lunes, mayo 21, 2012

La Restauración


Con el fracaso de la monarquía de Saboya y la I República española, al tiempo evidente y doloroso, los ojos de España se volvieron hacia la institución monárquica. Pero aquella apelación ya no podía ser, como lo había sido apenas unas décadas antes, sin condiciones. Entre 1820 y 1870, en apenas cincuenta años, habían pasado en el país un montón de cosas, entre ellas dos guerras civiles y una tercera que estaba en ciernes, que habían cambiado totalmente los puntos de vista.

La sociedad española no estaba dispuesta a aceptar un rey asentado sobre los principios de la tradición. Medio siglo antes había sido posible dar vivas al encadenamiento de un pueblo que obedece a un rey absolutista; pero, por medio, España había cambiado tanto, y tan rápido, que la presencia liberal en el país, que había sido aplastada por un ejército absolutista extranjero menos años antes que los que ahora hacen de la guerra civil, ya no podía ser obviada en modo alguno. El condicionamiento liberal era muy fuerte, así pues, mientras el carlismo español seguía hablando de rancias normas de abolengo, de cómo los borbones habían conculcado las sagradas normas de la sucesión agnaticia de la corona, España no estaba ya para escuchar esas milongas (aunque cabe recordar que este argumento, el de que el rey debe serlo porque le corresponde por derecho histórico, volvería a ser desapolillado por un príncipe presuntamente moderno, Juan el Veleta, cuando le dio la ciclotimia antifranquista). A los carlistas, a finales de siglo, les apoyaban, fundamentalmente, quienes siempre habían tenido algo más que ganar que el puro tradicionalismo católico monárquico, es decir los nacionalismos vasco y catalán.
Sin embargo, la restauración borbónica tampoco estaba clara. En París, en el palacio Basilewski, residía la reina Isabel II, que había sido puesta en la frontera por la revolución de 1868, llamada La Gloriosa; y, en realidad, un monárquico que se precie de serlo nunca aceptará que la monarquía regrese en otra persona que en la del rey depuesto, si sigue vivo. La candidatura de Isabel II, sin embargo, era incómoda y roñosa, un tanto chirriante, como sabían bien los monárquicos más, digamos, modernos de su momento. Isabel, igual que nunca se había librado de esa incómoda lesión herpética que siempre le dio de sufrir, tampoco se había librado nunca del hecho de que había nacido, y crecido, absolutista. Los españoles sabían que el concepto que tenía aquella reina de compartir derechos con el pueblo era la fórmula de Carta Otorgada, esto es, el rey dice: si te doy derechos y potestades, pueblo mío, es por la única razón de que me sale(en este caso) del juju.

Hay dos personas que, a pesar de tener un perfil conservador evidente, tenían muy claro que la vuelta de la monarquía no podía pasar por Isabel II y su entrepierna del Antiguo Régimen; dos personas, por ello, fundamentales para la Historia de España. Una es Antonio Cánovas del Castillo, el gran muñidor de la Constitución de 1876, un ejercicio jurídico interesante consistente en redactar un texto constitucional en el que, cuarta arriba, cuarta abajo, cabía cualquier cosa. La otra persona era José Isidro Pérez Ossorio Silva Zayas Téllez-Girón, marqués de Alcañices  y de los Balbases y duque de Sesto, a quien, para abreviar, la propia reina conocía como Pepe.
Pepe es un elemento importante en la Historia de España porque es, realmente, quien abate la intención de la reina de hacer un casus belli de su vuelta a España en loor de monarquía. El partido conservador, o sea la derecha de la derecha, y muy especialmente Juan de la Pezuela y Ceballos, primer conde de Cheste, le come la oreja a esta monarca exiliada, de toda la vida aquejada de cierto furor uterino, con que ella debe de ser la reina. Como digo Cheste, como otros correligionarios suyos, no hace sino aplicar el catón del buen monárquico absolutista, para el cual el derecho a la corona es inmanente y, en consecuencia, no se puede cambiar. Sin embargo, Cánovas no es de esa opinión. Opinaba este político, apoyándose en sus impresionantes conocimientos históricos, que existía un alma inmortal española de la que formaban parte, sobre todo, dos elementos: la institución monárquica, y la religión católica. Sin embargo, como acabo de decir, su visión era institucionalista, no personal; lo cual quiere decir que, en realidad, pensaba que era mejor, incluso lícito y lógico, sacrificar a las personas en aras de la institución. El marqués de los Balbases, o sea Pepe Alcañices, era de su misma opinión. Y lo era desde un monarquismo que no tenía nada que envidiarle al de Cheste. Sin ir más lejos, Alcañices tenía su casa, o sea su palacio, donde hoy está el Banco de España, en la calle Alcalá de Madrid; y, durante el reinado de Amadeo de Saboya, su mujer tenía aleccionado al servicio para que, al paso de la carroza del rey, se cerrasen todas las contraventanas, en signo de desprecio y oposición absoluta al nombramiento del italiano al frente de una corona que ellos consideraban borbónica.
Con esta fuerza moral, más otro factor no desdeñable y es que, en París, la reina era pobre como una perra (con perdón) y era la pasta de Alcañices la que le permitía vivir como vivía, fue como Sesto acabó por convencer a Isabel II de que no pusiera obstáculos a la candidatura de su joven hijo Alfonso a la corona de España. Famosa es la anécdota en la que un día, pasando el hijo al gabinete de la madre, que se encontraba con el marqués, ésta le dijera: “Alfonso, dale la mano a Pepe, que te ha hecho rey”. Frase pronunciada el 25 de junio de 1870; la misma en la que Isabel II firmó su abdicación en favor de su hijo.

Todo el mundo que sabe algo de la Historia de España sitúa en la madrugada del 3 de enero de 1874 el final de la I República española, con la entrada del general Pavía en el Congreso de los Diputados. Es así, pero no del todo. Manuel Pavía y Alburquerque era un militar de pura cepa, que a los 40 años ya era mariscal de campo, y estaba lejos de ser un derechista peligroso, pues en la Historia de España lo encontramos, por ejemplo, acompañando a Juan Prim huyendo a Portugal tras el fracaso de Villarejo de Salvanés. El primer presidente de la República, Estanislao Figueras (quizás el único ejemplo en nuestra Historia de un gobernante democrático que huyó de España tras dimitir de su cargo) echó mano de él cuando cesó al general Moriones, que estaba conspirando en Álava en favor de los borbónicos. Y Salmerón, durante su presidencia, también lo llamó para realizar una campaña anticantonal en Andalucía. De hecho, la I República española le concedió a Pavía la Laureada de San Fernando y el segundo entorchado.

A pesar de todo esto, Pavía siempre ha tenido fama de militar derechón, reaccionario, que entró en las Cortes para quebrar el rumbo de la República, que consideraba excesivamente radical. De Santiago Carrillo se dice que, al entrar los guardias civiles del teniente coronel Tejero en el Congreso el 23 de febrero de 1981, musitó: “Cuánto ha tardado en volver el caballo de Pavía”. Sin embargo, Pavía, como digo, estaba lejos de ser un personaje antirrepublicano, había defendido la República y sido condecorado por ello. Pero era, por encima de todo, anticarlista, es decir, antitradicionalista. Y fue por ello que hizo lo que hizo en enero de 1874. Él mismo explicaría ante las Cortes, años después, que “si yo no hubiese ejecutado el acto del 3 de enero, España entera me habría despreciado y el Ejército maldecido, porque sin aquel acto no hubiera terminado aquel mes sin que entrara en Madrid don Carlos de Borbón”.

Pavía, por lo tanto, tomó el Congreso y expulsó de él a los diputados. Acto seguido, reunió en el salón presidencial al general José Serrano, duque de la Torre; al marqués del Duero, Manuel Gutiérrez de la Concha e Irigoyen; al marqués de La Habana, José Gutiérrez de la Concha Irigoyen Mazos y Quintana; a los almirantes Pascual Cervera y Topete y José María Beránger y Ruiz de Apodaca; y a los políticos Práxedes Mateo Sagasta, Antonio Cánovas, Alonso Martínez, Nicolás María Rivero, Cristino Martos, Manuel Becerra, Eduardo Montero Ríos, y otros de menor calado. En ese punto, Pavía les comunica su intención de formar un gobierno que acabe con la insurrección cantonal de Cartagena, todavía vigente, y derrote a los carlistas.

Entre los políticos, hubo dos respuestas o, por decirlo así, tendencias. Cánovas propuso un gobierno más o menos tecnocrático, que resolviese más adelante los problemas ideológicos y constitucionales. Cristino Martos, por su parte, propuso la continuidad constitucional republicana, esto es, el nombramiento de una nueva Presidencia de la República. El marqués del Duero, personaje de gran importancia en la institución militar de la época que no por casualidad tiene una estatua en la Castellana de Madrid, requirió a Pavía su opinión; a lo que éste afirmó que no se oponía a la solución republicana, mientras que la república fuese unitaria (o sea, centralista y no federal); Cánovas respondió a eso afirmando su fe monárquica, pero aceptando otorgar su colaboración; o, más bien, su no-oposición.
Pavía estuvo torpón en el siguiente paso. En realidad, sólo impuso un nombre, el de Eugenio García Ruíz, como ministro del nuevo gobierno (Gobernación, o sea Interior). García Ruiz era un furibundo republicano, eso sí unitario, que lanzaba unas soflamas de la leche desde su periódico, que llevaba el significativo nombre de El Pueblo. Con este nombramiento, el militar que había entrado en las Cortes creía salvada la República; con lo que no vio que dejaba demasiados ámbitos de poder sueltos, todos los cuales se los aplicó el general pijo, o sea Serrano.

Bueno, en realidad, aquella tardorrepública era un duopolio: el ejercido por los generales Serrano y De la Concha. El otrora amante de la reina, conocido en los Madriles como El general bonito, contaba con el genio militar de Concha para presentar batalla a los carlistas y, merced a esa victoria, que debemos recordar fue el primer y principal motivo de que Pavía quebrase bruscamente el rumbo de la República, el régimen se prolongaría sin rey, otorgándole a él una presidencia vitalicia, que es lo más parecido a la corona que hay sin serlo. Cuando el marqués del Duero levantó el sitio carlista de Bilbao, por lo tanto, Serrano se apartó para dejarle a su compañero todos los laureles, lanzándole con ello el mensaje de que, si bien el poder político era suyo, el militar sería del marqués. Aquel esquema podría haber funcionado.
Sin embargo, no funcionó. El 27 de junio de aquel mismo año, en Monte Muro, una bala acertó a encontrar el cuerpo del marqués del Duero y acabar con su vida. La muerte de Concha dilató el momento de la victoria militar contra el carlismo y supuso para el duque de la Torre un traspiés insalvable, porque con él había perdido la capacidad de hacer viable su régimen unipersonal tan sólo formalmente democrático. A partir de ahí, Serrano peregrinó más que gobernó, con cuatro gobiernos distintos en apenas un año, deriva puteona que no hizo sino extender en los cuarteles el virus restauracionista, habilidosamente difundido por Cánovas y sus terminales, la primera de ellas el brigadier Luis Dabán.
Por cierto que, en su época, aquella España un tanto, o un mucho, machista, se hizo lenguas con la hipótesis de que las ambiciones de Serrano no se debiesen, o no se debiesen sólo, a su voluntad, sino a la de Antonia Domínguez y Borrell, condesa de San Antonio y duquesa consorte de la Torre; o sea, su churri.
Los testimonios contrarios a esta mujer son legión. Wenceslao Ramírez de Villa-Urrutia, primer marqués de Villa Urrutia, hizo de ella un retrato cruel: “dama de peregrina hermosura pero de escaso intelecto, pues algo ha de quedar para las feas”. Otros la pintan en el curso de las recepciones oficiales peleando, incansable, por puestos preminentes, debidos a su condición de mujer de un ex regente; condición que, como digo, exigía fuese ejercida para sobreponerse en el protocolo a las mujeres de embajadores en uso de su mandato. Todas estas historias señalan su voluntad de hacer de su marido la primera figura de España, y de ella lo que hoy diríamos la Primera Dama. En condiciones tales, se ganó la enemiga de los monárquicos, y de todos ellos más que de ninguno de Cánovas. De hecho, Cánovas, habitualmente moderado y poco dado a la chanza, le soltó un corte de la hostia a la señora durante una cena en casa de los Serrano cuando, por ausencia de última hora del duque, ella le ofreciera su silla diciéndole: “Hoy tiene usted que remplazar a mi marido”; a lo que Cánovas respondió, con voz clara: “¿Hasta qué hora?”
La mujer de un político de la época, Jacinto María Ruíz, le escribió a la reina Isabel a París que “Dios, en su justicia, le ha dado al duque de la Torre, para su castigo, la mujer que merecía; esta mujer hace de él lo que quiere y lo llevará al abismo”. Entre otras cosas, esta jugosa carta revela detalles tan divertidos como que el general Serrano, incapaz de negarle a su mujer el ayuno de los viernes cuaresmales, cenaba con ella las viandas de vigilia y después, pretextando que se iba a Llardy a tomar café, daba cuenta allí de unos solomillos de puta madre.

Paradójicamente, otro que sintió mucho la muerte del general fue Cánovas, el capitán de la causa monárquica. Es por ello que muchos historiadores se han quejado de que las relaciones de Concha con Cánovas, o con la reina Isabel, no se hayan estudiado a fondo; afirmación que vendría a insinuar que el general podría estar detrás de la idea de dar un golpe de fuerza militar en favor de la monarquía; golpe que él era el único con prestigio suficiente para dar.
La muerte de Concha alejó toda posibilidad de un golpe militar monárquico, cuando menos en la mente de Cánovas. El político conservador se negaba en redondo a esta posibilidad, pues quería el regreso del rey con todas las de la ley. “Lo que hay que hacer es preparar la opinión ampliamente y luego aguardar con paciencia y previsión una sorpresa”, le escribe a la propia reina el 13 de abril de 1874. Y el 8 de mayo: “cualquier indisciplina puede perdernos”. Son formas elegantes de exigir a la reina que no sea pollas y dé pábulo a quienes, con seguridad, están viajando París a ofrecerle alzamientos, gritos y pronunciamientos que, Majestad, no pueden fallar.

El 28 de noviembre de 1874 es el cumpleaños del príncipe, que Cánovas, en Madrid, convierte en una manifestación de fe monárquica. El gobierno, nervioso, amenaza con deportar a los marqueses de Molíns y de Villar, monárquicos conspicuos. Asimismo, prohibió a la prensa felicitar al rey y, asimismo, prohibió en todas las fondas de España que se sirviesen comidas de más de seis cubiertos.
Sin embargo, el sentimiento en España es cada vez mayor. Agotados por una república vacilante y caótica, que ahora ha devenido en inoperante y tan sólo formalmente democrática, los españoles añoran a ese rey que la propaganda canovista les vende como si fuera la hostia en verso. Desesperado, el general Serrano impulsa la candidatura de la duquesa de Montpensier para ser reina de España, buscando dividir a los monárquicos, una vez que la abdicación de Isabel II los ha unido (bueno, neto de los carlistas, claro; que cada día cuentan menos). Sin embargo, el problema de Cánovas no era la oposición republicana, sino la fuerte presión militar en favor de un golpe. Uno de los grandes conspiradores monárquicos en la milicia, el brigadier Luis Dabán, le escribe en diciembre de 1874 una carta al general Martínez Campos en la que le informa de que teme ser destituido el mes siguiente, lo que debilitaría la causa alfonsina. El 21 de diciembre, Martínez Campos le escribe a Alfonso de Borbón confesándole: “me he hecho incompatible con don Antonio Cánovas, que podrá ver con más calma y lucidez el estado de los asuntos, pero que yo creo que no va por buen camino; y he creído de mi deber acudir a VA rogándole me autorice reservadamente para obrar independientemente de él”.
El día 27, Martínez Campos abandona Madrid, camino de Valencia. Según todos los indicios, lo hace sin haber recibido contestación del príncipe (entre otras cosas porque, merced al diario del coronel Juan de Velasco, que entonces era acompañante de Alfonso, sabemos que él no estaba en París, adonde fue enviado el mandado, sino en Inglaterra). La marcha a Valencia de Martínez Campos está provocada por un telegrama del almirante Aznar: “Naranjas en condiciones”. Es el santo y seña pactado con Dabán de que las cosas están bien para un movimiento. En Madrid, únicamente le comunica que va a pronunciarse a su amigo el general Valmaseda, y se lo insinúa a la condesa de Heredia Spínola, furibunda monárquica que suele comerle la oreja con que es demasiado blando con la situación. En esa misma casa deja una carta dirigida a Cánovas, con la instrucción de que no le sea entregada hasta que “se tenga noticia en Madrid de lo que voy a hacer”.
La discreción de Martínez de Campos tuvo su fruto. El gobierno poco supo de las intenciones monárquicas y el jefe del Estado estaba en el Norte, en la guerra. Cinco días antes de la movida, Castelar, prohombre republicano, le escribía una carta a un amigo en la que le aseguraba que la causa monárquica estaba en su punto más bajo.

Lejos de ello, el 29 de diciembre, a eso de las nueve de la mañana, Martínez Campos arenga a los soldados de la brigada Dabán a las afueras de Sagunto (el jefe de la guarnición de la ciudad, coronel Ripoll, se negó a que la proclama tuviese lugar en su interior), proclamando rey a Alfonso XII. El capitán general de Valencia el general Ignacio María del Castillo, no se opone y pide al gobierno su relevo. El general Joaquín Jovellar, jefe del Ejército del Centro, adhiere a éste al movimiento.

Esa misma mañana, el grito de Sagunto se conoció en Madrid, pero el gobierno apenas dio instrucciones al gobernador civil, Juan Moreno Benítez, para que detuviese a Cánovas, el duque de Sesto, y otros monárquicos. Alcañices, por cierto, se enteró con tiempo e, inmediatamente, fue a la calle de la Madera, donde vivía Cánovas, para advertirle. Pero el político conservador se negó a moverse, porque no quería ser identificado con el movimiento insurreccional. Sin embargo, dio instrucciones a Alcañices para que huyese, y le cedió los poderes de acción que a él le había dado la reina. Así pues, Alcañices volvió a su palacio, el actual Banco de España, donde se encontró con varios amigos, entre ellos el famoso y algo violento Felipe Ducazcal. Hizo salir, solo, a su mozo de cuadras, Manuel Sánchez, a quien todos en Madrid llamaban El Calandria. Éste esperó en la calle de la Greda con un coche de alquiler, en el cual fueron ambos a casa de otro importante monárquico, Alejandro Castro; y, probablemente por no sentirse seguros ahí, acabaron por irse a hacer noche a la de José Ramiro de la Puente y Apecechea y González-Nardín, marqués de Alta Villa.
Moreno Benítez se negó a alojar al detenido Cánovas en su destino, digamos, legal, que era la pútrida e insalobre cárcel de El Saladero, en la plaza que es hoy de Santa Bárbara (llamada así porque antes había sido un matadero de cerdos). Así pues, Cánovas quedó inmovilizado en un despacho del propio gobierno civil. Hasta allí tuvo que llegarse un joven de 17 años, Julio María de la Luz Claudio Francisco de Asís Elías Nicolás José Santiago Gaspar de Todos los Santos Quesada-Cañaveral y Piédrola Osorio Spínola y Blake, quien algún día sería conde de Benalúa y duque de San Pedro de Galatino pero que, entonces, no tenía más características que ser sobrino y ahijado del duque de Sesto y lo suficientemente joven como para no despertar sospechas. La propia policía le ayudó en su encomienda pues, en saliendo del palacio de Alcañices en compañía de otro tío suyo, el marqués de Castelar, la bofia detuvo a éste creyéndole el duque de Sesto, y lo llevó al gobierno civil. Allí se deshizo el error pero, mientras las aclaraciones venían, el chico tuvo tiempo de localizar a Cánovas y darle la misiva secreta que su tío le había dado para el politico conservador. De tan mala manera, pues, controló el gobierno formalmente republicano las comunicaciones entre los monárquicos.
[Aunque no tenga nada que ver con nuestra historia, Benalúa fue enterrado en Granada, a su fallecimiento, el 17 de julio de 1936; esto es, apenas horas antes de estallar la guerra civil, con lo que, probablemente, se convirtió en el último español significado cuyas exequias se produjeron antes de empezar ésta].
Al día siguiente, Sagasta y todo el gobierno estaban muy nerviosos y, en puridad, su gran esperanza era que Cánovas permanecía contrario al golpe. De hecho, al parecer Cánovas dio instrucciones al marqués de Valdeiglesias, Ignacio José Escobar y López Hermoso, propietario del diario monárquico La Época, para que éste se posicionase claramente contra el golpe. Sin embargo, si esto fue así, primero Escobar le convenció de que no podía ir contra los hechos (para entonces los conservadores, reunidos en casa del conde de Cheste, poco menos que querían descuartizarlo por no apoyar el grito de Sagunto); y, finalmente, el gobierno decidió, suspendiendo el periódico.

Durante todo el día, el gobierno sondeó los cuarteles, y lo que encontró fue tan categórico que resolvió no disparar ni un solo tiro (como de hecho ocurrió) e intentar una última medida desesperada. En la tarde, Cristino Martos visitó a Cánovas en su “cárcel” del gobierno civil.
Según el testimonio de quien luego sería marqués de Valdeiglesias, entonces un adolescente que se había colado, literalmente, en la habitación, el diálogo fue tal que así.
MARTOS: Yo respeto tu patriotismo, tus ideas y tu conducta política. Pero en este instante, cuando tenemos guerra en Cuba, guerra en el Norte y los restos de las cantonales, no creo que se deba llevar al país a otra guerra civil. El momento es inoportuno.
CÁNOVAS: Yo he deseado la restauración de otra manera, pero ante la actitud del Ejército y la opinión unánime del país, acepto y recojo el procedimiento. No puedo oponerme a él, es mi deber. Y estate tranquilo; no habrá otra guerra civil, nadie la desea; la restauración, y con ella la paz, son un hecho.
A eso de las ocho, mientras los Moreno Benítez obsequiaban con una opípara cena al detenido y sus acompañantes, el gobierno, reunido en el Ministerio de la Guerra (en Cibeles, frente al Banco de España), telegrafiaba a Serrano. Serrano les comunicó que, en el Norte, las tropas habían declarado que no lucharían contra defensores de Alfonso. En la Puerta del Sol, a esa hora, un hombre, cuya filiación ignoro, fue detenido por dar vivas a Alfonso XII. Pero, probablemente, antes de que llegase a la comisaría, el gobierno ya había cedido sus poderes en el capitán general de Madrid, quien, inmediatamente, había llamado a Cánovas a formar gobierno. El capitán general se busca un emisario de confianza para el receptor: Gonzalo de Vilches y Parga, primer conde de Vilches, apasionado hombre del aparato estatal de Isabel II que ha quedado bastante apartado de la primera línea política, y precisamente por eso de indubitables credenciales monárquicas. Pero cuando Vilches llegue al gobierno civil se encontrará con que Cánovas ya no está ahí: tras la cena, el gobernador lo ha liberado y de hecho Cánovas, con su pequeña troupe, se ha ido hacia el Ministerio de la Guerra.

Allí, una vez que llegó también el duque de Sesto, se formó el primer gobierno de regencia.  La I República había muerto. Entre todos la mataron, y ella sola se murió.
El general Serrano, por su parte, se despedía en el Norte de su sueño imposible de llegar a ser, algún día, Príncipe de Vergara como Espartero. En Tudela, donde se encuentra, resigna el mando en el siguiente del escalafón (aunque mi documentación no es completa, pudo ser en Álvaro Laserna y Martínez de la Hinojosa, segundo conde de los Andes), y atraviesa la frontera.

Adivinanzas (José María Chao)

Pues sí, las respuestas, como siempre, iban bien tiradas. Hay quien dijo Vigo porque el protagonista de la anécdota, José María Chao, era de Vigo; pero la respuesta más precisa era Santiago de Compostela, porque fue allí donde este liberal a machamartillo, químico y farmacéutico, estableció su botica.

Lo de la carta dejemos que lo cuente, mejor que yo, el poeta gallego Curros Enríquez, en el delicioso libro dedicado a glosar la vida del hijo de José María, Eduardo Chao:

Paseábase un día en su despacho el general Eguía, de infausta memoria. Aquel tigre, a quien Fernando VII había hecho capitán general de Galicia, no debía hallarse de muy buen humor.

De pronto, entró en su despacho uno de sus ayudantes.

- Mi general -hubo de decirle-; acaban de entregarme este pliego urgente para VE.

- ¡Ábrelo! -Replicó el general secamente, sin dejar su paseo ni levantar la cabeza.

El oficial abrió el sobre.

- ¡Mi general! -Volvió a decir-: El pliego trae un segundo sobre, que dice: Urgentísimo y reservado.

- ¡Ábrelo! -Volvió a decir el general; y continuó paseando.

El oficial abrió el segundo sobre.

- ¡Mi general!, hay un tercer sobre, y dice: Reservadísimo. Del Rey, para el general Eguía.

El general se detuvo.

- ¡Veamos! -Dijo, alzando la frrente y recogiendo el pliego de manos de su ayudante.

Dirigióse a su mesa, se sentó en su sillón, y apoyando el pliego en uno de los cajones que tenía abiertos, introdujo el índice por uno de los dobleces y rompió el sobre.

En el mismo instante se oyó una fuerte detonación; la mesa salió en pedazos, y el general y la silla rodaron pòr el suelo.

Cuando se levantó, tenía una de las manos destrozada.

- ¡Aun me queda la otra para ahorcar al culpable! -Dijo; y luego, reparando en los restos de la carta explosiva, cuyo fulminante había rozado el general con el dedo, añadió-: ¡Nadie más que Chao es capaz de inventar obra tan perfecta!



 

viernes, mayo 18, 2012

Adivinanza

Ando pensando ahora mismo que hace tiempo que no dejo ninguna adivinanza finisemanal.

Así que, vaya, sin preámbulos:

¿En qué ciudad vivió casi toda su vida el inventor de la carta-bomba (y, de hecho, la envió)?

Ojo, nos os vaya, la pregunta, a estallar en las manos...

Imperator follator: Calígula


Si de las historias que sobre Tiberio se puede y se suele dudar, la intensidad, consenso y frecuencia de los relatos que los historiadores antiguos han hecho de Cayo Calígula dejan poco margen para pensar en una mentira.
Cayo Caligula, llamado así porque de niño era el juguete de las legiones que comandaba su padre Germánico (Calígula es diminuto de caliga, bota; significa, por lo tanto, botita, mote que se refiere a las botas militares de niño que llevaba), no terminó su vida siendo normal. No está claro que tuviese siempre problemas mentales; aunque Robert Graves lo dibuja como un sicópata de nacimiento que, incluso, mata a su padre de miedo, no me parece a mí que algo así se pueda afirmar con rotundidad, porque, como emperador, tuvo unos inicios al parecer bastante equilibrados, hasta un momento en que enfermó, tan gravemente que se temió por su vida; pudo ser esa enfermedad la que le provocase los problemas que tuvo.
Hay que decir, en todo caso, que hay analistas de Calígula, como el francés Régis Martin en su libro sobre los doce césares, que reducen eso que podríamos denominar el misterio Calígula a términos bastante sencillos. Para Martin, por ejemplo, las excentricidades y los abusos de poder cometidos por Calígula serían el simple reflejo del hecho de que adquirió un poder casi total, imperial, siendo muy joven; y que, además, siguiendo a su padre, Germánico, fue criado en la vertiente oriental del imperio romano; una parte del mundo acostumbrada a los reyes con poder absoluto, ejercido no pocas veces con brutalidad. La combinación de ambos factores, el aburrimiento y la propensión al poder total, explicarían buena parte de su conducta.

Cayo Calígula se casó en el año 33 con una hija de Marco Silano, Julia Claudila. A todas luces, fue un matrimonio político, porque de esta forma emparentaba con uno de los patricios más poderosos del imperio, buscando con ello consolidar su situación. Junia, sin embargo, murió de parto tres años más tarde, tras lo cual Calígula empezó a mostrar su propensión a las relaciones no muy normales pues, en lugar de casarse, como habría sido lo normal, inició una relación con la mujer de Macrón, prefecto de la guardia pretoriana, quien probablemente consintió la situación por interés de poder.
Progresivamente, el abuso de poder de Calígula se fue haciendo más, como decíamos, oriental. Sus actos se convirtieron cada vez en más arbitrarios. Conocida es la anécdota que cuenta Suetonio según la cual un día, decidiendo quiénes de una fila de hombres habrían de ser castigados, y observando que había dos en la fila que no tenían pelo, ordenó las ejecuciones a calvo ad calvum, es decir, de calvo a calvo.

Sin embargo, hay que tener ojo al juzgar a Calígula porque, en ocasiones, hay quien piensa que el evidente espíritu borderline del joven emperador hace pasar por locuras cosas que pudieron ser otra cosa. Cuando hemos hablado de Tiberio ya hemos dicho que la adaptación de la clase otrora dominante en Roma a la existencia de una poderosísima familia real no fue fácil. Si Tiberio se enfrentó al Senado pero se ocupó mucho de mostrarle respeto, Calígula fue mucho más irrespetuoso y provocador. Ambos emperadores tuvieron más o menos los mismos problemas, pero Calígula, aprovechando, sobre todo al inicio de su mandato, el hecho de ser hijo de un personaje extraordinariamente popular como el malhadado Germánico, tuvo mucha menos paciencia.
Un caso de lo que aquí comento es el famosísimo gesto de nombrar a su caballo, Incitatus, cónsul de Bitinia (no de la misma Roma, como habitualmente se dice de forma errónea). Es cierto que Calígula bebía los vientos por aquel caballo que, por cierto, era español. Es cierto que lo tenía a cuerpo de rey con varias decenas de personas cuidando de él constantemente; pero eso, la verdad, es algo que no sólo Calígula ha hecho por un buen caballo de carreras. Sin embargo, y siendo cierto que Incitatus era muy importante para él, puede ser que el gesto de nombrarlo cónsul no tuviese que ver con que estuviera loco, como habitualmente se ha dicho; sino que fuese un calculado gesto de desprecio hacia el Senado, una manera de dejar claro que las instituciones romanas, como emperador, le importaban un cojón.
Estuviese loco o cuerdo, es muy difícil sostener que Calígula no enfermase de poder, lo cual lo convirtió en el tipo servil y miserable que describen los historiadores. Tanto Dión Casio como Suetonio, por ejemplo, cuentan el caso de Livia Orestila y Calpurnio Pisón, dos pijos romanos que decidieron casarse y, siendo como eran niños fresa, decidieron invitar al emperador a su boda. Calígula, que asistió, se prendó inmediatamente de Livia y allí mismo, en los esponsales, la hizo llevar a su palacio, donde la convirtió en su amante. Aunque más bien habría que decir que la violó porque, días después, y tras descubrir que Livia se veía con su marido legal a escondidas, los desterró a los dos por cometer actos impíos (que tiene huevos).

Un argumento que abona la tesis de la locura de Calígula, un poco sobreexplotado por Graves en su novela, son las constantes referencias que el emperador hacía al panteón divino para casi todo lo que hacía. Graves, siguiendo en parte a Suetonio, interpretó que eso quería decir que Calígula se creía un dios; y podía tener razones para creerlo, pues, al fin y al cabo, personas de carne y hueso como Octavio Augusto, lo eran. Sin embargo, esa constante apelación a la condición divina bien puede formar parte de usos no relacionados con la locura, sino con la lucha por el poder: en el marco de una tensión constante con la oligarquía senatorial, Calígula acudiría al apoyo divino o semidivino para sustentar sus posiciones y reivindicaciones. Pero eso no es tan raro: ¿cuántos gobernantes europeos de nuestra Edad Media y Moderna, por no decir mandatarios de países musulmanes, han sacado adelante sus ideas, proyectos o estrategias con el argumento de que “Dios lo quiere”? ¿Cuántos hombres de Estado, desde Isabel la Católica hasta el general Franco, no se han considerado responsables, tan sólo, ante Dios y ante la Historia?

Sea como sea, Calígula justificó su “matrimonio” con Livia Orestila aduciendo que se quería casarse como Augusto y Rómulo; uno,dios; el otro, símbolo romano por excelencia.

Pero luego siguió. En el año 39, separó a Lolia Paulina de los brazos de su marido, Cayo Memnio; ella no debió satisfacerlo con su actitud, pues la repudió, formalmente por ser estéril; pero, al tiempo, la prohibió estar con ningún otro hombre. De manera un tanto sorprendente, después de muchas relaciones de este tipo, volvió a casarse, esta vez con Cesonia. Reconstruyendo la figura de esta mujer con los testimonios existentes, se podría decir que era una mujer con la que Calígula ya había tenido relaciones. Era, probablemente, una cortesana, una puta, quizás de lujo; “mujer echada a perder por los excesos y los lujos” (luxuriae lasciviae perditae), la llama Suetonio. Al parecer, Cesonia se quedó embarazada (no está claro que de Calígula), pero el emperador se casó con ella, cuando estaba ya de ocho meses, porque quería tener un hijo en treinta días. Según Suetonio, se casaron después del parto: Uxorio nomine non prius dignatus est quam enixam, uno atque eodem die professus et maritum se eius et patrem infantis ex ea nata (una vez que alumbró, él quiso honrarla llamándola su mujer y, en el mismo día, se declaró marido suyo y padre de la hija que acababa de tener).
Pocas personas dudan de que este matrimonio fue por amor. Cesonia no era de las grandes familias patricias; apenas era medio hermana de un cónsul menor en la Historia Romana, Corbulón (que, además, lo fue en el año 40, es decir precisamente cuando ya era cuñado de Calígula). Cuando se casó con Calígula, era bastante mayor y había parido ya tres hijos (sin contar a Julia Drusila). Suetonio afirma que el atractivo de Cesonia para Calígula estribaba en que ella compartía con él sus perversiones. Verdaderamente, si Cesonia tenía por suyo el oficio de la coyunda, es posible que eso ocurriese. Pero también son posibles otras tesis, porque es evidente que Calígula tenía una intención clara de tener un sucesor.  Su primera mujer murió de parto y a la segunda la repudió por estéril; aunque la separación de Lolia Paulina parece incorporar otros elementos, no hay que descartar que, verdaderamente, no fuese capaz de quedarse embarazada. Por otro lado, la fertilidad de Cesonia estaba fuera de toda duda. Tanto que, aunque los testimonios son equívocos sobre si se casaron antes o después de que ella tuviese su cuarto parto, hay razones para pensar que la hija que tuvo fuese del emperador.

La rapidez con que Calígula reacciona “honrando” a Cesonia con un nombre o categoría totalmente respetable, hacen pensar que Calígula y ella se amaban sinceramente, y que el emperador sintió un cariño real por Julia Drusila, la niña; lo cual en Calígula era mucho, y abona, en mi opinión, la tesis de que se trataba de su hija. Además, hay que tener en cuenta que los conspiradores que acaban con el emperador, que lo hacen, muchos de ellos, con la intención de cobrarse una venganza total de todo lo que tenga una relación con él, también asesinaron a Cesonia y a la pobre niña, que entonces tenía sólo dos años.
En todo caso, si Cesonia fue puta, no fue la única que visitó el tálamo de Calígula. Piralis, probablemente la escort más famosa de su tiempo, fue proveedora del emperador con mucha frecuencia. Aunque a Calígula, según los relatos, lo que le gustaba era tirarse a mujeres patricias durante sus fiestas, incluso delante de sus maridos. En otras ocasiones, se las llevaba a alguna habitación, para luego volver y discutir con el marido las virtudes y defectos que había encontrado.
Además, Calígula, es conclusión lógica de la lectura de los clásicos, practicó el incesto. Tuvo relaciones sexuales muy frecuentes, con seguridad, con su hermana Drusila; y, probablemente, también con Agripina y Livila, sus otras dos hermanas. Si hemos de creer a Suetonio, Calígula estaba enamorado de Drusila desde siempre, puesto que la desfloró cuando todavía no era ni adolescente; y se la habría robado a su marido legal, Lucio Casio Longino. De hecho, a la muerte de Drusila, la convirtió en diosa.

En todo caso, no podemos olvidar lo dicho anteriormente sobre la “base oriental” de la educación de Calígula. El emperador conocía muy bien las tradiciones egipcias, donde el matrimonio (faraónico) entre hermanos, y aún entre padres e hijos, era relativamente normal.

Nadie en sus cabales niega los excesos sexuales de Calígula. Lo que pasa es que, con el tiempo, se ha producido toda una corriente historiográfica que rechaza o matiza su explicación como un caso de locura, y liga, como hemos dicho aquí, estas prácticas con el deseo del emperador de humillar a la clase senatorial que, en su idea, habría humillado a su familia en los tiempos de Tiberio (verdaderamente, lo hizo). Además, ha de tenerse en cuenta que, si alguien hubiera escrito la Historia de Roma en sus años desde el punto de vista de la gente normal, las gentes del census capiti, los habitantes de la maloliente Subura romana, es probable que no se pararía en las anécdotas que cuentan los historiadores cuyas obras se han conservado, o apenas las citaría. La Historia de Roma que nos ha quedado escrita es una Historia que transcurre en los grandes gabinetes del poder. Es como si mañana alguien escribiese una Historia del franquismo sin salir de las paredes de El Pardo. Yo no creo que los romanos de a pie de la época de Calígula se sintiesen amenazados por su locura, ni de lejos. Es más, da la impresión de que el emperador siempre tuvo claro que era en el pueblo donde debía buscar el apoyo que, probablemente, la clase dirigente le racaneaba, como ya se lo racaneó a Tiberio y no se atrevió a racanearle a Octavio y Julio. Consecuentemente, no hay que descartar que el reinado caliguliano fuese, en realidad, menos escandaloso de lo que ahora nos parece; aunque fue, con casi total seguridad, ejercido por alguien que, como poco, tenía problemas para ponerse límites y, en consecuencia, traspasaba líneas rojas constantemente, por ejemplo y sobre todo en el campo de la sexualidad.
Porque tenía problemas para ver los límites y respetarlos es por lo que Cayo Calígula acabó mostrándole a los patricios que no descartaba, en modo alguno, acabar con ellos, asesinarlos, ejecutarlos, privarlos de sus riquezas. Porque tenía problemas para distinguir los límites, Cayo Calígula no se dio cuenta de que eso colocaba a muchas personas en la cúpula romana en una situación en la que, simple y llanamente, estaban más seguros intentando acabar con él que sentándose a esperar. Un ejemplo muy claro de lo tóxico que para él terminó siendo su incapacidad de ver límites es que tanto el marido de su hermana muerta, Lucio Casio Longino, como sus dos hermanas supervivientes, estuvieron implicados en las conspiraciones que acabaron con él.

Fue, por lo tanto, el mismo quien se condenó.

miércoles, mayo 16, 2012

Imperator follator (Tiberio)


El joven Tiberio, que como ya hemos leído no era hijo de Augusto sino de Livia y su anterior marido, tuvo un primer matrimonio que, según todos los indicios, fue una mezcla de matrimonio de conveniencia y por amor. Es muy probable que el compromiso no fuese casualidad porque era muy político: tomó la mano de Vipsania Agripina, hija de Marco Agripa (lo cual, por cierto, la convertía en nieta de Cecilio Ático, quien ha pasado a la Historia por ser el receptor de las cartas de Cicerón que se estudiaban en la escuela pleistocénica). Marco Agripa era uno de los principales suportes del octavismo y, por lo tanto, como digo aquel matrimonio debió de tener bastante de político. Sin embargo, también debió de tener algo que ver con el amor, porque Tiberio se enamoró de Vipsania perdidamente. 

Aunque Livia no fuese la hija de puta que pinta Graves, difícil es que no fuese una mujer de gran determinación; y eso, probablemente, causó problemas a Tiberio, un joven más bien pusilánime. En Vipsania, Tiberio encontró a la follamiga ideal y, por eso, para él fue una enorme catástrofe personal que Octavio, dentro del proyecto decidido con su mujer de legarle a su hijastro la alteza imperial, le obligase a divorciarse de ella para casarlo con su propia hija, Julia. Marido y mujer ya habían tenido un hijo, Druso; pero Vipsania estaba embarazada por segunda vez cuando el emperador decretó su divorcio. Tiberio nunca se recuperó del golpe y nunca dejó de querer a la que, probablemente, siempre consideró su mujer. Nos ha llegado el relato de una vez que, por casualidad, se cruzaron en la calle, y el relato nos dice que el rostro y la mirada de Tiberio dejaban tan poco espacio a la interpretación, que Augusto tomó medidas severas para que jamás volviesen a verse.

Julia, por su parte, era un putón verbenero. Un pendón desorejado. Más ligera de cascos que el ganador del Grand National. La entrepierna de la hija de Augusto parecía el intercambiador de Nuevos Ministerios a las ocho de la mañana; y sus aficiones, probablemente, se vieron enervadas tras casarla su padre con un tipo a quien ella le repugnaba, no porque fuese fea ni cabrona, sino porque estaba enamorado de otra. Sabido es, además, que las mujeres llevan pelín mal eso de que su churri tenga ojos para otros elementos de la manada; y Tiberio tenía más que ojos. Para colmo, cuando Tiberio (o algún otro colaborador) consiguió preñar a Julia, la hija de Augusto resultó ser de caderas infinitesimales, y el niño la palmó; el detalle fue más que suficiente para que el marido pasara a dirigirle apenas la palabra a su mujer.

Tal y como nos cuenta Veleyo Patérculo en términos que dejan poco espacio para la  interpretación, la situación fue llegando, poco a poco, a un punto en el cual el emperador no podía hacer oídos sordos. Ya hemos dicho que Octavio podía estar palote palote de siete a cuatro, pero no por ello dejaba de cuidar del prestigio del Estado y el qué dirán. Por eso mismo, no tuvo ningún reparo en meterle a su hija por el culo un billete sólo de ida a la enana isla Pandataria, que viene a ser como exiliar a alguien hoy en día a Perejil.

Según Tácito, la distancia de Vispania y el matrimonio obligado con Julia fueron el motivo del autoexilio de Tiberio a la isla de Rodas. Tiene sentido la cosa. La otra razón por la que Tiberio podría haberse ido de Roma, que maneja Graves por ejemplo, es que sintiese que perdía el favor de Octavio; pero esto no está demasiado claro. Más parece que Tiberio, melancólico y amargado, se marchó a la isla griega porque estaba, cuarta arriba, cuarta abajo, hasta los cojones de la pelea por la sucesión imperial.

Tiberio, sin embargo, hubo de ser llamado a Roma a la muerte del Augusto, para ocupar su lugar. Hoy, muchos historiadores se inclinan a considerar el reinado de Tiberio como un reinado básicamente positivo para los romanos en general, aunque, en lo político (y esto es muy importante a la hora de interpretar su figura histórica), también se caracterizó por una enorme tensión política.

Pensemos: Julio fue, más que emperador, dictador, por la fuerza de su espada, su inacabable inteligencia política, su enorme carisma y el hecho, nada despreciable, de que en Roma hubo una guerra civil, y la ganó él. La muerte de Julio dejó claro que en Roma seguían existiendo notables tensiones prorrepublicanas y un clima de guerra civil en el que eso que en el Renacimiento italiano se llamará los gonfalonieros tenían una oportunidad; tal cosa era, en mi opinión, Marco Antonio. Octavio acabó con todo eso y estabilizó la institución, con la notable ayuda de Marco Agripa, entre otros. Pero su figura, indudablemente, era la de un vencedor que, por la espada, se había llevado por delante a sus contrincantes.

Tiberio es, pues, el primer emperador que no hereda la espada, sino la institución ganada con ello (el Imperio). Y, por eso mismo, es el primer emperador que registrará tensiones con el Senado, o si se prefiere con la oligarquía tradicionalmente gobernante. Tensiones que son lógicas: hasta Julio, la oligarquía patricia y su cursus honorum (por el cual, simple y llanamente, para ser alcalde, senador o ministro había que demostrar antes que se era suficientemente rico para serlo, cosa que prácticamente solo eran los patricios) lo domina todo, salvo algunas migajas entregadas: el normalmente demagógico contrapoder de los tribunos de la plebe, y una esquinita del Estado republicano confiada al ordo equester o nobleza menor.

Cuanto tienes el monopolio de un sector y éste es liberalizado, sólo puedes ir para abajo: si tienes el 100% del mercado, obviamente no puedes ganar más cuota; todo lo que te puede pasar es que tus competidores se queden con parte de tu cruasán. El gran orden patricio romano tenía el monopolio del poder republicano de facto, y la existencia del emperador suponía una obvia reducción del mismo. Mientras Roma se sacudió en el terremoto de las guerras civiles, optó por permitir la solución del mando único; pero no eran pocos los que soñaban con regresar a los good old days a las primeras de cambio. Pero los emperadores, o sea Augusto, jugaron con magistral arte político la carta amenazadora del caos. Octavio, literalmente, acojonó a la sociedad romana con la ruptura de la normalidad que él les había garantizado. En  vibrante escena de la novela de Graves, durante unos disturbios, una garrida Livia se asoma a una ventana de palacio, se enfrenta con el populacho vociferante, y les reprocha que pidan el regreso de la República pues la República, les escupe, es el caos.

Cuando Augusto murió, dejaba una línea trazada que era muy difícil de quebrar. Pero eso no quiere decir, necesariamente, que el Senado le otorgase a su sucesor una carta en blanco. Lejos de ello, el reinado de Tiberio es, en buena parte, la historia de un rosario de encuentros y desencuentros entre el emperador y su clase política. Problemática en la que la propaganda jugó un papel importante; entre ella, la propaganda sexual.

Tiberio, ya lo hemos dicho, probablemente fue un emperador no exento de eficiencia. Pero, al menos en mi opinión, era un tipo amargado, extraordinariamente melancólico; es incluso probable que tras su divorcio de Vipsania fuese víctima de una depresión que permanecería latente, apareciendo y desapareciendo como un Guadiana, el resto de su vida. Esto es algo que atestigua su propia actitud ante el poder, pues no hay que olvidar que, cuando Tiberio se retira a Rodas, lo hace en medio de un enorme debate constitucional sobre quién deberá suceder a Augusto a su muerte.

¿Por qué el problema? Pues porque Tiberio no era hijo de Augusto. Era hijo de Tiberio Claudio Nerón y, por lo tanto, no pertenecía a la gens Julia (para que nos entendamos: la familia real), sino a la Claudia (podríamos decir: más o menos, un Marichalar). De hecho, Tiberio era un Claudio por partida doble, ya que Livia Drusila, su madre, era hija de Apio Claudio Pulcher. Por lo tanto, juntaba en sí las dos ramas de la gens Claudia, la denominada rama de Nerón, y la de Pulcher. Sin embargo, en una concepción hereditaria del imperio, tenían, para muchos, prevalencia los vástagos de la gens Julia, la de Augusto; e incluso Agripa o su familia. De hecho, no es hasta la muerte de sus nietos Cayo y Lucio que Augusto se decidió por adoptar al hijastro que andaba en Rodas ajeno a todo.

Yo creo, contra la opinión de otros, que la marcha de Tiberio a Rodas fue sincera. No fue un movimiento estratégico calculado por su madre, como pretende Graves. Rodas fue un episodio de la ciclotimia pasota del emperador, como lo sería, regresado a Roma, su decisión de dejar todo el poder en manos de un parvenu, Elio Sejano, quien crearía un régimen represivo de terror, no exento de tintes populistas, que agostó Roma. Sejano cayó, según Graves, por una conspiración de Calígula. En realidad, tengo yo por más probable que el instigador de dicha movida fuese su socio conspirador en la novela, Macrón, jefe de los pretorianos y perro fiel del propio Sejano. Sería lógico que Macrón, ante el deterioro físico de Tiberio que hacía prever su muerte o su incapacidad, tuviese claro que Sejano no iba a sobrevivir a la debilidad de su mentor, y decidiese adelantarse a los acontecimientos liderando una reacción contra su jefe. Esto explicaría la enorme crueldad de la represión macroniana que, según Tácito, empedró las calles de Roma de cadáveres de todos los sexos y de todas las edades.

El periodo de Sejano, sin embargo, fue posible gracias a que Tiberio se embutió en un segundo retiro, ya emperador, esta vez en la isla de Capri. Tanto Tácito como Suetonio relatan en sus obras bacanales, perversiones y parafilias sexuales sin cuento en aquella isla, con ejércitos de adolescentes de ambos sexos prostituidos, obligados a triscar por los bosques como ninfas. Y a un emperador Tiberio entregado a prácticas entre sádicas y exageradas, muy centradas en la felación que, nos cuentan estos historiadores, incluso obligaba a realizar a niños apenas destetados. Estos relatos son la base del mito de Tiberio como un emperador especialmente pervertido en lo sexual, mito que Robert Graves compró al 100% en su famosa novela.

Sin embargo, hay cosas aquí que opinar. En primer lugar, hay historiadores de la época, como Dion Casio y los dos Plinios, que ni siquiera citan estos hechos. A lo que hay que unir que Tácito odiaba a Tiberio, y más lo odiaba aún Suetonio, que era, no lo olvidemos, republicano y miembro del ordo equester, esto es, antiimperial por definición.

El de Suetonio, además, es un relato especialmente extraño, pues él mismo reconoce que hasta el año 26 a.C., cuando se retira a Capri, Tiberio vive en Roma desempeñándose como un emperador tan preocupado por el déficit público que “cutre” es una palabra que se le puede aplicar bien sin temor a exagerar; y, más aún, liderando diversas campañas para recuperar los valores morales de la vieja sociedad romana. De repente, sin embargo, Suetonio pasa a pintarlo en Capri enculando niños y desvirgando niñas, amén de entregado a complejas prácticas de voyeurismo parafílico. 

Además, ni un solo historiador refiere historias siquiera parecidas del retiro anterior de Rodas; aunque justo es reconocer que Tácito hace una referencia, genérica, a que allí se entregó a “desenfrenos secretos”.

Como siguiente elemento, cabe recordar que, como hemos dicho antes, Tiberio “disfrutaba” de un cierto odio de las gens patricias, notables impulsoras de no pocas de las obras históricas que nos han llegado. Y que, más aún, como emperador persiguió a la familia de Germánico (especialmente a su mujer, con la que llevó como el culo); y es precisamente este tronco genético el que, a través de Cayo Calígula, Claudio y Nerón, acopiará los años de poder subsiguientes a Tiberio; bien pudieron ceder a la tentación de hacer que la propaganda lo denigrase.

Existe, no obstante, la posibilidad de que las cosas que se cuentan sean ciertas, o medio ciertas. Un dato inquietante en Tácito y Suetonio es que ambos señalen al unísono (de todas formas, se ha especulado con que ambos utilizasen la misma fuente,  hoy desaparecida) que la degradación de Tiberio se intensificó tras la reacción y ejecución de Sejano en Roma. Es posible, desde luego, que Tiberio, un hombre sufriente y amargado, llegase a un punto, al conocer las tropelías y crueldades cometidas en su nombre por su lugarteniente, que le impulsase a decretar una represión tan sangrienta como la que ejercitó, tras la cual, literalmente, se le habría ido la pinza.

También hay algunos testimonios que apuntan a la posibilidad de que la personalidad de Tiberio incluyese ciertos tonos sociopáticos, necesarios para la persona que se dedica a torturar a otros. Suetonio dejó escrito que Tiberio era zurdo y, en realidad, tenía tanta fuerza en la mano izquierda que, nos dice, era capaz de golpear en la cabeza a un niño e incluso a un adolescente y hacerle sangre. Este detalle, evidentemente, tiene que proceder de una anécdota real, quizá el castigo a un esclavo, y revela una evidente capacidad de dañar con absoluta falta de empatía.

No obstante lo dicho, son muchos los estudiosos que hoy ven terreno más que sólido para sostener la idea de que la presunta fama de Tiberio como follador compulsivo fue fabricada por la propaganda y es, en su práctica totalidad, falsa.

Yo imagino, más bien, a un Tiberio que, a fuerza de sufrir la soledad, acabó por buscarla. Se quedó solo cuando Vipsania salió de su vida. Lo hizo para casarse con una mujer extraordinariamente ambiciosa que quería ser emperatriz y que, al parecer, se pasaba el día reprochándole su carácter pusilánime y tirándose a todo lo que se movía. Amedrentado y asqueado a partes iguales, acabó solo. Permanentemente solo porque, aparte de Elio Sejano, la Historia no registra la figura de ese amigo, o esa amante, en la cual descansar el pecho las noches en que lo ves todo negro. Que en la larga vida de Tiberio, debieron de ser muchas.

Si así fue su vida, triste sarcasmo es que la imagen que haya quedado de él es la de un tipo de bacanal continua.

jueves, mayo 10, 2012

Imperator follator (Julio y Octavio)


La imagen de los viejos romanos clásicos entregados a bacanales de vino y sexo ha cautivado a decenas, si no centenares, de generaciones. De hecho, en los tiempos contemporáneos los creadores de películas y novelas cuya atracción se basaba en el morbo sexual han usado mucho de esta imaginería, centrándose, sobre todo, en la siempre extraña e inquietante figura de Cayo Calígula.
Por todo ello, es lícito preguntarse si, realmente, todas aquellas demostraciones corpóreas son ciertas. Y lo primero que cabe contestarse es que no lo podemos saber con exactitud. De los tiempos antiguos, por definición, los testimonios que nos han llegado son pocos y, por lo tanto, su veracidad es difícil de establecer. Ya sé que en la famosa Pompeya aparecieron mosaicos que representaban escenas subiditas de tono. Pero pararos a pensar, por un momento, que si un cometa se estrellase contra la Tierra y nuestra existencia desapareciese, quizá, dentro de miles o millones de años, una nueva civilización acabaría descubriendo algún libro o foto de alguna pintura clásica de la anunciación de María; y, a la vista del cuadro, bien podría concluir que los humanos tenían alas y una aureola dorada que les circundaba la cabeza.

No obstante lo dicho, parece bastante claro que algo de verdad hay. Aunque no toda. Nos centraremos, en estos comentarios, en los emperadores romanos más conocidos,  entre ellos el primero de la lista: Julio César.

Julio no era casto en modo alguno. Romani, servati uxores, moechum calvum adducimus, cantaban sus legiones al entrar en triunfo en Roma. Romanos, guardad a vuestras mujeres, que os traemos aquí al follador calvo. Nos cuentan algunos relatos, asimismo, que en los prolegómenos de la decisiva batalla de Farsalia, durante la arenga a sus soldados, se dedicó a hacer humoradas eróticas con un pepino que tenía en la mano. Tiene poco de rara la cosa. Julio era un soldado y, como soldado, no podía ser un tipo que le hiciese muchos ascos a la coyunda con mujer. Aunque todo parece indicar que, más que un follador desenfrenado, fue un follador estratégico.

Julio César se casó tres veces, y las tres lo hizo por conveniencia política. Cornelia, su primera mujer, era hija de Cornelio Cinna, que había sido dictador de Roma del 86 al 84 a.C. y que pertenecía al partido antisilano, al que Julio estaba adherido por razones obvias, dado su estrechos parentesco y relación con el gran enemigo de Sila: Cayo Mario. Tenía 15 años cuando se casó con Cornelia y 17 cuando se enfrentó frontalmente con Sila, tras la orden de éste de que la repudiase. Cornelia, sin embargo, murió pronto (68 a.C.) y, un año después, César se casó con Pompeya, hija de Quinto Pompeyo Rufo y, por lo tanto, nieta de Sila. Como vemos, Julio, con total desparpajo, cambiaba de partido político mediante el casamiento. Cinco años más tarde, sin embargo, Pompeya fue relacionada con el escándalo protagonizado por Publio Clodio Pulcher, quien se había introducido, disfrazado de mujer, en una celebración en casa de César, al parecer con la intención de pulirse a su señora.  La enorme popularidad de Clodio hizo que César volviese su crítica hacia su mujer pronunciando esa famosa frase que se traduce así así, porque más bien quiere decir: me divorcio porque considero que no puedo tener una mujer que sea objeto de sospecha.

Tres años después de su divorcio, Julio se casó de nuevo, esta vez con Calpurnia, hija de Calpurnio Pisón, aliado suyo. Al que se uniría, de momento, Pompeyo, puesto que se casó con Julia, hija de César.

Pero estas son solo las relaciones oficiales. Suetonio le atribuye a César, además, amoríos más o menos largos con Postumia, la esposa de Servio Sulpicio; Lolia, mujer de Aulo Gabino; o Tertula, la mujer de Marco Craso. Pero, por encima de todas ellas, se señala como gran amante de Julio a Servilia, la madre de Marco Bruto. ¿Quiere ello decir que, tal vez, el famosérrimo tu quoque, fili, era literal? No parece, pues la mayor parte de los indicios apuntan a que Julio sentía por el joven más una admiración por sus habilidades que un amor paternal.

La relación de Julio con Servilia tenía también una vis política fundamental, puesto que era hermanastra de uno de los principales hombres políticos del momento: Catón. Como también lo fue la mantenida con la reina egipcia Cleopatra, con la que todo parece indicar César no estuvo nunca eso que se dice colgado, sino que la utilizó en el marco de sus movimientos contra su hermano, Ptolomeo XIV. Algunos historiadores de la época incluso dudan de que el tan famoso como misterioso Cesarión, hijo de Cleopatra, fuese hijo de Julio. La afamada serie Roma, de la BBC, recoge de alguna manera esta versión, haciendo al niño hijo de Pullo, el legionario que es uno de los dos protagonistas principales de la serie.

Según el griego Dion Casio, al final de su existencia, en la cumbre del poder dictatorial de César, sus partidarios llegarían a defender la necesidad de una ley que permitiese al dictador, literalmente, follar con quien le apeteciese.

El gran asuntillo sexual que ha perseguido a César durante 2.000 años, e inclusodurante su vida, es el de su estancia en Bitinia, en la corte del rey Nicomedes. Fue ésta una estancia bastante larga y, además, al volver a la metrópoli, César se las arregló para regresar de nuevo. Lo cual alimentó, rápidamente, la especie de que Julio era homosexual, y Nicomedes su chochito. Existen testimonios de que hubo senadores, que, durante los debates con Julio, lo trataron a propósito con el género femenino; uno, incluso, dijo de él que era “el esposo de todas las mujeres y la mujer de todos los maridos”.  Sila, su enemigo, lo llamaba “el hombre del cinturón flojo”, lo cual era una alusión directa a la forma de vestir habitual de los homos de la época, que llevaban la toga más suelta (ignoro por qué). Conocida es también la admonición pública con que Cicerón recibió la victoria cesarea frente a Pompeyo, afirmando que nunca habría esperado que un hombre tan poco ceñido pudiese ganarle (hay que añadir, para entender esta frase, que de la heterosexualidad de Pompeyo; más aún, de su condición de lo que hoy llamamos Macho Alfa, no dudaba nadie).

Coleen McCollough, erudita biógrafa moderna de César, no cree la historia de Nicomedes. Este bloguero diría que no, pero sí. No, en el sentido de que César fuese homosexual, en el sentido en que más que probablemente lo fuera, por ejemplo, Calígula. No practicó el amor con hombres normalmente. Pero sí, porque para Julio, es al menos lo que para mí se destila de las líneas anteriores, el sexo era parte de la carrera por el poder. Seducir, para él, era allanar su camino hacia el poder. Y no parece que Julio fuese de los que se arredraban ante el hecho de que la seducción tuviese que producirse sobre elementos volumétricamente más abundantosos que los que se encuentran en una entrepierna femenina. Eso sí, acusaciones como las de Catulo, que apuntan hacia la relación con amantes menores por puro placer (como sí pudo tenerlos Sila), son difíciles de creer.

Tras la exagerada vida de Julio, le sucedió Octavio, quien claramente derivó hacia una existencia algo más calmada. En buena parte hijo político de Julio, Octavio también practicó el casamiento por razón de poder. Su primera mujer, Claudia, era hija de Publio Clodio e hijastra de Marco Antonio; Octavio se casó con ella para consolidar el que se conoce habitualmente como segundo triunvirato (43 a.C.) Dos años después, la repudió sin siquiera haberla desflorado (todo un detalle, porque era una niña).
Inmediatamente, Octavio se casó con Escribonia, tía política de Sexto Pompeyo. En apenas un año, tuvieron tiempo de tener una hija, la escandalosa Julia; pero, pasados más o menos doce meses, se divorciaron en medio de grandes peleas.

Aquí, sin embargo, acabó la identificación de Octavio con Julio pues éste, que con el detalle demuestra que tenía criterio y no estaba dispuesto a seguir las costumbres habituales, se casó por amor. Y cómo se casó. Se enamoró de un pibón de 19 años, Livia, que no sólo estaba casada con Tiberio Claudio Nerón, sino que estaba embarazada de seis meses (de su hijo Tiberio, que sería emperador). En enero del año 38, Octavio le guindó la piba a Tiberio, y se casó con ella. A partir de entonces, Livia se convirtió en su gran confidente y un verdadero contrapoder en la sombra; aunque sus acciones y habilidades como asesina envenenadora, de las que tanto eco se hace Robert Graves en su I, Claudius, están lejos de estar atestadas.

Un historiador clásico, Aurelio Víctor, dice de Octavio que experimentaba una flagrante haud modice luxuria; o sea, que estaba más empalmado que un mandril. Es posible que sea cierto. Y hasta es posible que, como dicen otros,  se hiciese llevar jovencitas a palacio para darle lustre al lápiz. Pero todo ello, si lo hizo, lo hizo con sentido de hombre de Estado, y evitando a toda costa el escándalo. Aunque es posible que una vez se le fuese la mano, con la muy sensual Terencia, mujer de Mecenas, a la que quizás tuvo que llevarse a la Galia porque sus condumios en Roma eran ya vox populi.

A la muerte de Octavio, le sucedió Tiberio, su hijastro. Con él, comenzó el, probablemente, reinado imperial más famoso por motivos sexuales y, por ello mismo también, más sometido a discusión.

Dejémosle, por el momento, casado con su hermanastra Julia El Putón. 

lunes, mayo 07, 2012

Mahoma


En el año 570 de nuestra era, con bastante probabilidad, nació Mahoma, en el seno de un clan árabe, los Banu Haxim, que, en el tiempo de la pujanza omeya, había perdido bastante de su fuerza pretérita. Los primeros cuarenta años de su vida son apenas conocidos, aunque se sabe que se casó con una mujer unos veinte años mayor que él, Jadicha, a la cual Mahoma amó tan intensamente que algunos islamistas han llegado a decir que, de haberle sobrevivido, quizás el Islam hoy sería monógamo como el cristianismo. Jadicha tenía una pequeña fortuna que más que probablemente administraría su marido, por lo que podemos estimar que Mahoma, si no era comerciante, debía de conocer algunos de los trucos de esa profesión.

No conocemos información esencial sobre qué pudo pasar en el 610 para que, repentinamente, Mahoma se creyese llamado por Dios. Se ha dicho, desde el descubrimiento de los famosos rollos del Mar Muerto, que pudo ser el contacto con estas comunidades esenias las que lo llevaron por ese camino; también puede ser, por qué no, que el arcángel Gabriel se le apareciese en el monte Hira, le entregase un libro y le invitase a leerlo, como afirma la tradición.

Es importante entender que la revelación que recibe Mahoma no proviene de un Dios distinto del Dios de los cristianos. Para los árabes, hablar de Alá es como para un hispanoparlante hablar de Dios. El Alá que provocó, por así decirlo, la iluminación de Mahoma es el mismo Dios de Abraham, y de Jacob; el Dios padre del Nuevo Testamento. Un musulmán que se precie de serlo no encontrará problema en rezar el Padre Nuestro.

Tras la revelación del monte Hira, Mahoma acopió una estrecha corte de creyentes: además de él mismo, contó con Jadicha, su mujer; su primo Alí abi Talib, que se había casado con su hija Fátima; y que será quien, a través de sus hijos y nietos de Mahoma, Hasán y Husayn, hará nacer las diferentes ramas del mahometanismo.

Desde el 610, año de la revelación, hasta el 622, es decir la primera etapa prosélita de Mahoma, éste parece haber encontrado importantes niveles de aquiescencia entre las personas de más baja clase social de su entorno, por lo que podemos entender que su mensaje se produjo, probablemente, con un importante contenido de orden social, reivindicativo incluso. Esto pudo granjearle la enemiga de los ricos y comerciantes, quienes podrían haberse planteado acabar con él, de no ser Mahoma miembro del clan hashimí, quien lo protegió de facto.

Tras unos años de existencia azarosa y poco relevante, se produjo en el entorno del oasis de Yatrib, es decir en las inmediaciones de Medina, un largo enfrentamiento entre tribus al que nadie parecía encontrarle solución. Por ello, los contendientes buscaron la figura de un mediador, y escogieron a Mahoma porque para entonces ya tenía fama de equilibrado y, además, había, al parecer, pasado algunos años de su infancia en la zona de Medina. Mahoma aceptó la labor y, por ello, burló la vigilancia de sus guardianes mequíes para huir a Medina. Esto ocurrió el 15 de julio del 622, fecha utilizada por los musulmanes para iniciar la cuenta del tiempo. 

En Medina continuó con su labor profetizadora, y esto es algo que muchos islamólogos ven claramente en el Corán, porque Medina, entonces, tenía una importante población de creencia judía, a la cual Mahoma habría intentado atraerse. Y lo hizo de la misma manera que el cristianismo, siglos antes, se atrajo a mitraístas, creyentes en Cibeles y en otros cultos: adaptando su propia teología con elementos que le fuesen familiares a esos creyentes. Como digo, esta es la razón, a decir de muchos expertos, de que existan en el Corán decretos como el ayuno en el día de Ashura (fecha de celebración mosaica; conmemora el ayuno que hizo Moisés después de salir los judíos de Egipto) o la santidad musulmana de la ciudad de Jerusalén (aunque ésta se la podía haber ahorrado, porque con los siglos ha acabado por dar unos problemas de la hueva). Es muy probable que fuese la escasa audiencia de los judíos hacia estas estipulaciones lo que acabase provocando que Mahoma decidiese girar la liturgia hacia elementos puramente árabes, tales como la oración mirando a La Meca o el, por así decirlo, sistema de ayuno propio (que conocemos como Ramadán). Cabe recordar, en este sentido, que también los primeros padres de nuestra iglesia hicieron todo lo posible por distinguir su Pascua de la judía.

En todo caso, la difícil conexión entre musulmanes y judíos plantó la semilla de la fuerte procura monopolística de los musulmanes, absolutamente patente aun a día de hoy, pues son los islámicos los países confesionales donde más difícil, cuando no directamente prohibido, es la profesión de cualquier otra fe.

En todo caso, consolidado ya su gobierno mediní, a partir del 622, Mahoma pudo comenzar con el que, probablemente, era su objetivo desde el principio, pues Mahoma comparte con el otro gran creador de religiones, Saulo de Tarso, la innegable característica de ser un excelente estratega, sobre todo en el largo plazo. Para mí, por lo tanto, lo más probable es que Mahoma no soñara nunca con consolidar una simple creencia local, sino con construir una religión universal, capaz de cautivar (o de invadir) a gentes del mundo entero.

Sin embargo, en su expansión, que era al tiempo religiosa y política, chocó con los coraixíes o coraixitas, es decir los habitantes de la zona de La Meca. En Badr los derrotó, pero en la batalla de Uhud, los mequíes le dieron a su ejército hasta en los bosones de las ingles. Por cierto, que se tiene por bastante probable que esta derrota fuese el origen de la prohibición musulmana de beber vino. Al parecer, en las tabernas de Medina se largó de la leche contra Mahoma por aquella derrota, motivo por el cual, dicen algunos estudiosos, éste incluyó en el Corán suras contra el vino. No obstante, hay que tener en cuenta que el Corán no prohíbe, en realidad, la ingesta de vino; previene a los creyentes contra el efecto de mamarse, porque hace que las personas no sepan ni lo que dicen ni lo que piensan (la más clara, la sura denominada de Las Abejas (43, si no he contado mal), que ordena al creyente no rezar bebido). La sura conocida como de la mesa servida asegura que el vino es abominación del demonio, pero recomienda evitarlo. La prohibición estricta del consumo de vino es, más que probablemente, posterior a Mahoma (y en modo alguno total, ni en la Historia, ni en el mundo musulmán).

El general mequí, al-Jalid ben al-Walid, decidió, tras Uhud, marchar hacia Medina para acabar con Mahoma de una vez.  Sin embargo Mahoma realizó una serie de obras en Medina, mediante la construcción de tapias y fosos, que hicieron la ciudad inexpugnable. Asimismo, secó el oasis de provisiones, con lo que los sitiadores comenzaron pronto a experimentar serios problemas con la alimentación, y tuvieron que retirarse.

El desprestigio sufrido por las tropas mequíes cambió las cosas en la que terminaría siendo ciudad santa de los musulmanes. Las familias de dinero, ante la sospecha de que tal vez no sería posible oponer a las tropas de Mahoma una oposición eficiente, comenzaron a pensar en abrazar su religión como forma de pacto. De esta manera, en el 628 las fuertes oposiciones iniciales a la  organización de peregrinaciones hacia La Meca fueron vencidas, marcando el auténtico punto de inflexión del poder de Mahoma. Al año siguiente, Mahoma peregrinó a la Kaaba por primera vez, peregrinación que duró tres días durante los cuales los coraixíes abandonaron la ciudad. Al año siguiente, los coraixíes se rebelaron, pero fue una lucha desigual, entre otras cosas porque los conversos entre sus filas se contaban por centenares.

En marzo del 632, Mahoma peregrinó de nuevo a La Meca, peregrinación durante la cual promulgó un número muy elevado de disposiciones destinadas a estructurar el nuevo Estado musulmán y su moral pública, y que aún hoy son la base del Derecho en la mayoría de los países musulmanes. Es probable que él mismo se sintiese morir de su malaria crónica. El 8 de junio, pocos días después de una ceremonia en la que se echó a los pies de sus fieles y les pidió perdón por todas las ofensas que les pudiera haber causado, falleció en los brazos de su esposa Aixa.

Terminaba un proceso de gran interés, y comenzaba otro de mayor interés aún, del que hablaremos pronto.

Pour en savoir plus, no podrás hacer nada mejor que leerte el, para mí, monumental, Mahoma, de Maurice Gaudefroy-Demombynes, editado en España por Akal. Menos densa, la biografía de mismo nombre de Juan Vernet.

miércoles, mayo 02, 2012

Juros


Desde que existen los pueblos organizados, existen los impuestos. Y existen de una forma muy parecida, en realidad, a como son hoy en día. Sin embargo, si todo ha evolucionado, los impuestos también lo han hecho. 

En su inicio, el impuesto era un pago de pleitesía que los pueblos sometidos pagaban a su sometedor; era algo bastante parecido a una exacción mafiosa: literalmente, quien pagaba impuestos, lo hacía para no ser masacrado o esclavizado por quien se los cobraba. 

Con el nacimiento de Estados más centralizados, todo el mundo tuvo que empezar a pagar impuestos, incluso los ciudadanos de la nación impositora; aunque bien es verdad que la exención a los más ricos es cosa muy antigua. El impuesto, en su inicio, comenzó gravando los momentos en los cuales Estados sin ordenadores podían aspirar a controlar la existencia de ingresos gravables: la posesión registrada (es decir, la de bienes raíces); y el consumo. Así, los primeros impuestos gravan la propiedad inmobiliaria (con la obligada exención eclesial), determinados tipos de consumo (los más habituales: sal, vino, trigo…) y el tránsito de mercancías (los famosos portazgos). Muchos de estos impuestos son fijados en su totalidad, para después pasarse a la siempre delicada labor de distribuir el pago entre los contribuyentes; labor que no estaba exenta de enfrentamientos y problemas sin cuento.

Hay una cosa que hoy es moneda común en nuestro sistema fiscal y que, obviamente, en los primeros Estados que perfeccionaron sistemas fiscales no pudo ser posible. Una cosa que parece no tener importancia pero que, sin embargo, es fundamental para entender la suerte financiera de los Estados medievales: esa cosa se llama retención.

La retención de Hacienda es lo que hace que la financiación de los gastos públicos pueda ser fluida y continuada. De no existir la retención, el Estado depende teóricamente, para la realización de sus gastos, del momento en que la recaudación se produce. Sin posibilidad de retenciones, el presupuesto de ingresos públicos se hace notablemente impredecible y volátil.

Pero para poder practicar retenciones impositivas, un Estado necesita tener dos cosas de las que el Estado medieval carecía: una administración recaudadora centralizada (que no existía: muchos impuestos eran territoriales, y otros tenían la recaudación arrendada a particulares); y capacidad de registro rápido de información (que tardaría casi 1.000 años en llegar).

De alguna manera, es por esta falta de capacidad recaudadora constante que nace, al menos en España, el fenómeno de la deuda pública. La emisión de empréstitos, en efecto, tiene, entonces como ahora, la gran ventaja de que el Estado, como emisor, controla cuándo va a buscar dinero, o sea cuándo lo obtiene. La emisión de deuda se adapta mucho más a las necesidades de gasto de las Administraciones; aunque tiene el obvio pero de que pagar impuestos le sale gratis a quien los recauda, mientras que la deuda, en tanto que préstamo, tiene un coste para quien la emite.

España lleva emitiendo deuda desde hace siglos, y no es ésta, desde luego, la primera vez que ha tenido problemas con la misma. Hablemos del orden de todo esto. Hablemos, por lo tanto, de los juros.

Un juro no puede considerarse un título, sino más bien un certificado. Era un papel por el que se definía un privilegio a favor de la persona citada en él. Esta persona declaraba entregar al rey un capital y, a cambio, el rey le concedía el privilegio de cobrar una parte de determinados impuestos, citados en el documento, hasta una cantidad prefijada. En realidad, por lo tanto, era como una deuda, porque el capital cobrado no dejaba de ser el rendimiento esperado por la inversión; aunque se parece más a la figura de lo que hoy conocemos como deuda subordinada, puesto que dicho rendimiento estaba vinculado a la recaudación efectiva del impuesto designado.

Los juros, por lo tanto, y contra lo que ocurre hoy con la deuda pública, que en cada emisión es igual para cada comprador, eran, cada uno, de su padre y de su madre. Las características del juro que lo hacían diferente en cada caso eran:
  1. El capital a percibir, o sea el interés, era distinto en cada caso. El rendimiento figurante en el privilegio no era el fruto de ningún mercado, sino de la negociación directa entre la Hacienda del rey y el emisor (o un intermediario que éste designase, porque todo debía de hacerse en la Corte). En ocasiones, la corona pactaba con grandes banqueros, entregándoles grandes paquetes de juros para su colocación entre el público, operación en la cual pactaba con los banqueros un rendimiento mínimo por los títulos (con lo que los bancos operaban como lo que modernamente llamamos aseguradores de la emisión); pero el tipo efectivo final dependía de la negociación entre bancos e inversores.
  2.  Los impuestos a los que estaban vinculados eran impuestos concretos. O sea, si hoy se emitiesen juros, no se emitirían contra la recaudación del IVA en particular; sino, por ejemplo, contra la recaudación del IVA en Aranda de Duero. Dos juros, pues, no eran iguales, porque los impuestos a los que estaban vinculados podían tener diferentes perspectivas de recaudación. Es importante entender que, el año que la recaudación afectada era insuficiente, el Estado no tenía obligación alguna de compensar la deuda con otros ingresos (es decir: si un año no se recaudaba suficiente IVA en Aranda de Duero, el pago no tenía que producirse con el impuesto del alcohol de Burgos o el IVA de La Coruña; el inversor, simplemente, se quedaba sin sus intereses).
  3. El modo de reembolso de los juros otorgaba prelación de cobro a los más antiguos. Por lo tanto, los juros con mayor antigüedad eran más seguros, porque su cobro era más cierto. De esta manera, los juros suponían una vía de financiación muy estable para tomadores de muy largo plazo; notablemente, la Iglesia.

La emisión de deuda pública por parte de los monarcas, como operación financiero-fiscal, surgió más o menos con los Reyes Católicos; los cuales se encontraron una realidad (común a toda Europa) por la cual, en las décadas anteriores, eran las ciudades las que se habían endeudado de una forma muy fuerte, lo que hizo necesaria la intervención del Estado central, por así decirlo.

Los juros nacieron como una forma que encontraron los reyes de atraerse el poder de la nobleza. Por medio de estos privilegios, los nobles recibían unos ingresos del Estado, normalmente durante una o varias vidas, motivo por el cual estos títulos se denominaban “juros de por vida”. Sin embargo, el juro verdaderamente ligado a las vicisitudes financieras del Estado es el denominado “juro al quitar”, que es el que acabamos de describir, por el cual se comprometía una parte de los ingresos impositivos. Visto con ojos modernos, se podría decir que los juros, más que Deuda Pública, consistían en una especie de securitización o titulización de los ingresos impositivos.

Los juros, sin embargo, no tenían, como hoy en día, un valor actual, ni una duración financiera. Si la deuda actual compromete unos pagos periódicos de intereses durante un determinado tiempo (un año, cinco años, diez años…), el juro era de carácter indefinido, por lo que su poseedor obtenía su cachito de impuestos para siempre; pero, a cambio, era redimible por el rey en el momento en que considerare. Momento en el cual, la corona satisfacía el principal un día entregado, y la obligación de satisfacer el “situado” (así se llamaba la cantidad de intereses a abonar) desaparecía. La ausencia de graves fenómenos inflacionarios hacía que no hubiera necesidad de hacer más previsiones en la amortización del capital.

El tomador del juro recibía el original del privilegio, mientras que la denominada Contaduría de Las Mercedes retenía una copia. La Hacienda castellana llevaba una meticulosa contabilidad de los juros existentes y los compromisos de pago que devenían, algo que era fundamental para ella porque, en buena parte, la marcha de su presupuesto dependía de la buena fama de estos títulos, es decir de que los inversores confiasen en ellos (hoy diríamos: les diesen un rating alto); y eso sólo se conseguía llegando puntualmente con los pagos.  La necesidad de que los juros tuviesen una total confianza del mercado explica que se pagasen al contado, y en plata.

Los poseedores de los juros eran libres de enajenarlos, total o parcialmente. Esto es algo que solían hacer mucho los compradores cuando necesitaban dejar una garantía de pago (lo cual, de nuevo, demuestra la altísima confianza que se tenía en Castilla hacia estos títulos). Cada vez que se vendía un juro, era necesario comunicarlo a la Hacienda, pues ésta sólo guardaba notaría del titular inicial del privilegio. En el caso de que el juro fuese vendido a varios poseedores, además, era necesario que la Contaduría extendiese otros tantos privilegios nuevos correspondientes a cada cuotaparte de la operación.

Durante el siglo XVI, los juros se pagaron religiosamente. Fue ésta, además, la etapa en la que Carlos V y su hijo Felipe le dieron una vuelta de tuerca genial a este sistema, generando un capitalismo popular que está en los cimientos de la hegemonía castellana de la época: sobre Aragón y Portugal, en lectura interna; y sobre el resto del mundo, en externa.

Ya hemos dicho que los juros nacieron para lucrar con ellos a los nobles y a los monasterios. Sin embargo, en la España carlina y filipina había otros elementos importantes del quehacer económico, que es lo que hoy llamaríamos altoburgueses: laneros, trigueros; prominentes primeros financieros, que se lucraban de la plata de Indias. Todos estos personajes, acumulados en las ciudades, tienen una importancia en la Historia que habitualmente les negamos. No se suele decir, sin ir más lejos, que, siglos antes, son ellos, en muchos casos, los responsables de que se levantasen las catedrales, pues son sus donaciones (no, desde luego, las de los nobles) las que hacen posibles esas obras hercúleas. En los tiempos del Renacimiento castellano, el dinero de los burgueses acomodados construirá otra gran catedral que llamamos poder imperial. Ellos, en mucha mayor medida que nadie más, comprarán los juros. Por ellos es por lo que, a la llegada a Sevilla de los barcos de América, el gobierno de Madrid enviará delegados con la cartera repleta de juros a la venta. Castilla es, entonces, una economía absolutamente próspera (y lo seguirá siendo, más o menos, hasta que la solidaridad con el resto de España sacrifique una parte de los réditos de la ganadería y las industrias típicas del territorio), y sus empresarios tienen recursos suficientes como para comprar unos títulos de cuya seguridad, además, no dudan.

Los juros, además, hicieron florecer en Castilla la intermediación financiera. El Estado vendía muchos títulos directamente (igual que ahora los vende en su web), pero también hizo uso de intermediarios, como es lógico puesto que, ya lo hemos escrito, el Estado no tenía delegaciones, y todo debía hacerse en Madrid.

Con todo, los intermediarios más habituales fueron los banqueros del rey, habitualmente genoveses. El Estado renacentista español tenía tres fuentes de financiación: 
  1. Los impuestos, que eran la base de todo pero se cobraban con retraso y a través de intermediarios.  
  2. Los juros.
  3. Los llamados asientos, que no eran sino préstamos concedidos por banqueros para resolver los problemas de tesorería del gasto público, o salir en auxilio de alguna necesidad imperiosa surgida por alguna guerra.

Los asientos eran la forma más rápida de obtener dinero, y por eso Castilla siempre abusó de su recurso; algo que pagaría caro cuando su poderío económico se esfumase. Los banqueros, sin embargo, siempre querían algo en garantía y, contra lo que se pueda pensar, no siempre esa garantía se podía ejecutar contra las remesas de plata llegadas de América, porque buena parte de lo que traían los barcos era para particulares.

En realidad, el mejor elemento para satisfacer a los banqueros eran los juros. Así, los juros podían utilizarse, en terminología actual, como una garantía colateral (algunas veces, la operación se parece incluso al comprador de dos derivados de signo distinto, que con ello se cubre de los riesgos), en el caso de que el asiento aun estuviese en plazo de pago; o como una especie de aval de descuento, en los casos, que eran muchos, en que la corona se retrasase en el reembolso del asiento, y lo pagase con juros.

De hecho, la interacción entre juros y asientos provocó la creación de los denominados juros de caución. Era un juro que se entregaba al banquero que prestaba dinero al rey, con el compromiso de mantenerlo en su poder, pudiendo venderlo sólo en caso de producirse impago del asiento original (lo cual se parece a una especie de opción o incluso, si nos ponemos muy pollas, un credit default swap). La presión de los banqueros, a los que los activos ilíquidos nunca les han gustado, hizo que estos juros finalmente se hiciesen enajenables incluso antes del impago (con lo cual pasaron a operar con una especie de reaseguro, pues en la venta del juro el banquero traspasaba el riesgo de crédito a su cliente; y, si entonces hubiese existido Bloomberg, su cotización secundaria habría aportado información precisa sobre las previsiones del mercado en torno al cumplimiento del presupuesto de ingresos de la corona).

Esta actividad generó la primera situación en la Historia de España de otro tema que hoy está muy en boga: el endeudamiento externo. Los banqueros de la corona era, o bien genoveses, o bien judíos portugueses huidos de España tras la expulsión. Pero la población fundamental era la primera (los genoveses, por cierta, eran especialmente odiados por los catalanes, quienes los llamaban moros blancos), por lo que estos banqueros, que obtenían sus pasivos de clientes italianos, procedieron, en el marco de estas operaciones, a venderle juros masivamente a estos italianos.

Durante la edad de oro de los juros, todo esto fue oro molido para la banca: ganaba dinero con los asientos (que se devolvían) y ganaba dinero con la intermediación de los juros.

El prestigio de los juros se basaba en una sola cosa: que la emisión se correspondiese con los impuestos comprometidos. Sólo de esta manera, quien compraba el juro cobraba, y el mecanismo podía seguir siendo de confianza. El problema surgió a partir del segundo cuarto del siglo XVII, cuando las obligaciones imperiales españolas, y el agotamiento del crecimiento acelerado en Castilla, comenzaron a estancar las posibilidades de la Hacienda, sin que ésta dejase de emitir juros por ello.

Había llegado el momento de crecer los juros.

El crecimiento de un juro significa, en realidad, su abaratamiento. La razón del uso de la palabra está en que los castellanos de la época desconocían el uso financiero del porcentaje y, consecuentemente, expresaban la rentabilidad de los juros poniendo en relación nominal e intereses. Los juros, así, eran, por ejemplo, de 10.000 el millar. Esto quería decir que el tomador pagaba 10.000 maravedíes a cambio de un derecho sobre 1.000 maravedíes del impuesto de que se tratase. Es lo que hoy llamaríamos una letra al 10%, en principio perpetua.

En la operación de crecimiento, la corona invitaba al tomador a acrecer el pago realizado (de ahí lo de crecimiento), conservando el pago de intereses. Por ejemplo, si un juro de 10.000 al millar se acrecía el doble, el tomador pagaba 10.000 maravedíes más, y se convertía en poseedor de un juro de 20.000 al millar. O, lo que es lo mismo: el Estado, que le debía un 10%, ahora le debía un 5%. El crecimiento de juros era, pues, una quita en toda regla.

El otro gran acto que podía realizar la Hacienda era el desempeño del juro; esto es, hacer uso de la potestad de la corona de devolver el principal, extinguiendo toda obligación de pago y liberando la recaudación tributaria correspondiente. Normalmente, el desempeño se hacía sobre títulos antiguos a alto tipo de interés, seguido de emisión de nuevos juros a un tipo menor.

¿Por qué los inversores aceptaban estas cosas? En primer lugar, porque la puntillosa administración castellana, heredera de la obra filipina, recababa constante información sobre la marcha de las cotizaciones en todas las ciudades y, por lo tanto, sabía cuándo acrecer y desempeñar con expectativas de esperar demanda para ambas operaciones. En segundo lugar, porque los juros seguían siendo una fuente de ingresos considerada razonablemente estable, y los empresarios castellanos, sometidos a los caprichos del clima, las enfermedades del ganado, los mercados internacionales, las guerras, etc., veían en esta inversión una cobertura razonablemente segura.

El sistema hizo crisis, como digo, cuando el situado de los juros vino a equivaler, prácticamente, con las posibilidades recaudatorias de la Hacienda Real. Fue, como digo, el momento en el que empezaron los crecimientos masivos: de ser operaciones selectivas pasaron, a partir de 1608, a afectar a la totalidad de la deuda de unas determinadas características. Las operaciones masivas generaron vivas protestas, especialmente por los tomadores de los juros más antiguos (que eran, ya lo hemos dicho, los que tenían un cobro más seguro).

En la tercera década del siglo XVII, los juros empezaron a experimentar problemas de demanda. Por primera vez, se encontraban con que el mercado empezaba a ser renuente a comprar los privilegios. Al reiniciarse la guerra de Flandes, ya reinando Felipe IV, el gobierno tuvo que decretar algo muy parecido a una quita o suspensión de pagos, pues redujo el rendimiento de todos los juros que estuviesen dando más del 5%; y, además, lo hizo sin desempeñarlos (amortizar el principal) ni crecerlos, sino, directamente reduciendo el rendimiento. A partir de 1630, la demanda de juros prácticamente desapareció, momento en el cual la corona comenzó una carrera desenfrenada por reducir su nivel de endeudamiento, primero dejando de pagar con plata y pasando a pagar con moneda de vellón; y, después, aplicando descuentos unilaterales en el interés, conocidos como la annata y la media annata. La medida se planteó como algo provisional y provocado por la grave crisis de las finanzas públicas de 1630, pero cinco años después se eternizó, convirtiéndose de facto en una especie de Tasa Tobin, es decir un impuesto sobre la adquisición de deuda pública. Todavía en 1727, seguía la corona peleando con este monstruo de deuda, decretando una modificación unilateral del nominal de los juros de 20.000 al millar a 33.000 al millar. Pero, al revés que un siglo antes, esto no se hacía obteniendo la diferencia del tomador; era, ya, una simple y pura quita del interés.




Quien quiera profundizar en lo que aquí se ha contado, puede acceder, gratuitamente, a un excelente trabajo, de cuya introducción he sacado buena parte del contenido de este post. Se trata del análisis Oferta y demanda de deuda pública en Castilla. Juros de alcabalas (1540-1740), debido a Carlos Álvarez Nogal y publicado en las series de Historia Económica del Banco de España. Pero a quien le guste bucear en las librerías usadas le interesará buscar el monumental La Hacienda del Antiguo Régimen, del maestro Miguel Artola; y, si busca mucho más, puede tener la suerte de encontrar un libro delicioso, titulado Hacienda Pública de España, obra de Ramón de Espínola. La edición que yo tengo es de 1849, Imprenta de Manuel de Campo, Madrid.

Asimismo, quien quiera empaparse de los crecientes problemas que el presupuesto militar creó a la Hacienda española, debería leer el insuperable Guerra y decadencia de I. A. A. Thomson.

Yo, ya lo siento, pero es que tengo debilidad por la Historia de los Impuestos.

lunes, abril 30, 2012

Una guerra de viñetas (1)


Esta viñeta, cuyo autor desconozco  (firma en la esquina inferior izquierda, pero no la decodifico), fue publicada el 18 de febrero de 1937 por el Diario Vasco. En zona republicana, pues.

Resulta una viñeta realmente excepcional por la forma directa con la que trata el tema de la sexualidad libre. Asunto que en los años treinta del siglo XX era tabú en España, también en zona republicana.

En este caso, sin embargo, el tema se pone al servicio de uno de los asuntos preferidos de los caricaturistas republicanos: la presencia de tropas moras en el bando nacional. La propaganda republicana hizo esa presencia mayor de lo que realmente era; la motejó de intolerable interferencia de tropas no españolas (lo que se dice ver la paja en ojo ajeno y blablabla); y, sobre todo, acusó a los moros de realizar crueldades sin fin, entre las cuales se encontraba en lugar preferente la violación de las mujeres. De esta manera, se trataba de construir una oposición total, civil y militar, al avance de las tropas nacionales.

El pretendido desenfreno sexual de los moros es aquí sublimado en otra cosa diferente. Aparece el soldado junto a una mujer entrada en años, que sonríe satisfecha. El diálogo que acompaña a la viñeta es:

- Usted es de los buenos...
- Yo ser... regular.


El diálogo juega con el doble sentido de la expresión "de los buenos" (la señora, de clase alta, considera a los nacionales los buenos); de la expresión "ser regular": ser regular en la cama, o pertenecer al cuerpo de regulares.

No era nada habitual, en la chistología de la época, ni en sitio alguno en realidad, explotar la figura de la mujer entrada en años (y en kilos) que, a pesar de ello, da pasos para darse una alegría al cuerpo; menos aún puliéndose a un moro. Es por ello que os la traigo aquí.

Kurdos


El imperio otomano podría considerarse una de las mayores, si no la mayor, irregularidad de la Historia moderna, a juzgar por los muchos problemas que a la postre creó desapareciendo.

Ciertamente, todos los imperios de gran tamaño que un día dejan de serlo legan en herencia al mundo un rosario de enfrentamientos, traiciones y acciones disolventes; eso lo saben bien los herederos de Alejandro, o los últimos emperadores romanos. Son, tal vez, los chinos los únicos que han conseguido desmantelar su imperio sin perder la cohesión territorial y social; aunque eso lo hicieron, en buena parte, a base de sustituir un imperio por otro.

Una de las consecuencias terribles del desmantelamiento del imperio turco es la cuestión kurda; la cual, pese a encontrarse actualmente algo más, digamos, solucionada, sigue siendo un elemento desequilibrante de primer nivel en el Oriente Medio.

La minoría racial kurda es considerada la mayor de las existentes en el mundo que carece de un Estado propio. Su “nación” se extiende por territorios situados en las actuales Turquía, Irán, Irak, Siria y la antigua URSS (sobre todo, Azerbaiyán). Aunque también hay comunidades kurdas, que han tenido su importancia, en Jordania, Líbano, Yemen, Afganistán, Pakistán y Europa, en una situación genérica que se parece mucho, o más bien muchísimo, a la diáspora palestina. Los kurdos, sin embargo, históricamente han cometido el error de no meterse con un pueblo en el punto de mira de la opinión pública occidental, como el de Israel. Esto los ha convertido en palestinos de baja intensidad.

Los kurdos son considerados originarios de cierta mezcla de etnias arias en el norte de Mesopotamia. Los arqueólogos, hasta donde yo sé, han podido datar la presencia kurda en sus tierras aproximadamente 2.500 años antes de Jesucristo. En el llamado desfiladero de Derbendigaver, por ejemplo, se han encontrado unas inscripciones que relatan guerras entre kurdos y acadios; lo que demuestra que los kurdos de entonces no eran muy listos seleccionando enemigos, pues pocos cabrones había en la zona más cabrones que los acadios. De los kardoka habla Xenofonte en su Anábasis, relatando que eran excelentes jinetes.

Cuando, allá por el 614 antes de Jesucristo, el rey medo Ciaxares arrasa Assur, mandando a tomar por culo a los asirios y su política de dominación esclavista sobre el resto de los pueblos mesopotámicos, los kurdos forman parte de la alianza ganadora. La interpenetración entre kurdos y medos hizo que cuando algunas de las tribus de éstos últimos se hicieron mazdeístas, los kurdos se convirtiesen también en adoradores de Zoroastro. Aunque no pocos de los kurdos desarrollaron otra creencia, preislámica, conocida como yazidismo. Una creencia que ha dado para mucho en los discos duros de los polla-escritores históricos, que alguna vez han hecho juegos malabares con estos kurdos llamados “adoradores del diablo”, no creo yo que con mucha base. El yazidismo creía en la existencia de siete ángeles custodios del mundo (supongo que no habrá un solo católico que se atreverá a levantar la mano y decir que creer esto es una chorrada), de los cuales el principal, Melek Taus, también llamado Shaytán, ha sido identificado con Satán. Identificación que tampoco está tan clara, la verdad.

Toda esta libertad religiosa quedó bastante más que en entredicho con la llegada de las siempre democráticas mesnadas mahometanas. Los hombres del Islam se apiolaron a los relapsos, quemaron sus templos, e hicieron todo lo necesario para convencer a los kurdos de que debían abrazar la religión verdadera; cosa que ellos hicieron en buena medida, claro.

Kurdo era el joven Ziryab, mosulense de toda la vida, que llegó a formar parte de la corte bagdadí de Harum al Rachid, pero que fue rápidamente fichado por Abderramán II, quien se lo trajo a Córdoba, donde Ziryab, que por encima de todo era músico, fundó el primer conservatorio de música de nuestra Historia; conservatorio donde comenzaron a escucharse las armonías orientales que hoy en día brotan, en cualquier disco, de la garganta de Camarón de Isla y Enrique Morente, o de los dedos de Paco de Lucía.

Kurdo era el mayor general musulmán de la Historia, Saladino, el hombre que consiguió parar a los franj, como ellos llamaban a los cruzados (obviamente, trataban, sin éxito, de pronunciar la palabra “franco”) y los derrotó sin paliativos, merced a sus mejores tácticas, así como otras cosas sin importancia, como que la costumbre musulmana de lavarse tres veces al día para rezar tuvo como consecuencia de las mesnadas islámicas tuviesen muchas menos epidemias que los cruzados, los cuales, por mucho que sudasen dentro de sus lorigas, no se bañaban nada más que de vez en cuando, convirtiendo sus cuerpos en una especie de Marina d’Or pulguera, piojera y chinchera.

Saladino, que tan bueno fue para los musulmanes en general fue, sin embargo, bastante mal estadista para los kurdos, pues no creó una nación cohesionada. Los kurdos siguieron siendo pueblos unidos por una lengua, una cultura y unas tradiciones, pero divididos en pequeños reinos feudales. Cerca de ellos, sin embargo, medraban los mamelucos en las armadas árabes, proceso que se combinó con la emigración masiva de los turcomanos, empujados por la marea mongol, cohesionando el proyecto de un imperio otomano.

De forma un tanto inexplicable (pero sólo un tanto, pues hasta el muy cristiano Rodrigo Díaz de Vivar ofreció su espada a señores caldeos), los kurdos engrosaron las tropas del sultán turco Selim quien, el 23 de agosto de 1514, frenó la expansión hacia el Oeste de los persas, lo que acabaría provocando el dibujo de las actuales fronteras entre Turquía e Irán, es decir la primera división seria de los kurdos entre dos naciones.

A principios del siglo XIX, el sultán otomano Magmud II inicia una política centralizadora que compromete el poder de los señores feudales kurdos. Con consecuencia de ello, se producirán las sublevaciones kurdas de Abdulrrahmán Pachá (1806); Mir Mohamed, algunos años más tarde hasta su asesinato en 1837; Yezdan Sher (1855); y, finalmente, Obeidullah, en 1880.

El imperio turco, en todo caso, da la vuelta al siglo en medio de muchas más revueltas nacionalistas, no sólo kurdas, sino también albanesas, griegas o armenias. Todo esto hará crisis en la Gran Guerra, que los turcos pierden por haberse aliado con Alemania.

En el Tratado de Mudros, 30 de enero de 1918, desparece el imperio otomano. La Turquía superviviente, apenas Anatolia, es obligada en el Tratado de Sèvres a aceptar la autodeterminación de Armenia y el Kurdistán. Los kurdos, pues, rozan la independencia; pero no la conseguirán porque el Tratado nunca se aplicará pues, en Turquía, todo cambia radicalmente con la revolución liderada por el joven militar Mustafá Kemal, Atatürk o padre de los turcos, quien se las arregla para expulsar a los dominadores extranjeros de su país y convence a los armenios de que se olviden de sus sueños independentistas mediante la realización de uno de los genocidios más vastos y bastos del siglo XX.

En 1923, Tratado de Lausana, Kemal fuerza la vuelta atrás de las condiciones de Sèvres; un año más tarde, funda la República Turca, de carácter nacionalista, hasta el punto de eliminar los restos de cultura árabe en el país y declarar el Estado no musulmán. Además, Kemal prohíbe a los kurdos residentes en su país cualquier expresión de su cultura y su lengua, y reprime con gran violencia las revueltas que se producen. En Turquía se dejan de editar mapas donde siquiera aparezca el Kurdistán.

En aquellos años y en el Kurdistán mosulí, situado fundamentalmente en el norte de Iraq, se descubrieron importantes yacimientos de petróleo. Esto, inmediatamente, hace que las potencias europeas recuperen un interés por esta zona que antes no tenían y, así, en el 1920, Gran Bretaña y Francia firman el acuerdo de San Remo, por el cual crean el fistro de Estado iraquí bajo su control. Ingleses, franceses y estadounidenses serán socios en la extracción de petróleo en la zona de Mosul.

Las sublevaciones kurdas reclamando el cumplimiento de las viejas promesas de la posguerra mundial son reprimidas. Igual destino viven los kurdos iraníes, perseguidos por el sha Reza Kahn.
En 1945 se crea, en Irán, el primer Partido Demócrata del Kurdistán, PDK, es decir la primera formación política organizada en defensa de los intereses nacionalistas kurdos. Es un movimiento que aprovecha la segunda posguerra mundial, y que da un paso más con la fundación de la denominada República de Mahabad, bajo la dirección del líder del PDK, Qazi Mohamed, así como, indirectamente, de la familia Barzani, venida desde Iraq.

Sin embargo, Mahabad durará apenas un año. La URSS, en cumplimiento de las previsiones de Yalta y otras conferencias, abandona el norte de Irán, con lo que el país queda en manos del Sha, para entonces aliado ya de Estados Unidos, el cual unifica la nación bajo su gobierno, eliminando el proyecto independentista kurdo. El 30 de marzo de 1947, muchos de los dirigentes de la efímera república, entre ellos su primer ministro, son ahorcados.

El líder kurdo Barzani será el único cabecilla importante que logrará huir de la represión producida con la caída de la República de Mahabad. Se refugia en la URSS donde permanece hasta 1958, cuando la monarquía feisalí de Iraq cae tras la revolución de Kassem. Sin embargo, tres años más tarde, ante la política iraquí de no reconocer los derechos del pueblo kurdo, Barzani volverá a la clandestinidad y al enfrentamiento.

En los últimos años del shanato proamericano en Irán, este país y Estados Unidos se convertirán en los grandes valedores del movimiento kurdo, no desde luego por convicción moral alguna, sino para así debilitar la posición de Sadam Husein en el interior de Iraq. Sin embargo, Husein capeará muy bien el temporal con el acuerdo alcanzando con su vecino persa relativo al uso del estuario de Chat-el-Arab, que supondrá el fin de la ayuda iraní a los kurdos. A partir de ahí, el dictador iraquí se aplicará contra los kurdos con una crueldad genocida, con episodios repugnantes como el bombardeo de la ciudad de Halabja con armas químicas, que produjo 5.000 muertes. En agosto de 1988, con el fin de la guerra con Irán, el régimen iraquí intensifica sus acciones represoras, causando un movimiento de centenares de miles de refugiados.

En Irán no le fue mejor. El PDK, dirigido por Abdulrahman Gasemlu, fue una de las formaciones que apoyó la revolución de los ayatolás; sin embargo, una vez llegado Jomeini al poder, la cúpula religiosa shií se olvidó muy rápidamente de aquel apoyo, con lo que los kurdos acabaron guerreando con los guardianes de la revolución. En Turquía, la fuerte implantación del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) ha generado diversos problemas al Estado, el cual, pese a considerar a los dirigentes del PKK meros terroristas, ha tenido que dar pasos liberalizadores, con un ojo puesto en su candidatura al ingreso en la Unión Europea.

Tras la segunda guerra del golfo y la caída de Sadam Husein, la situación de los kurdos se ha normalizado significativamente. Tienen representatividad en el Estado iraquí y determinados grados de autonomía. En Turquía, como ya hemos dicho, han visto cómo la lengua y cultura kurdas salían de la caverna de la prohibición. Sin embargo, a mi modo de ver el problema kurdo está lejos de haberse resuelto.

Como ya he dicho, sorprende bastante que la reivindicación kurda, que histórica, cultural y numéricamente es tan importante como lo pueda ser la palestina, tenga escasos adeptos en el mundo occidental, el cual, en términos generales, desconoce por completo o casi por completo el problema kurdo.

El problema kurdo es, en sí, muy complejo. Primero porque afecta no a uno, sino a varios países: Turquía, Siria, Irán, Iraq; como poco. Segundo, porque la propia actuación de los kurdos tampoco es del todo defendible. No sólo han respondido, en ocasiones, a la represión con terrorismo, como hizo el PKK en su etapa más radical; es que, además, los kurdos son beneficiarios del genocidio armenio, pues parte de sus tierras fueron ganadas gracias al mismo, bien aprovechando las muertes causadas por los turcos; bien llevándolas a cabo ellos mismos. Por lo tanto, en un entorno de reclamación de derechos históricos, tal vez, al minuto siguiente de reclamar los kurdos algunos de sus territorios, se encontrarían con que los armenios también los reclamasen.

Las guerras de Iraq han cambiado los hechos, otorgando a los kurdos un poder federal, pero están lejos de haber resuelto el problema. El Estado iraquí es un Estado débil. Y, en otros países, la cuestión kurda sigue pendiente.

A veces, verdaderamente, da la impresión de que la cuestión kurda es algo así como el resultado del compendio de todos los errores que el hombre, kurdos incluidos, ha conseguido cometer a lo largo de la Historia.