martes, abril 12, 2011

Datos estúpidos para sobremesas frikis (1)

Los grandes monarcas barrocos nunca estaban solos. Acompañarlos era una mezcla de obligación y honor. Siempre había alguien cuando dormían, cuando comían, cuando se vestían, cuando se desnudaban. El protocolo de algunas cortes era tan estricto en este punto que de Luis XIV se ha calculado que únicamente pasó totalmente solo 8 minutos de su vida.

Abderramán III, califa de Córdoba, el hombre que construyó un palacio para su amante, confesó, cuando se sintió morir, que en toda su vida sólo había sido feliz apenas 45 minutos. Se desconoce cuál era su concepto exacto de felicidad.

Su antecesor Abderramán II tenía un tic nervioso en la cara, muy acusado. Le comenzó teniendo 14 años, cuando su padre, al-Hakam, reprimió una rebelión en Toledo y consecuentemente ejecutó a decenas de notables de la ciudad en un foso. El padre obligó al hijo a ser testigo del espectáculo. Abderramán jamás se curó del tic.

Se dice que quizá el principal padecimiento físico de los antiguos egipcios eran los dientes. Se suele atribuir este hecho a la cantidad de arena de los alimentos, sobre todo el pan.

Cuando Rudolf Hess fue detenido en Escocia tras haber aterrizado allí en su extraño viaje, Winston Churchill estaba a punto de entrar en su sala de cine privada para ver Los hermanos Marx en el Oeste. A pesar de ser informado de la detención de un tipo que decía ser Hess y probablemente lo era, decidió entrar a ver la peli.

Una norma de 1906 estableció que las conferencias telefónicas en España podrían celebrarse en cualquier idioma. Fue una de esas normas que no hizo sino reconocer lo que la gente ya estaba haciendo.

Contrariamente a lo que se piensa, la autorización del marido para poder viajar o trabajar no era la medida más discriminatoria para la mujer existente en el Derecho franquista. La peor, con mucha probabilidad, era la previsión legal de que la mujer no pudiese ser testigo de un testamento, puesto que, indirectamente, negaba a las mujeres la posibilidad de tener albedrío y, sobre todo, memoria.

Alejandro Dumas padre disfrutó durante parte de su vida de una curiosa pensión, consistente en doce melones al año. Un pueblo francés famoso por dicho cultivo le solicitó algún ejemplar de sus obras para iniciar una biblioteca, y Dumas contestó ofreciendo la totalidad de las mismas (unos 500 libros) a cambio de la citada pensión. El Ayuntamiento aceptó.

Cuando Francisco Franco tuvo un accidente de caza que le hirió en una mano, a principios de los sesenta, fue llevado de urgencia en domingo a un sanatorio en el área de Moncloa. El médico que lo atendió, Ramón Soriano, que acabaría escribiendo un libro sobre la experiencia, no fue prevenido de quién era el paciente que estaba tumbado en la camilla de urgencias. Consecuentemente, con esa manía que tienen los médicos de hablar de los pacientes como si no estuviesen presentes, comentó con la enfermera, en voz alta, algo así como «anda que no le dirán veces a este señor que es igual que Franco». Franco contestó con un galaico «eso dicen».

Un chiste muy popular en la Rumanía comunista habla de un tipo que va por la calle a la pata coja. Un amigo que le ve, le grita: «¿Perdiste un zapato?» «¡No!», le contesta el otro, «¡encontré uno!»

La calle de la Ballesta de Madrid se llama así porque en su tiempo hubo allí una vivienda con una especie de jardín trasero cuyo dueño tenía allí un jabalí. La gente se entretenía disparando al pobre animal, que hemos de suponer que acabaría palmándola.

En los años cuarenta del siglo pasado, según Torrente Ballester, aún se decía en la catedral de Santiago de Compostela, cada 5 de agosto si no me falla la memoria, una misa por el alma de Carlomagno.

La escena de Yo, Claudio en la que el emperador (Derek Jacobi) se echa a llorar cuando le comunican que, tal y como él ha ordenado, su mujer Mesalina ha sido ejecutada, es, en realidad, una licencia poética. Las crónicas del tiempo cuentan, más bien, que estaba comiendo cuando se lo dijeron, y que siguió papeando como si tal cosa.

domingo, abril 10, 2011

La "normalidad" del 36 (8: El entierro del bochorno)

La II República española es un periodo extraño y sorprendente. Es más extraño y sorprendente aún cuando algunos lo cuentan; lo digo más que nada porque escribo estas líneas después de haber terminado de ver un capítulo grabado de La República, la ominosa serie de la TVE1 que a día de hoy aún no sabemos a ciencia cierta a qué república se refiere; capítulo en el cual un teniente coronel que se ha alzado con Sanjurjo y que espera consejo de guerra es liberado de la cárcel (cosa que, por cierto, es jurídicamente imposible) nada más y nada menos que por José Antonio Primo de Rivera. ¡Acabáramos! Ya bastante complicada era la República ATE (Antes de Televisión Española), para que ahora resulte que, además, Primo de Rivera y Azaña eran amigos...

viernes, abril 08, 2011

La "normalidad" del 36 (7: Más de lo mismo)

En efecto, la calle, en abril, sigue a su bola. En Villapadora, Sevilla, durante las movilizaciones de una huelga campesina se produce un muerto. Los propietarios de tierra huyen del pueblo ante las amenazas que reciben. Una votación para elegir el alcalde de Huelva termina con un socialista muerto. En Huévar, Sevilla, otra huelga campesina provoca dos muertos; uno más en Badalatosa, de la misma provincia. En Abarán, Murcia, un grupo asalta el domicilio de un derechista y mata a su hijo a puñaladas. Otro derechista muere en Siles, Jaén. Lo de Siles es, en realidad, peor. Las izquierdas se rebelan y la guardia municipal se les une. Cuando llega la guardia civil a poner orden, los municipales abren fuego contra ellos, hiriendo al teniente que iba al mando. A ello se suceden unos enfrentamientos en los que muere un vecino sin significación política.

No es el único caso. En Consuegra (Toledo), miembros de la guardia municipal asesinan al guarda mayor de la Comunidad de Labradores. En Daimiel, Ciudad Real, el alcalde intenta suspender una procesión religiosa y, al no conseguirlo, ordena a los municipales que la tiroteen.

En Ceuta, el decano del colegio de abogados y ex diputado de la CEDA, De las Heras, también es asesinado. En Beniopa, Valencia, donde los izquierdistas se han incautado la iglesia por la patilla, un ex militante de la FAI es asesinado por ex compañeros.

Un magistrado de la Audiencia de Sevilla resulta gravemente herido en un atentado. En Valencia, los vecinos de los pueblos de Jaraco y Tabernes de Valldigna, al parecer de tendencias políticas distintas, quedan para pegarse. Un muerto. En Cartaya, Huelva, los enfrentamientos entre campesinos y guardia civil dejan cuatro manifestantes muertos. En Baza, Granada, un grupo de izquierdistas rodea al guardia civil José Herrerías Medina, que saca su pistola y causa dos muertos.

El 23 de abril, en Lébrija, se producía un conflicto bastante común en aquella época. Los jornaleros habían entrado en los campos y trabajado en los mismos sin haber sido contratados, y ahora pretendían que se les pagasen los jornales. Hubo follón. El teniente de la guardia civil Francisco López Cepero Ovelar les habló y advirtió de que no toleraría desmanes. Luego fue a parlamentar con el alcalde y, a la salida del ayuntamiento, fue abordado por los campesinos, que dispersó un guardia apellidado Galisteo disparando al aire. Esa noche ardieron un convento, el domicilio del alcalde y el centro de Acción Popular. El teniente López, que no tenía teléfono en su casa, salió en la noche hacia el cuartel para dar las órdenes oportunas. Los manifestantes lo vieron y rodearon. Él sacó su arma y disparó al aire. Iba a hacer otro disparo, pero el arma se le encasquilló. En ese momento, los que lo rodeaban lo cogieron. Lo tiraron al suelo, lo patearon, lo golpearon con barras de hierro y una azada. Luego, ya cadáver o tal vez moribundo, lo arrastraron por las calles.

La mujer del teniente, desde el balcón de su casa, fue testigo de todo.

En Alfaro (Logroño) es asesinado un joven de Acción Popular. En Haro es asesinado otro derechista y asaltada una sede partidaria. En Zaragoza, los obreros en huelga de una obra se apiolan al contratista. En Yecla (Murcia) el asesinado es el secretario del Sindicato Obrero Católico. Otro muerto en Arganda, durante un choque de partidarios políticos. En Sevilla es asesinado un profesor de la Escuela de Artes y Oficios. Una bomba estalla en Loyola, Guipúzcoa, causando un muerto. En Madrid, unos desconocidos disparan contra un obrero derechista y una mujer cubana, matando al primero de ellos. En Bilbao chocan sendos grupos de socialistas y tradicionalistas; un muerto más. En Albalate del Obispo, Teruel, un agricultor mata a un propietario a tiros.

Arden en abril las sedes de los periódicos Gaceta de Levante (Alcoy), El Correo de Lérida, El Guadalete y El Diario (Jerez).

Leandro García Bayona, agente de policía, fallece en Castellón a disparos de unos anarquistas. En Almería muere un guardia de Asalto. En Viana, Navarra, el asesinado es el guardia civil Manuel Elbusto Osés.

En Gijón, el guardia civil Manuel Vela Rodríguez fue asesinado por un grupo que pasó delante de él a la salida del cuartel en un coche, y le disparó una ráfaga de balas. El gobernador civil, Fernando Bosque, ordenó que no hubiese cortejo fúnebre en el entierro. Las derechas, sin embargo, desobedecieron, lo que provocó que el propio Bosque se plantase delante de la comitiva profiriendo, entre otras cosas, frases injuriosas contra la Guardia Civil. Los falangistas que iban en la comitiva se encargaron de que la cosa terminase a tiros.

El 14 de abril, Día de la República, fue celebrado en Jerez mediante el asalto al que había sido el centro de Falange. Dentro había un falangista, Joaquín Bernal, que repelió el primer ataque a tiros. Luego fue detenido por la guardia civil, quien se lo llevó al calabozo. En el camino hacia el mismo recibió un tiro en el pecho, otro en un brazo y un tercero en la espalda, éste a quemarropa. Los manifestantes la tomaron después con la propia Guardia Civil, que acabó causando un muerto más. Aún así, los manifestantes proclamaron los soviets y detuvieron a más de sesenta derechistas. A partir del segundo día de los tres del conflicto, la guardia civil permaneció acuartelada por orden del gobernador.

En Barcelona, los obreros del metal fueron a la huelga. Un obrero que quería trabajar fue asesinado y arrojado a un paso a nivel. Otro, miembro del Sindicato Autónomo, también fue asesinado. Los huelguistas asaltaron un autobús y desvalijaron a sus 25 integrantes. Finalmente, el día 26 fueron asesinados los hermanos José y Miguel Badia, vinculados al Somatén y la policía autónoma durante el bienio derechista.

En Madrid, el día 7, un falangista llamado José Nicasio Rivogorda entregó una cesta de huevos en casa de Eduardo Ortega y Gasset, abogado del Socorro Rojo Internacional que, además, le había conseguido una colocación. La cesta llevaba una bomba que al estallar causó heridas a la mujer del abogado.

Como guinda para este pastel, el día 13 de abril cae muerto en los adoquines de Madrid el juez Manuel Pedregal, que había sido ponente en la causa contra Manuel Álvarez, uno de los dos detenidos por el atentado contra Jiménez de Asúa. A Álvarez le cayeron, el día 9, 25 años, y Falange contestó llevándose por delante a su señoría.

La crónica del orden público en abril, por lo tanto, está ya bien repleta de sucesos bastante poco edificantes. Y, sin embargo, para quienes consideréis que esto que habéis leído ya es suficiente, deberé deciros que me he dejado lo mejor. Todavía no me ha dado tiempo a contaros por qué pienso que los días 14 y 15 de abril se clavó el último clavo de la rampa que habría de descendernos hacia la guerra civil. Todavía no os he contado, pues, que en este 1936 tan «normal» pasaron cosas como que una persona fuese asesinada a pocos metros del presidente del Gobierno, y que un entierro se convirtiese en una batalla campal en el mismo centro de Madrid.

El 14 de abril de 1936 amaneció el aniversario de la República, un aniversario en el que, seguro, mucha gente, a pesar de todo lo que estaba pasando, aún tenía confianza en aquel régimen. Apenas 40 horas después, eran muchos los que la habían perdido. Y la «culpa» de todo la tuvieron un alférez de la guardia civil y un teniente de la guardia de Asalto; uno, por morir, y el otro, por casi matar.

Por supuesto, continuará.

martes, abril 05, 2011

La "normalidad" del 36 (6: Au revoire, Président!)

Abril de 1936 se inicia con uno de los hechos más debatidos de la pequeña Historia de aquel medio año que transcurre hasta el golpe de Estado. Debatido porque no hay mucho acuerdo en torno a por qué ocurrió lo que ocurrió. Lo que ocurrió, sucintamente, fue la destitución de Niceto Alcalá-Zamora como presidente de la República y su sustitución, tras una votación en el Palacio de Cristal del Retiro, por Manuel Azaña.

Las motivaciones y, por así decirlo, engranajes de este cambio no están del todo claras. En primer lugar, hay que decir que, sin duda alguna, en el proceso jugaron las ambiciones personales. Sería muy difícil imaginar que Azaña no quisiera ser Presidente de la República. Como primer ministro se había llevado unos palos de la leche, lo cual siempre deja cicatrices; y, además, la situación en el 36, que vamos describiendo, no invitaba precisamente a creer que los malos momentos fuesen irrepetibles. Acostarse jefe del gobierno en la primera mitad de 1936 venía a equivaler a acostarse preguntándose si en algún lugar de España, en ese preciso momento, no se estaría produciendo un nuevo Casas Viejas, un nuevo Castilblanco, un nuevo Arnedo, una nueva sublevación del Llobregat, otra Asturias, un nuevo atentado falangista. Para alguien como Azaña, que tantas plumas se había dejado en los escándalos del 33, es lógico que esa perspectiva no fuese muy atractiva; y, además, la Presidencia de la República, con sus palcos de ópera; con sus innúmeros actos ateneístas rodeado por los de la ceja propia; con sus recepciones rimbombantes en salones un día borbónicos, capaces de henchir la vejiga del orgullo incluso en el caso de alguien que, como Azaña, la tenía bien grande; la presidencia de la República, digo, con todos esos gajes, no podía dejar de ser atractiva para este señor que fue el primer español de una larga lista que cree que Manuel Azaña marca un antes y un después en la Historia de España.

Eso, Azaña. Otros, no podemos saberlo con precisión, pero sí podemos imaginarnos que también sintieron el mordisco de la ambición. Y me refiero a Prieto, aunque su ambición no era presidir la República, sino ocupar el sillón que Azaña dejaría vacante.

Cuando uno repasa la Historia de la fantasmagórica República en el exilio y se da cuenta que incluso en esos tiempos llegó a haber peleas sin cuento por presidirla y presidir su gobierno, a pesar de que equivalía a presidir la nada, se da cuenta de que, cuando esa ambición era cierta, es decir se refería a una presidencia real, debió de ser la misma pero elevada a una potencia de dos dígitos. ¿Prieto soñó con ser presidente del Gobierno? Sin el menor rastro de duda. Convicción personal de que lo merecía (como Azaña) no le faltaba, y tampoco le faltaron, seguro, corifeos de mesa camilla que le dijeran que era el candidato ideal. ¿Lo soñó Martínez Barrio? Probablemente, no. MB sabía que era el as en la manga que Azaña se quería guardar para presidir el gobierno si la cosa se ponía fea (tesis ésta que mueve a preguntarse cuál podía ser el concepto que tenía Azaña de ponerse feas las cosas). Largo: no. Largo Caballero, con seguridad, nunca quiso ser presidente de la República, ni del Gobierno.

Pero lo importante no es eso.

A mi modo de ver, todo lo que rodea la cuestión de la segunda Presidencia de la segunda República tiene que ver con algo que creo haber escrito ya. Todos, y todos quiere decir todos, y cada uno de los intervinientes en la formación del Frente Popular se metieron en aquel merdé convencidos de que podrían manipular al resto. Azaña, después del mitin de Mestalla en el que decenas de miles de personas lo aclamaron, creía que él era el faro de las izquierdas de España; idea que también tenía de sí mismo, con muchísima más razón, Largo Caballero. Entre ambos, Indalecio Prieto consideraba que podría hacerle un trile a su correligionario Largo (que era, al mismo tiempo, el tipo que más le envidiaba) y llevar al PSOE al redil de apoyarle a la hora de okupar la izquierda burguesa convirtiéndose en mano derecha de Azaña. Los comunistas tenían en marcha un plan, el diseñado por la Internacional, de realizar alianzas burguesas para madurar hacia la revolución. Y los anarquistas consideraban que, tras haber inclinado la balanza electoral a favor del Frente Popular, se les debía su comunismo libertario.

Todo el mundo, como digo, consideraba que podía manipular a los otros. Por eso, todos se pusieron de acuerdo, rápidamente, para manipular la Presidencia del Estado.

La Constitución republicana tenía una cláusula antipresidencialista cuyo objetivo era impedir que un Presidente venal se perpetuase en el puesto a base de disolver las Cortes que no le fuesen afectas. En consecuencia, la Carga Magna establecía que un presidente de la República que disolviese las Cortes dos veces tendría que dimitir. La tesis del Frente Popular fue que eso precisamente es lo que había hecho Alcalá: la primera, cuando disolvió las Cortes constituyentes; y la segunda, cuando disolvió las de la derecha para las elecciones del 36. Alcalá, por su parte, consideraba que la disolución de unas cortes constituyentes es algo preceptivo cuando la Constitución ha sido aprobada, así pues ésa no debía contar.

Es un debate de técnica jurídica constitucional que Alcalá, supongo que para su sorpresa pues era académico de Jurisprudencia y fino jurista, perdió. No lo perdió por la solidez de los argumentos en contra. Lo perdió porque todo el mundo en el Frente Popular se juramentó para apoyar la tesis de que debía ser cesado. Aún le cabía a Zamora una posibilidad, y es que las derechas, al fin y al cabo una minoría relevante, pusieran pies en pared. Pero eso era wishful thinking. Las derechas se pusieron de canto, se alienaron del proceso, porque la cosa no iba con ellas. Gil-Robles, es de comprender, no iba a mover un dedo a favor del tipo que, durante dos años, hizo uso de todo tipo de subterfugios para impedir aquello que la aritmética parlamentaria dictaba con claridad: que era la CEDA la que debía gobernar. Para Calvo Sotelo, Goicoechea y demás, Alcalá era un sucio traidor. El único que, en puridad, apoyaba al Presidente era el gallego egoisto-gilipollas. Y eso y nada…

Azaña quería ser presidente de la República. Prieto también lo quería, para ponerse él de primer ministro. Pero, y ésta es mi tesis porque hay historiadores que creen en otras, hubo un tipo que, al fin y a la postre, les engañó a todos: Francisco Largo Caballero.

Dice la famosa frase que la mano que mece la cuna mueve el mundo. En política, la mano que mece la calle es la que lo mueve. Largo Caballero tenía la calle y la fuerza electoral; esto es algo que los diletantes de salón señores Azaña y Prieto, siempre rodeados de hagiógrafos en vida que les repetían una y otra vez eso de tú sí que vales, macho, no podían entender. Indalecio Prieto estaba embarcado en una sorda guerra interior en el PSOE contra el caballerismo en la que logró indudables victorias, como la colocación de su amigo González Peña en la estructura partidaria; pero Largo, sin embargo, tenía un control total sobre la UGT, desde que en diciembre de 1933 se había deshecho de Besteiro y Saborit y colocado en puestos claves de la organización a sus fieles De Francisco, Pretel, Del Rosal, etc., muchos de los cuales acabarían siendo en la guerra más comunistas que otra cosa.

Si el pígnico socialista asturvasco hubiese mirado un poquito más por la ventana, a la calle, se había dado cuenta de que no tenía redaños para plantarle cara a Largo. A él, sin embargo, no le iban esas cosas. Su terreno era la tribuna de las Cortes y las tribunas de papel de los periódicos. Como en éstas, sobre todo la segunda, dominaba, se creía, cuarta más, cuarta menos, que todo el monte era orgasmo. Todo político, tarde o temprano, desarrolla resiliencia a las críticas y proclividad a rodearse de personas más mediocres que él que le dicen lo inteligente que es y jamás someten a crítica sus ideas o estrategias. Prieto fue de éstos, como lo fue Azaña. Sánchez Albornoz sugería en sus octogenarias entrevistas que todo el mundo en la izquierda burguesa se burlaba de Largo Caballero cuando, en las distintas reuniones, repetía como un loro eso de «hay que hacer la revolución». Resulta increíble que alguien pudiese burlarse con remoquetes de esas palabras, cuando en la calle la gente moría fruto de la violencia política en una tasa absolutamente insoportable.

En mi opinión, es obligación de la Historia ser especialmente dura, en este punto, con estos dos especuladores de la nada que se llamaron Manuel Azaña e Indalecio Prieto. Carecían de bases. Carecían de votos. Carecían de fuerza social. Carecían, incluso, de fuerza estatal, pues la mitad del ejército, para cuando ellos estaban pensando en quedarse con el machito de las presidencias de la República y del Consejo de Ministros, ya estaba conspirando para fusilarlos. La calle llevaba, a principios de abril, mes y medio dictando su sentencia con letras de sangre y odio. El proyecto del Frente Popular, si es que alguna vez fue un proyecto de, como diría Azaña un par de años más tarde, Paz, Piedad y Perdón, había para entonces descarrilado o, más bien, cambiado de vía y dado un giro de no menos de 90 grados. Ellos, sin embargo, siguieron creyendo en el plan original, un plan consistente en que un líder sin bases sociales y otro medio líder que disputaba, en desventaja, la dominación del mayor partido de España, fuesen a meter en vereda a fuerzas absolutamente desmandadas, que se sentían ganadoras de las elecciones y que, en algún caso, incluso lo eran.

Largo, mucho más ídem que ellos, aplicó sin embargo, si hemos de creer en las confesiones de Araquistain ya en la posguerra, la táctica del pescador. El primer barbo que picó fue Azaña. Le dio carrete, y le dio carrete, y más, hasta dejar que el infatuado político, y con él toda la izquierda burguesa, se empalmase con la idea de presidir la República. Luego implicó a Prieto en la movida, pues fue Prieto quien, levantándose en el Congreso y aprobando la moción oportuna, clavó en último clavo del ataúd en el que fue enterrada la presidencia de Alcalá-Zamora. Dejó que ambos creyesen sus cositas: Azaña, que como Presidente iba a poder hacer algo; y Prieto, que sería el primer ministro de Azaña.

Él, mientras tanto, mecía la cuna.

Pero vayamos con el relato de la alborada abrileña. Lo primero que ven los días de abril es la marcha atrás del Gobierno, que decide no convocar las elecciones municipales que llegaron a estar previstas en un decreto de fecha 17 de marzo. La razón de la desconvocatoria es obvia, y doble. Por un lado, es una locura convocar unos comicios en un país en cuyas esquinas andan tirios y troyanos a hostia limpia; hacerlo equivaldría a invitarlos a concentrarse en un ring llamado colegio electoral. La segunda razón es que las izquierdas, apenas mes y medio después de haber ganado las elecciones o haberse proclamado ganadores, barruntan que los resultados ya no van a ser los mismos, más que nada porque la gente tiende a no votar a gobiernos que no garanticen el orden público. Del 5 de abril es la motita del BOE que aplaza los comicios locales, sin saber, obviamente, que dicho aplazamiento lo sería por cuarenta años.

Las Cortes se constituyen definitivamente el 3 de abril, eligen a Martínez Barrio presidente y, acto seguido y sin solución de continuidad, tienen conocimiento de la proposición no de ley firmada por sus señorías Prieto, Largo Caballero, Uribe, Pestaña, Ibárruri, Tomás, De Francisco, Comas, Galarza, Pedroso, Jiménez de Asúa, Álvarez del Vayo, Corominas, Tranal y Moreno, todos ellos socialistas y comunistas, solicitando que se investigase la licitud de las decisiones presidenciales de disolución. Habló pasionalmente Prieto en favor de la propuesta. Y se adhirió Azaña, quien, por el camino, utilizó su uso de la palabra para hacer una especie de discurso programático de su gobierno, que contenía esta frase que, en mi humilde, no tiene desperdicio: «¿Es que se puede decir a las muchedumbres irritadas o maltratadas, hambreadas durante dos años, a las muchedumbres saliendo del penal, que tengan la virtud que otros tenemos de que no transparezcan [sic] en nuestra conducta los agravios de que guardamos exquisita memoria?». Dicho de otra forma: yo, presidente del Gobierno, sé bien que los míos, los que me votaron, andan por las calles haciendo el cabra. Pero qué quieren que les diga, pobrecitos; los han puteado y no saben ser tan ecuánimes como yo, así que dejémosles que maten, que roben, que incendien y que apaleen.

A mi modo de ver, un presidente del Gobierno espera dos minutos a ver si los que provocan disturbios son capaces de ser ecuánimes. Y si, pasados dos minutos, no lo son, saca a la calle a los de la porra, que para eso los tiene y para eso el Estado de Derecho, que no deja de ser por ello menos democrático, le ha concecido eso que los juristas llaman el monopolio de la violencia legal.

El día 7, los mismos firmantes de la proposición dan un paso más presentando otra que, directamente, insta a las Cortes a declarar ilegal la disolución de enero del 36. Tras un debate de cuatro horas en el que hubo de todo (incluso una pizpireta intervención de Gil Robles, quien vino a insinuar que si se declaraba ilegal la disolución, habría que votar otra vez, sugerencia que colocó la adrenalina de Prieto en unos niveles que ríete tú de Chernobyl), la cosa se aprobó y se preparó una notificación para el presidente más parecida al deshaucio de un sin techo que a un inpeachment. Alcalá-Zamora se negó a recibir a la comisión que fue a darle el papelito a su casa, por lo que ésta tuvo que entregársela a su secretario en el Palacio Real.

Mientras todo esto ocurría, la calle iba a su bola.

Si estáis hartos de sangre, iros de vacaciones. Esto no ha hecho más que empezar.

domingo, abril 03, 2011

La "normalidad" del 36 (5: marzo de hostias y muertos)

(Debo pediros a los seguidores de esta serie, y sobre todo a los que colgais comentarios, disculpas. Tengo muy poco tiempo para escribir estos días y escaso acceso a internet. La serie va lenta, pero si alguien está interesado, que no pierda el interés, que la acabaré).



El atentado contra Jiménez de Asúa marca una nueva etapa para Falange, pero también para el gobierno republicano. A partir de ese momento, el ambiente entre los republicanos será de tolerancia cero hacia la formación de Primo de Rivera, y su objetivo acabar con ella.

El entierro del policía José Gisbert no pudo ser pacífico. Una persona murió apuñalada en la calle Barquillo, y un militar de uniforme agredido. Se arrasaron una armería y una cafetería. En la noche, arden dos iglesias y la sede del viejo periódico primorriverista La Nación. Un conato de incendio del ABC es impedido por las fuerzas del orden.

La jornada del 13 de marzo adquiere una importancia esencial porque, aunque ya hemos visto en estas notas que hay pueblos de España donde lo ocurrido podría verse como un juego de niños, el hecho de que estos hechos ocurran en la capital de España multiplica su gravedad. De hecho, el Gobierno, que se reunió el 13 por la mañana para estudiar la convocatoria de elecciones municipales, siguió reunido hasta la madrugada del 14 haciendo un seguimiento de los sucesos y declarando, ya doblada la esquina de las doce de la noche, que «hay que evitar cierta clase de excesos [no sé si con esto querían decir que hay excesos que no se deben evitar], siendo los autores del Frente Popular los más interesados en ello».

Ya en la noche del 13 están detenidos José Antonio y la cúpula de Falange. El hijo del ex-dictador ya no saldrá de entrerrejas. Cuatro días después, 17, las actividades del partido quedan suspendidas por orden gubernativa.

El 15 de marzo por la tarde comenzaron su andadura las Cortes del Frente Popular. Fue una sesión preparatoria presidida por Largo Caballero, puesto que su acta de diputado había sido la primera en llegar al registro. Sin embargo, fue sólo una breve presidencia formal que Largo cedió inmediatamente al diputado electo de mayor edad, el almirante Ramón de Carranza, monárquico.

La única función de la sesión era proveer esa presidencia y convocar la reunión formal al día siguiente. Así lo hizo Carranza y, tras hacerlo, levantó la sesión. Fue en ese momento en el que el diputado izquierdista Ossorio Tafall le conminó a dar un viva a la República. A ello, Carranza, a pesar de ser gaditano, contestó con un castizo: «No me da la gana». Los diputados de izquierdas respondieron a eso poniéndose a cantar La Internacional, arengados, desde la tribuna, por uno de los cuatro secretarios recién nombrados, el comunista Uribe.

Poco más tarde de aquello, cuando Largo Caballero aún no había podido llegar a casa, el domicilio fue tiroteado. La policía detuvo a dos falangistas, Ricardo Marchitorena y Manuel Álvarez.

El 16 se constituyeron las Cortes y se eligió presidente de las mismas a Diego Martínez Barrio. El 17 se formó la comisión de revisión de actas, bajo la presidencia de Indalecio Prieto.

Cuestión histórica espinosa ésta de la revisión de actas. Los historiadores tienden a no poner en duda el hecho de que el Frente Popular ganó las elecciones; aseveración que a mí, cuando menos, me parece un tanto temeraria teniendo en cuenta que, que yo sepa, nadie, jamás, ha podido hacer una relación meticulosa de en cuántos colegios electorales puede considerarse la votación limpia; es decir, en cuántos puntos de votación se realizó un recuento y un acta convenientemente garantizado por las fuerzas del orden, o sea por el gobernador civil, y una remisión también por vía segura.

Pero, bueno, aún aceptando esta victoria, el hecho de que Portela el egoisto-gilipollas cometiese el desafuero de permitir que la misma coalición que había ganado las elecciones estuviese en el Gobierno en el momento en que dicha victoria había de ser fijada o medida hizo que la cuestión de las actas permanezca, cualquiera que fuese el resultado del 16 de febrero (que, insisto, al menos yo desconozco), como un borrón jodidillo en la pequeña historia de este año tan importante.

Se alegaron más de 200 actas en Cáceres, Granada, Cuenca, Pontevedra, La Coruña, Málaga, Soria... De todas estas alegaciones, se anularon 32 actas. Casualmente, todas correspondían a diputados no pertenecientes al Frente Popular. La revisión de estas actas se hizo con la intención poco escondida de volverlas a favor del Frente Popular, a pesar de que en algunas de estas circunscripciones era inimaginable que las derechas pudiesen perder, como por ejemplo Cuenca.

Indalecio Prieto, que comenzó contestando con tono rubalcabiano los dicterios de Gil Robles sobre la manipulación de la comisión, acabó él mismo dimitiendo de su presidencia «por temor de que no pueda ser absoluta mi conformidad con los dictámenes que la Comisión haya de emitir en adelante, hasta el punto de que no podría sostenerlos ni con mi firma ni con mi palabra». Llama la atención, la verdad, que los hagiógrafos de Prieto suelan citar esta anécdota en términos encomiásticos, alabándole la integridad al político asturvasco. La verdad, a mi me parece algo de lo que no es muy lógico estar orgulloso. Prieto salió de najas de una comisión que presidía y en la que sabía bien, sus palabras son bastante evidentes, que se estaban cometiendo irregularidades sin cuento. Lo loable en un político que ve una actuación corrupta es que la denuncie y si hace falta arrostre las consecuencias de ello. Pero aplaudirle por mirar hacia otro lado, en fin...

Un ejemplo evidente de lo elástico de los criterios de aquella comisión fue la discusión de las actas de Orense, donde se jugaba nada menos que el derecho de José Calvo Sotelo a ser diputado. La intentona de la mayoría de anular este acta llevó a Calvo Sotelo a decir que a él el régimen parlamentario le importaba más bien poco y a decir aquéllo de «a España se le sirve aquí y fuera de aquí». Aquello fue, es mi opinión obviamente incomprobable, una inteligente celada. Con esa frase, Calvo Sotelo intentó que las izquierdas pensaran exactamente lo que pensaron: que el político gallego era mucho más peligroso en la calle que bajo el techo de la Carrera de San Jerónimo. Así pues, Calvo Sotelo conservó su acta.

¡Pero es que ya había sido anulada!

La comisión, sin embargo, la des-anuló, con todal desparpajo. Donde dije digo, digo Diego. ¿El Derecho, las normas, todo eso?

El 25 de marzo, en el cine Europa, Margarita Nelken, auténtica apostolesa de la democracia donde las haya, recién llegada de un viaje por Moscú, brama desde la tribuna: «La dictadura del proletariado es indispensable para establecer el socialismo». Más aún: «Para dictar justicia de clases no hacen falta magistrados reaccionarios. Basta con un panadero, que no importa que no sepa de leyes con tal de que sepa qué es la revolución». Ese mismo mes de marzo, en casa de Álvarez del Vayo, cada vez más cercano a los comunistas, se gesta la mayor victoria estratégica de éstos últimos durante el 36: la fusión del Partido Comunista con las Juventudes Socialistas, de la que es importante muñidor un joven y prometedor político llamado Santiago Carrillo.

El número de Claridad, órgano caballerista, de 19 de marzo, incluye el programa reivindicativo del PSOE en ese momento. Su primer punto es la toma del poder por la clase trabajadora por cualesquiera medios. El manifiesto termina anunciando la concertación con el PCE con vistas a una fusión.

El 17, ante unos gravísimos conflictos en la facultad de Derecho de Madrid, se decreta la caducidad de todas las matrículas, debiendo los estudiantes, uno a uno, solicitar la renovación a la Junta de Facultad. Seis días después, dos estudiantes mueren, hemos de suponer que a manos de estudiantes de medicina pues son acuchillados con un bisturí. Otro más fallece de un disparo. En Garabanzo, Asturias, es asaltado el domicilio del maestro, quien es asesinado en la acción. Ese mismo día, en Albacete, arden dos iglesias, el llamado Casino Primitivo, la sede de Albacete Religioso, la de Acción Popular, la del Diario de Albacete e incluso la del Club Cinegético. En Cieza, Murcia, las patrullas de polis aficionados sin placa ni autorización llegan a detener a sesenta personas. En Yecla, a lo largo de varios días, se prende fuego a 14 iglesias.

En Villanueva de Castellón es asesinado un militante de Derecha Regional Valenciana. En Sestao, Vizcaya, un joven es asesinado de ocho disparos. En Oviedo, un comunista es asesinado a tiros por falangistas. José Martínez Fernández, ex alcalde derechista de Mula (Murcia) es también tiroteado hasta la muerte. En Villazopeque, Burgos, hay un muerto en la reyerta producida después de que un joven haya sido agredido en la espalda con una hoz. La prisión de Lora del Río, Sevilla, es asaltada, acción durante la cual mueren dos funcionarios. En Piñeres, Asturias, un grupo de comunistas secuestra a un tal Francisco Álvarez, de Acción Popular, y lo asesina despeñándolo por un barranco. José Aramburu Lasarte, peneuvista, fallece a tiros en San Sebastián. Un cenetista muere en La Coruña durante el asalto de un local de la asociación empresarial local. En Madrid, un frutero es asesinado a tiros.

Alfredo Martínez, ex ministro de Trabajo de las derechas, cae asesinado a tiros en Oviedo. En Granja de Torrehermosa, Badajoz, un agente de la autoridad, Andrés Herrera Gordillo, es rodeado por izquierdistas, que lo disparan y apuñalan y, una vez muerto, lo apedrean. Al padre, que estaba presente, le dan una somanta de palos. El 25, en Bonete, Albacete, es asesinado el guardia civil Joaquín Alcázar. Como sospechosos del asesinato son detenidos el presidente de la Casa del Pueblo y varios concejales del PSOE.

Marzo, lo vemos, es sangriento. Pero abril será peor.

Mucho peor.

Los días 14 y 15 de abril se clavará el que, en mi opinión, es el penúltimo clavo necesario para apuntalar la inevitabilidad de la guerra.

martes, marzo 29, 2011

La "normalidad" del 36 (4: y Falange cogió su fusil)

Uno de los temas que se discute y se discute eternamente, sin demasiada razón para ello, es cuándo comenzó o nació el golpe de Estado del 36. La culpa la tiene la historiografía franquista, que se empeñó en establecer una extraña relación causa-efecto entre el asesinato de Calvo Sotelo y el 18 de julio, algo que no le entra en la cabeza a nadie que sepa cuatro cosas sobre todo lo que hay que tener organizado para dar un golpe de Estado militar que pase de los tres primeros minutos. Así pues, normalmente los foros y discusiones varias bullen de opiniones que recuerdan que el golpe se estaba fraguando mucho antes de dicho asesinato. ¡Pues claro!

Lo malo para muchos supporters de esta teoría es que el hecho de que sea cierta no avala precisamente la tesis que muchos de ellos defienden, esto es que los golpistas organizaron el golpe de Estado cuando lo único que estaba haciendo España era avanzar hacia la democracia.

El golpe de Estado del 18 de julio del 36 nace el 8 de marzo de dicho año en un piso céntrico de Madrid, muy amplio y acogedor, propiedad de un político de derechas. Y no nace para acabar con la democracia, sino para acabar con el caos, que son cosas distintas. El 8 de marzo de 1936, tal y como ya venimos relatando, apenas dos semanas después de haberse producido la votación de las elecciones, los muertos tapizan las calles de media España, las cárceles han sido abiertas mediante procesos no demasiado legales, y la seguridad ciudadana brilla por su ausencia. Éste es el principal asunto que se trata en la reunión auspiciada por el general Mola, recién trasladado de África a Pamplona, y a la que asisten los también generales Varela (que ostenta la representación de Sanjurjo), Franco, Rodríguez del Barrio, Fanjul, Saliquet, González Carrasco y Kindelán, a los que hay que añadir al general Goded, que no pudo asistir pero se adhirió, y Valentín Galarza. La reunión dura cuatro horas. Todos los asistentes están de acuerdo en que hay que dar un golpe de Estado cuyo objetivo es el gobierno, no el régimen. Atrás ha quedado la teoría de Franco de que lo que hay que hacer es declarar el estado de guerra; los contertulios están de acuerdo en que esa declaración, caso de conseguirse, podría ser incluso contraproducente.

Las discusiones se centran en el hecho que algunos días antes le ha confesado Franco a Portela: la desunión del ejército. Los propios promotores del movimiento son conscientes de que las diferentes unidades no tienen criterios unificados a este respecto y, por lo tanto, un golpe tiene muchas trazas de salir mal, como salió el de Sanjurjo en 1932; sólo que esta vez los conspirados son conscientes de que el gobierno no iba a resolver la cuestión de forma suave. Por ello, se acuerda preparar un movimiento que sólo se realizará en caso de extrema necesidad.

De donde cabe concluir que, de no haber llegado la República a esa situación de extrema necesidad, quizás no habría habido golpe.

Pero no es el caso. Marzo se despliega con más de lo mismo. José María Maura y Gamazo es asesinado en Bilbao. Manuel Sepúlveda, militante de la CEDA, cae en La Puebla de Almuradiel, Toledo; las derechas convocan una manifestación de repulsa que es tiroteada por los izquierdistas, con el resultado de dos muertos más. Un obrero de derechas, José Antonio Aumendi, es agredido con porras en Santander y, posteriormente, asesinado. En Bilbao, son tiroteados por la calle los tradicionalistas Jaime Villamor y José Hernández, el primero de los cuales queda muerto en la calzada. En Castril, Granada, un choque entre la guardia civil e izquierdistas deja dos muertos. En Palencia, un militante de derechas llamado Jesús Álvarez es acosado por izquierdistas, saca una pistola para defenderse y es abatido por los guardias de Asalto. En Toledo, la guardia civil protege a unos derechistas que están siendo agredidos y produce un muerto. En Ceheguín, Murcia, un izquierdista muere durante el intento de asalto de una iglesia. En La Coruña, la CNT declara la huelga general. A los obreros de una obra que ha decidido trabajar los cercan y los tienen cuatro días sitiados; al primer trabajador que intenta salir lo disparan y lo hieren. Carlos Bacler, oficial de prisiones, es asesinado a tiros en Málaga. En Consuegra, Toledo, los frentepopulistas se hacen con el pueblo, registran casas de derechistas y ponen cerco a la casa-cuartel. En Mancera de Abajo, Salamanca, izquierdistas y derechistas se enfrentan a tiros en la calle, como en el Far West. Mueren una mujer y un niño de tres años.

El día 6, izquierdistas agreden con pistolas a una cuadrilla de obreros de afiliación falangista que trabaja en el derribo de la vieja plaza de toros de Madrid, violando una huelga. Hay cuatro muertos. Falange responde allegando a unos ignotos activistas de su primera línea a una taberna de comunistas, donde su paso deja varios muertos.

Ese mismo día, por cierto, miembros de la policía, guardias de asalto, son agredidos a tiros en la misma Gran Vía. No hubo heridos de consideración, pero lo cito porque me parece que no se puede considerar muy «normal» una situación en la que se ve a gente pegándose tiros a metros del H&M.

El día 11, la situación es muy comprometida en Vallecas. Grupos de izquierdistas asaltan el Círculo Católico y el de Acción Popular, saquean e incendian domicilios, un almacén, una fábrica de tejas, una serrería, tres tiendas, una pescadería, cuatro conventos, un colegio parroquial y dos iglesias. Esa misma tarde, en la calle Sagasta, un grupo de policías amateur sin placa rodea en la acera a dos estudiantes de Derecho falangistas, José Olano Orive y Enrique Valsobel. Les conminan a enseñarles la documentación y pretenden cachearlos, a lo que los falangistas se niegan. La negativa le costará la vida a Olano.

El asesinato de Olano, que fue, como casi todos los del normal 36, absolutamente gratuito, tuvo una enorme repercusión en Falange. Como las historias escritas de aquellos tiempos lo fueron durante el franquismo y a la mayor gloria de la figura del mártir José Antonio Primo de Rivera, es difícil saber con exactitud qué pasó dentro de la organización, pero cabe sospechar que alguna tecla se pulsó, algún palillo se rompió, con la muerte de Olano. A partir de la misma, José Antonio ya no pudo evitar, si es que antes lo había conseguido o lo quería (yo tengo mis dudas de ambas cosas), que Falange se convirtiese en un grupo terrorista en la práctica.

La historiografía falangista, cierto es, ha hecho siempre mucho hincapié en la mucha paciencia que tuvo la organización antes de dar el paso; el mucho tiempo que pasó durante el cual a José Antonio lo conocían como Simón el Enterrador, en alusión a los muchos entierros a los que acudía, antes de pasar a la acción. Característica propia del terrorista es siempre destacar las razones que le han llevado a serlo, como si eso pudiese justificar un comportamiento fuera de la legalidad y basado en el terror. Las izquierdas de la República, y sus corifeos presentes, sostienen también más o menos el mismo discurso.

Nadie, en Falange, pareció pensar que, si hacían lo que querían hacer, y lo que hicieron, inclinarían un poquito más la cuesta hacia la catástrofe.

El 12 de marzo, en la calle Goya de Madrid, un grupo de falangistas dispara al profesor de Derecho, ponente constitucional socialista y futuro presidente de una fantasmagórica república en el exilio, Luis Jiménez de Asúa. No le dieron, pero su escolta, el policía Jesúis Gisbert, recibió unos disparos que le causaron la muerte. Asúa huyó a gatas por la calle y se refugió en una carbonería en Velázquez.

El 12 de marzo, por lo tanto, hay una vuelta de tuerca más a la situación. Falange ha atentado contra un diputado (cosa que olvidará la historiografía franquista cuando se mese los cabellos por el asesinato de Calvo Sotelo, que no estaba ni más ni menos aforado que Jiménez) y, lo que es casi más importante, ha matado a un policía. Desde ese preciso momento, no habrá ya tregua para el grupo de José Antonio.

El asesinato del policía Gisbert tiene, además, otra consecuencia. El día 13 de marzo, muy probablemente por pensar exactamente lo contrario de lo que dice en el escrito, el Gobierno publica una nota de prensa en la que asevera que todo el ejército está con la legalidad y, más aún, se duele de las injustas agresiones de que han sido objeto miembros de las Fuerzas Armadas.



Sea como sea, la acción de Falange marca un antes y un después para el 36.

jueves, marzo 24, 2011

La "normalidad" del 36 (3: Azaña gobierna)

Manuel Azaña, para sorpresa de propios y extraños, forma gobierno en apenas unas horas; signo bastante claro que la política de brazos caídos de Portela Valladares era tan descarada que desde horas, tal vez días atrás, el líder de Izquierda Republicana estaba esperando ser llamado por el presidente Alcalá-Zamora. El nuevo presidente del gobierno intenta llegar con todos los pronunciamientos positivos y por eso pronuncia una alocución radiada el día 20 cuya tesis central es: perdón para todos, borrón y cuenta nueva, gobierno para todos los españoles, incluso los que no son republicanos. La CEDA parece recibir ese testigo con una nota, también el 20, aseverando su colaboración para la normalización del país. Pero el país no se normalizará. Los radicalismos no le darán, no ya 100 días, sino 100 horas, al nuevo gobierno. Y éste, en 1936 como en 1931, no sabrá, o no querrá, imponer su capacidad de acallar a quienes descarrilan de la democracia para llevar demasiado lejos sus estrategias.

Azaña lo sabe porque lo ha visto. En la misma noche del 19 ha tenido que salir al balcón de la Puerta del Sol a responder a la multitud vociferante que celebra su nombramiento. A ellos les suelta un discurso un tanto frío en el que promete la amnistía y la restitución de los ayuntamientos removidos tras el golpe de Estado del 34. La multitud le contesta con silbidos y pidiendo la cabeza de los líderes de derecha. Así pues, el mensaje para el presidente del Gobierno es claro y, en el fondo, el mismo que el de Pretty Woman. Las izquierdas quieren que se les haga más la pelota. Mucho más.

En La Rambla, Córdoba, el viejo ayuntamiento de izquierdas, destituido, considera que el anuncio de Azaña es ley, y se presenta en la casa consistorial para tomar el mando. El alcalde y concejales obrantes se niegan. Se enzarzan en una pelea de la que salen siete heridos y el incendio del archivo municipal. En Jumilla, Murcia, los anarquistas declaran el comunismo libertario. Los nacionalistas montan una mani en Barcelona que termina con un muerto y varios heridos.

Con todo, la verdadera actividad está en las cárceles. Quien quiera consultar uno de estos conflictos paso a paso, no tiene nada más que consultar las memorias de Pasionaria, en las que la líder comunista cuenta, con indisimulado orgullo, la movida de la cárcel de Oviedo, que terminó con todos los presos en la calle, incluidos los comunes (tuvo muchos años doña Dolores para explicar exactamente qué relación tenían la pederastia, la violación y el robo con la República; pero nunca lo dejó del todo claro). El viejo político liberal republicano Álvaro de Albornoz trató de convencer a las izquierdas de que las cárceles sólo las pueden abrir los Parlamentos, pero no le hicieron ni puñetero caso.

En Chinchilla, Albacete, hubo una fuga masiva de presos, que tuvo que frenar la guardia civil con el resultado de un muerto. Mientras tanto, en Eltx se sustantivaba la tradicional querencia del levantino hacia el fuego. Sin ser Fallas ni nada, ardieron en la misma noche la sede de la Derecha Regional Valenciana, el casino, la sede del Partido Radical, la sede de Acción Cívica de la Mujer y varias iglesias. La guardia civil causó dos muertos.

Ese mismo día 20 ardieron templos en Betanzos (La Coruña), Melilla, Palma del Río (Córdoba), Sanz (Barcelona), Torres de Berrellén (Zaragoza), Benajoan (Málaga), Almería, Béjar (Salamanca), La Coruña o Córdoba. Cinco periódicos de derechas fueron asaltados y en uno de ellos, La Unión Mercantil de Málaga, hubo un muerto. En más de quince poblaciones las sedes de partidos de derecha fueron asaltadas. En Carmona, Sevilla, los asaltantes incluso trataron de tomar el puesto de la Guardia Civil.

Resulta difícil de creer que una conflictividad tan extensa y atrevida sea fruto de la espontaneidad. Espontaneidad es la de abril del 31, fecha que demuestra que, cuando la gente reacciona a su bola, no suele hacerlo para abrirle la cabeza a nadie. El hecho de que las inmediatas horas a la votación del 16 de febrero, las jornadas consiguientes, y las horas que siguieron a la llegada de Azaña al poder, se siguiesen de tantos conflictos y tan violentos, da que pensar que pudo haber organización. Así lo insinuó, a mi modo de ver, el propio Niceto Alcalá-Zamora, quien escribió en 1937 que, para hacerse con la mayoría de los diputados, el Frente Popular «consumió dos etapas a toda velocidad, violando todos los escrúpulos de legalidad y de conciencia».

La primera etapa, para Alcalá, es adelantarse a la proclamación de resultados, que debería producirse el día 20 ante las Juntas Provincias del Censo (y que nunca se produjo), desencadenando en la calle «la ofensiva del desorden». «A instigación de dirigentes irresponsables», dice el ya ex-presidente, «la muchedumbre se apoderó de los documentos electorales; en muchas lcoalidades los resultados pudieron ser falsificados».

En la segunda etapa el Frente Popular, «reforzado con una extraña alianza con los reaccionarios vascos, eligió la Comisión de validez de las actas parlamentarias, la que procedió forma arbitraria. Se anularon todas las actas de ciertas provincias donde la oposición resultó victoriosa».

Azaña era un fatuo, pero no era idiota. Sabía bien que el gran ganador de las elecciones, cuando menos por la vía de los hechos, había sido el golpe de Estado del 34, lo cual quería decir que más le valía dar pasos hacia la amnistía. El mismo día 20 reúne al gobierno para estudiar el proyecto de la misma. Para darle a la amnistía un viso de realidad, convoca a la Comisión Permanente de las Cortes, todavía formada según la composición del 33 y, por lo tanto, con mayoría de las derechas. Éstas ni siquiera presentan media oposición e, incluso, votarán mayoritariamente un decreto exento de formalidades jurídicas, que se limita a declarar la amnistía en sí misma; y sin poner en duda la legalidad constitucional de que algo tan importante como una amnistía sea aprobado por un pequeño órgano de continuidad legislativa.

Los azañistas pararon algunas enmiendas que quería introducir la izquierda para que se amnistiase también a presos comunes. La razón de fondo está en que el bienio derechista había utilizado la legislación común para, en ocasiones, encarcelar a activistas políticos y sindicales. La emienda no prosperó pero, y éste es otro síntoma importante, los comunes salieron de las celdas. Con ese detalle, las izquierdas demostraban que, en el fondo, lo que dijesen o dejasen de decir los decretos les importaba un bledo.

Es posible que Azaña, en el marco de esos análisis tan profundos que hacía consigo mismo, pudiera pensar que la amnistía traería el reposo del orden público. Una vez más, y van como dos millones desde el 14 de abril, se equivocó. El día 21, para «celebrar» la amnistía, arden los periódicos derechistas Gaceta de Levante, en Alcoy; El Faro de Ceuta; y La Voz de Asturias, en Oviedo. En Cartagena, el Saucejo y Fuentes de Andalucía arden las iglesias. El día 22, en Córdoba, se producen asaltos de fincas en Monturque, Fernán Núñez, Fuente Carreteros, Villanueva del Rey, Montoro, Bujalance, Lucena, Encinas Reales, Montilla y La Carlota. En Aguilar, en la misma provincia, es asaltado un centro campesino y su encargado arrastrado por las calles. En Palma del Río, los jornaleros son la ley por un día, durante el cual incendian las casas de derechistas, tiendas, molinos, lo que se pone por delante.

En Piñar, Granada, los manifestantes de izquierda disparan a la guardia civil; el mundo al revés. En Bujalance se produce un atentado contra un propietario llamado José Navarro, en el que resulta muerta su hija, probablemente una peligrosa capitalista de instintos explotadores.

El día 23, continúa la fiesta. En Pechina, Almería, de nuevo disparan contra los guardias civiles, los cuales contestan provocando un muerto; los manifestantes respondieron cebándose en un derechista del pueblo, al que se apiolaron comilfó. En Jaén, de las máquinas del periódico derechista Diario de la Mañana no quedan ni las tuercas.

Ese mismo día 23, los anarquistas encarcelados, imputados y condenados por los sucesos de Castilblanco, donde se cometió no sólo asesinato sino el brutal linchamiento de los cuerpos de cuatro guardias civiles, salen de la cárcel. Difícil de entender, porque los sucesos de Castilblanco ocurrieron la friolera de 22 meses antes del golpe del 34. A su salida del penal de Cartagena son recibidos con vítores y homenajeados en la redacción de El Socialista. Curioso antecedente histórico éste del PSOE de haber encumbrado y tratado como héroes a unos tipos a los que les faltó el más mínimo respeto por la condición humana.

Otros que salen del penal, en este caso del Puerto de Santa María, son los catalanes que en 1934 dirigieron un golpe de Estado contra el gobierno de España, y que con total desparpajo, Companys al frente, al pasar por Madrid se van a ver a Azaña y le dicen que no piensan pisar Barcelona sin que se restablezca la autonomía. Ni corto ni perezoso, Azaña obedece, y el 26 ya está la Generalitat repuesta aunque, la verdad, el día 24 ya se había reunido la comisión permanente del Parlamento catalán; una vez más, el mismo mensaje: los decretos dicen lo que quieren y tienen su ritmo. Pero, mientras tanto, yo hago lo que me da la gana, que para eso mando.

El día 28, el gobierno aprueba suspender la enseñanza religiosa, y estudia vías para la depuración del Ejército. En suma, Azaña llegó, el día 20, prometiendo un gobierno para todos. Pero, en diez días, la señal que le envía al país, neta y clara, es que sólo piensa gobernar al gusto de algunos.

Sólo entre el 17 y el 29 de febrero, hubo 11 choques armados y 14 agresiones personales, que produjeron 22 muertos y 112 heridos, a los que hay que sumar 40 incendios y 85 asaltos a propiedades.

La normalidad y la concordia prometida por el presidente del gobierno, don Manuel Azaña, bien pronto se resquebrajó.

El 1 de marzo, los comunistas y socialistas celebraron el triundo del Frente Popular con una gran manifestación en Madrid en la que se portaron carteles de Pablo Iglesias, Stalin, Dimitrov... además de esfigies bufas de los líderes de la derecha. La mani terminó en la plaza de Colón, o mejor dicho en Castellana, 3, frente al despacho de Azaña. Éste salió al balcón y pronunció un discurso equívoco en el que afirmó que el pueblo había conquistado la República y ya nadie se la arrebataría; frase que se puede interpretar, benevolentemente, como una soflama florida, y a mala leche como la insinuación de que pronto ni puñetera falta que haría votar. En fin, no es que yo dude de las convicciones democráticas de Azaña; pero es que tampoco dudo que tenía un concepto patrimonial de la República que le llevaba a considerar el poder como «propiedad» de unos y, consecuentemente, «usurpación» de otros cuando gobernaban. Este sentimiento, de hecho, ha pervivido más de setenta años en algunos votantes de izquierdas.No hay más que pasearse minuto y medio por los hilos de sitios como Menéame para percibirlo.

Mientras se celebraba la manifestación de Madrid, un cedista, Valentín Gómez, era asesinado a puñaladas en Badajoz. No fue el único muerto de la jornada. En El Coronil, Sevilla, las masas trataron de quemar la iglesia, y la actuación de las fuerzas de seguridad provocó la muerte de un manifestante.

Dos muertos en un día de movidas. Poca cosa para la «normalidad» del 36.

Ese mismo primero de marzo, por cierto, se publicó el decreto que establecía la obligación de readmitir a todos los despedidos tras el golpe de Estado del 34. En la práctica, esta medida puso en la calle a centenares de trabajadores apolíticos o no significados, movimiento que fue oro molido para José Antonio Primo de Rivera, quien comenzó a ver cómo su Falange se descargaba de señoritos y comenzaba a llenarse de gente cabreada con las manos llenas de callos. Mucho mejor material cuando de repartir hostias se trata.

Otro decreto por esas fechas legalizaba la ocupación de fincas por parte de los yunteros de Badajoz, fruto de la presión de los mismos; norma que vino inmediatamente seguida de otras que extendían la medida a provincias limítrofes.

El día 4, un grupo de socialistas comienza a cachear a la gente en la Plaza Mayor de Alcalá de Henares. Sí, así de peripatética y exótica es la «normalidad» del 36: ciudadanos privados, formando parte de milicias alegales, realizando labores propias de los miembros de los Cuerpos y Fuerzas de la Seguridad del Estado. Cuando dieron por pasar por la plaza unos cuantos derechistas, se negaron al cacheo, negativa que fue seguida de un amable tiroteo (repetimos: en pleno epicentro de la ciudad cervantina) en el que se produjeron varios heridos. Minutos más tarde, la patrulla amateur se cruza con un capitán del ejército de uniforme, al que acosan y obligan a usar la pistola para ahuyentarlos. Al día siguiente, tamaña provocación provoca una huelga general. Durante la misma, es asaltada e incendiada la antigua casa de los Jesuitas, así como las iglesias de Magdalena y Santiago.

El día 8, arden templos en Cádiz y Granada. Un izquierdista resulta herido en un tiroteo en la ciudad de la Alhambra, motivo por el cual los días 10 y 11 las turbas se enseñorean de las calles. Durante esta fiesta caritativa, y para iluminar bien los hechos y que nadie se quede sin poder hacer fotos, arden las iglesias de El Salvador, San Gregorio, San Cristóbal, Nuestro Salvador y el convento de Santo Tomás, el edificio de El Ideal de Granada, una fábrica de chocolate (lo mismo querían organizar un botellón-tazón, yo qué sé...), el palacio del duque de Gor, el del conde de la Jarosa y varios domicilios particulares de derechistas. Todo muy normal, como puede comprobar cualquiera que hoy mismo se pasee por el centro de Granada, donde todos los días hay tres o cuatro incendios. Los enfrentamientos con la fuerza pública provocan 30 heridos, 8 de ellos para el arrastre.

El 14, en la bella ciudad riojana que rima con moño y con otras cosas, unos izquierdistas rodean a unos militares con la sana intención de visitarles las costillas, ante lo cual los atrabiliarios y desagradecidos funcionarios salen de najas y se refugian en su cuartel. Por ello, la masa intenta asaltar el dicho cuartel (lo cual, cualquiera que se sepa la ley sabe que está prohibido), ante lo cual los soldados de guardia abren fuego, matando a un manifestante. Visto que con eso no pueden, los manifestantes asaltan las sedes de Falange y la Comunión Tradicionalista, donde al parecer dejaron, por error, un cenicero sano. Luego van a la cárcel y al periódo La Región, que tratan de asaltar sin éxito. Se desfogan quemando las iglesias de Las Delcalzas, Agustinos, Carmelitas, Maristas y Santiago.

En Jumilla, el pueblo que declaró el comunismo libertario nada más producirse la votación del 16, unos derechistas se llevan por delante a un activista anarquista. La guardia civil detiene a unos cuantos sospechosos. De madrugada, el cuartelillo sufre un asalto. Pedro Castilla y Antonio Martínez, que estaban en el calabozo, son sacados a la calle y asesinados a hachazos.

A hachazos.

La guardia civil reacciona y acaba matando a uno de los extremistas. Pero los manifestantes contraatacan, los rodean, desarman y encierran. A partir de ese momento, por supuesto, las masas de izquierdas son las dueñas del pueblo.

Se dirigen a la casa de un derechista, Constantino Porras. Lo sacan a la calle, lo tiran al suelo y le cambian la forma a la cabeza al modo de Atapuerca, es decir cincelándosela a golpes de sílex. Al día siguiente, llegan destacamentos de la guardia civil, que ponen orden. También llega el gobernador civil; aunque este señor no viene a poner orden, sino a presidir los funerales del izquierdista asesinado.

En el asalto al Diario de Navarra, en Pamplona, se producen doce heridos.


Será en este ambiente en el que nazca la guerra civil.

miércoles, marzo 23, 2011

Libia (2): las palabras del presidente

Algunas frases de la intervención de ayer del presidente del Gobierno, acompañadas de apostillas.



La comunidad internacional ha sabido estar a la altura de sus responsabilidades para hacer frente a un hecho siempre grave: en este caso, el empleo de la fuerza contra la población civil por parte de las autoridades libias, mediante ataques generalizados y sistemáticos a la misma.

Aparte de que no acabo de entender que un hecho «siempre grave» deba ser definido «en este caso» (si es siempre grave, no hay caso que valga), queda otra pregunta: si es «siempre grave», ¿por qué la comunidad internacional sólo ha actuado «en este caso»?

La comunidad internacional sale reforzada por la forma en que ha adoptado su posición (...) con el respaldo expreso de las organizaciones regionales más relevantes en el caso, la Liga Árabe, la Conferencia Islámica, la Unión Africana y el propio Consejo Europeo.

¿Realmente sale reforzada la comunidad internacional aseverando que el pueblo libio tiene derecho a la democracia y admitiendo ser apoyada por países que le niegan esa posibilidad a sus pueblos, como de hecho son buena parte de los integrantes de la Liga Árabe y unos cuantos de la Unión Africana (sin ir más lejos, Guinea Ecuatorial)? ¿No es más cierto que como habría «salido reforzada» la comunidad internacional hubiera sido no permitiendo compañeros de viaje tan cínicos?

La Responsabilidad de Proteger consiste en que si un Estado no cumple con la responsabilidad de proteger a sus ciudadanos, la comunidad internacional debe intervenir para asumirla.

¿Ah, sí? Pero, entonces, ¿qué fue lo de Ruanda: un botellón que salió mal? Teniendo allí como tenía la «comunidad internacional» a un mando de los cascos azules enviando un mensaje tras otro diciendo que, lejos de ser protegidos, los ruandeses estaban siendo masacrados, ¿por qué no se aplicó la «Responsabilidad de Proteger»? Y es sólo un ejemplo de muchos...

Es un principio humanitario la razón por la que estamos interviniendo en Libia: para defender a los ciudadanos de ataques de las propias fuerzas libias.

De donde se deduce que proteger a los ciudadanos de ser objeto de la represión del Estado, que era lo que ocurría en Libia (y en Cuba, y en Corea del Norte, y en Guinea, y...) antes de ser agredidos por la fuerza militar, no es un principio humanitario.

Hay que ver cómo se «refuerza» la comunidad internacional...

La Resolución 1973 insiste también en el objetivo de encontrar una solución a la crisis de Libia que responda a las legítimas demandas del pueblo de este país.

[más adelante, en el mismo discurso]

El objetivo que se planteó [en el Consejo Europeo] de manera nítida fue que Libia acometiera con rapidez una transición ordenada hacia la democracia, a través del diálogo plural.

[más adelante]

La operación «Amanecer de la Odisea» no incluye, como estipula la Resolución 1973, la ocupación del territorio libio bajo ningún concepto. [nota estúpida: debiera ser «y así lo estipula» y no «como estipula». Tal y como está redactado, la aposición dice lo contrario de lo que quiere decir]

[y más adelante aún]

La Resolución no pretendía ni pretende la expulsión del coronel Gadafi del gobierno de Libia. Su objetivo era advertir al coronel Gadafi y a las autoridades libias de que dejase de usar las armas contra su pueblo, de que si no lo hacía así, la comunidad internacional estaba dispuesta a usar la fuerza para poner fin a los asesinatos de su pueblo.

Recapitulemos: la Resolución 1973 insiste en un objetivo, la democracia en Libia, pero expresamente descarta los dos elementos claramente necesarios para conseguir dicha transición: la invasión del territorio y la marcha de Gadafi del gobierno. De alguna manera, la Resolución 1973 confía en que un señor que lleva 40 años convencido de que gobernar es gobernar dictatorialmente de repente se dé cuenta de que tiene que facilitar el diálogo y la alternancia, lo cual puede incluir su salida pacífica del poder. Todo eso se va a conseguir, únicamente, obligándole a no bombardear a su pueblo, pero sin citar ni una sola vez el leve detalle de que bombardear no es la única forma de matar, como bien sabe mucha gente, desde los chequistas del Madrid de la guerra civil hasta los tribunales del franquismo, que jamás, que se sepa, bombardearon a nadie ni en las tapias de Paracuellos ni en las tapias de tantos y tantos camposantos.

Ni siquiera es posible que las acciones se cometan porque las pidan quienes van a ser protegidos. Es decir: si algún día los objetos de la acción humanitaria, el pueblo de Libia, le dijesen a la comunidad internacional que la única forma de impedir que Gadafi siga atacándolos es invadir el territorio del país, la comunidad internacional, en estricto cumplimiento de la Resolución 1973, debería negarles la ayuda, pues es taxativa al aseverar que la invasión no se producirá «bajo ningún concepto».

Ahora mismo, en El Mundo, una fuente de Misrata es citada en los siguientes términos: «Hacemos un llamamiento a las fuerzas aliadas para que vengan y protejan a los civiles». ¿Qué le pasa a este tipo; es que no se ha leído la Resolución 1973?

¿No deberíamos hablar, más propiamente, de una acción parcialmente humanitaria (sólo si no demanda ocupación del terreno)?

Hay que situar, además, esta decisión de la comunidad internacional en un contexto histórico concreto (...) La valentía y el espíritu cívicos demostrados por el pueblo de Túnez, primero, y por el de Egipto, después, han sido una demostración palpable de que el progreso y la libertad son también causas del mundo árabe, y que se pueden hacer valer pacíficamente.

Aparte del leve detalle de considerar hechos históricos cosas que pasaron antes de ayer (un poco precipitado dar el proceso por terminado y definido, la verdad), ¿qué quiere decir eso de situar la decisión de la comunidad internacional en un contexto histórico? ¿Quiere eso decir que el rimbombante y campanudo principio de la Responsabilidad de Proteger se aplica dependiendo del contexto histórico? ¿Exactamente en qué contextos históricos los pueblos que demandan protección no merecen ser protegidos?

La petición que hoy hace el Gobierno es una petición prudente.

Yo más bien diría: equívoca y oscura.


Pequeña actualización tras leer el discurso de Rajoy.

El jefe de la oposición basa la primera parte de su discurso en la voluntad de su partido de no entorpecer las decisiones del Gobierno legítimo de España cuando se traten de la defensa nacional. Lo dice varias veces, recalcándolo, lo cual es lógico pues claramente busca la contraposición con la segunda guerra del Golfo y la actitud entonces del PSOE (y de todos los demás partidos, de paso).

La interpretación constitucional del jefe de la oposición es verdaderamente exótica. Según él, cuando el Gobierno decide sobre la Defensa, habló Blas, punto redondo. Pero, si es así, ¿por qué la legislación prevé la ratificación por el Congreso? En mi opinión, el hecho de que la ley exija el placet de los representantes del pueblo a la decisión gubernamental de, por ejemplo, entrar en una guerra, hace que de dichos representantes deba esperarse algo más que un «yo siempre digo sí».

Presentarse en el Congreso con esta actitud, la de quien dice que sí porque sí, la actitud de quien poco menos que está diciendo que siempre que el Gobierno de España le llame para ratificar una decisión bélica la va a apoyar, es una gravísima dejación de las altísimas responsabilidades que se adquieren cuando uno se presenta a unas elecciones y obtiene un acta de diputado.

Más adelante, Rajoy explica que una de las razones que le mueve a su grupo a apoyar la intervención es la defensa de la libertad y los derechos humanos. Pregunta: si tanto le preocupa al Partido Popular la «defensa de la libertad y de los derechos humanos» en Libia, ¿por qué no reclamó esta intervención durante estos últimos cuarenta años?

Estamos, dijo el jefe de la oposición, ante una decisión de la comunidad internacional que condena, con razón, un clima de permanente violación de los derechos humanos, violencia contra la población civil, detenciones arbitrarias y otras. Falso. Gadafi lleva décadas violando permanentemente los derechos humanos, apaleando a civilies y deteniéndolos sin motivo, y nada de eso es condenado por la Resolución 1973. La 1973 apenas condena cosas que han ocurrido en los últimos días, pero el régimen libio existe desde hace años; años en los que iba a las reuniones de esa misma comunidad internacional que ahora lo condena, y le daban palmadas en la espalda.

¿Cómo se entendería que permaneciésemos impasibles ante este desafío al mundo que está ocurriendo en nuestra vecindad del Mediterráneo? Acabáramos. O sea que, si la violación permanente de los derechos humanos, la violencia contra la población civil y las detenciones arbitrarias se perpetran en las islas Vanuatu, que quedan donde Cristo perdió los amarracos, pues que les den.

Eso sí, mucho más lúcido que el presidente en el análisis de las incongruencias esenciales de la operación. Lo que da ser sólo oposición...

lunes, marzo 21, 2011

Sobre Libia

Una mínima lógica parda debería llevar a pensar que una guerra de la que Estados Unidos se quiere escaquear no puede ser una buena guerra. Es mi opinión, y ojalá me equivoque, que la precipitada decisión que se ha tomado en los últimos días respecto de la intervención en Libia (zona de exclusión aérea, una leche: intervención) le va salir muy cara a quienes la han tomado, Barack Obama el primero; aunque también tengo por muy probable que el que ha metido a todos en el berenjenal, es decir el presidente Sarkozy, se las arreglará para salir de rositas. Al tiempo.

La intervención en Libia es de un cinismo que asusta con sólo mirarlo. Sus defensores se llenan la boca hablando de salvar al pueblo libio o, como le gusta decir al líder de la oposición, tal vez porque algún cráneo previlegiado se lo aconseja, «la gente». Sacar los misiles a pasear para conseguir que alguien deje de arrear cebollazos a otro está muy bien, desde luego. Pero plantea el leve problema de que, prácticamente en cada minuto de la existencia del mundo desde hace seiscientos años por lo menos, dentro de algunas fronteras alguien ha estado agrediendo a alguien. ¿Qué tiene esta situación de distinta a las demás?

Yo, qué queréis que os diga, llevo un par de días acordándome de Hitler y de la intervención absolutamente necesaria en Checoslovaquia en favor de los sudetes. Goebbels también podría haber dicho que eso de colocar a Europa al borde de la guerra tenía sentido por proteger a la «gente» germanoparlante del único Estado entonces democrático del Este de Europa que, por mor de la intervención, además, dejó de serlo. A Hitler, es mi opinión, los sudetes le importaban ein verdammt.

El pueblo libio está hoy siendo atacado por su ejército. Pero hace dos o tres meses, o veinte años, no estaba mucho mejor. Experimentaba el mismo déficit democrático y el peso de un régimen policial que al que se movía, más que sacarlo de la foto, lo sacaba del mundo. Hace dos o tres meses, sin embargo, el presidente de Libia, puesto que se había avenido a colocarse enfrente del terrorismo islámico internacional (obteniendo claramente la contraprestación de que no le preguntasen qué hacía con la mano que escondía tras la espalda), era friendly. Hasta le regalaron al capullo aquél de Lockherbie; ole con ole y ole con eso de «los países democráticos nunca negocian con terroristas». Qué va, sólo los sueltan...

Las defensas antiaéreas de Libia eran tan vulnerables hoy como lo pudieran ser hace, un suponer, tres años. Hace tres años, sin embargo, nadie pedía que Libia fuese atacada. Nadie lo consideraba siquiera necesario. Se puede decir, y será verdad: es que hace tres años, en la comunidad internacional habría habido muchos que se habrían opuesto a una agresión contra Libia. Y, sin embargo, ahora están a favor. ¿Se han convertido a la democracia? Pues no. ¿Cuál es el interés de Quatar en Libia? ¿Salvar al pueblo libio? Pero, ya puestos, ¿por qué no ataca, o pide que sean atacados, Bahrein, o Yemen, que los tiene más cerca?

Es curioso que nadie, al menos que yo sepa, destaque el paralelismo existente entre la declaración actual de intervención contra Libia y la primera (ojo, primera) guerra del Golfo. No hay nada, repito, nada, que nos diga hoy que el resultado no vaya a ser el mismo: Gadafi, vencido, podría permanecer al frente de su país; sin tener poder sobre su propio espacio aéreo, vale; sin poder levantar un ejército, vale; pero presidente de su país al fin y al cabo, firme en el machito, impasible el ademán, y pillando lo que fuese que pillase ya con anterioridad. En efecto, en 1991 los EEUU dejaron a Sadam al frente de Iraq, una vez más desconociendo la Historia, que es bastante clara al menos desde 1918. Porque si hubo un septiembre de 1939, no nos quepa la menor duda, fue porque Alemania salió de la Gran Guerra perdedora, pero no invadida, mucho menos intervenida. A pesar de lo que, como digo, la Historia canta con melodías prístinas, se dejó a Sadam en su sitio, y una década después los americanos tuvieron que ir a por él aperreados, fanés, descangallados y mintiendo.

Las declaraciones hasta el día de hoy nada dicen sobre derrocar a Gadafi como objetivo. Instan a Gadafi a respetar a su oposición. Se lo ponen fácil. Todo es cuestión de discutir el concepto de respeto. Eso sí, lo mismo sacan beneficio del hecho evidente de que Gadafi es un loco mesiánico, y quizá prefiere inmolarse.

Si es tan cierto que la ONU tiene un strong commitment a favor de la democracia, ¿qué hace su jefe con nombre de cancioncilla de los muppets que no ha echado de la Asamblea General a la mitad del aforo? Claro, tiene el problemilla de que China, es probable, vetaría su propia expulsión, porque los chinos podrán ser chinos, pero no son gilipollas. Curiosa institución multinacional ésta en la que Alemania carece del papel que le corresponde por haber sido una dictadura hace siete décadas y China, sin embargo, lo ve reconocido a pesar de ser una dictadura desde hace casi el mismo tiempo. Esta institución, que sigue usando mapas de 1945 para distinguir demócratas de no demócratas, es la que se supone que tiene que aportar el waiver declarando lo que es lucha por la libertad y lo que no lo es. Es como si Ronald Biggs te extendiese cerfificados de penales.

Otro argumento muy de moda estos días: ayudamos al pueblo libio para que monte una democracia e irradie el ejemplo a la zona, convirtiéndola al parlamentarismo y el régimen de libertades. Aparte de que este argumento rezuma un colonialismo digno del general Kitchener (pobres magrebíes mongolitos, vamos a enseñarles el camino que ellos no ven por sí solos), además tiene, cualquier observador medianamente avezado lo puede ver, visos de ser falso. Los fusiles trajeron la democracia teórica al Afganistán, y hoy es el día que se habla y no se para de pucherazos y que al frente del país se encuentra un señor usualmente vestido con una manta que cree en los derechos humanos y en la igualdad (por ejemplo, de los sexos) lo mismo que yo en Peter Pan. En Iraq, la democracia no ha parado la sangría de muertes y agresiones y ha terminado por mutar en un pacto de distribución de áreas de poder, o sea el mecanismo tribal disfrazado de pitufo.

Todo esto, a mi modo de ver, esconde dos grandes cuestiones. Primera cuestión: si la dictadura es mala per se, ¿por qué esperar a que bombardee a su población? ¿Quiere esto decir que si eres un dictador, mientras no le tires misiles a tus opositores, puedes seguir con el momio, ONU dixit? Y segunda cuestión: ¿por qué una intervención? Todo lo que tiene Gadafi es el dinero del petróleo. ¿Se ha intentado secarle esa fuente antes de hacer otras cosas?

Contrariamente a lo que opina el señor Blanco López, yo sí veo una identificación entre la situación actual y la conocida como Foto de las Azores. En ambos casos, se está llevando a los pueblos a traspasar líneas rojas muy jodidas al albur de argumentos sencillitos, simplificaciones de simplificaciones, que tienen poco que ver con los presupuestos filosóficos que se airean y mucho más que ver con la necesidad imperiosa que tiene el gobierno de recuperar terreno internacional, después de unos años en los que ha hecho, mutatis mutandis, el imbécil. Stefan Zweig retrata magistralmente en su impagable El mundo de ayer a los soldados que morirían reventados en los campos de batalla de la Gran Guerra cantando y vitoreando, inmaculadamente limpios y aseados, desde las ventanillas de los primeros trenes que salieron al frente. Ellos también llevaban dos o tres ideas muy sencillitas por todo equipaje.

No es el qué. Es el cómo, y el por qué.

domingo, marzo 20, 2011

La "normalidad" del 36 (2: la votación)

En la Historia de los países siempre hay jefes de gobierno buenos, malos y gilipollas. Lo deseable es que de los últimos haya pocos; incluso se podría pensar que la buena teoría de la democracia, ésa que parte de la base de que el pueblo nunca se equivoca, conduce a que no se pueda producir el caso de un jefe de gobierno gilipollas. Sin embargo, no es así y España, de hecho, tiene la desgracia de haber acumulado dos casi seguidos: Manuel Portela Valladares y Santiago Casares Quiroga. Ambos fueron primeros ministros nefastos para el país y para su evolución. Para mí, mucho más el primero que el segundo.

Manuel Portela era un mandado y un pusilánime. Un hombre que no carecía de ambición, pero sí carecía, sin embargo, de la capacidad y el empuje que, en los verdaderos hombres de Historia, acompaña a la ambición. Si Napoleón Bonaparte se hubiese limitado a ser ambicioso, probablemente no habría pasado de teniente y habría acabado guillotinado en cualquier plaza. Y eso hace la Historia con Portela: colocarlo tumbado con el cuello metido en un aplique de madera, sobre el que cayó la cuchilla de la realidad para aflorar su simple y pura cobardía, intolerable en un hombre que ha aceptado colocar sobre sus hombros la gobernación de un país.


Portela, como hemos dicho antes, montó todo el momio de las elecciones de febrero del 36 para aflorar en los votos a un nuevo partido centrista bisagra, necesario tanto para las izquierdas como para las derechas. Ni él ni el verdadero muñidor del proyecto, Alcalá-Zamora, esperaban una unión tan amplia de las izquierdas que, sumándose al hecho de que aquel proyecto político era una más de las entelequias de poder de aquella II República, surgida en cualquier charla de café entre tres o cuatro, vino a darle al primer ministro y sus adláteres un severo correctivo aquel domingo de carnaval de 1936.

Pero Portela hizo algunas cosas torpes más. Para empezar, desoyó los avisos que Azaña, si hemos de creerle en sus memorias, le hizo, en el sentido de que no había que prevenir el día de la votación, sino las horas subsiguientes. Es creíble esta confesión del político de la izquierda burguesa. Todo hace pensar que las izquierdas radicales, que siempre se han caracterizado por bordar el agit-prop mejor que nadie, tenían una estrategia montada, y la llevaron a cabo milimétricamente. Portela la vio pasar o, más bien, contempló cómo le pasaba por encima, y le aplastaba.

El día 15 de febrero, en una alocución radiada, el jefe de gobierno Portela advirtió que tenía movilizados 34.000 guardias civiles y 17.000 de asalto para garantizar una jornada electoral pacífica. Y eso es lo que tuvo. En España, hasta las cuatro de la tarde del día 16, se votó sin grandes problemas, y el país se aprestó a esperar el escrutinio, que se consideraba tardaría un par de días. Sin embargo, precisamente en el momento en que el gobierno, puesto que se ha dejado de votar, afloja la mano, comienzan los movimientos. En la tarde del domingo, a pesar de que es imposible conocer a ciencia cierta resultados definitivos, por Madrid se extiende el rumor de que han ganado las izquierdas, y en Barcelona que lo ha hecho ERC (tengo por mí, pero es sólo una opinión, que el segundo rumor está mucho más sólidamente asentado en la realidad que el primero). En la Puerta del Sol, de una forma más o menos espontánea, se van congregando grupos de personas que pregonan la victoria de las izquierdas en que las derechas no quieren creer.

A medianoche, el mando central de la Guardia Civil, que lleva 18 horas recibiendo un comunicado tras otro sin novedad, experimenta el primer sobresalto: en Oviedo, unas personas, al parecer mineros, han rodeado a Víctor Álvarez Ajutia, militante de Falange, y le han causado varias heridas de arma blanca de las que días después fallecerá. Como si fuese una consigna, la recepción de este radiograma parece marcar la pauta para una auténtica avalancha de comunicados que hablan de masas que salen a la calle a vitorear la victoria de la revolución. Pero no pasa nada, porque es un país libre. Esta afirmación sin embargo, comienza a hacerse ya muy matizable llegada la madrugada, cuando esos grupos de personas comienzan a marchar hacia las cárceles, con la intención de exigir la salida de los presos de la revolución de octubre. Antes que comience la mañana a amagar con el clareo, en Córdoba, Málaga, Sevilla, Huelva y Murcia están ardiendo iglesias.

En medio de la gestión de esos comunicados, compleja porque el grueso de las fuerzas se ha utilizado para las horas de votación y nadie había previsto la movida nocturna (nadie salvo Azaña, como digo, si le creemos), es cuando el inspector general de la Benemérita, general Pozas, recibe una llamada del general Francisco Franco, aún jefe de Estado Mayor, que ha sido recogida en varios libros de Historia. Aunque hay varias versiones de esa conversación, la sustancia está bastante clara. Franco llama a Pozas para hacerle partícipe de lo que ya sabe; Pozas le contesta que lo tiene todo controlado y Franco le contesta que no le cree, y le insinúa un movimiento coordinado de Guardia Civil y Ejército para tranquilizar las calles, que Pozas rechaza de plano.

A las tres de la mañana de ese mismo día 17, Gil Robles se desplaza en coche hasta el kilómetro cero, para entrevistarse con el jefe de gobierno en su despacho del ministerio de la Gobernación. Para entonces, Portela tiene ya noticias ciertas de conflictos en media España; conflictos, ojo, que incluyen asaltos a colegios electorales, que, que yo sepa, nunca hemos sabido muy bien cuántos fueron, de quién y con qué resultado, lo que contribuye a oscurecer aún más esas elecciones del 36 como episodio histórico.

Gil Robles le come la oreja a Portela con el asunto de los graves desórdenes que se están produciendo. En realidad, no sabemos muy bien si protesta por un resultado que comienza a sospechar contrario a las derechas, o sólo por la necesidad de apaciguar la calle; al fin y al cabo, la única versión meticulosa de esa entrevista es la del propio Gil Robles. Portela, sin embargo, hace lo que mejor se le da: dudar. Duda tanto que llama al presidente Alcalá-Zamora, quien se niega en redondo a declarar el estado de guerra, como reclama Gil Robles más que probablemente por inspiración de Franco, aunque sí el de alarma. Que Franco está detrás de la propuesta de Gil Robles nos lo demuestra el hecho de que, a esa misma hora, el general está hablando con el general Molero, ministro de la Guerra, a quien convence de que proponga la declaración del estado de guerra al consejo de ministros.

Ya de mañana, en Madrid varios desfiles de socialistas y comunistas confluyen para ir a la cárcel celular, a sacar a los presos. Al llegar, increpan e insultan a los guardias que vigilan el recinto, y cargan contra ellos. Los polis sacan las pipas. Un muerto y varios heridos.

Largo Caballero, que no anda lejos, se indigna, toma un coche y se va a la Puerta del Sol a echarle la bronca a Portela. Encuentra al jefe de gobierno pálido, ojeroso, derrotado y temblón. Leoncio el León no anda por ningún lado, pero Tristón está allí mismo, sentado en la silla del jefe de Gobierno. En apenas unas horas, Portela, Portela el gilipollas, ha descubierto que eso de ser jefe de gobierno no es para él; que todo lo que desea respecto de los disturbios que se multiplican por todo el país es alejar su culo de ellos, y le dice a Largo: «Yo no puedo hacer más que entregarle ahora mismo el poder». Como si el poder de administrar y regir la vida de los españoles fuese algo que pudiese entregarse al primero que entrase por la puerta diciendo haber ganado unas elecciones sobre las que no hay datos ciertos, sino gentes desfilando en las calles porque dicen que las han ganado. Es difícil pensar en un ejemplo peor de irresponsabilidad por parte de un alto representante público.

Una de las cosas que le dice Largo a Portela, y que éste cree (lógico: para hacer cualquier otra cosa hay que tener criterio, y eso es algo de lo que el buen señor carecía) es que el muerto y los heridos de la celular lo han sido por disparos de «fascistas». Ciertamente, a esas horas por Madrid todo el mundo se hace lenguas con que los disparos han sido realizados por falangistas, cosa que no es cierta. En todo caso, Portela llama a Primo de Rivera y lo cita en su despacho inmediatamente. José Antonio está probablemente (en mi estado de conocimientos no lo puedo aseverar, pero es lo más lógico; aunque también podría estar en el domicilioi familiar de Génova) en la sede de Marqués de Riscal, y desde allí se va a pata a la Puerta del Sol. Por increíble que parezca, cruza la plaza a la vista de muchos grupos de izquierdistas, solo y sin escolta.

Portela le dice a José Antonio que le hará responsable de los conflictos que se puedan producir y le apostilla: «hay que saber perder y tener serenidad». Verdaderamente, aunque Falange no fuese culpable de lo de la cárcel, José Antonio bien merecía el consejo. Pero tiene huevos que se lo diese tamaño temblón sin criterio.

A primera hora de la mañana, Alcalá-Zamora preside un consejo de ministros casi en el mismo momento en que el Ministerio de Gobernación es asaltado por las turbas, exaltadas por lo de la cárcel, que han de ser frenadas por la fuerza pública a caballo.

En el consejo, Portela comunica los primeros resultados recibidos, que apuntan a la victoria del Frente Popular, aunque aún son muy parciales (cuando deje el poder, aún habrá apenas unos cien diputados realmente proclamados). Titubeante, el jefe del gobierno saca a pasear la idea del estado de guerra, idea que es recibida con reticencias por el Presidente de la República, que ve más lógico esperar. Finalmente, se decide dejar la decisión última en manos de la persona peor dotada de España para tomarla: el jefe de gobierno, Manuel Portela Valladares. Arrarás cuenta en su historia de la República que Molero, convencido de que se aprobaría el estado de guerra, había dado ya luz verde a Franco y que, por eso, en Madrid hubo unidades apercibidas de ir a leer el bando, y en Zaragoza incluso llegaron a pisar la calle.

En la Puerta del Sol, el personal se entretiene apedreando el enorme cartel con la foto de Gil Robles colocado en el edificio del Tío Pepe. Ya en esa mañana comienzan los motines internos en las cárceles. En Cartagena, 600 presos toman el patio del penal. Un preso le arrebata el arma a un funcionario de prisiones, José Antonio García, y le dispara, causándole heridas de las que fallecerá días después. Luego incendian la cárcel hasta que llega la guardia civil a visitarlos.

En San Miguel de los Reyes, Valencia, hay otro motín con incendios. La pelea con la guardia civil dura el día entero y provoca más de veinte heridos.

Las noticias que van llegando de las elecciones durante la jornada laboral del 17 son cada vez peores. Ahora ya no llegan sólo actas de votaciones, sino relatos de colegios electorales asaltados y actas desaparecidas. Lo cual es lógico. Como hemos dicho, durante la madrugada del 17 el presidente Portela no le ha ocultado ni a sus visitantes ni a sus interlocutores que todo lo que desea es quitarse el marrón de encima. Portela es el jefe directo de los gobernadores civiles y es lógico que éstos, al observar una actitud tan indecisa del jefe, decidan que no serán ellos quienes se expongan a más peligros de los necesarios. No pocos gobernadores civiles, por lo tanto, o directamente desertan de sus puestos o se dedican a ocuparlos haciendo uso de una total inoperancia, lo cual deja total impunidad a los violentos. Las posibilidades de unas elecciones limpias, con sus actas y todo, con sus datitos bien expresados, oficialmente sancionados por una Junta Electoral y eso, se van perdiendo. Y no sólo eso sino que Portela, que es el primer español que da por ganador al Frente Popular, pronto muestra una clara actitud de no negarle nada a quienes ya considera los gobernantes de España. El 17 por la tarde, a petición de los partidos de izquierda, autoriza la reapertura de las Casas del Pueblo (que, no se olvide, año y medio antes han sido germen de un golpe de Estado) y pone en libertad a todos los candidatos en las elecciones presos en la Modelo de Madrid, mayoritariamente socialistas.

Los periódicos de la mañana del 18 reclaman que se le dé el poder al pueblo, puesto que lo ha ganado. Franco, con la intermediación de Natalio Rivas, mantiene una entrevista con Portela en la que le intima a controlar la situación con mano férrea. Portela, por toda respuesta, le pregunta que por qué no lo hace el Ejército (¡tela! El jefe de un gobierno democrático, preguntándole a un milico por qué no da un golpe de Estado). Franco, sincero por una vez, le contesta que no es que no lo haga porque no quiera, sino porque carece de la unidad suficiente. Lo cual nos sugiere que ya para entonces el general ha llevado muy lejos sus contactos con unidades y mandos.

En Zaragoza, un miembro de las fuerzas de seguridad resulta muerto en enfrentamientos con los radicales. La capital de Aragón es una batalla campal. En la cárcel de Santoña, custodiada por el ejército, se produce un motín. Los soldados abren fuego y provocan cinco muertos. En Murcia, las turbas se dirigen a quemar La Verdad, el diario de la CEDA, algo que la guardia civil impedirá in extremis.

En la tarde-noche del 18, Portela recibe al líder radical-socialista Martínez Barrio, al que se une el general Pozas, que llega con el rumor de moda en Madrid a esas horas: los generales Franco y Goded van a dar un golpe de Estado. En sus memorias, Azaña trasluce que fueron muchos los que creyeron este rumor, que enrareció notablemente las actitudes dicho día. Además, el rumor probablemente tenía visos de realidad porque Franco y Goded, en efecto, hicieron contactos con al menos Fanjul y Valentín Galarza, aunque parece que sus intenciones eran declarar el estado de guerra ante la inoperancia del gobierno. Claro que, conociendo a Franco, si con ello hubiese logrado controlar el poder, resulta dudoso que lo fuese a soltar. En todo caso, los militares impulsores, obsesionados con parar el comunismo, se encontraron con la resistencia de las unidades a secundar un movimiento prácticamente improvisado. De ello sacaría buenas conclusiones el general Emilio Mola, el cual, como bien sabemos, cuando preparó la sublevación, lo hizo meticulosamente a través de sus famosas instrucciones.

Portela, a quien su cabecita y su pusilanimidad ya no le dan para más, llama a Alcalá-Zamora para decirle que él se pira. Después de eso se entrevista, fuera de su despacho, en la cafetería de un hotel, con José Calvo Sotelo. El político derechista le animará a seguir, a apoyarse en Franco, en la guardia civil... Pero para ese momento Portela ya es una persona mesmerizada por la idea de quitarse aquel marrón de encima y, además, la propuesta de Calvo es, probablemente, impracticable. En la mañana del 19, en consejo de ministros, Portela comunica su resolución y sale de la Historia de España por la puerta de servicio, la puerta de los que salen de la casa pensando: si lo sé, no vengo.

Aún mantendría Portela una entrevista como jefe de gobierno divisionario: con Franco, a media mañana del 19. El general le volvió a pedir que reaccionase. Portela se hizo la víctima. Acusó al presidente Alcalá de haberle impedido declarar el estado de guerra (lo cual es incierto; en unas circunstancias así, es difícil que un presidente de la República pudiese oponerse a un jefe de gobierno resuelto. Quien crea que me equivoco, que se haga esta pregunta: durante la guerra civil, ¿quién mandaba más: Azaña, o Negrín?) y también le dijo a Franco que tanto el general Pozas como el jefe de las fuerzas de Asalto se le habían ofrecido al Frente Popular; cosa que, por mucho que Portela nos parezca una figura patética de la Historia de España, tiene muchos visos de ser cierto.

Está mediada la tarde del 19, del miércoles después de las elecciones del domingo, en el que un presidente del Gobierno fantasma le entrega el poder a otro, Manuel Azaña, que propiamente aún no ha ganado las elecciones que le dan derecho a ello. De hecho, de alguna manera, no las ganará nunca. Pero eso, en espacio de unas horas, ya dará igual.