viernes, marzo 28, 2008

¿Boicot? Pues va a ser que sí.

El barón Pierre de Coubertin alumbró a finales del siglo XIX el sueño de resucitar unos juegos deportivos, los olímpicos, que formaban parte de un amplio abanico de celebraciones parecidas que se hacían en la antigua Grecia. A Coubertin le fascinaba la idea, relatada por los historiadores de aquella época, de que la celebración de los juegos era un hecho capaz de detener las guerras en curso, y quiso ver en este detalle la prueba de la capacidad del deporte a la hora de colaborar en la paz mundial.

Lo que el barón apenas llegó a barruntar a lo largo de su vida era que, además de impulsar un sueño intelectualmente atractivo, estaba también alumbrando un gran negocio. Los juegos olímpicos se han ido consolidando, en los últimos 110 años más o menos, como la gran cita de referencia del deporte mundial. Esto ha hecho que para la ciudad que organiza los juegos (son ciudades, no países, las que optan) hacerlo se convierta en un chollo. No siempre sale bien, conste. Hay juegos como los de Montreal que parecen haber reportado escasos beneficios para sus organizadores. Pero, por lo general, organizar los juegos es algo que todo el mundo desea.

Si es verdad que los juegos griegos no se veían influenciados por la política, será porque no eran negocio. En la época moderna ha sido exactamente al revés. Lejos de ser capaces de aplazar las rencillas, no han hecho sino reflejarlas.

El primer boicot de los Juegos Olímpicos se produjo en 1956. Pero antes ya había habido sus conatos. Cabe recordar, en este sentido, el hecho, íntimamente unido a la Historia de España, de que los primeros combatientes internacionales en el bando republicano, una vez declarada la guerra civil, fueron deportistas que se encontraban el 18 de julio de 1936 en Barcelona, esperando los inicios de unos juegos inspirados sobre todo por las naciones y los partidos comunistas como una especie de alternativa a los juegos que se celebraban en la Berlín de Adolf Hitler. No fue sin embargo hasta 20 años después, cuando el premier soviético Nikita Kruschev reprimió a sangre y fuego un levantamiento en Hungría, cuando tres naciones europeas: Países Bajos, Suiza y la España de Franco, decidieron no acudir a las olimpiadas de Melbourne. Paralelamente, algunos países asiáticos boicotearon los mismos juegos por razón de la Crisis del Canal de Suez, uno más de los episodios de la siempre difícil existencia del Estado de Israel.

En los años setenta, los boicot surgieron a causa de las políticas de apartheid. Hay que citarlas en plural porque aunque todo el mundo se acuerda de Sudáfrica, entonces también se tenía una política parecida en Rhodesia, nación africana también gobernada por los blancos. Ambos países, y muy singularmente Sudáfrica, pasaron muchos años fuera del ámbito deportivo a causa de su política de segregación racial. La cosa, en todo caso, se puso fea después de que la selección neozelandesa de rugby, los famosos All Blacks, realizase una gira por Sudáfrica. A partir de entonces, los países africanos exigieron que Nueva Zelanda fuese excluida de los Juegos Olímpicos y, en las olimpiadas de Montreal 1976, tomaron las de Villadiego después de haber comenzado las competiciones. Fue así porque el Comité Olímpico se negó a prohibir la participación de Nueva Zelanda, aduciendo en defensa de dicha decisión que el rugby, es decir el deporte donde el país había roto el bloqueo a Sudáfrica, no es un deporte olímpico.

No fue éste el único problema que ocurrió en Montreal. Aquel año, la República Popular de China presionó para que Taiwán no pudiese acudir bajo el nombre de República de China. Los formosanos se negaron a ir de otra manera y no participaron ni en Montreal ni en los juegos siguientes de Moscú.

Con todo, fue aquí, en Moscú, donde el boicoteo a los juegos alcanzó su punto más elevado. La invasión soviética de Afganistán provocó que los Estados Unidos liderasen un movimiento occidental de boicot a los juegos, que le salió bastante bien aunque con notables deserciones. La URSS contestó en la siguiente convocatoria, en Los Ángeles 1984, boicoteando los juegos en compañía de todos sus países satélite salvo la Rumania de Nicolae Ceaucescu.

Los responsables del movimiento olímpico podrán considerarse por encima del bien y del mal, cosa que probablemente hacen; pero, en la realidad, están absolutamente manchados del polvo del camino como todos nosotros. Para Adolf Hitler, los juegos olímpicos de Berlín fueron una ocasión de oro para vender su nueva Alemania, surgida de las cenizas de una pavorosa crisis económica, de identidad y de ilusión nacional. El movimiento olímpico, de una forma un tanto lerda, colaboró en el apuntalamiento de la imagen mundial de un asesino. Y pretender que el deporte está por encima de estas cosas es, lo repito, una gilipollez.

El movimiento y el negocio olímpicos alcanzaron su punto mayor de paroxismo, en mi opinión, en los juegos de Munich 1972. Tras el asesinato de varios atletas israelíes por parte de un comando palestino, el espectáculo tenía que haberse detenido, simple y llanamente. Pero hace treinta y pico años era ya mucha la pasta que estaba en juego en los juegos, valga la redundancia, y las competiciones continuaron. Me recuerdo a mí mismo, que entonces tenía diez años, viendo en la tele unas eliminatorias de 400 metros lisos y, cuando los locutores cantaron los corredores de cada calle, al llegar a la 6 informaron de que allí no había nadie: era el puesto de uno de los atletas de la delegación israelita. No se puede caer más bajo.

¿Son mala idea los boicot? Lo que me parecen es inevitables. Al menos mientras el movimiento olímpico siga concibiéndose como un ente apolítico, en el sentido de más allá de la política. Si el movimiento olímpico tuviese una dimensión moral de la que en mi opinión carece, tomaría la decisión pura y simple de no otorgar nunca la sede olímpica a lugares que puedan hacer de ello manipulación en contra de los derechos del hombre. Porque eso es lo que hacen las dictaduras cuando organizan olimpiadas. Aceptar regímenes políticos atroces en el seno de los juegos se supone que es respetar la filosofía del barón De Coubertin, todo eso del buen rollito mundial y tal; aunque se les acepta de una forma un tanto curiosa, pues si la Sudáfrica de Pik Botha no podía ir a los juegos porque no otorgaba derechos a las personas de raza negra, la China de Mao, mientras mataba de hambre a 70 millones de personas (y matar es la peor forma de privar de derechos), seguía yendo, que tiene eggs.

En lo que se convierte el movimiento olímpico en manos de una dictadura es en un vehículo de propaganda y de enmascaramiento de muchas realidades que conculcan los más básicos derechos del hombre.

¿Boicot a los juegos olímpicos de Pekín? Por supuesto. Por decencia. Por justicia. Y por salvar lo poco que le va quedando de presentable a ese bonito sueño que se llama, por llamarse algo, movimiento olímpico.

miércoles, marzo 26, 2008

Lola Montes (y 3)

La miniserie completa:

Primer capítulo
Segundo capítulo
Tercer capítulo


Abordamos hoy el tercer y último capítulo de la rocambolesca vida de Lola Montes, la mujer que lo fue todo y también fue nada. La hemos visto partir de Munich sola, fané y descangallá, abandonada por su otrora protector el rijoso y voluble Luis I de Baviera, AKA Donde dije Digo ahora Digo Que Te Den. Han pasado apenas unos días desde los sucesos revolucionarios en Baviera y Lola llega a Berna, la capital de la Confederación Helvética. Pero ésa es solo una estación. Los suizos suelen decir: nacer en Suiza es un honor y morir en Suiza una suerte, pero, mientras tanto, ¿qué haces? El pequeño país alpino era demasiado aburrido y predecible para Lola, enferma de megalomanía y necesitada de reconocimiento masivo a su persona. En mayo del mismo año decide volver a Londres, fiada en que los tiempos hayan pasado y sus pasados escándalos sean ya agua pasada.

lunes, marzo 24, 2008

Lola Montes (2)

La miniserie completa:

Primer capítulo
Segundo capítulo
Tercer capítulo


Hemos dejado, en el anterior capítulo, a nuestra bailarina española de pacotilla tras un sonoro fracaso parisino, que le ha granjeado las más acercadas críticas de una pluma por otra parte por lo general amargada y batallona, como era la de Teófilo Gautier. Gautier era crítico de uno de los principales periódicos de París, La Presse. Montes trama su venganza haciendo uso de sus armas de mujer. En las tertulias de los Hermanos Provenzales se hace la encontradiza con un joven periodista llamado Dujarier, que es el jefe de la sección literaria de La Presse; es, pues, el jefe de Gautier. Pronto se hacen amantes. Juntos se adjuntarán a una tertulia literaria entonces famosísima en París, llamada la Tertulia de los treinta y cinco porque era norma que ninguno de sus miembros superase dicha edad.

martes, marzo 18, 2008

El patrimonio sindical

Con este post, el equipo médico habitual se despide hasta después de estos días santos. Así pues, que lo paséis bien.




Un periódico económico anunciaba en su edición de ayer, o sea del 17 de marzo del 2008, que esta legislatura, la 2008-2012, será probablemente la que dejará finalmente zanjado el problema de la devolución del patrimonio sindical acumulado durante la dictadura.


Basta echar un vistazo a las fechas (Franco murió en 1975, y en el 2008 la pasta aún está por distribuir) para darnos cuenta de que nos encontramos ante un asunto peliagudo. Lo es desde varios puntos de vista: el jurídico (cómo se regulará la devolución), el moral (si tiene sentido en sí la devolución) y el histórico (quién tiene derecho a dicha devolución).


Quizá, este asunto del patrimonio sindical es uno de los elementos que más ha envenenado la relación entre los dos principales sindicatos españoles, la Unión General de Trabajadores y Comisiones Obreras; relación que, en todo caso, ha pasado por momentos de muy variado pelaje.


¿Cuál es el fondo de la cuestión? Pues el fondo de la cuestión es que, con la muerte de Franco y el advenimiento de la democracia, el sindicato vertical franquista desapareció. Sindicato quiere decir que era una organización de productores (obreros y empresarios) y vertical quiere decir que no era de clase, es decir, los englobaba a todos juntitos. El concepto de la democracia orgánica, que es a la democracia lo que la música militar es a la música, establece que las células representativas de la sociedad son la familia, el municipio y el sindicato. Así pues, el sindicato vertical era una de las tres patas del trípode franquista.


Los bienes del sindicato único franquista fueron transferidos a un organismo autónomo llamado Administración Institucional de Servicios Socioprofesionales (AISS), es decir al Estado. Fue ésta una operación lógica porque, verdaderamente, el sindicato franquista era un sindicato paraestatal, cuyo patrimonio, sin embargo, salía de las aportaciones de empresarios y trabajadores. Así pues, se entendió que todo lo que se había acumulado, y que era mucho, debía revertirse a las organizaciones representativas, tanto de los empresarios (Confederación Española de Organizaciones Empresariales) como de los trabajadores (centrales sindicales).


En paralelo, o si se quiere en línea secante con este proceso, se produjo el de devolución del patrimonio histórico, es decir, a aquel sindicato que existía en 1939 y, consecuentemente, fue incautado en sus bienes por el franquismo (Ley de Responsabilidades Políticas), se le debían de devolver dichos bienes, en la minoría de los casos; y, en la mayoría de los casos, el precio de lo que poseyó, por imposibilidad de devolverle el bien (por ejemplo, porque la otrora sede social del sindicato Tal estuviese hoy ocupada por mediopensionistas con sus correspondientes derechos de propiedad).


El asunto del patrimonio sindical histórico ha quedado más o menos cerrado (digamos, semicerrado) con pagos que algunos de los sindicatos implicados consideran magros. De los tres grandes sindicatos que existían en la República y que existen hoy en día: UGT (cercano al PSOE), CNT (cercano a sí mismo) y ELA-STV (cercano al PNV), el que más pasta ha recibido es el primero de ellos. Y es algo que, históricamente, se entiende mal. No he leído yo a un solo historiador o contemporáneo de aquellos tiempos que se haya atrevido a sostener que la UGT era un sindicato más fuerte que la CNT. La CNT tenía muchos más afiliados, especialmente en Cataluña y Aragón donde era casi monopolística entre los obreros, y por una sencilla ley de proporcionalidad (a más afiliados, más locales, más mesas, más máquinas de escribir) deberíamos concluir que el reparto del patrimonio sindical histórico debería haberla beneficiado a ella más que a nadie. Claro que con la CNT también tenemos otro problema peliagudo, como es el asunto de las herencias. Porque la CNT ha sufrido alguna que otra escisión y, a partir de ahí, surge la discusión sobre si el único heredero de la vieja CNT es quien conserva sus siglas, o bien todos los que maman de esas siglas en sus inicios o, incluso, nadie, porque la CNT hubiera cambiado radicalmente en sus postulados. ¿Es imposible esta última tesis? No sé. ¿Qué me decís de Acción Nacionalista Vasca?


Así pues, a mi modo de ver no es un problema de simpatías, que yo por la CNT no tengo ninguna. Es un problema de justicia histórica. Si hablamos de devolver lo que otro tenía, puede que exista, tal y como se aduce por lo que he podido leer, dificultades para certificar las posesiones. Pero, en primer lugar, esas dificultades también afectarán, digo yo, a los demás. Y, en segundo lugar, hay un hecho palmario, y es que la CNT era el sindicato más fuerte en afiliados y, consiguientemente, las diferencias no deberían ser muy elevadas.


Una vez que nos hemos olvidado del problema estrictamente histórico, nos queda el asunto del patrimonio sindical acumulado. Porque aquí ya no hay vara de medir. Hay un patrimonio que se ha generado a través de las cotizaciones obligatorias de obreros y empresarios; y un patrimonio generado en unos años en los que la representatividad obrera no se medía democráticamente. ¿Cómo repartir todo aquello, pues?


Lo que se pretende es un reparto basado en el criterio, probablemente, menos malo: la representatividad actual de las organizaciones obreras. Lo cual sitúa a Comisiones Obreras en primera fila, porque es el sindicato más votado en las elecciones sindicales. Es, como digo, un criterio absolutamente imperfecto. En primer lugar, porque la propia representación sindical lo es, puesto que hoy por hoy, en España, por cada trabajador por cuenta ajena que está afiliado a un sindicato hay chiquicientos que no lo están; y parecida proporción, aunque algo más limitada, se puede sospechar para los trabajadores que votan o no votan a esas centrales sindicales en las elecciones. Sin embargo es, probablemente, el único criterio posible.


De todo punto, si finalmente las noticias son ciertas y se procede a un reparto del patrimonio sindical acumulado basado en la representatividad actual, esto culminará una estrategia de décadas llevada a cabo por Comisiones Obreras, que sus buenas críticas le valió pero sobre cuya pertinencia y eficacia, en mi opinión, no cabe dudar.


Comisiones Obreras no nació como un sindicato. Nació como un movimiento. La diferencia es importante. En buena teoría, las Comisiones Obreras nacieron para englobar en su seno a la oposición sindical al franquismo y disolverse cuando ya no hicieran falta, es decir cuando el caimán se hubiera ido hacia Barranquilla. Así pues, a la muerte de Franco lo que decía el guión escrito a principios/mediados de los sesenta es que Comisiones tenía que disolverse para que cada mochuelo regresase a su olivo: el comunista al comunista, el maoísta al maoísta, el católico al católico... En 1967, las propias CCOO se definían a sí mismas aseverando que «las Comisiones Obreras no son una organización sino una fuerza coordinada, sin distinción de ideologías políticas, concepciones religiosas o filosóficas y con el denominador común de no aceptar el sindicalismo oficial y defender la libertad sindical».

La primera vez que se habla de Comisiones Obreras fue en Asturias, concretamente en la mina de La Camocha, en 1956. Allí se produjo entonces un conflicto laboral que terminaría en las primeras huelgas importantes del franquismo (1957). Por aquel entonces, sin embargo, las Comisiones Obreras son una cosa de aquí te pillo aquí te huelgo; surgían por razón de tal o cual conflicto y luego desaparecían, sin permanecer. En 1962, con ocasión de la gran oleada de huelgas que dejó por primera vez al franquismo contra las cuerdas (y al sindicalismo vertical falangista en bragas), las Comisiones tuvieron importante presencia; y terminaron de consolidarse en 1964, con ocasión de las deliberaciones del convenio del sector del metal de Madrid, deliberaciones en las que formaron parte activa de la voz obrera.

Más o menos de entonces data la estrategia fundamental que hará de las Comisiones el sindicato líder y, en mi opinión, sustentará sus peticiones (desde el punto de vista histórico) en torno al asunto del patrimonio sindical acumulado. Porque la reacción primaria de los sindicatos democráticos fue boicotear el sindicato falangista por no serlo; y, sin embargo, las CCOO tomaron la dirección exactamente contraria. En una estrategia muy propia del agit-prop comunista, las Comisiones deciden, lejos de boicotear al sindicato único, okuparlo. Los grandes sindicalistas de los inicios, al frente de los cuales estaban Marcelino Camacho y Julián Ariza, se infiltran en las secciones sociales de sus sindicatos verticales, y desde ahí se dedican a joder la marrana (dicho sea esto desde el punto de vista del franquismo) oponiéndose a las pastueñas decisiones de los jurados oficiales de empresa y otros organismos.

A pesar de su definición ideológica urbi et orbe, las Comisiones Obreras acabaron siendo monopolizadas por el Partido Comunista; el cual, de hecho, disolvió su propio brazo sindical, la OSO (Oposición Sindical Obrera), para potenciar las Comisiones. Aunque esto, en realidad, debe, en mi opinión, matizarse. Porque si los comunistas consiguieron quedarse con Comisiones fue también porque fueron lo suficientemente listos como para darse cuenta de que en un sindicato masivo siempre hará falta que haya gente de muy diversas sensibilidades políticas. Así las cosas, aquel PCE, al calor del entonces famoso eurocomunismo que nunca he sabido muy bien qué era, movilizó a la organización para actuar de forma que en ella cupieran muchas personas. En esto le ganó por la mano a otras organizaciones más radicalizadas, notablemente al Felipe o Frente de Liberación Popular, una formación que había llegado al marxismo desde el catolicismo (y es que no todos los caminos llegan a Roma, pero la mayoría salen de ahí) y que sostuvo una praxis revolucionaria de libro que sólo le sirvió para que muchos trabajadores le diesen la espalda, porque el personal quería mejores sueldos, mejor jornada y que Franco se fuese a la mierda; pero para ello no estaba dispuesto a llenar España de soviets.

Un aspecto curioso de la historia de CCOO es su connivencia con los católicos. En la España del franquismo, al margen del sindicato oficial tan sólo las organizaciones confesionales eran toleradas, y muy especialmente la HOAC (Hermandad de Obreros de Acción Católica), que perdería progresivamente fuerza conforme se acercase la Transición. La HOAC, como la JOC (Juventud Obrera Católica) y un montón de párrocos en toda España, pero muy especialmente en Madrid y Barcelona, prestaron a las Comisiones sus primeros locales donde reunirse y les dieron cierta cobertura seudolegal.

La mayoría de edad de las Comisiones se alcanza en 1966, porque fue año de elecciones sindicales. Entre los obreros, las Comisiones van al copo, y ganan mogollón de puestos. Animados por las perspectivas, el 31 de enero de ese año los dirigentes madrileños (o sea, Camacho y Ariza) alumbran un documento que llevaba el título Las Comisiones Obreras ante el futuro sindicalismo, en el que, entre otras lindezas, se decía: «Los trabajadores deben comprender claramente que forman un mundo marginado por la sociedad capitalista». Para cualesquiera ojos mínimamente informados, era fácil ver la mano del Partido Comunista detrás de estas líneas. Así pues, la reacción del franquismo fue declarar ilegales las Comisiones y comenzar el largo periplo de detenciones en Carabanchel de sus dirigentes.

En febrero de 1967, ante la presión comunista, se generan conflictos con los católicos. Frente a la influencia del PC se alza la AST, Acción Sindical de Trabajadores, un grupo nacido en 1960 a partir de militantes de las Vanguardias Obreras Juveniles (VOJ) fundadas por los jesuitas; organización que será el germen de la Organización Revolucionaria de los Trabajadores (ORT), de ideología maoísta; así como militantes de Acción Católica. Entre todos, fuerzan a Comisiones a definirse como una organización apolítica de contenido puramente sindical. No obstante, la tensión pro-anti comunista ya no cedería. Por su parte, los marxistas más puristas que el eurocomunismo de Carrillo, los que podríamos decir, taurinamente, que eran marxistas del tendido del 7, trataron de hacer la competencia al movimiento con las COR, Comisiones Obreras Revolucionarias, que tuvieron poca vida y, de consuno, escaso éxito.

El último rabotazo del franquismo contra el sindicalismo no oficial fue el famoso proceso 1.001; que tiene entidad suficiente como para que lo dejemos para otro artículo, algún otro día.

Aunque los actuales sindicatos no hubiesen colaborado con la organización sindical del franquismo, aún así sostendrían que tienen derecho a ser los beneficiarios del patrimonio acumulado. Esa opinión, no obstante, sería discutible. A mi modo de ver, la actitud de Comisiones Obreras durante los años sesenta hace, cuando menos en su caso, poco sólida esa postura. Las Comisiones colaboraron en las organizaciones obreras, participaron en ellas, las estructuraron e hicieron funcionar. Para echar a Franco, ciertamente; pero lo hicieron. Históricamente hablando, además, esta estrategia permitió consolidar, durante los años sesenta y setenta una central sindical que no sólo ha acabado por convertirse en la más votada en las elecciones sindicales, sino en una alternativa evidente a la dicotomía UGT/CNT, que tal mal, pero que muy mal, funcionó durante la República.

viernes, marzo 14, 2008

Lola Montes (1)

La miniserie completa:

Primer capítulo
Segundo capítulo
Tercer capítulo



Si uno repasa la mitomanía moderna se puede encontrar con casos muy curiosos. Casos de personas que han quedado fijadas en la mente colectiva como arquetipos de formas de actuar o de ser y que, en realidad, no son tan merecedoras de ese mérito; y el contrario, es decir personas que tuvieron una actuación que merecería cierto mérito en el recuerdo de las generaciones venideras, pero que por alguna razón se les niega.

miércoles, marzo 12, 2008

Empieza por M...

¿Eres tú mismo catalán o tienes catalanes cerca? Si es así, puedes hacer una pequeña prueba o encuesta. Se trata de hacer una pregunta muy sencilla y esperar la respuesta. Una pregunta que ha de servir para saber qué es lo que sabe un catalán sobre la Historia de Cataluña. Cuanto más nacionalista sea, más divertido será el juego.

La pregunta es: el primer presidente moderno de Cataluña tuvo un primer apellido que empezaba por M. ¿Cuál era?

La inmensa mayoría, por no decir todos, de los catalanes mínimamente versados en su Historia responderán al punto: Macià. Y ése es el momento que tú estás esperando para exclamar: ¡Error!

1874. En España está a punto de llegar un rey joven que trata de colocar las cosas en su sitio después del convulso periodo de la I República. Alfonso XII no las tiene todas consigo. Sabe que su permanencia en el trono no está de ningún modo asegurada. Excelente símbolo del ambiente que se respira entonces en España es una conocidísima anécdota según la cual, desfilando un día el rey por Madrid, observó a un grupo de obreras que lo vitoreaban, con tanta pasión que se acercó a ellas para saludarlas. Cuando les agradeció que gritasen con tanta fuerza sus vítores, ellas le contestaron: «Mucho más alto gritamos cuando echamos a la puta de tu madre».

Uno de los lugares que el monarca mira con el rabillo del ojo es Cataluña. Sabe que los catalanes ambicionan recuperar sus fueros. En marzo de ese mismo año, en Olot, una junta de representantes de las cuatro provincias catalanas se ha reunido y ha decidido reclamar los fueros de Cataluña, petición que han reafirmado en Vich. Alfonso piensa en qué hacer. Pero no piensa muy rápido.

En el fondo de esta actuación late el problema carlista. Yo sé que es fácil caer en la tentación de ver en el siglo XX, con su guerra civil, a la época en que España hirvió como una olla a presión. En realidad, esa realidad le corresponde mucho más al siglo anterior, siglo en el que se produjeron no una, sino tres guerras civiles, casi seguidas, y en el que se generó la pelea entre la España liberal y la conservadora que, de alguna manera, sigue vigente hoy en día. Enfrentamiento que, además, al llegar Alfonso al trono estaba en plena ebullición en su tercer fascículo.

El carlismo es un fenómeno dinástico muy complejo. No se trata sólo de una mera querella sobre quién tiene derecho de sangre a reinar. Simplificando mucho, es una cebolla que, como poco, tiene dos capas más. Por un lado está el tradicionalismo, pues los carlistas decimonónicos son defensores del orden antiguo frente a los cambios de la monarquía liberal (no digamos ya de la república), que consideran peligrosos. No son pocos los momentos de nuestra Historia en los que carlismo y tradicionalismo, siendo en principio ideologías distintas, se han confundido.

La segunda capa, que es la que aquí nos interesa, es la defensa de los fueros. El carlismo propugna el orden antiguo y ésa es una idea especialmente atractiva para todos aquéllos que, en aquellos antiguos tiempos, tuvieron autogobierno. El terreno natural del carlismo es, pues, el País Vasco y Navarra pero, sobre todo, el conglomerado Aragón/Cataluña, centro que fue de una monarquía con fuerza propia, tanta fuerza o más que Castilla. Así las cosas, al rey Alfonso le cayó, con la corona, el marrón de tratar de cerrar esa esclusa para que no se escapase por ahí el agua de la fidelidad dinástica catalana.

Ya hemos dicho que Alfonso piensa demasiado despacio. El 2 de agosto de ese mismo año, la Secretaría de Guerra de Carlos VII, el pretendiente carlista, autoriza la creación de la Diputación catalana.

Aquella Diputación no tuvo una vida fácil. Quede anotado para la Historia que su primera sede estuvo en San Juan de las Abadesas, aunque luego varió mucho de headquarters hasta recalar en Camprodón. Se compuso sólo de siete diputados, a pesar de que la cifra inicialmente pensada fue de 16. Sus nombres eran: Francesc X. Subirá, Joseph Solà, Francesc J. Sitjar, Josep Macià, Joaquim de Rocafiguera, Josep Coronas y Lluis de Cuenca y de Perino.

Al frente de todos ellos, el President. Joan Mestre i Tudela.

Sabemos de Mestre que fue alcalde de Lérida, puesto del que sería destituido tras la revolución de 1868 que conocemos como La Gloriosa. El cese, obviamente, se debió a que Mestre cojeaba del pie carlista, que no fue precisamente el más favorecido con la victoria del liberalismo en España. Así que, una vez cesado como alcalde, pasó a ser jefe de la Junta Provincial ilerdense del carlismo. En aquellos tiempos fue objeto incluso de un atentado contra su vida.

Al crearse la Diputación o Generalitat, Mestre se encontraba retirado de la vida política, tal vez a causa de las lecciones aprendidas tras el atentado, pero fue llamado por los siete diputados.

La figura de Mestre estaba incluso llamada a experimentar cierto paralelismo con el gran protomártir del nacionalismo catalán, Casanova. En 1875, los generales carlistas llamaron a defender la Seo de Urgel, población que había sido tomada por los carlistas algunos meses antes y que estaba cercada por los alfonsinos. El 22 de julio de 1875 los centralistas, un poco hartos de tanta resistencia, tomaron la dura decisión de bombardear la población (con los civiles dentro, por supuesto), bombardeo que provocó un gravísimo incendio. Intentando apagar las llamas y salvar a la gente en la barriada de Castellciutat, Mestre sufrió graves quemaduras.

Una vez caída Seo de Urgel, Mestre fue detenido, si bien, al parecer, fue bien tratado. Y digo al parecer porque, por lo que he podido leer, a partir de ese momento la Historia se lo traga. Hay quien dice que aún vivió quince años más ejerciendo de abogado, pero no lo podría afirmar.

Resulta curioso que este episodio, el que podríamos denominar la Generalitat carlista, sea relativamente poco conocido en los tiempos que corren. Parece lógico que un nacionalismo exalte todos aquellos episodios de su Historia que se parezcan a sus objetivos ideológicos básicos; y éste, me parece a mí, cumple perfectamente esta característica a los ojos de un nacionalista catalán. Prueba de este desconocimiento es un dato tan simple como éste: si le consultamos a Google sobre «Antoni Mestre i Tudela», no nos aparecerá ni una sola página (bueno; a partir de ahora, si el algoritmo de Google funciona bien, ya habrá una, así pues, todos los que en el mundo mundial estén intentando documentarse sobre Antoni Mestre... ¡tendrán que pasar por aquí!). Y con respecto a la actual Generalitat de Cataluña, que yo haya visto ni siquiera lo cita en su repaso de la Historia de Cataluña; aunque cierto es que puedo estar equivocado, porque uno tiene dos ojos, pero no puede leerlo absolutamente todo.

Así que ya sabéis: la respuesta acertada no es Macià, sino Mestre. Antoni Mestre i Tudela. Un hombre que, una vez, fue considerado por los catalanes, o cuando menos por buena parte de ellos, como su President, y así fue tratado y respetado.

lunes, marzo 10, 2008

¿Requiem? por el Partido Comunista de España

Uno de los lugares comunes que uno lee de cuando en cuando en artículos de prensa, opiniones blogueras, y demás, es que uno de los hechos más sorpresivos del regreso de las elecciones libres a España, en 1977, fueron los escasos resultados del Partido Comunista. Esta tesis parte de considerar que, en aquel momento, el PCE lideraba el antifranquismo y, por lo tanto, estaba llamado a liderar la España democrática.


Pocas opiniones puedo imaginar más equivocadas que ésta.


En realidad, los resultados obtenidos por el PCE tras el advenimiento de la democracia fueron cojonudos. Esto sólo podemos sospecharlo porque el término de comparación, las elecciones del 36, es equívoco por varias razones. La primera de ellas, y no es razón baladí, porque no existen resultados oficiales de las mismas. Sí, como lo leéis. Sé que os parecerá increíble, pero de las famosas elecciones de febrero del 36, ésas que casi todo el mundo conoce como Las del Frente Popular, no hay resultados oficiales. Así de limpias y claras fueron.


Es cierto que este obstáculo ha sido saltado por los historiadores, especialmente Javier Tusell en una monografía que es de consulta imprescidible en este campo. Existe alguna literatura, pues, donde se pueden consultar resultados más o menos oficiales. Pero aún nos queda la segunda dificultad: los comunistas acudieron a las elecciones en coalición, el famoso Frente Popular, así pues es difícil dirimir cuántos de sus votos fueron suyos y cuántos para la coalición. Sin ir más lejos, hoy es verdad histórica prácticamente aceptada por todos que las elecciones del 36 las ganó el Frente Popular (también los comunistas) gracias a la actitud de votantes activos de los seguidores del anarcosindicalismo. Y el anarcosindicalismo y el comunismo eran como agua y aceite.


Sean las cosas como sean, lo cierto es que los comunistas fueron una fuerza más bien mierdilla dentro de un Frente Popular en el que la gran parte de los votos la pusieron el PSOE, los partidos de izquierda burguesa y los nacionalistas catalanes, que arrasaron en sus provincias (aunque Companys, el líder de Esquerra, no fue el nacionalista más votado; eso, con tiempo, ya lo contaremos otro día). Así pues, históricamente hablando, el Partido Comunista, cuando se ha tratado de meter papeles en urnas, no puede decir que haya conseguido nunca resultados mucho mejores que los que ha obtenido al regresar la democracia tras la muerte de Franco.


Es cierto que los comunistas lideraron el antifranquismo. Cierto, pero con matizaciones. La primera de ellas es el tamaño en sí del antifranquismo. Aunque no nos guste reconocerlo ni recordarlo, es imposible que un régimen se mantenga cuarenta años por la única vía de la represión. Un régimen que tiene cuatro décadas de vida tiene que haber contado, sin lugar a dudas, con determinadas tasas, no bajas, de apoyo social. El franquismo tuvo al principio mucho apoyo social activo (personas que eran franquistas, que querían a Franco en el poder y que identificaban un régimen de libertades con el caos republicano) y luego, cada vez más, apoyo social pasivo, formado por personas que no creían en el franquismo pero lo aceptaban como lo que había, además de comprar el discurso de la creciente prosperidad económica y todas esas cosas (discurso bastante mentiroso: soltando más de medio millón de emigrantes por la sentina, hasta yo soy capaz de conseguir crecimiento económico).


En todo caso, el papel del Partido Comunista en la Historia de España no se debe menoscabar. En la guerra civil española, y dado que la URSS fue el único apoyo exterior de importancia para la República (hubo otros, como México, pero lógicamente de mucha menor enjundia bélica), los comunistas tuvieron creciente importancia. Colocaron dos submarinos en el gobierno, Jesús Hernández y Vicente Uribe (el primero de los cuales acabaría apostatando de la URSS), cuyas carteras ministeriales estaban de adorno; ellos estaban ahí para marcar de cerca a los gestores de la guerra.


Los comunistas echaron a Largo Caballero del gobierno. Personaje de varias caras y difícil exégesis, don Francisco, a pesar de ser conocido como el Lenin español (apodo que, al parecer, no le gustaba nada), dentro del enfrentamiento entre ácratas y comunistas tiraba más por los primeros. Aunque, en realidad, lo que acabó con él no fue estrictamente esa predilección sino el hecho, más simple si se quiere, de que siendo el presidente del gobierno quería dirigir la guerra como le pareciese mejor. Los comunistas, apoyados en la creciente ayuda soviética, querían tomar parte cada vez más en la dirección de la guerra, y esto provocó el enfrentamiento. Largo labró su desgracia el día que echó de su despacho, al parecer con muy malos modos, al embajador soviético Rosemberg. Jesús Hernández pronunció un discurso en Valencia, poco tiempo después de cesado Largo, explicando dicha salida del gobierno. Yo lo tengo en un folleto de la época que encontré en Buenos Aires. Calificarlo de insultante no es hacerle justicia.


En un artículo periodístico recogido en un libro que he comprado recientemente, Indalecio Prieto cuenta historias alucinantes del poder dentro del poder que acabaron siendo los comunistas en la República en guerra. Cuenta, por ejemplo, que en los últimos estertores de la campaña del Norte, cuando Franco había tomado ya el País Vasco; cuando ya había ocurrido la cosita ésa de la que el PNV no quiere saber nada y que se llama Pacto de Santoña; cuando, por lo tanto, Santander se había perdido y sólo quedaban porciones de Asturias, Prieto, que era ministro de Defensa y el máximo responsable de la guerra en el bando republicano dio la orden de que un destructor republicano abandonase el puerto de El Musel, sometido a graves bombardeos franquistas. Algunos mandos comunistas le dijeron que no estaban de acuerdo porque querían que aquel barco fuese utilizado para algunas evacuaciones. Prieto contestó que comprendía las necesidades de evacuación, pero que el barco era muy valioso y temía perderlo con los bombardeos. Así pues, cursó la orden de que se pirase a Casablanca y allí esperase instrucciones.


Lo siguiente que supo Prieto de aquel barco es que se había hundido en El Musel bajo las bombas franquistas. Nunca salió del puerto. Según él, los comunistas dedicieron que tenían más razón que el máximo responsable de la guerra así que, simple y llanamente, le desobedecieron.


Otro de los aspectos de la actuación de los comunistas que, que yo sepa, permanece aún relativamente virgen, es el reparto de armamento. Llegó la mal llamada ayuda soviética (y digo mal llamada porque la República la pagó religiosamente, y la palabra ayuda parece querer decir como que fue un regalo o algo así), pero lo que no sabemos exactamente es cómo se repartió. Un largocaballerista acérrimo como Justo Martínez Amutio, gobernador civil de Albacete durante la guerra, nos habla de que había un órgano teóricamente coordinador de las compras y distribución de armamento, pero que no coordinaba una mierda. Y luego tenemos las quejas que perlan las memorias de los combatientes anarquistas, los cuales se burlan de mitos como los de Modesto o Líster como grandes militares ya que, según ellos, la efectividad de esas unidades se basaba, sobre todo, en que eran los destinatarios de todo el material nuevo que llegaba. Quien parte y reparte...


Tras la derrota bélica, el comunismo español se encastilla en Moscú, a pesar de algunas defecciones como la de Hernández o Valentín González El Campesino. En los años cuarenta, el PCE adopta una posición partisana contra el franquismo, manteniendo partidas de guerrilleros en el interior, los famosos maquis, y propugnando algunas operaciones de «invasión» de España que no pasaron de ser cuatro petardos.


En algún momento, más o menos a mediados de los cincuenta, el comunismo español, sólo o en compañía de otros (sustancialmente, de Kruschev) se acaba dando cuenta de que se está gastando en una guerra imposible, y cambia de estrategia. A partir de entonces defiende la reconciliación nacional y la convergencia antifranquista. Aunque los comunistas no estuvieron presentes en el contubernio de Munich, el espíritu de esta reunión es muy parecido al sostenido por el propio PCE.


Lentamente, en el seno del PCE ganan los posibilistas y pactistas. En los años sesenta, el comunismo español coqueteará con el socialismo, con los monárquicos, con todo dios que se les ponga a tiro. Asimismo, cambiará radicalmente su vieja filosofía de combatir al franquismo por otra, más eficiente, de dinamitarlo desde dentro, haciéndose presente en el movimiento obrero (Comisiones Obreras) y estudiantil, los dos grandes lobanillos de Franco en la época. En 1962, el comunismo está detrás de la primera gran huelga vivida por el franquismo, que merece ser contada cualquier día en esta ventana.


En paralelo con este fenómeno, el líder del comunismo español, Santiago Carrillo, se va convirtiendo, junto con el italiano Enrico Berlinguer, en el principal representante del eurocomunismo, una especie de comunismo elegante desligado de sus ropajes soviéticos, destinado a participar lealmente en las democracias parlamentarias liberales y no a hacerles la revolución, que es para lo que, en teoría, existe el comunismo.


A mediados de los años setenta, el posibilismo del PCE facilitará la generación de la denominada Platajunta, donde se fusionan dos grupos opositores al franquismo: la Junta Democrática de España, patrocinada por el PCE y en la que estaban el Partido Socialista Popular de Enrique Tierno, CCOO y el Partido de los Trabajadores, entre otros; y la Plataforma de Convergencia Democrática de España, liderada por el PSOE y donde estaban grupos socialdemócratas, democratacristianos y el Movimiento Comunista. ¿Que qué hacía el PSP con los comunistas y el Movimiento Comunista con los socialistas? Bienvenido a la Transición y sus misterios, amigo.


El PCE realizó, en los primeros años de nuestra democracia, impagables servicios a su construcción. El primero de ellos, aceptar la bandera constitucional, una decisión que estaba radicalmente en contra de la mayoría de los militares y dirigentes, que sentían como suya la bandera republicana. El segundo, proceder a su plena integración en el juego parlamentario, con lo que Santiago Carrillo hizo para la izquierda social lo mismo que Manuel Fraga hizo para la derecha: incluir en el esquema democrático a capas de ciudadanos que, en principio, no le hacían ascos a la idea de que nos volviésemos a dar de hostias. El tercer gran servicio fue favorecer la firma de los Pactos de la Moncloa, que permitieron una evolución económica racional para España en unos años durísimos. El cuarto, y más doloroso de todos, fue enterrar en enero del 77, en silencio, puño en alto, a sus muertos de Atocha; sin tirarse al monte, sin organizar razzias de fascistas, sin responder al golpe con golpe.


Hay una cosa que el comunismo español no supo entender, sin embargo: la caída del muro de Berlín. Ciertamente, para cuando el modelo soviético se derrumbó los comunismos europeos llevaban muchos años bastante desligados del Kremlin; pero, aún así, desde un punto de vista ideológico seguían siendo muy dependientes de la alternativa soviética que, repentinamente, desapareció.


El comunismo siempre se ha nutrido de dos tipos de simpatizantes: por un lado, el comunista sincero, el tipo que lo que quiere es la dictadura del proletariado y esas cosas. Y, por otro lado, la persona que es, básicamente, un perseguidor de utopías como, por decirlo en francés, la libertad, la igualdad y la fraternidad. En un creciente proceso de desideologización, para el comunismo estos simpatizantes no propiamente comunistas son, cada vez, más necesarios. Lo cual nos lleva a la conclusión de que el comunismo, para permanecer, tiene que ser cada vez menos comunista.


Fruto de este proceso es la desaparición formal del Partido Comunista en diversos países europeos para mutar en experimentos más o menos exitosos, olivos y otros cultivos. Pero no en España. El PCE sigue existiendo como tal partido y condicionando con su existencia a la coalición de que forma parte (en realidad, que lidera), Izquierda Unida.


Los últimos años han sido los de la reflexión, más o menos soterrada, sobre si existe un espacio político en España para un Partido Comunista y para una coalición liderada por él. Esta idea recibió un fuerte rejonazo con la decisión de su líder histórico, Santiago Carrillo, de integrarse en el PSOE, de donde saliera hace ya muchas décadas en su condición de dirigente de las Juventudes Socialistas. En las elecciones de ayer ha recibido un segundo rejonazo. Si es de muerte, el tiempo lo dirá.

jueves, marzo 06, 2008

Como Cagancho en Almagro

Es una expresión ya un poco en desuso; pero todavía hay mucha gente que la conoce y la utiliza. Se dice «quedar como Cagancho en Almagro» como sinónimo de hacer las cosas verdaderamente mal y en público. Y es una expresión bonita desde el punto de vista histórico porque su precedente es muy concreto. Y no hace ni un año que cumplió ochenta. Por eso hoy quiero contaros de dónde viene.

Lo primero es explicar lo de Cagancho. Joaquín Rodríguez, de mote Cagancho, fue uno de los más famosos toreros de su época, en las primeras décadas del siglo pasado. Y decir eso es decir mucho. Un rapero americano de éxito o Ronaldinho son personas de parecido nivel de conocimiento y admiración, aunque yo creo, sinceramente, que en un ámbito local de España, la fama de Cagancho les supera. En los años veinte los toros eran prácticamente, junto con el cabaret y el teatro, las únicas diversiones de masas existentes. El fútbol aún no era lo que es hoy y el cine estaba en mantillas. Así pues, debemos entender que este matador de toros era un gran líder de masas con una capacidad de atracción reservada a muy poca gente.

Por eso, cuando en agosto de 1927 se anunció que en la corrida del día 26 torearía el maestro en Almagro, todo el mundo tuvo claro que se produciría una auténtica marea humana hacia este pequeño pueblo. La principal comunicación con Almagro, en aquellos momentos en que la red de carreteras estaba prácticamente inventándose, era el ferrocarril, concretamente el que venía de Ciudad Real. Y aquel día llegó a la estación de Almagro con gente subida a los estribos, sentada en los topes, en cualquier parte. El tren venía repleto de personas que habían pagado en Ciudad Real auténticas fortunas en la reventa para poder estar en aquella corrida.

Según los testimonios que he podido consultar, cuando menos entonces la plaza de Almagro era un lugar elástico donde la gente se apretujaba más o menos según quién viniera. Como aquella vez había tanta expectación, se llenó hasta la bola; una hora antes de comenzar en festejo ya no se cabía dentro. Las crónicas meteorológicas nos dicen que hacía un sol que derretía los testículos.

Formaban terna con Cagancho Antonio Márquez y Manuel del Pozo, Rayito. Dos toreros de menor jaez. El primer germen de aquella mala tarde, de ésas que según Chiquito de la Calzada tiene cualquiera, fueron precisamente aquellos largos minutos en los que el personal estuvo embotellado en la plaza, codo con codo, pasando un calor de la hostia y escuchando los rumores de los maledicentes, según los cuales Cagancho no llegaría a aquella placita de mierda y a última hora se disculparía de actuar. Desde fuera de la plaza, Radio Macuto radiaba que el maestro no había llegado al pueblo. Los nervios se pusieron a flor de piel. Pero llegó. A las seis en punto, hora del paseíllo, pero llegó.

Salió al ruedo un primer toro colorado de la ganadería de Pérez Tabernero. Tomó seis varas y mandó al suelo a varios jinetes. Márquez y Rayito, como era entonces costumbre, hicieron sus correspondientes quites (si el toro fue siete veces al caballo, tuvieron un montón de oportunidades para ello). Sin embargo, aquí se empezó a ver que Cagancho había llegado a Almagro desganado. Sobraron las oportunidades, sí. Pero él no hizo un solo quite. El toro le tocaba a Márquez y éste, a la hora de matar, comenzó a montar la tangana, pues se encaró con el morlaco sin muleta y se dedicó, simple y llanamente, a apuñalarlo. Fue advertido por la presidencia y recibió sonora bronca. Para entonces, el personal llevaba ya más de una hora pasando calor y, hemos de suponer, pasándose la bota de vino. Alegres, cabreados, alegres según el momento.

Rayito, dicen las crónicas, estuvo bien con su segundo. El tercero, primero de Cagancho, era un toro colorado y bragao. Hasta el momento Cagancho ni siquiera había desplegado el capote (no había hecho ni un solo quite) y siguió en la línea. No es que yo entienda mucho de toros, pero es una ley universal que si ante un animal dudas, lo acaba notando. Consciente de que era su toro y de que no podía dejar de hacer un quite, Cagancho intentó ejecutarlo, pero el toro le desarmó, haciendo volar la capa, momento en el que el maestro salió cagando leches hacia la barrera. Ahí fue donde empezó la bronca de verdad.

En la lidia propiamente dicha, el torero se mostró distante y cobarde. A la mínima que el toro le miraba, echaba a correr. Tanto miedo tenía Cagancho que hizo algo increíble: pinchó al toro en el cuello, y después en el brazuelo, lugares ambos absolutamente vedados, no ya para un torero de gran fama, sino para un puto estudiante de primero de la escuela de tauromaquia.

En ese momento el teniente Juan Ayuso, jefe del destacamento de la guardia civil que vigilaba el espectáculo, dio orden a sus hombres de que impidiesen que nadie saltase al callejón. Con ese sexto sentido que da el portar tricornio, ya se había dado cuenta de que aquella tarde se iba a ganar el sueldo.

Cagancho pinchó nueve veces más y entró a descabellar cinco. A la arena comenzaron a llover primero las almohadillas; cuando se acabaron las almohadillas, las botas de vino; cuando se acabaron las botas, botijos; y cuando se acabaron los botijos, cualquier cosa sólida.

Dato importante: nadie tira una bota por usar. Estarían ya vacías. El personal tenía un calor de cojones; había pagado una fortuna para ver a un tipo huir del toro y asaetearlo alevemente; y, además, estaban mamados. Aquello no podía salir bien.

Márquez, dicen, estuvo cojonudo con el cuarto. Pero al público le dio igual. Rayito también cumplió. No obstante, la gente quería que saliera el sexto, a ver si el señor Galáctico destapaba de una puta vez ese tarro de las esencias que dicen que tienen los toreros artistas.

Para colmo, el toro que le salió a Cagancho no era un toro, sino un oso Kodiak bien alimentado. En la suerte de varas, mató a varios caballos (entonces los caballos de picar no llevaban peto). Todo el mundo en la arena se puso nervioso. Los subalternos toreaban a siete kilómetros de los cuernos, Márquez hizo un quite desde su casa, los picadores se hacían caquita cuando el morlaco todavía estaba a diez metros de ellos, y los banderilleros no banderillearon tirando los garapullos como dardos porque no les dejaron.

Cagancho, al parecer, estaba preparado para situaciones así. En la faena propiamente dicha, sacó una muleta descomunal y comenzó a torear con el pico de la tela, manteniendo por lo tanto al toro en otra galaxia. No contento con eso, en uno de los pases, mientras el toro estaba a su lado, le largó un espadazo en el vientre, y luego otro. El toro, claro, se cabreó más de lo que ya de por sí se cabrea un toro cuando lo lidian. Lo miró mal, así que el torero tiró los trastos y repitió la suerte del tercer toro: a toda hostia hacia la barrera. Y, una vez dentro, como el toro se le acercase, ¡le pinchó de nuevo!

El tercer aviso, signo de que el toro es devuelto al corral porque el torero es incapaz de matarlo, sonó mientras Cagancho seguía intentando matar al animal sin salir de la barrera. Lo hacía pinchándole en los costados, en los brazuelos, en cualquier lugar menos allí donde ha de hacerse según marca el arte de Cúchares. Aquellos de los subalternos que se atrevían a saltar a la arena lo hacían con sus espadas debajo de las muletas, se acercaban al toro y le pinchaban también alevosamente, en cualquier parte. A aquel toro no lo mataron. Lo asesinaron.

Estaba el toro vivo, y el ruedo ya comenzaba a llenarse de espectadores que, sudorosos, cabreados y borrachos, habían saltado a la arena con la nada serena intención de saltarle los empastes a hostias al torero gitano.

La guardia civil es mucha guardia civil. Pero una turba enfervorizada puede con todo. Son más y, una vez que el ser humano llega a ese punto en que todo le importa un huevo, no hay argumento que les frene. Las gentes comenzaron a perseguir a Cagancho, el cual intentó, con la espada en la mano, salir de najas de la plaza. Un espectador le agarró del cuello y, arrojándole en dirección contraria, le gritó.

‑¡Al toro, coño! ¡Cobarde!

Otro le arreó una hostia en pleno carrillo. Y allí estaba Cagancho, en medio de un ruedo lleno de gente que le rodeaba para darle una paliza; ruedo en el que todavía había un toro vivo, sangrando por sus mil heridas, soltando tornillazos y llevándose a la gente por delante.

Entonces cargó el ejército, concretamente un destacamento de Caballería que se encontraba allí reforzando a la guardia civil. A caballo y en plan cabrón, consiguieron convencer al público de que se tranquilizase un poco. No sin esfuerzo, despejaron el anillo. Ocho guardias civiles rodearon a Cagancho y lo sacaron de la plaza, entre una lluvia de todo tipo de objetos y fluidos corporales humanos, preferentemente faríngeos, epigástricos y nasales.

El fracaso de Cagancho en Almagro es, efectivamente, la bronca más gorda ocurrida jamás en un espectáculo público en España. La marcha del diestro fue seguida de disturbios en los alrededores de la plaza en los cuales las fuerzas del orden tuvieron que cargar a caballo con una virulencia que ríete tú de los pipiolos antisistema. Almagro aquella tarde fue una batalla campal. Tan, tan fuerte, que quedó en la memoria de los españoles, para los cuales, aún sin haber estado allí, aún sin haberlo vivido, «quedar como Cagancho en Almagro» se les grabó en la memoria como el símbolo de, que diría Barrancas, un fracaso absoluto.

Los testimonios que he podido leer describen a un Cagancho todavía vestido de plata refugiado en el salón de actos del Ayuntamiento de Almagro, custodiado por la guardia civil para que el personal que estaba en la calle no lo matase, fumando indolentemente y como resignado. Así es la vida. Yo quería quedar bien, pero lo que no pue zé, no pue zé. Uno de sus subalternos se queja a la guardia civil.

-¿A usted le parece lógico que a éste [Cagancho] lo quieran meter en la cárcel por no haber matado un toro y a nosotros nos quieran hacer lo mismo por matarlo?

Debían de ser toda una pandilla de cráneos previlegiados.

martes, marzo 04, 2008

Lecturas de Historia militar

Como sabéis bien los seguidores de este rincón electrónico, gustamos en él, de vez en cuando, en compartir las cosas que leemos. Yo menos porque, como he confesado muchas veces, la gran parte de mis lecturas es de libros descatalogados y me parece un putadón ponerme a hacer croniquillas de libros que, en algunos casos, me ha costado hasta dos o tres años encontrar.

Tiburcio está hecho de otra pasta. Dado que tiene bastantes más narices que yo, el polvillo de los libros viejos le toca los cojones, así pues cuando lee libros usados se pone a estornudar, con esos estornudos hipohuracanados propios de Pepepótamo y los elefantes lo cual, al parecer, ha provocado ya que haya sido desahuciado por dos o tres caseros quisquillosos. La penúltima vez que nos vimos le regalé un libro/panfleto de Mauricio Karl, tal vez el más furibundo propagandista de la más ultramontana Falange, que llevaba el sugerente título de Sodomitas. Supongo que algún día nos lo comentará (el libro lo merece, por lo exagerado), pero va despacio porque cada doce páginas le cuestan una sinusitis. Y deberéis entender que una sinusitis de elefante duele de la hostia (más o menos como unas hemorroides de mandril).

Samsa ha asumido su hándicap dedicándose a los libros nuevos, con lo que todos salís ganando, pues sus recensiones son más fáciles de encontrar. Hoy nos diserta sobre sus lecturas en materia de Historia bélica, eso que se suele llamar Militaria. Os dejo con él.




La Historia militar ha sido tradicionalmente casi un coto vedado de los anglosajones. Son ellos quienes más se han interesado por la materia y han producido muy buenos libros, aunque siempre arrimando el ascua a su sardina. Quien lea, por ejemplo, los libros de la editorial Osprey dedicados a batallas de nuestra Guerra de Independencia (Guerra Peninsular, Peninsular War para los ingleses), llegará a la conclusión de que fueron batallas casi exclusivament entre franceses e ingleses y que los pocos españoles que pasaban por ahí no hacían más que estorbar. Cierto que nuestro Ejército de comienzos del XIX no era para echar cohetes y que nuestros generales no solían ser unos genios de la estrategia, pero creo que algún mérito tuvimos y algo contribuimos a expulsar a los franceses de España.

Hace muchos años la Editorial San Martín, que no sé si sigue existiendo [Nota de JdJ: existe, y acude a ferias del libro como la de Madrid], publicó algunos libritos sobre temas tales como las fuerzas mecanizadas alemanas de la II Guerra Mundial. Eran libros divulgativos, ideales para adolescentes que se habían leído a Sven Hassel y poco más.

Otro de los escasos ejemplos de Historia militar escrita por españoles son las monografías que el Servicio Histórico Militar ha publicado sobre las batallas y campañas de la Guerra Civil. Son libros tan completos como áridos. El texto típico de esos libros es más o menos: «A las siete de la mañana del 16 de marzo, dos compañías del Segundo Tabor de Regulares reanudaron el ataque sobre la cota 316 con el apoyo de dos piezas de artillería de 75 mm. Frente a ellos, los restos del primer Batallón de la 13ª Brigada Mixta, al mando del comandante Otero, contaban para su defensa con dos ametralladoras Maxim y…» Esta mezcla de informe burocrático y relato militar es como tomar mazapán con la garganta seca.

Recientemente la Editorial Almena ha sacado una colección de libros al estilo de los de la Editorial Osprey sobre hechos de nuestra Historia militar. Son libros de unas ochenta páginas con ocho páginas de ilustraciones de calidad desigual en el centro. De estos libros he leído cuatro: Grandes batallas de la Reconquista (I), de Manuel González Pérez, José Ignacio Lago y Ángel García Pinto; Ceriñola 1503, de Francisco M. Canales; La campaña de Pensacola, 1781, de Manuel Petinal; y 1ª Guerra Carlista, de César Alcalá. Lamento decir que son muy irregulares y que no están al nivel de la calidad de los de Osprey.

Grandes batallas de la Reconquista (I) ofrece, dentro de su brevedad, una visión histórica bastante completa de la situación que acabó llevando a la invasión de los almorávides. La pena es que la demagogia y el patrioterismo puedan con la objetividad histórica de los autores: «Si no hubo fusión entre los invasores bereberes y los cristianos españoles no fue por una cuestión racial, ni mucho menos (…) esa tremenda estupidez del racismo, esa ideología trasnochada e infame que atenta contra todo principio humano, jamás ha tenido ni tendrá eco entre los pueblos latinos del Mediterráneo. Sencillamente, los invasores africanos trataban de imponer su cultura, fundamentada única y exclusivamente en su religión islámica y la población española (…) se resistió a abjurar de sus raíces latinas y cristianas.» No critico el contenido de este párrafo, porque me faltan datos para saber si sus afirmaciones son correctas. Lo que critico es la forma: esto es un panfleto, no un libro de Historia militar.

Hay otros momentos en los que incluso tengo mis reservas sobre el contenido: «A una población que se sentía abandonada, la victoria de Don Pelayo en Covadonga le dio las fuerzas necesarias para soportar con resignación la ocupación hasta el día que fueran liberados.» ¿Hasta qué punto la población hispanorromana se sentía identificada con las élites visigodas? ¿Qué grado de cohesión real tenía el Estado visigodo en sus momentos finales? ¿De verdad la población se sintió abandonada o pensó que había cambiado un dominador por otro? ¿No está sobrevalorando la batalla de Covadonga, una escaramuza menor, que convenció a los árabes, que en todo caso ya habían tragado más terreno del que podían digerir, de dejar tranquilos a los asturianos? ¿Realmente podemos trasladar a la España del siglo VIII los conceptos de ocupación y liberación? Aquí creo que la demagogia ha podido sobre la Historia.

Las descripciones de las batallas en sí no son malas, aunque los autores caigan en un lirismo exagerado. Así, en la descripción de la batalla de Sagrajas tenemos a «don Alfonso en vanguardia del mortífero huracán de caballos y hombres» y a Yusuf que «debió pensar que el cielo se abría para derramar sus bendiciones sobre él. Ni en sus mejores y frecuentes delirios habría soñado que la batalla se desarrollaría de esta manera». Creo que entre la aridez del Servicio Histórico Militar y el lirismo de este libro hay un terreno intermedio.

Ceriñola, 1503 le deja a uno con ganas de saber más sobre el panorama político que llevó a las campañas italianas del Gran Capitán. Los juegos maquiavélicos de la Italia de finales del XV hubieran dado para mucho más. La descripción de los jefes y ejércitos enfrentados es suficientemente informativa. También está bien descrito el curso de las campañas que llevaron a la conquista de Nápoles por el Gran Capitán.

La campaña de Pensacola, 1781 trata de la conquista por Bernardo de Gálvez de Pensacola en la Florida. Este hecho de armas estuvo olvidado durante muchos años hasta que en vísperas de las celebraciones del Segundo Centenario de la Independencia de Estados Unidos alguien lo rescató de los archivos, lo desempolvó y lo magnificó un tanto. En todo caso era bonito poder mostrar que España había contribuido a la independencia de Estados Unidos, contribución que muestra la cortedad de miras de nuestros gobernantes. ¡A quién se le ocurre ayudar a liberar unas colonias que estaban a dos pasos de las nuestras!

Por más que en 1976 se hubieran recordado los hechos de Pensacola con bombo y platillo e incluso creo recordar que se editó un sello conmemorativo de la gesta, hay que poner las cosas en perspectiva. Se trató de una expedición de 32 buques, que transportaban a 3.200 hombres y que iban a atacar una fortaleza defendida por 2.000 soldados y 500 aliados indios. Para comparar, diré que la campaña que terminó con la batalla de Yorktown y que empezó un mes después que la de Pensacola Cornswallis la inició con 7.000 hombres, de los que sólo 5.000 estaban en condiciones de combatir, y Lafayette la inició con 3.000. O sea, que la campaña de Pensacola fue de un tamaño promedio tirando a bajo en la escala americana, donde no hubo batallas que movieran las magnitudes de ejércitos de las campañas napoleónicas. Eso sí, Pensacola sí que contribuyó a la independencia norteamericana, al impedir que los británicos pudieran concentrar todas sus fuerzas en el sur de las 13 Colonias en apoyo de la campaña que Cornwallis inició en abril.

Para mi gusto es el mejor libro de los que he leído de la colección. La pena es que las ilustraciones dejen que desear.

Con 1ª Guerra Carlista pasa lo contrario: es el peor de los cuatro libros y sin embargo es el que tiene las mejores ilustraciones (su autor es Augusto Ferrer Dalmau). El libro tiene 80 páginas y seguramente se quedaría en 60 si le quitásemos todas las citas textuales que el autor incluye. Lo de incluir tantas citas textuales sin apenas comentario crítico me huele a artimaña de autor perezoso, que quería llegar como fuera a las 80 páginas que le habían pedido.

Mientras que la introducción política y la presentación de los ejércitos enfrentados son aceptables, la parte militar hace aguas por todas partes. Parece un navío español en Trafalgar (la metáfora militar resulta la más adecuada aquí). El sitio de Bilbao se relata con gran apoyo de citas y detalles, pero sin dar nunca una verdadera visión de conjunto ni presentar los aspectos estratégicos de la situación. Todo se ve empeorado por el hecho de que no hay planos ni croquis, aparte de la pequeña reproducción un mapa antiguo de Bilbao, con lo que se hace muy difícil seguir la evolución de las operaciones.

La descripción de la Expedición Real que en 1837 llevó al pretendiente Don Carlos a las puertas de Madrid, es de lo peor que he leído en un libro de Historia militar. El relato se inicia con el detalle de las tropas que la constituyeron y de sus comandantes. Lo malo es que la relación de los comandantes acaba pareciendo la página de nombramientos del BOE, lo que en un libro de 400 páginas hubiera podido tener sentido, pero en éste no. Por si alguien duda, puedo informar que en el Servicio de Administración Militar iban los ordenadores Uriz, Gaspar Díaz de Labandero y Bernardino Beotas, que el Caballerizo de Campo era Mariano de Carvajal y los ujieres Torrens y Sidón. También sé quiénes eran los seis capellanes de altar que acompañaban a Don Carlos y el nombre del encargado del botiquín. Pueden parecer detalles banales, pero al autor le han ayudado a rellenar un par de páginas por la cara. Tras el prolijo detalle de los nombres, el autor incluye el Manifiesto de Cáseda, que proclamó el pretendiente al inicio de la expedición; dos páginas más que se quita de encima. Su interpretación del Manifiesto es que «sólo presentándose ante Madrid la guerra finalizaría. Todo estaba pactado.» No entraré en el relato de la Expedición, que realiza con la desgana habitual.

Lo más interesante ocurre cuando los carlistas llegan ante Madrid. La ciudad está inerme y desmoralizada. ¿Por qué el pretendiente no dio la orden de atacar? El autor da dos explicaciones. Una, estratégica: no convenía entrar en la ciudad mientras estuviera cerca el poderoso ejército que mandaba el General Espartero. Otra, política: el posible pacto con la Regente María Cristina se rompió cuando ésta vio que el general Espartero podía asegurar la supervivencia de la monarquía liberal por la fuerza de las armas. Todo esto el autor lo explica deslavazadamente, apoyándose casi en exclusiva en el testimonio del Príncipe Lichnowsky, ayudante de campo de Don Carlos. Es la práctica del historiador vago: acudir a un testimonio contemporáneo de los hechos y pegarse a él. Así uno se ahorra los engorros de tener que contrastar distintas fuentes y, de paso, puede meter largas parrafadas del testimonio utilizado y ahorrarse trabajo. En todo caso, las explicaciones que da el autor están dadas con tanta brevedad, que lo más que puede decir el lector al que no se le haya caído todavía el libro de las manos es «puede».

Si las explicaciones sobre por qué Don Carlos renunció a entrar en Madrid decepcionan por lo escuetas, lo que resulta desconcertante es la siguiente afirmación: «Durante la retirada (la expedición carlista) fue perseguida por Espartero. (…) lo cierto es que Espartero no la atacó frontalmente. Cubrió su retirada sin humillarla con una derrota sin precedentes. Quizás no quería precipitar el final de la guerra.» ¡Qué tacto el de Espartero, que no quería derrotar decisivamente a sus enemigos! Cuando se hacen afirmaciones tan osadas como ésta, lo menos el autor debería justificarlas un poco, aunque fuese copiando párrafos enteros del Príncipe Lichnowsky.

En fin, dejaré aquí la crítica del libro y la dejaré con un comentario positivo: las ilustraciones de Ferrer Dalmau me han encantado.

viernes, febrero 29, 2008

El verdugo

Sin ninguna duda, El verdugo está entre mis películas preferidas del cine español. Normalmente el cine español no me gusta demasiado pues me viene a parecer lento, un poco insulso en sus historias e interpretado por actores a menudo mediocres. Pero, sin embargo, tengo debilidad por el tándem Luis García Berlanga/Rafael Azcona. El El verdugo se narra la historia de un joven sin historia que desea casarse con su novia. Sin demasiadas perspectivas, ha de tomar por la calle de en medio y hacer caso de las insinuaciones de su costilla en el sentido de heredar la profesión de su suegro. Éste, magistralmente interpretado por Pepe Isbert, es un verdugo a punto de jubilarse.

Tras las primeras tribulaciones, todo es beneficio para nuestro hombre: es calificado para conseguir una vivienda protegida, recibe un sueldo regular de funcionario, esas cosas. Su suegro le ha prometido que él será verdugo sólo nominalmente. Es la España de los años sesenta y, aunque en los diálogos de la película no se dice tan descarnadamente (la censura no lo habría permitido), sobre los personajes parece pender la idea de que la época de los fusilamientos y las ejecuciones ha terminado en la España de Franco. Sin embargo, como sabemos, Franco moriría matando. Y eso le acabará pasando a nuestro verdugo quien, estando de vacaciones en Baleares, será reclamado para realizar una ejecución. La escena muda del trayecto hacia la sala de ejecución es una escena cumbre del cine español.

El mundo siempre ha necesitado de verdugos. La existencia del verdugo es casi consustancial a la pena de muerte. Y digo casi consustancial porque, en las eras antiguas de nuestra civilización, y en distintos pueblos, ha existido la pena de muerte sin ejecutores propiamente dichos, pues matar al condenado consistía en cosas como lapidarlo en una pared, o abandonarlo en el desierto, o atarlo al suelo y después hacer pasar a una manada de caballos sobre él. Las gentes normales y corrientes también han sido y siguen siendo verdugos, como ocurre en el caso de las lapidaciones públicas. Pero, tarde o temprano, la pena de muerte acaba mutando en algo más protocolizado y, paradójicamente, más humano. El hombre, sin abandonar aún la convicción filosófica de tener el derecho de ejercer poder sobre la vida de otro hombre, se da cuenta de que la ejecución es algo que, sin ser desde luego inocuo, debe ser un poco más llevadero, o sea rápido.

Hay desde luego ejecutados en la Historia que no merecen la piedad y para los que se busca el mayor sufrimiento posible: ejemplos de ello son los judíos y conversos quemados por la Inquisición española (bueno, para ser exactos: quemados por las autoridades civiles tras la oportuna sentencia de la Inquisición), a los cuales, ya atados al poste, se les ofrecía la posibilidad de un último acto de arrepentimiento y besacruz, a cambio del cual eran estrangulados antes de arder.

Hecha la salvedad de estos ejecutados, por así decirlo, a mala hostia, para la inmensa mayoría de los ejecutados va desarrollándose, paradójicamente de la mano de ese mismo cristianismo capaz de parir la Inquisición (y es que Dios lo mismo vale para un roto que para un descosido), la idea de que las malas acciones que los han llevado al cadalso son el fruto del destino, de la mala suerte o de esas cosas que pasan. Así pues, al delincuente hay que ejecutarlo, pero hay que hacerlo con pericia, para que el hecho sea rápido.

Esto supone una evolución en dos direcciones. La primera es el perfeccionamiento de los instrumentos de ejecución: del espadazo se pasa al hachazo que se convierte en la más eficiente (aunque en modo alguno infalible) guillotina. En España, a la horca la sustituirá el llamado garrote vil, un instrumento que desnucaba al reo rápidamente, salvo cuando fallaba, claro. Teóricamente, todos o casi todos los medios de ejecución son rápidos; en la práctica, hay como siempre un montón de cosas que pueden salir mal, y salen mal.

La segunda línea de evolución es la existencia del profesional de la cosa; el ingeniero de la muerte. A María Stuart le preocupó mucho este asunto y, según algunas crónicas, antes de ser ejecutada hizo lo que muchos condenados, sobre todo ricos: untar al verdugo para garantizarse un solo tajo del hacha. Algo de esto, a la manera azcono-berlanguiana, nos dice Pepe Isbert en El verdugo cuando le confiesa a su yerno que una vez un condenado le dijo: «¡Zuerte, Maestro!»; y le regaló un reloj.

Según las fuentes que he podido consultar, diría que el Egipto de los faraones fue la primera civilización que tuvo verdugos, aunque esta afirmación es, tal vez, injusta con los chinos. En la China que conoció Marco Polo existía una cosa que se llamaba La Muerte de los Mil Días, que consistía en una lenta ejecución por sorteo. Al condenado se le presentaba una especie de bandeja con papeletas donde estaban escritos diferentes órganos y partes del cuerpo. El condenado escogía una papeleta y entonces el verdugo le cortaba aquello que estuviese escrito en el papel: una oreja, un diente, un ojo, un trozo de riñón… Entonces se esperaba a que el condenado estuviese mínimamente recuperado de la putada y se le hacía escoger otro papel. Se llamaba La Muerte de los Mil Días porque se decía que un condenado que tuviese la mala suerte de ir sacando papeletas correspondientes a porciones no vitales primero y luego las vitales podía estar así unos tres meses. Nuevamente, tenemos la corrupción: muchos condenados sobornaban al verdugo para que, «por casualidad», la primera papeleta elegida fuese alguna de las escasas que tenían escrito un órgano vital, tras cuya mutilación el reo moría rápidamente.

En los inicios de la institucionalización del verdugo, el cargo no era profesional, sino obligatorio. En ciertas zonas de Alemania, por ejemplo, era designado verdugo algún joven del pueblo donde fuese a ser la ejecución, nombramiento que podía evadirse, como casi siempre, pagando un impuesto; como resultado, as habitual, eran los muchachos de pela corta los que tenían que asumir el marrón. En algunas zonas de Francia, franceses al fin y al cabo, eran más sutiles: elegían al último hombre que se hubiese casado (aquí cabe una bromita fácil sobre el matrimonio y cómo te cambia la visión de la vida, pero vamos a dejarlo). En Bélgica, país que es como una especie de Francia más austera, elegían al verdugo entre los matarifes de la zona. En Inglaterra se comenzó muy pronto a estimular la cosa mediante el pago de un pequeño estipendio.

Los primeros verdugos de esta categoría no muy profesional solían ser gentes de muy baja estofa. Esto, unido al hecho de que las ejecuciones eran públicas y que los verdugos no estaban bien vistos, fue lo que instituyó rápidamente la costumbre, que hemos visto en cientos de pelis, de permitir al verdugo subir al cadalso con el rostro oculto tras una máscara o capuchón, para así no ser reconocido. Una cosa que se hizo en casi toda Europa durante la Edad Media y el Renacimiento fue cubrir la vacante de verdugo, caso de producirse, con los propios presos. Una idea relativamente atractiva, aunque no tanto. Verdaderamente, si hay alguien poco amigo de realizar ejecuciones, es alguien que cualquier día puede ser condenado a ser ejecutado. Como consecuencia de ello, comenzó a imponerse la costumbre de perdonar las penas al preso que asumiese la labor, si bien debía convertirse en verdugo vitalicio. Una variante especialmente refinada de esto se dio en Francia y Alemania, donde se ofrecía la vida a un miembro de la cuerda de condenados a cambio de que ejecutase a los demás; no fueron pocas las veces en las que no hubo candidatos. En España existió incluso, al parecer, un caso, el de un tal Maese Diego, que habiéndole sido impuesta la labor de actuar de verdugo, se cortó la mano.

Existen un montón de testimonios que demuestran lo arrastrado de la profesión de verdugo. La primera, que fue una profesión que pasó con mucha habitualidad de padres a hijos; tanto en Inglaterra como en Alemania, Francia o Estados Unidos hay famosas dinastías de verdugos, lo cual indica que el apellido quedaba rápidamente marcado y ya no había manera de hacer carrera en otro sitio; y la herencia que se describe en plan de coña en la película de Berlanga se dio también muchísimo en España. El segundo indicio es que, por lo que sabemos, la mayoría de los verdugos vivían en áreas apartadas de las ciudades, extramuros, rechazados en vecindad por el común de las gentes. Hacía falta ayudarles un poquito, darles ventaja. En fecha tan temprana como 1435, Juan II exime a los verdugos del pago de gabelas municipales o reales, o sea convierte la profesión en libre de impuestos.

¿Por qué este rechazo? Hago la pregunta porque, superficialmente, se puede pensar que la actitud de la gente era en esto algo cínica. O sea: acudían en masa a la plaza para ver la ejecución, pero luego despreciaban al que la realizaba. La justificación, cuando menos parcial, de esta aparente incoherencia está, a mi modo de ver, en el hecho de que lo que hoy sabemos de los verdugos antiguos no se compadece mucho con la realidad. En primer lugar, en aquellos siglos antiguos el concepto de justicia y el de tormento iban juntos. No eran sólo los frailes de la Inquisición los que rompían huesos u obligaban a la gente a beber agua hasta reventar; eran prácticas que también realizaba la justicia civil con cualquier chorizo. El verdugo, por lo tanto, era también un torturador, y la gente lo sabía. A eso hay que unir que las ejecuciones no solían ser tan limpias como ahora las vemos. En no pocos ahorcamientos, por ejemplo, el verdugo se colgaba de la espalda del reo; lo hacía para no prolongar su agonía, pero para cualquiera que viese eso (y escuchase los gritos ahogados del reo) es lógico que el que hacía eso quedase como un auténtico cabrón.

En los últimos años de la profesión de verdugo en España, había en nuestro país tres ejecutores. Uno debía residir en Madrid, el otro en Barcelona y el otro en una tercera ciudad que, no sé muy bien por qué, solía ser Burgos. Eran nombrados por el Director General de Asuntos Judiciales y Eclesiásticos, sin más requisitos que tener entre 21 y 50 años.

La profesión, al menos en nuestro país, ha caído en desuso.

Y que dure.

sábado, febrero 23, 2008

Johnson VS JFK (y 4)

Bueno, lo primero es cumplir con lo prometido y aportar las soluciones al pequeño test del pasado post, aunque las respuestas han sido muy acertadas.

La Cibeles, en efecto, estuvo en sus inicios en perpendicular a como está ahora, mirando hacia Neptuno.

El primer edificio, que yo sepa, donde se izó la bandera republicana en Madrid el 14 de abril de 1931 fue el Palacio de Comunicaciones, hoy Ayuntamiento de Madrid.

La cuarta del Apolo, efectivamente, era la sesión golfa del teatro Apolo, que comenzaba a medianoche.

El paseo dominical para ver y ser visto era conocido a finales del siglo XIX con el muy gráfico nombre de El Tontódromo.

Y, sí. Fue José Antonio Primo de Rivera quien nació a tiro de piedra del PP.

Hechas estas salvedades, cumplimos con el calendario con la cuarta y última toma sobre el asesinato de Kennedy.



Kenny O’Donell, la mano derecha de John Fitzgerald Kennedy, asomó la cabeza a la habitación número 13 donde se encontraba poco menos que recluido, bajo la atenta mirada vigilante del agente Rufus Youngblood, el vicepresidente Lyndon B. Johnson.

‑Esto tiene mala pinta –confesó‑. Creo que el Presidente ha muerto.

En ese momento, según todos los indicios, Johnson estaba sonado. El que verdaderamente pensaba era Youngblood. Desde el mismo momento en que había llegado al hospital Parkland, se había puesto a pensar en cómo y adónde marcharse con el vicepresidente echando leches. En su mente de agente del servicio secreto, y no me parece que le sea reprochable esa forma de pensar, el atentado había demostrado que Dallas era un lugar extremadamente peligroso. Con los años hemos llegado a acostumbrarnos a la idea de que el magnicidio pudo ser cometido por un solo loco gilipollas; pero en ese momento la idea era bastante inconcebible. Para Youngblood, lo que tenía que hacer Johnson era largarse del hospital e irse al aeródromo de Love Field, donde estaba el Air Force One, y montado en el pájaro regresar a Washington.

La tentativa, sin embargo, se encontró rápidamente con dificultades. La primera de ellas fue la resistencia de Godfrey McHugh. Como ayudante aeronáutico del presidente, le competía a él organizar el traslado y el vuelo y, simple y llanamente, se negó. McHugh fue uno de los miembros del equipo de Kennedy que aquella tarde se obstinaron en considerar que su fidelidad estaba con la persona de Kennedy y no con la institución. Llevó su fidelidad al cadáver hasta el punto de pasar casi todo el vuelo a Washington en posición de firmes, velando el ataúd.

Youngblood, sin embargo, tenía un as en la manga: su jefe estaba en Washington. En efecto, el jefe del destacamento del servicio secreto, Jerry Behn, no había acompañado al presidente aquella vez, y, dado de las comunicaciones eran problemáticas, eso le dio al agente secreto el espacio suficiente como para reaccionar. En ausencia de Behn, el jefe de los agentes era Roy Kellerman, es decir el que viajaba con Kennedy cuando le dispararon; sin embargo, Rufus Youngblood y Emory Roberts, el otro agente secreto que ya vimos que se había hecho rápidamente una composición de lugar, decidieron sacar a Johnson del hospital sin consultarle. ¿Increíble? Increíble. Pero cierto.

Los dos agentes chocaron, sin embargo, con las prevenciones de Johnson. El vicepresidente no se quería mover del hospital sin el consentimiento de algún miembro del equipo de Kennedy. Emory Roberts buscó a O’Donell y le consultó la intención de Johnson de irse del hospital; O’Donell asintió en silencio; sin embargo, la cosa no está nada clara, porque O’Donell declaró que, cuando se le consultó sobre la posibilidad de que Johnson tomase un avión y se fuera, en todo momento él había asumido que le hablaban del Air Force Two, el avión del vicepresidente; no del Air Force One. Johnson, sin embargo, sostuvo que fue O’Donell quien le pidió que se fuese en el Air Force One.

A la una y cuarto, O'Donell comunicó oficialmente a Johnson que Kennedy había muerto. En ese momento, el vicepresidente lo vio claro y dijo: nos vamos de aquí.

Así pues, las personas que ya estaban trabajando para Johnson se las arreglaron, muy probablemente, para que la gente de Kennedy creyese que se lo llevaban a la base de Carswell a pirarse de Texas en el Air Force Two; cuando, en realidad, se dirigía a Love Field a pillar el Air Force One; es decir, a dejar claro ante el mundo que ahora el presidente era él y que los cadáveres no mandan sobre naciones.

Johnson salió del Parkland con todo menos parafernalia: dos coches sin distintivos que cruzaron Dallas como sendos fantasmas. Por cierto que en uno de esos coches, sentado en las rodillas de un policía como un niño pequeño, iba una persona de la que aún no hemos hablado, pero que es fundamental en este cuadro: Ira Gearhart.

Casi desde que existen las tecnologías militares nucleares existen en Washington los tipos como Gearhart. Se los llama los hombres del maletín. Cada mañana, que yo sepa, el presidente de los Estados Unidos recibe una tarjeta y unas claves. Con esa tarjeta y con esas claves puede activar el disparo de armas nucleares, que no se puede producir sin su concurso. Evidentemente, el presidente no lleva encima el maletín donde va la máquina que dispara la bomba. Ese maletín lo lleva el hombre del maletín, el cual tiene que estar siempre a unos pocos metros del presidente.

Una constante de los magnicidios modernos contra presidentes de los Estados Unidos es que el hombre del maletín se ha despistado. Cuando un loco atentó contra Ronald Reagan, nadie se acordó del asunto del maletín hasta un rato después de que el Reagan hubiese llegado al hospital. Y, en el asesinato de Kennedy, el pobre Ira Gearhart, dado que el equipo del vicepresidente no le conocía, fue apartado de él y colocado en una habitación, la número ocho, donde al mismo tiempo hacían la cura a un negro herido. Allí lo encontró Emory Roberts después de un buen rato.

Johnson cruzó Dallas agachado por debajo del nivel de la ventanilla de su coche: Youngblood así le obligó.

El viaje fue de opereta. Como iban sin distintivos les era muy difícil no parar. Lo tuvieron que hacer al lado de un camión, los agentes se mosquearon, sacaron sus armas y casi matan de un infarto al pobre camionero. Luego encontraron una calle cortada por coches aparcados y se metieron por las aceras y el césped. Cansado de tanta milonga, el jefe de policía de Dallas, Curry, cagó toda la historia del incógnito haciendo sonar la sirena. Llegados a Love Field, se jugaron el cuello de nuevo, pues cruzaron la pista hacia el avión, violando todas las reglamentaciones civiles y militares. Eran un par de coches sonando sirenas y, claro, dentro iba el presidente de los Estados Unidos; pero, eso, ¿quién lo sabía? Si en el avión llega a haber agentes y se hubieran sentido amenazados, sabe Dios lo que habría podido pasar.

Johnson, sin embargo, no despegó. Ciertamente, cada vez veía las cosas con más claridad y tomaba decisiones más propias. Pero una de ellas fue no salir de Dallas sin Jackie Kennedy; y Jackie Kennedy, lógicamente, dejó bien claro que no saldría del hospital sin el cadáver de su marido.

Mientras en Parkland ocurría lo que luego contaremos, en Love Field se discutía ya sobre el juramento. Yo creo que Johnson no estaba muy convencido de jurar ya el cargo de presidente (algo que, como hemos visto ya, en realidad no puñetera falta hace); pero su entorno pronto le convenció. Cuando Johnson estuvo convencido, surgió otro problema: preguntó sobre la fórmula del juramento, y todos los que le rodeaban se dieron cuenta de que nadie sabía cómo cojones jura un presidente en esas circunstancias. Esto era algo que sólo podía resolver el ministro de Justicia.

O sea: Robert Fizgerald Kennedy. El hermano de la persona a la que Johnson iba a sustituir con ese juramento.

Johnson llamó a RFK a su casa de Hickory Hill, Virginia. Le preguntó si tenía objeción a que jurase el cargo inmediatamente. RFK se quedó muy sorprendido con la pregunta y opinó que preferiría que dicha ceremonia se aplazase hasta que el cadáver de su hermano estuviese en Washington. Johnson, sin embargo, no le hizo caso. Su cabeza funcionaba ya perfectamente. Y había tomado una decisión.

Robert Kennedy, pese a estar en desacuerdo con la decisión, obró con lealtad. Tal y como se había comprometido, consultó con su subsecretario, Nick Katzenbach, la gran duda de Johnson, esto es quién tenía que tomarle el juramento. Según Katzenbach, fino jurista y constitucionalista, cualquier persona con potestad para tomar juramento según las leyes federales o estatales podía hacerlo. El miembro de la Asesoría Jurídica del Ministerio Harold Reis confirmó dicha impresión, añadiendo un dato histórico que la corroboraba: a Calvin Coolidge le había tomado juramento su padre, que era juez de paz. También aclaró el otro misterio: el texto del juramento, dijo, está en la Constitución.

De nuevo, aquí hay versiones diferentes. Johnson sostuvo que cuando volvió a hablar con Kennedy para que le diese estos datos, el ministro de Justicia insistió en que debía jurar cagando leches. RFK no recordaba la conversación así.

Lo siguiente que hizo Johnson fue ponerse a la caza y captura de Sarah Hughes, una juez de distrito que había sido designada para dicho cargo precisamente gracias a las buenas artes del vicepresidente. Cuando la llamaron, su pasante informó de que estaba en paradero desconocido; la última vez que la habían visto, Hughes se dirigía al banquete del Trade Mart, es decir al acto al que se dirigía Kennedy cuando le dispararon. Finalmente, la localizaron llamando al fiscal Barefoot Sanders, que trabajaba en el mismo edificio que ella, y que subió las escaleras a toda hostia para avisarla.

Dado que ya he escrito mucho sobre este hecho y temo estar aburriéndoos, os evitaré el relato del viaje del Air Force One y las cosas que pasaron en Washington. Pero aún nos queda alguna cosa que contar del hospital; porque el cadáver de Kennedy sigue, en los momentos que relato, en Parkland. Las enfermeras Doris Nelson y Margaret Hinchcliffe lo han lavado y ya ha llegado el empresario de pompas fúnebres (Vernon Oneal) con el ataúd rápidamente escogido por la familia. En el hospital se producen aún algunas escenas surrealistas, como la del padre dominico Thomas M. Cain, que se ha presentado allí afirmando que tiene una reliquia de la cruz y que se dedica a dar vueltas por la Trauma Room primero y luego por los pasillos, como practicando extraños sortilegios.

Roy Kellerman, el coordinador de los agentes secretos, y el doctor George Burkley están en una sala de enfermeras, hablando por teléfono con Jerry Behn, el jefe del servicio secreto en Washington. En ese momento, un hombre pálido, pecoso y de mirada estrábica, entra en la sala, se les enfrenta y, muy fríamente, informa:

‑Ha habido un homicidio. No podrán salir de aquí hasta que se haya practicado la autopsia.

Ese tipo se llamaba Earl Rose y tenía, la verdad, un buen par de pelotas. Su cargo: inspector médico del condado de Dallas. Y, como inspector médico del condado de Dallas, tenía muy clara la situación: alguien había matado a alguien en Tejas y ahora unos tipos querían llevarse el cadáver fuera del Estado, contraviniendo sus leyes.

Tal vez, al leer esto, deis un respingo y penséis: joder, pero… ¡es que era el presidente! Pues no tendréis razón: era un asesinado más.

Cuando los hombres de Johnson llamaron a Barefoot Sanders para que localizase a la juez Hughes, éste, que no olvidéis que era fiscal del condado, estaba en su despacho sudando mierda. Sudaba mirando libros y precedentes, tratando de encontrar alguna manera de inculpar al asesino de Kennedy, quienquiera que fuese, de un delito federal. Pero, por increíble que os pueda parecer, a principios de los años sesenta (ahora no lo sé, la verdad), no existía en el acervo legal americano una ley que contemplase el asesinato del presidente. De hecho, desde principios del siglo XX el servicio secreto había pedido una ley que condenase explícitamente el asesinato del presidente, pero dicha ley no se había aprobado nunca hasta entonces. La única excepción existente en la ley es que el asesinato hubiese formado de una conspiración. Pero, claro, Oswald había actuado solo…

En consecuencia de todo ello, el asesino de Kennedy era, sí, culpable. Pero ante las leyes del Estado de Texas. Y el muerto, por lo tanto, también le pertenecía al Estado de Texas. O eso pesaba Rose, al menos.

Kellerman se enfrentó al funcionario:

‑Oiga, amigo. Hablamos del cadáver del presidente de los Estados Unidos, y nos lo vamos a llevar a Washington.

‑No es así como se hacen las cosas –respondió el legalista Rose‑. Cuando hay un homicidio, debe haber una autopsia.

‑Le repito que es el Presidente y nos lo llevamos.

[Inciso: Kellerman mentía, aún sin saberlo. John Fitzgerald Kennedy ya no era, en ese momento, presidente de nada.]

‑El cadáver se queda aquí.

‑Escuche, amigo. Me llamo Roy Kellerman y soy agente especial a cargo del Servicio Secreto de la Casa Blanca. Nos llevamos al presidente Kennedy a la capital.

‑Ustedes no se llevan el cadáver a ninguna parte –insistió Rose‑. Aquí hay una ley, y vamos a cumplirla.

Rose se cubrió las espaldas. Llamó a la oficina del comisario jefe de Dallas y a la sección de Homicidios de la policía. Ambos departamentos le confirmaron que debía haber una autopsia. Burkley y Kellerman se desgañitaban gritándole que se trataba del presidente de los Estados Unidos. Con un par, Rose les contestaba:

‑Eso es salirse por la tangente.

Finalmente, Rose habló con un fiscal del distrito, llamado Wade, más flexible que él; le recomendó que les dejara marchar. Pero Rose no se amilanó y siguió defendiendo su punto de vista.

El funcionario se colocó en la puerta de la habitación, bloqueándola. Los miembros del servicio secreto lo rodearon para inutilizarlo. Un policía de Dallas, como no podía ser de otra manera, acudió en ayuda del funcionario público en dificultades. Se mascaba la tragedia. Los hombres de Kennedy intentaron una salida por la comarcal: llamar a un juez de paz. El juez de paz vino, y dijo… que si se sospecha la producción de un homicidio, la autopsia es preceptiva según las leyes del Estado de Texas. Finalmente, fue la terquedad de las gentes de la Casa Blanca la que venció: Rose tuvo que hacerse a un lado.

Siempre he pensado que esta anécdota pudo cambiar el curso de la Historia del asesinato de JFK. Como sabréis todos los que os habéis interesado mínimamente por este hecho, la autopsia de JFK, y muy especialmente de su cerebro, es uno de los misterios de esta historia. Mucho menos misterio se habría producido si dicha autopsia, en lugar de haber sido realizada por los militares al regreso del cadáver, hubiese sido supervisada por el competente funcionario Earl Rose.

Y aquí lo dejo. Podría contar muchas más cosas, pero tienen ya, quizá, un interés menor. Y, además, hay otras historias esperando en el horno.

Hasta luego.

martes, febrero 19, 2008

Un pequeño receso

Esta semana ando un poco liado con asuntos familiares y me parece que no le voy a poder meter mano al blog. Como sé que este rincón de la red tiene sus lectores fieles, me parece de justicia advertirlo. La serie Johnson VS JFK está muy madurita y pronto la terminaré, lo juro. Por lo demás, obran ya en mi poder un par de posts de Tiburcio en su nivel habitual. Estoy seguro que en cuanto pueda editarlos y colgarlos os van a encantar.

Mientras pasan estos días liadillos para mí, me gustaría dejaros dos cosas: una consulta y unas adivinanzas. La primera por necesidad. Las segundas por entretener.

La consulta es para aquellos lectores que estén, o que conozcan a alguien que está, en México. En España hay un par de páginas web interesantes para buscar libros de viejo. Me preguntaba si en México habría alguna referencia parecida. Estoy interesado en buscar algún libro que en España es inencontrable y que pienso que en México lo podría ser un poco más. Quien quiera responderme, puede hacerlo a mi dirección de correo.

Y luego, las adivinanzas. Son cinco preguntas relativas a Madrid, cada una con cuatro respuestas posibles. Espero que lo paséis bien tratando de adivinar las respuestas, o comprobando que las sabéis.

1.- Sin lugar a dudas, el monumento de Madrid por excelencia es la fuente de la Cibeles. Sin embargo, no siempre fue tal y como la vemos hoy. ¿En qué ha cambiado?

a. Originalmente, el carro iba tirado por tres leones, no dos.
b. La estatua llevaba originalmente en la mano un cetro real que fue quitado en tiempos de la República.
c. Estaba orientada de otra forma.
d. Su primera ubicación fue en los jardines de El Retiro.

2.- ¿Cuál fue el primer edificio oficial de Madrid en el que se izó, el 14 de abril de 1931, la bandera de la República?

a. La sede de Gobernación, actual sede de la Comunidad de Madrid, en la Puerta del Sol.
b. El Palacio de Comunicaciones.
c. El Palacio Real.
d. La Casa del Pueblo, en la calle Piamonte.

3.- A finales del siglo XIX, el summum del divertimento madrileño era conocido por todos como «la cuarta del Apolo». Pero, ¿qué era exactamente?

a. Era la cuarta sesión del teatro Apolo. Comenzaba frisando las doce de la noche.
b. Se llamaba así a la costumbre de beber una copa más (la cuarta) junto a una fuente que entonces existía en la plaza de la Cebada cuyo motivo era el dios Apolo. Se considera un precedente del actual botellón.
c. Consistía en que las mujeres asistían a una afamada y discreta cafetería, el Apolo, donde buscaban la compañía de amantes no profesionales, al estilo de lo que hacían (y no sé si siguen haciendo) las parisinas en La Coupole. Se decía «la cuarta» por el famoso dicho de «a la tercera va la vencida»: al Apolo iban las mujeres a las que, en materia de hombres, hasta la tercera les había fallado.
d. El Apolo era el seudónimo que recibía el tranvía de Madrid. En aquel entonces, los tranvías hacían tres trayectos completos y luego iban a cocheras. Tomar la cuarta del Apolo era, pues, tomar un tranvía que no pasaba. Así pues, la expresión era sinónima, simplemente, de irse de farra hasta la madrugada.

4.-Seguimos a finales del siglo XIX. En aquel entonces, lo lógico y lo chic para la burguesía madrileña, en la mañana de los domingos, era ir a misa a alguna de las variadas iglesias que había y hay por el área de Sol. Después, era común darse un paseo por la carrera de San Jerónimo y aledaños, buscando tanto ver como ser visto. ¿Cómo le llamaban los madrileños a ese paseo?

a. La Feria.
b. El Escaparate.
c. Las Cotorras.
d. El Tontódromo.

5.- ¿Qué famoso político nació en la calle Génova esquina a García Gutiérrez, como quien dice a tiro de piedra del PP?

a. Francisco Largo Caballero.
b. José Echegaray.
c. José Antonio Primo de Rivera.
d. Alberto Ruiz Gallardón.


Hala, a pasarlo bien.

viernes, febrero 15, 2008

Johnson VS JFK (3)

Es aún la una de la tarde de aquel triste día de noviembre. Hace pues apenas media hora que han disparado contra el presidente. El doctor Kemp, que ha aparecido fugazmente en nuestro relato, acaba de tocar el hombro de su colega para convencerle de que abandone el masaje cardiaco que, en realidad, está aplicando a un cadáver. John Fitzgerald Kennedy ha muerto. Pero el país no lo sabe. El país entero, de una forma u otra, está agolpado en los alrededores del hospital, pero aún apenas sabe que el presidente ha entrado en el mismo tras haber recibido disparos. La confirmación final la tendrá, como anuncié en mi anterior post, de Dios.

Los padres Óscar Huber y James N. Thomson eran dos simples párrocos. El equivalente espiritual al pobre residente Carrico. Ellos no estaban destinados a dar la extrema unción a un presidente, pero tuvieron que hacerlo, o al menos uno de ellos, por el simple hecho de que parroquia era la más cercana en Dallas al Parkland Hospital.

Para la familia Kennedy, en realidad fue una suerte que el elegido fuese Huber. Los Kennedy eran católicos, y como católicos creían que una persona debe morir, como suelen rezar las esquelas, confortado por los sacramentos. Toda la liturgia de la extremaunción, en todo caso, plantea algún que otro problema filosófico y teológico, pues a veces la persona moribunda lo está tanto que es fácil dudar de que, en realidad, tenga la capacidad de arrepentirse de sus pecados y de recibir dichos sacramentos con consciencia. El problema para muchos creyentes es tan importante que los reyes leoneses de la Edad Media, cuando se sentían moribundos, aceptaban un ritual por el cual eran declarados muertos aún vivos; esto era así para evitar que, por esperar mucho, no muriesen en la Gracia.

El padre Huber fue un gran consuelo para Jackie Kennedy porque, al contrario de lo que podrían haber hecho otros en su lugar, no tenía ninguna duda sobre la efectividad de lo que iba a hacer. Había tenido, algunos años antes, que administrar la extremaunción a sus propios padres, un momento en el que el deseo por creer que los confortaba le había convencido de algo que creen muchos sacerdotes, y es que el alma tarda en abandonar el cuerpo, así pues cuando se administra la extremaunción a una persona cuyas constantes vitales son inexistentes, su alma todavía está ahí para recibirla.

Así las cosas, el padre Huber entró en la Trauma Room #1, donde le esperaba el cadáver de JFK, con media cara al aire porque una más de las cosas que no funcionaron aquella mañana es que la sábana que encontraron para cubrirle era demasiado corta. Destapó por completo la cabeza del hombre que ya miraba hacia ninguna parte, se colocó la estola púrpura y blanco, y pronunció la fórmula que conocía bien.

Si capax ego te absolvo a peccatis tuis, in nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti. Amen.

Cuando el moribundo está consciente, la fórmula empieza por «ego». «Si capax» quiere decir algo así como «en caso de que te estés enterando». John Kennedy recibió una absolución de sus pecados condicionada a que realmente supiese que la estaba recibiendo. Si es así, es algo que sólo sabe él.

Luego sacó los santos óleos, mojó un pulgar en ellos, hizo la señal de la cruz en la frente del presidente, en sus ojos y en su boca, y declamó:

Per istam sanctam Unctionem, indulgeat tibi Dominus quidquid deliquisti. Amen.

Y terminó con la bendición apostólica

Ego facultate mihi ab Apostolica Sede tributa, indulgentiam plenariam et remissionem omnium pecatorum tibi concedo et benedico te. In nombre Patris et Filii et Spiritus Sancti. Amen.

El rito de la extremaunción es así de simple. Con un moribundo no se pueden montar grandes espectáculos. Sin embargo, el padre Huber hubo de enfrentarse con la incomprensión de sus testigos. El doctor George Burkley, que estaba presente con Jackeline y las enfermeras, protestó por lo corto que había sido todo y reclamó del cura que rezase algunas oraciones. Tiempo después, el padre Huber recordaría que, antes de empezar a rezar el Ave María, fue a arrodillarse cuando descubrió dos cosas: una, que el suelo de la sala estaba lleno de sangre, sangre del presidente y de las transfusiones recibidas; y, dos, que Jackeline ya se había arrodillado a pesar de ello. Se quedó de pie, aunque el padre Thomson, que se había retrasado aparcando el coche en el que habían venido, sí se arrodilló nada más entrar en la habitación. Los sentimientos de la viuda del presidente eran posiblemente muy visibles; Thomson recordaría bien que lo primero que hizo después de salir de la sala fue acercarse a ella y afirmarle que estaba seguro de que el alma de Kennedy estaba aún en su cuerpo, por lo que el sacramento había sido plenamente eficaz.

Saliendo del hospital, los sacerdotes fueron localizados por los periodistas. Rodearon su coche en demanda de noticias. Preguntaban si el presidente había muerto. Así pues, fue el padre Huber quien dio la noticia al mundo, el cristal de la ventanilla bajado, el gesto adusto, y una frase corta en los labios:

‑Sí, ha muerto. Eso es todo.

Era cosa de la una y cuarto de la tarde. Algunos periodistas sabían ya que el presidente había muerto y no tardarían en difundirlo de forma oficiosa. Mac Kilduff, el secretario de prensa de la Casa Blanca, sabía que tenía que difundirlo. Por eso se fue en busca de Ken O’Donnell, la mano derecha de JFK (si excluimos a su hermano Robert, claro) y, probablemente, el hombre para el cual la vida dio un giro más radical aquella mañana. Se lo consultó. O’Donell estuvo de acuerdo en que era necesario anunciar la muerte del presidente, pero matizó que eso es algo que Kilduff tendría que tratar con el presidente.

Y es que el hombre que esperaba ileso en la habitación número 13, escoltado por el agente Rufus Youngblood, era ya, de alguna manera, el presidente de los Estados Unidos de América; y, de alguna otra, no lo fue nunca. En el momento en que Kilduff le planteó la posibilidad de comparecer ante la prensa, Johnson ya se había hecho una composición de lugar, ayudado por la persona que más había mantenido fría la cabeza: Youngblood. Casi desde el primer disparo, el agente había decidido que LBJ debía salir del hospital, salir de Dallas, volver a Washington y tomar allí las riendas del poder. Probablemente aprovechó todos los minutos en los que otros estuvieron ocupados con JFK para comerle la oreja y convencerlo. Para cuando Kilduff entró en la habitación, el presidente ya estaba convencido. Pretextando que aún no se sabía si todo lo que había pasado era fruto de alguna gran conspiración comunista (esto fue lo que dijo: a LBJ, lógicamente, no se podía pasar por la cabeza que a JFK lo hubiesen matado radicales tejanos), estableció que su prioridad era regresar a Washington.

Y es en este punto donde tenemos que parar un poco para hablar de una cosita que se llama Derecho Constitucional.

Estoy seguro de que, si os pregunto a la mayoría de vosotros cuál es el primer acto que tiene que realizar un vicepresidente de los Estados Unidos tras la muerte del presidente, me diréis: jurar el cargo. De hecho, aquéllos de vosotros que conozcáis la historia que aquí os voy desgranando tendréis en la memoria la foto de Lyndon B. Johnson jurando su cargo en el Air Force One. Pero yo os contesto: ¿por qué? ¿Por qué tiene el vicepresidente que jurar nada? ¿Acaso no juró, el día que tomó posesión de su cargo vicepresidencial, defender la Constitución de los Estados Unidos y todo eso? ¿Para qué jurarlo dos veces? Pues la respuesta a esas preguntas tiene su miga.

Artículo 2, Sección Primera, Cláusula Quinta, de la Constitución de los Estados Unidos de América.

In case of the removal of the President from office, or of his death, resignation, or inability to discharge the powers and duties of the said Office, the same shall devolve on the Vice President (....)

Parece un texto de fácil traducción. Pero no lo es. La clave de la dificultad está en «the same». Es una expresión que significa «el mismo», pero también «los mismos», es decir es igual en singular o en plural; como lo es en femenino y en masculino; el inglés es idioma muy económico, y tiene estas putadas. Este hecho introduce una duda difícil de resolver en la Constitución americana, pues este artículo nos dice que en el caso de que el Presidente muera o sea relevado del cargo (por ejemplo por medio de un impeachment, como estaban a punto de hacer con Nixon cuando dimitió) o se vuelve loco o inútil para ejercer los poderes y responsabilidades inherentes al cargo de Presidente, the same será ejercido(s) por el vicepresidente. ¿A qué se refiere «the same»? ¿Al cargo de presidente o a los poderes y responsabilidades inherentes al mismo?

La pregunta no es ninguna coña. Si se refiere al cargo, entonces un vicepresidente que sucede a un presidente se convierte en presidente. Pero si se refiere a los poderes y responsabilidades, entonces un vicepresidente nunca deja de ser vicepresidente; nunca llega, por decirlo así, a ser presidente. Son muchos los constitucionalistas americanos que consideran que la intención de los redactores de la Constitución era precisamente ésta. Tiene lógica, de hecho, que los Franklin, Jefferson y compañía estuviesen a favor de un sistema en el que no pudiese llegar a ser presidente de Estados Unidos alguien que no ha sido votado para ello. De hecho, los historiadores nos dicen que este artículo de la Constitución estuvo redactado de forma que establecía que, en caso de muerte y bla bla bla, el vicepresidente actuaría en las funciones de presidente en tanto no se eligiese otro presidente. En los trabajosos tiempos del diseño constitucional, el texto acabó sin embargo por perder esta redacción tan prístina.

Para cuando a LBJ se le planteó el problema, habían pasado muchas cosas. Entre ellas, los precedentes. Y, por eso, en mi pasado post os retrotraía a una casita de Williamsburg, Virginia, donde un padre, en 1841, juega a las canicas con sus hijos.

Ese padre es John Tyler, vicepresidente de los Estados Unidos en la administración de William Henry Harrison, un presidente que se había destacado, antes de serlo, por sus campañas militares contra los indios del salvaje Oeste, a los que hizo la guerra. Harrison casi acababa de acceder al cargo cuando sufrió un enfriamiento que se complicó y le llevó a la muerte. Fue la primera vez que el sistema constitucional americano se encontró con la situación por la cual un presidente moría en el cargo.

Fue pues John Tyler la primera persona que sostuvo la idea de que un vicepresidente sucede a un presidente en plenitud del cargo, en contra de la probable intención de los padres de la Constitución, como acabamos de ver. Conspicuos juristas del país, entre ellos el ex presidente John Quincy Adams, se le enfrentaron por ello. Adams, de hecho, se refiere en su diario a Tyler como «ese señor que se llama a sí mismo Presidente, y no Vicepresidente en funciones de Presidente».

Tyler, sin embargo, fue a una política de hechos consumados. El vicepresidente, no sé si lo sabéis, no vive en la Casa Blanca. Vive cerca, pero lejos. En realidad, el vicepresidente de los Estados Unidos es o era (yo me sé mejor los tiempos de JFK que los actuales) una especie de realquilado. Todo es del presidente, desde los aviones hasta los coches; para usarlos, el vicepresidente debe pedir vez. El gesto de Tyler de irse a vivir a la famosa casita fue todo un símbolo de que era presidente. Y lo machacó con el asunto del juramento que, constitucionalmente, ni puñetera falta que hace.

Después de él, se han encontrado en la misma situación que Tyler: Millard Fillmore, Andrew Johnson, Chester Arthur, Theodore Roosevelt, Calvin Coolidge, Harry Truman, Lyndon B. Johnson y Gerald Ford. Creo que no me dejo ninguno. Todos ellos pasaron a ser presidentes; ninguno fue discutido por ello. Ahí queda eso para todo aquél que piense que la costumbre no es una fuente del Derecho.

¿Por qué el juramento? Pues porque Tyler cayó en la cuenta de que el mismo artículo 2, en su sección Primera, cláusula séptima, estipula que el jefe del Ejecutivo debe jurar su fidelidad a la Constitución para poder ejercer el cargo. Aunque este prurito, ya lo he dicho, es una gilipollez, porque para llegar a ser vicepresidente hace falta (como es lógico) haber jurado respeto a la Carta Magna. El juramento es totalmente innecesario. Tyler se lo inventó para que Adams y los suyos no le tocasen los cojones. Y allí sigue. Por si alguno de vosotros no entendió lo de la inercia cuando se lo explicaron en clase de Física en el bachillerato, aquí tiene una ocasión de puta madre para entenderlo de una vez.

El 6 de abril de 1841, en el Indian Queen Hotel situado en la misma avenida de Pennsylvania de Washington, John Tyler juró su cargo como presidente de los Estados Unidos. William Cranch, presidente del Tribunal del Distrito de Columbia, fue quien le tomó el juramento y, consciente de que lo que estaba haciendo era una mamonada, declara en el documento que extendió que el propio jurador era consciente de que con las promesas hechas como vicepresidente era suficiente, pero que hacía este segundo juramento para mayor cautela y para despejar dudas. Este documento, sin embargo, estaba olvidado para cuando el siguiente vicepresidente se encontró en su situación; olvidados de la coyuntura, los sucesores de Tyler repitieron la ceremonia del juramento, consolidando una situación más que discutible en la que han llegado a la presidencia personas que no está nada claro que hubieran debido ocuparla.

Paradójicamente, la Historia recuerda a Tyler por dos cosas. Una, por masacrar a los indios semínolas. Y la otra, por anexionar a la Unión precisamente al estado donde JFK encontraría la muerte.

Nuestra historia es, cada vez menos, la historia de cómo Kennedy dejó de ser presidente. En el próximo post deberemos ocuparnos de cómo Johnson lo fue. Por el momento lo vamos a dejar en la habitación número 13 del hospital, tratando de hacerse a la idea de algo increíble. A las 12 y 33 minutos de aquella mañana, estaba acabado. El presidente había tenido que ir a Texas por un enfrentamiento cainita entre políticos demócratas que se suponía que él debía controlar. Nunca lo sabremos, pero es posible que estuviese pensando en la posibilidad de que JFK no contase con él para las siguientes elecciones que, según casi todo el mundo, tenía en el bolsillo. La popularidad de JFK en sus recorridos antes del asesinato le empujaba a ello: le empujaba a pensar que los tejanos le apreciaban a él por sí mismo, así pues le votarían.

12 y 33 minutos. Lyndon B. Johnson está acabado.

12 y 35 minutos. Lyndon B. Johnson es el POTUS; el presidente de los Estados Unidos de América.