jueves, julio 03, 2008
Lumumba
Siguiendo las instrucciones que le leído, nada más abrirse las puertas he mirado a conductor y le he dicho:
- ¿Por qué ha parado?
El tipo me ha mirado con cara de acelga sorprendida, y me ha dicho:
- Porque está usted en la parada.
- Ya -he contestado al punto-. Pero yo no le he llamado. Y puedo ser alguien que está esperando a otra persona para coger el autobús. O alguien que está esperando un taxi precisamente en la parada de autobús. O alguien que se está resguardando del sol que acaba de salir, o de la lluvia ácida. O alguien a quien el doctor le ha recomendado leer de pie. O un masosquista cultural. Puedo ser cualquiera de estas cosas, y no querer subir al autobús.
El tipo se ha alzado de hombros y me ha dicho:
- Con perdón, todo eso son estupideces.
A lo que yo le he contestado:
- Lo mismo pensaba yo ayer.
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En fin, hecha esta introducción actualizadora de mis tribulaciones, vamos allá con lo que tenemos que ir. Dije que hoy la cosa iba a de Lumumba, y de Lumumba va.
El siglo XX es el siglo de los grandes mitos políticos. Hasta el XIX, la mayoría de los liderazgos eran ostentados por los reyes. Pero el siglo XX, en el cual las monarquías están claramente de retirada, los estados democráticos se generalizaron y los medios de comunicación masivos permitieron la generación de mitos de orden mundial. Es el siglo de los grandes mitos de sangre roja.
Hoy me gustaría hablar de uno de estos mitos. Uno mártir, además, que tal vez en nuestro mundo no tuvo una presencia enorme pero que, sin embargo, en ese iceberg que está debajo del agua y que llamamos Tercer Mundo, tuvo una importancia capital y, en gran parte, la sigue teniendo. Este mártir,además, lo es porque fue asesinado. Y fue asesinado en el marco de una actuación en la cual se produjo una de las más repugnantes operaciones de violencia de Estado que, además, y esto es una novedad, no fue protagonizada (al menos en primer fila) por los Estados Unidos.
El post de hoy habla de Patrice Lumumba. El que fuera líder de lo que se ha conocido como Zaire y antes como Congo Belga. Uno de los grandes referentes de la izquierda de los países pobres.
El primer dato importante sobre Zaire es que, a pesar de ser un enorme territorio, no fue propiamente una colonia. Las colonias eran propiedades de países, pero el Zaire era propiedad de una persona: el rey de Bélgica Leopoldo II.
Leopoldo ambicionaba que su Bélgica querida tocase pelo en el reparto del continente africano que comenzaba a explorarse en el siglo XIX. Trabó conocimiento con un conocidísimo explorador, Henry Morton-Stanley. Stanley es un personaje bastante conocido. Cuando yo estudié el bachillerato incluso se estudiaba en los libros, ahora no sé. De hecho, un compañero de pupitre mío la cagó bien cagada en el examen de selectividad de Historia porque una de las preguntas era «cita tres exploradores del África» y él escribió: «Brazza, Livingstone y Stalin [por Stanley]». Me he roto el culo a reír tantas veces imaginando al Secretario General del PCUS cazando elefantes en compañía de Beria, Yagoda y Khruschev, que creo que la anécdota no se me olvidará nunca.
Stanley, en todo caso, fue, junto con Brazza y Livingstone, uno de los grandes exploradores de África. Fue él a quien alquilaron para ir a buscar al segundo de ellos, que estaba en la selva viviendo la dolce far niente y, consecuentemente, es el autor de la famosísima frase que pronunció cuando lo encontró: «El doctor Livingstone, supongo». Los británicos (Stanley nació galés) son especialistas en colocar en el terreno de lo hipotético cosas que son totalmente obvias; cuando Stanley y Livingstone se dieron la mano, eran probablemente los únicos blancos en cientos y cientos de kilómetros a la redonda.
Leopoldo El Amigo de los Blancos envió a Stanley bajo pago al cauce del río Congo con la tarea de firmar acuerdos con diferentes tribus y quedarse con sus tierras. Stanley, tan hábil negociador como explorador incansable, firmó pactos con con más de 400 reyezuelos negros.
Tras conseguir aquellos tratados, Leopoldo comenzó la explotación sistemática del Congo, aprovechando que había conseguido quedarse con un país tocado de la mano de Dios en lo que a riquezas se refiere. De hecho, a finales del siglo XIX se benefició de los inicios de las bicicletas primero y los coches después, que necesitaban una cosa llamada caucho, que fue producido masivamente allí. Durante el siglo XX se produciría el descubrimiento de los brutales yacimientos geológicos del país, que está sentado sobre una fortuna de diamantes, cobre e incluso uranio.
Eso sí, la explotación fue tan bestial que ya antes de la muerte del rey propietario se produjeron revueltas violentísimas que fueron reprimidas aún con mayor violencia, hasta el punto que se ha estimado que restaron 10 millones de congoleños de la población el país, entre muertos y exiliados. La razón de esas revueltas estriba en el evidente tratamiento de seres inferiores que tenían los negros en su propio país, sin derechos políticos, sin poder poseer tierra o incluso viajar libremente por el país.
A mediados del siglo XX, más concretamente en 1957, el panorama cambió radicalmente con la independencia de Ghana, el primer estado negro africano que marcó el camino de la descolonización. Más o menos por aquella época, el líder congoleño Joseph Vasa-Kubu monta el primer grupo político más o menos estructurado, Abako, una organización basada sobre todo en congoleños de la etnia Bakongo, nostálgicos del llamado Reino Kongo que había existido en el área en el siglo XVI.
En paralelo, Patrice Lumumba fundaba al Movimiento Nacional Congoleño. Lumumba era miembro de una etnia claramente minoritaria, la tribu Batatela. En 1956, sin embargo, todavía escribía y opinaba que el destino de los congoleños era seguir siendo belgas. En ese momento, los líderes negros querían derechos, pero no independencia. Sin embargo, como ya hemos dicho, el ejemplo de Ghana cambió el panorama, y la escasa receptividad belga hacia el proceso generó rápidamente una ola de disturbios en enero de 1959.
Bruselas reaccionó anunciando la celebración de elecciones locales libres, lo cual provocó el nacimiento de casi sesenta partidos distintos, tendentes en buena manera a reflejar el gran dédalo de etnias que había en el seno de un país tan enorme como Zaire. Los belgas, por lo demás, no se estuvieron quietos. Zaire es un collar de perlas, pero la perla más hermosa y rica del mismo se llama Katanga, la provincia con mayores posibilidades de negocio. Reacios a perder ese centro de actividad minera del que las empresas belgas sacaban tanta pasta, Bruselas impulsó en dicha región el surgimiento de un partido negro autonomista, partidario de mantener la relación con la metrópoli. Hablamos del Conakat, liderado por Moisés Tsombe.
En los siguientes meses, sin embargo, los enfrentamientos violentos se multiplicaron, fundamentalmente impulsados por el MNC y los encendidos discursos anticolonialistas de Lumumba. Nuestro mito de hoy era un personaje enormemente vehemente, así pues con la misma entrega que había colocado las tripas en defender que el Congo debía ser belga, se aplicó a defender exactamente lo contrario. Bélgica, que tenía bien cerca el ejemplo de Francia y Argelia, donde el país europeo se había visto implicado en una guerra en toda regla (que, además, acabaría perdiendo), se acojonó y en enero de 1960 decidió albergar una conferencia a la que asistieron unos treinta partidos políticos congoleños distintos. Todos ellos se plantaron delante de los blancos y, cuando éstos ofrecieron un plan de independencia en el medio plazo, les contestaron que y una gallina como un perol. Bélgica tuvo que aceptar la idea de que Zaire sería independiente en junio de aquel mismo año.
Es de comprender los deseos de las organizaciones negras. Pero no es menos cierto que sus prisas fueron malas consejeras. En el momento de la independencia de Zaire, el país tenía 1.400 cuadros en la Administración Pública, de los cuales tres, y no es una forma de hablar sino: uno, dos y tres, eran negros. Y, como veremos, sus compañeros blancos se piraron a la naja.
En las elecciones, el MNC ganó 33 escaños de un total de 137, lo cual lo convirtió en el partido más votado. Eso sí, en Katanga y en la provincia de la capital, de soltera Leopoldville y de casada Kinsasha, a Lumumba no le votaron ni los conductores de la EMT, que como no paran en las paradas tienen tiempo de ir a votar diez veces si quieren. Quizá por eso, los belgas llamaron a Vasa-Kubu para formar gobierno. La respuesta de Lumumba fue acopiar una mayoría en el congreso congoleño, de 74 diputados. La metrópoli no tuvo más remedio que invitarle a ser primer ministro.
Finalmente, Lumumba fue primer ministro al frente de un gobierno acojonante. ¿Os asombra el tripartito catalán? Y, ¿cómo se dirá décimosegundopartito? Porque eran doce, do-ce, los partidos políticos presentes en el primer gobierno Lumumba, con su rival Vasa-Kubu de presidente no ejecutivo. En su visita a Bruselas, ante el rey Balduino, Lumumba pudo afirmar con orgullo: «hemos dejado de ser vuestros monos».
Una vez que llegó la independencia, los diferentes conceptos que cada uno tenía de la misma afloraron con rapidez. Ya hemos dicho que aunque Zaire era ya gobernada por negros, toda su estructura era, en realidad, blanca. También el ejército. De hecho, el ejército zaireño pretendía funcionar como si la independencia no se hubiese producido, hecho éste que encabronó bastante a Lumumba, quien tomó la decisión inesperada de cesar a todo el cuerpo de mando y sustituirlo por congoleños, entre otros con la ayuda de un militar de su confianza, Mobutu Sese Seko, que terminaría siendo dictador de la nación.
Tras el cambio en las fuerzas de seguridad, las agresiones, robos y violaciones en la persona de los blancos se multiplicaron, provocando su salida masiva del país; salida masiva que, como hemos insinuado antes, supuso dejar el país seco de cuadros, de funcionarios, de ejecutivos. Bélgica respondió enviando al país tropas para mantener el orden, incluso cuando Lumumba se negó a aceptarlo. La respuesta del primer ministro fue aseverar que, en lo que a él le concernía, Bélgica y Zaire estaban en guerra.
Y entonces Bélgica jugó su carta escondida.
El 11 de julio de 1960, Moisés Tsombe proclama la independencia de Katanga, proceso en el que contó con el apoyo de los belgas. Lumumba, acorralado por la pérdida de hecho de su territorio más rico, pidió ayuda a las Naciones Unidas, que es esa organización a la que siempre llaman los que van perdiendo y desprecian los que van ganando. Aunque no fue ése el único movimiento de Lumumba. Hizo otro que elevaría la tensión del conflicto hasta límites hasta entonces insospechados: anunció que, de no marcharse los belgas de su jardín, pediría ayuda a la Unión Soviética. En el espacio de pocas horas, por lo tanto, un líder anticolonialista de ideas difusas se convirtió en un comunista más, y el conflicto del Zaire pasó de ser un conflicto colonial a un episodio más de la Guerra Fría; y no cualquier episodio, pues en Washington se dieron cuenta, acojonados, de que si a la URSS le salía bien aquel órdago a pares, colocaría una pica en el mismo centro de África y con seguridad pillaría cacho en otras muchas naciones de la zona, algunos de cuyos líderes no le hacían ni el más mínimo asco al socialismo científico.
Los belgas, comprendiendo que la cosa se ponía fea, retiraron las tropas. Pero Lumumba, ya lo hemos dicho, contaba entre sus defectos el de ser enormemente vehemente y terco. Bajando ya por la cuesta, de culo y sin frenos (podría decirse: cual conductor de la EMT sobreacelerado), el primer ministro exigió entonces que las tropas de Naciones Unidas, en su inmensa mayoría africanas, invadiesen Katanga y se apiolasen a los secesionistas. La ONU, lógicamente, se negó. Los cascos azules no dan hostias de ningún color. Envalentonada por esta prueba de debilidad del gobierno central, la región de Kasai, sede de casi todas las minas de diamantes del país, anunció que se akatangaba, o sea que también quería ser independiente.
Desesperado y sin opciones, Lumumba se echó en brazos de la URSS.
Existen evidencias de que, al igual que el presidente Kennedy dio autorización para que Fidel Castro fuese asesinado, su antecesor el general Dwight Eisenhower dio la orden de que Lumumba fuese removido de esta dimensión. Mientras tanto, Lumumba ordenaba una operación militar en Kasai en la cual centenares de balubas fueron masacrados y se creó un cuarto de millón de refugiados. La ONU acusó a Lumumba de genocida, y es que lo fue. Eso sí, en el Juicio Final todavía está el pobre en lista de espera, porque genocidas, en África y en el siglo XX, hay unos cuantos.
En esas circunstancias, apareció Mr. President. Porque quizá lo hemos olvidado, pero Pepiño Vasa-Kubu sigue por ahí, de presidente florón; no tan florón desde el 5 de septiembre cuando, en una alocución de radio, dijo de Lumumba un montón de cosas, ninguna de ellas que fuese guapo, y anunció que lo cesaba. La respuesta de Lumumba fue presentarse en la misma emisora donde había estado Vasa, anunciando que era él quien le cesaba. Aquello dividió el país: por un lado estaban los que podrían haber gritado Lumumba a la tumba, o sea los partidarios de Vasa-Kubu, apoyado por las potencias occidentales; y, por otro, los que podrían haber gritado Pasa de Vasa, o sea los amiguitos de Lumumba, con la URSS detrás.
Dice el refrán: a río revuelto, ganancia de pescadores. Mobutu, que hasta entonces había estado cercano a Lumumba pero sin destacarse políticamente, convenció a la CIA y a la ONU de que lo que había que hacer era apartar a los políticos (típico discurso fascista), y garantizar el orden y el negocio. Esto, en Washington, siempre ha gustado. Desde Kinsasha, el territorio que Mobutu controlaba mejor, se declaró dictador del país. Eso sí, conocedor de los deseos del casero, casi su primer acto en el poder fue enseñarles a los cooperantes soviéticos la puerta de salida.
Mobutu mantuvo a Vasa-Kubu pero depuso a Lumumba, el cual se convirtió en un preso en su mansión de primer ministro, de donde no podía salir. Sin embargo, el 27 de noviembre, sabiendo que su situación no era ninguna maravilla y que la CIA seguía haciéndose pajas con la idea de cargárselo, logró huir hacia Stanleyville, su territorio de apoyo. Sin embargo, el 1 de diciembre fue detenido en Kasai, a medio camino. La detención no evitó que los seguidores de Lumumba, encabezados por Antoine Gizenga, estableciesen su propio Estado, con lo que en Zaire había cuatro gobiernos diferentes: Mobutu en Kinsasha, con apoyo de Occidente; Gizenga en Stanleyville, con apoyo de la URSS, y Tsombe en Katanga y Albert Kalonji en Kasai, ambos apoyados por Bélgica.
Otra cosa no sabrían los soviéticos, pero ayudar en la guerra se les daba de cine. Los partidarios de Lumumba comenzaron a tener un éxito detrás de otro. Tomaron la provincia de Kivu y luego la de Lualaba, en el norte de Katanga. Aquello acojonó a los belgas. Pero mucho.
El 17 de enero de 1961, Lumumba y otros dos partidarios fueron recogidos del campamento militar de Thysville y llevados al aeródromo de Moanda, desde donde volaron durante seis horas hasta Elisabethville, la capital de Katanga. En el avión fueron encerrados con seis soldados de Kasai cuidadosamente elegidos por su odio hacia Lumumba. A lo largo del vuelo, los tres detenidos fueron apalizados salvajemente por sus torturadores. Una vez en Elisabethville, donde bajaron del avión con las ropas empapadas de su propia sangre y fueron recibidos por tropas katanguesas y belgas, fueron llevados a una casa a dos kilómetros del aeropuerto, donde fueron torturados de nuevo. Luego fueron llevados por el mismísimo Tsombe y algunos mandos belgas a un descampado a unos 45 kilómetros, donde fueron ejecutados. 24 horas después de aquello, los cuerpos fueron desenterrados, llevados a donde Cristo perdió la camiseta de la selección española, desmembrados y sumergidos en ácido sulfúrico; los cráneos y huesos sobrevivientes fueron pulverizados.
Durante 40 años, Bélgica sostuvo con entera seriedad la chorrada de que Lumumba había conseguido escapar y que había muerto a manos de aldeanos enfurecidos (todo el mundo sabe que el pigmeo medio guarda siempre entre 200 y 300 litros de ácido sulfúrico en el jardín trasero de su choza). No fue hasta el año 2001, y eso porque se vio acorralado por los investigadores, cuando aceptó que lo de Lumumba fue un asesinato y que, además, contó con su participación.
La muerte de Lumumba no es sólo la creación de un mártir. Entre 1960 y 1965, las cosas salieron tan rematadamente mal en Zaire que esa crisis colocó el destino de África en el difícil camino en el que se encuentra. El conflicto presidido por Lumumba y sus escasos 67 días de gobierno polarizó África en los términos de la Guerra Fría; a partir de ese momento no hubo teatro pequeño para las puyitas entre yanquis y leninistas y mucha gente ha pasado y pasa hambre, o ha perdido su casa, o su pierna, o su vida, por culpa de ello. Personalmente considero que, también, la deplorable gestión que entre belgas y congoleños hicieron de la independencia del Zaire, la deleznable estrategia belga y la enorme desunión de los propios políticos negros, dio alas a quienes, en países como Rhodesia y sobre todo Sudáfrica, apostaban por mantener a los negros fuera del poder y, por lo tanto, crear estados africanos independientes en los que sólo mandasen los blancos. Es la política del apartheid, que también creó unas cuantas decenas de miles de víctimas.
Otro día, si yo tengo tiempo, vosotros ganas y los autobuses de la EMT paran de vez en cuando, os contaré la tristísima historia de los hutus y los tutsis; quizá una de las historias más tristes que contarse puede.
miércoles, julio 02, 2008
Off Topic
Viernes, 27 de junio. Estoy en la marquesina del autobús de una avenida de Madrid. En esa parada sólo para un autobús, el X. Son las 7 y cuarto de la mañana. Entro en el curro a las ocho y el autobús no tarda en llegar ni veinte minutos. Así que voy sobrado.
He pasado mucho frío en esa marquesina. En invierno, es como esperar el autobús al lado de un monumental frigorífico cuya puerta Zeus se obstina en dejar abierta. Pero en verano mola. La temperatura es agradable y hay luz. Así pues, aquí pequé, aquí cometí yo mi primera agresión al Consorcio Madrileño de Transportes: me senté en el banco de la marquesina, saqué de mi mochila mi libro, y me puse a leer mientras llegaba el autobús.
Puede que algunos de vosotros, los más cretinos desde luego, hayáis pensado alguna vez que los bancos de las marquesinas están puestos ahí para que los viajeros se sienten. Pero no es verdad. Ya os dije que erais estúpidos. Como comprobarás pronto, pobre lector idiota, los bancos de las marquesinas están para que se sienten los paseantes, pero no los viajeros. Los visitantes de las marquesinas, pero no las personas que quieran tomar el autobús. Quizá pienses: pero, ¿es que tienen visitantes las marquesinas? Sigue leyendo. Según la EMT, sí. Según la EMT, sus marquesinas son una especie de bibliotecas ambulantes.
A las siete y cuarto pasadas, pasa una ráfaga. Supongo que delante iba Hamilton en su McClaren y, detrás, el autobús X persiguiéndole. No iba deprisa; iba muy deprisa. Luego me he informado, por una conductora de la EMT, que la velocidad de los autobuses está limitada. Pues no sé cuál será ese límite, porque os aseguro que fue visto y no visto, y dudo mucho que en condiciones de seguridad. La avenida es una avenida que mucha gente suele cruzar haciendo jogging o paseando a sus perros. Si los autobuses se obstinan en recorrerla así, cualquier día tendremos una desgracia.
El caso es que yo me quedé sin autobús.
Cojo el móvil y llamo al 010. Le pregunto a un muchacho que cómo puedo reclamar a la EMT. Me da un teléfono 902. Allí me informan de que la reclamación tiene que ser por escrito. ¿Por escrito?, le digo yo. ¿En el siglo XXI? Le pregunto al amable informante: ¿no ha oído hablar el Consorcio de lo que es un call center? Un call center es un servicio estudiado para que todas las gestiones puedan hacerse por teléfono; y esto es posible porque todas las conversaciones se graban y, de esta forma, la grabación tiene el mismo valor jurídico que el papel firmado, y el declamar tu DNI el mismo valor jurídico que tu firma. Pero eso es demasiado para el Consorcio de Transportes de Madrid. Existen call center que graban las conversaciones más o menos desde que el Australopitecus Afariensis montó el primero en África. Pero el CMT, a lo suyo. A pedalillo. Como veremos pronto, todo tiene su sentido. Es la mejor forma de pasar de las reclamaciones.
Bueno, el caso es que, algunas horas más tarde, entré en la web de la EMT y presenté mi reclamación. Hasta hoy. Algo tan sencillo como darle un capón a un conductor por saltarse una parada con viajero ha sido imposible hacerlo en cinco días. Y eso, teniendo en cuenta que lo denuncié por velocidad excesiva. O sea: le imputo un ilícito de tráfico, y el CMT a verlas venir.
A eso le llaman Atención al Usuario.
Esta mañana, miércoles, ha pasado lo que tenía que pasar. Si el perro se mea en la alfombra y nadie le da una hostia, pues lo lógico es que siga meándose ahí. La escena se ha repetido a las siete y media: viajero en la marquesina, banco, libro, y autobús que pasa. O sea, pasa. Del verbo pasar de. Pasa de mí como de deglutir deposiciones orgánicas.
010. Que me de usted otra vez el teléfono para reclamar a la EMT. Respuesta del O10: eso no se puede hacer por teléfono. ¡Coño! ¿El viernes sí y el miércoles no? El Cyborg despejabalones de Gallardón contesta: usted puede reclamar por correo ordinario o por correo electrónico, ¿cuál de las dos vías quiere que le facilite? Yo me callo el pequeño detalle de que también se puede reclamar a través de la web, dato éste que el robot gallardonita parece no tener grabado en su disco duro averiado. Le digo: lo que quiero es que me de usted el teléfono que su compañero me dio hace cinco días, más o menos a esta hora. El 010 reflexiona brevemente. Dice: le daré el teléfono del Servicio de Atención al Cliente.
Cráneo previlegiado.
SAC de la EMT. Al habla Fulano. Oye, Fulano, quiero que utilicéis esas emisoras tan bonitas que tenéis para darle un capón al conductor de la línea X que ha pasado por la parada de la avenida Tal a las siete y media y se ha dejado al viajero en tierra; entre otras cosas, porque es la segunda vez que pasa en cinco días. Fulano que si sí, que si no, que si reclame por escrito. Eso ya lo hice el viernes y me habéis contestado con el más insondable de los silencios, le contesto yo. Entramos en una conversación sobre cómo ha ocurrido el sucedido. Yo, sincerote que soy, le digo que estaba sentado en el banco leyendo cuando ha pasado el autobús.
Es el momento en el que Fulano ha visto la luz.
Respuesta del SAC de la EMT: el autobús se ha pasado porque usted estaba leyendo. O sea, porque no estaba pendiente de que pasara el autobús. Yo: ¿o sea, que la culpa es mía? Fulano: yo no he dicho eso. Yo: pero, entonces, ¿qué es lo que ha dicho? Porque resulta que, en mi estulticia de contribuyente, yo lo que entiendo que me está diciendo es que el conductor no ha parado porque yo, en lugar de estar en la marquesina en actitud pendiente y avisatoria, estaba leyendo un libro. Y aquí es donde Fulano se ha adornado como los mejores lidiadores. Me ha dicho:
‑ Si el conductor llega a la parada y ve a alguien en ella leyendo, puede pensar que no es un viajero, sino simplemente alguien que está leyendo ahí.
¡Acabáramos!
Tú estás en casa y dices: me voy a dar un paseíto. Te llevas un libro. Cuando te cansas de andar, te dices: pues me voy a sentar a leer. Tienes la opción de buscar una terraza, donde, además de la lectura, tendrás una cervecita y aceitunitas. O de irte al parque y sentarte en un banco, diseñado para eso. Pero, no: ¿adónde va la gente a leer? ¡A las marquesinas de la EMT! ¡Y a las siete y cuarto de la mañana! De verdad, ahora entiendo las colas y colas de gentes que se ven por todo Madrid, nada más despuntar el alba; personas con la última obra de Ruiz Zafón en el sobaco, esperando que les llegue el turno de poder sentarse en una marquesina de la EMT y leer a gusto.
Y, ¿qué me decís de la insondable inteligencia del conductor? El común de los mortales, el conjunto de paralíticos mentales que formamos la sociedad española, pensamos que la combinación de Parada de autobús + Persona en la parada equivale a Viajero esperando el autobús. Pero, no: según la EMT, si alguien está en una marquesina de autobús, lo más probable es que esté pasando el rato; pero de esperar el autobús, nada. La gente que espera el autobús, por lo general, se sube a la copa de los árboles o camina por las alcantarillas, como todo el mundo sabe.
Finalmente, llega el X. Conducido por una conductora. Nada más subir, le digo: el compañero que llevas delante se ha saltado la parada y me ha dejado en tierra. Y entonces llega ya la explicación metafísico-epistemológica. La guinda que le faltaba al pastel. La conductora sentencia, muy seria.
‑ Es que es un correturnos.
Cojonudo. Si llevas un autobús y ves un viajero en su parada, paras para recogerlo. Salvo que seas un correturnos. Si eres un correturnos, entonces te lo puedes saltar. Esta teoría es de gran profundidad y, de hecho, explica algunos de los enigmas de la Historia.
¿Por qué los Albertos no fueron a la cárcel? Porque son correturnos.
¿Por qué Bush nunca será juzgado por el Tribunal Penal Internacional? Porque es un correturnos.
¿Por qué el árbitro Al Gandur nos guindó el partido contra Corea en el Mundial? Porque era un árbitro correturnos.
And so on.
Cosas que he averiguado tratando, infructuosamente, de conseguir que se me diese una mínima reparación por llegar tarde a currar, tan sólo moral (de indemnizarme por el retraso ya ni hablamos).
1) El 010 es una lotería. Lo mismo te dan una información buitre, que palomi. Un día te dan un teléfono, al otro te lo esconden. Genial.
2) Como ya os he dicho, el SAC de la EMT no graba las conversaciones. Inteligente medida. De esta manera, por muy cabreado que esté el cliente, tiene que reclamar por escrito; se quitan de en medio las reclamaciones de los que se enfríen por medio. Y si la reclamación, como es el caso, es también contra la persona del SAC que ha atendido al viajero, es su palabra contra la tuya. Tú dices que dijo, él dice que no dijo.
3) Los conductores de la EMT, según he sido informado, NO TIENEN LA OBLIGACIÓN DE PARAR EN LAS PARADAS, INCLUSO AUNQUE HAYA ALGUIEN EN ELLAS. Es lo que me cuentan gentes del oficio, porque en el SAC (¿no lo habíais adivinado?) no me han informado; me han contado la chorrada ésa de que un tío leyendo en una marquesina puede ser cualquier cosa menos un viajero que espera leyendo.
O sea: el conductor parará si le das la señal de parar, como un taxi. Si no, tiene derecho a pensar que no eres un viajero, sino sólo un mediopensionista que está visitando la marquesina porque le gusta la decoración. ¿Alguno de vosotros está, quizá, pensando, que no tiene sentido igualar un autobús, que tiene paradas, con un taxi, que no las tiene, y es por eso que hay que señalarle que pare? Pues si lo estáis pensando, lamento deciros que en el Consorcio Madrileño de Transportes no tendríais futuro ni para llevar los cafés.
4) Los autobuses de la EMT no llevan tacógrafo. Eso es, al menos, lo que me han dicho sus conductores. Yo pensaba que sí, más que nada porque el tacógrafo es algo que faltó un pelo de Yul Brynner para que lo inventase Galileo, o sea que es más viejo que la tos; y porque es una medida básica para controlar lo que los conductores hacen con sus máquinas, que son de todos. Así las cosas, no me extraña que mi denuncia del viernes no haya tenido respuesta. Yo digo que el autobús iba follado, mas, ¿cómo lo demuestro? Solución: no sólo hay que estar en las marquesinas atento a que pase el autobús para hacerle ver que no somos gentes de paso sino viajeros; es decir, que no somos uno más de los millones y millones de personas que cada día se sientan a leer en las paradas de autobús, sino miembros de la estricta minoría de ciudadanos que utiliza las paradas de autobús para esperar el autobús. También es recomendable ir provistos de una cámara de video para, en el caso de que el autobús haga alguna pirula, poder grabarle para demostrarlo. Porque el interés de la EMT por saber lo que hacen sus conductores es nulo. Nulo. Ojos que no ven, viajero que se jode.
Así las cosas, he denunciado:
- Al conductor del viernes.
- Al conductor del miércoles.
- Al operador del Servicio de Atención al Cliente de la EMT que me atendió esta mañana.
¿Alguien apuesta sobre el resultado de estas gestiones?
viernes, junio 27, 2008
Rehabilitar a Negrín
Según dicha noticia, los socialistas canarios (es decir, socialistas como Negrín; y canarios como Negrín) presentarán en el próximo congreso una moción, o como quiera que eso se llame, para rehabilitar a Negrín como miembro del Partido Socialista, cosa que no es desde 1946, cuando el partido, que entonces estaba dominado por Indalecio Prieto, le echó. Gesto en el cual Prieto se la devolvió a Negrín, pues antes Negrín había echado a Prieto del gobierno, en plena guerra. Aunque en este último caso yo, desde luego, le doy la razón a Negrín: un gobierno en guerra no puede tener como ministro de la guerra a una persona que dice que es imposible ganar la guerra.
Lo que me ha impulsado a escribir este comentario es algunas cosas que leo en esa noticia y que creo que, sin llegar a no ser verdad, son tan sólo aparentes verdades parciales, con las que, obviamente, difícilmente se podrá llegar a una imagen fiel del personaje histórico.
Dice la noticia que la razón de que Negrín fuese expulsado del PSOE fue su fama de agente a servicio de los comunistas. Lo cual merece dos comentarios.
El primero es que eso no es verdad. Los socialistas que mandaban en el PSOE, del ala más moderada prietista, querían, desde luego, olvidar que el PSOE fue durante la guerra un partido connivente con el PCE; que ambos llegaron a hablar de fusión según los comunistas; y que la propia formación había tenido veleidades revolucionarias del más puro marxismo, dictadura del proletariado y tal. Ahí está el famoso discurso de Prieto en México en el que pedía perdón por haber colaborado en la organización de la mal llamada Revolución de Asturias (mal llamada porque debería llamarse Golpe de Estado Revolucionario). En ese viaje hacia la moderación, que probablemente buscaba tener una mejor imagen en las cancillerías europeas donde claramente se prefería a Franco que a los comunistas, Negrín les estorbaba.
Pero, con ser ese un motivo cierto, no es el único. En mi opinión, ni siquiera el más importante. Cuando en una discusión entra a formar parte el asunto del dinero, entonces el dinero suele ser el principal argumento. Y en el enfrentamiento entre Prieto y Negrín había mucha pasta de por medio. Algo que ya hemos contado. El principal problema entre Prieto y Negrín, pues así hay que formularlo, era la pasta. La enorme pastizara que había, fruto de incautaciones del Estado republicano, y que ambos querían dedicar para subsidiar a los miles de exiliados españoles... pero cada uno por su lado. A los suyos.
A Negrín se lo apiola el PSOE por un problema político, cierto. La relación con los comunistas es la gran asignatura pendiente del PSOE en vida de Franco y, una vez llegada la Transición, en gran parte sigue siéndolo; sólo se ha resuelto, de hecho, con la desaparición de facto de la influencia política comunista. Pero se lo apiola también, y ya digo que en mi opinión principalmente, por un simple y puro problema de pelas.
En la información se cita a diversos historiadores que, dice el periódico, llevan tiempo intentando rehabilitar la figura histórica de Negrín. Al que yo he leído es a Moradiellos. Y, como ya he tenido la ocasión de comentar, en su biografía de Negrín hay detalles que me parecen como poco curiosos, y que de hecho me reafirman en mis tesis. Por ejemplo, el propio Moradiellos describe a un Negrín en el exilio que tiene una casa en Londres con servicio, y tal. Luego llega el momento de la expulsión (o sea, el momento en el que Prieto se queda con la pasta). Sin solución de continuidad, el autor pasa a describirnos a un Negrín con serios problemas económicos que tiene que vender la casa de Londres. En fin...
Tan fuerte fue el enfrentamiento entre Prieto y Negrín que éste último se negó sistemáticamente a rendir cuentas, no ante el PSOE, sino ante el gobierno y el parlamento republicanos en el exilio, sobre el asuntillo del oro de Moscú. En 1956, muerto Negrín, su hijo entregó todos los papeles relativos al traslado del oro y su gasto en armas... a Franco. No sé cómo van a poder orillar los socialistas canarios esta cosita en su propuesta de rehabilitación, teniendo en cuenta el hecho de que, para los campeones de la memoria histórica, y los socialistas lo son, todo lo que toca a Franco, todo lo que tiene relación con Franco, todo lo que se impregna siquiera lejanamente con el olor del after shave de Franco, está maldito.
El segundo comentario es sobre el hecho en sí de la connivencia de Negrín con los comunistas. Yo sinceramente dudo de que Negrín fuese un agente de los comunistas, en el sentido de una persona de total obediencia comunista colocada como un submarino dentro del PSOE y del gobierno de la República. Sus convicciones ideológicas, no lo dudo, eran más socialistas que comunistas. Pero lo que sí tengo por cierto es que los comunistas fueron, claramente, el apoyo de Negrín en el gobierno de la República, que hizo uso de ese apoyo y, consecuentemente, se fue haciendo tributario de él hasta que fue lo único que le quedó.
En el otoño de 1936, cuando se produjo la salida del oro del Banco de España de Madrid hacia Cartagena y, después, hacia Odessa, Negrín era ministro de Hacienda. Fue él, por lo tanto, quien diseñó dicha operación. Sobre quién trasladó el oro a Cartagena hay, que yo sepa, dos versiones. Según Valentín González El Campesino, un general comunista que luego abjuró del estalinismo y fue convenientemente puteado por ello, el oro fue sacado de los depósitos de Madrid por personas de estricta obeciencia comunista y trasladado por él mismo y por sus hombres tras que así le fuese ordenado por José Díaz. Y Díaz no era ni ministro ni leches. Era el seceretario general del Partido Comunista de España.
Otra versión, truquera y mentirosa en mi opinión, es la de Orlov, uno de los muñidores soviéticos en la España republicana, que también apostató del comunismo en su día y huyó a los Estados Unidos. Orlov dejó dicho que el traslado fue ya realizado por personal soviético, versión que yo no creo por pura lógica jurídica: la Unión Soviética podría ser muy poderosa, pero no era quién para transportar las riquezas de España por territorio español.
Existen, por lo tanto, versiones de que, ojo, ya en el otoño de 1936, ya antes de ser presidente del Gobierno, Juan Negrín se apoyaba en los comunistas para lo que verdaderamente importaba. Y luego fue presidente del Gobierno. Sobre lo que han dejado escrito los protagonistas de aquellos tiempos en torno a la capacidad que tenían los representantes soviéticos de influir en la estrategia bélica, hasta el punto de llegar a desobeceder órdenes estrictas del ministro español, no creo que deba extenderme porque son datos muy conocidos. Y, en gran parte, dicha influencia se produjo durante el mandato de Negrín. Negrín, además, como presidente del Gobierno, no puede ser ajeno a cosas como la creación del SIM o las actuaciones de la policía política soviética en España, cuyo ejemplo más aspaventoso es el secuestro y más que probable ejecución de Andreu Nin. A ambas iniciativas no fueron ajenos los comunistas, y la segunda les es privativa.
En mi opinión, es posible que Negrín no sea responsable de connivente con los comunistas. Pero el problema es que si no era connivente con los comunistas, entonces es culpable de un delito mucho peor: el de, siendo presidente del Gobierno, no haber sido capaz de garantizar un poder estatal efectivo. Ciertamente, esta responsabilidad la comparte con otros muchos: con Giral, que no impidió que los civiles fuesen armados en las primeras jornadas de la guerra; con Largo, bajo cuyo gobierno se multiplicaron las atrocidades de tantos y tantos grupos y grupúsculos de animales haciendo la guerra por su cuenta; con Azaña, ese deprimidillo que lo miraba todo sin hacer nada y que creyó (, al parecer, con acierto) que se ganaba la absolución de la Historia a base de dictar sollocitos en La velada de Benicarló; y, sobre todo, con el señor Companys, presidente electo y ejecutivo de una comunidad autónoma donde anarquistas y, en menor medida, poumistas y luego comunistas hicieron de su capa un sayo y se llevaron por delante a quien les salió de los cojones mientras él miraba, a otro lado, por supuesto.
La comparte con otros muchos. Pero, de todos ellos, salvo Companys, él es el que estuvo más días sentado en el sillón desde el cual podía haber acabado con todo eso, o por lo menos intentarlo; y, si no fuere posible, haberse marchado. Cosa que no hizo. Así las cosas, si yo fuese Negrín, casi preferiría ser culpable de connivencia con los comunistas.
Por último, otra cosa que me llama la atención de la noticia de El País es que diga que Negrín es el último político que queda por rehabilitar en el PSOE. La imagen que el PSOE mismo tiene de su propia historia durante los años de la República y la Guerra Civil la podéis leer aquí. En dicho texto se menciona a tres ministros socialistas en el primer bienio de la República: Largo Caballero, Prieto y Fernando de los Ríos. Extraña forma de rehabilitar a Largo y Prieto es ésa que se olvida de que uno de ellos llegó, no a ministro, sino a presidente del Gobierno, tras el estallido de la guerra; y que el segundo fue el ministro encargado de la dirección de la propia guerra.
Por supuesto, el texto se refiere a «el fuerte impacto popular de la represión causada por la revolución de Asturias», pero nada dice sobre la Revolución de Asturias en sí. Y, claro, se olvida de decir que fue un golpe de Estado, y que fue organizado por Largo Caballero.
Indudablemente, en esta versión que el PSOE hace de su propia Historia, el más imperdonable olvido es el del hecho de que Juan Negrín fue presidente del Gobierno. Pero no es el único. Rehabilitaciones formales o no, parece que la relación del PSOE con su propia Historia no es muy fluida.
martes, junio 24, 2008
Madrid, 1939
Y eso no puedo sino retribuirlo.


Tal vez alguien con menos presbicia que yo pueda decir dónde pichas está tomada esta foto. Hay una cúpula a la izquierda que podría ser la de alguna iglesia importante de Madrid (¿San Francisco el Grande?) ; lo cual haría que el lugar donde está tomada no fuese muy lejano al puente de Segovia.
De todas las fotos que tengo coleccionadas, ésta es, probablemente, la de la entrada más temprana a Madrid. Tiene que ser de alguno de los últimos días de marzo. Y digo esto porque, si os fijais, no hay ni un solo brazo en alto. Ello a pesar de que en primer plano vemos a un requeté armado, de espaldas. La gente rodea el camión que llega con más curiosidad que otra cosa. Aún no se han producido las demostraciones fascistas, por lo tanto.

Aquí la cosa ya va cambiando. Esta foto está tomada, si la vista no me falla, en la calle Alcalá, casi en la Puerta del Sol. Conforme los falangistas que quedaban en Madrid han ido saliendo de sus casas, y de las cárceles, se han ido incorporando a los camiones y al público. Observad como el saludo romano ya se va imponiendo.

Esta foto está hecha en la calle Toledo, y aquí parece que el público está ya más motivado. Aunque, ojo. Con las fotos de la guerra, todas ellas, tenéis que ser muy críticos, porque no pocas están preparadas. Normalmente, el indicativo más claro de que una foto está preparada es que sus protagonistas miren a la cámara, posando. Que es exactamente lo que hace el falangista irredento a la izquierda de la imagen, lo cual es sospechoso de que, tal vez, todos los de la foto, más que saludando, lo que están es posando.

Esta de la Puerta del Sol es bastante más espontánea.

Esta foto es muy sencilla de ubicar. Está hecha en la calle Alcalá yendo hacia Cibeles. A la izquierda se ve la columnata del edificio del Banco Río de la Plata, hoy sede del Instituto Cervantes. Al lado, el jardín del palacio de Buenavista, que creo que es sede del Estado Mayor del Ejército. Al fondo se ve el palacio de Linares.
Esta foto sirve para demostrar la importante demostración popular que se produjo en las calles a la llegada de las tropas franquistas. Fuere por querencia ideológica, por estar hasta los huevos de los republicanos (ambos sentimientos parecen el mismo, pero no lo son), por simple y pura hambre o por más simple y puro miedo, lo cierto es que el personal se echó a la calle. Probablemente, la mayoría lo hicieron por una sola cosa: para celebrar que se había acabado la puta guerra.

En la foto, la fuente de la Cibeles. Desde que las tropas franquistas, ya en el otoño de 1936, lograsen tomar algunas posiciones estratégicas en el eje de la carretera de La Coruña (y muy especialmente el monte Garabitas), tuvieron la capacidad de hostigar buena parte del centro de Madrid con su fuego de artillería. Alguna memoria que he leído (ahora mismo no estoy seguro, pero puede que sean las de Edmundo Rodríguez) habla de un paseo nocturno con el general Rojo, en el Madrid de la guerra; el informador cuenta que saliendo de Alcalá 9 (actual sede del Ministerio de Economía) se sentían seguros, pero que al llegar al final de la calle Arenal ya la cosa se ponía fea. Aunque esa era la zona más castigada por las bombas, no era descartable que algún obús llegase hasta la mismísima plaza de Cibeles y le arrease un cebollazo a la diosa; motivo por el cual el muy laico gobierno republicano la protegió como podéis ver en la instantánea.

En esta foto ya la están peinando; incluso los leones han conseguido sacar la chota al aire.
La foto sirve también para que comprobéis que no fue Raúl González el primero que le puso una bandera en el regazo a la diosa.

Un cañón republicano semienterrado en el suelo de la Plaza de España para así poder dispararlo sin preocuparse del retroceso. En frente a la derecha se ve una esquina de la plaza (plaza de España esquina a los primeros números pares de Ferraz) que está hoy exactamente igual que en la imagen lo cual, unido a la estatua de Don Quijote y Sancho, que está donde estaba sólo que ahora forma parte de un conjunto arquitectónico un poco más rebolludo, hará que os sea sencillo de la muerte ubicar la situación del cañón. Vamos, que cualquiera con un móvil podría irse mañana a hacer una foto de este lugar exacto. El interés de la imagen, en todo caso, está en la dirección del cañón. Imaginad la trayectoria del obús. Por ahí intentaban entrar los nacionales.

Misa de acción de gracias en la mismísima puerta de Alcalá, con la asistencia de Franco, aunque no sale en la foto. En el altar, una enorme cruz, el yugo y las flechas. Esta foto hace pandán con otra que también tengo de otra revista, en la que aparece la misma puerta de Alcalá con varios retratos colgados en los banos, entre ellos el de Lenin y el de Stalin. Ambas fotos combinadas son una buena forma de resumir de qué fue aquella milonga.
Un aspecto de la misma misa. En el altar se puede apreciar un Cristo al que le falta un brazo. También tiene la cara medio destrozada. Se trata de un Cristo profanado tras el 18 de julio en una iglesia de Madrid, que fue sacado en procesión más o menos espontánea justo antes de la celebración religiosa.

Como siempre, me dejo para el final mi preferida. Esta foto está tomada en los soportales de la Plaza Mayor, y en ella se ve a cuatro soldados moros de las tropas de Franco. Las tropas de África fueron la mejor baza militar del bando nacional desde el principio y, dentro de éstas, las unidades indígenas destacaron por su combatividad y, a decir de los republicanos, crueldad para con el enemigo; aunque también parece ser que muchas de las atrocidades que se les atribuyeron fueron más bien fruto de la propaganda.
Ciertas o no las historias, los moros, hoy diríamos combabientes musulmanes, fueron fundamentales en el esquema de muchas acciones bélicas. Las primeras compañías que llegaron a Sevilla fueron paseadas por Queipo de Llano por las calles, consciente como era el general de que la mera noticia de su llegada sería fundamental para debelar la resistencia civil contra el golpe.
La mayoría de las memorias que he leído que se refieren a estos combatientes musulmanes los describen dedicándose a tiempo compartido a la guerra y al comercio. Cuando no estaban pegando tiros, estaban vendiendo cosas en la misma calle. Es lo que más que probablemente están haciendo estos soldados, es decir preparando el tenderete del día. Llama la atención el paisano (del país) que se ha parado unos metros más allá y los observa con las manos en los bolsillos. Ciertamente, entonces los españoles, salvo que hubiesen ido a servir a África, no habían visto un musulmán en su vida.
Bueno, y esta noche ya no doy para más. Hasta otra.
viernes, junio 20, 2008
Madrid, 1908
Para contároslo, uso como fuente uno de los libros de mi colección: la guía Baedecker de España en su edición de 1908. Hace cien años había menos turistas que hoy, pero los había. Y ya necesitaban libritos en los que se les dijera cómo tenían que llegar a los sitios, así como los lugares recomendables. Las guías Baedecker fueron muy famosas y reputadas y, verdaderamente, están llenas de información. Acudo aquí al capítulo de Madrid aunque la guía que poseo repasa la práctica totalidad de las ciudades importantes de España. Cualquiera de vosotros, si tiene curiosidad por saber cómo era su ciudad hace un siglo, debería hacerse con una. Yo mismo me he quedado pijarriba ante la visión del mapa urbano de La Coruña reducido a menos de la cuarta parte de lo que es hoy en día.
El mapa urbano es, de hecho, lo primero que sorprende. Podría escaneároslo, pero lo cierto es que en este blog, como se quejaba alguien recientemente, las fotos aparecen demasiado pequeñas. Quizá algún día monte una página con todos los mapas de Madrid que tengo.
Digo que el mapa mosquea porque cuando lo miras, reconoces claramente Madrid; bueno, un Madrid que limita al este con el parque del Retiro, al norte con el inicio de la Castellana, al sur con Delicias y al oeste con el Palacio Real. Pero ya he dicho que lo reconoces, con su Puerta del Sol, su Plaza Mayor… Y, sin embargo, hay algo que te mosquea. Que no te cuadra. Me costó descubrirlo, y eso que es fácil. El mapa es raro porque no tiene Gran Vía. En efecto, en 1908 aún faltan nueve años para que la Gran Vía exista, así pues donde hoy hay una arteria de comunicación, entonces había un dédalo de calles y manzanas que hacen que, de hecho, puedas llegar a pensar si te estás equivocando de mapa.
Baedecker informa de que «la mayoría» de los hoteles están dotados de ascensor y energía eléctrica. Cita como los dos cojo-hoteles madrileños el Hotel de la Paz y el Hotel de París, ambos en la Puerta del Sol; así como, con intenciones menos pretenciosas, el Hotel de Rusia y el Hotel de Embajadores, ambos en la carrera de San Jerónimo; y el Hotel Inglés, en la calle Echegaray, que estaba donde está ahora.
El primer restaurante citado es Lhardy; en esto las cosas no han cambiado. Entonces era lo más de lo más, en dura competencia con El Ideal, en el número 17 de la calle Alcalá; restaurante éste en el que, según advierte Baedecker a sus lectores sajones (la guía está en inglés) se sirve el afternoon tea. No se olvida, por supuesto, del famosísimo Café Fornos, justo al lado del Ideal. El no va más de las cafeterías es el Café de Viena, en la calle Arenal, 3.
Al loro con las advertencias que hace Baedecker sobre tomarse un café en Madrid. Dice que estos cafés, casi todos situados alrededor de la Puerta del Sol, son frecuentados por «políticos, funcionarios cesantes, jugadores y ‘confidence men’ [sic]». No me alcanzan los conocimientos como para saber qué narices quiere decir esto último. Y añade: «los cafés en los que, al final de la tarde, se cantan las llamadas canciones flamencas deben ser evitados por las mujeres y, en el caso de los caballeros, si acuden deben hacerlo acompañados de algún amigo español».
O sea: en 1908, guiri que veíamos entrar en Casa Patas, guiri que rajábamos desde el ombligo hasta la nuez.
Por cierto, que entre las confiterías recomendables, Baedecker cita La Mallorquina, situada, por si alguien no lo sabe, en el número 8 de la Puerta del Sol.
La guía informa a sus clientes europeos, expertos en beer, de que las marcas mejores de cerveza en Madrid son Aguila, Mahou, Princesa y Santa Bárbara. E incluye una curiosísima advertencia: «la cerveza es mejor evitarla en verano». No lo pillo.
Los taxis de Madrid en 1908 eran coches de caballos y se llamaban simones. Tenían, como el metro hoy en día, tres coronas de desplazamiento con tarifas diferentes, llamadas primer, segundo y tercer límite. Pero el todo Madrid entraba en el primer límite, así pues Baedecker no se ocupa de los demás, consciente de que los turistas nunca van a las afueras (y, por si se les pasa por cabeza, les informa de que los alrededores de la ciudad no tienen el menor interés). El precio, un penique por hora por un simón monocaballo para un solo viajero.
El tranvía tenía ya 27 líneas con número y una decena de otras sin número de otra compañía. Una cosa que no existía entonces, no existiendo la Gran Vía, era el edificio de Telefónica. Para ir a la central de teléfonos había que ir al número 1 de la calle Mayor.
Con esa típica displicencia British, la guía avisa a los turistas de que algunas cosas no funcionan en Madrid como están acostumbrados. Por ejemplo, en materia de hospitales dice que el mejor es el de la Princesa, pero informa fríamente de que «none are good». Las casas de baños las califica de generally poor. Por una traducción que incluye me entero de que a las duchas, en 1908, se las llamaba en Madrid baños de chorro.
Otra cosa que me ha llamado la atención es la descripción de las fiestas. Baedecker informa, por ejemplo, de que el carnaval de Madrid es una puta mierda, además de algo peligrosillo, pues asevera, textualmente, que «el único baile de máscaras al que puede acudir una mujer con seguridad es el del Palacio Real». Eso sí, no oculta cierta admiración por el entierro de la sardina, celebrado «with a copious accompaniment of eating and drinking».
En lo que sí que ha cambiado el cuento es en Semana Santa. Al loro: «con el objeto de no interferir a las masas de beatos que van de una iglesia a otra, todo tañido de campana y todo tráfico rodado está prohibido en Jueves y Viernes Santo». Tratad de imaginarlo: Madrid paralizado como en un inmenso sabbath, sin más transporte que el realizado a pie, mientras miles de personas se mueven de iglesia en iglesia. «Incluso el servicio de tranvía», remacha la guía, «es totalmente discontinuo». Si vienes a Madrid en Semana Santa, pues, o rezas, o te jodes.
El Sábado Santo se celebraba un extraño mercado de tías (marriage market lo llama la guía), denominado por los madrileños El Pinar de las de Gómez, nombrecito que se las trae. En él, las mozas casaderas que habían estado en las iglesias, vestidas con sus mantillas y sus cositas, se paseaban por la calle Alcalá, entre las iglesias de Calatrava y San José, hemos de suponer que para ver si los inevitables días de abstinencia habían despertado en algún elemento masculino el deseo de desposarlas.
El Jueves Santo, por cierto, el rey en persona lavaba los pies de doce mendigos, al estilo de Cristo en los Evangelios, y luego les daba de comer; la guía nos informa, además, que de esta historia… ¡se vendían entradas! Esta costumbre ha caído en desuso. Hoy en día, el rey se limita a instar a los mendigos diciéndoles: «¿Por qué no te lavas?»
También nos dice Baedecker que había una extraña procesión llamada La Romería de la Cara de Dios. Comenzaba el Jueves Santo en la capilla de la Santísima Faz y continuaba toda la noche, llegándose hasta la cárcel, donde el personal se dedicaba a engullir, cito literal, «enormes cantidades de pancakes y brandy». La celebración terminaba con un espectáculo el Viernes Santo en la calle Princesa, a un tiro de piedra pues de la cárcel; celebración en la que, nos dice Baedecker, «the demi-mode is largely in evidence»; copio la frase textual porque me cuesta hacerle la exégesis.
De todo ello saco la conclusión de que en Semana Santa en Madrid estaba prohibido hacer el menor ruido habitual para no molestar la gravedad piadosa del momento; pero que, en paralelo, el personal se montaba unas romerías disfrazadas de pitufo con las que conseguía ponerse hasta el culo.
De las fiestas de Navidad, Baedecker nos informa que «han perdido casi toda su brillantez pasada».
Entre los espectáculos propios de la época estaba el viajecito semanal de la familia real desde el Palacio hasta la iglesia del Buen Suceso, recorriendo las calles de Bailén, Ferraz y Ventura Rodríguez. Todos los sábados, a las cuatro de la tarde. Y luego nos extrañamos de que los anarquistas les tirasen bombas, si hasta las guías de turistas publicaban dónde iban a estar cada sábado.
Nos dice Baedecker: «quizás el único artículo español sin adulterar en un Madrid hoy por hoy casi totalmente europeizado son las corridas de toros».
martes, junio 17, 2008
Madrid, años veinte

Ésta es la inevitable vista de la plaza de Cibeles que aparece en todas las guías. A mediados de la década de los veinte, que es cuando yo creo que está tomada esta foto, la fuente ya tiene su orientación actual, perpendicular al eje de la Castellana; siendo su ubicación original perpendicular a la calle Alcalá. Como podemos ver en la esquina inferior derecha de la foto, en aquel entonces todavía se daba la cohabitación de la tracción mecánica y la tracción animal. La intensidad del tráfico era tal que, si miráis con un poco de atención, veréis que en la calzada, justo enfrente de la esquina del Banco de España, hay mediopensionistas paseando. Hoy en día, no hay huevos de hacer lo mismo.

El Casón del Buen Retiro, como su propio nombre indica, es consustancial al Retiro. Aquí lo vemos desde la puerta del parque, formando un todo con él.
Igual que hay ciudades costeras en las que barrios enteros han sido ganados al mar, la gran parte del elegante barrio que está en la margen izquierda del Prado según se pasa Cibeles está ganada al Retiro. Eso incluye el Palacio de Comunicaciones, adonde recientemente se ha trasladado el alcalde Gallardón, donde, por las crónicas que he leído, había en el siglo XIX un jardín donde en verano había cuchipandas y espectáculos y, consecuentemente, era el lugar preferido de los madrileños y madrileñas para irse a meter mano.

El museo de Ciencias Naturales. No es que haya cambiado mucho, salvo el hecho de que hoy en sus jardines hay un monumento a la Constitución de 1978 que, obviamente, en esta foto no puede estar, porque aún no había nacido ningún famoso vidente. La importancia de la foto, creo yo, está en la observación de lo que hoy es la calzada de la Castellana. Aquello era un camino de cabras más o menos pavimentado. A la izquierda de la foto, donde hoy están los Nuevos Ministerios, había un hipódromo. Algunas décadas antes, esta zona de la Castellana estaba tan a tomar por culo que era a donde se iba el rey Amadeo de Saboya a echar polvos con su amante sin que le viesen.

La plaza del Callao, con el Palacio de la Prensa al fondo. Llama la atención el hecho de que se vea una fila de coches aparcados en lo que hoy es el tramo de la Gran Vía que va hacia Plaza de España. Esto es así porque, en aquella época, el mundo conocido terminaba más o menos ahí. Por lo demás, el trasiego de paseantes a la derecha de la foto deja bastante claro lo estresante que era entonces el tráfico por esta arteria madrileña.

Esta foto es la que me ha dado la pista fundamental sobre la fecha de la guía. Es la entrada de la plaza de toros un día de corrida. Lo que pasa es que esa plaza de toros no es la plaza de toros actual, la de Las Ventas. Dado que ésta fue inaugurada en 1929, la foto, y consecuentemente la guía, tiene que ser anterior a dicha fecha.
Esta plaza de toros es la responsable de que para los toreros que vienen a Madrid sea tradición vestirse en el hotel Wellington, en la calle Velázquez. Entonces, la plaza quedaba a un tiro de piedra de dicho hotel y es por eso que se utilizaba. Según he podido leer, la ubicación de esta plaza era lo que hoy es más o menos la esquina de Alcalá con Claudio Coello.
Ya hemos visto por diversas fotos que en los años veinte, en Madrid, el tráfico rodado no era gran cosa. Sin emnbargo, en esta foto podemos ver un big rush y un atasco de puta madre; lo cual nos sirve para inferir algo plenamente cierto, y es que hasta la llegada del fútbol, allá por los años cincuenta, el espectáculo por antonomasia en Madrid y en España eran los toros.
Uno, dos, tres, cuatro. Hasta cuatro tranvías se cuentan en la foto uno detrás de otro. En paralelo, coches particulares y en paralelo de éstos, coches de caballos. Triple fila, algo inusitado para la época.

He dejado para el final mi preferida. El pie de foto de la guía dice: tres señoritas madrileñas con la típica mantilla. La foto yo diría que podría estar tomada en algún bulevar, tal vez la Castellana (pensé que sería el Retiro, pero al fondo a la izquierda creo distinguir un edificio, lo cual me hace dudar). Es claramente una foto amateur. Aquí nada está preparado. Estas tres señoritas no son en modo alguno modelos preparadas para la foto. ¿Que por qué digo esto? Pues por la sencilla razón de que en el encuadre de una foto preparada no figuraría la silla de tijera que se ve a la derecha, sobre la cual, si observais un poco, veréis que hay un vaso, imagino que de limonada (el vaso tiene una cuchara, indicativo de, cualquiera que sea la bebida, tiene que ser una bebida mezclada con azúcar).
Estas tres señoritas son simplemente tres paseantes captadas por el fotógrafo. Los años veinte se aprecian, por ejemplo, en que las faldas terminan ya un palmo y pico por debajo de la rodilla, mostrando cierta liberación que algunos años antes habría sido imposible. También destaca la mujer de enmedio, ligeramente más moderna que sus dos amigas; su amplio collar le da cierto aire parisien, sin llegar, desde luego, a confundirla con una cocotte de ésas a las que mataba a polvos Toulouse Lautrec. Estas son tres españolas castas y susanas, y por si hubiera alguna duda no hay más que observar a la mayor y más alta de ellas, a la izquierda de la foto, y su más que visible crucifijo. La española de aquella época, por lo demás, viste de oscuro, especialmente cuando está sola porque no ha salido con su hombre o no tiene hombre aún. Las diferencias de concepto son muy sutiles y se aprecian, si acaso, en las diferentes modalidades de escote escogidas por nuestras amigas.
Cabe estimar, desde luego, que estas nuestras bisabuelas iban o volvían de misa cuando se encontraron con el fotógrafo.
viernes, junio 13, 2008
El pistolerismo (VI): Martínez Anido y la Ley de Fugas
La huelga de la Canadiense
Brabo Portillo y Pau Sabater
The last chance
Auge y caída del barón de König
Mal rollito
La figura de Severiano Martínez Anido se asemeja en muchas cosas a la de Francisco Franco. Ambos fueron militares de larga trayectoria. Martínez Anido había servido en Filipinas, Cuba y Marruecos, es decir en todas las grandes guerras de España que le había tocado vivir como militar. Franco también era un militar del que no se podía decir que hubiese dado la espalda a un solo conflicto. Ambos, además, compartían el enorme defecto de tener una visión puramente militar de las cosas. Para ellos, el mundo era el patio de un cuartel y los problemas, guerras. De esta manera luchaban contra ellos.
Existen indicios de que Martínez Anido tenía cierta conciencia de justicia social. En su primera intervención ante la prensa tras ser nombrado gobernador de Barcelona, dijo que distinguiría entre terrorismo y reivindicaciones obreras, y que tampoco podía ser que los obreros fuesen tan salvajemente explotados como lo eran. Hubo quien llegó a creer que por fin llegaba a Barcelona un mandamás que entendía a los obreros. Sin embargo, metodológicamente, Martínez Anido actuó no como un político, intentando negociar; sino como un militar, es decir viendo la manera de atajar el mal del terrorismo pistolerista de raíz. Por esto, lo primero que hizo fue realizar una lista de todos los activistas a los que iba a expulsar de Barcelona. El asesinato de Valentín Otero, activista del Libre, no hizo sino impulsarle a ir más allá y, de hecho, a los pocos días de llegar al cargo dirigió una redada tan precisamente organizada que se podría decir que casi toda la plana mayor de la CNT fue detenida, incluido Seguí. Esta redada coincidió con el día en que unos activistas del Libre se dirigieron a una obra en la barriada de Sarriá, hicieron que los obreros se colocasen en una pared a punta de pistola, sacaron de la fila al cenetista Alfonso Cortina y lo mataron allí mismo, delante de sus compañeros.
Las acciones de Martínez Anido, del Libre y de la propia CNT fueron haciendo que las actividades se radicalizasen, como consecuencia de lo cual incluso los jefes más jefes empezaron a estar en peligro. El 26 de noviembre, se produjeron los atentados simultáneos de un destacado líder del Libre, el propietario del Hotel Continental Antoni Albareda; y un par de presidentes de sindicatos de la CNT: Ramón Batalla, de la construcción , y Josep Caneja, de metalurgia.
En suma, en el conjunto del mes de noviembre, primero en que Martínez Anido fue gobernador, hubo ya 22 muertos.
Y aquí llegamos a uno de los sucesos más poco claros de toda esta historia. Como ya sabemos, hay dirigentes de la CNT en la trena. Según algunos testimonios que hay que tomar con pinzas, puesto que la fuente es Inocencio Feced, quien traicionó y mintió a todo dios y por lo tanto es poco de fiar, Martínez Anido y su comisario Arlegui decidieron que, teniendo en cuenta el cariz que tomaban las cosas, había que pasar por la turmix a Françesc Layret, abogado habitual de los cenetistas. Los ánimos, además, se encrespan después de que el día 29 un grupo de pistoleros del Libre se carguen al cenetista Carles Bort en el mismo bar donde estaba tomando copas.
El día 30, una nutridísima fuerza de guardias salió del cuartel de la calle Consejo del Ciento y tomó un muelle del puerto de Barcelona, que los policías aislaron del mundanal ruido. Al mismo tiempo, en la cárcel Modelo todos los grandes popes del cenetismo como Seguí y otros, junto con el nacionalista Lluis Companys, eran sacados de sus celdas y llevados esposados a unos camiones que les dieron varias vueltas por Barcelona. Los detenidos llegaron a pensar de todo. Primero, que les llevaban al castillo de Montjuich; después, que los iban a deportar a Guinea; después, que los iban a tirar al agua para que se ahogasen. Finalmente, cuando ya estaban embarcados, fueron informados de que serían llevados al castillo de La Mola en Mahón. Martínez Anido llevaba adelante sus planes: muertos los perros, se acabó la rabia.
La mujer de Companys, en cuanto supo lo que estaba pasando, se fue echando leches hacia la casa de Layret, para contárselo. Al saber que estaba en la calle esperándole, Layret se apresuró a bajar a su encuentro. En la calle, muy cerca de la dona Companys, estaban los pistoleros Fulgencio Vera, AKA Mirete, Ángel Coll, Fulgencio Grisca y Carles Baldrich. Los cuatro dispararon. El abogado no tenía ni la más mínima oportunidad. Hay que hacer notar que Layret era diputado. Su muerte, por lo tanto, es un magnicidio del tamaño de la de José Calvo Sotelo, que precipitó el estallido de la guerra civil. Ésta, además, cuenta con la sospecha histórica de que fuese el propio terrorismo de Estado el que procedió al asesinato. Y con el agravante de que Layret era minusválido.
El asesinato de Layret casi viene a coincidir en el tiempo con una escena que más que de la Historia de España parece de una película de Pajares y Esteso. No fue hasta que el barco que llevaba a los presos estaba a medio camino entre Barcelona y Mahón que los organizadores del viaje cayeron en la cuenta de que no habían solicitado el ingreso de aquellas personas en La Mola. Sí, como suena. Durante un rato pareció que el barco tenía que darse la vuelta con su carga camino de la ciudad condal de nuevo. Finalmente, tras muchas conferencias telefónicas y hemos de suponer que después de que Martínez Anido amenazase con las peores soflamas al gobierno de Madrid, éste aceptó el traslado de los presos, que llegaron a Mahón a las mil y monas, sucios, sin haber podido comer decentemente y sin dormir.
Con el nuevo año aparece una nueva moda; una de las más tétricas de nuestra Historia, prolija en bestialidades. Cierto día, las fuerzas policiales cercaron a unos cenetistas que se encontraban en el Camp de l’Arpa, y detuvieron al dirigente Gregori Daura. Una pareja de policías lo conducía a la jefatura cuando, a la altura más o menos de la plaza de toros monumental, Daura, según la versión oficial, intentó huir, ante lo cual los guardias «tuvieron» que matarlo a tiros.
Había nacido la tristemente famosa ley de fugas.
Martínez Anido llegó más lejos. En una reunión que probablemente se celebró el 12 de diciembre de 1920, selló un pacto con el Sindicato Libre para que ambas fuerzas, la policía y dicho sindicato, fueran a por la CNT. El 17 detuvo a Ángel Pestaña. El 22, en un bar del Poble Nou, unos pistoleros del Libre se llevaron por delante a un recaudador de cuotas sindicales, Juan Llovet, e hirieron a otros. Al día siguiente, como represalia, el dirigente del Libre Juan Soler era asesinado por cuatro pistoleros cenetistas en la puerta misma del mercado de la Boquería. El 27, otro grupo de pistoleros acababa con el dependiente Enric Aymerich, también del Libre, en la propia tienda en la que trabajaba.
El de 1921 fue el año de Martínez Anido, y también el peor del pistolerismo barcelonés. El mismo día 3 comenzó la matanza en la persona de Josep Juliá, un activista de la CNT. El día 4, los anarquistas saldaban una vieja cuenta cargándose a Marià Sans, un pistolero que lo había sido del barón de König y que había vuelto a Barcelona creyendo que podría confundirse con el paisaje. Curiosamente, Sans llevaba un tatuaje en un brazo con la frase «¡Viva la anarquía!»; quizá como camuflaje.
Sólo en las primeras dos semanas de enero hubo nueve atentados con varios muertos y heridos; fuera de Barcelona también había violencia, pues en Bilbao fue asesinado el gerente de Altos Hornos de Vizcaya. El desparpajo de la CNT creció en volumen cuando, el 18 de enero, se llevaban por delante a un policía, el inspector Espejo, que acababa de tener un éxito policial con la detención de unos pistoleros llegados de Valencia. Arlegui, del cual Espejo era hombre de confianza, juró vengarse; probablemente por esto se disparó, y nunca mejor dicho, la aplicación de la ley de fugas y del terrorismo de Estado. Françesc Villena, dirigente cenetista, muere a tiros poco tiempo después. De madrugada, la policía saca del calabozo a los valencianos detenidos (Joan Vilanova, Antoni Parra, Juli Peris y Ramón Gomar), y se los lleva camino de la cárcel a patita y esposados. A la altura de la calle Calabria, los policías se demoraron unos pasos, levantaron las armas y les dispararon. A Antoni Parra le alcanzaron en un hombro y cayó al suelo, con tan buena suerte que sus compañeros, muertos, cayeron sobre él. Se quedó quieto y disimulando y así consiguió llegar vivo al hospital. Cuando, estando en la Morgue, levantó la mano para avisar de que estaba vivo pues no le salía la voz, el susto del personal del hospital fue morrocotudo. Conocido el hecho de que Parra estaba vivo, la policía argumentó que habían sido atacados, momento que los presos habían aprovechado para intentar huir.
Lejos de amilanarse con aquel fallo, la policía repitió la aplicación de la ley de fugas en la persona de José Pérez Espín, poco menos que fusilado en la Vía Layetana. Horas después, Agustín Flor, Francisco Bravo, Benito Benacho y otro activista fueron detenidos en un tranvía; pero, siendo trasladados a comisaría, y de nuevo en la Vía Layetana, fueron pasaportados.
Así las cosas, los cenetistas se dieron cuenta de que lo que tenían que hacer era matar a Martínez Anido. Dos de sus activistas, Doménech Rivas y Ricart Pi, se comprometieron a hacerlo precisamente durante el entierro del inspector Espejo, el día 23. Sin embargo, fueron descubiertos por la policía en la comitiva y detenidos. Horas después de la detención, morían en la Diagonal, presuntamente en medio de su huida.
En febrero de 1921, el diputado socialista Julián Besteiro presentó una interpelación al ministro de la Gobernación, Bugallal, sobre la ley de fugas. El ministro negó que tal cosa existiese, por supuesto. La policía de Barcelona cambió de táctica. Ahora los presos eran soltados y, casualmente, alguien les esperaba en la calle para matarlos.
La gran represalia de la CNT contra la ley de fugas fue matar a quien consideraban el responsable máximo de su aplicación, que no era otro que el primer ministro Eduardo Dato. Pero el asesinato de Dato, como magnicidio que es, es algo más que un mero capítulo del pistolerismo, motivo por el cual dejaremos su relato para mejor ocasión.
En el mes de marzo de 1921, es decir después de la muerte de Dato, hubo nueve atentados; y en abril, más aún. El paroxismo llegó a tal punto que en uno de los atentados murió un activista del Libre, Francisco Celis, a manos de activistas del Libre que lo habían confundido con un enemigo suyo. Rabiosos, los pistoleros del Libre iniciaron una campaña de asesinatos en la persona de los abogados laboralistas que solían defender a cenetistas.
El día 24 se podría haber producido una auténtica carnicería en Barcelona si los anarquistas no hubiesen sido torpes. Se celebraba una ceremonia del Somatén a la que fue invitado el propio rey; puesto que estarían en ella Martínez Anido y Arlegui, la CNT decidió que era una ocasión de puta madre para acabar con todos sus problemas con una sola bomba.
Joan Baptista Acher, alias El Poeta, y Josep Pérez, alias El Mula, en compañía de otos activistas como Roser Segarra y Elías Saturnino, prepararon la bomba y alquilaron un taxi para hacerse llegar con el mismo a la ceremonia. Al llegar a Barcelona, sin embargo, se encontraron con la que la policía no es tonta y que los accesos estaban muy vigilados. En una decisión que lo dice todo de la humanidad del terrorismo anarquista, decidieron dejar el taxi abandonado cerca del lugar del desfile, con el motor el marcha, para que se incendiase y de esa forma activase la bomba. Dicho de otra forma: organizaron una puta carnicería, en la que hubieran muerto decenas de personas absolutamente inocentes. Por suerte, eran tontos del culo. Dejaron el taxi abandonado en frente del único lugar donde podían apagarlo inmediatamente: un taller mecánico.
En mayo hubo unos quince atentados, además de la aplicación de la ley de fugas Gregori Fabre, alias El Brasileño. La primera semana de junio de 1921 se saldó con un atentado diario. Poco a poco, no obstante, la política de dureza de Martínez Anido iba haciendo más difícil a la CNT mantener su estructura. El resto del año la violencia continuó, aunque algo más atenuada.
Sin embargo, nadie es eterno. Tampoco Martínez Anido. Pero de eso hablaremos otro día.
lunes, junio 09, 2008
Polonia
En 1942, en la batalla de Stalingrado, en expresión de sir Winston Churchill se escuchó girar los goznes de la Historia. Hasta ese momento el guión hablaba de una posible victoria, total o parcial, de la Alemania de Hitler en el teatro europeo; pero desde entonces los aliados comenzaron a darse cuenta de que la victoria podía llegar a ser suya y, lo que es más importante, podía llegar a ser total. Esta convicción dio paso a otra pregunta de dificilísima contestación, y es qué es lo que se iba a hacer con Alemania. En menos de medio siglo, Alemania había colocado Europa patas arriba dos veces. En la primera de ellas, además, se optó por una solución basada en castigarla duramente por ello, pero sin invadirla. Por otro lado Adolf Hitler, dentro de sus paranoias, había manejado algunos conceptos en los que casi todo alemán creía sin necesidad de ser nazi; y uno de esos conceptos era el famoso Lebensraun o, si se prefiere, el derecho alemán a ser un apoyo para los alemanes residentes fuera de las fronteras del país, lo cual había soportado las reivindicaciones hitlerianas en la antigua Checoslovaquia y, por supuesto, Polonia.
En la batalla de Stalingrado, por cierto, pelearon alemanes y polacos, pues en las unidades del Ejército Rojo había polacos metidos. Esto se sabe porque hubo casos de alemanes nacidos en áreas, digamos comunes con Polonia; alemanes que, por lo tanto, hablaban polaco y escaparon de aquel infierno mediante el sistema de robar a algún soldado polaco muerto su uniforme y hacerse pasar por quien no eran.
A todo esto hay que añadir, además, que conforme la guerra avanzaba el planteamiento de los diferentes aliados se fue distanciando. Estados Unidos tenía una visión del conflicto europeo más lejana, y por ello se mostró dispuesto a apoyar, cuando menos en el plano teórico, las soluciones más radicales tendentes al debilitamiento de Alemania como potencia futura. La URSS tenía un espíritu claramente revanchista, que no podemos reprocharle tratándose un país al que la locura germana le costó millones de muertos y una devastación como yo creo que no ha producido jamás otra guerra en la Historia de la Humanidad. Inglaterra estaba, cada vez, más preocupada por poner tampones al avance soviético que otra cosa. Y los franceses, como siempre: haciéndose los importantes.
Polonia no estaba, desde luego, entre las potencias que negociarían el futuro de Alemania. Pero lo cierto es que, a su lado, el revanchismo soviético se quedaba cortísimo. Los polacos fueron, probablemente, los principales paganos de la segunda guerra mundial, entre otras cosas porque el ahora enemigo acérrimo de Hitler, Stalin, había firmado antes de la guerra un acuerdo secreto con los nazis que tenía entre sus cláusulas principales el reparto de influencias en Polonia, motivo por el cuando Hitler la invade y empieza la guerra, los rusos se quedan en casa. Polonia fue considerada por los nazis un menos-que-país poblado por menos-que-hombres, lo cual hizo que su trato hacia la población eslava fuese deplorable y que Polonia, entre otras cosas, se convirtiese en el principal teatro de los asesinatos masivos que practicó el nazismo.
Todo el mundo, y aquí me refiero a todo el mundo entre los aliados occidentales, estaba de acuerdo, conforme avanzaba la guerra, en que era necesario evitar que Alemania pudiese volver a dar por culo. Esto suponía desarmarla y debilitarla. Sin embargo, sobre la mesa del despacho del presidente americano Franklin Delano Roosevelt comenzaron a caer informes en los que se hablaba (con razón) de la interdependencia de la economía europea y, en consecuencia, de las terribles consecuencias que tendría una Alemania hundida hasta el hambre para el continente; sin mencionar, decían los sociólogos, que un pueblo hambriento es un pueblo cabreado y, de esta forma, podría llegarse a conseguir exactamente lo contrario de lo que se pretendía. Para algunos de estos expertos en Washington y Londres, había un nuevo objetivo más que tener en cuenta: el problema de que Alemania cayese en la órbita soviética y se convirtiese en la espadaña comunista en la Europa occidental.
Surge aquí el nombre de Henry Morgenthau. Morgenthau era secretario del Tesoro de Roosevelt y redactó un memorando, que la Historia recuerda como Plan Morgenthau, dirigido a dibujar estratégicamente estos planes respecto de Alemania. El Plan Morgenthau, que en todo caso contaba con muy serias oposiciones dentro del gobierno americano, establecía la cesión de Alemania a Polonia de la Prusia Oriental y la Alta Silesia; del Sarre y de la región comprendida entre el Rhin y el Mosela a Francia; la conversión de Alemania en una confederación de estados, al estilo suizo; el control internacional de la cuenca del Ruhr; y el desmantelamiento de todo lo que en Alemania fuese diferente de la explotación agroganadera, es decir, la eliminación de su poderío industrial y minero.
El 11 de septiembre de 1944, los aliados americano y británico se reunieron en Québec, Canadá, momento en el cual Roosevelt aún dudaba si seguir los consejos de Morgenthau. Churchill, con esa capacidad que tenía de inventar frases lapidarias, protestó afirmando que el Plan Morgenthau condenaba a su país a «vivir encadenado a un cadáver», pero decidió protestar menos cuando los americanos le cedieron la gestión directa de la Alemania del sur y la cuenca del Ruhr. No obstante, a la llegada de Anthony Eden, probablemente el mayor valedor de una Alemania no reducida a la condición de país económicamente menor, éste se negó a aceptar los postulados americanos e incluso tuvo una discusión épica con su propio primer ministro. La gran ventaja que tuvieron esos gritos es que fueron tantos y tan altos que llegaron a Washington, donde fueron oídos por altos funcionarios opuestos al informe Morgenthau. Roosevelt cedió a regañadientes. El Plan Morgenthau no fue oficialmente abandonado por los americanos hasta julio de 1945.
Antes, no obstante, ya se había hablado del asunto de la desmembración. En Teherán, en 1943, los aliados hablaron fundamentalmente de la dirección de la guerra; pero también dejaron espacio para hablar del futuro. En aquella conferencia quedó claro que, si bien había diferencias en torno a la potencia económica que se le permitiría a Alemania, no había enfrentamientos en torno al concepto de que debía ser desmembrada. En Teherán se habló de aislar Prusia y la creación de dos o tres estados adicionales. Stalin, que era un cabronazo no exento de visión de futuro, diría en aquella conferencia que los alemanes siempre tendrían deseos de reunificarse, y que los aliados deberían luchar contra eso con medidas económicas y, si es necesario, por la fuerza; en los años noventa, sin embargo, no estaba ahí para invadir el país e impedir su reunificación; pero, ciertamente, tuvo razón. Churchill defendía la creación de una especie de Austro-Bavaria (como si no le bastasen todos los follones que supuso la existencia de Austria-Hungría) y Roosevelt, en una posición muy morgenthoide, hablaba de hasta cinco estados alemanes diferentes.
Y luego, la cuestión de Polonia.
Desde el primerísimo momento en que se habló de Polonia entre los aliados, la URSS dejó claro un asunto. No aceptaría la frontera ruso-polaca existente al iniciarse el conflicto, fijada en 1922 tras la guerra entre ambos países; sino la denominada Línea Curzon, trazada por los británicos en 1919, bastante más al Oeste. Por lo tanto, la URSS le metía un bocado generoso a Polonia por el Este; lo cual marcaba la necesidad de darle algo por el Oeste; a costa, pues, de Alemania, que no estaba en condiciones de decir esta boca es mía y, además, me gustaría utilizarla.
Desde enero hasta noviembre de 1944, una vez aprobados estos principios, un comité tripartito trabajó en Londres en delimitar las futuras zonas de ocupación de Alemania. El 11 de noviembre, para escándalo de los soviéticos (y del que esto escribe), al grupo tripartito (EEUU, Reino Unido y la URSS) fue unida Francia, país que para conseguir esto tuvo que magnificar el mito de su resistencia antinazi hasta hacer creer al mundo esa mentirijilla histórica según la cual los alemanes, en Francia, estaban totalmente rodeados de franceses dispuestos a morir con el nombre de su nación en los labios (aunque, por alguna razón que aún no nos han explicado los franceses, no lo hicieron) .
De todas formas, el principal conflicto era el angloamericano que había aparecido en Québec, ya que los británicos, a cambio de aceptar los principios estadounidenses, reclamaban más zonas del país. De hecho, se corrió el serio peligro de terminar la guerra antes de que se hubiese llegado a un acuerdo en torno a cómo repartir el país tras el armisticio.
El 4 de febrero de 1945, y durante una semana, los aliados se reunieron en Crimea. El principal asunto era la participación de Francia, asunto al que Stalin se negaba y Churchill apoyaba, buscando claramente meter cuantos más socios no comunistas en el club, mejor. Pero el gran tema de Crimea fue Polonia.
A finales de 1944, Londres había mantenido conversaciones con representantes polacos en las que quedó claro que la frontera occidental de Polonia debería trazarse según el curso del río Oder, dejando por lo tanto la ciudad de Stettin (de grandes resonancias germánicas, por cuanto fue ya plaza comercial de las rutas hanseáticas) del lado polaco. No obstante, quedaba aún por definir el territorio al noroeste del país, la parte, por así decirlo, más alemana. En diciembre de 1944, ante la Cámara de los Comunes, Churchill no tuvo ningún reparo en admitir que esta propuesta (se le quita un cacho a Polonia por el Este y se le pone por el Oeste) supondría un éxodo masivo de polacos, así como la expulsión de centenares de miles de alemanes.
En torno al conflicto estos territorios al Norte, británicos y estadounidenses defendían una frontera delimitada por el río Neisse en su lado oriental, lo que suponía dar a la Polonia la Alta Silesia, de unos 9.700 kilómetros cuadrados. Los soviéticos, por su parte, defendían la denominada frontera del Neisse occidental, que englobaba toda la Baja Silesia (26.000 kilómetros cuadrados), además de una parte no despreciable de Brandenburgo. Los aliados hubieron de quedar en tablas, y la cuestión de Polonia aparcada hasta el día que dejase de haber hostias.
El 22 de abril de 1945 murió FDR. Por cuatro días no llegó a ver la reunión de las tropas rusas y americanas en Torgau. El día 30, Adolf Hitler se suicidó en su refugio de Berlín.
El 7 de agosto de 1945, en Potsdam, el ambiente entre los aliados ya no era el mismo. Para empezar, ya no eran los mismos. A Roosevelt le había sustituido Harry Truman y a Churchill, mediada la conferencia, habría de sustituirle Clement Attle, una vez que fue oficial la victoria laborista en las elecciones británicas. Además, ahora los aliados habían ganado. Ya no había enemigo. Los enemigos eran ellos mismos.
EEUU seguía empeñado en la desmembración de Alemania en muchas partes. Los papeles que Truman llevaba en la cartera a su llegada Postdam preveían la creación de un Estado de Alemania del sur que comprendiese Austria, Baviera, Wurtenberg, Baden y Hungría, con capital en Viena (otro que no se leyó la Historia de Europa en el siglo XIX). Y preveía el control internacional cuatripartito del área del Ruhr, Renania y el Sarre. La resistencia, sobre todo de Stalin, le obligó a bajarse de la burra. Ahora ya estaban de acuerdo en que sólo habría una Alemania (aunque, como sabemos, pronto habría dos); pero quedaba el asuntillo de las fronteras.
Los aliados creyeron que podrían negociar a partir de las fronteras de Versalles con la inclusión del Sarre para Alemania tras el plebiscito de 1935. Es decir, que todavía estaba en discusión si la frontera en la línea del Neisse era por el lado oriental u occidental del río. Sin embargo, se encontraron con que Stalin había realizado una política de fait accompli: el 21 de abril, cuando todo dios estaba embarcado en buscar a Hitler para meterle un rayo por el culo, el padrecito de la URSS había firmado un acuerdo con los polacos por el cual les cedía la gestión administrativa de todos los territorios situados al este de la línea del Neisse occidental; es decir, imponía su frontera germano-polaca por la vía de los hechos. Churchill se sintió horrorizado; había estado de acuerdo en la deportación masiva de alemanes, pero pensando en algunos cientos de miles; la acción soviética suponía que habría que expulsar a un millón de germanos de sus hogares y, además, alojarlos en un país destrozado y totalmente empobrecido.
Los acuerdos finales de la conferencia de Postdam no son categóricos al aceptar la frontera Oder-Neisse, pero los aliados sabían bien que una vez que le das un sonajero a un bebé, no lo soltará nunca de buen grado. En 1949, el parlamento polacó blindó jurídicamente la posesión de los territorios en litigio y, en 1950, ya creada la República Democrática Alemana y situada ésta en la órbita soviética, Polonia firmó definitivamente un acuerdo con Alemania (con una de las alemanias, se entiende) consolidando estas fronteras.
Por lo demás, la conferencia de Postdam también declaró que debería procederse a la «la transferencia a Alemania de las poblaciones subsistentes en Polonia, Checoslovaquia y Hungría». Sin embargo, en el caso de Polonia, no habían delimitado lo que era o dejaba de ser Polonia; para polacos y soviéticos, esto incluía la línea Oder-Neisse occidental, mientras que para los aliados sólo llegaba a la línea Oder-Neisse oriental. ¿Había que expulsar a los alemanes entre medias? Este hecho, junto con otros, hizo que, en realidad, esto de las expulsiones masivas se quedase en poca cosa.
Por lo demás, Alemania pagó caro este movimiento polaco-soviético. Los territorios en litigio sumaban la cuarta parte de la superficie del país, y acumulaban casi la quinta parte de su producción carbonífera.
Siguió habiendo alemanes en Polonia; alemanes que habían vivido de toda la puta vida en Polonia, se entiende. Algunos se quedaron, otros se fueron. Este lío acabó creando las figuras del polaco-alemán, del alemán-polaco, del polaco-polaco en Polonia, del alemán-alemán en Polonia… Hay varias combinaciones.
Todas ellas se fueron a concentrar la noche del domingo, durante unos cuantos segundos, en los ojos de un futbolista, Podolski, autor de dos goles en un torneo internacional de primer nivel que, sin embargo, no pudo, no quiso, celebrar.