domingo, marzo 20, 2011

La "normalidad" del 36 (2: la votación)

En la Historia de los países siempre hay jefes de gobierno buenos, malos y gilipollas. Lo deseable es que de los últimos haya pocos; incluso se podría pensar que la buena teoría de la democracia, ésa que parte de la base de que el pueblo nunca se equivoca, conduce a que no se pueda producir el caso de un jefe de gobierno gilipollas. Sin embargo, no es así y España, de hecho, tiene la desgracia de haber acumulado dos casi seguidos: Manuel Portela Valladares y Santiago Casares Quiroga. Ambos fueron primeros ministros nefastos para el país y para su evolución. Para mí, mucho más el primero que el segundo.

Manuel Portela era un mandado y un pusilánime. Un hombre que no carecía de ambición, pero sí carecía, sin embargo, de la capacidad y el empuje que, en los verdaderos hombres de Historia, acompaña a la ambición. Si Napoleón Bonaparte se hubiese limitado a ser ambicioso, probablemente no habría pasado de teniente y habría acabado guillotinado en cualquier plaza. Y eso hace la Historia con Portela: colocarlo tumbado con el cuello metido en un aplique de madera, sobre el que cayó la cuchilla de la realidad para aflorar su simple y pura cobardía, intolerable en un hombre que ha aceptado colocar sobre sus hombros la gobernación de un país.


Portela, como hemos dicho antes, montó todo el momio de las elecciones de febrero del 36 para aflorar en los votos a un nuevo partido centrista bisagra, necesario tanto para las izquierdas como para las derechas. Ni él ni el verdadero muñidor del proyecto, Alcalá-Zamora, esperaban una unión tan amplia de las izquierdas que, sumándose al hecho de que aquel proyecto político era una más de las entelequias de poder de aquella II República, surgida en cualquier charla de café entre tres o cuatro, vino a darle al primer ministro y sus adláteres un severo correctivo aquel domingo de carnaval de 1936.

Pero Portela hizo algunas cosas torpes más. Para empezar, desoyó los avisos que Azaña, si hemos de creerle en sus memorias, le hizo, en el sentido de que no había que prevenir el día de la votación, sino las horas subsiguientes. Es creíble esta confesión del político de la izquierda burguesa. Todo hace pensar que las izquierdas radicales, que siempre se han caracterizado por bordar el agit-prop mejor que nadie, tenían una estrategia montada, y la llevaron a cabo milimétricamente. Portela la vio pasar o, más bien, contempló cómo le pasaba por encima, y le aplastaba.

El día 15 de febrero, en una alocución radiada, el jefe de gobierno Portela advirtió que tenía movilizados 34.000 guardias civiles y 17.000 de asalto para garantizar una jornada electoral pacífica. Y eso es lo que tuvo. En España, hasta las cuatro de la tarde del día 16, se votó sin grandes problemas, y el país se aprestó a esperar el escrutinio, que se consideraba tardaría un par de días. Sin embargo, precisamente en el momento en que el gobierno, puesto que se ha dejado de votar, afloja la mano, comienzan los movimientos. En la tarde del domingo, a pesar de que es imposible conocer a ciencia cierta resultados definitivos, por Madrid se extiende el rumor de que han ganado las izquierdas, y en Barcelona que lo ha hecho ERC (tengo por mí, pero es sólo una opinión, que el segundo rumor está mucho más sólidamente asentado en la realidad que el primero). En la Puerta del Sol, de una forma más o menos espontánea, se van congregando grupos de personas que pregonan la victoria de las izquierdas en que las derechas no quieren creer.

A medianoche, el mando central de la Guardia Civil, que lleva 18 horas recibiendo un comunicado tras otro sin novedad, experimenta el primer sobresalto: en Oviedo, unas personas, al parecer mineros, han rodeado a Víctor Álvarez Ajutia, militante de Falange, y le han causado varias heridas de arma blanca de las que días después fallecerá. Como si fuese una consigna, la recepción de este radiograma parece marcar la pauta para una auténtica avalancha de comunicados que hablan de masas que salen a la calle a vitorear la victoria de la revolución. Pero no pasa nada, porque es un país libre. Esta afirmación sin embargo, comienza a hacerse ya muy matizable llegada la madrugada, cuando esos grupos de personas comienzan a marchar hacia las cárceles, con la intención de exigir la salida de los presos de la revolución de octubre. Antes que comience la mañana a amagar con el clareo, en Córdoba, Málaga, Sevilla, Huelva y Murcia están ardiendo iglesias.

En medio de la gestión de esos comunicados, compleja porque el grueso de las fuerzas se ha utilizado para las horas de votación y nadie había previsto la movida nocturna (nadie salvo Azaña, como digo, si le creemos), es cuando el inspector general de la Benemérita, general Pozas, recibe una llamada del general Francisco Franco, aún jefe de Estado Mayor, que ha sido recogida en varios libros de Historia. Aunque hay varias versiones de esa conversación, la sustancia está bastante clara. Franco llama a Pozas para hacerle partícipe de lo que ya sabe; Pozas le contesta que lo tiene todo controlado y Franco le contesta que no le cree, y le insinúa un movimiento coordinado de Guardia Civil y Ejército para tranquilizar las calles, que Pozas rechaza de plano.

A las tres de la mañana de ese mismo día 17, Gil Robles se desplaza en coche hasta el kilómetro cero, para entrevistarse con el jefe de gobierno en su despacho del ministerio de la Gobernación. Para entonces, Portela tiene ya noticias ciertas de conflictos en media España; conflictos, ojo, que incluyen asaltos a colegios electorales, que, que yo sepa, nunca hemos sabido muy bien cuántos fueron, de quién y con qué resultado, lo que contribuye a oscurecer aún más esas elecciones del 36 como episodio histórico.

Gil Robles le come la oreja a Portela con el asunto de los graves desórdenes que se están produciendo. En realidad, no sabemos muy bien si protesta por un resultado que comienza a sospechar contrario a las derechas, o sólo por la necesidad de apaciguar la calle; al fin y al cabo, la única versión meticulosa de esa entrevista es la del propio Gil Robles. Portela, sin embargo, hace lo que mejor se le da: dudar. Duda tanto que llama al presidente Alcalá-Zamora, quien se niega en redondo a declarar el estado de guerra, como reclama Gil Robles más que probablemente por inspiración de Franco, aunque sí el de alarma. Que Franco está detrás de la propuesta de Gil Robles nos lo demuestra el hecho de que, a esa misma hora, el general está hablando con el general Molero, ministro de la Guerra, a quien convence de que proponga la declaración del estado de guerra al consejo de ministros.

Ya de mañana, en Madrid varios desfiles de socialistas y comunistas confluyen para ir a la cárcel celular, a sacar a los presos. Al llegar, increpan e insultan a los guardias que vigilan el recinto, y cargan contra ellos. Los polis sacan las pipas. Un muerto y varios heridos.

Largo Caballero, que no anda lejos, se indigna, toma un coche y se va a la Puerta del Sol a echarle la bronca a Portela. Encuentra al jefe de gobierno pálido, ojeroso, derrotado y temblón. Leoncio el León no anda por ningún lado, pero Tristón está allí mismo, sentado en la silla del jefe de Gobierno. En apenas unas horas, Portela, Portela el gilipollas, ha descubierto que eso de ser jefe de gobierno no es para él; que todo lo que desea respecto de los disturbios que se multiplican por todo el país es alejar su culo de ellos, y le dice a Largo: «Yo no puedo hacer más que entregarle ahora mismo el poder». Como si el poder de administrar y regir la vida de los españoles fuese algo que pudiese entregarse al primero que entrase por la puerta diciendo haber ganado unas elecciones sobre las que no hay datos ciertos, sino gentes desfilando en las calles porque dicen que las han ganado. Es difícil pensar en un ejemplo peor de irresponsabilidad por parte de un alto representante público.

Una de las cosas que le dice Largo a Portela, y que éste cree (lógico: para hacer cualquier otra cosa hay que tener criterio, y eso es algo de lo que el buen señor carecía) es que el muerto y los heridos de la celular lo han sido por disparos de «fascistas». Ciertamente, a esas horas por Madrid todo el mundo se hace lenguas con que los disparos han sido realizados por falangistas, cosa que no es cierta. En todo caso, Portela llama a Primo de Rivera y lo cita en su despacho inmediatamente. José Antonio está probablemente (en mi estado de conocimientos no lo puedo aseverar, pero es lo más lógico; aunque también podría estar en el domicilioi familiar de Génova) en la sede de Marqués de Riscal, y desde allí se va a pata a la Puerta del Sol. Por increíble que parezca, cruza la plaza a la vista de muchos grupos de izquierdistas, solo y sin escolta.

Portela le dice a José Antonio que le hará responsable de los conflictos que se puedan producir y le apostilla: «hay que saber perder y tener serenidad». Verdaderamente, aunque Falange no fuese culpable de lo de la cárcel, José Antonio bien merecía el consejo. Pero tiene huevos que se lo diese tamaño temblón sin criterio.

A primera hora de la mañana, Alcalá-Zamora preside un consejo de ministros casi en el mismo momento en que el Ministerio de Gobernación es asaltado por las turbas, exaltadas por lo de la cárcel, que han de ser frenadas por la fuerza pública a caballo.

En el consejo, Portela comunica los primeros resultados recibidos, que apuntan a la victoria del Frente Popular, aunque aún son muy parciales (cuando deje el poder, aún habrá apenas unos cien diputados realmente proclamados). Titubeante, el jefe del gobierno saca a pasear la idea del estado de guerra, idea que es recibida con reticencias por el Presidente de la República, que ve más lógico esperar. Finalmente, se decide dejar la decisión última en manos de la persona peor dotada de España para tomarla: el jefe de gobierno, Manuel Portela Valladares. Arrarás cuenta en su historia de la República que Molero, convencido de que se aprobaría el estado de guerra, había dado ya luz verde a Franco y que, por eso, en Madrid hubo unidades apercibidas de ir a leer el bando, y en Zaragoza incluso llegaron a pisar la calle.

En la Puerta del Sol, el personal se entretiene apedreando el enorme cartel con la foto de Gil Robles colocado en el edificio del Tío Pepe. Ya en esa mañana comienzan los motines internos en las cárceles. En Cartagena, 600 presos toman el patio del penal. Un preso le arrebata el arma a un funcionario de prisiones, José Antonio García, y le dispara, causándole heridas de las que fallecerá días después. Luego incendian la cárcel hasta que llega la guardia civil a visitarlos.

En San Miguel de los Reyes, Valencia, hay otro motín con incendios. La pelea con la guardia civil dura el día entero y provoca más de veinte heridos.

Las noticias que van llegando de las elecciones durante la jornada laboral del 17 son cada vez peores. Ahora ya no llegan sólo actas de votaciones, sino relatos de colegios electorales asaltados y actas desaparecidas. Lo cual es lógico. Como hemos dicho, durante la madrugada del 17 el presidente Portela no le ha ocultado ni a sus visitantes ni a sus interlocutores que todo lo que desea es quitarse el marrón de encima. Portela es el jefe directo de los gobernadores civiles y es lógico que éstos, al observar una actitud tan indecisa del jefe, decidan que no serán ellos quienes se expongan a más peligros de los necesarios. No pocos gobernadores civiles, por lo tanto, o directamente desertan de sus puestos o se dedican a ocuparlos haciendo uso de una total inoperancia, lo cual deja total impunidad a los violentos. Las posibilidades de unas elecciones limpias, con sus actas y todo, con sus datitos bien expresados, oficialmente sancionados por una Junta Electoral y eso, se van perdiendo. Y no sólo eso sino que Portela, que es el primer español que da por ganador al Frente Popular, pronto muestra una clara actitud de no negarle nada a quienes ya considera los gobernantes de España. El 17 por la tarde, a petición de los partidos de izquierda, autoriza la reapertura de las Casas del Pueblo (que, no se olvide, año y medio antes han sido germen de un golpe de Estado) y pone en libertad a todos los candidatos en las elecciones presos en la Modelo de Madrid, mayoritariamente socialistas.

Los periódicos de la mañana del 18 reclaman que se le dé el poder al pueblo, puesto que lo ha ganado. Franco, con la intermediación de Natalio Rivas, mantiene una entrevista con Portela en la que le intima a controlar la situación con mano férrea. Portela, por toda respuesta, le pregunta que por qué no lo hace el Ejército (¡tela! El jefe de un gobierno democrático, preguntándole a un milico por qué no da un golpe de Estado). Franco, sincero por una vez, le contesta que no es que no lo haga porque no quiera, sino porque carece de la unidad suficiente. Lo cual nos sugiere que ya para entonces el general ha llevado muy lejos sus contactos con unidades y mandos.

En Zaragoza, un miembro de las fuerzas de seguridad resulta muerto en enfrentamientos con los radicales. La capital de Aragón es una batalla campal. En la cárcel de Santoña, custodiada por el ejército, se produce un motín. Los soldados abren fuego y provocan cinco muertos. En Murcia, las turbas se dirigen a quemar La Verdad, el diario de la CEDA, algo que la guardia civil impedirá in extremis.

En la tarde-noche del 18, Portela recibe al líder radical-socialista Martínez Barrio, al que se une el general Pozas, que llega con el rumor de moda en Madrid a esas horas: los generales Franco y Goded van a dar un golpe de Estado. En sus memorias, Azaña trasluce que fueron muchos los que creyeron este rumor, que enrareció notablemente las actitudes dicho día. Además, el rumor probablemente tenía visos de realidad porque Franco y Goded, en efecto, hicieron contactos con al menos Fanjul y Valentín Galarza, aunque parece que sus intenciones eran declarar el estado de guerra ante la inoperancia del gobierno. Claro que, conociendo a Franco, si con ello hubiese logrado controlar el poder, resulta dudoso que lo fuese a soltar. En todo caso, los militares impulsores, obsesionados con parar el comunismo, se encontraron con la resistencia de las unidades a secundar un movimiento prácticamente improvisado. De ello sacaría buenas conclusiones el general Emilio Mola, el cual, como bien sabemos, cuando preparó la sublevación, lo hizo meticulosamente a través de sus famosas instrucciones.

Portela, a quien su cabecita y su pusilanimidad ya no le dan para más, llama a Alcalá-Zamora para decirle que él se pira. Después de eso se entrevista, fuera de su despacho, en la cafetería de un hotel, con José Calvo Sotelo. El político derechista le animará a seguir, a apoyarse en Franco, en la guardia civil... Pero para ese momento Portela ya es una persona mesmerizada por la idea de quitarse aquel marrón de encima y, además, la propuesta de Calvo es, probablemente, impracticable. En la mañana del 19, en consejo de ministros, Portela comunica su resolución y sale de la Historia de España por la puerta de servicio, la puerta de los que salen de la casa pensando: si lo sé, no vengo.

Aún mantendría Portela una entrevista como jefe de gobierno divisionario: con Franco, a media mañana del 19. El general le volvió a pedir que reaccionase. Portela se hizo la víctima. Acusó al presidente Alcalá de haberle impedido declarar el estado de guerra (lo cual es incierto; en unas circunstancias así, es difícil que un presidente de la República pudiese oponerse a un jefe de gobierno resuelto. Quien crea que me equivoco, que se haga esta pregunta: durante la guerra civil, ¿quién mandaba más: Azaña, o Negrín?) y también le dijo a Franco que tanto el general Pozas como el jefe de las fuerzas de Asalto se le habían ofrecido al Frente Popular; cosa que, por mucho que Portela nos parezca una figura patética de la Historia de España, tiene muchos visos de ser cierto.

Está mediada la tarde del 19, del miércoles después de las elecciones del domingo, en el que un presidente del Gobierno fantasma le entrega el poder a otro, Manuel Azaña, que propiamente aún no ha ganado las elecciones que le dan derecho a ello. De hecho, de alguna manera, no las ganará nunca. Pero eso, en espacio de unas horas, ya dará igual.

miércoles, marzo 16, 2011

La "normalidad" del 36 (1)

La gran desgracia del conocimiento histórico contemporáneo español es que lleva casi un siglo penduleando entre dos posiciones bastante radicales. Hace unas cuantas décadas se produjo uno de estos penduleos mediante una interpretación de la guerra civil española como un hecho inevitable. Tras esta interpretación, llegó otra que tiende a ver en la GCE un hecho histórico no sólo evitable, sino inexplicable de otra forma que aduciendo a la injusta reacción corporativa de una pequeña elite militar-económica.

La primera de estas interpretaciones encuentra su sustento en negarle a la II República el pan y la sal de las buenas intenciones. La República, tal es la tesis que demuestran decenas, si no centenares, de libros escritos al calor de la historiografía franquista, sólo fue una conspiración para el establecimiento en España de un régimen comunista.

El ataque de esta tesis tiene poco interés por el alto desprestigio que tiene hoy en día. Su tesis contraria, sin embargo, goza de muy buena salud y de sólidos apoyos, incluso legales; pues la torpísima Ley de la Memoria Histórica no es sino un intento de imponer esta interpretación de la Historia por la vía de los hechos jurídicos.

Esta tesis, que yo suelo denominar Ricitos de Oro contra Fascistéitor, se basa en contemplar el 18 de julio de 1936 como una fecha en la que españoles absolutamente angelicales (Ricitos de Oro), fueron atacados por otros españoles que defendían dos cosas: por un lado, sus privilegios religiosos, militares y económicos; por otro, la estrategia de fascismo internacional, inexplicablemente quintaesenciado, en la mente de muchos de los defensores de esta idea, por Adolf Hitler (que se implicó en España muchísimo menos que Benito Mussolini).

Para que esta tesis funcione hacen falta muchas cosas. Hoy, con este post, inicio una pequeña serie dedicada al que quizás es el elemento principal de la receta: la pretendida normalidad del 36.

En efecto, la teoría Ricitos de Oro contra Fascistéitor parte de la base de que lo que fue atacado el 18 de julio del 36 fue lo que hoy conocemos como un régimen de libertades democráticas, que pugnaba con unas fuerzas que querían convertir España en un Estado fascista. Esta teoría se basa en un hecho palmario, y es que Franco, ganador de la guerra, aplastó la democracia. Sin embargo, hay cosas que no cuadran.

Lo primero que no cuadra es eso de la oposición fascista. Que en la oposición derechista a los republicanos de izquierdas había fascistas, no se duda. Pero resulta difícil sostener que la mayoría lo fuesen, teniendo en cuenta que ganaron el poder en el 33, como Hitler, sólo que ellos no hicieron lo que Hitler, es decir no volver a permitir unas elecciones; acción que puede encontrarse en el prólogo de la introducción del Manual del Buen Fascista.

Las derechas que gobernaron España entre el 33 y el 35 tuvieron una oportunidad de oro para convertir España en una dictadura: el golpe de Estado revolucionario de octubre del 34, la mal llamada Revolución de Asturias, en el cual las izquierdas obreristas trataron de implantar la dictadura del proletariado (cosa que no digo yo; la dicen sus organizadores en sus memorias). Del proletariado, sí. Pero dictadura. Ya empieza a parecer que Ricitos no era tan demócrata como se pretende.

Sea por la razón que sea, las derechas, en el 34, no hicieron uso de la oportunidad que tuvieron de cuando menos tentar la solución dictatorial, lo cual probablemente rebaja su condición fascista.

El segundo elemento de la ecuación es la pura esencia democrática de los gobiernos de izquierdas. Y para que esto cuadre, es necesario decir y demostrar que, cuando las izquierdas gobernaron, en 1936, aplicaron a fondo la democracia.

Y aquí es donde hay unas cuantas cosas que contar.



Todo el mundo sabe cómo empezó 1936: con la convocatoria de unas elecciones generales. Lo que no todo el mundo sabe es que el resultado de aquellas elecciones, en puridad, no lo conoce nadie. Las elecciones de 1936 nunca han tenido resultados oficialmente proclamados y publicados como tales, distrito a distrito. Nadie sabe en realidad quién votó a quién dónde y, en realidad, los resultados que quizá son más completos, que son los compilados por Javier Tusell en su libro Las elecciones del Frente Popular, están sacados de los periódicos. Y es que casi desde el momento en que las elecciones fueron convocadas, todo comenzó a ser raro. Muy raro. Bueno, en realidad ya antes, si tenemos en cuenta que la convocatoria electoral partió de un gobierno cuyo presidente, Portela Valladares, ni siquiera era diputado y no tenía partido que lo apoyase. De hecho, Portela, o mejor deberíamos decir Alcalá Zamora, su mentor, convocó las elecciones para dar carta de naturaleza a un nuevo partido que aspiraba a ser un poco la bisagra de la política española. Un poco como Convergencia i Unió, pero en plan español.

Manuel Azaña convenció a sus correligionarios de Izquierda Republicana, en una reunión el 4 de enero, de las enormes ventajas que para las izquierdas burguesas (o sea, IR y Unión Republicana, más un pequeño grupo de retrovirus, no más grandes que una micra) comportaba ir a la coalición con las izquierdas obreras. En ese momento, quien habría de acabar siendo el presidente de la República estaba convencido de que podría manejar a sus colegas revolucionarios, como podría manejar a los independentistas catalanes. Eso sí, tenía el problema de que los revolucionarios y nacionalistas pensaban exactamente lo mismo de él y fueron, al fin y a la postre, los que acabaron por llevar la razón.

Azaña cursó la invitación a los partidos de izquierda, y el día 6 las Juventudes Socialistas, el Partido Comunista y el Partido Sindicalista de Ángel Pestaña acuerdan unirse y concursar juntos en la Operación Triunfo del poder. Al minuto de dar aval a la creación del Frente Popular, se ponen a trabajar para sumar voluntades, cosa que hacen con tanta efectividad como para acabar englobando bajo estas históricas siglas a un número nada respetable de grupos: Unión Republicana, PSOE, Izquierda Republicana, PCE, POUM, Partido Sindicalista, Juventudes Socialistas, Esquerra Republicana de Catalunya, PSUC, Estat Catalá, Acció Catalana Republicana…

Este conglomerado de fuerzas políticas, que hoy abarcaría, más o menos, desde el movimiento antiglobalización hasta la izquierda liberal del PP, alumbró un manifiesto electoral, trasunto de aquella época del programa electoral moderno, que era, como acertadamente señala Tusell, un ejemplo de moderación; no había nada, o casi nada, en aquel manifiesto, del radicalismo marxista o anarquista. Quizá por eso los líderes obreros, Largo Caballero el primero de ellos, se desgañitaron en los mitines de la campaña electoral aconsejándole a sus correligionarios que no les importase apoyar un manifiesto tan flojo, pues una vez tomado el poder los objetivos revolucionarios, al fin y a la postre, se llevarían a cabo. Si una cosa hay que reconocerle a la campaña electoral del 36 es que las izquierdas nunca se escondieron.

El gran argumento de la campaña, en todo caso, fue la mal llamada Revolución de Asturias. En 1934, aprovechando cierta amalgama de sentimientos en las izquierdas que confluían en el temor de que España pudiese, como Austria, caer en las garras del fascismo, Francisco Largo Caballero, más influido que nunca hasta entonces por la competencia obrerista que por la izquierda le hacía la CNT, siempre más luchadora, siempre más cañera, siempre más revolucionaria que la UGT, decidió dar un giro a sus aspiraciones. Fueron los momentos de acuñar el famoso eslógan de su periódico Claridad: «¡Atención al disco rojo!» Sucintamente, la tesis de Caballero era: ahora que se había construido la república, había que construir la revolución.

El propio Luis Araquistáin, ideólogo del largocaballerismo que durante el exilio realizaría un amarguísimo stress test de sus propias ideas, reconoció que el hecho que se blandió por el PSOE y la UGT para convocar la huelga general revolucionaria (o sea, un golpe de Estado para implantar la dictadura del proletariado; eso y no otra cosa es la Revolución de Asturias), es decir la entrada de tres ministros de la CEDA en el gobierno, es un hecho «nimio» en comparación con la movida que se montó.

Durante la Revolución de Asturias hubo hostias de ambos colores y a ambos lados de la tapia. Los mineros asturianos se emplearon con fuerza devastadora contra Oviedo y sus iglesias, y los efectivos de orden público del capitán Lisardo Doval, el designado para llevar a cabo la pacificación de la zona, tampoco se andaron con chiquitas. El resultado de la Revolución de Asturias fue: un gobierno conservador que radicalizó su perfil (aunque, para desgracia de la historiografía siniestrocomprensiva, sin abandonar las formas democráticas); un Estado de las autonomías que se fue al carajo; y miles de personas en las cárceles.

La reacción de los impulsores del golpe de Estado, durante el año 1935 en el que el bienio derechista se fue enlodando en el fango de sus errores y corruptelas, fue de libro. En realidad, las izquierdas de la República sólo aplican una receta entre el 14 de julio de 1931 y el 18 de julio del 36: aplicar un concepto patrimonial de la República. Ellos no participan en la República. La República es ellos. Araquistáin lo dice bien claro en su revista Leviatán: «La República ha sido la Revolución de Octubre».

Este tracto mental lleva a una conclusión lógica: si recuperar la República es recuperar la Revolución de Octubre, también es recuperar a sus promotores y ejecutores. Así las cosas, en la campaña de enero y febrero del 36, la apertura de las cárceles, la amnistía, se convierte en el primer elemento argumental, que unas derechas timoratas, absolutamente convencidas de su triunfo, dejan pasar, sin darse cuenta de que con dicho argumento, sus promotores han dado en la diana: las izquierdas burguesas no dejarán de subirse a ese carro, pues lo contrario supondría alinearse con las derechas; y los anarquistas, teóricamente reacios a votar, se sentirán obviamente atraídos por la posibilidad de que sus compañeros (pues en Asturias lucharon anarquistas) salgan de las celdas. El millón de votos teóricamente abstencionistas que, según muchos historiadores, arrastra a las urnas ese sentimiento, es el que da la victoria al Frente Popular (si es que ganó, claro).

Lo más importante de la Revolución de Asturias, en todo caso, es que había cambiado totalmente el tono de la lucha por el poder en la República, puesto que las izquierdas obreristas ya no iban a renunciar a sus presupuestos revolucionarios. El 11 de enero de 1936, El Liberal de Bilbao, el periódico de Indalecio Prieto, dio a conocer una especie de acuerdo programático entre la UGT y la CNT, que no por casualidad se había pactado a las puertas de unas elecciones. Se proclamaba la propiedad estatal de todas las tierras de España, la reforma de la enseñanza pública, la disolución del Ejército para reorganizarlo mediante la expulsión de «quienes no expresen fervor revolucionario», disolución de las órdenes religiosas, expulsión del país a los sacerdotes considerados peligrosos... Es cierto, desde luego, que el manifiesto del Frente Popular era moderado, como lo fueron las primeras palabras de Azaña en el Congreso tras acceder a la presidencia del Gobierno. Pero, en mi modesta opinión, yerran los historiadores que se agarran a estas dos certezas para sustantivar que durante la campaña electoral no hubo motivo para que capas sociales españolas, notablemente las clases medias, se sintiesen inquietas. La gente no es tonta y, por eso, cuando lee un manifiesto electoral reformista pero luego ve que organizaciones que de forma más o menos velada o pública apoyan dicho manifiesto hacen las propuestas que he copiado más arriba, tienden a pensar que hay gato encerrado. España, es mi tesis, se enrareció, y mucho, incluso antes de que se votase.

Además, esas cosas radicales no sólo las decían los radicales. El mismo Prieto, que cuando tenía la ciclotimia conservadora se jactaba de no ser marxista, escribía durante la campaña electoral en su periódico que el objetivo tras las elecciones no podía ser otro que terminar lo que se había empezado en octubre del 34; que era, no se olvide, la dictadura del proletariado.

¿Quedaban dudas? Largo las disipó definitivamente en un mitin celebrado el 12 de enero, donde pronunció una de sus frases célebres: «establecido este Régimen [la República], nuestro deber es traer el socialismo». Y más claro aún: «No desmayéis porque en el programa electoral pactado con fuerzas afines no veais puntos esenciales. Después del triunfo, y libres de toda clase de compromisos, tendremos ocasión de decir que nosotros seguimos nuestro camino sin interrupción». Cualquier persona que supiese leer periódicos en 1936 tendría claro que, para el PSOE, el tan cacareado programa electoral del Frente Popular era papel mojado. Y de las intenciones de comunistas y anarquistas no creo que quepa dudar.

Más largocaballeradas. Valencia, 29 de enero: «La clase trabajadora tiene que hacer su revolución. Si no nos dejan, iremos a la guerra civil. Cuando nos lancemos por segunda vez a la calle, que no nos hablen de generosidad y que no nos culpen si los excesos de la revolución se extreman hasta el punto de no respetar cosas ni personas». Otro político de izquierdas, alicantino, declara el 13 de enero que el 16 de febrero hay que salir a la calle «a impedir que voten las mujeres, las beatas y las monjas» para que el 17 «no quede en Alicante una cabeza de derechas sobre los hombros».

Con todo, los defensores de la normalidad del 36 deberían, asimismo echar un vistazo a las cosas que cuenta la prensa de la época sobre esos días de precampaña y campaña.

El 12 de enero, durante un robo en la estación férrea de El Puig (Valencia), perpetrado por anarquistas, muere un guardia civil, Alfonso Matamales, y el factor de la estación, Eduardo Torres.

El 14 de enero, por la noche, un grupo de falangistas y otro de comunistas, cada uno voceando sus periódicos, coincide en la calle Fuencarral. Primero llegan a los vituperios, luego a las manos y luego sacan las pipas. Varios heridos. Horas después, en la calle Santa Brígida, unos falangistas le dan una mano de hostias al comunista Andrés Pierno por no haber querido coger su hoja de propaganda.

El 15 de enero, la cosa se complica especialmente. Os he hablado hace unas líneas de la muerte del guardia Matamales durante un atraco. Este día 15 el hermano del muerto, Camilo Matamales, se presenta en el hospital donde convalece el jefe de los atracadores, un tipo que se jactaba de haber matado a siete guardias civiles, y le dispara fríamente cuatro veces hasta enviarlo a tomar café con su hermano. Luego, con total tranquilidad, espera la llegada de la policía, y les entrega su pistola. Camilo Matamales, por cierto, fue llevado de paseo en Valencia la noche del 30 de agosto de ese mismo año, ya en plena guerra civil. Que se sepa, todavía no ha vuelto.

El 18 de enero, mueren asesinados un guardia civil en Jerez y un alférez en Arcos de la Frontera. En la muerte del primero, José García Vera, que se produce durante un tiroteo en un bar, también muere un inocente tonelero que pasaba por allí, llamado Juan Ramón Martín.

En Málaga, un vendedor de periódicos, Francisco Olalla Ramos, es muerto a tiros; al parecer, vendía publicaciones que no les gustaban a los pistoleros.

En Villar del Arzobispo, unos cuantos fascistas de izquierda le ponen una bomba en su propia casa a un miembro de la Derecha Regional Valenciana. En Cuevas del Valle, Ávila, es peor. Un comunista es apremiado por el fiscal local por arrancar carteles de la derecha; el tipo acecha al fiscal al salir de su casa y lo mata a tiros. En Peraleda, Lugo, otros izquierdistas matan a tiros a un vecino que volvía de la feria. En Montemayor, Salamanca, el muerto es Clemente Barragari Cid, del partido de Gil Robles. Un tal Hilario Martínez Campos, en un pueblo de Teruel, hace doblete: primero dispara a un militante de derechas, y después contra el alcalde. El Olves, Zaragoza, un tal Francisco Malduenda, que reparte propaganda de Acción Popular, es agredido a tiros; lo curioso es que, identificado su agresor, resulta ser nada menos que el alcalde socialista, Mateo Millán. En Langa de Duero, unos desconocidos rodean al delegado gubernativo y le rompen varias costillas.

En la calle Cartagena de Madrid, unos falangistas ven a un tipo vendiendo el periódico del PC, José Puente Domenech, le acorralan y apuñalan. En Alicante, es asaltado un periódico izquierdista, el cual los asaltantes incendian. En Vigo, unos cuantos extremistas asaltan la sede de Falange y conminan a los que están allí dentro a levantar las manos. Los falangistas contestan apagando la luz y poniéndose a disparar. Un muerto y cinco heridos.

El 21 de enero en la noche, barrio madrileño de Vallecas, tres falangistas entran en un bar a repartir propaganda. Varios parroquianos se lanzan contra uno de ellos y le arrean unos cañetes. Los falangistas reculan, salen a la calle y, una vez en la acera, sacan las pipas. Antonio Méndez García, presidente de las Juventudes Socialistas de Vallecas, cae abatido por tres disparos mortales. Dos de los agresores, Inocente [sic] Fernández y Eugenio Lozano, serán finalmente detenidos. Pero eso no detiene las represalias. Al día siguiente, un falangista es tiroteado en la plaza de Ópera; otro, Moisés Nombela, queda gravísimamente herido en la plaza de Legazpi tras sufrir cinco disparos; y, finalmente, en la propia Vallecas es asesinado a tiros José Alcázar Torrente, albañil afiliado a Falange.

La violencia ni siquiera es de un solo sentido político. En la calle Villamil de Madrid, los militantes de UGT Agapito y Gregorio Martín Fernández son tiroteados por miembros de la CNT. Al día siguiente, en la carretera de Villaverde, unos desconocidos disparan contra un miembro del sindicato anarquista. En Cortes de la Frontera, un guardia civil recibe la orden de localizar a un socialista, Antonio Vázquez, y conminarle a ir al cuartel por un problema laboral. Cuando lo encuentra, en un colmao, el propio Vázquez y otros compañeros rodean al benemérito y lo intentan desarmar. El picoleto saca el arma, dispara y se carga al tal Vázquez, además de dejar varios heridos.

Ángel Ruiz Avellano, guardia de Asalto, muere en la noche del 20 de enero en Santa Cruz de Tenerife en un enfrentamiento con radicales. Su compañero José Sánchez Varela queda muy malherido y morirá días después en el hospital. Son días poco afortunados para las islas porque se está desarrollando una huelga salvaje de los empleados del gas y la electricidad. Los nervios, a flor de piel. Un piquete de vigilancia del ejército mata al conductor de un camión que les pareció sospechoso. Los sindicatos declaran la huelga general tinerfeña y en el entierro del conductor se monta la de Dios es Cristo, con carga policial incluida que deja el cadáver un buen rato tirado en la cuneta.

Las cosas se están enconando contra las fuerzas de orden público. Especialmente la Guardia Civil. Tan es así que el día 19, el propio primer ministro Portela ha tenido que hacer unas declaraciones en cerrada defensa de los cuerpos de seguridad.

Nadie hace nada, durante aquella campaña electoral, por atemperar los sentimientos que expresan todos estos incidentes, que sólo son los más graves de una lista enorme. De las cosas que dice Largo ya hemos hablado. A la derecha, José Calvo Sotelo afirma en sus mitines que sus teorías son una invocación a la violencia.

Todo esto pasó antes del día de la votación. Como se puede leer, todo muy normalito.

Pero las cosas, os lo puedo prometer y os lo prometo, eran susceptibles de empeorar.

martes, marzo 15, 2011

Todo esfuerzo tiene su afán


Este post está dedicado a todos aquéllos que tuvieron a bien considerar que:


a) La oportunidad de Judas merecía una retribución.


b) Además, ellos, o ellas, podían afrontar el coste de dicha donación.


Lo que tenéis aquí es el fruto de los ingresos del libro: un ejemplar del Webster's, el mejor diccionario de inglés jamás editado según dicen, en edición de 1843.


Thanks a lot, pals.

Alguna cosa más sobre ese portento llamado «La República»

Me mandan el vínculo a un diálogo internetero con la guionista de La República, esta serie de TVE que me tiene fascinado porque desde aquella película de Charlton Heston y Tony Curtis que creo se llamaba El mayor espectáculo del mundo no veía a alguien (en este caso, a un guión), dar tantos saltos en el trapecio.

Dice la citada escribidora en su entrevista que la serie trata los tiempos de los que habla «con rigor histórico» y que está diseñada para llegar a finales del 32. Lo segundo no lo pongo en duda. Lo primero...

Por lo que he podido ver del tráiler del capítulo de ayer lunes, que aún no he visto, por fin se nos desvela la incógnita existente desde el primer capítulo, relativa al momento histórico exacto en el que nos encontramos, porque se celebra el año nuevo de 1932. Pues, vale. Entonces sabemos que todo lo que ha pasado hasta ahora ha ocurrido en 1931.

Según la serie, pues, el general Sanjurjo ya estaba conspirando para realizar un golpe de Estado contra la República en 1931. Esto lo sabemos porque, en la serie, le envía una carta a un teniente coronel (en la que pone su nombre en el remite; vaya, con perdón, conspirador de mierda) instándole a unirse a la rebelión. Caray con el rigor histórico, porque Sanjurjo comenzó a conspirar tras ser puteado por el gobierno por los sucesos de Castilblanco, que ocurrieron el último día del año de 1931.

Pero, con todo, la mejor es que en la serie vemos cómo una personaja es extrañamente contratada para pilotar la reforma agraria. Digo extrañamente porque no se nos dice nada ni sobre sus méritos ni sobre nada para ser ella la encargada de tan noble acción. La mujer se pone rápido a la labor y en varios diálogos habla con otra prota, su secretaria, del asunto, que sí hay que hacer censos de tierras, y bla.

La Ley de Bases de la Reforma Agraria se aprobó en septiembre de 1932. O sea, aproximadamente cuatro meses antes de cuando la propia guionista dice que está previsto terminar la serie.

Menos mal que han guionizado la serie «con rigor histórico». Si lo llegan a hacer de cachondeo, nombran a Torrebruno Presidente de la República y a Don Pimpón secretario general de la UGT.

Quizá la clave está en una frase de la guionista en el citado encuentro digital (las cursivas son mías): «Creo que el marco histórico, el tiempo en el que se desarrolla la historia, el Madrid inmediato a la proclamación de la II República, es apasionante y está muy poco contado».

¿¿¿Poco contado??? ¿Las memorias de Largo, de Gil Robles, de Alcalá Zamora, de Chapaprieta, de Hernández, los diarios de Azaña, el libro de Ramos Oliveira, los artículos de Prieto, las historias de Arrarás, de Tuñón, de Thomas, de Payne, de Preston, de Bolloten, de Santos Juliá, los libros de Romero, de Bravo Morata, de tantos otros, equivalen a contar poco algo? Me parece que ya voy entendiendo por qué la serie es tan torpe con los hechos...

Post Scriptum: Una pregunta para freaks de la cosa militar.

En el último capítulo que he visto (penúltimo emitido) dos militares, uno afecto al gobierno (el Guaperas) y el otro conspirador (el cojo Manteca), charlan en el cuartel de éste. Ambos llevan en sus guerreras la que yo creo es la insignia de infantería (¿dos fusiles y un cornetín?). Como digo, el conspirador deja claro que aquél es su cuartel, dice mi cuartel por aquí, mi cuartel por allá...

Luego, cuando caminan por la fachada del mismo, se ve, si no me equivoco, que se trata de un cuartel de artillería. ¿Es normal que un teniente coronel de infantería sirva en un cuartel de artillería?

(... bueno, ya puestos a comentarlo todo, mientras hablan en el patio, se supone que hay gente que va pasando junto a ellos. En la escena, se ve que ambos interlocutores se turnan para hacer el saludo militar. Una vez saluda uno, otra vez saluda el otro. En fin, ya sé que es una obviedad siendo la guionista una mujer, pero se hace bastante evidente que quienes escriben esa escena y/o la dirigen y/o la interpretan jamás han hecho la mili).

viernes, marzo 11, 2011

Cuaresma

Puesto que no dudo del natural virtuoso de mis lectores, sé que no les descubro nada especial si les informo que esta semana hemos entrado en cuaresma, es decir en el tiempo de recogimiento y medio gas que sigue al carnaval, cuya función teórica es darle una alegría al cuerpo antes de entrar en este periodo de ayuno.

miércoles, marzo 09, 2011

La Armada del gobernador De Silva

Hoy visita el blog Tiburcio, el elefante asiático. Como bien sabéis los lectores antiguos de este blog, Tiburcio y yo hemos firmado nuestro particular Tratado de Tordesillas, por el cual, como castellanos y portugeses, nos hemos repartido el mundo. Él habla de las cosas que pasaron de La Meca para allá, y yo de La Meca para acá. Es una entente cordiale que suele funcionar, aunque a veces tenemos, para qué negarlo, nuestros escarceos. Sin ir más lejos, Tiburcio es autor del que a día de hoy sigue siendo el post más consultado de este blog, en el que especula sobre si Hitler pudo ganar la guerra. Aunque está perdiendo irremisiblemente, porque desde hace un año sube como la espuma el número de lectores que se interesan por uno mío sobre el origen de la expresión quedar como Cagancho en Almagro, y que está a punto de ascender a la categoría de best ever blog post.

Este artículo ha sido publicado también, en el día de hoy, en el blog de Tiburcio. Muy, muy recomendable. Todavía no le he pagado los derechos de autor por la reproducción, pero está muy lejos para pagarle unas birras; de momento.

Con él os dejo.

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La Armada del gobernador De Silva

By Tiburcio Samsa


A los españoles lo de montar armadas nunca se nos ha dado muy bien. 27 años después de que se nos hubiera hundido la Armada Invencible en aguas inglesas más por incompetencia que por el fuego enemigo, organizamos otra armada en Filipinas que se nos fue al garete y esta vez sin haber llegado ni a ver al adversario.

A comienzos del siglo XVII, los holandeses de la Compañía de las Indias Orientales (VOC, según sus siglas en holandés) hicieron su presencia en el Océano Índico. Sus objetivos eran tener acceso directo a las islas que producían las especias y desarticular las redes comerciales de españoles y, sobre todo, portugueses en la región. En ambas cosas tuvieron éxito.

Los portugueses habían llegado al Océano Índico a comienzos del siglo XVI. Durante todo ese siglo se dedicaron a partes iguales a comerciar y a rapiñar en la zona y fundaron una serie de enclaves por toda Asia. Ese conjunto de enclaves fue lo que se dio en llamar el Estado da India, que era gobernado desde Goa, en la costa occidental de la India. Dentro del conjunto de enclaves portugueses Malaka, en la costa sur de la Malasia continental ocupaba un lugar especial, al ser una escala clave para el comercio que circulaba entre Macao y el Mar del Sur de China y la India, así como para quienes operaban en el Golfo de Siam, en Sumatra y en las islas de las especias.

Los holandeses advirtieron rápidamente que los portugueses estaban sobreextendidos y que difícilmente podrían defender todo su imperio colonial. La estrategia que siguieron fue identificar unos cuantos cuellos de botella en sus rutas comerciales y cebarse con ellos. El principal cuello de botella que identificaron fue Malaka. Conquistar, o al menos neutralizar Malaka, supondría prácticamente cortar la ruta que llevaba del Mar del Sur de China a Goa.

En la primera década del siglo XVII llovieron los capones en el Océano Índico entre españoles, portugueses y holandeses. En esos intercambios los portugueses tendieron a llevarse la peor parte: no tenían suficientes recursos para defender todas sus posesiones y sus navíos y hombres, acostumbrados a luchar contra enemigos asiáticos, no estaban preparados para hacer frente a buques europeos de gran calado y muy artillados. Dado que desde 1580 Portugal y España estaban unidas bajo un mismo monarca, los portugueses hubieran podido solicitar ayuda a los españoles de Manila, pero casi preferían que los holandeses les atacasen. Se temían que con la excusa de la asistencia, los españoles acabasen metiéndose en sus mercados. Y no les faltaba razón. Había grupos de comerciantes en Sevilla que se habían dado cuenta de que las islas Molucas eran un negoción y andaban pinchando para que España se metiese más a fondo en esas islas.

A comienzos de la segunda década del siglo XVII el Gobernador español en Filipinas era Juan de Silva. En los años anteriores había conocido algunas victorias contra los holandeses y el cuerpo ahora le pedía más. Según quién hable de él, era el deseo de gloria o el deseo de dinero el que le movía. Como quiera que fuere, De Silva era de los que todo lo piensan a lo grande. Eso es muy bueno salvo por una cosa: cuando los planes se tuercen, las cagadas también resultan ser de grandiosas proporciones.

A De Silva se le ocurrió que lo mejor que se podía hacer era mandar una gran flota hispano-portuguesa contra las Molucas y a estos efectos pidió al Virrey portugués en Goa que le mandase a Manila diez galeones y seis galeras. El Virrey le respondió que qué se había fumado para pedir tantas fuerzas, que se conformase con cuatro galeones y 300 soldados, que irían a las órdenes de Francisco de Miranda Enríquez. Hay que reconocer que en el contexto de escasez de recursos en el que se movía el Estado da India, la petición de de Silva era una pasada.

De Silva no se limitaba a gorronear, sino que quería también cumplir con su parte y se propuso construir en las Filipinas una gran armada para la empresa que se había marcado. Que no tuviera hombres ni materiales no fue obstáculo para un hombre tan animoso, o tan irresponsable.

Para empezar, logró que el Virrey de Nueva España le enviase tres navíos y 500 hombres. Dado que muchos de los materiales necesarios no se podían fabricar en Manila, hizo una colecta entre los habitantes de la ciudad y mandó a su ayuda de campo Cristóbal de Azcuete con 16.000 pesos en oro a que comprase los bienes necesarios en los mercados asiáticos. De De Azqcuete y sus compañeros no se volvió a saber. O bien naufragaron, o bien se jubilaron en alguna isla paradisiaca a cuenta de los 16.000 pesos.

Como de Silva se había dado cuenta que para combatir a los holandeses (al igual que para tantas otras cosas), el tamaño sí importa, se emperró en construir unos galeones inmensos. Lástima que los bosques de Filipinas no dieran para tanto, aunque quienes más se enteraron de eso fueron los pobres filipinos a los que reclutó para la tala y transporte de los troncos. Necesitó dos años para forjar 150 piezas de artillería en bronce, pero por la falta de dominio en la técnica, los cañones que salieron servían más para decorar que para otra cosa.

De Silva era un hombre de recursos: ordenó que se retirasen las piezas de los fuertes para dotar a los barcos. Desnudó a un santo para vestir a otro. También ordenó que se hiciera acopio de comida para la expedición, pero lo ordenó con tanta antelación que para cuando partieron, una buena parte de los víveres ya se había estropeado. El agente manileño Hernando de los Ríos Coronel, que no le tenía mucho aprecio, escribió cinco años después de los hechos que unos bandidos no habrían causado mayor expolio en las islas del que causó De Silva con sus ideas.

El 12 de mayo de 1615 zarpó de Goa la expedición portugesa más con pintas de ir de farra que de partir en combate. Los 110 soldados que llevaban los cuatro galeones se habían llevado cosa de 600 personas como acompañamiento, entre servidores y prostitutas. El tránsito hasta Malaka fue penoso: se les acabaron las provisiones, las peleas fueron infinitas y hubo epidemias azuzadas por el hacinamiento de los viajeros. Llegaron a Malaka en agosto, cansados y con pocas ganas de combatir.

A los habitantes de Malaka les faltó tiempo para ponerlos en los barcos y mandarlos rumbo a su destino final de Manila. A la altura de los estrechos de Singapur, la expedición dio media vuelta, ya fuera porque les diera pereza hacer la travesía hasta Manila o porque les diera todavía más pereza ir a combatir a las islas Molucas. De los Ríos Coronel es menos piadoso que yo y dice que el capitán Miranda «no se atrevió» a continuar; si hubiera escrito hoy en día, habría dicho que «se acojonó». Regresaron a Malaka y tuvieron la suerte del tonto. Su llegada se produjo justo cuando el rey de Aceh estaba atacando la ciudad y contribuyeron a rechazar el ataque, perdiendo uno de sus barcos. Durante veinticuatro horas fueron los héroes de la jornada.

Apenas habian derrotado a los acehneses, una escuadra holandesa de cinco barcos apareció ante Malaka. Los barcos portugueses estaban mal situados para recibirlos y en la batalla que siguió se hundieron todos y los portugueses tuvieron 100 bajas entre muertos y heridos y perdieron 92 piezas de artillería.

A Manila llegaron noticias de que la escuadra portuguesa iba a pasar el invierno en Malaka. No está claro por qué, el Gobernador De Silva cambió entonces de planes. Decidió que iría a Malaka, enlazaría allí con los portugueses y luego se dirigirían todos juntos a atacar Java, Banda y finalmente las Molucas. Los historiadores están de acuerdo en que, si en ese momento hubiese atacado las Molucas, las habría encontrado desprotegidas y habría obtenido una fácil victoria. No sólo no siguió el curso de acción que parecía más obvio y prometedor, sino que cuando se puso en marcha la estación de navegación estaba ya demasiado avanzada.

El 28 de febrero de 1616 (casi todas las fuentes que he consultado dan como fecha para la partida la del 9 de febrero de 1616; no sé de dónde procede esa fecha; a falta de nada más convinvente yo me atengo a la del Memorial que escribió de los Ríos Coronel, que es la del 28 de febrero) Juan de Silva partió de Manila con diez galeones, cuatro galeras y cuatro pequeños barcos de acompañamiento, a bordo de las cuales había 5.000 hombres entre soldados y marineros y 300 piezas de artillería. Atrás quedaban las islas filipinas, apenas protegidas por unos cuantos milicianos mal armados y algunas piezas de artillería obsoletas.

Al llegar a los estrechos de Singapur Juan de Silva se enteró de la suerte que había corrido la escuadra portuguesa. Algunos le aconsejaron que procediera inmediatamente contra las islas Molucas. En lugar de eso, se quedó allí anclado durante un mes, tocándole un poco las narices al sultán de Johor, cuyas lealtades no estaba claro con quién estaban. Finalmente, a finales de marzo se dirigió a Malaka con parte de sus barcos. Dentro de los sinsentidos de la expedición éste fue el máximo: Malaka no estaba amenazada en esos momentos y aparte de animar a sus habitantes y devolverles la moral, no había nada más que de Silva pudiera hacer.

Bueno, sí que hubo algo más que de Silva pudo hacer: morirse. En Malaka le recibieron bajo palio, como a un salvador. A poco de llegar, entre banquete y banquete, le dieron unas fiebres que se lo llevaron en once días. El 19 de abril murió, al parecer bastante desmoralizado y convencido de que la empresa había fracasado. Sus últimas órdenes fueron que la armada se volviese a Manila con su cuerpo embalsamado. Tal vez ésas fueran sus órdenes más atinadas, porque las fiebres habían empezado a hacer presa de los componentes de la armada, que estaban muriéndose como chinches. Según de los Ríos Coronel, cada día tenían que echar por la borda entre 40 y 50 cuerpos de víctimas de las fiebres.

La armada, que iba a realizar tantas hazañas y borrar a los holandeses de las Indias orientales, regresó a Manila a comienzos de junio de 1616. No había pegado un solo tiro, pero estaba tan destartalada como si hubiera pasado un año en el mar.

Y es que los españoles sólo deberíamos hacer expediciones por tierra.

lunes, marzo 07, 2011

La crisis del papelito

Casi siempre que un político cae en desgracia, hay algún correligionario suyo que tiene algo que ver. En política, eso lo saben bien los políticos, hay que guardarse mucho de los enemigos; pero los realmente peligrosos son los amigos y correligionarios.

Si os digo que hay un montón de gente en la Historia del mundo que ha probado la política como modo de vida y ha salido asqueada, supongo que no os descubro nada. En todas partes cuecen habas y hasta en la ocupación más gilipollas puede uno encontrarse con la envidia y la ambición de otros haciendo de las suyas. Pero lo de la política rompe moldes. Los ciudadanos solemos pensar que los políticos nos maltratan; pero eso es porque no tenemos ni idea de cómo se maltratan entre ellos.

Siendo así las cosas, en la Historia tiene que haber, y de hecho los hay, puñados de episodios que son canónicos a la hora de expresar las metíferas consecuencias de la ambición política. Hoy os quiero hablar de una de la que, quizá, nunca hayais oído hablar: la crisis del papelito.

La crisis del papelito es una crisis ministerial que provocó la que quizás es una de las dos o tres broncas parlamentarias más sonadas de la Historia de España. Pero antes de llegar a la crisis propiamente dicha, que es corta, deberemos contar algunos antecedentes.

Necesito que os transportéis al año 1903. La Restauración española, es decir ese montaje político de Cánovas que pretendía exportar el modelo bipartidista inglés a nuestro país a base de dejarse la democracia por el camino, ha perdido ya a sus dos principales arquitectos: Cánovas y Sagasta. Tras la desaparición de estos dos políticos, y en medio de algunos titubeantes experimentos, los conservadores son los primeros en encontrar un líder neto: el político entonces de 50 años de edad Antonio Maura. Desde el 4 de diciembre de 1903 es Maura presidente, y la autoridad de su liderazgo partidario hace pensar en una estabilidad que España está pidiendo a gritos.

La estabilidad, sin embargo, tenía un problema. Como consecuencia de la temprana muerte de Alfonso XII, que era quien había sido llamado por la Historia a ser el Juan Carlos de Borbón de la Restauración, reinaba en España un chavalote, un niño pijopera bastante caprichoso, que la Historia conoce como Alfonso XIII. El rey Alfonso era poco menos que un adolescente, fuertemente influenciable y dotado de cierta ambición de poder que le llevó, en su juventud como en su madurez, a exprimir sus soberanías de rey constitucional al máximo. El hecho de que la Constitución canovista hubiese sido redactada en unos términos blandi-blub para que todo le cupiera dentro, le ayudó bastante en la acción.

El 14 de diciembre de 1904, cuando el gobierno Maura caminaba hacia la inusitada marca de un año seguido de administración, el ejecutivo cayó por una gilipollez de su majestad. Una de esas cosas que cualquier rey sinceramente constitucional se cortaría un dedo antes que hacer. Alfonso XIII, sin embargo, la hizo, y con ello marcó un jodido precedente para el reinado que apenas comenzaba.

Quedó vacante la jefatura del Estado Mayor del Ejército. Algún día, alguno de los lectores expertos en el tema militar de este blog, que sé de buena tinta que los hay, ha de explicarme la verdadera importancia que, en el intrincado laberinto de la jerarquía militar, ejercen los estados mayores; pero, aún sin dicha explicación precisa, es obvio que es un puesto de gran importancia. De tan gran importancia que los gobiernos ni por asomo quieren tener un JEM que no sea de su estricta obediciencia, conocimiento y confianza.

Propuso el gobierno Maura al general Loño, militar, al parecer, de impolutos hoja de servicios y prestigio. Como digo, era su prerrogativa realizar tal nombramiento, jugando el rey, teóricamente, apenas un papel sancionador. Pero no fue así. El rey tenía otro candidato, casualmente el jefe de su Cuarto Militar, el general Polavieja, también muy valorado de la opinión pública. Por mucho que porfió Maura, el jovenzuelo Borbón no se bajó de la burra. Había de ser Polavieja, y a él la soberanía gubernamental no le iba a joder el capricho. Reunido el consejo de ministros, sus miembros decidieron darle una lección al niñato anunciando su dimisión si no era nombrado Loño. Alfonso XIII, en lugar de recular inteligentemente, tiró de su carácter voluble y, por qué no decirlo, un poco gilipollas, y, simple y llanamente, aceptó la dimisión.

Como digo, fue un conflicto favorecido por la evanescencia constitucional de la Restauración. La Constitución canovista concedía a Alfonso XIII la suprema jerarquía del ejército; cosa que también hace la actual, aunque en términos que dejan más claro que se trata de un mando constitucional y por lo tanto el rey, por muy supremo jefe de los ejércitos que sea, no le puede ordenar mañana por la mañana que invada Bielorrusia porque a él le de la gana. La Constitución canovista, sin embargo, le dejaba margen al rey para pensar, sobre todo si era tan tonto como para pensarlo, que su supremo mando era efectivo y, por lo tanto, el nombramiento de un JEM era cosa suya (o, más bien, de su camarilla).

Con este detalle, Alfonso XIII sumió al país en el pozo de los gobiernos provisionales que habría de caracterizar su reinado. El día que el rey juró como tal 17 de mayo de 1902, se había formado un gobierno Sagasta que cayó en diciembre del mismo año. El 6 de dicho mes juró como presidente del Consejo de Ministros Francisco Silvela, que dimitiría en julio del año siguiente. Todavía antes de Maura, durante los cuatro meses y medio que tardó en gobernar él, gobernó Raimundo Fernández Villaverde. Por lo tanto, entre mayo de 1902 y diciembre de 1904 había habido la friolera de cuatro gobiernos.

Alfonso XIII había demostrado con la anécdota del general Loño que le gustaba trabajar con gente que o le bailase el agua o le dejase en paz. En ambas cosas era bastante experto el general Marcelo Azcárraga, y probablemente fue por eso que el rey pensó en él para encargarle la sustitución de Maura. De hecho, casi el primer acto de gobierno de Azcárraga fue, por supuesto, firmar el nombramiento de Polavieja como Jefe del Estado Mayor del Ejército, tal y como quería el Borbón. No era la primera vez que la personalidad afable y acomodaticia de este militar le había valido la alta magistratura gubernamental. En 1897 había ya sustituido a Cánovas, superando a rivales teóricamente mejor colocados, por las mismas razones. En 1900 repitió.

El problema que tenían don Alfonso y don Marcelo es que, probablemente, eran los únicos que pensaban que aquello podía ser estable. Azcárraga cayói pronto en la cuenta de que, en cuanto pasadas las Navidades se abriesen las Cortes, y puesto que no tenía partido ni facción que estuviese dispuesta a inmolarse con él, los señores diputados le iban a dar un cañete en todo el colodrillo. Solución: las Cortes no se abrieron. No obstante, Azcárraga comprendió que aquélla era una situación que no podía mantenerse. Una cosa es que la Restauración fuese un pastiche caciquil en el que, sólo por casualidad, las elecciones siempre las ganaba el partido que las convocaba; y otra muy distinta que se convirtiese en una dictadura con todas las de la ley.

El 23 de enero 1905, apenas unas semanas después de nombrarse el gobierno pues, se abren las Cortes y Cobián, ministro de Marina, considerando que el Ejecutivo no es sostenible con el Parlamento abierto, dimite, y dimitiendo abre un portillo por el que se cuela, sin perder minutos tres, el titular de Guerra (o sea, Defensa), Villar y Villate, estrechísimamente ligado al monarca. Es evidente que los ministros militares, en un gobierno formado bajo los auspicios de un rey que quería hasta jefes de Estado Mayor que le molasen, eran de la camarilla real. Así pues Azcárraga, tras la marcha de los Chaconos de la época, interpretó que el rey no quería gobiernos que abriesen parlamentos y les dejasen votar, y se fue a su casa, pues hombre tan afable como él no tenía, desde luego, madera de dictador.

Tras este modélico gobierno de 40 días llegó, de nuevo, ese señor que hay mucha gente que piensa que ha sido una calle toda su vida: Raimundo Fernández Villaverde. Villaverde era conservador, es decir teórico correligionario de Maura. La elección del rey era toda una muestra de mala leche o, si se prefiere, de una forma de actuar, que Alfonso sacaría a pasear bastantes veces en los siguientes años, por la cual el monarca llamaba a formar gobierno, no a los líderes partidarios, sino a aquellos, que decimos hoy, barones del partido que consideraba más proclives a sus peripatéticos puntos de vista. Lo cierto es que el gobierno Villaverde no sirvió para otra cosa que para consolidar el liderazgo de Maura en el partido conservador, lo cual llevó al gobierno a cerrar el Parlamento, una vez más, durante meses, para poder legislar sin que le votasen en contra. Pero como aquello no podía durar eternamente, a los cinco meses de haber jurado, se abrieron las sesiones y el gobierno cayó.

Visto que si encargaba gobierno a los conservadores tendría que ser Maura, que era algo que el rey no quería, probó con los liberales en la persona de Eugenio Montero Ríos. Dimitió unos cinco meses después.

Estamos en el 1 de diciembre de 1905. Hace un año ya de caída de Maura, y nos parece que han pasado ocho años. El rey sigue erre que erre con los gobiernos liberales, y llama a Segismundo Moret, quien jura como primer ministro en tal día y dimite en julio de 1906, ante el hecho palmario de que carece de más apoyo que el regio para gobernar.

El rey llama a formar gobierno a un mediana fila en este partido, militar además: el general José López Domínguez, a quien definen el Duque de Maura y Melchor Fernández Almagro de esta manera: «genuina representación de la mediocridad discreta, ni victorioso ni vencido jamás en ninguna batalla, campal o parlamentaria, orador poco elocuente, aun cuando supiese hablar seguido, y escritor nada brillante, aún cuando fuese capaz dar forma gráfica a sus ideas sin ayuda de secretario». Sobrino del famoso general Serrano y liberal canalejista, era tenido por lo que entonces se llamaba, pero que nadie se asuste, la extrema izquierda dinástica.

Pero que el rey llame a López Domínguez, no creais, tiene su lógica.

No os fijéis en López Domínguez. El pobre general es sólo un peón. Un peón canalejista porque José Canalejas es, en realidad, su padre político, y el hombre cuya labor el general se compromete a llevar a cabo al frente del gobierno. Lo que hay detrás del gobierno López Domínguez es una guerra de altos vuelos entre los dos personajes que quieren dominar en el Partido Liberal. Porque si en el conservador el liderazgo de Maura está claro en ese momento (diez años más tarde, ya la cosa cambia), en el Partido Liberal hay dos culos para la misma silla: el de Segismundo Moret y el de José Canalejas. Moret tiene a su favor una larga labor ministerial en los diferentes gobiernos liberales de la Restauración; es, pues, una especie de Rubalcaba de la época. Canalejas, sin embargo, es un político más joven, que mira hacia el futuro, que tiene aún escasa experiencia en el poder y que maneja conceptos que el liberalismo antiguo tal vez maneja con más torpeza: laicismo, política económica liberal, convergencia con republicanos e incluso socialistas... Canalejas es, pues, un poco la Chacón de esta historia.

Moret cometió un error. Le hemos visto dar un paso adelante en diciembre de 1905 aceptando ser presidente del Gobierno, y marcharse con el rabo entre las piernas 7 meses después. En parte es, claro, por la oposición monolítica que le hacen los conservadores, pero, en parte, es también porque su propio partido no pone toda la carne en el asador defendiéndolo, porque hay una mitad de la formación que no lo quiere como líder. El nombramiento de López Domínguez, a sus ojos, le presenta la oportunidad de devolver el golpe.

Así pues, nos encontramos ante un panorama que hoy tenemos por inusitado: un gobierno liberal al que le hacen la guerra parlamentaria los propios liberales moretistas. Las fuerzas de Canalejas eran muchas: no sólo su hombre era presidente del Gobierno sino que él mismo era presidente de las Cortes. Juntos, ambos cargos urdieron una derrota parlamentaria de Moret y, consecuentemente, dieron instrucciones al partido de que votase en contra de una proposición de los conservadores que Moret había ya apoyado públicamente. Moret tuvo que conseguir de sus contrincantes que retirasen la dicha proposición a pelo puta para no ser derrotado. El siempre maniobrero Conde de Romanones, siempre atento a todo movimiento que le pudiese dar poder, aprovechando su presencia como ministro en el gobierno López Domínguez, redactó una proposición parlamentaria para darle la puntilla a su correligionario y sin embargo enemigo; pero López Domínguez se acojonó, pensó que quizás si la presentaban el Partido se iba a tensionar en exceso, y decafeinó la proposición de tal manera que hasta Moret pudo votarla a favor.

El general López Domínguez tenía entonces 77 años, y un carácter afable. Al ver a Moret votar la proposición de Romanones, en su ingenuidad senil, consideró las viejas rencillas acabadas, por mucho que hubo quien le advirtió de lo contrario; y no me refiero a Romanones, pues Romanones, en sus memorias, siempre dice que lo sabía todo de antemano, pero eso, claro, lo escribe a toro pasado.

Moret, de hecho, hizo algo más para que López Domínguez pensase que el movimiento liberal había entrado en fase Viva la Gente, pues el 20 de noviembre de 1906 vota campanudamente una proposición de apoyo al gobierno.

Al día siguiente, un relajado López Domínguez va al palacio real a despachar con el rey. Confiado, le dice al monarca que no tiene gran novedad que comentarle. Y el rey, torciendo el gesto, le dice que él, en cambio, sí tiene algo que contarle.

Alfonso XIII ha recibido una carta. Una carta que será el «papelito» que dé nombre a esta historia.

Una de las obsesiones de José Canalejas era el laicismo, qué el consideraba condición necesaria para un Estado moderno. En momentos posteriores, cuando llegase a la presidencia del Gobierno, dejaría buena marca de ello, pero ya entonces, cuando era presidente del Congreso y alma mater del Gobierno, tenía las mismas intenciones. Por esa razón, en las semanas anteriores al papelito, Bernabé Dávila, ministro de Gobernación, había preparado un proyecto de ley de Asociaciones que suponía un recorte notable del poder de las órdenes religiosas. De hecho, el conocimiento del borrador había provocado una cascada de misivas desde el Episcopado.

¿Era Moret contrario al laicismo? Como buen liberal, en modo alguno. A lo que era contrario era al éxito de Canalejas. Ambos eran correligionaros, miembros de la misma mayoría formada en ese momento, pero Moret no podía soportar que aquel proyecto saliese adelante, así pues tomó la decisión, de una inconstitucionalidad flagrante, de saltarse el escalafón partidario y gubernamental y enviarle una carta directamente al rey. Fue un felón Moret por enviar la carta y un idiota el rey por darle pábulo. Ninguno de los dos tuvo con sus gestos el más mínimo respeto por el orden constitucional.

En su carta, Moret auguraba que el proyecto de Asociaciones rompería al Partido Liberal, y añadía: «Tal vez sean exagerados estos patrióticos temores; pero el rey tiene el medio de aquilatarlos, llamando a los representantes caracterizados del Partido Liberal y contrastando sus juicios con el que respetuosamente someto a Vuestra Majestad».

Moret, por lo tanto, invitaba al rey a operar de árbitro en una discusión partidaria, y lo que es más acojonante aún, el rey hizo algo distinto de limpiarse el sobaco con aquella carta. No sólo no la rompió, ni la quemó, ni la olvidó; sino que, a la llegada del primer ministro liberal, se la leyó, y debió de dejarle bien claro que le pensaba hacer lo que Moret le recomendaba, porque López Domínguez, noqueado pero gallardo, dimitió al instante.

Hay, por cierto, un tercer conspirador en esta milonga: Santiago Alba, político de larga trayectoria que acabaría incluso presidiendo las Cortes republicanas, y que en ese momento era gobernador civil de Madrid, nombrado durante el gobierno de Moret. Él fue quien llevó en mano la carta y se aseguró de que acabase en regias manos, sin intermediarios.

El 28 de noviembre, por si eran pocoas las sospechas de que pudiese haber una conjunción entre el monarca y Moret, es a éste a quien Alfonso XIII encarga la formación del gobierno. Así las cosas, toda la conspiración palaciega, toda una movida de camarilla a las que Alfonso XIII era desgraciadamente muy aficionado, quedó en evidencia. La política española avanzó hacia un episodio vergonzoso.

El 3 de diciembre, en doble sesión, compareció el gobierno Moret ante el Congreso y el Senado. Según las crónicas, fue recibido como el Real Madrid en el Camp Nou. Ni siquiera los liberales no canalejistas, teóricos ganadores de la movida, apoyaron a Moret, conscientes de que lo que había hecho el político liberal no había sido en beneficio de facción alguna, sino en el estricto beneficio propio.

Ya de camino al Congreso desde Palacio tras haber jurado, el personal les iba llamando de todo a los ministros. Moret estuvo torpe en su discurso, lo cual no es de extrañar porque le interrumpieron varias decenas de veces coreando gritos prostibularios. En cambio, a López Domínguez, erguido y noble, lo escucharon con reverencia y saludaron el final de su discurso con una cerrada salva de aplausos.

Al día siguiente, esto es al tercer día de vida del gobierno, un senador presentó una moción de censura contra el Ejecutivo. No creo que haya muchos precedentes de esto en la Historia parlamentaria del mundo. La moción, en cambio, no se votó. El gobierno Moret dimitió inmediatamente, tres días después de haber jurado.

Dado que en ese momento nadie se fiaba del rey ni para comprar un caramelo, el monarca tuvo que nombrar primer ministro a Antonio de Aguilar y Correa, marqués de la Vega de Armijo, marqués de Mos, conde de Bobadilla, vizconde del Pejullal, Grande de España. El marqués era un viejo político liberal que entonces tenía la friolera de 80 años y que había sido ministro de Isabel II. La pollada de Alfonso XIII fue, por lo tanto, del mismo calibre que si mañana dimitiese Zapatero y el rey llamase a formar gobierno a alguno de los ministros del último gobierno del general Franco.

Ciertamente, el marqués de la Vega de Armijo fue echado del poder por los conservadores en sólo tres sesiones parlamentarias. Pero para la Historia ha quedado un gesto de este pizpireto aristócrata liberal, que mostraba un optimismo incurable. De regreso a su casa, ya habiendo tenido que dimitir, en enero de 1907, encontró a sus parientes y clientes compungidos y contritos. Él, en cambio, se quitó el sombrero y el gabán, y les gritó.

- No os desaniméis, amigos. ¡El porvenir es nuestro!

viernes, marzo 04, 2011

Ucronizando

Sé bien que hay mucha gente que encuentra inútil, incluso estúpido, discutir sobre ucronías. A mí, sin embargo, me parece bastante educativo; una forma muy creativa de aprender Historia, porque discutir de ucronías con un mínimo de solidez requiere tener algún conocimiento sobre los hechos pasados que es, al fin y a la postre, lo que buscamos quienes contamos la Historia y hacemos por difundirla.

Ucronías o What Ifs hay muchas. Pero a mí hay una que siempre me ha interesado especialmente. Es la que hoy formulo y sobre la que dejo algunas reflexiones, más para animar otras reflexiones que para intentar convencer.

La ucronía es: ¿En qué habría cambiado el franquismo de no haber muerto en la guerra José Antonio Primo de Rivera?

Mi reflexión al respecto se despliega en diversas sub-reflexiones o preguntas, que aquí os dejo.

Pregunta 1: ¿Cuál habría sido la evolución de José Antonio de haber sobrevivido a la guerra civil?

La Falange salió de la guerra civil siendo un movimiento fascista, más mussoliniano que nazi, basado en el nacionalsindicalismo. José Antonio Primo de Rivera era un hombre políticamente cercano a los postulados del fascismo y es difícil imaginarlo sosteniendo ideas diferentes tras la victoria militar de las tropas nacionales. Mi opinión es que JAPR habría compartido todos los grandes pilares de la ideología franquista: el anticomunismo, la obsesión con los masones, el concepto del destino imperial de España, el carácter de cruzada de la guerra…

Si nos preguntamos cuál de las distintas Falanges habría sido el sustento de la Falange de José Antonio, para mí está claro que habría sido la de lo que se dio en llamar «camisas viejas». Pero eso no es decir mucho: los «camisas viejas» cambiaron mucho de camisa durante el franquismo. La gran pregunta, para mí, es: una vez terminada la guerra mundial, ¿habría entendido José Antonio que debía evolucionar? Personalmente, creo que no. José Antonio tenía en gran valor la unión de su formación, hasta el punto de deshacerse de Ramiro Ledesma por la influencia disgregadora que ejercía, y no creo que jamás hubiera dado el paso de virar la nao en contra del parecer de sus bases. Y si José Antonio, dicen algunos, no era fascista, sus bases lo eran sin duda alguna.

Creo, por lo tanto, que José Antonio Primo de Rivera, vivo y coleando, habría supuesto un problema grave para el franquismo porque habría operado como dique para eso que los historiadores llaman el proceso de «desfascistización» del régimen.

Pregunta 2: ¿Habría podido Franco unificar a FET y de las JONS?

La unificación del falangismo y el carlismo fue posible porque toda una facción de Falange, la sureña más o menos comandada por Sancho Dávila, se avino a remar a favor de esa corriente e iniciar contactos con Fal Conde y su gente sobre una hipotética fusión, que Franco ya tenía decidida. Sancho Dávila, con José Antonio vivo, no se habría atrevido ni a dormir a menos de 200 kilómetros de un carlista sin una orden del Jefe. Falange y los tradicionalistas se habrían tenido que fundir con el apoyo, decidido y sin fisuras, de José Antonio.

Creo capaz a JAPR de tomar la decisión de apoyar esa fusión. Pero por una sola razón: porque fuese perentoria para ganar la guerra. Lo cierto, sin embargo, es que la fusión de FET y de las JONS no es un hecho que se pueda considerar fuertemente influyente en la victoria militar. A Franco se le empiezan a poner las cosas de cara en el 37 porque toma la decisión, que se demostró estratégicamente acertada, de dejar de obsesionarse con Madrid y virar hacia el Norte, donde en unos pocos meses dejó a la República sin músculo. Nada de eso tiene ninguna relación con la unificación política realizada en el bando nacional.

No encuentro, por lo tanto, ninguna razón para que José Antonio se viese impelido en el 37 a olvidarse del punto 27 de su ideario y apoyar la creación del partido único falanjo-carlista. Menos aún que fuese a aceptar que Franco fuese, como lo fue, su máximo dirigente. ¿Qué cargo le podría quedar a él? ¿Secretario General de un movimiento que fundó, alentó, defendió en circunstancias comprometidísimas, y que estaba cortado a su imagen y semejanza? ¿Aceptaría Zapatero ser el ministro de Fomento de José Blanco?

Reside aquí, pues, el principal problema que la supervivencia de José Antonio habría supuesto para el franquismo; aunque también pienso que no hubiese tenido difícil solución. No habría podido existir partido único. O sí; pero ese partido tendría que ser Falange. Ésta es, de hecho, la entente cordiale que creo yo podrían haber acordado Franco y José Antonio: el primero habría obtenido lo que quería, es decir un régimen de partido único, en un esquema de democracia orgánica; y el segundo también habría obtenido lo que quería, es decir que su partido fuese ese partido único, pero a cambio de no cuestionar la autoridad de Franco. El resto de los satélites del franquismo, carlistas incluidos, serían meros asteroides tácitamente permitidos.

Pregunta 3: ¿Habría sido Franco jefe del Estado?

Sí, sin duda. Los que mandan tras una guerra son los que las ganan, y la guerra civil, aún con José Antonio vivo, la habría ganado quien la ganó, y ése no es otro que el general Franco. Era una persona ambiciosa, incluso muy ambiciosa, e igual que nunca se le pasó por la cabeza dejar paso a la corona como le pedía la mitad de su generalato, jamás se le habría pasado por la cabeza cederle parte del poder a José Antonio.

A menudo leo a falangistas quejarse amargamente de que todo el mundo considere el franquismo y el falangismo como sinónimos, y no les falta razón. Lo primero y fundamental que fue el franquismo, fue una dictadura militar. Aquél a quien Franco siempre mimó, aquél con el que nunca se malquistó, aquél al que cuidó al máximo, no fue el falangismo, sino el Ejército. A mediados de los años cincuenta, apenas quince años tras el final de la guerra, Franco quiso comenzar a dejar clara su desafección respecto del falangismo dejando de nombrar a José Antonio en sus discursos; pero nunca dejó de vestir la guerrera de capitán general, de trufar sus gobiernos de personalidades militares, y de verse a sí mismo como lo que era, es decir un soldado.

El Ejército hizo a Franco Generalísimo y Caudillo, y no existe ninguna razón para que tomase una dirección distinta de vivir José Antonio. La mancha falangista en el Ejército que ganó la guerra era mucho, muchísimo más pequeña, que la mancha monárquica; y microscópica comparada con la mancha franquista. El Ejército español creía en Franco y, por eso, desde el primer minuto del 1 de abril de 1939, desde antes en realidad, habría dejado claro, también a José Antonio, que el candidato era Uno, y no era él. Y es posible que Primo, al fin y al cabo hijo de militar y de dictador, lo hubiera tenido que entender e, incluso, compartir.

Sin embargo, esto no quiere decir, a mi modo de ver, que el franquismo hubiese transcurrido por los mismos derroteros que transcurrió. Si Serrano Súñer, con un pedigree muchísimo menos valioso que el de José Antonio, se sintió con ganas y poder como para hacerle sombra a su cuñado (hasta que su cuñado se lo llevó por delante, claro), con mayor energía se lo habría planteado José Antonio.

Hay una cosa que, con JAPR en el mundo de los vivos, estimo que Franco no habría podido hacer: integrar la realidad partidaria como un elemento más del gobierno a través de la figura del Ministro Secretario General del Movimiento. Como digo, para mí la opción más probable es que José Antonio llegase al final de la guerra siendo lo que era al principio, es decir Jefe Nacional de Falange Española y de las JONS. Sus partidarios nunca permitirían otro status para él, entre otras cosas porque el hecho de que fuese nueve años más joven que Franco sería un acicate para todo aquél que soñase con una retirada del general. No se olvide que en 1957, Franco ya tenía 65 años; que viviese 18 años más no nos debe hacer olvidar que en ese momento no era tan descabellado pensar que tal vez durase poco.

Dicho esto, sin embargo, también hay que decir que la ucronía basada en imaginar a un José Antonio ultrapoderoso tiene sus puntos débiles. Buena parte de las cosas que hizo Franco desde el momento en que el Eje perdió la guerra no las hizo por convicción, sino por cálculo político. José Antonio, con toda su brillantez retórica, no habría podido evitar el hecho de que la España de los años cuarenta y cincuenta era un país fuertemente dependiente de los que quería fuesen sus nuevos aliados; y estos aliados tenían reivindicaciones que hacer. La deriva del franquismo hacia la monarquía fue la consecuencia de una presión, en parte del generalato, en parte de los comprensivos pseudosocios democráticos de la España franquista. Ni al Foreign Office ni a la Casa Blanca le cuadraba una España repleta de jovenzuelos con camisa azul marcando el paso por la calle Alcalá.

Es probable, por lo tanto, que José Antonio tuviese, al fin y a la postre, que olvidarse de sus sueños de una España concebida como un inmenso sindicato de productores bajo la dirección de un Mando Único. El sindicato falangista, bajo su mano, probablemente se habría ajado y convertido en un mastodonte burocratizado, más o menos en la misma medida en que le ocurrió realmente.

Pregunta 4: Pero… ¿habría aceptado José Antonio ser un segundón?

La contrapregunta, a la gallega, es: ¿habría tenido otra alternativa?

Por mucho que José Antonio hubiese sido canjeado, su papel en la victoria militar de la guerra civil habría sido marginal. En 1939 no habría estado en condiciones de reclamar un puesto en las instituciones del poder efectivo y, además, al finalizar la guerra, cuando en todo el mundo democrático se excitó el antifranquismo como colaborador de los régimenes fascistas, con JAPR vivo ese sentimiento habría sido, fundamentalmente, antifalangismo. Las sanciones de la ONU, la Nota Tripartita, la retirada de embajadores, etc., habrían jugado claramente en su contra. Él era el que llevaba camisa azul antes que nadie, el que levantaba el brazo antes que nadie, el que era considerado líder del fascismo español antes que nadie. En tales circunstancias, por mucho que él se pudiese sentir capacitado para ello (pues la ucronía sobre la que es casi imposible escribir es la pregunta de hacia dónde habría evolucionado el pensamiento joseantoniano), su figura estaría totalmente descartada para pilotar el viaje hacia la como-Democracia que se montó Franco para tranquilizar a las cancillerías. Además, sinceramente no me imagino a los enviados de Washington negociando la implantación en España de bases militares con José Antonio Primo de Rivera.

Como corolario, dos ideas:

Una: José Antonio Primo de Rivera no perdió la oportunidad de ser el jefe del Estado español. Simplemente, nunca la tuvo. Falange Española fue el instrumento de una revolución inversa que sus perpetradores conocieron como Alzamiento Nacional y nosotros conocemos como golpe de Estado del 36. El instrumento no quiere decir el Demiurgo, como no quiere decir el general en jefe. En el momento del golpe de Estado, si hemos de creer a Ángel Alcázar de Velasco, no había en España más de 2.200 falangistas. Cierto es que con menos que eso Vladimir Lenin giró los goznes de la Historia de Rusia durante más de medio siglo; pero los falangistas de José Antonio no eran bolcheviques. Eran jóvenes exaltados, muchos de ellos adolescentes, preparados para muchas cosas entre las cuales no estaba liderar un país.

Nunca la tuvo, y nunca la habría tenido. Terminada la guerra, todo habría conspirado contra su liderazgo real, y «todo» incluye al propio Franco y, por supuesto, el Ejército. Además habría tenido el gran problema de que, de decidirse por la batalla, tendría que contestar a las preguntas de contra quién, y para qué. José Antonio no era tonto, y hubiera sabido bien que, de ponerle la proa a Franco, en México los exiliados brindarían con champán.

Dos: Franco, y de esto hablaremos pronto, quería ser lo que fue desde muy pronto. La suya es una estrategia milimétricamente diseñada cuyo final es la jefatura del Estado y la dictadura personal más larga de la Historia de España. Franco no fue un militar encumbrado por las circunstancias, sino un estratega con extraordinaria habilidad en el manejo de los tiempos a quien el destino puso un sable en la mano en el momento justo. Históricamente hablando, Franco es una ola, y el franquismo una marejada. Las mareas fuertes arrastran consigo todo lo que encuentran; si son barcas, barcas. Y si son personas, personas.

Como conclusión, pues, estoy inclinado a pensar que la supervivencia de José Antonio Primo de Rivera habría cambiado mucho las cosas, sí, pero no esencialmente.

martes, marzo 01, 2011

Las opiniones de Don Claudio

Claudio Sánchez Albornoz, como historiador, ha envejecido mal. En buena medida, en su celebérrima polémica con Américo Castro sobre el origen de España, ha terminado por salir perdedor. La tesis de Castro, que veía en España el resultado de la fusión de lo cristiano, lo judío y lo musulmán, casa mucho mejor con el buenrollismo actual que quiere ver en la Edad Media española una especie de Viva la Gente cultural donde todo cristo se llevaba de pila máster. Lejos de estas interpretaciones un tanto almibaradas, Sánchez Albornoz consideraba que al nacimiento de España no son ajenos ni la violencia, ni el enfrentamiento ni, en buena parte, el odio racial y cultural. Otras realidades del momento presente tampoco las entendería. Sin ir más lejos, no es que Albornoz considerase a los vascos españoles, sino que consideraba a los españoles vascos y se refería a eso que hoy llaman algunos Euskal Herria como "la abuela cabreada de España".

El otro día, cayó en mis manos en el Rastro un libro que en 1976 escribió la reportera televisiva Carmen Sarmiento, que consiste, básicamente, en la crónica de una larga entrevista con un Claudio Sánchez Albornoz que, en Buenos Aires, estaba a punto de volver a pisar España después de 40 años de ausencia. Recuerdo muy bien cuando llegó, porque en la tele le hicieron un reportaje, en el que el periodista le preguntó si se iba a quedar en España, a lo que él contestó (ya lo hace en el libro de Sarmiento) que no, porque consideraba su vida acabada. Al periodista se le ocurrió decirle algo así como: "¡Pero si usted es joven aún! Mire Andrés Segovia [el famoso guitarrista], tiene su edad y acaba de tener un hijo". El pìzpireto historiador abulense le miró con ojillos de mala persona y dijo: "¿Y será suyo?"

Hoy os quiero dejar aquí escritas algunas opiniones de ese libro, porque creo son curiosas de leer sabiendo que salían de la boca de un republicano burgués de toda la vida, que llegó incluso a presidir el fantasmagórico gobierno republicano en el exilio.

Aquí van.

Sobre Primo de Rivera:

Si, por lo menos, después de pacificar Marruecos, hubiera convocado elecciones, las habría ganado, después habrían hecho unas Cortes Constituyentes y la monarquía habría perdurado. Pero él y el rey estaban obnubilados con Mussolini.



Sobre Manuel Azaña

Era un hombre muy inteligente, un verdadero hombre de Estado. No obstante, estaba prisionero de una tradición de desdenes, de fracasos políticos personales y del clima moral que dominaba en la gran mayoría de los republicanos.

Azaña era el primer orador del Parlamento, el hombre más capaz; sin embargo, habría tenido que esperar la llegada de la República en medio de la hostilidad de gentes de ideas cercanas a las suyas. Había llevado una vida casi marginal, y esa triste espera había agriado su carácter. Le oí referir a él mismo que, una vez, una mujer pública le había mordido y se había asustado por lo amargo de su sangre. Era agrio todo él.

Recuerdo que en Valencia
[ya durante la guerra civil] me dijo: "La guerra está perdida; pero si por milagro la ganáramos, en el primer barco que saliera de España tendríamos que salir los republicanos, si nos dejaban".

Sobre Largo Caballero

En el año 34 [se refiere a la mal llamada Revolución de Asturias], Largo Caballero hizo la revolución con demora; no tuvo en cuenta que no estábamos solos en España. Besteiro decía de él que era una mula honesta, pero una mula. Mire usted, la libertad y la democracia no consisten en aplastar al adversario, sino en convivir y entenderse con él.

Fuimos unos ingenuos al pensar que en España se podía hacer la revolución socialista en el año 36, rodeados de fascistas como estábamos. ¡Sólo pudo creérselo el imbécil de Largo Caballero!



Sobre la II República

Yo, que he perdido más que nadie, le confieso que preparamos el terreno para que Franco se sublevara y triunfara durante cuarenta años.

Nuestra responsabilidad fue la de no haber sabido mantener el orden, cayera quien cayera.

Yo pensaba en la Iglesia y me decía: ¿qué adelantamos con combatir a la Iglesia?

Yo soy católico, apostólico y romano, a pesar de ser liberal. Propuse una corporación de derecho público, de manera que hubiéramos sido los católicos los que habríamos pagado a la Iglesia. Todo el mundo habría pagado y no habría pasado nada; pero, a pesar de que los curas tenían un sueldo mínimo de 6.000 reales, los dejamos sin comer. Fue una equivocación, un error tremendo, tremendo, porque tenían una fuerza enorme.

Los cuarenta años han sido consecuencia de aquella violencia. Arrancaban las medallas a las gentes, invadían las fincas, nadie estaba libre de que le dieran un tiro. En España había una mitad de españoles que estaban frente a eso.

No estábamos solos en España; la mitad estaba en contra nuestra.

Siempre se es reaccionario para alguien y rojo para alguien.



Sobre la guerra civil

Hubiera preferido, se lo digo sinceramente, que los sublevados contra nosotros los republicanlos, hubieran ganado la guerra el primer día. Me habrían asesinado a mí y a doscientos más, pero habría habido libertad a los dos o tres años, mientras que la guerra civil fue monstruosa, tremenda.

Si hubieran triunfado los nuestros, se habría proclamado el comunismo, porque nosotros, los republicanos, ya no contábamos.




Sobre Franco

A veces pienso que en él se unían el militar, el gallego y el judío [Albornoz estimaba, dado que el apellido Franco no es un apellido gallego, que podría ser de origen judío].

Casi nadie ha mandado tanto tiempo como Franco en España. La reina católica estuvo 30 años en el poder. Felipe II estuvo 42 años. Pero después de Felipe II nadie ha tenido tanto tiempo el poder como Franco. Ha sido una tremenda desgracia para España.

No soy capaz de odiar y creo que Franco se equivocaba. El vivía honestamente conforme a unas ideas absurdas. Hay personas que matan por placer, como Hitler, y otras que matan por convicción, como Franco.



Sobre su interpretación de la Historia

Para Castro, judíos, cristianos y moros estaban dándose la lengua durante la Edad Media y, de pronto, en el siglo XV, los cristianos se enfadan y se meten con los judíos y los moros. Como usted puede deducir, esto es teóricamente absurdo; si hubieran estado tan amigados, en esa simbiosis de la que habla Castro, es inconcebible que de pronto le entrara a los hispanos el sarampión de meterse con los moros y con los judíos.

Un puñado de orientales que al llegar a España en el 711 no tenían ni un siglo de islamismo, y un grupo de berberiscos recién convertidos al Islam, habrían hecho, según Castro, el milagro de arabizar a los pensadores de Al-Andalus en un abrir y cerrar de ojos, puesto que para él en el 711 se inicia la simbiosis de lo islámico y lo cristiano en el norte de España.

Galicia es 20.000 años a la defensiva, porque los pueblos que llegaban avanzaban hacia Galicia y de allí no podían pasar. Los gallegos anteriores, los que habían llegado antes, como no podían resistir, se acostumbraron a defenderse con la astucia; por eso los gallegos son los más listos de España.

La batalla de miles de años creó en los españoles un talante violento.

La Reconquista no fue ningún paso de ballet, sino una batalla tremebunda. Después de cada batalla, los musulmanes alababan a Alá sobre las montañas de cabezas cortadas a los cristianos. Bonita manera de convivencia, ¿eh?

Pensar que desde el poema de Cid a Las Meninas todo fue en España moro y judío, es un puro disparate.



Sobre las nacionalidades españolas

Vasconia no es, no, un islote aislado y perdido en el océano de revueltas aguas de la Península. Es el último rincón de ésta, donde se habla todavía la lengua de buena parte de los españoles primitivos.

Soy enemigo de otorgar privilegios a los catalanes, vascos y gallegos.

Cataluña no es una nación, ni lo es Galicia, ni lo es Castilla. Todo ese conjunto forma una nación, que es España.

Los catalanes y los vascos viven de la vaca española.

Si quieren estudiar el catalán, que lo estudien; pero, al mismo tiempo, el castellano.

Barcelona quiere ser corte y capital,también Bilbao, y no se crea usted que para obtener la autonomía de Lérida y Gerona, sino para mandar desde Barcelona o Bilbao.

domingo, febrero 27, 2011

Historias de(l) chocolate

Cada vez que un niño o un adulto toman una onza de chocolate con leche, quizás ignoren que están tomando un manjar propio de reyes. En realidad, los occidentales, y muy especialmente los españoles, estamos tan acostumbrados a este dulce, presentado de muy diversas maneras, que quizá creamos que ha estado con nosotros desde siempre. Sin embargo, su presencia entre nosotros, los europeos, es relativamente moderna.

He dicho europeos porque los americanos, probablemente, toman chocolate desde la noche de los tiempos. Llevaban siglos engulléndolo cuando los españoles llegaron al actual México y tomaron contacto con él.

Los mexicanos precolombinos creían que Quetzalcoatl, la jardinera del campo de los dioses, trajo a la tierra las semillas de un árbol que crecía allí y que llamaban quacatl (cacao); razón por la cual consideraban el chocolate bebida de dioses.

En efecto, chocolate es una palabra procedente de los idiomas precolombinos mexicanos, en los que es tan típica la terminación -tl, que la fonología española ha adaptado añadiendo una vocal que para nosotros es necesaria. Las descripciones que nos han quedado de la corte del famoso rey Moctezuma nos pintan a un rey que tomaba casi constantemente, para vigorizarse, un bebedizo cuya base era el cacao, adicionado con miel y una fruta de sabor parecido a la piña. Aquella bebida era muy cara porque el cacao formaba parte de uno de los sistemas aztecas de intercambio, así pues era de gran valor.

Por esta razón, el pueblo llano, en realidad, no tomaba el chocolate como nosotros lo importamos. Ellos tomaban una papilla, que llamaban atol, que se preparaba machacando conjuntamente cacao y maíz, cociendo la mezcla en agua mientras se adicionaba pimienta picante. Los españoles que llegaron a México probaron el atol y les pareció una bebida repugnante (no les culpo). Sin embargo, cuando probaron el brebaje que tomaba Moctezuma, considerablemente más dulce, sí les agradó, y ésa fue la receta que importaron a Europa. Es por eso que digo que el moderno chocolate a la taza es una bebida de reyes.

Se podría decir que al contactar los españoles con el chocolate dulce, llovió sobre mojado. Y es que una de las majaderías del siglo es la coña de la dieta mediterránea. Que la dieta mediterránea existe y es muy sana no hay que ponerlo en duda. Que es lo que tradicionalmente hemos comido los españoles es una mentira del tamaño de la catedral de Colonia. Si echamos un vistazo a los libros de cocina escritos sobre todo en la España barroca, encontraremos que la dieta española de la época era todo menos sana pues, por encima de todo, era dulce. Muy dulce. La España de hace medio milenio era una especie de monumental páncreas estresado.

De aquella época es, por ejemplo, una salsa llamada oruga, que nos ha dejado descrita Montiño en su Libro de comer, y que se servía con todo tipo de carnes. Se hacía con azúcar o miel, panecillos molidos, pan tostado, vinagre, más azúcar en abundancia y canela. En la España de la oruga, una bebida a base de cacao endulzado cayó como el maná.

Cuando el cacao americano fue trasplantado a las Canarias, y en recuerdo de aquella bebida regia (y por pura querencia), los españoles comenzaron a añadirle azúcar. Mientras en América el chocolate se convertía en la bebida típica de los criollos, en España también se iba imponiendo.

En algún momento del siglo XVII y, sobre todo, durante el siguiente, la enorme demanda de bebidas de chocolate llevó a la invención de la chocolatería. Tiempo antes de que existiese la celebérrima del callejón de San Ginés en Madrid, en el canal de Jamaica había ya decenas de locales donde se servía chocolate bebido, que contaban hasta con orquestas metidas en barcas que amenizaban la velada. Estaban siempre hasta la bola, día y noche. Botellón chocolatero.

Fueron los frailes de Oaxaca los que acabaron haciendo a esta ciudad mexicana famosa por su chocolate. Ellos fueron los primeros en echarle al bebedizo cosas como vainilla o avellanas tostadas, y con ello contribuyeron a que el chocolate de Oaxaca fuese muy conocido en ambos lados del charco. En Chiapas, el obispo tuvo que reconvenir a las damas de determinada parroquia por su costumbre de llevarse jícaras de chocolate a misa, y pasar la celebración bebiéndolo. La respuesta de las damas a la bronca obispal fue cambiar de iglesia. Los criollos acostumbraban a desayunar chocolate, a tomarlo de nuevo en la merienda y, finalmente, una vez más, a medianoche.

Sin salir de América, la plantación de cacao se extendió por las Antillas, lo que también llevó a que los antillanos comenzasen a consumir chocolate a lo bestia. Los jamaicanos hacían lo propio, antes de trabajar por la mañana.

Cuando el chocolate endulzado llegó a España, algunos, no pocos, médicos, albergaron cuitas sobre él. Lo consideraban, cágate lorito, un alimento de poca sustancia, y por eso el chocolate se comenzó a tomar mezclado con todo tipo de especias, tales como la canela, pero también, por ejemplo, cardamomo o jenjibre, que digo yo que no debía de saber muy bien. Sin embargo, la costumbre de tomarlo se extendió de tal manera que, muy pronto, tuvo que ser censurado por el clero como pecado de gula. A otros países se extendió con cierta lentitud. A Italia, el primer país que lo adoptó, lo llevó un florentino llamado Antonio Carletti; y a Francia pasó cuando Ana de Austria, hija de Felipe III, se casó con Luis XIII de Francia.

A mediados del siglo XVII, la venta callejera de chocolate fue prohibida en Madrid. La razón de esta prohibición estriba en que la ciudad se había convertido en un hervidero de puestos y puestecillos de toda laya en los que todo dios vendía chocolate, tal era la desenfrenada demanda de los madrileños por el producto. La preocupación por ello procedía del hecho de que, como siempre en situaciones de demanda disparada, había aparecido el fraude. En no pocos puestos callejeros de Madrid (así como en la nutridísima venta ambulante, que era realizada por mujeres que iban de casa en casa ofreciéndolo) se vendía chocolate, sobre todo sólido, confeccionado con dosis relativamente pequeñas de cacao y azúcar, y mezclado con las cosas más peregrinas, sobre todo pimienta, pero también pan rallado, harina de maíz o cortezas de naranjas secas y molidas. Sólo así era posible que el chocolate, bien bastante caro para la época, se vendiese por cuatro gordas en cualquier esquina.

La historia de estos pequeños siglos del chocolate en Europa es la historia de una continua polémica entre médicos sobre las propiedades del chocolate, que unos tenían por lo más sano del mundo y otros por el origen de grandes males. Madame de Sevigné, célebre autora de epístolas y enemiga del chocolate, lo acusa de causar fiebres mortales a sus consumidores habituales. Por su parte, otra francesa, la condesa de Aulnoy, que escribió un libro sobre sus viajes por España, describe una fiesta que le dio una aristócrata española, fiesta en la que le maravilló, por ejemplo, encontrarse con que las damas invitadas fueron servidas con dulces, todos envueltos en papel dorado. En aquel entonces, por lo tanto, a las españolas les preocupaba ya pringarse las manos, mientras que a las francesas, por qué será, aún no les había surgido la preocupación de llevar los dedos sucios.

Otra cosa que destaca la de Aulnoy son las enormes cantidades de chocolate bebidas por las contertulias (hasta seis jícaras con sus bizcochos, lo cual deben de ser como diez tazas por lo menos). Pero lo increíble es la apostilla que deja: «No me extraña ya que las españolas estén flacas, pues abusan del chocolate». Con un par.

En España, la gran preocupación era saber si podía considerarse o no alimento de vigilia. La polémica continuó hasta que el un tal padre Francisco María escribió un opúsculo declarándolo alimento apto para el ayuno. No creo que sepamos nunca si verdaderamente lo pensaba o es que tenía miedo de que lo tirasen por la ventana del convento si decía lo contrario. En Italia también pensaron en prohibirlo. Hasta que lo probó el Papa, Clemente VII, momento a partir del cual el Vicario de Cristo decretó que aquello no podía ser cosa mala (y, hemos de suponer, pidió que le trajeran más).

Regresando a Francia, encontramos al célebre cardenal Richelieu engullendo chocolate muy a menudo. O a María Teresa, esposa de Luis XIV e hija de Felipe IV, la cual, a pesar de que su marido aborrecía esta bebida, la consumía en tales cantidades que acabó con la mitad de la dentadura severamente picada.

Y de esta forma, tan dulce y tan intensa, el chocolate entró por la puerta grande de nuestros gustos culinarios, junto con otros diversos productos que le debemos a América, tales como la patata, el pimiento o el tomate. Y durante mucho tiempo hicimos buenos dineros con el monopolio de la importación de cacao, hasta que Felipe V lo vendió, en 1728. En algunos países nunca penetró seriamente (así, en Alemania) e, incluso, en Francia no se consumió masiva hasta que en 1815 se perdieron todas las cosechas. Luego llegó la colonización de África, en cuyas tierras el cacao se ambientó a la perfección, que colocó en el frontis del chocolatismo a nuevos jugadores, como Bélgica.

Por cierto, un consejo: si vais a Bruselas, no os dejéis asombrar por los chocolates de marca que mucha gente conoce y tal. Belgian truffles. Son bastante más baratos, y nunca he han dejado mal.

Y digo esto de que nunca me han dejado mal porque este cronista bloguero, señores, entre comerse un bombón y una chistorra frita hace seis días, no se lo piensa ni dos veces.

Así que supongo que algún día tendré que buscar lecturas sobre la historia de la chistorra.