viernes, mayo 09, 2008

El Arco de Triunfo

La legislación vigente en España establece la obligatoriedad de eliminar los signos externos del franquismo. Por muy discutible que sea el concepto, la ley es la ley, ha sido democráticamente votada y, por lo tanto, debería cumplirse; igual que otras, por ejemplo la que establece los signos externos que deberán tener todos los edificios oficiales.

En general, esta obligación normativa obligaría a quitar alguna que otra placa, algún que otro monumento, y muchos cambios de nombres de institutos, ambulatorios, y otro tipo de centros públicos. No obstante, alguna obligación hay cuyo cumplimiento tiene algo más de enjundia. Hoy me quiero referir a uno de estos casos: el Arco de Triunfo de la Ciudad Universitaria de Madrid. Un arco que, además de símbolo franquista, tiene alguna que otra particularidad como poco curiosa.

Según dicen los expertos, el Arco de Triunfo que ahora, en estricto cumplimiento de la ley, debería ser demolido, es el único en el mundo con una característica: haber sido construido en el mismo campo de batalla que conmemora. Los arcos de triunfo, en efecto, no están ubicados en los lugares donde se ha hecho la guerra, sino en puntos visibles y notables de los caminos y las ciudades. El Arco de la Universitaria, sin embargo, está situado ahí no por otra razón sino porque conmemora la victoria franquista en una de las batallas más largas, sino la más larga, de la guerra civil. Porque en ese frente más o menos marcado por el actual trazado de la A-6, republicanos y franquistas se repartieron hostias durante más de 850 días; lo cual hace que lo de Madrid en 1936-39, sin llegar a ser un asedio, fuese una batalla en toda regla. Cuando se habla de las batallas de la guerra civil, de Belchite, de Brunete o del Ebro, se cita la batalla de Madrid circunscribiéndola a los últimos meses del 36, cuando la ciudad estuvo a punto de caer a manos de los franquistas. Error. 1937 estabilizó el frente de Madrid, pero en modo alguno acabó con él. En las lomas de la ciudad universitaria siguió muriendo un montón de gente.

Como consecuencia, tanto las instalaciones propiamente universitarias como las adyacentes (colegios mayores, Hospital Clínico) quedaron hechos un asco. La universidad no volvió a realizar actividades docentes en aquel lugar hasta 1943, cuatro años después de terminada la guerra.

De 26 de febrero de 1942 data la Junta de la Ciudad Universitaria en la que el ministro de Educación, el ex militante de la CEDA José Ibáñez Martín, encarga a dicha Junta que asimismo encargue el boleto de un gran arco de triunfo a la entrada de las instalaciones. Modesto López Otero hizo un primer proyecto que es básicamente el que conocemos, aunque más pequeñito. Pero la cosa quedó en dibujos.

El Arco de Triunfo de Moncloa es hijo de una situación muy concreta, que es la que revive el proyecto. Hablamos del año 1946, el que muchos consideran el peor momento de Franco. Hitler, inesperadamente para el Caudillo, había perdido su guerra, tras lo cual España y Portugal quedaban como únicas islas fascistoides en una Europa occidental básicamente democrática. Fue entonces cuando se retiraron embajadores y se aisló políticamente al régimen. Ciertamente, yo siempre he sido escéptico sobre el alcance y los objetivos de aquel boicot; por muchas ilusiones que se hiciera la oposición democrática desde sus bases francesas y mexicanas, las potencias europeas estaban derrengadas tras una guerra y por las narices estaban dispuestas a decirle a sus divisiones que se tenían que volver a movilizar para hacer no sé qué en España. Además, hay que tener en cuenta que ahí estaba Estados Unidos, que ya por entonces le debía algún que otro favor al franquismo, y más que le debería pronto. No obstante este juicio, lo cierto es que España, y por España hemos de entender los franquistas, se sintió aislada; y fruto de aquel aislamiento y del cabreo que generó fue la machada de hacer el arco. Es una reacción muy española que se resume con el refrán: si no querías caldo, aquí tienes dos tazas. ¿Fascista yo? ¡Qué coño fascista! ¡Fascistón!

López Otero, el del primer dibujillo, fue el arquitecto director de la obra, asistido por Pascual Bravo. Con fecha 17 de noviembre de 1948. se remitió el proyecto de cimentación a Luis Bellido quien, como arquitecto de la Junta de Construcciones Civiles, era quien tenía que marcar el proyecto con su nihil obstat. El día 20 le remitieron el proyecto entero del arco. La obra se cimentó en 1950 y tardó cinco años en levantarse. La documentación que he consultado cifra el coste en 8 millones de pesetas, o sea 48.000 euritos de nada.

El arco se asienta sobre una parcela de 130 por 42 metros y tiene 39 de alto. Eso sin contar el flequillo (la cuádriga que compone el grupo escultórico que lo corona), pues caso de sumar tendríamos que poner 5 metros más. Los más observadores de entre quienes por allí pasan o han pasado se habrán dado cuenta de que cada una de las «patas» del arco tiene una puerta. Dentro hay una escalera con seis rellanos que lleva a una sala central, que está en la «ceja» del arco, o sea el espacio que arriba conecta las dos «patas» (¿a que me explico como un niño de cuatro años?).

Es mi apuesta personal que no más allá del 0,01% de los madrileños sabrá que allí arriba hay una sala bien hermosa. O había: la información más moderna que he podido encontrar es de los años setenta del siglo pasado pero, la verdad, dudo mucho que de entonces a ahora haya variado la existencia del lugar.

Moisés de Huerta, José Ortells y los hermanos Arregui fueron los artistas encargados del adorno escultórico de la cosa. Además de las esculturas el arco, como todo arco conmemorativo, tiene sus inscripciones. No obstante, las que tiene no son las que se proyectaron en su momento. Los primeros bocetos preveían que la inscripción del arco diría:

MERITISSIMUS HISPANIAE DUX
FRANCISCUS FRANCO HANC SCIENTIAE
URBEM FURORE BELLICO DIRUTAM
MAFNIFICENTISSIME RESTAURATAM
AMPLIFICAVIT ANNO MCMXLIII

Que viene a decir algo así como que en 1943 la ciudad de la ciencia que había sido escangallada por la guerra fue amplificada y restaurada por el glorioso caudillo español Francisco Franco. Y olé.

En lugar de esta inscripción tan directa, cuando el arco se terminó tenía otras dos placas. Una dice:

ARMIS HIC VICTRICIBUS
MENS IUGITER VICTURA
MUMENTUM HOC
D.D.D.

Y la otra:

MUNIFICENCIA REGIA CONDITA
AB HISPANIOURUM DUCE RESTAURATA
AEDES STUDIORUM MATRITENSIS
FLORESCIT IN CONSPECTU DEI

Esto es, para la primera: «A los ejércitos aquí victoriosos, la inteligencia, que siempre es vencedora, dedicó este monumento». Y la segunda: «Fundada por la generosidad del rey, restaurada por el Caudillo de los españoles, la sede de los estudios matritenses florece en presencia de Dios».

Hay otra característica curiosa de este Arco de Triunfo. Si algún día alguien lo demoliese, para hacer las cosas bien, en mi opinión, debería hacer una cosa antes: inaugurarlo. Porque, ahí donde lo veis, el Arco de Triunfo, al menos en 1971 que es la última información que tengo, no había sido inaugurado oficialmente. Y dudo mucho que lo fuera después. Franco nunca inauguró su monumento. ¿Un síntoma? Pues sí. Entre otras cosas, porque hay más.

Segundo síntoma: las inscripciones que hemos visto. Un texto que citaba expresamente a Francisco Franco es cambiado por dos textos que hablan de él sin citar su nombre y además en ellos se hace acompañar por el rey Alfonso XIII, recordando que, efectivamente, fue dicho rey quien comenzó a construir la Ciudad Universitaria. Además, por virtud de los textos, el Arco, que estaba dedicado a Franco, pasa a estarlo a sus ejércitos.

Tercer síntoma. El proyecto del Arco incluyó, desde el primer momento, que a los pies del monumento se colocaría la estatua ecuestre del Caudillo obra de José Capuz que acabó colocada en Nuevos Ministerios y que ha sido quitada de ahí apenas hace un par de telediarios. Pero esa estatua nunca se colocó. Y siempre se dijo, en su momento, que esto había sido así por expreso deseo del principal beneficiario de la colocación, que no es otro que el señor bajito y regordete que figura en la dicha estatua encima del caballo.

Cuarto síntoma: el proyecto original del arco de triunfo contemplaba la realización en la sala que hay arriba de unos frescos conmemorativos, hemos de imaginar que con retrato de Franco en posición imperial incluido. ¿Se hicieron? No. Ni uno. Tampoco eso, quizá, fue del agrado del Caudillo.

Todo nos lleva a considerar, por lo tanto, que Franco acogió la construcción del Arco con displicencia; que maniobró para que su nombre fuese retirado de la placa conmemorativa; ni siquiera lo inauguró; y que se negó a que su estatua figurase ahí. ¿Cuál puede ser la razón?

Esto es ya terreno de la imaginación. Yo, desde luego, tengo mi teoría.

Ya lo he dicho: el arco se empezó en 1946 y se terminó en 1955. En 1946, España estaba aislada. En 1955, no. En 1946, era un Estado fascista. En 1955, no. En 1946, hasta los toreros tras el paseíllo saludaban brazo en alto. En 1955, no. En 1956, cabe imaginar que Franco y los suyos estaban preparando ya la Ley de Principios del Movimiento que aprobarían en mayo de 1958, ley que suponía la muerte estatal de los famosos puntos programáticos de Falange que había redactado el hasta entonces sacrosanto José Antonio. El discurso pronunciado por Franco ante las Cortes cuando conocieron de esta ley es el primer discurso oficial del Caudillo de cierta importancia en el que ni una sola vez, ni una, citó al fundador de Falange.

Yo creo que a Franco le susurraron al oído. Probablemente, labios que pronunciaban el español con la torpeza propia de los anglosajones. Esos labios le dijeron: «vale, somos amiguitos. Pero mariconadas, las justas, ¿eh?» Y Franco, que era muchas cosas pero de tonto no tenía un pelo, la cazó al vuelo: inaugurar el puto arco, con fanfarria militar, en plan hay que ver cómo les arreamos aquí a los rojos hijos de puta, y mira la placa con mi nombre y mi estatua al pie y toda la pesca, era una machada fascistoide que ya no se podía permitir. Eso es lo que yo creo que pasó.

¿Qué hacer con el arco? Se puede demoler, ciertamente. Aunque no sé si los madrileños estarán muy de acuerdo, básicamente porque las obras del intercambiador del Moncloa han supuesto que en esa zona de Moncloa se les haya estado dando por culo durante varios años; y ponerse ahora a tirar el arquito supondría volver a fornicar la gorrina again. Pero queda otra solución.

En un inteligente artículo de prensa, hace muchos años, el genial Gila proponía que para que no hubiese problemas con las estatuas ecuestres de los dictadores, éstas se hiciesen de forma que la cabeza se esculpiese aparte el resto de la escultura y luego se atornillase. Así no habría habido que quitar la estatua de Nuevos Ministerios. Con haber desatornillado la cabeza y puesto la de otro, (qué otro, es algo que os dejo a la imaginación), listos. Para mi gusto, lo ofensivo del Arco de Triunfo no es el arco, sino las inscripciones. Hablan de un ejército victorioso en unos tiempos en los que el guión va de otra cosa. Yo creo que lo que habría que hacer es cambiar esas inscripciones por otras. Por unos textos que hablasen de reconciliación y de futuro, no de pasado, de rencillas y de caudillajes. Sería un cambio menos traumático y coherente con los tiempos. Pero es, claro, sólo una idea.

miércoles, mayo 07, 2008

Chinos

El interés obvio de Berna Wang por este tema, unido a ciertos intereses de máquetin (puesto que el Google Analytics me chiva que jamás ha habido un visionado de este blog desde China) me mueve a escribir estas notas. Es algo sobre lo que he hecho averiguaciones sueltas desde hace años, aunque en realidad es un asunto hasta trivial. Sin embargo, por alguna razón que desconozco, siempre me ha interesado la cuestión de desde cuándo conviven chinos con nosotros en España.

La respuesta oficial es: desde hace bien poco. El primer censo de población española que se ocupa, que yo sepa, del asunto de los extranjeros, es el censo de 1930, es decir el que se hace en el último año de la monarquía, durante los tormentosos meses del gobierno Berenguer. Los censos, no obstante, tienen el defecto de ocuparse únicamente de los habitantes censados; que no son todos porque siempre son bastantes los que, por variadas razones entre las cuales figuran el despiste y el delito, prefieren que no se sepa dónde están.

El censo de 1930 nos dice que en toda España había 63 chinos: 39 en Barcelona, 11 en Madrid, 6 en Zaragoza; 2 en Pontevedra; y un chino solitario en las provincias de: Cádiz, León, Málaga, Valencia y Vizcaya. De ellos, 52 eran hombres y 11 mujeres. Los datos apuntan algunas cosas extrañas. Por ejemplo: de los 16 chinos casados residentes en España, siempre según el censo, 13 eran hombres y 3 mujeres. Lo cual nos lleva a pensar que:

a) O bien los chinos residentes en España se casaron con españolas, cosa que no pasa ni siquiera hoy en día, a pesar de que en los tiempos modernos por lo menos podrían hablar de fútbol puesto que los chinos saben un huevo.

b) O bien entre los chinos existe la poligamia entre las mujeres, o sea una sola mujer tiene varios maridos.

c) O bien, supuesto más probable, el censo era sólo la punta del iceberg.

Recapitulemos: la presencia china fuera de su país y de su área de influencia es un fenómeno que se inicia en el siglo XIX. El siglo XIX es, en efecto, una época de tremenda inestabilidad política en China, país que entonces se asemeja un poco a la España del siglo XVIII: un otrora imperio que lo flipas, dueño de su mitad del mundo, es para entonces una nación agotada, hecha pedazos por las disputas internas y ciertamente anquilosada. Pu Yi, el último emperador, nos cuenta en las primeras páginas de sus memorias su acceso al trono, y en su relato queda claro cómo aquella China estaba dividida en múltiples facciones, fundamentalmente raciales (pues chinos los hay de muchos tipos, cosa que a nosotros nos alucina; pero es lo cierto que un amigo japonés que tuve hace años no se podía creer que los europeos fuésemos incapaces de distinguir, por ejemplo, un chino Han de un coreano). De hecho, cuando leí el libro, debo confesar que me perdí. Pu maneja tal cantidad de nombres, cada uno con su tendencia y su politiqueo particular, que resulta muy difícil seguir el hilo.

Otro elemento para el cual las memorias de Pu Yi son interesantes, por lo menos para un occidental lego en estas materias como yo, es la descripción del anquilosamiento del régimen chino y de su corte. Nos cuenta, por ejemplo, que el Emperador tenía reservado un color, un tipo de amarillo que nadie más que él podía usar. Nada menos que el amarillo. Los españoles, que tenemos fama de supersticiosos, se lo habríamos cedido con gusto.

Tanto Occidente como la nueva potencia de corte occidental de la zona, es decir el Japón a partir de la llamada Era Meiji, practicaron con China una política de expolio a lo bestia. Siendo China un país ya muy débil cuya clase gobernante, además, se conformaba con que no les echasen de la Ciudad Prohibida y les dejasen permanecer allí con sus eunucos y sus chorradas, Inglaterra, Japón, Estados Unidos y Francia, como principales actores, se dedicaron a explotar las muchas riquezas de la zona, estableciendo status incluso de inmunidad para los foráneos, que no podían ser tocados por la justicia local. Esto generó la reacción ultranacionalista de los boxers y, sobre todo, hambre, mucha hambre. En realidad, los últimos 150 años de la historia de China se resumen, en buena parte, utilizando la palabra hambre.

Sabemos que los chinos que emigraron masivamente en el siglo XIX tuvieron como destino lejano (sobre las emigraciones en la misma Asia confieso que no sé nada) los Estados Unidos. En los EEUU posteriores a su guerra civil hay tres grandes tipos de parias: los irlandeses, los italianos, y los chinos. Italianos eran la mayor parte de los obreros que murieron asfixiados e intoxicados en las obras de los puentes de Nueva York, que se hicieron en condiciones de salubridad hoy totalmente inadmisibles. Y china fue buena parte de los brazos que clavaron al suelo los rieles de las primeras líneas de ferrocarriles.

¿Cuándo llegaron los chinos, más o menos masivamente, a España? No lo sé. Ya digo que, según las estadísticas oficiales, en 1930 dicha emigración aún no se había producido. Sin embargo, de esa misma época he recogido algún testimonio, por ejemplo en los libros del cronista Federico Bravo Morata, de que cuando menos Madrid se llenó de chinos. En algún momento de los años treinta, como digo, y de una forma al parecer súbita e inesperada (cuyos motivos también desconozco, aunque es fácil imaginar que la guerra entre el Kuomingtang y los comunistas algo tendría que ver), en las esquinas del centro de Madrid empezaron a aparecer chinos vendiendo flores. Y no se trató ni de uno ni de dos, porque fue un fenómeno al que la prensa le dedicó crónicas y espacios, por lo cual tuvieron que ser muchos para la época. Menos que hoy, desde luego, porque el Madrid de los años 30 era mucho más pequeño que el actual. Según los mapas que tengo, terminaba al oeste en el Palacio Real, al norte donde hoy están los Nuevos Ministerios, al este más o menos en el eje Francisco Silvela-Doctor Esquerdo, y al sur se desparramaba un poco más pues llegar, llegar, se podría considerar que llegaba hasta el pueblo de Vallecas (entonces pueblo, no parte de Madrid).

De aquella época más o menos podría ser una canción que se hizo relativamente famosa, un dúo cómico que, por lo que sé, solían hacer un español y una española disfrazados de chinos, cuya letra dice:

Cuando te digo, digo, digo china de alma
tú me contestas: chinito de amol.

Cuando te digo, digo, digo chino de alma
tú me contestas: chinita de amol.


Chinita tú, chinito yo.
Chinito tú, chinita yo.
Y nuestro amol así selá
siemple siemple igual.

Cuando te digo, digo, digo chino de alma
tú me contestas: chinita de amol.

Esta canción luego la cantó Fofito en el espectáculo televisivo de Los Payasos; pero por lo que me han contado, la canción es anterior, pienso yo, como he dicho, que quizá de la época de la primera emigración. Quizá vuestras abuelas sepan algo.

Por lo que he podido saber (éste es un asunto, como todos, en el que los conocimientos espero se completen con el tiempo) es entonces, es decir en algún momento entre 1930 y 1935, coincidiendo con la merdé de la guerra civil y la larga marcha y el estreno de Mao Tse Tung en su oficio de asesino en serie, cuando se produce la primera oleada de chinos hacia España.

La guerra civil española generó algunas trazas relacionadas con los chinos que he podido seguir. En publicaciones de aquí y de allá que he ido consultando he encontrado, por ejemplo, la foto de un brigadista internacional chino; tengo noticia de que en la China de Mao hubo muestras de solidaridad con la República (también tengo copia de una foto de una pancarta escrita en español macarrónico y colgada en una calle de Pekín por aquella época), pero no la tengo de que se organizasen brigadas de chinos camino de España. Tengo por más probable que ese chino de la foto sea, en realidad, un chino residente en España.

Otra traza es una noticia de un diario canario en el que, dos o tres días después del golpe de Estado franquista, se publica una lista como de doscientas personas detenidas por su colaboración con la República. Entre un montón de nombres y apellidos españoles aparece la referencia a un chinito que vendía mecheros. Que vendía mecheros, hemos de entender, mientras daba vivas a la República; de otra forma, no se entiende que lo trincaran. Como se ve, por cierto, era costumbre utilizar el diminutivo al referirse a los chinos. Por alguna razón que no acabo de entender, en el lenguaje coloquial español los chinos no son chinos sino chinitos; fenómeno que le ocurre también a las monjas.

A partir de entonces, probablemente, el flujo de chinos hacia Europa en general y España en particular supongo que sería más o menos continuado. En publicaciones inglesas he leído que, cuando menos en el caso de este país, dicha emigración se intensificó desde el momento en que empezaron a tomar cuerpo las negociaciones entre Reino Unido y China para la devolución de Hong-Kong, hecho éste que provocó que algunos residentes en la ex colonia decidiesen cambiar de aires.

Hoy por hoy, los chinos empadronados en España son 95.926. Lo cual nos da una tasa acumulativa del 10% anual, que no está nada mal.

并且这是所有我能告诉您

domingo, mayo 04, 2008

El 68 y su vigencia

En los días de este pasado puente de mayo se han cumplido cuarenta años del denominado como Mayo del 68. Fue ésta una rebelión que en realidad comenzó algunas semanas antes y consistió en una movida estudiantil en institutos y universidades que, sin embargo, en mayo llegó a la radicalización máxima y, durante algunos días, tuvo en jaque al sistema político francés. La clave que hizo que las barricadas en París tomasen un aspecto claramente revolucionario fue la decisión de no pocas organizaciones obreras de unirse a la movilización, con lo que lo que en un principio era solamente una protesta estudiantil se convirtió en una protesta conjunta de todos quienes estaban en contra del sistema gaullista.

Por algún momento, el Mayo del 68 pudo pensar en triunfar. En no pocas jornadas de aquel mes tan agitado, tanto las fuerzas del orden como las fuerzas de orden llevaron las de perder. Finalmente, sin embargo, quedó demostrado que no pocas revoluciones son pendulares: tan pronto el péndulo está en un lado como en el otro. Las fuerzas moderadas, es decir los representantes de la clase media francesa ya entonces mayoritaria, acabaron reaccionando ante la deriva de las movilizaciones. Se produjeron manifestaciones en pro del orden y la concordia, manifestaciones al frente de las cuales se situaron personajes otrora símbolos precisamente de la alternativa como el escritor André Malraux, testigo de la guerra civil española. Finalmente, el pacto de los políticos con las organizaciones obreras terminó por desinflar en movimiento.

En este artículo me gustaría desgranar algunas reflexiones sobre la vigencia de Mayo del 68 o, lo que es lo mismo, de eso que se ha dado en llamar Los Sesenta. Debe de ser así porque yo al menos soy de una generación que ha crecido magnificando aquellos años como si fuesen una época notablemente creativa que luego ya no se ha repetido. Es algo, por ejemplo, que se dice mucho de la música: los sesenta son los años de los Beatles y del festival de Woodstock, y quienes admiran ambas cosas suelen decir que, después, la música no ha vuelto a ser creativa. Lo mismo piensan muchos de la política.

Eso sí, lo primero que me gustaría comentar es que para los españoles, precisamente por serlo, Mayo del 68 es algo relativamente lejano. Nosotros no lo vivimos, y porque no lo vivimos hubo un tiempo, yo no sé si sigue siendo así, en el que todo dios que fuese mínimamente de izquierdas y tuviese edad suficiente como para ser creíble se tiraba el moco de que había estado en París en Mayo del 68. Lo contrario o verdadero, es decir reconocer que, en aquel mes y en aquel año, uno estaba en Madrid, en Barcelona o en Teruel, venía a equivaler a reconocer que no tuvo ni puta idea de lo que ocurrió. No se trata exactamente de que la censura no dejase informar sobre los sucesos de París; los periódicos hablaron, y mucho, de Mayo del 68. Pero el régimen franquista hizo un uso parcial de los hechos, reflejando de ellos sólo su aspecto de anarquía, de modo y forma que los postulados básicos de aquella breve revolución, por lo menos para aquéllos que se informaron sobre la misma a través de la prensa española, quedaron ignotos.

Lo cierto es que, en España, hubo un mayo del 68, aunque de distinto origen. Para el día 1 de mayo de 1968, o sea 24 horas antes de que estallasen los sucesos de París, el Partido Comunista de España convocó una jornada de lucha que ya había intentado en octubre del año anterior, aunque con escaso éxito. La jornada de lucha se diseñó en tres días:

- Al terminar la jornada laboral del 30 de abril, se debían realizar paros y ocupaciones de fábricas, que terminarían con manifestaciones en el centro de las grandes ciudades.

- Para el 1 de mayo, debía celebrarse una manifestación en la Gran Vía de Madrid y en otras ciudades.

- El día 2 debían repetirse los paros en las fábricas para exigir la liberación de los detenidos que con seguridad se habrían producido en las jornadas anteriores.

La jornada de lucha, sin embargo, fue un desastre. En los años del posfranquismo se repitió mucho la leyenda urbana de que Franco, cada 1 de mayo (día laborable, pues suprimió la festividad), hacía que jugasen el Real Madrid y el Barcelona para restar adeptos a las manifestaciones. Verdaderamente, en buena parte es una leyenda urbana, además bastante gilipollas: un dictador que es capaz de borrar de un plumazo su oposición con un puto partido de fútbol no es que sea un dictador; es que no tiene oposición. Sin embargo, esta leyenda, como todas, tiene su parte de verdad: por casualidad o no, lo cierto es que el 1 de mayo de 1968, la selección española y la de Suecia se enfrentaron en Malmö, en partido televisado que tuvo a muchos españolitos pegados al televisor.

En realidad, los problemas serios del franquismo casi comenzaron en aquel año de 1968, pero no por el flanco que esperaban los comunistas, que lideraban el antifranquismo. Lejos de ser las fábricas el epicentro del antifranquismo, lo fue la universidad. En enero de 1969, al tercer día de interrogatorio policial del estudiante Enrique Ruano, éste se «suicidó» tirándose por la ventana. Vieja táctica ésta de la policía franquista; baste con recordar a Julián Grimau, el cual, detenido en la Dirección General de Seguridad, intentó también «suicidarse» lanzándose desde la ventana de un segundo piso en extrañísimas circunstancias (tan extrañísimas que llevan a la práctica convicción de que «fue suicidado», aunque sin éxito; algunas semanas después, el pelotón de fusilamiento remataría la faena).

Al presunto suicidio siguieron unos disturbios estudiantiles de la caraba. En Barcelona, una turba de estudiantes enfervorecidos entró por la fuerza en el rectorado de la universidad e intentó tirar al rector por la ventana, es de suponer que entendiendo que, si se mataba, el No-do informaría de que se había «suicidado». Otro grupo de estudiantes asaltó la sede del periódico ABC, el cual había publicado que Ruano estaba loco. Dos banderas con crespones negros, una roja y otra republicana, fueron izadas en la Complutense ante una multitud de varios miles de estudiantes vociferantes. Algunos meses antes, dos premios Nobel franceses, los profesores Lwof y Monod, habían rechazado ser investidos doctores Honoris Causa por la universidad madrileña a causa de las brutalidades policiales contra los estudiantes. Al producirse estos incidentes (y su correspondiente represión), el 15 de enero se anunciaba la publicación de un manifiesto, o más bien habría que decir un macromanifiesto, contra las brutalidades policiales para con estudiantes y detenidos políticos, firmado por 1.300 personas. Más de un millar de españoles que se atrevían a desafiar al franquismo a cara descubierta y, para colmo, liderados por un cura: el abad de Montserrat, monseñor Just, primer firmante.

El otro flanco que hasta entonces no había previsto en antifranquismo fue la violencia etarra. En junio de 1968 muere un guardia civil en Villabona y, apenas dos horas más tarde, la guardia civil mata a cuatro kilómetros del lugar del suceso a un militante de ETA, Javier Echevarrieta. Esta muerte genera un rosario de funerales por el alma del etarra que son duramente reprimidos por la policía y por fuerzas parapoliciales: la Guardia de Franco realiza un ataque en toda regla al monasterio benedictino de Lazcano.

El 2 de agosto de aquel año, ETA comienza su cuenta siniestra: el jefe de la brigada político-social de Guipúzcoa, el comisario Melitón Manzanas, muere tiroteado por la organización.

Conclusión: a principios de 1969, con ETA dando sus primeros coletazos, la universidad intentando tirar a los rectores por la ventana y los obreros realizando más de 450 huelgas casi simultáneas, Franco toma una decisión histórica: por primera vez desde el final de la guerra, decreta el estado de excepción en todo el territorio nacional.

Nada o casi nada de esto, sin embargo, tiene que ver con Mayo del 68. Las cosas que ocurrieron en España en aquel año ocurrieron entonces porque determinadas situaciones, sobre todo la madurez de los movimientos sindical y estudiantil, había llegado a su punto; y eso no guarda relación con lo ocurrido en Francia. Lo ocurrido en Francia era consecuencia de una reacción contra un orden de cosas representado por hitos como la guerra de Vietnam, asuntos que no estaban en la agenda de reflexiones de nuestros políticos patrios, unos porque eran falangistas de libro, y los otros porque bastante tenían con lo suyo.

¿Qué nos ha quedado de Mayo del 68? Es éste un hecho absolutamente opinable sobre el cual yo me voy a limitar, por lo tanto, a opinar. Cada uno tiene su análisis y éste es, tan sólo, el mío.

Una por una, las herencias de aquel movimiento.

La alternativa al capitalismo. Mayo del 68 es claramente hijo de un modo de reflexión que defiende una alternativa al sistema capitalista de los regímenes, llamémosles liberal-parlamentarios (y digo llamémosles porque es una visión muy limitada: el franquismo no fue liberal, mucho menos parlamentario, y no por ello dejó de ser capitalista). Pero es hijo de un momento en el que dicha alternativa está clara: el sistema soviético. Mayo del 68 no es un movimiento comunista, pero sí un movimiento que despertó notables simpatías dentro del comunismo (sobre todo del occidental) y que se hermana con otros movimientos sociopolíticos de la época, como la autodeterminación de la población negra estadounidense, que habían sido ampliamente defendidos por los comunistas. Parte de la fuerza de este movimiento como alternativa está en la sensación de que la alternativa existe; y, consecuentemente, conforme en los años posteriores la alternativa se fue desinflando, hasta derrumbarse literalmente en 1989, dicha fuerza fue perdiéndose. Los actualmente denominados movimientos antisistema con claramente herederos de Mayo del 68; sin embargo, tienen en el problema de que no tienen alternativa que señalar, lo cual los hace mucho más difusos.

A todo esto hay que añadir que, paradójicamente, el 68, que para algunos podría ser el momento de apogeo en la influencia del comunismo en el mundo no comunista, fue el principio del fin para la misma. En agosto de 1968, la URSS aplastó la llamada Primavera de Praga, acción con la que los jerifaltes soviéticos dejaron claro lo que pensaban de la democracia y la autodeterminación de los pueblos de su esfera.

La teoría de la igualdad. Ésta es, sin ningún lugar a dudas, la principal y más duradera herencia de Mayo del 68. Aunque los regímenes burgueses vencieron sobre aquellas tentativas, claramente decidieron tratar de fagocitarlas, al menos en parte, para evitar nuevas rebeliones. La generalización de derechos como el aborto, las políticas de igualdad sexual, etc., son evidentes hijas de esa política; aunque en modo alguno son luchas nuevas que nacen entonces. A mi modo de ver, es especialmente erróneo sostener que Mayo del 68 inventó el Estado del Bienestar, porque el Estado del Bienestar existe en muchos países, en diversas formas que se han ido perfeccionando, más o menos desde la posguerra mundial, es decir los años en los que los activistas del 68 estaban aún naciendo o en proyecto. Lo que sí está claro es que marcó el camino de su crecimiento y perfeccionamiento. Quizá el ámbito donde esta influencia sesentayochesca ha sido peor es el ámbito de la educación: la repulsión hacia todo lo que pueda oler a discriminación llevó a crear escuelas en las que, primero, las personas menos dotadas intelectualmente notaban menos esa presión; y, después, simple y llanamente se convirtieron en el paraíso de los vagos.

Cabe decir, de todas formas, que sin los movimientos de los sesenta, éste sería otro mundo; y sería peor. Sería un mundo con menos servicios públicos, con menos derechos sociales, con menos protección a la infancia, un mundo más dogmático y rígido, más cabrón.

La nueva moral: el 68, los Sesenta, el movimiento hippie, defienden una nueva moral, basada en el amor libre y la total decisión sobre el propio cuerpo. Es una reacción lógica contra la moral religiosa (de muchas religiones) que hace del hombre una especie de inquilino de sí mismo sin derecho a decidir sobre cómo saciar sus pulsiones y necesidades, derecho que retiene el Supremo Casero. En consecuencia, el 68 libera a una porción muy concreta de la sociedad, la juventud, que de toda la vida de Dios ha ido por ahí echando polvos contra las tapias, pero que ahora reivindica su puesto en la sociedad y reivindica su placer y su libertad.

La del 68 es la moral imperante de hoy en día. Los padres que son incapaces de decirle ni media palabra a su hijo adolescente que llega a casa a las seis de la mañana no hacen sino ser coherentes: ellos crecieron reivindicando un mundo en el que ellos, adolescentes entonces, se creían capaces de autorregular su vida sin imposiciones de nadie y, consecuentemente, han de aceptar esa relación de cosas. Si el cambio es bueno o malo es algo que, a mi modo de ver, es pronto para saber; creo que cuando la actual generación joven tenga hijos, hipotecas, obligaciones y mucho menos pelo, será cuando comience a verse en el largo plazo (que es cuando se ven estas cosas) cuáles han sido las consecuencias. Sin embargo, hay dos o tres cosas en las que el buenismo naïve de los Sesenta, a mi modo de ver, la ha cagado. Porque la teoría decía que eran las represiones sexuales las que impedían el adecuado desarrollo de las personas en este terreno; hoy tenemos otro mundo, un montón de información y esas cosas, y seguimos teniendo embarazos adolescentes, personas sexualmente desinformadas a miles, violadores, pederastas y machistas que queman vivas a sus mujeres. Incluso tenemos tantos que les tenemos que levantar juzgados especiales para enchironarlos a todos.

Sobre la tremenda cagada de pretender que el LSD, la maría y la farlopa eran inocuas y hasta buenas para el colesterol, me parece que hay muy poco que decir.

El pacifismo: otro elemento en el que el 68 está muertito. Los Sesenta surgen en buena medida por oposición a la guerra de Vietnam. Pero la guerra de Vietnam sólo paró cuando los dos púgiles que estaban sobre el ring decidieron que estaban hasta los huevos de darse hostias; y luego, por supuesto, siguió habiendo guerras, preventivas y preservativas, justas e injustas. Visto desde Ámsterdam, podría parecer que, en efecto, el 68 triunfó, porque es obvio que Europa es hoy territorio ampliamente pacifista; pero el mundo no se acaba en los polders de Holanda; mucho más allá hay lugares como Darfur o las barriadas tutsis o Kampuchea, donde creo que no están tan de acuerdo con la idea.

La huella cultural. El trazo cultural de los Sesenta es innegable. Entre otras cosas porque incluso algunos de sus grandes santones siguen por ahí dando guerra. Nuestra cultura actual, para bien o para mal, es hija de aquellos años, de la psicodelia, de los beatnicks, del realismo mágico, de un montón de cosas de aquel entonces. De la misma forma que el joven Gabriel García Márquez soñaba en París con saludar a Ernest Hemingway, muchos de los creadores de aquella época (entre ellos el propio Márquez) son hoy los sumos sacerdotes respetados y admirados. Se podría discutir sobre qué fue primero, si el huevo o la gallina; es decir, si la novedad en el pensamiento y en las formas impulsó las nuevas filosofías políticas, o las nuevas filosofías políticas crearon las nuevas formas de pensamiento y creación. Pero es una discusión inútil, porque es imposible llegar a conclusión cierta alguna.

Esto es especialmente claro en el caso de la música. Los padres de las personas de mi generación hicieron casi todos la misma profecía cuando nosotros éramos unos críos. Nos juraron que cuando fuésemos mayores ya nadie se acordaría de Los Beatles (en mi caso, mi padre apostillaba: «y sí de Mozart»). Para cabreo de mi padre, que llegó a vivirlo, en los tiempos actuales la mayor parte de la gente que recuerda a Mozart lo recuerda por una película en la que se lo retrata de pajillas y vivalavirgen (cosa que probablemente era); y los discos de Los Beatles se venden a millones. Uno pone por la mañana cualquier radiofórmula mientras camina hacia el trabajo y lo más normal es que, día sí día también, le pongan el Hotel California. La pregunta es: ¿se escuchará a Melendi, El Canto del Loco o incluso a U2 en el 2040?

Las nuevas relaciones internacionales. Mayo del 68 y otros movimientos afines se hicieron, entre otras cosas, para generar un mundo distinto y mejor. Mucha gente cree que la solidaridad internacional hacia los países más desfavorecidos es hija de aquella filosofía; yo soy más bien escéptico en este punto, pues a mí la solidaridad internacional me parece más una consecuencia lógica de la descolonización, que es un proceso que en los años sesenta llevaba ya décadas en marcha. En todo caso, creo que los cambios aquí han sido mínimos, entre otras cosas porque los movimientos de Los Sesenta adolecieron del mismo pecado que los actuales movimientos antiglobalización: certeros a la hora de criticar lo existente, difusos a la hora de definir lo que debería existir en su lugar. Resulta tan difícil sostener que la invasión de Irak fue más legítima que la intervención americana en Vietnam que la tentación es a reconocer que, en este punto, las cosas han cambiado entre nada y absolutamente nada; pero conste que ni siquiera está claro hacia dónde tenían que haber cambiado.

¿Y las famosas máximas sobre La Imaginación al Poder o Prohibido Prohibir? Pues no me siento capaz de comentar si creo que siguen vigentes. Básicamente, porque nunca las he entendido muy bien, especialmente la segunda, que siempre he reputado una estupidez del cuarenta y dos y medio, con trienios por devengo y balcones a la calle.

jueves, mayo 01, 2008

Cartas cruzadas (V): La muerte de Stalin

¿Navegando por internet en estos días? Tiene su mérito, si vives en España, cosa que le pasa, según las estadísticas, más o menos al 80% de los que por aquí se acercan. El día de hoy es festivo en todas partes y el de mañana en Madrid, por aquello de celebrar la jornada en la que empezamos a darle una patada en el culo al francés. Así que suponemos que la mayoría de nuestros lectores andarán por ahí esparragando.

No se lo reprochamos. Pero también queremos saludar a los incondicionales y, por ello, hemos hecho, Tiburcio y yo, el esfuerzo de poder facilitaros alguna novedad en estos días de asueto.
Aquí, aquí, aquí, y aquí podéis consultar los ejemplos anteriores de las cartas cruzadas que nos vamos enviando Tiburcio y yo. Nuestro mecanismo es sencillo. Durante nuestras relaciones, a menudo epistolares, encontramos a veces puntos de fricción; cosas sobre las que ambos sabemos algo y donde mantenemos opiniones de alguna forma divergentes. En el caso de que eso ocurra, acordamos escribirnos sendas cartas, el uno al otro, defendiendo nuestros postulados; esto, tras habernos puesto de acuerdo sobre quién escribe primero (así pues, uno de los dos siempre está contestando al otro).

Hoy copio aquí las dos cartas que nos hemos cruzado sobre el asunto de la muerte de Josef Stalin, el segundo líder de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y, probablemente, el político más influyente del siglo XX, si tenemos en cuenta el mogollón de personas y hechos sobre los que ejerció una influencia directa o indirecta. Stalin murió en 1953 y, como todo lo que ocurría en las alturas de la URSS, dicha muerte está repleta de extrañas circunstancias, silencios y medias verdades. Un terreno ideal para la especulación.

Esta vez, comencé yo. Espero que disfrutéis con la lectura.

La carta de Juan de Juan a Tiburcio Samsa

Querido Tiburcio:

El vigilante de la sección de paquidermos del zoológico de Tampa, Florida, del que como recordarás fuiste inquilino en tu juventud, me contó el otro día, entre divertido y alucinado, que una tarde de martes que prácticamente no había público en el zoológico y ambos os estabais aburriendo mortalmente, le contaste que tú, básicamente, creías que la muerte de Josef Stalin fue natural. Ello me ha llevado a dejarte estas líneas, no tanto para ver si dejas de caer en el error sino para intentar, tan sólo, dejar alguna sombra de duda en tus elefantiásicos conocimientos.

Como quiera que estas cartas son públicas y las pueden leer personas a las que la juventud les permite no saber según qué cosas, deberemos decir aquí que Josef Stalin fue, después de Lenin, el segundo Gran Manitú de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, cuyo poder (en mi opinión, hablar tan sólo de gobierno sería inexacto) ostentó durante casi treinta años, en los cuales quizá el momento más importante fue la dirección de la guerra contra Alemania, que los rusos acabaron ganando tras la nada despreciable cifra de 25 millones de muertos y el balance bélico más devastador que recuerda la Historia.

Stalin, a decir de sus biógrafos, era un personaje extraordinariamente desconfiado y para el cual no había otra labor que mantenerse en el poder, labor por la cual estaba dispuesto a cualquier cosa. Así, inventó algunas instituciones históricas a las que no le hacemos toda la justicia que debiéramos. Porque todo el mundo sabe lo crueles y antihumanos que fueron los campos de trabajo de Hitler, pero siguen siendo muchos los que están, de una forma o de otra, dispuestos a perdonar y hasta a comprender los campos siberianos de Stalin, que no le fueron a la zaga en crueldad. Se dice que Stalin instauró en la URSS un régimen de terror y purgas; en realidad, el verbo mejor es remachó o apuntaló porque, contra lo que a veces los historiadores quieren creer, su predecesor, Lenin, tenía de demócrata lo que Belén Esteban de ingeniero aeronáutico, cuarta más, cuarta menos. El régimen de terror policíaco empezó en la URSS desde el mismo año 1917, con la victoria de los bolcheviques, y en realidad por eso Stalin pudo ascender tan fácilmente en la nomenklatura soviética: lo que los comunistas querían hacer, él lo hacía de coña.

El problema es que, una vez muerto Lenin y llegado Stalin al poder, la querencia de éste por la purga se convirtió en tóxica para los propios comunistas. Aunque ya sé que te lo sabes, te voy a recordar un resumen de los hechos:

En 1917, el Politburó del PCUS, su máximo órgano decisorio y gobierno efectivo de la URSS, estaba formado por los camisas viejas bolcheviques: Stalin, Lenin, Trosky y Sverdlov.

En 1918, entran a formar parte del Politburó los también bolches de toda la vida Kamenev y Bukharin.

En 1919, Sverdlov se quita de en medio palmándola, por cierto por culpa de la llamada gripe española. Entra sangre nueva: Krestinsky, Rykov y Tomsky.

En 1923, Zinoviev entra en el Politburó.

En 1924, muere Lenin, y Stalin accede al poder supremo. Y empieza la tangana.

En 1925, Stalin da entrada en el Politburó a Voroshilov y Molotov. Así que son: Stalin, Trosky, Kamenev, Buckharin, Zinoviev, Krestinsky, Rykov, Tomsky, Voroshilov y Molotov.

En 1926, primera purga: Stalin echa del Politburó a Trosky (por troskysta antirrevolucionario) y, con él, se lleva por delante a Kamenev y Zinoviev y a Krestinsky. Eso sí, entra Kalinin.

En 1927, el Politburó se reequilibra con la entrada de Kubychev y Ruduztak.

En 1929, los follados son Bukharin, Rykov y Tomsky.

En 1930, entran Kaganovitch, Kirov, Kosjor y Orjonikidje. Así pues, ahora son: Lenin (fuera), Sverdlov (fuera), Stalin, Trosky (fuera), Kamenev (fuera), Bukharin (fuera), Zinoviev (fuera), Krestinsky (fuera), Rykov (fuera), Tomsky (fuera), Voroshilov, Molotov, Kalinin, Kubychev, Ruduztak, Kaganovitch, Kirov, Kosjor y Orjonikidje.

En 1931 sale Ruduztak.

En 1932 entra Andreiev (éste será purgado años más tarde, pero nunca fue formalmente cesado, así pues su cese formal no será hasta 1950; aunque, para entonces, ya llevaba varios acojonado nadie sabe dónde).

En 1934 sale Kirov (asesinado).

En 1935 entran Chubar y Mikoyan, y sale Kubychev.

En 1937 es purgado Orjonikidje.

En 1938 salen Kosior y Chubar.

En 1939 entran Yadanov y Kruschev.

En 1948 sale Yadanov.

En 1950 es purgado Andreiev.

Así pues, la lista completa de las personas que han pertenecido al Politburó desde 1917 y 1950 queda como sigue:

Lenin (fuera), Sverdlov (fuera), Stalin, Trosky (fuera), Kamenev (fuera), Bukharin (fuera), Zinoviev (fuera), Krestinsky (fuera), Rykov (fuera), Tomsky (fuera), Voroshilov, Molotov, Kalinin, Kubychev (fuera), Ruduztak (fuera), Kaganovitch, Kirov (fuera), Kosjor (fuera), Orjonikidje (fuera), Andreiev (fuera), Chubar (fuera), Mikoyan, Yadanov (fuera) y Kruschev.

Dado que esta lista ha sido confeccionada respetando el orden cronológico de entrada en el Politburó, para cualquiera con dos dedos de frente hay algunas cosas que quedan claras. En primer lugar: en poco más de treinta años, el Politburó ha necesitado de 24 altos dirigentes, una tasa enorme. En segundo lugar: cuando más cerca está la fecha de entrada en el Politburó a la de Stalin, más se propende a cagarla. Tercera cosa: las personas que abandonan el Politburó por muerte natural son estrictísima minoría.

Así las cosas, yo no sé, como se ha especulado en muchos libros y reportajes de televisión, si Stalin preparaba en 1953, el año de su muerte, una nueva purga. Lo que sí sé es que los supervivientes del Politburó, con seguridad, tenían claro que si lo hacía no le temblaría la mano a la hora de sodomizarlos. Especialmente Molotov, Voroshilov y Kalinin, los más antiguos.

Ciertamente, es difícil saber cosas ciertas sobre la muerte de Stalin, porque la URSS quizá fue el paraíso de los trabajadores; pero desde luego no fue la capital mundial de la transparencia. El primer parte radiado en el que se informa de que Stalin ha tenido una hemorragia cerebral en la noche del 1 al 2 de marzo se da por Radio Moscú a las cinco y media de la madrugada del día 5. Dicho parte informaba de que Stalin había perdido el conocimiento y el uso de la parte derecha del cuerpo, así como el uso de la palabra (nunca he entendido este matiz del comunicado soviético: ¡pues claro que una persona que no tiene conocimiento no puede hablar!). Asimismo, se informaba de que habían sobrevenido «graves trastornos cardiacos y respiratorios».

Tan sólo 24 horas más tarde, se hace oficial la muerte de Stalin. Secuencia de hechos que ha hecho pensar a la mayoría de los sovietólogos que, cuando el día 5 se transmite el parte, en realidad Stalin está ya muerto.

El entonces máximo experto occidental en la Unión Soviética, Harrison E. Salisbury, corresponsal en Moscú del New York Times, escribiría en esos días: «No es del todo imposible que haya sido asesinado por un grupo de sus próximos colaboradores.» ¿Indicios? Alguno.

El día 5 de octubre del año anterior, el PCUS abrió las sesiones de su XIX Congreso. Es ya un congreso hecho por y para Stalin. De su estrategia respecto de la composición del Politburó queda bastante clara su voluntad de quitar de en medio a quienes hicieran la revolución rusa, quizá porque eran capaces de recordar el papel más bien mediocre que el georgiano había jugado en sus movidas. Esto, en 1952, está ya conseguido, pues se ha calculado que el 85% de los delegados del XIX Congreso pertenecían a la generación posrevolucionaria.

La tarea de leer el informe del Comité Central recayó en Malenkov, reciente estrella rutilante del partido. Malenkov se apoyaba en los llamados khoziaistveniki o tecnócratas, que parecían ostentar la mayoría del Congreso (más de la tercera parte). No obstante, frente a Malenkov había otra estrella en ascenso, la de Nikita Kruschev, que como todo lo que había conseguido en la vida lo había conseguido trabajando para el partido, prefería apoyarse en los llamados aparatchiki, algo así como los fontaneros del partido, que serían los que acabarían ganando la partida y llevando a Kruschev al poder a la muerte de Stalin.

El 2 de octubre de 1952, por lo tanto tres días antes de que empezase el congreso, Stalin había publicado un pequeño librito que llevaba por título Problemas económicos del socialismo en la URSS. Como algunos sovietólogos han destacado, dicho libro, sorprendentemente, sostiene tesis contrarias a las expresadas por Malenkov en su informe al Comité Central.

Tras la segunda guerra mundial, la URSS había adoptado, cuando menos en teoría, una postura relativamente aislacionista respecto de Occidente. En buena parte, esta fue una opinión forzada por los acontecimientos, pues las dos bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki fueron, básicamente, una patada a Stalin propinada en el culo de Japón. Tras la demostración atómica la URSS sabía que tenía poco juego en el corto plazo en materia bélica y por ello desarrolló una teoría muy leninista, o si se prefiere marxista de libro, según la cual los países capitalistas llegarían pronto a contradicciones y enfrentamientos entre ellos, lo que les llevaría a repetir el espectáculo de la guerra entre ellos.

Según las traducciones que he podido leer, en su folleto, Stalin decía: «Algunos camaradas afirman que, dadas las nuevas condiciones internacionales después de la segunda guerra mundial, las guerras entre países capitalistas han dejado de ser inevitables (…) Estos camaradas se equivocan. Ellos ven los fenómenos exteriores, los que afloran a la superficie, pero no ven las fuerzas abisales que, aún cuando siguen actuando de manera invisible, no por ello dejarán de determinar el curso de los acontecimientos».

Estos indicios me llevan a la teoría de que, a principios de 1950, dentro de la URSS existía todo un debate sobre el papel bélico del país, sobre si debía o no convertirse en alternativa militar a los Estados Unidos; sobre si debía o no existir Guerra Fría como luego la conocimos. Que quienes sucedieron a Stalin opinaban que sí lo dicen los hechos: guerra de Corea, guerra de Vietnam, crisis de los misiles cubanos… Lo que nunca sabremos a ciencia cierta es qué pensaba Stalin. Mi opinión personal es que lo pasó tan mal con la invasión de Hitler, sobre todo al principio, que es probable que le marcase. Además, Stalin no era persona que se sintiese muy atraído por el internacionalismo marxista. A él, eso de que otros pueblos del mundo siguieran la estela soviética se la traía bastante al fresco; a él lo que realmente le obsesionaba era mandar en su casa.

En octubre de 1952 hubo, pues, una contradicción dentro del régimen soviético, por mucho que muchos no la viesen: un informe oficial, el de Malenkov al Congreso, que expresaba unas tesis belicistas; y una publicación inmediatamente anterior de Stalin que parecía abogar por dejar que los países capitalistas se despedazasen entre ellos.

Según el informe secreto al Comité Central del PCUS con que Kruschev, una vez en el poder, reconoció por primera vez los crímenes de Stalin, el líder de la URSS no hizo nada durante el Congreso por contestar estas posiciones. Pero, sin embargo, en la primera reunión del Presidium del Soviet Supremo convocada tras el Congreso atacó muy duramente a Molotov y Mikoyan, acusándolos de haber cometido crímenes que, al parecer, no concretó. Pero todo el mundo sabía lo que significaba que Stalin te señalase con el dedo y no fuese para llamarte guapo.

Más indicios de que Stalin preparaba una purga: el día 20 de octubre, apenas seis días después de terminar el XIX Congreso, se abre un proceso contra 14 jefes del Partido Comunista Checoslovaco. En su alegato, el fiscal recuerda que la mayoría de los procesados son judíos, algo que no pasaba desde que el comunismo oficial se apioló al judío Trosky. Son condenados a muerte y ejecutados: Slansky (ex secretario general del PCCh), Geminder, Frejka, Clementes, Reicin, Margolius, Sling, Simón, Franck, Svab y Fishel; y enviados a prisión perpetua London, Hadju y Loebel.

El 7 de noviembre de 1952, es decir muy pocos días después de esta purga, los sovietólogos más conspicuos se dan cuenta de uno de esos detalles que había entonces que rastrear para imaginarse que algo estaba cambiando en aquel mundo tan coriáceo del comunismo oficial: se celebra la fiesta de la revolución bolchevique y, como de costumbre, los retratos de los grandes líderes son colocados en las principales fachadas de la ciudad. Hasta ese momento, y desde la misteriosa muerte probablemente teledirigida de Yadanov, la foto de Lavrentii Beria era la cuarta. Pero en esa ocasión es colocado en sexto lugar de prelación, detalle que dispara las hipótesis sobre una caída en desgracia del jefe de la policía secreta rusa (que acabaría, por cierto, cayendo efectivamente en desgracia con Kruschev).

Por si alguien podía dudar todavía de que Stalin preparaba una nueva purga, el 13 de enero de 1953, Pravda sorprende al mundo entero con una noticia según la cual, de tiempo atrás, los servicios de Seguridad del Estado venían investigando a un grupo de médicos terroristas (sic) que tenían como tarea asesinar a militares en activo de la URSS.

Fueron incluidos en este extraño grupo de médicos los profesores Vovsi, Vinogradov, los hermanos Kogan, Iegorov, Feldman (hay que hacer notar que éste era otorrinolaringólogo; el primer ototerrorista de la Historia), Etinguer, Grinstein y Mayarov. Se les acusaba de haber tratado de matar al mariscal Vasilievsky, al mariscal Govorov, al general Chetmenko, al mariscal Koniev, al almirante Levchenko y a otros más. Alguno de los encausados, como Vinogradov, había sido premio Stalin el año antes. Una vez convenientemente suavizado en la Lubianka, Vinogradov admitiría todos los intentos que se les imputaban (faltaría más) y unió el presunto asesinato del general Chervakov e incluso la muerte de Yadanov, que iba para sucesor de Stalin (y probablemente por eso murió, aunque no a manos de quien confesó haberlo matado).

Como era su costumbre, Stalin mataba dos pájaros de un tiro. Por un lado, iniciaba una purga; por otro, mediante dicha purga conseguía colocarle el marrón de sus putadas a otros. Si alguna vez existió aquel grupo terrorista decidido a acabar con el poder soviético, eran una verdadera recua de gilipollas, pues, con la única excepción de Yadanov, la verdad es que no fueron a por quienes tenían que ir. Para dejar descabezado el ejército deberían haber intentado asesinar a los miembros del Politburó que eran militares (Voroshilov, Bulganin y Beria) o al general Zhukov, el gran estratega del ejército rojo.

Y, por cierto, patadita colateral: Pravda, conforme informaba de este terrible complot, se preocupaba de recordar que los servicios de seguridad habían estado lentos y palurdos en su descubrimiento. ¿Se preparaba el terreno para que su jefe, o sea Beria, fuese convenientemente emasculado?

Al escritor francés Jean Paul Sastre le habría contado, según algunas versiones, el también escritor ruso Ilya Ehrenburg que, en efecto, Stalin preparaba una gran purga tras el XIX Congreso, ya que lo perdió. En dicho congreso triunfó la tesis de quienes querían hacer de la URSS la alternativa bélica mundial (y lo hicieron) frente a su líder, que terminó el único, y breve, discurso que pronunció en aquel congreso con un enigmático «¡Abajo los fomentadores de la guerra!»

Avisados de las intenciones (y sigo con la presunta versión Ehrenburg, publicada por el escritor Victor Alexandrov), el Presidium forzó una reunión con Stalin en la que Kaganovich le exigió la liberación de los médicos. Según algunas versiones, en ese punto Kaganovich se levanta y rompe su carné del partido delante las narices de Stalin. Cuando éste intenta reaccionar, Molotov y Mikoyan se ponen de parte de Kaganovich y le informan de que sus tropas (el general Zhukov) controlan ya el Kremlin. Y es el disgustillo de verse sobrepasado lo que lleva a Stalin al ictus y a palmarla. Esta versión también fue confirmada en sus principales aspectos por un funcionario huido, un tal Kapanadze. Así como por un embajador soviético, Pomonarenko, quien se lo contó al corresponsal en Moscú de France-Soir, Michel Gordey; con la novedad de que en su versión el tío con un par de huevos que rompía el carné delante de Stalin no era Kaganovich sino Voroshilov.

Cosas que dieron mucho que hablar en el tiempo de la muerte de Stalin:

1) El hecho de que Molotov fuese nombrado secretario general del PCUS apenas doce horas después de haberse anunciado la muerte del anterior (Stalin). En un régimen en el que las herencias siempre fueron tan lentas y trabajosas, tamaña rapidez da que pensar que estaba ya todo muy pensado (además de abonar la tesis de que Stalin murió probablemente bastantes días antes de la fecha oficial).

2) La presencia, confesada en el parte médico, de hipertensión en el ictus. ¿Cómo es posible que a una persona como Stalin se le presentase una hipertensión lo suficientemente prolongada como para reventarle el cerebro sin que los médicos se apercibiesen?

3) El hecho de que el año 1952 y primeras semanas de 1953 son, curiosamente, el momento en el que Stalin hace más apariciones públicas de toda su vida. Incluso estuvo en el desfile del 7 de noviembre del 52, algo que no hacía desde 1945, por encontrarse en esas fechas huido de los fríos moscovitas en Crimea. ¿Por qué tanta salida? ¿Tal vez porque rodeado de gente podía estar seguro de seguir vivo?

4) La purga de la figura de Stalin comenzó nada más morir. El 12 de marzo de 1953, una semana después de la muerte pues, se editó en Moscú una nueva edición de un diccionario de la lengua rusa (obra de SI Ojegov); edición que tenía ya algunas novedades como la desaparición de la voz estalinista; o que, en otra voz, se hablaba en anteriores ediciones de «las obras geniales de J. V. Stalin en materia lingüística» y en ésta se hablaba ya de «las obras de J. V. Stalin en materia lingüística», a secas.

Y es que, mi admirado Tiburcio, en esta vida no hay nada más jodido que dejar se ser divino.

Tuyo

JdJ


La carta de Tiburcio Samsa a Juan de Juan



Querido JdJ

Tu hipótesis es muy ingeniosa: Stalin preparaba una purga, los miembros del Politburó sabían por experiencias pretéritas y por otros indicios que sus cabezas están en peligro; se adelantan a Stalin y lo sacan del escenario antes de que él los saque a ellos. Ingenioso, pero equivocado, por el famoso factor NHP (No Había Pelotas).

En las purgas estalinistas llama la atención cómo sus víctimas iban como corderos al matadero. Las víctimas ponían cara de «te lo juro que soy muy bueno» y los demás, o bien miraban para otro lado, o bien colaboraban con celo en la purga, para demostrar su fidelidad inquebrantable. La omnipresencia de los servicios de inteligencia, la disciplina comunista, el aparato del Partido en el que todos se controlaban unos a otros, la mística generada en torno al Padrecito Stalin (con un Padrecito así, dan ganas de ser huérfano) dificultaban la resistencia cuando te habías convertido en objetivo de una purga y dificultaban aún más la conspiración entre las potenciales víctimas. En este caso concreto, había otro factor a tener en cuenta: la salud de Stalin se estaba deteriorando y estaba por ver quién le sucedería, lo que provoca más una atmósfera de puñaladas traperas que una de unión ante el peligro común. Algunos de los líderes puede que pensasen incluso que una purga beneficiaría a sus intereses al llevarse por delante a sus rivales.

En toda la Historia de la URSS sólo se me ocurren tres ejemplos de conspiraciones de los apparatchiki, o más bien dos y medio. El primero fue cuando, con el cuerpo de Stalin todavía caliente, Jrushev y sus amiguetes se deshicieron de Beria. Este es el medio ejemplo: Beria aún no era el líder de la URSS, pero tenía suficientes cartas en sus manos para intentar convertirse en el sucesor de Stalin y además era casi igual de hijoputa que el Padrecito. El segundo ejemplo fue cuando los barones del Partido se deshicieron de Jrushev. Jrushev no era Stalin y los tiempos habían cambiado. La movida casi se pareció a la que los barones de la UCD le montaron a Suárez en el 80 para descabalgarle del liderazgo del partido. El tercer ejemplo fue cuando la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas se estaba convirtiendo en la Unión de Menos y Menos Repúblicas no tan Socialistas ni tan Soviéticas. No sé si éste tercer ejemplo es completamente válido, porque el sistema para entonces estaba bastante desmantelado. A lo que voy: la conspiración para decapitar al líder supremo no era una práctica habitual en el sistema soviético y menos bajo Stalin.

Es cierto que en el momento de su muerte Stalin estaba preparando una purga. En enero de 1953 la prensa soviética publicó noticias sobre nueve médicos a los que se acusaba de haber matado a varios líderes soviéticos. Había indicios de que era el preámbulo a una nueva purga. Años después Jrushev indicaría que dos de las víctimas en esa purga habrían sido Molotov y Mikoyan. También parece que estaba cansado de Voroshilov y Kaganovich, los cuales habrían podido caer también. Por último estaba Beria. He leído en algunos libros que Stalin había empezado a recelar de él. Era un psicópata, el compañero perfecto para un dictador paranoico y sanguinario; pero eran tan parecidos que Stalin ya se sentía incómodo con él y en 1951 había efectuado una purga de partidarios de Beria en Georgia para bajarle los humos y recortarle la influencia. Algunos llegan al extremo de afirmar que la purga de 1953 habría afectado a todos los miembros. Pero no creo que eso hubiera bastado para unirles. La purga representaba un peligro, pero también una oportunidad, ahora que se presentía que la sucesión de Stalin estaba próxima.

Desde comienzos de los años cincuenta había indicios de que la salud de Stalin se estaba debilitando. Su ritmo de trabajo se había ralentizado. Precisamente si su discurso en el XIX Congreso resultó breve (55 minutos), fue porque físicamente ya no estaba en condiciones de aguantar más tiempo. En 1952 sufrió varios desmayos y algún episodio de lapsus de memoria. Tenía la presión alta y, aunque había dejado de fumar, seguía bebiendo y yendo a la sauna. También en sus últimos dos años se quejó ocasionalmente de episodios de mareos, náuseas y malestar. En ese período Stalin tomó algunas decisiones personales, que pueden explicarse como acciones de un hombre que siente que su vida su apaga y desea dejar sus asuntos en orden. Empezó a añorar con más frecuencia su infancia georgiana, hizo una aproximación a su hija Svetlana Alliluyeva y trató de ayudar a su hijo Vasili con su alcoholismo.

El XIX Congreso del PCUS, celebrado en octubre de 1952 y la purga que preparaba para 1953, para mí tienen una lectura clara. Stalin sabía que su tiempo se estaba terminando y estaba preparando lo que vendría después. Vamos, que quería gobernar después de muerto. Tú piensas que quería emascular a los miembros del Politburo tras el Congreso. Stalin no era tan refinado: quería cortarles las pelotas, que es lo mismo, pero no es igual. Los miembros del Politburó le habían decepcionado. No se fiaba de ellos. No sólo es que supieran demasiado sobre su pasado; es que ninguno estaba a la altura del Padrecito, al que décadas de paranoia y elogios habían sacado de la realidad. En el XIX Congreso se promovió a cuadros más jóvenes del Partido y se reforzó la disciplina del mismo y el control sobre sus miembros. Pienso que el futuro que Stalin preparaba para su sucesión, una vez se hubiera desembarazado de los miembros del Politburó, era una dirección colegiada de miembros jóvenes y de lealtad probada del Partido.

El ataque que le dio a Stalin el 1 de marzo de 1953 fue muy conveniente y sin duda salvó los cuellos de muchos. ¿Demasiado conveniente? Puede, pero resulta que yo creo que las casualidades. Dado el estado de salud de Stalin no me parece increíble que le diera un ataque. Presentas un escenario, el de la insubordinación de sus lugartenientes que le lleva al ictus y a palmarla. Cierto que un hecho como ése hubiera podido llevar a un ataque a un dictador megalómano e hipertenso como Stalin, pero vuelvo a insistir en el factor NHP que me parece tan importante. Me parece más creíble la versión que da Jrushev en sus memorias, por más que fuera parte interesada: Stalin y varios camaradas habían tenido una velada que se había prolongado hasta la cuatro de la mañana. Habían bebido, cenado y discutido. En determinado momento Stalin se había puesto de mal humor y había empezado a decir a sus compañeros de francachela, que eran miembros del Politburo, que no servían para nada, que habían perdido a Yugoslavia y dejado escapar la posibilidad de una victoria en Corea y que el sabotaje había reaparecido en la URSS como probaba la Conspiración de los Médicos. Me imagino que esa noche más de uno no dormiría. El que tampoco durmió fue Stalin; sufrió un ictus cerebral y entró en estado comatoso, del que ya no saldría.

En la tarde del 1 de marzo los miembros del Politburó descubrieron que Stalin había sufrido un ictus. El 6 de marzo anunciaron oficialmente que el Padrecito había muerto el día anterior. Aunque habían dispuesto de seis días para organizar la sucesión, los acontecimientos subsiguientes con el enfrentamiento entre el grupo Malenkov-Beria y el de Jrushev-Mikoyan-los demás mostrarían que las divisiones y las ambiciones de cada uno eran tan fuertes que no había habido manera de conciliarlas. Si con Stalin muerto no encontraban la manera de ponerse acuerdo para repartirse el botín del poder, ¿cómo hubieran podido ponerse de acuerdo para conspirar contra él, mientras aún vivía? Al final el factor NHP unido a las ambiciones egoístas de cada cual es el que prueba para mí que Stalin murió de muerte natural.

Atentamente,

Tiburcio

lunes, abril 28, 2008

Memoria de la memoria

Se acerca el XX aniversario de una fecha histórica, del 18 de julio de 1936, en que comenzó la guerra de España.


Este aniversario coincide con una nueva situación nacional e internacional que exige de las fuerzas políticas españolas definir su posición ante los importantes problemas que están al orden del día. El Partido Comunista de España fija la suya en el presente documento.

La fecha del 18 de julio ha tenido hasta ahora dos significaciones:


Una, la oficial, que celebraba la victoria de las fuerzas franquistas y que entrañaba la perpetuación del espíritu de guerra civil, el odio contra republicanos y demócratas, el tono de cruzada frente a más de media España.

Otra, la de los que fuimos derrotados, pese a defender una causa justa. Nuestra celebración, a su vez, significaba la reiteración de nuestra confianza en el restablecimiento de la democracia, la no aceptación de una derrota injusta, el legítimo orgullo de haber resistido heroicamente cerca de tres años a fuerzas superiormente armadas y –¿por qué no decirlo?– cierto ánimo de revancha.


Pero en los últimos años se ha producido una importante evolución. Fuerzas considerables, que en otro tiempo integraron el campo franquista, han ido mostrando su discrepancia con una política que mantiene vivo el espíritu de guerra civil.

En el campo republicano son más numerosas e influyentes las opiniones de los que estiman que hay que enterrar los odios y rencores de la guerra civil, porque el ánimo de desquite no es un sentimiento constructivo.

Un estado de espíritu favorable a la reconciliación nacional de los españoles, va ganando a las fuerzas político-sociales que lucharon en campos adversos durante la guerra civil. Ya en el curso de ésta, el Partido Comunista vió la necesidad de llegar a un acuerdo entre los españoles, que garantizase la independencia nacional y la convivencia civil. Ese acuerdo no fué posible entonces, a pesar de que también en el campo opuesto había fuerzas que lo deseaban.

En su carta a la redacción de Mundo Obrero de marzo de 1938, el Secretario General del Partido Comunista, José Díaz, escribía refiriéndose a la unidad que necesitaba nuestro pueblo:

«Esta unidad debe comprender importantes capas de la población, que en la zona facciosa están bajo el yugo y quizá bajo la influencia de la propaganda fascista, debe comprender a todos los españoles que no quieren ser esclavos de una bárbara dictadura extranjera.»

Consecuente con esta posición, el Partido Comunista fué uno de los inspiradores de la política expresada en los «Trece puntos» del gobierno republicano, política que se proponía un acuerdo entre los dos campos en guerra, sobre la base de un compromiso que garantizase la independencia de España; que no hubiera represalias y el derecho del pueblo a elegir libremente sus gobernantes.

Esta orientación ha sido una constante de nuestra política de unión nacional. Se encuentra en nuestro manifiesto de septiembre de 1942, donde proclamábamos: «la reconquista de España para la libertad y la democracia no puede ser obra de un partido o una clase, sino el resultado de la conjugación de esfuerzos de todos los grupos políticos nacionales, desde los católicos hasta los comunistas.»


Posteriormente, en la clandestinidad y la emigración, no hemos cesado de preconizar la unión nacional de los españoles, de insistir en la necesidad de cerrar el foso abierto por la guerra civil entre unos y otros, de encontrar un terreno común para impulsar el desarrollo nacional y elevar el bienestar de los españoles.

Ese es el sentido de nuestra política de unión y de frente nacional reafirmada por el V Congreso de nuestro Partido celebrado en noviembre de 1954, línea que hemos defendido consecuentemente, incluso cuando la mayor parte de los elementos representativos de las fuerzas de izquierda y de derecha la rechazaban.

El Partido Comunista sabe que las ideas y soluciones, por muy justas que sean, no se abren camino de la noche a la mañana, simplemente con formularlas. Hace falta luchar por ellas hasta conseguir que ganen la conciencia de las gentes, hasta que maduren las condiciones para que esas ideas o soluciones sean transformadas en realidad.

Hoy, la idea de una solución pacífica de los problemas políticos, económicos y sociales de España, sobre la base del entendimiento entre las fuerzas de izquierda y de derecha, ha ganado mucho terreno, aunque todavía queden serios obstáculos que vencer.

En la presente situación, y al acercarse el XX aniversario del comienzo de la guerra civil, el Partido Comunista de España declara solemnemente estar dispuesto a contribuir sin reservas a la reconciliación nacional de los españoles, a terminar con la división abierta por la guerra civil y mantenida por el general Franco.

Fuera de la reconciliación nacional no hay más camino que el de la violencia; violencia para defender lo actual que se derrumba; violencia para responder a la brutalidad de los que, sabiéndose condenados, recurren a ella para mantener su dominación.

El Partido Comunista no quiere marchar por ese camino, al que tantas veces ha sido lanzado el pueblo español por la cerril intransigencia de las castas dirigentes a todo avance social.
Crece en España una nueva generación que no vivió la guerra civil, que no comparte los odios y las pasiones de quienes en ella participamos. Y no podemos, sin incurrir en tremenda responsabilidad ante España y ante el futuro, hacer pesar sobre esta generación las consecuencias de hechos en los que no tomó parte.


Las fuerzas democráticas españolas no pueden continuar como hasta ahora, al margen de la vida de España, imposibilitadas de enriquecerla y servirla con su aportación cultural y su experiencia política.


Una política de azuzamiento de rencores puede hacerla Franco, y en ello está interesado, pero no las fuerzas democráticas españolas.


Existe en todas las capas sociales de nuestro país el deseo de terminar con la artificiosa división de los españoles en «rojos» y «nacionales», para sentirse ciudadanos de España, respetados en sus derechos, garantizados en su vida y libertad, aportando al acervo nacional su esfuerzo y sus conocimientos.

Es un hiriente sarcasmo que once años después de la derrota del fascismo en el mundo, España sea casi el único país que conserva un régimen fascista. De esta situación sufren todas las clases sociales, excepto un pequeño grupo de monopolistas y gente corrompida.

La pervivencia de este régimen es funesta para el país. No existen leyes que garanticen verdaderos derechos a los ciudadanos; no hay instituciones políticas estables respaldadas por el consenso popular. Se mantiene el principio del Partido único fascista. Se persigue a los españoles por motivos ideológicos y políticos. Si la represión se ceba en los comunistas, socialistas, cenetistas y nacionalistas vascos y catalanes, las persecuciones políticas alcanzan también a monárquicos, democristianos, liberales e incluso a los falangistas disidentes. La censura campa por sus respetos, irresponsable, y en muchos casos, analfabeta. La menor expresión discrepante es reprimida utilizando un sistema judicial de excepción que es, de hecho, la continuación de la jurisdicción militar de tiempo de guerra.

El general Franco continúa amenazando con la guerra civil y con lanzar de nuevo la «ola de camisas azules y de boinas rojas» contra las fuerzas de derecha e izquierda que discrepan de la dictadura.

Si las fuerzas sociales que retiran su apoyo a Franco se pronunciasen por la reconciliación nacional, el entendimiento que no pudo lograrse entre los españoles durante la guerra civil, podría hacerse hoy, tendiendo un puente entre el pasado y el presente, de cara al porvenir, en el camino de la continuidad española.

El Partido Comunista de España, al aproximarse el aniversario del 18 de julio, llama a todos los españoles, desde los monárquicos, democristianos y liberales, hasta los republicanos, nacionalistas vascos, catalanes y gallegos, cenetistas y socialistas a proclamar, como un objetivo común a todos, la reconciliación nacional.








Las palabras que acabáis de leer son la introducción de un largo documento que fue leído por primera vez en Radio España Independiente a finales de la primavera del año 1956. Este manifiesto marca el inicio de lo que históricamente se conoce como política de Reconciliación Nacional del Partido Comunista de España (PCE). La Reconciliación Nacional supuso un hito para el antifranquismo y colocó, en 1956, los cimientos de lo que veinte años después sería la transición política española; algo que sería bueno que recordasen quienes quieren ver en dicho proceso una serie de reacciones apresuradas y débiles. La memoria histórica también debería referirse a episodios como éste, para que podamos entender que, tal vez, en ocasiones se alimenta un revanchismo con el que quienes hicieron la guerra no quisieron conscientemente tener nada que ver.

Terminada la guerra civil española, el Partido Comunista fue con claridad la formación política que menos se resignó a la derrota. Lo dejó bien claro antes del final propiamente dicho de la guerra enfrentándose a tiros con las tropas republicanas del coronel Casado, que querían terminar el conflicto. Y lo demostró después, manteniendo el objetivo del derrocamiento de Franco a base de alimentar alianzas internacionales y el movimiento de los maquis, guerrilleros que se echaron al monte y que hostigaron a la guardia civil, algunos durante bastantes años.

En 1947, sin embargo, las cosas comenzaron a cambiar. Es la fecha que normalmente se señala para la evidencia de algo que ya venía ocurriendo de antes, que es la, llamémosle comprensión de los Estados Unidos hacia el régimen de Franco. El franquismo nunca osó imaginarse a sí mismo enfrentándose frontalmente con los Estados Unidos, como claramente se deduce de testimonios como las memorias del embajador Carlton Hayes. Así pues, aún no había terminado la segunda guerra mundial y Franco ya le estaba vendiendo wolframio a los estadounidenses, sabiendo muy bien que vendérselo a ellos suponía no vendérselo a Hitler, que lo necesitaba como el comer para sus proyectiles. Estados Unidos comenzó por tener una política de abastecimiento selectivo de España destinado a no dejarla caer en la pobreza pero sin permitir su desarrollo; según Hayes, por ejemplo, el suministro de gasolina tenía como objetivo alimentar el 60% de las necesidades reales de España. Suficiente para ser amiguitos, y suficientemente poco como para que tu amigo trate de ser aún mejor amigo, a ver si le das más.

A partir de 1947, con la consolidación de la guerra fría contra el enemigo comunista, los Estados Unidos deciden que Franco es un elemento necesario en el tablero europeo. Un dictador que te ajunta es siempre mejor amigo que una democracia que te ajunta pues, al fin y al cabo, en una democracia tus enemigos siempre pueden ganar unas elecciones y putearte. Por esta razón los Estados Unidos, que gustan de verse como campeones mundiales de la democracia, tienen una larga historia como impulsores de regímenes para los cuales las libertades son entes de ficción. Franco se avino a poner bases y a ser el patio trasero del cuartel americano en Europa y las esperanzas de que la democracia fuese traída a España por las potencias occidentales, simplemente, se esfumaron.

Los comunistas tienen muchos defectos. Pero la capacidad de adaptación a las circunstancias no está entre ellos. El PCE reaccionó al cambio de entorno diciendo adiós a los proyectos de acciones bélicas contra el franquismo y diseñando una estrategia de infiltración en el régimen. De aquellos años son las primeras instrucciones relativas a la participación de comunistas en las estructuras del régimen, especialmente las sindicales, que algunos años más tarde llevarían a la práctica de forma masiva las Comisiones Obreras.

El comunismo, exiliado y residente en Moscú, tomó conciencia, además, de que con el paso de los años, como es ley de vida, a la sociedad española se iban incorporando generaciones para las que la guerra ya no era una experiencia directa y que, además, el comunismo tenía lógicas y graves dificultades para desarrollarse entre los españoles. Por lo tanto, los comunistas se dieron cuenta de que toda estrategia de antifranquismo pasaba por superar la situación en la que había quedado dicha oposición tras la guerra (los comunistas por un lado, los demás por otro) para volver a tender puentes de unión.

Esta nueva estrategia de búsqueda de contactos y unión con los que no eran ni comunistas ni franquistas fue definitivamente aprobada en 1948. En octubre de 1950 dio sus primeros frutos en las elecciones para enlaces sindicales, en las cuales un montón de comunistas y asimilados resultaron elegidos, especialmente en Cataluña.

La doble estrategia de penetración en el sindicato falangista y búsqueda de unidad de acción con otras ideologías tuvo como resultado la aparición de la conflictividad social en el franquismo. El 1 de marzo de 1951, los barceloneses boicotearon los tranvías de la ciudad como reacción a su brusco encarecimiento. Colgada de esta protesta como de una percha, el PSUC (Partido Socialista Unificado de Cataluña, dominado por los comunistas) consiguió que el día 12 se produjese una huelga general, como resultado de una tormentosa reunión, celebrada el día 6, entre obreros y jerarcas sindicales falangistas; reunión que sirvió para que los camisas azules descubriesen, alucinados, que buena parte de sus enlaces sindicales era comunista.

La respuesta policial no se hizo esperar. Poco tiempo después de la huelga, la policía detuvo a 28 militantes comunistas, el más importante de los cuales era Gregorio López Raimundo. Su objetivo era inflarlos a hostias en la comisaría y hacer con ellos algo que podríamos llamar tortura ejemplarizante. Sin embargo, el franquismo se encontró con una realidad nueva: los movimientos internacionales de solidaridad. La solidaridad internacional con López Raimundo alcanzó tal nivel que, aún dentro de su brutalidad, el franquismo tuvo que cortarse un pelo.

El siguiente punto de movilización fue la Euskalduna de Bilbao, donde 3.000 obreros hicieron una huelga de nueve días. Esta huelga, poco estudiada por los historiadores en mi opinión, fue de gran importancia, porque fue, que yo sepa, la primera vez que el franquismo, además de moderar sus brutalidades, se bajó los pantalones, ya que el conflicto provocó una revisión de las reglamentaciones laborales que para los falangistas eran inamovibles, amén de un subidón salarial de hasta el 15%.

Del 1 al 5 de noviembre de 1954 se celebra en el exilio el V Congreso del PCE. Es una reunión importante porque la misma marca el hito en el que los comunistas aparcan sus reivindicaciones más radicales para elaborar un programa reivindicativo a todas luces diseñado para que no dé miedo a interlocutores de otras ideologías. El comunismo español trata de quitarse la fama de orco. Como ejemplo, las conclusiones del V Congreso nos hablan de la necesidad de separar Iglesia y Estado «mas», se añade, «teniendo en cuenta los sentimientos religiosos de una gran parte de la población, el Estado deberá subvenir las necesidades del culto». A un comunista que se le hubiese ocurrido defender esto en las Cortes de la República lo habrían corrido a gorrazos desde el cabo de Gata al de Finisterre.

El franquismo, mientras tanto, no se queda quieto. Consciente de que el flanco obrero es en ese momento la única oposición activa (la oposición universitaria no comenzará hasta 1956), convoca en 1955 un llamado Congreso Nacional de Trabajadores, con la intención de recuperar la iniciativa en la dirección de las masas obreras. El tiro, sin embargo, le salió mal. Muy mal. Porque la convocatoria del Congreso, en realidad, sirvió para que los infiltrados comunistas encontrasen un foro desde el cual dar por culo.

En las diferentes provincias se celebran asambleas de delegados para preparar el congreso. En las de Lérida, Guipúzcoa, Sevilla, León y Burgos, se vota la solicitud en el Congreso de un salario mínimo vital con escala móvil (algo así como cláusula de actualización). Pedir esto en la casa de la Falange es como entrar en casa de un tibetano y preguntarle si tiene rollitos de primavera. Barcelona, Vizcaya, Oviedo y Valencia, además, se unieron a la petición.

Contra las cuerdas y perdida la iniciativa, el Congreso de Trabajadores aprobó, entre sus conclusiones, algunas peticiones de los comunistas: salario mínimo, jornada de ocho horas y seguro de paro.

En 1956 las cosas se pusieron feas por el aumento incontrolado de precios. Para los obreros resultaba vital que los salarios se actualizasen en consecuencia. Demostrando su acojone, el gobierno, lejos de reprimir las protestas, anunció en marzo un aumento del 16% y prometió otro 6% para el otoño. No obstante, las protestas continuaron. Y ocurrió algo más, algo que el franquismo no esperaba: el 15 de agosto, la curia arzobispal española hace público un comunicado en el que denuncia las condiciones de vida de los obreros y reclama para ellos salarios más elevados. Franco, al leer estas palabras, debió pensar, como Julio: tu quoque, filii?

Como se ve, los detallitos aprobados por el V Congreso del PCE habían dado sus frutos.

El aumento salarial decretado en octubre fue muy superior al 6% prometido. Aunque, en realidad, esta medida fue nefasta para los obreros, pues estas subidas tan bruscas lo que hicieron fue traer más inflación, empobreciendo aún más a las clases humildes.

En 1956 pasaron más cosas. Fue el año de la primera protesta estudiantil seria contra el franquismo, que se concretó en un enfrentamiento entre estudiantes (y mediopensionistas que pasaban por allí) de Falange con estudiantes de izquierdas. En un enfrentamiento enfrente del colegio de Areneros (actual sede del ICADE), un falangista resultó herido de un tiro en la cabeza, del que nunca se ha recuperado del todo según mis noticias, y que estuvo a punto de matarlo. En las horas posteriores, se dice que grupos de falangistas prepararon auténticos progromos de izquierdistas, que no se llevaron a cabo gracias a que la vida del herido se salvó. Aún así Franco aprovechó los incidentes para cesar a dos ministros: uno aperturista, Ruiz Giménez, titular de Educación y por lo tanto responsable de las movidas estudiantiles; y el otro falangista hasta la médula, Fernández Cuesta, que durante los sucesos se encontraba de viaje en Brasil. A todas luces, lo que hizo Franco fue aprovechar que el Pisuerga pasaba por Valladolid para recortarle las alas a Falange, pues el partido, en aquellas fechas, aún no había abandonado totalmente la ilusión de crear en España un estado fascista puro.

En los sucesos de 1956 había estado del lado de los estudiantes de izquierdas el otrora falangista radical Dionisio Ridruejo; y era jerarca universitario el otrora falangista de libro Pedro Laín Entralgo, reconvertido al democratismo. Detalles como éste enseñaron a los comunistas que el sólido muro franquista se resquebrajaba, y que merecía la pena meter unas cuñas por esas grietas a ver si así, con el tiempo, lograban romperlo.

El último gran factor de importancia para la política de reconciliación nacional de 1956 fue el hecho de que Stalin ya no estuviese entre los vivos. El padrecito comunista, en efecto, la había espichado ya, y con él había muerto toda una etapa del comunismo. El nuevo líder soviético, Nicolasito Khruschev, denunció (eso sí, en secreto) los crímenes de su antecesor, desestalinizó la URSS e inició una política de entente un poco más cordiale con Occidente, dentro de la cual cabían las relaciones de comunistas con no comunistas. En febrero de 1956, el XX Congreso del Partido Comunista de la URSS había decretado que no hacía falta hacerle la guerra a los imperialistas, pues a éstos, simple y llanamente, se les caería la picha a cachos, ella sola, con el mero contraste entre su modo de vida y su régimen de libertades y el de la mentada Unión Soviética. No tengo muy claro que los jerarcas soviéticos se creyesen de verdad esta gilipollez; pero lo que sí es cierto es que la aplicaron.

En junio de 1956, el PCE alumbró la declaración que inicia este largo post. Hacía veinte años del inicio de la guerra. Para que nos hagamos una idea: hacía el mismo tiempo del principio de la guerra que el que hace ahora de la caída del Muro de Berlín. En realidad, pocos de los protagonistas de aquello habían muerto: Azaña, Largo; el propio Juan Negrín murió a finales de 1956. La guerra seguía siendo algo muy vivo y muchas personas que la habían experimentado eran aún jóvenes. Sin embargo, había una nueva generación. Asumiendo los 12 años de edad como la que pudiera señalar una cierta conciencia en vivir la guerra, en 1956 había ya en España más de diez cohortes de españoles que tenían ya más de 18 años pero no tenían esa edad durante el conflicto. Y, sobre todo, estaba la reflexión provocada por el paso del tiempo, el paso del exilio.

Decenas, centenares, miles de españoles vivían lejos de España, la mayoría amargados por ello, no pocos de ellos teniendo que asumir oficios lejanos a su vocación o a sus conocimientos. En ese caldo fructificaron las reflexiones sobre los porqués de una guerra y de las culpas propias. Lejos de los esquemas interpretativos hoy tan al uso (toda la culpa de todo en su totalidad la tuvieron los franquistas/rojos), la literatura alumbrada en aquellos años desde el exilio suele tener enormes dosis de autocrítica. Por su parte, el mismo fenómeno se produce en el propio franquismo, en el que no pocos elementos acaban por darse cuenta de que Franco no está dispuesto a evitar el error de eternizar una solución provisional como es la dictadura militar.

La declaración que encabeza este artículo es el fruto de todo eso. Su resultado es el gesto consciente de pasar página, de reconocer errores propios, y mirar hacia delante. Las palabras antes escritas se pronunciaron por las ondas de radio en 1956, veinte años antes de la transición política. A mi modo de ver, desmienten radicalmente a quienes creen, o quieren creer, que el pacto en que se basó dicha transición se debió al miedo a la involución, el temor a la reacción del franquismo. Lejos de ello, fue una política muy meditada, tan meditada que llevaba cociéndose dos décadas cuando por fin se pudo aplicar.

Uno puede estar en desacuerdo con esta estrategia. Pero lo que no podemos es negarla, negar que existió, negar que fue defendida y aplicada por los mismos (en este caso hablamos del PCE, así pues Pasionaria y Santiago Carrillo) que antes habían actuado de formas bien distintas. La Historia, Historia es. El primer mandato de la memoria es conocerla; y el segundo, no olvidarla.

miércoles, abril 23, 2008

Las guerras púnicas (y 2)

La primera parte de esta historia está aquí.


Si Roma hubiera sido una potencia al uso, la I Guerra Púnica habría quedado como una mera trifulca entre dos estados mediterráneos por un territorio. Uno había vencido, el otro había sido derrotado. Fin de la historia. Pero Roma no era una potencia al uso. Roma no quería ser el matón más fuerte del barrio. Roma quería ser el único matón del barrio. La I Guerra Púnica había sido el partido de ida. Ahora quedaba el de vuelta para ver quién resultaba eliminado. Y cuando Roma pensaba en eliminaciones, pensaba en eliminaciones: te arraso las murallas, vendo como esclavos a tus ciudadanos y echo sal sobre el terreno para que ahí no crezcan ni malas hierbas.



¿Eran conscientes romanos y cartagineses en 241 de que la paz no era más que una tregua y de que el conflicto entre ambos sólo podría acabar con la aniquilación de uno de ellos, porque el Mediterráneo era demasiado pequeño para los dos?

Entre el 237, en que se apoderaron de Cerdeña por la cara, y el inicio de la II Guerra Púnica, los romanos estuvieron demasiado ocupados con los galos y con los ilirios como para dedicar mucha atención a los cartagineses. Pero no dejaron de mirarles por el rabillo del ojo para ver lo que se traían entre manos en España.

Para los cartagineses fue otro cantar. La pérdida de Sicilia fue dolorosa, pero así son los azares de la guerra. En cambio, la pérdida de Cerdeña fue harina de otro costal. Roma aprovechó la rebelión de los mercenarios en la isla para conquistarla, violando todos los acuerdos previos con Cartago. Roma había demostrado que era un pescador que pescaba en río revuelto, pero además un pescador hijoputa. Después de aquello, pocos cartagineses quedaron partidarios de la paz con Roma. Fue más la pérdida de Cerdeña que la de Sicilia la que empujó a los cartagineses a buscar el desquite.

En 237 los cartagineses comenzaron la conquista de España. Habiendo perdido Sicilia y Cerdeña tenían que buscar nuevas áreas de influencia para rehacerse. España, además de sus riquezas mineras, ofrecía algo muy atractivo para los cartagineses: una fuente de guerreros para hacer frente a las inacabables reservas humanas de Roma.

La historia según nos ha llegado es que la II Guerra Púnica comenzó porque Aníbal atacó la ciudad de Sagunto, que simpatizaba con Roma, y al hacerlo cruzó el río que delimitaba las áreas de influencia romana y cartaginesa, según el tratado que habían firmado en 226. Lo malo con esta versión es que el río que no debían cruzar los cartagineses era el Iber. Algunos historiadores han intentado arreglar el embrollo, diciendo que Polibio se lió y que donde dijo Iber quería decir Júcar. Me parece más verosímil pensar que Polibio sabía lo que se decía y que todo es un intento de lavarles la cara a los romanos y ocultar que forzaron el desencadenamiento de la II Guerra Púnica con un pretexto fútil.



Lo que molestó a los romanos fue que Aníbal conquistase una ciudad que les era amiga, aunque se encontrase en el área de influencia cartaginesa, según lo acordado. Eso les molestó y en general les inquietaba el imperio que en pocos años los cartagineses se habían labrado en España. Ahora que sus guerras contra los ilirios habían terminado y los galos se mantenían tranquilos, había llegado el momento de volver a ocuparse de Cartago. Sagunto fue una mera excusa. Si no era Sagunto, lo mismo habrían dicho que los cartagineses tenían armas de destrucción masiva y habrían provocado igualmente la guerra.

Los romanos no declararon inmediatamente la guerra, sino que enviaron embajadores a Cartago con una demanda imposible de cumplir: la entrega de Aníbal. Es como si el Real Madrid le dijese al Barcelona: «Entrégame a Ronaldinho que le voy a cortar las piernas a la altura del cuello» [Nota de JdJ: Te saldría mejor el ejemplo con Messi, Tibur]. Pues va a ser que no y ya la tenemos liada.

La situación estratégica de Aníbal al comienzo de la II Guerra Púnica era cualquier cosa menos apetecible. Los romanos dominaban el mar, así que parecía que lo único que podía hacer era quedarse a la defensiva y a parar golpes. Pero no es así como se ganan las guerras y menos a los romanos. El plan de Aníbal era tan osado como genial y no me extraña que a los romanos les pillase por sorpresa: cruzar territorio no amigo o incluso hostil en el norte de Hispania y sur de la Galia, atravesar los Alpes y golpear a Roma en su patio trasero. El objetivo último era provocar el levantamiento de los aliados de Roma y que Roma, desprovista de una importante fuente de soldados y con el enemigo a las puertas, tirase la toalla.

La estrategia de Aníbal hubiese funcionado contra cualquier enemigo que no fuesen los romanos. Entre el 218 y el 216 derrotó abrumadoramente a los romanos en Trebia, Trasimeno y Cannas. Les causó unas 120.000 bajas. Para hacernos una idea de lo que representa ese número, pensemos que en la Antigüedad el único pueblo que soportó tantas bajas en combates muy seguidos fue el imperio persa en su guerra contra Alejandro Magno y tras la tercera y última de las tres grandes batallas que mantuvo contra él, la resistencia organizada colapsó. Era lógico que Aníbal pensase que después de una victoria tan abrumadora como la de Cannas ocurrida a menos de 200 kilómetros de Roma, sus aliados se rebelarían y Roma pediría la paz. Sólo ocurrió lo primero y aun así parcialmente.

Poco después de Cannas, Capua pidió a Roma igualdad de derechos y al no obtenerla, firmó la paz con Aníbal. Buena parte de la Apulia, los samnitas, los brucios, los lucanos y la mayoría de las ciudades griegas del sur siguieron el ejemplo de Capua. Se ha criticado mucho que Aníbal no atacase Roma después de Cannas. Son críticas injustas. Aníbal sabía que no estaba en condiciones de sitiar Roma. Inmediatamente después de Cannas los romanos fueron capaces de movilizar 50.000 hombres. Si Sagunto había caído sólo al cabo de ocho meses de asedio y eso que estaba al lado de las fuentes de abastecimiento del ejército cartaginés, cabe imaginarse en qué podría convertirse un intento de asediar Roma. La única baza con la que contaba Aníbal era su ejército de unos 45.000 hombres, que además estaban operando muy lejos de sus bases. Aníbal no podía poner a su ejército en un peligro innecesario. Si una victoria como la de Cannas no había servido para que los romanos pidiesen la paz ni para que todos sus aliados los abandonasen, las cosas empezaban a ponerse de color de hormiga. A Aníbal le pasó un poco como a los alemanes ante la URSS en 1941: o ganaban en los primeros rounds aprovechando la superioridad de sus tropas o de sus generales, o estaban condenados a la derrota porque la superioridad en medios de sus enemigos iría inclinando la balanza progresivamente en su contra.

A partir de 215 Aníbal intenta la estrategia de cercar a Roma, ya que no se atreve a atacarla directamente: su ejército conquista las partes del sur de Italia que permanecen fieles a Roma, Cartago intenta recuperar Cerdeña aprovechando una revuelta local, también envía tropas a Siracusa, que se pasa al bando cartaginés, y finalmente trata de implicar a Filipo V de Macedonia en la guerra. El elemento clave de esta estrategia tan ambiciosa era el ejército de Aníbal. Era preciso que conservase la iniciativa y distrajese las tropas romanas de manera que no pudiesen acudir a los nuevos frentes que se les abrían. Desgraciadamente para él, carecía de tropas suficientes para ello. Sus victorias le colocaron en la tesitura de tener que pasar a la defensiva para defender a sus nuevos aliados de los contraataques romanos. De hecho a partir de 215 una de las grandes preocupaciones de Aníbal sería la protección de Capua, su principal aliada en Italia.

Pienso que Aníbal empezó a perder la guerra en el momento en que empezó a perder la iniciativa en Italia. Lentamente los romanos fueron apagando los nuevos focos de peligro que Aníbal había intentado atizar contra ellos. En 212 cayó Siracusa y en 211 Capua. También en 211 los romanos se aliaron con la Liga Etolia y de repente Filipo V perdió todo su entusiasmo por Iliria; en cualquier momento le podían apuñalar por la espalda en Grecia. Con la suerte de la guerra volviéndose a su favor, los romanos enviaron al joven Escipión a España, para destruir la principal base del poderío cartaginés. Pronto las cosas se les pusieron a los cartagineses de color de hormiga en España: perdieron Cartago Nova y empezaron las revueltas de las tribus iberas. A la desesperada, el general cartaginés Asdrúbal decidió partir con sus tropas hacia Italia para reforzar a su hermano. Era un órdago a grande y bastante desesperado: estaba dando por perdida a España, la principal fuente de reclutamiento de soldados y de riquezas para los cartagineses. Si la jugada no salía bien, ya quedaría poco que rascar para continuar la guerra. La jugada salió de desastre. Asdrúbal y la mayor parte de su ejército fueron masacrados en el río Metauro, en el norte de Italia, en 207. Visto con perspectiva resulta evidente que el plan no podía funcionar. Era prácticamente imposible que el ejército de Asdrúbal pudiera cruzar la península itálica para reunirse con su hermano en el sur de la misma.

Para 206 la situación era desesperada y si hubiésemos estado en la I Guerra Púnica, sin duda en este momento los cartagineses habrían pedido la paz. Pero el recuerdo de las condiciones impuestas en 241 y, sobre todo, lo que había ocurrido con los capuanos, los siracusanos y los tarentinos cuando se habían rendido era como para echarse a temblar. Los cartagineses continuaron la guerra.

A partir de 206 las operaciones romanas se centraron en terminar la conquista de la España cartaginesa, mantener bloqueado a Aníbal en el sur de Italia y preparar el desembarco en el norte de África. La batalla final tuvo lugar en Zama en 202. Allí Escipión el Africano derrotó a un Aníbal que había logrado burlar el cerco romano y regresar a su ciudad con sus tropas. La derrota cabe achacarla básicamente a que una parte importante del ejército de Aníbal estaba compuesta por tropas norteafricanas poco entrenadas, poco combativas y poco motivadas. Pero que ganase o perdiese era irrelevante: los romanos ya tenían otro ejército en reserva por si Escipión perdía la batalla.

Podemos imaginarnos las condiciones de paz que le fueron impuestas a Cartago. Quedó reducida a ser una ciudad comerciante en el norte de África con una esfera de acción reducida y pocas defensas.

De la III Guerra Púnica no me ocuparé. Fue un episodio vergonzante, que sólo podía tener el final que tuvo: el aplastamiento total de Cartago por los romanos. Por cierto, que de alguna manera éstos justificaron la guerra alegando que había sido una guerra preventiva. ¿Resulta familiar el término?