miércoles, agosto 29, 2012

Breve historia de la ariosofía (1: De alguna manera, todo empezó con Riemann)


Hace ya un tiempo que tenía la intención de profundizar un poco más, y un poco más en serio, en la cuestión de las fuentes, digamos, filosóficas, del fascismo alemán. Las más de las veces, el fascismo, en tanto que elaboración sociopolitica de enormes tintes radicales, se limita a ser el aprovechamiento de un espacio que otros (las opciones ideológicas más habituales) dejan libre por cortedad, estupidez o circunstancias históricas varias. La ideología nazi, sin embargo, marca cierta excepción en esta regla. El nazismo es una especie de mutación de elementos que están presentes en el inconsciente colectivo alemán de tiempo atrás, pero notablemente durante el siglo XIX. El tal sentido, el nazismo, y es por ello que es importante conocerlo y estudiarlo (pues, entre otras cosas, puede, perfectamente, volver), responde a demandas e inquietudes existentes en la sociedad alemana de principios del siglo XX. Su éxito va mucho más allá del aprovechamiento de los sentimientos generados por la humillación del Tratado de Versalles, porque: a) dicha humillación fue mucho menor de lo que habitualmente se dice; b) en realidad, una de las razones de que estallase la Gran Guerra, que generó Versalles, es que ya entonces los alemanes se sentían humillados. 

Una de las cosas que habitualmente no se citan es que durante el amplio rosario de discusiones colaterales a las reuniones internacionales producidas en el primer tercio del siglo XX, se produjo una curiosa discusión entre arqueólogos alemanes y polacos. Los arqueólogos alemanes pretendían demostrar que los utensilios hallados en los territorios situados al este del Rhin (extramuros del imperio romano, pues) demostraban la existencia de una civilización germánica, formada por muchos pueblos distintos pero germánica, desde esa orilla del Rhin hasta la mitad de Ucrania, más o menos. Los polacos defendían exactamente lo contrario: las características de lo desenterrado sugerían, para ellos, notables diferencias entre pueblos.

El sueño alemán de unificar eso que hoy llamamos Europa del Este bajo su imperio es un sueño muy antiguo y se enraiza en convicciónes que no inventaron los nazis. Convicciones no pocas veces más que discutibles, no pocas veces absurdas, en las que se mezclan, en increíble pastiche, la parasicología, los mitos arcanos, la Historia, el budismo, el antisemitismo, y la pura y simple gilipollez. 

Este conjunto de artículos trata de describir lo principal de estas filosofías, acopiado durante un plácido verano.  Pero porque en esa elaboración es fundamental, a  mi modo de ver, la actitud antirracionalista, he creído necesario, antes de entrar en harina, escribir este primer post introductorio. De alguna manera, si te parece demasiado superferolítico, te lo puedes saltar.

Vamos a ello, pues.

Cada diez páginas con contenido que leo sobre el siglo XIX, crece un 1% mi convicción de lo difícil, prácticamente imposible, que resulta para el hombre moderno o contemporáneo entender las circunstancias en que se desarrolló dicho siglo desde un punto de vista social, reflexivo, político y cultural. De alguna manera, los hombres más lejanos a nosotros, los que vivieron antes de la Revolución Francesa, son tan distantes, que no nos cuesta asimilarlos. Para nosotros, es muy fácil entender que una vez hubo en la Tierra homínidos que eran capaces de comer carroña, porque están muy lejanos de nosotros, que no podemos soportar la carne podrida. La distancia, de extraña forma, apuntala la comprensión.

El siglo XIX, sin embargo, está en la antesala de lo que somos nosotros mismos, y por eso mismo muchos somos incapaces de entenderlo propiamente, y lo reducimos a mecanismos de pensamiento sencillos. Decimos: fue la victoria del librepensamiento arreligioso, de la desamortización; olvidando que el poder religioso durante todo el siglo es de gran magnitud y que cosas como la desamortización de los bienes de la Iglesia era medida que venían reclamando de antiguo personas pertenecientes a la propia Iglesia. Decimos: fue la victoria de la soberanía popular, olvidando que durante todo el siglo XIX, especialmente antes de 1848 pero desde luego también después, sobrevivieron en el continente toneladas de personas que no creían ni medio microgramo en la teoría de la soberanía popular.

El siglo XIX, desde muchos puntos de vista, es una capa geológica en la Historia de la civilización occidental donde se localiza la fricción de varias placas tectónicas; fricción capaz de generar enormes conflictos, antes y después del propio siglo. Las tres guerras civiles españolas son hijas del siglo XIX; la descolonización es hija del siglo XIX; el moderno capitalismo nace en el siglo XIX; la primera guerra mundial es la neumonía mal curada de las relaciones internacionales tras el terremoto de la guerra franco-prusiana.

Es por todo ello que ruego al lector que haga un esfuerzo por tomarse en serio algunas de las cosas que va a leer entre estas notas sobre la ariosofía. Entiéndeme: por tomar en serio no quiero decir que te las creas, pues yo mismo, varias veces, me voy a burlar de ellas. Por “tomar en serio” quiero decir que trates de darte cuenta de que no todas las ideas de la ariosofía antirracionalista alemana de finales del siglo XIX están provocadas por procesos de locura, subnormalidad rampante, o simple interés crematístico por vender libros y hacerse famoso. Un parte muy importante de las cosas que los ariósofos germánicos dijeron durante el siglo XIX tiene que ver con un proceso más profundo, o mejor dos: el antirracionalismo, y el nacionalismo. Son reacciones exageradas, pero no exentas de lógica.

Que el nacionalismo alemán se exacerba en el siglo XIX es algo que probablemente no necesita de muchas explicaciones. La eclosión de la nación prusiana como potencia centroeuropea tras la derrota de Napoleón y, sobre todo, la de su sucesor en 1870, pavimenta el camino para la creación de la vieja nación alemana; creación que, pronto lo recordaremos, se deja por el camino a algunos de sus hijos y, además, aflorará el problema de que un imperio tan nuevo carece de posesiones coloniales en número suficiente como para ser económicamente viable como superpotencia. Elementos ambos que están en la raíz del hípernacionalismo alemán que alimenta las teorías ariosóficas.

Más allá, sin embargo, es del antirracionalismo de lo que me gustaría decir algunas cosas en este post, meramente introductorio de esta breve historia que, espero, convivirá con las andanzas de nuestro buen amigo Fra Girolamo Savonarola.

Para entender la lógica del racionalismo, en mi opinión, no se puede sino echar mano de la enorme fricción creada en el siglo XIX entre positivismo y antipositivismo. Como todos los tiempos son hijos de su pasado, el siglo XIX es el hijo de la Ilustración y de cierta idea de ciencioptimismo que permanece hasta el día presente. Es muy habitual, en tertulias audiovisuales y productos similares, percibir la enorme seguridad en sí mismos con que hablan biólogos, astrónomos o matemáticos; lo cual no es sino un síntoma más de que los científicos han dejado, hace ya mucho tiempo, de leer filosofía (y sus universidades de exigirles que la lean); lo cual es lo mismo que decir que tienden a no ser conscientes de lo poco que saben.

A lo largo de los siglos XVIII y XIX, un montón de cosas que el hombre había creído durante dos mil años gobernadas por fuerzas telúricas o fruto del mero azar, fueron explicadas. Porciones crecientes de la vida de los hombres comenzaron a ser expresadas en ecuaciones, esto es, en procesos que se repetían siempre mediante dinámicas que el propio ser humano podía conocer, ergo, algún día, gobernar. El siglo XIX es el siglo en el que ingenieros y arquitectos sustituyen la experiencia por las matemáticas, y éste es un proceso con muchísimas más derivaciones que el motor de explosión. El mundo, repentinamente, es una realidad distinta, propia, con una existencia que se produciría, también, sin el hombre, y reclama ser comprendido. Exigirle a un campesino riojano del 1600 que fuese ecologista es un proceso tan absurdo como intentar meter el mar en un cubo. Pero eso, ahora, ha cambiado. Y ese cambio genera un choque de trenes, una fricción tectónica (y, de esto van estas notas, teutónica) de 9 grados en la escala de Richter, entre dos visiones del hombre. Porque el hombre era el mundo, pero en el siglo XIX aparecen unos tipos que, de determinadas formas, van y dicen que el hombre es, simplemente, uno más en el mundo.

Se han usado, que yo sepa, muchos puntos de fricción para describir este proceso; quizá el más repetido, probablemente por su honda carga religiosa (los cientifistas adoran los conflictos con la religión), es la difícil imposición del darwinismo. Pero a mí me gusta citar otro proceso, quizá por su carácter más etéreo: el fin del monopolio de la geometría euclidiana.

Yo soy de letras, así pues voy a caminar por este campo minado con mucho cuidadito para que luego ningún lector de ciencias me pueda sacar los colores. En toda la geometría euclidiana, que no se olvide parte de esas partículas elementales llamadas axiomas que no se demuestran, había una proposición que intrigaba a los matemáticos de tiempo atrás: la quinta o, como se le conoce normalmente, de las paralelas. Se refiere a aquella que dice, si no recuerdo mal, que por un punto externo a una recta transcurre una sola paralela a dicha recta (bueno, para ser exactos, postula que si una recta, al incidir sobre dos rectas, hace los ángulos internos del mismo lado menores que dos rectos, las dos rectas prolongadas indefinidamente se encontrarán en el lado en el que están los mentados ángulos menores que dos rectos).

Como digo, esta proposición venía generando sus inquietudes. Según nos cuenta Hans Wussing en sus Lecciones sobre Historia de las Matemáticas (en terreno enemigo, mejor citar las lecturas propias) algunos científicos como el italiano Saccheri, abordaron la metodología de tratar de liberar a Euclides del peso de la duda tratando de partir de la base de que la proposición de las paralelas no era cierta y así llegar a una contradicción.

Ya a finales del siglo XVIII (siendo un adolescente), el famoso matemático alemán Gauss comenzó a preocuparse por el asunto, aunque convencido de que partir de la base de que la proposición de las paralelas era incierta, lejos de llevar a la confirmación de Euclides, adonde llevaba era a demostrar que podían existir otras geometrías, las no euclidianas. Lo cual suponía desligar dicha geometría del espacio real o, si se prefiere, una experiencia positivista mediante la cual las cosas, o el propio éter, existían de forma independiente a la forma en que el hombre las había descrito.

En efecto. Las nuevas geometrías, de existir, harían algo que, en su momento, era verdaderamente revolucionario: negar a Kant. El filósofo alemán, ese hombre por el cual todos los vecinos ponían en hora sus relojes dada la estricta, y exacta, disciplina de su paseo diario (en toda su vida, sólo se retrasó el día que le llegaron las noticias de la Revolución Francesa), era, en ese momento, el gran exponente de la filosofía antropo-esencio-céntrica. Kant escribió en su Crítica de la Razón Pura que “la geometría es la ciencia que determina las cualidades del espacio a priori”; los hechos atenientes al mundo, por lo tanto, se comportaban como los atenientes al hombre: obedeciendo a concepciones imperativas. El hombre concibe el mundo, y el mundo le obedece siendo concebido. Si Kant hubiese leído un libro sobre sistemas caóticos, supongo que habría tenido un ictus.

Cuando Gauss estaba pensando, porque lo pensaba, que otras geometrías eran posibles, donde la proposición de las paralelas no es cierta, estaba pensando que el mundo, el espacio, no tenía por qué obedecer, ni obedecería, a una proposición del hombre. Una idea que hoy parecerá tan obvia que, quizás, el lector piense: “pero, ¿por qué se extiende JdJ en esta chorrada?” Éste será el indicio, querido lector, de que tienes dificultades para entender el siglo XIX, y sus conflictos profundos.

Gauss dejó escrito que la geometría debía de ser rebajada dos escalones en la ciencia, o sea no ser considerada tan inmanente como la aritmética; pero lo escribió en cartas, porque nunca se atrevió a poner esas ideas en un libro.

Gauss, con toda su fama, su prestigio y su todo, jamás publicó un tratado de geometría no euclidiana. Y no lo hizo porque temía el debate. Porque sabía que no sería sólo un debate matemático, sino un debate filosófico. Un debate sobre los límites de la racionalidad o, si se prefiere, el grado de humildad con que el hombre debe contemplar el mundo que le rodea. El gran debate entre positivismo y antropocentrismo o, si se prefiere, esencialismo.

Lo que Gauss no se atrevió a hacer lo hizo, pero sólo con la puntita, el hijo de un amigo suyo, el matemático húngaro Janos Bolyai. Bolyai estaba convencido de la existencia de las geometrías no euclidianas y probablemente su padre, W. Farkas Bolyai, también. Pero su padre no quería que publicase nada sobre la materia, por temor a la agria polémica; a lo que Gauss llamaba “los gritos de los beocios”. Sin embargo, la juventud y el sanguíneo carácter de Janos Bolyai (los matemáticos suelen ser desabridos, no pocas veces incluso maleducados, defendiendo aquello en lo que creen), sus ideas acabaron publicadas en el anexo a un libro de geometría de su padre. Pocas veces se ha dado con tanta claridad el caso en el que el anexo de un libro sea más importante que el libro en sí. Un texto en el que Bolyai se refiere  la proposición de las paralelas como un “eclipse de sol”, que durante siglos no ha hecho sino absorber inútilmente esfuerzos y energías de los científicos.

De una forma sarcásticamente simbólica, en aquella Europa en la que acción y reacción se enfrentaban de una forma tan radical, tuvo que ser en el país donde la reacción era más fuerte; el imperio donde pervivía la esclavitud feudal, o sea Rusia, donde la luz de la geometría euclidiana terminase por encenderse.

En 1807, desde la localidad de Nijni-Novgorod, llegó a la relativamente modesta y moderna universidad de Kazan un estudiante llamado Nicolai Ivanovich Lovachevski. El genio matemático de Lovachevski era tanto y tan evidente que a los 23 años ya era profesor titular.

En el año 1826, con 33 años, Lovachevski presenta ante la sociedad científica local de Kazan una comunicación sobre geometría. En realidad, aquel papel no tendrá éxito alguno y sólo comenzará a ser adecuadamente valorado en 1840, cuando un resumen del mismo sea publicado en alemán y lo lea Gauss, reconociendo en aquellas páginas todo lo que él había callado por miedo o por prudencia.

La metodología de Lovachevski se basó en la jugada simple y conocida de partir de la base de que una recta tiene infinitas paralelas que pasan por un punto no situado en ésta, y luego ver qué pasaba con el resto del edificio de la geometría. Y descubrió, sorprendentemente, que el edificio no se derrumbaba; simplemente, llegaba a conclusiones distintas (como por ejemplo, nos recuerda Pierre Rousseau en su casi novelesca Historie de la sciencie, que la suma de los ángulos de un triángulo es inferior a 180 grados).

La magnitud de esta revolución es, a mi modo de ver, casi imposible de entender por un humano contemporáneo; incluso me atrevería a decir que menos aún si es versado en matemáticas. La lógica de las cosas se mostraba indestructible pero, al mismo tiempo, aparecía como capaz de construir realidades distintas a las que, Immanuel Kant dixit, el hombre elabora por intuición. Ergo la intuición del hombre no gobierna el mundo. Ahí fuera hay algo más que ella. Dimensiones que están más allá de las que el hombre abarca. Hay una línea que comienza el primer día que Lovachevski puso la pluma sobre el papel para vomitar en él sus circunvoluciones cerebrales, y termina el día que Albert Einstein escribió que todo es relativo.

En 1846, el mismo año en el que Lovachevski era desposeído, sin mayor explicación, de sus cargos públicos, ingresaba en la universidad de Gotinga un joven verdaderamente extraño, un joven que tenía enormes problemas para las relaciones interpersonales, hipocondríaco casi hasta la locura, pero superdotado para las matemáticas. Ya en Hannover, Bernard Riemann había sorprendido a sus maestros aprendiéndose de memoria tomos de casi 1.000 páginas de matemáticas (entonces) avanzadas que leía en la biblioteca colegial; en realidad, el único sitio donde estaba a gusto.

Como eran tiempos en los que los estudiantes que visitaban las bibliotecas eran respetados y no tratados como si fuesen osos pandas con cola de cerdo por no gustar del botellón y la juerga, Riemann tuvo, tanto en Hannover como en Gotinga, maestros que le supieron sacar jugo, entre ellos el propio, y casi omnipresente, Gauss.

Cuando Riemann decidió enfrentarse a una especie de oposición de profesor de matemáticas, tuvo que enfrentarse a un examen en el que desarrollaría un tema elegido por su tribunal de entre tres propuestos por él. El tercero de los temas que propuso, los fundamentos de la geometría, estaba poco menos que de adorno; Riemann no podía ni imaginar que sería el elegido. Pero los matemáticos de Gotinga estaban dominados por el criterio de Gauss, y ése fue el que escogieron para su exposición. Probablemente, Gauss tenía ya una idea clara de las posibilidades de aquel joven matemático, y quería ver si llegaba más lejos que Lovachevski o Bolyai.

Y no defraudó. En su comunicación, leída en julio de 1854, Riemann aumentaba la confusión. Euclides dijo que cada recta tiene una paralela; Lovachevsky/Bolyai dijeron que infinitas; y Riemann, finalmente, dobló la apuesta: ninguna. El alemán había llegado a otra geometría, en la que los ángulos de un triángulo suman más de 180 grados y una línea no puede prolongarse indefinidamente.

Pero lo más revolucionario de la exposición riemanniana es que no se limitaba a desarrollar una geometría no euclidiana, sino que, también, afirmaba que existía un entorno, digamos, real, en el que se cumplía: la superficie de una esfera. Allí donde la línea recta es sustituida por la curva y circular, que no puede tener paralelas porque los círculos todos se cruzan (en los polos, creo).

En apenas 30 años del siglo XIX, pues, donde había una geometría, de repente había tres: la euclidiana, con una paralela; la hiperbólica, producida en el ámbito de lo que los geómetras llaman una seudo esfera de curvatura constante negativa (y que no duele ni nada) e infinitas paralelas; y la geometría elíptica y riemanniana, con ninguna paralela.




¿Por qué me he empeñado en desapolillar mis poco fructíferos conocimientos sobre las geometrías no euclidianas cuando esta serie va de los fondos teóricos del nazismo como ideología racista? Pues porque, ya lo he dicho, el que quizás es el primer y principal elemento de estas teorías es el antirracionalismo. Y el antirracionalismo de la ariosofía alemana, lejos de ser, a mi modo de ver, algo ilógico o artificialmente radical, es una consecuencia lógica de su tiempo. Es el hijo del hiperracionalismo.

Los hombres que construyeron el edificio de la geometría no euclidiana eran matemáticos puros. Recorrían los caminos que recorre normalmente un matemático, fluyendo siempre por el camino al que las conclusiones le llevan. Pero el más brillante de todos ellos, el repelente Gauss, callaba. Callaba porque sabía que todo aquello tenía más implicaciones que las que cabe entresacar de la fría notación simbólica de los matemáticos.

La ciencia del siglo XIX obligó al hombre a asomarse a un pozo que siempre había evitado: el pozo de la humildad. Y, una vez allí, lo empujó al fondo. Pero el ser humano, simple y llamanente, no estaba, en su inmensa mayoría, preparado para caer. Para asumir esa caída como algo natural e incluso ilusionante. Así las cosas, muchos de los que muy a su pesar, hubieron de vestir, en el siglo XIX, el sayal de la humildad humana, lo hicieron reinterpretando las nuevas reglas de juego a su gusto.

Ésta es la razón por la cual el siglo XIX, el siglo del positivismo, es también el siglo que ve nacer el seudocientifismo. La mistabobía, la fabulación mágica, ahora basada en conceptos que suenan a ciencia. El medium telequinésico que afirma que se puede conectar con los espíritus está aprovechando el hecho de que la mayor parte de los contemporáneos que le rodean son incapaces de entender que la telegrafía sin hilos sea consecuencia de un proceso técnico que el simple hijo del chatarrero puede desarrollar (si estudia ingeniería, claro). El charlatán de feria rápidamente aprovecha la necesidad de los no euclidianos de postular la existencia de otras dimensiones para jugar con ese concepto y afirmar que los fantasmas existen, sólo que están “en otra dimensión”. Por todas estas realidades serán, en no pocos casos, simples y puros ejemplos de la acción de modernos timadores. Pero, en su fondo más profundo, son algo más; son un proceso antirracionalista en el que el hombre que ha caído al pozo de la humildad trata de salir de él, de volver a formular reglas por las cuales, de nuevo, gobierna el mundo. Y, porque la nueva ciencia y el positivismo no le dejan postular que hoy esté ejerciendo esta dominación, es por lo que se produce el proceso romántico de recuperación del pasado: yo no domino el mundo porque soy un humano de bajo nivel. Pero ellos, los anteriores; ellos, los atlantes, los lemurianos, los arios originales, los seguidores de Baldur-Chrestos, los wotanistas, los irministas, los alemanes originales, sí que podían.

En mi actual punto de reflexión sobre esta materia, cuando menos, la idea de la dominación aria del mundo, además de tener una obvia conexión con el sentir nacionalista, no se puede explicar sólo con este elemento. En el siglo XIX también eclosionaron como nacionalistas, por poner un solo ejemplo, los catalanes; pero no se les ocurrió postular la existencia de una raza catalana, existente desde decenas o centenares de miles de años antes de Cristo (aunque, la verdad, el nacionalismo euskaldún sí que se acerca a esta idea). Este elemento de más, este elemento que se suma en el caso de las teorías ariosóficas y ariocéntricas, es el antirracionalismo. La adopción, consciente y militante, de mecanismos de reflexión y explicación de la realidad que, al tiempo que son seudocientíficos, son acientíficos, viscerales, meramente intuitivos. Una forma de reinventar a Kant que probablemente le habría hecho vomitar.

El hombre del siglo XIX se cayó de un trono. La ariosofía alemana es un intento de volver a sentarse en él. Y las consecuencias que, a largo plazo, tuvo dicho intento, son un argumento evidente de lo importante que es, para el ser humano medio, que alguien le enseñe, más pronto que tarde, a ser suficientemente humilde.

lunes, agosto 27, 2012

Lectura: Did Jesus exist?




EHRMAN, Bart D. Did Jesus exist? Editado por HarperOne.

(Aviso: he leído este libro en su versión Kindle, así pues no puedo citarlo en modo página. El único modo que conozco de citarlo, y que es el que usaré, es el porcentaje de lectura indicado por Kindle en cada punto).



De marzo de este año (al menos en la edición que yo he leído) es este libro que pretende, de alguna manera, zanjar de una vez y para siempre el debate sobre la historicidad de Jesús de Nazareth. Zanjarla en el sentido de que Jesús existió y no cabe dudar de ello. Ciertamente Ehrman no llega a decir, así de claro, que aspira a que la polémica desaparezca para siempre; pero de sus palabras y de su, digamos, actitud, se desprende este deseo.

martes, agosto 14, 2012

Una disculpa y una referencia

Aprovecho una conexión casual a la red, en medio de mis vacaciones, para dejar aquí una disculpa y una información.

En algunos comentarios a posts míos sobre Hitler se me ha pedido que documentase la afirmación, que he escrito varias veces, de que al lanzar el putsch de la cervecería, Hitler había gritado: "¡La era del capitalismo ha terminado!"

Yo tenía la frasecita anotada en una cita, pero, con el tiempo, me intrigaba no ser capaz de documentarla. Hace un par de días, a base de investigar mis propias notas y mis propios libros, me he dado cuenta de que la tenía deficientemente documentada, y porque pueda haber confundido a mis lectores es por lo que quiero pedir disculpas.

La referencia que tenía, y tengo, ahora bien trazada y antes no, no es al putsch en sí. Sino al discurso de Hitler de 8 de noviembre de 1942, con ocasión del 19 aniversario de dicho golpe. Y la frase es:

Diese Verschwörung damals von Juden und Kapitalisten und Bolschewisten... Diese Verschwörung, die wollten wir beseitigen... Und wir haben sie endlich auch beseitigt.

Que viene a ser algo así como: esa conspiración de aquel momento, entre los judíos, el capitalismo y los bolcheviques... esa conspiración que quería eliminar y que, por fin, hemos eliminado.

Lamento, como digo, la deficiente interpretación de mi propia letra, y mis propias referencias. No obstante lo dicho, la esencia del concepto, entiendo, es la misma.

lunes, julio 23, 2012

Vacaciones con las cuentas del Gran Capitán

Este blog se va de vacaciones hasta finales de agosto. Lo cual no quiere decir exactamente que no vaya a asomarme, porque posibles voy a tener para hacerlo desde la costa de Lugo, en los ratos que me deje libre la dolce far niente en la playa o el tapeo en O Noso Lar.

Antes de irme, en todo caso, os dejo aquí un texto corto sobre una de esas expresiones que se usan en nuestro idioma y que tienen un origen histórico: las cuentas del Gran Capitán.

Hacer o creer en las cuentas del Gran Capitán es algo que está muy en boga en los tristes tiempos que corren. Tiene que ver con esa acción de alguien que realiza proyectos muy ambiciosos, en realidad imposibles, partiendo de asunciones falsas; engañándose, por lo tanto, de una u otra forma. También se usa para aquél que "infla" una cuenta metiéndole dentro cosas que no tienen nada que ver.

El origen de la expresión son, en efecto, unas cuentas, y una leyenda.

Tras la batalla de Garellano, y la consecuente toma de Gaeta, el 1 de mayo de 1504 el primer hombre que desde Carlomagno soñaba con un imperio, Fernando el Católico, se hizo con el reino de Nápoles. Fue Gonzalo Fernández de Córdoba el gran muñidor de esa victoria, y también la persona nombrada virrey de hecho del nuevo reino, pues a él se encomendó su reorganización.

Fernández, sin embargo, era un soldado; no un administrador. Como todo gran general, se perdía bastante a la hora de tomar decisiones sobre los pequeños problemillas de gasto que se van produciendo en el día a día de todo gestor público. Por tal razón, el Gran Capitán, en realidad, nunca fue el gobernador que Fernando el Católico había esperado que fuese; Nápoles siguió regida de hecho por muchos de los grandes señores que ya lo habían sido con anterioridad, a los que Córdoba regó con importantes ríos de oro para que estuviesen contentos y le organizasen el momio. Además, recompensó a muchos de los mandos de sus tropas, en el fondo tan inexpertos como él como administradores, otorgándoles tierras, cargos y gabelas.

A España no tardaron en llegar las crónicas interesadas de aquella administración manirrota y, además, pronto aquellas versiones fueron adecuadamente salpimentadas con otras cosas que venían a decir que tal vez el Gran Capitán estaba traicionando a su señor, para hacerse él mismo señor de las tierras italianas. Es muy probable que el aragonés creyese todo o parte de aquellas historias, pues no era la primera vez que importantes guerreros que habían juntado su espada bajo su mando se habían pasado a intereses opuestos. Los partidarios del Católico en Italia, tales como los Colonna, terminaron afirmando sin ambages que los favorecidos por la prodigalidad de don Gonzalo ambicionaban elegirlo rey.

En realidad, el tema se debió resolver con relativa facilidad Fernando el Católico, apostando a que todo lo que ocurriese es que Fernández de Córdoba sólo fuese un manirroto presupuestario (o sea, la verdad de las cosas), le envió a un gestor contrastado, Alonso de Deza, quien salió de España con instrucciones muy precisas del destino que debían tener las tierras embargadas por la corona española en Nápoles ; le retiró, pues, al Capitán, la capacidad de favorecer a sus pares y, dicho con rapidez y claridad, descojonar el gasto público; hoy diríamos que lo intervino. Fruto de esta política racionalizadora fue la auditoría que pasaron los cuentas napolitanas en España, presentadas por el interventor Juan Bautista Spinelli, satisfactoriamente comprobadas por los oidores castellanos y aragoneses.

Pero la leyenda de las cuentas del Gran Capitán tiene que ver con la visita a Nápoles de Fernando el Católico, el 1 de noviembre de 1506. Según este relato un tanto fantasioso, el aragonés habría llegado a sus posesiones italianas un tanto mosqueado aun con la posible defección de su primer general, razón por la cual, nada más poner pie en la ciudad, requirió a don Gonzalo para que diese cuenta del déficit público existente y la razón de su producción. A lo que el general respondió que lo haría, de buen grado, en unas pocas horas.

Al día siguiente, siempre según la leyenda, se presentó ante el rey con un dietario de los gastos incurridos, que comenzó a leer ante el rey.

El primer asiento era: en frailes y sacerdotes, religiosos, en pobres y monjas, pues que rezan para que el Señor nos otorgue la victoria, 200.736 ducados y 9 reales.

El segundo asiento, por valor de 700.499 ducados, estaba destinado a los espías de los cuales había entendido los designios de los enemigos y ganado muchas victorias.


Fernando el Católico, en ese punto, mandó parar a su general, y lo dejó en paz, comprendiendo lo que él le quería decir con esa forma de presentar el presupuesto de gastos. Esto es: que la guerra es cara. Que, como se ha dicho de toda la vida en Castilla, el que quiera culo, que se moje el peces. Y que no podía seguir prestando oídos a las maledicencias sobre un jefe militar que (esto es, más que probablemente, la verdad) siempre le había sido fiel (aunque más a su difunta, la verdad) y le había traído tantas victorias.

En las décadas y siglos en que esta leyenda fue famosa, el mecanismo de construcción de las leyendas urbanas fue sumando partidas al supuesto discurso del De Córdoba, como 170.000 ducados para reparar las campanas cuarteadas por tanto repique victorioso. En mi opinión, fue esta extensión libre la que fue preñando el supuesto dietario del Gran Capitán de partidas estúpidas, inútiles o pollas, y desplazando el significado de la expresión desde su aparente origen, que parece tener más que ver con la necesidad de hacer gastos importantes para conseguir cosas importantes; al que yo creo que tiene más hoy, que es el significado ligado a aquél que diseña grandes proyectos que no puede pagar.

En septiembre, más.

viernes, julio 20, 2012

Go West


Hace ahora casi tres años, escribí en este blog la historia de la tragedia (para los blancos) de Little Big Horn. En aquel post, que quería ser, sobre todo, un homenaje a los jefes Dos Lunas y Toro Blanco, verdaderos ganadores de esa batalla, quedó, de alguna forma, pendiente la labor de ingresar ese episodio, que no deja de ser eso mismo, un episodio, dentro del marco general en que se desarrolló. Eso que Hollywood llamó la conquista del Oeste.

Si queremos ser precisos, sin embargo, la conquista del Oeste deberíamos llamarla la conquista del centro. A mediados del siglo XIX, tras la unión de Texas, la colonización de Oregón y la creación del enclave mormón en los alrededores del Salt Lake, los Estados Unidos de América eran un país dual, con un Este y un Oeste que se parecían más bien poco (dualidad que se complicaba más aún con la dicotomía Norte-Sur) y, además, estaban separados por una ancha franja central medio inexplorada. Era en esa ancha franja en la que, merced a los acuerdos de 1851, habían sido situados muchos indios desplazados de las zonas ya tomadas por el hombre blanco. Es posible que alguien pensara que de esa manera se diseñaba un status quo estable; pero no es verdad. Era sólo cuestión de tiempo que las gentes del Este y del Oeste se planteasen que ambas zonas debían estar, de alguna manera, conectadas. En algún momento, Estados Unidos llegó a pensar que la mejor alternativa para los transportes de largo recorrido sería utilizar las vías fluviales y canales por construir; pero la idea se desechó muy pronto. La conexión debía de ser por tierra.

La primera conexión entre las dos mitades de EEUU lo fue por diligencia, en 1857, merced a la concesión realizada en dicho sentido a favor de la empresa John Butterfield & Associates. La diligencia Butterfield salía de Tipton, Missouri, que era el pueblacho al que llegaba la línea de ferrocarril del Este (San Luis-Kansas), y tenía paradas en Menfis, Little Rock, Preston, El Paso y, finalmente, diversas poblaciones de California. El primer viaje lo hizo el 15 de septiembre de 1858, y tardó 24 días y 18 horas. Por lo tanto, unos 180 kilómetros diarios, lo cual no es mucho si tenemos en cuenta que la diligencia rulaba incluso de noche (en algún punto de mi biblioteca tengo un librito de aquella época con el precio, y creo que la duración, de las líneas de diligencia existentes en España. A ver si un día lo encuentro y os lo comento).

De hecho, ésta de las diligencias es otra de las imágenes popularizadas por el cine que tienen poca relación con la realidad. En las pelis vemos los carromatos lanzados a toda velocidad por la pradera. La verdad es que las diligencias del siglo XIX en EEUU avanzaban poco menos que a paso de hombre, en viajes desesperantes. Ciertamente, si las diligencias hubiesen ido a uña de caballo por la pradera, en caminos por supuesto no asfaltados y llenos de piedras y obstáculos, los que iban dentro difícilmente habrían sobrevivido.

Cada, como mucho, 25 kilómetros, la diligencia cambiaba los caballos. En alguna de aquellas casas de posta había pequeños hostales para servir comida a los viajeros (hasta nueve), que casi con unanimidad éstos calificaban de bazofia. Una cosa no ha cambiado: el límite de equipaje, 11 kilos, era casi el mismo que hoy en los aviones. Los caballos, pues, cargaban con: nueve pasajeros, o sea unos 620 kilos; 5 de tripulación, 350 kilos. La diligencia, que vaya usted a saber lo que pesaba. Y hasta 100 kilos de equipaje.

La diligencia, contra lo que parece en el cine, no resolvía bien, en realidad no resolvía casi en lo absoluto, el problema del transporte entre zonas del país. Especialmente el transporte de mercancías, que era extremadamente complejo y lento. Para resolver este problema fue por lo que nació el Pony Express, y es sorprendente cómo es posible que un servicio tan efímero (apenas funcionó durante un año), fracasado (la empresa quebró) y caro (costaba el fortunón de 5 dólares por cada 30 gramos transportados) haya adquirido tanta fama con el tiempo. Pero la cosa tiene su justificación en la admiración que despertaron sus jinetes, en muchas ocasiones apenas adolescentes, por los riesgos a que se enfrentaron.

El jinete del Pony Express viajaba solo, y desarmado. Su fuerza era su capacidad de salir de najas si lo perseguían, sobre todo los indios. Por ello, la compañía reclutaba jinetes expertos y un tanto temerarios quienes, al ingresar en la empresa, tenían que jurar que durante los viajes ni beberían, ni blasfemarían, ni se pelearían, y recibían una Biblia como reconocimiento. Cubrían trayectos como los de la diligencia, más o menos, pero en menos de la mitad de tiempo: unos diez días. A menudo, los jinetes reventaban a los caballos, situación en la cual debían tomar la saca del transporte y llevarla a pie hasta la siguiente posta. Algunos, yo no diría que muchos, morían en el viaje, o bien por caídas de caballo o sucedidos parecidos, o bien asesinados por los indios.

Si en el día presente existiese el Pony Express, sus jinetes serían pandilleros de 16 años, que acabarían reventando a los caballos a base de darles la murga con el hip-hop.

En 1862, sin embargo, el panorama cambió radicalmente con la decisión del presidente Abraham Lincoln de autorizar la construcción de dos líneas férreas: la de la Union Pacific Railroad Co., que empezaría en Nebraska para llegar a California; y la de la Central Pacific Co. of California, desde San Francisco a Nevada (trayecto posteriormente ampliado).

Los constructores del ferrocarril recibían, merced a su encargo, jugosas transferencias de subvenciones desde Washington, así como la concesión de terrenos con los que se harían años después pingües beneficios; el ferrocarril traía la colonización, la colonización dinero, y la primera mano que estaba allí para recoger las plusvalías era la de los propios constructores. De este beneficio objetivo surge la obsesión de la Union Pacific  y Central Pacific por terminar sus líneas antes que el competidor; no era una cuestión de prestigio, sino de pasta.

El proyecto de la Union Pacific comenzó el 2 de diciembre de 1863, pero la línea no avanzó significativamente hasta después de la guerra civil, cuando fue nombrado director de la compañía un militar, Grenville Dodge, en cuyo honor existe hoy la ciudad de Dodge City. Por cierto, que Dodge City es también famosa por otro tema que os sonará. Era tal la población de seres prostibularios y fieles a la pendencia de la ciudad, que tenían un cementerio para ellos solos: Boot Hill, la colina de la bota, así llamada porque allí sólo se enterraban personas que no hubiesen muerto en la cama, sino con las botas puestas.

Tras la guerra, la Central Pacific, que iba un poco retrasada, decidió hacer un intento para alcanzar a su competidor. Así, contrató a 13.000 irlandeses y 16.000 chinos, casi de una tacada. En los tebeos de Lucky Luke, los constructores de las vías son chinos e italianos; lo recuerdo porque en una escena. ante la eventualidad de una explosión, los obreros gritan: ¡Campi qui pugi!, sálvese quien pueda, en italiano. Ignoro por qué esa nacionalidad, ya que la emigración italiana a América es algo posterior.

Aquellos 29.000 pares de brazos funcionaron. En seis años, terminaron la obra, que había sido agendada para diez. Fue en 1866, cuando la Central fue autorizada a construir más línea a partir del borde de Nevada para encontrarse con la vía de la Union, cuando se produjo la mítica y famosa competencia entre ambas, a ver quién construía más vía y encontraba al otro más cerca de su casa. La competencia fue tan dura que cuando ambos ferrocarriles estuvieron cercanos, hubo enfrentamientos entre cuadrillas de obreros a hostia limpia. No sólo eso sino que, cuando ambas vías llegaron para converger, las dos compañías, buscando con ello conseguir más dinero de Washington, siguieron construyendo vías paralelas, pretextando diversas razones. Finalmente, el Congreso americano dictaminó que ambos ferrocarriles debían encontrarse en el pueblo utense (de Utah) de Promontory Point. Allí, en el promontorio, se encontraron el 10 de mayo de 1869.

Y, mientras tanto, ¿cómo estaban los indios?

Pues, cabreados. Llegada la séptima década del siglo, los indios habían comenzado a experimentar la presión de los blancos en sus tierras, a pesar de que, en su mayor parte, se trataba de tierras asimismo otorgadas por los blancos. El primero en cabrearse fue Cuervo Pequeño, jefe sioux, quien, el 18 de agosto de 1862, fue responsable de una importante matanza de colonos en Minnesota.

No les faltaban razones a los sioux para cabrearse. El Senado norteamericano había modificado ya, varias veces, los límites fijados en 1851, conforme los colonos blancos habían ido mostrando interés por parte de los terrenos adjudicados a los indios. Los sioux, para entonces, estaban divididos en dos grandes bandas: los llamados campesinos eran aquéllos que estaban dispuestos a adaptarse a la situación (aquí los habrían llamado, pocos años después, cimbrios), lo cual significaba, mutatis mutandis, vivir de los subsidios gubernamentales. Los otros, los llamados salvajes o sioux de la manta (por negarse a llevar pantalones y taparse los remueldes con mantas de colores), preferían luchar.

Dado de que los sioux se habían llevado mujeres y niños blancos, la guardia de Minnesota salió en busca de ellos. En dos pequeñas batallas, ocurridas en Big Hound y Stony Lake, los indios fueron derrotados y devolvieron los rehenes.

Otro de los lugares comunes extendidos por la literatura, el cine y el buenismo antropológico es una leyenda urbana que dice que los indios trataban de puta madre a sus rehenas. Algunos textos dicen que si les hacían una herida en la planta del pie para que pasaran semanas sin poder andar; y que para cuando se curaban, las mujeres escogían quedarse con aquellos tipos tan guais. La puñetera verdad jodida es otra. En primer lugar, pocas veces una mujer blanca se acostumbró a casar con indio y vivir su vida, porque para dormir en tipis cuya construcción ha demandado el uso de ciertas cantidades de excremento, hay que valer. La comida no les molaba, las costumbres menos y, aunque la mujer blanca de entonces no es que oliese a Vittorio y Luchino precisamente, la verdad es que solía encontrar diferencias sustanciales entre su cheire, como decimos en mi tierra, y el de su marido forzado. A lo que hay que añadir que los indios no eran precisamente muy diplomáticos con ellas.

Las mujeres que sobrevivieron al secuestro del valle de Minnesota contaron verdaderas atrocidades que, una vez publicadas en la prensa local, germinaron en un ambiente generalizado en favor del exterminio de los indios. El juicio de Fort Snelling, donde fueron imputados los responsables de los hechos, fue cercado por las turbas, que querían linchar a los indios. Lincoln, aconsejado desde Washington, quería ser clemente, y lo fue. Perdonó a cientos de los encausados, pero no tuvo más remedio que ahorcar a los 38 más violentos.

Dos años más tarde, en Colorado, los indios arapahoes y cheyenes, aprovechando su derecho de salir de la reserva para cazar (en el post sobre Little Big Horn veréis que esta estrategia fue usada también por Toro Sentado), pasaron todo el verano y la primavera asaltando diligencias por la zona. En el otoño volvieron a la reserva y dijeron que eran pacíficos, pero ya era tarde. El ejército americano, al mano del coronel Chivington, entró en la reserva de Sandy Creek, donde practicó un verdadero genocidio en el que murieron hombres, mujeres y niños, hasta el último resto de ADN.

La apertura, en 1866, de la llamada Bozeman Trail, vía que unía el río Platte con Virginia City, generó un serio conflicto con los sioux. La carretera atravesaba sus lugares de caza, y por eso el jefe Nube Roja ordenó su sabotaje. El hombre blanco tuvo que construir tres fuertes en la zona para proteger las obras: Reno, Phil Kearny, y Smith. El caso es que los indios hacían la guerra gracias al hombre blanco; la Comisaría de Asuntos Indios, en efecto, repartía entre los pieles rojas fusiles de última generación, para quedar bien con ellos y facilitarles la caza. A ratos, con esas armas, ellos cazaban blancos.

La situación con los sioux, pero también con los kiowas, los cheyenes, los arapahoes y los comanches, se hizo tan insostenible que, en 1868, se convocó una especie de conferencia de paz en Fort Laramie. Aquéllos de vosotros que visitéis el post sobre Little Big Horn leeréis allí que el deficiente cumplimiento de los acuerdos de Fort Laramie, donde Nube Roja exigió la demolición de los tres fuertes, fue uno de los argumentos con que contó Sitting Bull para encabronar a los suyos contra Custer.

En 1869, los votantes americanos enviaron a la Casa Blanca al general Ulysses Simpson Grant, quien venía con ganas de fumar la pipa de la paz, motivo por el cual invitó a los jefes sioux a Washington. Pero no sirvió de nada. Grant, en su relativa ignorancia del mundo indio, creía haber parlamentado con los jefes de los indios; sin embargo, los tipos que en ese momento hostilizaban los caminos de Kansas, Colorado o Texas, jamás habrían obedecido a un jefe sioux.

Cuando Grant se dio cuenta de que no había conseguido nada fue cuando autorizó la creación del famosérrimo Séptimo de Caballería y puso al frente del mismo al teniente coronel Custer, dado que los indios lo temían (se decía que estaba tocado por una suerte sobrenatural) y había realizado ya acciones exitosas, como la del río Wachita cuando había diezmado a las huestes cheyenes del jefe Caldera Negra.

El 11 de septiembre de 1874, Barba Gris, jefe indio, interceptó en Fort Hays, Kansas, la carreta donde iba una familia de colonos blancos, los Germaine, camino de Colorado. Los indios mataron a los dos padres y a todos los hijos varones, y secuestraron a las cuatro hijas, la mayor de las cuales tenía cinco años. Tiempo después, una partida militar, comandada por un tal teniente Baldwin, se topó con el poblado de Barba Gris por casualidad. Baldwin, sin medios suficientes pues no tenía hombres a caballo sino 23 carretas, ordenó cargar con las mismas, en algo que se ha dicho muchas veces no tiene parangón en la Historia militar. Baldwin puso en huida a los indios y recuperó a dos de las cuatro niñas. Las otras dos nunca aparecieron; así de guais eran los indios con sus secuestradas.

Más al oeste, entre Texas, Arizona y Nuevo México, eran los apaches los que ponían problemas. Habían encontrado un jefe: Jerónimo, que sería finalmente capturado en 1886. En 1874, por lo demás, se produjo la tragedia de Little Big Horn; pero la resistencia india, en buena medida, se hacía ya en vano.

En mi post sobre la materia doy por hecho que Toro Sentado tenía muy claro que iba a perder la guerra con los blancos. Meses después de Little Big Horn, cuando los indios pudieron comprobar que tamaña humillación nada había cambiado, pudieron darse cuenta de hasta qué punto era verdad.

Todavía en 1877, sin embargo, hubo algún conato. Los narices perforadas, al mando de su jefe José, desenterraron el hacha de guerra, aunque su guerra fue un tanto peculiar, puesto que la practicaban mientras intentaban huir al Canadá. Durante los 75 días que duró la aventura, José pagó religiosamente todas y cada una de las viandas que se llevaba de las granjas por las que pasaba.

En 1890, cuando el presidente Benjamin Harrison resolvió quitarles a los indios el actual estado de Oklahoma y mandarlos a Dakota, los sioux se rebelaron por última vez. Toro Sentado, que para entonces era un reputado showman que realizaba espectáculos en el Canadá y colaboraba con el circo de Buffalo Bill, regresó para ponerse al frente de sus mesnadas. El 15 de diciembre, el ejército lo mató y consiguió controlar a los indios; aunque, la vuelta a Dakota, en Wounded Knee, se produjo un tumulto que acabó con la matanza de doscientos sioux más.

Tras algún tiempo en la cárcel, el apache Jerónimo salió libre y se empleó en el circo de Buffalo Bill. El circo se forró con él. En 1905, actuó en la ceremonia de juramento como presidente de Teddy Roosevelt.

Para entonces, los indios se habían convertido en el bello jarrón chino de la Historia de los Estados Unidos.

martes, julio 17, 2012

Fra Girolamo (7)


Carlos VIII tenía una ventaja sobre todos sus predecesores: reinaba sobre una nación ya construida. Todos los anteriores reyes franceses, desde Carlomagno, no fueron sino obstetras del enorme parto que fue diseñar y crear la nación francesa. Carlos heredó el resultado de aquella obra hercúlea y, consecuentemente, las ambiciones imperialistas que la caracterizarían durante los siguientes 300 años.

Carlos soñaba con emular a San Luis de Francia y dirigir una cruzada, que ya no lo sería contra los infieles, sino por la dominación de Europa. E Italia era su lógico objetivo. Contaba con muchísimos aliados dentro de la península y, muy especialmente, con el duque de Milán, Ludovico María Sforza, quien también estaba, a su manera, construyendo un proyecto centralizador del que beberían los arquitectos lombardos de la nación italiana casi 400 años después. Ludovico María había retirado del mercado a su principal rival en Milán, su fogoso sobrino Gian Galeazzo, encerrado en el castillo de Pavía. Gian Galeazzo, sin embargo, le facilitaba un elemento importante de su estrategia, puesto que se había casado con una miembra de la casa real napolitana, lo que le otorgaba, cuando menos teóricamente, derecho a reclamar esa corona.

Como suele ocurrir en muchos momentos de la Historia, el gobernante que quiere tocar las pelotas se busca justificaciones de alto standing para explicar su proceder. Carlos no fue una excepción y, no más piafó el primer caballo que desde París salía para invadir Italia, repitió a todos que aquella invasión era una Cruzada destinada a limpiar a la impía Italia. Esta teoría, que para Carlos no era sino un movimiento estratégico, encontró sin embargo oídos y voluntad animosos en la persona de Fra Girolamo Savonarola. Al buen dominico ferrarense afincado en Florencia, aquellas manifestaciones le sonaron a confirmación de sus profecías en el sentido de que el Vaticano estaba a punto de caer hundido bajo el peso de sus pecados.

Pero pasaron más cosas que abonaron las ideas de Savonarola. Desde el principio de su política imperialista respecto de Italia, París había temido que Nápoles, resistiéndose a ser invadida, buscase apoyo en el Vaticano. Una alianza con el Papa supondría para los reyes de Nápoles una importante ayuda militar. Los franceses intentaron impedir tal alianza, pero no lo consiguieron: en 1494, el papa Borgia y los napolitamos alcanzaron algo parecido a un Memorandum of Understanding. Cuando Carlos se enteró, se cogió un globo de la hostia y, consecuentemente, comenzó a bramar que la Iglesia necesitaba una reforma.

O sea, justo lo que Savonarola llevaba años gritando desde el púlpito del Duomo.

Savonarola, pues, tomó al rey Carlos VIII como la máxima expresión de sus profecías; y creyó tanto, y tan profundamente, en ello, que no fue capaz de ver que el rey francés no era sino un hábil político más, a la búsqueda de su propio interés, preparado para vender a su madre a plazos si era necesario para conseguir lo ambicionado. Lejos de ello, Savonarola comenzó a referirse en sus sermones al rey francés como “la Espada del Señor”, es decir, el elemento del mundo mortal escogido por Dios inmortal para hacer su Justicia. Y más: “¡Florencia! El tiempo de danzar y cantar ha pasado. Es la hora de llorar tus pecados con torrentes de lágrimas. Tus pecados, Florencia. Tus pecados, Roma. Tus pecados, Italia, son la causa de esta catástrofe. ¡Arrepentíos, rezad, uníos!”

Fra Girolamo, puesto que veía en Carlos VIII a un agente de Dios, pensaba que éste se pasearía por una Italia de ciudadanos que lo recibirían de rodillas en el borde de los caminos. Pero no fue así. Para su desesperación, la entrada del francés en Italia fue lentísima. En realidad, más que lenta, fue problemática. La aventura italiana del rey francés no era nada popular entre sus ciudadanos, que temían el enorme coste en impuestos que podría tener una guerra contra la potente armada papal; ningún católico podía olvidar, además, la potencia que siempre había exhibido el Vaticano a la hora de conseguir aliados. Los franceses, por lo tanto, temían llegar a encontrarse como Hitler en el siglo XX, peleándose con casi todos y disfrutando de la ayuda de aliados más bien débiles.

El aspecto financiero adquirió más y más importancia. Ludovico Sforza tuvo que engrasar las ambiciones del rey de Francia con 200.000 florines; el propio Carlos empeñó las joyas de la corona. Se endeudó hasta las cachas con los banqueros genoveses (ya para entonces conocidos por los catalanes en España con la nada elegante expresión “moros blancos”) y buscó la paz con España y Austria a base de cederles territorios, lo que encabronó todavía más a los franceses. La expedición sólo comenzó en agosto de 1494 después de que el Sforza aflojase otros 50.000 florines del ala; a su paso por Turín, el rey francés vendió las joyas de su tía, la señora de Saboya, y de la marquesa de Montferrat. Mucho tuvo que remar Ludovico para convencerle de que se llegase a Annone, en las afueras de Milán; aunque a la mayor parte de su ejército lo envió a Génova, camino por el cual los franceses se follaron hasta a las ardillas.

La expedición tenía que fracasar. Pero no lo hizo por un golpe de suerte. La flota francesa, que iba navegando entre cubata y cubata camino de Génova, avistó la flota napolitana. Finalmente, el enfrentamiento fue inevitable y, mamados y todo, los galos le dieron a los napolitanos hasta la esquina inferior derecha del yeyuno. Luego sometieron a la ciudad de Rapallo a un cañoneo brutal, desembarcaron allí, saquearon la ciudad y no dejaron ni una virgen de menos de 104 años en las calles. El anuncio del saco de Rapallo tuvo en los italianos el efecto que tendría en los holandeses el español de Malinas algún tiempo después. Italia, siempre tan proclive al heroicismo, bajó los brazos y saludó al rey francés como si lo conociese de toda la vida.

El francés lo tenía a huevo. Tenía una alianza con Milán. El segundo gran poder italiano (secular, claro está), Venecia, no se metería con él ahora que había demostrado que sabía destrozar flotas. Y el tercero, Nápoles, acababa de recibir una paliza. Sin embargo, el francés amagaba con volver grupas todos los días impares, acojonado como estaba con los informes que le llegaban sobre las cosas que se rumoreaban de él en los puentes del Sena. Sforza lo empalmaba con proyectos inconmensurables: una vez tomado Nápoles, le decía, serás fuerte para echar a los musulmanes de Constantinopla. Sabemos, sin embargo, que la noche que Carlos durmió en el castillo de Pavía, por lo tanto en el ducado de Milán, ordenó doblar la guardia. Claramente, no se fiaba de Sforza.

El otoño de 1494 pilló a los franceses sin un puto duro, en los primeros repechos de los Apeninos, y bajo una lluvia del carajo. A Carlos, toda la ilusión por aquella movida se le estaba escapando, y llegar a las puertas de Florencia no calmó su nostalgia. Los sobrinos de Piero de Medici le presionaban para que tomase la ciudad y la provincia, tras lo cual, le decían, también tendría de su lado Lucca y Pisa, felices de liberarse del mando toscano. Lo intentó, sin mucha convicción, chocando contra las murallas de la fortaleza de Sarzana. Entonces cambió de rumbo y fue a Pisa, donde entró en medio de vítores. Vítores, en buena medida, financiados por Ludovico Sforza, probablemente también responsable de que las espontáneas turbas derribasen una famosa estatua urbana, el león Marzocco, símbolo del gobierno florentino, y la sustituyesen por otra del propio Carlos.

Pisa, pues, avanzaba la bandera de la libertad respecto de Florencia. Pero, Arno arriba, en la propia Florencia, la ciudad abrazaba otra bandera: la de la libertad respecto de Piero de Medici.

Este pobre Pierino es conocido por la Historia como el Desafortunado, aunque, en realidad, debería ser conocido como El Tonto del Culo. Piero de Medici, en efecto, era uno más de esos machos alfa musculitos que creen que todo en la vida en jugar al fútbol y andar con tías. Cuando eres administrativo de una correduría de seguros, puede que la posesión de tan limitadas convicciones nunca te delate. Pero cuando eres el gobernante de una ciudad, ya la cosa cambia. Piero era un florentino gilipollas; tenía de florentino todo ese maquiavelismo de quien busca en cada momento la idea y la alianza que más le conviene. Pero tenía de gilipollas que sus cambios eran tan bruscos, y tan frecuentes, que acababa por cabrear a todo el mundo. En apenas un parpadeo, Piero de Medici pasó de apoyar a los napolitanos a enviar a Piero Capponi, su teórica mano derecha, a parlamentar con el rey francés. Y le dio unas instrucciones tan egoístas (o sea, que negociase para él, no para Florencia) que Capponi llegó a proponerle al rey galo que expulsase de Francia a los mercaderes florentinos, con tal de ganarse su apoyo personal.

A las puertas de una Florencia donde había un cabreo del setenta y dos contra su gobernante, el rey francés reclamó salvoconducto para atravesar la provincia. El gobierno de la ciudad le respondió con evasivas, y el francés se encabronó. Para cuando la Signora envió parlamentarios al campamento de Carlos para decirle que sí, que podía entrar en territorio de Florencia, éste ya lo había hecho, y no de muy buenas pulgas.

Piero de Medici voló a Pontremoli a entrevistarse con Carlos. Ante él, se bajó los pantalones y hasta se separó las nalgas. Le entregó Pisa y diversos castillos, entre ellos Sarzana, al que obligó a rendirse porque los franceses no habían podido tomarlo. Le otorgó tantas concesiones que cuando el documento llegó a Florencia, para recabar el preceptivo (y otras veces simbólico) nihil obstat del gobierno de la ciudad, los burgueses se encolerizaron y el propio Capponi llamó a la revolución.

El gobierno de la ciudad de Florencia, ya completamente euskaldunizado de su teórico gobernador, Piero de Medici, a quien incluso negaron el saludo, decidió enviar su propia embajada negociadora ante el rey francés. Hacía falta, además de políticos hábiles, alguien con adecuado don de la palabra. Y Piero Capponi pensó en una persona a la que admiraba mucho.

Girolamo Savonarola exigió hacer el camino hacia Pontremoli a pie. Sólo la agudeza y paciencia de Capponi consiguieron que aceptase ir a lomos de una mula.

Paso a paso



La vida se hace de pequeños sueños cumplidos.

La colección de La Soli, o Solidaridad Obrera, de mayo y junio del 37. El principal periódico anarquista de Barcelona, en las turbias jornadas que comenzaron con las crisis de gobierno nacional yt catalán, y terminaron con una guerra en las calles en las que los comunistas se llevaron por delante el poder de la CNT y del POUM.

Joder que me ha costado años. Pero el que la sigue, la consigue. A veces.

martes, julio 10, 2012

Jack Johnson, en Madrid


La pelea a puñetazos entre dos hombres comenzó a convertirse en un espectáculo a finales del siglo XVIII. Fue algo menos de un siglo después cuando esta actividad, prohibida por inhumana en algunos lugares, por ejemplo de los Estados Unidos, fue parcialmente humanizada a través de las reglas del barón de Queensberry que, entre otras cosas, introdujeron los guantes; aunque aún no impidieron que las peleas siguieran siendo interminables sesiones de golpes que duraban incluso horas.

A lo largo de todo el siglo XIX, en Europa y en América el boxeo fue captando adeptos y en muchos puntos, pese a estar formalmente prohibido, era seguido incluso por los jueces que debían hacer efectiva dicha prohibición. Los boxeadores antiguos peleaban exactamente igual que la gente de la calle, esto es con golpes un tanto caóticos y curvos. Sin embargo, a finales de siglo, James John Corbett comenzó a boxear de una forma más científica, con golpes directos, mucho más efectivos; había nacido el boxeo moderno. 

El 7 de septiembre de 1892, en el Olympic Club de Nueva Orleans, Corbett noquea en el vigésimo primer asalto al entonces campeón del mundo, el respetadísimo John Lawrence Sullivan, The Big, quizás el primer gran campeón de boxeo de la Historia.

A Corbett le sigue el reinado de Bob Fitzsimmons, a quien Corbett tiene en tan mala estima que sólo por impedir que se lleve el título vuelve a boxear tras haberse retirado, aunque no puede evitar que Fitzsimmons, mucho más joven, acabe con él. Años después, el 25 de julio de 1902, será Fitzsimmons quien caerá tras un directo a su estómago propinado por James Jackson Jeffries, apodado El Calderero, quien había sido sparring de Corbett.

El boxeo, en los momentos el cambio de siglo, evoluciona muy rápidamente. Pero no para dar cabida a los negros. Haber, haber, ha habido negros en los cuadriláteros desde el principio; incluso algunos esclavizados habían llegado a boxear como espectáculo cien años antes. Pero el mundo del boxeo no está en modo alguno preparado para aceptar el hecho, que cada vez es más palmario, de que, entre que el boxeo capta sus campeones entre personas de muy baja extracción social, y los negros lo son; y que, de hecho, los boxeadores de origen africano parecen o suelen estar mejor dotados para este deporte, resulta imposible de evitar el momento en que un negro sea el mejor boxeador del mundo.
A Jeffries, de hecho, le sucederá un campeón más modesto, Tommy Burns, quien pasará muchos años tratando de evitar los desafíos de los boxeadores negros, sobre todo de Jack Johnson, el mejor dotado de ellos. Los promotores tiemblan pensando en organizar una gran pelea que el contendiente negro acabe por ganar. De ahí nace el fenómeno conocido como la troika negra, o el grupo de grandes boxeadores de origen africano que, a falta de algo mejor, pelearon incansablemente entre ellos en los últimos años del siglo XIX y primeros del XX.

La troika negra estaba formada por Sam McVey, Joe Jeannette y Sam Langford, luego ampliada con Jack Johnson y Harry Willis. De ellos, quizás, la historia más triste fue la de Langford. Boxeador incansable, generó miles de dólares, si no millones, a lo largo de los años, para la bolsa de Tex Richard, su promotor. En los años veinte del siglo pasado, estaba ya muy viejo y casi ciego, aunque siguió peleando hasta que ya le fue totalmente imposible. Cuando se retiró, todo lo que Richard hizo por él fue contratarlo de barrendero en su gimnasio. Murió en 1956, en un asilo de beneficencia, en Massachussetts. 

Pero centrémonos en Johnson. Nació en 1878 en Galverston. Medía uno noventa, razón por la cual fue conocido como El Gigante de Galverston. Tras unos comienzos un poco dubitativos (en 1901 pierde un combate y hace un nulo), luego se tira cinco años seguidos sin perder, hasta que los jueces le escamotean la victoria que había obtenido justamente contra Marvin Hart.

Por aquel entonces, Johnson ya ha iniciado la “caza” de Tommy Burns, el súper-campeón blanco, por medio mundo. Por fin, consigue encontrarlo en 1908, en Sidney, Australia. La estrategia de Johnson es muy temeraria y Australia, además, es un país que no le hace ascos a la pelea entre un blanco y un negro. Burns, pues, no puede decir que no, y el combate se celebra el 26 de diciembre, en el Ruschcutter’s Bay Arena, ante la asombrosa cifra para la época de 16.000 espectadores. El combate es notablemente desigual; Johnson deshace a Burns en pedazos (de hecho, el boxeador blanco recibió aquella velada tantas hostias que, ya acostumbrado, se hizo cura). En un momento histórico, pues, un negro se proclamaba campeón del mundo de los pesos pesados (o el equivalente de la época).

A partir del minuto uno tras el final del combate, todos los aficionados al box, blancos, comienzan a fantasear con el blanco que se subirá al ring a recuperar lo que por esencia le pertenece a la raza superior. Todas las miradas se vuelven hacia Jeffries, El Calderero, quien, efectivamente, no tiene, probablemente, alguien que le pueda hacer sombra en el firmamento del boxeo blanco.

Tras muchos dimes y diretes, Jeffries acaba por aceptar el reto al que todo el mundo le empuja, y pelea con Johnson el 4 de julio de 1910, en Reno, Nevada. Un detalle muy americano: a la entrada del espectáculo, todos los espectadores son despojados de sus armas de fuego; se teme que si Johnson gana, el público lo linche. De hecho, el único hombre armado en ese combate es el árbitro, Tex Rickard. Unos estudios de Hollywood han pagado un auténtico pastón, 166.000 dólares, para filmar el combate.

Todo el mundo, todos los periódicos de los Estados Unidos, consideran a Jeffries favorito. Simple y llanamente, un negro no puede ganar a dos blancos seguidos. 

Pero Johnson noquea a su rival en el décimo quinto asalto. 

Tras estas dos victorias, Jack Johnson se convirtió en todo un símbolo para los negros; en un  negro tan poderoso que se permitía hacer las cosas que sólo hacen los blancos; por ejemplo, acostarse con blancas. En 1909, se casó con Etta Durya, una tía esquizofrénica que le hizo la vida imposible con sus paranoias hasta que se suicidó; después se casó con Lucille Cameron-Falconet, también blanca. Este doble matrimonio provoca una acusación por parte de la Justicia de quebrantamiento de la Mann Act, esto es, de cometer bigamia.

Johnson tiene que huir de Estados Unidos y se refugia en París, con toda su troupe, Lucille incluida. El 28 de noviembre de 1913, revalida allí su corona mundial ante el ruso André Spoul. Luego viaja a Buenos Aires, donde noquea, en una exhibición, a un boxeador vasco, apellidado Guillarachea. Los promotores quieren que vuelva a pelear por el título, pero Johnson no puede volver a Estados Unidos porque sabe que, en cuanto lo haga, lo detendrán por bígamo (y prófugo). Por esta razón, acepta pelear en La Habana, el 5 de abril de 1915, contra Jess Willard.

Las circunstancias del combate Johnson-Willard nunca se han aclarado del todo. En el asalto 26, el aspirante golpea al campeón y éste cae al suelo. Todos los testigos coinciden en señalar que, en ese momento, el combate no sólo está igualado, sino que Johnson está tan fresco y consciente como tiene por costumbre. Las fotos del campeón en el suelo lo muestran medio sentado, protegiendo los ojos del sol con el brazo; como un burgués tranquilamente semiacostado en una playa. Sin embargo, el árbitro cuenta, y decreta el KO. Nada más hacerlo, el público comienza a gritar sus sospechas de tongo.

¿Hubo tongo? Más que probablemente. Nat Fleischer, entrenador de Johnson, le confesaría décadas después al periodista español Fernando Vadillo que Johnson había recibido la visita de unos tipos que le habían prometido 70.000 dólares por dejarse ganar, más la inmunidad para sus delitos, es decir la posible vuelta a los Estados Unidos. Johnson valoraba mucho esta segunda oferta, porque allí vivía su madre, a la que no podía ver a causa de su exilio. Como aquellos hombres les dijeron que el dinero saldría de la recaudación del combate, Johnson y Fleischer, siempre según éste último, habían pactado un gesto secreto entre ambos como señal de que el manager había recibido la pasta, momento en que el negro se dejaría caer. Pasaron los asaltos y, el dinero no llegaba y el entrenador no daba la señal; por eso Johnson siguió peleando. Hasta que, en el asalto 26, Fleischer recibió un sobre, dio la señal, y Johnson cayó.

Cayó, sí. Como un gilipollas. Primero, porque en el sobre sólo había 52.000 dólares. Segundo, porque lo de la inmunidad era un engaño; el documento que le habían enseñado era una falsificación.

Contar la historia de Jack Johnson en un blog que se llama Historias de España tiene su importancia porque el ex campeón, huyendo de los Estados Unidos y del racismo, acabó recalando en Madrid, donde se convirtió en un auténtico espectáculo.

Madrid, en 1916, cuando Johnson y toda su familia y asistentes recalaron en el Palace, era una ciudad pequeña, provinciana y pacata. Una ciudad que no había visto jamás a un negro de uno noventa, masivo de músculos, encima vestido como Johnson, es decir como los negros nuevos ricos de las películas: sombrero de ala ancha con cintas de colores, manos enguantadas de amarillo, abrigo de piel sobre los hombros, traje ajustado con chaleco, brillantísimos zapatos de charol, y una leontina colgando del chaleco, de oro, que le habían regalado tras su triunfo sobre Jeffries, y que enseñaba, ufano, a todo transeúnte que se lo pedía durante sus largos paseos andando, calle Alcalá arriba y abajo, mostrándose. Bastón de junco y pajarita. Ni Madrid, ni España, habían visto jamás algo ni medio parecido.

El personal del hotel lo escucha, en la tarde, tocar el violoncelo; o le observa hacer puños en una esquina de la brasserie del hotel. Los periodistas le preguntan, y Johnson insiste en que no piensa dejar España. Dos son las razones para ello: una, que España no puede ser racista contra los negros, porque básicamente no sabe lo que es un negro; dos, que España es un país neutral, mientras que el resto de Europa, en guerra, no es precisamente un lugar interesante para recalar.

En julio, Johnson se desplaza a Barcelona, y el día 10 sube al ring en la plaza Monumental. Se enfrenta al irlandés Arthur Craven, dos metros y 105 kilos de carne blanca. Un tipo muy curioso. Boxeador y todo, cómo no lo iba a ser con ese cuerpo, su vocación real es la de bohemio y chulo, puesto que, si está en Barcelona boxeando, es sólo porque su primer proyecto personal, vivir en Montmartre pintando cuadros horribles y viviendo de las tías, no le ha salido bien. Al declararse la primera guerra mundial, Craven es movilizado, pero deserta, cruza los Pirineos, y aparece en Barcelona. Tras el gong que anuncia el primer asalto, pasan cosa de diez o doce segundos antes de que Johnson le atice una hostia monumental, que da con el irlandés en el suelo. Victoria, pues, a lo grande. A lo negro. 

Es el no va más del ex campeón. Montado a la grupa de su promotor en Barcelona, el dueño del cabaré Excelsior (que luego fue el cine Cinemar), conoce a los súper-famosos españoles de su tiempo, el primero de ellos el torero Rafael Gómez “El Gallo”, y frecuenta cafés, cafetines y cabarés, gastando a manos llenas.

Regresa a Madrid el 3 de abril de 1908, y pelea en el Circo Price con Blink McCloskey. Victoria a los puntos en sólo cuatro asaltos (era una exhibición).

El 10 de marzo de 1916 boxea en Madrid contra Frank Crozier, un jamaicano boxeador errante, al que gana a los puntos en diez asaltos. 

Se hace socio del exclusivísimo club de golf Puerta de Hierro, en el que, de aquella, no entraban abogados ni médicos, mucho menos simples ciudadanos de clase media, sino miembros de la altísima alcurnia aristocrática de la ciudad. Pero cuando no almuerza en el selecto club de Puerta de Hierro, se mete en cualquier taberna de la Cava Baja a meterse al cinto un buen cocido madrileño, que le vuelve loco. En verano, realiza una serie de exhibiciones en ciudades levantinas.

Sin embargo, Johnson tiene nostalgia de, cuando menos, el continente donde ha nacido. El 12 de febrero de 1919 pelea en Madrid con Bill Flint y, luego, decide irse a México. Una vez allí, ya no puede más y, en octubre de ese mismo año, se entrega al sheriff de San Diego. Pasa seis meses en prisión, y luego reaparece como boxeador, en Mexicali; y sigue boxeando hasta el 15 de mayo de 1928, cuando se retira tras perder contra Bill Hartwell.

Tiene 50 años y se va a vivir al Harlem de Nueva York. Parece acabado pero, simplemente, se recicla. Funda una orquesta de jazz, crea exitosos espectáculos de vodevil, y deja que un escritor, Tony van der Bergh, publique una biografía suya: The Jack Johnson story. Un libro alucinante en el que se cuenta que Johnson fundó un restaurante en Madrid y que llegó a ser torero, medio apadrinado por Joselito, pero que fue volteado por el morlaco en su primera faena.

Según el celebérrimo reportero español José María Carretero (El Caballero Audaz), con más de sesenta años, Johnson volvió a Madrid, justo en los años anteriores a la guerra civil. Lo que sí se sabe ciertamente es que aún en 1945, con 67 años, boxeó en una exhibición con su compañero de troika Joe Jeannette. 

Un año después, 10 de junio de 1946, murió en un accidente de tráfico el más madrileño de los campeones del mundo de los pesos pesados.