miércoles, enero 26, 2011
Y Cayo Mario dijo: ¿por qué no yo?
El otro gran elemento de limitación en el acceso al poder era la riqueza. Para acceder al cursus honorum y ascender por él era necesario demostrar determinado nivel de riqueza. Teóricamente, ello se hacía para garantizar que el político (el senador, el edil, el cuestor, el cónsul) no tenía que trabajar para vivir, así pues se podía dedicar de lleno a la res publica. En realidad, sin embargo, aquella medida censitaria tenía como función mantener el poder en manos de una determinada clase, la de los patricios, de modo y forma que éstos, es decir las familias romanas de toda la vida, pudiesen, cuando les petase, dar alpiste a la nobleza ecuestre, a los tribunos de la plebe, a los itálicos o cualesquiera otros electrones de ese átomo llamado Roma y cuyo núcleo eran ellos. La República romana, por mucho que elementos como Suetonio o el emperador Claudio Druso Nerón Germánico imaginado por Robert Graves la recordasen como un régimen de libertades, no es sino el germen del Imperio. Pues el Imperio no es sino el resultado de una República en la que las circunstancias obligaron a dar a uno un especial poder sobre los demás: Mario por los galos, Sila por Yugurta y otras cosas, Julio y Pompeyo por las suyas y, finalmente, Augusto.
Desde Roma, cuando menos, existe el problema, o si se prefiere la gran pregunta filosófica, de si el político debe ser:
* O bien un profesional de la política,
* o bien una persona que pueda permitirse dedicarse a la política,
* o bien una mezcla de ambas cosas: alguien que tenga un modo de vida, pero también se dedique a la política.
Egipcios y griegos, que vienen antes de los romanos, no tienen ese problema, a mi modo de ver, cuando menos en la misma intensidad. Y Roma, que en buena parte es la civilización que formatea el disco duro de Occidente para que a partir de ahí se vaya llenando de datos (pero siempre con la estructura inicialmente establecida), no lo resolvió en modo alguno. Durante muchos siglos después de su civilización, el ámbito público y el privado se han mezclado sin problema en un inaprehensible potingue de poder. Ambrosio Spinola, por ejemplo, fue al mismo tiempo el commander in chief durante buena parte de la guerra de Flandes y su banquero (aunque a la larga el negocio no le salió muy bien). El asunto de los ejércitos en guerra es el mejor ejemplo de que el ejercicio del poder en una nación ha estado hasta hace muy poco reservado a los pudientes. Cuenta Jorge Vigón en su libro sobre el arma de Artillería en España que la misma ostentaba en el siglo XIX con orgullo su apellido de Real, que otras armas no podían llevar, porque en las guerras renacentistas y posteriores era costumbre que las únicas fuerzas militares que aportase el rey (esto es, el Estado) por sí mismo fuesen las artilleras; así pues, mientras caballeros e infantes eran en realidad propiedad del conde de tal o el barón de pascual, los artilleros eran reales. Todo lo demás, pues, ejército prestado.
Al menos hasta la Restauración, según tengo leído en algunos debates de las Cortes, el cargo de diputado era no retribuido. Los componentes del legislativo, por lo tanto, habían de ser gentes que se buscasen la vida de otra manera. Este esquema, que puede parecer excelente a todas las visiones que hoy quieren recortar los derechos de los diputados, es, sin embargo, en buena parte responsable de la intensa corrupción de la vida parlamentaria española, que solemos conocer como caciquismo. El diputado de la época era un señor de negocios, rara vez un profesional, que llegaba al escaño comprando votos o condicionándolos gracias a su dominio sobre el área de voto, y que, una vez llegado al hemiciclo, no apreciaba problema alguno en aprovechar esa posición para favorecerse en su vertiente de creador de valor añadido. En las Cortes había, desde luego, algunos freaks que vivían de lo que sus organizaciones políticas les aportaban, pero eran eso que los problemas de física del colegio llaman un rozamiento despreciable.
La II República española supuso la entrada en tropel en el Legislativo de maestros, obreros, mediopensionistas et altera. Es casi la primera vez (antes puede haber habido otros casos pero, como digo, no son relevantes) en la que se plantea una nueva cuestión: la reacción de la persona que vive mejor siendo político que siendo lo que quiera que fuese antes.
Miguel Maura, político conservador que colaboró en la llegada de la República, fue ministro de la misma y acabaría renegando bastante de ella, cuenta en sus memorias que, en cierta ocasión años antes de la República, durante sus vacaciones veraniegas en su hotel (hoy decimos chalé) cercano a Villalba, en la sierra madrileña, oyó que le llamaban por su nombre. «¡Maura, Maura!». Él contestó la llamada, pero la voz siguió con la cantinela como si él no hubiese dicho nada. Finalmente, se levantó, salió al jardín y buscó la procedencia de la voz. Acabó asomándose a la valla baja que lo separaba del chalé de al lado, donde descubrió a la criada de Pablo Iglesias que buscaba al perro del líder del PSOE, al cual don Pablo, en un rasgo de fino humor, le había puesto el nombre Maura (aclaración: esta anécdota es equivalente a que, a día de hoy, Zapatero tuviese un perro que se llamase Aznar).
De esta anécdota aprendemos tres cosas: Pablo Iglesias tenía perro, tenía criada y veraneaba en un chalé en la sierra. Evidentemente, no lo pagaba con su sueldo de tipógrafo.
Con la única excepción de personas como Iglesias, casi nadie antes de la II República, ni Silvela, ni Sagasta, ni Cánovas, ni Narváez, ni Mendizábal, ni Cristo que los fundó, se encontró en la situación de tener que vivir de ser diputado. El padre de Miguel Maura, Antonio, líder conservador durante muchos años, reunía a sus correligionarios de las Cortes en su propia casa; lo cual nos da el dato interesante de que cabían, así pues no era cualquier casa.
El mundo contemporáneo, históricamente, se ha movido, pues, entre dos preguntas a la vez complementarias y contrarias. Una es: ¿acaso el político que no cobra lo suficiente no se corrompe? Y la otra es: ¿acaso el político que cobra mucho no tiene la tentación de profesionalizarse?
En las últimas horas ha declarado el diputado catalán Josep Antoni Durán Lleida que las medidas que se están proponiendo de obligar a los diputados a declarar sus patrimonios y actividades y tal vez recortarles las pensiones están abocadas a crear un parlamento de gente pobre. En realidad, se equivoca. A lo que pueden llevar esas medidas, y la Historia del parlamentarismo español lo demuestra, es a crear un Parlamento de cresos, ya que sólo éstos podrán atender las sesiones sin que sus hijos pidan teta y no tengan.
La sociedad española actual tiene una relación de amor-odio con sus diputados que viene de largo. La polémica sobre el sueldo de los diputados es como los brotes de gripe; surge cada dos o tres inviernos con una enorme virulencia, y se disuelve de repente. En la Transición, la sociedad española vivió una luna de miel con sus diputados y senadores, especialmente los españoles de izquierdas al ver a los exiliados regresar a la casa común e, incluso, encontrarse nada menos que a Dolores Ibárruri presidiendo el Congreso por razones de edad. Los hombres de la Transición, etapa cívica donde las haya, tuvieron el civismo de no recordarle que en aquellas mismas bancadas, un día ya lejano, aquella misma mujer había amenazado de muerte a otro diputado...
Esa euforia, sin embargo, duró poco, y fue sustituida por el lento goteo que, desde más o menos la primera victoria del PSOE, ha ido cristalizando en todas esas formas de pensar que sustentan frases como «todos los políticos son iguales».
Los diputados se sienten agredidos por quienes se meten con sus sueldos, con sus pensiones, con sus actividades y sus patrimonios, convencidos como están de que les asiste la razón. Y les asiste: como digo, el diputado que se sostiene por sí solo no es otra cosa que un representante público con patente de corso para corromperse. Pero, lamentablemente para ellos, no acaba ahí la historia. Hay más cosas, todo un mundo de conceptos que nuestros representantes políticos tienden a desconocer.
Las críticas a sueldos y pensiones no son otra cosa que una fiebre; no la enfermedad. La enfermedad es el extrañamiento entre los ciudadanos y las personas que los representan. Y este extrañamiento es algo que los politicos han buscado con ahínco, porque les viene muy cómodo.
En los años de la Restauración, los distritos electorales eran pequeñísimos. Se era diputado por Priego, o por Cabra. Los padres de la República vieron clarísimo que ahí residía la clave del caciquismo; el señor de tal o cual demarcación, el hombre que daba empleo a la mayoría de los ocupados en los campos de trigo de que formaba parte, era quien, al fin y a la postre, decidía a quién se votaba, o sea a él. Por eso, la II República reformó el régimen electoral para ir a las circunscripciones provinciales. Dominar el electorado de Córdoba o de Cuenca ya no es tan fácil.
A esta decisión, que como digo data de la II República, se une otra, producida ya durante la Transición, que es la opción por las listas cerradas y el voto a mogollón. Si vives en Madrid, en Barcelona, en Valencia, en Sevilla, para ti votar es votar a un par de decenas de señores de una vez, de los cuales apenas conoces a uno o dos, y eso con suerte.
Listas cerradas es una expresión absolutamente sinónima de profesionalización de la política. Las listas cerradas son la sopa de Oparin de donde nace el político profesional, el político que sólo es político porque, en realidad, es un señor cuya pervivencia en el puesto ya no depende de sus electores, sino de su jefe o líder, que es el que, al fin y a la postre, mece la cuna de la Comisión de Listas del partido que se trate.
Lo que ocurre en la España moderna es, pues, simple de formular: hemos cambiado el sistema por el cual el diputado lo era gratis et amore et corruptione; para mutarlo por un sistema en el que la inmensa mayoría de quienes tienen la posibilidad de ser diputados acceden con ello a un nivel de vida que no pueden pagar en su vida civil. Su nivel de vida, pues, se liga al hecho de que pervivan como Padres de la Patria, así pues están dispuestos a hacer lo que sea por permanecer. Votan disciplinadamente, critican lo que haya que criticar, hoy están en contra de A y mañana, cuando su líder cambia de opinión, apoyan A con la misma pasión con la que la atacaban 24 horas antes. Para muestra, las opiniones de tantos y tantos políticos socialistas sobre el desplazamiento de la edad de jubilación, que hace seis meses eran unas y hoy son las contrarias.
Contra lo que pueda pensar Durán Lleida, el sistema actual dista mucho de ser justo y mucho menos perfecto. Si las personas perciben que el diputado tiene privilegios no es tanto por la cuantía de éstos, sino por una absoluta falta de empatía hacia el representante público. Hoy, 2010, estamos como hace cien años, durante la Restauración, cuando los diputados, en puridad, no representaban a nadie salvo sus propios intereses y los de su partido (que, insisto, con listas cerradas, son la misma cosa).
A mi modo de ver, es importante que los representantes públicos entiendan esto. Entiendan que, lejos de encastillarse en que ellos tienen la razón, el hecho de que en un debate tan importante como el de las pensiones de lo que se hable sea de las que va a recibir un grupo de menos de 2.000 españoles, es algo a lo que conviene prestar atención. A mi modo de ver, prueba de lo desnortada que está la clase política española hoy es el orgullo con el que el propio Durán Lleida asevera que él no tiene otra actividad nada más que la de diputado. ¿Es eso una virtud? Para él, sí. Para mí, no. El día que el señor Durán sea colocado frente a la decisión entre una medida que puede salvar el empleo de 100.000 catalanes pero puede costarle el puesto (que es, como el mismo dice, su única fuente de ingresos), y otra más populista pero que a la larga los llevará al paro, ¿que motivo tiene exactamente para no elegir la segunda?
Como decía al inicio de estas reflexiones, estamos hablando de un problema irresuelto desde el lejano día en que Cayo Mario, un pijo de provincias sin pedigree patricio y con notable inteligencia militar, decidió romper con la pana del rígido sistema de representación pública de la República romana, y consiguió ser siete veces cónsul. Pero si la clase política no lo mira a los ojos, no reflexiona sobre él, no conseguirá otra cosa que extrañarse de sus votantes y acentuar el carácter de logia cerrada que ya tienen los partidos políticos, en grado sumo, en la hora presente. A mi modo de ver, esta crisis tan profunda, que lleva camino de cambiar tantas cosas, también debería provocar un cambio: el fin, o cuando menos la mutación, de la figura del español que es, de profesión, dirigente partidario y representante parlamentario.
Remember: la repugnancia hacia los partidos políticos fue siempre la principal gasolina de aquel motor que hoy llamamos franquismo.
domingo, enero 23, 2011
Mano negra, Mano Blanca (el otro 6, o sea 7)
Yale invitó al propio Masseria a la reunión de marzo del 22. El capo de la mafia de Manhattan, sin embargo, prefirió no ir (no le gustaba salir de su feudo), aunque envió a su lugarteniente Vittorio «The Proffesor» Pascale. Quien sí asistió fue Balsamo, acompañado por sus inevitables Mangano y Guistra; Two Knife Altierri, Augie de Wop, Tony Yale, Fury Argolia, Chootch Gianfredo y Glass Eye Pelicano. En realidad, Yale había convocado aquella reunión para responder al golpe con golpe, así pues quería hablar del asesinato de Joey Bean. Sin embargo, allí estaba Pascale, uno de esos personajes de la mafia dotados de mayor cultura y una mentalidad más estratégica. El profesor, entre frases alambicadas que algunos de sus oyentes tenían dificultades para comprender, propuso otra derivada distinta, derivada que inmortaliza el guión de la tercera parte de The Godfather cuando hace decir a Michael Corleone: «cuando vienen, vienen a por lo que más quieres».
Frío, calculador, se diría que divertido, Pascale propuso el asesinato de Petey, el hermano de Joey Bean.
El 8 de agosto de 1922, domingo, en efecto, Petey Bean murió, aunque lo hizo en unas circunstancias bastante extrañas que, a mi modo de ver, no permiten asegurar que fuera la mafia quien lo mató. Todo ocurrió, como digo, de una forma muy extraña. A las tres de la tarde, las nubes habían comenzado a descargar una potente tormenta sobre Nueva York. Una hora y media después de la tormenta, Kathy Culkin, la hermosa mujer de un policía, le esperaba en Coney Island para irse juntos a casa después de que él volviese del trabajo. Quien llegó, sin embargo, no fue el marido, sino Petey Bean, que había recibido mientras bebía en McGuire's una nota en la que, supuestamente, Kathy le decía que le gustaba mucho y que quería que se viesen.
Petey se acercó a la chica con grandes confianzas, pero fue inmediatamente rechazado por ella, que, claramente, no había escrito nota alguna. Eso hizo que el irlandés se pusiera un tanto violento con la chica pero, finalmente, se retirase ante la reacción de las personas del entorno. Comenzó a llover de nuevo y Petey se refugió en algún lugar cercano. Durante ese tiempo, Dan Culkin, el marido, llegó para encontrarse con su mujer, la cual, entre lágrimas, le refirió la historia del acoso de que había sido objeto por un extraño irlandés. Culkin salió a buscarlo, y lo encontró. Declararía que ambos pelearon y que Bean resbaló, se cayó y se mató. Los forenses, sin embargo, dictaminaron que la grave fractura que presentaba el hueso frontal del irlandés no se la pudo causar cayéndose al suelo, sino por el impacto de algún objeto contundente. El Gran Jurado, sin embargo, dictaminó lo que el lenguaje procesal estadounidense denomina una «no-true bill», que es algo así como el dictamen de que el acusado no ha cometido un crimen. Esto fue así porque un médico asistente, el doctor M.E. Martin, declaró que había establecido que la causa de la muerte de Bean no había sido el golpe en la cabeza, sino un ictus cerebral que atribuyó a su alcoholismo.
¿Pudo la mafia organizar aquellos hechos? Posible, es. Por mucho que se dictaminase la muerte de Bean por causas naturales, nunca se consiguió dar una explicación plausible a la fractura de su hueso frontal. Y los italianos tenían contactos sobrados en la policía y entre los forenses como para haber arreglado un par de cosas.
Para colmo, más o menos en aquella época, un miembro de la Mano Blanca llamado Wally «The Squint» Walsh, consiguió algún que otro testimonio en la calle que le permitió situar a Willie Altierri en la escena del crimen de Charleston Eddie McFarland (sobre todo, logró averiguar, sin sombra de duda, la relación del italiano con la taquillera). Wild Bill Lovett no se lo pensó dos veces. A causa de las sospechas que tenía de que Bean había sido asesinado por la Mano Negra, y de las nuevas que le llegaron sobre el asunto del cine y el cuchillo, decretó la condena a muerte de Altierri, desencadenando una acción que tendría unas consecuencias inimaginables para el mundo del crimen organizado.
Estamos en el 28 de octubre de 1922. Dos y media de la tarde. Un Lincoln negro de 1921 dobla una esquina e ingresa en la Court Street, circulando despacio hasta pararse en la entrada del Veronica's Fruit & Vegetable Market. El coche va conducido por Eddie Lynch, que coloca el vehículo en punto muerto. En los asientos de atrás viajan Joey Bean y Joey «The Bug» Callaghan.
Los viajeros del coche discuten brevemente. Callaghan y Lynch creen que su objetivo aún no ha llegado. Pero Bean dice que no es verdad; que le ha visto ya sentado en el sitio donde se supone que lo van a encontrar. Recordemos, en este punto, que la acción contra Willie Altierri era una venganza por la muerte del hermano de Bean. Es posible que el irlandés estuviese impaciente por tomarse la justicia por su mano y que, por lo tanto, más que ver, quisiera ver.
Lynch, con un suspiro, metió la primera. Ésta era siempre la señal para los asesinos de abandonar el coche.
Junto a la puerta del mercado se encontraba el objetivo de la Mano Blanca aquella tarde: el Carmine's Bootblack, regentado por Carmine Balsamo, sobrino de Don Guiseppe. Ser hijo de la hermana de la madre del capo mafioso era su única relación con la Mano Negra. Carmine no realizaba labores de vigilancia para la Mafia, ni era corredor de apuestas, ni cobrador de préstamos, ni participaba en el tráfico de alcohol ilegal o en la prostitución. Carmine Balsamo era un ciudadano honrado que se ganaba la vida honradamente limpiando zapatos. Su tienda, en lugar de escaparate, tenía tres enormes sillones a media altura, donde sus clientes se sentaban, periódico en mano, mientras él les dejaba los zapatos como espejos. Los hombres de la Mano Negra solían frecuentar su local y le tenían gran cariño. De hecho, Gina Balsamo, hija de Carmine, era ahijada del mismísimo Frankie Yale. Esas amistades habían hecho que Carmine's fuese, de hecho, un monopolio. Todos los limpiabotas que habían intentado establecerse en Brooklyn habían sido «convencidos por las circunstancias» de cerrar sus negocios.
Los dos irlandeses se quedaron de pie frente a un cliente que estaba sentado mientras Carmine le limpiaba los zapatos. El dueño de la tienda se volvió y, nada más verlos, entendió. Gritó algo, se levantó y saltó hacia el interior de la tienda. El cliente no tuvo tiempo para eso. Sólo pudo mirar a los extraños y negar con la cabeza, antes de recibir una lluvia de balas en el pecho.
Bean y Callaghan huyeron del lugar con rapidez, convencidos de dejar atrás lo que dejaron: un cadáver. En el coche, iban exultantes y seguían estándolo en el garage de Baltic Street, donde contagiaron su alegría a Wild Bill Lovett. Habían matado a Willie Altierri. Dos Cuchillos había pagado por lo de McFarland, y quién sabe por cuántas cosas más. En muy poco tiempo, habían herido gravemente al propio Yale y se habían cargado a una de sus manos derechas.
La euforia les duró hasta los periódicos de la tarde.
El muerto no era Willie Altierri. Bean se había equivocado. La persona que estaba limpiándose los zapatos no era Dos Cuchillos, aunque la verdad es que se le parecía. Pero, como digo, no era él. Era un mafioso a tiempo parcial, mayormente un ciudadano de todo respeto, padre de seis hijos, llamado Antonio Gibaldi.
Antonio Gibaldi no estaba llamado a hacer carrera en la mafia. Estaba llamado a ser un italiano más de Brooklyn, dedicado a labores honradas, con conocimientos, sí, entre los soldados de la Mano Negra; pero quién, en aquellos barrios, en aquellos tiempos, no los tenía. Su pecado fue ir a limpiarse los zapatos al mismo sitio que lo hacían los mafiosos (lo cual tiene su lógica, porque era el único sitio disponible en la zona). Hasta aquel día de octubre de 1922, el destino decía que Gibaldi sería un típico pequeñoburgués de principios de siglo, y sus hijos los típicos burgueses italoamericanos que algún día tendrían hijos y nietos que podrían ser incluso alcaldes de Nueva York. Todo eso, sin embargo, se fue a la mierda.
En Carmine's se presentó un joven de 18 años, espigado y contrito. La policía, a indicación del propio Carmine Balsamo, lo dejó pasar. Era Vincenzo Gibaldi,el hijo mayor de Antonio. En aquel momento, es muy probable que Gibaldi hijo jamás hubiese tocado un arma. Pero la visión de su padre descerrajado contra el sillón del limpiabotas lo cambio todo. Algo nació en él. Algo que cambiaría su vida toda.
La vida de Vincenzo Gibaldi, desde el momento en que vio el cadáver de su padre envuelto en sangre en plena calle y el día en que, siendo ya uno de los principales pistoleros de Al Capone, hiciese para él trabajos muy especiales, daría, ella sola, para una película.
martes, enero 18, 2011
Mano negra, Mano Blanca (6)
Poco tiempo después de la muerte de Charleston Eddie McFarland, Giovanni Desso murió a causa de una ensalada de disparos que recibió entre la tercera y 21. Desso no era un asesino, ni siquiera un soldado de la Mano Negra. En realidad, no era nadie.
La muerte de Desso había empezado a fraguarse el 18 de junio de 1921, en una reunión de la cúpula de la Mano Blanca para diseñar un nuevo atentado contra sus enemigos. Poco tiempo antes, Frankie Yale había adquirido un café llamado Sunrise, situado entre la 14 y la 65. El nuevo negocio del italiano era una especie de provocación, puesto que estaba a un tiro de piedra de dos bares ilegales de los irlandeses. Como Yale no podía llevar el negocio él solo, pensó en Anthony Desso. Desso trabajaba en el Adonis de Fury Argolia, donde primero fue portero y luego camarero y era el hombre ideal para levar el negocio. Argolia no le podía negar el traspaso.
Los irlandeses decidieron matar a Tony Desso por esa razón. Encargaron su vigilancia a Edward «The Fart» O'Toole. El Pedo se había ganado ese sobrenombre a causa de su afición desmedida hacia las baked beans, que consumía a todas horas del día (hecho éste inexplicable para el autor de estas notas), y que por ello le producían una repugnante flatulencia casi continua. O'Toole vigiló y marcó a su objetivo, proceso en el que aprendió que todos los domingos visitaba a su hermano Giovanni en el muelle 21, donde trabajaba. Lovett encargó a Pug McCarthy y Needles Ferry el asesinato del gerente del Sunrise. Los dos asesinos, sin embargo, se equivocaron al realizar la acción, y mataron al hermano, cuya única experiencia mafiosa había sido dar un par de manos de hostias a estibadores del muelle que se habían retrasado al devolver los préstamos de la organización.
A las ocho de la noche del día siguiente al asesinato, Giuseppe Balsamo, su número dos Vincenzo Mangano y su asesino preferido, Silk Stocking Gistra, se personaron en el café Sunrise de Yale. Frankie fue directo al tema: quería devolver el golpe, y quería, además, contratar los servicios de los hombres de Balsamo, para ello. Para los mafiosos de Little Italy, ésta era una oportunidad de oro, y no la rechazaron. Aceptaron sin pestañear la petición de Yale de recibir en préstamo a Pietro «Shotgun» Mormillo, Dominick «The Gee» Mormillo y «Bloddy Nino» Mormillo. Los tres hermanos Mormillo eran unos especialistas en camuflarse y disfrazarse para cometer sus acciones.
El domingo, 26 de junio de 1921, a la 1,30 de la tarde, Augie The Wop Pisano recogió a los hermanos Mormillo en la esquina entre la Cuarta y Sackett Street. En un Buick Sedan negro de 1920 (el coche mafioso por excelencia), se dirigieron a Union Street y se pararon frente al mercado de pescado de San Antonio. El mercado estaba cerrado, pero en una de las tiendas les esperaba su dueño, Antonio Fugetta. En la pescadería de Fugetta recogieron la artillería que les hacía falta. Luego Pisano condujo hacia Furman Street.
Una hora antes, Nick Glass Eye Pelicano había telefoneado desde su puesto de vigilancia informando de que Pug McCarthy y Irish Eyes Duggan estaban en el Salón McGuire's, en Furnam. El Buick llegó, y esperó. Hasta que los dos irlandeses salieron y tomaron su propio coche, un Ford Coupe. La calle Furnam era estrecha pero de dos direcciones, y terminaba en los muelles. Para ir hacia Brooklyn, los irlandeses deberían conducir hacia los muelles y una vez allí dar media vuelta por la misma calle. Los italianos los bloquearon allí. Para cuando el Buick se cruzó, los Mormillo habían saltado ya al piso. Escupieron una lluvia de balas sobre el Ford, como dicen los médicos, incompatible con la vida. Luego, entre todos, empujaron al agua el coche con sus muertos dentro.
Habían pasado 11 meses desde que la guerra comenzase. Desde entonces, los italianos habían perdido cuatro miembros, y los irlandeses nueve. Pero, extrañamente, pasaron ocho meses sin represalia alguna. Muchos pensaron que se había producido un alto el fuego.
Lo cual no era verdad. Wild Bill esperaba el momento de su gran golpe.
El líder de la Mano Blanca quería precisamente que los italianos creyesen que se había producido un alto el fuego tácito. De hecho, es lo que Fankie Yale se había permitido pensar en la cena del 7 de febrero de 1922, martes. Yale tomaba en su Sunrise un buen filete en compañía de dos de sus soldados del sector de Bay Ridge: Gino Ballati y Miguel Dimesico. En los últimos tiempos, Ballati y Dimesico se habían consolidado como guardaespaldas del jefe, completando el equipo del que ya formaban parte Augie Pisano y Frenchy Carlino como conductor. Aquella tarde, sin embargo, Yale sólo tenía a la mitad del equipo porque tenía proyectado estar en un lugar bien protegido. Tenía la intención de visitar a Joe «The Boss» Masseria, el jefe de la mafia de Lower Manhattan, y que ese día celebraba en una fiesta en Duane Street, a la que había invitado a Frankie. Hacía poco tiempo, de hecho, que Masseria había sucedido a Inazio Sietta, conocido como «Lupo the Wolf», que había quedado impedido tras un accidente.
Los tres italianos subieron al Cadillac de Yale. Dimesico tomó el volante. Cruzaron el puente de Brooklyn hacia Manhattan. En la curva de Park Row, Dimesico dio un respingo al volante y señaló a Yale a un tipo en la calle. ¡Era Wild Bill Lovett! Los guardaespaldas miraron al jefe en procura de instrucciones. Pero Yale hizo un rictus de desprecio con la boca y ordenó seguir hasta la fiesta. Si era Lovett (que lo era), poco podía hacer en territorio de Masseria.
Aparcaron el Cadillac unos metros más allá, en el aparcamiento de Duane Street. Salieron del coche y se dirigieron lentamente, entre los coches, hacia el baile.
En la puerta del local les recibió una lluvia de balas del 38.
Dos de los proyectiles se quedaron a vivir en el cuero cabelludo de Dimesico. Los 130 kilos de matón se fueron contra la pared, chocaron con ella, y cayeron al suelo como el peso muerto que ya eran.
Ballati y Yale se tiraron al suelo. El guardaespaldas trató de ganar un mobiliario urbano de piedra tras del cual protegerse, pero en el movimiento se llevó una bala en el hombro. Fríamente, sin embargo, el experimentado soldado de la mafia había sido capaz de localizar la ventana en el segundo piso de un edificio de enfrente desde donde se producían los disparos. Pero no podía contestar. El balazo le había dejado inútil para la lucha. Yale, por su parte, estaba pegado al suelo, ofreciendo un blanco lo más difícil posible, sin mover ni un pelo del culo. Esperó interminables segundos, creyendo que los hombres de Masseria, oyendo los disparos, saldrían a la calle en tropel. Pero no contaba con que el baile ya había comenzado. De hecho, dentro de la sala había tal follón que nadie, absolutamente nadie, había oído los disparos.
Cuando se dio cuenta de ello, Frankie Yale se dio cuenta de que tenía que ganar la puerta del salón de baile, o era hombre muerto. Así que preparó el movimiento y, finalmente, saltó lo más ágilmente que pudo hacia la puerta. Cuando agarró el pomo, sintió la primera bala chocar contra la madera de la puerta, a unos centímetros de su cabeza. La segunda le dolió bastante más cuando, viajando desde su espalda, se alojó en su pulmón derecho.
Cuatro médicos intervinieron a Yale durante cuatro horas en el Gouvernour Hospital.
La policía hizo pleno en sus sospechas. Detuvo a Garry Barry y Joey Bean, que de hecho eran quienes dispararon desde el segundo piso; a Pegleg Lonergan, que era el marcador que había vigilado la llegada de los italianos. Y a Wild Bill, que había ordenado la operación y que si estaba por las cercanías era para asegurarse que el trabajo se hacía. Pero cuando los policías llevaron al hospital a los cuatro irlandeses, Yale se mostró indignado y les preguntó cómo se atrevían a traer a su amigo Lovett en calidad de sospechoso.
El 1 de marzo, Yale abandonó el hospital, no sin entregar cien dólares a cada uno de los cirujanos que le habían operado y veinte a cada una de sus enfermeras. Aunque los hechos tienen un pálido paralelismo con los sucesos contados en The Godfather es, como digo, pálido. Yale nunca estuvo en peligro de ser rematado en el hospital por los irlandeses. La policía temía esa posibilidad, y se ocupó de no permitirlo. Se pongan Mario Puzo y Coppola decubito prono o decubito supino, lo cierto es que no hay policía en el mundo, al menos de un país democrático, que pueda soportar el escándalo de que a alguien contra quien se ha atentado en la calle sea rematado en el hospital.
Masseria quería una vuelta rápida de Yale a Brooklyn. En Manhattan ya había demasiados tiros a causa de su guerra con los llamados turcos, es decir Salvatore Maranzano, Joe Profaci, Thomas «Three Finger Brown» Luchese, Joseph «Joe Bananas» Bonano, o Stefano Maggadino. Yale regresó a su barrio sano y salvo, y allí se enteró, por Willie Altierri, de que la policía tenía algunos indicios que identificaban a Joey Bean como uno de los autores de los disparos contra él.
La Mano Negra convocó una reunión de alto estado mayor en la tarde del 22 de marzo de 1922.
lunes, enero 17, 2011
Cohesión salarial de España
El 30 de diciembre pasado, o sea casi en las últimas horas del año que curraron, el INE colgó en su página web los últimos datos de la Contabilidad Regional de España. Entre otros datos, publicó la cuenta macroeconómica de las comunidades autónomas españolas con datos homogéneos desde 1995 hasta el 2009. La Contabilidad Nacional es siempre muy jugosa por las enormes facilidades que tiene de hallar ratios y magnitudes medias o globales que permiten hacerse una idea de la evolución dinámica de la economía, en este caso desde el punto de vista geográfico.

Estos datos ya, de por sí, permiten estimar que el periodo 1995-2009 ha sido prolijo en convergencia económica regional, cuando menos en lo que al salario por asalariado se refiere. En dicho periodo tres comunidades: Cataluña, País Vasco y Navarra, habrían tenido una evolución negativa del salario per cápita en términos reales (esto es, una pérdida de poder adquisitivo macroeconómica); y cabe recordar que estamos hablando de tres de las regiones con más alta renta media, según las estadísticas.
El resto de las regiones ganaron poder adquisitivo, pero las que más lo hicieron tienden a ser las más pobres: Extremadura con casi un 26%, Castilla La Mancha un 17%, y Galicia un 15%, son las tres comunidades con ganancias de dos dígitos.
Para poder expresar la convergencia de una forma más visible, se me ocurrió hallar la desviación típica del conjunto de los valores de cada comunidad autónoma, y hallar el porcentaje que supone esa desviación típica respecto de una media media, para lo cual he tomado la mediana, aunque los resultados respecto de la media son prácticamente iguales.

Esta ratio ha pasado de casi un 12% en 1995 a prácticamente la mitad en el año 2009, mostrando, además, una tendencia descendente tan constante como regular, con un pequeño frenazo en el año 2007; la tentación es a adjudicarlo a los primeros coletazos de la crisis pero, dado que la tendencia no se consolida cuando dicha crisis se hace más grave y presente, creo que habría que ser cautos en la conclusión.
Cuando menos en lo que a esa vertiente fundamental de las rentas que son los salarios, pues, puede decirse que el periodo reciente de la Historia económica de España puede haber sido, tal y como sugieren las cifras, un periodo de intensa convergencia de rentas entre las regiones más pobres y las más ricas. Si la evolución tiene visos de continuar, si tiene un suelo o no, son cosas que le dejo a los econometras.
viernes, enero 14, 2011
Mano negra, Mano Blanca (5)
En menos de un mes se habían producido en Nueva York dos matanzas. Demasiado, incluso para una policía que no tenía la fuerza de la actual, y una opinión pública que, por ser aún en parte decimonónica, parecía más o menos preparada para cosas así. Frankie Yale, que tenía una mente mucho más estratégica que la de sus oponentes irlandeses, se dio cuenta de que lo mejor era levantar el pie del acelerador. Sin embargo, eso no significaba dejar de correr. La Mano Negra y la Mano Blanca estaban en guerra, la segunda había sido la que había dado su último golpe, y ahora los italianos no se iban a quedar quietos. De hecho, cuando comenzó la guerra, en aquel periodo de nueve meses en que pasó Yale sin responder por el asesinato de Crazy Benny, el líder de la mafia italiana de Brooklyn ya había tenido que escuchar alguna que otra frase dura por parte de sus lugartenientes. Lo primero con que tiene que lidiar un capo con la mente fría es con su propia gente. La mayor parte de las veces, entre general y soldados se establece una relación parecida a la que Coppola describió entre Vito Corleone y su hijo Sonny. La mayoría de los mafiosos eran, o son, como el personaje interpretado por James Caan: sanguíneos, vehementes, temerarios. Las guerras no pueden parar así como así, a menos que quien las para se exponga a perder su autoridad.
Yale tranquilizó las calles. Pero inauguró una nueva etapa de la guerra entre grupos de crimen organizado en Nueva York: el asesinato selectivo.
Escogió a Charleston Eddie McFarland no tanto por ser la mano derecha de Wild Bill Lovett, puesto que le corresponde más bien a Piernamuerta Lonergan, como por el elevado simbolismo que sabía que tendría esa acción entre su gente. Los italianos sabían que había sido McFarland el que había disparado la bala que reventó la cabeza de Annie Balestro en el Staunch's. Suya fue también la que hirió a Fury Argolia. En la tarde del domingo, 19 de marzo de 1921, Charleston dejaría de bailar mientras disfrutaba de una agradable velada en el Para's Court Theater de Brooklyn.
Charleston Eddie tenía una novia de bastante buen ver, Joan Finnegan. Estaba bastante coladita por ella y ella, por su parte, era una chica de las de antes, de las de noviazgo largo y bastante monótono. Aquellos eran otros tiempos, las oportunidades de ocio eran menores, y eso hacía que fuese habitual que las existentes se repitiesen de una forma casi obsesiva. La parejita McFarland-Flanagan, por lo tanto, iba al cine todos los domingos por la tarde. Iba, además, al mismo cine: el Para's, que estaba a un tiro de piedra del muelle de la Gowanus y en pleno territorio irlandés. Durante todas las semanas que habían pasado desde la mantanza del Staunch's, Willie Two Knife había estado marcando a la pareja y aprendiéndose sus hábitos. Altierri hizo su trabajo de forma excelente. Descubrió que la vida de McFarland tenía cinco puntos en los que se apoyaba: el garage de Baltic Street, la taberna de McGuire, la de O'Brien, los billares Mahar's Pool en la cuarta, y el Para's. Los cuatro primeros lugares ofrecían pocas garantías para una acción limpia, simple y cuyo perpetrador tuviese además grandes posibilidades de escapar.
Willie Altierri comenzó a pelar la pava con Sally Lomenzo, una chica normalita del barrio, que resulta que trabajaba de taquillera. En el Para's, por supuesto. Por medio de las habituales zalamerías y promesas más o menos cumplidas, se ganó su confianza y obtuvo un dato crucial, un dato que acabó de clavar el último clavo del ataúd de Charleston Eddie McFarland: la pareja de novios se había acostumbrado tanto a ir todos los domingos al mismo cine que hasta ocupaban siempre las mismas localidades: las dos localidades de pasillo de la penúltima fila de la sección central, entonces llamada de la orquesta. Detrás había cuatro filas más: el área de fumadores.
Era el momento de telefonear a Capone.
Willie Dos Cuchillos ardía en ganas de matar él a McFarland. Disponía, además, de las habilidades necesarias para ello. Sin embargo, Yale lo juzgó demasiado arriesgado. Al fin y al cabo, un ginzo se tenía que meter en territorio de los micks, entrar en un cine sin ser reconocido, etc. Era algo que podía salir mal de muchas formas, y Yale quería un trabajo perfecto. Capone, que aquel día estaba de excelente humor, bromeó con Yale informándole que le enviaría a Frank Galluch; lo cual era obviamente mentira, por Galluch era el tipo que le había rayado la cara a Capone durante una pelea en sus años mozos y le había dejado la cicatriz por la cual le llamaban Scarface, y que él se pasaba las horas tratando de disimular. Finalmente, el jefe de la mafia de Chicago le dijo a Yale que enviaría a todo un experto: Edward «Honey Boy» Fletcher.
Aquel domingo 19 de marzo, el Para's ponía El retorno de Tarzán, protagonizada por Gene Polar y Karla Schramm; con un cortometraje previo de Charlie Chaplin. Fletcher y Altierri se acercaron por el cine en un Chevrolet y aparcaron en la esquina de la calle DeGraw. En el coche, probablemente, Altierri y Fletcher fueron intercambiando información técnica sobre las formas que utilizaban cada uno para matar a cuchillo. Ambos eran expertos con las armas blancas.
Nada más entrar en la sala oscura, Fletcher comprobó que las filas de fumadores estaban vacías. Eso facilitaba las cosas. Se sentó en la última fila de la sección central, dejando tres asientos de distancia en horizontal entre él y Eddie McFarland.
A Fletcher le gustaban los trabajos rápidos. Entrar, y salir. Así matan los asesinos silenciosos. Pero aquello se le dilató más de media hora. Fletcher, buen conocedor de los usos de su época, sabía que las mujeres de su tiempo tenían costumbres muy fijas. Hoy en día, su asesinato no sería posible debido a los notables avances registrados en la cosmética femenina, porque tú lo vales, que han inventado maquillajes prácticamente eternos que aguantan horas y horas sin retoques. La señorita Flanagan, sin embargo, no tenía de eso. La mujer que en 1921 quería estar perfecta tenía que acudir de cuando en cuando al baño a tunearse. Aquella tarde, sin embargo, el maquillaje aguantó lo suyo, hasta que, finalmente, y tal y como Fletcher había esperado, ella se acercó a su novio y musitó.
-Be right back, sweetheart.
Así pues, «cariño» fue la última palabra que escuchó Charleston Eddie McFarland.
Nada más marcharse ella al baño, Honey Boy se movió sigilosamente de asiento, hasta situarse justo detrás del irlandés.
Morrie, el pobre diablo coñazo de Goodfellas, es asesinado por Tommy de Vito clavándole un punzón en la nuca desde el asiento de atrás de un coche. A Eddie McFarland no lo mató un punzón. Lo mató un cuchillo de carnicero, con una enorme hoja de 12 pulgadas, reafilado hasta que fuese capaz de cortar en dos un pelo en el aire. Fletcher, en menos de dos segundos, rodeó el pecho del irlandés con su brazo izquierdo y con el derecho le cortó la garganta, de parte a parte. Necesitaba cortar la yugular para matarlo rápidamente, y las cuerdas vocales para que no gritase. Ambas cosas las hizo en el mismo corte. Luego, como diría un taurino, se adornó. Le clavó en silencio el cuchillo en el pecho varias veces. Después, sacó de su bolsillo un pañuelo de mujer que traía, secó con él la sangre del cuchillo, y lo tiró a los pies de McFarland. Aquello era un truco para hacer creer a la policía que se había tratado de un asesinato pasional. Además de que las mujeres no suelen hacer esas cosas (por alguna razón que supongo explicarán mejor los sicólogos, en general las mujeres que matan rehúyen los lugares públicos para hacerlo), la policía no tardaría en darse cuenta que, siendo como era McFarland una bestia parda, si lo hubiese matado una mujer habría tenido que tener una fuerza descomunal para una fémina si quería inmovilizarlo con el brazo izquierdo.
Toda una espiral de violencia estaba en marcha.
martes, enero 11, 2011
Mano Negra, Mano Blanca (4)
Cualquier persona que es aficionada a ver las pelis en blanco y negro de mafiosos de toda la vida está acostumbrada a ver a los pistoleros de la mafia utilizar estuches de instrumentos musicales para guardar las armas. Hay un interesante parecido entre la metralleta corta y el violín que hace de la carcasa de éste un buen candidato para guardar allí un arma. La realidad, luego, va por otro lugar. El guardaespaldas más cercano a Ronald Reagan cuando fue objeto de un atentado sacó en cuestión de medio segundo un arma corta del portafolios que llevaba; desde que descubrí esto, siempre me pregunto si los tipos trajeados que parecen llevar papeles al lado de la gente importante son realmente eso. En todo caso, este detalle de guardar el arma en estuches de instrumentos musicales bien pudo nacer en el Staunch's Hall, el día que Wild Bill Lovett decidió devolverle golpe por golpe a Frankie Yale.
Los irlandeses, convocados por su líder, se reunieron el sábado, 21 de febrero de 1920, en el almacén de las Caledonia Shipping Lines, en el número 25 de Bridge Street, muy cerquita del puente de Brooklyn. El orden del día de la asamblea sólo tenía un punto: devolver el golpe. 25 miembros de la Mano Blanca estuvieron en aquella reunión.
Fue la reunión más maloliente que jamás celebró la Mafia. Un carguero de la compañía, el Miguel Sorcos, acababa de descargar en el muelle varias toneladas de fertilizante potásico procedente de Galverston, Texas. El lugar, por lo tanto, olía como el ojo del culo de Godzilla tras un banquete de fabada marina.
A Wild Bill Lovett le costó conseguir la atención de su audiencia, más preocupada en quejarse del olor apestoso del lugar; pero, cuando lo consiguió, dio el golpe de efecto que sabía que colocaría a sus compatriotas en el lugar sentimental en que él quería tenerlos: dio la palabra, y cedió la iniciativa,a Dicky Lonergan, el viudo de Sagaman's; el hombre que había perdido en la matanza a su novia, Mary Reilly.
Un accidente cuando tenía 12 años había provocado la mutilación de la pierna izquierda de Lonergan, sobre cual había pasado un camión de carga. Sin embargo, ser cojo y llevar pata de palo no le dolía a Lonergan ni la centésima parte que la muerte de Mary, y todos allí lo sabían. Por ello, fríamente, Lonergan había movido sus hilos y contactos para tener algo que llevarles a sus compañeros en la reunión, y lo había conseguido. En medio de aquel olor nauseabundo a fertilizante potásico, Lonergan informó a los asistentes de que sabía que los italianos iban a celebrar su matanza mediante un baile en el Staunch's Hall, en la avenida Surf.
Pegleg no sólo había conseguido la información. Había planeado la totalidad del golpe. Sería un baile con orquesta en directo, como todos en aquella época en la que aún no existía el emule. La orquesta normal de aquellos casos estaba formada por cuatro músicos. Lonergan y otros tres miembros de la Mano Blanca sustituirían a los miembros reales de la orquesta; en aquel tiempo era imposible que la orquesta contratada tuviese miembros negros, pues eran aún los tiempos en los que los negros tocaban para los negros, los blancos para los blancos; y cabe decir que los inmigrantes italianos de Nueva York eran especialmente renuentes a tener tratos con gente de color. Camuflados como músicos, podrían llevar sus armas en los estuches de los instrumentos. Nadie tendría la capacidad de reaccionar a tiempo cuando decidiesen disparar. Eddie Lynch, el que podríamos considerar como consejero-delegado de la unidad de prestamistas de la Mano Blanca, se encargaría de seguir a los músicos desde su salida hacia la sala (Lonergan se había preocupado de obtener la dirección) y de impedir que pudiesen llegar al Staunch's.
Sólo quedaba un último problema. Lonergan llevaba pata de palo. Era fácil reconocerle. Pero hasta para eso tenía respuesta el vengativo mafioso. Wild Bill, dijo, le iba a comprar una nueva pierna artificial, para que pudiese llevar zapatos. Y él pasaría los siguientes días ensayando para aprender a caminar con naturalidad.
Se sortearon los puestos para acompañar a Lonergan. Los agraciados fueron Irish Eyes Duggan, Danny Bean y Charleston Eddie McFarland.
En la tarde del sábado, 26 de febrero de 1920, Lonergan aún no se las había ingeniado para eliminar del todo su cojera. Pero era demasiado tarde. A las seis de la tarde, dos horas antes de la señalada para la acción, los cuatro hombres de la banda se encontraban en el garage de Baltic Street. Además, estaba el equipo de apoyo, formado por Joey Bean, Ernie Shea, Wally Walsh, Eddie Lynch y Jack «Squareface» Finnegan. Ernie «The Scarecrow» Monaghan era el conductor del equipo de apoyo los asesinos, y Petey Bean de los asesinos.
En el camino hacia Coney Island comenzó a nevar. Eso podría ser un problema, porque dificultaba la escapada. Pero nevaba poco, así pues no les pareció a los de la partida que la nieve fuese a cuajar o helarse a tiempo.
En el Staunch's Dance Hall, medio centenar de invitados se agolpaban en la puerta, cada uno con su invitación para la fiesta privada.
Wild Bill Lovett no dejó hilo sin puntada en aquella acción. Algunas horas antes, había enviado a Needles Ferry al O'Brien Saloon, taberna habitual de los irlandeses de Brooklyn como todo el mundo sabía (y los italianos también). Ferry se tomó alguna copa de más, comenzó a hablar con lengua presuntamente estropajosa de esto y de aquello, y acabó confesando, inadvertidamente, que la Mano Blanca tenía la intención de asaltar varios almacenes del puerto aquella noche. Consecuentemente, pasadas las siete de la tarde, cuando los micks llegaron al lugar de reunión de los italianos, Frankie Yale había enviado sus pistoleros de guardia bastante lejos de allí.
En realidad, en el Staunch's sólo había un guardia: Joe «Rackets» Capolla. Y ni siquiera estaba en la entrada cuando Petey Bean aparcó el Chevrolet negro cerca de la misma.
La Historia se escribe con pequeñas casualidades así. No sé qué comió Joe Capolla aquel mediodía de febrero de 1920, pronto hará 91 años. Pero lo que sí sé es que le sentó mal. Solo en la puerta de la sala de fiestas, el pobre Rackets sintió unas ganas inconmensurables de cagar. Trató de aguantar, pero se iba de bareta sin remisión. El baño de hombres no estaba ni a cinco metros de la entrada. Así que se metió allí sin decirle nada a nadie. Allí en el baño se encontraba un tal Antonio Sisciliato, él mismo encerrado en uno de los cubículos defecoides, que es el tipo que declaró a la policía que escuchó a Capolla entrar, meterse en otro cubículo, bajarse los pantalones e inmediatamente soltarlo todo, todo y todo.
El gesto de tener que irse a cagar selló el destino de Joe Capolla pero, probablemente, salvó la vida de muchos de sus compañeros. El italiano salió del baño justo en el momento en que Lonergan y sus tres compañeros entraban por la puerta.
Los irlandeses habían visto la entrada libre y entraban sin esperar a nadie. Cuando vieron al italiano, su actitud no fue precisamente la de unos músicos que llegan para hacer su trabajo. Conscientes de que les sería muy difícil mantener el cuento, abrieron sus estuches y sacaron las armas. Capolla les vio y, sin decir nada, se volvió hacia la puerta de dos hojas que daba acceso al salón, y gritó: «¡Cuidado!» En ese momento, la diarrea dejó de ser un problema para él. La diarrea, y todas las demás cosas de la vida.
Joe recibió una lluvia de balas que a punto estuvo de seccionarle el torso. Pero, estando como estaba a medio cruzar las puertas, se quedó medio pillado en ellas, de pie, sin caer, sangrando abundantemente, y ya muerto. Los irlandeses tardaron unos segundos en sacar aquel corpachón de enmedio. Segundos que los experimentados pistoleros de la Mano Negra que estaban en la sala aprovecharon para protegerse, parapetarse, y sacar sus armas.
Los irlandeses acabaron entrando. Anna Balestro, la hermana de Albert Balestro, de profesión funerario, recibió una bala mortal de necesidad en su sien izquierda. Giovanni Capone, otro profesional funerario que se empleaba a tiempo parcial de ladrón de almacenes, recibió tantas balas en la cara que nadie pudo explicarse cómo todavía oían su voz jurando contra los asaltantes. Un valioso soldado de la Mano Negra, Giuseppe «Momo» Municharo, recibió una bala en la barriga que también acabó con él.
Los irlandeses dispararon a placer durante aquellos tensos segundos. Sabían que los disparos de respuesta de los italianos no serían certeros, preocupados como estarían todos de no acabar cargándose a algún correligionario. El problema estaba al terminar y dar la vuelta. Ellos lo sabían. Como lo sabía Augie The Wop Pisano, que tenía los huevos pelados de participar en tiroteos y, a esas alturas, aún conservaba la cabeza fría.
Cuando los irlandeses dejaron de disparar y se dieron la orden de marcharse, Pisano se levantó, fríamente, tomó su 45, apuntó sin prisa... y le metió una bala en la nuca a Danny Bean, que lo dejó seco allí mismo. Lonergan, Eddie y Duggan corrieron al Chevrolet. Le gritaron a Petey que saliese cagando hostias. Pero Petey Bean no quería irse. Esperaba a su hermano. Hasta que se dio cuenta de lo que que había pasado, claro.
La matanza del Staunch's Hall no fue ni de lejos la de Sagaman's. Había tres muertos y nueve heridos, pero éstos no lo eran de consideración. Eso sí, Rackets Capolla, Anna Balestro, Giovanni Capone y Momo Municharo iban camino de la Morgue.
Aunque los registros no nos dicen nada de ello, es de suponer que Antonio Sisciliato todavía estaba en el trono, quieto como una estuatua, sin valor para salir.
Joe Rackets Capolla, un oscuro soldado de la Mafia italiana, salvó aquella tarde a muchos de sus compañeros. No pocos mafiólogos consideran que, de no haber sufrido aquella diarrea, y de no haber salido de evacuar justo en el momento en que salió, los muertos del Staunch's Hall habrían sido otros y, tal vez, el cariz de la guerra entre la Mano Negra y la Mano Blanca, también. El propio Frankie Yale podría haber muerto allí mismo.
Todos, o casi todos, los detalles de la Historia real de la Mafia, están de alguna manera utilizados en el cine sobre la materia. Para el siguiente capítulo de esta guerra, debéis recordar el asesinato de Morrie Kessler a manos de Tommy de Vito, por orden de Jimmy Conway, en Goodfellas.
Todo llegará.
jueves, enero 06, 2011
Mano Negra, Mano Blanca (3)
Como ya he recordado al hablar de Wild Bill Lovett, en 1920 se impuso en Estados Unidos la denominada Ley Seca. La prohibición del alcohol, lejos de lo que esperaban sus propulsores, no eliminó el consumo de este tipo de bebidas, sino que simplemente lo convirtió en clandestino y puso en manos del crimen la explotación de un negocio hasta entonces plenamente legal.
En Nueva York, el consumo clandestino de alcohol era tan común y masivo que pronto distribuidores como Frankie Yale tuvieron que buscar nuevos proveedores. El siciliano encontró en la denominada Purple Gang de Detroit a una excelente fuente de alcohol de calidad. La banda de Michigan, predominantemente judía como lo sería años después la famosísima Murder Inc. de Abe Reles y Lepke, había empezado a fabricar alcohol a gran escala, bajo la marca Old Granddad, que era incluso de mejor calidad que en la época en que estos productos eran legales.
La elevada calidad del producto contrastaba con el alcohol, digamos, amateur, que vendía la Mano Blanca. La consecuencia de la diferencia fue que un buen número de locales clandestinos en todo Brooklyn comenzaron a traicionar a los irlandeses y hacerse proveer por los italianos.
El jueves 18 de noviembre de 1920, por la noche, Wild Bill Lovett convocó un cónclave mafioso en el denominado Prospect Hall, en la 17. Convocó a Richard «Pegleg» Lonergan (el tercer asesino de Crazy Benny Puzzo), Danny y Petey Bean, Pug McCarthy (el asesino de Patrick Foley), Ash Can Smitty, Jack «Needles» Ferry, Charleston Eddie McFarland, Aaron Harms y Irish Eyes Duggan. En aquella reunión, el comité central de la Mano Blanca decidió comenzar una actividad que se haría muy común durante los años de la prohibición: el robo de mercancía de la competencia.
El alcohol llegado de Michigan era descargado en un garage propiedad de Frankie Yale situado en el cruce entre la cuarta avenida y la calle 2. Otro elemento que hacía fácil la operación era que los italianos habían instruido a los judíos para que nunca realizasen entrega alguna fuera de los cuarenta minutos que van desde las once y media de la noche y las doce y diez. Yale sabía que los policías de la zona terminaban turno a las doce, y a las once y media se iban de sus puestos camino de la comisaría, así pues contaba con ese espacio de tiempo como de menor vigilancia.
Al jueves siguiente de la reunión, es decir en pleno Thanksgiving Day, un sedán LaSalle abandonó el garage de Baltic Street. Dentro del coche iban Petey Bean, Charleston Eddie, Ash Can Smitty y Needles Ferry. Irish Eyes Duggan y Aaron Harms se encontraban en la West Street de Manhattan, contolando la llegada del camión.
Conviene tener en cuenta una cosa. En 1920 no existían aún ni el puente George Washington, ni el Túnel Lincoln, así como otras conexiones desde el Oeste. Casi la única manera de viajar para el camión, y desde luego la más eficiente, era tomar el ferry que conectaba Jersey City con Wall Street. Allí fue donde los irlandeses lo encontraron y lo siguieron hasta Brooklyn. La operación fue limpia y perfecta. Los irlandeses cayeron sobre los camioneros por sorpresa, los desajolaron del vehículo y, un minuto después de las doce, metían el camión dentro del garage de Baltic Street. Luego de vaciarlo, Needles y Ash Can lo abandonaron en una curva justo al lado del garage de Yale.
Aquel robo enseñó a Frankie Yale que tenía que jugar aún más fuerte.
El mafioso italiano se dio cuenta de que necesitaba un golpe aún más definitivo que todos los que había dado. La acción de los irlandeses venía a demostrar que ninguna de sus mercancías podía considerarse ya segura. Lo que había pasado podía volver a pasar muy fácilmente. Así las cosas, levantó el teléfono y llamó a un viejo amigo.
Alphonse Capone, el antiguo portero del Club Adonis, había prosperado mucho en Chicago. Se alegró de saber de su colega de juventud y le preguntó qué se le ofrecía. Yale fue directo al grano. Quería saber si Capone podría facilitarle dos ejecutores fríos y eficientes. Capone no se hizo de rogar. Sabía bien que si su colega le hacía esa petición, la situación con seguridad lo justificaba. Así pues, colocó en el tren de Nueva York a dos de sus mejores hombres, Albert Anselmi y John Scalise. Dos profesionales que nunca cobraban menos de 15.000 dólares por cabeza. Yale, por cierto, protestó por el precio, indicando que Sciacca y su compañero habían cobrado 5.000 dólares menos. Capone se limitó a argumentarle, fríamente, que el billete de tren desde Chicago salía más caro que desde Cleveland.
Pero Yale no protestó mucho. Necesitaba gente muy buena para lo que quería hacer. Había decidido que no golpearía contra uno de los miembros de la Mano Blanca, sino contra la organización en sí. Había decidido perpetrar la primera (ya que no fue la única en la Historia de la Mafia) matanza de San Valentín.
Los micks tenían previsto celebrar el 14 de febrero de 1921 en el Sagaman's Hall de Brooklyn. 36 miembros de la organización irlandesa, acompañados por sus mujeres o pericas, acudieron al baile. A las siete de la tarde de aquel 14 de febrero, Anselmi y Scalise se presentaron en el garage de Yale. Allí los recogió Frenchy Carlino, quien los llevó a la esquina entre las calles Schermerhorn y Smith.
Los dos asesinos se introdujeron subeptriciamente en la sala de baile, que era grande y ruidosa, por lo que no les fue difícil. Se situaron en una balconada que había sobre la pista de baile, donde accedieron a una vista general del público. Desde allí, los dos asesinos sacaron sus 45 y dispararon sobre la gente allí abajo sin preocuparse mucho de la precisión; se les había pedido una matanza indiscriminada, y eso hicieron.
Apenas un minuto después de que los asesinos a sueldo dejasen de disparar y saliesen disparados hacia el LaSalle donde les esperaba Carlino, el Kings County Hospital recibió una llamada del asistente al baile que conservó la cabeza más fría: Irish Eyes Duggan.
Los cuatro médicos que llegaron en las ambulancias encontraron tres personas ya muertas. Kevin «Smiley» Donovan tenía tres balas en el cuerpo, una de ellas, claramente mortal de necesidad, en la parte posterior de la cabeza. Jimmy «Two Dice» O'Toole estaba sentado de espaldas a la balconada desde donde dispararon Anselmi y Scalise, y había recibido una lluvia de balas en la cabeza que la había dejado medio destrozada. La tercera víctima era Mary Reilly, la novia de Pegleg Lonergan, a quien todos conocían como Stout-Hearted Mary por haber sacado adelante a siete hermanos después de que sus padres se ahogasen en 1916. Una bala había acertado a Mary en todo el corazón, lo había traspasado, había salido por su espalda y había terminado alojándose en el brazo de Fred McInerney, que estaba sentado junto a ella.
La muerte de Mary Reilly en el Sagaman's Hall explica que Pata de Palo Lonergan permaneciese en los siguientes años en primera línea de violencia contra la Mano Negra. Hasta el mismísimo final de la guerra.
Ash Can y Pug McCarthy salieron a toda leche en un coche camino del garage de Yale, esperando encontrarle allí. Pero el garage estaba cerrado. Los italianos estaban en el Adonis, celebrando una boda en la que no conocían a ninguno de los novios ni de sus parientes.
La matanza de San Valentín en Sagaman's Hall se saldó con doce heridos y tres muertos.
En una guerra, a la acción de uno se corresponde la acción de otro. Los irlandeses tenían que contestar. Y, cuando lo hicieron, inauguraron sin saberlo una de las imágenes míticas del cine sobre el crimen organizado. Pero eso lo contaremos el próximo día.
miércoles, enero 05, 2011
Humaredas (algunos datos)

Como no podía ser de otra manera, el peso de los hogares que compran tabaco no es el mismo según los territorios. La mayor parte de las autonomías tienen una participación dentro de los hogares donde se fuma que es muy similar a su participación en los hogares totales. Sin embargo, destaca especialmente la Comunidad de Madrid como territorio que aporta muchos más hogares al colectivo de hogares fumadores que hogares totales, lo que apunta a una importante prevalencia de este tipo de consumo en la región.
Obviamente, este gráfico lleva a la elaboración de otro más claro, que consiste en calcular el porcentaje sobre el total de hogares que suponen los hogares que compran tabaco.

Tal y como cabía sospechar, la Comunidad de Madrid es la región que está llamada a vivir un más intenso debate en torno a la ley antitabaco. Si mis cálculos son correctos, en el 75,2% de los hogares madrileños alguien o alguienes compra(n) tabaco, tasa que se aparta muy considerablemente de la tónica del conjunto del país (53,2%). Murcia, Extremadura y Andalucía se destacan también por sus tasas, y Aragón y Canarias están también, todavía por encima de la tasa del conjunto de España. Por contra, Navarra, Galicia, La Rioja, Cantabria y Asturias tienen las tasas de hogares fumadores más bajas de España. Es curioso, por lo tanto, que cuando hablamos de elevada extensión del consumo de tabaco en los hogares no encontramos, o yo por lo menos lo encuentro sólo muy pálidamente, un patrón geográfico; patrón que, sin embargo, está bastante más claro cuando se habla de los hogares con baja tasa de consumo de tabaco.
Dado que la EPF clasifica la tipología de los hogares encuestados, es posible estudiar la presencia de la compra de tabaco según dichas tipologías. En la Encuesta hay como diez, pero a mí me gusta utilizar la séptima, que es la que he utilizado en este gráfico:

Contra lo que yo pensaba, la presencia de consumo de tabaco es extraordinariamente baja en el caso de hogares con personas mayores que viven solas. Digo contra lo que yo pensaba porque al menos yo tengo en la cabeza la imagen del hombre mayor fumando en el parque (bueno, a partir de ahora tendrá que fumar en las escalinatas de la Bolsa de Madrid, o similar). Luego he pensado que, probablemente, una parte importante del colectivo de hogares donde vive una persona mayor sola está formado por mujeres de avanzada edad, todas ellas de una generación de españoles en la cual las mujeres no solían fumar.
Lo más preocupante desde el punto de vista de salud pública es que se aprecia una correlación bastante estrecha entre el hecho de que en la casa haya hijos. Los hogares en los que viven personas por debajo de la tercera edad solas tienen una tasa de compra de tabaco relativamente baja (30%), que aumenta 10 puntos en el caso de que los que vivan en la queli sean pareja sin crianzas, y ya se dispara claramente cuando aparece el offspring. Queda, pues, confirmado que los niños ponen de los nervios.
Por último, y según la estadística de defunciones por causa de muerte del INE (2008), en España murieron en dicho año 386.324 personas, dentro de las cuales:* 1.548 murieron de cáncer de laringe.
* 20.213 murieron de cáncer de tráquea o, más habitual, pulmón.
* 535 murieron de otros tumores respiratorios.
* 14.086 murieron de enfermedades crónicas de las vías respiratorias.
* 3.476 murieron de insuficiencia respiratoria.
No tengo nivel para discutir si todas estas muertes se pueden adjudicar al tabaquismo, que si hay otras dolencias que habría que añadir. En todo caso, todas estas personas suman 39.858 muertes, el 10,3% de las totales.
Pero, como decía ayer en un comentario, si se adopta un punto de vista de coste (hay que luchar contra el tabaco porque el tabaco provoca costes sanitarios) y se toman las muertes como un proxy de dicho coste, también hay que tener en cuenta los ingresos. Según la Memoria Estatal de la Administración Tributaria (cuadro de la página 617; accesible en la página del Ministerio de Economía y Hacienda), en el año 2008 la recaudación por los impuestos especiales del tabaco fue de 7.024 millones de euros. Por su parte, el MTIN, en su anuario estadístico (también accesible en su página de internet), nos dice que el gasto público en atención sanitaria, calculado según el estándar europeo EESPROS, fue en dicho año de 74.445 millones de euros. Consecuentemente, del consumo de tabaco se ingresó directamente el equivalente al 9,4% del gasto en sanidad, porcentaje que está bastante cerca de la participación del tabaquismo en la cifra de muertos.
Otra forma que se me ha ocurrido de aproximarme al impacto del tabaquismo sobre la actividad de los servicios de salud es utilizar las estadísticas que ofrece el Ministerio de Sanidad, basadas en el estándar CMBD. He visto el total de estancias provocadas por grupos de dolencias y he hallado el porcentaje que dichas estancias suponen sobre el total.
Como se pude ver (si es que se amplía, claro; que a veces sí y a veces no, así de impredecible es Mr. Blogger), las enfermedades del aparato respiratorio son, desde luego, el grupo de enfermedades que más estancias provocan. Esto es así porque aunque el número de altas provocadas por dichas enfermedades no es la más alta, la estancia media sí tiende a ser bastante elevada. Como ejemplo, las 432.000 altas por enfermedades respiratorias son bastantes menos que las casi 505.000 por embarazo y parto; pero mientras las primeras tienen una estancia media de 8,7 días, en las segundas es de 3,3 días.

En todo caso, esto hay que tomarlo con mucho cuidado, porque enfermedades de las vías respiratorias hay muchas. La gripe, sin ir más lejos. O la neumonía, que no es algo que sólo pillen los fumadores. O el asma. Ese 13% no puede ser, a mi modo de ver, un indicativo del peso del tabaquismo en el esfuerzo de la asistencia sanitaria, sino todo lo más un umbral máximo.
Ya puestos a provocar, el ingreso por el impuesto especial sobre el alcohol fue de 903 millones de euros, esto es el 1,2% de los gastos en salud. ¿Acaso el alcohol no provoca más, bastante más, que el 1,2% del gasto en salud?
A mi modo de ver, el argumento, pues, ha de ser moral, cívico o de otro tipo. Pero no económico. Los fumadores, evidentemente, generan gasto; pero también se lo pagan.
martes, enero 04, 2011
Humaredas
Con estas credenciales, quizá se entienda que contemple el espectáculo de estos primeros días de enero del 2011 en España con cierta distancia valleinclanesca. El domingo pasado, mientras conducía desde Galicia hasta Madrid, escuché un buen rato el programa dominical de Pepa Fernández en Radio 1, que su conductora convirtió en poco menos que un homenaje radiado a la legislación antitabaco, hablando de sí misma en los restaurantes y cafeterías en términos de extrema liberación. En las horas siguientes, en los medios, he visto y leído reacciones de la parte contraria, incluso de insumisión en el caso de algún hostelero que ha anunciado que no piensa cumplir la legislación. Ambos inputs no han hecho sino intensificar la sensación de absurdo que ya tenía, además de plantear un problema sociológico, político e histórico que me gustaría plantearos.
En primer lugar, el absurdo. La verdad es que la ley que se ha puesto en marcha, o por lo menos lo que sé de ella, me parece bastante preñado de detalles un poco absurdos. En primer lugar, pretende proteger a los no fumadores. Pero no a todos. Me extraña que ninguno de los sesudos analistas a los que he visto y oído en las últimas horas no haya caído en la cuenta de que la ley crea eso que Marx llamaba un lumpenproletariado, una clase obrera por debajo de la clase obrera: el subsector de las mucamas y mucamos de hotel.
La ley, se dice, ha liberado, por fin, a los camareros de bar, hasta ahora sometidos a la tortura de inspirar los humos ajenos. Cierto. Pero, con lo mismo, condena a dicha pena a los profesionales que tengan que limpiar y hacer las camas de las habitaciones de hotel designadas por los mismos, en plena legalidad, como habitaciones de fumadores. A nadie parece importarle que si un camarero se queda sin trabajo y se emplea como oficial de mantenimiento en un hotel, vuelve a ser un fumador pasivo, y lo vuelve a ser bajo el paraguas de la misma ley.
Esto es así porque la ley antitabaco es una ley de atrevimiento selectivo. Se atreve con unas cosas y con otras, no. ¿Por qué no se atreve con las que no lo hace? Pues porque estima que atreverse con ellas generaría un serio perjuicio económico. Lo cual es un dato importante.
La ley y, en general, la filosofía antitabaco llevada a cabo por los gobiernos, rezuma hipocresía. En primer lugar, me llama la atención la cantidad de representantes políticos y sociales que hoy defienden desde puntos de vista progresistas la prohibición de fumar (por cierto, ¿no habíamos quedado en que estaba prohibido prohibir?), pero dos días antes clamaban por la legalización del tabaquismo asociado al uso de sustancias estupefacientes. Me cuesta entender por qué fumarse un Camel es un desprecio hacia el resto de los integrantes de la sociedad, pero deshacer ese mismo Camel y mezclarlo en un papelito con una chinita de costo es un acto máximo de libertad. Pero puede que sea problema mío, claro.
Esos mismos puntos de vista, notablemente presentes en esta ley, desmienten también su propensión a la igualdad a través del fistro ése que se han inventado de los clubes privados. En realidad, no se trata de clubes privados, porque un club privado es una estructura que tiene más servicios de los que aquí teóricamente se permiten (y digo teóricamente porque si los redactores de la ley honestamente piensan que en los clubes que se formen no van a correr el vino y la tortilla, es que son más inocentes de lo que pensaba). Lo que a mi modo de ver dice la ley es algo tan simple (y constitucionalmente lógico) como: si un grupo de amigos se quiere juntar, alquilar un local, meterse dentro y dedicarse a fumar, puede hacerlo. La ley, pues, no añade novedad alguna: con ley o sin ley, si yo quiero invitar a mi casa a seis amigos y dejarles fumar dentro, el Estado no es chichi para impedírmelo, al menos mientras el tabaco sea legal.
Pero, aún así, los clubes privados están ahí, en el texto de la ley. Y, ¿quiénes pensamos, de verdad que los van a formar? ¿Verdaderamente pensamos que siete auxiliares administrativos de Telefónica van a poder formar un club privado? Formarán clubes, y se adherirán a ellos, quienes puedan pagarlo. De nuevo, pues, se crea un lumpenproletariado, en este caso entre los fumadores. El fumador mileurista, a fumar a la puta calle (porque otra cosa de la ley es que crea calles putas y calles honradas y virtuosas).
Esto es así porque la legislación antitabaco no permite lo que, a mi modo de ver, debería permitir, que es la creación de fumaderos. Esto es, locales donde esté expresamente permitido fumar y, en realidad, ésa sea la actividad principal del negocio. Y aquí está el meollo de la cuestión, en mi opinión. Contra lo que dicen los defensores de la ley, la función de ésta no es proteger a los no fumadores de la posibilidad de convertirse en fumadores pasivos. Si la intención fuese esa, a los fumadores se les permitiría crear ambientes propios para llevar a cabo su práctica. La intención de la ley, a mi modo de ver bastante clara, es trabajar para la erradicación del consumo de tabaco; filosofía que abona aún más el tufillo absurdo e hipócrita de todo esto, pues la acción es acometida por un Estado que hasta antesdeayer por la tarde no sólo cobraba y cobra impuestos por las labores de tabaco, sino que las explotaba como negocio en régimen de monopolio. Dicho de otra forma: si en España surgiese una oleada de denuncias en las cortes civiles por parte de afectados por el tabaco considerando que fueron engañados y propelidos al consumo de un producto nocivo, ¿a quién iban a sentar en el banquillo sino a los mismos redactores de la ley antitabaco? Si eso ocurriese, ¿acaso los abogados del Estado no se defenderían aduciendo que fumar es una decisión personal que sólo al individuo compete? Pero, dicha afirmación, ¿acaso no está en contradicción con las bases filosóficas de la ley antitabaco?
La ley, por lo tanto, parte de un presupuesto básico: el Estado es quién para decidir qué es sano y qué es insano. El Estado es quién para decidir qué prácticas debe realizar el ciudadano, y cuáles no. Y aquí es donde, para mí, está la discusión filosófica.
E Histórica. No todos los ejemplos que tenemos en el pasado nos apuntan que la decisión del Estado sobre la salud de sus administrados sea acertada. El caso más flagrante es la Ley Seca en Estados Unidos, producto de un caldo ideológico y social que se coció durante casi cien años, con ingredientes fundamentalmente religiosos y morales. Su fracaso fue bien evidente. También Adolf Hitler tenía ideas sobre la salud del pueblo alemán. Concretamente, Hitler pensaba que la salud pública del pueblo alemán debía elevarse mediante la práctica de apartar primero, y después asesinar en masa, a los sicóticos, esquizofrénicos y retrasados mentales. Una práctica, por cierto, que, como bien nos recuerda el abogado defensor Hans Rolfe en Judgement at Nuremberg, también era teóricamente aceptada en los Estados Unidos en el siglo XIX. En un lugar tan adicto a la democracia como Reino Unido, a mediados del siglo XX todavía se practicaba, de una forma más o menos voluntaria, el tratamiento químico de la homosexualidad, conceptuada por el Estado como un hecho pernicioso en términos de salud pública; práctica notablemente destructiva tanto somática como sicológicamente que se aplicó incluso a personas tan importantes para la Historia del país como Alan Turing, que hizo por la victoria de los aliados en la segunda guerra mundial mucho más que todas las divisiones de sherpas juntas y multiplicadas por siete.
Personalmente, considero que decidir por el ciudadano lo que es bueno y lo que no es bueno que tome es, más que un error, una decisión del Estado que va más allá de las atribuciones que racionalmente le deberían corresponder. El problema de las drogas no es que maten a quien las consume, pues eso es un problema de la persona; el problema estriba en la relación de dependencia que generan, que en algunos casos puede ser tan fuerte que mueva al consumidor a destrozar su vida primero, luego la de su familia, y luego la de todo quisqui que se le ponga por delante y posea algo robable. A mi modo de ver, las drogas deben ser ilegales no porque sean malas, sino por las consecuencias que tienen en el comportamiento de quienes las consumen. Las hamburguesas con queso y los bollos industriales también matan (killing me softly with this scone). Lo que pasa es que si a un zampabollos le quitas los bollos no se va a la cocina, agarra el hacha de cortar huesos de pollo y te abre la cabeza; cosa que sí puede hacer un heroinómano si le quitas la nieve y se la tiras por la ventana.
En suma, ¿es lógico que el Estado decida que aquellos de sus ciudadanos que fuman no deben hacerlo porque es malo para su salud? Confieso que, al menos a mí, la tentación de contestar que sí me da repelús. Estamos en lo de siempre. El stress test de la respuesta no consiste en ponerla a prueba en relación con una práctica que se considera nociva (pues yo, al menos, creo que fumar es nocivo) sino con otra que sea más discutible.
Por ejemplo: dado que la velocidad al volante es nociva (y, por cierto, afecta a otros, digamos, conductores pasivos), ¿estaríamos de acuerdo en que el Estado, como ya insinuó una vez un director general de Tráfico (y se desdijo defecando tonadas, claro), obligase a que en España sólo se vendiesen coches y motos que pudiesen circular hasta 120 km/h? Es seguro que muchos españoles, fumadores y no fumadores, verían en dicha medida una intromisión intolerable en su libertad personal. Pero, al fin y al cabo, ¿no tendría la medida el mismo sustrato filosófico que la ley antitabaco, es decir: Yo, Estado, decido lo que es sano que mi ciudadano haga, y lo que no?
¿Qué tal el cáncer de piel? Me parece a mí que el mismo consenso que existe sobre que el de pulmón lo provoca el tabaco existe sobre el hecho de que el de piel lo produce la exposición excesiva al sol. ¿Aceptaríamos que un ciudadano pudiese ser multado por llevar en una piscina o en una playa más de tres horas y media? ¿Aceptaríamos que una policía melanómica estuviese facultada para comprobar en todo momento si la piel de cualquier ciudadano tiene la adecuada protección potinguera, y le multase en caso contrario? Esta medida, de hecho, sería más lógica que la ley antitabaco, puesto que los niños chicos, es decir humanos de bajo albedrío, en su inmensa mayoría no fuman ni están expuestos al riesgo de convertirse en fumadores; pero esos mismos niños, sin embargo, sí están expuestos a fabricarse el germen de un melanoma si se pasan verano tras verano el día entero en la playa en pelota picada y sin más protección que su sonrisa.
Frente a estas ideas, lo sé, cabe el argumento: no te enteras, Contreras; la ley lo que busca es defender los derechos de los no fumadores. Por eso repito aquí lo que ya he dicho, y es que la ley, en el punto y hora en el que, además de permitir que los no fumadores puedan ir a locales libres de humo, impide que los fumadores puedan ir a locales llenos de humo, ya no puede considerarse una ley meramente protectora de los no fumadores, sino claramente procuradora de un descenso en el tabaquismo.
Yo decidí ir por la vida apestando a repugnancia galáctica y emitiendo por la boca un aliento vomitivo. Decidí estragar mis pulmones y elevar mi tensión arterial hasta niveles estratosféricos. Con el mismo hemisferio cerebral con que decidí eso, decidí lo contrario. It was my choice. A mi modo de ver, el Estado no toca pito en esta historia.
Mano Negra, Mano Blanca (2)
Ahora ya no había vuelta atrás para Frankie Yale y sus hombres. Sin embargo, a pesar de ser una persona sanguínea y obviamente violenta, el líder de la Mano Negra supo tener la mente fría y rendir tributo a la idea, propia de los grandes jefes mafiosos, de que la mejor venganza es la que se sirve fría. Nueve semanas pasaron desde la muerte de Crazy Benny sin que los italianos devolviesen seriamente el golpe. Finalmente, pasado aquel periodo, Yale convocó a través de Altierri una pequeña cumbre de sus coroneles. Además de a Two Knifes, fueron convocados a aquel encuentro Augie «The Wop» Pisano y Don Guiseppe Balsamo, jefe de la Mafia en Little Italy; el hombre que había llegado a Nueva York en 1895, siendo ya un jefe mafioso en su Sicilia natal, y que controlaba con mano de hierro los barrios donde se hacinaban los italianos. Debemos suponer, de hecho, que Don Fanucci, el usurero cabrón a quien mata Vito Corleone en la segunda parte de The Godfather, era un capitán de Balsamo, o Battista, como le llamaban sus amigos.
Junto con Balsamo, fueron convocados a la reunión sus guardaespaldas Vincenzo Mangano (quien pronto sería designado por Balsamo como su sucesor) y Johnny «Silk Stocking» Guistra, quizás uno de los pocos mafiosos conocidos que no soportaba la vista de la sangre, motivo por el cual tenía un método para acabar con sus víctimas que justificaba su mote.
El hecho de que todas estas personas se reuniesen juntas en su club preferido, el Club Adonis en la calle 20, a la vista del muelle Gowanus, sólo podría querer decir que Yale quería discutir algún tipo de acción de gran significado. En su lugar de reunión estaban seguros. El Adonis era propiedad de un miembro de la Mano Negra, Fury Argolia. Argolia se ocupaba, entre otras cosas, de organizar grandes banquetes coincidiendo con la hora de los asesinatos de la organización, para así proveer a la banda de públicas coartadas (este personaje, el del restaurador amigo del mafioso, se invoca en The Sopranos en el personaje del rijosillo Artie Bucco).
A las 8,10 de la tarde del 15 de marzo de 1920, Frankie Yale llegó al Adonis en una limusina conducida por su hermano Tony, y con Willie Altierri en el asiento de atrás, expurgando sus uñas con uno de sus cuchillos. Poco tiempo después, un Pierce Arrow con Balsamo y sus dos guardaespaldas llegó al mismo lugar.
Yale planteó sin ambages el orden del día de la reunión: el asesinato de Denny Meehan. Su primera idea era acabar con el irlandés a la salida del Strand Dance Hall, su local favorito. Sin embargo, Balsamo le recordó que sería difícil encontrarle allí sin sus guardaespaldas. Todos insistieron en la necesidad de que el asesinato fuese privado, pero en ese punto Yale carecía de ideas que poder intentar. En ese punto, Altierri, algo corrido, le sugirió a su jefe la posibilidad de que alguien de fuera les ayudase a llevar la acción adelante. Ante el escepticismo de todos, Willie enrojeció hasta la raíz de los pelos e hizo una confesión que a sus contertulios les sonó increíble.
Un mick, un cuntface, un irlandés lechoso de la organización de Meehan, un tipo llamado Patrick Foley, estaba saliendo con la hermana de Dos Cuchillos.
Cuando los sicilianos se recuperaron de la impresión negativa que tal confesión les provocaba (y que justificaba la timidez de Altierri), se dieron cuenta de cuáles eran los beneficios que les podía reportar. Two Knife también consideraba poco menos que herético que su hermana y Foley anduviesen haciendo guarrerías por los portales. Sin embargo, conocedor de que no podría impedirlo, había decidido hablar con Foley, momento en que éste le había confesado que estaba un poco harto de Meehan y otros miembros de la Mano Blanca. Como prueba de estos sentimientos, Foley había llevado en secreto a Altierri hasta el piso del líder irlandés en la Warren Street. Allí el italiano pudo comprobar que Meehan vivía en el segundo piso, en la parte posterior del edificio, y, lo que es más importante, la vivienda tenía una ventana en el pasillo exterior que daba directamente al salón.
Si Meehan no estaba al tanto de la acción, podría ser asesinado de una forma totalmente privada.
Don Giuseppe Balsamo ofreció inmediatamente a Silk Stocking Gistra para que realizase la acción. Pero Yale, no sin agradecérselo, declinó la invitación. El jefe de la Mano Negra no quería a nadie de Nueva York implicado en aquella acción. Además, el tipo de atentado que se debía cometer exigía el uso de un arma de fuego (y el derramamiento de sangre y sesos).
Yale prefirió proponer una metodología que se haría bastante común para la Mafia en los años siguentes: la contratación de asesinos a sueldo radicados en otros lugares de los Estados Unidos. En este caso, pensó en Ralphie DeSarno y Giovanni Sciacca, en aquel entonces una de las parejas de asesinos más eficientes del país, radicados en Cleveland. No eran baratos; su trabajo costó 10.000 dólares por cabeza.
Decidieron que el asesinato se cometería el 1 de abril, es decir el April's Fool, que viene a ser algo así como los Santos Inocentes para nosotros. Yale decidió adornarse en la suerte. Le envió por correo a Meehan una tarjeta propia del día con el texto escrito a mano: «Buona sera, Signore». Era su forma de burlarse de él antes de matarlo.
El 31 de marzo, Altierri y Pisano recogieron en la estación Grand Central a DeSarno y Sciacca, que llegaron en el Spirit of St. Louis.
A las 2,30 horas del día 1 de abril de 1920, sonó el teléfono en el Club Adonis. Quien llamaba, desde una cabina pública, era Chootch Gianfredo (Confieso que mis investigaciones no han dado resultado alguno: ¿alguien sabe qué narices significa Chootch, o de qué nombre puede venir?), el soldado de la Mano Negra que había sido situado en las cercanías del Stand Dance Hall, donde Denny Meehan y su mujer pasaban la velada. Algunos minutos después, mientras DeSarno y Sciacca ya viajaban hacia la Warren Street, en una nueva llamada Nick «Glass Eye» Pelicano informó de que la pareja había llegado a la casa. A las 3,30 horas, Frenchy Carlino, el chófer de los dos asesinos aquella noche, aparcó el Packard en que viajaban justo enfrente de la casa de Meehan. Los dos de Cleveland se introdujeron sigilosamente en la casa, subieron al pasillo de la segunda planta, y localizaron la ventana. Sciacca musitó a su compañero:
-Está chupado, tío. Puedo ver a ese cabrón en la cama con su mujer.
Dicen algunos relatos que el irlandés le estaba sobando las tetas mientras los italianos miraban.
Finalmente, Sciacca se adjudicó aquel penalty, y lo lanzó en solitario. Dos tiros. Luego, todos a la naja hacia el coche.
Sciacca, desde luego, conocía su oficio. En la penumbra de la madrugada, le metió a Meehan la primera bala en la nuca, mientras que la segunda se clavó en el abdomen de Peggy Meehan, quien se colocó en la trayectoria del disparo por el gesto eléctrico de tratar de proteger a su marido. Gesto inútil pues, probablemente, para el momento en que ella soltó el primer grito, su Denny ya no estaba en situación de oírlo.
No menos de 9.000 irlandeses de Nueva York abarrotaron el funeral de Denny Meehan, al que no pudo asistir su mujer Peggy por estar aún en estado crítico en el Cumberland Hospital. En todo caso, el acto no descabezó a la Mano Blanca, que se apresuró a aclamar a su frente al principal lugarteniente de Meehan, Wild Bill Lovett; uno de los hombres que había estado en el muelle 2 del East River el día que a Crazy Benny Puzzo le abrieron el pecho a balazos.
Una anécdota nos dice quién era Lovett. El 20 de enero de 1920, es decir el día que se aplicó la Ley Seca en Estados Unidos, se presentó en su bar preferido y pidió un trago. Cuando el camarero le dijo que no servía alcohol, Wild Bill sacó su 38 y le metió tres balas en el cuerpo. Sólo dos de los diecisiete parroquianos que estaban presentes aceptaron declarar ante el Gran Jurado. Ambos, sin embargo, tuvieron la desgracia de fallecer en sendos atropellos algunos días antes de la declaración.
Esperemos, sinceramente, que la reencarnación de Wild Bill Lovett no sea fumadora y se encuentre en España por estas fechas.
El 4 de abril de 1920, apenas unas horas después de los funerales por Meehan, Wild Bill Lovett convocó un sínodo de mafiosos irlandeses en un almacén de la Gowanus en el muelle 7 de Brooklyn. Allí, delante de todos, Lovett acusó a Foley de haber perdido a su jefe. El irlandés enamorado lo negó primero pero después, convenientemente presionado y sobre todo cuando tuvo claro que Lovett conocía a la perfección su historia con Miss Altierri, acabó por confesar. Wild Bill le dijo que no lo quería ver más y que le daba la oportunidad de desaparecer. Foley, algo relajado, salió por patas del almacén. Si hubiera sido algo más listo, se habría dado cuenta del detalle de que las reuniones de la Mano Blanca se celebraban siempre en el garage de Baltic Street. En realidad, el lugar elegido para aquel encuentro, un muelle solitario y cuyos eventuales testigos, en cualquier caso, estaban controlados (la mayoría estaban fuertemente endeudados con la organización), lo decía todo.
Nada más salir del muelle, Foley se encontró con Pugs McCarthy. El ejecutor de la Mano Blanca le disparó en la cara, tan cerca que los forenses no pudieron hacer uso de los registros dentales para identificar el cadáver. De hecho, es posible que alguno de los dientes de Patrick Foley todavía siga por ahí, noventa años después.
Como ya he dicho, la Mano Negra solía organizar una cuchipanda a la misma hora a la que se realizaban los asesinatos que había encargado. Esto salvaba a Yale de toda acusación. Pero aquella vez, Yale estuvo a punto de acabar con su carrera por el asesinato de Denny Meehan. Y quien le salvó fue el personaje más modesto de esta historia.
Frankie Yale había cometido el tremendo error de escribir personalmente el mensaje de la postal que le había enviado a Meehan. De aparecer dicha postal en el domicilio del irlandés, la policía podría haber relacionado a Yale con el asesinato.
Sin embargo, eso no ocurrió. La postal se retrasó a causa del fuerte tráfico de correo que generaba entonces el April's Fool, y llegó a las manos del cartero Benvenuto Itaglia cuando Meehan ya estaba muerto. Itaglia leyó la postal, Buona sera, Signore, y decidió no entregarla. Itaglia, un inmigrante de la Italia profunda, había sido directamente trasladado de su pequeña aldea al gran Nueva York, y allí se había llevado todas sus supersticiones. Tenía miedo de entregar una postal en el domicilio de un muerto, pensaba que eso podría traerle mala suerte, así pues decidió guardársela.
Y, guardándosela, salvó a Yale de haber sido encontrado culpable del asesinato que realmente había ordenado.