viernes, julio 30, 2010
Folletín de verano (2)
Laura y él dieron un respingo en la cama y se abrazaron instintivamente. Él dejó que el aparato sonase hasta que notó que los empujones violentos del corazón de ella cedían en su fuerza, él susurrándole en el oído no pasa nada cariño, no pasa nada mi amor, es sólo el teléfono.
Cuando Laura se calmó, se levantó y fue al salón, para cogerlo.
-¿Diga?
-¿Luján? Soy Ramos.
-A sus órdenes, señor Comisario.
-Ya lo supongo. Hay una tradición, ¿sabe? Alguien llama en la madrugada tras el primer día. Un cadáver aparecido en el culo del mundo. El novato va allí y se pasa toda la noche esperando a un juez que no llega, porque no hay cadáver ni nada.
A Luján le gustaba dormir sólo con una camiseta de tirantes y sus calzoncillos. El salón estaba helado. Se revolvió en la tiritona.
-He oído, er, he oído hablar de eso, Señor.
-Se la tenían preparada. Pero ya no va a haber novatada.
Algo cedió en el estómago de Luján. El miedo y el susto se fueron. Pero quedó la incertidumbre.
-Señor, con todos los respetos, ¿me llama a la una de la mañana para decirme que nadie me va a molestar con una novatada de madrugada?
Silencio. Ruido como de vasos chocando unos con otros. Luján pensó: una barra americana, fijo.
-No. O sí. Pero no. Le llamo para decirle que nadie le va a llamar hoy para mandarle a un caso falso. Porque tiene que ir a uno real.
La angustia regresó.
-Señor… ¿yo? ¿Un caso re, er, real?
-Digamos que es la otra tradición. La novatada queda anulada si aparece algo más tangible –le dio una dirección en el extrarradio-. Es una zona sin casas, apenas unas chabolas. Allí le estarán esperando los de la ambulancia. Hay un montón de barro y basura amontonado en un montículo y del montículo, según me han dicho, sobresalen los pies de un muerto –luego un breve silencio, luego un susurro, ya, ya, y luego, otra vez, la voz del comisario-. Que tenga suerte. Mañana, a las diez, quiero un informe completo.
La línea chasqueó. Luján colgó y se volvió. En la jamba del salón estaba Laura, hermosa, casi sensual, con su camisón rosa. Al borde de las lágrimas.
-¿Han matado a alguien?
Él se acercó y la besó en una mejilla.
-Vete acostumbrándote, cariño –le musitó.
Llovía a mares sobre la noche de Madrid. Antes de salir de casa, Carlos Luján había llamado a la comisaría y allí una voz soñolienta y uniformada le había prometido que una patrulla pasaría a buscarle. Sin embargo, después de esperar veinte minutos en la esquina indicada, decidió parar un taxi. El taxista llevaba la gorra calada hasta las cejas, pero Luján pudo adivinar, embutido bajo el plato, un cráneo arrugado y un par de ojos cansados. Se distrajo contando serenos. Contó veinte y dejó de contar. Se dijo: no sabía que Madrid fuese tan grande.
Atravesaron primero los barrios pulcros del centro, conduciendo suavemente a base de ángulos rectos. Luego aparecieron el ladrillo visto en las fachadas, las ventanas disparejas, la ropa colgada en esas mismas ventanas, desafiando a la lluvia. Aceras interminables en calles sin nombre y casi sin luz. De vez en cuando, algún sereno más harto de la noche que de la lluvia paseaba bajo alguna farola, embutido en alguna gruesa capa impermeable, como si la noche estuviese repleta de espectros agotados. Pasaron un cementerio enorme, subieron cuestas empinadas, doblaron a su derecha y se introdujeron en un barrio obrero. Luján observó las casas con esa indolente curiosidad típica del visitante que jamás ha estado en un lugar y, además, tiene la sensación de que no va a volver. De alguna manera, aquel barrio seguía siendo el pueblo castellano de casas bajas que un día fue. Pero era como si alguien hubiese construido, por encima de las plantas bajas y primeras plantas de los inmuebles originales, las trazas de una ciudad nueva, hecha de materiales baratos y ángulos equívocos. Casas pardas, empapadas y cerradas a la noche. Nadie en la calle. A veces, en medio de la calle, un descampado. El campo saludando en medio del embrión de gran ciudad. Algunas veces esas parcelas incluso aparecían roturadas y peinadas con surcos regulares, vigiladas por fieros perros que ladraban al paso del taxi, amenazadores. En una esquina, una vaquería. Agridulce e intenso olor a boñiga colándose por la rendija de la ventanilla, que Luján tenía levemente bajada para respirar mejor. Su chofer conducía como un autómata, sin una palabra. Silencio. A mil kilómetros de su casa, de su vida. Pero también era Madrid. También le incumbía. Suspiró. Hubiera preferido la bromita, se dijo.
Bruscamente, la ciudad terminó. Al final de una calle vieron una marquesina de autobús, el camino perdió su empedrado, y llegaron a Castilla. El taxi, con su pestilente ronquido de gasoil, se zambulló en la oscuridad. Uno no se da cuenta de lo iluminado que está Madrid hasta que sale de Madrid, se dijo Luján. El taxista condujo abriendo con los faros una brecha de luz entre dos sólidas paredes negras. Luján se sorprendió diciéndose: esto no es una broma. Esto es algo peor. La puta oscuridad, un coche en medio de la nada, una pandilla de masoquistas crueles que se quieren divertir a costa del novato. Llevaba la pistola en un bolsillo de la gabardina. La amartilló, sin querer hacerlo en realidad. A pesar de los violentos achaques del viejo taxi y el ruido que provocaban, el conductor dio un respingo y Luján notó que reprimía el gesto de volverse. Un tipo embutido en una gorra escucha en la noche de Madrid que alguien amartilla un revólver y adivina lo que está pasando. Curioso. Le entraron ganas de preguntarle dónde había aprendido a distinguir ese sonido. Pero para qué. No se lo diría. Estaba muerto de miedo. Y, además, añadió, la pregunta es estúpida. En Madrid y a finales de los años cuarenta, todo Dios que sabe reconocer el sonido con que un pistolero prepara la muerte lo ha aprendido en el mismo sitio. Y en una de dos posiciones: ganando, o perdiendo. Quizá el taxista era un perdedor. Más aún, debía de serlo. El tipo, se dijo Luján mientras el coche seguía un sendero apenas adivinado, tiene la pinta de tener mil años; así pues, trabaja por necesidad. Un trabajo de mierda, llevar a un tipo a la otra punta del mundo en plena noche y con una lluvia del carajo. Claro que tampoco hace falta ser muy paria para llegar a esa necesidad. Cada cien metros, las ganas de preguntarle al taxista, de conocer su historia, se le multiplicaban más. Incluso pensó, bueno, llevo aquí un carné que si se la enseño el viejo éste me canta lo que haga falta. Pero se puso en su lugar. Un cliente te da una dirección imposible, te saca de Madrid, te obliga a ir por un descampado, te demuestra que va armado y luego, cuando te paras, te enseña un carné y te dice: soy policía, macho, así que dime quién eres. Lo mato, al viejo éste lo mato del susto, se dijo. El taxista seguía conduciendo, sin separar la mirada del sendero de tierra.
-¿Falta mucho? –preguntó, por preguntar algo.
El viejo, por toda respuesta, levantó la mano derecha y señaló a un punto de su parabrisas, donde se veían unas luces distantes.
-Cuando lleguemos podrá marcharse. No hace falta que me espere.
Es lo que se le ocurrió para tranquilizarlo. Si lo consiguió, nunca lo supo. El viejo taxista ni siquiera se volvió.
Las luces se fueron definiendo. Llegaron a lo que parecían las afueras del un pequeño pueblo, o de un pequeño barrio distante. Tres coches aparcados muy juntos iluminaban un pequeño montículo; al acercarse el taxi, Luján se dio cuenta de que era un montículo de basura. Y del montículo sobresalían dos pies embutidos en botas negras.
Salió del taxi y pagó bajo la lluvia. Incluyó una propina generosa, pero ni aún así consiguió una mirada del taxista. Reprimió, al tiempo, los deseos de acojonar a aquel maleducado y de tranquilizarlo. Desarmó el revólver mientras caminaba hacia el reducido grupo de gente que estaba junto al cadáver, iluminado por los faros.
Eran cuatro personas, dos paisanos y dos uniformados. Todos mayores que él, bastante mayores. Los dos paisanos se protegían con un paraguas y los dos policías con la gabardina de uno de ellos, que sostenían sobre sus cabezas. Lo primero que leyó en los cuatro rostros, cuando se acercó lo suficiente, fue decepción.
-Tú no eres el juez de guardia –le dijo uno de los de paisano.
-¡Anda! –exclamó él-. Y, ¿por qué no puedo serlo?
-Porque un juez no es tan joven –explicó uno de los uniformados, con voz de fastidio.
-Siento haberos decepcionado. Soy Luján, de la Brigada.
Los uniformados intercambiaron una mirada sardónica. A esas alturas, él ya sabía bien lo que significaba. Carne fresca, noche de diluvio. Jódete, recluta. Haber ganado tú la guerra.
-Pues hasta que no venga el juez yo no toco una mierda –dijo, elevando la voz sobre el rumor del diluvio, uno de los tipos de paisano, moreno, fibroso, con un leve tic en la boca.
Luján miró a la pareja de paisanos. Apretados bajo el estrecho paraguas, parecían dos mariquitas esperando el autobús. Ambos eran todavía relativamente jóvenes, aunque no tanto como él, y de aspecto atildado. O lo habían tenido, cuando menos, antes de que la lluvia, superando el triste obstáculo de aquel débil paraguas, los anegase.
-A menos que me corrijan ustedes, ahora la autoridad soy yo.
-Nadie lo duda, amigo, nadie lo duda –contestó, a la defensiva, el segundo de los tipos de paisano que aún no había hablado, más ancho que su compañero, con pinta de hombre de campo disfrazado de petrimetre.
-Entonces, procedamos a… desenterrar el cadáver.
-Y unos cojones.
Los dos del paraguas habían contestado al unísono. Como si todo estuviese respondiendo a un guión y ellos hubiesen ensayado tantas veces que hasta fuesen incapaces de no hacer coincidir sus voces.
-¿Qué me ha dicho, señor? –Luján sintió que la ira le subía al rostro.
-He dicho UNOS COJONES, niño –contestó el moreno delgado-. Si te gusta, bien, y si no, ya sabes, col-crém.
Luján se fue a por él. Pasos torpes en terreno irregular. Casi tropezó con la humedad. Un brazo lo sostuvo y, a la vez, detuvo en su avance. Sintió el topetazo y, cuando miró, se enfrentó a un uniformado alto y fuerte, de barba rala y mirada hostil.
-No no no, Luján. Esto no es buena idea.
-Me da igual –respondió él, airado-. Se va a enterar ése de quién tiene cojones aquí.
El brazo se cerró en torno de él y le apretó contra el corpachón del policía. Le hizo daño.
-Como quieras. Pero será otro día.
No lo soltó hasta que juzgó que se había tranquilizado. Aunque más que tranquilizado, estaba adolorido. Aquel oso casi le parte con su abrazo.
-Mira, Luján –le dijo entonces, entre gestos nerviosos, el moreno-. Estábamos de guardia pero nos fuimos a cenar a Moncloa, ¿vale? El hijo de puta del bedel se lo dijo a éstos –señaló a los uniformados con la barbilla‑ cuando llamaron. Así que nos localizaron en un restaurante y sin material, ¿vale? Con las manos desnudas, ¿vale? –esto lo decía mientras colocaba las dos palmas delante del rostro de Luján‑. Y este hijo de su padre no va a desenterrar ese cadáver con las manos así, ¿vale?
Aquel tipo era como una marioneta mal construida. Un pelele cuyos con hilos demasiado cortos en algunas extremidades, y demasiado largos en otras. Se movía sin lógica, bajo la lluvia, sin preocuparse ya del paraguas, delante de él, haciéndose el gallito.
-Entiendo –terminó por decir Luján‑. Estáis esperando al juez para que decida, mientras rezáis para que decida esperar hasta que volváis con vuestro equipo.
El silencio corroboró sus palabras.
-Lo que no entiendo es por qué no podéis hacerlo sin guantes.
Pareció como si al moreno nervioso le hubiesen realizado un electrochoque por el ano.
-¿Estás de coña? Pero, peroperopero, ¿tú has visto el puto cadáver, joder? ¡Está metido en un montón de mierda!
-Ya. Y, ¿no tenéis duchas en el Anatómico?
El moreno le miró con cara de loco. Quiso decir algo, pero se contuvo cuando vio que su compañero daba un paso al frente. El tipo con pinta de pueblerino tenía más cuajo, más años, o menos nervios. Lo miró como se mira a un niño que acabase de jurar que dos más dos son ciento cuarenta y siete.
-Donde hay mierda hay ratas, Luján.
-Yo no veo ninguna rata.
-Ni la verás. En la oscuridad más allá de los faros de los coches hay un vertedero. Un kilómetro de dunas de basura, calculo yo. El paraíso para las ratas. Para qué se van a arriesgar a salir a la luz. Pero están ahí. A dos metros de nosotros.
Luján pensó en ello. Miró a la oscuridad e imaginó que la negrura era un silencioso ejército de millones de ratas, firme y detenido bajo la lluvia, esperando que él diese un paso hacia la nada para atacar. Se estremeció y agarró con fuerza la culata de su revólver dentro de la gabardina, pero trató de disimular su miedo.
-Cualquier persona que meta las manos ahí para sacar a este tipo en estas condiciones, de noche, bajo la lluvia, sin luz, sin guantes, sin nada con que defenderse, se la juega. Ahí debajo hay ratas, Luján. Centenares de ratas. Con una enfermedad en cada diente. Lo que no puede ser, no puede ser.
El pueblerino lo miró con rostro triunfal. Luján sintió un escalofrío. Pero sintió más cosas. Fundamentalmente, el peso de un día que no había sido nada fácil. Y el perfil de sus enseñanzas.
Miró al pueblerino con frialdad, miró sus cartas una vez más, y apostó.
-Tú sabrás. Tal y como yo lo veo, tienes dos opciones: o enfrentarte con las ratas, o enfrentarte conmigo. O sea, conmigo… y con quien esté detrás de mí.
El pueblerino lo miró de hito en hito. Calculando. Preguntándose si llevaba alguna jugada, o iba de farol.
-Tú sólo eres un puto recluta –contestó, pero los leves titubeos de su voz, y el gesto de apartar la mirada al hablar, le dieron a Luján toda la información que necesitaba.
-Puede. O puede que no. Un chico joven, demasiado joven, que entra en la Brigada. Puedo ser un policía brillante. O puedo ser un policía bien enchufado –y remachó-: eso sí, lo único seguro aquí es que las ratas no conocen a ningún ministro.
Fue un farol. Pero coló. Cinco segundos después de terminar él de hablar, el pueblerino demostraba en su rostro que había claudicado.
- Som, er, somos Beirán y Margall. Perdón si no te lo dijimos, hombre.
- Joder, Beirán –interrumpió Luján, decidido a darles una salida airosa‑; ¡que nos estamos calando, joder!
Eso fue suficiente. Beirán y Margall se sintieron lavados en su honor cuando pareció que sus esfuerzos tenían que ver con la lluvia, y nadie se lo recordó cuando, pocos minutos después, y cuando apenas habían empezado, dejó de caer agua. Los dos siguieron trabajando, con la ayuda tan sólo superficialmente voluntaria de los uniformados, ante la vista de Luján. La labor se demostró más dura de lo esperado. Primero tiraron de los tobillos del cadáver, pero pronto tuvieron que desistir. Entonces tomaron dos palas, que por suerte llevaban los policías, y los cinco se fueron turnando para cavar desde la cima del montículo, tirando los desperdicios más allá, hasta llegar a la mitad del montón, donde más o menos aparecían los pies del muerto. En su arqueología se toparon con cosas curiosas. Una taza de váter que pesaba horrores, una lavadora de rodillo, máquinas de escribir, el cadáver de un perro enorme, medio descompuesto. Tres bicicletas deshechas. Todo eso estaba encima del muerto y tuvieron que quitarlo. Pasadas las cinco de la mañana estaban sudorosos y apestando, pero con esperanzas de poder sacar el cuerpo. Entonces, casi al unísono, los faros se apagaron. Decidieron esperar a que se hiciese de día. Pasaron un buen rato allí, llenos de mierda hasta las cejas, fumando en la oscuridad. El sol salió a eso de las seis o seis y media. Siguieron trabajando. Media hora después, pudieron tirar de las piernas del muerto y sacarlo de allí.
Dejaron sobre el suelo de la carretera el cuerpo de un hombre destrozado en sus facciones, con el pecho hundido. Escudriñaron los bolsillos. Nada. Al tirar de las mangas de su gabardina descubrieron que le faltaban las manos.
-Ustedes –ordenó Luján a los uniformados‑, a la mierda otra vez. Si se le ha caído la cartera, me la recuperan. Y a ver si aparecen las manos.
Los policías no rechistaron. Pero volvieron media hora después jurando que allí no había cartera alguna.
-Vaya muerte del carajo –dijo para sí Luján‑, enterrado en la basura.
-No lo creo –interrumpió Beirán, mientras levantaba, desganadamente, uno de los brazos amputados‑. Aquí no hay sangre.
-¿Y?
-Habrá que hacer una necropsia para confirmar datos –continuó el forense, sacudiéndose las manos‑, pero me apostaría la mesa de mi comedor a que este tipo no tiene nada raro en las vías respiratorias. Dicho de otra forma, que estaba muerto cuando le acostaron en esta cama.
-¿Por qué estás tan seguro?
-Porque no hay sangre.
Beirán levantó de nuevo el brazo del muerto y tiró de la manga para descubrir un muñón negro. En efecto, debajo del brazo no había restos visibles de sangre.
Luján se levantó. Sintió el dolor en la espalda fría y húmeda. Un coche renqueaba por el camino. El juez, al fin.
Del coche se bajó un hombre entrado en años, alto y fornido, con cara de pocos amigos. Venía fumando un puro y el olor del tabaco, aunque era lo mejor que probaban las narices del pequeño equipo de investigación en toda la noche, le pareció a Luján fuera de lugar. El juez le miró a él y le señaló con el caliqueño.
-No lo conozco a usted, pero apuesto a que es quien manda aquí.
Los cuatro compañeros de Luján asintieron en silencio. Era obvio que el juez ya los conocía a todos.
-Sunbinspector Luján, señor, er, Señoría.
-¿Otro cachorro para la manada de Ramos? Vaya un bautizo, hijo.
-Cierto, Señoría. Un caso interesante.
El juez, al oír eso, intercambió una mirada con su secretario, un hombrecillo bastante mayor detrás de él, luego abarcó con la vista el paraíso de ratas en que se encontraban, y dejó escapar un mohín escéptico.
-Yo diría que en este teatro es difícil que se produzca un caso interesante.
-Este hombre –informó Luján, señalando el cadáver‑ ha sido claramente asesinado con la intención de que no lo reconozcamos. Yo diría que incluso se ha intentado que no lo encontremos, de ahí el … teatro en el que se han producido los hechos.
-Veo que ya tiene usted una teoría de cómo ocurrieron los hechos.
Luján asintió.
-En algún lugar que no es aquí, esta persona fue asesinada. No sé dónde ni cómo, pero espero que la autopsia lo averigüe. Si no fue muerto de otra manera, lo fue mediante golpes en cara y pecho con algo contundente que lo han desfigurado completamente. Aunque yo creo que ya estaba muerto cuando le hicieron eso.
-¿Ah, sí? –el juez sorbió su puro lentamente‑ Y, ¿se puede saber por qué piensa eso?
-Sabemos –se explicó Luján‑ que al muerto se le han cortado las manos antes de llegar aquí. Así que hay dos cosas, la desfiguración del rostro y la mutilación, que parecen tener una voluntad coincidente: que, caso de encontrar el cadáver, no podamos identificarlo. Voluntad que se une al dato de que el muerto no lleva encima absolutamente nada que permita identificarlo.
-Lo cual le hace a usted pensar…
-Me hace pensar que la autopsia descubrirá, probablemente, otro método para el asesinato. Previo a la desfiguración y a la amputación. Tampoco albergo dudas de que esta persona ha sido asesinada esta misma noche.
El juez dio un respingo.
-¿Esta noche? ¿Se lo han dicho los forenses? Porque si es así, hijo, merecen una medalla, porque los señores Beirán y Fenol tienen toda la pinta de estar en la quinta pregunta ahora mismo.
-Margall, Señoría; Beirán y Margall –hasta el propio Margall demostró con su mirada asustada lo impolítico de corregir al juez‑. Pero no son ellos los que me hacen pensar que el crimen ha sido esta noche, aunque no me cabe duda de que la autopsia lo confirmará.
El juez intensificó su gesto de duda. Luján estaba demasiado cansado para entender los mensajes corporales de sus compañeros, y callarse.
-Alguien ha matado a este tipo buscando que no sepamos quién es. Le ha cortado las manos y lo ha enterrado bajo toneladas de basura. Le ha quitado toda la documentación y cualquier cosa útil para una identificación. Pero se ha dejado los pies fuera. No tiene lógica. Es evidente que no pudo saber que la basura no había tapado por completo al cadáver.
-Lo cual significa que fue esta misma noche cuando vino aquí, lo tiró y lo enterró –concluyó el juez, dando una larga chupada a su puro.
-Eso pienso, Señoría.
El juez fumó en silencio cosa de un minuto. En medio de aquel vertedero, fueron sesenta segundos que duraron como un año.
-¿Quién lo encontró? –continuó después.
-No lo sabemos –respondió Luján, que había hecho la misma pregunta horas antes‑. Se recibió una llamada, eso es todo. Lo que está más cerca del vertedero es ese poblado de ahí, un poblado de…
-Gitanos, ya veo. Un gitano se fía antes del Diablo que de la Policía, ¿no?
Los seis hombres presentes rieron breve, casi protocolariamente.
-En fin… ‑el juez suspiró‑. Un muerto sin cara, sin manos, sin documentación. Un asesinato sin testigos ni autor conocido. La sospecha, amigos míos, de que en la tarde de ayer no ha desaparecido nadie importante ni honrado de su casa de Madrid o alrededores. Este caso estará cerrado antes de que yo guarde la gabardina en el armario hasta el año que viene. Ea, secretario, haga los honores. Que levanten el cadáver y se lo lleven a oler mal a otra parte.
Mientras el juez regresaba a su coche, Luján regresaba al cadáver. No había querido decir nada, pero aquel asesinato no le parecía tan fácil de explicar. Nadie se preocupa tanto de ocultar la muerte de un pelagatos. Aquel hombre era importante para alguien. O era importante que alguien no supiera que ya no estaba vivo. Pero, ¿quién, por qué?
-¿Por qué lo palpas? –Beirán estaba agachado a su lado.
-Lo registro, joder. Como si estuviera vivo. Registramos a los vivos por si llevan algo. Este tipo tiene que llevar algo.
Sus manos avanzaron torpes por el cuerpo del muerto. Nada. Axilas. Nada. Costillas. Nada. Piernas. Nada. Luego se acordó de la academia. Los delincuentes más listos juegan con vuestros prejuicios, muchachos. Os llamarán maricones, se reirán de vosotros; pero nunca dejéis de palpar una entrepierna.
Puso la mano sobre el pantalón sobre el sexo del muerto. Apretó levemente. Bingo.
-Aquí hay algo.
Bajó la bragueta del pantalón. Miró a Margall, frente a él.
- ¡Ah, no! ‑dijo el nervioso, echándose hacia atrás‑, por mi madre que yo ahí no meto la mano.
Luján suspiró, y metió su mano. Palpó un calzoncillo rugoso y frío. Tiró de él hacia abajo. Uno de sus dedos tocó el frío sexo del muerto. Lo apartó. Metió el dedo bajo el testículo izquierdo, escuchando una risa sorda y el susurro de uno de los uniformados, unos metros más allá. Unos pelos tiesos se le quisieron clavar en la piel, pero su dedo tenía una tan gruesa capa de suciedad que apenas lo notó. Deslizó el dedo bajo el testículo derecho. Allí lo notó. Un tacto frío y metálico. Lo que había notado palpando. Un objeto pequeño. Lo agarró con dos dedos. Un anillo.
Lo miró a la luz de la madrugada. En el interior del anillo no había nada grabado. Era de oro y coronado con una especie de pequeño camafeo. Apretó el mecanismo de apertura y apareció una piedra negra pulida y, sobre la piedra, un texto grabado en letras doradas.
-In bello amicitia –leyó en voz alta, muy despacio.
-¡Joder, un maricón! –bramó Margall‑. ¡Un maricón, y tú le has tocado los huevos! ¡Te estará dando las gracias en el Infierno!
-No significa bello –respondió Luján, hablando como para sí mismo.
-¿Que no qué?
-Bello –continuó el subinspector, mirando al forense‑. Es latín. No es un adjetivo, sino un sustantivo.
-¿Sabes traducir eso, subinspector? –preguntó Beirán.
-Por supuesto –contestó Luján.
In Bello Amicitia. Amistad en la guerra.
-A este tipo lo ha matado su enemigo. O, más probablemente, su camarada.
jueves, julio 29, 2010
Folletín de verano (1)
Aquel día de abril tenían que haber pasado dos cosas, pero pasaron tres.
Era el día designado para que Carlos Luján regresase de su luna de miel y, al tiempo, empezase a trabajar en su primer destino en propiedad donde siempre había querido: en la Brigada de Investigación Criminal. Había calculado que levantarse, ducharse, afeitarse, desayunar, vestirse y, después, caminar y tomar el autobús hasta la comisaría apenas le llevaría cuarenta minutos, así pues podía levantarse, sobradamente, a las ocho. Pero a las seis ya estaba levantado, mirándose al espejo, tratando de espiar en su vientre las trazas de las mariposas caníbales que estaban devorando su estómago. Nunca pensé que fuera a ser así, le dijo su mirada mientras él se afeitaba. La verdad, nada daba la impresión de ser como lo había imaginado.
Se asomó al dormitorio. Laura respiraba pesadamente, enredándose en el tic tac del reloj de pared del salón. La miró como quien mira a un niño enfermo de quien el médico acaba de anunciar que se curará. Sintió que el reloj de su vida empezaba a contar en ese momento. Respiración, tictac. El suave roce de la corbata deslizándose sobre sí misma. Cuántas mañanas más así. La vida. Amar. Tic. Laura. Tac.
Así pasó más de una hora y media que le sobró, velando las formas tenues de su mujer entre la penumbra, jurándole las mayores felicidades para los años venideros.
A la hora de entrada en su nuevo destino estaba allí, en la puerta de la comisaría. Entregó su credencial al uniformado de la puerta y éste se cuadró y le hizo el saludo militar. Casi se le escapa una expresión de incredulidad y camaradería. Un mes atrás era un estudiante, un mes atrás ni se le hubiera pasado por la cabeza que un policía de casi cuarenta años se le fuera a cuadrar y llamar señor. Recordó a tiempo, sin embargo, que había sido prevenido contra eso. Ahora ya no sois reclutas, les habían dicho en una de sus últimas clases. Aunque os tiente seguir siendo lo que sois ahora, esa idea os perderá. Ya no sois Manuel, Luis o Pepe. Ahora sois Don Manuel, Don Luis, Don José. No sólo lo sois. Es que necesitáis serlo.
Sintió cómo su rostro se endurecía mientras le decía al uniformado que le indicase cómo llegar a las oficinas de la BIC.
Allí no había nadie. Entre unas cosas y otras habían dado las nueve y cuarto. Pero allí no había nadie. Era evidente que el turno que terminaba a las nueve, nada más ver las manecillas del reloj ganar la cumbre, se había marchado sin esperar al siguiente. En ese mismo momento, en Madrid alguien podría matar a la mitad de la población que nadie tomaría la denuncia. Bueno, él. Él sí estaba en la sala, de pie, mirando las mesas, razonablemente ordenadas, los aparatosos teléfonos de baquelita negra, panzudos toreros sesteando. El miedo trae el peligro. Tenía tanto miedo de que sonase alguno de esos aparatos, que uno acabó por hacerlo. Descolgó. El auricular pesaba, nunca mejor dicho, como un muerto.
-¿Diga?
-¿Quién es?
-La Brigada.
-Eso ya lo sé. Pero, ¿quién es?
-Luján. Carlos Luján, -dijo. Y, porque creyó respirar incredulidad, añadió-: uno nuevo.
-Vale, nuevo -dijo la voz-. Ya veo que Ramos todavía no ha llegado.
-Aquí no hay nadie. Bueno, quiero decir, estoy yo.
-Ya, ya. O sea, nadie. En fin, cuando llegue Ramos le dices que llame a Durán, al anatómico. Que no se te olvide.
Le dijo no se me olvidará al chasquido y el tono de la línea. Le entraron ganas de saber quién sería Durán, el del anatómico. Se imaginó a sí mismo dentro de diez o veinte años, peinando canas y respetado y admirado, hablando con un más canoso aún Durán, y diciéndole: tú fuiste el primer tipo con el que hablé en mi primer día en la Brigada.
-¿Quién era?
La voz le sobresaltó y le obligó a darse la vuelta, como movido por un resorte. Un tipo enorme, de espaldas a él, se quitaba un abrigo marrón que había vivido mejores días y lo colgaba de una percha, en la esquina de la gran sala.
-Soy Luján, -explicó Carlos-. Carlos Luján, quiero decir, el subinspector Luján -se acordó repentinamente de todo aquello del cargo y el respeto y todo eso.
-No te he preguntado eso, -le contestó el gordo, volviéndose hacia él, acercándose, oliendo tenuemente a aguardiente-. Te he preguntado quién era el del teléfono.
-Ah, sí. Durán. Eso, Durán. Del Anatómico. Quería hablar
- Sí, ya sé. Con Ramos -al gordo pareció aburrirle la noticia de la llamada-. Será por lo del Pitillo.
Dejó caer su corpachón sobre una silla de oficina, con ruedas en las patas y muelles que le daban flexibilidad. La silla se combó hasta parecer que se iba a romper pero, probablemente acostumbrada, acabó por resistir. El gordo resopló, miró hacia ninguna parte, y negó con la cabeza con un gesto entre resignado y harto.
-Y, tú, ¿por qué coño has cogido el teléfono?
-¿Yo?, balbuceó Luján. Bueno, estaba sólo y podía ser, no sé…
-Podía ser lo que era -le interrumpió el gordo-. O sea: al Pitillo lo encuentran sin sesos ayer de madrugada, Durán se tiene que pasar las últimas horas con la autopsia y, como no se puede joder solo, llama aquí a Ramos (o sea, a tu jefe), a ver si puede joder a alguien de paso. Y tú -le señaló con un dedo espeso coronado por una uña con un ancho ribete de suciedad-, escuchas un teléfono sonar en una mesa que no es la tuya, lo coges, y sólo porque Durán te habrá notado en la voz que no tienes ni puta idea no te ha endilgado cualquier historia para que te pusieras a bailar desde primera hora de la mañana.
-Yo no tengo mesa -argumentó Luján, mirando a su alrededor.
-Aquí todo el mundo tiene mesa -dijo el gordo-. Ésta de aquí –continuó, mientras ponía un enorme pie y su bota renegrida sobre el tablero de la que estaba frente a su silla-, es la mía. Es mi mesa desde las nueve de la mañana hasta las seis de la tarde. Ni Dios la toca, ni Dios la ordena, ni Dios se lleva ni un papel de aquí sin que yo lo sepa. Y si suena el teléfono, yo lo cojo, ¿estamos?
-Vale, está bien -contestó Luján, casi con un susurro.
-Querrás decir sí, Señor Inspector.
Se hizo un silencio de miradas. Aquel gordo tenía unas ojeras profundas y oscuras. Enormes bolsas bajo los ojos que parecían guardar secretos de muchos años. Le daban una expresión fiera, por muy tranquilo que fuese su porte.
-Sí, Señor Inspector.
El gordo entornó los ojos, como para observar mejor a Luján.
-Señor Inspector Iglesias para ti. ¿Qué años tienes, muchacho?
-Veinti, er, veinticinco, Señor Inspector Iglesias.
El gordo volvió la vista, como para intercambiar una mirada con alguien sentado en la silla vacía a su lado, y sonrió levemente.
-Oh. Qué pronto empezamos a tener gente como tú.
-¿Cómo yo? ¿Qué quiere decir, Señor?
-¡Como tú, joder, como tú! Nuevos, inexpertos. Ya sabes…
-La experiencia es cuestión de tiempo -argumentó débilmente Luján.
-No la mía, muchacho. No la mía -contestó el gordo, resoplando-. ¿Eres del Partido?
Luján sintió que no sabía qué responder.
-Del Partido, sí. Joder, no pongas esa cara. No te van a echar por no ser del Partido, coño, pero yo quiero saber si eres o no eres.
-Por supuesto –acabó por responder Luján, y sacó su cartera del bolsillo interior de su americana. Con manos temblorosas, sacó un carné de una de las solapas y se lo tendió al gordo.
-¡Anda! -exclamó Iglesias, divertido, mientras miraba el carné- ¡Qué bonitos son los nuevos! –Su rostro se ensombreció, y añadió-: el mío es un poco diferente. Y más antiguo.
Luján observó su propio carné. Leyó con vergüenza: fecha de afiliación, febrero de 1945.
Repentinamente, el gordo se levantó y se plantó delante de Luján, muy cerca. Olía a alcohol y a sudor, y podía oírle resoplar.
-Mira, nene -le dijo, casi en un susurro-. Aquí no sólo soy tu Señor Inspector. También soy tu Comandante. Podrías serlo tú si hubieras sido más valiente…
-Señor… Comandante -se atrevió a interrumpirle Luján. Sintió que sus piernas temblaban-. En 1939 yo tenía diecisiete años.
-Como más de uno y más de diez camaradas míos que cayeron en las trincheras -contestó el gordo, muy tranquilo-. Mientras tú estabas en casita aprendiendo a mear de pie, yo estaba salvado a España. Así que no te olvides, muchacho. Co-man-dan-te.
Había algo en la mirada de este tipo. Luján pensó: la mirada de alguien que ha matado. El mundo se divide en personas que no saben mirar así y personas que ya no saben mirar de otra forma. Trató de aguantar, pero su boca claudicó.
-Ssi, mi coma, er, mi Comandante -tartamudeó.
Sonó un portazo. Luego una voz grave, rota.
-¡Iglesias!
El gordo se volvió hacia la voz. En un segundo, su rostro fue otro rostro.
-Buenos días, señor.
Era un hombre alto, bastante delgado, completamente calvo. Vestido con su abrigo negro parecía un enterrador de mala película de miedo.
-¿Tú eres el nuevo? –preguntó, tras señalar con la barbilla a Luján.
-Sí, Señor Comisario. Carlos Luján, Señor Comisario.
-Pasa a mi despacho.
Carlos Luján entró en el cubículo sin ventanas en cuya puerta estaba escrito el nombre de Bernardo Ramos, Comisario. Olía a tabaco fumado mucho tiempo atrás, y un poco a humedad. Aunque ya era abril, aquel año la primavera se hacía esperar en Madrid, y allí dentro hacía frío. El comisario, tras quitarse el abrigo, se agachó en una esquina de la habitación, cogió una botella blanca y vertió un poco de líquido en una escudilla de metal; al instante se sintió el penetrante olor del alcohol puro. De un bolsillo del pantalón, el comisario sacó una caja de cerillas, encendió una y la tiró en la escudilla. Tras un leve ruido, el alcohol empezó a arder. Sólo después de hecho esto el comisario se sentó en su silla y pareció reparar en que Luján estaba allí, de pie, con su abrigo todavía puesto, casi en posición de firmes.
El comisario se mordió el labio inferior y negó con la cabeza.
-Dígame: Iglesias le ha hecho el número del Comandante, ¿es así?
Luján inspiró. ¿Tal claro llevo el miedo en la cara?
-No es mal tipo –continuó, como si Luján le hubiese contestado-, pero le gusta encabronar a los novatos.
Tres golpes fuertes sobre el cristal esmerilado de la puerta. El comisario dio permiso y por la puerta asomó el ancho rostro del gordo Iglesias.
-Una cosa, señor –dijo, con voz meliflua-. Que no se me olvide decirle que le llamó Durán, del Anatómico.
Mientras decía esto, le guiñaba un ojo a Luján.
-Gracias, subinspector –respondió el comisario, deteniéndose en la última palabra.
Iglesias se replegó como un animal que supiese que se enfrenta a otro más fuerte que él.
Sólo entonces, el comisario le tendió la mano.
-Luján, bienvenido a la Brigada. No le deseo que sea usted feliz aquí, porque sería mala señal. Pero no somos mala gente. Los malos, como ya entenderá pronto, son los otros.
El Comisario le acompañó luego por la sala donde estaban los inspectores y subinspectores de Homicidios, se los presentó uno por uno, y le señaló su mesa. Por algún milagro extraño, como si todo aquello estuviese preparado, cuando salieron del despacho del comisario todo el mundo estaba en su sitio, doce personas en total, con él trece. Iglesias no había mentido. En aquella sala cabían trece mesas con sus sillas y ésa era la capacidad de investigación existente en aquella comisaría; ni uno más, ni uno menos.
Todas las personas que el comisario le presentó eran mayores que él. Bastante mayores. Todas las mesas estaban colocadas una enfrente de otra, de dos en dos por lo tanto, menos tres que estaban en una esquina de la sala, en el punto más distante del despacho del comisario, de forma que dos mesas estaban enfrentadas y otra se situaba perpendicularmente, en uno de los extremos; en esa pequeña república era donde estaban los tres jóvenes. Aquello, como aprendió pronto, tenía nombre. Aquellas tres mesas eran el Infierno. Luego estaba el Purgatorio, que ocupaba los grupos de mesas del resto de la sala salvo las dos que estaban justo junto a la puerta del comisario, al inicio de la sala, a las que todo el mundo llamaba el Cielo. Con esos datos, a Luján no le costó aprender que la mejor forma de referirse entre compañeros al comisario Ramos era llamándolo Dios.
La ubicación no era casual. Rojo Martínez, a quien todos llamaban Martínez, lo saludó muy sonriente y le dijo: gracias a ti y a Cañamero he salido yo del Infierno. Eso quería decir que Cañamero era el inspector jubilado cuya baja le había permitido a Luján ingresar en este servicio y que, corriendo el escalafón, alguien había heredado la mesa de Cañamero, Martínez la de ese alguien y la de Martínez era ahora la suya. Por lo demás, su condición infernal no se limitaba sólo a la ubicación en la sala. Los que estaban en el Infierno asumían las vigilancias más tediosas, al aire libre, en invierno y en verano. Se quedaban si había que quedarse. Metían las narices en los cadáveres. Asumían la redacción de los atestados más complejos. Los dos inspectores que estaban en el Cielo (le fueron presentados como Antúnez y Rebollo) eran algo así como el comisario cuando éste estaba ocupado, lo cual era bastante habitual. Ordenaban, coordinaban, decidían. Apenas pisaban la calle. Apenas tenían confidentes. Apenas se aventuraban por las peores zonas. Apenas participaban en operaciones conjuntas. Todo eso siempre le tocaba a otros. Escogían sus vacaciones antes que nadie y no había jamás algo que les obligara a romperlas. Así se lo explicaron a Luján. Los Profetas viven como Dios. Apréndetelo. Ellos te exigirán; a ti ni se te ocurra pedirles. Esto es así. Años, paciencia, no cagarla. Trienios, puntos, no cagarla. Visto lo visto, le dijeron todos, no es mal sitio.
Pasó el resto del día sentado en su mesa, repasando atestados recientes para coger la redacción, como le dijo el comisario. De vez en cuando levantaba la vista y veía a Iglesias, unas seis mesas más allá, mirándolo divertidísimo. Él decidió sonreírle. Las novatadas en la Academia habían sido peores. Había un tipo que sabía hablar como Franco y un día había llamado al dormitorio contando una historia delirante de tiros en El Pardo y pidiendo socorro. Aquello sí que había sido gordo. Los cadetes que llegaron a salir de la Academia armados casi fueron expulsados. Como al tipo que hablaba como Franco, que acabó en la calle.
Era un día de abril, muy frío. A las cuatro de la tarde, Luján cayó en la cuenta de que había pasado allí la mañana entera, que había salido a comer con sus compañeros del Infierno y aún seguía allí leyendo atestados, y que en todo ese tiempo no se había quitado el abrigo. Que la sala llevaba ya horas caldeada por los radiadores y él estaba sudando copiosamente. Cuando salió a la calle se sentía mareado, pero feliz. Se pasó la tarde mintiéndole a Laura sobre maravillosas anécdotas que, en realidad, no habían ocurrido en su primer día de trabajo.
El teléfono del salón sonó a la una de la madrugada.
miércoles, julio 28, 2010
El folletín del verano
No obstante lo dicho, este blog no se queda en silencio. Más bien todo lo contrario. Tras pensarlo un rato largo de dos minutos y pico, he decidido que, durante lo que queda de verano, me voy a salir. El ritmo normal es de un post cada dos o tres días. Pero ahora vamos a pasar, durante el verano, al anormal ritmo de un post diario.
En el siglo XIX había una tradición que era, por así decirlo, el Supervivientes de su época. Se trataba del folletín, palabra que está, creo, prestada del francés. Cada día, en los periódicos, además de las noticias y esas cosas, se publicaba un capítulo corto de una historia que, en ocasiones, llegaba a ser bastante larga. Historias de amor o de guerra diseñadas por sus autores para encandilar al público y aportarle una lectura periódica que los tuviera más bien en tensión. Muchos fueron los escritores famosos que publicaron en forma de folletín.
Hoy en día, los folletines han caído en desuso, entre otras cosas porque los propios periódicos se usan menos. No obstante, no ha mucho tiempo que autores como Eduardo Mendoza han publicado alguna de sus obras en verano en este formato. Yo creo que es un formato que nunca muere; lo cual quiere decir que creo que es un formato aplicable, también, a las nuevas tecnologías.
Por eso he pensado en este divertimento, consistente en publicar un folletín en la red. Hay dos formas de escribir un folletín. La que podríamos llamar de Eça de Queiroz (así escribió, por ejemplo, El misterio de la carretera de Sintra), consistente en parir un buen argumento e ir escribiendo día tras día el capítulo necesario; y la forma planificada, consistente en escribir toda la historia y, sólo después, convertirla en capítulos de folletín.
La que yo voy a publicar este verano es del segundo tipo. La oportunidad de Judas, que así se llama la obra, está ya completamente escrita y ocupa unas 175.000 palabras. Lo cual quiere decir que yo, en este momento, ya conozco las dos claves de la novela, a saber: quién mató a Anselmo López, y por qué. Aunque también se podría decir que no lo sé, porque el final es un poco abierto. Hay que llegar al final para verlo, claro.
He dividido parte de la obra en 44 tomas de folletín que, por lo tanto, Blogger, si funciona bien, irá desplegando desde hoy o mañana hasta los primeros días de septiembre. Cada día, una toma. Cada toma incluye el texto en pantalla y un hipervínculo con el que, si todo va bien, el lector se podrá bajar el texto completo de cada toma. Tras una serie de consultas a amables lectores del blog introducidos en el mundo del E-book, he llegado a la conclusión de que, puesto que todo el mundo dice que el formato Rich Text Format es el más fácil de convertir para los lectores de libros electrónicos, éste es el formato en el que estarán los ficheros. El que tenga un libro electrónico, que se convierta el fichero y lo lea ahí si le apetece. El que no, siempre puede bajárselo, imprimirlo o leerlo en pantalla.
La toma 44 termina en la madrugada del 20 de noviembre de 1975. En ese punto, lector, todo lo que sabrás es que Carlos Luján, inspector de policía, ha resuelto el misterio del asesinato de Anselmo López. Pero no sabrás más. El resto, es decir la descripción de lo que Luján logró averiguar finalmente, después de un cuarto de siglo de investigaciones, está en una toma 45, que publicaré algunos días después de la 44. ¿Y por qué así? Pues, como el gallego del chiste: por joder...
Un par de apreciaciones «técnicas»:
2.- Importantísimo: la novela tiene, shit you little parrot, más de cien notas al pie. Esto tiene que ver con el hecho de que le tengo una especial tirria a los diálogos forzados. O sea, en una serie de TV, o en una novela, dos tipos que son economistas están hablando y uno dice: «hay que ver los datos del PIB»; y el otro contesta: «¿te refieres al conocido método macroeconómico para medir el valor añadido generado por una economía en un determinado periodo?» Para evitar estas mierdas, prefiero poner sólo el primer diálogo, con una nota al pie que explique qué es el PIB.
He intentado, por lo tanto, que mis personajes, en su mayoría falangistas, hablen con naturalidad. Pero para que lo hagan necesito meter una nota al pie para explicarle al lector, por ejemplo, quién es ese «Gregorio» al que en un determinado momento se refiere un personaje.
Al partir las tomas del folletín creé un fichero unitario para cada una, y el programa, por lo tanto, rompió la serie de las notas al pie. Así pues, en las tomas en las que hay notas, éstas empiezan por el número 1; cosa que obviamente no pasará el día que cuelgue en la biblioteca el fichero con el texto completo. Debes tener en cuenta esto, como debes tener en cuenta que el editor de Blogger manda, en cada toma, todas las notas al final (cosa lógica, porque no tiene páginas). Alguno de mis amigos pre-lectores me ha informado de que el RTF convertido a Kindle conserva las notas fetén, hipervinculándolas al texto que completan; de otras conversiones, sin embargo, no tengo información.
¿Qué espero de ti? Bueno, yo no te pido que me bajes una estrella azul, entre otras cosas porque la dicha petición es una horterada de la hostia. Tampoco te pido, por cierto, que pagues por esta lectura. Escribí la novela para divertirme y pretendo continuar la diversión. Así de simple. Por si no te has fijado, todo este blog está bajo licencia Creative Commons por la cual puedes leer sus textos, copiarlos, enviarlos, reenviarlos, regalarlos, etc.; lo que te apetezca, con dos limitaciones. Una es que ganes dinero con ello. La otra es que modifiques la obra.
Lo único que te pido es
que la leas, si tienes tiempo, y ganas, y el género te mola;
que le cuentes a quien tú creas que puede estar interesado que este folletín está en marcha. Más lectores tenga, más feliz seré;
que me hagas saber tu opinión y, sobre todo, me critiques aspectos argumentales o de ambientación. He invertido en este texto muchas horas de investigación, notas, fichas y cosas de ésas. Todo eso me ha servido tan sólo para darme cuenta de que una novela histórica no deja de ser siempre un fraude, porque es imposible, repito, imposible ser capaz de reproducir un ambiente pasado, los hechos que ocurrieron, etc. Así pues, la ambientación es todo lo limitada que soy yo, o sea mucho.
martes, julio 27, 2010
Dumb at three o'clock
Ya he dicho varias veces que siempre me ha sorprendido mucho por qué las personas en general están tan interesadas en saber lo que opinan sobre política los actores, cantantes y directores de cine, como si para ejercer cualquiera de estas tres profesiones hubiese que leer más de lo que hace el común de los mortales. Hace ya muchos años, cuando en la televisión española primaba el Un, dos, tres, responda otra vez, Chicho Ibáñez Serrador hacía de vez en cuando ediciones caritativas del concurso en las que invitaba a concursar a actores famosos. Siempre dispuesto a no dejar que nadie quedase mal, solía ponerles preguntas de su business, para que así los famosos pudiesen hacer dinero en favor de alguna buena causa y, de paso, no quedasen como unos lerdos. Ni aún así lo logró; aún recuerdo el papelón de un par de actores de campanillas, que no eran de Teruel pero eran tonta ella y tonto él, que fueron incapaces de decir un solo nombre de autor de teatro francés de todos los tiempos, que tiene tela.
El farandulero medio, por lo tanto, es aquel tipo que es capaz de hacer 7.000 representaciones de Molière y aún así no saber ni siquiera cuántos pies tenía. Con todo, el farandulero con conciencia es peor aún, porque como medio mundo le ríe las gracias y le respeta, como digo, como si su opinión fuese de valor sobrepujado; como quiera que políticos y medios de comunicación miman cada una de las chorradas que suelta, el farandulero con conciencia acaba por convertirse en un histrión de sí mismo y participando en una película que, como el show de Truman, dura la vida entera y cuyo título es Fulanito cambia el mundo.
Uno de estos tipos que está cambiando el mundo y enseñándonos a los demás las cosas como verdaderamente son, es Oliver Stone. Mientras el señor Piedra, que sobre esta piedra edificó su iglesia, se centró en la Historia de los Estados Unidos de Norteamérica, que es su país de origen, fue capaz de hacer cosas aseadas. De hecho, hubo un momento en que pareció que iba a ser listo y permanecer dentro de los límites del conocimiento fácilmente abarcable por su persona. No obstante, debió de haber una mañana en la que, afeitándose frente al espejo, se dijo: I'm getting Universal. Dí que sí, Oliverio. Tú lo mereces.
Acaba de perpetrar Stonecito unas declaraciones sobre la Alemania nazi. Dice él que el dominio judío de los medios de comunicación está impidiendo un debate reposado y una discusión abierta en torno al hitlerismo. Desconocíamos que toda la discusión que se ha producido en torno a Hitler y el nazismo se hubiese producido en el entorno de los medios de comunicación. Aún aceptando barco como animal acuático y asumiendo, por lo tanto, que los judíos dominan todos los medios de comunicación, para aceptar que no se permite el debate de la cuestión aún tendríamos que demostrar que los judíos también dominan todas las universidades y todos los parlamentos del mundo.
Nos informa Oliver Stone, quizás pensando con ello que desempolva del olvido datos ignotos, que el hitlerismo tuvo sus partidarios dentro y fuera de Alemania. Esto es algo cierto. Lo que no es, desde luego, es algo que haya permanecido sin saberse hasta el momento en el que el Stoneoráculo ha hablado. Que en Francia había sectores proclives al nazismo lo sabe todo aquél que ha leído los periódicos de la derecha francesa, los cuales, en los momentos en los que sus oscuros dueños judíos (recuérdese que los judíos poseen todos los medios de comunicación) miraban para otro lado, publicaban eslóganes tales como «mejor Hitler que el comunismo». En Inglaterra, sin tener ese temor histérico al comunismo, había muchas personas de perfil conservador que valoraban a Hitler, y esto es tan así que incluso hubo un nazi, un nazi bastante lerdillo todo hay que decirlo, como Rudolf Hess, que llegó a pensar que en Inglaterra había gente con la que podía pactar una entente tory-nazi.
Pero que un tipo caiga más o menos simpático no quiere decir que se compre la totalidad de sus acciones, ni siquiera que se comprendan o justifiquen. Todos los europeos, no pocos de ellos españoles, que apoyaron el comunismo antes de 1953, no pueden considerarse asesinos sanguinarios por el mero hecho de haber apoyado a Stalin. A muchos comunistas de a pie (otra cosa son los dirigentes y los sedicentes intelectuales), de hecho, les pasaba con Stalin lo mismo que a muchos que pudieron admirar a Hitler. Un detallito que a Stone se le escapa en sus declaraciones, tal vez porque no lo sepa, tal vez porque no quiera saberlo.
Tanto Hitler como Stalin se parecen en una cosa: ambos hicieron todo lo posible para que las tropelías que cometieron no se conociesen. Stalin condenó a miles y miles de ciudadanos soviéticos a morir o malvivir en los campos de concentración y, además, no existir para el mundo. Esta condena permaneció vigente hasta 1956 para los miembros del Comité Central del PCUS, y para el resto de la Humanidad hasta finales de los setenta, que es cuando se conocieron urbi et orbe las famosas denuncias de Khruschev. Hitler, por su parte, diseñó una solucion final para exterminar a los judíos, una vez que la probó con los discapacitados mentales (aunque tal vez Oliver Stone quiera que se abra un «debate abierto» sobre qué hemos de hacer con las personas mentalmente retrasadas o perturbadas; discusión que podría incluir la alternativa de llevárnoslos por delante, como hizo Hitler). Pero, igual que Stalin, ni de coña cogió el micrófono de Radio Berlín y proclamó: «voy a someter a los judíos a jornadas de trabajos forzados, con dietas de menos de 500 calorías diarias, y cuando estén extenuados los voy a matar obligándoles a respirar gas venenoso».
Si tan virtuosa era esa política a los ojos de un «debate abierto»... ¿por qué la ocultó?
Hitler era el primero que sabía que lo que estaba haciendo no tenía pase. Era el primero que no quería una open discussion sobre la materia.
Claro que si una open discussion es algo que consiste en hacer comparaciones estúpidas, igual hay margen para ello. Lo digo, más que nada, por esa comparación que hace Stone en sus declaraciones, según la cual Hitler se portó peor con los soviéticos (él dice rusos en su entrevista; no le dan las meninges para entender que llamarle ruso a un ucraniano es casi peor que meterle un pepino por donde los amargan) que con los judíos, puesto que de los primeros mató más de 25 millones. Hay una pequeña diferencia, y es que Hitler invadió la URSS y le hizo la guerra, lo cual quiere decir, por lógica, que la URSS se la hizo a él. Los judíos nunca le declararon la guerra a Hitler. Fueron exterminados por la sola razón de ser judíos. Esto, evidentemente, no consuela a los nietos de los soviéticos asesinados y violados por Hitler; no rebaja el nivel de sus atrocidades. Pero eso tampoco quita que la comparación sea, simple y llanamente, y por decirlo de una manera educada, torpona.
Dice Stone que a Hitler y a Stalin hay que ponerlos en contexto. Sabe Dios lo que entiende este milongas por contexto.
jueves, julio 22, 2010
Las sacas
Las notas escritas en el anterior post sobre Melchor Rodríguez han provocado algún que otro comentario privado sobre el asunto de las sacas de las cárceles de Madrid durante el otoño del 36. Vaya por delante que a mí me gusta escribir sobre Historia, y tengo por mí que mientras hay personas vivas contemporáneas de unos hechos, éstos difícilmente pueden considerarse hechos históricos. Éste de las sacas es un asunto desagradable y jodido que presenta muchos perfiles de pasión. Aproximarse a ello desapasionadamente es, verdaderamente, tarea difícil.
martes, julio 20, 2010
Don Melchor
El 30 de mayo de 1893 nace en Sevilla nuestro Melchor Rodríguez. De origen humilde, aprende los oficios de calderero y carrocero y, finalmente, el de ebanista. Pero, como otros muchos andaluces de su época y de otras posteriores, Rodríguez lo que quiere ser, en verdad, es torero. Así que comienza una vida de maletilla frecuentador de tentaderos y otras oportunidades menores y, finalmente, toma la alternativa el plaza de Sanlúcar de Barrameda, el 5 de septiembre de 1915. Esa tarde, compartida por el cuarto de los toreros que llevaron el nombre de Bombita, sale en hombros por la puerta grande sanluqueña. El 4 de agosto de 1918, alcanza su máximo sueño debutando en Madrid, en la plaza de Tetuán de las Victorias. El segundo toro de su lote, sin embargo, lo alcanza y cornea de gravedad. Rodríguez regresa a los ruedos tras su recuperación, pero, mermado de facultades, recibe tres cornadas muy seguidas, en Salamanca, Viso de Alcor y Sevilla. En 1920, se retira de los toros.
Así que Melchor, regresado a la condición de civil se emplea de carrocero e ingresa en la Unión General de Trabajadores. Sin embargo, este dato ugetista no es más que un indicativo del factor aglutinador de todo tipo de obreristas que tenía entonces la UGT, pues Rodríguez, lejos de ser marxista como Pablo Iglesias o Francisco Largo Caballero, es ya, entonces, anarquista de ideas, compañero de fatigas de otros destacados ácratas como Celedonio Fernández o Feliciano Benito.
Rodríguez conoce pronto la cárcel como resultado de sus actividades anarquistas. En tiempos del dictador Primo de Rivera es considerado peligroso. Con la llegada de la República, comienza a colaborar con publicaciones ácratas, donde destaca por su ataque a los ministros republicanos de derechas, sobre todo Miguel Maura, foco de sus iras tras la detención masiva de más de cien activistas anarcosindicalistas.
Llega la guerra civil. Durante la contienda, y como fruto de la implicación de los anarquistas en la gobernación del país, un anarquista, Juan García Oliver, es nombrado ministro de Justicia. Buscando correligionarios para cubrir los cargos vacantes, García Oliver se acuerda de Rodríguez para que cubra el puesto de delegado general de Prisiones. Rodríguez, que es dirigente del sindicato carrocero anarquista, toma posesión de su cargo el 5 de noviembre de 1936.
Melchor Rodríguez, pues, llega a las cárceles de Madrid en el momento para las mismas más oscuro y, como decía antes, políticamente incorrecto de recordar. Hay que tener en cuenta varios factores.
Factor uno: las cárceles de Madrid, en las semanas posteriores al golpe de Estado nacional y la consolidación de los republicanos en Madrid, se abarrotaron de personas consideradas por el bando que controlaba la capital como fascistas. Esto incluye a personas efectivamente fascistas, tales como el doctor Albiñana o Ramiro Ledesma, y otros muchos que eran, simplemente, burgueses, acomodados, católicos, militares, políticos de derechas, curas, o personas denunciadas por otros, a veces por razones ideológicas, a veces por meras envidias o conflictos personales pendientes.
El segundo factor importante tras la saturación penitenciaria es la decisión tomada por el gobierno Giral de, tal y como exigían las organizaciones de izquierdas, dar armas al pueblo, es decir a todas las organizaciones (partidos y sindicatos) que apoyaban la República sin ser en sí el ejército o la policía. Con esa decisión, es posible que la República salvase Madrid (aunque sobre eso hay bastante que discutir), pero perdió, definitamente, el oremus del poder sobre el orden público (que, para qué negarlo, no había sido su fuerte ni en tiempos de paz). A partir del momento en que las armas estuvieron en manos de determinadas ideologías, el gobierno de la República (exactamente igual que el gobierno autonómico catalán) aceptó ser un rehén de las organizaciones que tenían la sartén por el mango, o más bien el fusil por la culata.
El tercer factor que, en mi opinión, debe tenerse en cuenta es el hecho de, en el final del verano del 36, las tropas que pronto conoceríamos como franquistas estuvieron a metros de tomar Madrid. Si hemos de creer a Zugazagoitia, estuvieron a punto de desbordar a los republicanos a la altura del puente de los Franceses.
Tenemos, pues: cárceles llenas de fascistas supuestos o adscritos a la condición de tales; ausencia casi total de orden, concierto y organización disciplinada en la administración de la violencia; y la convicción, más o menos generalizada, de que en días, si no en horas, los golpistas podían tener Madrid bajo su control.
Estos tres elementos explican, a mi modo de ver, que a lo largo del mes de agosto del 36, las dotaciones gubernamentales de funcionarios de prisiones de las diferentes cárceles madrileñas fuesen sustituidas por partidas de milicianos partidarios y sindicales, los cuales se hicieron los reyes de las galerías y procedieron al asesinato, a ratos selectivo, a ratos a mogollón, de los presos.
Para justificar esos hechos incalificables, que dañaron de forma incluso irreversible la imagen de la República (sus gobernantes se pasarían los siguientes tres años asegurando en el extranjero que podían garantizar el orden público, sin ser muy creídos), se ha desarrollado la teoría, que ya está en el libro de Zugazagoitia, de los «incontrolados». Según esta teoría, las sacas y los asesinatos en las cárceles madrileñas, muy especialmente en la Modelo que estaba más o menos donde hoy está el Cuartel General del Aire de Moncloa, no fueron obra de la República en sí, sino de «incontrolados» que actuaron a su puta bola. A mi modo de ver, es un argumento saduceo: si no es cierto, malo, porque indica unos instintos asesinos en un gobierno presuntamente democrático que ya, ya; pero si es cierto, casi peor, porque indica que el gobierno republicano, o bien decidió mirar para otro lado, o bien, sabiéndose impotente para luchar contra aquellos desafueros, ocultó al mundo y, quizá, a sí mismo, su condición de gobierno débil y sin autoridad.
Pero lo que todo un gobierno, por lo visto, no era capaz de hacer, lo hizo un solo hombre.
Lo primero que hace el recién nombrado delegado general de Prisiones es restituir en las galerías a los funcionarios gubernamentales y echar de las cárceles a los milicianos que se habían adueñado de ellas. A partir del momento en que toma posesión del cargo, de las cárceles ya no salen para morir nada más que los que han sido condenados por ello por los tribunales populares (y no entraremos aquí a discutir la condición jurídicamente ecuánime de estos sedicentes tribunales). Otra norma puesta en marcha por él es la prohibición de que se sacasen presos de las cárceles entre las seis de la tarde y las ocho de la mañana, para evitar los paseos nocturnos que solían terminar con los paseantes decúbito prono en cualquier cuneta. Asimismo, prohibió que se pudiesen sacar presos, a cualquier hora, sin la debida protección. Con todo, el momento más importante de su existencia como alto funcionario de prisiones se producirá en Alcalá de Henares.
El 8 de diciembre de 1936, las turbas partidarias y sindicales, animadas por el saqueo con apiole incluido que han realizado en la cárcel de Guadalajara, intentan repetir la fiesta en la ciudad cervantina. En la cárcel de Alcalá hay 1.600 presos que están llamados a ser blancos de las iras de unas personas que están mazo cabreadas por el bombardeo nacionalista de la localidad. Grupos de milicianos armados toman una porción del establecimiento mientras muchas personas esperan en la calle. Se masca la tragedia.
Llega Rodríguez.
El delegado general de Prisiones ha ido a Alcalá acompañando a una cuerda de varios centenares de presos, a los que ha decidido escoltar personalmente para que no los maten por el camino (así está el tema). Cuando se percata de lo que está pasando, penetra en la cárcel acompañado por su secretario.
Luego Rodríguez se sube a un coche y le habla a las gentes que están en la calle. Trata de hacerles entender algo tan sencillo como que, para llevarse a un preso por delante, primero tiene que estar condenado a muerte, pequeño tecnicismo legal que su audiencia no es partidaria de atender. Le llaman fascista. Rodríguez se cabrea. ¿Con veinte años entrando y saliendo de las cárceles, dice, me vais a llamar fascista? Y luego dice: «¿Queréis matar fascistas? Pues, vale. Pero en el frente.»
Según parece, la discusión duró seis horas, de cuatro de la tarde a diez de la noche, tiempo durante el cual Melchor no dio su brazo a torcer e, incluso, llegó a utilizar los puños. Finalmente, consciente de que la gente va a acabar entrando a llevarse por delante a los presos, comete el pecado mortal del republicano: anuncia que va a dar orden de que se arme a los reclusos. Sólo entonces, ante dicho anuncio (hecho, hemos de suponer, con total convicción; aunque nunca sabremos si verdaderamente estaba dispuesto a cumplirlo), la gente se aviene a abandonar sus proyectos iniciales de perpetrar contra los presos de Alcalá un desafuero digno de cualquier genocida.
Con sus actuaciones, Melchor Rodríguez salvó la vida de cientos, si no miles, de personas afectas al bando franquista o simplemente consideradas desafectas al republicano. Entre ellas, cabe destacar al general Agustín Muñoz Grandes, o Ramón Serrano Súñer, el doctor Gómez Ulla, el celebérrimo portero de fútbol Ricardo Zamora, Rafael Sánchez Mazas, Raimundo Fernández Cuesta o Miguel Primo de Rivera.
Rodríguez cesó de su cargo el 2 de marzo de 1937, cuando habían terminado las sacas. Pero no paró ahí su labor. El 20 de abril de aquel año, denunció publicamente a José Cazorla, sucesor de Santiago Carrillo como consejero de Orden Público en Madrid, al que acusó de someter a juicio a «personas sensatas».
Prueba del carácter ecléctico y respetuoso de Rodríguez es la anécdota de abril de 1938, cuando muere Serafín Álvarez Quintero. Su hermano Joaquín, amigo de Rodríguez, le comunica la voluntad del finado de llevar un crucifijo en el ataúd. En la España republicana de 1938, donde toda misa existente era semiclandestina y portar un crucifijo podía provocar que te enviasen a visitar a su dueño, un anarquista se ocupó de que el féretro de su amigo llevase a Jesucristo crucificado, como había deseado.
El 27 de marzo de 1939, Melchor Rodríguez, que era desde 1934 concejal del Ayuntamiento de Madrid, es la autoridad que entrega el gobierno municipal a los falangistas. De hecho, Rodríguez y el socialista Julián Besteiro son los dos únicos republicanos que los franquistas encontraron en sus puestos al llegar a la capital. Los falangistas, por cierto, lo aceptaron como alcalde temporal hasta la rendición final.
Terminada la guerra, Rodríguez fue detenido y sometido a consejo de guerra. En el curso del juicio, ni quiso abogado defensor ni citó testigos a su favor. Pero los tuvo. El general Muñoz Grandes, que acabaría mandando sobre la División Azul, se levantó y prestó testimonio a su favor frente al tribunal franquista que lo juzgaba.
El consejo de guerra lo condenó a varios años de prisión, aunque diversas gestiones por parte de conspicuos franquistas consiguieron que saliese un año y medio después. Fue nuevamente detenido en 1947, pasando unos meses en la cárcel, tras lo cual se hizo agente de seguros.
Melchor Rodríguez falleció el 14 de febrero de 1972, en el hospital de la Princesa de Madrid. Su entierro fue una masiva demostración de duelo, sobre todo, de aquellos hombres y mujeres, muchos de ellos para entonces plenamente identificados con el franquismo, a quienes 35 años antes, él había salvado la vida. Vivía y gobernaba España el general Franco pero, aún así, un hombre fue enterrado en un ataúd vestido con los colores rojo y negro del anarcosindicalismo, en un entierro en el que un ex ministro franquista, Alberto Martín Artajo, leyó algunos versos escritos por el finado; y los católicos presentes rezaron un Padrenuestro por el alma de un hombre que no creía en Dios. Un sacerdote, el padre Félix García, que aquel día de diciembre esperaba la muerte en cualquier celda de la cárcel de Alcalá de Henares, escribió su necrológica en el Ya.
Melchor Rodríguez: tal vez, el mayor héroe de nuestra guerra civil.
viernes, julio 16, 2010
León, rey de Madrid
Madrid es una ciudad interesante para hablar de ella porque, como metrópoli importante que es, en su seno han ocurrido muchas cosas dignas de mención. Así pues, es relativamente fácil saber cosas de Madrid, poder contar anécdotas e historias más o menos increíbles. Sin embargo, como ciudad importante y con Historia que es, Madrid guarda algunas sorpresas realmente grandes.
Muy poca gente, por ejemplo, sería capaz, según mi experiencia, de contar con qué país asiático tiene Madrid una vinculación muy especial que no comparte con el resto de España. Para poder contestar a esta pregunta, es necesario conocer la historia de León de Armenia, que tiene su miga.
Tenemos que viajar hasta el siglo XIV. El siglo de Enrique II de Trastámara, el iniciador de una nueva dinastía de reyes castellanos, inicio que no se produjo precisamente en términos moralmente aceptables. Enrique murió en 1379 en Santo Domingo de la Calzada y fue seguido por su hijo Juan, Juan I de Castilla. Para entonces, la castellana era una nación sin preámbulos que tenía una presencia internacional nada desdeñable, que sería aprovechada cien años después por los reyes católicos para colocarla, como decían los falangistas en los viejos libros de texto de hace décadas, en su destino imperial.
En el año 1080, en el territorio contenido entre la ribera del Éufrates y la cordillera del Ponto, un lugar que siempre había tenido vocación de imperial y que le había dado, por ejemplo, grandes quebraderos de cabeza a Cayo Mario, Sila y el propio Julio; allí, en lo que se terminó denominando Armenia Menor, un tal Rhupen fundó un pequeño estado. El principado de Armenia Menor, en las siguientes décadas, invadió la Cilicia y la Capadocia, creando con ello un país más que aseado en lo que a sus posesiones se refiere. León II, descendiente de este Rhupen, consiguió la dignidad real, no principesca, en 1187, tras la concesión en tal sentido por el siempre burbujeante Enri de Champagne, soberano de Jerusalén; de donde se deduce, lógicamente, que León había apostado por los cristianos durante las cruzadas.
Apenas doscientos años después, sin embargo, la dinastía Rhupen, que se había convertido en la dinastía Lusignan, no pudo pararle los pies al creciente poder egipcio. En 1375, el sultán Chasbán II arrasó Sis, la capital de Armenia Menor, y metió a su monarca en la trena en El Cairo. Se trataba de León VI, hijo de Juan de Lusignan y de Soldana de Georgia. Cuando tenía tres años, en 1327, su tío el rey Guido I fue asesinado por instigación de Constantino, un primo cabrón, que accedió al trono con el nombre de Constantino III. León huyó a Chipre donde se consolidó su educación cristiana, ya que él era cristiano por tradición (tanto los Rhupen como los Lusignan habían sido procruzados y, por lo tanto, antimusulmanes); motivo por el cual, cuando logró recuperar la corona, se encontró reinando sobre un pueblo mayoritariamente mahometano que fue el primero en alegrarse cuando vio llegar a los mamelucos egipcios por la colina.
El encierro de León fue cruel. Tanto, que durante el mismo tanto su mujer, la francesa Margarita de Soissons, como una hija que tenían ambos, murieron. Por ello, León envió mensajes a las cortes cristianas tratando de convencerlas que no tenía pase que un rey jesucristocreyente estuviese puteado en unas mazmorras musulmanas.
Obviamente, España era el lugar más indicado para hacer caso de este mensaje. Todavía la nación no se había sacudido completamente el yugo musulmán y, en todo caso, el compromiso con la cristiandad era total por parte tanto de Juan I de Castilla como de Pedro IV de Aragón. En 1382, conmovido, o tal vez acojonado, por los mensajes recibidos desde España, Chabán soltó a León, quien llegó a Castilla al año siguiente.
La crónica del rey Juan nos dice, textualmente, que el monarca, «viéndole [a León] desvalido e con parco sustento, otorgóle para en su vida la villa de Madrid, la de Andújar, e la Villa Real [Ciudad Real], con todos los pechos, derechos e rentas que en ellas había». El rey castellano, por lo tanto, donó Madrid, la que acabaría siendo ciudad gallardonita de zanja e impuestón, a aquel pobre desgraciado que, por lo que cabe adivinar, no sólo no tenía nación ni pueblo; es que no tenía ni dónde caerse muerto.
Madrid se cogió un cabreo de solsticio cuando se enteró de la decisión de su rey. Los representantes de la ciudad, es decir los notables burgueses que cortaban el bacalao, formaron una airada comisión que se desplazó a Segovia a pedirle cuentas al monarca. Al parecer sólo entonces, cuando los madrileños le explicaron la cosa, se dio cuenta Juan de lo que había hecho: regalar un trozo de su país a un soberano extranjero. En puridad, con aquel gesto se podría pensar que Madrid se convirtió en el reino de Armenia Menor, puesto que en la Armenia propiamente dicha ya no quedaba reino porque estaban los mamelucos.
De 12 de octubre de 1383 data el privilegio dictado por Juan como consecuencia de la audiencia de Segovia. En él se aclara que la donación ha sido a León, no a Armenia ni a su casa real y, por lo tanto, la posesión morirá con él, revirtiendo Madrid, como querían sus representantes, a la corona castellana. Además, el rey se compromete a no volverle a enajenar la ciudad a ningún amiguito.
Dicen las crónicas que León de Armenia no fue mal rey de Madrid. Se destaca de él que no despidió a ninguno de los altos funcionarios de la villa y que fijó unos impuestos más bien bajos; en eso, la verdad, se distingue del actual alcalde-virrey de la capital. Dicen, asimismo, las crónicas, que León de Armenia, obsesionado por ser conocido y amado por los madrileños, gustaba de pasear por la ciudad sin escolta, tratando de pegar la hebra con todo el mundo (y sin conseguirlo habitualmente).
León, sin embargo, no tardó en tratar de recuperar su reino real. Para ello abandonó Madrid para irse a Pamplona; no porque fuesen sanfermines, sino para convencer al rey Carlos II y a Gastón III de Bearne de financiarle una cruzada para echar a los egipcios de sus tierras. Llegó hasta París donde Carlos VI, rey de Francia, le dejó clarinete que no pensaba ayudarle en su empresa bélica; pero, a cambio, lo acogió en su corte cariñosamente. Le cedió un castillo, el de Saint-Ouen, así como unas rentas generosas.
León de Armenia, rey de Madrid, moriría en Francia en 1398, sin haber recuperado su reino, pero habiendo siendo el menos castizo de los reyes en el reino más castizo del mundo; si no estoy mal informado, está enterrado en el panteón real francés de la abadía de Saint Denis. Para entonces, en todo caso, hacía dos años que los madrileños habían arrancado de Enrique III, sucesor de Juan I, un decreto por el cual se revocaban los derechos de León sobre la ciudad, aprovechando que ya podía vivir de la renta real francesa.
Madrid, capital de Armenia. Quién lo diría, ¿a que sí?
miércoles, julio 14, 2010
¿Existen las dos Españas?
Desde mi primera respuesta a Amaranta me di cuenta de que era probable que la cosa terminase donde está ahora; es decir, en un post específico, puesto que las cajitas de los comentarios son un poco limitadas (no estoy nada dotado para el microblogging). Todo lo que puedo decir, Amaranta, es que en justicia no puedo sino otorgarte la misma oportunidad a ti. Si quieres contestar por lo largo, éste es tu blog. Ya sabrás que la única condición que yo pongo, tanto para los posts como para los comentarios, es que no se insulte a los vivos.
Vayamos con mi tesis.
Yo creo que existen dos Españas porque desde que las dos Españas nacieron ha habido muy pocos tipos lo suficientemente listos, o lo suficientemente integradores, como para acabar con ello. La prueba de lo que digo es la cantidad de gente que tiene por el summum que pen de la integración a un político en el fondo y en la superficie tan sectario como Manuel Azaña. El hecho de que Azaña, que se desempeñó como político con un notable resentimiento hacia el catolicismo y las clases sociales conservadoras, sea tenido por gran esperanza blanca de la España transpiradora de concordia, lo dice todo. Quizá el político más integrador que ha tenido España, político con mando en plaza me refiero, haya sido José Canalejas. Pero es que a José Canalejas una de las principales fuerzas desintegradoras de la Historia Contemporánea de España, el anarquismo, se lo llevó por delante.
Las dos Españas son fruto de la esquizofrenia de la guerra de la Independencia. Hace poco leí en internet una entrevista con Arturo Pérez-Reverte en el que este escritor opinaba que uno de los problemas de España es que nosotros nunca hemos decapitado al rey. Este detalle, a mi modo de ver, es el que hace que, en España, un proceso que es evidente en otros países, el del viraje social progresista, viraje que en todo caso es difícil y dramático en todos los casos, se produzca en menor medida.
España no es un país normal desde el punto de vista religioso. Es un país que tuvo que ser reconquistado para la cruz, y esto hace que su compromiso con el Vaticano sea un pacto de hierro. Teóricamente, esto debía haberse matizado con los principios de la Revolución Francesa, pero resulta que el importador de dicha revolución a España, José Bonaparte y el ejército francés, no fue el mejor de los posibles. La España que se reconquista por segunda vez es una España en la que los empecinados, los muertos de hambre, ya han adquirido un protagonismo inusitado, pero en la que los amantes del orden antiguo pretenden reimplantarlo como si nada hubiese ocurrido; una reacción lógica si tenemos en cuenta que el orden nuevo, como digo, es el orden del enemigo.
Las dos Españas no existen porque existan, en cada momento de nuestra historia en los últimos doscientos años, al menos dos formas radicalmente distintas de ver la vida. Existen por el hecho de que esas dos formas son incapaces de colaborar, que no es exactamente lo mismo. Zapateros y Rajoyes va a haber siempre; las dos Españas existen cuando no pueden ir juntos ni a comprar un sello.
Las guerras carlistas son una mezcla de reivindicaciones regionalistas (especialmente la primera, que es una guerra eminentemente vasca) y de explosión de esta incapacidad de colaboración. Fernando VII y sus torpezas ingresaron a España en un entorno binario, una especie de spoil system a lo bestia en el que, o manejaban unos, o manejaban otros; algo típico en un hombre de Estado como el Borbón, que no tenía más ideología que su silla. Fue esta característica de si mandas te lo llevas todo la que hizo tan importante mandar y alimentó la proclividad de los militares españoles hacia el golpismo; merecía la pena alzarse pues, si bien te podían fusilar, también la recompensa era la leche.
El golpismo militar es un gran alimentador de las dos Españas. No tiene lógica tender la mano a alguien después de haberlo apaleado. El golpista, por definición, se ceba en el perdedor; lo encarcela, lo fusila, lo exilia. Los tiempos han cambiado para bien pero, en el fondo, ese espíritu sigue vivo. Hoy, el que gana, no a tiros, sino a votos, lo que hace es buscar pactos lo más amplios posible, dominar los medios de comunicación, poner resortes estatales a su servicio, etc. Es la misma filosofía de al enemigo ni agua, sólo que sin pegar tiros.
Estaba claro que en el siglo XIX, España tenía que repensar su relación con la jerarquía católica y el papel de la religión en el país. De hecho, no es la única nación que lo hace en dicho siglo. Sin embargo, el hecho de que las estructuras y, sobre todo, las ambiciones del régimen antiguo sobreviviesen a la Revolución Francesa impolutas y en perfecto estado de revista hace que, tras encontrar un campeón en don Carlos, hagan la guerra; una guerra crudelísima en la que se cometieron tropelías que mueven al vómito cuando uno las lee.
En estas circunstancias, la revisión pendiente se hace mal y, sobre todo, y éste es a mi modo de ver el gran defecto de la España de izquierdas o España B, demasiado rápido. La desamortización fue un proceso supersónico más que nada porque su función no fue hacer justicia histórica; su función fue financiar una guerra.
Entre las dos Españas está el reformismo; reformista es aquél que entiende que la España B tiene razón al reclamar cambio, pero que la España A tampoco anda descaminada cuando apostilla que los cambios hay que hacerlos con paciencia, porque las cosas es mejor hacerlas bien que hacerlas antes. Sin embargo, el reformismo del siglo XIX se traiciona a sí mismo. Desamortiza malamente y a toda leche y, en gran parte movido a ello por la intransigencia de la España A, que haberla haina y a toneladas, comete el error de aliarse con la España B.
En efecto: el escaso margen de maniobra dejado por la España de Narváez y la personalidad de Isabel II, reina casi tan nefasta como su puto padre, unido a la presión inherente al hecho de que el tradicionalismo trabucaire no deja de ser un problema en todo el siglo, no le deja al reformismo más cojones que buscar aliados en la España B. Una vez Aznar, entonces gobernando, le dijo a Zapatero: cuando te juntas con los pancarteros, sabes cuándo empiezas, pero ya no puedes saber ni cómo, ni cúando, vas a terminar. Esto es la Gloriosa.
La Constitución del 69 quiso ser el broche que cerrase la cajita dentro de la cual iban a quedar las dos Españas, cabreadas pero encerradas. A mí me parece uno de los textos jurídicos más bonitos que se han hecho; me gusta mucho más que la Pepa. Acepta la monarquía, pero la monarquía democrática (concepto que luego prostituirá Cánovas); es una constitución laicista, pero no laica. Sustantiva, en un país que tiene para entonces una sed de décadas para estas cosas, cosas como la libertad de imprenta. La Constitución española de 1869 la podría haber redactado Francis Fukuyama, porque es una Constitución que busca decretar el fin de la Historia.
Prim le decía a todo el mundo que él tenía la fórmula para que la monarquía, odiosa palabra para la España B, funcionase como a ésta le gustaría sin que por ello la España A se fuese a sentir amenazada. Quizá decía la verdad. Pero tras el incidente de la calle del Turco dio igual; si disponía del bálsamo de Fierabrás para acabar con las dos Españas, se lo llevó con él. Muerto Prim, a la deriva la nave del Estado, la España B que había pactado con los reformistas reclamó su sitio y su oportunidad, y lo obtuvo.
Castelar, uno de los prohombres republicanos españoles, diría años después, cuando un periodista le preguntó si volvería a presidir una república española: «desde luego que lo haría; pero con más guardia civil». De alguna manera, este reformista estaba sustantivando el gran pecado de la España B. Porque si la España A tiene como principal defecto el vivir convencida de que sus postulados son los que deben ser respetados porque sí (porque pertenecen a la esencia de lo español, dirá décadas después José Antonio Primo de Rivera), el principal defecto de la España B es que no sabe refrenarse; en realidad, no quiere.
La España B se ha pasado los últimos doscientos años tratando de hacer en 48 horas lo que otros tardan años en construir. La I República, por ejemplo. Tantas prisas se da que exacerba a los contrarios, que le hacen la guerra, por tercera vez, con saña. Y aún habrá una cuarta guerra carlista; lo que pasa es que la llamamos pistolerismo.
Muerto el sueño de Prim, Cánovas se siente con fuerza moral para cerrar el asunto de las dos Españas de otra manera. Esa otra manera es, básicamente, apostar por una de esas dos Españas. Es cierto que la Restauración es notablemente integradora con los reformistas: Castelar cena muchísimas noches en casa del propio Cánovas. Pero con la España B su actitud es otra. Trata de hacer como que no existe. La Restauración realiza a la perfección su principal misión, que es parar la sangría de las guerras carlistas; deja a la España A sin espacio para dar por culo. Pero radicaliza a la España B. De hecho, los líderes tradicionales de la España B, republicanos más o menos radicales, federalistas avanzados, pierden el machito en manos de unos nuevos tipos que pintan su España de otro color, el rojo y el negro, y le dan otro aire bien distinto.
De nuevo, la intransigencia de la España A fuerza el pacto de los reformistas con la España B. En la segunda década del siglo XX, este pacto triunfa por todo lo alto consiguiendo bloquear la carrera política de Antonio Maura; el famoso ¡Maura, no! que se repetirá, 90 años después, con José María Aznar (en ambos casos, por cierto, con la inestimable colaboración de ambos). La dictadura de Primo de Rivera es el último rabotazo de este montaje de la España A, haciendo como que respetaba a la España B, y que por la fuerza del tiempo, de las circunstancias y del creciente radicalismo de la otra España, se iba de las manos.
Los españoles que traen la República en 1931 no son los políticos. Los políticos se habían reunido meses antes en San Sebastián y apenas habían llegado a dos o tres acuerdos muy generales. Estaban tan desunidos que ni siquiera fueron capaces de organizar juntos un golpe de Estado, hecho que dolorosamente comprobaron en sus pechos (y en el resto del cuerpo) el mesiánico Galán y el muy católico García Hernández. El 14 de abril de 1931 sí que está a punto de cerrarse el asunto de las dos Españas. La mayoría social que sale a la calle a celebrar, como si de un Mundial de fútbol se tratase, está dispuesta a sacrificar particularismos en el altar del progreso.
Sin embargo, ya es tarde. Ya es tarde para unos políticos cuya escuela y gimnasio ha sido el odio al contrario, la voluntad de arrinconarlo.
Las dos Españas encuentran un nuevo arquitecto en Francisco Largo Caballero. Largo Caballero cava una zanja en la tierra y dice: de aquel lado, ellos; de éste, nosotros. Cuanto más grande es la zanja, más contento está Largo. Manuel Azaña, el presunto ecuánime, compra esa fórmula cuando pronuncia la famosa frase de que el bienestar de los suyos es mucho más importante que la seguridad jurídica (pues éste, y no otro, es el significado de su opinión de que todas las iglesias de España ardiendo no valen lo que la vida de un republicano; expresión que, en sí, viene a decir que la vida de un no republicano no vale una mierda).
La República, esto es la España B, no hace nada serio por evitar el enfrentamiento entre las Españas. En la España B hay probablemente muchas personas que piensan que con la mera ejecución de los planes de progreso, simplemente la España A se disolverá como un azucarillo. Pero hay una cosa con la que no contaban. Dentro de la España B hay una España B+, superradicalizada e inmune a la componenda, que no está dispuesta a esperar. Jim Morrison decía: We want the world, and we want it, now! La praxis anarcosindicalista de la II República no se aparta gran cosa de esa frase. El anarquismo es culpable de haber acabado con toda esperanza de que la España B se pudiera haber conformado con gobernar a lo Cánovas, haciendo como que respetaba a la España A. El socialismo marxista no puede permitir que alguien a su izquierda esté dando la impresión ser más radical que él. La República comienza a ahogarse en su propia vorágine de incongruencias.
Desesperada por ello, la sociedad española prueba, en noviembre de 1933, a poner al frente del Estado a la otra España, a ver si éstos han aprendido la lección. Pero la España A apenas hace otra cosa que destruir la labor de la España B. No la atempera ni la matiza; la destruye. Largo está que no cabe en sí de gozo; la zanja es cada día más ancha; acaba de quedar demostrado que él no es el único que la cava. Ya es tan ancha que incluso justifica el golpe de Estado. Octubre del 34. En octubre del 34, la España A y la España B se dicen aquello de las películas del Oeste: tú y yo juntos no cabemos en este pueblo, forastero.
El franquismo es una excrecencia de esta situación. Su resultado. Franco es largocaballerista en el sentido de que se mueve como pez en el agua en ese entorno de dos Españas, una buena, y la otra mala. A todo lo que no huela a España A lo encarcela, lo exilia, o lo condena a una vida de olvido. Mientras la contraversión de Franco sean los militantes de las Españas, el franquismo permanece consolidado. A partir de los años sesenta, sin embargo, surgen de nuevo los reformistas. Los tipos que, desde la clandestinidad interior y desde el propio Movimiento, dicen: vamos a acabar con esto de una puta vez. En El Pardo, una España barrita: nada sin el Movimiento. En Toulouse, la otra himpla: nada sin la República. A ambas visiones ciegas acabará por pasarles la Historia por encima.
Eso es la Transición: las dos Españas, Manuel Fraga y Jordi Solé Tura, firmando al pie del mismo contrato, donde dice: «los socios comanditarios». Ambos socios, el A y el B, se han puesto en el pasado multitud de demandas y juicios aún pendientes. Pero en una cosa que se llama Ley de Amnistía, ambos se comprometen a retirar esas acciones legales.
Algunos optimistas creímos en su día que la Transición había sido un proceso más perfecto de lo que, por lo que se ve, realmente ha sido. Las dos Españas han terminado por renacer, porque ni el largocaballerismo ni el franquismo están muertos. Las deudas que ambas partes dicen tener pendientes no se las inventan. Están ahí, son. Pero es que seguimos sin entender que, como decía más arriba, el oxígeno de las dos Españas no son las diferencias ideológicas ni la existencia de conflictos entre las partes. El oxígeno de las dos Españas es la voluntad de resolver dichas diferencias mediante la victoria total, anulante, aplastante, sobre el contrario. Las dos Españas no surgen en el momento que alguien decide que sólo va a comer verduras; surgen el día que ese mismo vegetariano decide que al que come carne hay que motejarlo de hijoputa, de desecho social, de civil colaborante con el lobby de los mataderos, de lo que haga falta, para que ese tipo se coja sus filetes, su cuchillo, su tenedor y su bote de mostaza, y se vaya de España.
España, sin embargo, es de todos. Y lo que hay que hacer, cada día si es preciso, es tirarse a la zanja, cuantos más mejor. Tal vez así llegue el día en que no haya zanja.
lunes, julio 12, 2010
La mugre
Si tienes menos de 35 años y estás leyendo esto, que sepas que lo he escrito para ti. Que no se ofendan mis lectores por encima de esa frontera vital; pero es que hoy toca hablar con los más jóvenes.
Es probable que tú, como yo, pasaras ayer algún tiempo entre las 11 de la noche y las cinco de la mañana danzando y gritando en la calle. Es probable que tú, como yo, no pudieras evitar saltar como en un electrochoque cuando Iniesta lanzó el balón cruzado que ha enviado a La Roja a las páginas de la Historia. Es probable que ambos hayamos estado anoche apenas a unos metros de distancia, celebrando lo mismo y de la misma manera. Y, sin embargo, entre tú y yo hay una diferencia fundamental. Tú no te has sacudido la mugre, y yo sí.
Me gustaría poder explicarte por qué, para muchas generaciones de españoles, lo que pasó ayer es tan importante. Tiene que ver, desde luego, con ser los mejores y todo eso. Con la admiración deportiva. Pero tiene que ver también con otras cosas. El gol de Iniesta nos ha sacado de encima una espesa mugre de décadas.
Madrid ha batido en estos días su récord de banderas españolas por metro cuadrado. El anterior récord se estableció el 1 de octubre de 1975, durante la manifestación que se convocó en la plaza de Oriente para exteriorizar el apoyo de los españoles al dictador Francisco Franco. Franco, para entonces un anciano debilitado que pronto tendría un infarto que inclinaría el plano de su vida hacia abajo sin remisión, acababa de hacer lo único que sabía: reaccionar a las agresiones agrediendo. Convencido de que la forma de acabar con el terrorismo era la represión, y contra el parecer del mundo entero, había decidido el fusilamiento de tres terroristas del FRAP y dos de la ETA, si no recuerdo mal. Un millón de españoles según la propaganda oficial (ya el franquismo tuvo esta habilidad de meter volúmenes imposibles en escasos metros cuadrados) dieron vivas a Franco mientras decía que todo lo que le ocurría a España era fruto de la conspiración judeomasónica internacional. Se cantó el Cara al Sol brazo en alto.
La mera reflexión sobre los dos motivos, tan diferentes, que han llevado a las personas a salir a la calle, en 1975 y en el 2010, a ondear su bandera, es la mejor demostración de en qué medida, y en qué dirección, se ha producido el cambio de España en estas últimas décadas. Media España, la que tiene más de 40 años, tiene un trauma provocado por el franquismo que le impide valorar lo que el franquismo dio por bueno. Esto ha afectado, sin duda alguna, a la bandera. La bandera de España se ha convertido, durante un tercio de siglo, en cosa de fachas. El único delito que ha cometido esta combinación de colores, como digo, es que Franco juró morir por ella.
Y ayer nos hemos quitado esa mugre de encima.
Otra cosa que nos trajeron las cuatro décadas de franquismo fue una admiración desmedida por lo extranjero. Cuando la Opel-General Motors quiso establecer una fábrica más en Europa, se fijó en España, en Aragón y en un lugar llamado Figueruelas. Allí, en efecto, estableció una factoría de cuya productividad y eficiencia no parece que pueda tener muchas quejas. Pero esos mismos directivos de la Opel que estaban encantados produciendo en España, cuando trataban de vender esos coches a los españoles, lo hicieron inventando el eslógan Ingenería alemana a su alcance. De haber cambiado, en el eslógan, alemana por española, no habrían vendido ni una triste bicicleta, y lo sabían.
La era de Franco nos enseñó que el futuro prometedor estaba en el ámbito internacional. Primero fue el Plan Marshall que, como genialmente filmó Luis García Berlanga, nunca llegó. Luego, entrar en la ONU. Con los años sesenta, llegó el mantra de ser miembros de la Comunidad Económica Europea. El exilio de la posguerra y un ambiente intelectual interior difícilmente respirable, sobre todo en los primeros años del régimen, hicieron que España perdiese comba de muchas cosas. En descargo del franquismo hay que decir, en todo caso, que la actitud hispana de despreciar el avance es muy anterior. Pero, por unas cosas o por otras, poco a poco la España del siglo XX, a pesar de su desarrollismo, se convirtió en un niño de origen modesto asomado a los Pirineos, observando a sus vecinos europeos vivir como cresos. El sueño de irse allí a ganarse un buen pedazo del pastel se convirtió en un sueño colectivo, casi nacional. Eso los menos pudientes. Las clases medias, por su parte, soñaban con poder pasar la frontera para poder ver El último tango en París, o cosas parecidas.
España, desde la carta de Fernando María Castiella hasta tu integración definitiva, estuvo un cuarto de siglo esperando a ser admitida en Europa. 25 años esperando una primera cita es como para que acabes magnificando sus resultados e imaginando que la chica con la que te vas a ver es la más guapa del mundo. Muchos politólogos destacan el hecho de que el nivel de consenso europeísta existente en la sociedad española es algo inusitado; es así porque otros países, tal vez, no están tan acostumbrados como nosotros a admirar lo no-español.
En los libros de texto que yo estudié en el colegio se destacaban con tintes encomiásticos dos hechos: que en España estaban las mayores minas de mercurio del mundo (Almadén); y que España era el mayor productor mundial de aceite de oliva. Y aquí terminaban nuestros méritos. Luego estaban los demás con sus salchichas, sus coches, sus ordenadores, sus trenes puntuales, sus minifaldas, su libertad de expresión y sus revistas con tías enseñando las tetas. Que yo recuerde, la primera mujer que se desnudó (a medias) en la portada de una revista española fue Victoria Vera en una que se llamaba Papillón. En mi colegio (130 alumnos en el curso) había un ejemplar, y su dueño lo alquilaba a dos pesetas el cuarto de hora.
¿Cómo íbamos siquiera a soñar con ganarles en algo? Ciertamente, Massiel marcó una muesca; pero nosotros seguíamos siendo los parientes pobres. Todo lo extranjero, por definición, era mejor. Josele, un excelente humorista, llenaba las salas de fiesta con un sketch en el que un andaluz hablaba por teléfono con otro andaluz, emigrado a algún otro país del mundo, y le gritaba: ¡Vente p'a España, tío! Decir eso, en la adolescencia y juventud de las gentes de mi generación, era el equivalente del ¿Qué passa, Neng? de hoy en día.
¿Once españoles ganándole a once alemanes, a once holandeses? Estás de coña. Nosotros ni aspirábamos a eso. España era todo lo que no eran esos países y, consecuentemente, ellos eran todo lo que nosotros no éramos. Eso sí, Rusia era otra cosa. A Rusia le habíamos marcado el famoso gol de Marcelino. Y te parecerá acojonante pero, sí, se puede vivir más de diez años recordando sólo un gol, que ni siquiera se marcó en una final. Porque nosotros, amigo mío, nosotros no llegábamos a las finales.
Ayer por la noche, o al menos eso espero, nos hemos sacudido la mugre. La mugre de estar en constante conflicto con nosotros mismos. La mugre de no querernos. La mugre de asumir, de entrada, que sólo somos side shows de la Historia. La mugre de creer que no merecemos la ambición.
Ya ves. Tú saltabas, con la botella de champán en la mano, pensando que sólo saltabas porque Iniesta metió un gol. Pero, aunque no lo sepas, también saltabas por todo esto.