sofía de Grecia en su juventud de recién casados. Me enteré de que era una serie dedicada más bien a la segunda, o sea a la actual reina de España que, con su sola presencia, declama nuestro cosmopolitismo: los españoles somos reinados por una dinastía francesa, cuyo último vástago coronado se casó con una mujer griega perteneciente a una dinastía de origen danés. Ah, si los Trastámara levantasen la cabeza...

Me puse a verla. Oyes, la historia del desarrollo de la sucesión a Franco en los años sesenta tiene su miga, pensé. A ver a qué sabe este pan.

En la escena que ví, Juan Carlos y Sofía comen en El Pardo con don Francisco y La Collares. Franco habla de España no sé qué, bastante en su línea, la verdad. En ese momento, suena la voz en off de la futura reina que, al parecer, está relatando la escena pasado el tiempo (modelo Cuéntame). Y dice algo así como que la joven pareja se sintió cohibida en la mesa de un dictador militar como Franco, como dando a entender que era un ambiente totalmente nuevo para ellos.

Para él, puede. Pero para ella, ni de coña, Santoña.

Cambié de canal y no volví a ver la serie. Para mí, ese solo detalle de los guionistas ya dejaba bien claro que me estaban colando una mamandurria hagiográfica. Sofia de Grecia poco podía asombrarse de almorzar con el jefe de un Estado antidemocrático viniendo como venía de un país que ni siquiera cuando había sido hasta entonces democracia se podía haber considerado democrático. Un país en el que hasta los civiles de la clase política se suceden de padres a hijos como si fuesen dinastías coronadas. Un país en el que la familia a la que ella misma pertenece había dado, para entonces, sobradas pruebas de, digamos, tics autoritarios. Un país, al fin y a la postre, que no mucho tiempo antes del momento en el que ese almuerzo se celebraba, había sido, cágate lorito, una dictadura militar; y estaba pronto a volver a serlo, si no lo era ya.

En el fondo, la historia de por qué dejé, en aquel punto, de ver aquel bodrio, es la historia de por qué Grecia está donde está, y le va a costar tanto salir. La Historia de un país en constante conflicto con su deuda pública, con Turquía, y consigo mismo.

En 1828, con la ayuda, un tanto pollas para qué negarlo, del ciclotímico Lord Byron, Grecia se convirtió en la primera nación que se sacudía el yugo del imperio otomano. Temblón y débil, este nuevo país ha de buscar padrinos con rapidez para protegerse del contraataque los tatarabuelos de Özi y Arda Turan, así pues acaba en la órbita de un tridente de potencias: Gran Bretaña, Francia y Rusia, del cual la primera de ellas es, y será, la más importante, hasta que, unos cien años después, los EEUU tomen el relevo.

De todas formas, la independencia de Grecia no fue tan perfecta como pudiera pensarse. En realidad, afectó sólo al Peloponeso y una franja del «continente»; aproximadamente un tercio de la Grecia actual. Multitud de griegos quedaban fuera de la nueva nación, lo cual hizo nacer, prontamente, el mito y el objetivo de la Gran Grecia.

En 1832, los que mandan colocan al frente del país a un rey postizo, hijo del monarca de Baviera, que reinará con el nombre de Otón I. El orden en el país queda garantizado por un ejército bávaro que se instala en él, mientras las grandes familias notables autóctonas lidian entre ellas por acceder a parcelas de poder. En realidad, esos enfrentamientos son auténticas guerras porque los griegos, esto lo sabe cualquiera de antes de la LOGSE, siempre se han caracterizado por amar a su pueblo, su lengua y su cultura; pero por ser, al mismo tiempo, políticamente centrífugos, más identificados con su ciudad o su comarca que con el país entero.

Otón, que viene de una experiencia política moderna y centralizada como la de Baviera, se aplica a crear en Grecia el mismo Estado centralizado. Como para conseguirlo necesita una clase política y carece de ella en un país analfabeto y caciquil, improvisa dicha clase política a partir de los clanes locales y sus jefes. A mediados del siglo XIX, por lo tanto, se crea en Grecia una clase política clientelar, centrada en sus propios intereses, que explica por qué, en la Historia de Grecia, los apellidos se repiten machaconamente y, en realidad, a base de Caramanlises, Papandreus y Venizeloses, se explica, como poco, el 80% de lo ocurrido.

En realidad, si Grecia fuera Kenia, estaríamos, probablemente, hablando de tribus y de señores de la guerra. Como resulta que está en Europa e inventó la democracia y bla, pues les concedemos el beneficio de no plantear las cosas así.

En 1843, el monarca de la dinastía Wittelsbach (obsérvese que el apellidito suena a griego más o menos lo que suena Borbón a español) dota al país de una Constitución muy adelantada (es la primera que en Europa establece el sufragio universal... masculino, φυσικά). Sin embargo, las élites griegas, crecientemente asentadas en el sistema, chocan con la camarilla bávara del rey, hasta el punto de fomentar una rebelión en 1862 que acaba con la monarquía. Londres, sin embargo, no está dispuesto a permitir ningún otro régimen en el país, así pues impone a Guillermo Glücksbourg, danés, que subirá al trono en 1863 con la franquicia Jorge I, para cumplir el papel otorgado al rey de árbitro político y jefe del ejército.

Hace ahora cien años, Grecia tenía 2,7 millones de habitantes, de los que sólo 18.000 eran obreros industriales. Esto quiere decir que toda esta evolución del siglo XIX no sirvió para llevar la revolución industrial al país ni para sacudirle la mugre de país agrícola; eso, además, con el agravante de que el suelo griego no es como el español, esto es da para más bien poco. Así las cosas, esto es algo que desde mi punto de vista es importante de entender, Grecia, desde sus primeros momentos, y como, por así decirlo, elemento nuclear, es concebido como un país que vive de la ayuda exterior, sobre todo británica, sin la cual sería un país, como diríamos hoy, tercermundista.

Tentativas de modernización hubo. Quizá la más pujante, la de Charilaos Trikoupis, tal vez el principal exponente de político liberal decimonónico quien, sin embargo, chocó claramente con el rey en sus intentos por construir una monarquía constitucional; así como también chocó con los intereses particulares de los caciques. La etapa Trikoupis, de hecho, sirve para afianzar el pacto de hierro entre la oligarquía ultraconservadora y el rey de todos los griegos; ése al que, por boca y cerebro de su Sofi, tanto se sorprenderá, décadas después, de que en España haya un general aliado con la oligarquía conservadora del país.

Cuando llega 1892, la dependencia de Grecia respecto de los créditos internacionales es tan grande, y su capacidad de recaudar impuestos tan baja, que el 50% del presupuesto público debe utilizarse para el servicio de la deuda. Bajando en bobsleigh por la cuesta de la bancarrota fiscal y financiera, el Estado griego se ve obligado a negociar en París un macrocrédito en 1890, que se gasta totalmente en tapar agujeros con Londres. En medio de una inestabilidad gubernamental brutal, con gobiernos que duran seis meses, el Estado griego acaba declarando su bancarrota en 1893, al que se sigue un larguísimo periodo de negociación de cuatro años.

Las potencias acreedoras exigen como condición previa a todo acuerdo que el Estado griego permita un control externo de sus finanzas (¿suena a algo?) Esta exigencia, lógica en un prestamista que no se fía de que su prestatario no vaya a coger la pasta y gastársela en hieróbulas y hemicráneas, atiza el nacionalismo interior griego, pues los hombres del país se sienten acorralados y agredidos. Fruto de este calentón nacionalista es la temeraria declaración de guerra a Turquía en 1897, formalmente consecuencia de unos incidentes ocurridos en Creta. Los turcos, que tienen una alianza estratégica en ese momento con el ejército más poderoso de Europa, el alemán, tardan apenas 30 días en arrearle unas hostias como panes a los griegos y perseguirlos hasta Tesalónica, donde Grecia pide tiempo muerto y acaba aceptando, por el camino, el control internacional de sus finanzas.

Así se crea la CFI, o Commision Financière Internationale, auténtico FMI de l.a época, donde se sientan jerifaltes británicos, franceses, italianos, alemanes y austrohúngaros, con sede en Atenas y poder sobre el presupuesto nacional. Cualquier préstamo o emisión de moneda requiere de su autorización para poder realizarse. La CFI es dotada con el poder de vetar casi cualquier compra del Estado griego. Por supuesto, el Parlamento griego puede cantar Vivir así es morir de amor si quiere; pero quien decide, en Grecia, qué parte del presupuesto se va a dedicar al servicio de la deuda, son los chicos de la CFI.

Lo cierto es que el sistema funciona. Privados de la rapacidad de sus clanes caciquiles, los griegos amejoran notablemente sus finanzas públicas, lo cual multiplica su capacidad de endeudamiento y las inversiones en el país.

La política internacional, a las puertas de la Gran Guerra, sonríe a los griegos. Durante todo el siglo XIX, progresivamente, el imperio turco ha ido mostrando creciente debilidad, y para entonces ya es claro que va a saltar en pedazos. Esto inquieta mucho a los británicos, buenos conocedores de cómo los alemanes se han trabajado a los antiguos bizantinos y, por lo tanto, están en condiciones de incrementar su control sobre el Mediterráneo, lo cual es peligrosísimo para los intereses ingleses. Londres necesita un amigo en la zona, y ese amigo es Atenas.

Mientras tanto, en 1909, se produce una revolución de corte burgués en Grecia, que eleva al poder al político liberal cretense Eleuthérios Venizelos (¿os suena?). Venizelos, fuertemente nacionalista, prepara una entente con Serbia, Bulgaria y Montenegro y, en 1912, entra en guerra con Turquía. Rápidamente se consiguen territorios, pero las discrepancias sobre su reparto hacen estallar, al año siguiente, una guerra entre Grecia y Serbia por un lado, y Bulgaria por el otro.

De estas guerras, Grecia saca mucho. Por no decir muchísimo. Su territorio se triplica y ahora abarca prácticamente a todos los griegos. Obtiene Tesalónica, el Épiro, las islas del Egeo. En medio de esa fiesta anexionista, Jorge I la diña, y es sucedido por Constantino I; otro que del mismo porte danza.

En la primera guerra mundial Grecia será neutral a causa, fundamentalmente, de la profunda división que hay en la cúpula del poder. Venizelos es claramente francófono y quiere entrar en la guerra a favor de los aliados; mientras tanto, Constantino es un germanófilo convencido, alineado con la alta burguesía ultraconservadora del país, que alimenta su corte. Finalmente, franceses y británicos intervienen en la zona, dando pie a Venizelos para aliarse con ellos y entrar en guerra, y Constantino es enviado al exilio (exiliar gente, muy especialmente reyes, es un deporte nacional en Grecia, como bien saben Hiparco, el papá de Pericles, Hipérbolo y otros personajes que antes de la LOGSE eran conocidos por el común de los mortales).

Como Grecia se ha apuntado a ganador, obtiene más territorio. El tratado de Sévres le otorga Tracia, Esmirna e incluso una parte de Anatolia. Con estas concesiones, sin embargo, cabe decir que los arquitectos de la posguerra mundial se pasaron, literalmente, tres pueblos. Le dieron demasiado a Grecia, despreciando la posible reacción turca. Los turcos, en efecto, se sintieron gravísimamente agredidos por griegos y aliados, y desarrollaron su propia reacción nacionalista, sobre la que cabalgará, oportunamente, la revolución de Mustafá Kemal. En 1920, Grecia aborda una invasión de Turquía.

Y la caga.

miércoles, noviembre 30, 2011

El Valle de los Expertos

Bueno, pues ya está. La comisión de expertos ha hablado, y ya sabemos lo que hay que hacer con el Valle de los Caídos. Es todo un símbolo que dicho informe sea, mutatis mutandis, el último acto del gobierno actual. El tema volverá, seguro, porque prácticamente cualquier cosa que haga el futuro gobierno que no sea cumplir punto por punto lo que los expertos le han dicho será, muy probablemente, interpretado en clave guerracivilista. Ya tenemos aquí un ejemplo más de la más prístina y acendrada habilidad de los ideólogos de toda laya: crear problemas donde no los había.

Por decir algunas cosas:

Al Valle de los Caídos ya no hay quien lo mueva; y no me refiero sólo a su existencia, sino a su significado porque, hagan lo que hagan los decretos, el significado de las cosas y de los sitios le pertenece por completo a las personas.

Una de las características fundamentales de la memoria histórica como forma de vida y cosmovisión es que se basa en la convicción de que la Historia se puede borrar. Esto no es nuevo: ya lo practicaban muchos faraones egipcios, que tomaban las piedras en las que los bajorrelieves reproducían el nombre de su antecesor, y las usaban para rellenar los pílonos de los templos que construían, donde nadie podía verlas; de esta manera, pretendían borrar del recuerdo que una vez había existido su enemigo y antecesor en el cargo. Y si alguien se cree que exagero o digo cosas de loco (que la verdad es que probablemente es así), que se lea los foros de la guerra civil de internet y repase los cienes y cienes de contertulios que han propugnado, precisamente, la idea de que los monumentos franquistas sean reducidos a gravilla y usados en el firme de las carreteras. Si cambiamos a Franco por Tutankhamon, al ministro de Fomento por Horemheb, y a los pílonos por la autovía del Cantábrico, la verdad, no veo yo la diferencia.

Pero, la verdad, todo esto es una gilipollez. Por razones que a mí se me escapan, porque es un edificio de dudoso gusto, al Valle llegan autobuses de turistas; dejarles sin espectáculo sería una tontería del tamaño de la del albañil que colocó su testículo izquierdo entre la alcayata y la pared.

Por razón de su voluntad borratriz, la memoria histórica arremete contra los nombres de las calles, las placas de las plazas, y le gustaría derribar el santuario; como sabe que no puede, va y propugna su conversión en centro de meditación civil; fistro conceptual que nos descubre que hay meditaciones civiles, militares y eclesiásticas.

Lo que hay que borrar, en esto los expertos expertean bien en mi opinión, no es el santuario, sino su característica de santuario de parte. Sí, ya sé que hay mogollón de republicanos enterrados allí; pero ni están allí por deseo propio, ni el santuario se levantó para honrar su memoria. Eso sí: el objetivo es, a mi modo de ver, batalla perdida. Por eso yo ni habría entrado en el tema.

El problema estriba en que el significado moral de los lugares no es algo que se pueda cambiar por decreto-ley. Una vez más, el dictamen de esta comisión de expertos indica la alta opinión que tienen de sí mismos las instancias políticas; que, igual que se sienten con capacidad para decidir cómo van a llamar los españoles a las poblaciones (ahora resultará que decimos Londres y no London por un decreto de Felipe II), ahora se creen capaces de decidir cuál va a ser el significado que le van a dar al Valle de los Caídos. Ya puestos, podrían decretar que, a partir de mañana a las 11, el Barranco del Lobo, donde las kabilas nos dieron hasta en el yeyuno, será un lugar de meditación sobre la alianza de civilizaciones. También podríamos pedir que los portugueses convirtiesen Aljubarrota en un centro paellero, o que los barcos ingleses vengan obligados por la Spanish and British Reconciliation Act a tocar la versión de Los Manolos de Amigos Para Siempre cada vez que sus barcos y submarinos surquen las aguas de Trafalgar.

Todo esto sale, en mi opinión, del error fundamental, de base, cometido por muchos defensores de la memoria histórica. Sacando a pasear el tema de Cuelgamuros, ellos solos se han metido en un callejón sin salida, porque el santuario no se puede volar por los aires (como poder, se puede; pero, en un país en el que se conservan corralas infectas porque forman parte del acervo arquitectónico de un barrio, poco sentido tendría intentar borrar un edificio así) ni se le puede cambiar el significado, por mucho que se le convierta en un centro por la memoria. La Comisión de Expertos dirá lo que quiera; pero tengo por mí que, dentro de x años, los falangistas seguirán yendo al valle a honrar la tumba de su fundador; y los que se tengan por herederos de los republicanos del 36 pocos autobuses van a tomar hacia Cuelgamuros para rememorar a nadie.

A todo ello hay que añadir otro factor. Si hoy por hoy es posible encontrarse en las playas de Normandía, en los aniversarios del día D, a los ya temblorosos y provectos supervivientes de las armadas aliada y alemana, juntos, honrando a todos los muertos, es porque un montón de gente, y de gobiernos, se ha tirado décadas trabajando por esa reconciliación. A los veteranos de la Cruz de Hierro y de la Medalla de Lenin, obviamente, lo que les sale de las tripas es seguir sacándose los ojos. Si han aprendido que el tiempo pasa para labrar un muro que aisle esos sentimientos radicales y aprender a comprender al otro, es porque el proceso ha sido favorecido por el discurso público.

En España, sin embargo, es impensable un acto en el que, en la explanada del Valle de los Caídos, se junten combatientes nacionales y republicanos para darse la mano; a pesar de que muchos de ellos, aunque sus bisnietos pretendan otra cosa, estuvieron en uno u otro bando por pura casualidad geográfica y nadie, en realidad, les preguntó si querían luchar por lo que lucharon. Y si hablamos de los más ideologizados... ¿alguien, verdaderamente, se imagina un acto conjunto de los supervivientes de los tercios requetés y los veteranos de las Brigadas Internacionales?

La visión oficial del problema guerra civil ha sido, en los últimos años, una visión centrada en proveer a una serie de personas de un reconocimiento que por lo visto les faltaba; y escribo por lo visto porque, que yo sepa, quien ha querido homenajear a cualquier víctima de la guerra civil o de la represión franquista, hace cosa de 35 años que lo puede hacer en plena libertad. Por lo tanto, se ha alimentado el yo sí, tú no. Filosofía que, por negar, está negando incluso la visión que de la guerra civil nos han dejado sus protagonistas no comunistas del bando republicano e, incluso, no pocos de los comunistas. Pero, claro, al fin y al cabo, ¿qué sabrán de la guerra civil Indalecio Prieto, o Peirats, o Azaña, o Zugazagoitia, o Sánchez Albornoz, al lado de un chavalín con un bisabuelo combatiente que ha subrayado la palabra «guerra» y la ha comentado con su compañero?

¿Cómo va a ser el Valle de los Caídos expresión de una reconciliación que los reconciliandos niegan? ¿Acaso es compatible la creación del centro de meditación civil con tentativas como la garzonita de hacer borrón y cuenta nueva de la amnistía del 77 (una vez más, la soberbia del contemporáneo: los del 77 tendrían sus razones para aprobarla, pero mis razones, por supuesto, son más sólidas) y comenzar a saldar cuentas de una guerra que terminó hace 26.500 días, con sus noches?

Esa vertiente de la memoria histórica que se mira a sí misma a través de una lente de cabestrez se empeña en no darse cuenta de que se puede cerrar al público el despacho del general Moscardó en El Alcázar, pero eso no evitará que el Alcázar sea lo que es para mucha gente, y para la Historia. Lo único que se puede hacer es dejarlo ahí, esperando pacientemente a que quienes ven en el Alcázar el símbolo de una resistencia heroica, vayan siendo minoría. Y el gesto de cerrar el despachito, o de capidisminuirlo en los materiales que enseña, va en la dirección exactamente contraria, es decir enerva a mucha gente para que perseveren en sus sentimientos.

El problema, pues, es que las iniciativas de memoria histórica, a menudo, generan el efecto exactamente contrario al que pretenden. Los hombres somos iguales toda la vida, lo cual quiere decir que, ya adultos, somos como ese niño pequeño que no se fija en su camión de juguete en toda la tarde, pero que monta un expolio de la hostia porque de repente quieres quitárselo. En el fondo de esta cuestión reside el problema básico de que la memoria, el recuerdo, como el olvido, no son cosas que se hagan nacer, o morir, por decisión de una ponencia del Congreso de los Diputados o de una sedicente comisión de expertos.

Esto puede acabar pasando con Franco. Si el CIS hiciese hoy una encuesta, estoy seguro que encontraría que no menos del 40% de los españoles, y yo creo que estoy pecando de optimismo, yerra al explicar quién fue Francisco Franco Bahamonde. Es más: estoy seguro que si se les ofreciese la posibilidad de decir que fue un ciclista que ganó el Tour, no menos de un tercio de los encuestados elegirían esta respuesta. En la segunda pregunta, la encuesta descubriría que, como mínimo, la mitad de los españoles de hoy no tiene ni puta idea, o la tiene tan ligera que no cabe sospechar nada bueno de su virtud, de dónde está enterrado Franco.

Lo que teníamos antes de que a la memoria histórica se le ocurriese dictarle a la sociedad española lo que debe pensar o dejar de pensar sobre su pasado, era una sociedad que, básicamente, no pensaba nada sobre dicho pasado, y que, desde luego, no estaba dispuesta a batirse el cobre por ninguna de las formas de interpretarlo. Lo que tendremos, en el momento en que la momia del general salga de debajo de la losa del Valle de los Caídos, será la posibilidad de que un señor del que ya nadie sabía gran cosa vaya y se convierta, de repente, en objeto de culto y de peregrinación. Ese día, si es que llega, el proceso de memoria histórica habrá alcanzado sus máximas cotas de estupidez.

El mejor desprecio es no hacer aprecio, dice un sabio refrán español, que los arquitectos de la memoria histórica, por lo que se ve, no conocen.

domingo, noviembre 27, 2011

El hijo del zapatero

Bueno, pues la respuesta a la adivinanza que os proponía es: Josif Djougachvili, más conocido como Stalin. La foto que os he escaneado fue publicada por el investigador francés Robert Charroux, y Stalin es el niño que está delante, en el centro. El resto de los que figuran en la foto no son su familia. Son miembros de la familia Daurichevy, y él posa con ellos por una razón sencilla: porque quizá fuesen su familia.

La infancia de Stalin es cuestión batallona porque el líder soviético nunca fue muy claro respecto de la misma. Apenas se le conocían amigos o parientes de sus primeros tiempos, y los años de niño, contados en las publicaciones oficiales, tuvieron desde el primer momento un tufo a montaje que tiraba para atrás. En efecto, muy pronto las biografías de Stalin comenzaron a hacer hincapié en su condición de niño proletario que, en consecuencia, habría adquirido desde muy pronto conciencia revolucionaria. Esta versión encajaba como un guante en las necesidades propagandísticas del personaje, lo cual hizo dudar de ella ya en vida del dictador.

Tampoco es que la muerte de Stalin y los años hayan avanzado mucho en este punto, tal vez porque, realmente, la infancia de Stalin no es un elemento de gran importancia a la hora de conocer y juzgar al personaje. En todo caso, la cuestión plantea sus preguntas.

La historia oficial de la Unión Soviética presentaba sistemáticamente a Stalin como hijo de un agricultor, aunque otras veces se escribió que era hijo de un obrero zapatero de Tiflis. Versión ésta última que es casi verdad, porque Besarion Djougachvili, el padre de Stalin, verdaderamente hubo de emplearse como obrero en una fábrica de zapatos; pero eso fue después de que se arruinase con su zapatería propia, aspecto éste que se ocultaba en las biografías oficiales porque insinuaba un origen burgués para el líder de la revolución mundial.

Josif Djougachvili debió nacer en la aldea georgiana de Didi-Lillo, que era el lugar de residencia de los padres de su madre, Katerina, familiarmente conocida como Katho. Katho Djougachvili, nacida Gheladzé, había llegado desde Gori, donde residía con su marido, el zapatero Besarion.

Aquí ya tenemos una cosa complicadilla. ¿Por qué Katerina se fue a parir a casa de sus padres? Habrá quien piense que es un gesto normal en una mujer, querer estar en ese momento cerca de los consejos y la experiencia de su madre. Pero, la verdad, las cosas probablemente eran de otra forma. Katho se fue a Didi-Lillo porque tenía el pequeño problema de que era un poco pendón desorejado y, consecuentemente, había bastantes probabilidades de que el niño no fuese de Besarión; cosa que el zapatero, probablemente, sabía, porque las apuestas son muchas a que jamás realizó guarrerida alguna con su señora.

En el mercado Dakhuruli de Gori tenía su puesto el zapatero Besarion, y allí se quedó, cosiendo chustis (pequeñas botas usadas en la zona) mientras su mujer agotaba las últimas semanas del embarazo. Hemos de sospechar que algunos de esos zapatos se los vendería a algún frangui o franchi, es decir miembro de la clase alta local. La palabra proviene de franco o francés, porque esta clase alta procedía, casi en su totalidad, de los cruzados franceses que se habían refugiado, siglos atrás, en la zona.

Según recuerdos de refugiados georgianos recogidos, sobre todo, por historiadores franceses (ya que París fue el destino de la mayoría de ellos), el zapatero Besarion tenía fama en Gori de impotente. Esto explicaría que su mujer hubiese ocultado su embarazado marchándose de la ciudad; pero, al fin y a la larga, como todo el mundo habla y se mueve, acabó por saberse que Katho estaba en la villa de sus padres, al cargo de un niño pequeño. Las biografías oficiales de Stalin afirmaban que el matrimonio había tenido doshijos antes que Josif (Mikhail y Georgii), que habrían muerto muy jóvenes; sin embargo, otras versiones indican que Stalin fue su primer y único hijo, lo cual sugiere que el dato de las biografías fue colocado ahí para lavar el rumor de impotencia del padre.

Pero, si el buen Besarion no era el padre de Stalin, ¿quién lo era? Las cosas no están claras. Algunas versiones apuntan a un tipo llamado Egnatachvili, que tenía un colmao donde servía vino, probablemente frecuentado por mujeres casquivanas, y que era bastante visitado por el zapatero (el cual, al parecer, era tan ligero de costumbres como su señora, aunque en su caso trabajaban menos las gónadas, y más el hígado). Hay quien decía que el tabernero agasajaba al hombre para poder tirarse a su mujer a gusto; de ser así, no sería, desde luego, el primer tabernero de la Historia que acudió a este ardite.

En apoyo de esta tesis está el hecho de que Egnatachvili tuvo una vida muy errante, pues salió de Gori para radicarse primero en Taschkent, en Turkestán, y luego en Bakú, la capital azerbaiana; pero, a pesar de tanto traslado, nunca dejó de enviar pequeñas cantidades de dinero a Katho Djougachvili, se supone que para pagar la educación del niño. Puesto que en la casa de los Ghelazdé nadie sabía leer ni escribir, los vecinos tenían que firmar los acuses de recibo del correo, y es por eso que sabían que la mujer recibía dinero, y quién lo enviaba.

No obstante, hay otra tesis bastante más apoyada: el padre sería un pristav, es decir jefe de policía, llamado Damián de Daurichevy. Tesis ésta que sería una putada para Stalin, porque don Damián era un frangui. Tenía, pues, de proletario lo que yo de lagarterana.

El señor Daurichevy, en primer lugar, se preocupó, como probablemente hizo también Egnatachvili, de la educación de Josif, a quien para entonces ya todos llamaban Sosso (Koba, el otro sobrenombre de Stalin, data de los años revolucionarios). De hecho, durante varias temporadas el jefe de policía colocó al niño Djougachvili en compañía de dos de sus propios hijos, Lisa y Josif (llamado también Sosso) Daurichevy, a las órdenes de una institutriz, la señora Stepanova.

Otro argumento a favor de esta tesis es Sosso Daurichevy, el hijo del jefe de policía, que alcanzó ciertos rangos en el ejército soviético y del que se conservan fotos; fotos que revelan, al decir de muchos, un sospechoso parecido con el secretario general del PCUS. Para muestra, un botón.




Asimismo, también se señala que los hijos Daurichevy tendrían una pequeña malformación hereditaria en un dedo. Y da la casualidad de que todas las biografías oficiales de Stalin realizadas durante su vida en la URSS, probablemente para destacar su espíritu sacrificado, citan una deformidad de la mano que le provocaría dolores; aunque, según Nadeida Allilueyva, su segunda mujer, esa circunstancia se debería a una infección de la sangre, no a nada genético.

Si seguimos el relato recopilado por los historiadores interesados en la materia, durante años Besarion trataría de sacarle a su mujer la información sobre quién era el padre de su hijo; algo a lo que ella se negó sistemáticamente. La señora acabó por convencerle de que era mejor que aceptase el fait accompli, entre otras cosas porque, de esta manera, acallaba en parte los rumores sobre su pretendida falta de virilidad.

Sin embargo, cabe imaginar que el zapatero no se sintió, nunca, de acuerdo con esta decisión de dejar pasar las cosas. Sólo aceptando esto es posible aceptar, en consecuencia, que nada menos que once años después del nacimiento del joven Sosso, le montase a su mujer un pollo mundial, le colocase un cuchillo en la garganta y le obligase a confesar, según algunas versiones, el auténtico padre del niño.

Lo que está bastante claro es que Besarion, como dipsómano profundo que era, se desempeñaba, quizás por lo que sabía o sospechaba, con enorme violencia con su mujer e hijo. Así lo afirmaba, por ejemplo, I. Iremashvili, un menchevique georgiano que conoció a la familia, y según el cual el padre procuraba frecuentes palizas a ambos, especialmente al niño, al que castigaba casi todos los días antes de irse a la cama, a menudo sin motivo.

Tras conocer que Daurichevy era el padre real de Stalin, el padre jurídico del crío habría, siempre según algunas versiones de la historiografía, agredido al jefe de policía, siendo ésta la razón última de que tuviese que abandonar Gori y establecerse en Tiflis, donde murió en 1890.

Stalin le dijo a Emil Ludwig, en una de las escasísimas entrevistas al líder soviético que han sido publicadas, que los años de Tiflis fueron fundamentales para él y para su aprendizaje revolucionario. Por lo que se sabe, su trayectoria fue bastante normal en un revolucionario. Su madre lo quería sacerdote, y al parecer, de niño, Josif se mostraba piadoso y obediente, lo que le hizo acreedor de alguna que otra mención positiva en la escuela parroquial. Sin embargo, en la adolescencia desarrollaría su rebelión, que no lo fue social, inicialmente, sino nacionalista. Su rechazo a la escuela parroquial se debió al hecho de que esta institución era un medio de rusificación; el Stalin adolescente, sin embargo, odiaba el ruso, no quería estudiar la gramática, y prefería amar a los poetas georgianos; muy especialmente a Chota Roustaveli, de una de cuyas novelas, La piel del leopardo, tomó el seudónimo de Koba que luego adoptaría como revolucionario.

Prendido de sus ideas nacionalistas, el joven Sosso acabó por tomar contacto con una especie de ateneo obrero andante, un tipo llamado Gloudzidzé que, delante de su tienda, impartía enseñanzas sobre la Historia de Georgia y filosofía en general, con claros tintes anarquistas. Entonces, el futuro Stalin tenía 9 años y, poco a poco, su carácter fue cambiando. Aunque aún unos años más tarde lo encontramos no haciendo ascos a la burguesía al cortejar a una niña de 13 años, Lisa Tzinzilchvili, hija de franchis. Finalmente, Stalin ingresó en el seminario, de donde fue expulsado por sus actividades propagandísticas, en ese momento todavía más nacionalistas que otra cosa. Regresa a Gori, luego a Tiflis de nuevo, y en esta ciudad, tras emplearse en el ferrocarril, comenzará la carrera de revolucionario que lo llevará a la cima del mundo.



Una vez allí, en la cima del mundo, Josif Djougachvili dejará crecer a su alrededor el mito, mito que desdibujará por completo la auténtica historia de su infancia, hasta el punto de que hoy sea prácticamente imposible reconstruirla. Pero queda para los sicólogos la posibilidad de estudiar la evolución de su intelecto y su moral bajo la premisa de que pudiera ser hijo adulterino, de haber tenido que vivir muchos años bajo la presión de serlo y las palizas que ello le procuraba; y de no poder identificarse con su familia carnal por pertenecer ésta, precisamente, a las clases sociales que su puño aplastó.

Clandestinamente, en 1905, Kristofor Tkhinvoleli, antiguo compañero de seminario de Stalin, lo casó con su primer amor serio, Yekaterina Svanizde, de quien se dice era guapísima. Stalin la llamaba Katho, como a su madre, y quienes conocieron por entonces al activista bolchevique decían que la amaba profundamente. Pero Katho murió, al año siguiente, de tifus.

El mundo entero salió perdiendo con esa muerte.

viernes, noviembre 25, 2011

¿Quién?

Os dejo esta adivinanza de fin de semana, de la que espero hablar más a fondo pronto.



Uno de los niños de esta foto llegó a dominar el mundo. La primera pregunta es cuál de ellos fue.

La otra cuestión es que el resto de los infantes de la instantánea no son hermanos suyos. Pero, entonces, ¿por qué se fotografió con ellos?

Feliz fin de semana

jueves, noviembre 24, 2011

La segunda guerra mundial empezó en Menorca

Nunca en mi vida he estado en Menorca, pero amigos y conocidos tengo que dicen que es una isla muy atrayente, a pesar de su capitidisminuyente nombre. Es uno de esos territorios en cuya existencia tienes que estar bastante interesado, porque es bastante fácil que se te pase reparar en él, por lo chiquito. Creo recordar, incluso, que en mis infantes días colegiales alguna que otra vez se me olvidó dibujarlo en los trabajos de geografía, lo cual seguro me supondría algún que otro embroque de mi cara con la mano diestra del profesor.

Menorca, por lo tanto, es poca cosa. Como en este blog tenemos la costumbre de hablar de cosas grandes, desde Dios hasta la China, puede haber, quizá, quien piense que nunca le dedicaríamos un espacio a Menorca. Más no es el caso. Esta pequeña isla es sede de un episodio de nuestra guerra civil (el último para la isla, de hecho) que no está exento de enigmáticas dudas. Una de esas cosas de las que, al menos yo, puedo escribir en mucha mayor medida contando lo que no sé, que lo que sé. O sea, me pone. Y por eso lo escribo.

De todos es sabido que las Baleares son un territorio que, en la guerra civil, cayó pronto en manos de Franco, y así se quedó durante toda la conflagración; por mucho que los republicanos intentasen una recuperación que también es un episodio interesante de contar otro día. Pero esta afirmación no vale para Menorca. La isla de Menorca, relativamente fácil de defender, permanecía, a principios de 1939, incluso después de que Franco se pasease por Cataluña como Messi por el área del Sentmenat F.C., en manos republicanas. Mala cosa para ellos, porque, tras la caída de Cataluña, y sobre todo teniendo en cuenta que para entonces la flota republicana estaba surta en Cartagena, con el culo contra la pared y atocinada en tablas, es decir que el Mediterráneo era de Franco; tras todo eso, digo, Menorca se quedaba, literalmente, tras las líneas enemigas.

Sólo era cuestión de tiempo que cayese. Sólo era cuestión, de hecho, que desde la Barcelona tomada por Franco se enviasen buques con tropas a certificar la caída de la isla.

Antes de que el ejército invasor de Cataluña diese ese paso, sin embargo, las fuerzas nacionales situadas en Palma y Mallorca en general, fundamentalmente aéreas y con fuerte presencia italiana (anótese el dato: Mussolini ambicionaba encontrar el momento de anexionarse las islas), ya pensaron en el asunto. Si hemos de creer a Martínez Bande, ejemplo de historiador franquista muy bien documentado y razonablemente equilibrado en sus juicios, fue el teniente coronel Fernando Sartorius, jefe de la Región Aérea de Baleares, quien tomó la iniciativa.

¿Era este Sartorius algo del célebre político comunista de la Transición Nicolás Sartorius? Pues tengo yo por mí que sí, porque don Fernando era conde de San Luis, es decir ostentaba el título nobiliario de los Sartorius de toda la vida; y, si no me equivoco, don Nico, y quizá por eso era hace años tan atractivo su comunismo, procedía de la noble estirpe. Eso sí, Bande lo llama Fernando mientras que el diccionario de militares de la guerra civil de Couceiro incluye sólo una entrada a nombre de Carlos Sartorius Díaz de Mendoza.

Uno u otro Sartorius habrían sido los padres de la idea, propuesta al jefe de la fuerza aérea, general Kindelán; el cual, el día 28 de enero del 39, habría obtenido el nihil obstat de Franco. Algo se movió porque el día 3 de febrero, aviones nacionales comenzaron a lanzar sobre Menorca octavillas invitando a la rendición.

Mientras tanto, los republicanos habían hecho cambios también en la isla, nombrando gobernador militar a un marino, Luis González Ubieta, quien al parecer era masón. Este dato ha sido usado a veces por los historiadores para interpretar que los mandos militares republicanos (que para entonces estaban pensando más en la rendición que en otra cosa) colocaron a un militar que se pudiera «entender» con los nacionales.

Aquí, sin embargo, es donde los hechos comienzan a dar un giro inesperado. Sartorius se entrevista el 4 de febrero con el cónsul inglés en Mallorca, el capitán Allan Hillgarth, del que solicita, y obtiene, la puesta a disposición de un barco, el crucero Devonshire. Esto es, para cualquiera que sepa dos palabras de diplomacia, algo, como poco, irregular. Hablamos de un gobierno soberano inmiscuyéndose en una negociación bélica. No es algo que el cónsul pudiera hacer por decisión propia, de donde cabe concluir que, de una forma o de otra, el gobierno inglés tuvo que estar informado y, con mayor o menor renuencia, tuvo que dar su conformidad.

El 7 de febrero, el Devonshire llegó al puerto de Mahón. Allí se presentó González Ubieta, quien se entrevistó primero a solas con Muirheard-Gould, capitán del barco, para pasar a parlamentar, acto seguido, con Sartorius. Una vez más, nos encontramos con algo altamente irregular, como es la presencia prelativa de los ingleses en las negociaciones.

Dichas negociaciones se desarrollaron bajo las premisas siguientes: Sartorius exigía la rendición incondicional de la isla, bajo amenaza de bombardearla si resistía. A cambio, todo aquél que quisiese abandonarla podría hacerlo con la garantía del capitán inglés.

Ubieta estaba en una posición bastante incómoda. Para rendirse, necesitaba consultar, como poco, con su Alto Estado Mayor, si no con el ministro de Defensa, si no con el primer ministro. Pero el gobierno republicano, si de alguna manera lo hemos de llamar, se encontraba en esas fechas en algún lugar entre La Agullana y La Bajol, esquivando las bombas de Franco, tratando de coordinar la huida en desbandada de centenares de miles de soldados y civiles y, desde luego, sin teléfono móvil ni fijo que atender. Ubieta no podía obtener la autorización del gobierno la cual, al parecer, intentó sustituir mediante reuniones con los principales representantes del Frente Popular en la isla.

La situación, además, se tuerce más al día siguiente. Al comenzar la segunda jornada de negociaciones, Ubieta es informado de que tres batallones se han sublevado en las localidades de Ciudadela, Ferrerías y San Cristóbal, al Oeste de la isla. Dos hidroaviones de la base de Pollensa despegan para apoyar a los sublevados, a los que se une, pocas horas después, un pequeño destacamento de dos lanchas torpederas con medio centenar de soldados de aviación. A pesar de la desidia general que atora por entonces a las fuerzas republicanas, algunas unidades menorquinas se movilizan para sofocar la revuelta.

Y es en ese momento cuando los italianos (tres aviones Savoia) bombardean Mahón, causando tres muertos, diez heridos y considerables destrozos.

Como digo, el episodio de Menorca es bastante enigmático, y este detalle es, tal vez, el más enigmático de todos. ¿Quién, y por qué, da la orden de movilizar aviones para bombardear Mahón? El jefe de la fuerza aérea no puede ser, porque está en el mismo Mahón negociando la rendición con autorización de Franco para hacerlo. Tampoco tiene sentido que lo hagan otros mandos (por ejemplo, el comandante militar de Palma, general Cánovas), porque estaban preparando la «invasión» de la punta Oeste de la isla, donde tres batallones les hacen ya de cabeza de puente. No sabemos a ciencia cierta quién ordena el bombardeo, pero lo que sí sabemos es que está a punto de dar al traste con las negociaciones. El capitán del Devonshire, que había partido de Mallorca con la garantía de que no habría acciones aéreas mientras el barco estuviese en Mahón, amaga con pirarse. Y, sin barco que se pueda llevar a los que teman ser fusilados por Franco, el acuerdo deviene imposible.

Las negociaciones, sin embargo, continuaron. Se acordó que un coronel retirado, apellidado Useletti y del que, honradamente, no tengo más datos, se pusiese al mando de la isla, mientras en Ciudadela se colocaba al frente, llegado desde Pollensa, el comandante nacional Noreña; que ignoro si era pariente del teniente coronel Carlos Noreña Echevarría, que en tiempos de Franco (ahora supongo que ya no será así) encabezaba, a título honorífico, el escalafón de la escala de Estado Mayor, tras haber muerto fusilado en Madrid por haberse negado a formar parte del Estado Mayor republicano y afirmar, durante su juicio popular, su total identificación con el bando nacional.

En la noche del 8 al 9 de febrero, finalmente, el Devonshire zarpó de Mahón. En el barco viajaban Urbieta, el delegado gubernativo, militares y civiles republicanos sin que, que yo sepa, se haya aclarado nunca en qué magnitud.

¿Por qué es tan importante el suceso de Menorca? O, dicho de otra forma, ¿por qué este humilde posteador ha titulado a su artículo, ampulosamente desde luego, afirmando que la segunda guerra mundial comenzó allí? Pues, básicamente, porque Menorca supone, antes que cualquier otra cosa, un extraño caso de implicación británica en la guerra civil española.

Cualquiera que se haya leído las excelentes novelas de la serie Master & Commander sabrá que Mahón fue, durante mucho tiempo, un hub marítimo de gran importancia para el no menos importante poderío naval británico. Que UK le ha encontrado de toda la vida una utilidad estratégica de la hostia a las Baleares está fuera de toda duda; combinada con su presencia en Gibraltar, viene a garantizar una posición preeminente en el Mediterráneo casi sin competencia. Así las cosas, no es extraño que Baleares fuese el lugar donde los británicos más claramente decidiesen, sobre todo aprovechando que en la guerra todo el pescado estaba ya vendido, dar un paso al frente e implicarse. La moderna historiografía británica asevera que la operación del Devonshire fue conocida a la vez, y aprobada, por Franco y el Foreign Office. Si esta afirmación es cierta, que puede, esto vendría a darle la razón a los alemanes cuando desconfiaban del ferrolano. Los papeles internos de la diplomacia alemana, publicados hace décadas, más que sugieren que el embajador alemán en Burgos, Von Stohrer, no tenía ni puta idea de lo que se estaba cociendo en Menorca aquellos días. Según dichos telegramas, el ministerio alemán de Exteriores se enteró de la operación en la mañana del 9, leyendo la prensa inglesa. Von Stohrer contesta el 10 un tanto sonado, dando informaciones epidérmicas y desenfocadas de lo que está pasando en Menorca (por ejemplo: en fecha tan avanzada, no cita la sublevación de Ciudadela, y asevera que todos los traslados se han realizado en buques españoles).

Los alemanes, por lo tanto, estaban a por uvas. Pero no así los italianos, que eran, con mucho, los aliados de Franco más interesados por las Baleares (a pesar de que, al fin y a la postre, como bien sabemos, han sido los otros aliados los que se las han quedado). No de otra manera cabe interpretar el sospechosísimo episodio de los Savoias, un bombardeo que nadie ordenó, que no formaba parte del operativo aprobado por Franco y cuya consecuencia fue el amago inglés de abortar la operación.

Tengo por mí que ese bombardeo es la demostración que de Mussolini algo sabía; lo cual no es difícil, porque Palma le pertenecía en ese momento. Algo supo. Lo que supo no le gustó y decidió, lisa y llanamente, hacerlo zozobrar. De alguna manera, en Menorca tropas italianas bombardearon intereses británicos; de ahí la metaforilla de que ese día comenzó la segunda guerra mundial.

Con todo, el episodio de Menorca tiene otro significado, difícil de medir en sus dimensiones exactas, pero de gran importancia. Como ya os he descrito, la rendición de Menorca provino de una negociación friendly entre militares republicanos que no tenían nada que ofrecer y mandos nacionales que se mostraron comprensivos. Fue una rendición de la que escaparon muchos de los que quisieron escapar, aunque algunos, con las prisas, quedasen finalmente atrapados.

La negociación de Ubieta levantó en los militares republicanos la ilusión de un armisticio con Franco. De una especie de entente entre profesionales de la milicia, por la cual el general ferrolano comprendería que los uniformados no hicieron otra cosa que cumplir con su deber. Algunos de los jefes militares profesionales de la República, de hecho, soñaban con conservar sus rangos como si tal cosa; Casado, sin ir más lejos, así lo esperaba. La rendición de Menorca dio alas a quienes pensaban, en el bando republicano, que una tal transacción era posible. Así pues, de alguna manera, el episodio alimentó el golpismo contra el gobierno de Negrín que acabaría desencadenando el final de la guerra.

Eso sí, se equivocaron al valorar a Franco y sus posibilidades de pactar un acuerdo. De medio a medio.

martes, noviembre 22, 2011

El mandarín está vestido

Bueno, aquí está el texto que hoy se publica también en el blog de Tiburcio, en lógica devolución de la visita que nos hizo la semana pasada.



El mandarín está vestido. By JdJ


A principios del siglo XX, la revolución rusa levantó una ola de ilusión en todos aquellos que, en el mundo, creían tanto en la necesidad como en la posibilidad de un cambio radical del mismo hacia la justicia y la felicidad social. A pesar de los muchos y exitosos intentos del régimen soviético para mantener viva esa llama, pasadas las décadas, y sobre todo tras el estallido de la guerra fría y el consecuente enfriamiento de las posibilidades del comunismo en los grandes países europeos, la URSS fue decepcionando. Esto, sin embargo, no significó, en modo alguno, que los buscadores de utopías detuviesen sus explotaciones mineras entre los seguidores de Carlos Marx. En realidad, el fracaso de la URSS como potencia democrática (a pesar de haber inventado para sí misma el extraño fistro de democracia popular) impulsó todavía más la asunción acrítica del concepto de que los regímenes marxistas eran democráticos, progresistas y avanzados. La creencia, simplemente, se desplazó al que fue, durante la segunda mitad del siglo XX , el gran elemento reivindicador del progresismo: el Tercer Mundo.

El Tercer Mundo, en proceso de descolonización en muchos casos es, en efecto, un poco el ecologismo del último tranco del siglo XX. Una idea asumida por muchos de una forma bastante automática. El Tercer Mundo, según esta idea, se convierte en un territorio que es objeto de una agresión, la del mundo desarrollado, lo que le convierte en inocente ante cualquiera de sus problemas. Varias decenas de dictadores, algunos de ellos justamente colocados en el hall of fame de la atrocidad inhumana en la Historia de la Humanidad, han vivido de coña gracias a que Londres, en París o Nueva York estuviesen petados de escritores, directores de cine, tornero-fresadores, periodistas, biólogos, intelectuales en general y algún que otro mediopensionista firmador de manifiestos, que no estaban dispuestos a admitir que los problemas de los países en desarrollo tuviesen otro origen que la secretaría de Estado USA y elementos similares.

En medio de este proceso se cuela el comunismo chino de Mao Zedong. Que es un comunismo distinto a otros comunismos, sólo comparable al titismo yugoslavo; que, sin embargo, era una ideología en buena parte inexportable. El maoísmo, pese a llevarse bien con la URSS en sus principios, acaba pronto enfrentado con él, en parte por diferencias ideológicas; en parte por diferencias estratégicas; en parte por la voluntad de liderazgo mundial de Mao; y en parte, ya en los últimos tiempos de este dictador que jamás se lavó los dientes, porque los EEUU vieron el hueco entre los socios comunistas, e ipso pacto se personaron en Pekín, a dar por culo.

El maoísmo tenía elementos que lo hacían más atractivo a los ojos de la progresía intelectual de los años sesenta y siguientes, por ser un comunismo tercermundista, que volvía a las raíces leninistas (del origen del leninismo) que veían en los campesinos la clave de la revolución. Si toda revolución comunista tiende a liberar a una clase social, la revolución maoísta, además, ofrecía la liberación no sólo del hombre pobre, sino del país pobre, de la mitad pobre del mundo.

Una oferta atractiva. Tan atractiva como para mantener a miles y miles de ciudadanos cultivados del mundo occidental cautivados y ciegos durante años en los cuales Mao aprovechó su ceguera para matar a 70 millones de chinos; convirtiéndose con ello, de largo, en el mayor genocida de la Historia.

La historia de cómo tanta gente pudo estar tan ciega es, a mi modo de ver, la historia de una gran vergüenza.

En 1949, cuando en Europa y América se empieza a hablar de China, todavía vive Josif Stalin, y los regímenes soviéticos y chino dan toda la impresión de ser tan hermanos como lo pudieron parecer, hace ahora treinta años, Ronald Reagan y Margaret Thatcher. Ambos eran arietes en la lucha contra el imperialismo. Y permanecerían así hasta, más o menos, diez años después, cuando los problemas fronterizos comenzaron a cambiar las cosas hasta alimentar un enfrentamiento que terminó por ser cainita.

Antes de eso, en 1955, el peregrinaje de intelectuales occidentales comenzó en dirección a China, ahora que no había más remedio que contar malas cosas si el viaje era a Moscú. Este primer viaje lo hizo una miembra conspicua de la intelectualidad parisina, Simone de Beauvoir, compañera en la vida, y en la miopía, de ese gran adalid de la coherencia democrática que se llamaba Jean Paul Sartre. Simona fue a China y volvió orgasmando por las esquinas.

La justificación de las miopías suele ser, principalmente, la falta de información: yo no veía mal; simplemente, estaba mal informado. En el caso de China, sin embargo, esta disculpa es poco creíble. Desde muy pronto, analistas como David Rosenthal estaban denunciando lo que estaba pasando en China en forma de eliminación masiva de personas. Sin embargo, a la Beauvoir aquello no le impresionó demasiado. Chou en Lai, primer ministro entonces, le confesó en su viaje, fríamente, que 830.000 enemigos del pueblo habían sido «destruidos»; pero no debió de parecerle inhumano. Habremos de suponer que pensó que se lo merecían. Además, a su vuelta a París, declaró su convencimiento de que en China los ciudadanos sólo eran arrestados bajo sospecha de sabotaje o conspiración contra el Estado. En la misma frase, confesó que no había ninguna manera de comprobar la cifra facilitaba por ella de que los juicios políticos habían afectado «sólo» a 600.000 personas (comparación: Franco encarceló, se dice, a unas 300.000 personas) y que todos los juicios habían sido legales y respetando los derechos de los imputados. Nunca explicó cómo sabía tanto de unos juicios que ni había visto ni sabía cuántos eran. Más aún, sentenció: «Ningún ciudadano chino es molestado por sus opiniones». Comenzaba la monumental mascarada «Mao mola».

El mayor propagandista del maoísmo fue, sin ningún lugar a dudas, Edgar Snow. Además de contar mil maravillas de la China que conoció, fue durante toda su vida y producción articulística un gran proveedor de argumentos de comprensión hacia el maoísmo. Sin ir más lejos, confesó que eso de «destruir» a 830.000 sonaba mal; pero que, bueno, es que hay que saber chino. En chino, según él, el verbo «destruir» no implica desaparición física. Con los años se ha sabido que Mao, en aquel entonces, estaba incluso enterrando a gente viva. Debe de ser que no sabía mucha semántica. Más allá, otra de las proezas de Snow fue afirmar sin sombra de duda, a pesar de no tener ni una estadística ni prueba fehaciente de ello, que la pena de muerte sólo se aplicaba en China en la persona de quienes habían causado la muerte de otros.

Edgar Snow había sido primero un admirador de Chang Kai Chek, pero en Pekín leyó las obras políticas de Bernard Shaw, y cambió de mito. En 1936 consiguió tomar contacto con el Ejército Rojo, lo que le permitió conocer y entrevistar a militares que habían participado en la Larga Marcha, convirtiéndose con ello en el primer occidental que hablaba de la revolución china.

Con todo, los buscadores de explicaciones más o menos exóticas de lo que veían son legión. Es muy interesante, por ejemplo, la historia de Agnes Smedley, una periodista norteamericana que quizá fue la que vivió más de cerca la auténtica vida de los revolucionarios chinos. Durante la revolución, estando con las tropas, se cayó de su caballo y quedó medio inválida. Aun así, siguió con las tropas, sufriendo todas sus privaciones. En 1937 pudo visitar personalmente a Lin Piao. De vuelta a Estados Unidos, cuando estalló la guerra fría, y después la de Corea, EEUU le negó la visa para volver a China, cosa que no pudo hacer hasta 1960. Lo que contó de esta visita es enternecedor. Coincidió con un periodo de elecciones, por supuesto de partido único. En un salto mortal acojonante, reconoció que, efectivamente, las elecciones sólo tenían candidatos únicos (a ver cómo podía haber dicho lo contrario); pero, argumentó, ¡el proceso estaba diseñado para fomentar la «involucración psicológica masiva» del pueblo chino! Una interpretación muy parecida a la del propio Snow: en China no había elecciones libres porque el campesino chino había tomado la libre decisión de delegar el poder en otros (de por vida, por lo que se ve).

El escritor Basil Davidson, de visita en China al final de la guerra de Corea, con todos los gastos pagados por la Britain-China Friendship Association, escribió a su vuelta que China no era, desde luego, un régimen parlamentario democrático, pero que «la dictadura china no tiene nada en común con la de Hitler o Mussolini». Es probable que no lo dijera porque Mao acabase matando a no menos de 15 chinos por cada judío que mató Hitler. Davidson aceptó, además, un criterio propio del leninismo, que sería multirrepetido durante años en Occidente: China era una dictadura sólo ante quienes no eran obreros ni campesinos.

Davidson insistió en sus artículos en que si no existía el derecho de huelga en China era porque la armonía social lo hacía innecesario. Estaba reproduciendo sin saberlo, en los años cincuenta del siglo pasado, los mismos argumentos, pero calcaditos, que en ese mismo momento se estaban manejando en el régimen de Franco en España para no dotar a los trabajadores de ese mismo derecho.

Simona La Estrábica, en una de sus visitas, fue llevada por los jerifaltes chinos a visitar una prisión. La llevaron a ver la denominada Prisión Uno, es decir una especie de cárcel-estudio de cine que los chinos habían levantado para las visitas extranjeras, con presos de coña, flores por todas partes, puertas abiertas sin cerrojos, programas de estudio y un hospital de la pitri mitri. Beauvoir asumió, a la luz de lo que vio, que todas las prisiones en China eran iguales, y así lo dejó escrito. Nunca explicó, sin embargo, cómo se había cerciorado de que aquel lugar no era singular.

En general, los viajeros occidentales a China no parecen haberse planteado con medio espíritu crítico la verdad de lo que veían. Anna Louise Strong, tal vez la más dedicada propagandista soviética en el mundo sajón, vivió en China, en un apartamento propio y disfrutando de secretaria, coche, chófer, comida y señora de la limpieza. No hay constancia de que se plantease seriamente si el chino medio, tal vez, no vivía así.

En 1955, a la Simona le siguió el Juan Pablo, su costillo. Sartre desplegó en su viaje toda su amplia capacidad de inventarse sus pensamientos y valoraciones, y creérselos. Hizo un vaticinio que podríamos considerar histórico: China, aprendiendo de la experiencia de la URSS (que, ahora que le había insultado apelándolo en el congreso de Wrocklaw de hiena dactilográfica, ya no le molaba tanto), no realizaría ninguna colectivización agraria, sino que aplicaría el socialismo voluntario. Pues sí; tres añitos más tarde llegó el Gran Salto Adelante, experimento colectivizador que dejó la experiencia de la URSS en un juego de teletubbies.

Este proceso, el Gran Salto Adelante, supuso, en la práctica, colectivizar y esclavizar un país entero, del tamaño de un continente, a la mayor gloria de unos objetivos de desarrollo económico que habían de convertir China en un líder mundial. Mao dejó bien claro que lo que quería era que los chinos produjesen y que, si para producir tenían que dejar de comer, por él, de puta madre. Será por eso que en aquellos años millones de chinos murieron literalmente de hambre mientras fabricaban en sus hornos caseros acero como posesos porque Mao quería ser el líder mundial en la producción de la tal cosa.

A la intelectualidad occidental, sin embargo, el Gran Salto Adelante le pareció lo más de lo más, Mari Loli. El doctor Joshua Horn, médico británico afincado en Pekín, bramaba feliz que la colectivización del campo era el resultado de la libre decisión de los campesinos (que estaban siendo colectivizados a hostias a pocos kilómetros de su casa). En 1959, el diácono de Canterbury, peripatético personaje del propagandismo procomunista occidental como se vieron pocos, estuvo en el país y declaró que de no haber sido por la colectivización, millones de personas habrían muerto; hemos de suponer que en lugar de los que ya estaban muriendo, de los que, sin embargo, no dijo nada. El escritor Felix Green dijo, incluso, que el proceso de colectivización había sido tan espontáneo que el gobierno había sido pillado por sorpresa.

En realidad, en 1955 Mao había dado la orden de que se creasen casi un millón y medio de comunas en toda China que incluyesen, al menos, a la mitad de la población campesina. El sistema funcionó mal y causó una terrible hambruna (que, como hemos dicho, monseñor de Canterbury no fue capaz de ver, quizá porque pensase que los chinos son genéticamente delgados). Edgar Snow acudió en auxilio del régimen echándole la culpa a la sequía; eso sí, a principios de los sesenta, cuando el PC Chino dio carpetazo a la yenka maoísta, con toda naturalidad admitió que la precipitación de la colectivización había causado los problemas, y a otra cosa, mariposa.

En mayo y junio de 1957 se produjo la llamada de las Cien Flores por parte de Mao. Fue una especie de proyecto para que, durante aquel tiempo, floreciesen en China (de ahí el nombre cursi) las ideas y los proyectos. Simone de Beauvoir se aprestó a declarar que aquella iniciativa llevaba las libertades más lejos de lo que nunca habían ido en una democracia. Las Cien Flores, de hecho, brotaron. Animados por la invitación, pensadores chinos se adelantaron a criticar el excesivo imperialismo de Mao, así como la brutalidad de su Justicia, que por entonces decía ya estar en cerca del millón de apiolados. El Partido se acojonó, llamó a Mao a capítulo, y éste dio marcha atrás. El régimen hizo uso de una herramienta que le era muy querida: la pública humillación y confesión de los errores, forzada en la persona, por ejemplo, de Lo Lung Chi, vicepresidente de la Liga China por la Democracia. Los mismos intelectuales que habían recibido con entusiasmo democrático las florecitas permanecieron, ahora, básicamente callados.

Como es lógico, la intelectualidad europea recibió, en términos generales, la implicación de China en la guerra de Corea como una acción defensiva, plenamente justificable. Sin embargo, hasta hace bien poco tiempo han estado poco interesados en referirse a la intervención en Tibet, que poco de autodefensiva puede tener; las cositas del Dalai Lama, efectivamente, rara vez aparecen en los escritos de los sinólogos de salón de la mejor época de la gauche divine. Más aún, el régimen chino contó con excelentes voceros, como la inevitable Simone, que, sin haber puesto un pie en el Tibet, escribió en Occidente informes interesantísimos sobre el elevado desarrollo de sus escuelas, autopistas, créditos sin intereses, y otras milongas. ¿Problemas? Hombre, sí, los había. Pero se debían a «el empeño de las tribus nómadas de volver a su anárquico modo de vida». Para la De Beauvoir, por lo visto, alguien que quiere llevar un modo de vida anárquico (y eso admitiendo la certitud del diagnóstico) no tiene derecho a hacerlo. Más revolucionariamente coherente fue la explicación ofrecida por Felix Green: la resistencia tibetana se circunscribía a 20.000 terratenientes y tibetanos reaccionarios; a los cuales, según el catón marxista, es lícito negarles el derecho a la vida.

A mediados de los años sesenta, el régimen chino experimentó una vuelta de tuerca más con la revolución cultural, fruto del pacto tácito entre Mao y Lin Piao.

Mao había quedado tocado por el fracaso del Gran Salto Adelante, que se había convertido en el Gran Hostión contra el Suelo. La facción más moderada del Partido, bajo el liderazgo del Presidente chino Liu Shao Chi, comenzó a tocarle las bowlings. En 1959, Peng Te Huai, ministro de Defensa, había visitado la URSS y allí había reclamado un ejército chino mejor organizado y había criticado el Gran Salto Adelante. Mao, enfurecido, exigió su cabeza. Sin embargo, debilitado por sus fracasos económicos, hubo de claudicar. A principios de los sesenta, China tuvo que imponer su propia versión de la NEP leninista, permitiendo la pequeña propiedad privada y el funcionamiento de mercados libres. Mao perdió después el control sobre el mundo cultural y la prensa del Partido.

A partir de ahí, contraatacó; y lo hizo, como hemos dicho, aliado con Lin Piao, que controlaba la Guardia Roja; institución que fue utilizada como pandilla de matones que, de facto, dio un golpe de Estado dentro del Estado, tomando el control total del país, iniciando el culto cuasidivino a la personalidad de Mao, y eliminando a los enemigos; antiméritos todos éstos que, sin embargo, no impidieron que esta institución tan democrática fuese emulada en los países occidentales, España incluida, a través de la Joven Guardia Roja. Párese el lector a pensar qué dirían los firmadores de manifiestos si alguien hubiese creado en España, en los años setenta, las Nuevas Juventudes Hitlerianas.

Controlado el país, en 1966 Mao lanzó su gran eslogan: todo el país tenía que tomar ejemplo de su ejército; de nuevo, el líder comunista chino se mostraba como un acendrado franquista. Esta idea se vino a combinar con la demanda de que todo lo que no tuviese raíz revolucionaria fuese destruido; así, en abril comenzaron, en la prensa de nuevo controlada por el líder, los ataques contra la literatura clásica. En junio de aquel mismo año comenzaron las purgas, especialmente extensas en el ámbito cultural. Escuelas y universidades fueron cerradas, y para cuando se reabrieron, los alumnos encontraron al frente de las aulas a miembros de la Guardia Roja. De julio data la famosísima foto de Mao nadando en el Yang Tse. En agosto, una vez que logró controlar totalmente el Comité Central del Partido, Mao lo convocó y le hizo decretar algo así como el recomienzo de la revolución contra la burguesía; aunque esta vez, en la lista de enemigos, figuraban también los cargos elitistas del propio partido. Millones de guardias rojos desfilaron en Pekín durante ocho días, mostrándole a todo el mundo que al que se moviese, le cortarían los cojones.

Rápidamente, Liu Shao Chi y otro moderado que acabaría sobreviviendo a la experiencia, Deng Xiao Ping, fueron colocados bajo arresto domiciliario. La mujer de Liu fue llevada ante una especie de corte judicial de desviacionistas, ridículamente disfrazada, para público escarnio. Peng Te Huai, el otrora ministro de defensa, fue llevado ante diez mil personas, cargado de collares con paneles de madera que señalaban sus faltas, en un espectáculo intolerable que, curiosamente, no se sabe de muchos teóricos de la Leyenda Negra que lo criticasen con pasión, igual de escandalizados porque 400 años antes se hiciese, por decisión inquisitorial, algo parecido con los conversos.

Lo que los intelectuales occidentales prochinos hicieron fue de traca. Lejos de criticar a Mao por tanta crueldad, le alabaron la capacidad de clemencia por no estar dando audiencia al clamor que había en la calle para que matase a todos aquellos revisionistas. Pocas, poquísimas noticias tenemos en sus libros de los centenares de miles, sino millones, de chinos cultivados que, en el entorno de la revolución cultural, fueron arrebatados de sus lugares de residencia para ser llevados a trabajar en condiciones infrahumanas en granjas que eran en realidad campos de concentración disfrazados de pitufo. Aún a día de hoy, de hecho, y a pesar de los muchos libros, de ficción y de no ficción, publicados sobre el tema, la revolución cultural, como le ocurre también a los campos siberianos de Stalin, sigue sin figurar en el puesto que en justicia le corresponde en la lista de los genocidios planificados del siglo XX. A los ojos de un montón de gente, el único genocida del siglo XX fue Hitler (bueno, y Franco; aunque Franco, al lado de Mao, era Rita Irasema).

En realidad, en los años 67 y siguientes, incluso después de la defenestración final de Liu (octubre del 68), la revolución cultural provocó una enorme guerra interna. En Shangai y Pekín, cuando las ciudades fueron tomadas por facciones radicales de la Guardia Roja, hubo unas hostias como panes en las calles. De hecho, la propia Guardia comenzó a romperse en facciones que se mataban entre sí. Los divinos scholars sinólogos, sin embargo, seguían visitando el país, y hablando del mundo como cascada de colores a su vuelta. Lin Piao mató a 90.000 personas en Shezuan, 40.000 en Kwantung. Nada de esto, sin embargo, lo vieron los que decían describir la «verdadera China». Especialmente recomendable encuentro un libro llamado Report from a Chinese village, obra del impagable intelectual sueco Gunnar Myrdal, quien visitó un pueblo chino en todo el centro de la Revolución Cultural (1967). En sus páginas, Myrdal acusa a Moscú, Washington, Tokio y Taipei (curiosa coalición) de tender un velo de desconocimiento sobre la RC, y asevera cosas como que todos los chinos usaban radios de transistor y acudían a asambleas locales donde los temas de gobierno eran discutidos. Se ignora, sinceramente, el país que visitó. El capítulo en el que describe a los guardias rojos llegando a la aldea tiene los tintes idílicos de una imaginaria entrevista entre Pocoyó y Winnie de Pooh.

Felix Green describió la RC como un ejercicio nacional de autoanálisis, necesario para sacudirse los vicios burgueses. Joan Robinson, profesora de Economía en la universidad de Cambridge (shit you, little parrot), la describió como «un movimiento desde abajo, con escaso control desde arriba» dirigido por la voluntad «del público de re-educar al Partido». Por su parte, María Antonietta Macciochi, diputada italiana del PCI que visitó China en 1970, sentenció tras su visita que «no hay ni rastro de alienación en China». Sacó esa conclusión tras ser recibida a su llegada al aeropuerto por dos filas de niñas cantantes. Lo curioso es que Macciochi, en un ejercicio increíble de transparencia por parte de los chinos, fue informada en la universidad de Tsinghua del enfrentamiento que la misma había vivido entre dos facciones de la Guardia Roja, que había terminado con tres mil pollos matándose por las esquinas del campus; y, aun así, ello no le impidió escribir que el régimen chino era «compacto e integrado». Además, escribió de China que era un país «absolutamente egalitario, en el que todas las distinciones de rango han sido abolidas».

En 1968, un grupo de profesores de universidad americanos fundaron el Comité de Investigadores Asiáticos, conocido por sus siglas CCAS. Este comité se fundó para oponerse a la guerra de Vietnam pero, entre sus actividades, y honradamente no sé con qué financiación, preparó un viaje de quince de sus miembros que pasaron 31 días en China.

Este CCAS hizo visitas realmente curiosas. Salieron encantados, por ejemplo, de un campo de entrenamiento de milicias voluntarias en Nanking… a pesar de que los chinos no se cortaron un pelo de enseñarles a niños de diez y doce años disparando fusiles y morteros. Aquello, por lo que se ve, les pareció de lo más normal. Los herederos de sus cátedras, por supuesto, estaban treinta años después rasgándose las vestiduras por la existencia en África de niños-soldado.

Y es que hay quien dice lo que piensa, y quien dice, simple y llanamente, lo que está de moda pensar en cada momento.



La operación, espontánea o diseñada, bien o malintencionada, de disfraz de la realidad de la china maoísta, del maoísmo en sí, es una de las mayores operaciones de manipulación que recuerda la Historia reciente de la Humanidad. China, como el resto de los regímenes comunistas del presente y del pasado, se ha beneficiado de ese extraño fenómeno por el cual los Michael Moore que le toca vivir, en lugar de criticarlos, se ponen de su parte. Centenares de intelectuales franceses, alemanes, estadounidenses, británicos, españoles, son responsables de esta mentira o, como poco, de contar verdades como puños de las que en realidad no sabían nada, por un simple prurito ideológico.

Sorprende, sinceramente, comprobar cómo tanta gente, que se supone que está por encima del normal de la gente a la hora de pensar, pudo pensar tan poco, y convencerse con tanta pasión de que el rey, el mandarín en este caso, estaba vestido.

lunes, noviembre 21, 2011

¿Y los indignados?


Como bien reza su título, el gráfico que aquí os pongo reproduce la evolución histórica de lo que podríamos denominar las tres «tasas indignadas», o sea los tres viveros donde puede estar el no-voto indignado: la abstención, el voto en blanco y el voto nulo.

Realmente, colegir que todos quienes toman la opción de no votar, votar el blanco o votar nulo son supporters del movimiento 15-M es hacer una generalización bastante bestial, sobre todo en lo que se refiere a la abstención. Abstenerse, la gente se abstiene por muchas razones que no necesariamente se identifican con una postura activa en pro de un sistema diferente y cualesquiera que sean las cosas que defienda este movimiento (que ése es su gran problema, por otra parte; saber de qué va). Pero, bueno, aceptando barco como animal acuático, lo que nos enseña este gráfico es que en el 2011 no se ha producido un rebrote bestial, significativo de este fenómeno. Pero la cosa tiene sus matices.

Porque rebrote ha habido; eso sí, no es el mayor de la historia. Si en el 2008 y el 2011 hubiesen votado las mismas personas (que es como yo creo que hay que hacer la comparación, para evitar efectos demográficos), en torno a un millón de personas más se habrían abstenido y votado en blanco/nulo. Sin embargo, si hacemos el mismo ejercicio con el 2000, encontraremos que entonces hubo 600.000 teóricos indignados más que en estas elecciones (siempre y cuando entonces hubiese votado el mismo número de ciudadanos que ayer). La cifra es, también, inferior a las elecciones de 1989, 1986 y 1979.

Sin embargo, también es cierto que el voto nulo supera los 300.000 sobres por primera vez en 25 años, algo que también le pasa al voto en blanco. Pero, aún así, cabe recordar que entre los dos no llegan al 3% del electorado. Un conjunto de votos que está en torno a un 40% por debajo de los conseguidos por una formación como, por ejemplo, UPyD.

A este indignado movimiento siempre le quedará el terreno para la especulación sobre qué porción del pastel de la abstención le corresponde. Formas de cálculo, hay muchas.

El ejercicio que yo he hecho es el siguiente: % de abs/nulo/blanco sobre el promedio de porcentajes históricos. Es decir: en qué medida ha habido ayer más de cualquiera de las tres cosas respecto de lo que la historia nos dice podría ser el el abstencionismo y la votación nula o blanca «estructural».

Haciendo este cálculo, resultaría que de la abstención de ayer 2,2 puntos porcentuales (546.156 votantes) serían imputables al 15-M; 0,53 puntos de votos en blanco (131.067) y 0,24 de votos nulos (58.279) serían también imputables al movimiento. En total, en torno a 725.000 oersonas o, si se prefiere, el 8% de la abstención, el 39% del voto en blanco, y el 18% de los votos nulos producidos ayer. Una vez más, las cifras son discutibles, porque siempre quedará la duda sobre cuántos electores que ya eran abstencionistas, que ya votaban en blanco o nulo, se han unido al movimiento, que, es de suponer, no serán pocos.

Los resultados, así calculados, no son, en modo alguno, malos. Revelan un rebrote en buena parte escondido, porque se entrevera en cifras a mi modo de ver difíciles de interpretar. Sin embargo, hay un par de cosas que tener en cuenta. Pescar, han pescado. Pero:

a) No han pescado, ni de lejos, lo suficiente como para poder decir que comprometen el sistema electoral, le «sacan los colores». La gente ha votado; no ha votado mucho menos que en el pasado ni reciente ni más remoto, y no les ha otorgado un nivel de apoyo que se pueda considerar material o significativo frente a los resultados de los propios partidos.

b) Lo que, desde mi punto de vista, es peor para los estrategas (si es que los tiene) del movimiento: lo que ha pescado, lo ha pescado entre los que ya le eran proclives antes incluso de que la indignación existiese, pudiéndose estimar que ha movilizado a unas 725.000 personas que se podría pensar hace tiempo no eran cercanas a sus postulados.

Se puede argumentar, desde luego, que 725.000 almas no es moco de pavo; es una cifra bastante equivalente, por ejemplo, al crecimiento de votos del Partido Popular, que ha ganado por goleada. Pero es que la prioridad del movimiento 15-M no está en el crecimiento del PP, sino en la sangría del PSOE. El PSOE ha perdido 4.300.000 votos en números redondos, y éste es, claramente, el nogal bajo el cual está el 15-M esperando la caída de los frutos para recogerlos. Y el movimiento, como mucho, se ha llevado uno de cada seis votantes desengañados del PSOE. Su cosecha ha sido muy parecida a la que se ha llevado IU, es decir la otra alternativa que yo veo cercana a los indignados; IU y el 15-M han competido en el mismo «mercado» y, básicamente, han empatado. Pero su empate deja encima de la mesa la pequeña duda de dónde están los 3 millones de votos que aún sobran, y por qué ni una ni el otro han sido capaces de captarlos. En el ámbito de la izquierda, por lo tanto, el PSOE retiene, impulota, la posibilidad de aplastar a ambos (enviando uno al olvido y otro a la representación testimonial en el Congreso) en el momento en que consiga que sus votantes vuelvan. A menos, quizá, que indignados e IU se uniesen; pero, teniendo en cuenta las características del movimiento 15-M, ¿cuántos miembros-barra-simpatizantes perdería si se identificase con una opción política concreta?

En suma, quienes crean en este movimiento multiforme e indefinido tienen terreno para el optimismo. Pero, en mi opinión, al mismo tiempo cometerían un grave error si cayeran en él.

viernes, noviembre 18, 2011

La muerte del gobernador Pérez Dasmariñas

De nuevo vuelve hoy a este blog, como artista invitado, Tiburcio Samsa. Este post se publica hoy en el blog de Tiburcio y en éste. Dentro de poco, cuando yo termine una cosita que estoy haciendo, seré yo quien pase un rato en casa del elefante.



La muerte del Gobernador Pérez Dasmariñas. By Tiburcio Samsa.

El Tratado de Tordesillas dividió el mundo en dos hemisferios, uno para Portugal y otro para Castilla, de forma que en lugar de darse capones el uno al otro se los dieran a los desgraciados indígenas que cayeran en sus respectivos dominios. El Tratado funcionó razonablemente bien, si quitamos algunas pataditas que se daban a la espinilla por debajo de la mesa. Aun así, hubo un contencioso que el Tratado no consiguió resolver satisfactoriamente: a quien pertenecían las Islas Molucas.

Los portugueses conquistaron el importante emporio comercial de Malaca en 1511. Inmediatamente tras la conquista comenzaron a explorar las rutas que iban hacia el sur, hacia las islas de las especias, y para 1513 ya habían llegado a las islas Molucas. Uno de los portugueses que en aquellos años visitó las Molucas fue Magallanes.

Magallanes más tarde se enemistó con la Corona portuguesa porque consideró que no había recompensado adecuadamente sus servicios y se pasó al Emperador Carlos V. Magallanes, armado con los mapas de sus viajes, convenció al Emperador de que las islas Molucas caían dentro de su hemisferio y de que era posible alcanzarlas yendo todo el rato hacia Poniente. En aquel tiempo los geógrafos estaban convencidos de que debía existir un paso que comunicase el Atlántico con el Mar del Sur descubierto pocos años antes por Núñez de Balboa. Magallanes se proponía encontrar ese paso.

Magallanes partió de Sanlúcar de Barrameda el 20 de septiembre de 1519. Mandaba una escuadra de cinco navíos y 234 hombres. Magallanes encontró el paso que buscaba en noviembre de 1520 y pasó al Pacífico. El 6 de marzo de 1521, en la isla filipina de Mactán, encontró algo que no había ido buscando, la muerte. Juan Sebastián Elcano le sustituyó al mando de la expedición y fue él quien llegó a las Molucas y de allí continuó hasta España.

Puede que a Carlos V le fascinase saber que uno de sus navegantes había circunnavegado el globo y había demostrado que efectivamente era redondo. De lo que estoy seguro es de que le fascinó todavía más saber que efectivamente era posible alcanzar las Molucas por poniente, sin tener que atravesar la parte del globo atribuida a los portugueses.

En 1525 Carlos V envió una importante expedición rumbo a las Molucas, a la cual el adjetivo exitosa no se le puede aplicar demasiado. En 1529 se firmó con Portugal el Tratado de Zaragoza, en virtud del cual Carlos V vendió sus derechos sobre las islas. Los motivos fueron tres: 1) Habiéndose casado tres años antes con Isabel de Portugal, su política buscaba el acercamiento a Lisboa; 2) Quería centrarse en el escenario centroeuropeo y para ello prefería tener paz con Portugal; 3) No se había descubierto todavía el tornaviaje, que permite cruzar el Pacífico en dirección este, con lo que no había manera de llevar las especias de las Molucas a Europa sin atravesar el hemisferio portugués.

La situación cambiaría radicalmente con el reinado de Felipe II. Los españoles descubrieron el tornaviaje. Desde finales de la década de los 60 del siglo XVI tuvieron una base en Filipinas que podía servir de plataforma para llegar a las Molucas. Y, finalmente, en 1580 Felipe II unió las coronas de España y fue su política ordenar que los gobernadores de Filipinas socorriesen en lo posible a los portugueses en las Molucas. Y es aquí donde entra el gobernador Gómez Pérez Dasmariñas.

Gómez Pérez Dasmariñas era natural de Galicia. Había sido gobernador de León y corregidor de Murcia, Lorca y Cartagena. En esos cargos Dasmariñas se reveló como un administrador eficiente y concienzudo. Como recompensa, Felipe II le nombró gobernador de Filipinas en 1589.

Dasmariñas llegó a Filipinas en mayo de 1590. Cuando llegó se encontró con que Manila no tenía fortificaciones y que le habían dejado las arcas vacías. Puso en orden los asuntos hacendísticos y en poco tiempo fue capaz de dotar a Manila de una muralla y de establecer una fundición para producir cañones.

Tan pronto hubo consolidado la situación en Manila, Dasmariñas empezó a verse tentado por las islas Molucas. Varios de sus consejeros, como los jesuitas Antonio Marta y Gaspar Gómez y Jerónimo de Acevedo, se pusieron a pincharle para que acometiese la empresa. Una carta del padre Marta resume los argumentos para emprender la campaña: 1) El señuelo de la gloria que alcanzaría, algo importantísimo para un general de aquellos tiempos; hoy habría hablado de dineros; 2) Las riquezas que las islas aportarían a la Monarquía; 3) Ganar al Cristianisno las más de doscientas mil almas que se estimaba que habitaban en aquellas islas. El padre Marta traza también una coyuntura estratégica complicada: los musulmanes del archipiélago están unidos al rey de Ternate y andan crecidos a causa de la captura el año anterior de una galeota que procedía de Goa. El rey de Tidore, aliado teórico de los españoles, se mostraba timorato y prefería nadar entre dos aguas y sus contribuciones eran siempre menores de las prometidas.

Aunque la situación estratégica se presentase complicada, los argumentos eran de peso: gloria y riquezas en la tierra y méritos en el cielo. Por mucho menos que eso los caballeros de aquel tiempo se tiraban a la piscina sin comprobar si tenía agua. Dasmariñas comenzó a preparar cuatro galeras para la empresa.

Uno de los principales problemas con los que se encontró Dasmariñas fue la falta de remeros. Compró a los esclavos que los jefes locales tenían a su servicio, pero no fueron suficientes para dotar a todas las naves. Pidió entonces a la numerosa colonia china que le proporcionasen 250 hombres para dotar a la nave capitana. Para dorarles la píldora, les dijo que recibirían dos pesos mensuales de paga, que no irían encadenados, que se les permitiría tener armas para que sirvieran luego como soldados y que sólo remarían en momentos críticos en los que no hubiera más remedio. ¡Era todo un ofertón! Realmente los chinos debían de tener muy buenos sindicatos.

A pesar del ofertón, a los chinos lo de ir de remeros no les apetecía ni poco ni mucho. El Gobernador apretó al gobernador de la comunidad china y éste viendo que peligraba su posición les dijo a sus compatriotas que, se pusieran como se pusieran, había que encontrar 250 remeros. Al final los chinos hicieron una colecta y recaudaron 20.000 pesos para repartir entre los 250 que se ofrecieran voluntarios. Los ochenta pesos de sueldo, unida a la paga de dos pesos mensuales, ya eran palabras mayores y hubo más voluntarios de los que se necesitaban.

La armada zarpó de Manila el 17 de octubre de 1593. Dasmariñas iba en la nave capitana. Con él iban ochenta españoles y los 250 remeros chinos. El 19 de octubre salieron de Cavite, un puerto al sur de Manila. El 25 de octubre la nave capitana se distanció de las otras naves que navegaban a vista de tierra y ese día uno no sabe que fue más Dasmariñas, si imprudente o confiado.

Ese día la nave se encontró con vientos contrarios y hubo que bogar fuerte. A los chinos, que más o menos les habían vendido que aquello sería un viaje de placer, la cosa les empezó a mosquear. Dasmariñas no mejoró mucho las cosas, cuando los apostrofó, les dijo que remaban como mariconas y que como no pusiesen más empeño les iba a cargar de cadenas y les iba a cortar las coletas. Esto último era la afrenta peor para un chino. En fin, cuando estás en un barco en alta mar con gente que te supera a razón de tres a uno y a la que has dejado que conserven sus armas, o bien les tratas con guante de seda o bien los desarmas y los encadenas. Dasmariñas optó por el suicidio: no hizo ni lo uno ni lo otro.

Los chinos acordaron que los españoles se iban a enterar, empezando por Dasmariñas. Al llegar la hora de dormir, cada uno se acostó al lado de un español. Para no dejar nada al albur, acordaron que a una señal cada uno se pondría una túnica blanca para distinguirse en el fragor del combate y a continuación degollarían al español que tuvieran al lado. Todo ocurrió con tanto sigilo y velocidad, que muy pocos lograron escapar a la escabechina saltando por la borda y de éstos la mayor parte murieron ahogados, porque, aunque la playa estaba cerca, la corriente era muy fuerte.

El Gobernador, que estaba durmiendo en su recámara, acabó despertándose con el ruido. Los chinos le dijeron que saliese a aplacar una pendencia que había surgido entre ellos y los españoles. Dasmariñas, confiado, salió en camisón de dormir y ya no volvió a entrar.

Lo que sucedió después en la nave capitana lo sabemos porque de la escabechina se salvaron el fraile Francisco Montilla y el secretario del Gobernador, Juan de Cuéllar. Aquella noche los chinos no repararon en ellos y cuando más tarde repararon, ya se les habían pasado las ganas de matar, pero sólo un poquito.

Los chinos determinaron volver a China con la nave que habían capturado. Se les había ocurrido que tal vez no fueran muy bien recibidos en Manila después de lo que habían hecho. Asustados al ver que los vientos y las corrientes les eran contrarias, empezaron a hacer sacrificios a sus dioses y hubo casos de posesión, en los que los posesos indicaban lo que se debía hacer.

Pararon en Ilocos a hacer agua y allí los locales, que ya sabían lo que habían hecho con el Gobernador, les tendieron una emboscada cuando bajaron a tierra en la que mataron a 20 de ellos. Finalmente, tras muchos avatares, lograron costear la isla y llegar al reino de Tonquín, cuyo rey se apoderó de todo lo que llevaba la galera y, según unos, los metió en prisión, y según otros, los dejó a su suerte, sin más bienes que las ropas que llevaban puestas.