lunes, abril 16, 2012

Los magos de Hitler


En algunos comentarios previos a artículos anteriores he dejado caer que algún día sería interesante hablar un poco sobre la corte de pollas mistabobos que rodeó (o pudo rodear) un día a Adolf Hitler. En realidad, se ha dicho y se ha escrito mucho sobre este tema de la afición o la fe de Hitler en los magos y los hacedores de horóscopos aunque, la verdad, se hace muchas veces con un tono como si la actitud de Hitler tuviese algo de nuevo. Lo cierto es que la creencia de los grandes hombres de Estado en ideas más o menos incomprobables sobre fuerzas extrañas que guiarían sus destinos no es cosa que convierta al Führer en un personaje novedoso en la Historia. Los generales de los ejércitos del mundo, hasta no hace demasiado tiempo, no movían un dedo si el arúspice del momento no le otorgaba al día y la hora elegida la vitola de propicios. Bien conocida es la anécdota atañente a Tiberio (recogida por Graves en su conocida novela I Claudius) quien, encontrándose fuera de Roma, semiexiliado y apartado del poder, recibió la profecía de un astrólogo en el sentido de que sería emperador. Astrólogo al que Tiberio, siempre según la probablemente dramatizada historia contada en el libro, había decidido matar el mismo día que le llegó la misiva con el nombramiento.

Incluso en la guerra civil española encontramos la figura del coronel Mangada, quien jugó un papel fundamental en los primeros estertores del conflicto (si no recuerdo  mal, fueron partidas controladas por él las que frenaron a los falangistas de Valladolid, en el enfrentamiento en el que moriría Onésimo Redondo), y que era, según testimonios diversos como el de Zugazagoitia, un tipo creyente en la parasicología y los espíritus y bla.

Esto de creer en lo inmaterial e inexplicable es algo que, por lo tanto, le da tanto a orientales como a occidentales, negros que blancos, pailanes y cultivados, truchas y boquerones. Hitler, en esto, no aporta nada nuevo. Lo realmente importante de su afición tiene que ver, lógicamente, con el enorme impacto que tuvo en la vida de tantas personas, y es esto lo que hace tan relevante hablar de esta materia.

Para hablar de este asunto, en todo caso, es importante deslindar dos planos. Un plano en el de los desarrollos más o menos intelectuales de teorías teosóficas panalemanas. Es éste un terreno propio de charlatanes, sin duda, aunque también hubo en él implicadas personas de cierta altura intelectual. El autor de este blog, por muchos esfuerzos que hiciese, no lograría llegar, en la descripción de este fenómeno, ni a la mitad de la altura alcanzada por el para mí mejor libro sobre la materia que se ha publicado: The occult roots of Nazism: secret Aryancults and their influence on nazi ideology. . Como digo, el lector no puede encontrar una aproximación más seria, exenta de polladas, y al tiempo sistemática, que este excelente libro de Nicholas Goodrick-Clarke.

No obstante, como digo, y aunque se toquen o se comuniquen, una cosa es el desarrollo de teorías, la mayoría puras mamonadas (no puede ser de otra manera, partiendo casi todas de las alucinaciones de Helena Blavatsky, la Von Daniken de su siglo), sobre la existencia de unas raíces teosóficas de la superioridad aria; y otra el tema de los horóscopos, las cábalas, y, sobre todo, el origen de la cruz esvástica. Esto lo aprendí leyendo a Goodrick-Clarke y observando el escaso papel que en sus descripciones juegan nombres como Ernst Schäffer o Louis de Wohl.

Lo primero que hay que decir, en todo caso, es que Adolf Hitler era una persona evidentemente proclive a este tipo de milongas. El movimiento völkitsch al que Hitler se unió en los años veinte para hacerlo suyo (entre otras cosas, absorbiendo las tendencias anticapitalistas del Partido de los Trabajadores Alemanes, de donde le viene esa pátina que tenía en sus primeros tiempos) ni de lejos es por completo un movimiento místico. Sin embargo, muy pronto las teorías que sustentan la idea de la superioridad aria comienzan a contar con personal que las mezcla con ideas míticas que quieren enraizar a los alemanes con todo tipo de mitos del pasado (una pulsión que, si nos ponemos, está hasta en Wagner). Es probable que la repugnancia hacia todos los pueblos europeos (pues el ultranacionalismo alemán presupone la superioridad sobre todos ellos) hacía necesario desplazar el origen mítico mucho más allá. En apoyo de esta idea acudieron, poco a poco, dos vías: una, el mito de la Atlántida, que hacía a los arios los habitantes originales de la isla perdida; otra, el Tibet y zonas de la India, conocidas cunas de la Humanidad, así como de la espiritualidad humana.

En todo este tema ocupa un lugar interesante la cruz gamada. Voy a ser un tanto epidérmico en mi descripción porque, la verdad, aquí lo confieso, a mí leer sobre estas memeces me levanta dolor de cabeza. Al parecer, tanto Hitler como los miembros de la Sociedad de Thule y otros mistabobos de parecido jaez creían a pies juntillas en una teoría numerológica que le será muy familiar a los aficionados a los sudokus. Se trata de elaboraciones de casillas, cuadros con casillas en cada una de las cuales se pone un número, de manera que todas las líneas sumen lo mismo. Se consideraba que estos cuadros establecían puntos de equilibrio y tal, siendo la más famosa de estas casillas la de nueve (tres por tres), donde por lo tanto se colocaban los enteros menores que la decena y mayores que uno, con el 5 en el centro (en los libros que he leído se explica que es que el 5 es el número del equilibrio y el poder y bla; yo creía que era el 7, pero, vaya…). Una vez hecha la combinación guay, las cifras periféricas, que no son el 5, se hacen rotar, formando cada combinación un conjunto de casillas ligado con un elemento. Entonces se toma una de esas enéadas, la, por decirlo así, positiva, se agrupan sus números adecuadamente y se busca una secuencia de suma que dé por resultado 360, que por lo visto es el número de la perfección. Y se toma otra enéada, la chunga, y usando la misma secuencia los números suman 666 que, como todo el mundo sabe, es el Número de la Bestia, el número hiperchungo, la puta mierda total. Pues bien: dibujadas las trayectorias de esta secuencia de sumas, en ambos casos se dibuja una cruz gamada.

Si no tenéis mejor plan para masturbaros hoy, id a la página 140 del libro de Robert Ambelain, Los arcanos negros de Hitler, que allí os la frotarán a gusto con esta movida.

Hitler sería, según algunas versiones, todo un señor creyente de este rollo de las cifras místicas tibetanas. Según escribe Richard de Grandmaison (autor de cuya seriedad no puedo hablar, aunque sí que sus datos fueron publicados, en septiembre de 1977, por una publicación tan seria como la francesa Historia. El mismo artículo, meramente traducido, fue portada del número 115 de Historia y vida, algo menos de un año después), Hitler creía en el poder de las cifras y los colores de los cinco dhyani-budas, que no sé muy bien lo que es pero parece ser eran como cinco divinidades, más una sexta que sería conocida como el portador de la piedra fulminante.

El primer personaje de este desfile de conseguidores, cortabolsas y charlatanes es el húngaro Trebitsch Lincoln,  quien fallecería en Shanghai en 1943 portando el nombre, entre gallego y chino, de Chao Kring.

Lincoln fue siempre un vendedor de corbatas de puta madre. En 1909 consiguió la nacionalidad británica, tras lo cual consiguió comerle la oreja a diversos capitalistas británicos hasta el punto de ser diputado en la Cámara de los Comunes; que, la verdad, tiene huevos. Los ingleses probablemente consideran que los españoles somos tontos; pero nosotros, al menos, todavía no hemos nombrado a Rappel diputado.

Siempre en conflicto con su cuenta corriente, Trebitsch Lincoln dio muchos barrigazos por Europa durante sus años de juventud, hasta que, a finales de los años veinte, se convirtió al budismo… bueno, a un budismo un tanto raro, porque se consideraba a sí mismo Buda resucitado, y tal.

Tras la I guerra mundial, Hitler podría, según algunas versiones, haber tomado contacto con este Ignatius Timothy (tal era su nombre verdadero), en Munich. Otras versiones nos dicen que el conocimiento le vino por su relación con Erich Ludendorff, con mucho el militar alemán más aficionado a las teorías teosóficas arianistas, quien le habría nombrado jefe de censura tras el golpe de estado de Kapp, tras cuyo fracaso el futuro Führer y el pollas éste se habrían conocido. En realidad, la caída en desgracia de Timothy fue rápida cuando Hitler empezó a tocar poder. En el momento en que el NSDAP empezó a ser un gran negocio, las tensiones para apartar a este estafador fueron muchas; y las posibilidades no pocas porque, siendo como había sido un truquero durante años, tenía el armario lleno de escándalos y escandalillos, que la Gestapo supo usar con mano diestra. Aun así, algunas fuentes dicen que, tras haber sido exiliado por Himmler de Alemania y de Europa, recaló en Sanghai, donde abrió su segundo templo budista (el primero fue en Berlín) y, desde allí, habría llegado a ofrecer a los nazis el levantamiento de todos los budistas del mundo en favor del Eje. Lo cual revela la catadura del muchacho, pues no hace falta ser budólogo para saber que los budistas no obedecen como un solo hombre, mucho menos en cuestiones temporales o bélicas.

No obstante, el papel de Chao Kring en la vida de Hitler podría no ser despreciable, pues quizás fue el húngaro el que reconvertió, en la cabeza del alemán, las teorías teosóficas arianistas que con seguridad ya conocía, mezclándolas con los arcanos tibetanos, algunos mitos serios o inventados de por allí, y generando el totumrevolutum que acabaría cristalizando cuando aparezcan en escena los hermanos Schäffer.

En 1919, en casa del escritor alemán Hans Heinz Ewers, le presentaron a Hitler a un astrólogo llamado Louis Christian Hausser. Este Hausser era todo un tipo. Lo habían expulsado de Inglaterra por un asunto bastante oscuro del que, desgraciadamente, poco sé. Se fue a París, donde trabajó de corredor de apuestas. Dilapidó el dinero de su mujer y para mantener su tren de vida tuvo que realizar algunos robos, por lo que hubo de huir del país, a Suiza. Luego fue a Londres y, finalmente, a su ciudad natal, la capital de Baviera.

El día que conoció a Hitler, Hausser le leyó la mano, afirmando haber leído todo tipo de poderes y bellezas futuras; y, además, le habló largo y tendido sobre su teoría de una nueva era en la que Alemania surgiría liberada de sus ponzoñas. Luego le trazó el horóscopo, el cual “decía” que Hitler sería el continuador de la obra del propio Hausser (que, se me ha olvidado mencionarlo, igual de Chao Kring se reputaba a sí mismo el Mesías).

A partir de aquel momento mágico, Hausser acompañó a Hitler en algunos de sus viajes propagandísticos. Aunque se separaron cuando Hausser decidió presentarse a las elecciones como diputado socialista. En 1939, durante una entrevista con un periodista francés, Hitler todavía recordaba a Hausser, y destacaba la importancia que había tenido para él; ello a pesar de que el mago había muerto once años atrás.

Louis Christian Hausser es considerado como uno de los iniciadores de Hitler en los misterios de la esvástica; de ser cierto esto, sería una de las principales causas de que el Führer, una vez que estuvo en el poder, se empeñase en organizar una histórica expedición alemana al Tibet; expedición que, si bien sirvió poco para los objetivos mistabobos que portaba, es hoy de gran importancia para los etnólogos, así como para muchos budistas, por la cantidad de información relevante y sistemática que aporta sobre aquel lugar, entonces tan inaccesible en más de un sentido.

Sin embargo, el realizador de aquel sueño no sería obviamente Hausser, ya muerto, sino Ernst Schäffer y su hermana Otti. Schäffer era muy aficionado a los estudios orientalistas, que le sirvieron para llegar al entorno de Hitler. Por lo que se refiere a su hermana, al parecer gozó durante algún tiempo de las preferencias de Hitler, siempre equívoco en sus relaciones con las mujeres, incluso por encima de algunas grandes musas del Führer bien conocidas de la historia, correspondientes al periodo entre Geli Raubal y Eva Braun, como la inglesa Unity Midford o la cineasta Leni Riefenstahl.

Schäffer partió hacia el Tibet antes de que estallase la guerra, esto es, en lo mejor del hitlerismo en términos de poder. Fue acompañado por cinco orientalistas y veinte miembros de la SS, al parecer escogidos por su lealtad. De mis lecturas no saco en claro si fue Hitler o Himmler quien dirigió con mayor presencia la expedición; personalmente, me decanto por el segundo, que estaba igual de obsesionado que su jefe por aquellas cosas, era igual de gilipollas pero, teniendo en cuenta el fuerte papel de las SS en el viaje, tiene lógica que fuese su muñidor. 

Algunas teorías (de las que se hace eco Grandmaison) dicen que Himmler poseía un mapa con la localización exacta de los lugares donde habrían de encontrarse, enterrados, los fragmentos de una piedra mítica que explicaría los orígenes de la cruz gamada. Sinceramente, me parece una historia bastante difícil de creer. No está claro de dónde podía haber sacado Himmler ese mapa, y, por lo que se refiere a la piedra, Grandmaison, que escribía en los años setenta del siglo pasado, aseguraba que los alemanes la encontraron y que incluso estuvo expuesta en un museo secreto de la Gestapo, pero que se la llevaron los rusos. Pero los rusos, o sea los soviéticos, se fueron a tomar por culo, las cosas han cambiado, al menos algo, y la puñetera piedra, que yo sepa, sigue sin aparecer. En todo caso, el enorme parecido de la historia con las típicas fábulas de piratas huele demasiado como para que pueda ser tomada por verdadera.

Schäffer volvió de aquella expedición, muy poco antes de empezar la guerra, con innúmeros datos etnológicos de altísimo valor pero, al menos que yo sepa, huero de las cosas que se suponía debía traer, tales como impresiones milenarias o cuadrillas de superhombres. Eso sí, Schäffer, que no debía de ser ningún atontao, resulta que regresó del Tibet siendo todo un crack en la movida ésa de las nueve casillas de las narices, y habiendo desarrollado una habilidad para hacer horóscopos como otros se tiran cuescos, lo cual le granjeó la constante confianza de Hitler (otros dicen que dependencia). Nunca sabremos, la verdad, si la acción de enviar a personas a la muerte mediante tal o cual acción guerrera pudo estar influenciada, a la postre, porque a Hitler le hubiese dicho el pollo éste que el sudoku del día lo mandaba. Según Grandmaison, Schäffer habría traído del Tibet un acuerdo entre Alemania y los tibetanos para repartir sus zonas de influencia en el porvenir místico del mundo (sic). Otra movida de esta historia que a mí, la verdad, me cuesta bastante creer; por el lado tibetano.

Al comenzar el año 1944, Ernst Schäffer introdujo en el entourage hitleriano a un discípulo suyo que sería, según al menos lo leído, el último Octavio Acebes de Hitler: un suizo llamado Krafft. Probablemente, este movimiento por parte del jefe de la expedición tibetana tuvo como motivo el hecho de que los dos hermanos estuviesen perdiendo caché ante Hitler (sobre todo porque Eva Braun le había puesto la proa a Otti), y como forma de introducir un nuevo elemento de influencia.
Y aquí, mientras Krafft traza sus muchos horóscopos, nos encontramos con el último personaje de esta extraña nómina. Pronto los alemanes, al parecer, se dieron cuenta de que los aliados, a veces, eran capaces de adelantarse a decisiones que se tomaban de acuerdo con proyecciones astrológicas. Lo cual podría no ser casualidad. El responsable podría ser Louis de Wohl, un refugiado húngaro en Inglaterra que se ganaba la vida como echador de cartas. Al parecer, tenía la costumbre de enviar al Ministerio de la Guerra predicciones astrológicas sin firma. Es posible incluso que, como destacan quienes han escrito sobre el tema, acertara con alguna (es vieja estrategia del astrólogo predecir muchas cosas, hasta que acierta).

Aquel acierto y otros que pudieron haberse producido (hay quien dice que describió con acierto el futuro de Montgomery y de Rommel… será, en todo caso, el de Rommel; porque el de Montgomery no quedo claro hasta el final de la guerra, pero, en fin…) le valieron ser reclutado por el ejército británico para “predecir” las predicciones de Krafft, esto es, adelantarse a los movimientos del ejército alemán ordenados por un Hitler fuertemente mediatizado por los movimientos astrales. A Louis de Wohl se le atribuye, por ejemplo, haber predicho, ante el escepticismo general aliado, la batalla de las Ardenas. De Wohl, en todo caso, nunca aclaró estos hechos, pues mutó tras la guerra, convirtiéndose en un novelista histórico de no escaso valor, y acercándose a la Iglesia católica, asunto sobre el que escribió varios libros, especialmente tras una entrevista con Pio XII, en 1950.




Hasta aquí lo que este bloguero sabe sobre los magos de Hitler, porque lo haya leído en libros y artículos que no fuesen, bajo su criterio, una mera sarta de imbecilidades. Debéis comprenderlo: al contrario que con otros muchos temas tratados en este blog, este de la vertiente mística y teósofa de Hitler es un tema en el que se han escrito toneladas de barbaridades, teorías sin cuento y sin base real alguna, y simples y directas estafas al lector; tantas, tantas, que ni yo mismo puedo aseguraros no haber sido estafado en algún punto de este artículo.

Lo que sí tengo por cierto es que todas las cosas que he contado en este artículo: la obsesión por la cruz gamada, por una presunta numerología india o tibetana; la convicción de que en Tibet podían ser encontrados unos superhombres descendientes, como los alemanes, de una primigenia raza aria destinada a dominar el mundo; todas estas cosas son, desde luego, coherentes con la teosofía pangermanista; un edificio teórico que existía desde antes que al padre de Hitler le saliesen pelos en los huevos, y algunos de cuyos principales arquitectos, de hecho, incluso a pesar de ser contemporáneos de Hitler, o no lo conocieron, o lo conocieron apenas.

El testimonio que nos dejó el doctor finés Félix Kersten, quien trató largamente a Heinrich Himmler y dejó escrito una especie de diario de notas de sus encuentros, dibuja a un lugarteniente de Hitler constantemente proclive a creer teorías, digamos, alternativas (en una de las jornadas, diserta interminablemente sobre la pertinencia de las teorías del famoso doctor Kneipp, que todo lo curaba con hierbajos) y de no mucha inteligencia personal. Himmler, de hecho, era lo suficientemente bobo como para pensar cosas como: que era posible una alianza entre Alemania y los EEUU; que era posible recluir a todos los judíos del mundo en la isla de Madagascar; o que, con ofrecerle al final de la guerra al conde Bernadotte (intermediario oficioso con los aliados) la vida de 40.000 judíos, le sería olvidada por sus enemigos la muerte de todos los demás. Parece el tipo de capacidad analítica capaz de creer que el mundo se rige con fuerzas inmanentes que hacen a unos hombres fuertes y a otros débiles, y que todo está escrito en un canto rodao que alguien enterró en el Tibet.

Pero hay, a mi modo de ver, datos que apuntan en la dirección contraria. Como es sabido, Hitler decidió, tras el desastre de Stalingrado, tomar notas taquigráficas de sus reuniones de Estado Mayor, ante la sospecha que tenía de que sus generales lo engañaban. Parte de estas actas sobrevivió a la guerra, y han sido publicadas ya con profusión. Me las he leído, y puedo decir que lo que se ve en esos papeles es a un jefe supremo de las Fuerzas Armadas que se rige por factores como la disponibilidad de unidades motorizadas, la orografía, etc.; el tipo de factores que todo militar tendrá en cuenta en una guerra. No hay traza de que Hitler llegase a esas reuniones habiendo consultado antes con astrólogos o similar.

Otro elemento sospechoso es que en esta historia, como en otras de los escritores misbabobos, se produce con mucha frecuencia el fenómeno de que las afirmaciones no sean comprobables. Así, muchos autores nos dicen que al círculo astrológico de Hitler se contrapondría otro formado por Himmler, su astrólogo particular (un tal Wulf), Eva Braun y Martin Bormann. Qué casualidad: al terminar la guerra, ninguno de ellos estaba en condición de prestar testimonio a favor, o en contra.
También se dice que algo hay en las actas de Nuremberg, donde algunos imputados, por ejemplo Schellenberg, habrían hablado sobre el tema, pero fueron cortados rápidamente por la Corte, por considerar que aquello era irse por las ramas. Honradamente, todavía no he podido pensar en leerme las actas de Nuremberg de cabo a rabo, así pues no puedo adverar que sea así.

En fin, todas éstas son afirmaciones incomprobables. Yo lo único que sé es que cuando le saco este tema a mis amigos budistas, les falta poco para buscar un bonito barranco por el que despeñarme.

viernes, abril 13, 2012

China y la URSS


[Nota previa a los lectores: al que se chive a Tiburcio que he escrito de Asia, le corto las pelotas con una navaja oxidada. Que luego se pone muy mostoso, y un elefante coñazo es mucho coñazo]



Canta EL:
Cuando te digo, digo, digo
china del alma
tú me contestas
chinito de amol.

Canta ELLA:
Cuando te digo, digo, digo
chino del alma
tú me contestas
chinita de amol.

Canta EL:
Chinita tú, chinito yo.

Canta ELLA:
Chinito tú, chinita yo.

Cantan ambos:
Y nuestro amol así selá:
siemple, siemple igual (...)

Esta coplilla tontuela se cantó en España hace años, cuando los chinos eran un hecho más o menos exótico en nuestro país (más o menos, digo, porque tengo documentada, en un libro de Bravo Morata, una emigración masiva de chinos a España en los años veinte del siglo pasado). Fue rescatada por una figura elevada de la música ligera española de todos los tiempos: Fofito, que la cantaba creo que con su padre, el inolvidable Fofó, asumiendo el papel de china del alma.

Los chinos tienen ese atractivo inenarrable de lo que no se entiende. Exóticos como son, son el objeto de chistes diversos (mi preferido es el del chino que sacó dinero del banco porque se casaba), algunos de ellos realmente imaginativos (como ése chiste andaluz que dice que los chinos compran la foto el carné en los estancos) y de leyendas urbanas, de las cuales la más conocida es aquélla de que cada chino muerto en España era inmediatamente sustituido por otro chino que venía de no se sabe dónde. Como se ve, el hecho de que no los distingamos es el centro de las coñas.

Una vez le pregunté, no a un chino, sino a un japonés, quiénes eran las orientales más guapas. Me contestó, sin dudarlo, que las coreanas; afirmación que tiene mérito teniendo en cuenta lo que el japonés medio piensa del coreano cultivado. Luego le pregunté si ellos nos veían a nosotros tan iguales como nosotros les vemos a ellos. Su respuesta fue realmente florentina: “We know that British are different”.

Una amiga mia, china de origen aunque nacida en España, me dejó un día helado cuando me contó que había ido a la Embajada a arreglar los papeles porque aquel verano se iba a China a visitar a los parientes; entabló allí conversación con otro chino afincado en España, que también iba a hacer el viaje, y que le preguntó: “Y tú, ¿qué día regresas?” A mi amiga le costó entender que aquel tipo no le estaba preguntando qué día volvía a España, sino qué día viajaba a China. Aquel chino, viviera donde viviera, fuera la que fuera su vida, entendía que viajar a China es una acción que se define con el verbo regresar.

Los chinos, pues, nunca se van de China; lo cual les convierte en personas difíciles de domeñar y de llevar por carriles que no sean los suyos. Es lo que, con mayor o menor educación, dicen aquéllos que han tenido la suerte o la desgracia de negociar con ellos: son tercos, son tenaces, son incansables. Son el tipo de gente capaz de desobedecer a quien no esperaría de nadie, pero lo que se dice absolutamente de nadie, que le desobedeciese. Y eso hicieron.

Hablemos hoy, pues, de la compleja, difícil, y tormentosa, relación entre la China Comunista y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.



Si en algún momento de los tensos años setenta del siglo XX se le preguntase a algún sovietófilo occidental quién era el principal enemigo de la URSS, habría contestado, sin dudarlo: los Estados Unidos. Y no cabría reprochárselo, teniendo en cuenta que ésa y no otra era la respuesta oficial del Kremlin. Sin embargo, desde muchos puntos de vista, esa afirmación era incierta. Más o menos en el momento en el que el general Franco comenzó a bailar la conga parkinsoniana, los más sinceros de la élite soviética, convenientemente inyectados de pentotal, habrían dado otra respuesta.
Paradójicamente, el desarrollo del comunismo durante el siglo XX tuvo la consecuencia de encontrarse con que su peor enemigo era… el comunismo.

En 1921, un grupo de doce mataos chinorris funda el Partido Comunista Chino, que no se lo piensa dos veces antes de colocarse bajo el palio de la Tercera Internacional. Desde Moscú, los dirigentes internacionalistas ordenan al comunismo chino que se integre en el Koumingtang, la formación nacionalista de Chang Kai Check, que entonces le lleva un cerro de puntos a los comunistas, lo que hace que todo el mundo considere  que tiene la liga del poder en la mano. Con este movimiento, Stalin esperaba controlar al Kuomingtang, al que no regateaba la ayuda, pero metiéndole dentro ese pequeño gusanito alien comunista que algún día eclosionaría por la barriga de la oposición china, devorándola. Sin embargo, Chang Kai Check le salió rana, porque era tanto o más ambicioso que el georgiano, y en 1927 se monta en Shanghai una matanza de comunistas para abrir boca. Stalin, acostumbrado a este tipo de putadas aunque sólo sea porque él mismo las perpetraba constantemente, aconsejó a los comunistas chinos, terminada la II guerra mundial, que se llevasen bien con los nacionalistas y gobernasen con ellos. Cuando tales cosas les decía, habían pasado apenas semanas después de las bombas atómicas en Japón, que no son otra cosa que, en acertada expresión de Gore Vidal, una patada a la URSS arreada en el culo del Japón.

A Stalin, sin embargo, no le salieron las cosas como quería. Para que hubiera sido así, el comunismo chino tendría que haber sido como lo fue, por aquella época, el español; esto es, un movimiento con dirigentes pastueños, dispuestos a hacer, decir, escribir, fusilar, opinar y defender todo aquello que desde Moscú se les encomendase en cada momento. Mao Zedong, sin embargo, no era Pasionaria; o más bien al revés. Mao quería hacer la revolución en un país, en su visión, situado en la cúpula del mundo, con capacidades que ningún otro territorio de la Tierra tenía ni tiene; y consideraba que eso le daba derecho a hacer las cosas a su manera.

El comunismo chino, por lo tanto, le hace la guerra al Kuomingtang y en 1949 proclama la República Popular China, enviando a sus oponentes a las Baleares chinas, a darse de hostias en el Parlamento, cosa que llevan haciendo 60 años con una dedicación sólo posible en un esforzado trabajador oriental.
A la llegada de Mao al poder en China, todo el mundo en Occidente sueña con la entente de hierro entre la URSS y China que creará un superpoder capaz de superar a los Estados Unidos. Esto se dice y se repite, con indisimulada alegría, en montones de tertulias más o menos pollas de la época; la época, dorada época, en la que se ligaba citando páginas de El Capital. De hecho, el primero que dice creer en ello es el propio Mao, que coge un avión a Moscú y se pasa allí dos meses de vellón. Sería interesantísimo que, si hay papeles de las horas y horas de reuniones que se produjeron en aquel tiempo, apareciesen algún día y alguien los editase. Nos permitiría ver cómo Mao llegó ante Stalin y le dijo: macho, tú eres el boss; pero en mi queli mando yo. Si te piensas que yo voy a ser como Checoslovaquia o Hungría, más vale que vayas aflojando.

Mao era un tipo tremendo. No se lavó los dientes en su vida y no por casualidad es Medalla de Oro al Genocida del siglo XX (70 millones de muertos, que se dice pronto). Stalin no se esperaba a un tipo así; que se le pareciese tanto, quiero decir.

De aquella visita el resultado fueron siete tratados de amistad y cooperación, en los que Mao, además de meterle la mano en la bolsa a Stalin (le sacó un crédito de 300 millones de dólares al 1% de interés) le dio la primera en la frente, dejándole claro que no era lo mismo que los territorios fuesen controlados por comunistas que por comunistas chinos. Así pues, Zedong le arrancó a Stalin el reconocimiento expreso de la soberanía china sobre Manchukuo, el territorio ocupado por Japón del que fue emperador Pu Yi el Po Llas; y el compromiso de que la URSS le retrotraería a los chinos cualesquiera posesiones orientales arrancadas a los japoneses y, muy en especial, Port Arthur, enclave que los soviéticos ambicionaban como yo unos buenos torreznos.

Dicen los que saben de esto que, en el fondo, lo que hizo Mao fue jugar la baza de Tito. Es decir, aprovechar que Stalin estaba de los nervios con la defección yugoslava, que le hacía temer que su ajedrez de dominator comunista se le fuese, poco a poco, a freír vientos. El chino supo, por lo tanto, poner cara de póker (hay que reconocer que esto los chinos lo bordan) y hacer como que pensaba en apuntarse a la moda contrasoviética, provocando que Stalin desabrochase, disimuladamente, el cinturón de sus pantalones. Dentro de esta estrategia de palo y zanahoria, Mao no tiene ningún problema en demostrarle a Moscú su férrea solidaridad soviética metiendo de hoz y coz en la guerra de Corea miles y miles de soldados (total, tenía más…) Por lo demás, en 1953, como es bien sabido, a Mao le toca la lotería porque Stalin va y la espicha; para colmo, detrás de Stalin llegará un ucraniano pígnico que resulta que se quiere llevar bien con Occidente, lo que le deja al chino todo el espacio de chico malo.

En 1955, se produce el primer movimiento de importancia de este nuevo líder del comunismo mundial que, aunque Moscú todavía no lo sepa, está jugando a sustituirlos al frente de la vanguardia proletaria del planeta. En la ciudad indonesia de Bandung, y bajo los auspicios del general Sukarno, 29 países asiáticos y africanos se reúnen en una conferencia de donde surgirá el Tercer Mundo como concepto y una cosa que ahora no se sabe lo que es pero que fue chupi lerendi de famosa hace décadas: el Movimiento No Alineado.

El Movimiento No Alineado, como su propio nombre indica, pretende luchar contra la bipolaridad de la geopolítica mundial, tratando de establecerse en algún lugar entre los EEUU y la URSS. Eso de la no alineación fue en realidad una castaña pilonga de la hostia, porque hay que estar muy mamado para creerse de verdad que líderes como Mao o Gadafi estaban equidistantes de ambos bloques. Pero, como tantas ideas que la gente, y los politólogos muy en especial, querían creer, tuvo más éxito de David Bisbal.

En todo caso, a efectos de lo que aquí estamos contando, lo importante es que Chou En-lai, o sea The Chinese Moratinos, estuvo en Bandung. Y ese gesto, el de no alinearse, le sentó a Khruschev peor que si los chinos le hubiesen hecho una colonoscopia con un soplete oxiacetilénico. Eso sí, como para los chinos da igual que el gato sea blanco o negro mientras cace ratones, como pacientemente le explicaron a Felipe González cuando estuvo por allí, nunca terminan de soltar amarras. Si la mano derecha de Mao se desalinea, su mano izquierda firma la sólida condena sin fisuras del titismo, pone de gilipollas a los húngaros por querer cambiar las cosas y aplaude con las orejas cuando los soviéticos les invaden.

A pesar de todos estos gestos para la galería, en el entourage del Kremlin están, ya, literalmente acojonados con el tema chino desde Bandung. Khruschev da un paso en 1957 firmando un acuerdo secreto con Pekín cuya guinda es la tecnología atómica; Mao, para entonces, está que no mea por conseguir la bomba, y se hace literalmente pajas con la idea de lanzarla contra Japón o Estados Unidos (al fin y al cabo, un contraataque nuclear… ¿a cuántos chinos podría matar? ¿Dos, tres, diez millones? ¿Y a quién le importa?).

Estados Unidos reacciona inmediatamente. Firma un acuerdo con el gobierno formosano para instalar en la isla cabezas nucleares. Mao eyacula para dentro del susto. Llama a la solidaridad comunista contra tamaña agresión… y se encuentra con un elegantísimo silencio de la URSS en la ONU. Es en ese momento cuando Mao, impulsado por las circunstancias, da un paso que mesmerizará a cohortes enteras de jovenzanos en las universidades europeas durante dos o tres décadas. Ese paso adelante consiste en condenar a la URSS por revisionista, y afirmarse, desde el tercermundismo, como marxista auténtico. Ha nacido el maoísmo, a la izquierda del prosovietismo. Detrás de mi vendrá, bla bla bla.

Mao vuelve a Moscú, pero esta vez no son sonrisas lo que despliega. Acusa a los soviéticos de imperialistas (o sea, como ir y plantarse delante de Zerolo, y llamarle homófobo), y anuncia su célebre Gran Salto Adelante, en realidad Gran Hostia en los Morros (pero esa es otra historia). En 1958, los chinos se estrenan como potencia solidaria con los oprimidos del Tercer Mundo con el bombardeo de las islas Quemoy y Matsu y la conocida como crisis de los estrechos.

A Khruschev se le hinchan las pelotas. Pasa al ataque, acusando a los chinos de capullez revolucionaria. Y, además, da un paso acojonante: se presenta en Camp David, a darle la mano a Ike Eisenhower. La hostia en vinagre. El líder ruso sigue con el órdago a grande: suspensión de la ayuda económica a China, repatriación de los asesores residentes en el país, denuncia del acuerdo nuclear secreto, y cambio de alianzas. En 1962, cuando India y China lleguen más o menos a las manos, la URSS se decantará por el primero de ellos.

Ahora le toca mover ficha a China. Mao podrá ser un asesino y un cabrón, pero es más frío que los caños de las fuentes públicas de Anchorage, Alaska. Busca aliados en la trastienda cabreada del leninismo. Rápidamente, encuentra a la Albania del incomparable líder Enver Hoxa. Con ocasión de la muy conocida crisis de los misiles, China se jacta de la URSS, aseverando que se ha bajado los pantalones delante de Kennedy.  Khruschev se cachondea de los chinos delante de todo Dios, recordando que, por muy gallitos que sean, ahí tienen Hong Kong, Macao y Taiwan, limpios de polvo y paja marxistas-leninistas.

En el año 1964, probablemente a causa de su intención de emascular el carácter vitalicio de los cargos en el PCUS, los comunistas rusos se pasan a Khruschev por el forro. Y los comunistas chinos, siempre tan aficionados los chinos a los fuegos artificiales, explosionan su primera bomba atómica (en 1967, de hidrógeno). Ambos hechos trabajan en favor de la reconciliación, que parece verse confirmada por lo mucho que se ven Chu En-lai y Alexei Kossigin. Pero ni modo. La URSS acaba por declarar su total respeto a la frontera sino-soviética procedente del siglo XIX, lo cual, Mao se apresura a recordarlo, supone pasar totalmente de las palabras escritas por Vladimir Lenin, quien no consideraba justo imponer a los chinos las fronteras zaristas.

En estas estaban las cosas más o menos cuando estalló la guerra de Vietnam. El conflicto vietnamita es una de esas cosas en las que se olvida el hecho de que, no pocas veces, una guerra es varias guerras a la vez. Como mínimo, está la que todo el mundo conoce, esto es la librada por Estados Unidos contra el comunismo; pero está también la librada entre comunistas, esto es entre soviéticos y chinos. 

Inicialmente, el Vietcong obtiene su fuerza y acometividad del apoyo soviético, relación que se estrechará tras la victoria y llegará a su máximo en 1978, con el ingreso de Vietnam en el Comecon (la especie de mercado común soviético); de todas formas, ya llovía sobre mojado porque dos años antes, en el IV congreso del Partido de los Trabajadores de Vietnam, todos los miembros relevantes prochinos habían sido laminados. Todo esto, a Mao, le pone de los nervios, porque sabe que ahora corre el peligro de tener a un aliado de su peor (repetimos: peor) enemigo en su mismo patio de atrás. Pekín no quería a nadie; a nadie, ni amigo, ni enemigo, en Indochina. Consideraba el área su zona de influencia y, consecuentemente, se consideraba con fuerza moral para exigir que Moscú no tocase pito en esas tierras. Pero no era ésa la idea de Moscú, pues para los soviéticos la cagada americana en Vietnam, desde muchos puntos de vista inesperada, les regalaba la posibilidad, a la que ya habían renunciado casi al completo, de desarrollar su propia área de influencia en Asia; este papel, el de disciplinado corresponsal del Kremlin, es el que tenía que haber jugado China en los planes de Stalin, y para el cual firmó el pacto de amistad del 14 de febrero de 1950.

Consecuentemente con estos objetivos, la URSS, en cuanto un Vietnam de aquel lado del Telón de Acero comenzó a tomar cuerpo, comenzó a diseñar el proyecto de una Federación Indochina, al mando de Ho Chi Mihn, líder carismático tercermundista que, para horror de los chinos, comenzaba a tener su propia claque de amiguetes en las sociedades occidentales (porque sí: en Occidente fueron muchas las asambleas y manifestaciones en las que se blandieron pancartas con retratos de este señorito, cuya política provocó uno de los mayores éxodos por hambre y pobreza extrema de su siglo).

Aquel proyecto era un torpedo en la línea de flotación de Bandung y el montaje del movimiento no alineado en Asia, especialmente porque la causa comunista no las tenía precisamente todas consigo en Indonesia. Poca gente parece recordar ahora que Pekín, conforme la presencia militar americana en Vietnam comenzó a debilitarse, llegó a defender ideas tan poco coherentes con los objetivos revolucionarios como que algunos países de la zona permaneciesen aliados de los Estados Unidos, o que la VII Flota anclase en el mar de China. De hecho, ya en 1959, cuando Leónidas Breznev propuso un pacto de seguridad colectiva en Asia (embrión de la Federación Indochina), Pekín respondió abriendo contactos con la ANASE (Asociación de Naciones del Asia Sureste: Singapur, Malasia, Indochina, Tailandia y Filipinas), de perfil anticomunista. China, elegantemente, anuncia a sus nuevos amiguitos que renuncia a controlar las poblaciones chinas residentes en sus costas, e, incluso, no sólo tolera la deriva proamericana de Filipinas e Indonesia, sino que no tiene reparo en venderles combustible a precio de amigo.

Hay que tener en cuenta, además, que China tenía muy serios conflictos territoriales con Vietnam, centrados en las islas Hsisha y Nansha. Las primeras están entre la isla de Hai Nan (china) y la costa vietnamita. En 1974, fueron ocupadas por tropas vietnamitas, posteriormente desalojadas por los chinos. Con estos mimbres, nadie se extraña que los chinos procediesen a la invasión del país a finales de los setenta, como una operación punitiva de castigo por la invasión vietnamita de Camboya, que terminó con el régimen de ese intelectual pacifista de altura llamado Pol Pot, de tendencias, a la par que praxis, bastante maoístas (algunos años antes, cuando Alexandr Sholzenitsyn anunció en la televisión francesa que alguien, en nombre del comunismo, acabaría por organizar una matanza masiva en Indochina, toda la intelectualidad francesa se alzó para motejarlo de tonto'l'culo para arriba, pasando por vendido a los Estados Unidos).

En los inicios de los años setenta, los problemas entre soviéticos y chinos eran un montón. Estados Unidos, por su parte, estaba en trazas de sacarse de encima el marrón de Vietnam (muy pronto, Kissinger y Le Dhuc To comenzaron a negociar) y, además, tras la guerra del Yon Kippur estalló la crisis del petróleo. Cuadruplicado el precio del crudo, en Washington se dieron cuenta de que eso podía suponer un balón de oxígeno para una URSS que ellos sabían (aunque cara a la galería no lo dijesen) que estaba comatosa (como de hecho ocurrió; muchos años habrían de suspirar los rusos con nostalgia por los tiempos de Breznev, con sus tiendas llenas de género). En esas circunstancias, el siempre culebrero presidente Richard Nixon se dio cuenta de que había que mover ficha. Además, Nixon era un tipo que vivía obsesionado con su gran rival histórico, John Fitzgerald Kennedy, y necesitaba dar un aldabonazo internacional histórico del calibre de la crisis de los misiles o el famoso Ich bin ein Berliner.

Así las cosas, vaya si movió ficha don Ricardo.

Aquel proceso se conoció en su tiempo como “la diplomacia del ping pong”; y fue así porque, entre los actos de hermanamiento y normalidad entre los pueblos estadounidense y chino, los temibles pimponeros chinos fueron invitados a hacerse unas partiditas con los americanos (entre ellos, Forrest Gump). En todo caso, el punto crucial de aquel proceso fue la llegada a Pekín de Richard Nixon.

Es importante reflexionar un poco sobre lo que venía a significar este gesto. Suponía, simple y llanamente, cargarse Yalta. A tomar por culo el mundo bipolar de viejos aliados mirándose con eterna desconfianza. There’s a new kid on the block, y tiene los ojos rasgados. China entra en la ONU, con su veto y todo.

Con ese gesto, Washington dio alas al movimiento tercermundista. Algo que, desde luego, le planteó problemas, y muchos, empezando por la propia Indochina; pero que, a la larga, tal y como los estrategas de la Casa Blanca esperaban, fue mucho más jodido para la URSS. Y es fácil de explicar. Que EEUU era el enemigo de China, iba de suyo; pero que China se presentase en Nueva York y bramase en la sede de la ONU contra el “social-imperialismo” soviético, ya tenía muchos más bemoles; más aún que lo calificase sin rubor de su peor enemigo.

Esta es la razón, además, de que el maoísmo acumulase tantos acólitos en las juventudes occidentales de la época; muchos jóvenes y no tan jóvenes de izquierdas se sintieron, por fin, liberados de poder decir lo que sabían o sospechaban de tiempo atrás: que la URSS, lejos de ser la Vanguardia del Progresismo Mundial, se había convertido en una abuela cabreada e hiperburocratizada, que repetía el gran pecado de su enemigo americano: el imperialismo. Había que defender a los países del Tercer Mundo de esa doble tensión invasora, y el gran defensor era el maoísmo. Entre la pasión que los humanos ponemos siempre en creernos lo que queremos creer, y que los Estados Unidos, en el marco de su acercamiento a Pekín, “se olvidaron” de airear las atroces matanzas, torturas y crímenes cometidos por el régimen, el maoísmo consiguió cargarse a decenas de millones de sus compatriotas (algunos de ellos enterrados vivos, cositas así) mientras en los cenadores de Occidente se lo consideraba el no va más de la Libertad.

En 1978, China denuncia el polvoriento y ajado tratado de amistad firmado un día entre Stalin y Mao (probablemente, por una cuestión de elegancia, esperaron a la muerte de éste, en 1976); y firma un tratado de amistad con Japón, que compromete todavía más la posición de la URSS en Extremo Oriente. Con la llegada de los años ochenta, que se identifica sobre todo con dos culos: el de Reagan, que se aposenta en el despacho oval; y el de Margaret Thatcher, que se aposenta en Downing Street; con la llegada de los ochenta, como digo, los problemas de la URSS, ya, serán otros. También hay que tener en cuenta que Mao esta muerto y que los nuevos líderes chinos van prefiriendo, cada vez más, posiciones más pragmáticas (lo cual aleja el fantasma de un conflicto); y que los llamados dragones asiáticos dejan de ser convidados de piedra en la tertulia oriental.

La URSS va a comenzar, en los ochenta, un auténtico Via Crucis, que los chinos contemplarán como siempre: con su cara de póker, que esconde de puta madre sus sentimientos.



Que esconde, simple y llanamente, que se lo están pasando de puta madre.

miércoles, abril 11, 2012

Vita Mariae iterum

Recientemente, a causa de mi post sobre la vida de María, la madre de Jesús, Miguel A. Román, amable lector de este blog y más amable aun crítico del mismo, remitió tres comentarios apostillándome. Cuando los leí, le escribí un correo privado estimándole que el material que remitía era tan denso y completo que no merecía aparecer en pequeños capítulos en la parte de comentarios; que, si le parecía bien, quedaba invitado a expresar sus apreciaciones de una forma más estatuida y completa, a través del blog. Escribiendo ese correo me caído en la cuenta de que nunca he dicho algo que pienso, y es que esta ventana está, en realidad, abierta a cualesquiera aportaciones que se me quieran enviar (y, obviamente, me parezcan de valor).

Miguel Ángel me remitió el texto que leeréis debajo de esta introducción. Supongo que os gustará como a mí me ha gustado. Me ha servido, eso sí, para darme cuenta de que, tal vez, tanto a mí  mismo como a él nos quedan los deberes de explicar un poquito más a fondo, algún día, por qué las relapsas teorías de Nestoriano tienen tanta importancia a la hora de disparar, por así decirlo, la mariología, y por qué la discusión, aparentemente pollas, sobre si María es Theotokon o Christotokon, resultó (resulta) tan importante para la Iglesia Católica y seguidores de Saulo de Tarso en general.

Advierto a posibles lectores del blog que, por ser ésta una contribución de un tercero, no ha de entenderse afectada por el sometimiento del blog a licencia Creative Commons. Todos los derechos de este texto permanecen en poder de su autor, siendo el de estas líneas un mero portor del trapecista.

A disfrutar.

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Las tradiciones sobre los orígenes, familia y juventudes de María se compilan hacia el siglo II o III en el llamado "Protoevangelio de Santiago". Basados en este y muy posteriormente, hacia el siglo IX, se redactan otra serie de textos muy similares conocidos como Evangelios de la Natividad, como el "Evangelio de la Natividad de María" y el "Evangelio de Pseudo-Mateo".

Pero dichos textos tienen muy poca verosimilitud histórica (muchísima menos que los evangelios canónicos, que ya es decir) con grandes inexactitudes a cuenta de las costumbres y leyes judías de la época (por ejemplo, ProtoSantiago cita el rito de dar un agua amarga a la mujer para comprobar su fidelidad, descrito en la biblia (Números 5, 11-31), que no se empleaba desde tiempos babilónicos) y con fragmentos idénticos a los otros evangelios o textos bíblicos tomados literalmente de la traducción griega (la llamada “Biblia de los Setenta”), de lo que se deduce que el autor no tenía acceso a testimonios directos sino a tradición oral o a obras de terceros.

Pese a lo cual, normalmente sus aseveraciones “sientan cátedra” y se transmiten y difunden conjuntamente con la doctrina “oficialista”. No es la progenitura de María, Joaquin y Ana, la única tradición a la que da lugar, sino también, por ejemplo, el nacimiento de Jesús en una cueva, como se reproduce en los belenes (pero que no es citado por ningún evangelista, que solo dicen "pesebre"), o la tradición extendida en las iglesias cristianas orientales de que la anunciación tuvo lugar en un camino al aire libre (pese a que el evangelio de Lucas dice que “entró el ángel donde estaba ella…” (Lc. 1,28)).

Si bien no es descartable que parte de estas tradiciones sobre María se originaran entre los propios cristianos judíos surgidos tras la muerte de Cristo, no hay en los movimientos cristianos primitivos (Roma, Grecia, Egipto y Persia) un especial interés en la figura de la madre del Cristo, y no es sino hasta el siglo V, con la libertad religiosa establecida por Constantino I (edicto de Milán, a.d.311), la controversia del nestorianismo y su resolución durante el Concilio de Éfeso (a.d.431) que el culto mariológico empieza a despegar, así que la mayor parte de lo que se establece es de origen posterior e históricamente cogible con papel de fumar.

En cualquier caso, la mayor parte de estas tradiciones se contradicen con datos de los evangelios canónicos, con las costumbres y tradiciones de los judíos del siglo I y algunas incluso con el sentido común (aunque, claro, hablando de temas religiosos, el sentido común no es una exigencia).

Los orígenes de María

Para empezar, las tradiciones situan a Joaquin, y, por tanto, a María, en la tribu de Judá, pero Lucas hace explícito que su prima Isabel, madre del Bautista, era “descendiente de Aarón”, esto es, de la tribu de Leví (Lc. 1,5). Una referencia nada trivial si recordamos que los levitas eran la casta sacerdotal (aunque no todos los sacerdotes eran levitas ni viceversa), mientras que a José sí le mientan la casta de Judá, es decir, David, la dinastía gobernante y la tribu preeminente (que da lugar al toponímico del territorio de Judea y al patronímico genérico “judío”).

No es improbable que los antiguos judíos discutiesen si el Mesías habria de venir de Judá, como rey, o de Aarón, hermano de Moisés, como libertador y portador de la Ley. El “Testamento de Simeón”, un apócrifo judío (aunque de autenticidad dudosa) cita: “obedeced a Leví y Judá, y no os alcéis en contra de estas dos tribus, pues de ellas surgirá la salvación de Dios. El Señor Dios se levantará de Levi como si fuera un Sumo Sacerdote, y de Judá, como rey, y Él salvará a todas las naciones y la raza de Israel”. Un párrafo de un cristianismo demasiado obvio como para no dudar de su genuidad judía, pero que, a lo que vamos, apoyaría entonces la tesis del origen levita de María.

De esta forma, la referencia de Lucas puede dar a entender que en Jesús se fusionan ambas dinastías. Lucas no era judío, pero sin embargo parece darle interés a estos detalles, pues igualmente cita que Zacarías, el padre de Juan Bautista, era de "la clase sacerdotal de Abías" (refiere a 1Cro. 24,10), luego levita; y algunos aspectos de su evangelio parecen interpretarse como que el evangelista intenta contar los hechos "después de informarme cuidadosamente de todo desde los orígenes" (Lc 1,3).

La cuestión de Nazaret

Quedan flecos de difícil contrastación respecto a dónde pudo nacer y vivir su juventud María.

Aunque se cita que Gabriel la visita en Nazaret, nada hace pensar que fuera galilea de nacimiento ni se explica qué hace allí. Desde luego José no lo era, sino judío, y así justifica su decisión de empadronarse en Belén, ciudad de sus antecesores. También cuenta el evangelista que María, ya embarazada, visita a Isabel “en un pueblo de los montes de Judá”, es decir, en la cadena montañosa al sudoeste de Jerusalem (tal vez cerca de la actual Beit Shemesh).

Aunque mucho de esta narración es una evidente referencia a la recuperación por el Rey David del Arca de la Alianza (IISam cap.6), de tenerla por cierta podríamos situar la residencia premarital de María y lugar de la anunciación en un radio no mayor de dos jornadas de viaje (unos 50 km) de este punto y, ya puestos, de Belén (José no iba a estar tan loco de unirse a una caravana de una semana desde Nazaret a Belén con su mujer embarazada de nueve meses, solo para cumplir con el padrón de Augusto), postulándose dos candidatos de cierta entidad: Jericho al este o Hebrón al sur. Este último punto cuenta además con la ventaja especulativa de ser el camino natural de la ruta a Egipto, adonde la Sagrada Familia huiría de la persecución de Herodes; mientras que un jeriquense hubiera elegido cruzar el Jordán y pasar a la Decápolis, al este, y un galileo se hubiera refugiado en Siria.

(Inciso: María Valtorta, una visionaria italiana del siglo XX, sitúa en Hebrón el domicilio de Isabel y Zacarías, los ya citados padres de Juan Bautista). 

El caso es que, según cuenta el evangelio de Mateo, Nazaret es elegido por la familia a su regreso de Egipto para evitar la zona de influencia de la casa de Herodes: «Pero al saber que Arquelao reinaba en Judea, en lugar de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allí y, advertido en sueños, se retiró a la región de Galilea, donde se estableció en una ciudad llamada Nazaret. Así se cumplió lo que había sido anunciado por los profetas: “Será llamado Nazareno”» (Mt. 2, 22-23). La frase hace pensar que ni eran de allí ni se les conocía mucho, aunque probablemente tuviera parientes en aquella zona (si no fuera así es muy improbable que María y Jesús fueran invitados a una boda en Caná, no siendo pariente de ninguna de las familias celebrantes).

Igualmente es improbable que José, el prometido y luego esposo de María, fuese un anciano como se ha opinado en varias ocasiones (San Epifanio lo pone incluso nonagenario). La sociedad judía en general y los rabinos en particular, abominaban de las uniones con gran diferencia de edad por varias razones; por un lado no ser una pareja fértil era un oprobio; además, ningún varón con un mínimo de ego masculino aceptaría pasar por un ridículo como el del Rey David con la sunamita Abisag (1Reyes 1,1-4), pues si no le daba hijos dejaría pública su impotencia sexual, pero si la chica quedaba embarazada todos murmurarían dudando de que él fuera el padre; y por otro lado, a la sociedad no le apetecía cargar con un gran número de viudas jóvenes y menos aún con huérfanos a cargo.

Siempre virgen María

El tema de la virginidad es también mucho más complejo que la simple declaración de María de “no conocer varón” o la referencia a la profecía de Isaías de que “la virgen concebirá y dará a luz su hijo al que llamará Emanuel” (Is. 7,14). Pero traducir aquí ha'almah (הָעַלְמָ֗ה) por “virgen” (en el sentido sexual, parthenos en griego) puede ser un error. La traducción más aproximada sería “núbil”, es decir virgen no en estado “adulto” sino por naturalidad, al ser joven y soltera. De hecho, la tradición judía no valora especialmente la virginidad voluntaria del adulto (y mucho menos como lo hace el cristianismo, que lo toma de la influencia paulina y este a su vez del pensamiento romano), e incluso -como dije- lo desprecia como una forma de infertilidad.

Así que nada en los textos canónicos sugiere que María fuera una virgen consagrada al templo, y de hecho no podría serlo desde su menarquía pues la impureza establecida por la Torah para la menstruación se extiende a todo lo que la mujer toca, personas y cosas, dónde se sienta, etcétera, y sería muy incómodo tener una chica menstruante en el templo. Las mismas tradiciones que sitúan a María como virgen consagrada, citan que dichas vírgenes abandonaban el templo a los 14 años.
Pero el caso es que no hay documentación que avale fehacientemente la tesis de que en el Templo de Jerusalén hubiera un estamento organizado de vírgenes consagradas al servicio del establecimiento sacro. Sería algo inusitado teniendo en cuenta que todos los ritos y liturgias se hallan escrupulosamente descritos hasta el más mínimo detalle en la Torah, Talmud y resto de dictámenes rabínicos, y en ninguno de ellos se definen tareas específicas para vírgenes en el templo.

Hay, sin embargo, algunos indicios de que en la época en que nace Jesús pudiera haber vírgenes en el Templo de Jerusalén: en Macabeos II se habla de unas jóvenes recluidas en clausura siendo sacerdote Onías III (c. 177 a.JC.), de algún conflicto entre los soldados romanos y “las vírgenes del templo” en tiempos del gobernador Lucio Quieto o de “las ochenta y dos vírgenes” que bordaron el velo del templo según la Mishnah; pero todo hace pensar que se trataban de niñas o chicas muy jóvenes (y, probablemente, también niños) que, al mismo tiempo que auxiliaban en la liturgia, recibían la formación judaica (cita el evangelista que, en la presentación de Jesús, interviene una tal Ana, anciana viuda que echaba las horas en el templo y la da como “profetisa”, que tal vez sea una forma de decir que enseñaba la ley); nada que ver, en cualquier caso, con las vestales, sacerdotisas o similares y desde luego ninguna inmersión en ritos que pudieran parecer de gentiles o paganos.
Lo más verosímil es una María virgen como cualquier jovencita, que está preparada para un matrimonio inminente (recuérdese la parábola de las vírgenes prudentes y las necias) y sin ninguna característica que la diferenciara del resto de adolescentes de su entorno.

Todo esto, como dije, aceptando los evangelios como un relato histórico de los hechos; pero eso, claro, es otra historia.


Algunas referencia disponibles on line:

Evangelios apócrifos: http://escrituras.tripod.com/
Protoevangelio de Santiago: http://escrituras.tripod.com/Textos/ProtEvSantiago.htm
Sobre vírgenes en el templo de Jerusalem: http://cantuar.blogspot.com.es/2011/12/did-jewish-temple-virgins-exist-and-was.html
Sobre la traducción del versículo de Isaías: http://es.wikipedia.org/wiki/Libro_de_Isa%C3%ADas#Traducci.C3.B3n_al_griego_del_.C2.ABTanaj.C2.BB
Otro repaso a la tradición apócrifa de Joaquín, Ana y María: http://www.religionenlibertad.com/articulo.asp?idarticulo=19728
Y otro texto donde ya lo mezcla todo y más: http://www.capillacatolica.org/NacimientoVirgenMaria.html

martes, abril 10, 2012

Versalles, explicación para todo

Confieso que una de las cosas que más me entristece es ver, oír o leer a un intelectual utilizar lugares comunes; entendiendo por "lugar común" ese conceptito de todo a 100 epistemológico, normalmente soportado por leyendas urbanas o cosas que la gente quiere creer, a veces por ideología, a veces, simplemente, porque leer un poquito para averiguar el fondo de las cosas, que no la verdad, es demasiado cansado.

Esta actitud de ir por la vida con dos de pipas, manejando conceptos simplicissimus y sacando conclusiones de los mismos, es algo que se espera, como es lógico, de quien es iletrado y, además, le parece de puta madre serlo; hay mucha gente así. De hecho, sé que a este blog llegan muchos de éstos; y lo sé por la cantidad de comentarios que dejan escritos. Y que nadie más que yo lee, evidentemente, porque el sótano comentarial de este blog está moderado (por muá), y tengo por norma no pasar comentarios que considere insultantes ad hominem para personas vivas. Dicho de otra forma: en mi blog se insulta, si se quiere, a Stalin, a Frascuelo o a Solón; pero sólo porque están muertos. Está prohibido insultar a personas vivas; por ejemplo, yo.

Y da la casualidad que este modus operandi cabestro, que va por la vida guiándose con cuarto de mitad de idea y ciscándose en todo aquél que no la comparte, se suele regir por las siguientes características:

a) Sus comentarios son anónimos. Jamás dan la cara.
b) Sus comentarios contienen siempre insultos personales, normalmente hacia el autor del texto (o sea, normalmente, yo mismo).
c) Sus comentarios van aderezados con sintagmas del tipo "todo el mundo sabe", "está sobradamente demostrado", "el que dude de XXXX es que es un XXXX", o similar. Dicho de otra forma, son comentarios en los que, siempre, las tesis defendidas no se apoyan en hechos, ni en fechas, ni en datos, ni en nada que se le parezca. Se apoyan en pretendidos consensos mundiales de los que nadie duda. Y, por si alguien duda, se suele dejar ya, por un siaca, la correspondiente deyección hermenéutica de que quien dude es que es un bla o un bla o un bla; factor común, fascista.

Como se ve, esta subespecie internetera, que la mayoría de la gente conoce con el sustantivo troll, aunque yo prefiero las siglas PRM (Polemista Retro-Masturbatorio), es todo menos un intelectual. De los intelectuales cabe esperar que sostengan tantas interpretaciones de las cosas como intelectuales hay; pero que todas se basen en el conocimiento. Lamentablemente, no es así.

El primer problema con los intelectuales es que, de tiempo atrás, se ha aceptado como socios de su cotolengo a personas cuya cultura no está en modo alguno adverada. Ya Santos Discépolo escribió aquello de que en el siglo XX es "lo mismo un burro que un gran profesor"; pero lo que se le olvidó apostillar es que esto ocurre, muchas veces, porque el pollino suele ser asimilado al scholar.

Esta movida es una secreción natural del fenómeno del manifiesto político. Cuando empezó a haber cosas de éstas, los promotores de los manifiestos, aquí y fuera de aquí, se dieron cuenta de que sus bemoles posicionamientos eran  más respetados si llevaban la vitola de haber sido avalados "por intelectuales". Lo lógico, entonces, habría sido limitar la posibilidad de rubricarlos a dichos intelectuales; pero no: lo que se hizo fue dejar que todo Dios los firmase, y asumir que, por el hecho de firmar un manifiesto, se era "intelectual".

Fue de esta forma tan peripatética que diversos personajes accedieron a la condición de intelectuales. Los actores, por ejemplo. Hoy ya nadie duda de que un actor es un intelectual; pero para demostrar sus capacidades reales están los concursos de la tele, a los que van de cuando en cuando y en los que, la mayoría de las veces, se les preguntan cosas que si leyesen deberían contestar con la nalga izquierda, pero sobre las que resulta que lo desconocen todo. Canónico en mis recuerdos es, en este sentido, algún programa de Un, dos, tres, responda otra vez en el que participaron actores, a los cuales Chicho Ibáñez solía colocarles preguntas de su gremio, pensando que así acumularían respuestas. Sin embargo, lo recuerdo bien, a una laureada actriz de la escena española, que todavía anda por los programas de la tele hoy en día, le preguntaron literatos franceses; y ella, que al parecer había representado a Molière, a Racine; ella, que digo yo, leñe, que habría visto en la tele española la famosísima versión de sobremesa que se hiciera de El conde de Montecristo, no supo decir ni un puñetero nombre. Cero respuestas, a 25 pesetas cada una... caray con la "intelectual".

Existe, no obstante, el intelectual con pedigree, o sea con papel colgado de una pared que dictamina su condición de tal. Estoy hablando del catedrático o profesor universitario. Aquí, ya, las dudas son pocas. Un tipo que ha logrado ser profesor universitario no puede ser un piernas. Yo, de hecho, lo pienso así; y lo pienso a pesar de que, como muchos, pasé por la universidad española y por lo tanto, como todos los que tal vivencia tuvimos, tuve profesores, y los caté. Supongo que como mucha gente, pasé, por lo tanto, por la experiencia de recibir clases de personas que daban toda la impresión de haber adquirido su vitola profesoral en cualquier feria veraniega, junto con el perrito piloto. Tuve un profesor de materia lingüística que escribió BERBO en el encerado, y se quedó tan campante. Sic.

Como digo, no obstante, respeto mucho el proceso de adquisición de la cátedra, que obliga a estudiar y a saber y a publicar y a escribir; motivo por el cual, cuando es un catedrático el que escribe, programo mi córtex para recibir datos procedentes de fuente fiable, sólida. De alguien que, opine lo que opine, opina porque sabe; porque se lo ha estudiado.

Y es por eso que me jode tanto cuando compruebo que, en realidad, el amanuense apenas se ha esforzado en saber.

Todo este conjunto de párrafos superferolíticos viene a cuento de un reciente artículo que le leo al profesor Vicenç Navarro quien, por lo que he podido barruntar de lecturas complementarias, es una especie de muso del pensamiento de izquierdas. Bien por él, ciertamente; y quede claro que no dudo que, como economista, estoy seguro que tendrá ideas interesantísimas. Como historiador, ya no tanto.

Dedica su trabajo el profesor a recensionar la campaña de opinión pública existente en Alemania, por la cual se pone a los griegos de vagos para arriba, y la inmoralidad básica de la misma en su opinión. Hasta ahí bien. Es este un tema opinable, ciertamente, pero las opiniones son libres, siempre y cuando no expresen a niveles excesivos de cabestrez tal y como la he definido above. Lo malo es cuando acude a argumentos históricos para sustentar la dicha opinión.

Acusa Navarro a Angela Merkel y a un etéreo e indefinido establishment alemán de adolecer de gravísimos desconocimientos de la Historia de Alemania y de Europa. Y justo es esperar, cuando alguien dice cosa tal, que no adolezca de lo mismo. Ahí reside lo doloroso de sus líneas.

Leamos:

La primera ignorancia es desconocer las terribles consecuencias de querer penalizar a todo un país por su comportamiento supuestamente inmoral. Alemania es un ejemplo de ello. El Tratado de Versalles, firmado el 28 de Junio de 1919, era el Tratado de Paz que terminaba con la Primera Guerra Mundial. Los vencedores de aquel conflicto, Francia, Gran Bretaña y EEUU, impusieron un castigo a Alemania, perdedora de aquella guerra, castigo que tenía como objetivo penalizar al pueblo alemán por su responsabilidad en haber causado la I Guerra Mundial. Con aquella penalización se intentaba prevenir que Alemania causara en el futuro otra guerra. Como dijo el Primer Ministro francés Georges Clemenceau, el objetivo central de las enormes sanciones impuestas al pueblo alemán era prevenir una II Guerra Mundial. La historia, sin embargo, mostró el enorme error de aquellas políticas de sanciones encaminadas a penalizar el comportamiento considerado inmoral de un país. La Segunda Guerra Mundial siguió a la Primera, y en cierta manera, la II Guerra Mundial era una respuesta a la política de sanciones firmada en Versalles en 1919. En realidad, el economista Keynes, de Gran Bretaña, que había dimitido de la delegación británica en Versalles por su desacuerdo con aquellas políticas sancionadoras que iban a aprobarse en el llamado Tratado de Paz, había ya alertado que aquellas sanciones empeorarían todavía más la situación alemana, creando las condiciones para que apareciese un movimiento de protesta, canalizado por el nazismo, tal com oocurrió.

Este párrafo mezcla cosas que son ciertas con otras que no lo son y el resultado es, la verdad, bastante confuso. Es cierto que los países ganadores de la Gran Guerra establecieron una cifra de reparaciones bestial para la Alemania perdedora. Es cierto, también, que una parte del sentimiento vengativo alemán estaba basado en la humillación de Versalles. Pero aquí acaban las certitudes.

Las reparaciones de Versalles poco pudieron tener que ver con la eclosión del nazismo si el Plan Young, impulsado en los tratados de Locarno, ya reducía drásticamente la cifra de reparaciones a pagar y, además, le daba a Alemania más de medio siglo de plazo para pagarlas; de hecho, de haberse aplicado Locarno hasta su completo run-off, el último pago alemán se habría producido en 1988. Los acuerdos de Locarno no es que sean previos a la llegada al poder del NSDAP en Alemania; es que son previos al putsch de la cervecería que lanzó Hitler disparando al aire (y gritando, por cierto: "¡La era del capitalismo ha terminado!"), en el que quedó como el culo y por el que fue a la cárcel, donde se dedicó a hacerse pajas con Rudolf Hess en unas cuartillas que han pasado a la Historia con el nombre Mein Kampf. De hecho, el gran problema para Europa fue lo mucho que Hitler aprendió de aquella experiencia fallida, y que se puede resumir, precisamente, con el concepto "con la matraca sobre Versalles no me como ni un rosco". Es entonces, ya lo he dicho, cuando escribe su librito; cuando empieza con su discurso antijudío que, como acertadamente ha señalado un fino analista de los discursos hitlerianos como Ian Kernshaw, hasta entonces no existía; cuando se erige en pantalla contra la reacción comunista; y cuando comienza a explotar los sentimientos nacionalistas del pueblo alemán.

Entiéndase: yo no estoy diciendo que la humillación de Versalles no tuviese nada que ver con la audiencia concedida a la sociedad alemana al nazismo. Pero:

1) Si Versalles fuese la principal razón de dicha audiencia, ¿acaso Hitler no habría triunfado antes de 1930? Cabe recordar que, en dicho año, y a causa del estallido de la Gran Depresión, las potencias ganadoras de la I Guerra Mundial hicieron uso de la cláusula del Plan Young que permitía suspender los pagos de las reparaciones por causas excepcionales. Alemania dejó de pagar con el acuerdo de sus otrora enemigos.De hecho, una cosa que el profesor Navarro olvida, o tal vez desconozca, es que Adolf Hitler siempre abominó del Tratado de Versalles; pero hasta minuto y medio antes de invadir Polonia, repitió hasta la saciedad que siempre respetaría Locarno.

2) Si Versalles fuese la principal razón de dicha audiencia, y puesto que el gran muñidor de Versalles es Francia, ¿acaso la II guerra mundial no habría empezado con una agresión a Francia? Lejos de ello, todos los actos del nazismo se centraron en "el otro lado"; allí donde estaban los territorios que, según la visión ultranacionalista alemana, le pertenecían a la nación; o sea, la famosa Lebensraun, que pesa bastante más en la teórica nazi que el problema de las reparaciones.

Sorprende que un especialista en economía no se dé cuenta de que atribuir la eclosión del nazismo al cabreo por las reparaciones de la I guerra mundial supone preterir algunos elementos de enorme importancia, precisamente en el campo económico. Como he dicho antes, el discurso social panalemán es sólo tardíamente proario y racista. La inquina contra los judíos no está en el origen de la estrategia del NSDAP, por mucho que el antisemitismo sea ideología hondamente enraizada en la Europa (no la Alemania) del siglo XIX (de hecho, el primer gran estallido social antisemita de los tiempos contemporáneos no se da en Alemania, sino en Francia; es lo que conocemos como Escándalo Dreyfuss, con su famosérrimo J'accuse de Zola). Como muy acertadamente explica Karl Dietrich Bracher en su im-pres-cin-di-ble Die Deutsche Diktatur (La dictadura alemana, publicada en dos tomos en España por Alianza; el título en alemán lo pongo en honor de mi amigo Otis B. Driftwood), los primeros odiados por los alemanes, en aquella posguerra tan complicada, no son los judíos, sino los checos.

Hay un hecho que puede escapar al ojo del analista más o menos desinformado; pero no a los de alguien que está juzgando aquellos tiempos desde el conocimiento económico. El final de la I guerra mundial supuso la eclosión de un elemento desastroso para Alemania en lo económico, que fue la disolución del imperio austro-húngaro y la consiguiente eclosión de unidades nacionales más pequeñas; notablemente Austria, Hungría y, sobre todo, Checoslovaquia. Todos éstos eran territorios que hasta entonces habían disfrutado de la protección económica de una metrópoli poderosa y de unos mercados interiores más o menos cautivos gracias a la existencia de barreras arancelarias. La independencia de estas naciones colocó en primera línea estratégica el objetivo de ser competitivas, cosa que hicieron a base de tirar sus costes, proceso del cual la principal pagana fue la economía alemana, como Japón ha sido hace menos tiempo la principal pagana de la eclosión de gigantes económicos en su área de Asia-Pacífico. El libro de Bracher, precisamente dedicado al análisis de las fuertes corrientes subterráneas que incluso un siglo antes de Hitler ya estaban cociendo el pensamiento ultranacionalista alemán, concede mucha importancia a la percepción de esta competencia como injusta y procedente de untermenschen por parte del alemán medio; que fue quien, al fin y a la postre, votó a Hitler. Y creo que es fácil entender que el hecho de que alguien te quite el puesto de trabajo es un motivo bastante más cercano para votar a tal o a pascual que la necesidad de pagar reparaciones que, para colmo, años antes de la aparición de Hitler en la escena alemana, ya se estaban pagando piano, piano.

Todo esto sin haber entrado en el error más garrafal del párrafo citado, que es su mera existencia, esto es: la comparación en sí. Comparar el sentimiento de poder de los ganadores de la guerra sobre Alemania con el sentimiento de poder de la actual Alemania sobre Grecia es, con perdón del profesor Navarro, comparar churras con merinas. Para que las merinas fuesen churras, haría falta no sólo que Alemania forzase la imposición en Grecia de un gobierno más o menos tecnocrático que ha procedido a recortes traumáticos en su gasto público. Haría falta que Alemania, además, hubiese intervenido el ejército griego, dominando por completo su existencia y crecimiento. O haría falta que tropas alemanas ocupasen, por ejemplo, las islas griegas y otras zonas turísticas, y las hiciesen suyas (como hicieron los franceses con la cuenca del Ruhr, o las zonas germanoparlantes de Alsacia y Lorena). 

Con todo, si discutible es su análisis sobre la Historia de Alemania, más aún lo es los conocimientos que demuestra sobre la de Grecia. Citando las frases de su artículo más enjundiosas:


Este supuesto se podría aplicar también a Grecia, país que ha estado gobernado por unos establishments de ultraderecha por la mayoría del tiempo desde el final de la II Guerra mundial. Las políticas corruptas, responsables de unos Estados altamente represivos y con escasa sensibilidad social, fueron realizadas por sus clases dirigentes griegas apoyadas precisamente por las clases dirigentes alemanas. El enorme endeudamiento del Estado griego, basado en parte en la escasez de recursos (generada por un enorme fraude fiscal por parte de los componentes de su clase dirigente) y en unas políticas fiscales enormemente regresivas, con unos gastos militares (aproximadamente el 30% de su presupuesto público) totalmente hiperbólico, se realizó con el apoyo del capital financiero alemán y estadounidense. Es más, la banca Goldman Sachs jugó un papel importante en la creación de la deuda pública, su ocultación y, más tarde, su especulación. El establishment alemán estaba involucrado en las políticas llevadas a cabo en Grecia, que condujeron directamente al mal llamado “problema de la deuda pública griega”. Y la banca alemana fue la que financió la expansión del gasto militar en Grecia (ver mi artículo “Lo que no se dice sobre Grecia”, publicado en mi blog www.vnavarro.org el 28.03.12). ¿Dónde está la crítica de la supuesta moralista Angela Merkel de los banqueros de su país, que se beneficiaron enormemente del comportamiento irresponsable e inmoral de la clase dirigente griega? Y, ¿cómo es que la prensa del establishment alemán está tan silenciosa sobre el papel central que el capital financiero, incluido el alemán, jugó en crear “la crisis de la deuda pública griega”? El pueblo griego no se benefició de aquellas políticas. Fue la burguesía financiera alemana la que se benefició.

Errores que aprecio en este texto:

1) La Historia de la Grecia moderna y de sus problemas NO comienza tras la II guerra mundial. Comienza mucho antes, con su independencia a principios del siglo XIX. Extender el time span tiene la consecuencia inmediata de que el Gran Hermano que mira a Grecia deja de ser Alemania, como pretende en sus tesis el profesor Navarro, sino Inglaterra (y, tras la II guerra mundial, Estados Unidos). Pero, claro, esto no cuadra con la visión del artículo. 

2) Grecia ha tenido periodos de dictadura, en efecto. Están el general Metaxas, Papadopoulos, y los coroneles. Pero también ha tenido extensos periodos de democracia, durante los cuales, eso es cierto, los griegos han votado a una clase política endogámica y que se sucede a sí misma. Pero la han votado, entre otras cosas, porque, mientras los políticos vivían bien, le garantizaban a los griegos un determinado nivel de vida; pacto que la crisis financiera del 2008 ha hecho imposible (y éste, y no otro, es el problema griego). Ya que el profesor Navarro se quiere (como digo, en mi opinión equivocadamente) ceñir al periodo de la posguerra mundial, en ese medio siglo no es moco de pavo el periodo agregado de gobierno del PASOC, partido que difícilmente se podrá definir como "de ultraderecha"; partido que continuó el rally de gastos militares, y de endeudamiento público, de funcionarización de la población activa griega, de construcción de un Estado del Bienestar hipergeneroso (y financiado por otros), etc.

3) El fraude fiscal no es cometido en Grecia por "la clase dirigente". Si fuese así, todo el problema de la Hacienda helena sería meter en el trullo a, como mucho, 2.000 personas (como también se predica, por cierto, y con parecidos niveles de análisis epidérmico, de la crisis islandesa, que tiene muchísimos más matices). El fraude fiscal en Grecia lo practica el griego medio. Lo practican los médicos, los arquitectos, los abogados, los pequeños empresarios. Todo Dios o, mejor dicho, todo Zeus. El fraude fiscal forma parte de la cultura económica griega; y es importante entender esto porque tiene mucho que ver con la inquina de la sociedad alemana hacia los griegos, porque jode mucho pagar religiosamente todos los años para que una parte de lo pagado, vía fondos europeos, se vaya a otros tipos que no pagan porque no les sale de los cojones.

4) Como decía en 1), aseverar que las políticas estructurales griegas, que el articulista califica de "corruptas" sin alejarse demasiado de la realidad en mi opinión, han sido posibles por el apoyo de Alemania, es darse una hostia en todos los morros contra la realidad geopolítica griega.

Grecia fue durante todo el siglo XIX un territorio tutelado por Inglaterra, constantemente preocupada por la posibilidad de que una excesiva influencia rusa (y alemana) en los Dardanelos, vía Turquía, le pusiera el problemas en el Mediterráneo, mar que los británicos consideraban su piscina olímpica particular y que, obviamente, adquirió una importancia comercial estratégica con la apertura del canal de Suez. De eso, es ese protectorado de facto el que permite la existencia y crecimiento de la clase política clientelar griega, pues son los ingleses los que no quieren no oír hablar de que Grecia piense por sí misma. Este proceso se repite, elevado a la séptima potencia, tras la II guerra mundial, donde el problema sigue siendo el mismo: la elevada influencia de Rusia (ahora URSS) en la zona. Ahora, sin embargo, son los Estados Unidos los que intervienen en la zona, prohibiendo el partido comunista (como en Alemania) e interviniendo directamente en la política griega. Alemania difícilmente pudo ser actor protagónico de ese proceso, porque estaba bastante malita en aquel momento y además, ejem, acababa de perder una guerra.

De hecho, el artículo de Navarro afirma que lo que habría que hacer hoy con Grecia es lo que se hizo con Alemania tras la II guerra mundial, que él describe así: perdonarle a Alemania más de la mitad de la deuda pública, deuda que Alemania, debía a los vencedores (que eran los mismos que ganaron la Primera Guerra Mundial), a fin de ayudar a la reconstrucción de aquel país.

Bueno, la verdad es que se hicieron bastantes más cosas. La primera, ojo, invadir el país entero (y repartírselo entre los ganadores). La segunda, discutir entre los ganadores cuál habría de ser la estructura constitucional del país (me refiero, obviamente, a la República Federal; en la Democrática, ni discusión hubo). La tercera, permitir que el juego democrático alemán se produjese únicamente entre las formaciones e ideologías que le molaban a quienes ejercían el protectorado (a estadounidenses, británicos y franceses les molaron varios; a los soviéticos sólo les moló ellos mismos). Y la cuarta, exigir al pueblo alemán un sacrificio enorme, con años de escasez pavorosa, para sacar adelante el país. Porque si es lógico esperar que alguien de la calle considere que los alemanes fueron ricos y vivieron todos metiéndose longanizas por el culo desde el día 1 en que llegó el Plan Marshall, no es ésta, desde luego, una interpretación que le quepa a alguien que conozca la Historia de cómo vivieron los alemanes durante los años cuarenta y aún parte de los cincuenta.

A Alemania se le perdonó una deuda que no podía pagar, efectivamente. Pero ni modo se hizo eso a cambio de que se pudiera poner a pagar pensiones generosas al día siguiente, o permitir un fraude fiscal acromegálico, o unas estructuras de gasto público para las que carecía de ingresos interiores. La sociedad alemana sudó mierda para poder encontrarse a las puertas de los años sesenta en los niveles de prosperidad y calidad de vida que para entonces eran la envidia de Europa. Blood, toil, sweat and tears...

Con todo, el problema fundamental del artículo, en lo que a Grecia se refiere, está en el punto 1) antes referido. Un economista, a mi modo de ver, no puede olvidar, o desconocer, que en Grecia ya existió una llamada Comisión Financiera Internacional mediante la cual, a principios del siglo XX, las potencias europeas del momento controlaron el presupuesto griego, incluso impusieron su derecho de nihil obstat sobre la emisión de moneda (que mayor cesión de soberanía económica no se puede imaginar), a causa de que Grecia había llegado a la bancarrota de su deuda externa. Insisto: hace cien años. Cien. Años. Pretender que el problema griego tiene treinta, cuarenta o cincuenta años, es errar gravemente en el análisis. Grecia ha hecho default varias veces en su Historia reciente; y es esta multirrepetición del efecto la que hace pensar que hay algo esencialmente mal diseñado en su sistema ecosocial. Éste es, a mi modo de ver, el problema que hay que analizar; problema que es de enorme complejidad, se compone de un montón de elementos y no, desde luego, de una limitada lista de conceptos sencillos.

Os dejo, como coda de estas notas, dos regalitos. Son dos fotos que he hecho con el móvil de un cuadrito que adorna mi despachito. La primera foto es de cuerpo entero:



No sé si lo distinguís bien, pero es un bono estatal griego. Su fecha de emisión, que figura en la columna de la izquierda, es 1898. tiene, pues, 114 añitos.

Las tres columnas de texto de la mitad inferior son iguales. El bono está redactado en griego, inglés y francés. Me interesa especialmente un párrafo, que es el que he intentado reproducir en la segunda foto: 



 


Mi traducción: 

Si los recursos prescritos por el artículo 11 del Real Decreto del 22 de abril/4 de mayo 1898 son insuficientes para el servicio del préstamo, las garantías mancomunadas de Francia, Gran Bretaña y Rusia pasarán a ser operativas bajo las cláusulas y condiciones de la Convención concluida en París, en el 17 a 19 de marzo de 1898, entre estas tres potencias y Grecia.

Da la impresión de que el problema existe desde hace algún tiempito.