miércoles, octubre 05, 2011

El re-98

A España le sientan mal los tiempos finiseculares.

Tuvimos un fin de siglo acojonante en el siglo XV. En el mismo año, multiplicamos por dos el universo Matrix de la civilización occidental y terminamos la empresa, secular, de la unificación de España bajo una sola identidad (religiosa, claro). Pero, a partir de ahí, las cosas no fueron demasiado bien. A finales del XVI muere Felipe II, que deja un país descojonado, que ha debido declarar dos o tres quiebras a la griega y que además, para más inri, es esclavo de su prestigio. Según cuenta muy bien Eliott en su biografía del conde-duque de Olivares, en los tiempos del valido de Felipe IV, en el Consejo de Castilla (léase Consejo de Ministros) todavía quedaban provectos prohombres del felipismo que recordaban al rey prudente con nostalgia, y que bloqueaban cualesquiera medidas de austeridad en las cuentas públicas con el argumento de mantener el prestigio de España. En Flandes, en el Milanesado, en la Valtelina, en las costas caribeñas.

Fruto de todo esto, el 1700 le pilla a España dándose de hostias entre dinastías y regiones, en un proceso que, lejos de haber terminado, no ha hecho que intensificarse con el tiempo. El final del XVIII contempla a un país finalmente esclavo del vecino francés (y digo finalmente porque el proyecto de fagocitosis de España por Francia es un proyecto de largo plazo, ambicionado en París desde cuando menos cien años antes), y del final del XIX, o sea 1898, qué contar.

La crisis de finales del siglo XX se ha hecho esperar unos años, pero ya está aquí. Lo que se ve y se oye hoy en día en España se parece mucho a muchas cosas que leo de la España del 98. El 98 fue, por encima de todo, la pérdida de prestigio internacional de España, el fin del imperio; esto se da ahora, cierto que en menor medida. Pero, en mi opinión, se parece mucho a ese despertar que todos hemos tenido (todos, no sólo Zapatero), puesto que hace cinco años nos creíamos la polla en verso: en España se vivía mejor que en cualquier parte (cosa que ya no era cierta, especialmente si tenemos en cuenta que el horario de trabajo español es quizá el peor organizado de Europa), estábamos convergiendo en salarios (más bien en costes), teníamos un modelo de crecimiento constante porque se basaba en un activo que jamás se desvaloriza (pero lo hace), y captábamos la mayor parte del nuevo trabajo generado en la UE (y por eso ahora tenemos la mayor parte de su desempleo).

Éramos un imperio, la Champions League y todas esas contraptions retóricas, y ahora resulta que sólo somos una provincia cuya capital es Berlín. Nada nuevo bajo el sol; si no tenemos, hoy, en la península, la misma hora que las Canarias (que sería lo lógico), es porque a finales del siglo XIX nuestros políticos consideraron inconcebible que no tuviésemos la misma hora que la que veía Otto von Bismarck al levantar la tapa de su reloj de mano.

El segundo factor de identidad tiene que ver con eso que se llama la destrucción del modelo económico. España tenía a finales del XIX un modelo económico basado en la posesión de ricos mercados cautivos de materias primas, sobre todo Cuba y Puerto Rico y en menor medida Filipinas, en los cuales había practicado una dominación férrea. Y todo eso era irrenunciable para nosotros; vestíamos esa condición de nostalgia, identificación, tradición y otras mandangas, pero el fondo de la cuestión es que nos llevábamos de allí nuestro PIB.

Hasta una persona liberal como el general Prim había faltado a su palabra con los autonomistas cubanos y les había dejado compuestos y sin parlamento propio. Y no hay que olvidar que, hasta finales de siglo, en aquellas tierras los españoles todavía consideraban legal la esclavitud. Eso sí que era dictadura de los mercados.

La España del siglo XX tuvo que construirse más allá de ese modelo económico, abandonar el proteccionismo y, consecuentemente, rediseñar su sector industrial. Fue un proceso doloroso que, sin embargo, muchos historiadores recuerdan fue enormemente creativo, porque obligó al personal a ponerse las pilas e innovar.

El tercer elemento identificador que yo veo es que, en el 98, doblar España la rodilla e intensificarse los movimientos centrífugos fue todo uno. El post 98 es la edad de oro de Sabino Arana y del partido de Dios y de las Leyes Viejas, y las Bases de Manresa se redactaron apenas seis años antes de que el Maine volase por los aires.

Hay un cuarto gran elemento en el 98: el regeneracionismo. El desastre del 98 generó todo un gran movimiento de reflexión sobre qué hacer con España, cómo hacer España. Se suele hablar del krausismo como gran aportación a ese debate, pero no fue la única. La verdad es que en aquel tiempo todas las ideologías, desde el catolicismo ultramontano hasta el obrerismo más radical, se aplicaron, de una forma u otra, en hacer propuestas para la regeneración del país y su reinvención.

No estoy seguro de que este proceso se esté produciendo en la España de hoy. Creo que somos, en buena parte, reos de dos problemas que lo impiden.

El primer problema es el estatalismo radical que se ha producido en toda Europa desde hace sesenta años, y que ha provocado toda una filosofía social según la cual todo esto de relanzar la economía y reilusionar el país son «cosas del gobierno». Los gobiernos, en las sociedades actuales, son responsables absolutamente de todo lo que nos pasa, y de todo lo que nos ha de pasar. Consecuentemente, no nos sentimos impelidos a reflexionar sobre qué podríamos hacer nosotros mismos, como colectividad, para mejorar la situación.

El mejor ejemplo de todo esto es, en mi opinión, el famoso movimiento 15-M, que es un movimiento disgregador en mayor medida que aglutinador: se sabe mucho más de lo que no le gusta que de lo que le gusta. En el fondo, es un movimiento que reclama políticos que hagan lo que el movimiento quiere que hagan; o sea, no se sale ni un pelo de esa filosofía de traslación de responsabilidades. A día de hoy, un anarquista y un oyente de Federico Jiménez Losantos podrán pensar que no se parecen en nada, pero se parecen en esto: ambos reclaman del Estado que haga y piense muchas cosas que sus abuelos decían y pensaban por sí mismos (sí; he escrito anarquista, y he escrito Estado).

El segundo factor que nos influye es el franquismo inverso. 36 años de dictadura personal, políticamente identificada con los postulados de eso que llamamos las derechas, distorsionaron la Historia de España en una onda que a día de hoy todavía no se ha extinguido. En parte, España vive hoy aún un franquismo inverso, en el cual la dirección se ha dejado impoluta, sólo que se ha cambiado el sentido de la misma. En otras palabras: con la misma pasión con la que el franquismo santificaba y condenaba cosas, hoy se condenan y santifican. Pero detrás de la actitud está la misma intolerancia, la misma ausencia de debate, que había en el pasado. Consecuentemente, España entera actúa como si 36 años de su Historia fuesen un compendio de todo lo que no hay que hacer, y los 36 que siguen son el compendio de todo lo que hay que hacer.

Yo no sé si alguien se da cuenta de que dentro de 275 días llegaremos al punto en que la democracia habrá durado el mismo tiempo que la dictadura. Una vez leí que cuando dejas de fumar, puedes considerar que tu cuerpo está libre de células precancerígenas debidas a ese hábito tras juntar tantos días sin fumar como días fumaste. Tal vez es que es así. Tal vez es que tenemos que tenemos que esperar al 7 de julio del 2012 para considerar que nuestro cuerpo está liberado de las células cancerígenas del franquismo.

Sean ciertas o no estas opiniones, la pregunta que me hago estos días es: ¿en qué grandes elementos debería basarse la reflexión regeneracionista presente? ¿Cuáles son los drivers, como se dice hoy en español negocios, del cambio? ¿Hacia dónde debiéramos avanzar? ¿Qué es urgente que cambiemos, qué debiéramos conservar a toda costa? ¿Dónde nos hemos pasado, dónde nos hemos quedado cortos? ¿A quién, y a qué, deberemos dar más importancia, y a quién o qué, menos? En suma, si hemos descarrilado, porque hemos descarrilado, ¿quién será nuestro Ganivet, o nuestro Joaquín Costa, o nuestro Canalejas, por dónde nos llevará, y por dónde nos debería llevar?

Y, bueno, algunas cosas que me surgen.

En primer lugar, se me hace impepinable que coloquemos en un nivel de prioridades muy superior al actual la responsabilidad personal. O, dicho de otra forma, ese estatalismo global, esa muerte simultánea de la culpa (ni uno mismo, ni la masa, el pueblo, tiene jamás la culpa de nada) y de la fatalidad (nada ocurre por mala suerte; siempre hay alguien responsable de que haya ocurrido y, si no hay nadie, queda el Estado), han de dar marcha atrás. Hace algunos años, cuando yo era adolescente, todo dios leía a Kafka. Hoy, sin embargo, el checo es un autor casi pasado de moda, y no me extraña, porque, en buena parte, el mundo que Kafka temía, el mundo que barruntaba también Aldous Huxley, es el mundo actual, y hay un huevo de gente que está de puta madre viviendo en él. Kafka nunca pensó que a alguien le pudiese molar convertirse en una puta cucaracha, pero es un hecho de que hay un montón de gente a la que le encanta.

Porque hay una resistencia a ultranza a dejar pasar este elemento es por lo que se fabrican, y repiten como mantras, las explicaciones conspiratorias de la situación actual. Es importante que la gente crea que hay conspiradores por ahí que han urdido toda esta desgracia; porque si no lo creyeran tendrían que enfrentarse a la pregunta de en qué medida ellos mismos alimentaron el caos final (pregunta que tiene respuesta muy jodida para muchísima gente), y qué están dispuestos a hacer (léase sacrificar) para salir del mismo. Hace 800 años, sintiéndose uno enfermo o habiendo perdido la cosecha, también resultaba más cómodo echarle la culpa a la bruja del pueblo y quemarla en la plaza pública que admitir errores y ponerse a currar.

A despecho de cegueras interesadas, sin embargo, las trazas son, a mi modo de ver, bastante evidentes de que el mundo camina en un sentido bien distinto. Muchos años antes de que llegase la crisis, en medio de la fiesta de la expansión pues, ya hubo muchos países (la mayoría de los europeos, sin ir más lejos) que realizaron un cambio de letra en sus sistemas de pensiones. Las pensiones pasaron de ser DB a DC. DB quiere decir Defined Benefit y, por lo tanto, quiere decir que sabes lo que recibirás; DC quiere decir Defined Contribution y, por lo tanto, designa un sistema en el que lo que sabes es lo que pones. Este corrimiento, que insisto se ha producido igual en países proclives a votar a políticos rajoyenses, rubalcabianos o escubi dubi dúas, es como esa primera hormiga, aparentemente inofensiva, que Charlton Heston se encuentra en Cuando ruge la marabunta, sin sospechar que detrás de ese individual insecto inofensivo viene una patota de trillones de ellos que se lo comen todo.

La España futura ya no podrá ser un país en el que el administrado deje en manos de un tercero ignoto, el Estado, la administración de su vida y su bienestar. Habrá de tomar cada ciudadano un papel protagonista en su propia vida, y eso creará tensiones, porque la filosofía de que tomará más café quien más café muela chirría en las mentes de los amigos del café para todos, o sea los herederos de Mayo del 68. Hoy y en el futuro, sin embargo, la filosofía de Mayo del 68 aparece como tan primariamente atractiva como irrealizable en la práctica.

Como segundo elemento, me parece a mí que no hay más huevos que resolver la tensión nacionalista de alguna manera. Si algo nos enseñan los últimos 125 años de Historia es que España tiene la capacidad de derrochar cantidades industriales de esfuerzo en discutir, que no resolver, la cuestión de las nacionalidades. Por lo demás, el nacionalismo ha sido el gran protagonista del siglo XX. Rabiosamente nacionalistas son los fascismos; y los socialismos de un sólo país que suceden a Stalin. Rabiosamente nacionalista es el hoy titubeante imperio japonés, como lo es el emergente chino. El nacionalismo hizo saltar la URSS, al fin y a la postre. Y de la que ha sido y sigue siendo la principal potencia mundial del momento no se puede predicar, precisamente, que practique un nacionalismo tibio.

El debate en torno al nacionalismo va mucho más allá de la mera discusión intelectual. Porque por mucho que se considere absurda esta forma de pensar, por mucho que se comparta aquella famosa frase de Unamuno, salpicada de desprecio como casi todas las suyas, de que el nacionalismo es una dolencia que se cura viajando; por mucho, por lo tanto, que intelectualmente se rechace el nacionalismo, lo que no podemos negar es que, cada vez que nos despertamos, el dinosaurio sigue ahí.

Otra cosa distinta es que a los nacionalistas les interese sentarse en una mesa para discutir en serio un acuerdo de largo alcance. Hace ya mucho tiempo que los nacionalismos de los países más desarrollados han abandonado en la práctica su objetivo final (la independencia) y se han dado cuenta de que les va mucho mejor amagando pero no dando; en este punto se ha convertido en una costumbre acudir a la imagen del tipo que sacude el árbol para hacer caer los frutos. Bien pensado, el nacionalismo no tiene nada que ganar en cualquier tipo de acuerdo que elimine la tensión con la metrópoli, porque eso significa renunciar a su capacidad de obtener más, ergo mina su poder para captar votos, ergo tiende a disminuirlo con el tiempo, ergo reduce su capacidad de presión; ergo puede llegar un día en que, por haber llegado a ese acuerdo, el nacionalismo se convierta en una estrategia, más que una ideología, innecesaria e inoperante.

Es posible, por lo tanto, que se acabe tratando de una negociación, no con, sino a pesar del interlocutor. Pero el problema básico estriba en que esta crisis está siendo tan profunda, y está enseñándonos tanto sobre lo costoso que es tener el gesto del buen samaritano de ayudar al que es más debil que nosotros (Grecia lo era, y el resultado no es que los fuertes la han hecho fuerte, sino que ella los ha debilitado), que la salida de la crisis va a ser una carrera a maricón el último en la que va a haber que crear valor añadido a toda hostia y a lo bestia.

Los pedagogos podrán seguir creyendo que pueden pensar en un mundo en el que todos los niños de un aula son iguales y no se tienen que sentir mínimamente malquistados unos con otros; pero, digan ellos lo que digan, y hagan lo que hagan, el mundo que les va a esperar en la calle, en cuanto les crezcan pelos en las gónadas, no va a regalar nada, y sólo va a ser un sitio amable para los que sean capaces de entender por sí solos lo que sus maestros no les quisieron obligar a experimentar.

Los estrategas de la negociación colectiva pueden seguir pensando que no hay diferencia entre negociar un convenio colectivo en el 2017 y en 1984; pero no sólo la hay, no sólo una negociación y otra no se van a parecer en nada, sino que quien cierre los ojos no ganará nada con ello. En algún sitio, quizá en el mismo barrio, en la misma ciudad, o tal vez en otro país, en otro hemisferio incluso, habrá quien sí entienda la diferencia y la aplique. Y ese alguien, tarde o temprano, acabará echando del mercado a aquél que, sin más arma que la ideología, creyó que cerrándole la puerta de papel de fumar al Lobo Feroz ya estaba a salvo.

El asunto de los nacionalismos y la necesidad de un pacto con los mismos me lleva a otro elemento que creo ver necesario: la refundación de valores de cohesión alrededor de la idea de España. Me parece increíble haber escrito esto por ser yo lo que soy, y ya lo comentaré algunas lìneas más abajo. Pero lo cierto es que, tras reflexionarlo, me ha dado por pensar que una de las corrientes contrarias que operan contra la evolución del país (evolución en todos los sentidos: económica, política, moral) es lo tremendamente pesimistas que tendemos a ser los españoles respecto de nosotros mismos.

En sus inicios, todo esto tiene que ver con que un día fuimos un Imperio. A los imperios le pasa lo mismo que le pasa al que va ganando al parchís; el resto de jugadores, si las reglas del juego lo permiten, se aliarán para que deje de ganar. Así jugaba yo con mis hermanos, permitiendo coaliciones y pactos por los cuales dos jugadores no se comían las fichas el uno al otro. De esta manera, las partidas son interminables y nunca hay alguien que domine el tablero, porque automáticamente todos los demás se vuelven contra él. Obviamente, en la coalición antiimperial siempre hay, escondido, un Caballo de Troya que lo que pretende es sacar beneficio de la situación y convertirse él mismo en emperador; y vuelta a empezar.

España ha sufrido, históricamente, una operación de propaganda muy similar a la que llevan experimentando, en los últimos sesenta o setenta años, los Estados Unidos de América. Esta campaña se basa en valorar bien a sus jerarcas cuando tienden a olvidar su papel como gendarmes del mundo (Jimmy Carter, el primer JFK de antes de lo de Cuba, el Obama que se quería ir de Irak...) y, sobre todo, destacar la cara oscura del imperio, pues todo el que manda tiene cara oscura. Así las cosas, hay gentes para las cuales lo más importante que pasó en la Historia de España fue la Inquisición, y lo más importante que ha pasado en la Historia de los Estados Unidos es el genocidio de las tribus nativas.

La gran diferencia entre España y EEUU es que aquí, quizás por falta de esa moral cohesionadora, nos lo hemos creído. Hoy, para encontrar al más arduo defensor de eso que se ha dado en llamar Leyenda Negra de España no hay que irse a Wisconsin; en cualquier departamento universitario de casi cualquier campus español encontraremos scholars que hablan y no paran de lo malo malísimos que fueron los inquisitoriales cazadores de conversos (como todo el mundo sabe, los anglicanos en Inglaterra se desplegaron con los católicos, especialmente si eran irlandeses, regalándoles playstations y decorándoles las iglesias con prímulas y rodoendros; y a los hugonotes franceses se los cargó un desgraciado virus de la erisipela) y los colonizadores de América.

Trescientos años supurando dolorosamente por la vena varicosa de la Leyenda Negra han acabado por construir un país que no cree en sí mismo. A esto lo he visto alguna vez designar como mesogenia, que vendría a ser algo así como odio a uno mismo; el antónimo de la xenofobia, que es miedo a las otras culturas. Los españoles no somos xenófobos; somos xenófilos. Nos gusta que nuestros electrodomésticos sean alemanes, y cuando nos podían contar, hace veinte años, que los terminales telefónicos que instalaban los alemanes en sus casas se fabricaban en Toledo, torcíamos el gesto con incredulidad. Nos ha costado mucho tiempo entender que el fromage estará bueno, pero es probable que en ningún país del mundo haya quesos tan variados y variadamente sabrosos como España. Durante décadas hemos visto cómo los italianos vendían por el mundo, metido en bellas botellas de cristal, el mismo aceite de oliva salido de Jaén, de Toledo o de Tarragona, que nosotros vendíamos, y seguimos vendiendo, en botellas de lejía, que tiene huevos.

Cada vez que en Meneame se cuelga y se comenta alguna noticia relacionada con la emigración de profesionales españoles hoy en día, en el capítulo de comentarios se pueden leer a un montón de jóvenes que no destilan tristeza por el hecho de que su alternativa sea irse, sino más bien algo así como liberación: por fin me marcho de este país de mierda. Si a esto añadimos el hecho, palmario, de que de cien años atrás porciones anchísimas de la población se han apuntado a sentirse catalanes, vascos, gallegos o bercianos, tenemos el horizonte completo.

El otro día estuve en la tienda de un joyero que vende relojes de una marca belga muy de moda que ha hecho una serie de pelucos decorados en su fondo con banderas del mundo. Me explicó que se forra vendiendo ejemplares con la bandera de los Estados Unidos, porque el local está relativamente cerca de la Embajada y no pocos de los trabajadores de la misma se los han comprado. Me decía que vende muy bien los relojes con la bandera de Brasil, que gusta mucho, y algunas otras escandinavas, porque quedan bonitas en el reloj. ¿Y el reloj con la bandera de España? Tuerce el gesto. No se vende tanto, me dice; es un poco cantoso ir por la calle con un peluco así.

Es curioso, pensé. El día que al fabricante se le ocurra sacar relojes con la senyera, la ikurriña o cualquiera que sea el nombre de la bandera gallega (la bautizaremos provisionalmente como La Carmiña), de fijo que se forra.

Todo esto es producto de la presión mesogénica de ciertas generaciones de españoles, a la que yo, lo confieso, pertenezco. Yo jamás, repito, jamás me pondría un reloj con la bandera de España. No por miedo ni por el qué dirán, que ésas son cosas, sobre todo la segunda, que llegados ciertos momentos de la vida te la vienen trayendo ondulante penduleante. No me lo pondría porque pertenezco a una cohorte demográfica, a un tipo de moral social, a la cual la bandera no le dice nada. La bandera de España, para mí, es el símbolo por el cual el Estado me secuestró durante un año para que trabajase gratis de camarero y llevando paraguas de la mujer de un coronel a la clínica paragüera de Sol. Porque yo, como supongo que casi todos, no puedo decir que serví en el ejército para defender a España; serví para llevar y traer paraguas, y para escanciar cafés cortados.

De alguna forma, es necesario que esta generación mía pase a ser una generación casposa y minoritaria.

Estamos aquí, de nuevo, frente a frente con el cáncer del franquismo y su metástasis, es decir el franquismo inverso. La sociedad española no cree en la idea de la patria porque la idea de la patria fue monopolizada por el franquismo. Y, sin embargo, de una forma u otra, hay que recuperarla. Los atletas de élite se concentran antes de la carrera porque saben que ganarla no consiste sólo en tener más y mejores músculos que el contrario; consiste también en correr bien, en hacer en cada momento lo que hay que hacer, y eso sólo se puede conseguir estando bien concentrado y creyendo en uno mismo. De nada nos servirá, en el futuro, tener músculo (eso si logramos tenerlo, claro) si seguimos saliendo a la pista pensando que otros nos van a dar para el pelo porque, al fin y al cabo, es nuestro destino, y si naciste p'a martillo, del cielo te llueven los clavos.

Como, quizá, último comentario, diría que un corolario importante de todo lo dicho es que el Estado español deberá reinventarse. Lo que tenemos hoy es un montaje que se hizo en y para unas determinadas circunstancias. Honradamente se pensó que sería un montaje que duraría cien años pero, por diversas razones, se ha demostrado obsoleto e ineficiente antes incluso de que sus arquitectos hayan muerto. Sucintamente, el Estado español, tal y como es hoy, no ha conseguido coordinar las dos grandes corrientes de la relación territorial: el desarrollo y la solidaridad. Desarrollo quiere decir que ni se puede ni se debe impedir que cada territorio empuje para ser más rico, más eficiente, más listo; y solidaridad quiere decir que eso no se puede hacer sin procurar un mínimo común múltiplo de inteligencia, eficiencia y bienestar para todos, como ocurre siempre en los proyectos colectivos.

Felipe IV y el conde-duque de Olivares viajaron a Barcelona el día en que su Pedro Solbes de turno les dijo que en toda Europa a los tercios españoles les estaban dando para el pelo y ya no quedaba un mango en las arcas para pagarlos. Fueron a Barcelona a pedirle al viejo reino de Aragón que se corresponsabilizase de los esfuerzos presupuestarios del proyecto España; querían regresar a Madrid con la buchaca llena y la promesa de levas entre los payeses.

Conviene estudiar bien la respuesta que recibieron. Le conviene a todo el mundo, también a los nacionalistas catalanes. Porque el no que recibieron el rey y su valido no fue, exactamente, un no insolidario. Fue, tal y como argumentaron las autoridades catalanas, la consecuencia lógica de una política llevada a cabo por Castilla, en los doscientos años anteriores, de hacer como si el resto de España fuese una colonia. Concretamente, por ejemplo, se le dijo al rey, en la cara, que la nobleza aragonesa llevaba décadas pidiendo que sus miembros entrasen en la gobernación de la nación, privilegio que les había sido negado sistemáticamente por los grandes de España, el almirante de Castilla y toda la clase política central.

Históricamente hablando, ni Cataluña ni los fueristas vascos (el nacionalismo gallego es de antesdeayer por la tarde) han sido serios candidatos a separarse de España. El invento de una Euskal Herria que merece ser por sí misma es un invento moderno; el fuerismo, que es el nacionalismo vasco de toda la vida, se corresponde con la demanda de unos derechos específicos dentro del conjunto. Un fuerista, por definición, no es independentista. Bolívar no reclamaba un fuero especial para la nación latinoamericana; reclamaba su derecho a separarla de la metrópoli. Otra cosa es que el tremendo error de las diputaciones vascas (que no las navarras), que en el siglo XIX optan por una posición irredenta y excesivamente rígida (al contrario que el foralismo navarro, que pacta con el Estado a través, creo, de la Ley Paccionada), haya terminado por generar las alucinaciones de Sabino Arana y eso que llamamos soberanismo.

Por lo que se refiere a los catalanes, uno de los nacionalistas más preclaros, Françesc Cambó, decía que a Cataluña no le convenía ser independentista, porque una Cataluña independiente tendría que caer en la órbita francesa, y París es jefe mucho más jodido que Madrid. No le falta razón. Si en Sant Boi se queman retratos del rey Juan Carlos, poca cosa pasa. Si se quemasen de Sarkozy, es capaz de enviarles a los paracas. Para muestra, basta con ver con qué facilidad o dificultad se educa en catalán en Cataluña y en sus antiguas posesiones hoy integradas en el Estado francés. En el fondo, lo que le pasaba a Cambó es que conocía la Historia y conocía, por lo tanto, el walk on the wild side que hizo Cataluña en la guerra contra Castilla producida tras el famoso Corpus de Sangre. La Diputación pidió ayuda a los franceses, los franceses ayudaron, y poco, pero muy poco, le faltó a los catalanes para acabar cantando Les Moissonneurs.

No obstante, como decía antes, la pulsión nacionalista es innegable. Ni siquiera nos es privativa. En Italia ocurre lo mismo, y es fácil escuchar a los piamonteses eso de que se matan a trabajar para que los napolitanos se toquen los huevos. Sería necesario, pues, llegar a un pacto, y ese pacto, esto es lo que creo yo, tendría que acercarse a la idea de un Estado central que garantice, incluso recuperando competencias, ese level playing field al que todos los españoles, por el hecho de serlo, tienen derecho; quedando de la mano de las comunidades autónomas el, digámoslo en términos foralistas, amejoramiento de dichas condiciones. Lo que ha fracasado, a mi modo de ver, es el modelo basado en que ese mínimo de bienestar se pueda garantizar mediante la plena prestación de servicios de las comunidades autónomas y su consecuente coordinación.

A la decepción del 98 le siguió un largo proceso de autoflagelación en el que España (por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa...) se lo reprochó absolutamente todo. Pero ese proceso, paradójicamente, acabó creando un subproceso enormemente creativo que generaría toneladas de progreso en las décadas subsiguientes. En el momento presente, probablemente, entramos en lo peor, que es la fase Hardy har har o, como se le conoció aquí, Tristón. En nuestra mano está, supongo, ser capaces de pasar a la Fase 2.

¿Ideas?

martes, octubre 04, 2011

Justificando el mal

Hoy hacemos de blog "espejo", reproduciendo una entrada que Tiburcio publica hoy en su propio blog. La razón es que la temática también le hace pandán a este blog, y es por eso que publicamos el post en ambos lados. Ahí va.


Justificando el mal. By Tirburcio Samsa.

Los juicios de Núremberg tienen algo fascinante. Tal vez sea la única vez en la Historia en la que un grupo de hombres que se vieron envueltos en unos crímenes atroces, explican su actuación. Además, a diferencia de lo que, por ejemplo, ocurrió con el tribunal que juzgó a los khmeres rojos, no son los líderes los únicos que hablan, sino también personas que ocupaban los segundos y los terceros escalones en la jerarquía.

Leon Goldensohn fue un psiquiatra norteamericano que entrevistó a los procesados y a los testigos con el fin de elaborar un informe psiquiátrico. Con él los acusados se sinceraron algo más que con sus abogados, aunque nunca terminaron de creerse que lo que le dijeran no sería utilizado en su contra. Los testimonios recogidos por Goldensohn han sido recientemente publicados por la Editorial Taurus bajo el título “Las entrevistas de Núremberg”.

Lo primero que llama al leerlas la atención es la falta de arrepentimiento de los acusados. Goldensohn señala a menudo la falta de emoción cuando se refieren a los crímenes. Sus manifestaciones sobre los crímenes tienen algo de estereotipado, algo que no termina de sonar del todo convincente. Casi el más convincente es Kurt Daluege, coronel de las SS y Protector de Bohemia-Moravia desde 1943. Preguntado si se considera culpable, responde con un par que “no” y se queda tan ancho. Uno percibe en la autojustificación de los demás varias líneas de defensa.

La primera es afirmar que sólo se enteraron de los crímenes una vez terminada la guerra. El Mariscal von Manstein ignoraba que los Einsatzgruppen de las SS que operaban en su retaguardia se dedicaban a exterminar a civiles inocentes acusados de ser judíos o comunistas. Göring, que durante muchos años fue el número dos del régimen, no estaba al corriente, sí había escuchado algunos rumores, pero nunca les había dado crédito. Walter Schellenberg, que trabajaba en los servicios de inteligencia, visitó en 1943 el campo de concentración de Oranienburg y “no vi nada raro”. A éste le sueltas en una playa normanda el 6 de junio de 1944 y no habría visto más que a domingueros comiendo tortilla.

Resulta curioso que gente que estaba tan cerca de Hitler no se hubiese dado cuenta de lo que estaba ocurriendo, cuando estudios más recientes muestran que el exterminio de los judíos era un secreto a voces. Una anécdota que leí: cuando los rusos entraron en Alemania internaron a muchos civiles en campos temporales. Lo primero que hacían era llevarles a las duchas. Los alemanes entraban aterrados, pensando que les iban a gasear. ¿De dónde les habría venido la extraña idea de que las duchas son un sitio donde te matan por asfixia, cuando eso lo ignoraba hasta el propio Göring?

En general los acusados echaban todas las culpas del Holocausto sobre cinco personas: Hitler, Himmler, Heydrich, Göbbels y Bormann. En determinado momento, Goldensohn ironiza sobre lo oportuno que resulta que de los responsables del Holocausto cuatro estuvieran muertos y el quinto desaparecido.

Otra línea de defensa es que ellos sólo cumplían órdenes. Este argumento siempre me ha parecido interesante. ¿Por qué la obediencia debe ser una virtud? La disciplina es necesaria para que una sociedad funcione, pero debe estar atemperada por la ética. Matar a un niño no es menor crimen porque te lo hayan ordenado.

Goldensohn preguntó a la mayoría de ellos porqué no habían dimitido de sus cargos. Las respuestas habituales eran que en estado de guerra habría sido desleal y que Hitler no se lo habría permitido. Ninguno da la respuesta que creo que hubiera sido la más verdadera y la más honesta: estaba montado en el machito y disfrutando de mis privilegios; me resultaba más cómodo no ver lo que estaba sucediendo a mi alrededor.

Resulta interesante que muchos de los acusados aducen momentos en los que fueron buenos y salvaron a alguien para demostrar que en el fondo son buenos chicos, o sea, que ellos no pudieron estar tan involucrados en la crueldad del régimen nazi. En esta línea, la mayor parte hacen ímprobos esfuerzos por mostrar a Goldensohn que ellos no eran antisemitas. Al parecer en el régimen nazi no hubo más antisemitas que Hitler, Himmler y Göbbels.

Göring afirma: “Siempre que un judío me pedía ayuda, yo se la prestaba” y narra sus esfuerzos por conseguir que determinadas categorías de judíos (p.ej. los condecorados con la cruz de hierro en la I Guerra Mundial) quedaran exentos de las leyes antijudías. Oswald Pohl gestionaba el oro que provenía de los campos de concentración y cuyo origen último eran las alianzas, las monturas de las gafas y hasta los dientes de las víctimas. Conocía el origen de ese oro, pero aun así se esfuerza por aparecer como un buen chico: “Que provenía de los judíos exterminados es algo que supe yo y que sabía todo el mundo. Pero yo no lo toqué. Me limité a enviarlo a Himmler por medio de mi oficina…” Gestionaba los réditos económicos de los campos de concentración, pero “no participé en el asesinato de los judíos.” Von dem Bach-Zelewski fue uno de los principales oficiales de las SS y lideró una unidad antipartisana en Rusia. A pesar de eso era un buen tipo que fue demandado por ayudar a los judíos de Königsberg, mientras gobernó Silesia ordenó que no se persiguiera a los judíos y que no hubiera guetos y, desde luego, mientras él estuvo en Silesia Auschwitz fue un simple campo de trabajo, no uno de exterminio. Increíblemente el Tribunal le condenó a cadena perpetua. ¿Será que no les convenció el relato de tanta bondad?

Ya el colmo es el argumento de “puede que las cosas fuesen malas, pero sin mí habrían sido todavía peores.” El rey de ese argumento fue Otto Ohlendorf. Ohlendorf había sido el responsable del Einsatzgruppe D, al que se acusa de haber cometido unas 90.000 ejecuciones de civiles en la retaguardia rusa. Entre los ejecutados había facinerosos tan temibles como niños de cinco años y ancianas de ochenta. Para empezar Ohlendorf no cree que su grupo ejecutase a 90.000 personas, sino que calcula que debieron de ser 60.000 ó 70.000. Parece que la inocencia fuese una mera cuestión contable. Ohlendorf era el responsable del grupo, pero no tuvo que realizar las ejecuciones personalmente y solamente las presenció brevemente en dos ocasiones. En realidad, “yo sólo tenía que ocuparme de que se hiciera de la forma más humanitaria posible” y dice más adelante: “me encargué de que no se produjeran atrocidades ni tratos brutales.” Vamos, que las víctimas deberían estar agradecidas de que Ohlendorf fuese el responsable y no algún otro cabrón. Por cierto, que me encanta enterarme de que te hagan desnudarte al pie de una fosa y te peguen un tiro no es un trato brutal.

En su indignación, Goldensohn se permite unos comentarios, que serían aplicables a casi todos los demás acusados y que, para mí, representan el meollo de todo el asunto: “Ha puesto el peso de los asesinatos en masa sobre los hombros de Heydrich. No siente más remordimiento que el puramente nominal. Parece un espectro quemado; y su conciencia, si así se puede llamar, está limpia como una patena, e igual de vacía. Muestra un ápice de afecto, nada llamativo. Su actitud es la de “¿por qué se me culpa? Yo no hice nada.”

Goldensohn también las hacía preguntas personales sobre su infancia, sobre sus cónyuges, sobre sus hijos. Leyendo sus respuestas uno advierte que eran personas normales, capaces de sentir afecto por sus seres queridos, capaces de sentir amistad, de apreciar el arte, de mostrarse generosos. Esa es la principal lección de Núrenberg: quienes cometieron esas atrocidades eran personas normales, personas como nosotros. Si la vanidad, el miedo, la comodidad, la ambición, etc. llevaron a esas personas corrientes a colaborar con un sistema perverso, ¿cómo sabemos que nosotros no habríamos reaccionado de la misma manera si hubiésemos estado en sus zapatos?

domingo, octubre 02, 2011

Franco y el poder (16: Leña al mono, que es del Opus)

Todas las tomas de esta serie:

La designación de Juan Carlos de Borbón y Borbón y varias veces más Borbón como futuro rey de España, que aguas adentro del franquismo no cabía interpretar sino como una victoria de los tecnócratas apolíticos y la consiguiente derrota del franquismo de tripas y corazón, despertó en este último franquismo, el azul, el falansio de toda la vida, la convicción de que hasta allí había llegado la broma.

lunes, septiembre 26, 2011

Los trece puntos de ETA

El último día de abril de 1938, el presidente de la República Española, Juan Negrín, decidió dar un paso hacia la paz. Tal vez le costó mucho convencer a los comunistas, entonces todavía férreos partidarios de la continuidad de la guerra; es posible que, a esas alturas, sólo los cojonudamente informados de entre dichos comunistas supieran o pudieran barruntarse que su líder Stalin estaba a punto de cambiar su stance y dejar caer la República. O tal vez es que lo que estaba Negrín era suficientemente bien informado como para saber que la tal cosa iba a ocurrir.

Negrín sabía que había perdido la guerra. Que el jugador que, en el monopoly de la conflagración civil, logra juntar en sus manos Andalucía, Castilla y el Norte del país dispone de un barrio imbatible donde las fichas del enemigo van a caer una vez y otra. Con esos tres activos territoriales, Franco controlaba despensas y fábricas suficientes como para llevarse por delante casi lo que fuese.

Negrín sabía, también, que la apuesta hecha en su día por la República, muy al estilo soviético, de formar un ejército ideológico que pelease con algo más que con las balas, había desaparecido. En la primavera del 38, el ejército republicano era dos pizquitas de creencia ideológica y una montaña de amarga sal pasota, formada por quintos atrapados en el sumidero de las levas obligatorias, que luchaban acá como lo mismo habrían luchado acullá. El tipo de cannon fodder que, menos de un año después, en Cartagena, llegaría un día, se diría: estoy hasta los cojones de bombardeos, encendería los motores de los barcos donde servía, los pondría proa a África, y se largaría sin un ay. Incluso las famosísimas, míticas incluso, Brigadas Internacionales, estaban formadas para entonces, en más de un 70%, por soldados de quinta de Tomelloso, de Alpedrete, de Utiel-Requena, de Albacete. Sólo los mandos eran ya alemanes, franceses o checos. El sueño del ejército popular se había acabado por convertir, por consunción, en una armada más de muchas, mal pertrechada, desmoralizada, sin fe en la victoria y mucha menos fe todavía en la revolución.

Como acertadamente ha destacado Martínez-Bande, entre otros, ya en 1938 la imaginería pasquinera en las ciudades republicanas, así como los discursos de sus dirigentes, ha eliminado los conceptos de revolución social, poder del pueblo, justicia proletaria, etc., para cambiarlo por el concepto de España, el futuro de España, la integridad de España, y similares. El discurso ha cambiado porque las trincheras ya no se alimentan de la ilusión de construir la España revolucionaria. Se alimentan, según la creencia de los dirigentes, del deseo de salvar a España de la debacle. Aunque, en realidad, alimentarse, alimentarse, lo que se dice alimentarse, de lo que se alimentan básicamente las trincheras es del deseo de que la guerra se termine de una puta vez.

Cuando Negrín se dio cuenta de que no podría obtener de sus soldados siquiera una resistencia como es debido y/o le informaron de que la mamá que lo sostenía por la barriga para que no se hundiese iba a abandonar la piscina, se dio cuenta de que tenía que terminar la guerra. Hay quien dice que lo que quiso fue ganar tiempo para lanzar la ofensiva del Ebro, y así mejorar la probabilidad de que estallase la segunda guerra mundial. Yo no creo en esa teoría. La ofensiva del Ebro, lejos de ser una gran operación bélica en cuyos resultados positivos podían creer los mandos de la República, no dejó de ser una maniobra desesperada que buscaba, en el mejor de los casos, enquistar el frente de Cataluña sin que cayera ésta y, más tarde, retardar el avance nacional para permitir la huida por la puerta de atrás. No creo que nadie con dos dedos de frente creyese que esa ofensiva iba a cambiar el signo de la guerra. Gentes como Líster o Modesto pudieron creerlo, ciertamente; pero no eran militares propiamente dichos. Cualquier militar con tres minutos de clase en una escuela de Estado Mayor tenía que saber que el potente ejército republicano que se reunió en el Ebro sería capaz de avanzar, pero no de consolidar lo avanzado.

Con sus trece puntos, tal es mi teoría, Negrín no quiso prolongar la guerra, sino terminarla. El documento de los trece puntos no fue redactado para que lo leyese Franco. Fue redactado para que lo leyesen París y Londres, lo creyesen, y acto seguido fuesen al Comité de No Intervención a presionar a Hitler y Mussolini para que asimismo forzasen a Franco a aceptar unas negociaciones de paz. Todo, o casi todo, lo que hace Negrín durante el 38, está encaminado a aparecer ante las dos grandes potencias democráticas europeas como una excelente alternativa al reconocimiento diplomático del gobierno de Burgos, que sabe que está al caer. Las negociaciones, más o menos soterradas, con el Vaticano. La progresiva apertura de mano del férreo control revolucionario en zona republicana, que comienza, durante todo el 38, con la progresiva dilatación de procesos contra traidores contrarrevolucionarios hasta culminar, en diciembre, con un decreto que rehabilita de un plumazo a los funcionarios condenados o sancionados por tal motivo. Sobre todo, el gesto, pues en realidad es un gesto para la galería, de despedir en Barcelona a las Brigadas Internacionales, para poder decir que la República ya no hace uso de fuerzas armadas extranjeras (por lo visto, Stepanov era, como Fraga, de Villalba, provincia de Lugo; a Togliatti casi no se le entendía de lo cerrado que tenía el acento de Cai; y Clodovilla era del mismo Bilbao).

Todos estos movimientos estaban destinados a dar fuerza moral al discurso negrinista de finalizar la guerra, y los 13 puntos una formulación que, en su concepción, las potencias europeas no podrían rechazar. Sucintamente, los 13 puntos lo que dicen es que la guerra se termina, se consulta a los españoles democráticamente como cómo quieren organizarse, y sobre los crímenes cometidos en la guerra, se decreta una generosa amnistía.

Con todo, los 13 puntos no son tan equidistantes entre ambos bandos como pretendía Negrín. En primer lugar, se vedaba la solución monárquica, estableciendo como pie forzado que España sería una República. Así, se hace difícil de entender el crucial punto 4: «Plebiscito para determinar la estructuración jurídica y social de la República Española». ¿Cómo se puede determinar la estructura jurídica de una república si, un suponer, la mayoría quiere que sea una monarquía? Bueno, parece difícil, pero algunos pensarán que ése, y no otro, es el proyecto de la Transición...

El manifiesto, por lo demás, adolece de esos tufos seriamente intervencionistas propios del socialismo comunista avant la lettre que practicaba Jack Little Black en aquella época. Sustantivamente intervencionista, de hecho, es esperar que se puede decidir por referendo «la estructuración social» de un país. ¿Acaso la existencia de la clase media es algo que deba ser aprobado plebiscitariamente? Bien pensado, es lógico que alguien que admiraba a un régimen como el soviético, que suprimió la existencia de la burguesía o la clase propietaria rural por decreto, lo creyese.

Otro punto impagable es el sexto: «conciencia ciudadana garantizada por el Estado». hay dos frases cuyo significado nunca he entendido: uno de los versos del Credo («engendrado y no creado de la misma naturaleza del Padre») y el sexto punto de Negrín. No sé muy bien qué es la conciencia ciudadana, y menos aún cómo puede el Estado garantizarla. Pero creo innegable que la frase huele a intervencionismo que tira para atrás.

El documento, por lo demás, es un sí es no es, una plataforma estratégica a la galaica forma, que ora sube, ora baja, claramente diseñada para gustar a dos lectores tan distintos como los comunistas emplazados en la médula espinal de la República y los puntos de vista socialdemócratas, cuando no liberales, imperantes fuera de nuestras fronteras. Así, se utilizan algunos de los viejos mantras del discurso revolucionario (como «democracia campesina», que no se entiende muy bien lo que es o, más bien, se entiende muy bien que es un fistro inventado para no tener que escribir «reforma agraria»); pero al tiempo se acepta el punto de vista socialdemócrata de la lucha del proletariado (al que ahora, lejos de ofrecérsele la revolución, se le ofrece, en el punto 9, un reformismo jurídico); y, sobre todo, se santifica (punto 7) la propiedad privada, bien que poniéndole el calificativo de «legítima», cosa que, de haberse aplicado algún día estos trece puntos, habría dado para conflictos mil.

Los 13 puntos de Negrín, por lo tanto, son un documento redactado por alguien que sabe que la revolución se ha ido a la mierda, pero sin embargo ni quiere ni puede permitirse el lujo de desalentar a los revolucionarios o ponérselos en su contra. Así las cosas, fía la solución de los problemas a la generosidad del enemigo, al cual le exige: primero, que yendo como va ganando, teniendo como tiene el jaque mate en seis o siete movimientos, firme tablas; segundo, que además acepte que esas tablas vengan regidas por esos 13 puntos que, en la práctica, suponen que los mismos contra los que está luchando cuando menos optarán por dominar el régimen republicano; tercero, que acepte que todo ello es a cambio de una retribución etérea y dudosa de sus principales puntos reivindicativos.

Franco fue un cabrón por no aceptar los 13 puntos. Pero, la verdad, tenía razones de peso para rechazarlos; la primera de ellas, que iba a ganar.




Estos días me acuerdo mucho de este documento de Negrín porque cada vez que leo el denominado acuerdo de Gernika me da que pensar que son unos 13 puntos redivivos. Obviamente, el contenido de ambos documentos es distinto, como distinto es el fondo de lo que tratan. Pero sus espíritus se parecen bastante.

Ambos documentos orillan el problema de declarar un vencedor y un vencido. Negrín nada dice en sus trece puntos de negociaciones de paz y, en realidad, sólo se refiere a la guerra en su punto 12, de corte wilsoniano (renuncia a la guerra como instrumento de resolución de conflictos). Guernika, por su parte, aboga por «la declaración de ETA de un alto el fuego permanente, unilateral y verificable por la comunidad internacional como expresión de voluntad para un definitivo abandono de su actividad armada».

Esto es, apuesta por un gesto que podría querer decir que alguna vez, en el hipotético futuro, llegase la paz en forma de desarme de la organización terrorista. Este punto ha sido mayoritariamente interpretado por Prensa y voceros como una llamada de la izquierda abertzale para que ETA deje las armas. Yo no lo veo así. La llamada es, como digo, a que ETA haga un gesto [un alto el fuego con voluntad de permanencia] que signifique que algún día podría dejar las armas, lo cual no es lo mismo. Un mecanismo, como digo, muy parecido al de los 13 puntos, que parece pretendían que ambos contendientes se sentasen a negociar el futuro de España sin dejar de ser, en puridad, contendientes. Sin dejar de estar en guerra.

A partir de ahí, el acuerdo de Gernika establece una serie de puntos que, básicamente, lo que pretenden es generar una situación de partida para la negociación que favorezca a uno de los negociadores que firman dicho acuerdo; o sea, lo mismo que pretendía Negrín en sus 13 puntos. Teóricamente, se pone el contador a cero; aunque, en realidad, se pone a 0,5, es decir más cerca del autor de los puntos que de su contendiente.

Se aboga por una neutralidad estricta que otorgue derechos a todas las formas de pensar. La asunción de este principio supone legalizar automáticamente incluso a las formas de pensar que jamás han asumido el terrorismo como una estrategia intolerable. La pregunta es: si un partido politico español hubiese formado unas milicias privadas que una tarde de 1985 hubiesen realizado una matanza de centenares de vascos durante una celebración nacionalista: formación que, además, a día de hoy, lejos de renegar de aquel delito se mostrase orgullosa del mismo y exhibiese los retratos de los asesinos como si fueran estampitas de fray Leopoldo de Alpandeire, ¿la aceptaría la izquierda abertzale en una mesa de negociación del «conflicto vasco»? Mucho lo dudo, teniendo en cuenta que la izquierda abertzale ni siquiera es capaz de ir a un cóctel porque va el príncipe de Galicia Oriental (¡Puxa!).

Otro elemento importante del acuerdo de Gernika, coherente con ese intento de colocar el contador a 0,5 en lugar de a 0, es el tratamiento de los presos. En la práctica, las cláusulas del acuerdo establecen que la mayor parte de los presos etarras salen a la calle, quedando únicamente los muy sanguinarios, o muy relapsos y renuentes a cumplir con las normas carcelarias, dentro del maco. Dicho de otra forma, se pretende que, en el momento de negociar la paz, el negociador frente a los abertzales no cuente con los presos como elemento de presión para el acuerdo. Extrañamente, los 13 puntos de Negrín nada dicen de los POW que uno y otro bando poseen, en coherencia con su objetivo primario de hacer como que la guerra civil no existía; pero, en la práctica, aplicando el punto 13, o sea barra libre amnitiera para todos, cabe asumir que llega a la misma conclusión que el acuerdo de Gernika: todos a la calle, a lanzar perfume, y aquí no ha pasado nada. En efecto, los 13 puntos sólo le exigen a los criminales de la guerra que se muestren dispuestos a «reconstruir y engrandecer España» para poder acceder a una amnistía de todos sus delitos. Curioso sistema éste en el que la amnistía se merece por causa de lo que se está dispuesto a hacer después de ser amnistiado. Normalmente, las amnistías encuentran su razón de ser en que haya algo que la justifique en lo hecho antes de ser amnistiado.

Con todo, en mi opinión lo que más identifica a los 13 puntos de Negrín con el acuerdo de Gernika es la situación. Es mi convicción de que, en ambos casos, de haber tenido los redactores de ambos documentos la más mínima esperanza de poder ganar su guerra, jamás los habrían redactado. Negrín, si al día siguiente de redactar sus 13 puntos hubiese descubierto que el embargo efectivo de armas para la República desaparecía, y que Stalin le enviaba 27 divisiones acorazadas en taxi, habría cogido su propio manifiesto y, a la primera ocasión que se le soltase el vientre, lo habría tramitado en fase limpiadora comme il faut. Por lo que se refiere a ETA, si mañana Sarkozy perdiese las elecciones en Francia en favor de un candidato radicalillo que reinaugurase el santuario francés para los etarras, daría orden inmediata de tirar el acuerdo de Gernika, atado a un pedrolo, por la fosa de las Marianas.

Ambos documentos se identifican con la actitud del chaval de recreo que, después de haber retado al matón del patio y haber comprobado, a la primera hostia, que sus posibilidades de salir indemne son inexistentes, va y sale con que no puede haber pelea porque lleva gafas.

Negrín sabía que iba a perder, y ETA tiene, probablemente, la sensación de haber perdido. Probablemente, el terrorismo vasco nunca pensó que en España habría una ley de partidos que cercenase las terminales nerviosas abertzales en las instituciones democráticas y, por mucho que luego se haya colado el aire por los agujeros, desde el primer día de vigencia de esa ley sabe que tiene una espada sobre su cabeza. Por eso quiere negociar, y por eso ha decretado treguas, en el pasado y en el presente.

Ningún historiador serio se toma en ídem los puntos de Negrín. Ningún historiador con algo entre las orejas se atreve a sostener que el 30 de abril de 1938 el final de la guerra civil estuvo siquiera mínimamente más cerca que el día anterior. Todos, o casi todos los libros de Historia admiten y entienden que Franco, tal y como iba la guerra, ni quería ni podía aceptar aquel documento, como tampoco lo abrazaron las cancillerías a las que iba dirigido. Cuando uno ha perdido la pelea, su única salida es rendirse. Uno puede engañar a alguien que todavía tiene miedo; pero a alguien que va sobrado y sabe que la victoria sólo es cuestión de tiempo, no hay manera de tangarlo con subterfugios.


O sí.

domingo, septiembre 25, 2011

Aquella paz tan desastrosa


Tengo mis dudas de comentar mis lecturas en este blog, aunque a veces me lo piden o me lo insinúan, a causa de la puñetera manía que tengo de leer libros que, muy habitualmente, están descatalogados. Es, me temo, el caso de este libro, así pues no sé si no debería escribir este post.

Según el ISBN (tecleando Sisson en el el campo del autor), este libro, Cien días rojos, ni siquiera ha sido traducido al español. La búsqueda en páginas sajonas de la edición original tampoco da muchos resultados. Así pues, es un libro difícil de encontrar pero, ésta es mi opinión, de cierto interés para la lectura.

Cien días rojos tiene la virtud de ser un libro escrito en primera persona, relatando vivencias propias e incluyendo incluso cuatro fotos que intuimos fueron sacadas por el propio autor, que abarca un periodo de gran intensidad e interés. Edgar Sisson (Edgar Grant Sisson, como podéis ver en la imagen que corrige a lápiz el bibliotecario de la Biblioteca de Hartford, de donde procede mi volumen) fue, por lo que él mismo nos cuenta, un publicista americano muy cercano a la administración del presidente Wilson, que fue enviado por éste en la segunda mitad de 1917 a Rusia para realizar, en el entorno del nuevo régimen, labores de propaganda a favor de los Estados Unidos y su condición de aliado del país. El libro cuenta esta visita y abarca desde finales de noviembre de 1917 hasta marzo de 1918; por lo tanto, es una crónica que va desde los días inmediatamente seguidores de la salida y encarcelamiento de Kerensky por los bolcheviques, hasta la definitiva instalación de los mismos en el poder, tras la disolución de la Asamblea.

Existen otros recuerdos de estos tiempos, como los de John Reed (citado con, todo hay que decirlo, displicencia por Sisson) o Rhys-Jones, los más famosos yanquis prosoviéticos. Éste es de un entorno distinto e ideológicamente distante. Sin caer en el tono panfletario, en este caso antisoviético, el autor no esconde sus querencias, que no son tanto en contra del régimen soviético como a favor del wilsonismo; lo que pasa es que, en el punto y hora en que tiende a pensar que Wilson fue de alguna forma tradicionado por Lenin y Trotsky, sus lecturas de la realidad se dejan llevar un poco. Pero, la verdad, bastante más se dejan llevar las de Reed, y no por ello han dejado de haber sido consideradas durante décadas y por sedicentes intelectuales la verdad verdadera, sin mácula de mentira.

El libro se llama cien días rojos, pero mejor habría hecho en llamarse: Rusia antes, durante y después de la Paz. Porque la paz, la llamada paz de Brest-Litovsk, es la verdadera protagonista del libro. Teóricamente, lo que Sissons debería contarnos en su díario deberían haber sido sus labores imprimiendo pasquines con la traducción de los puntos de Wilson, o tratando que la prensa local se hiciese eco de tal o cual enfoque americano (entiéndase; entonces, el Izvestia y el Pravda eran sólo dos periódicos más, aunque los otros ya empezaban a ser suspendidos y perseguidos por razones varias...). Sin embargo, aunque todo esto nos lo cuenta (incluso con excesivo lujo de detalles, lo cual hace partes del libro algo coñazo), claramente el percorrer de los acontecimientos le supera, y se ve obligado a referirlo.

El hilo argumental, como digo, es la mal llamada paz de Brest-Litovsk, pues más debería llamarse capitulación soviética a la remanguillé. Cualquier persona interesada en este momento histórico concreto debe hacerse con este libro, leerlo y anotarlo en decenas de fichas, porque en él va a encontrar el puntilloso relato de cómo se vivió la paz con alemanes, austriacos, búlgaros, rumanos y turcos (o sea, con los alemanes) firmada por el Comisario del Pueblo de Asuntos Externos, Leon Davidovitch, alias Trotsky, en la ciudad de Petrogrado, principal centro del país en ese momento.

Sisson escribe su libro en 1931, cuando gran parte de la campaña internacional contra Trotsky, lanzada por Stalin y sus palmeros de Palacagüina en Europa Occidental, todavía no he tenido lugar; en realidad, casi no habla de Stalin en todo el libro. Y, sin embargo, para Trotsky ya reserva un juicio bastante poco positivo. El anuncio de que la URSS va a iniciar unas negociaciones bilaterales para firmar la paz con los beligerantes contra el zar dispara las alarmas en las cancillerías aliadas (algo que Sissons vive en lógica primera persona), que exigen, de inmediato, al partido bolchevique que garantice que nunca firmará una paz en la que se permita liberar tropas del frente de Este para trasladarlas al Oeste; es decir, una paz que refuerce a Alemania para proseguir la guerra contra Francia, Inglaterra y Estados Unidos. La URSS, o mejor dicho Trotsky, asegura que así lo hará, pero en la práctica no lo cumple. La cláusula final se referirá a los movimientos de tropas no ordenados con anterioridad a la firma del documento, lo cual dio a austriacos y alemanes un tiempo precioso.

Por otro lado, Trotsky se despliega a lo largo de decenas de páginas como un estratega bastante torpe que, con una mano, asegura que quiere que la de Brest sea una conferencia multilateral en la que se firme una paz definitiva entre todos los beligerantes; y con otra lanza propagandas dirigidas a los soldados y obreros de todos esos ejércitos, incluidos sus teóricos aliados, llamándolos a rebelarse contra sus jefes y gobernantes capitalistas. Sisson es de la opinión, en que la que han creído muchos historiadores, de que el verdadero muñidor de esta estrategia de mierda fue Lenin, quien no contaba tanto con la paz de Brest como con una rebelión comunista en Alemania que le restase presión.

Al final de la Historia, Trotsky se descolgará con una de esas chorradas infames que pasan a la Historia como tales, aquello de "Ni paz, ni guerra", que venía a significar que Rusia no firmaba la paz pero al mismo tiempo retiraba su ejército de los frentes; más que nada porque Lenin, en ese momento, lo estaba disolviendo para crear la Guardia Roja, o sea un ejército a su pleno servicio que luego le haría tantos servicios a Stalin (porque es que Stalin, se pongan los leninistas debubito supino o decubito prono, está en Lenin).

La idiotez de Trotsky, muy probablemente concelebrada con el propio Lenin, provocó la ofensiva alemana en Rusia, la llegada incluso a Riga y la firma acelerada de la paz de Brest por los rusos, en lo que fue, en realidad, la firma de una capitulación, puesto que los alemanes, cuando los rusos les dijeron que firmaban las condiciones iniciales, respondieron aquello de: "las cosas han cambiado, muñeca", y se apiolaron parte de Polonia, los países bálticos y Ucrania.

Ucrania, por cierto, es un elemento importantísimo en las negociaciones de paz, y leyendo las páginas de Sissons, en este punto bastante neutrales, uno se acaba por dar cuenta del porqué de que los ucranianos odien tanto a los rusos; por qué, digo, además de pequeños detallitos como que éstos matasen a aquéllos de hambre.

La Rada ucraniana no quería ni la guerra ni el bolchevismo. Ambos los rechazó y, de hecho, los representantes no comunistas del parlamento ucraniano llegaron a firmar bilateralmente con Alemania una paz que, sin embargo, no tuvo en su momento aplicación alguna, porque para cuando firmaron, los bolcheviques habían entrado en el país a sangre y fuego, aunque, en realidad, como las comunicaciones eran muy malas, aún no lo sabían con certeza. Los telegramas literales entre Stalin, en Moscú, y los jefes de la delegación de Brest sobre el tema, que Sissons reproduce en su libro, suenan a la guerra de Gila.

Así pues, los creyentes del centralismo democrático, vulgo leninistas, demostraron en las primeras semanas del 18 que eran muy centralistas, pero poco democrátricos; Ucrania tuvo que aceptar, siquiera momentáneamente, el bolchevismo, sí o sí, o por fuerza de las armas y de la represión.

El bolchevismo, de hecho, es el segundo gran protagonista del libro. Dos elementos fundamentales señalaría yo aquí. En primer lugar, la crónica que hace Sisson de sus visitas a viejos revolucionarios no bolcheviques, la mayoría en situación de semidetención, y sus opiniones depresivas sobre la realidad y el futuro; ellos, revolucionarios al fin y al cabo, saben bien de qué palo va Lenin, y por eso lo temen. Especialmente emotiva, diría yo, es la visita al príncipe Kropotkin.

En segundo lugar, Sisson estuvo presente en el Palacio Tauride durante la última sesión de la Asamblea rusa, tras la cual la democracia se apagaría en la URSS durante siete décadas, o sea dos franquismos completos. Su descripción de los marinos que formaban parte del cuerpo de seguridad de la Asamblea apuntando con sus armas a los mencheviques cuando hacían uso de la palabra pone los pelos de punta. Es puntillosa su descripción de cómo los bolcheviques, minoritarios, van llevando la asamblea a ebullición hasta que la hacen saltar por los aires. Una crónica tensa, casi telegráfica, de cómo se entierra una democracia, incluso algo que ya sólo se lo parece, como aquella Asamblea.

Al final de su estancia en Petrogrado, y aprovechando que los siempre valientes dirigentes bolcheviques abandonaban la ciudad en fila de a siete por la llegada de los alemanes, Sisson se las arregló para robar una maleta entera de cables soviéticos originales. Quizá por eso podríamos considerarlo el primer inventor de Wikileaks. Llevaba copiándolos un tiempo, con ayuda de algunos amigos en el interior de la Escuela Smolny, donde estaba la cúpula bolchevique, pero ahora que se iban, fue más allá y los robó. Se los llevó a Estados Unidos, donde los publicó, algunos años más tarde, en un folleto destinado a demostrar que Lenin era un agente alemán (sic); y los reproduce en el anexo de este libro. Resultan una traca final bastante divertida y entretenida. No revelan, eso sí, que Lenin fuese un agente alemán. Lo que revelan, en realidad, es que la negociación de la paz fue, por parte soviética, tan torpe, tan amateur, tan falsamente sobrada, y tan influida por aspectos interiores (necesidad de acordar la paz para perfeccionar la eliminación de oposición interior; necesidad de la paz para poder licenciar el ejército; asunto ucraniano; etc.); las cosas, digo, se hicieron tan mal, que al final a Lenin no le quedó más remedio que bajarse los pantalones, y resignarse a no morir con el ano incólume.

Lectura, pues, recomendable; especialmente, para amantes de la Historia de la diplomacia.

miércoles, septiembre 21, 2011

Franco y el poder (15: el Caudillo barrunta que algún día se morirá)

Todas las tomas de esta serie:


En la madrugada del 15 al 16 de julio de 1969, los directores de los medios de comunicación del Movimiento tuvieron una noche movidita. Tarde ya en la tarde les llegó la orden de incluir en sus ediciones del día siguiente una noticia inesperada, y de la que es posible que en algún momento de la tarde sólo estuviesen enteradas cuatro personas en Madrid y quién sabe si en España: el general Franco, el almirante Carrero, Antonio Iturmendi (presidente de las Cortes) y Antonio María de Oriol, ministro de Justicia y notario mayor del Reino.

Avestruceando

Pues sí. Según tengo leído en un librito que se llama The origins of the alphabet, escrito en el siglo pasado del pasado, el concepto de justicia ligado a la pluma de avestruz tiene que ver con que los egipcios creían que todas las plumas del dicho pájaro tenían siempre la misma longitud; lo cual convierte la pluma en una excelente metáfora de lo que, cuando menos en teoría, es lo mismo para todos.

Hasta hoy explicaba esto con estas palabras. A partir de hoy, gracias a un anónimo comentarista, diré eso del vexilo simétrico, que mola mucho más. Aunque he mirado en mi diccionario de la RAE y no figura el vocablo vexilo propiamente, en latín vexillum era estandarte. Esto lo sé porque este verano pasé una tarde de lluvia agradable leyendo sobre la diferencia entre estandarte, vexiloide y bandera, que es cuestión que tiene su miga (como todas).

martes, septiembre 20, 2011

Avestruces y justicia (adivinanzas)

Alguna vez que otra recibo correos que me animan a plantear de vez en cuando cuestiones curiosas para animar a mis lectores. La cosa es que la experiencia me dice que esta práctica sólo sirve para comprobar que por este blog pasa gente con nivelón, porque la inmensa mayoría suelen resolverse muy rápidamente (aunque con aquello de que Franco tenía en su mesa una foto de Juan XXIII os pillé en bragas, todo hay que decirlo).

En fin, aquí va ésta.

Las plumas de avestruz han sido durante muchos siglos un signo especial de nobleza. El origen de todo ello, por lo menos en mi nivel de conocimiento, está en el Antiguo Egipto, donde la pluma de avestruz (y su correspondiente signo jeroglífico) representaba el concepto de verdad y, sobre todo, justicia (y no hay que olvidar que, luego, en la civilización moderna las personas principales, nobles y tal, impartían la justicia).

La pregunta es: ¿por qué la pluma de avestruz fue escogida por los egipcios como símbolo de la Justicia?

La explicación, lo digo por adelantado, es elegante, y no exenta de poesía.

Tic, tac, tic...

sábado, septiembre 17, 2011

Kronstadt

Las revoluciones no tienen más remedio que eclosionar en momentos jodidos. Como escribió una vez el politólogo Karl Deutsch, la decisión política básica se produce entre orden y caos; y, esto lo añado yo, en tiempos de bonanza general sólo los muy frikis apuestan por lo segundo. Sin embargo, cuando pintan bastos en las calles, en las casas, en los cuarteles y en las panaderías, hay mucha más gente que, por no tener nada que perder y sí mucho que ganar en el caos, se apunta a bombardear lo que sea necesario.

Es por esta razón que cuando se produjeron las revoluciones rusas (y es que yo veo dos: la que echó al zar y la que echó del nido revolucionario a todos los pajaritos que no fuesen el pájaro cuco leninista) la situación fuese, más que mala, malísima. La Rusia heredada por Kerenski primero, y Lenin-Trotsky después, estaba hecha unos zorros. A Kerenski, teórico representante de la mayoría, le acabó costando muy cara su decisión de seguir en guerra con Alemania, pues el deseo de cambiar esto, mucho más que el deseo de construir la dictadura del proletariado, alimentó los pies de la masa que pasó por el Palacio de Invierno como la Acorazada Brunete.

Instalados los bolcheviques en el machito, y sobre todo porque estaban dispuestos a no compartir el nido con nadie más anymore (cosa que cumplieron durante 70 años), su principal objetivo fue parar la guerra. Como es bien sabido, enviaron a Trotsky a negociar con los alemanes, que a las primeras de cambio sólo enviaron militares a la mesa. La combinación entre la urgencia que tenía Lenin por parar el belicismo ruso y el hecho de que Trotsky no era ningún genio militar que digamos tuvo como consecuencia que la paz de Brest-Litovsk estuviese preñada de triles que los bigotudos mariscales de campo teutones le vendieron al revolucionario judío, y que éste se tragó como ruedas de molino. Pero, al fin y a la postre, Trotsky volvió a Petrogrado con la paz debajo del brazo.

Llegado el momento de la paz, llegaba el de la construcción del socialismo. Comenzaron las medidas socializadoras, sobre todo en el campo, porque el leninismo, para mi gusto con gran acierto, se sentía razonablemente seguro de las masas proletarias urbanas, pero sabía que en las zonas rurales no las tenía todas consigo. El bolchevismo se aplicó con dureza con el campo, y esto despertó los recelos de sus antiguos socios: socialrevolucionarios, anarquistas, comunistas de izquierda (curiosa expresión, que incluso los hagiógrafos de la URSS utilizan, pese a que automáticamente presume la existencia de un comunismo de derechas); y, por supuesto, mencheviques, kadetes, liberales, etc.

A las innúmeras torpezas y violencias de Lenin y Trotsky les vino a salvar la impaciencia occidental. A las otrora aliadas de Rusia en la Gran Guerra, la paz unilateral soviética les había jodido bastante, entre otras cosas porque Trotsky la negoció tan de puta pena que no logró evitar, aunque juró que lo haría, que dejar de luchar en el frente ruso reforzase a los alemanes en el frente occidental. Entre esto y el internacionalismo de Trotsky, que llevaba a los bolcheviques a estar todo el día llamando a la rebelión a los proletariados de las otras naciones (esto encuentra su lógica en que Lenin esperaba soltar presión hacia la URSS mediante una revolución comunista en Alemania), Francia e Inglaterra acabaron mosqueándose y decidiéndose a apoyar a los contrarrevolucionarios. En junio de 1918, galos y brits desembarcan en Murmansk y Arkangel y nombran un gobierno del Norte de Rusia. Como ese toro que se lanza a cornear al compañero de manada al que de repente ve débil, los japoneses respondieron entrando en el país por Vladivostok.

Para responder a esta situación es por lo que Lenin dictó el comunismo de guerra que, en mi opinión, debería llamarse comunismo a secas, pues no significó otra cosa que la aplicación hasta el final del catón marxista, la estatalización de absolutamente todo, del control total de lo que las personas poseían o consumían, y todo ello al servicio del esfuerzo bélico.

A Lenin no le salieron las cosas bien. En Alemania, el régimen burgués que él consideraba podrido y a punto de derrumbarse se llevó por delante a Rosa Luxemburgo y Karl Liebnecht, aplazando con ello la revolución comunista en Alemania sine die. El almirante Kolchak atacó desde Siberia, Yudenich en la zona de Petrogrado, y Denikin en la de Moscú. Hay quien ha escrito que en varios momentos entre 1918 y 1920, apenas dos divisiones razonablemente pertrechadas podrían haber tomado Petrogrado con la punta del nabo. Pero no hubo tal. Lenin, o más bien Trotsky, multiplicándose en los frentes en aquél su famoso tren que se recrea en Doctor Zhivago, logró sacar petróleo de un Ejército Rojo que tenía más voluntad que otra cosa. Entre eso y el esfuerzo sobrehumano que se le exigió a la población, la guerra terminó por ganarse.

En marzo de 1920 se celebra el primer acto que podríamos decir normal de la etapa bolchevique: el IX Congreso del PCUS. Lenin convocó esa reunión para poner el contador a cero y llamar al país a una especie de Plan de los Mil Días, durante los cuales la economía sería robustecida, los pequeños negocios permitidos, las infraestructuras construidas... lo normal en un país que quiere salir de la mugre. Sin embargo, para su desesperación se encontró con lo que podríamos denominar la oposición bolchevique. Una parte de esta oposición se centra en el Ejército Rojo, al que quiere convertir en unidades de milicianos que hagan guerra de guerrillas y no sean, en modo alguno, un ejército jerarquizado y disciplinado; este mismo problema, por cierto, se lo encontrarán los comunistas otra vez en la guerra civil española y entonces, como en la URSS, conseguirán hacer valer su criterio de que debe construirse un ejército como tal. La otra vertiente de la oposición a Lenin está formada por los comunistas más anarcoides, asamblearios, que exigen algo así como un régimen de soviets de verdad y que, por lo tanto, las fábricas, los barrios, los hospitales, etc., no los gobiernen burócratas desde Moscú, sino asambleas de trabajadores.

Lenin bien podría haber perdido esa batalla, porque esas teorías tenían mucho eco fuera del partido bolchevique entre socialrevolucionarios y, sobre todo, anarquistas. Pero, una vez más, la flor le brotó en el culo en forma de guerra. Los polacos invadieron Ucrania y la necesidad de ir a la guerra lo borró todo. La URSS contraatacó, apisonó a los polacos y puso proa hacia Varsovia; pero tuvo el problema de que el comandante de su ala izquierda se desvió en exceso en su avance, y por el espacio que dejó libre se coló el mariscal Pilsudsky, obligando a los soviéticos a retirarse con el fusil entre las piernas.

Aquel comandante se hacía llamar, ya por entonces, Stalin. Por supuesto, la historiografía soviética le echa la culpa del error a Trotsky, faltaría más.

Producida la victo-derrota de los soviéticos, las tensiones internas regresaron. Todos los no bolcheviques comenzaron a cargar contra Lenin a todo trapo. 1920 terminó con manifas en Petrogrado donde a Zinoviev, presidente del soviet local, le llamaban de todo menos bonito; y, poco a poco, el ambiente social en la ciudad se hizo más contrario al bolchevismo. Zinoviev declaró el estado de sitio.

Cerca de Petrogrado estaba la base naval de Krondstadt. Sabido es que, por motivos que sería interesante explorar algún día, en general los hombres de mar suelen ser más cultivados y concienciados que la media. Marineros de Kronstadt participaron en la pre-revolución de 1905, y habían recibido a Lenin en la Estación de Finlandia. De hecho, el 13 de enero de 1918, cuando en un Petrogrado convencido de que Alemania iba a atacar a Rusia de nuevo se celebró una reunión del Comité Central (a la que Lenin, siempre tan valiente, no asistió, dejándole el marrón a Trotsky), portavoces de diversas unidades militares fueron invitados a hablar. Uno por uno, todos los comisarios de las divisiones subieron a la tribuna para quejarse de estar mal alimentados y peor pertrechados, y echar la culpa a los bolcheviques de la situación. El único discurso que escucharon los jerifaltes rusos favorable a sus tesis fue, precisamente, el de Baranov, representante de la flota.

Más pruebas. El primer acto de los bolcheviques tras forzar la disolución de la Asamblea Constituyente y la ilegalización de facto de todos los partidos revolucionarios distintos de ellos, fue asesinar a dos ministros mencheviques: A. I. Shingarev y F. F. Kokoshkin. Estos dos ministros se encontraban encarcelados en la fortaleza de los santos Pedro y Pablo y fueron trasladados el 19 de enero de 1918 al Hospital de María, con la excusa de su delicada salud. A la una de la madrugada del 20, unos militares entraron en la sala pretextando que tenían que auditar la situación de los detenidos para comprobar que estaban bien aunque, en realidad, lo que hicieron fue matarlos. Como responsable de estos sucesos se llevó a encarcelar a dos de los guardias del hospital, Kulikov y Baskov. El primero de ellos fue colocado en la misma celda que el coronel Kalpashnikov, otro señor que tuvo una experiencia directa del concepto bolchevique, o más bien troskista, de Justicia (cualquier día, si hay tiempo, contaremos el caso Kalpashnikov); coronel que escribió un libro de su cautiverio en el que incluía el relato de una conversación con Kulikov en el que éste ofrecía datos muy precisos de que habían sido los marineros los que habían realizado la acción criminal.

Once upon a time, pues, los marineros de Krondstadt habían sido devotos comunistas; pero, en realidad, su intenso espíritu revolucionario les había hecho virar, con el tiempo, hacia posiciones más cercanas al anarquismo. El anarquismo, además, se nutría, como ocurrió también en España en la primera mitad del siglo pasado, del descontento de ver que los avances de la sociedad comunista no se producían.

Los marineros de Kronstadt enviaron a una delegación a Petrogrado para hablar con los manifestantes y conocer sus reivindicaciones. Esa delegación regresó apoyando al cien por cien las reivindicaciones de las manifas.

El 28 de febrero de 1921, la tripulación del buque Pretropavlosk elabora un manifiesto que hace público el 1 de marzo. Es éste:

Habiendo oído a los representantes de las tripulaciones enviados por la Asamblea General de las brigadas navales para informarse sobre la situación en Petrogrado, los marineros han decidido:

1.- Dado que los actuales soviets no expresan la voluntad de los obreros y campesinos, organizar inmediatamente reelecciones a los soviets con voto secreto y tratando de realizar una propaganda electoral libre.

2.- Exigir la libertad de reunión y la libertad de organizaciones sindicales y campesinas.

3.- Exigir la libertad de palabra y prensa para los obreros y campesinos, los anarquistas y los partidos socialistas de izquierda.

4.- Organizar, lo más tarde para el 10 de marzo de 1921, una asamblea de obreros sin partido, soldados y marineros de Petrogrado, de Kronstadt y del departamento (provincia) de Petrogrado.

5.- Liberar a todos los prisioneros políticos de los partidos socialistas, así como a todos los obreros y campesinos, soldados y marineros detenidos, de los diferentes movimientos obreros y campesinos.

6.- Elegir una comisión para la revisión de los expedientes de los detenidos en prisiones y campos de concentración.

7.- Suprimir todas las secciones políticas, puesto que ningún partido debe tener privilegios para la propaganda de sus ideas, ni recibir subvenciones del Estado. En su lugar, deben crearse círculos culturales con recursos procedentes del Estado.

8.- Suprimir inmediatamente los destacamentos de control.

9.- Igualar la ración para todos los trabajadores, excepto en los oficios insalubles y peligrosos.

10.- Suprimier los destacamentos de choque comunistas en las unidades militares y desaparición del servicio de guardia comunista en las fábricas. En caso de que estos servicios de guardia sean necesarios, designarlos por compañía de cada unidad militar, teniendo en cuenta la opinión de los obreros.

11.- Dar a los campesinos completa libertad de acción, así como el derecho a tener ganado, que deberán cuidar ellos mismos sin utilizar trabajadores asalariados.

12.- Pedir a todas las unidades militares, así como a todos los camaradas oficiales, que se adhieran a estas resoluciones.

13.- Exigir que se dé en la prensa una amplia publicidad a todas las resoluciones.

14.- Designar una oficina de control itinerante.

15.- Autorizar la libre producción artesanal, sin utilizar trabajo asalariado.


Los quince puntos del manifiesto del Pretropavlosk contienen lo que mucho comunista de oído cree que reivindicaban los comunistas soviéticos en aquellos años; es posible, de hecho, que los marineros de Krondstadt lo pensaran también. En su manifiesto, de hecho, hay mucho marxismo: considerar que sólo los obreros y sus partidos merecen la libertad y poder expresarse (dictadura del proletariado); y la prohibición el trabajo asalariado (asunción básica de la teoría marxista sobre la plusvalía del obrero). Sin embargo, si el marxismo que quizá Lenin podía compartir con ellos está presente, mucho más lo están dos elementos que, lejos de lo que consideran los comunistas de oído, jamás estuvieron en la agenda de los bolcheviques: uno, las consideraciones egalitaristas y anarquistas, que repelían el control estatal; y, otra, la consideración de que todos los revolucionarios tenían derecho al mismo nivel de libertad. O sea, que todos los pajaritos tenían derecho a estar en el nido con el pájaro cuco.

El manifiesto de Krondstadt, lejos de identificarse con el bolchevismo, era un torpedo en su línea de flotación. Un clamor por un cambio en el gobierno en el que los bolcheviques deberían dejar de tener el monopolio.

El 2 de marzo, siguiendo las directrices revolucionarias que habían aprendido en el proceso que luego el régimen soviético sacralizaría como la revolución perfecta, los marineros de Krondstadt eligieron un Comité Provisional, presidido por un marinero llamado Petricenko.

Por lo que se refiere al PCUS, jamás pensó ni remotamente en negociar o acordar nada con los sublevados; que, además, no estaban formalmente sublevados, pues no habían agredido a nadie. Trotsky y Zinoviev fueron designados para gestionar el problema. El 3 de marzo, bajo la inspiración del primero de los citados, los medios de comunicación de Moscú emitieron la noticia de la sublevación en Krondstadt del Petropavlosk, a las órdenes de un fantasmagórico general ruso blanco Kozlovski, que no era más real que Mickey Mouse, puesto que el general Kozlovski, que efectivamente era bastante conservador, había sido precisamente relevado de todo mando por los marineros amotinados. Asimismo, tomando el rábano por las hojas de una forma acojonante, se basaban en el hecho de que un periódico francés (Le Matin) hubiese publicano noticias de la sublevación para concluir que Francia e Inglaterra estaban implicadas en la conspiración, con la ayuda de los socialrevolucionarios.

Lejos de lo que defiende Trotsky a través de estas afirmaciones, todas falsas, la sublevación de Krondstadt no estuvo dirigida por ninguna formación política. Surgió de una forma tan espontánea que se produjo en invierno, es decir en una época en la que los buques no eran operativos por estar helado el mar; cualquier revolucionario organizado habría montado la tangana en primavera o verano. De hecho, los marineros de Kronstadt, aquejaos de un buenismo revolucionario que recuerda en algo a los tiempos presentes, pensaron que su simple ejemplo movería a los demás a unírseles, así pues no tomaron más medida que hacer asambleas. En dichas asambleas se hablaba de un nuevo orden socialista, que sustituiría al orden comunista burocrático.

Con una simpleza que, sin embargo, tiene la virtud de hacerse entender, los marineros de Kronstadt acusaban a la dictadura del proletariado de haberse convertido en dictadura sobre el proletariado. Recuperaban, además, la vieja máxima de Lenin (el desaparecido Lenin) en sus tesis de abril, y que es bien conocida: todo el poder para los soviets. En esas circunstancias, la ideología de Krondstadt viraba a marchas forzadas hacia el anarquismo, y así, para cuando los socialrevolucionarios, a través de Tchernov, intentaron hacerle una OPA al movimiento, ya era tarde. Todo lo que no fuese autogestión les parecía poco.

Trotsky tenía que terminar con Krondstadt para poder convocar el X congreso del partido. El 6 de marzo, esta luminaria de los derechos humanos y las libertades civiles da por escrito orden de preparar lo que haga falta «para aplastar la revuelta y a los rebeldes por la fuerza de las armas».

El 7 de marzo, por la tarde, comenzó el ataque. Aprovechando el terreno de más regalado por el mar helado, las tropas del gobierno (éstas sí, dirigidas, por cierto, un general ex-zarista, Tujachevski) pudieron presentar un frente muy amplio, lo cual hizo difícil, cuando no imposible, la defensa de la plaza. A partir del 8, Trotksy ordena un ataque non-stop, buscando una rendición rápida del puerto que impida la posible rebelión de otros puntos de Rusia. El 16, Tujachevski atacó por el flanco más inesperado, es decir desde el camino de Petrogrado (el área para cuya defensa se construyó Kronstadt). A partir de ese momento, sólo necesitó dos días para tomar la plaza.

Como ya dijo Víctor Serge, Kronstadt marca el momento de la ruptura definitiva entre el anarquismo y el comunismo. Hasta ese momento, ambas ideologías, amalgamadas en su condición obrerista, habían convivido e incluso colaborado. Pero, a partir de ese momento, devienen incompatibles. En Kronstadt, el comunismo como forma de gobierno se muestra con dos características fundamentales: en primer lugar, como gobierno absolutamente pragmático, por lo tanto capaz de la mentira y el engaño con tal de defender sus intereses; en segundo lugar, como régimen totalitario, en el sentido de régimen que no sólo pretende prevalecer sobre los demás, sino que también pretende hacer desaparecer a los demás.

La intelectualidad de izquierdas, por otra parte, se ha pasado todo el siglo XX escribiendo páginas y páginas en las que los marineros de Kronstadt eran tratado con la conmiseración que se le dedica a alquien bienintencionado que, sin embargo, está equivocado. Así, en efecto, son tratados los marineros de Krondstadt: buenos chicos que se empeñaron en no darse cuenta de que Lenin y Trotsky eran dos gobernantes amenazados por potencias exteriores, por la resistencia interior y la amenaza de los rusos blancos; eran, pues, unos pobres chicos que no tuvieron más remedio que acallar todas las voces que no fuesen la suya, meter a los opositores a puñados en las checas, joderle la vida a miles de personas, cuando no asesinarlas.

Todo eso lo hicieron, estos santos varones, porque no tenían más remedio. Y los burros de la Historia, por lo visto, son los marineros de Kronstadt, que no supieron entenderlo.

miércoles, septiembre 14, 2011

Franco y el poder (14: de nuevo, los equilibrios)

Todas las tomas de esta serie:

Recién comenzada la segunda mitad de los años cincuenta, el Banco Exterior de España, la entidad financiera pública con oficinas en el extranjero y que por eso era utilizada para rendir los pagos de las legaciones diplomáticas españolas, carecía de dinero para pagar dichos gastos corrientes. Definitivamente, el sueño económico de Franco se había ido a la mierda.

domingo, septiembre 11, 2011

La educación, hace cien años


Estos días andan las cosas revueltas en el mundo de la educación. Por otra parte, sé positivamente que alguno de los amables lectores de este blog tiene la profesión de maestro. Un poco por todo esto, he rescatado de mi estantería el folleto cuya portada figura encabezando este post. Folleto que reproduce las intervenciones que se produjeron en el seno de un mitin organizado por los profesores de la escuela primaria, el 13 de julio de 1919. Hace, como quien dice, unos cien años.

¿Qué pedían los maestros (de primaria) hace cien años? En palabras de un dirigente de su asociación apellidado Vecina, pedían "una escuela mejor, un amparo mayor para el niño español, un mejoramiento de verdad para el magisterio nacional".

Se quejan amargamente los maestros en sus intervenciones de ser la hez de la sociedad, algo que justifica el origen de la frase hecha, que claramente pesa sobre ellos como un baldón, que dice "pasas más hambre que un maestro escuela". Al señor Vecina, sin ir más lejos, le duelen los "miserables haberes" del maestro, por los que éstos "recibían a cambio el desprecio de las gentes". El maestro, nos dice su dirigente corporativo, es despreciado por los demás, y eso es algo que sólo cambiará "concediéndonos igual categoría social, lo que en la actualidad equivale a igual categoría económica, que al resto de los funcionarios del Estado". Se quejaban los maestros, por lo tanto, no sólo de ganar poco, sino de ganar menos que otros funcionarios, lo que contribuía a que fuesen vistos como trabajadores de segunda.

Lo dice más categóricamente el señor Casero, representante en el mitin de los maestros catalanes: "si la función del maestro es una necesidad imprescindible en la vida social, que se le retribuya y se le considere, que se le pague y se le dignifique. Si, por el contrario, se cree que se puede prescindir fácilmente de él, que se le suprima". "Nosotros", prosigue el orador de Barcelona, "venimos aquí para decir a todos, rojos y azules [sic], Gobierno y pueblo, prensa y opinión, que es preciso resolver el problema de la escuela y que éste no puede resolverse sin dignificar y retribuir dignamente al encargado de ella".

Estamos en tiempos presindicales, pero el lenguaje de la reivindicación laboral ya fluye. Así, Vecina brama, y el público aplaude: "No creáis que el último de los maestros españoles os está invitando a la rebelión; quien os invita a ella es el propio poder público"; más aún, remacha: "una cosa es el heroísmo, y el heroísmo es cosa voluntaria, y otra cosa es que se nos obligue a ser héroes, y entonces ya no se es héroe, se es esclavo".

Obsérvese la queja con la que comienza su breve disertación la notable feminista vasca, maestra en Madrid ya en los tiempos de este acto, Benita Asas: "resulta anómalo, por no decir absurdo, el que personas dignísimas, sí, pero completamente ajenas a la enseñanza, puedan ser hoy directores generales, consejeros y hasta ministros [se entiende, de Educación]". Juzgue el lector si el tiempo ha borrado esta queja. Como se queja de algo tan aparentemente moderno como los impagos de la Administración Pública. A ella y otras maestras, dice Asas, se les deben aún (1919) unos cursos impartidos en 1912.

El señor Cortés Cuadrado, que de sus propias palabras cabe deducir dirigía en 1919 la Escuela Normal y se dice en el discurso ya valetudinario, abunda en la queja de Benita doliéndose del desprecio de los gobernantes y legisladores hacia la formación del maestro: "es bien raro que aquéllos que promulgan las leyes vengan a quejarse, vengan a decir que el maestro es inculto, cuando, después de todo, aquél es como el Estado lo hizo; y si no es más culto, es porque el Estado o no ha querido, o no ha sabido darle cultura". El tono de la defensa, en todo caso, que es un tono que no desmiente el fondo de la cuestión, da que pensar que en 1919 la acusación de gañanería en la persona de los maestros debía de ser tan frecuente como frecuentemente acertada. De otro modo, la defensa bien habría sido otra. Ítem más: reflejando el enorme esfuerzo de muchos maestros por formarse de forma autodidacta, reconoce Cortés Cuadrado que lo que obtienen de la Escuela Normal es, apenas, una "cultura ínfima".

La mayor parte del contenido de los discursos se refiere al que será el primer punto de la base reivindicativa de la Asociación, presentada en el mitin: más escuelas El maestro, nos dicen los oradores, necesita escuelas. Y de sus palabras cabe deducir las condiciones deplorables en que debían estudiar nuestros abuelos y bisabuelos. Para muestra, este párrafo del señor Cortés Cuarado; párrafo, por otra parte, teñido de un buenismo en torno a la persona del alumno que refleja cierto punto de vista naif:

"Si el niño se negara a ser educado, todo el trabajo del más inteligente y laborioso maestro se estrellaría contra esa voluntad rebelde. Por fortuna, podemos apoderarnos de esa voluntad del niño y podemos hacer que se preste de una manera gustosa a ser un objeto activo de su propia educación. ¿Cómo? En vez de ofrecerle esas escuelas que para él son una prisión oscura y triste, donde se le obliga a permanecer varias horas del día en una inactividad casi absoluta, donde no tiene aire que respirar, ni luz para sus ojos, donde no encuentra más que el tormento de un potro y donde constantemente piensa en el momento de salir de él; en vez de eso, debe ofrecérsele una escuela en donde encuentre todos los elementos que fuera de ella le deleitan y fascinan: luz, aire, árboles frondosos, flores y pájaros, colores y aromas, músicas y cantos, espacio libre donde correr y desarrollarse, espacio también para contemplar la hermosura de los cielos [este punto de la disertación fue interrumpido por los aplausos], y de ese modo veréis cómo ese niño que ahora, naturalmente, se resiste a acudir a la escuela, porque la escuela es un entorpecimiento perpetuo y constante para el cumplimiento de las leyes de la naturaleza del niño, veréis, repito, cómo acude gustoso, ansioso, deseoso de estar ahí el mayor tiempo posible; y en lugar de pensar en el momento de salir, estará prestándose con todas las fuerzas de su alma a recibir gustosa y fructuosamente la acción inteligente y constante del maestro".

Dejo al lector la decisión sobre si ahora que el niño tiene en la escuela luz, aire, cantos frondosos, espacios aromáticos y músicas celestiales, acude a ella gustoso y deseoso de estar en ella el mayor tiempo posible y de recibir gustosa y fructuosamente las enseñanzas del maestro.

Pilar Oñate, de quien he podido saber que en el momento del mitin tenía 30 años de edad, que era maestra por oposición y hablaba francés, inglés, italiano y alemán, es más prosaica y concreta al demandar, para la mejora de la escuela, más dinero. Pero, ojo: "ese dinero es preciso que se emplee en lo que es debido, y que se acabe de una vez ese absurdo, por desgracia tan corriente en España, de que en lugar de buscar personas para los cargos, se busquen cargos para las personas". Otra vez invito al lector a preguntarse sobre si hoy en día, verdaderamente, se buscan personas para los cargos, como reclamaba doña Pilar entre aplausos frondosos.

Me interesa reproducir, del discurso de esta maestra, unas líneas que describen bastante puntillosamente el día a día del maestro de hace cien años:

"A las personas que son ajenas a la enseñanza, es menester que los profesionales les den una idea de lo que representa la vida del maestro. Para serlo ha seguido una carrera de cuatro o cinco años; después ha necesitado hacer unas oposiciones y, cuando al fin está al frente de su escuela, tiene seis horas de trabajo intenso, en que necesita poner su inteligencia, su voluntad, su tacto, su habilidad; trabajo en que no caben desmayos, pues si el maestro desmayara, la escuela vendría a la ruina. Hoy, en todos los oficios se pide la disminución del trabajo. Pues bien: el maestro, después de las seis horas que ha permanecido encerrado en su escuela, cuando las bandadas de pajaritos sueltos marchan a sus hogares, alegrando por un momento la tristeza de las callejas pueblerinas, va a su casa y encima de su mesa encuentra trabajos para corregir, planas que tiene que revisar, trabajos manuales a que tiene que dar una última mano. Nosotras las maestras nos encontramos con labores que tenemos que preparar. Todo esto representa un par de horas del trabajo. Y si el maestro quiere además estar al corriente de lo que en el mundo sucede, perfeccionarse y adquirir mayores conocimientos para que su escuela no marcha como el día que la recibió, sino siempre al compás de las corrientes de los tiempos, necesita también dedicar otro par de horas a estos trabajos y a preparar las lecciones".

Como estamos, ya lo dije, en tiempos presindicales, Pilar Oñate deja brotar de sus labios algunas palabras que hoy sonarán anacrónicas a los dirigentes de la enseñanza:

"Yo deseo que no cesemos en esta campaña que, por decirlo así, ahora se inaugura. Hemos de pedir nuestras justas reivindicaciones, pedirlas sin mendigar, porque la justicia no se mendiga; pero al mismo tiempo sin amenazar, porque la amenaza tiene algo de degradante, puesto que tiene su eficacia en la cobardía ajena. De suerte que yo quisiera, en este momento, aprovechando esta ocasión, hablar de una palabra que ha sonado en los corrillos y hasta se ha hablado algo de ella en la prensa: me refiero a la palabra huelga, que yo quisiera ver borrada de nuestro diccionario profesional".

¿Por qué? Pues porque "la huelga es un arma de indudable eficacia cuando significa la paralización inmediata de servicios; pero reflexionad un momento y decidme: ¿qué representa una huelga de maestros de escuela? Nada, absolutamente nada. Los niños creerían que se habían anticipado las vacaciones. Hace ya algunos años que, gracias a Dios, los maestros de escuela no servimos de tema a piezas del género chico, y una huelga así, creedme, haría que volviéramos a figurar en las revistas cómicas; acabaríamos de la manera peor, cayendo en el ridículo. Supongamos que la huelga se prolongara durante algún tiempo. La nación hasta en los últimos rincones tiene escuelas privadas, en las cuales matricularían a sus hijos los padres españoles. Pues bien: el día que viniera un Gobierno poco amante de las escuelas públicas y deseoso de economías, podría decir: suprimo las escuelas públicas y subvenciono a las escuelas que han recibido a los niños mientras los maestros se declararon en huelga."

Al acto de 1919 asistieron varios diputados, entre ellos al menos dos que serían ministros de Educación (Marcelino Domingo y José Gascón). En general, todos los padres de la patria se emplearon en sus discursos a pasarle la mano por el lomo a los maestros, a justificar de variadas formas los sueldos deplorables que cobraban, y a prometer, que es lo que mejor han hecho los políticos de siempre. Aunque hubo uno cuya intervención, por los propios comentarios del folleto, fue bastante polémica. Se trata de un señor La Portilla (he encontrado un José de la Portilla, diputado por Santander; pero en las cortes de 1854, así pues o es éste mismo hecho un Matusalén, o su hijo, que podría ser, o alguien sin relación) que fue varias veces interrumpido por decir cosas como, atacando la voluntad de los maestros de volverse reinvidicativos: "si la escuela ha de ser centro de rebeldía, que se hunda". No obstante, pudo desarrollar su intervención, porque los mítines decimonónicos, y éste lo es, no son como los nuestros actuales, en los que sólo encontramos gentes que dicen lo que queremos escuchar. A los mitines de entonces no sólo se invitaba a personas de otras creencias, sino que se les dejaba hablar y se les escuchaba.

Eso sí, La Portilla montó la mundial cuando propuso que se formasen comités provinciales para decidir dónde era necesario construir nuevas escuelas; y propuso, además, que dichos comités estuviesen formados por maestros y (cursiva mía) "dos autoridades que creo son indispensables por su prestigio y su fuerza positiva social, que son el gobernador y el obispo". De alguna manera, y aunque nadie los cite en los discursos, los intereses de la Iglesia andan detrás de todo lo que en esa mañana de julio se dijo en el Teatro Centro de Madrid. Inmediatamente después de La Portilla, otro padre de la patria, de apellidos Requejo Velarde, se queja de que aún haya que terminar con (ojo con el orden) "la vergüenza de que sea España una nación donde vivan misérrimamente los curas, donde el labrador está abandonado y continuamente cortejado por el desamparo oficial, donde el maestro se muere de hambre". Este señor clama también, entre aplausos: "¡Es triste que mientras en España no hay escuelas se levanten cines, donde enjambres de niños se corrompen!" Anda que, si llega a conocer las videoconsolas, le da un parraque...

Terminemos. José Gascón y Marín, aragonés, futuro ministro de Educación, sentencia: "¿qué es la escuela en España? En las cuatro quintas partes de la misma, almacén de niños".

Juzgue el lector si en esto se ha avanzado.



Y, bueno, por hacer una referencia al presente, me limitaré a decir que me llama un poco la atención que en todo el conflicto sobre la educación en España, las inversiones que demanda, el salario de los maestros, etc., haya un colectivo de españoles a los que nunca se nos pregunta nada: aquéllos que no tenemos infantes en la escuela, pero que, recuérdese, de todas formas la pagamos. En la más cutre de las comunidades de vecinos se deja que el del bajo pueda opinar sobre qué tipo de ascensor habría que poner.

jueves, septiembre 08, 2011

Franco y el poder (13: la solución tecnocrática)

Todas las tomas de esta serie:


El 12 de diciembre de 1956, los tres españoles con capelo cardenalicio (monseñores Pla y Deniel, Quiroga Palacios y Arriba y Castro) fueron a El Pardo, donde tuvieron una audiencia con Francisco Franco. Allí hicieron algo bastante inusual: entregarle al Caudillo una nota con la valoración eclesial de los proyectos de ley que en ese momento se estaban discutiendo. La Iglesia, fundamentalmente a través del Consejo del Reino y de las Cortes, tenía su cuota de poder dentro del franquismo, cuota que le correspondía dados los esfuerzos en pro de Franco que hizo durante la guerra. Sin embargo, rara vez ejercitaba la jerarquía eclesiástica ese poder interviniendo en el proceso de aprobación de las leyes con enmiendas a la totalidad. Por otra parte, los jerarcas eclesiales españoles sabían que tenían una posición preeminente ante Franco de la que podían hacer uso. De hecho, seguramente la única persona ante la cual Franco admitió la posibilidad de poder abandonar la jefatura del Estado fue un arzobispo.