lunes, abril 25, 2011

La "normalidad" del 36: mayo de amenazas y caramelitos

Abril del 36 es también un mes especialmente relevante para demostrar que la violencia, que estaba en las calles, también tomó, lo cual es si cabe más grave todavía, el Parlamento. Una de las cosas más incomprensibles de la mitología republicana es la relacionada con la visión de la República como un tiempo de excelso parlamentarismo. Bien que en la España republicana hubo oradores de mucho mérito, el tono general de los debates está lejos de ser mesurado y de la calidad retórica.

Un ejemplo bastante claro de lo que digo se dio en el debate de investidura del 15 de abril, en el que se produjo una anécdota que, extrañamente, no tuvo tanta relevancia para la iconografía franquista como lo fue el debate, producido algunas semanas después, entre Santiago Casares Quiroga y José Calvo Sotelo, durante el cual éste habría sido, tal es la interpretación franquista, amenazado de muerte. Como veremos más adelante, esa amenaza es algo que no está del todo claro. Pero no cabe terreno para la duda en el diálogo producido el 15 de abril.

Como decíamos, se celebraba en dicho día el discurso de investidura del gobierno Azaña. Respondió a la exposición gubernamental el diputado derechista José María Gil Robles, quien realizó una intervención trufrada de dicterios y acusaciones contra la labor del Gobierno. En los turnos de réplica pidió el uso de la palabra José Díaz, ex anarquista y dirigente para entonces del Partido Comunista en España.

- Yo no sé -dijo Díaz en el curso de su intervención-, cómo morirá el señor Gil Robles.

En ese momento, se oyó una voz en la bancada que, en estricto respeto de las normas de la etiqueta parlamentaria, gritó: «¡En la horca!».

Díaz prosiguió:

- Yo sé que su Señoría morirá con las botas puestas.

Aunque aún no se había estrenado en España esa peli que se llamó Murieron con las botas puestas, la frase tenía toda su intención: quería decir que Díaz le auguraba a Gil Robles una muerte distinta de la que finalmente tuvo, o sea en la cama.

Se montó la mundial. Pasionaria, siempre tan atenta a pasar a la Historia como un dechado de equilibrio, respeto y humanidad, se dirigió a los bancos de la derecha y remachó:

- Si queréis, le ponemos unos zapatos.

Doña Dolores ya había saludado la decisión de Gil Robles de abandonar la Comisión de Actas lamentando que ahora no podría llamaro asesino en la cara.

Gil Robles contestó:

- ¡Yo no soy un asesino como vosotros!

Con lo cual, la mundial se elevó al cuadrado.

En la sesión del día siguiente, 16, la tensísima sesión el entierro del alférez De los Reyes durante la cual los diputados creyeron estar a punto de ser invadidos por un turba de uniformes cabreados, el tono se radicalizó, provocando frases épicas de Azaña, tales como: «Las llamas son una enfermedad endémica de España. Antes se quemaban herejes y ahora se queman santos». Interesante teoría viniendo del principal responsable del orden público.

También contestó Azaña a la acusación de Calvo Sotelo, recién llegado del entierro del alférez, de que el Frente Popular era una formación comunista con un seco y rotundo: «a mí nadie me dicta rumbos». Es de suponer que en los siguientes tres años se acordaría de esta frase unas cuantas veces. Calvo Sotelo le contestó de una forma que probablemente a Azaña, que tan alta opinión tenia de sí mismo, no le gustó: «Su Señoría es un turista, y España es el paisaje; a mí lo que me interesa es el paisaje y no el turista, que pasa».

En este mismo mes, Azaña es entrevistado por Ilya Ehrenburg para el Pravda. «Los últimos acontecimientos”, dice, “demuestran que la intranquilidad no está dominada». ¿Intranquilidad? Señor presidente, por favor, defina «desorden» o «caos»...

El 1 de mayo, Día del Trabajo, desde la glorieta de Atocha hasta el número 3 de Castellana, se celebra una manifestación monstruo de no menos de 300.000 asistentes, que portan caricaturas de los políicos de la derecha y retratos de Stalin y Lenin. Acaban frente a la presidencia del Gobierno, donde presentan un pliego de peticiones que incluye la incautación de industrias privadas, medida a la que Azaña se niega porque «significaría violencia», argumento que es muy esclarecedor del modo en que para entonces se hacía política en España: ya no preocupaba tanto cumplir o no la legalidad como evitar la violencia.

La jornada de Madrid, en todo caso, fue pacífica. Pero eso no quiere decir el 1 de mayo lo fuese. En Moneva, Zaragoza, el juez municipal cayó muerto en la calle, tiroteado. En Alomartes, Granada, hubo dos muertos causados por la guardia civil durante el intento de asalto de una iglesia. Se produjeron agresiones a templos en casi una decena de poblaciones.

El 3 de mayo se produce el extraño caso de los caramelos envenenados, una serie de hechos extremadamente útiles a la hora de valorar en qué medida la España del 36 estaba de los nervios. Ese día dos tipas y un tipo aparecieron en la calle Baracaldo, del barrio de Tetuán de las Victorias. Eran Julia, apodada La Caballo; Antonio, apodado El Miseria; y Palmira, conocida por sus compañeros de cátedra de Filosofía Pura como La Platanera. La Caballo decía estar buscando a su hijo, que se habría escapado de un colegio de monjas porque allí le obligaban a tomar caramelos envenenados. Dijeron saber de buena tinta que eso se hacía sistemáticamente por parte de los religiosos, con el fin de diezmar la población de futuros proletarios.

Es evidente que estos tres personajes jamás estudiaron en un colegio religioso. ¿Cuándo se ha visto a unos curas o monjas repartiendo caramelos? En todo caso, esta historia prendió en unas mentes que estaban ultrapreparadas para creérsela. Se formó una turba de metafísicos, intelectuales y activistas de los derechos humanos, que sólo por casualidad llevaba palos y hachas, que se dirigió a la zona de Bravo Murillo, donde asaltaron la iglesia de Los Ángeles y, además, lincharon a alguno de los responsables, especialmente monjas.

Al día siguiente, otra multitud de la misma calidad ética asalta unos depósitos de combustible existentes entonces en Cuatro Caminos, con la intención de usar su contenido para quemar la capilla del Ave María, la iglesia de San Sebastián, el colegio de San Vicente de Paúl y la iglesia de los Comendadores. Dado que la labor es mucha y la gasolina poca, las turbas paran en la misma calle a los coches y les solicitan amablemente, palo en mano, que les presten la gasolina que llevan en los depósitos. Así aprovisionados, encienden como una tea la iglesia de la calle Garibaldi, en Tetuán, así como el colegio de Nuestra Señora del Pilar, cuyas gestoras, monjas, son tan amablemente tratadas que tienen que huir del incendio bajando por las ventanas descolgándose por sábanas anudadas. Quince profesoras de un colegio de la calle Villamil son maltratadas y golpeadas.

Todos estos sucesos provocan una convocatoria de huelga en la construcción. ¿El motivo? La «descarada provocación de la reacción».

El surgimiento de la leyenda urbana es algo que es motivo de estudio por parte de los expertos. Nunca se podrá saber cómo surgió la historia de los caramelos envenenados. La historiografía franquista siempre sostuvo que se había urdido en la fiesta del 1 de mayo, pero nunca presentó, que yo sepa, pruebas. Lo que sí está claro es que era un bulo, un bulo manejado con asombrosa irresponsabilidad por quienes tienen la obligación de no dejarse llevar por las pasiones y no hacer las cosas en caliente. De hecho, durante el día 3 se habló de niños muertos. Cinco niños, se decía, habían fallecido en la casa de socorro de la glorieta de Ruíz Giménez y uno más agonizaba en el colegio de la Paloma. En la tarde, una manifestación se dirigió a la mentada casa de socorro. Lo cual no es muy extraño, vista la situación. Pero lo que sí lo es, es que dicha manifestación fuese encabezada por un diputado de la nación: Wenceslao Carrillo; quien, una vez comprobado que en la casa de socorro no la había palmado infante alguno, poco, si algo, hizo para rebajar los ánimos. El día 4 por la noche, tanto el Gobierno como la Casa del Pueblo y el Partido Comunista dieron a la luz sendas notas oficiales desmintiendo las muertes de niños envenenados. Habían tardado más de 24 horas en comprobar la falsedad de los hechos y, por supuesto, no habían hecho gran cosa por impedir los disturbios.

Otro ejemplo , en mi opinión, de esta retórica de lo temerario es un discurso de Indalecio Prieto, el plañidero socialista que en su exilio mexicano trataría de convencernos de lo mucho que hizo por la concordia del país y bla, con ocasión de la campaña electoral para la repetición de elecciones en Cuenca (ésas en las que estuvo a punto de presentarse el general Franco). En el curso de dicho mitin, el político y diputado aseveró cosas como que durante la represión del golpe de Estado revolucionario del 34 se había matado a ancianos y niños a bayonetazos, y que se había torturado a personas colocándoles astillas de madera en las uñas de los pies. Claro, Prieto necesitaba estos datos para soportar su teoría final: «¿qué extraño es que después gentes con el alma herida por tanta vileza se entreguen al desmán y sacien de cuando en cuando su furor en una venganza?»

Eso sí, como Prieto nunca daba hilo sin puntada y siempre caminaba con un pie en la calzada y otro en la acera, más atrás trató de curarse en salud, afirmando que en estas violencias no había nada de revolucionario y sentenciando con una frase, como poco, curiosa: «lo que no puede soportar un país es la sangría constante del desorden público sin finalidad revolucionaria inmediata». Corolario: si hay finalidad revolucionaria inmediata, se pueden dar hostias. Se ve que la ETA lee libros de Historia.

Prieto fue a Cuenca a pedir tranquilidad y tratar de que no hubiese malas milongas. Pero como lo hizo de la manera flácida que acabamos de ver, ni puñetero caso que le hicieron. El mismo día de su mitin se declaró la huelga general y se quemaron domicilios de derechistas, el hotel donde se alojaban y un teatro. Se asaltó la sede de Acción Popular y el convento de los padres Paúles, cuyos muebles y biblioteca fueron destrozados. A las puertas del hotel donde estaba Miguel Primo de Rivera, una niña fue herida de un disparo, lo que provocó la detención del falangista y la quema de su coche en la misma puerta del hotel.

Los nombres de Miguel de Unamuno, José Ortega y Gasset, Sánchez Román, Fernández de los Ríos, Besteiro o Martínez Barrio, suenan durante el mes de mayo como candidatos a presidir la República en lugar de Alcalá-Zamora. Pero todo eso son, al menos en mi teoría, chistes floreados. Hay tres personas que, en ese momento, saben. Dos de ellas son el ticket Azaña-Prieto, dos señoritos del progresismo patrio que están convencidos de ser una unidad de destino en lo universal y de tener España a sus pies. Eso lo creen mientras España se mata y se fostia en la calle, convoca huelgas y actos terroristas de derecha, lo quieran ellos o no. Pero, aún así, ellos se creen capaces de manipular y dominar a las tendencias que en la izquierda ellos mismos han colaborado a desmandar. Así pues, sueñan con ser uno Presidente de la República y el otro jefe del Gobierno, ante lo cual, por lo visto, todos los situados a su izquierda, desde Largo Caballero hasta la FAI, se iban, siempre según ellos, a mostrar de acuerdo.

La otra persona que controla, muchísimo más que ellos, es Largo Caballero, auténtico factótum en mi opinión del cese de Alcalá, y que sabe que cuenta con votos más que suficientes en el PSOE, más la no desdeñable presión desde la UGT, que domina al completo, como para bloquear la llegada de Prieto a la presidencia del Consejo de Ministros. Por lo que respecta a Azaña, Largo Caballero sabe que el pígnico señor listo metido a estadista inteligente dice eso de que a él nadie le marca rumbos. Pero él, sin embargo, se los ha marcado.

Las derechas no participaron en el proceso de elección de compromisarios que, sumados a los diputados, debían votar en el Palacio de Cristal de El Retiro madrileño al nuevo okupa de la más alta magistratura patria. Para ellas, el proceso estaba viciado y no iba con ellos; verdaderamente, no iba con ellos. Pero hay un dato curioso que no se debe soslayar para entender en qué longitud de onda emitían para entonces los españoles conservadores. Un periódico de la órbita de Acción Popular, gilrroblista por lo tanto, publicó una encuesta sobre el candidato ideal a presidir la República desde las derechas. ¿Ganó Gil Robles? Pues no: ganó Primo de Rivera.

El 26 de abril, la votación no tuvo sorpresas. Muy minoritariamente fueron votados, junto con Azaña, el voto en blanco (diputados cedistas), Largo Caballero, Lerroux, José Antonio y González Peña. ¿Se cantó el himno de Riego, himno de la República, tras la votación que eligió al presidente de la misma? Pues no. Se cantaron La Internacional y Els Segadors.

La pimienta de la jornada, en todo caso, fue la mano de hostias que se arrearon dos socialistas en los alrededores del palacio. Luis Araquistain, jefe de máquinas del largocaballerismo; y Julián Zugazagoita, más prietista que los gayumbos de Prieto, se enzarzaron en una pelea, al parecer porque a Araquistain no le había gustado un artículo de El Socialista, publicación que entonces dirigía Zugazagoitia.

Entonces Azaña empezó el jueguecito de consultas que debía terminar en llamar a Prieto. Pero para cuando Prieto fue a verle, éste ya sabía que no obtendría los votos necesarios para aceptar la tarea (de hecho, el grupo parlamentario socialista votó, por 49 votos contra 19, no participar en el gobierno). Por esta razón llegó al frente del Ejecutivo Santiago Casares, probablemente uno de los políticos más sectarios de la Historia de esa República tan sectaria.

Para muestra de lo que tenía en la cabeza este señor Casares basta alguna que otra frase de su discurso de investidura (las cursivas son mías): «Se han acabado las contemplaciones con los enemigos abiertos o enmascarados de la República. Al enemigo declarado lo aplastaremos, y a los emboscados los buscaremos también para aplastarlos. No puedo presenciar tranquilo cómo cuando esos enemigos se alzan contra la República y son llevados ante los tribunales, algunos de éstos perdonan sus culpas y los absuelven. Hemos de pensar en las leyes que hayamos de traer a la Cámara para cortar este abuso radicalmente».

El comentario de texto de esta frase es democráticamente repugnante. Bajo el gobierno azañocasarista, algo que de todas maneras ya decía la protofascista Ley de Defensa de la República, lo punible era estar contra la República; no era serlo mediante actos violentos o ilegales, sino serlo, sin más. Casares no hace en su discurso distingos entre los enemigos violentos, ilegales o terroristas, y los demás. Un enemigo es un enemigo, y lo que hay que hacer es aplastarlo; discurso que, por cierto, recuerda al del general Videla en Argentina. Por lo demás, tiene huevos la pública confesión casarista según la cual Montesquieu fue un autor de cómics y, por lo tanto, su exigencia de independencia entre los tres poderes es una futesa.


Con todo lo más interesante estaba por llegar en el turno de réplica.

jueves, abril 14, 2011

Islandia

Desde mi punto de vista, hay dos cosas que demuestran cada día que el ciudadano normal, average, necesita saber más economía de la que sabe.

La primera es que se tire en plancha a las tiendas de lotería y quinielas, donde no pueden hacer por él nada más que venderle una inversión con valor actual negativo; que es algo que, si se lo ofreciesen en el banco de al lado, llevaría a ese mismo cliente a provocar una faraónica bronca.

La segunda cosa sorprendente es que aquellos ciudadanos que son socios de un club de fútbol se contenten con que su equipo le meta tres goles al eterno rival, aunque en ese mismo momento esté económicamente quebrado. De hecho, cada domingo las sociedades anónimas deportivas inventan un nuevo concepto de rentabilidad, que todos los lectores de prensa deportiva (y son unos cuantos) aceptan con total naturalidad.

En los últimos días se leen y escuchan comentarios mil sobre Islandia, un país que, al parecer, estaría pasando a la Historia por ser testigo de una rebelión cívica contra la crisis financiera y sus causantes. No pocos foros de internet experimentan orgasmos repetidos ante lo que consideran un ejemplo de lo que todos los países deberían hacer contra esa caterva de ladrones que provocaron la crisis subprime y sus diversas ladillas.

Dejando de lado el pequeño detalle de que hay países, como España, en los que esa caterva de cabrones está básicamente formada por los mismos tipos a los que la gente vota (¿quién gestiona, al fin y a la postre, las cajas de ahorros españolas?), es que, además, sorprende lo poco que se sabe de Islandia y lo mucho que se desconoce, en consecuencia, que las raíces de eso que podemos llamar el problema islandés tienen algo, pero no todo, que ver con las subprime y la crisis del 2008, puesto que brotan casi veinte años antes.

Islandia es un país que, económicamente, nunca había necesitado abrirse demasiado. Está escasamente poblado (lo cual quiere decir: pocas necesidades que atender), escasamente habitado (pocas infraestructuras que desarrollar) y con recursos naturales (notablemente, un señor llamado bacalao) que siempre han sido suficientes para dar de comer a la estrecha panda de valientes que se ha avenido, en los siglos pasados, a vivir en lugar tan extremo.

El nivel de vida islandés no siempre ha sido la pera limonera, pero en las últimas décadas del siglo XX mejoró notablemente a lomos de un sistema de política económica basado en no fijarse demasiado en la inflación. Islandia ha sido, tradicionalmente, un país de desempleo bajo e inflación alta, que reducía las consecuencias negativas de dicha inflación mediante la restricción de las operaciones trasfronterizas.

En 1990, sin embargo, la globalización económica mundial, unida al hecho de que las pesquerías comenzaban a no dar para tanto, hizo que Islandia cambiase el paso y se adhiriese a un área económica común, el Espacio Económico Europeo. Muchos análisis que se ven hoy tienden a ver en 1999, es decir el proceso de creación de bancos privados, el principio de la crisis islandesa. A mi modo de ver, se equivocan. Los problemas comienzan años antes, cuando el país despierta del suelo más o menos autárquico en que había vivido hasta entonces.

Estar en el EEE, que es una especie de Unión Europea blanda, ya no permitía a los islandeses tener la misma situación de cerrojazo al gasto exterior, lo cual quiere decir que el país tenía que ganarle la partida a su inflación de dos dígitos.

Para ello, los islandeses, que verdaderamente son pocos y bastante bien avenidos, llegaron a algo que se suele llamar el Acuerdo Nacional o National Consensus que, básicamente, fue un acuerdo de restricción en el crecimiento de las rentas al que llegaron empresarios, trabajadores y gobierno. Además, esta medida de austeridad, un poco a la alemana, se combinó con el inicio de una política monetaria realista, que modificó el sistema anterior de tipo de cambio fijo por otro de tipo de cambio flexible «controlado» por un objetivo de inflación, para la que fijaba un entorno de 1% anual mínimo y 4% máximo, con un 2,5% como tasa ideal; una inflación claramente pensada para entrar, algún día, en el euro.

Durante las décadas anteriores de inflación desbocada, los tipos de interés reales islandeses eran negativos. Esto quiere decir: el coste de un crédito estaba por debajo de la inflación lo cual, en esencia, es una llamada a endeudarse: si uno se endeuda en 100 y al año tiene que devolver 105, pero los precios han hecho que los 100 de principios de año sean 106 al final del mismo, endeudarse es, como digo, un chollo. Esto ocurrió en un momento en el que los bancos islandeses eran estatales (lo cual debería ser tenido en cuenta por parte de tantas voces que consideran que la manera de resolver los temas es nacionalizar la banca, como si nacionalizar la banca fuese una medida positiva per se). En 1979, el sistema trató de meterse en vereda indexando los créditos, de forma que los deudores tendrían que pagar lo que realmente valían: si valía 106, pues habría que devolver 106.

Fue más o menos en ese punto, forzados por el nuevo horizonte económico forzado por la entrada en el EEE, cuando los gobiernos islandeses se dieron cuenta de que tenían que crear un sector bancario privado. Así nació el Islandsbanki, que se fusionó con otras firmas y al que siguieron otros bancos hasta entonces públicos, como el Landsbanki el Bunadarbanki.

El Estado, sin embargo, no desapareció del ámbito financiero; dato que a menudo se soslaya del debate. Siguió existiendo, por ejemplo, el Icelandic Housing Financing Fund o HFF, una entidad pública dedicada a dar préstamos para vivienda, de entre 15 y 40 años de duración, indexados, y por un máximo del 80% del valor de la vivienda. En la práctica, esto significaba que el negocio para los bancos privados se centraba en el 20% restante. En las elecciones del 2003, el Partido Centrista, uno de los gobernantes, prometió el aumento del límite al 90%; puesto que la coalición renovó su poder, la medida se tomó y, consecuentemente, el papel de los bancos privados se redujo. La consecuencia, lógica: la competencia. A partir de 2004, los bancos privados se lanzaron a ofrecer préstamos para la vivienda a mejores condiciones que la HFF, alimentando con ello una espiral de crédito a la cual, como vemos, el ámbito público no sólo no fue ajeno, sino que la creó.

A més a més, a partir del 2001, cuando los relativos éxitos contra la inflación fueron visibles, el tono del déficit público mejoró, lo cual animó al Partido de la Independencia, largamente gobernante, a revivir sus viejas reivindicaciones de una reducción de impuestos.

En otras palabras: años antes de la crisis financiera, los gobiernos islandeses, o sea los partidos políticos, presionados por sus campañas y promesas electorales, decidieron realizar una doble política combinada: expandir el crédito, mediante la creación de bancos privados que competían directamente con los públicos; y expandir el consumo, por la vía de hacerlo más fácil poniendo más dinero en la mano de los islandeses cada mes, cada día.

Como irse ahora a un reactor de Fukushima y tirar dentro dos o tres toneladas de uranio cabreado.

El recalentamiento de la economía islandesa se hizo tan evidente que fue necesario subir los tipos de interés a niveles estratosféricos; a los inversores europeos, que vivían en una meseta aburrida de tipitos bajos como consecuencia de la convergencia del euro, se les pusieron los ojos como platos y se dedicaron a comprar bonos en coronas islandesas hasta poner el mercado secundario de renta fija, y la propia moneda, en ebullición, retroalimentando el proceso.

En estas circunstancias, la corona subía y subía. Y cuando una moneda sube, las demás bajan. Para los islandeses, los precios en, un suponer, Londres, cada día eran más baratos. Los precios británicos están en libras, pero como ellos tenían una monedita que cada día era más cara contra la libra…

Así que los bancos islandeses decidieron salir de compras por ahí fuera. Compraron bancos, compraron casas, compraron bonos, compraron la histórica tienda Hamley’s de Regent Street… compraron lo que se les puso por delante. E Islandia se convirtió en una especie de gran isla-banco. Para aquel entonces, el 80% de la capitalización de la Bolsa de Rejkyavik provenía del valor de las acciones de los bancos. El sector financiero crecía y crecía, alimentando ofertas a los hogares. En el 2005, la deuda de los particulares sobrepasó el 200% de su renta disponible.

El sistema bancario islandés registró una crisis seria en el 2006. Hubo analistas, sobre todo escandinavos, que destacaron, ya entonces, el mal endémico de la banca islandesa, que era su modelo de negocio basado en un crecimiento acromegálico de la actividad interior, sobre todo a través de segundas y terceras hipotecas. Sin embargo, analistas internos se apuntaron a la famosa teoría que ahora esgrimen muchos defensores de la política económica española actual: la teoría too big to fail; el sector bancario islandés era demasiado grande para darse la hostia. En todo caso, el sector financiero, ante estas preocupaciones, inició una línea de diversificación, buscando clientes fuera de sus fronteras, y comenzó a prestar en países como Reino Unido y Holanda, generando, al fin y a la postre, los impagos que ahora le son reclamados al país.

En consecuencia: el sector financiero islandés, y sus gestores, tiene una responsabilidad objetiva en los gravísimos problemas que, desde el 2008, registra tanto dicho sector como el país entero. Pero, contrariamente a lo que se lee por ahí, al menos en mi opinión, la responsabilidad no se le puede adjuntar, en solitario, a unos gestores malintencionados y enloquecidos. La gestión enloquecida, el crecimiento a toda leche, la subida sin pensar en la posibilidad de una caída, es consecuencia de una carrera macroeconómica iniciada por el gobierno, y unas condiciones generadas por la misma.

Las medidas de los sucesivos gobiernos islandeses, durante la década de los noventa, están encaminadas a favorecer el crecimiento de las rentas y del consumo y la expansión del crédito, como indicadores de un bienestar objetivo de los hogares islandeses. Las intenciones fueron bien expresadas en las campañas electorales en las que se prometieron acceso cada vez más fácil al crédito y más dinero en la cartera. A los islandeses nadie los engañó. Su economía se recalentó delante de sus narices y no parece que les preocupase demasiado. Hasta que la caldera estalló, claro.

Hay un efecto, a mi modo de ver, sorprendente. En la Historia puede verse claramente. Uno piensa: Sofico, Gescartera, Forum Filatélico, Nueva Rumasa, burbuja inmobiliaria, Islandia... Da la impresión de que hay un porcentaje nada desdeñable de la raza humana que, por razones genéticas, educativas o de algún otro tipo, es incapaz de asumir el que para mí es el Axioma número 1 de la economía financiera: nadie da duros a peseta. Si visitas diez concesionarios de automóviles y en nueve de ellos el Seat que te quieres comprar vale entre 20.000 y 24.000 euros, y en uno de ellos te lo ofrecen por 7.000, desconfía de éste último. El Seat que te quieren vender o es usado, o es robado, o es defectuoso, o algo. Porque nadie, repito, da duros a peseta. Pero, ¿y si es verdad que ese concesionario, por alguna razón, es capaz de vender a 7.000 euros el coche? Pues si es verdad, aplícate uno de los dos grandes axiomas del inversor en Bolsa: deja siempre que el último duro lo gane otro.

Los islandeses vivieron encantados en un mundo de crédito aceleradamente expansivo. Constituyeron segundas y terceras hipotecas sobre sus bienes reales porque creyeron en un axioma en el que también creyó mucha gente en España. En esto, la verdad, Islandia y España se parecen, a mi modo de ver, como dos gotas de agua. En ambos casos, como factor fundamental operó la convicción social de que los precios inmobiliarios eran una variable constantemente creciente en términos reales. Si el valor de los pisos iba a crecer siempre y, además, a mayor tasa que la inflación, entonces convenía endeudarse con su garantía.

En una crisis así, nadie es inocente. Si, verdaderamente, el problema de Islandia fuesen los cuatro tipos que quebraron sus bancos, la cosa tendría una solución lenta y jodida, pero relativamente fácil de formular. Los problemas de la economía islandesa, por desgracia, son bastante más profundos, y tienen que ver con el modelo económico que el país decidió darse a sí mismo, y votó.

En sí, la rebelión islandesa puede verse como un sorprendente despotismo ilustrado inverso. En el despotismo ilustrado normalito, son los poderosos, en el sentido de quienes tienen el poder, los que demandan que harán todo para el pueblo, pero sin él. En el despotismo ilustrado inverso, es el pueblo el que demanda que quienes tienen el poder no cuenten con ellos, puesto que, al fin y a la postre, no se sienten concernidos por decisiones que tomaron los políticos a los que votaron. Desde que existe la política monetaria y, consecuentemente, se sabe que la inflación responde en gran medida a la cantidad de recursos monetarios que hay en el sistema, es obvio para cualquier responsable económico que fomentar el consumo y el crédito a la vez puede llevar a recalentar la economía. La economía se recalentó mientras los islandeses (y muchos analistas internacionales, por cierto) aplaudían con las orejas. Si nosotros tuvimos nuestro boom inmobiliario, los islandeses tuvieron el financiero, y a ambos nos ha estallado en la cara. Pero ninguno de los dos, ni españoles, ni islandeses, tenemos derecho a decir ahora que estos estallidos no van con nosotros, porque son estallidos que no fueron provocados en solitario por un grupo de cresos haciendo negocio, sino, first and foremost, por los políticos a los que votamos y encumbramos al puteal del gobierno. Y por nosotros mismos.

miércoles, abril 13, 2011

Sobre el egalitarismo educativo

Yo fui eso que en mi tierra, La Coruña, se llamaba un chapón. Creo que en la mayoría de España a eso se le llama empollón. Por mor de los varios traslados de vivienda en mi vida he acabado perdiendo mis calificaciones, pero lo único que me cuesta recordar del COU son las asignaturas, porque con las notas lo tengo bastante fácil. Filosofía, Matrícula de Honor. Historia del Arte, Matrícula de Honor. Historia Contemporánea, Matrícula de Honor. Matemáticas, Matrícula de Honor. Inglés, Sobresaliente (¡cachis!). Si queda alguna otra, Matrícula de Honor.

Tenía mis razones para estudiar tanto (una beca bastante jodidilla de obtener), pero eso no viene al caso. Lo que viene al caso es que puedo contar lo difícil que es, cuando menos desde mi punto de vista, ser un buen estudiante en un aula.

En primer lugar, no tiendes a ser demasiado popular, normalmente por dos razones, una bienintencionada, y la otra todo lo contrario.

El motivo bienintencionado es que mucha gente asume que, si estudias tanto, no tienes tiempo para las relaciones sociales y, además, tus intereses personales, fundamentales para abrochar relaciones, serán otros distintos de los habituales (en lenguaje actual; eres un freaky). Así que la gente no se acerca a ti por, digamos, respeto.

El motivo malintencionado tiene que ver con el complejo de inferioridad. Muchos estudiantes mediocres se sienten inferiores en su fuero interno respecto del que es capaz de sacar buenas notas (o está dispuesto a trabajar para conseguirlas) y, consecuentemente, conspira para retroalimentar ese déficit de popularidad que ya arrastras del párrafo anterior. Estos son los grupos que alimentan el mito de la rareza de los chapones, de su incapacidad para tal o cual cosa y, sobre todo, de lo inútil de su esfuerzo. Al grito de ¡Carpe diem! (es una manera teórica de formularlo: en la realidad, el estudiante mediocre jamás llega a conocer el significado de este latinajo), el mediocre malintencionado se arranca diariamente por la bulería de tú para qué estás estudiando tanto, te estás perdiendo la vida y total, da igual...

Ser un buen estudiante, cuando no se es por gusto (gente verdaderamente rara, escasísima) o sin esfuerzo (como los Mensas, más escasos aún), es una tarea un tanto esquizofrénica. Si estudias tanto es porque alguien te obliga (o sea, tus padres). Pero te pasas el día rodeado de tipos que son, de alguna manera, tus prescriptores vitales, que son un enjambre de hormigas cabezudas que necesitan convencerte de que no merece la pena ser cigarra. Como esos tipos, ya en la edad adulta, que, cuando comprueban asombrados que has dejado de fumar (y ellos no) tratan de convencerte para que vuelvas.

Y así pasas tu adolescencia: debatiéndote entre las chorradas de tu padre, y las chorradas de tus compañeros. En medio, como bisagra, digamos, inteligente, está el maestro. El problema con los maestros es que hay de todo. Los hay que se ilusionan con tus capacidades y son muy peligrosos, porque tienden, puesto que te respetan más que a la media de sus alumnos, a establecer contigo una relación un poco más de igual a igual; con lo que, además de freaky, ahora vas y te conviertes en un colaboracionista con el enemigo, lo cual no coadyuda demasiado para que tu popularidad mejore.

También los hay, para pasmo del que esto escribe, que en el fondo, y no pocas veces en la forma, incluso se apuntan al bando de las hormigas. Uno de ellos le dijo un día a mi madre: «No, si saca unas notazas, pero, ¿está segura de que es normal?» Si aquel tipo llega a encontrarse a Bobby Fisher en su aula, seguro que lo pone a jugar al softball. De hecho, yo tuve un año de bajón, 1º de BUP, en el que mi nota media bajó a notable raspado, y alguno de mis profes respiraba tranquilo.

En fin. Ser un buen estudiante es una decisión personal inducida, y como tal has de tomarla. La vida empieza a enderezarse el día que te miras al espejo, te dices que tú eres así, y que fin de la historia. Un proceso bastante parecido al que, supongo, tienen los homosexuales que salen del armario. A los homosexuales, sin embargo, no les basta con salir del armario. También quieren tener derechos; quieren poder casarse, y adoptar niños. Quieren que la homofobia esté penada. Quieren poder tener sus entornos y que se les respeten. Quieren un espacio vital para poder ser homosexuales. En suma, no quieren ser discriminados por ser homosexuales.

Con los buenos estudiantes, sin embargo, no ocurre esto. Los buenos estudiantes, por lo que se ve, tienen menos derechos. Es mucho mejor negocio ser homosexual que sacar un diez. En el momento en el que alguien, o sea Esperanza Aguirre, ha pedido un espacio propio para los buenos estudiantes, han llovido las tortas. Y han llovido, además, por parte de los provisores y responsables de la política educativa española, que tiene eggs. Dicen que eso es discriminatorio y que lo importante de un aula es que socialice adecuadamente a los alumnos.

Discriminar es dar un trato distinto a los iguales. La diferencia fundamental de criterio entre los defensores de la medida y sus detractores está ahí. Los primeros parten de la base de que los estudiantes no son todos iguales, mientras que los segundos consideran que sí, que lo son.

Esto segundo es algo que yo, cuando menos, no entiendo. Estudiar y sacar un diez es algo que está al alcance de la mayoría de la población. Yo tenía compañeros en el colegio que no eran capaces de pasar de un tres en Historia pero, sin embargo, se sabían de memoria las características técnicas de decenas de modelos de motos distintos. A su padre le podrían engañar diciendo que es que no valían para estudiar, que no les entraba, que no tenían memoria; a mí, no.

Buena parte de la gente que no saca dieces es porque no quiere. Porque no quiere o porque a sus padres les importa un huevo que lo saquen o no que, al fin y al cabo, es el mismo hecho disfrazado, en un caso, de pitufo, y en el otro de pitufina. Como decía la maestra de baile de Fama, el éxito cuesta y aquí (sudando con los codos sobre la mesa) vais a empezar a pagar, y hay gente que ni está dispuesta a pagar dicho coste, ni tiene ningún aliciente o presión para hacerlo.

Luego hay gente, que es la gente que le encanta a los defensores del egalitarismo educativo, que no saca dieces porque ha tenido una educación deficiente, aún queriendo tenerla de buena calidad. Esto lo entiendo. Lo que no acabo de entender es la conclusión que de ello saca la generación pedagógica LOGSE, esto es: puesto que hay algunos que llevan un peso de plomo en las piernas que les impide saltar más de medio metro, lo que hacemos es colocarle a todo el mundo el listón a medio metro.

Para mí que lo que habría que intentar es quitarles el plomo de las piernas. Si resulta que hay niños que hablan siete veces mejor el chino mandarín que el español, ¿qué se gana poniéndolos a estudiar los sintagmas verbales, fistro diodenal teórico donde los haya, además en un idioma que apenas controlan? ¿No sería mejor juntarles en un aula donde una maestra parecida a Lucy Liu les explicase lo que es un 动词短语? ¡Anda, leche, que es que eso es un ghetto!

Pues no. Yo no era igual que algunos o muchos de mis compañeros. Pero eso era en mi detrimento, no en mi beneficio. Como entonces todavía se daba en cierta medida el castigo físico en las familias, ellos se jugaban los capones de sus padres por suspender; algo que no les ocurría siempre. Yo me jugaba otras cosas más ciertas.

Un sistema educativo que juega en contra del estudiante brillante, lo haga de palabra, obra u (más habitualmente) omisión, es un sistema educativo que no está bien de la cabeza. Especialmente en los tiempos que corren, en los que el nivel educativo es tan bajo que la impulsión hacia el simple cumplir el expediente es prácticamente invencible. Un sistema educativo, además, que destaca sus funciones socializantes antes que las puramente educativas es, a mi modo de ver, un sistema educativo que ya sólo es lo primero. Si las aulas fuesen necesarias para socializarse adecuadamente, los analfabetos serían todos como Dustin Hoffman en Rain Man. El aula es para aprender. No tanto para aprender el año de la toma de Constantinopla por los turcos, sino para aprender a memorizar datos, a utilizarlos; aprender a documentarse, a resumir, a poner informaciones en conexión, a sacar conclusiones; porque de estas cosas va el 99,9% de los trabajos que hay en el mercado, independientemente de que luego la estantería se rellene de ingeniería química, matemáticas actuariales, Derecho del medio ambiente o habilidades de márquetin. Y quien aprende más que los demás, quien se esfuerza por aprender, debiera ser estimulado para ello, y por ello.

El resto del debate, a mi modo de ver, son chistes floreados.

martes, abril 12, 2011

Datos estúpidos para sobremesas frikis (1)

Los grandes monarcas barrocos nunca estaban solos. Acompañarlos era una mezcla de obligación y honor. Siempre había alguien cuando dormían, cuando comían, cuando se vestían, cuando se desnudaban. El protocolo de algunas cortes era tan estricto en este punto que de Luis XIV se ha calculado que únicamente pasó totalmente solo 8 minutos de su vida.

Abderramán III, califa de Córdoba, el hombre que construyó un palacio para su amante, confesó, cuando se sintió morir, que en toda su vida sólo había sido feliz apenas 45 minutos. Se desconoce cuál era su concepto exacto de felicidad.

Su antecesor Abderramán II tenía un tic nervioso en la cara, muy acusado. Le comenzó teniendo 14 años, cuando su padre, al-Hakam, reprimió una rebelión en Toledo y consecuentemente ejecutó a decenas de notables de la ciudad en un foso. El padre obligó al hijo a ser testigo del espectáculo. Abderramán jamás se curó del tic.

Se dice que quizá el principal padecimiento físico de los antiguos egipcios eran los dientes. Se suele atribuir este hecho a la cantidad de arena de los alimentos, sobre todo el pan.

Cuando Rudolf Hess fue detenido en Escocia tras haber aterrizado allí en su extraño viaje, Winston Churchill estaba a punto de entrar en su sala de cine privada para ver Los hermanos Marx en el Oeste. A pesar de ser informado de la detención de un tipo que decía ser Hess y probablemente lo era, decidió entrar a ver la peli.

Una norma de 1906 estableció que las conferencias telefónicas en España podrían celebrarse en cualquier idioma. Fue una de esas normas que no hizo sino reconocer lo que la gente ya estaba haciendo.

Contrariamente a lo que se piensa, la autorización del marido para poder viajar o trabajar no era la medida más discriminatoria para la mujer existente en el Derecho franquista. La peor, con mucha probabilidad, era la previsión legal de que la mujer no pudiese ser testigo de un testamento, puesto que, indirectamente, negaba a las mujeres la posibilidad de tener albedrío y, sobre todo, memoria.

Alejandro Dumas padre disfrutó durante parte de su vida de una curiosa pensión, consistente en doce melones al año. Un pueblo francés famoso por dicho cultivo le solicitó algún ejemplar de sus obras para iniciar una biblioteca, y Dumas contestó ofreciendo la totalidad de las mismas (unos 500 libros) a cambio de la citada pensión. El Ayuntamiento aceptó.

Cuando Francisco Franco tuvo un accidente de caza que le hirió en una mano, a principios de los sesenta, fue llevado de urgencia en domingo a un sanatorio en el área de Moncloa. El médico que lo atendió, Ramón Soriano, que acabaría escribiendo un libro sobre la experiencia, no fue prevenido de quién era el paciente que estaba tumbado en la camilla de urgencias. Consecuentemente, con esa manía que tienen los médicos de hablar de los pacientes como si no estuviesen presentes, comentó con la enfermera, en voz alta, algo así como «anda que no le dirán veces a este señor que es igual que Franco». Franco contestó con un galaico «eso dicen».

Un chiste muy popular en la Rumanía comunista habla de un tipo que va por la calle a la pata coja. Un amigo que le ve, le grita: «¿Perdiste un zapato?» «¡No!», le contesta el otro, «¡encontré uno!»

La calle de la Ballesta de Madrid se llama así porque en su tiempo hubo allí una vivienda con una especie de jardín trasero cuyo dueño tenía allí un jabalí. La gente se entretenía disparando al pobre animal, que hemos de suponer que acabaría palmándola.

En los años cuarenta del siglo pasado, según Torrente Ballester, aún se decía en la catedral de Santiago de Compostela, cada 5 de agosto si no me falla la memoria, una misa por el alma de Carlomagno.

La escena de Yo, Claudio en la que el emperador (Derek Jacobi) se echa a llorar cuando le comunican que, tal y como él ha ordenado, su mujer Mesalina ha sido ejecutada, es, en realidad, una licencia poética. Las crónicas del tiempo cuentan, más bien, que estaba comiendo cuando se lo dijeron, y que siguió papeando como si tal cosa.

domingo, abril 10, 2011

La "normalidad" del 36 (8: El entierro del bochorno)

La II República española es un periodo extraño y sorprendente. Es más extraño y sorprendente aún cuando algunos lo cuentan; lo digo más que nada porque escribo estas líneas después de haber terminado de ver un capítulo grabado de La República, la ominosa serie de la TVE1 que a día de hoy aún no sabemos a ciencia cierta a qué república se refiere; capítulo en el cual un teniente coronel que se ha alzado con Sanjurjo y que espera consejo de guerra es liberado de la cárcel (cosa que, por cierto, es jurídicamente imposible) nada más y nada menos que por José Antonio Primo de Rivera. ¡Acabáramos! Ya bastante complicada era la República ATE (Antes de Televisión Española), para que ahora resulte que, además, Primo de Rivera y Azaña eran amigos...

viernes, abril 08, 2011

La "normalidad" del 36 (7: Más de lo mismo)

En efecto, la calle, en abril, sigue a su bola. En Villapadora, Sevilla, durante las movilizaciones de una huelga campesina se produce un muerto. Los propietarios de tierra huyen del pueblo ante las amenazas que reciben. Una votación para elegir el alcalde de Huelva termina con un socialista muerto. En Huévar, Sevilla, otra huelga campesina provoca dos muertos; uno más en Badalatosa, de la misma provincia. En Abarán, Murcia, un grupo asalta el domicilio de un derechista y mata a su hijo a puñaladas. Otro derechista muere en Siles, Jaén. Lo de Siles es, en realidad, peor. Las izquierdas se rebelan y la guardia municipal se les une. Cuando llega la guardia civil a poner orden, los municipales abren fuego contra ellos, hiriendo al teniente que iba al mando. A ello se suceden unos enfrentamientos en los que muere un vecino sin significación política.

No es el único caso. En Consuegra (Toledo), miembros de la guardia municipal asesinan al guarda mayor de la Comunidad de Labradores. En Daimiel, Ciudad Real, el alcalde intenta suspender una procesión religiosa y, al no conseguirlo, ordena a los municipales que la tiroteen.

En Ceuta, el decano del colegio de abogados y ex diputado de la CEDA, De las Heras, también es asesinado. En Beniopa, Valencia, donde los izquierdistas se han incautado la iglesia por la patilla, un ex militante de la FAI es asesinado por ex compañeros.

Un magistrado de la Audiencia de Sevilla resulta gravemente herido en un atentado. En Valencia, los vecinos de los pueblos de Jaraco y Tabernes de Valldigna, al parecer de tendencias políticas distintas, quedan para pegarse. Un muerto. En Cartaya, Huelva, los enfrentamientos entre campesinos y guardia civil dejan cuatro manifestantes muertos. En Baza, Granada, un grupo de izquierdistas rodea al guardia civil José Herrerías Medina, que saca su pistola y causa dos muertos.

El 23 de abril, en Lébrija, se producía un conflicto bastante común en aquella época. Los jornaleros habían entrado en los campos y trabajado en los mismos sin haber sido contratados, y ahora pretendían que se les pagasen los jornales. Hubo follón. El teniente de la guardia civil Francisco López Cepero Ovelar les habló y advirtió de que no toleraría desmanes. Luego fue a parlamentar con el alcalde y, a la salida del ayuntamiento, fue abordado por los campesinos, que dispersó un guardia apellidado Galisteo disparando al aire. Esa noche ardieron un convento, el domicilio del alcalde y el centro de Acción Popular. El teniente López, que no tenía teléfono en su casa, salió en la noche hacia el cuartel para dar las órdenes oportunas. Los manifestantes lo vieron y rodearon. Él sacó su arma y disparó al aire. Iba a hacer otro disparo, pero el arma se le encasquilló. En ese momento, los que lo rodeaban lo cogieron. Lo tiraron al suelo, lo patearon, lo golpearon con barras de hierro y una azada. Luego, ya cadáver o tal vez moribundo, lo arrastraron por las calles.

La mujer del teniente, desde el balcón de su casa, fue testigo de todo.

En Alfaro (Logroño) es asesinado un joven de Acción Popular. En Haro es asesinado otro derechista y asaltada una sede partidaria. En Zaragoza, los obreros en huelga de una obra se apiolan al contratista. En Yecla (Murcia) el asesinado es el secretario del Sindicato Obrero Católico. Otro muerto en Arganda, durante un choque de partidarios políticos. En Sevilla es asesinado un profesor de la Escuela de Artes y Oficios. Una bomba estalla en Loyola, Guipúzcoa, causando un muerto. En Madrid, unos desconocidos disparan contra un obrero derechista y una mujer cubana, matando al primero de ellos. En Bilbao chocan sendos grupos de socialistas y tradicionalistas; un muerto más. En Albalate del Obispo, Teruel, un agricultor mata a un propietario a tiros.

Arden en abril las sedes de los periódicos Gaceta de Levante (Alcoy), El Correo de Lérida, El Guadalete y El Diario (Jerez).

Leandro García Bayona, agente de policía, fallece en Castellón a disparos de unos anarquistas. En Almería muere un guardia de Asalto. En Viana, Navarra, el asesinado es el guardia civil Manuel Elbusto Osés.

En Gijón, el guardia civil Manuel Vela Rodríguez fue asesinado por un grupo que pasó delante de él a la salida del cuartel en un coche, y le disparó una ráfaga de balas. El gobernador civil, Fernando Bosque, ordenó que no hubiese cortejo fúnebre en el entierro. Las derechas, sin embargo, desobedecieron, lo que provocó que el propio Bosque se plantase delante de la comitiva profiriendo, entre otras cosas, frases injuriosas contra la Guardia Civil. Los falangistas que iban en la comitiva se encargaron de que la cosa terminase a tiros.

El 14 de abril, Día de la República, fue celebrado en Jerez mediante el asalto al que había sido el centro de Falange. Dentro había un falangista, Joaquín Bernal, que repelió el primer ataque a tiros. Luego fue detenido por la guardia civil, quien se lo llevó al calabozo. En el camino hacia el mismo recibió un tiro en el pecho, otro en un brazo y un tercero en la espalda, éste a quemarropa. Los manifestantes la tomaron después con la propia Guardia Civil, que acabó causando un muerto más. Aún así, los manifestantes proclamaron los soviets y detuvieron a más de sesenta derechistas. A partir del segundo día de los tres del conflicto, la guardia civil permaneció acuartelada por orden del gobernador.

En Barcelona, los obreros del metal fueron a la huelga. Un obrero que quería trabajar fue asesinado y arrojado a un paso a nivel. Otro, miembro del Sindicato Autónomo, también fue asesinado. Los huelguistas asaltaron un autobús y desvalijaron a sus 25 integrantes. Finalmente, el día 26 fueron asesinados los hermanos José y Miguel Badia, vinculados al Somatén y la policía autónoma durante el bienio derechista.

En Madrid, el día 7, un falangista llamado José Nicasio Rivogorda entregó una cesta de huevos en casa de Eduardo Ortega y Gasset, abogado del Socorro Rojo Internacional que, además, le había conseguido una colocación. La cesta llevaba una bomba que al estallar causó heridas a la mujer del abogado.

Como guinda para este pastel, el día 13 de abril cae muerto en los adoquines de Madrid el juez Manuel Pedregal, que había sido ponente en la causa contra Manuel Álvarez, uno de los dos detenidos por el atentado contra Jiménez de Asúa. A Álvarez le cayeron, el día 9, 25 años, y Falange contestó llevándose por delante a su señoría.

La crónica del orden público en abril, por lo tanto, está ya bien repleta de sucesos bastante poco edificantes. Y, sin embargo, para quienes consideréis que esto que habéis leído ya es suficiente, deberé deciros que me he dejado lo mejor. Todavía no me ha dado tiempo a contaros por qué pienso que los días 14 y 15 de abril se clavó el último clavo de la rampa que habría de descendernos hacia la guerra civil. Todavía no os he contado, pues, que en este 1936 tan «normal» pasaron cosas como que una persona fuese asesinada a pocos metros del presidente del Gobierno, y que un entierro se convirtiese en una batalla campal en el mismo centro de Madrid.

El 14 de abril de 1936 amaneció el aniversario de la República, un aniversario en el que, seguro, mucha gente, a pesar de todo lo que estaba pasando, aún tenía confianza en aquel régimen. Apenas 40 horas después, eran muchos los que la habían perdido. Y la «culpa» de todo la tuvieron un alférez de la guardia civil y un teniente de la guardia de Asalto; uno, por morir, y el otro, por casi matar.

Por supuesto, continuará.

martes, abril 05, 2011

La "normalidad" del 36 (6: Au revoire, Président!)

Abril de 1936 se inicia con uno de los hechos más debatidos de la pequeña Historia de aquel medio año que transcurre hasta el golpe de Estado. Debatido porque no hay mucho acuerdo en torno a por qué ocurrió lo que ocurrió. Lo que ocurrió, sucintamente, fue la destitución de Niceto Alcalá-Zamora como presidente de la República y su sustitución, tras una votación en el Palacio de Cristal del Retiro, por Manuel Azaña.

Las motivaciones y, por así decirlo, engranajes de este cambio no están del todo claras. En primer lugar, hay que decir que, sin duda alguna, en el proceso jugaron las ambiciones personales. Sería muy difícil imaginar que Azaña no quisiera ser Presidente de la República. Como primer ministro se había llevado unos palos de la leche, lo cual siempre deja cicatrices; y, además, la situación en el 36, que vamos describiendo, no invitaba precisamente a creer que los malos momentos fuesen irrepetibles. Acostarse jefe del gobierno en la primera mitad de 1936 venía a equivaler a acostarse preguntándose si en algún lugar de España, en ese preciso momento, no se estaría produciendo un nuevo Casas Viejas, un nuevo Castilblanco, un nuevo Arnedo, una nueva sublevación del Llobregat, otra Asturias, un nuevo atentado falangista. Para alguien como Azaña, que tantas plumas se había dejado en los escándalos del 33, es lógico que esa perspectiva no fuese muy atractiva; y, además, la Presidencia de la República, con sus palcos de ópera; con sus innúmeros actos ateneístas rodeado por los de la ceja propia; con sus recepciones rimbombantes en salones un día borbónicos, capaces de henchir la vejiga del orgullo incluso en el caso de alguien que, como Azaña, la tenía bien grande; la presidencia de la República, digo, con todos esos gajes, no podía dejar de ser atractiva para este señor que fue el primer español de una larga lista que cree que Manuel Azaña marca un antes y un después en la Historia de España.

Eso, Azaña. Otros, no podemos saberlo con precisión, pero sí podemos imaginarnos que también sintieron el mordisco de la ambición. Y me refiero a Prieto, aunque su ambición no era presidir la República, sino ocupar el sillón que Azaña dejaría vacante.

Cuando uno repasa la Historia de la fantasmagórica República en el exilio y se da cuenta que incluso en esos tiempos llegó a haber peleas sin cuento por presidirla y presidir su gobierno, a pesar de que equivalía a presidir la nada, se da cuenta de que, cuando esa ambición era cierta, es decir se refería a una presidencia real, debió de ser la misma pero elevada a una potencia de dos dígitos. ¿Prieto soñó con ser presidente del Gobierno? Sin el menor rastro de duda. Convicción personal de que lo merecía (como Azaña) no le faltaba, y tampoco le faltaron, seguro, corifeos de mesa camilla que le dijeran que era el candidato ideal. ¿Lo soñó Martínez Barrio? Probablemente, no. MB sabía que era el as en la manga que Azaña se quería guardar para presidir el gobierno si la cosa se ponía fea (tesis ésta que mueve a preguntarse cuál podía ser el concepto que tenía Azaña de ponerse feas las cosas). Largo: no. Largo Caballero, con seguridad, nunca quiso ser presidente de la República, ni del Gobierno.

Pero lo importante no es eso.

A mi modo de ver, todo lo que rodea la cuestión de la segunda Presidencia de la segunda República tiene que ver con algo que creo haber escrito ya. Todos, y todos quiere decir todos, y cada uno de los intervinientes en la formación del Frente Popular se metieron en aquel merdé convencidos de que podrían manipular al resto. Azaña, después del mitin de Mestalla en el que decenas de miles de personas lo aclamaron, creía que él era el faro de las izquierdas de España; idea que también tenía de sí mismo, con muchísima más razón, Largo Caballero. Entre ambos, Indalecio Prieto consideraba que podría hacerle un trile a su correligionario Largo (que era, al mismo tiempo, el tipo que más le envidiaba) y llevar al PSOE al redil de apoyarle a la hora de okupar la izquierda burguesa convirtiéndose en mano derecha de Azaña. Los comunistas tenían en marcha un plan, el diseñado por la Internacional, de realizar alianzas burguesas para madurar hacia la revolución. Y los anarquistas consideraban que, tras haber inclinado la balanza electoral a favor del Frente Popular, se les debía su comunismo libertario.

Todo el mundo, como digo, consideraba que podía manipular a los otros. Por eso, todos se pusieron de acuerdo, rápidamente, para manipular la Presidencia del Estado.

La Constitución republicana tenía una cláusula antipresidencialista cuyo objetivo era impedir que un Presidente venal se perpetuase en el puesto a base de disolver las Cortes que no le fuesen afectas. En consecuencia, la Carga Magna establecía que un presidente de la República que disolviese las Cortes dos veces tendría que dimitir. La tesis del Frente Popular fue que eso precisamente es lo que había hecho Alcalá: la primera, cuando disolvió las Cortes constituyentes; y la segunda, cuando disolvió las de la derecha para las elecciones del 36. Alcalá, por su parte, consideraba que la disolución de unas cortes constituyentes es algo preceptivo cuando la Constitución ha sido aprobada, así pues ésa no debía contar.

Es un debate de técnica jurídica constitucional que Alcalá, supongo que para su sorpresa pues era académico de Jurisprudencia y fino jurista, perdió. No lo perdió por la solidez de los argumentos en contra. Lo perdió porque todo el mundo en el Frente Popular se juramentó para apoyar la tesis de que debía ser cesado. Aún le cabía a Zamora una posibilidad, y es que las derechas, al fin y al cabo una minoría relevante, pusieran pies en pared. Pero eso era wishful thinking. Las derechas se pusieron de canto, se alienaron del proceso, porque la cosa no iba con ellas. Gil-Robles, es de comprender, no iba a mover un dedo a favor del tipo que, durante dos años, hizo uso de todo tipo de subterfugios para impedir aquello que la aritmética parlamentaria dictaba con claridad: que era la CEDA la que debía gobernar. Para Calvo Sotelo, Goicoechea y demás, Alcalá era un sucio traidor. El único que, en puridad, apoyaba al Presidente era el gallego egoisto-gilipollas. Y eso y nada…

Azaña quería ser presidente de la República. Prieto también lo quería, para ponerse él de primer ministro. Pero, y ésta es mi tesis porque hay historiadores que creen en otras, hubo un tipo que, al fin y a la postre, les engañó a todos: Francisco Largo Caballero.

Dice la famosa frase que la mano que mece la cuna mueve el mundo. En política, la mano que mece la calle es la que lo mueve. Largo Caballero tenía la calle y la fuerza electoral; esto es algo que los diletantes de salón señores Azaña y Prieto, siempre rodeados de hagiógrafos en vida que les repetían una y otra vez eso de tú sí que vales, macho, no podían entender. Indalecio Prieto estaba embarcado en una sorda guerra interior en el PSOE contra el caballerismo en la que logró indudables victorias, como la colocación de su amigo González Peña en la estructura partidaria; pero Largo, sin embargo, tenía un control total sobre la UGT, desde que en diciembre de 1933 se había deshecho de Besteiro y Saborit y colocado en puestos claves de la organización a sus fieles De Francisco, Pretel, Del Rosal, etc., muchos de los cuales acabarían siendo en la guerra más comunistas que otra cosa.

Si el pígnico socialista asturvasco hubiese mirado un poquito más por la ventana, a la calle, se había dado cuenta de que no tenía redaños para plantarle cara a Largo. A él, sin embargo, no le iban esas cosas. Su terreno era la tribuna de las Cortes y las tribunas de papel de los periódicos. Como en éstas, sobre todo la segunda, dominaba, se creía, cuarta más, cuarta menos, que todo el monte era orgasmo. Todo político, tarde o temprano, desarrolla resiliencia a las críticas y proclividad a rodearse de personas más mediocres que él que le dicen lo inteligente que es y jamás someten a crítica sus ideas o estrategias. Prieto fue de éstos, como lo fue Azaña. Sánchez Albornoz sugería en sus octogenarias entrevistas que todo el mundo en la izquierda burguesa se burlaba de Largo Caballero cuando, en las distintas reuniones, repetía como un loro eso de «hay que hacer la revolución». Resulta increíble que alguien pudiese burlarse con remoquetes de esas palabras, cuando en la calle la gente moría fruto de la violencia política en una tasa absolutamente insoportable.

En mi opinión, es obligación de la Historia ser especialmente dura, en este punto, con estos dos especuladores de la nada que se llamaron Manuel Azaña e Indalecio Prieto. Carecían de bases. Carecían de votos. Carecían de fuerza social. Carecían, incluso, de fuerza estatal, pues la mitad del ejército, para cuando ellos estaban pensando en quedarse con el machito de las presidencias de la República y del Consejo de Ministros, ya estaba conspirando para fusilarlos. La calle llevaba, a principios de abril, mes y medio dictando su sentencia con letras de sangre y odio. El proyecto del Frente Popular, si es que alguna vez fue un proyecto de, como diría Azaña un par de años más tarde, Paz, Piedad y Perdón, había para entonces descarrilado o, más bien, cambiado de vía y dado un giro de no menos de 90 grados. Ellos, sin embargo, siguieron creyendo en el plan original, un plan consistente en que un líder sin bases sociales y otro medio líder que disputaba, en desventaja, la dominación del mayor partido de España, fuesen a meter en vereda a fuerzas absolutamente desmandadas, que se sentían ganadoras de las elecciones y que, en algún caso, incluso lo eran.

Largo, mucho más ídem que ellos, aplicó sin embargo, si hemos de creer en las confesiones de Araquistain ya en la posguerra, la táctica del pescador. El primer barbo que picó fue Azaña. Le dio carrete, y le dio carrete, y más, hasta dejar que el infatuado político, y con él toda la izquierda burguesa, se empalmase con la idea de presidir la República. Luego implicó a Prieto en la movida, pues fue Prieto quien, levantándose en el Congreso y aprobando la moción oportuna, clavó en último clavo del ataúd en el que fue enterrada la presidencia de Alcalá-Zamora. Dejó que ambos creyesen sus cositas: Azaña, que como Presidente iba a poder hacer algo; y Prieto, que sería el primer ministro de Azaña.

Él, mientras tanto, mecía la cuna.

Pero vayamos con el relato de la alborada abrileña. Lo primero que ven los días de abril es la marcha atrás del Gobierno, que decide no convocar las elecciones municipales que llegaron a estar previstas en un decreto de fecha 17 de marzo. La razón de la desconvocatoria es obvia, y doble. Por un lado, es una locura convocar unos comicios en un país en cuyas esquinas andan tirios y troyanos a hostia limpia; hacerlo equivaldría a invitarlos a concentrarse en un ring llamado colegio electoral. La segunda razón es que las izquierdas, apenas mes y medio después de haber ganado las elecciones o haberse proclamado ganadores, barruntan que los resultados ya no van a ser los mismos, más que nada porque la gente tiende a no votar a gobiernos que no garanticen el orden público. Del 5 de abril es la motita del BOE que aplaza los comicios locales, sin saber, obviamente, que dicho aplazamiento lo sería por cuarenta años.

Las Cortes se constituyen definitivamente el 3 de abril, eligen a Martínez Barrio presidente y, acto seguido y sin solución de continuidad, tienen conocimiento de la proposición no de ley firmada por sus señorías Prieto, Largo Caballero, Uribe, Pestaña, Ibárruri, Tomás, De Francisco, Comas, Galarza, Pedroso, Jiménez de Asúa, Álvarez del Vayo, Corominas, Tranal y Moreno, todos ellos socialistas y comunistas, solicitando que se investigase la licitud de las decisiones presidenciales de disolución. Habló pasionalmente Prieto en favor de la propuesta. Y se adhirió Azaña, quien, por el camino, utilizó su uso de la palabra para hacer una especie de discurso programático de su gobierno, que contenía esta frase que, en mi humilde, no tiene desperdicio: «¿Es que se puede decir a las muchedumbres irritadas o maltratadas, hambreadas durante dos años, a las muchedumbres saliendo del penal, que tengan la virtud que otros tenemos de que no transparezcan [sic] en nuestra conducta los agravios de que guardamos exquisita memoria?». Dicho de otra forma: yo, presidente del Gobierno, sé bien que los míos, los que me votaron, andan por las calles haciendo el cabra. Pero qué quieren que les diga, pobrecitos; los han puteado y no saben ser tan ecuánimes como yo, así que dejémosles que maten, que roben, que incendien y que apaleen.

A mi modo de ver, un presidente del Gobierno espera dos minutos a ver si los que provocan disturbios son capaces de ser ecuánimes. Y si, pasados dos minutos, no lo son, saca a la calle a los de la porra, que para eso los tiene y para eso el Estado de Derecho, que no deja de ser por ello menos democrático, le ha concecido eso que los juristas llaman el monopolio de la violencia legal.

El día 7, los mismos firmantes de la proposición dan un paso más presentando otra que, directamente, insta a las Cortes a declarar ilegal la disolución de enero del 36. Tras un debate de cuatro horas en el que hubo de todo (incluso una pizpireta intervención de Gil Robles, quien vino a insinuar que si se declaraba ilegal la disolución, habría que votar otra vez, sugerencia que colocó la adrenalina de Prieto en unos niveles que ríete tú de Chernobyl), la cosa se aprobó y se preparó una notificación para el presidente más parecida al deshaucio de un sin techo que a un inpeachment. Alcalá-Zamora se negó a recibir a la comisión que fue a darle el papelito a su casa, por lo que ésta tuvo que entregársela a su secretario en el Palacio Real.

Mientras todo esto ocurría, la calle iba a su bola.

Si estáis hartos de sangre, iros de vacaciones. Esto no ha hecho más que empezar.

domingo, abril 03, 2011

La "normalidad" del 36 (5: marzo de hostias y muertos)

(Debo pediros a los seguidores de esta serie, y sobre todo a los que colgais comentarios, disculpas. Tengo muy poco tiempo para escribir estos días y escaso acceso a internet. La serie va lenta, pero si alguien está interesado, que no pierda el interés, que la acabaré).



El atentado contra Jiménez de Asúa marca una nueva etapa para Falange, pero también para el gobierno republicano. A partir de ese momento, el ambiente entre los republicanos será de tolerancia cero hacia la formación de Primo de Rivera, y su objetivo acabar con ella.

El entierro del policía José Gisbert no pudo ser pacífico. Una persona murió apuñalada en la calle Barquillo, y un militar de uniforme agredido. Se arrasaron una armería y una cafetería. En la noche, arden dos iglesias y la sede del viejo periódico primorriverista La Nación. Un conato de incendio del ABC es impedido por las fuerzas del orden.

La jornada del 13 de marzo adquiere una importancia esencial porque, aunque ya hemos visto en estas notas que hay pueblos de España donde lo ocurrido podría verse como un juego de niños, el hecho de que estos hechos ocurran en la capital de España multiplica su gravedad. De hecho, el Gobierno, que se reunió el 13 por la mañana para estudiar la convocatoria de elecciones municipales, siguió reunido hasta la madrugada del 14 haciendo un seguimiento de los sucesos y declarando, ya doblada la esquina de las doce de la noche, que «hay que evitar cierta clase de excesos [no sé si con esto querían decir que hay excesos que no se deben evitar], siendo los autores del Frente Popular los más interesados en ello».

Ya en la noche del 13 están detenidos José Antonio y la cúpula de Falange. El hijo del ex-dictador ya no saldrá de entrerrejas. Cuatro días después, 17, las actividades del partido quedan suspendidas por orden gubernativa.

El 15 de marzo por la tarde comenzaron su andadura las Cortes del Frente Popular. Fue una sesión preparatoria presidida por Largo Caballero, puesto que su acta de diputado había sido la primera en llegar al registro. Sin embargo, fue sólo una breve presidencia formal que Largo cedió inmediatamente al diputado electo de mayor edad, el almirante Ramón de Carranza, monárquico.

La única función de la sesión era proveer esa presidencia y convocar la reunión formal al día siguiente. Así lo hizo Carranza y, tras hacerlo, levantó la sesión. Fue en ese momento en el que el diputado izquierdista Ossorio Tafall le conminó a dar un viva a la República. A ello, Carranza, a pesar de ser gaditano, contestó con un castizo: «No me da la gana». Los diputados de izquierdas respondieron a eso poniéndose a cantar La Internacional, arengados, desde la tribuna, por uno de los cuatro secretarios recién nombrados, el comunista Uribe.

Poco más tarde de aquello, cuando Largo Caballero aún no había podido llegar a casa, el domicilio fue tiroteado. La policía detuvo a dos falangistas, Ricardo Marchitorena y Manuel Álvarez.

El 16 se constituyeron las Cortes y se eligió presidente de las mismas a Diego Martínez Barrio. El 17 se formó la comisión de revisión de actas, bajo la presidencia de Indalecio Prieto.

Cuestión histórica espinosa ésta de la revisión de actas. Los historiadores tienden a no poner en duda el hecho de que el Frente Popular ganó las elecciones; aseveración que a mí, cuando menos, me parece un tanto temeraria teniendo en cuenta que, que yo sepa, nadie, jamás, ha podido hacer una relación meticulosa de en cuántos colegios electorales puede considerarse la votación limpia; es decir, en cuántos puntos de votación se realizó un recuento y un acta convenientemente garantizado por las fuerzas del orden, o sea por el gobernador civil, y una remisión también por vía segura.

Pero, bueno, aún aceptando esta victoria, el hecho de que Portela el egoisto-gilipollas cometiese el desafuero de permitir que la misma coalición que había ganado las elecciones estuviese en el Gobierno en el momento en que dicha victoria había de ser fijada o medida hizo que la cuestión de las actas permanezca, cualquiera que fuese el resultado del 16 de febrero (que, insisto, al menos yo desconozco), como un borrón jodidillo en la pequeña historia de este año tan importante.

Se alegaron más de 200 actas en Cáceres, Granada, Cuenca, Pontevedra, La Coruña, Málaga, Soria... De todas estas alegaciones, se anularon 32 actas. Casualmente, todas correspondían a diputados no pertenecientes al Frente Popular. La revisión de estas actas se hizo con la intención poco escondida de volverlas a favor del Frente Popular, a pesar de que en algunas de estas circunscripciones era inimaginable que las derechas pudiesen perder, como por ejemplo Cuenca.

Indalecio Prieto, que comenzó contestando con tono rubalcabiano los dicterios de Gil Robles sobre la manipulación de la comisión, acabó él mismo dimitiendo de su presidencia «por temor de que no pueda ser absoluta mi conformidad con los dictámenes que la Comisión haya de emitir en adelante, hasta el punto de que no podría sostenerlos ni con mi firma ni con mi palabra». Llama la atención, la verdad, que los hagiógrafos de Prieto suelan citar esta anécdota en términos encomiásticos, alabándole la integridad al político asturvasco. La verdad, a mi me parece algo de lo que no es muy lógico estar orgulloso. Prieto salió de najas de una comisión que presidía y en la que sabía bien, sus palabras son bastante evidentes, que se estaban cometiendo irregularidades sin cuento. Lo loable en un político que ve una actuación corrupta es que la denuncie y si hace falta arrostre las consecuencias de ello. Pero aplaudirle por mirar hacia otro lado, en fin...

Un ejemplo evidente de lo elástico de los criterios de aquella comisión fue la discusión de las actas de Orense, donde se jugaba nada menos que el derecho de José Calvo Sotelo a ser diputado. La intentona de la mayoría de anular este acta llevó a Calvo Sotelo a decir que a él el régimen parlamentario le importaba más bien poco y a decir aquéllo de «a España se le sirve aquí y fuera de aquí». Aquello fue, es mi opinión obviamente incomprobable, una inteligente celada. Con esa frase, Calvo Sotelo intentó que las izquierdas pensaran exactamente lo que pensaron: que el político gallego era mucho más peligroso en la calle que bajo el techo de la Carrera de San Jerónimo. Así pues, Calvo Sotelo conservó su acta.

¡Pero es que ya había sido anulada!

La comisión, sin embargo, la des-anuló, con todal desparpajo. Donde dije digo, digo Diego. ¿El Derecho, las normas, todo eso?

El 25 de marzo, en el cine Europa, Margarita Nelken, auténtica apostolesa de la democracia donde las haya, recién llegada de un viaje por Moscú, brama desde la tribuna: «La dictadura del proletariado es indispensable para establecer el socialismo». Más aún: «Para dictar justicia de clases no hacen falta magistrados reaccionarios. Basta con un panadero, que no importa que no sepa de leyes con tal de que sepa qué es la revolución». Ese mismo mes de marzo, en casa de Álvarez del Vayo, cada vez más cercano a los comunistas, se gesta la mayor victoria estratégica de éstos últimos durante el 36: la fusión del Partido Comunista con las Juventudes Socialistas, de la que es importante muñidor un joven y prometedor político llamado Santiago Carrillo.

El número de Claridad, órgano caballerista, de 19 de marzo, incluye el programa reivindicativo del PSOE en ese momento. Su primer punto es la toma del poder por la clase trabajadora por cualesquiera medios. El manifiesto termina anunciando la concertación con el PCE con vistas a una fusión.

El 17, ante unos gravísimos conflictos en la facultad de Derecho de Madrid, se decreta la caducidad de todas las matrículas, debiendo los estudiantes, uno a uno, solicitar la renovación a la Junta de Facultad. Seis días después, dos estudiantes mueren, hemos de suponer que a manos de estudiantes de medicina pues son acuchillados con un bisturí. Otro más fallece de un disparo. En Garabanzo, Asturias, es asaltado el domicilio del maestro, quien es asesinado en la acción. Ese mismo día, en Albacete, arden dos iglesias, el llamado Casino Primitivo, la sede de Albacete Religioso, la de Acción Popular, la del Diario de Albacete e incluso la del Club Cinegético. En Cieza, Murcia, las patrullas de polis aficionados sin placa ni autorización llegan a detener a sesenta personas. En Yecla, a lo largo de varios días, se prende fuego a 14 iglesias.

En Villanueva de Castellón es asesinado un militante de Derecha Regional Valenciana. En Sestao, Vizcaya, un joven es asesinado de ocho disparos. En Oviedo, un comunista es asesinado a tiros por falangistas. José Martínez Fernández, ex alcalde derechista de Mula (Murcia) es también tiroteado hasta la muerte. En Villazopeque, Burgos, hay un muerto en la reyerta producida después de que un joven haya sido agredido en la espalda con una hoz. La prisión de Lora del Río, Sevilla, es asaltada, acción durante la cual mueren dos funcionarios. En Piñeres, Asturias, un grupo de comunistas secuestra a un tal Francisco Álvarez, de Acción Popular, y lo asesina despeñándolo por un barranco. José Aramburu Lasarte, peneuvista, fallece a tiros en San Sebastián. Un cenetista muere en La Coruña durante el asalto de un local de la asociación empresarial local. En Madrid, un frutero es asesinado a tiros.

Alfredo Martínez, ex ministro de Trabajo de las derechas, cae asesinado a tiros en Oviedo. En Granja de Torrehermosa, Badajoz, un agente de la autoridad, Andrés Herrera Gordillo, es rodeado por izquierdistas, que lo disparan y apuñalan y, una vez muerto, lo apedrean. Al padre, que estaba presente, le dan una somanta de palos. El 25, en Bonete, Albacete, es asesinado el guardia civil Joaquín Alcázar. Como sospechosos del asesinato son detenidos el presidente de la Casa del Pueblo y varios concejales del PSOE.

Marzo, lo vemos, es sangriento. Pero abril será peor.

Mucho peor.

Los días 14 y 15 de abril se clavará el que, en mi opinión, es el penúltimo clavo necesario para apuntalar la inevitabilidad de la guerra.

martes, marzo 29, 2011

La "normalidad" del 36 (4: y Falange cogió su fusil)

Uno de los temas que se discute y se discute eternamente, sin demasiada razón para ello, es cuándo comenzó o nació el golpe de Estado del 36. La culpa la tiene la historiografía franquista, que se empeñó en establecer una extraña relación causa-efecto entre el asesinato de Calvo Sotelo y el 18 de julio, algo que no le entra en la cabeza a nadie que sepa cuatro cosas sobre todo lo que hay que tener organizado para dar un golpe de Estado militar que pase de los tres primeros minutos. Así pues, normalmente los foros y discusiones varias bullen de opiniones que recuerdan que el golpe se estaba fraguando mucho antes de dicho asesinato. ¡Pues claro!

Lo malo para muchos supporters de esta teoría es que el hecho de que sea cierta no avala precisamente la tesis que muchos de ellos defienden, esto es que los golpistas organizaron el golpe de Estado cuando lo único que estaba haciendo España era avanzar hacia la democracia.

El golpe de Estado del 18 de julio del 36 nace el 8 de marzo de dicho año en un piso céntrico de Madrid, muy amplio y acogedor, propiedad de un político de derechas. Y no nace para acabar con la democracia, sino para acabar con el caos, que son cosas distintas. El 8 de marzo de 1936, tal y como ya venimos relatando, apenas dos semanas después de haberse producido la votación de las elecciones, los muertos tapizan las calles de media España, las cárceles han sido abiertas mediante procesos no demasiado legales, y la seguridad ciudadana brilla por su ausencia. Éste es el principal asunto que se trata en la reunión auspiciada por el general Mola, recién trasladado de África a Pamplona, y a la que asisten los también generales Varela (que ostenta la representación de Sanjurjo), Franco, Rodríguez del Barrio, Fanjul, Saliquet, González Carrasco y Kindelán, a los que hay que añadir al general Goded, que no pudo asistir pero se adhirió, y Valentín Galarza. La reunión dura cuatro horas. Todos los asistentes están de acuerdo en que hay que dar un golpe de Estado cuyo objetivo es el gobierno, no el régimen. Atrás ha quedado la teoría de Franco de que lo que hay que hacer es declarar el estado de guerra; los contertulios están de acuerdo en que esa declaración, caso de conseguirse, podría ser incluso contraproducente.

Las discusiones se centran en el hecho que algunos días antes le ha confesado Franco a Portela: la desunión del ejército. Los propios promotores del movimiento son conscientes de que las diferentes unidades no tienen criterios unificados a este respecto y, por lo tanto, un golpe tiene muchas trazas de salir mal, como salió el de Sanjurjo en 1932; sólo que esta vez los conspirados son conscientes de que el gobierno no iba a resolver la cuestión de forma suave. Por ello, se acuerda preparar un movimiento que sólo se realizará en caso de extrema necesidad.

De donde cabe concluir que, de no haber llegado la República a esa situación de extrema necesidad, quizás no habría habido golpe.

Pero no es el caso. Marzo se despliega con más de lo mismo. José María Maura y Gamazo es asesinado en Bilbao. Manuel Sepúlveda, militante de la CEDA, cae en La Puebla de Almuradiel, Toledo; las derechas convocan una manifestación de repulsa que es tiroteada por los izquierdistas, con el resultado de dos muertos más. Un obrero de derechas, José Antonio Aumendi, es agredido con porras en Santander y, posteriormente, asesinado. En Bilbao, son tiroteados por la calle los tradicionalistas Jaime Villamor y José Hernández, el primero de los cuales queda muerto en la calzada. En Castril, Granada, un choque entre la guardia civil e izquierdistas deja dos muertos. En Palencia, un militante de derechas llamado Jesús Álvarez es acosado por izquierdistas, saca una pistola para defenderse y es abatido por los guardias de Asalto. En Toledo, la guardia civil protege a unos derechistas que están siendo agredidos y produce un muerto. En Ceheguín, Murcia, un izquierdista muere durante el intento de asalto de una iglesia. En La Coruña, la CNT declara la huelga general. A los obreros de una obra que ha decidido trabajar los cercan y los tienen cuatro días sitiados; al primer trabajador que intenta salir lo disparan y lo hieren. Carlos Bacler, oficial de prisiones, es asesinado a tiros en Málaga. En Consuegra, Toledo, los frentepopulistas se hacen con el pueblo, registran casas de derechistas y ponen cerco a la casa-cuartel. En Mancera de Abajo, Salamanca, izquierdistas y derechistas se enfrentan a tiros en la calle, como en el Far West. Mueren una mujer y un niño de tres años.

El día 6, izquierdistas agreden con pistolas a una cuadrilla de obreros de afiliación falangista que trabaja en el derribo de la vieja plaza de toros de Madrid, violando una huelga. Hay cuatro muertos. Falange responde allegando a unos ignotos activistas de su primera línea a una taberna de comunistas, donde su paso deja varios muertos.

Ese mismo día, por cierto, miembros de la policía, guardias de asalto, son agredidos a tiros en la misma Gran Vía. No hubo heridos de consideración, pero lo cito porque me parece que no se puede considerar muy «normal» una situación en la que se ve a gente pegándose tiros a metros del H&M.

El día 11, la situación es muy comprometida en Vallecas. Grupos de izquierdistas asaltan el Círculo Católico y el de Acción Popular, saquean e incendian domicilios, un almacén, una fábrica de tejas, una serrería, tres tiendas, una pescadería, cuatro conventos, un colegio parroquial y dos iglesias. Esa misma tarde, en la calle Sagasta, un grupo de policías amateur sin placa rodea en la acera a dos estudiantes de Derecho falangistas, José Olano Orive y Enrique Valsobel. Les conminan a enseñarles la documentación y pretenden cachearlos, a lo que los falangistas se niegan. La negativa le costará la vida a Olano.

El asesinato de Olano, que fue, como casi todos los del normal 36, absolutamente gratuito, tuvo una enorme repercusión en Falange. Como las historias escritas de aquellos tiempos lo fueron durante el franquismo y a la mayor gloria de la figura del mártir José Antonio Primo de Rivera, es difícil saber con exactitud qué pasó dentro de la organización, pero cabe sospechar que alguna tecla se pulsó, algún palillo se rompió, con la muerte de Olano. A partir de la misma, José Antonio ya no pudo evitar, si es que antes lo había conseguido o lo quería (yo tengo mis dudas de ambas cosas), que Falange se convirtiese en un grupo terrorista en la práctica.

La historiografía falangista, cierto es, ha hecho siempre mucho hincapié en la mucha paciencia que tuvo la organización antes de dar el paso; el mucho tiempo que pasó durante el cual a José Antonio lo conocían como Simón el Enterrador, en alusión a los muchos entierros a los que acudía, antes de pasar a la acción. Característica propia del terrorista es siempre destacar las razones que le han llevado a serlo, como si eso pudiese justificar un comportamiento fuera de la legalidad y basado en el terror. Las izquierdas de la República, y sus corifeos presentes, sostienen también más o menos el mismo discurso.

Nadie, en Falange, pareció pensar que, si hacían lo que querían hacer, y lo que hicieron, inclinarían un poquito más la cuesta hacia la catástrofe.

El 12 de marzo, en la calle Goya de Madrid, un grupo de falangistas dispara al profesor de Derecho, ponente constitucional socialista y futuro presidente de una fantasmagórica república en el exilio, Luis Jiménez de Asúa. No le dieron, pero su escolta, el policía Jesúis Gisbert, recibió unos disparos que le causaron la muerte. Asúa huyó a gatas por la calle y se refugió en una carbonería en Velázquez.

El 12 de marzo, por lo tanto, hay una vuelta de tuerca más a la situación. Falange ha atentado contra un diputado (cosa que olvidará la historiografía franquista cuando se mese los cabellos por el asesinato de Calvo Sotelo, que no estaba ni más ni menos aforado que Jiménez) y, lo que es casi más importante, ha matado a un policía. Desde ese preciso momento, no habrá ya tregua para el grupo de José Antonio.

El asesinato del policía Gisbert tiene, además, otra consecuencia. El día 13 de marzo, muy probablemente por pensar exactamente lo contrario de lo que dice en el escrito, el Gobierno publica una nota de prensa en la que asevera que todo el ejército está con la legalidad y, más aún, se duele de las injustas agresiones de que han sido objeto miembros de las Fuerzas Armadas.



Sea como sea, la acción de Falange marca un antes y un después para el 36.