lunes, enero 14, 2008

Libertad de expresión y vergüenza torera

Pocas cosas me gustarían y me motivarían más que saber que este blog lo lee, de vez en cuando, algún profesor de Historia o profesor a secas. Yo nunca he sido maestro y nunca lo seré y, por eso, quizás debiera callarme lo que ahora sé que van a escribir mis dedos porque, de alguna forma, quien no se dedica a algo no debiera dar consejos sobre cómo debe desarrollarse ese oficio.

Pero soy un aficionado a la Historia, aficionado que ha tenido ya la osadía de escribir unas doscientas crónicas sobre el tema, y quizá eso me da algo de fuerza moral para opinar sobre cómo debería enseñarse la Historia, y por enseñar la Historia no me refiero enseñarla a quien quiere hacer de ello su vida profesional (el estudiante universitario) sino quien recibe esa enseñanza dentro de un torbellino de conocimientos, la mayoría de los cuales le parecen inútiles. Me refiero, claro, al estudiante adolescente.

Si yo tuviese que dar clases de Historia a adolescentes les contaría pocas cosas y les haría muchas preguntas. Porque detrás de cada una de las cosas que pasaron suele haber una pregunta, una pregunta muy sencilla: y tú, ¿qué habrías hecho? Contra lo que piensa el distante educando, las cosas que cuenta la Historia le son muy cercanas, porque él mismo podría verse sometido a decisiones de parecido jaez. Luego está esa otra vertiente, que es el juicio de la Historia. Los hechos históricos han de conocerse para ser juzgados; la Historia tiene consecuencias. Nosotros, de hecho, somos esa consecuencia y, como consecuencia que somos, tenemos el derecho, sino el deber, de juzgar los factores que así nos hicieron.

Muy recientemente, el Tribunal Constitucional español ha hecho pública una sentencia en torno a la cuestión de inconstitucionalidad 5152-2000. Recomiendo vivamente a quienes sean profesores que la busquen (está disponible en Internet), que la lean y que, después, la sometan a debate entre sus alumnos. Personalmente considero que, cuando menos a algunos de ellos, les ayudará a entender, al final del ejercicio, lo importante que es conocer la Historia y lo real que es esa frase tan tópica que dice que los pueblos que desconocen su Historia están condenados a repetirla.

El asunto que está en el fondo de la sentencia es, casi diría, menor. Se refiere a la condena del propietario de una librería de Barcelona que en ella vendía diversos libros, folletos y demás en los que, entre otras cosas, se negaba la producción del Holocausto nazi sobre el pueblo judío, en los años en torno a la segunda guerra mundial. Al hilo de este asunto, que ha experimentado el habitual via crucis de sentencias, apelaciones, súplicas y demás escalones procesales, nuestro Tribunal Constitucional dirime que un artículo de nuestro Código Penal es inconstitucional en lo que se refiere a considerar delito la negación del Holocausto.

No niegan nuestros superjueces que es punible expresar juicios degradantes contra diversas razas o etnias o incitar a que sean asesinadas. Sin embargo, considera que la negación de los crímenes contra la Humanidad es una «opinión subjetiva e interesada sobre acontecimientos históricos»; y que, en consecuencia, o así lo entiendo yo, la libertad de expresión nos da a todos derecho a tener una opinión subjetiva e interesada sobre acontecimientos históricos, sin que por ello se nos pueda perseguir.

Aunque a cualquiera que lea este artículo supongo le quedará clara la opinión que me merece la sentencia, eso no debe ser disculpa para que se me nublen los argumentos que existen a favor de una decisión así. Los tribunales, y muy especialmente los constitucionales, son muy reacios a admitir cortapisas a la libertad de expresión. La razón de ello es, en su fondo, la misma que exhiben, por ejemplo, los enemigos de la eutanasia. Se trata de una acción, la limitación de la libertad de expresión, que además de formularla en términos generales, hay, luego, que aplicar. Siempre que admitas que alguien puede limitar la libertad de expresión, debes de tener la certeza de que los hechos sometidos a dicha limitación son indubitables o, dicho de otra forma, que nadie va a poder utilizar esa habilitación para limitar la libertad de expresión en demasía. Por eso pongo el ejemplo de la eutanasia, porque quienes la combaten dicen: el problema no está en permitir que alguien que quiere morir pueda hacerlo; el problema es que, amparado en esa habilitación, pueda algún día llegar alguien que decida que se va a apiolar a unos cuantos miles de ancianos, o de locos, o de retrasados mentales, que le estorban.

Si no he entendido mal la sentencia, en ella se dice además que una cosa es que alguien se dedique a vender panfletos diciendo que hay que matar a los judíos, y otra muy distinta que escriba que nadie los mató durante la segunda guerra mundial, que los campos de concentración no existieron, etc. Es esta segunda una agresión más difusa y, como he escrito antes, se confunde con la pura y simple opinión histórica.

Yo no soy jurista y mi voto no vale más que el de nadie. Pero me gustaría decir que no comparto la sentencia. En mi opinión, este fallo es el fruto de un análisis jurídico por el cual quienes lo realizan pretenden respetar el espíritu y la letra de la norma cuya coherencia dirimen, es decir la Constitución Española. Pero olvidan que la Constitución, con ser la norma más alta de nuestro ordenamiento, no logra tocar el techo, pues por encima de las normas hay algunas otras cosas.

Acertadísimo me parece el voto particular del magistrado Jorge Rodríguez-Zapata, en el cual le recuerda a sus compañeros algo que éstos supongo saben hasta dormidos: «El artículo 1.1 de la Constitución española declara que tanto la libertad como el pluralismo político son valores superiores de nuestro ordenamiento jurídico». Dicho de otra forma: por encima de las leyes están los principios y objetivos para los cuales han sido hechas. Una Constitución democrática está hecha, primero que para cualquier cosa, para respetar, enaltecer y proteger la dignidad del ser humano. Obligar a un pueblo masacrado a convivir con negación de la memoria de esa masacre no es ni respetar, ni enaltecer ni proteger su dignidad.

Toda la argumentación del Constitucional se me aparece como un racimo de argumentos sobre la inocuidad de los juicios que niegan el Holocausto, no exentos de buenas intenciones, pero, por encima de todos, de una inocencia que me parece, sinceramente, pasmosa. A pesar de que nuestros magistrados no son tontos y parecen reconocer que se trata de juicios interesados, no dan ni un paso más y, cuando les tocaría concluir que, puesto que no son inocuos, debemos protegernos contra ellos y debemos proteger, muy especialmente a la juventud de su influencia, se frenan.

La sentencia es tan pulcra que a pesar de escribir varias veces la palabra nazi no escribe ni una sola vez la palabra fascismo. El fascismo queda definido, en uno de los puntos del texto, con la harto eufemística expresión «ideologías defensoras de la violencia como método de resolución de conflictos».

No le faltan al Tribunal motivos para pensar. El abogado del Estado, por ejemplo, les apostilla que «no se acierta a comprender por qué estaría justificada la punición del comportamiento consistente en enaltecer al autor de un crimen de genocidio y no, en cambio, la consistente en negar o justificar un crimen de genocidio o en rehabilitar a los regímenes o instituciones que amparan prácticas generadoras de delitos de genocidio». Yo creo que lleva razón. ¿Por qué razón es punible decir «Carlitos ha hecho muy bien cargándose a su mujer, porque las tías son todas unas guarras y hay que darles caña»; pero no lo es decir «no hay un solo hombre que le ponga la mano encima a su mujer; la violencia doméstica es un invento de la Internacional Femenina Judeo-Masónica»? Hay que estar muy ciego, o querer estarlo, para no darse cuenta de que el fondo de la cuestión de ambas frases es exactamente el mismo: denigrar a la mujer, colocarla en situación de ser que puede, debe incluso, ser agredido y dominado. Más aún: nos dice el abogado del Estado, con gran acierto, que profesar ideas tendentes a negar el Holocausto podría llegar a «estimular resortes psicológico-sociales no bien conocidos, y crear una atmósfera social que, como demuestra el desarrollo de los hechos en la Alemania nazi, comienza con la discriminación legal en el acceso a cargos públicos y profesiones, sigue con el estímulo de la emigración de parte de la población, y se extiende e intensifica en todos los campos de la convivencia hasta los extremos de destrucción y exterminio que conoce la Historia».

Si mi abuelo hubiese muerto en un campo de concentración; si mi abuelo, pues, hubiese sido llevado a una situación en la que llegase a pesar menos de una cuarta parte de su peso normal, después de haber sido transportado por Alemania o por Polonia en un vagón de ganado donde no se limpiaban ni los excrementos ni la basura; si mi abuelo hubiese sido obligado a ocupar una fila de personas desnudas, una fila dentro de la cual habría niños, repito, niños de seis, de ocho, de doce años, muchos de los cuales sabrían que iban a morir. Si mi abuelo hubiese sido hacinado dentro de un local cerrado desde cuyo techo comenzase a manar gas insecticida tóxico, y hubiese sido obligado a morir dando boqueadas y tratando de escalar los cuerpos desnudos de sus compañeros, en una carrera imposible y cruel por respirar el último hálito de aire no tóxico. Si mi abuelo hubiese sido obligado a todo eso, digo, un libro en el que se dijese que a las personas como mi abuelo hay que matarlas me heriría; pero un libro en el que se dijera que mi abuelo murió de un ataque de risa mientras cenaba pato a la naranja me heriría en la misma proporción. Y de un sistema democrático que no me facilitase cuando menos la protección jurídica de no tener que leer ni escuchar esas cosas pensaría que es, decididamente, perfectible.

A mi juicio, el Constitucional comete el error de no darse cuenta de que no siempre el mayor culpable de un crimen es quien lo comete realmente y que, en consecuencia, no siempre el peor pecado de inducción se produce por parte de quien ordena claramente una muerte, la pide o la exige. Adolf Hitler, el líder nacionalsocialista alemán, dio muchos mitines antes de llegar al poder. Quizá los señores magistrados deberían repasar esos discursos (claro que les costará encontrarlos, porque hay lugares del mundo donde su edición está prohibida). Si lo hicieran, verían que Hitler tardó mucho tiempo en declamar públicamente que había que ir a por los judíos; en no pocos de sus discursos los denigra, los hace diana de sus invectivas, de sus acusaciones, de su opinión subjetiva sobre la Historia; pero en modo alguno dice que haya que exterminarlos. La pregunta que yo le haría a los redactores de la sentencia es: en consecuencia, ¿podemos considerar que esos discursos son inocentes del delito de provocar un genocidio? ¿Verdaderamente no son un escalón más de una escalera muy larga que lleva a la convicción de que lo mejor que se puede hacer con tu vecino es cortarle las barbas, separarlo de su mujer y de sus hijos, obligarlo a cavar un hoyo y, una vez hecho, a que se meta dentro antes de recibir un tiro en la cabeza? ¿Verdaderamente el único culpable de ese crimen es el soldado que aprieta el gatillo?

De hecho, la parte más repugnante de la actuación antijudía de Hitler, los asesinatos en masa, jamás fue ni anunciada, ni admitida, ni tan siquiera insinuada, en los discursos del Führer; fue necesario que el ejército aliado penetrase en Polonia, Alemania y otros territorios para que pudiese descubrir la tristísima verdad que aquel señor tan valiente le ocultaba a todo el mundo.

Todo eso, sin embargo, fue posible por algo. Fue posible por las decenas, centenares, miles de ocasiones en las cuales el propio Hitler, o Goebbels, o Himmler, o Göring, o cualesquiera otros corifeos de la barbarie, dijeron y repitieron cosas como: los judíos son culpables. Ellos nos roban, ellos conspiran contra nosotros. Alemania no es grande porque los judíos mueven los hilos contra ella. Los judíos te tienen sin trabajo, los judíos son los responsables de que sólo puedas comer chucrut de mierda. Los judíos son los cabrones de esta historia.

Antes de la violencia, antes del asesinato, antes del genocidio, todo lo que hubo fueron «opiniones subjetivas e interesadas sobre acontecimientos históricos». Y qué bien le hubiese ido a la Humanidad si, en ese momento, algún juez le hubiese parado los pies al nacionalsocialismo paranoide.

Como bien recuerda en su voto particular Rodríguez-Zapata, esta actitud de considerar un crimen la trivialización o negación del genocidio nazi no es algo inhabitual. El delito existe en Alemania, Austria, Bélgica, la República Checa, Eslovaquia, Francia, Holanda, Liechtenstein, Lituania, Polonia, Rumania, Suiza y, por supuesto, Israel. Claro que todos estos países, salvo Suiza, comparten de una forma u otra una característica de la que nosotros carecemos: son países que han vivido bajo la bota nazi. Ellos, que lo vivieron, saben de lo que hablan.

En otro voto particular, el magistrado Ramón Rodríguez Arribas se muestra claramente partidario de evitar lo que él denomina «democracia ingenua», definida como aquélla que lleve «el supremo valor de la convivencia hasta el extremo de permitir la actuación impune de quienes pretenden secuestrarla o destruirla». Amén, señor magistrado. Supremo no quiere decir gilipollas.

¿Tiene derecho a la libertad de expresión quien la usa para alimentar un ambiente social que acabe con la libertad? ¿Acaso se insulta y se desprecia más diciendo «te pegué porque me salió de las narices» que diciendo «¡que no, mujer, que no fue así!; te diste con una puerta, ¿no te acuerdas?» Si la democracia es un partido de fútbol, ¿tenemos derecho a echar del campo a quien se obstina a coger la pelota con la mano y jugar al rugby?

¿Libertad de expresión, o respeto hacia las víctimas de la barbarie? Discutir esto se me hace, la verdad, bastante más útil que andar estudiando los montes más altos de la Comunidad Autónoma de turno.

miércoles, enero 09, 2008

El 98. Y 3: pero... ¿y Cuba?

Para España y para Estados Unidos, la guerra de Cuba fue muy importante. Pero si se llama de Cuba, eso es porque, obviamente, para quien más importante fue, es para el tercer elemento de esta serie, esto es Cuba. La guerra de Cuba es la de la independencia de la isla, esa guerra que en la Historia de cada país, si es que se ha producido, se guarda como oro en paño en medio de recuerdos casi míticos. Sin embargo, como ya sabemos de los dos artículos anteriores, en realidad Cuba no ganó aquella guerra. Tampoco la perdió. Se dio la extraña circunstancia de que otro la ganó por ella. Lo cual tiene sus consecuencias, como ahora veremos.

La cosa de si Cuba ganó o no ganó la guerra de Cuba tiene sus bemoles. Es lo cierto que España se dio por derrotada frente a los Estados Unidos; pero en los últimos cien años, una multitud de escritores y estudiosos caribeños se ha dedicado a recordarnos algo que es absolutamente cierto: cuando España y los EEUU se liaron a hostias, España era ya un contrincante fácil porque había sido reblandecido por décadas de resistencia cubana, resistencia que con la fuerza de las armas y la inestimable ayuda del general Enfermedad se había cobrado la vida de decenas de miles de españoles.

Cuba se colocó al frente de la producción mundial de azúcar a principios del siglo XIX; hecho que vino a coincidir, por cierto, con una creciente querencia de los humanos hacia este alimento, por lo menos hasta la llegada del aerobic. La condición de territorio cañero por antonomasia (cañero de caña de azúcar, claro) desarrolló enormemente su sociedad, lo cual desgraciacamente quiere decir, como suele ocurrir, que la hizo más inequitativa de lo que ya era. En un orbe en el que la mezcla de razas era mucho menos intensa de lo que lo es hoy, la cubana era, probablemente, una de las sociedades más variopintas del mundo. Como en toda la América hispana, existía el fenómeno de los criollos, es decir blancos cubanos, que se combina con lo que entonces se llamaba los peninsulares, es decir los residentes en Cuba, blancos y nacidos en España. Además de esta población estaban los negros, de los cuales unos cuantos, bastantes, eran esclavos. A mediados del siglo XIX había aproximadamente 800.000 blancos en Cuba, 230.000 negros libres y 371.000 esclavos. Bendita proporción: casi un esclavo por cada dos blancos. No he conseguido encontrar datos sobre mulatos, zambos y demás mixturas; supongo que están, de alguna manera, inclusos en estos datos.

La política cubana del siglo XIX está dominada por los peninsulares, es decir por los españoles, apoyados a menudo en los grandes terratenientes criollos, poco amigos de cambios en el status quo y, sobre todo, absolutamente contrarios a la abolición de la esclavitud. Esto generó en Cuba un sentimiento antisajón, primero antibritánico, en los años en los que Inglaterra había abandonado la esclavitud pero los EEUU no, y después también antiamericano. Así pues, una cosa que hay que tener clara es que los varios intentos de comprar Cuba llevados a cabo al menos por cuatro presidentes americanos se dieron de bruces, qué duda cabe, con el orgullo español; pero también se enfrentaron con el punto de vista de los cubanos ricos.

Sin embargo, conforme avanza el siglo XIX, el colonialismo empieza a toser. En todo el mundo, y muy especialmente en la América Latina, comienza a ser cada vez más evidente que las sociedades otrora colonizadas quieren ser dueñas de su propio destino. A los cubanos la idea paternalista inherente al colonialismo (como el indígena es tonto de la haba, mejor le gobierno yo desde la metrópoli) cada vez les pesa más y son esos mismos propietarios criollos de orden más bien conservador los que comienzan a presionar para que se reformen las instituciones cubanas y los cubanos de Cuba comiencen a gobernarse. En 1865 nace el Círculo Reformista, especie de think tank de estas intenciones. En los salones del círculo comienza a darse por hecho que la esclavitud será algún día abolida (son los años de la guerra de secesión americana), y los criollos quieren enfrentarse a los nuevos tiempos con mayores niveles de autogobierno y, anatema de los anatemas, llegan a reclamar que se elijan diputados cubanos a las Cortes españolas.

España reacciona, más que con miopía, con ceguera. A los gobernantes de Madrid las reivindicaciones de los putos cubanos les resbalan. Además, poco a poco llegan, también a Cuba, las ideologías más radicales que están naciendo en el mundo. De 1885 data la que, hasta donde yo sé, es la primera organización obrerista cubana, el Círculo de Trabajadores, de corte más anarquista que marxista. La cosa comienza a arder.

En 1868, la frustración en torno a la escasa voluntad de cambio de la metrópoli lleva a los cubanos a su primera rebelión. Para colmo, en dicho año se produce una de las grandes revoluciones históricas de España, la llamada Gloriosa, mediante la cual pusimos a la Borbona en la frontera y le metimos al globo político español un buen soplido de helio democrático. Sin embargo, para desesperación de los cubanos, al hombre fuerte de la nueva España, Juan Prim, hablarle de la autonomía de Cuba era como hablarme a mí de comer caracoles (puaj). Ya hemos dicho en otro sitio, al hablar del asesinato de Prim, que de hecho los independentistas cubanos no quedaron libres de sospecha de haber tenido algo que ver en el suceso.

El denominado Grito de Yara, que inició la rebelión, se produjo el 10 de octubre de 1868. El primer líder de la rebelión fue el propietario azucarero Carlos Manuel de Céspedes. Este Céspedes tampoco es que fuese un demócrata de la leche (ni del azúcar). Quería la independencia de Cuba, desde luego; pero aceptaba el fin de la esclavitud sólo en el caso de que los propietarios fuesen indemnizados por ello, y propugnaba el sufragio universal… de los hombres, claro.

Esta primera guerra de Cuba fue un episodio de especial violencia. Por parte de los rebeldes, por las acciones de guerrilla y bandidaje; por parte española, por los más de 30.000 matones hispano-cubanos que se organizaron en unidades militares y que se desempeñaron con sus compatriotas con una brutalidad importante. La represión española no se paraba en nada, y era capaz, por ejemplo, de condenar a trabajos forzados a chicos de 16 años. Eso hizo con uno, aunque el tiro le saldría por la culata. Porque aquel jovencito al que condenó se llamaba José Martí.

El bando rebelde sufrió pronto las consecuencias de una división que tenía mucho más color. En teoría, eran blancos contra negros. Pero había bastante más. Los blancos eran, mayoritariamente, plantadores que querían una Cuba libre y moderada. Los negros, por su parte, acumulaban las reivindicaciones de su raza, mucho más radicales. Estas diferencias se comunicaron a la propia estrategia de la guerra pues, conforme España fue acusando las heridas de una guerra tan prolongada y empezó a entonar cantos de sirena que sonaban a armisticio, los blancos tendieron a escucharlos, mientras que los líderes militares negros presionaban para seguir luchando.

Fruto del cabildeo entre Madrid y una parte de los rebeldes es la llamada Paz de Zanjón, alcanzada en 1878 por el general Arsenio Martínez Campos. Este armisticio jamás fue aceptado por Antonio Maceo, Máximo Gómez y el resto de líderes negros (bueno, Maceo era mulato). España ofreció una amnistía general, una especie de aquí no ha pasado nada, la famosa elección de diputados cubanos a las Cortes de Madrid, apertura democrática en los ayuntamientos cubanos y, por supuesto, indemnizaciones a los terratenientes por la abolición de la esclavitud. Salvo en esto último (en 1886 se produciría la definitiva abolición), con el resto de las ofertas España hizo eso que se dice de que para joder todo son promesas, pero después de haber jodido, no hay nada de lo prometido.

Cuba se dividió definitivamente en dos cubas, políticamente hablando. Por un lado, el Partido Autonomista, formado básicamente por los criollos que se creyeron la milonga de que España cumpliría lo prometido. Por el otro, el Partido Revolucionario Cubano de Martí, que de hecho no quería que la guerra hubiese terminado. ¿Qué pasó para que España incumpliese lo prometido? Pues, simple y sencillamente, que los españoles que dominaban Cuba se organizaron, fundaron el Partido de la Unión Constitucional, y desde él mangonearon todo el gobierno de la isla, bloqueando las reformas; todo ello contando con que las prometiésemos con auténtica voluntad de cumplirlas, algo sobre lo que yo dudo, y mucho. Por lo demás, el gobierno de Madrid, que se veía de nuevo embarcado en una cruenta guerra de resultado impredecible con los carlistas, no quería ni oír hablar de perder el motor económico cubano.

Hemos citado, hasta ahora casi de pasada, a Martí. Pero ahora tiene que pasar a la primera fila de esta historia. José Martí era hijo de españoles; él, de Valencia y ella, de Tenerife. Era como el tercer vértice de este triángulo que aquí dibujamos, pues, según todos los indicios, tanto le repugnaba el poder español como el eventual poder de los Estados Unidos, país del que escribió: «Viví en el monstruo, y le conozco las entrañas». Fue premonitorio al vaticinar que, «llegada la hora, España preferirá entenderse con los Estados Unidos a rendir la isla a los cubanos».

La gran habilidad de Martí durante la primera mitad de la última década del siglo fue ser capaz de ampliar la base social de su movimiento. Negro como el chamizo en principio, al independentismo cubano se le ve crecientemente desleído con la incorporación de blancos criollos, normalmente pequeño burgueses que se han visto duramente golpeados por la gravísima recesión de la economía cubana, provocada por las pérdidas bélicas y por medidas tan comprensivas como la imposición por Estados Unidos, en 1894, de un arancel del 40% a las importaciones de azúcar cubano.

La guerra de la independencia que inician Martí, Maceo y Gómez en 1895 es, en parte, una guerra de la independencia, y en parte una tentativa por provocar un sustantivo cambio social en Cuba. Los ejércitos del PRC se desempeñan con importante violencia contra las grandes haciendas, a pesar de que muchas son de cubanos. Otra de sus banderas es la igualdad entre razas, sancionada en el denominado Manifiesto de Montecristi.

Prueba de la importante implicación social del independentismo cubano es que sobrevivió a dos pérdidas tan importantes como la del propio Martí (mayo de 1895) y Maceo (al año siguiente).

En 1897, el primer ministro español, el siempre maniobrero Segismundo Moret y su capitán general en Cuba, Ramón Blanco, hicieron una última intentona. Ofrecieron a los rebeldes lo que se habían negado a dar durante décadas: igualdad jurídica de cubanos y españoles, un parlamento propio en Cuba, autogobierno. Pero, claro, esa oferta la hicieron porque estaban perdiendo. Y eso los que recibieron la oferta también lo sabían; aparte de saber lo que había hecho España en el pasado con sus promesas. Luego, en 1898, se produjo la guerra entre España y Estados Unidos, con el desarrollo y resultados que ya hemos visto.

España bajó los brazos y se dejó dominar, qué remedio, por los Estados Unidos en el tratado firmado el 10 de diciembre de 1898 en París. Pero ni un solo cubano estampó su firma en aquel papel. De hecho, ni siquiera habían estado en las negociaciones. Cuba era libre. O, tal vez, tan sólo tenía otro dueño.

En 1899, las tropas americanas invadieron la isla, y no fueron tan torpes como las españolas; en poco tiempo, del ejército libertador cubano no quedaban ni los mecheros. El Congreso norteamericano acabó aprobando lo que se conoce como Platt Amedment, una decisión que de hecho convertía Cuba en un protectorado norteamericano. En 1902 fue declara la República cubana; pero esa república se parecía al sueño de Martí lo mismo que yo a Javier Bardem. Estados Unidos se abrogaba el derecho a intervenir en Cuba para proteger su independencia (manda huevos), su estabilidad, para poder dirigir la política económica de la isla y para establecer bases militares. Como bien sabemos, tras el conflicto los marines sentaron sus reales en Guantánamo, y allí siguen, con Jack Nicholson diciendo aquello de «yo desayuno cada mañana a 300 metros de mil cubanos entrenados para matarme» y bla, bla, bla.

En los albores del siglo XX, Cuba es una isla patrullada y controlada por los Estados Unidos, a veces de forma directa, a veces a través de gobernantes más o menos marioneta. En 1933, el país vivió una revolución, que acabó con el dictador Gerardo Machado, tras la cual llegó al poder un político reformista, Ramón Grau San Martín, que hizo esfuerzos evidentes por hacer de Cuba un país independiente. Sin embargo, tampoco resistió las presiones y es por ello que encontramos a Cuba en 1959, bajo el mando de Fulgencio Batista. El año que unos pelanas desembarcan en una cala, pobremente armados y sin demasiados apoyos aún, decididos a hacer brotar la revolución en su país y hacerse con el poder.

El régimen cubano, de tono e ideología un poco difusos al principio pero que pronto se convierte en un comunismo de libro, supone, cada vez más, otro penduleo, en este caso hacia el lado contrario. Si hasta Fidel Cuba pecó de una dependencia respecto de los Estados Unidos que de hecho comprometía su concepción como nación realmente independiente, la obsesión de Castro por afirmar dicha independencia le lleva, primero a una estrechísima dependencia respecto de la URSS y luego, cuando ésta se volatiliza (la URSS, no la dependencia), hacia un aislamiento político que sólo en los últimos tiempos ha matizado el régimen bolivariano en Venezuela y algunos otros experimentos latinoamericanos.

A principios de los años sesenta, Estados Unidos ambiciona claramente recuperar su perla. Parece ser que la CIA llegó a manejar planes propios de auténticos tontos del culo, como envenenar los zapatos de Castro (sic) durante alguna de sus estancias fuera de Cuba. Al presidente John Fitzgerald Kennedy le pareció de coña en su inicio que sus marines intentasen la invasión de la isla, aunque después del fiasco de Bahía Cochinos parece que se le bajaron los humos; quizá nunca lo sepamos con certitud, pero no son pocas las teorías que sostienen que Cuba está detrás del asesinato de JFK, bien por algún tipo de implicación, bien porque fuese cometido por elementos estadounidenses, mafiosos, cabreados por toda la pasta perdida en Cuba y por la decisión del presidente de suspender toda actividad contra Castro. Tal vez si alguna de estas tesis es cierta, algún día en Cuba cambian los vientos y no se llevan los papeles que tal vez reposan en sus archivos, logremos saber algo más.

En 1989 cae el Muro de Berlín. Pero sólo el que se ve. El que no se ve y que rodea la isla de Cuba (excepción hecha de la bahía de Guantánamo) sigue ahí, firme. El año que viene cumplirá 50 años. Y puede parecer lo contrario, pero es mi opinión que el principal elemento de esta historia no es, ni de coña, Historia.

Alguien dijo una vez de México: pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos. Si le preguntamos a un cubano castrista, o a un no cubano simpatizante del castrismo, probablemente nos dirá que eso fue cierto de Cuba una vez, pero que ya no le es aplicable. La Historia de este país, no obstante, demuestra lo contrario. Y las consecuencias de la Historia, muchas veces, nosotros creemos verlas muertas. Pero no debemos engañarnos porque, las más de las veces, tan sólo están dormidas.

viernes, enero 04, 2008

Nin

Andreu Nin nació en 1892 en El Vendrell, en una familia dedicada al negocio de la zapatería. Hijo pues de una familia con recursos modestos y, además, de extracción más bien rural, dándosele razonablemente bien eso de estudiar era bastante lógico que su destino tuviese que ver con el magisterio. Por eso estudió para ser profesor y, una vez terminados los estudios, se colocó en la Escuela Oraciana y en el Ateneo Obrero que, en 1911, estaba situado en el barrio de La Barceloneta. Sin embargo, el contacto con la cultura y el saber forjan rápidamente en él otra vocación: el periodismo. Cuando lleva tres años de maestro, abandona este trabajo para comenzar a escribir para publicaciones de corte progresista, tales como Justicia Social (socialista), Poble Catalá (nacionalista de izquierdas) y, por supuesto, la Revista Pedagógica.

Desde 1911, año de su primer trabajo como hemos visto, es miembro del Partido Socialista. Sin embargo, a partir de 1915 comienza a tener problemas con el partido, a causa de discrepancias ideológicas y, por qué no decirlo, también porque Nin, como casi todos los líderes, tenía madera de líder casi desde el primer minuto de su vida. En un primer momento, Nin intenta compaginar su actividad política con la generación de valor añadido, y se desplaza nada menos que a Egipto, donde colabora con la gestión de un negocio de importación y exportación. Sin embargo, vuelve a España en 1917, el año de la revolución rusa y de la huelga general revolucionaria (HGR) del PSOE (la que podríamos denominar HGR1, ya que la HGR2 es la mal llamada Revolución de Asturias). Estos hechos hacen hervir la sangre del joven ideólogo, quien se decide a convertirse en un revolucionario full time.

En 1920 lo encontramos siendo detenido por mogollón de policías, tal que fuese Jason Bourne, en su condición de dirigente del sindicato de profesiones liberales de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT). Este dato nos indica que, para entonces, Andreu Nin ha dejado de ser un socialista y ha pasado a creer en listones revolucionarios más altos, o sea más radicales. En mayo de dicho año será designado para representar a los anarcosindicalistas en el primer congreso de la Internacional Sindical Roja. Trabaja de hecho para esta organización en Berlín, aunque es finalmente expulsado de Alemania tras el asesinato en Madrid del primer ministro Eduardo Dato (8 de marzo de 1921), en el que la policía cree ver clara la implicación de Nin, motivo por el cual solicita su extradición. Alemania no debía de ver tan claras las cosas porque no concedió dicha extradición, aunque sí expulsa a Nin a la URSS. Allí ingresa en el Partido Comunista, donde llegará a ser secretario del soviet de Moscú, lo cual no sé si daba mucho trabajo, pero tiene pinta de ser una credencial marxista de cierta enjundia.

En 1927, sin embargo, Nin fue expulsado del PCUS por sus inclinaciones troskistas. Para entonces ya había muerto Lenin, mandaba Stalin y ya se sabe lo que hizo Stalin con los troskistas e, incluso, con muchos que no lo eran. De todas formas, esta expulsión será oro molido para los comunistas en 1937, cuando monten su campaña contra el Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM) dirigido por Nin, a quien, echando mano de estos antecedentes, apelarán de troskista y de traidor a la causa de la II República Española. Sabido es que en esto de la República y la Guerra Civil hay muchos lugares comunes que han sido aceptados acríticamente durante décadas incluso por sesudos historiadores. El que aquí nos ocupa es ese que dice que el POUM era un partido troskista. Lo cierto es, o por lo menos eso pretendo exponer en este post, que el POUM no era troskista. Pero es que, además, hay un vicio de partida en toda esta historia, pues, ¿y si lo fuera? En una República en la que cabían la socialdemocracia, el socialismo marxista, el comunismo estalinista, el anarcosindicalismo, el anarquismo a secas, el radical-socialismo, la izquierda burguesa, el republicanismo conservador, el nacionalismo vasco católico, el aconfesional, el nacionalismo catalán burgués, el pequeño burgués, el independentismo y unas cuantas cosas más, ¿por qué extraña razón no cabía el troskismo?

Todo esto se resume en una pregunta: ¿por qué razón, exactamente, torturó y asesinó la URSS a Andreu Nin?

En fin, continuemos con la historia. Aún en su etapa troskista, nuestro aún joven Andreu Nin funda Izquierda Comunista, una formación con dicho corte. Pero aquí las cosas empiezan a no cuadrar, pues en fecha tan pronta como 1934, León Trosky rompe con IC, formación a la que considera claramente fuera de sus postulados. ¿Se puede ser troskista sin Trosky? Según los estalinistas, sí.

La IC de Nin, sin embargo, es una mierdecilla dentro del proceloso horizonte de organizaciones obreristas crecidas al amparo de la avenida de la República y de la democracia. Es por ello que acabará haciendo caso de las apelaciones de un colega suyo, Julián Gorkin, quien le convence de ir a una fusión con un grupúsculo liderado por quien, para mí, fue la auténtica materia gris de aquella formación: Joaquín Maurín. Maurín había fundado el Bloc Obrer y Camperol, o sea Bloque Obrero y Campesino, otra mierdecilla que, unida a IC, se fue convirtiendo en algo más oloroso. Luego se les unió Jordi Arquer, otro teórico marxista que tenía su propio grupo, ampulosamente denominado Partit Comunista Catalá. La suma de IC, BOC y PCC es el Partido Obrero de Unificación Marxista, o POUM, cuya creación se produjo el 29 de septiembre de 1935.
Las cosas con Trosky iban, ya lo he dicho, de puta pena desde 1934. Pero en 1936 fueron a peor, cuando el POUM tomó la decisión, sabia decisión en mi opinión, de entrar en el Frente Popular. Digo sabia porque, aunque el POUM era especialmente fuerte en algunas áreas de Cataluña, singularmente Lérida, presentando candidaturas propias difícilmente podía aspirar a nada en aquellas elecciones, e integrado en el Frente Popular consiguió tocar pelo y colocar algún diputado. A Trosky, sin embargo, estos matices le traían al fresco y por eso los denunció por traidores. Aún así Nin, que ya establecido en Barcelona se gana la vida traduciendo del ruso, se ocupará de verter al catalán la Historia de la Revolución Rusa de su otrora amigo político Lev Davidovich.

¿Por qué nunca llegaron a entenderse el POUM y los otros comunistas o, si se prefiere, los comunistas y los otros comunistas del POUM? Como ya he dicho, en no pocos libros de Historia y resúmenes varios se nos quiere vender la milonga de que aquello fue la exportación a España del conflicto surgido en la URSS entre dos tendencias bolcheviques: el estalinismo y el troskismo. A mí me parece más bien cierto que eso no tuvo demasiado que ver. La pugna entre Stalin y Trosky no afectó en España gran cosa, pues la izquierda marxista española tenía otras muchas cosas en las que pensar, bastante más cercanas.

El problema entre los partidos marxistas obreros, planteado prácticamente desde el primer día de la República, fue una suerte de competición a ver quién meaba, revolucionariamente hablando, más lejos. En el entorno del obrerismo patrio encontramos, como principales tendencias, al socialismo (PSOE), el comunismo (las Juventudes Socialistas y, luego, el Partido Comunista), el otro comunismo (sobre todo, el POUM) y los anarquistas (CNT y FAI). Cuatro viajeros en el mismo coche, tres de ellos marxistas y el cuarto aún más radical. En esas circunstancias, era sólo cuestión de tiempo que se plantease el conflicto entre pragmatismo y revolución.

En sus juicios autoexculpatorios de la guerra civil (es decir, la literatura sobre el asunto publicada en Moscú en los treinta años posteriores al conflicto), el Partido Comunista se declara culpable de no haberse dado cuenta, en 1931, de que la avenida de la República era una revolución de corte burgués, aunque terminó por darse cuenta de ello. Si tomamos un diccionario marxista-español, español-marxista, veremos que ese concepto quiere decir que el PC decidió defender una postura tendente más a apoyar la consolidación de la República que la consecución de la dictadura del proletariado en el corto plazo. Sin embargo, no fue ésta la postura de los anarquistas. La CNT llevaba ya años, desde los del pistolerismo, soñando con huelgas revolucionarias cuyo objetivo no era obtener mejoras salariales sino, pura y simplemente, cargarse el sistema para implantar el comunismo libertario.

Dentro de la izquierda obrerista republicana, pues, existen dos tendencias claras: la pragmática, que prefiere consolidar la República burguesa y deja los sueños de Engels para más adelante; y la nidecoña, que decía algo así como lo que diría, décadas después, Jim Morrison, el líder de los Doors: We want the World, and we want it, now!

La mal llamada Revolución de Asturias es un resultado de estas tensiones. Es la decisión por parte del PSOE (bueno, en realidad, de la UGT) por tratar de ocupar un espacio, el espacio revolucionario, que los anarcosindicalistas les estaban guindando por la jeró. Y, en todo este orden de cosas (más bien desorden), el POUM toma una decisión. El ticket Nin-Maurín decide que se apunta a lo de la revolución permanente. En febrero de 1936, pocas jornadas después de la victoria del Frente Popular, el mismísimo Andreu Nin escribirá estas palabras en la revista del partido Nueva Era: «La contradicción fundamental entre las aspiraciones históricas del proletariado y los partidos republicanos no tardará en manifestarse. Los dos sectores que han participado en la lucha se proponían contener el avance de la reacción; pero llegará indefectiblemente el momento en que la burguesía republicana se estacionará en un punto determinado, mientras la que clase obrera empujará la revolución hacia delante».

Éste fue el pecado de Nin y del POUM: apuntarse al bando nidecoña. Decisión en la que la opinión de Trosky pesó más o menos lo mismo que pesa la mía cuando se trata de que mi mujer y yo decidamos qué peli vamos a ver.

Los dos compromisarios del POUM en la elección del presidente de la República tras el cese de Alcalá-Zamora no votaron a Azaña, como hicieron las fuerzas del Frente Popular. Votaron a Ramón González Peña, líder sindicalista asturiano que se había destacado durante el golpe revolucionario del 34.

En enero de 1936, otro miembro del POUM, Ignacio Iglesias, escribía esta perla en la misma revista: «Nada más alejado del marxismo que el pacifismo. Un marxista jamás es pacifista. Estamos contra la guerra imperialista porque estamos por la guerra civil». Con un par.

De donde se deduce que el POUM fue anchamente satisfecho en sus aspiraciones.

El conflicto entre los partidos obreros existente en tiempos de paz (pragmáticos contra nidecoñas) se transmitió a la propia guerra civil, mutando en un conflicto ligeramente diferente en su superficie, pero igual en su base. La izquierda obrera se dividió entre los pocoapoco, partidarios de ganar la guerra y después hacer la revolución; y los nihartodevino, partidarios de hacer la revolución al mismo tiempo que trataban de ganar la guerra.

Fuerza fundamental de los nihartodevino fue, claramente, el anarcosindicalismo de la CNT y el anarquismo de la FAI. Pero no hay que olvidar al POUM. El POUM, desde apoyos populares más modestos ciertamente, hizo lo único que podía hacer en coherencia con sus actos, pues parece lógico que quien ha sido un nidecoña en tiempos de paz, sea un nihartodevino en tiempo de guerra.

Algún día hablaremos de esto más a fondo. En todo caso, baste con exponer aquí que el laboratorio en que la CNT-FAI-POUM pudieron poner en marcha sus ideas, Cataluña y Aragón, se sumió en un caos revolucionario de tal calibre que, por mucho que no nos guste a casi nadie reconocerlo, lo cierto es que cuando los franquistas llegaron a Barcelona la gente aplaudía con las orejas por las calles, porque en su mayor parte estaban, simple y llanamente, hartos. En el batiburrillo de la reacción contra los golpistas de Barcelona, la CNT se apropió de 30.000 fusiles que había en el cuartel de Sant Andreu; con esas armas blindó a sus militantes y creó un poder omnímodo de facto ante el cual las instituciones legales, es decir la Generalitat de Lluis Companys, mandaba menos que un gitano en un cuartelillo de la guardia civil.

Pero alguien dijo basta. Y ese alguien eran, además, los comunistas. Los que habían traído al primo de Zumosol del bando republicano, es decir las armas y los cooperantes rusos. Socialistas y comunistas, con la anuencia más o menos muda de los catalanistas, decidieron que ya estaba bien, y que a aquellos tipos había que darles en todo el bebe. Eso fueron los sucesos de mayo del 37, una auténtica miniguerra civil dentro de la guerra civil, que se merecen que los dejemos aquí, apenas formulados, para algún día, si hay tiempo y ganas, contarlos más a fondo. Dejémoslo por el momento en que, tras aquellos sucesos, el poder de la CNT quedó seriamente recortado en toda Cataluña y el POUM, como especie de franquicia marxista que era de estas fuerzas, cayó en picado.

El 16 de junio de 1937, en el crepúsculo de los sucesos de mayo pues, Andreu Nin fue detenido en la sede del Comité Ejecutivo del POUM por un grupo de policías llegados expresamente de Madrid para realizar la detención. Lo trasladan a Valencia, sede del gobierno central, donde pasa unas horas, tras las cuales es trasladado a Madrid. Pasa un par de días preso en una checa que había en el mismo paseo de la Castellana (entonces bastante más corto que hoy en día) para ser finalmente trasladado a Alcalá de Henares, donde llegará a hacer hasta cuatro declaraciones. Se desconoce hasta que punto lo habían dejado blandito a hostias durante las mismas.

El 25 de junio, el periódico del PC, Mundo Obrero, lanza una campaña al más puro estilo de Stalin. En un artículo titulado La fuga del bandido Nin, relata una presunta fuga del líder del POUM de Alcalá de Henares que no se la creería ni Peter Griffin después de haberse tragado un tripi. Según Mundo Obrero, Nin se había fugado de su prisión gracias a la ayuda de agentes de la Gestapo disfrazados de brigadistas internacionales. Unos activistas nazis, pues, que además de nazis eran tontos del culo puesto que, siempre según esta versión tan sólida, se habían dejado olvidada su documentación auténtica en el lugar del suceso (como todo el mundo sabe, cuando un espía se aventura en zona enemiga para realizar una operación secreta jamás olvida su carné, su pasaporte, su libro de familia y el certificado de penales). Cuando los comunistas ofrezcan esta misma versión al subsecretario de Justicia, Juan Simeón Vidarte, éste se limitará a preguntarles si es que piensan que él es retrasado mental o qué.

Tiene su lógica el cabreo del gobierno republicano. Nin, junto con José Calvo Sotelo y Antonio Sesé, pueden considerarse los tres crímenes más antijurídicos de la República y la guerra civil. Calvo Sotelo, porque era diputado cuando lo sacaron de su casa para matarlo; Sesé, porque era conseller de la Generalitat como tal nombrado cuando alguien se lo apioló a tiros (de hecho, lo mataron cuando ibaa tomar posesión); y Nin, porque había sido también conseller de la Generalitat, así pues era una persona aforada que, de ser condenada por algo, lo tenía que ser con la intervención del Tribunal de Garantías Constitucionales.

Lo que daría yo por tener una filmación del Consejo de Ministros en el que estalló este conflicto. En el gobierno republicano había entonces dos ministros comunistas, Uribe y Hernández. Medio gobierno (Indalecio Prieto, Irujo, Velao y Giner de los Ríos) se les tiró a degüello, exigiendo que revelasen el paradero de Nin. Los comunistas se defendieron como pudieron, o sea mal. A finales de junio, es Companys quien trata de presionar al primer ministro Negrín y al presidente Azaña. Claro que para entonces Azaña ya piensa de Companys que es una especie de mamón calzonazos, así pues no le hace ni puñetero caso.

Miguel Moreno Laguía, juez instructor del sumario de la desaparición, concluye la instrucción del mismo sin poder dirimir si Nin está preso, si ha huido, o siquiera si está vivo. El líder de POUM está cubierto por un sudario de oscuridad como sólo sabía ponerlos el padrecito Stalin, uno de los más afamados undertakers de la Historia Universal.

Hoy damos por hecho que Nin fue torturado hasta la muerte y/o ejecutado por la NKVD, antecedente de la KGB soviética. Así lo han venido a reconocer, tácitamente, algunos protagonistas de aquella época y, al parecer, llegó a averiguar el comisario especial que fue puesto tras las pistas.

Creo que el cuerpo de Nin nunca ha sido encontrado. Si es así, es uno de esos esqueletos que siguen esperando ser exhumados algún día. Lo que no sé es si su búsqueda cuadra o cuadraría mucho con el discurso de la Memoria Histórica. Al fin y al cabo, es un raro represaliado. Represaliado por sus coleguitas, cuando menos teóricos.

jueves, enero 03, 2008

Precios históricos

Hola, ¿qué tal? Feliz año a todos.

No, no vuelvo a asomarme a la ventana con la prometida tercera toma sobre la guerra de Cuba (que ya está, de todas formas, en máquinas). A veces incluso un blog sobre Historia debe ser tributario de la realidad, aunque parezca que no. O, al menos, a mí me lo parece.

Así que hoy voy a hacer un poco de intrusismo y a meterme en los terrenos más propios de Malaprensa, web en la que, para los que no lo saben, Josu Mezo y Wonka se dedican a sacarle los colores a los medios de comunicación patrios con alguna que otra cosa que publican. Evidentemente, zapatero a tus zapatos, lo mío es comentar cosas de Historia. Pero hoy esto de la prensa y de la Historia como que se juntan a causa del petróleo. Una de las cosas por las que está hoy revuelta la prensa es con esto del «máximo histórico» del petróleo. Resulta que los contratos de futuros sobre algunos tipos de petróleo han alcanzado en Estados Unidos los 100 dólares por barril, barrera psicológica y, ya digo, histórica.

O histérica.

La prensa tiene una responsabilidad muy elevada. Muchas personas piensan y sienten las cosas de determinadas formas, influidas por la prensa. Así pues, no es lo mismo que yo diga algo en la barra de un bar que lo diga la prensa en sus páginas. Por eso, los mensajes han de estar aquilatados y tener un poco de cuidado al mover al personal, bien a confianzas excesivas, bien a aspaventosos pánicos con poco o nulo sentido. La frase «el precio del petróleo alcanza un máximo histórico» puede entenderse (sobre todo si no se explica) como sinónima de «el petróleo nunca ha estado tan caro como ahora». Y ahí, lo siento, es donde la frase no es tan cierta.

He tomado dos ingredientes: por un lado, la última memoria estadística de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), accesible en su página web. Por otro, la aplicación, actualmente en pruebas, para la consulta de estadísticas de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos. Dos herramientas, pues, de público y notorio uso.

La OPEP publica un histórico del precio del barril de petróleo que comienza cuando dicho precio empieza a ser importante para todos nosotros, es decir allá por 1970. En aquellos años, se producirá la guerra del Yon Kippur entre árabes e israelíes en la que, como viene siendo costumbre, éstos le encenderán el pelo a aquéllos y los árabes, como fruto de ese mosqueo y viendo el apoyo generalizado del mundo occidental a los judíos, decidirán darle al mundo donde más le duele, esto es en la cartera. De esta forma, el barril de petróleo que costaba en 1970 1,67 dólares pasó a costar, en 1974, 10,73 dólares. Para que los lectores más yogurines, que no tenían en aquellos años uso de razón o uso a secas, puedan hacerse una idea del hostión que fue aquello, baste que piensen en su buga de hoy en día. Digamos que le metes cada diez días 30 litros de gasofa a tu coche, con un coste de 29,40 euros; y yo te pregunto: si en tres añitos de nada ese reposte pasara a costarte 188 euracos de vellón, ¿acaso no venderías el coche para comprarte unos patines?

Ésta, y no otra, fue la crisis del petróleo de los años setenta. Crisis que, además, en España se agravó, porque a lo largo del año 1974 y 1975 en todos los países europeos se tomaron medidas de ahorro y ajuste, mientras que en España el general Franco se obstinaba, un consejo de ministros tras otro, en exigir que los precios de la gasolina no se corrigiesen en exceso. Morir Franco y ser la crisis completamente insoslayable fue todo uno, y la que nos cayó encima en los años siguientes fue de aúpa. Aquellos de mis lectores que lo hayais vivido recordaréis bien aquella España tapizada de carteles con el eslógan Si usted puede, España no puede, alusivos al consumo de energía, en los que se nos conminaba a todos los españoles (de usted, eso sí; eran otros tiempos, también para la publicidad) a consumir sólo lo estrictamente necesario.

Hubo una segunda crisis del petróleo: la provocada por la guerra entre Irán e Irak, en los primeros años ochenta. En 1979, la OPEP dixit, el barril costaba unos 17 dólares, y tres años después había trepado a 32. Otra subidilla de gónadas, no tan bestia como la anterior, pero que también dejó fuertes secuelas en la economía.

Y ahora pasa un poco lo mismo. Si el precio medio del petróleo en el 2007 hubiera sido de 100 dólares (lo cual no es cierto, puesto que son precios medios y lo que ha pasado, de momento, es que el barril ha alcanzado ese precio un día), habría multiplicado su precio casi por tres desde el 2004. ¿Estamos, pues, ante algo de la magnitud de las crisis del Yon Kippur y la hostiada entre persas?

En economía hay una cosa muy graciosa que se llama inflación. Los precios suben en un proceso que está ligado a la actividad económica y su crecimiento, de forma que se generan, en realidad, dos precios para cada cosa: el precio nominal, expresado en pasta de cada año; y el precio real, en el que dicha pasta es deflactada en la proporción que lo hacen los precios, para hacer dicho precio comparable con el de años anteriores o posteriores. La deflactación supone, por lo tanto, tomar un año base y pasar todos los precios históricos a pasta de dicho año.

En el ámbito de la OCDE, según la ídem, la inflación, en el periodo 1970-2006, se ha multiplicado por 10. Es decir, que, cuando menos en términos estadísticos, para comprar en la OCDE hoy lo que en 1970 se compraba con un dólar, necesitamos 10 dólares. Hay, pues, que corregir los precios del petróleo de acuerdo con la inflación, tomar un año base y expresar todos los precios históricos por barril teniendo en cuenta la relación de precios entre dicho año base y cada uno de los demás.

He hecho ese ejercicio tomando como año base el 2007, asumiendo que la inflación en la OCDE el año pasado (aún no se ha publicado) haya sido del 3%, y asumiendo, cosa que como he dicho antes no es cierta, que en el 2007 el precio medio del barril de petróleo hubiese alcanzado los 100 dólares (cosa que, repito por tercias, no es verdad; el precio medio ha sido más bajo). Haciendo dicho ejercicio, resulta que hay tres años en la serie, 1980 a 1982, en los que el precio ajustado del barril de petróleo estuvo más alto que los 100 dólares del 2007. Expresado en dólares de hoy en día, el barril de petróleo costó 116,8 dólares en 1980, 118,9 en 1981, y 107,8 en 1982.

Pero aún hay más. ¿De dónde sale la pasta para pagar el petróleo? De la cartera. Y, ¿cuál es la cartera de la OCDE? Pues una cosa que se llama Producto Interior Bruto, esto es el valor añadido generado por la actividad económica. El PIB es un poco como el salario de las naciones, su renta. Y es importante ponerlo en comparación con los precios porque está definiendo la capacidad de pago. Si imaginamos un asalariado que sólo consume un bien (por ejemplo, patatas fritas), nos podemos encontrar con que en el año N, a ese consumidor las papas le cuestan 1 euro la bolsa y él tiene un salario de 100 euros; al año siguiente las patatas multiplican su precio por 5, pero eso no quiere decir estrictamente que nuestro consumidor sea más pobre, porque si su salario ha crecido más (por ejemplo, se ha multiplicado por 10) su capacidad de consumo es mayor. En el año N podía comprar 100/1 = 100 bolsas de patatas, mientras que en el año N+1 puede comprar 1.000/5 = 200 bolsas de patatas. Los precios han crecido mucho, pero él es doblemente rico (aparte de, probablemente, obeso, hipertenso e hipercolesterolémico).

¿Qué ha hecho el PIB de la OCDE en el periodo? En términos reales, se ha multiplicado por 1,6 (en términos nominales, por 16). Lo importante es que si antes habíamos convertido la curva de precios históricos del barril de petróleo deflactándola con la inflación, ahora tenemos que corregirla de acuerdo con la tasa de crecimiento del PIB porque, como acabamos de decir, además de saber que el barril valía en 1975 un equivalente a 72 dólares de hoy en día, también deberemos tener en cuenta que el valor añadido existente en dicho año para pagar dicha factura era de 30 billones de dólares de hoy en día (nuestro PIB actual, o sea la pasta que hoy tenemos para pagar, es de 37 billones).

Si hacemos esta doble corrección, encontraremos que el petróleo, sí, ha estado mucho más caro en el pasado. Tomando 2007 como valor 100, el índice alcanza 102,6 en 1974; 129,6 en 1980; 144,6 en el año siguiente; 146,8 en 1982; 127,3 en 1983; 118,1 en 1984; y 107,4 en 1985. Dicho de otra forma, para alcanzar una situación asumible a la del año de la primera victoria del PSOE (1982), una situación asumible en términos reales (libre de inflación) y relacionada con la renta disponible, el petróleo debería estar alcanzando un máximo histórico de 147 dólares por barril, no 100 (y todo esto, lo digo por cuarta vez, asumiendo que el precio medio del barril de petróleo ha sido de 100 dólares, cosa que no es cierta).

Hay un tercer factor: la cotización del dólar. Porque el petróleo se paga en dólares. Pero, bueno, por esto he hecho el truqui de tomar como base el conjunto de la OCDE, ya que sus estadísticas se formulan en dólares y me ahorro este paso. Pero, a la hora de nacionalizar este cálculo, vaya que la relación de cambio del dólar tiene su importancia. A finales de los setenta nuestra pela estaba machacada por el dólar, pero da la casualidad de que en estos tiempos actuales es nuestra moneda, el euro, la que le está arreando en las canillas a la todopoderosa divisa USA.

Así pues, ¿máximo histórico, o demasiada vagancia a la hora de buscar datos y enmarcar una noticia comme il faut?

Un consejo: mejor dejar a los historiadores la labor de definir qué es, y qué no es, histórico.

viernes, diciembre 21, 2007

53.801 felicitaciones

Este blog se toma hoy unas vacaciones. Ya sabéis, lo he comentado otras veces, que cuando dejo de trabajar también dejo de conectarme a internet, cuando menos por algunos días. La semana que viene es una de esas etapas, así pues el blog no se refrescará hasta el año que viene.

Dado que estamos a finales del año natural, me gustaría hacer algo de balance de esta experiencia que empezó hace cosa de año y medio y que, por lo tanto, ésta es la primera vez que cumple un año completo. Balance que debe comenzar con mi felicitación por el año a 53.801 personas. No conozco el nombre de más allá de diez o doce; el resto me son desconocidas. Según Analytics, 53.801 es el número de usuarios que se han conectado a este blog en el curso del año 2007 (alguien me escribió una vez que estas estadísticas no incluyen a quienes se conectan a través de programas de feed y tal, pero honradamente no lo sé).

No sé si os parecen muchos o pocos. A mí me parecen un mogollón. Este blog no tiene más objetivo que compartir; compartir algo que es, a la par que hermoso y hasta divertido, necesario, y es el conocimiento histórico. Cuando empecé a escribir mis post, jamás pensé que podría aspirar a haberle contado historietas a 53.801 personas; ese día de agosto del 2006, si alguien me hubiese preguntado, me habría conformado con 2.000 o 3.000 contertulios. Yo soy el primer sorprendido de esta visualización y debo decir que, con ella de por medio, esas cosas sobre las que leo de vez en cuando, eso de la pájara del blogger y tal, no me afectan. No encuentro razón para que me afecten.

Otro dato que me parece interesante es que el total de páginas vistas es de 101.019. Lo cual quiere decir que cada uno de los visitantes, como media, ha leído casi dos páginas. Esta sensación de que quien viene se queda es, quizá, la que más placer me provoca.

La página más vista (26.396) es, como cabe esperar, el escaparate. El personal entra, mayoritariamente, a ver qué hay, a ver cuál es la oferta del día. En segundo lugar, de largo, ha quedado el excelente post de Tiburcio sobre si Adolf Hitler pudo ganar la segunda mundial, que ha sido visitado 9.382 veces.

22.727 usuarios del año 2007, uno de cada tres, son usuarios recurrentes. Son, por así decirlo, el núcleo duro de este blog. Para ellos, doble felicitación.

Teniendo en cuenta el factor geográfico, de las 76.368 visitas de este año, 55.587 se hicieron desde España. Con 3.539, se ha situado en segundo lugar México, después Argentina (2.238), Perú (2.107), Colombia (1.679), Chile (1.675), Francia (1.240), Estados Unidos (1.234), Venezuela (1.082) y Alemania (863).

Las ciudades más activas son Madrid (23.134 visitas), Barcelona (3.440 visitas), Valencia (1.799), México D.F. (1.296), Santiago de Chile (1.211), Lima (1.192), Bogotá (988), Zaragoza (924) y Sevilla (911).

Otro hecho curioso que anotaré es la extraña composición de los orígenes que más tiempo invierten en el sitio. El líder es un usuario de las Islas Barbados, que se conectó una vez y estuvo 16 minutos. Al ser el único usuario ¿barbadense?, ésa resulta ser la media de las Barbados, motivo por el cual quedan los primeros. Luego están uno o varios usuarios que, desde Gabón, han entrado este año cuatro veces en el sitio, invirtiendo en cada visita como media 5 minutos 16 segundos, que también está muy bien. A corta distancia les siguen los usuarios conectados desde Austria y desde Polonia.

Este año ha habido 660 accesos desde mi tierra, La Coruña. Uf. Seis más y hubiera llegado la Apocalipsis. Sonia, si me estás leyendo, un bico y bon Nadal.

En mi propio nombre y en el de Tiburcio el elefante, os deseo un buen descanso a los que lo tengáis, que será la mayoría, aunque sólo sea durante uno o dos días. Por mi parte, me voy estos días de asueto en compañía de mi Play2 y mis libros; la vida se me distribuye, en porcentajes asimétricos eso sí, entre la lectura sobre la Historia y la inútil práctica de diversos juegos de habilidad y reflejos, de entre los cuales debo reconocer que mis preferidos son los shooters. El año que viene seguiré sin hablaros de las diferentes fases del Call of duty, que es al fin y al cabo un vicio privado, pero llegaré con nuevas historias sobre la Historia, amén de alguna que otra serie que sigue abierta. Y luego está Tiburcio, claro. El verdadero crack de este blog.

Hasta la próxima lectura, brothers.

martes, diciembre 18, 2007

El 98. 2: Y USA cogió su fusil

Si analizamos las cosas superficialmente, podemos llegar a la conclusión de que la celebérrima doctrina Monroe, «América para los americanos», es una teoría aislacionista. Lo es, pero sólo en parte. En realidad, es la base de un modelo expansionista o imperialista por el cual Estados Unidos reclama el papel mundial que cree merecer.

Poco después de iniciarse la segunda mitad del siglo XIX, los Estados Unidos vivieron su crisis más aguda, una crisis que estuvo a punto de terminar con el país tal y como lo conocemos. Sin embargo, tras una guerra de gran crueldad, consiguió pervivir, bien que con algunas tensiones en su seno que seguirían percibiéndose, con absoluta nitidez, cien años después e incluso hoy en día.

Solventado el problema de su secesión, los Estados Unidos, un país de dimensiones subcontinentales, decidió que había llegado su momento.

De alguna forma, el expansionismo había formado siempre parte del modo de ser americano. Al fin y al cabo, ¿acaso no había sido expansionismo la conquista del Oeste? Por otra parte, existe una razón económica para sustentar el expansionismo estadounidense: la grave crisis que afectó al país en la última década del siglo XIX, un país cuyo modelo de crecimiento se basaba en un aumento exponencial de la productividad que, por lo tanto, para sostenerse necesitaba encontrar mercados más allá de sus propias fronteras.

La elite gobernante y pensadora finisecular norteamericana sostuvo e impulsó el expansionismo. Hablamos de personas como el político John Hay, que llegaría a ser secretario de Estado, o Henry Cabot Lodge, un senador multicitado en aquella época. Pero, tal vez, donde con más claridad se puede ver trazado este viaje hacia el imperialismo es en el libro del marino Alfred Thayer Mahan, The influence of sea power upon History 1660-1783. En este análisis histórico, el capitán Mahan quiso demostrar la tesis de que el auge y la caída de los grandes imperios había tenido siempre una relación directa con la capacidad o incapacidad naval, tanto militar como comercial, de dichos imperios. El libro de Mahan era una llamada para la modernización de la flota naval estadounidense, consejo que no cayó en saco roto pues, de hecho, los últimos años del siglo XIX contemplaron la fabulosa construcción de un poderío naval tan elevado que Estados Unidos logró superar a Gran Bretaña, dueño tradicional de los mares, y todavía medio siglo después pudo soportar un ataque como el de Pearl Harbour y rehacerse en relativamente poco tiempo.

Pero el libro de Mahan va mucho más allá del simple consejo de construir más barcos; diseña, quizá por primera vez en la Historia americana, un sistema de aprovisionamientos y presencia militar/comercial de orden mundial. El capitán comienza argumentando que si se quiere tener una flota ganadora hace falta poder echarle carbón en cualquier punto del mundo, por lo que se necesitan estaciones de aprovisionamiento; y de esa idea va construyendo la de la amplia presencia internacional de los Estados Unidos, en territorios amigos o colonizados.

Esta evolución se produce, también, desde un profundo, intenso nacionalismo. Las gentes de Estados Unidos son un aluvión de gentes del mundo entero que, además, han masacrado a los americanos auténticos (los indios). Sin embargo, en un proceso sorprendente, las generaciones son rapidísimamente asimiladas a la idea de lo americano, hasta el punto de que los habitantes de Estados Unidos, o cuando menos los WASP (White, Anglo-Saxon and Protestant) se sienten superiores en términos casi racistas. Josiah Strong escribe en su libro Our Country, en 1885: «Can anyone doubt that this race, unless devitalized by alcohol and tobacco, is destined to disposess many weaker races, assimilate others, and mold de remainder, until, in a very true and important sense, it has Anglo-Saxonized mankind?» (¿Puede alguien dudar de que esta raza, aún debilitada por el alcohol y el tabaco, está destinada a desposeer a muchas razas débiles, asimilar otras y moldear al resto hasta que, en un sentido verdadero e importante, tenga una humanidad anglo-sajonizada?)

En este caldo de cultivo, en los años anteriores a la guerra hispano-estadounidense creció en el país todo un movimiento que se ha dado en llamar jingoísmo. Un famoso espectáculo musical inglés de la época incluía a un personaje, llamado Jingo, un tipo que nunca buscaba pelea pero que, sin embargo, era tremendamente susceptible, así pues respondía siempre que era tan sólo levemente provocado. Theodor Roosevelt, el machista y racista militar que llegará a la Casa Blanca cuando toda esta olla está hirviendo, será el mayor jingoísta del país, argumentando que Estados Unidos no quiere luchar con nadie pero que, si lo hace, «tenemos los barcos, tenemos los hombres y tenemos el dinero necesario». En ninguna de las tres cosas mentía.

En el fondo, el jingoísmo es una ideología un poco tramposa. Teóricamente, significa yo me voy a quedar quietecito mientras no me provoquen. Pero, con el tiempo, cada vez más el concepto de «no me provoquen» empezó a significar, cada vez más, «no hagan lo que yo quiero que hagan». A Estados Unidos, en todo caso, le ha costado muchas décadas asumir su papel de líder mundial y, todavía, Franklin Delano Roosevelt tuvo que enfrentarse, en la segunda guerra mundial, a una opinión pública que era más bien poco proclive a la idea de mandar a sus chicos a las playas de Normandía. De hecho, esta situación es la que ha provocado que la Historia se pregunte constantemente en qué condiciones se produjo la anexión japonesa de Pearl Harbour, hasta qué punto FDR lo sabía, y hasta qué punto dejó que ocurriese, porque sabía que era la forma de conseguir que el país entrase en la guerra.

Hay otro factor que explica notablemente la escalada que llevó a la guerra contra España: la prensa. El siglo XIX es el momento de los grandes inventores de la prensa sensacionalista, los editores William Randolph Hearst y Joseph Pulitzer. Especialmente el primero, que inspiró el personaje de James Foster Kane en la inolvidable obra maestra de Orson Welles. Una anécdota de Hearst, no sé si cierta pero desde luego creíble, es que en cierta ocasión envió a un periodista a Cuba para que le enviase crónicas sobre la guerra de los mambises contra los españoles. El corresponsal, después de unos días de aclimatación, envió un telegrama que más o menos decía: «No guerra en Cuba. Puedo enviar poemas». Hearst le contestó: «Tú envía poemas. La guerra la pongo yo».

El gran chollo para la prensa amarilla estadounidense (que, por cierto, se llama amarilla por un personaje de una tira de los periódicos de Hearst, que era completamente amarillo como lo son hoy los Simpson) fue el general Weyler. Como ya hemos visto al analizar el punto de vista español, Weyler llegó a Cuba a aplicar la mano dura, y la aplicó. Esta política fue ampliamente recogida, y en ocasiones «creativamente amplificada», por la prensa amarilla estadounidense, creándose con ello una imagen de los españoles como invasores medievales que trataban a la insurgencia cubana con violencia inquisitorial.

Las presiones jingoístas y de la prensa fueron continuadas en el último cuarto de siglo. El presidente Grover Cleveland era un decidido pacifista, y consiguió evitarlas. Pero su sucesor, William McKinley, no tuvo tanta suerte.

A los americanos siempre les ha gustado tener presidentes que han luchado en la guerra. Hoy por hoy, sigue siendo de cierta importancia que los candidatos hicieran alguna cosita en Vietnam. McKinley llegó a la presidencia, entre otras cosas, porque había luchado en la guerra de secesión, algo que ya empezaba a estar lejano (de hecho, fue el último presidente de los EEUU que estuvo en esa guerra). Resultó elegido en 1896. Era un tipo muy religioso y más bien pacífico. De hecho, trató de enfriar la olla cubana convenciendo a España de alguna solución pactada, del tipo de dotar a Cuba con el estatus que entonces tenía Canadá en la Commonwealth o, como hemos visto, directamente venderle la isla a Estados Unidos. También sabemos el tipo de respuesta que le dio España. De hecho, lo que hicimos los españoles fue despreciar a McKinley, pues aquel metodista estaba muy lejos de dar la imagen de lo que entonces pensábamos que debía ser un hombre de Estado. España, de hecho, tenía muy poca idea del poder y la capacidad de Estados Unidos, pues seguía siendo un país eurocéntrico. En decisiones como la adopción de su horario oficial (que está extrañamente alineado con el de Berlín), la España de finales del siglo XIX está mostrando claramente que hace una lectura del poder mundial un poco aún de los tiempos de Napoleón, cuando las cosas han cambiado ya un poquito.

En febrero de 1898, por fin la prensa amarilla encontró lo que estaba buscando para prender la mecha. El New York Journal, propiedad de Hearst, publicó una carta confidencial del embajador español en Washington, Enrique Dupuy de Lome, a un amigo en La Habana, en la que ponía a McKinley de tonto para abajo. La cosa se puso chula.

Y entonces ocurrió lo del Maine.

Remenber the Maine, to the hell with Spain. Éste fue el pareado (en pronunciación inglesa, Maine y Spain riman) que la prensa amarilla repetiría machaconamente tras el incidente. El buque de guerra estadounidense Maine se encontraba el 15 de febrero surto en el puerto de La Habana tras haber sido enviado allí para proteger los intereses americanos en caso de que surgiesen problemas con los españoles. Ese día, el barco explotó, matando a 266 estadounidenses.

A día de hoy, lo cual casi seguro quiere decir para siempre, no sabemos exactamente qué pasó. La comisión española de investigación concluyó que la explosión tuvo un origen interno y, probablemente, accidental. La comisión estadounidense, por el contrario, concluyó que la explosión había sido externa y se había debido a una mina o un torpedo, por supuesto colocado o lanzado por España. Esta tesis permaneció inalterada por parte americana hasta 1911, cuando el caso se volvió a investigar, aunque la única variación que generó dicha investigación fue la teoría de que la mina, probablemente, era más pequeña de lo inicialmente estimado.

En 1976, un almirante estadounidense, Hyman G. Rickover, dirigió una nueva investigación sobre el asunto. Ya con casi cien años de distancia, los estadounidenses se mostraron más cercanos a las tesis españolas y, de hecho, este equipo de investigación tomó como la tesis más probable que la explosión fuese generada por un fuego en alguna de las calderas de carbón del barco. En febrero de 1998, coincidiendo con el centenario del evento, la revista National Geographic hizo su propia investigación, usando simulaciones por ordenador y esas cosas, y llegó a una conclusión que más parece gallega que estadounidense: lo mismo fue una explosión interior que exterior. Muy listos los del Geographic. Gracias a ellos, hemos podido descartar la tesis de que el Maine fuese impactado por la estrella que mató a los dinosaurios.

Sea la que sea la razón del estallido del Maine, lo cierto es que ejerció sobre la sociedad norteamericana exactamente el mismo efecto que el ataque de Pearl Harbour. Las encuestas de aquella época indican una opinión pública que se definía en un 90% por el odio a España; un nivel de consenso parecido al alcanzado en el 2004 en España contra la guerra de Iraq. Los jingoístas se sentaban en las escaleras del Capitolio, demandando guerra. McKinley, en realidad, seguía sin querer la guerra. Pero ya no pudo parar al Congreso, que la declaró el 25 de abril. Las peticiones de guerra eran constantes en la prensa y en las calles. Muchos historiadores estadounidenses suelen criticar a España por no querer vender Cuba a causa de nuestra acromegálica idea del honor, que nos hacía incapaces de aceptar un trato así. Y es cierto que España se creía en la necesidad de defender su reputación; pero lo cierto es que Estados Unidos también entró en la guerra por la misma razón. Para los americanos, la agresión del Maine fue un golpe en la reputación de lo americano y, por eso, exigieron venganza, acción. Y la tuvieron.

Como ya sabemos, fue una guerra corta y desigual; lo cual no evitó que la prensa amarilla siguiera haciendo de las suyas, afirmando cosas como que España tenía planes para invadir la costa Este por sitios como Newport o Rhode Island. Para mearse de risa.

En la conferencia de París, celebrada en diciembre de 1898 y en la que España dijo adiós a los restos de sus colonias, no estuvieron ni los insurgentes cubanos ni los filipinos (no olvidemos que la primera batalla de la guerra de Cuba es la de Cavite y que la dominación de Filipinas también está sobre la mesa). Con esto, Estados Unidos dejaba bastante claro lo que le importaban los movimientos independentistas, algo de lo que volveremos a hablar en la tercera toma de este coñazo, cuando hablemos desde el punto de vista cubano.

Dejando aparte Cuba de momento, lo que sí conviene decir aquí es que el gran problema de París no fue Cuba, sino Filipinas. Estados Unidos tenía miedo de abandonar las islas y dejarlas a su suerte sin dueño, porque no confiaba en Aguinaldo, el líder independentista, y sabía que Alemania andaba por esas aguas buscando islas para dominar (por ejemplo, las Carolinas que acabó afanándole a España). Por ello, McKinley y sus estrategas comenzaron a elaborar argumentos variados para justificar la anexión a los Estados Unidos, algunos de estos argumentos tan peregrinos como que los EEUU habían sido llamados a cristianizar Filipinas (un país ya entonces mayoritariamente católico, esto es, cristianizado by default). España, en un último intento de pillar algo, argumentó en París que Estados Unidos nunca había intentado invadir Filipinas, así pues no tenía derecho a anexionarse la isla así como así; ésta es la razón de que McKinley aceptase pagarnos 20 millones de dólares (por Filipinas, no por Cuba). El acuerdo fue aprobado por el Senado por un estrecho margen, teniendo en cuenta que la tentativa despertó en el país toda una campaña anti-imperialista en la que participó, entre otros, el célebre escritor Mark Twain. Este sector de la intelligentsia americana llegaba tarde. Sus pretensiones de quebrar el proceso imperialista era ya algo más naive que otra cosa. Aunque tampoco se vaya a creer nadie que era un movimiento democrático; a la mayoría de los contrarios a la anexión lo que les preocupaba es que, si Estados Unidos se dedicaba a pillar territorios por ahí, acabase por contaminarse su pureza WASP.

La decisión, en todo caso, inició una guerra de guerrillas en Filipinas en el mismo 1898. En cuatro años, le costó 4.000 vidas americanas. Filipinas no sería independiente hasta 1946.

En suma, la guerra de Cuba sirvió para que Estados Unidos tensara los músculos y se diese cuenta de que, ahora, era el matón del barrio. Aunque, como sabemos bien, sus bravuconadas, luego, no le han salido siempre bien.

sábado, diciembre 15, 2007

El 98. 1: El día que España descubrió que era una puta mierda

Quiero iniciar este post haciéndoos una pregunta: en vuestra opinión, ¿cuánto tarda el inconsciente colectivo de un país en olvidar una guerra que le causó, más o menos, un cuarto de millón de muertos? 250.000 fallecidos son muchos. Yo diría que es algo que tarda en olvidarse.

Este hecho es la razón de que, en la Historia de España, la guerra de Cuba tenga tanta importancia. Perder esa guerra nos sumió a los españoles en un proceso, conocido como el 98, en el cual nos sumergimos en un notable pesimismo sobre nosotros mismos, nuestras capacidades y modernidad, que dicen quienes saben de esto que fue notablemente creativo y animó las grandes líneas de evolución del país durante el siglo XX (aunque también, añado yo, alimentó los enfrentamientos). Ignoro sinceramente cuál es el tratamiento que dan las escuelas estadounidenses y cubanas a estos hechos, pero sí tengo muy claro que, hoy por hoy, la guerra de Cuba le importa tres narices a los currícula escolares españoles, lo cual es notablemente injusto, pues si estudiar los hechos históricos es estudiar aquéllos que influyen en la evolución del país, la guerra de Cuba está situada en la lista de los verdaderamente importantes, junto con cosas como la Reconquista o la propia guerra civil.

Para intentar convenceros de esto inicio hoy una corta serie de posts en la que pretendo analizar el mismo hecho desde tres puntos de vista diferentes, es decir los de las tres partes que se vieron implicadas en aquel follón: España, Estados Unidos y la propia Cuba. Vayamos por partes, pues.

Para España, Cuba era la última perla de un collar ya muy gastado. A lo largo del siglo XIX, y a pesar de intentos un poco lelos como la recuperación de Santo Domingo en 1861, el país ha ido perdiendo sus colonias hasta quedarse tan sólo con Filipinas, Puerto Rico y Cuba, territorios llamados de ultramar donde conserva mercados interesantes, pero que llevan la impronta de la escasa capacidad de evolución por parte de gobiernos que, en mchos casos, bastante tienen con pervivir. Así pues, en las colonias de ultramar la modernidad entra malamente y con retraso, hecho éste que es palmario a través del síntoma de que, en algunos de estos territorios, la esclavitud humana sigue siendo legal cuando el país habitualmente tenido por epítome de la crueldad hacia el ser humano, los Estados Unidos, ya ha aprobado esa asignatura.

Desde el primer cuarto del siglo XIX, España es consciente de que Estados Unidos se sabe potencia puntera en el área, hecho éste que se concreta en la famosísima doctrina Monroe, es decir «América para los americanos»; frase que, en realidad, viene a significar «donde mandan los Estados Unidos no manda ni Dios».

Sin embargo, no todos los intentos por eliminar la influencia de otras potencias, como España, en el continente, son violentos. En 1848, año en el que EEUU le birló a México unos cuantos metros cuadrados, el secretario de Estado norteamericano, James Buchanan, convence al presidente James Knox Polk para que haga una oferta a España de 100 millones de pesos a cambio de la isla de Cuba. Dicha oferta fue transmitida al gobierno de Madrid por el embajador en la plaza, M. Saunders. ¿Qué les contestamos? Pues, simple y llanamente, que preferíamos hundir la isla en el mar que vendérsela; una respuesta muy española.

En 1854, Estados Unidos volvió a plantearse seriamente la compra de la isla, tras el conocido como Manifiesto de Ostende, en el que tal fue el consejo que le dieron al presidente Franklin Pierce sus embajadores en Madrid, París y Londres (Solué, Manso y Buchanan). El Manifiesto de Ostende tiene importancia porque es la primera vez que los estadounidenses pusieron negro sobre blanco que, caso de no querer España vender la isla, a los Estados Unidos les quedaría la posibilidad de quitárnosla a hostias.

En 1868, coincidiendo con la revolución liberal en España, estalla también, con el grito de Yara, la insurrección cubana (que fue aplaudida ipso facto por el Congreso de Washington). En 1869 un agente cubano, de nombre Forbes, hace una nueva oferta de compra de la isla al gobierno español; de alguna forma, Cuba propone comprarse a sí misma. Aunque, en realidad, quien está detrás es Estados Unidos, que trata de vender la cosa del pago en forma de indemnizaciones del pueblo cubano a España por las molestias. Es el hombre fuerte de España en ese momento, el catalán Juan Prim, que era notablemente centralista. Ya sé que suena mal en un catalán; en un catalán, además, que ha dejado palabras en el diario de sesiones del Congreso bastante claras sobre la necesidad de comprender las aspiraciones del catalanismo; pero es lo cierto que a Prim la autonomía de Cuba le movía a reacciones parecidas a las que provoca en mí la sonrisa de Yola Berrocal. Y, como ya hemos tenido ocasión de contar, existe la posibilidad de que esta miopía, ausencia de seny o lo que fuese, le costara la vida.

Prim, pues, dice que y un huevo. A pesar de que trata de mostrar flexibilidad (ofrece un referendo sobre la independencia), no quiere que el tema de Cuba se trate en serio, mucho menos que lo mangoneen los yanquis. Su decisión sumirá a Cuba en una larguísima guerra insurreccional, de 1868 a 1878, en la que los soldados españoles morirán como chinches (no menos de 200.000; y piénsese que, en ese momento, España tiene aproximadamente 18,5 millones de habitantes. ¿Qué diríamos de Iraq si hubiese costado la vida de 485.000 españoles?) Esta, por así decirlo, primera guerra de Cuba, termina con la llamada Paz de Zanjón, alcanzada por el general Arsenio Martínez Campos, y que dará para que la cosa no se vuelva a torcer hasta 1895. Esta paz se consiguió a base de pactar reformas, sobre todo la apertura de elecciones a los ayuntamientos y para la designación de representantes cubanos en las Cortes españolas; reformas que nunca se llevaron a cabo, motivo por el cual las hostilidades acabaron por recomenzar.

¿Qué es lo que pasa entre 1878 y 1895? Pues varias cosas, pero sobre todo una: la inmensa labor filosófica y literaria que se produce en Estados Unidos por parte de personas que creen que su país está llamado (y lo estaba) a tener un papel más importante en la política mundial, así pues consideraban que era lícito que se implicase en enfrentamientos diversos. El maestro de la novela histórica Gore Vidal lo cuenta muy bien en su obra Empire; volveremos sobre ello cuando tratemos todo este rollo desde el punto de vista de los Estados Unidos.

España, mientras tanto, vivía los primeros años de la Restauración, con lo que tuvo estabilidad política para haberse planteado políticas diversas; pero no lo hizo, porque, en primer lugar, fue incapaz de comprender el poder emergente de los Estados Unidos; y, en segundo lugar, asumió que Cuba estaba dominada por las fuerzas conservadoras terratenientes proespañolas, es decir, infravaloró a los insurgentes. Eso sí, ante sus graves tensiones presupuestarias, fue reduciendo progresivamente su presencia militar en Cuba, de modo y forma que, en 1895, cuando vuelve el baile, hay en Cuba algo menos de 75.000 soldados del ejército español, de los cuales apenas 14.000 son realmente españoles. El conocido por la Historia como grito de Baire, es decir el comienzo de la guerra cubana que acabó con la independencia de la isla, pilló a los españoles en bragas. Y eso que ya se había producido en 1879 un conato, el conocido como Guerra Chiquita. El general Martínez Campos, encomendado nuevamente de la Capitanía General de Cuba tras la insurrección del 95, escribe al presidente Cánovas reconocimiento que lo español es odiado por la ciudadanía cubana entera, descontados tan sólo algunos de los burgueses de las grandes ciudades.

El grito de Baire se produjo el 24 de febrero de 1895 y, como he dicho, pilló a los españoles, entre ellos a su primer mando el general Calleja, con el pie cambiado. Por ello, la rebelión se extendió rápidamente y los rebeldes pudieron, pocos días después, desembarcar en el este de la isla, donde tenían más apoyo. El 19 de mayo, España asesta el primer golpe en una acción armada en la que muere la Gran Esperanza Blanca de los insurrectos, el notable poeta José Martí. Sin embargo, los cubanos no ceden y en septiembre llegarán incluso a aprobar una constitución (reunión de Jimaguayú).

En octubre, Gómez y Maceo, líderes militares de los insurrectos, comenzaron la invasión de la mitad oeste de la isla, acción que tenía como objetivo fundamental paralizar la zafra azucarera y, consiguientemente, estrangular la economía cubana (que, como vemos, dependía básicamente de lo mismo que básicamente depende hoy en día). Esta ofensiva comenzó en Baraguá y terminó, en tan sólo tres meses, con la toma de Mantua (22 de enero de 1896).

El gobierno español pudo pensar en negociar. Pero en lo que pensó fue en ganar la guerra, como fuese. Cesó a Martínez Campos, un militar de talante negociador (al fin y al cabo, había terminado la primera guerra con un pacto) y lo sustituyó por un halcón, un militar amigo de la mano dura: Valeriano Weyler. Prueba de que Martínez Campos no era el hombre para aplicar mano dura es la confesión que hace en una carta a Cánovas, en la que confiesa que «tengo creencias que son superiores a todo y me impiden los fusilamientos y otros actos análogos». No era el caso de Weyler.

Weyler se planteó endurecer la mano y, por primera vez desde el inicio de esta segunda guerra, obstaculizar de verdad la acción de los insurrectos; su dureza tuvo efectos colaterales, como alimentar las historias de la prensa sensacionalista americana, que se hizo de oro contando atrocidades ciertas y no tan ciertas que presuntamente estaría cometiendo Weyler. El general dividió la isla en tres zonas delimitadas por trochas, que así se llamaban a las líneas flanqueadas por fuertes que eran defendidos por pequeñas fuerzas de una veintena de hombres. Las trochas se podían comunicar por medio de reflectores (un poco el sistema de alarmas que utilizan los ejércitos de Rohan en El Señor de los Anillos). Militarmente, esta racionalización del ataque español dio sus frutos. Weyler consiguió hacer retroceder a los insurrectos del sector occidental y, el 7 de diciembre de 1896, incluso logró matar a Maceo.

Lo que no consiguió la insurrección, sin embargo, lo consiguieron los hechos internos de España. En agosto de 1897, el anarquista italiano Angiolillo asesinaba al presidente Cánovas. Este político conservador fue sustituido por su opositor liberal, Práxedes Mateo Sagasta, nada partidario de la política de Weyler, por lo que éste fue cesado y sustituido por el general Blanco. Siguiendo su orientación liberal, algo más abierta, el gobierno Sagasta, cuyo ministro de Ultramar era Segismundo Moret, anunció reformas y un gobierno autónomo para Cuba; España trataba de acabar con la guerra por medio del diálogo.

Y, sobre todo, tranquilizar a Estados Unidos.

En marzo de 1897 había llegado a la Casa Blanca el presidente McKinley, un hombre con el cual el nuevo imperialismo americano se terminaba de consolidar. El 20 de mayo, el Congreso de EEUU aprobó la llamada Propuesta de Morgan, por la cual se reconocía el derecho de los cubanos a hacerle la guerra a España. En septiembre, estalló la bomba: el embajador americano en Madrid, Woodford, anunció al gobierno Sagasta que, o la guerra con los cubanos terminaba el 1 de noviembre, o los Estados Unidos intervendrían. Los españoles contestaron recordando que habían prometido reformas. El 6 de diciembre, en su mensaje al Congreso, McKinley nos contestó diciendo claramente que las tales reformas eran insuficientes; que quería una paz, y una paz justa, es decir no una victoria militar (que, por otra parte, estábamos lejos de obtener).

Éste fue el momento, en el año 98, cuando se desarrolló en España el carpetovetónico orgullo hidalgo, idiota y miope. Se decía en la prensa que los americanos todo lo que tenían era un ejército capaz de matar indios, pero que cuando se enfrentasen a españoles les íbamos a dar la del pulpo. Se decía que no sabrían maniobrar sus barcos y luchar contra una armada gloriosa de siglos, formada por marinos que sí sabían navegar (la triste historia es que las restricciones presupuestarias de décadas habían dejado la Armada española bajo mínimos, y Estados Unidos era ya, entonces y de largo, la mayor potencia naval del mundo). Al gobierno no le faltaron advertencias, como la del almirante Cervera, quien en marzo de 1898 le advirtió que con nosotros los barcos americanos no tenían ni para empezar. Pero los ministros no hicieron ni puto caso.

En la isla las cosas no iban mejor. El ejército de Cuba totalizaba ya 200.000 efectivos (entre los cuales se cuenta, por cierto, un joven observador británico llamado Winston Churchill), pero de éstos casi 140.000 estaban enfermos o heridos. Esta tropa de soldados afiebrados tenía frente a sí a 50.000 mambises capaces de cualquier cosa en su selva y una potencia en el norte capaz de poner 100.000 hombres más en los campos de batalla en relativamente poco tiempo. ¿Teníamos alguna oportunidad de ganar la guerra de Cuba? No sé; quizá, si la hubiésemos comenzado en 1492…

En medio de todo esto ocurrió lo del Maine. Creo que lo lógico es desarrollar mejor esta parte cuando hablemos de la guerra desde el punto de vista americano. Pero, con todo, a mí me parece que el asunto del Maine tiene gran importancia, sin duda; pero, en todo caso, de lo que ya os he contado creo que se deduce que el ultimátum americano de 18 de abril se habría producido, en todo caso, con Maine o sin Maine. Había una dinámica, y esa dinámica era ya muy fuerte horas, días o semanas antes que, por causas que nunca sabremos con exactitud, este barco estadounidense estalló por los aires.

La guerra hispano-estadounidense se decidió en el mar. Los Estados Unidos sabían bien que España quedaba a tomar por culo de Cuba y que, por lo tanto, la guerra era para nosotros, sobre todo, un problema de aprovisionamiento; una vez cortada la línea de provisiones, guerra ganada. Y las provisiones llegaban por barco.

El almirante Dewey, jefe de la flota americana, se había situado en Hong-Kong en los días del ultimátum y, una vez iniciada la guerra, puso proa hacia Filipinas. El 1 de mayo, en la bahía de Cavite, no dejó ni los palillos de dientes. Al crepúsculo de aquel día, España había perdido 6 cruceros, 3 cañoneros, 167 marinos y tenía 214 heridos. Los americanos tenían 12 heridos. Sic.

Nos dieron hasta en el cielo de la boca.

Tenemos los españoles el mérito histórico de haber sido poco menos que los inductores de eso que se ve ahora en las pelis y series americanas que transcurren en la Casa Blanca, es decir esa sala secreta desde donde se siguen los conflictos. Fue precisamente para la guerra de Cuba donde por primera vez, en la mansión de la avenida de Pennsylvania, se montó esa sala operativa que coordinaba todas las noticias de enfrentamientos. Sólo que no se montó en el sótano, donde creo que está ahora, sino en la segunda planta (hemos de recordar que entonces no había aviones, así pues la Casa Blanca no podía estar amenazada por el aire).

De culo, cuesta abajo, sin frenos y contra el viento, lo que quedaba de la escuadra naval española, al mando del mismo almirante Cervera que había predicho que perderíamos por goleada, se atrincheró en el puerto de Santiago de Cuba. Una flota dirigida por el almirante Sampson bloqueó el puerto y se dedicó a esperar. Sabía que la liebre, tarde o temprano, tendría que salir de la madriguera. Que la guerra seguía su curso, los ejércitos necesitaban pertrechos y llegaría el momento que los españoles tendrían que salir a buscarlos.

El 10 de junio, los marines desembarcan en Guantánamo (de donde, por cierto, ya no se han ido). El día 22, otro ejército desembarca en una localidad cubana cuyo nombre produce algún que otro mareo: Daiquirí. Con este desembarco, el general Shafter inicia una estrategia de pinza con los rebeldes, tratando de aislar Santiago de Cuba. Una división americana toma Siboney el día 23. Al día siguiente se produce el llamado combate de las Guásimas. 2.000 españoles tendieron una trampa a los americanos, pero éstos eran tantos que la cosa no salió muy bien.

El 1 de julio se producen las batallas de El Caney y de San Juan, con las que Shafter pretendía colocarse a las puertas de Santiago. Hasta siete oleadas de infantería rechazaron los españoles en El Caney, pero con la octava ya no pudieron, entre otras cosas porque habían registrado unas bajas del 90%, es decir, la tasa registrada en las unidades más expuestas del desembarco de Normandía. En la acción de San Juan brilló un teniente americano llamado Teddy Roosevelt, que pronto llegaría a presidente.

En El Caney, poco menos de 300 españoles mataron a 441 estadounidenses. En San Juan, las bajas están muy equilibradas. Fueron dos batallas de extremada dureza, hoy olvidadas.

Santiago estaba, pues, cercada. Había llegado el momento que Sampson esperaba, en el que la liebre tenía que salir de su madriguera. El 3 de julio de 1898, el buque insignia español, llamado María Teresa, se lanzó a toda máquina contra el acorazado Brooklyn, disparando, tratando de atraer hacia sí a los barcos americanos y permitir al resto de la flota salir de najas del puerto. Los americanos no cayeron en la trampa. Cuatro horas más tarde, se habían apiolado cuatro cruceros acorazados, habían hecho 323 muertos, 150 heridos y 1.720 prisioneros. En el lado americano, un muerto y un puñado de heridos.

Muchas veces he escuchado la historia de que, mientras se producía esta batalla (por llamarla de alguna manera), el gobierno español, en Madrid, estaba en los toros celebrando por adelantado una victoria que daba por segura. Jamás he encontrado un libro de Historia que diga cosa tal, así que doy en pensar que es una leyenda urbana histórica, que haberlas hainas.

El 18 de julio, el gobierno español inicia gestiones para solicitar un armisticio. El 10 de diciembre, en París, firmaba el fin de su presencia en el Pacífico, con la excepción de las islas Carolinas, Marianas y Palaos, que poco tiempo después vendería a Alemania (aunque la voluntariedad de esta acción no fue completa; pero ésa es otra historia).

Ese acuerdo fue, para España, el traumático momento en que se dio cuenta de que el que fue un día Imperio donde nunca se pone el sol, ahora era una puta mierda. Las huellas del 98 se dejan sentir aún hoy en día en tantos y tantos españoles siempre dispuestos a ponderar en mayor valor lo que viene de fuera que lo propio. El 98 alimentó la leyenda negra que quiere ver en España un país más atrasado que la media, anclado en el pasado, ineficaz y ególatra. De la noche a la mañana, descubrimos que, lejos de ser ya el niño más fuerte del patio, cualquier matón de medio pelo nos podía sacar la mugre sin problemas. En parte, las dos Españas nacen de las dos distintas formas de enfrentarse a ese problema.

Lo tenemos encima, aunque no lo veamos.

miércoles, diciembre 12, 2007

Usera

Por mucho que la Historia lo intenta, no consigue hacer justicia a todos quienes en ella destacan. El tiempo es un juez muy duro y, tarde o temprano, para la mayoría de las personas una vez recordadas llega el olvido. Su traza sigue ahí; dan nombre a tal o cual lugar, pero las personas pronuncian ese nombre sin tener realmente conciencia o información sobre a quién se están refiriendo.

El Madrid moderno ha tenido diversos constructores y uno más famoso que ninguno: el marqués de Salamanca. En realidad, yo creo que si le preguntasen a la mayoría de los madrileños, contestarían que Madrid, como ciudad, es mérito de Carlos III y del marqués más o menos a partes iguales. Pero Madrid es muy grande y en él hay sitio para otros constructores. Hoy os quiero hablar de uno que está en boca de muchos madrileños, aunque, en realidad, no sepan quien es: Marcelo Usera.

Nació Marcelo Usera en 1874, de una familia de posibles. Su padre era inspector de ingenieros de minas y ganaba sus peculios para poder pagar una vida y unos estudios a sus cinco hijos, aunque lo pagaba a base de prolongadas ausencias de casa. Ausencia que pronto se hizo extrañamiento, porque fue destinado a Cuba, que entonces aún era española.

En 1890, los buenos oficios del señor Usera padre le granjearon el nombramiento de inspector general del Cuerpo de Ingenieros, motivo por el cual regresó a España. Sin embargo, en ese momento, de gran felicidad para la familia, sobrevino la tragedia, pues el buen hombre falleció repentinamente en aquel viaje de regreso. Marcelo, que hace la carrera de Filosofía y Letras, tiene que empezar a ayudar a mantener a su familia a base de dar clases, lo cual no le impide también estudiar Derecho.

Ésta es la vida de Marcelo Usera, la vida pues de un burgués venido a menos, golpeado por la mala suerte, hasta que en 1904, con treinta años de edad, se casa con Carmen del Río. Su esposa posee algunas tierras de labrantío pasado el Manzanares, tocando Carabanchel, Villaverde y el propio término municipal de Madrid. Esto le permite a Usera penetrar en el mundo de la producción agropecuaria, donde destacará. En 1912, con ocasión de la Exposición Agrícola y Ganadera Internacional que se celebra en Madrid, recibe varios premios. Y no es ésta la única prueba del talento organizador de Marcelo. A los veinte años se había ido, como todos los pobres, a hacer el servicio militar, alcanzando el grado de oficial y adquiriendo una serie de experiencias que le permitieron redactar un trabajo titulado Suministros a un ejército en operaciones; obra que llamó la atención nada menos que del rey Alfonso XIII, el cual acabará pagándole la edición del estudio y los costes derivados de la expedición del título de abogado.

Es tras la primera guerra mundial cuando Usera comienza a madurar la idea de que Madrid va a crecer. Una idea ciertamente visionaria; ahora parecerá muy fácil creer en ella, pero lo cierto es que, en los primeros años del siglo pasado, Madrid era una ciudad provinciana que ejercía de capital administrativa, que no económica, de un país más bien poco productivo; nada parecía indicar que habría de crecer significativamente.

Marcelo Usera decide, como décadas antes el marqués de Salamanca, construir un pequeño Madrid dentro de Madrid. Pero no puede. Las tierras que posee tras su matrimonio, ya lo he dicho, están muy dispersas; hay parcelas por aquí y por allá. Así que él comienza una labor de concentración basada en la permuta; se deshace de tierras en Carabanchel y Villaverde, sectores que en ese momento quedan muy lejanos a las líneas de expansión que él imagina, a cambio de tierras en el área de Madrid.

Una vez conseguidas las tierras, Usera promueve y comienza a comercializar las casas de su nuevo barrio, que en su origen se denominó La Legión ya que aquel hombre, al parecer, tenía gran admiración por Millán Astray, el militar que la fundó; de hecho, las calles y plazas del nuevo barrio llevan nombres de distintos jefes legionarios (una calle, por cierto, se denomina del Comandante Franco). En realidad, los nombres del futuro barrio de Usera son muy curiosos; en la primera mitad del siglo XX, en una medida que por cierto me parece muy recomendable, los vecinos tenían la potestad de decidir los nombres de las calles de sus barrios. Por este motivo, las calles del barrio de Usera llevan, en muchos casos, los nombres de parientes o empleados de Usera que eran conocidos en el barrio.

Según la documentación que he podido leer, Usera vendió 300 parcelas de La Legión, a 30 céntimos el pie. Luego acometió una operación muy parecida en un barrio conocido como El Parador del Sol, más o menos donde hoy está el puente de Praga; y, por último, promovió la construcción del barrio que lleva su nombre.

Se dice que por una parcela que le faltaba en su barrio, que valía unas 125 pesetas, Usera pagó 5.000. La gente pensó que era gilipollas. Pero, una vez urbanizada, la vendió por 30.000.

Ideó un barrio para unos 10.000 pobladores en casas de una a tres plantas; un concepto muy rural que el crecimiento de Madrid acabó, digamos, «matizando». No sé muy bien cuántas personas viven hoy en el barrio de Usera, pero para que sean seis o siete veces la cifra inicial, no tiene que pasar nada.

Usera falleció el 29 de enero de 1955. En su barrio había donado el suelo para la construcción de un colegio, que al parecer consideraba su gran obra. Su testamento dejaba en herencia en nuda propiedad a dicho grupo escolar, con una riqueza equivalente a un millón y medio de pesetas; una pasta para la época.

Nadie duda que don Marcelo quería hacer dinero, y lo hizo. Pero su labor tiene el tufo de esas personas que, además de hacer dinero, hacen otras cosas. Las crónicas de la época dibujan a un Marcelo Usera conocido por sus vecinos, a la par que clientes, los cuales, como acabo de decir, nombraban las calles con personas de su entorno, como si de una especie de familia se tratase. Así pues, el barrio de Usera hoy existente, con su nombre quizá olvidado para muchos, sirve para recordarnos algo sobre lo que a menudo dudan muchas personas: nos viene a recordar que, para hacer dinero, no es estrictamente necesario ser un cabrón.