Cuando comienza el siglo XX, el que había sido el primer ejército del mundo presenta una situación tal que no conseguiría promocionar ni a la Segunda División B bélica mundial. De hecho, se podría decir que si a alguien se le hubiese encargado organizar el ejército español a mala hostia, no lo habría hecho peor de cómo estaba.
Años después de la pérdida de Cuba, y a la espera de que estalle la guerra de Marruecos, el ejército español presenta una oficialidad acromegálica: 499 generales, 578 coroneles y más de 23.000 oficiales. Para mandar a los soldados tenía el ejército español seis veces más oficiales que el francés, con muchos más efectivos.
A los problemas de la sociedad con el ejército se unen los del propio ejército conmigo mismo. Dentro de la institución castrense no todo son abrazos y consensos. De hecho, entre las diferentes armas se producen muchas disensiones y enfrentamientos más o menos soterrados, que cristalizan, sobre todo, en un sentimiento de abandono y discriminación por parte del arma de infantería. La infantería ha sido siempre la base de todo ejército, cuando menos de tierra (y sin ejército de tierra no hay invasión que valga), pero en aquel entonces sus mandos se sentían preteridos frente a otras armas, sobre todo la de artillería. Los artilleros llevaban cosa de un siglo desarrollando una especie de moral militar específica dentro del ejército, moral que se basaba en varios principios. De entre ellos, uno muy importante era la política de ascensos. Como es lógico en un arma tradicional, los artilleros querían ascender por escalafón, esto es, primero el que más tiempo lleva esperando el ascenso; por esta razón, desde finales del siglo XIX, en distintas épocas y con distinta intensidad, en el arma de Artillería se fomentó un pacto entre caballeros mediante el cual aquel miembro del arma que recibiese un ascenso distinto del correspondiente por escalafón renunciaría a él, cambiándolo por una condecoración las más de las veces. Esta actitud irritaba a buena parte del resto de los militares, a alguno hasta el punto del enfrentamiento frontal, como le ocurriría al dictador Miguel Primo de Rivera, quien llegó a disolver el arma de Artillería (ahí es nada).
En todo caso, fue la irritación del arma de infantería la que estuvo detrás de la creación de la Junta de Defensa de dicho arma en Barcelona, a la que siguieron otros órganos parecidos, que acabaron, sobre todo en los años previos a la dictadura, por convertirse en un auténtico poder fáctico, que ponía y quitaba ministros, y que, como ya hemos visto, dio golpes de Estado encubiertos.
Con fecha 23 de abril de 1931, es decir apenas diez días después del advenimiento de la República, el Ministerio de la Guerra publica una norma por la que modifica el juramento de fidelidad de los militares, que ahora deberán jurar fidelidad al orden constituido, y asevera que aquéllos que se nieguen a pronunciar dicha promesa causarán baja en el Ejército. En ese momento, lo que hay entre la milicia y la República es una calma tensa. Es obvio que los militares no hicieron nada por contravenir la República, lo cual es valorado por el gobierno; pero subsisten las dudas, porque los militares, en buena proporción, son de filiación claramente monárquica.
El 25 de abril, el ministro Manuel Azaña inicia su reforma militar con un famosísimo decreto que concede el pase a la situación de segunda reserva, con el mismo sueldo que disfrutaban en la escala activa, «a todos los oficiales generales del Estado Mayor general, a los de la Guardia Civil y Carabineros y a los de los Cuerpos de Alabarderos, Jurídico Militar, Intendencia, Intervención y Sanidad», así como a los oficiales de las distintas armas y cuerpos, que así lo solicitasen. Ésta fue la piedra angular de la reforma de Azaña y buscaba, claramente, resolver el problema clave del ejército español, que era la abundancia de jefes para tan poco indio. Una vez iniciado este proceso, Azaña comenzó la reforma del ejército propiamente dicha.
Quedan para la Historia los nombres de quienes asesoraron al ministro en esta labor: comandante de Artillería Juan Fernández Saravia; comandante de Caballería Germán Boaso Román; comandante de Artillería Antonio Vidal Lóriga; comandante de Infantería Andrés Fuentes Pérez; comandante de Estado Mayor Ángel Riaño Herrero; comandante de Ingenieros Enrique Escudero Cisneros; comisario de guerra de segunda José de Armas Chirlanda; capitán de Caballería Juan Ayza Bergoños; capitán de Artillería Pedro Romero Rodríguez; y capitán de Intendencia Elviro Ordiales Oroz.
Estos once hombres no sé si sin piedad (contando Azaña) realizaron una poda en la estructura del ejército español que cabe señalar de espectacular. Su objetivo era modernizar la estructura de las fuerzas armadas y llevarlas a una proporción razonable de aproximadamente un militar por cada cien civiles.
En consecuencia, se dividió el país en ocho divisiones orgánicas y se estableció la dotación que habrían de tener, que en cada caso era:
- 2 brigadas de infantería, formadas cada una por dos regimientos, asimismo formados por dos batallones, y teniendo cada batallón 4 compañías de fusileros, una de ametralladoras y una sección de especialistas.
- 1 escuadrón de caballería, con una sección de armas automáticas y otra de infantería ciclista.
- 1 brigada de artillería ligera.
- 1 batallón de zapadores-minadores.
- 1 grupo de transmisiones.
- 1 sección de iluminación.
- 1 escuadrilla de aviación.
- 1 unidad de aeroestación.
- 1 parque divisionario para municionamiento, armamento y material.
- 1 grupo divisionario de intendencia, con una compañía montada de víveres, una compañía automóvil de panadería y dos compañías de servicios.
- 1 grupo divisionario de sanidad, con una sección de ambulancias, una columna de evacuación y un grupo de desinfección.
- 1 sección móvil de evacuación veterinaria.
Además de esta estructura, por así decirlo, por defecto, había unidades más independientes, como dos brigadas mixtas de infantería de montaña, 2 regimientos de carros ligeros de combate, 7 regimientos más de infantería, 1 división de caballería, 4 regimientos de artillería pesada, 4 regimientos de artillería de costa, 3 grupos mixtos de artillería, 2 grupos de defensa contra aeronaves, 4 parques de artillería de cuerpo de ejército, 1 regimiento de zapadores-minadores, 1 parque central de automovilismo, 1 batallón de pontoneros, 1 regimiento de ferrocarriles, 2 grupos autónomos mixtos de zapadores y telégrafos en Baleares, otros dos en Canarias, sendas compañías de intendencia y sanidad en ambas islas, un regimiento de aeroestación, 3 grupos de información de artillería y 1 depósito de ganado.
Parece mucho y, probablemente, lo es a los ojos de muchas personas que se sientan pacifistas. Y es interesante recordarlo porque, aparte de reivindicarse con ello la verdad, también viene bien porque a veces, dentro de las visiones entre románticas e interesadas de la República, se quiere ver en la reforma de Azaña algo así como un desmantelamiento del ejército, fomentado por presuntas ideas antimilitaristas del ministro que luego sería primer ministro y, después, presidente de la República.
Para disgusto de alguno de sus hagiógrafos y/o admiradores, Azaña estaba muy lejos de ser lo que hoy consideraríamos un pacifista. Era, eso sí, una persona obsesionada con que el presupuesto militar se gastase bien, es decir no importase una peseta más de lo necesario, pero tampoco una peseta menos. Sus palabras donde deben pronunciarse, esto es en la sede parlamentaria, son éstas:
El Ejército en España no es mejor ni peor que la Universidad, o que los ingenieros de caminos, o que el Ateneo, o que cualquier otra institución. Lo que pasa es que dentro del funcionamiento del Estado, la institución militar y, por consiguiente, los gastos que acarrea, o son perfectos o son estériles; no hay término medio. Y es por el carárter contencioso del Ejército. El Ejército, en tiempo de paz, no tiene más misión que instuirse para la guerra; pero cuando llega la guerra, si la organización del Ejército no es todo lo perfecta que cabe en lo humano, no sirve para nada, y todo lo que se ha venido gastando y produciendo y trabajando en los años de paz es absolutamente perdido; esto no pasa en ninguna otra institución del Estado.
No parece que una persona que declara que su deseo es un ejército todo lo perfecto que cabe en lo humano pueda considerarse ni pacifista, ni partidario del desarme, ni enemigo del monopolio legal de la violencia.
Eso sí. La larga lista de unidades que conformaban el ejército de la República no debe esconder el bosque del importante adelgazamiento del mismo. Azaña y sus asesores suprimieron 37 regimientos de infantería, cuatro batallones de montaña, nueve batallones de cazadores, 17 regimientos de caballería, un regimiento de ferrocarriles y dos batallones de ingenieros. Un decreto de 16 de junio reorganiza las áreas militares y suprime las categorías de capitán general y teniente general (que Franco resucitó y, por lo que sé, resucitadas siguen); y luego tomó otra serie de medidas, entre las cuales, quizá, la que más se conoce es la decisión de clausurar la Academia Militar de Zaragoza, que entonces era dirigida por el general Franco.
Los diez militares que hemos citado formaban el llamado Gabinete Militar, conocido en muchos cuartos de banderas de aquella época como Gabinete Negro. Emilio Mola, el general que se alzaría con Franco en el 36 desde Pamplona, es la fuente que más escritos ha dejado por parte de, por así decirlo, la oposición a la reforma. Según esta versión, el Gabinete Negro tuvo como principal función delimitar quién debía ascender y acceder en cada caso al mando en las tropas. Es, ya lo digo, la versión de Mola; pero resulta difícil de creer a la luz de los acontecimientos, a menos que presupongamos a los asesores de Azaña un desconocimiento total de las cojeras ideológicas de los compañeros a los que ascendieron o mantuvieron.
Los autores de los panegíricos franquistas tras la guerra, como Arrarás, hablan sin ambages de mutilación al referirse a las medidas de Azaña. Sin embargo, unos seis meses después de comenzada la reforma, Azaña pudo ir a las Cortes y vanagloriarse de que las oposiciones habían sido nimias; y no mentía. No obstante, no son pocos los indicios de que lo que pasó realmente es que los militares habían quedado, tras la proclamación de la República, en cierto estado de incertidumbre que les impidió organizarse y reaccionar. Lo cierto es que los hechos acabaron por demostrar que no eran pocos de ellos los que estaban radicalmente en contra de la reforma y, de hecho, aquellos pocos militares que además eran diputados (caso de Fernández Castillejo, Joaquín Fanjul o Tomás Peire) combatieron diversos proyectos de Azaña todo lo que pudieron. No fueron los únicos que combatieron la reforma. También lo hicieron las derechas patronales, las cuales rechazaban una de las medidas de la reforma: la creación del Consorcio de Industrias Militares, que consideraban era una competencia desleal contra las industrias privadas. El Consorcio englobaba a la Fábrica Nacional de Toledo, la Fábrica de Artillería de Sevilla, la Fábrica de Pólvoras y Explosivos de Granada, la Fábrica de Pólvora de Murcia, la Fábrica de Armas Portátiles de Oviedo y la Fábrica de Cañones de Trubia. Fue disuelto en 1935, durante el bienio de las derechas.
Si avanzamos en la lectura de quienes opinaron sobre estas reformas, encontramos que no se cuestiona su origen principal. El propio general Mola, por ejemplo, admite que, acabada la guerra de Marruecos (tras el desembarco de Alhucemas que, según cierto periódico, fue realizado por 10.000 españoles de nacionalidad francesa) «no sólo la oficialidad profesional era excesiva, sino también el propio ejército permanente era demasiado aparato bélico para las necesidades de la nación». No obstante, si podemos considerar a Mola portavoz de los militares (o, por lo menos, de ciertos militares, que no eran pocos en los cuartos de banderas) dicha reducción fue excesiva. Mola calculaba en 1933, en este sentido, que en caso de movilización (es decir, si se deshacía la situación de paz) harían falta 4.000 oficiales más de los que había dejado Azaña; y debo decir que en este punto parece que llevaba razón, puesto que, una vez iniciada la guerra civil, es obvio que el ejército republicano quedó huero de oficiales (y los improvisó a partir de los milicianos de partidos políticos y sindicatos); y en el bando franquista, mucho más dotado, aún así hubo que «tirar» de Falange, de los requetés y de cuerpos como los alféreces provisionales. Y esto era así a pesar de que el ejército se había deshecho de entre 10.000 y 12.000 militares.
Otro de los elementos de la reforma de Azaña que fue, a todas luces, imperdonable por parte de los militares que un día serían golpistas, fue la racionalización de los ascensos. Azaña tenía muy claro que el núcleo de la oposición desde el Ejército estaba en las unidades africanas; y si alguna duda le quedaba, en agosto de 1932 la disiparía cuando viese que el general Sanjurjo, héroe de Alhucemas, le montaba un golpe de Estado. Así las cosas, dentro de los dos grandes bandos de las fuerzas armadas españolas, es decir escalafonófilos [esta palabra me la invento yo para no llamarlos chusqueros] y africanos, optó por los primeros y, en palabras de Mola, hizo que los militares que estaban acostumbrados a ascender por méritos de guerra «marcasen el paso en el escalafón per saecula saeculorum».
En el diario de Azaña hay una entrada de 1933 que es muy reveladora del daño que hizo a los africanos esta medida y que es, además, muy sintomática a la luz de los acontecimientos posteriores. Dice Azaña:
He recibido en el Ministerio al general Vera, que manda la Octava División. Me dice que el general Franco está muy enojado conmigo por la revisión de ascensos. De hacer el número uno de los generales de brigada ha pasado a ser el veinticuatro. Es lo menos que ha podido ocurrirle. Yo creí durante algún tiempo que aún descendería más.
Por si fuera poco, esta medida se complementó con una ley, de 9 de marzo de 1932, con la que, en mi opinión, Azaña terminó por firmar su divorcio con los militares.
Merced a esta ley, los miembros del Estado Mayor General del Ejército en activo podían ser puestos en situación de reserva mediante decreto gubernamental si: llevaban más de seis meses en situación de disponible; y durante ese tiempo se hubiese provisto algún destino de los correspondientes a su categoría. ¿Qué significa esto? Pues venía a significar que, tras los pases a la reserva voluntarios de 1931, ahora el gobierno se abrogaba el derecho a pasar a la reserva a los oficiales, pues era dueño de dicho pase y también de las condiciones que lo hacían posible. Es decir: para quitar de en medio a un militar, le bastaba con tenerlo seis meses haciendo pasillos.
En resumen o, cuando menos, mi resumen: en realidad, buena parte de los problemas de la República que se hicieron patentes en el golpe de Estado del 18 de julio de 1936 estaban ahí desde el principio, y aún más allá. El problema militar es uno de ellos. Como la reforma agraria, la reforma militar me parece a mí un ejemplo más de una medida bienintencionada y adecuadamente enfocada (como he escrito, hasta los más acendrados enemigos de Azaña y su reforma no osan cuestionar las bases de ésta) pero errónea en sus plazos. Un ministro de defensa socialista, Narcís Serra, haría, medio siglo después, cosas relativamente parecidas (al menos en lo que se refiere a los pases voluntarios a la reserva), pero midiendo los tiempos considerabilísimamente mejor que don Manuel, a quien muchos tienen por político genial pero yo reputo un poco excesivamente pagado de sí mismo, lo cual equivale a decir que le costaba admitir y admitirse que tal vez estaba equivocado tomando tal o cual medida.
Igual que el orden público, igual que la defección revolucionaria a izquierda y derecha del sistema, el problema militar se mostró prácticamente desde el primer momento de existencia de la República, y ya no le abandonó. La República, merced a las reformas tan profundas que comenzó a realizar apenas una semana después de haberse proclamado, se granjeó la oposición de amplias masas de militares, y ya nunca recuperó plenamente su afecto; de hecho, para disponer de cuerpos armados cercanos, tuvo que improvisar unos cuerpos de seguridad, sobre todo los guardias de asalto, que le fuesen afines.
La reforma militar de Azaña, no obstante, se hizo para construir un ejército moderno. Cuando uno lee las críticas de Mola no puede evitar la sensación de notarlas preñadas de cierto tufo a antiguo y a corporativista. Mola carga contra Azaña por considerarlo sectario y, por mucho que en parte pueda tener razón, al hacerlo obvia el principio fundamental de que un ejército no es una realidad propia que se rige por sus propias reglas, sino una institución al servicio de la legalidad constitucional. En eso el general finalmente golpista, pese a las amargas palabras que le dedica a las juntas de defensa, viene a aplicar precisamente la visión de las cosas que éstas propugnaban: dejad a los militares que resuelvan los asuntos de los militares.
Pero Azaña se equivocó. En esto como en tantas cosas, quiso hervir la rana viva echándola a una olla de agua hirviendo. Y, cuando se trata de gobernar, todo el mundo sabe que la única forma de hervir una rana viva es meterla en una olla de agua fría, poner la olla sobre un fuego muy muy suave, y luego ir subiéndolo muy despacio. El gran defecto de este político imperfecto fue considerar que por llevar la razón ante la Historia, los obstáculos habrían de echarse a un lado. De hecho, es justo al revés: cuanta más razón nos da la Historia, más difícil es llevar a cabo lo que pretendemos.
Azaña, por último, cometió un error más. No él sólo, sino el conjunto de los gobiernos republicanos, casi sin excepción. He dicho antes que la proporción buscada era la lógica para cualquier país, es decir un militar por cada cien civiles. Pero eso es así en países donde los civiles no están armados y/o no están usando esas armas para subvertir el orden. A Emilio Castelar, presidente que fue de la I República española, le preguntaron, poco tiempo después del fracaso de aquel ensayo y la vuelta de la monarquía, si seguía siendo republicano. Y contestó: Sí, República, sí; República, siempre. Pero con más Ejército, con más Marina, con más Guardia Civil.
En el fondo, la racionalización, es decir adelgazamiento, de un ejército monárquico, clasista y acostumbrado a intervenir en política, todo ello sin traumas ni enfrentamientos, sólo habría sido posible si dicho ejército hubiese dado por dominada la subversión. Lejos de ello, la República se mostró débil y tornadiza frente a dicha subversión, tanto de las izquierdas cuando gobernaron éstas, como de las derechas cuando llegaron éstas a a mandar. En la España de 1931 a 1933 y de 1936, la violenta oposición cenetista no fue atacada con todo el peso de la ley; en la España del bienio de las derechas, la ultraderecha floreció exenta de obstáculos, lo cual se puede pensar que encantó a los militares, pero no es así porque colaboró para la radicalizar a los viveros de izquierdistas en las Fuerzas Armadas, concentrados sobre todo en el cuerpo de Asalto. Dicho de una manera muy basta, podemos decir, debemos decir, que la intervención del ejército en los destinos políticos de España fue entonces lo que sería ahora: un hecho deleznable; pero lo que no fue es sorpresivo, porque cualquier ejército golpista encontrará la disculpa perfecta para sacar los tanques a la calle en un país en el que los edificios privados son quemados impunemente por alborotadores sin que las fuerzas del orden muevan un dedo; y eso ocurrió cuando la República no tenía ni un mes de vida.
Y el principal defensor de que así fuese, de que así se no-actuase fue, precisamente, el ministro don Manuel Azaña. Azaña, que tuvo mucho poder en aquellos gobiernos republicanos, derrapó demasiadas veces en la misma curva: en la quema de conventos, en las semanas inmediatamente anteriores a Casas Viejas y en el 36, en la escalada de sucesos que culminaría con el asesinato de Calvo-Sotelo. En esas condiciones, su reforma militar, que sobre el papel cabe calificar, a mí me lo parece, de más que bien tirada, se demostró incapaz para evitar, una vez más, el divorcio entre los militares y el pueblo al que pertenecen.
lunes, octubre 15, 2007
miércoles, octubre 10, 2007
Lavado de cara y cinco blogs que me hacen pensar
Los más perspicaces de entre los visitantes habituales de este blog notarán alguna cosa nueva hoy. Hay dos, y las voy a comentar por partes.
La primera es que nos hemos lavado la cara.
Un lector habitual, Jesús Sarmiento, se dedica al oficio, para mí mágico, de la infografía. Los infógrafos son esas personas que se dedican a dibujar utilizando para ello herramientas informáticas, y son especialmente utilizadas en la prensa, presentaciones corporativas, etc. Yo puedo decir que he conocido a varios infógrafos en mi vida, y que siempre me han parecido magos por las cosas que son capaces de hacer. En las manos de un infógrafo, lo gordo es delgado, lo pequeño grande y lo grande pequeño.
Un día Jesús sintió la inspiración de lo que él pensaba podría ser la cabecera de este blog. Siguiendo la llamada de la musa, parió el dibujo que veis, desde hoy, en la parte de arriba de la página. A mí me parece que queda chachi y que la idea (o sea, el conceto que la ilustración expresa) está muy bien hecho.
El dibujo original de Sarmiento no era exactamente así, pues incluía en el horizonte, cruzando la meseta de este a oeste, una fila de elefantes cartagineses al mando de Amílcar Barca. Pero los quité, por dos razones: a) porque Amílcar Barca nunca estuvo en Hispania, que yo sepa; b) porque enseguida me dí cuenta de que el detallito era obra de las malas artes de Tiburcio, que así lograba colocar en el dibujo a varios amigos, y sobre todo bastantes amigas, suyos.
Patente ha de quedar, por lo tanto, mi agradecimiento para Jesús, autor de esta obra altruista. Este editor de blog se siente honrado de ser objeto de la colaboración de otros.
La segunda novedad se encuentra en el sidebar de la derecha. Se trata de un pequeño banner que declara este blog como distinguido con el Thinking Blogger Award, algo así como premio a los blogs que te hacen pensar. La iniciativa parte de aquí. Se trata de un blog en inglés que, con la iniciativa, dice querer distinguir a los blogs que hacen pensar a las personas que los leen. Javier Carrasco, conciudadano que es de Bloguilandia a través del diario que veréis pinchando en su nombre, ha decidido que entre los cinco blogs que cada uno que es distinguido debe señalar debe estar el mío. Yo, por supuesto, se lo agradezco sobremanera. Aceptar el galardón da derecho a colocar el banercito en plan Yo soy la Hostia. Mola (y me refiero al verbo, no al general).
Eso sí, aceptar el galardón me obliga a mí a escribir aquí las referencias de al menos cinco blogs que a mí me hacen pensar. Cosa que no me cuesta demasiado.
En primer lugar, quiero y debo citar el blog personal de Tiburcio Samsa. Sinceramente, y no lo digo porque seamos amigos, creo que hay pocos españoles vivos que conozcan y entiendan Asia mejor que Tibur. Aquello está en la otra esquina del barrio, está poblado por personas de aspecto diferente al nuestro y con puntos de vista completamente distintos. Una vez Tiburcio me explicó las dos maneras distintas que tenemos un occidental y un oriental de enfrentarnos a la visión de una obra pictórica, y de aquello saqué la conclusión de que el suyo había sido un esfuerzo notable por comprender una mentalidad radicalmente distinta de la nuestra. En consecuencia, por mucho que a veces la moral paquidérmica me resbale el budismo me pille lejos, cuando quiero pensar suelo ir a visitarle.
Sin salir propiamente del ámbito oriental, también me hace reflexionar muchas cosas, la mayor parte de ellas positivas, el que me parece el mejor blog poético en español. Trátase de La mirada oblicua y digo que no se sale de la temática oriental porque es obra de una extraña mezcla de persona, china de Chamberí. Berna Wang es, en mi opinión, uno de los tres o cuatro poetas más inspirados de la actualidad, afirmación que debe hacerse teniendo en cuenta que los otros dos o tres están, probablemente, subvencionados. Acepta en su blog el reto nada fácil de liberar cuando menos un pequeño poema cada día. Yo, puesto que por una serie de razones no puedo estar delante de la radio cada mañana cuando su poema es leído en Radio 3, acudo periódicamente a su página a recargar el alma.
Para pensar, aunque en otro terreno distinto, está otro blog que también recomiendo en mi sidebar. Wonkapistas es uno de esos blogs que para leerlos necesitas estar en casa en las horas del asueto, cuando hasta el perro ya se ha dormido, o tener muy claro que el break en el trabajo va a ser largo. A Wonka no hay que leerlo; hay que releerlo porque, la primera vez, te dejas bastantes plumas. Es denso, intenso y meticuloso en sus análisis sociológicos y tiene, se le nota, alma de profesor.
¿Y de lo mío? O sea, la Historia. Pues, la verdad, veo pocos blogs. No quiero con esto elaborar crítica alguna; pretendo, únicamente, significar que no los he encontrado. Trataré de equilibrar esta carencia mía (que eso es) haciendo una confesión que tal vez suene torpe: suplo la carencia de blogs históricos con la lectura de blogs políticos.
A mí me parece que el político que se mete a hacer un blog (a hacer un blog: no confundir con el que tiene uno y coloca un post cada siete meses, que de eso también hay; o el que lo tiene para pegar los artículos que publica en prensa) es loable. El blog es un medio inesperado de contacto con la gente que yo creo que es muy necesario para el servidor público, y reconfortante para el ciudadano. A lo mejor, hasta debería haber una ley que obligase a los diputados y senadores a tener un blog sí o sí. El fraude de hacer que te lo escriban siempre está ahí, pero eso es otra cosa.
Yo procuro leer de todo y, dentro de ese de todo, tengo dos preferencias que, quizá, se equilibran una a la otra. Me gustan muy especialmente los blogs de Joaquín Leguina y Gustavo de Arístegui. El primero por lo extraordinariamente bien que escribe, que creo que lo distingue muy especialmente dentro de un entorno, entre los políticos, en el que se da mucho lo de sujeto + verbo + predicado, y así mucho. Y a los dos porque tienen una rara habilidad que es la que, a mi modo, define a un intelectual; entendiendo por intelectual aquella persona que elabora pensamientos. Hay dos tipos de intelectuales en política: uno, el malo, está formado por aquellos que, cuando los lees, necesitas estar de acuerdo con ellos. Son intelectuales que argumentan poco y que lo que hacen básicamente es defender sus ideas, motivo por el cual, para quien no las comparte, se hacen aburridos. El intelectual político de calidad es aquél que ofrece unos argumentos y/o datos con la habilidad de hacer interesante su lectura incluso cuando no los compartes pues eso mismo, no compartir dichos argumentos, se convierte para ti en un reto intelectual. Reto intelectual que a veces pierdes, lo cual te lleva a cambiar tus planteamientos iniciales.
Tales son, pues, mis nominaciones. Éstos son algunos de los lugares que visito en esta red cuando me da por pensar.
No quiero terminar este post sin agradecer de nuevo su paciencia y comprensión a Calvin, que es el responsable del cambio de plantilla con el dibujo de Jesús y tal, pues yo, de edición HTML y estas cosas, sé bastante menos que de ingeniería nuclear.
La primera es que nos hemos lavado la cara.
Un lector habitual, Jesús Sarmiento, se dedica al oficio, para mí mágico, de la infografía. Los infógrafos son esas personas que se dedican a dibujar utilizando para ello herramientas informáticas, y son especialmente utilizadas en la prensa, presentaciones corporativas, etc. Yo puedo decir que he conocido a varios infógrafos en mi vida, y que siempre me han parecido magos por las cosas que son capaces de hacer. En las manos de un infógrafo, lo gordo es delgado, lo pequeño grande y lo grande pequeño.
Un día Jesús sintió la inspiración de lo que él pensaba podría ser la cabecera de este blog. Siguiendo la llamada de la musa, parió el dibujo que veis, desde hoy, en la parte de arriba de la página. A mí me parece que queda chachi y que la idea (o sea, el conceto que la ilustración expresa) está muy bien hecho.
El dibujo original de Sarmiento no era exactamente así, pues incluía en el horizonte, cruzando la meseta de este a oeste, una fila de elefantes cartagineses al mando de Amílcar Barca. Pero los quité, por dos razones: a) porque Amílcar Barca nunca estuvo en Hispania, que yo sepa; b) porque enseguida me dí cuenta de que el detallito era obra de las malas artes de Tiburcio, que así lograba colocar en el dibujo a varios amigos, y sobre todo bastantes amigas, suyos.
Patente ha de quedar, por lo tanto, mi agradecimiento para Jesús, autor de esta obra altruista. Este editor de blog se siente honrado de ser objeto de la colaboración de otros.
La segunda novedad se encuentra en el sidebar de la derecha. Se trata de un pequeño banner que declara este blog como distinguido con el Thinking Blogger Award, algo así como premio a los blogs que te hacen pensar. La iniciativa parte de aquí. Se trata de un blog en inglés que, con la iniciativa, dice querer distinguir a los blogs que hacen pensar a las personas que los leen. Javier Carrasco, conciudadano que es de Bloguilandia a través del diario que veréis pinchando en su nombre, ha decidido que entre los cinco blogs que cada uno que es distinguido debe señalar debe estar el mío. Yo, por supuesto, se lo agradezco sobremanera. Aceptar el galardón da derecho a colocar el banercito en plan Yo soy la Hostia. Mola (y me refiero al verbo, no al general).
Eso sí, aceptar el galardón me obliga a mí a escribir aquí las referencias de al menos cinco blogs que a mí me hacen pensar. Cosa que no me cuesta demasiado.
En primer lugar, quiero y debo citar el blog personal de Tiburcio Samsa. Sinceramente, y no lo digo porque seamos amigos, creo que hay pocos españoles vivos que conozcan y entiendan Asia mejor que Tibur. Aquello está en la otra esquina del barrio, está poblado por personas de aspecto diferente al nuestro y con puntos de vista completamente distintos. Una vez Tiburcio me explicó las dos maneras distintas que tenemos un occidental y un oriental de enfrentarnos a la visión de una obra pictórica, y de aquello saqué la conclusión de que el suyo había sido un esfuerzo notable por comprender una mentalidad radicalmente distinta de la nuestra. En consecuencia, por mucho que a veces la moral paquidérmica me resbale el budismo me pille lejos, cuando quiero pensar suelo ir a visitarle.
Sin salir propiamente del ámbito oriental, también me hace reflexionar muchas cosas, la mayor parte de ellas positivas, el que me parece el mejor blog poético en español. Trátase de La mirada oblicua y digo que no se sale de la temática oriental porque es obra de una extraña mezcla de persona, china de Chamberí. Berna Wang es, en mi opinión, uno de los tres o cuatro poetas más inspirados de la actualidad, afirmación que debe hacerse teniendo en cuenta que los otros dos o tres están, probablemente, subvencionados. Acepta en su blog el reto nada fácil de liberar cuando menos un pequeño poema cada día. Yo, puesto que por una serie de razones no puedo estar delante de la radio cada mañana cuando su poema es leído en Radio 3, acudo periódicamente a su página a recargar el alma.
Para pensar, aunque en otro terreno distinto, está otro blog que también recomiendo en mi sidebar. Wonkapistas es uno de esos blogs que para leerlos necesitas estar en casa en las horas del asueto, cuando hasta el perro ya se ha dormido, o tener muy claro que el break en el trabajo va a ser largo. A Wonka no hay que leerlo; hay que releerlo porque, la primera vez, te dejas bastantes plumas. Es denso, intenso y meticuloso en sus análisis sociológicos y tiene, se le nota, alma de profesor.
¿Y de lo mío? O sea, la Historia. Pues, la verdad, veo pocos blogs. No quiero con esto elaborar crítica alguna; pretendo, únicamente, significar que no los he encontrado. Trataré de equilibrar esta carencia mía (que eso es) haciendo una confesión que tal vez suene torpe: suplo la carencia de blogs históricos con la lectura de blogs políticos.
A mí me parece que el político que se mete a hacer un blog (a hacer un blog: no confundir con el que tiene uno y coloca un post cada siete meses, que de eso también hay; o el que lo tiene para pegar los artículos que publica en prensa) es loable. El blog es un medio inesperado de contacto con la gente que yo creo que es muy necesario para el servidor público, y reconfortante para el ciudadano. A lo mejor, hasta debería haber una ley que obligase a los diputados y senadores a tener un blog sí o sí. El fraude de hacer que te lo escriban siempre está ahí, pero eso es otra cosa.
Yo procuro leer de todo y, dentro de ese de todo, tengo dos preferencias que, quizá, se equilibran una a la otra. Me gustan muy especialmente los blogs de Joaquín Leguina y Gustavo de Arístegui. El primero por lo extraordinariamente bien que escribe, que creo que lo distingue muy especialmente dentro de un entorno, entre los políticos, en el que se da mucho lo de sujeto + verbo + predicado, y así mucho. Y a los dos porque tienen una rara habilidad que es la que, a mi modo, define a un intelectual; entendiendo por intelectual aquella persona que elabora pensamientos. Hay dos tipos de intelectuales en política: uno, el malo, está formado por aquellos que, cuando los lees, necesitas estar de acuerdo con ellos. Son intelectuales que argumentan poco y que lo que hacen básicamente es defender sus ideas, motivo por el cual, para quien no las comparte, se hacen aburridos. El intelectual político de calidad es aquél que ofrece unos argumentos y/o datos con la habilidad de hacer interesante su lectura incluso cuando no los compartes pues eso mismo, no compartir dichos argumentos, se convierte para ti en un reto intelectual. Reto intelectual que a veces pierdes, lo cual te lleva a cambiar tus planteamientos iniciales.
Tales son, pues, mis nominaciones. Éstos son algunos de los lugares que visito en esta red cuando me da por pensar.
No quiero terminar este post sin agradecer de nuevo su paciencia y comprensión a Calvin, que es el responsable del cambio de plantilla con el dibujo de Jesús y tal, pues yo, de edición HTML y estas cosas, sé bastante menos que de ingeniería nuclear.
lunes, octubre 08, 2007
Munich
Ya he comentado otras veces que los amigos de la Historia somos también amigos de las efemérides. Las efemérides y los aniversarios, en efecto, son momentos ideales para recordar cosas, darles su auténtico valor e incluso, en algunos casos, hacer jugosos negocios con ellos; ahí está el aniversario del descubrimiento de América para demostrarlo.
El mundo de las efemérides, sin embargo, es, como todos, injusto. Hay aniversarios que se recuerdan en exceso y otros que pasan completamente desapercibidos. Uno de estos últimos es, a mi parecer, el 45 aniversario, que se celebró en los primeros días de junio pasado, del llamado por unos coloquio o reunión, y por otros contubernio de Munich. Y resulta triste que nadie en nuestro espectro sociológico y político haya tenido demasiada intención de celebrar este aniversario; es triste, sí, porque significa el escaso, cuando no nulo, significado que para nuestros políticos de hoy en día tiene la reunión de Munich. Quizá porque la conclusión de las reuniones en la ciudad bávara fue la superación de diferencias políticas que hoy parecen, de nuevo, irreconciliables. Lo cual es, cuando menos a mi modo de ver, lamentable.
El contubernio de Munich, como lo llamó el franquismo, fue una reunión organizada por el Movimiento Europeo, que era, por lo que he podido averiguar, una especie de think tank de la unidad europea, creado en 1948 e impulsado por personas y fuerzas más bien conservadoras, filocatólicas, anticomunistas, partidarias de la unión europea (o sea, gentes europeas más bien de derechas que remaban, como luego se ha visto claramente, a favor de corriente). Este centro de pensamiento hacía lo que hacen ese tipo de órganos, es decir pensar y discutir, y los días 5, 6, 7 y 8 de junio de 1962, convocaron en Munich una de esas pensadas, para la que enviaron 118 invitaciones personales a otros tantos españoles. El primer bofetón para el franquismo rampante en España fue que los señores del ME, dado que no estaban en modo alguno influidos por las filias y fobias del Generalísimo, incluyeron en esa lista tanto a españoles de interior, que por lo tanto vivían en España legalmente; como a españoles de exterior, es decir desterrados o exiliados.
El objetivo del Movimiento Europeo fue, desde el principio, que esos 118 españoles discutiesen abiertamente sobre el pasado, el presente y el futuro de España, y llegasen, a ser posible, a conclusiones sobre el último de esos tres puntos.
A pesar de que el mensaje final de Munich, que lo hace tan grande a los ojos de la Historia, fue la concordia, no todo fue un camino de rosas. De hecho, fue imposible reunir a todos los participantes en una sola comisión. José María Gil-Robles, el líder durante la República de la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), entonces sentado a la derecha de Juan de Borbón y que acabaría impulsando un proyecto demócrata cristiano que en la Transición no llegó muy lejos, era el principal representante de los españoles de interior, los que vivían con y bajo Franco, para entendernos. Bueno, pues Gil-Robles se negó en redondo a sentarse en la misma mesa a discutir el futuro político de España con los españoles del exilio. Según el planteamiento de Gil-Robles, eran los españoles de interior, los que vivían en España, los que tenían, por así decirlo, que decidir el futuro político del país; reservaba para los exiliados el papel de adherirse, si les parecía bien, a lo que esos españoles de interior decidiesen.
En el fondo de este enfrentamiento se encuentra el hecho de que, en 1962, han pasado ya más de veinte años desde el final de la guerra, lo cual ha abierto, dentro del antifranquismo, cierta sima entre exiliados y gentes del interior. En términos generales, los exiliados tendían a encadenarse con fuerza a los tiempos pasados (la República), y a reclamar la legitimidad de aquel régimen. Independientemente de que tuviesen o no razón, esa postura era notablemente miope, pues si hubo (algún día podríamos hablar de esto) alguna posibilidad de que el mundo libre presionase para echar a Franco, que yo creo que no la hubo nunca, desde luego en 1962 se había esfumado.
Las Cortes de la República, así como su gobierno, tienden a ser una reliquia del pasado que cada vez, por ley de vida, tiene menos miembros. En 1962 han muerto ya Negrín, Largo Caballero, y ese mismo año muere Indalecio Prieto, por citar sólo a los socialistas. Sin embargo, los exiliados siguen manteniendo viva esa llama y, es más, ven con malos ojos el posibilismo que surge entre los opositores de interior, los cuales, como el socialista Enrique Tierno Galván, comienzan a pronunciar las dos putas palabras prohibidas: solución monárquica. En efecto, el socialismo de interior comienza a coquetear con la idea de que la mejor manera de sacar a España del impasse franquista es construir una monarquía constitucional y parlamentaria, y para ello tienden puentes con Gil-Robles y otros de su clan. Pero esto es un anatema en los oídos de los exiliados, sobre todo de los socialistas, por dos razones: primera, porque cuando echaron a Alfonso XIII juraron solemnemente que los reyes no volverían; y, segundo, porque esa entente supone entenderse con su viejo rival, el líder de la CEDA.
Los opositores de interior, sin embargo, conviven día a día con Franco y con el apoyo que el país le da. Porque ahora se pueden escribir un montón de libros y artículos, y filmar películas y series de televisión y lo que se ponga por delante, dando la sensación de que el franquismo eran cuatro locos que apoyaban al general y 36 millones de opositores silenciosos. Sin embargo, el escribir libros y hacer series de televisión contando mentiras no las convierte en verdades. En 1962, cuando se celebró la reunión de Munich, los opositores de interior sabían que los españoles llevaban veinte años aplaudiendo a Franco con las orejas. Sabían que las soluciones basadas en el enfrentamiento frontal ya no ocurrirían y que nadie en España iba a echar a Franco como echó a Alfonso XIII o a Isabel II. Pensaban que las cosas había que hacerlas de otra manera, de otra manera más, por así decirlo, europea.
¿Quiénes fueron a Munich? Pues, básicamente: la Unión Española, que era un grupo monárquico de corte liberal; los democratacristianos de derecha (Gil-Robles); los democratacristianos de izquierda, partidarios de una alianza con los socialistas; las Hermandades Obreras de Acción Católica (HOAC), movimientos sindicales confesionales no exentos de fuerza entonces entre los obreros españoles; Acción Democrática, un grupo de corte socialdemócrata al que pertenecía el ex falangista Dionisio Ridruejo; el PSOE; delegados del gobierno vasco en el exilio; delegados de partidos nacionalistas catalanes (pero no, como veremos, del gobierno catalán en el exilio); y el Felipe o Frente de Liberación Popular. Los monárquicos y democratacristianos de derecha fueron los que forzaron la creación de dos comisiones porque no querían parlamentar con los exiliados y, asimismo, son, a decir de Ridruejo, la razón de que los comunistas no asistieran.
En Munich, pues, se reunió un poco el agua con el aceite. Y por eso, los organizadores de la movida se inventaron una excusa para crear no una, sino dos comisiones de españoles, la A y la B, a la que cada uno se adscribiría a su gusto. Una forma elegante, muy alemana, de formar un grupo de interior y otro de exiliados, sin tener que llamarlos así.
Ni siquiera la famosa foto de Gil-Robles y Llopis fue sincera. Esta foto fue lo que más daño le hizo al franquismo y la imagen de Munich que dio la vuelta al mundo. El otrora líder de la CEDA y el actual secretario general del PSOE dándose la mano. O sea: hace veinte años se habrían saltado el uno al otro la tapa de los sesos, y ahora se daban la mano. Aquella foto fue la imagen viva de la nueva concordia española. Lo que quizás se ha olvidado es que Llopis y Gil-Robles apenas se encontraron por los pasillos, y que debemos la existencia de dicha foto a la pericia de los fotógrafos, no a su voluntad expresa.
La comisión A quedó presidida por José María Gil-Robles, por lo tanto jefe tácito de los del interior; y la comisión B por Salvador de Madariaga, ídem de los exiliados. Pero aquí terminaron las cuestas, porque a partir de este punto, Munich comenzó, por así decirlo, a funcionar. Resultó que ambas comisiones, una fundamentalmente formada por gentes de interior y otra por exiliados y gentes de interior más o menos en parecida proporción, llegaron por separado a conclusiones tan similares, que no fue difícil lograr un documento de consenso. En realidad, la única diferencia entre ambas comisiones era la cuestión institucional, o sea la forma de Estado. Pero ambas partes admitían que esa discusión no era el objetivo de la reunión, así pues no les costó obviarla.
Queda para la Historia el texto de la resolución, que se aprobó por unanimidad.
El Congreso del Movimiento Europeo, reunido en Munich los días 7 y 8 de junio de 1962, estima que la integración, ya en forma de adhesión, ya de asociación de todo país a Europa, exige de cada uno de ellos instituciones democráticas, lo que significa, en el caso de España, de acuerdo con la Convención Europea de los Derechos del Hombre y la Carta Social Europea, lo siguiente:
1.- La instauración de instituciones auténticamente representativas y democráticas que garanticen que el gobierno se basa en el consentimiento de los gobernados.
2.- La efectiva garantía de todos los derechos de la persona humana, en especial los de libertad personal y de expresión, con supresión de la censura gubernativa.
3.- El reconocimiento de la personalidad de las distintas comunidades naturales.
4.- El ejercicio de las libertades sindicales sobre bases democráticas y de la defensa por los trabajadores de sus derechos fundamentales, entre otros medios por el de la huelga.
5.- La posibilidad de organización de corrientes de opinión y de partidos políticos con el reconocimiento de los derechos de la oposición.
El Congreso tiene la fundada esperanza de que la evolución con arreglo a las anteriores bases permitirá la incorporación de España a Europa, de la que es un elemento esencial; y toma nota de que todos los delegados españoles, presentes en el Congreso, expresan su firme convencimiento de que la inmensa mayoría de los españoles desean que esa evolución se lleve a cabo de acuerdo con las normas de la prudencia política, con el ritmo más rápido que las circunstancias permitan, con sinceridad por parte de todos y con el compromiso de renunciar a toda violencia activa y pasiva antes, durante y después del proceso evolutivo.
280 palabras. Sólo eso. Y, sin embargo, ahí está todo. Está la demanda de democracia. Está la reivindicación de las nacionalidades históricas. Están los derechos laborales. Está la apuesta por una evolución no traumática. Y está, sobre todo, la renuncia a la violencia, a la guerra, como mecanismo de evolución política.
Dos aristócratas y diplomáticos españoles, el marqués de Valdeiglesias y el marqués de Casa Miranda, hicieron todo lo posible por impedir que, en la sesión del 8 de junio, el Congreso del Movimiento Europeo aprobase esta moción de los españoles. Presionaron al gobierno alemán hasta la extenuación, pero el congreso no cedió. La resolución fue aprobada.
El Movimiento Europeo amparó esta decisión aprobando el texto de una recomendación que era un disparo en la línea de flotación del franquismo. Dicha resolución decía:
La Asamblea, tomando nota de la petición de asociación a la Comunidad Económica Europea presentada por España, recomienda al Comité de Ministros que invite a los gobiernos miembros de la CEE a examinar la posibilidad de cierto tipo de acuerdo económico entre España y la CEE, teniendo en cuenta las modificaciones constitucionales que serán necesarias antes de que pueda pensarse en cualquier forma de asociación política.
Veamos. No muchos meses antes de la reunión de Munich Franco, asesorado por sus ministros tecnócratas del Opus, había decidido que la principal vía de normalización de España como país respetable en el orbe occidental era su integración en la CEE, que para entonces, tras algunos años de andadura, parecía dejar claro que era un proyecto con mucho futuro. Así las cosas, el gobierno español solicitó formalmente la entrada de España en la CEE y por aquel entonces, aunque extraoficialmente los grandes responsables del franquismo sabían que dicha integración era poco menos que imposible, se estaba a la espera de iniciar conversaciones.
La resolución del Movimiento Europeo, en medio de este proceso, venía a decir, claramente, que era posible el pacto económico, pero no el político, ya que en la CEE sólo ingresan democracias parlamentarias. O sea: nos daban, cuarta más, cuarta menos, el tratamiento que hoy tiene Marruecos.
Así las cosas, la reacción del franquismo fue furibunda. La aparición el 8 de junio de un artículo contra los «traidores de Munich» en Arriba, el periódico de Falange, marcó el pistoletazo de salida de una campaña de prensa bestial y a la yugular.
La estrategia del franquismo fue convertir la reunión de Munich en un contubernio. Es decir, en algo preparado desde el inicio por sus protagonistas, fundamentalmente Gil Robles y Llopis, en abierta inteligencia unos con otros, y montado con dos objetivos fundamentales: uno, amigarse con el Partido Comunista (obviamente, el franquismo contaba con que, en la España de 1962, mentar al Partido Comunista seguiría siendo mentar a la bicha); y, el otro, realizar una acción antiespañola: bloquear nuestra entrada en la Comunidad Económica Europea.
La realidad era muy otra. Gil-Robles y Llopis, por ejemplo, se estrecharon la mano; pero ni siquiera conversaron; de hecho, como hemos visto, fue necesario crear dos comisiones para que pudiesen compartir techo.
En segundo lugar, el gobierno español no podía decir que no supiera nada de lo que iba a pasar en Munich. Como hemos dicho, España llevaba, en 1962, unos cuantos años construyendo un entramado jurídico que le diese la apariencia de país donde los derechos eran respetados como en cualquier otra nación occidental, lo cual supone que existían ciertas leyes que, cuando menos de forma estética, establecían dichas libertades. La principal de estas normas era el Fuero de los Españoles, y prueba de dicha importancia es que era su articulado el que resultaba suspendido cada vez que se declaró el estado de excepción, cosa que ocurriría muchas veces en aquellos años, a causa sobre todo de las algaradas obreras y estudiantiles.
El Fuero de los Españoles nos otorgaba, entre otros, el derecho a dirigirnos a nuestro gobierno para informarle y solicitarle opinión. Y eso mismo es lo que había hecho Gil-Robles, algunos días antes de partir para Munich, por conducto notarial, en una comunicación en la que expresaba opiniones plenamente coincidentes con las incluidas en la resolución finalmente aprobada. Así pues, por mucho que la campaña de prensa quisiera presentar a un país sorprendido, apuñalado por la espalda por sus traidores politicastros de tiempos de la República, aliados con los modernos clandestinos revolucionarios, lo cierto es que el motivo, desarrollo y hasta conclusiones de la reunión le habían sido comunicados por uno de sus participantes con antelación. Dicha comunicación, de hecho, debería estar aún hoy en día allí donde se encuentren los archivos del notario de la villa de Madrid Germán Adanez y Horcajuela.
El mismo 8 de junio, en el palacio de El Pardo, Francisco Franco, jefe del Estado, firma un real decreto por el que se suspende la vigencia del artículo 14 del Fuero de los Españoles. Dicho artículo establecía que los españoles eran libres de fijar su residencia donde les saliese del pie.
¿Para qué se hizo esto? Pues para esperar, con la suspensión en la mano, a los participantes en el contubernio que eran amigos y residentes en España; los no exiliados, pues.
El día 9 de junio, en el aeropuerto de Barajas, fueron detenidos poco menos que a pie de escalerilla de avión Prados Arrate, Joaquín Satrústegui, Gil-Robles, y Álvarez de Miranda. En la comisaría del aeropuerto se les comunicó que el gobierno les daba a elegir entre el confinamiento en Fuerteventura o el exilio. Gil-Robles y Prados salieron hacia París y los otros dos eligieron la isla canaria. Lo de Gil-Robles fue de opereta. Lo enganchó un comisario de policía en la cola de los pasaportes, a eso de las nueve de la noche o así. Cuando Gil-Robles decidió irse a París, ambos descubrieron que el primer avión que salía hacia dicha ciudad no salía hasta las ocho y media del dicha siguiente (en realidad, el policía intentó que Gil-Robles cogiera el primero que salía, y que tenía destino en Dakar; pero el político democristiano se negó a exiliarse a África). Pasaron al restaurante del aeropuerto, donde hubo una discusión estúpida entre el camarero y el comisario pues aquél, solícito y puesto que había poca gente, quería darles una mesa en el centro del restaurante, mientras que el poli se empeñaba en colocarse en una mesa apartada en una sala vacía. El propio Gil-Robles tuvo que explicarle al camarero que iba detenido. Pasó toda la noche sentado en la mesa que le tocó, con dos policías de uniforme sentados en una mesa contigua y tres más vigilando la entrada del restaurante.
Los asistentes fueron cayendo poco a poco. El 11 de junio fueron detenidos Cendrero Curiel (exilio) y Jaime Miralles (Fuerteventura). El 12, Jesús Barros de Lis y otras dos personas cuya filiación no tengo (Fuerteventura). El 15, José Luis Navarro e Íñigo Cavero (isla de Hierro), así como Félix Pons (Fuerteventura). El día 16, Enrique Ruiz García (exilio) e Isidro Infantes (exilio). El 17 de junio es detenido a su vuelta de Munich el escritor Ignacio Aldecoa, pero en su caso es puesto en libertad tras un interrogatorio. El 18 de junio, Ignacio Fernández de Castro, que se había refugiado en la embajada de Uruguay, sale hacia País, con visado. También fueron detenidos, aunque no confinados ni exiliados, Vicente Piniés, Alfonso Prieto, José Simón Tobalina, R. Tassis, M. Riera Clavillo, J. Prat Ballester y F. Lagarrica, todos ellos asistentes a la reunión.
Por supuesto, también hubo manifestaciones espontáneas. El día 12 de junio, unas 10.000 personas (según la prensa afecta) se reunieron frente a la Jefatura Provincial del Movimiento de Guadalajara, «haciendo patente», según la prensa, «su lealtad y su adhesión al Generalísimo Franco». Sólo por casualidad, la manifestación espontánea estuvo encabezada por las autoridades provinciales y locales. En Logroño el gobernador civil, ante otra multitud espontánea, se refirió a los contertulios de Munich como «españoles que sólo tienen de tales haber nacido, inmerecidamente, en territorio patrio». Ahí queda eso.
En El Pardo podrían haber alicatado todos los baños, que seguro que son muchos, con los cienes y cienes de telegramas que enviaron gobiernos civiles, cámaras de comercio, jefaturas del movimiento, órganos de la sección femenina, instituciones sindicales y demás cuadraditos del complejo organigrama de aquel Estado español, democracia orgánica basada en la familia, el municipio, el sindicato y las medias verdades. Hasta el Instituto de Estudios Africanos de Lugo (sic) envió su telegrama a Franco haciéndole patente su adhesión. Puede que España no estuviese en peligro; pero, al menos, Correos se forró.
Todo esto, no obstante, era de boquilla. El gobierno español sabía de qué iba la cosa. Bastante tiempo antes de la reunión de Munich, la CEE había aprobado un documento, conocido como rapport Birguelbach, que sentaba claramente la doctrina de que todo miembro de la CEE tenía que poseer instituciones impolutamente democráticas. Los españoles reunidos en Munich, pues, no habían descubierto la rueda; por no descubrir, no habían descubierto ni el mecanismo de la cisterna, ése que, a pesar de que yo no he logrado entenderlo del todo, se pone siempre como ejemplo de lo obvio y que todo el mundo conoce.
¿Y los comunistas? Porque nosotros no hemos dicho que estuviesen en Munich. Eso lo dijo el franquismo. Y es que no estuvieron. En primer lugar, el Partido Comunista Español, entonces dirigido por Santiago Carrillo, estaba de aquella en contra de la entrada de España en la CEE, por lo que difícilmente podría estar en una reunión en la que lo que se acordó fue impulsar dicha entrada. Para los comunistas, la CEE era algo así como como el summun que pen del gran capitalismo multinacional, y tenían hacia ella más o menos la actitud que algunos tienen hoy respecto de esa cosa llamada globalización, para mí a veces tan misteriosa como el funcionamiento de las cisternas. Sin embargo, y pese a tener esta diferencia de partida, el PC sí quiso tener, y tuvo, un gesto claro de simpatía hacia los pasos de consenso dados en Munich, y en su propio informe sobre dicha reunión dejó escrito que, entrase o no España en la CEE, Franco no era quién para implicar a España en dicha decisión; o sea, que Franco no podía decidir por España, porque España no le había votado. Tras lo cual terminaba haciendo un llamamiento a toda la oposición al franquismo a concentrarse para fomentar una alternativa democrática al mismo.
Dicho de otra forma: si bien el PCE ya había iniciado en los años cincuenta una tendencia de reconciliación nacional y acercamiento a otras fuerzas opositoras, Munich sirvió para que se diese cuenta de que se estaba montando una pandilla de coleguitas lo suficientemente grande como para tener visos de ser la pandilla que partiese el bacalao si algún día Franco caía; lejos de enfrentarse con ese movimiento, decidió estar cerca de él, amigarse con él, para no perder comba. Munich, por lo tanto, fue el germen de la unión de las fuerzas opositoras a Franco en dicha oposición que está en el germen de ese proceso llamado Transición, que algunos, tal vez porque no lo vivieron, quieren ahora motejar de torpe, incompleto y unas cuantas cosas más.
Con todo, en la oposición a Franco no fue total el apoyo a la reunión de Munich. Sin ir más lejos, el 31 de junio de aquel año, la Generalitat de Cataluña en el exilio aseveraba lo siguiente: «Creímos y seguimos pensando que la reunión de Munich fortalecía, en cierto modo, el régimen del general Franco tanto en el orden interior como exterior»; así como que «los acuerdos de principio allí tomados no representan la unidad del antifranquismo y no representan voluntad alguna de acción». Incluso el Felipe se desligó de la reunión de Munich, a pesar de que según muchos testimonios hubo miembros del mismo que asistieron; y afirmó, campanudamente, que «el pueblo no estuvo presente en Munich».
Otro que se riló echando leches de cualquier relación con la reunión de Munich fue Juan de Borbón, siempre tan de fiar. Si alguien cree que Felipe González inventó algo cuando dijo aquello de que se enteró del follón del GAL por la prensa, que se lo vaya quitando de la cabeza: el 20 de junio de aquel año, Juan de Borbón declaró que se había enterado de lo de Munich por la radio, que escuchó en alta mar. Quizá porque desde El Pardo le dijeron aquello de Richard Gere en Pretty Woman («quiero que me hagan más la pelota»), ese señor al que algunos quieren llamar Juan III limpió su Consejo de contertulios muniqueses. Bueno, en puridad lo que hizo fue tener conocimiento de la decisión de Gil-Robles de abandonar su Consejo. Teóricamente, la carta de Gil-Robles comunicando la decisión es anterior en 24 horas a una comunicación del Borbón en la que éste afirmaba su voluntad de excluir de dicho Consejo a todo aquél que hubiese ido a la reunión de Munich. Así pues Gil-Robles, en el mejor de los casos, se piró cinco minutos antes de que le echasen.
¿El resultado? Pues cojonudo: en una nota interna, la Comisión de la CEE, tras mostrarse sorprendida por las detenciones, exilios y demás acusaciones generadas en España contra los participantes en la reunión de Munich, anunciaba que en esas condiciones no era lógico hacer siquiera el esfuerzo de abrir la carpetilla con la petición de ingreso de España. O sea, mi General, si no querías caldo, aquí tienes dos tazas.
El Movimiento Europeo incluso designó una comisión para que se fuese a ver a Franco y le explicase que lo de Munich no había sido para tanto. La formaron Pierre Vigny, Etienne Hirsch, John Hynd y Robert van Schendel. El gobierno español anunció, y la razón la desconozco, que Franco no recibiría a la delegación si en ella iba Van Shendel. Al final, este hombre no pudo acudir al Pardo. Una vez allí, los tres europeístas le explicaron a Franco que ellos no volverían a invitar a sus reuniones a ningún español, vistos los peligros a los que se exponían si iban; pero dejaron claro que, en estas circunstancias, no había ni un despistado en todo Bruselas que se animase a defender la adhesión de España a la CEE. En realidad, hubiera dado lo mismo que se lo hubiesen explicado a una mesa de escayola. Franco, tras hacer algunas apreciaciones de buen rollito diplomático (como que no estaba en contra del proyecto de resolución y tal), acusó al Movimiento Europeo de haber hecho una convocatoria discriminatoria, limitada sólo a los opositores; y de haber sido anfitriona de una conspiración política interna española. Cuando los europeístas sacaron el temita de las confinaciones y exilios, Franco dio por terminada la entrevista.
Eppur si muove… Son las palabras de Galileo, tras reconocer, sí o sí, que estaba equivocado. Una pequeña frase que ha quedado como vindicativa de lo que es verdad, porque lo es, frente a la intención de algunos de imponer la no verdad por la fuerza.
Y Munich fue como decir: sí, claro, en España la democracia es tóxica. Si se admiten los partidos políticos, los españoles se matarán entre ellos. Dadle voz a los catalanes y se segregarán. Dadle derechos a los obreros y harán la revolución. España es otra cosa, España cree en otros valores inmanentes, universales, tradicionales.
Eppur si muove.
La reacción del franquismo contra el contubernio de Munich fue un intento por resucitar el fantasma de la guerra civil y volver a cobrar réditos de aquella cuenta corriente. Sin embargo, en 1962 todos o casi todos los españoles por debajo de 35 apenas podían decir que tuviesen medio recuerdo de aquellos años. Las cosas habían cambiado. La cuenta corriente de la guerra civil estaba, de tiempo atrás, vacía. Cualquiera que sea la interpretación que demos a la guerra civil, su génesis, desarrollo y consecuencias, lo que sí está claro es que, pasado el tiempo, demandaba una transición a la democracia, y no otra cosa fue el mensaje de Munich. Franco no supo verlo y, por ello, su reacción ante lo que consideró un contubernio fue, probablemente, el primero de la larga lista de garrafales errores que cometería en los siguientes años.
Munich fue eso: la constatación de que sonaba de nuevo la hora de las libertades en España. Y otra cosa muy importante, sin la cual la que ya he escrito no era posible. Todos los que fueron a Munich, con sus diferencias, con sus distancias, con sus apretones de manos forzados, todos, estuvieron de acuerdo en una cosa. Y esa cosa es: seguimos opinando distinto. Tú quienes un Estado federal, yo centralista. Tú dices que Euskadi es una nación, y yo no. Tú dices que la propiedad privada es sacrosanta, y yo no. Tú dices que España ha de ser una monarquía, yo una república.
Y esas diferencias algún día deberemos dirimirlas. Y no sabemos cuál será la conclusión. Pero lo que sí sabemos, aquí y ahora, en junio de 1962, es que ya nunca más volveremos a discutir como en el pasado.
Nunca más nos volveremos a dar de hostias.
Amén.
El mundo de las efemérides, sin embargo, es, como todos, injusto. Hay aniversarios que se recuerdan en exceso y otros que pasan completamente desapercibidos. Uno de estos últimos es, a mi parecer, el 45 aniversario, que se celebró en los primeros días de junio pasado, del llamado por unos coloquio o reunión, y por otros contubernio de Munich. Y resulta triste que nadie en nuestro espectro sociológico y político haya tenido demasiada intención de celebrar este aniversario; es triste, sí, porque significa el escaso, cuando no nulo, significado que para nuestros políticos de hoy en día tiene la reunión de Munich. Quizá porque la conclusión de las reuniones en la ciudad bávara fue la superación de diferencias políticas que hoy parecen, de nuevo, irreconciliables. Lo cual es, cuando menos a mi modo de ver, lamentable.
El contubernio de Munich, como lo llamó el franquismo, fue una reunión organizada por el Movimiento Europeo, que era, por lo que he podido averiguar, una especie de think tank de la unidad europea, creado en 1948 e impulsado por personas y fuerzas más bien conservadoras, filocatólicas, anticomunistas, partidarias de la unión europea (o sea, gentes europeas más bien de derechas que remaban, como luego se ha visto claramente, a favor de corriente). Este centro de pensamiento hacía lo que hacen ese tipo de órganos, es decir pensar y discutir, y los días 5, 6, 7 y 8 de junio de 1962, convocaron en Munich una de esas pensadas, para la que enviaron 118 invitaciones personales a otros tantos españoles. El primer bofetón para el franquismo rampante en España fue que los señores del ME, dado que no estaban en modo alguno influidos por las filias y fobias del Generalísimo, incluyeron en esa lista tanto a españoles de interior, que por lo tanto vivían en España legalmente; como a españoles de exterior, es decir desterrados o exiliados.
El objetivo del Movimiento Europeo fue, desde el principio, que esos 118 españoles discutiesen abiertamente sobre el pasado, el presente y el futuro de España, y llegasen, a ser posible, a conclusiones sobre el último de esos tres puntos.
A pesar de que el mensaje final de Munich, que lo hace tan grande a los ojos de la Historia, fue la concordia, no todo fue un camino de rosas. De hecho, fue imposible reunir a todos los participantes en una sola comisión. José María Gil-Robles, el líder durante la República de la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), entonces sentado a la derecha de Juan de Borbón y que acabaría impulsando un proyecto demócrata cristiano que en la Transición no llegó muy lejos, era el principal representante de los españoles de interior, los que vivían con y bajo Franco, para entendernos. Bueno, pues Gil-Robles se negó en redondo a sentarse en la misma mesa a discutir el futuro político de España con los españoles del exilio. Según el planteamiento de Gil-Robles, eran los españoles de interior, los que vivían en España, los que tenían, por así decirlo, que decidir el futuro político del país; reservaba para los exiliados el papel de adherirse, si les parecía bien, a lo que esos españoles de interior decidiesen.
En el fondo de este enfrentamiento se encuentra el hecho de que, en 1962, han pasado ya más de veinte años desde el final de la guerra, lo cual ha abierto, dentro del antifranquismo, cierta sima entre exiliados y gentes del interior. En términos generales, los exiliados tendían a encadenarse con fuerza a los tiempos pasados (la República), y a reclamar la legitimidad de aquel régimen. Independientemente de que tuviesen o no razón, esa postura era notablemente miope, pues si hubo (algún día podríamos hablar de esto) alguna posibilidad de que el mundo libre presionase para echar a Franco, que yo creo que no la hubo nunca, desde luego en 1962 se había esfumado.
Las Cortes de la República, así como su gobierno, tienden a ser una reliquia del pasado que cada vez, por ley de vida, tiene menos miembros. En 1962 han muerto ya Negrín, Largo Caballero, y ese mismo año muere Indalecio Prieto, por citar sólo a los socialistas. Sin embargo, los exiliados siguen manteniendo viva esa llama y, es más, ven con malos ojos el posibilismo que surge entre los opositores de interior, los cuales, como el socialista Enrique Tierno Galván, comienzan a pronunciar las dos putas palabras prohibidas: solución monárquica. En efecto, el socialismo de interior comienza a coquetear con la idea de que la mejor manera de sacar a España del impasse franquista es construir una monarquía constitucional y parlamentaria, y para ello tienden puentes con Gil-Robles y otros de su clan. Pero esto es un anatema en los oídos de los exiliados, sobre todo de los socialistas, por dos razones: primera, porque cuando echaron a Alfonso XIII juraron solemnemente que los reyes no volverían; y, segundo, porque esa entente supone entenderse con su viejo rival, el líder de la CEDA.
Los opositores de interior, sin embargo, conviven día a día con Franco y con el apoyo que el país le da. Porque ahora se pueden escribir un montón de libros y artículos, y filmar películas y series de televisión y lo que se ponga por delante, dando la sensación de que el franquismo eran cuatro locos que apoyaban al general y 36 millones de opositores silenciosos. Sin embargo, el escribir libros y hacer series de televisión contando mentiras no las convierte en verdades. En 1962, cuando se celebró la reunión de Munich, los opositores de interior sabían que los españoles llevaban veinte años aplaudiendo a Franco con las orejas. Sabían que las soluciones basadas en el enfrentamiento frontal ya no ocurrirían y que nadie en España iba a echar a Franco como echó a Alfonso XIII o a Isabel II. Pensaban que las cosas había que hacerlas de otra manera, de otra manera más, por así decirlo, europea.
¿Quiénes fueron a Munich? Pues, básicamente: la Unión Española, que era un grupo monárquico de corte liberal; los democratacristianos de derecha (Gil-Robles); los democratacristianos de izquierda, partidarios de una alianza con los socialistas; las Hermandades Obreras de Acción Católica (HOAC), movimientos sindicales confesionales no exentos de fuerza entonces entre los obreros españoles; Acción Democrática, un grupo de corte socialdemócrata al que pertenecía el ex falangista Dionisio Ridruejo; el PSOE; delegados del gobierno vasco en el exilio; delegados de partidos nacionalistas catalanes (pero no, como veremos, del gobierno catalán en el exilio); y el Felipe o Frente de Liberación Popular. Los monárquicos y democratacristianos de derecha fueron los que forzaron la creación de dos comisiones porque no querían parlamentar con los exiliados y, asimismo, son, a decir de Ridruejo, la razón de que los comunistas no asistieran.
En Munich, pues, se reunió un poco el agua con el aceite. Y por eso, los organizadores de la movida se inventaron una excusa para crear no una, sino dos comisiones de españoles, la A y la B, a la que cada uno se adscribiría a su gusto. Una forma elegante, muy alemana, de formar un grupo de interior y otro de exiliados, sin tener que llamarlos así.
Ni siquiera la famosa foto de Gil-Robles y Llopis fue sincera. Esta foto fue lo que más daño le hizo al franquismo y la imagen de Munich que dio la vuelta al mundo. El otrora líder de la CEDA y el actual secretario general del PSOE dándose la mano. O sea: hace veinte años se habrían saltado el uno al otro la tapa de los sesos, y ahora se daban la mano. Aquella foto fue la imagen viva de la nueva concordia española. Lo que quizás se ha olvidado es que Llopis y Gil-Robles apenas se encontraron por los pasillos, y que debemos la existencia de dicha foto a la pericia de los fotógrafos, no a su voluntad expresa.
La comisión A quedó presidida por José María Gil-Robles, por lo tanto jefe tácito de los del interior; y la comisión B por Salvador de Madariaga, ídem de los exiliados. Pero aquí terminaron las cuestas, porque a partir de este punto, Munich comenzó, por así decirlo, a funcionar. Resultó que ambas comisiones, una fundamentalmente formada por gentes de interior y otra por exiliados y gentes de interior más o menos en parecida proporción, llegaron por separado a conclusiones tan similares, que no fue difícil lograr un documento de consenso. En realidad, la única diferencia entre ambas comisiones era la cuestión institucional, o sea la forma de Estado. Pero ambas partes admitían que esa discusión no era el objetivo de la reunión, así pues no les costó obviarla.
Queda para la Historia el texto de la resolución, que se aprobó por unanimidad.
El Congreso del Movimiento Europeo, reunido en Munich los días 7 y 8 de junio de 1962, estima que la integración, ya en forma de adhesión, ya de asociación de todo país a Europa, exige de cada uno de ellos instituciones democráticas, lo que significa, en el caso de España, de acuerdo con la Convención Europea de los Derechos del Hombre y la Carta Social Europea, lo siguiente:
1.- La instauración de instituciones auténticamente representativas y democráticas que garanticen que el gobierno se basa en el consentimiento de los gobernados.
2.- La efectiva garantía de todos los derechos de la persona humana, en especial los de libertad personal y de expresión, con supresión de la censura gubernativa.
3.- El reconocimiento de la personalidad de las distintas comunidades naturales.
4.- El ejercicio de las libertades sindicales sobre bases democráticas y de la defensa por los trabajadores de sus derechos fundamentales, entre otros medios por el de la huelga.
5.- La posibilidad de organización de corrientes de opinión y de partidos políticos con el reconocimiento de los derechos de la oposición.
El Congreso tiene la fundada esperanza de que la evolución con arreglo a las anteriores bases permitirá la incorporación de España a Europa, de la que es un elemento esencial; y toma nota de que todos los delegados españoles, presentes en el Congreso, expresan su firme convencimiento de que la inmensa mayoría de los españoles desean que esa evolución se lleve a cabo de acuerdo con las normas de la prudencia política, con el ritmo más rápido que las circunstancias permitan, con sinceridad por parte de todos y con el compromiso de renunciar a toda violencia activa y pasiva antes, durante y después del proceso evolutivo.
280 palabras. Sólo eso. Y, sin embargo, ahí está todo. Está la demanda de democracia. Está la reivindicación de las nacionalidades históricas. Están los derechos laborales. Está la apuesta por una evolución no traumática. Y está, sobre todo, la renuncia a la violencia, a la guerra, como mecanismo de evolución política.
Dos aristócratas y diplomáticos españoles, el marqués de Valdeiglesias y el marqués de Casa Miranda, hicieron todo lo posible por impedir que, en la sesión del 8 de junio, el Congreso del Movimiento Europeo aprobase esta moción de los españoles. Presionaron al gobierno alemán hasta la extenuación, pero el congreso no cedió. La resolución fue aprobada.
El Movimiento Europeo amparó esta decisión aprobando el texto de una recomendación que era un disparo en la línea de flotación del franquismo. Dicha resolución decía:
La Asamblea, tomando nota de la petición de asociación a la Comunidad Económica Europea presentada por España, recomienda al Comité de Ministros que invite a los gobiernos miembros de la CEE a examinar la posibilidad de cierto tipo de acuerdo económico entre España y la CEE, teniendo en cuenta las modificaciones constitucionales que serán necesarias antes de que pueda pensarse en cualquier forma de asociación política.
Veamos. No muchos meses antes de la reunión de Munich Franco, asesorado por sus ministros tecnócratas del Opus, había decidido que la principal vía de normalización de España como país respetable en el orbe occidental era su integración en la CEE, que para entonces, tras algunos años de andadura, parecía dejar claro que era un proyecto con mucho futuro. Así las cosas, el gobierno español solicitó formalmente la entrada de España en la CEE y por aquel entonces, aunque extraoficialmente los grandes responsables del franquismo sabían que dicha integración era poco menos que imposible, se estaba a la espera de iniciar conversaciones.
La resolución del Movimiento Europeo, en medio de este proceso, venía a decir, claramente, que era posible el pacto económico, pero no el político, ya que en la CEE sólo ingresan democracias parlamentarias. O sea: nos daban, cuarta más, cuarta menos, el tratamiento que hoy tiene Marruecos.
Así las cosas, la reacción del franquismo fue furibunda. La aparición el 8 de junio de un artículo contra los «traidores de Munich» en Arriba, el periódico de Falange, marcó el pistoletazo de salida de una campaña de prensa bestial y a la yugular.
La estrategia del franquismo fue convertir la reunión de Munich en un contubernio. Es decir, en algo preparado desde el inicio por sus protagonistas, fundamentalmente Gil Robles y Llopis, en abierta inteligencia unos con otros, y montado con dos objetivos fundamentales: uno, amigarse con el Partido Comunista (obviamente, el franquismo contaba con que, en la España de 1962, mentar al Partido Comunista seguiría siendo mentar a la bicha); y, el otro, realizar una acción antiespañola: bloquear nuestra entrada en la Comunidad Económica Europea.
La realidad era muy otra. Gil-Robles y Llopis, por ejemplo, se estrecharon la mano; pero ni siquiera conversaron; de hecho, como hemos visto, fue necesario crear dos comisiones para que pudiesen compartir techo.
En segundo lugar, el gobierno español no podía decir que no supiera nada de lo que iba a pasar en Munich. Como hemos dicho, España llevaba, en 1962, unos cuantos años construyendo un entramado jurídico que le diese la apariencia de país donde los derechos eran respetados como en cualquier otra nación occidental, lo cual supone que existían ciertas leyes que, cuando menos de forma estética, establecían dichas libertades. La principal de estas normas era el Fuero de los Españoles, y prueba de dicha importancia es que era su articulado el que resultaba suspendido cada vez que se declaró el estado de excepción, cosa que ocurriría muchas veces en aquellos años, a causa sobre todo de las algaradas obreras y estudiantiles.
El Fuero de los Españoles nos otorgaba, entre otros, el derecho a dirigirnos a nuestro gobierno para informarle y solicitarle opinión. Y eso mismo es lo que había hecho Gil-Robles, algunos días antes de partir para Munich, por conducto notarial, en una comunicación en la que expresaba opiniones plenamente coincidentes con las incluidas en la resolución finalmente aprobada. Así pues, por mucho que la campaña de prensa quisiera presentar a un país sorprendido, apuñalado por la espalda por sus traidores politicastros de tiempos de la República, aliados con los modernos clandestinos revolucionarios, lo cierto es que el motivo, desarrollo y hasta conclusiones de la reunión le habían sido comunicados por uno de sus participantes con antelación. Dicha comunicación, de hecho, debería estar aún hoy en día allí donde se encuentren los archivos del notario de la villa de Madrid Germán Adanez y Horcajuela.
El mismo 8 de junio, en el palacio de El Pardo, Francisco Franco, jefe del Estado, firma un real decreto por el que se suspende la vigencia del artículo 14 del Fuero de los Españoles. Dicho artículo establecía que los españoles eran libres de fijar su residencia donde les saliese del pie.
¿Para qué se hizo esto? Pues para esperar, con la suspensión en la mano, a los participantes en el contubernio que eran amigos y residentes en España; los no exiliados, pues.
El día 9 de junio, en el aeropuerto de Barajas, fueron detenidos poco menos que a pie de escalerilla de avión Prados Arrate, Joaquín Satrústegui, Gil-Robles, y Álvarez de Miranda. En la comisaría del aeropuerto se les comunicó que el gobierno les daba a elegir entre el confinamiento en Fuerteventura o el exilio. Gil-Robles y Prados salieron hacia París y los otros dos eligieron la isla canaria. Lo de Gil-Robles fue de opereta. Lo enganchó un comisario de policía en la cola de los pasaportes, a eso de las nueve de la noche o así. Cuando Gil-Robles decidió irse a París, ambos descubrieron que el primer avión que salía hacia dicha ciudad no salía hasta las ocho y media del dicha siguiente (en realidad, el policía intentó que Gil-Robles cogiera el primero que salía, y que tenía destino en Dakar; pero el político democristiano se negó a exiliarse a África). Pasaron al restaurante del aeropuerto, donde hubo una discusión estúpida entre el camarero y el comisario pues aquél, solícito y puesto que había poca gente, quería darles una mesa en el centro del restaurante, mientras que el poli se empeñaba en colocarse en una mesa apartada en una sala vacía. El propio Gil-Robles tuvo que explicarle al camarero que iba detenido. Pasó toda la noche sentado en la mesa que le tocó, con dos policías de uniforme sentados en una mesa contigua y tres más vigilando la entrada del restaurante.
Los asistentes fueron cayendo poco a poco. El 11 de junio fueron detenidos Cendrero Curiel (exilio) y Jaime Miralles (Fuerteventura). El 12, Jesús Barros de Lis y otras dos personas cuya filiación no tengo (Fuerteventura). El 15, José Luis Navarro e Íñigo Cavero (isla de Hierro), así como Félix Pons (Fuerteventura). El día 16, Enrique Ruiz García (exilio) e Isidro Infantes (exilio). El 17 de junio es detenido a su vuelta de Munich el escritor Ignacio Aldecoa, pero en su caso es puesto en libertad tras un interrogatorio. El 18 de junio, Ignacio Fernández de Castro, que se había refugiado en la embajada de Uruguay, sale hacia País, con visado. También fueron detenidos, aunque no confinados ni exiliados, Vicente Piniés, Alfonso Prieto, José Simón Tobalina, R. Tassis, M. Riera Clavillo, J. Prat Ballester y F. Lagarrica, todos ellos asistentes a la reunión.
Por supuesto, también hubo manifestaciones espontáneas. El día 12 de junio, unas 10.000 personas (según la prensa afecta) se reunieron frente a la Jefatura Provincial del Movimiento de Guadalajara, «haciendo patente», según la prensa, «su lealtad y su adhesión al Generalísimo Franco». Sólo por casualidad, la manifestación espontánea estuvo encabezada por las autoridades provinciales y locales. En Logroño el gobernador civil, ante otra multitud espontánea, se refirió a los contertulios de Munich como «españoles que sólo tienen de tales haber nacido, inmerecidamente, en territorio patrio». Ahí queda eso.
En El Pardo podrían haber alicatado todos los baños, que seguro que son muchos, con los cienes y cienes de telegramas que enviaron gobiernos civiles, cámaras de comercio, jefaturas del movimiento, órganos de la sección femenina, instituciones sindicales y demás cuadraditos del complejo organigrama de aquel Estado español, democracia orgánica basada en la familia, el municipio, el sindicato y las medias verdades. Hasta el Instituto de Estudios Africanos de Lugo (sic) envió su telegrama a Franco haciéndole patente su adhesión. Puede que España no estuviese en peligro; pero, al menos, Correos se forró.
Todo esto, no obstante, era de boquilla. El gobierno español sabía de qué iba la cosa. Bastante tiempo antes de la reunión de Munich, la CEE había aprobado un documento, conocido como rapport Birguelbach, que sentaba claramente la doctrina de que todo miembro de la CEE tenía que poseer instituciones impolutamente democráticas. Los españoles reunidos en Munich, pues, no habían descubierto la rueda; por no descubrir, no habían descubierto ni el mecanismo de la cisterna, ése que, a pesar de que yo no he logrado entenderlo del todo, se pone siempre como ejemplo de lo obvio y que todo el mundo conoce.
¿Y los comunistas? Porque nosotros no hemos dicho que estuviesen en Munich. Eso lo dijo el franquismo. Y es que no estuvieron. En primer lugar, el Partido Comunista Español, entonces dirigido por Santiago Carrillo, estaba de aquella en contra de la entrada de España en la CEE, por lo que difícilmente podría estar en una reunión en la que lo que se acordó fue impulsar dicha entrada. Para los comunistas, la CEE era algo así como como el summun que pen del gran capitalismo multinacional, y tenían hacia ella más o menos la actitud que algunos tienen hoy respecto de esa cosa llamada globalización, para mí a veces tan misteriosa como el funcionamiento de las cisternas. Sin embargo, y pese a tener esta diferencia de partida, el PC sí quiso tener, y tuvo, un gesto claro de simpatía hacia los pasos de consenso dados en Munich, y en su propio informe sobre dicha reunión dejó escrito que, entrase o no España en la CEE, Franco no era quién para implicar a España en dicha decisión; o sea, que Franco no podía decidir por España, porque España no le había votado. Tras lo cual terminaba haciendo un llamamiento a toda la oposición al franquismo a concentrarse para fomentar una alternativa democrática al mismo.
Dicho de otra forma: si bien el PCE ya había iniciado en los años cincuenta una tendencia de reconciliación nacional y acercamiento a otras fuerzas opositoras, Munich sirvió para que se diese cuenta de que se estaba montando una pandilla de coleguitas lo suficientemente grande como para tener visos de ser la pandilla que partiese el bacalao si algún día Franco caía; lejos de enfrentarse con ese movimiento, decidió estar cerca de él, amigarse con él, para no perder comba. Munich, por lo tanto, fue el germen de la unión de las fuerzas opositoras a Franco en dicha oposición que está en el germen de ese proceso llamado Transición, que algunos, tal vez porque no lo vivieron, quieren ahora motejar de torpe, incompleto y unas cuantas cosas más.
Con todo, en la oposición a Franco no fue total el apoyo a la reunión de Munich. Sin ir más lejos, el 31 de junio de aquel año, la Generalitat de Cataluña en el exilio aseveraba lo siguiente: «Creímos y seguimos pensando que la reunión de Munich fortalecía, en cierto modo, el régimen del general Franco tanto en el orden interior como exterior»; así como que «los acuerdos de principio allí tomados no representan la unidad del antifranquismo y no representan voluntad alguna de acción». Incluso el Felipe se desligó de la reunión de Munich, a pesar de que según muchos testimonios hubo miembros del mismo que asistieron; y afirmó, campanudamente, que «el pueblo no estuvo presente en Munich».
Otro que se riló echando leches de cualquier relación con la reunión de Munich fue Juan de Borbón, siempre tan de fiar. Si alguien cree que Felipe González inventó algo cuando dijo aquello de que se enteró del follón del GAL por la prensa, que se lo vaya quitando de la cabeza: el 20 de junio de aquel año, Juan de Borbón declaró que se había enterado de lo de Munich por la radio, que escuchó en alta mar. Quizá porque desde El Pardo le dijeron aquello de Richard Gere en Pretty Woman («quiero que me hagan más la pelota»), ese señor al que algunos quieren llamar Juan III limpió su Consejo de contertulios muniqueses. Bueno, en puridad lo que hizo fue tener conocimiento de la decisión de Gil-Robles de abandonar su Consejo. Teóricamente, la carta de Gil-Robles comunicando la decisión es anterior en 24 horas a una comunicación del Borbón en la que éste afirmaba su voluntad de excluir de dicho Consejo a todo aquél que hubiese ido a la reunión de Munich. Así pues Gil-Robles, en el mejor de los casos, se piró cinco minutos antes de que le echasen.
¿El resultado? Pues cojonudo: en una nota interna, la Comisión de la CEE, tras mostrarse sorprendida por las detenciones, exilios y demás acusaciones generadas en España contra los participantes en la reunión de Munich, anunciaba que en esas condiciones no era lógico hacer siquiera el esfuerzo de abrir la carpetilla con la petición de ingreso de España. O sea, mi General, si no querías caldo, aquí tienes dos tazas.
El Movimiento Europeo incluso designó una comisión para que se fuese a ver a Franco y le explicase que lo de Munich no había sido para tanto. La formaron Pierre Vigny, Etienne Hirsch, John Hynd y Robert van Schendel. El gobierno español anunció, y la razón la desconozco, que Franco no recibiría a la delegación si en ella iba Van Shendel. Al final, este hombre no pudo acudir al Pardo. Una vez allí, los tres europeístas le explicaron a Franco que ellos no volverían a invitar a sus reuniones a ningún español, vistos los peligros a los que se exponían si iban; pero dejaron claro que, en estas circunstancias, no había ni un despistado en todo Bruselas que se animase a defender la adhesión de España a la CEE. En realidad, hubiera dado lo mismo que se lo hubiesen explicado a una mesa de escayola. Franco, tras hacer algunas apreciaciones de buen rollito diplomático (como que no estaba en contra del proyecto de resolución y tal), acusó al Movimiento Europeo de haber hecho una convocatoria discriminatoria, limitada sólo a los opositores; y de haber sido anfitriona de una conspiración política interna española. Cuando los europeístas sacaron el temita de las confinaciones y exilios, Franco dio por terminada la entrevista.
Eppur si muove… Son las palabras de Galileo, tras reconocer, sí o sí, que estaba equivocado. Una pequeña frase que ha quedado como vindicativa de lo que es verdad, porque lo es, frente a la intención de algunos de imponer la no verdad por la fuerza.
Y Munich fue como decir: sí, claro, en España la democracia es tóxica. Si se admiten los partidos políticos, los españoles se matarán entre ellos. Dadle voz a los catalanes y se segregarán. Dadle derechos a los obreros y harán la revolución. España es otra cosa, España cree en otros valores inmanentes, universales, tradicionales.
Eppur si muove.
La reacción del franquismo contra el contubernio de Munich fue un intento por resucitar el fantasma de la guerra civil y volver a cobrar réditos de aquella cuenta corriente. Sin embargo, en 1962 todos o casi todos los españoles por debajo de 35 apenas podían decir que tuviesen medio recuerdo de aquellos años. Las cosas habían cambiado. La cuenta corriente de la guerra civil estaba, de tiempo atrás, vacía. Cualquiera que sea la interpretación que demos a la guerra civil, su génesis, desarrollo y consecuencias, lo que sí está claro es que, pasado el tiempo, demandaba una transición a la democracia, y no otra cosa fue el mensaje de Munich. Franco no supo verlo y, por ello, su reacción ante lo que consideró un contubernio fue, probablemente, el primero de la larga lista de garrafales errores que cometería en los siguientes años.
Munich fue eso: la constatación de que sonaba de nuevo la hora de las libertades en España. Y otra cosa muy importante, sin la cual la que ya he escrito no era posible. Todos los que fueron a Munich, con sus diferencias, con sus distancias, con sus apretones de manos forzados, todos, estuvieron de acuerdo en una cosa. Y esa cosa es: seguimos opinando distinto. Tú quienes un Estado federal, yo centralista. Tú dices que Euskadi es una nación, y yo no. Tú dices que la propiedad privada es sacrosanta, y yo no. Tú dices que España ha de ser una monarquía, yo una república.
Y esas diferencias algún día deberemos dirimirlas. Y no sabemos cuál será la conclusión. Pero lo que sí sabemos, aquí y ahora, en junio de 1962, es que ya nunca más volveremos a discutir como en el pasado.
Nunca más nos volveremos a dar de hostias.
Amén.
viernes, octubre 05, 2007
Una biografía de Azaña
En este blog, como sabéis, tenemos cuidado en tratar de deciros de vez en cuando cosas que pensamos que deberíais leer. Pero también queremos dar el servicio de contaros algunas cosas que, honestamente, pensamos que no merece la pena leer. A esta segunda categoría pertenece este post de Tiburcio, que nos habla de una biografía de Manuel Azaña recientemente publicada.
[Ahora viene la introducción coñazo del duelo del blog que, como tiene que colgar los post, aprovecha para sus cagaditas; es recomendable, por lo tanto, buscar la línea solitaria que hay más bajo y que reza Os dejo con el elefante budista, y seguir leyendo desde allí.]
Azaña es uno de esos personajes de la Historia de España que están sufriendo una suerte inversa. Lo normal con un personaje histórico es que sus contemporáneos lo juzguen con pasión y la Historia lo haga de forma más ecuánime, de forma que los juicios van convergiendo. Por poner un ejemplo, los historiadores de hoy en día no sostienen, ni de lejos, opiniones tan encontradas sobre Napoleón como las que albergó Francia bajo su mandato.
En la Historia, sin embargo, hay, como digo, personajes en los cuales el proceso tiende a ser inverso: más tiempo pasa, más se enconan las opiniones sobre él. Así pues don Manuel, lejos de tener una pacífica existencia en el recuerdo, en la que dentro de la natural diferencia de opiniones su imagen quede nítida, cada vez recluta más tirios y más troyanos. En España hoy se pueden encontrar desde montones de políticos a los que les gusta decirse herederos del azañismo (hasta Aznar se apuntó, no sé si sabiendo o no que, de haber sido contemporáneo de Azaña, dudo que hubiesen siquiera sido amigos); hasta personas que mantienen la idea, muy común en los tiempos de la República, de que Azaña fue el culpable de buena parte de los males de dicha República.
Y es lo que pasa: cuando en entornos así se escriben libros, son libros de parte.
Os dejo con el elefante budista.
Las biografías pueden ser subjetivas u objetivas. Las primeras se centran en las influencias que modelaron al personaje y en su desarrollo personal. Las segundas toman como eje la acción del personaje. Las biografías subjetivas suelen describir vidas de escritores por aquello de que las novelas suelen esconder mucho de la biografía, de las aficiones y de las fobias de sus autores. Las biografías objetivas se reservan a los políticos, como si éstos fueran seres puros guiados sólo por las ideas y no pudieran tener también sus edipos, sus filias y sus fobias.
En Azaña, una biografía, José María Marco parece que haya oscilado entre ofrecernos una biografía subjetiva u objetiva. Al final ni una ni otra, lo que le ha salido ha sido un churro y encima un churro de 350 páginas. Si se quitaran todas las veces que el autor se repite, creo que el libro quedaría en 200 páginas mal contadas.
Lo primero que incomoda del libro es que, a pesar de todo lo que habla de la psicología de Azaña (indolente, vanidoso, rencoroso, con un fondo de bondad natural, sentimental…), sobrevuela sin profundizar aspectos clave sobre los que otro biógrafo más concienzudo habría profundizado sin duda. Por ejemplo, el temprano contacto de Azaña con la muerte lo despacha en apenas seis líneas: «Los folletones y las aventuras poblaron los sueños de aquel niño bajito, rechonchete y ensimismado, según se describió él mismo mucho después, que entonces anheló llevar una vida errante, quizá para dejar atrás el ambiente de la casa ensombrecida por las muertes de la madre, un hermano- Carlos- el abuelo y el padre, ocurridas casi todas antes de cumplir él los diez años.» Son muchas muertes para un niño de diez años; pienso que cualquier biógrafo subjetivo serio rascaría un poco más para ver el efecto que tuvieron sobre Azaña. También merecería un poco más de atención la relación entre Azaña y su padre, un padre del cual escribió más tarde: «Ha jugado a destrozar la vida como destroza sus juguetes un niño.» Para rematar el descuido del biógrafo, alude deprisa y corriendo a la boda que el padre celebró in articulo mortis con una mujer del pueblo y a la que dejó el usufructo de toda su fortuna. El padre afirmó que lo hacía para que sus hijos no quedasen desamparados tras su muerte, aunque la opinión del pueblo fue algo distinta y peor pensada. Pienso que un biógrafo debería ir un poco más allá, contrastar versiones, sopesar pruebas.
Como no podía ser menos, en un biógrafo que pretende hacer algo de biografía subjetiva, José María Marco dedica dos páginas a los rumores sobre la presunta homosexualidad de Azaña. Si nos atenemos al libro, hay muy poco sobre lo que fundamentar esa supuesta homosexualidad: la amistad con Cipriano Rivas Cherif (perfectamente explicable sin recurrir a temas sexuales) y algunas alusiones en sus escritos literarios. Muy poco comparado con todas las trazas que apuntan a un Azaña heterosexual.
Si como biógrafo subjetivo José María Marco deja bastante que desear, como biógrafo objetivo no lo hace mucho mejor. Alterna los episodios sobre los que se explaya prolijamente con saltos en el vacío, en los que pasa deprisa y corriendo sobre situaciones. Por ejemplo, dedica siete páginas a las maniobras para descabalgar a Alcalá-Zamora de la Presidencia de la República en abril y mayo de 1936, pero apenas explica la actitud de Azaña ante la violencia previa al alzamiento del 18 de julio ni lo que pensaba sobre la posibilidad de una conspiración militar. Se explaya sobre la pelea entre Negrín y Azaña, cuando el primero quería en febrero del 39 que el segundo regresase a la zona todavía en poder de los republicanos, pero no dice nada de la reacción de Azaña ante el golpe de Casado, que terminó de derrumbar a la República.
A menudo, cuando uno desmenuza los largos párrafos, en los que parece que el autor cuenta mucho, se encuentra que un párrafo de 30 líneas contiene mucha palabrería, varios juicios de valor del escritor, algún comentario que ya se hizo dos páginas más atrás y sólo un par de informaciones realmente interesantes. Había pensado en traer a colación algún párrafo como ejemplo, pero descubro que si ya me aburrió leerlo, transcribirlo y comentarlo es una tarea superior a mis fuerzas y mi paciencia.
Lo mejor del libro es que, tal vez a pesar de su autor, consigue dar una idea de la compleja personalidad de Azaña. Como alevín de político en los años diez del siglo XX lo presenta como un diletante, indolente, algo holgazán y esteta. Como político republicano lo muestra como un hombre soberbio, vanidoso, dado a los resquemores y a veces a las pequeñas mezquindades, pero también leal con sus amigos, generoso e idealista. Donde queda mejor parado es en la parte final del libro, como Presidente de una República en guerra. José María Marco muestra un Azaña humano, preocupado por los sufrimientos de los españoles, que siente la parte de responsabilidad que ha tenido en el desastre, que, aunque consciente de su impotencia, intenta mantener por principios y por idealismo el prestigio de la institución del Presidente de la República.
Cerré el libro pensando: ¡Qué personaje más interesante! ¡Qué pena que no haya conseguido un biógrafo mejor!
[Ahora viene la introducción coñazo del duelo del blog que, como tiene que colgar los post, aprovecha para sus cagaditas; es recomendable, por lo tanto, buscar la línea solitaria que hay más bajo y que reza Os dejo con el elefante budista, y seguir leyendo desde allí.]
Azaña es uno de esos personajes de la Historia de España que están sufriendo una suerte inversa. Lo normal con un personaje histórico es que sus contemporáneos lo juzguen con pasión y la Historia lo haga de forma más ecuánime, de forma que los juicios van convergiendo. Por poner un ejemplo, los historiadores de hoy en día no sostienen, ni de lejos, opiniones tan encontradas sobre Napoleón como las que albergó Francia bajo su mandato.
En la Historia, sin embargo, hay, como digo, personajes en los cuales el proceso tiende a ser inverso: más tiempo pasa, más se enconan las opiniones sobre él. Así pues don Manuel, lejos de tener una pacífica existencia en el recuerdo, en la que dentro de la natural diferencia de opiniones su imagen quede nítida, cada vez recluta más tirios y más troyanos. En España hoy se pueden encontrar desde montones de políticos a los que les gusta decirse herederos del azañismo (hasta Aznar se apuntó, no sé si sabiendo o no que, de haber sido contemporáneo de Azaña, dudo que hubiesen siquiera sido amigos); hasta personas que mantienen la idea, muy común en los tiempos de la República, de que Azaña fue el culpable de buena parte de los males de dicha República.
Y es lo que pasa: cuando en entornos así se escriben libros, son libros de parte.
Os dejo con el elefante budista.
Las biografías pueden ser subjetivas u objetivas. Las primeras se centran en las influencias que modelaron al personaje y en su desarrollo personal. Las segundas toman como eje la acción del personaje. Las biografías subjetivas suelen describir vidas de escritores por aquello de que las novelas suelen esconder mucho de la biografía, de las aficiones y de las fobias de sus autores. Las biografías objetivas se reservan a los políticos, como si éstos fueran seres puros guiados sólo por las ideas y no pudieran tener también sus edipos, sus filias y sus fobias.
En Azaña, una biografía, José María Marco parece que haya oscilado entre ofrecernos una biografía subjetiva u objetiva. Al final ni una ni otra, lo que le ha salido ha sido un churro y encima un churro de 350 páginas. Si se quitaran todas las veces que el autor se repite, creo que el libro quedaría en 200 páginas mal contadas.
Lo primero que incomoda del libro es que, a pesar de todo lo que habla de la psicología de Azaña (indolente, vanidoso, rencoroso, con un fondo de bondad natural, sentimental…), sobrevuela sin profundizar aspectos clave sobre los que otro biógrafo más concienzudo habría profundizado sin duda. Por ejemplo, el temprano contacto de Azaña con la muerte lo despacha en apenas seis líneas: «Los folletones y las aventuras poblaron los sueños de aquel niño bajito, rechonchete y ensimismado, según se describió él mismo mucho después, que entonces anheló llevar una vida errante, quizá para dejar atrás el ambiente de la casa ensombrecida por las muertes de la madre, un hermano- Carlos- el abuelo y el padre, ocurridas casi todas antes de cumplir él los diez años.» Son muchas muertes para un niño de diez años; pienso que cualquier biógrafo subjetivo serio rascaría un poco más para ver el efecto que tuvieron sobre Azaña. También merecería un poco más de atención la relación entre Azaña y su padre, un padre del cual escribió más tarde: «Ha jugado a destrozar la vida como destroza sus juguetes un niño.» Para rematar el descuido del biógrafo, alude deprisa y corriendo a la boda que el padre celebró in articulo mortis con una mujer del pueblo y a la que dejó el usufructo de toda su fortuna. El padre afirmó que lo hacía para que sus hijos no quedasen desamparados tras su muerte, aunque la opinión del pueblo fue algo distinta y peor pensada. Pienso que un biógrafo debería ir un poco más allá, contrastar versiones, sopesar pruebas.
Como no podía ser menos, en un biógrafo que pretende hacer algo de biografía subjetiva, José María Marco dedica dos páginas a los rumores sobre la presunta homosexualidad de Azaña. Si nos atenemos al libro, hay muy poco sobre lo que fundamentar esa supuesta homosexualidad: la amistad con Cipriano Rivas Cherif (perfectamente explicable sin recurrir a temas sexuales) y algunas alusiones en sus escritos literarios. Muy poco comparado con todas las trazas que apuntan a un Azaña heterosexual.
Si como biógrafo subjetivo José María Marco deja bastante que desear, como biógrafo objetivo no lo hace mucho mejor. Alterna los episodios sobre los que se explaya prolijamente con saltos en el vacío, en los que pasa deprisa y corriendo sobre situaciones. Por ejemplo, dedica siete páginas a las maniobras para descabalgar a Alcalá-Zamora de la Presidencia de la República en abril y mayo de 1936, pero apenas explica la actitud de Azaña ante la violencia previa al alzamiento del 18 de julio ni lo que pensaba sobre la posibilidad de una conspiración militar. Se explaya sobre la pelea entre Negrín y Azaña, cuando el primero quería en febrero del 39 que el segundo regresase a la zona todavía en poder de los republicanos, pero no dice nada de la reacción de Azaña ante el golpe de Casado, que terminó de derrumbar a la República.
A menudo, cuando uno desmenuza los largos párrafos, en los que parece que el autor cuenta mucho, se encuentra que un párrafo de 30 líneas contiene mucha palabrería, varios juicios de valor del escritor, algún comentario que ya se hizo dos páginas más atrás y sólo un par de informaciones realmente interesantes. Había pensado en traer a colación algún párrafo como ejemplo, pero descubro que si ya me aburrió leerlo, transcribirlo y comentarlo es una tarea superior a mis fuerzas y mi paciencia.
Lo mejor del libro es que, tal vez a pesar de su autor, consigue dar una idea de la compleja personalidad de Azaña. Como alevín de político en los años diez del siglo XX lo presenta como un diletante, indolente, algo holgazán y esteta. Como político republicano lo muestra como un hombre soberbio, vanidoso, dado a los resquemores y a veces a las pequeñas mezquindades, pero también leal con sus amigos, generoso e idealista. Donde queda mejor parado es en la parte final del libro, como Presidente de una República en guerra. José María Marco muestra un Azaña humano, preocupado por los sufrimientos de los españoles, que siente la parte de responsabilidad que ha tenido en el desastre, que, aunque consciente de su impotencia, intenta mantener por principios y por idealismo el prestigio de la institución del Presidente de la República.
Cerré el libro pensando: ¡Qué personaje más interesante! ¡Qué pena que no haya conseguido un biógrafo mejor!
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Siglo XX
miércoles, octubre 03, 2007
El pistolerismo (IV): auge y caída del barón de König
Debo recordarte que este post está integrado dentro de un ladrillo-coñazo del que forman parte, por su orden:
La huelga de la Canadiense
Brabo Portillo y Pau Sabater
The last chance
Si después de todo esto aún tienes ganas de leer, vamos allá con the fourth leg.
El 1 de diciembre de 1919, como ya hemos dicho, las semillas del fuerte enfrentamiento social en que consistirá el pistolerismo ya están plantadas. En dicha fecha, los patronos catalanes dictaminan un cierre patronal cuyo objetivo estratégico es, literalmente, dejar sin recursos a 50.000 obreros. La espiral ha comenzado a desarrollarse pero, además, pronto se producirán nuevos elementos del drama.
El 10 de diciembre, en Madrid, se celebraba un histórico congreso de la CNT. Fue el congreso en el que la definición anarcosindicalista del sindicato fue puesta en discusión, ante la presión de no pocos miembros de acordar el ingreso de la organización en la III Internacional, lo cual habría supuesto acercar el sindicato a la órbita soviética. Las discusiones fueron amplias y enconadas y, finalmente, la personalidad de Salvador Seguí, el Noi del Sucre, consiguió convencer a sus correligionarios de la importancia de no precipitar soluciones. Así pues, se decidió enviar, antes de decidir, a una delegación que conocería Moscú y comprobaría las bondades del sistema soviético. Dicha delegación estuvo formada por Ángel Pestaña, Eusebi Carbó e Hilari Arlandis; y no regresó muy convencida de que Lenin fuese un freedom maker, precisamente.
Pero en esa fecha se produciría, esta vez en Barcelona, otra reunión de mucha mayor importancia para el pistolerismo. Se produjo en el número 32 de la calle Tapicería, en la sede de un ateneo obrero de ideología legitimista (carlista). En ese acto Ramón Sales, un activista sindical, acompañado de dirigentes carlistas catalanes como Salvador Anglada o Pere Roma, fundaban la Corporación Nacional de Trabajadores-Unión de Sindicatos Libres de España; un sindicato que se conocería como El Sindicato Libre o, simplemente, el Libre, y que, a partir de ese momento, competiría con la CNT por el dominio de los obreros catalanes; y el término competencia incluye muchos tipos de enfrentamiento.
El 19 de diciembre, en medio del cierre patronal y en un ambiente de espiral violenta, dos anarconsindicalistas que se harán famosos en la Historia de España, Ramón Casanellas y Pere Matheu, se bautizan en el mundo del terrorismo obrero matando a tiros al industrial Manuel Elizalde, cuando está parado en su automóvil en la calle Roselló de Barcelona. El entierro de Elizalde es toda una manifestación de la burguesía y encona las posturas.
Los cenetistas estaban convencidos de que Elizalde había tenido participación en el asesinato de Pau Sabater, algo que probablemente no es cierto. Pero es evidente que dicha acción estaba influyendo en buena parte de las acciones violentas. Medí Martí, un pistolero anarquista, acompañado por otros cómplices, esperó en una carretera del Poble Nou a Joan Serra, el conductor del coche en el que Sabater había sido secuestrado. A pesar de que Serra no murió en el tiroteo, quedó muy malherido. El día 5 de enero, víspera de los Reyes Magos, otra partida de pistoleros atentó en su coche contra el dirigente patronal Feliu Graupere, que salió apenas herido el incidente en el que, sin embargo, resultó muerto un policía de escolta, Ricardo San Germán. Este hecho, sin embargo, colocó a los obreros en una situación muy comprometida, dado que al día siguiente el ejército declaró el estado de sitio.
El 26 de enero se acabó el cierre patronal. En ese momento, la CNT, en manos de sus miembros más radicales, decretó la huelga general; calculando que los empresarios (lo cual era cierto) habían terminado el cierre con pocos recursos, pretendían hacer caer el capitalismo. Aunque los que cayeron fueron ellos; acabado el cierre, los trabajadores volvieron en masa al trabajo; lógico, pues si alguien estaba a dos velas, eran ellos. Una reacción que dio alas, dentro del sindicato, a sus miembros más posibilistas; y, tal vez, radicalizó aún más a los del gatillo fácil.
No obstante, como ya hemos visto con anterioridad, los periodos de normalización y de tendencia a la paz siempre se corresponden con otros movimientos en sentido contrario. En este caso, los sucesos de las últimas semanas habían colocado a los empresarios en situación de guerra abierta… aunque clandestina. Las principales acciones patronales se decidían en una casa situada en el número 80 del paseo de Gracia, esquina con la calle Mallorca. Este era el piso donde el mensajero de los empresarios, Miró i Trepat, se entendía con el nefasto barón de König, el heredero de Brabo Portillo. Los sucesos, además, no hacían sino alimentar esta tendencia; el 22 de febrero, un empresario francés, Theodore Genny, era asesinado a puñaladas. Tres delincuentes comunes, Victoriá Sabater, Martí Martí y Josep Perís, fueron condenados a muerte por este asesinato. Otros activistas proyectaron matar al conde de Salvatierra, recientemente nombrado gobernador civil de Barcelona, volando el tren en el que iba. De haber consumado el atentado, que fue descubierto a tiempo, habrían realizado una auténtica matanza.
La situación era comprometida y, por ello, al barón de König y su banda les daba mucho negocio. No obstante, el austriaco era muy ambicioso. Por eso mismo urdió un plan con uno de sus secuaces, un tal Bernat Armengol, que había sido activista sindical. Contando con el know how de Armengol, que sabía cómo escribían los sindicalistas y guardaba papel de la CNT, se dedicó a enviar cartas amenazadoras a empresarios; lo que se dice, crear demanda allí donde no la había. Incluso se rumoreó que algunos de sus secuaces llegaron disparar a empresarios para acojonarlos. No contento con engañar al sector privado, König también engañó al sector público. Era informador del jefe de policía, Arlegui y, para que éste estuviese contento, se inventó la historia, falsa, de que un café llamado El Rápido era un centro de actividad terrorista, donde la policía llegó a hacer una redada el 27 de marzo. Allí mismo tuvieron la escasísima cosecha de detener a un activista mediano, Ácrata Vidal, al que dieron una paliza allí mismo, delante de los clientes.
El barón, en compañía de activistas del Libre, se dedicaba a engañar a sindicalistas y luego detenerlos. Por ello, empezaron las agresiones contra este sindicato. El 2 de abril resultó muerto el capataz de la factoría Fabra & Coats, dirigente del libre, Tomás Vives. La guerra intersindical había comenzado. Pero esto es un juego a tres bandas entre los dos sindicatos y la policía y los cuerpos parapoliciales y, en ese momento, a los cenetistas el Sindicato Libre todavía les preocupa poco. Uno de los grupos terroristas más sanguinarios de la CNT, el comandado por Progreso Ródenas, atenta en pleno paseo de Gracia contra Miró i Trepat, el mamporrero de König, aunque no consiguió acabar con él. Para qué quería más el austriaco. Hizo sus averiguaciones y, una vez que supo que Ródenas, en realidad, a quien quería matar era a Bernat Armengol, porque le habían calado, hizo que sus espías le transmitiesen la noticia de que estaría el 23 de abril en una cafetería situada en la esquina de la ronda de San Pablo y la calle Aldana, situada creo que en lo que hoy se conoce como El Raval. La banda de Ródenas se situó estratégicamente para cargarse a Armengol cuando saliese, pero ni éste salió ni se pudieron marchar de rositas, porque allí les estaba esperando la policía. Hubo heridos y detenciones, aunque algunos miembros de la banda cenetista lograron escapar, abriéndose paso a tiros.
Para los sindicalistas y los mercenarios de König, la cosa era quién mandaba en Barcelona. Como en los diálogos de las pelis del far west, ambas partes parecían tener muy claro que Barcelona era demasiado pequeña para los dos. El asunto se dirimió el día 28, en un chiringuito de la plaza del Peso de la Paja. Allí iban muy a menudo los hombres de König en plan chulo y mafioso, haciéndose los dueños del lugar. Pero esa tarde los ácratas surgieron de entre la gente y empezaron la ensalada de tiros. Mataron a dos mercenarios y perdieron a uno de sus acólitos antes de que llegase la policía. Los hombres de König dejaron de ir por el chiringuito.
Pintaban bastos para König. Le echaban de la calle y, además, había cometido un grave error. Tras los sucesos de la cafetería de El Raval, se las había ingeniado para que la policía detuviese también a Bernat Armengol. Nosotros sabemos que Armengol era un soplón que trabajaba para König, pero algo debía de haber entre ambos, porque lo cierto es que el confidente fue detenido y encarcelado. Una de las causas probables es que König podría estar tirándose a su mujer.
El caso es que Armengol acabó en la cárcel, donde le metieron con los suyos, es decir, en una galería llena de cenetistas. Armengol sabía que, allí, su vida no valía ni medio céntimo, pues todos sabían que era un soplón, así pues decidió cambiar de bando, y comenzar a delatar a los hombres de König.
En los días siguientes, los pistoleros anarquistas acabaron con Manuel Grau, colaborador de König, y con Pere Torrens i Capdevila, uno de los chulos de la plaza del Peso de la Paja. Resultó herido y, dos días después de recibir el alta, lo remataron. Así las cosas, los hombres de König intentaron recuperar su prestigio reconquistando, en la tarde del 17 de mayo, el quiosco de la plaza del Peso de la Paja. Se liaron a tiros con los anarquistas, pero el enfrentamiento quedó en tablas.
El tiroteo de la plaza del Peso de la Paja se convirtió en un problema político también en Madrid. Además, el ambiente estaba muy enrarecido porque, algunas semanas atrás, y no se sabe muy bien por qué, la policía había reaccionado pelín mal a la celebración de los juegos florares de Barcelona. Esta competición poética era uno de los principales actos del catalanismo de la época y aquel año, como otros muchos, terminó con el personal cantando Els Segadors, que ya se sabe que es el himno del catalanismo, y algún día contaremos por qué; pero a la pasma no debió de hacerle gracia, porque entraron en el local y se liaron a hostias con todo quisqui. Como consecuencia, la burguesía catalana la tomó con el gobernador de Barcelona y la cosa estaba fea.
Todos estos argumentos abonaron la estrategia del presidente del gobierno, Eduardo Dato, de exiliar al barón de König, cosa que hizo por siempre jamás pues este nefasto personaje no volvió ya a España, ni siquiera en los años de la dictadura de Primo de Rivera.
El 19 de junio, era cesado como gobernador de Barcelona el conde de Salvatierra, para alegría de los burgueses. Y ya hemos dicho que König había sido expulsado de España. El nuevo gobernador, Federico de Carlos y Bas, acudía con voluntad conciliadora a la ciudad.
¿Se ha acabado, pues, nuestra historia?
Desgraciadamente, ni de coña. Ni de remotísima coña.
La huelga de la Canadiense
Brabo Portillo y Pau Sabater
The last chance
Si después de todo esto aún tienes ganas de leer, vamos allá con the fourth leg.
El 1 de diciembre de 1919, como ya hemos dicho, las semillas del fuerte enfrentamiento social en que consistirá el pistolerismo ya están plantadas. En dicha fecha, los patronos catalanes dictaminan un cierre patronal cuyo objetivo estratégico es, literalmente, dejar sin recursos a 50.000 obreros. La espiral ha comenzado a desarrollarse pero, además, pronto se producirán nuevos elementos del drama.
El 10 de diciembre, en Madrid, se celebraba un histórico congreso de la CNT. Fue el congreso en el que la definición anarcosindicalista del sindicato fue puesta en discusión, ante la presión de no pocos miembros de acordar el ingreso de la organización en la III Internacional, lo cual habría supuesto acercar el sindicato a la órbita soviética. Las discusiones fueron amplias y enconadas y, finalmente, la personalidad de Salvador Seguí, el Noi del Sucre, consiguió convencer a sus correligionarios de la importancia de no precipitar soluciones. Así pues, se decidió enviar, antes de decidir, a una delegación que conocería Moscú y comprobaría las bondades del sistema soviético. Dicha delegación estuvo formada por Ángel Pestaña, Eusebi Carbó e Hilari Arlandis; y no regresó muy convencida de que Lenin fuese un freedom maker, precisamente.
Pero en esa fecha se produciría, esta vez en Barcelona, otra reunión de mucha mayor importancia para el pistolerismo. Se produjo en el número 32 de la calle Tapicería, en la sede de un ateneo obrero de ideología legitimista (carlista). En ese acto Ramón Sales, un activista sindical, acompañado de dirigentes carlistas catalanes como Salvador Anglada o Pere Roma, fundaban la Corporación Nacional de Trabajadores-Unión de Sindicatos Libres de España; un sindicato que se conocería como El Sindicato Libre o, simplemente, el Libre, y que, a partir de ese momento, competiría con la CNT por el dominio de los obreros catalanes; y el término competencia incluye muchos tipos de enfrentamiento.
El 19 de diciembre, en medio del cierre patronal y en un ambiente de espiral violenta, dos anarconsindicalistas que se harán famosos en la Historia de España, Ramón Casanellas y Pere Matheu, se bautizan en el mundo del terrorismo obrero matando a tiros al industrial Manuel Elizalde, cuando está parado en su automóvil en la calle Roselló de Barcelona. El entierro de Elizalde es toda una manifestación de la burguesía y encona las posturas.
Los cenetistas estaban convencidos de que Elizalde había tenido participación en el asesinato de Pau Sabater, algo que probablemente no es cierto. Pero es evidente que dicha acción estaba influyendo en buena parte de las acciones violentas. Medí Martí, un pistolero anarquista, acompañado por otros cómplices, esperó en una carretera del Poble Nou a Joan Serra, el conductor del coche en el que Sabater había sido secuestrado. A pesar de que Serra no murió en el tiroteo, quedó muy malherido. El día 5 de enero, víspera de los Reyes Magos, otra partida de pistoleros atentó en su coche contra el dirigente patronal Feliu Graupere, que salió apenas herido el incidente en el que, sin embargo, resultó muerto un policía de escolta, Ricardo San Germán. Este hecho, sin embargo, colocó a los obreros en una situación muy comprometida, dado que al día siguiente el ejército declaró el estado de sitio.
El 26 de enero se acabó el cierre patronal. En ese momento, la CNT, en manos de sus miembros más radicales, decretó la huelga general; calculando que los empresarios (lo cual era cierto) habían terminado el cierre con pocos recursos, pretendían hacer caer el capitalismo. Aunque los que cayeron fueron ellos; acabado el cierre, los trabajadores volvieron en masa al trabajo; lógico, pues si alguien estaba a dos velas, eran ellos. Una reacción que dio alas, dentro del sindicato, a sus miembros más posibilistas; y, tal vez, radicalizó aún más a los del gatillo fácil.
No obstante, como ya hemos visto con anterioridad, los periodos de normalización y de tendencia a la paz siempre se corresponden con otros movimientos en sentido contrario. En este caso, los sucesos de las últimas semanas habían colocado a los empresarios en situación de guerra abierta… aunque clandestina. Las principales acciones patronales se decidían en una casa situada en el número 80 del paseo de Gracia, esquina con la calle Mallorca. Este era el piso donde el mensajero de los empresarios, Miró i Trepat, se entendía con el nefasto barón de König, el heredero de Brabo Portillo. Los sucesos, además, no hacían sino alimentar esta tendencia; el 22 de febrero, un empresario francés, Theodore Genny, era asesinado a puñaladas. Tres delincuentes comunes, Victoriá Sabater, Martí Martí y Josep Perís, fueron condenados a muerte por este asesinato. Otros activistas proyectaron matar al conde de Salvatierra, recientemente nombrado gobernador civil de Barcelona, volando el tren en el que iba. De haber consumado el atentado, que fue descubierto a tiempo, habrían realizado una auténtica matanza.
La situación era comprometida y, por ello, al barón de König y su banda les daba mucho negocio. No obstante, el austriaco era muy ambicioso. Por eso mismo urdió un plan con uno de sus secuaces, un tal Bernat Armengol, que había sido activista sindical. Contando con el know how de Armengol, que sabía cómo escribían los sindicalistas y guardaba papel de la CNT, se dedicó a enviar cartas amenazadoras a empresarios; lo que se dice, crear demanda allí donde no la había. Incluso se rumoreó que algunos de sus secuaces llegaron disparar a empresarios para acojonarlos. No contento con engañar al sector privado, König también engañó al sector público. Era informador del jefe de policía, Arlegui y, para que éste estuviese contento, se inventó la historia, falsa, de que un café llamado El Rápido era un centro de actividad terrorista, donde la policía llegó a hacer una redada el 27 de marzo. Allí mismo tuvieron la escasísima cosecha de detener a un activista mediano, Ácrata Vidal, al que dieron una paliza allí mismo, delante de los clientes.
El barón, en compañía de activistas del Libre, se dedicaba a engañar a sindicalistas y luego detenerlos. Por ello, empezaron las agresiones contra este sindicato. El 2 de abril resultó muerto el capataz de la factoría Fabra & Coats, dirigente del libre, Tomás Vives. La guerra intersindical había comenzado. Pero esto es un juego a tres bandas entre los dos sindicatos y la policía y los cuerpos parapoliciales y, en ese momento, a los cenetistas el Sindicato Libre todavía les preocupa poco. Uno de los grupos terroristas más sanguinarios de la CNT, el comandado por Progreso Ródenas, atenta en pleno paseo de Gracia contra Miró i Trepat, el mamporrero de König, aunque no consiguió acabar con él. Para qué quería más el austriaco. Hizo sus averiguaciones y, una vez que supo que Ródenas, en realidad, a quien quería matar era a Bernat Armengol, porque le habían calado, hizo que sus espías le transmitiesen la noticia de que estaría el 23 de abril en una cafetería situada en la esquina de la ronda de San Pablo y la calle Aldana, situada creo que en lo que hoy se conoce como El Raval. La banda de Ródenas se situó estratégicamente para cargarse a Armengol cuando saliese, pero ni éste salió ni se pudieron marchar de rositas, porque allí les estaba esperando la policía. Hubo heridos y detenciones, aunque algunos miembros de la banda cenetista lograron escapar, abriéndose paso a tiros.
Para los sindicalistas y los mercenarios de König, la cosa era quién mandaba en Barcelona. Como en los diálogos de las pelis del far west, ambas partes parecían tener muy claro que Barcelona era demasiado pequeña para los dos. El asunto se dirimió el día 28, en un chiringuito de la plaza del Peso de la Paja. Allí iban muy a menudo los hombres de König en plan chulo y mafioso, haciéndose los dueños del lugar. Pero esa tarde los ácratas surgieron de entre la gente y empezaron la ensalada de tiros. Mataron a dos mercenarios y perdieron a uno de sus acólitos antes de que llegase la policía. Los hombres de König dejaron de ir por el chiringuito.
Pintaban bastos para König. Le echaban de la calle y, además, había cometido un grave error. Tras los sucesos de la cafetería de El Raval, se las había ingeniado para que la policía detuviese también a Bernat Armengol. Nosotros sabemos que Armengol era un soplón que trabajaba para König, pero algo debía de haber entre ambos, porque lo cierto es que el confidente fue detenido y encarcelado. Una de las causas probables es que König podría estar tirándose a su mujer.
El caso es que Armengol acabó en la cárcel, donde le metieron con los suyos, es decir, en una galería llena de cenetistas. Armengol sabía que, allí, su vida no valía ni medio céntimo, pues todos sabían que era un soplón, así pues decidió cambiar de bando, y comenzar a delatar a los hombres de König.
En los días siguientes, los pistoleros anarquistas acabaron con Manuel Grau, colaborador de König, y con Pere Torrens i Capdevila, uno de los chulos de la plaza del Peso de la Paja. Resultó herido y, dos días después de recibir el alta, lo remataron. Así las cosas, los hombres de König intentaron recuperar su prestigio reconquistando, en la tarde del 17 de mayo, el quiosco de la plaza del Peso de la Paja. Se liaron a tiros con los anarquistas, pero el enfrentamiento quedó en tablas.
El tiroteo de la plaza del Peso de la Paja se convirtió en un problema político también en Madrid. Además, el ambiente estaba muy enrarecido porque, algunas semanas atrás, y no se sabe muy bien por qué, la policía había reaccionado pelín mal a la celebración de los juegos florares de Barcelona. Esta competición poética era uno de los principales actos del catalanismo de la época y aquel año, como otros muchos, terminó con el personal cantando Els Segadors, que ya se sabe que es el himno del catalanismo, y algún día contaremos por qué; pero a la pasma no debió de hacerle gracia, porque entraron en el local y se liaron a hostias con todo quisqui. Como consecuencia, la burguesía catalana la tomó con el gobernador de Barcelona y la cosa estaba fea.
Todos estos argumentos abonaron la estrategia del presidente del gobierno, Eduardo Dato, de exiliar al barón de König, cosa que hizo por siempre jamás pues este nefasto personaje no volvió ya a España, ni siquiera en los años de la dictadura de Primo de Rivera.
El 19 de junio, era cesado como gobernador de Barcelona el conde de Salvatierra, para alegría de los burgueses. Y ya hemos dicho que König había sido expulsado de España. El nuevo gobernador, Federico de Carlos y Bas, acudía con voluntad conciliadora a la ciudad.
¿Se ha acabado, pues, nuestra historia?
Desgraciadamente, ni de coña. Ni de remotísima coña.
lunes, octubre 01, 2007
El Callao (y II)
Era una guerra que España no podía ganar. Desde luego, en momento alguno se planteó, siquiera remotamente, el traslado de tropas de tierra para hacer una guerra como es debido; todo lo que intentó España fue castigar alguna población costera con su escuadra, para así forzar un final más o menos honroso de las hostilidades, a ser posible con anuencia para las reivindicaciones hispanas. Fue entonces cuando se decidió bombardear Valparaíso y cuando, para ordenar dicha medida, el ministro de Estado (Asuntos Exteriores), Bermúdez de Castro, envió al almirante de la escuadra, el gallego Casto Méndez Núñez, un oficio en el que le conminaba a sucumbir con gloria en mares enemigos mejor que regresar a España con vergüenza; despacho éste que provocó la respuesta de Méndez Núñez que de una forma o de otra todos los españoles, al menos los de mi generación, hemos oído referir alguna vez: «Si desgraciadamente no consiguiese una paz honrosa para España, cumpliré las órdenes de VE destruyendo la ciudad de Valparaíso, aunque se necesario para ello combatir antes con las escuadras inglesa y americana, allí reunidas, y la de Su Majestad se hundirá en estas aguas antes de volver a España deshonrada, cumpliendo así lo que su Majestad, su Gobierno y el País desean, esto es: primero honra sin Marina, que Marina sin honra».
Como se aprecia en las palabras de Méndez, la clave de todo este enfrentamiento eran Estados Unidos e Inglaterra, pues ambos países tenían barcos surtos en Valparaíso, amén de muchos intereses en Chile que les aconsejaban mediar para que no hubiese leches. Así las cosas, el comodoro Rodgers y Lord Denman, jefes de la flota gringa y británica, se pusieron a darle la barrila al almirante español para que declarase en qué condiciones no iniciaría el bombardeo de la bella ciudad chilena. Finalmente, Méndez Núñez aceptó poner como condición que Chile declarase que no había tenido el propósito de ofender a España, (amén de devolver la Covadonga), a cambio de lo cual España declararía que no tenía intención de conquistar el país (o sea, declarábamos lo obvio) y devolvería diversos botines y prisioneros de guerra. El acuerdo se sellaría, cómo no, con un intercambio protocolario de cañonazos, 21 como casi siempre, haciéndose el primero de ellos por parte de una fortaleza chilena. Quien haya tenido la paciencia de leer hasta aquí ya sabrá que este orden venía, de alguna manera, a significar que Chile se disculpaba ante España.
Chile no aceptó las condiciones. Lo cual no quiere decir estrictamente que no quisieran la amistad con España o que le diesen una importancia capital a lo del cañonazo. En realidad, lo que pasó es que los diplomáticos británicos en el país, no se sabe muy bien por qué, se dedicaron a comerles la oreja a los chilenos con que España, en cualquier caso, no iba a proceder al bombardeo de Valparaíso. Así pues, creyéndose salvos de la agresión con que se les amenazaba, nos hicieron la higa.
Méndez Núñez anunció el bombardeo de Valparaíso para el 31 de marzo de 1866, si no había avenencia. Debió de ser muy convincente pues el comodoro Rodgers, que hasta entonces había jugado a no creerse la acción, no sólo se puso de su parte, sino que anunció que la flota americana se iba de najas del puerto chileno. Se ofrecieron algunas soluciones al conflicto, que Chile no aceptó. El gobierno chileno, ciertamente, o estaba muy seguro de que los españoles estaban acojonados, o se había fumado algo, o tenía en su seno una cuota respetable de imbéciles; incluso, es posible que ocurrieran las tres cosas a la vez, porque su propuesta para solucionar el conflicto no se le ocurriría ni a un teletubbie con diarrea: un duelo internacional entre la flota española y la aliada, eso sí con la condición de que España retirase de la contienda su barco más moderno, la Numancia.
El 31 de marzo, desde las 9,15 hasta las 12 de la mañana, tras un aviso de dos cañonazos para que las escuadras americana e inglesa abandonasen el puerto, los barcos de guerra españoles Blanca, Villa de Madrid, Resolución y Vencedora bombardearon la ciudad semidesierta de Valparaíso, cuyos habitantes estaban en las alturas circundantes. Causaron las bombas daños por valor de unos 55 millones de pesetas de la época, según Chile.
Todo parece indicar que el bombardeo de Valparaíso envalentonó a la escuadra española, que empezó a albergar un proyecto más ambicioso, como era repetir el bombardeo, pero esta vez en la plaza de El Callo, auténtica plaza naval fuerte de los peruanos. Madrid quería que, tras Valparaíso, se bombardeasen diversas poblaciones menores, como Itique. Méndez Núñez se presentó en el puerto peruano el 27 de abril, avisando de que en cuatro días lo bombardearía.
El Callao era, ya lo he dicho, un puerto fuertemente protegido por dos torres blindadas y un total de 88 piezas de artillería, a lo que hay que sumar algunas medidas de urgencia tomadas por los peruanos, como el hundimiento en la costa de torpedos unidos a la costa por cables eléctricos. Los pocos barcos peruanos del puerto tenían cuatro piezas más. Por el contrario, por España estaban: la Numancia, que armaba 40 cañones; la Almansa, con 50; la Villa de Madrid, con 46; la Resolución, con 40; la Blanca; 36; la Vencedora, 3. En total, 215 piezas, aunque debe recordarse que eran barcos y que los barcos tienen esa cosa que se llama babor y estribor y, si se dispara por babor, no se puede disparar por estribor a menos que le queramos dar al horizonte. Así pues, la capacidad real de fuego era la mitad de esta cifra.
No obstante lo que acabamos de decir, no son pocos los historiadores españoles que destacan la franca desigualdad de fuerzas existente en la acción, a favor de los peruanos. Fundamentalmente, porque ellos estaban en casa, y tenían todo un país a las espaldas para proveerse de lo que necesitasen. Los barcos españoles no tenían ni un solo punto donde reabastecerse o repararse en más de 1.000 kilómetros. Esto viene a demostrar fehacientemente ese viejo aforismo de que en este mundo traidor, nada es verdad ni es mentira; todo depende del color del cristal con que se mira. Los peruanos, por su parte, tienden a pensar que fue una lucha desigual, pero llevando ellos la peor parte.
La víspera del bombardeo, el almirante Méndez Núñez recibió, de manos del alférez de navío, Álvarez de Toledo, un oficio del gobierno de Madrid ordenando el regreso de la escuadra. La respuesta de Méndez Núñez fue:
- Mañana, día 2, bombardeo El Callao. Usted no ha llegado todavía. Llegará pasado mañana y, en cuanto me comunique la orden del gobierno, me apresuraré a cumplirla.
Así pues, el bombardeo de El Callao nunca debió producirse.
El bombardeo se inició a las 11,50 horas del 2 de mayo de 1866. Los barcos españoles sufrieron diversas situaciones, entre los cuales cabe destacar que el almirante Méndez Núñez, que se encontraba en la Numancia, fue herido; o que la Almansa tuvo que retirarse un tiempo del fuego por sufrir un incendio a bordo. Con todo, los daños fueron muchos más para las personas en tierra, hasta el punto de que a eso de las cuatro de la tarde sólo tres de las 88 piezas de la línea de puerto seguían disparando a los españoles. El fuego cesó a las cuatro y cuarenta de la tarde, cuando la mayoría de las embarcaciones españolas estaban ya casi sin munición. La batalla se saldó para los españoles con unos daños en sus fragatas y goletas que a ellos mismos sorprendieron por su levedad. El error fue de los peruanos, los cuales, a todas luces, se apuntaron a una estrategia de dejar entrar a los españoles en la rada para luego cañonearlos a lo bestia; estrategia errónea pues sus piezas de mejor calibre eran dificilísimas, cuando no imposibles, de usar en distancias cortas, con lo cual los pepinos más gordos, lejos de impactar en los barcos, los pasaban por encima.
Las fuerzas españolas registraron en la acción 43 muertos y 151 heridos, casi todos ellos marineros pues sólo dos, Enrique Godínez y Ramón Rull, eran guardiamarinas. Por parte peruana, las fuentes españolas cifran las bajas en 2.000, entre los cuales se contó el ministro de la Guerra y Marina, José Gálvez, y el coronel Zavala, hermano de Juan Zavala, que en ese mismo momento era ministro español de Marina. Muchas pérdidas se debieron a que los peruanos colocaron un frente de trincheras en el puerto pensando que los españoles querrían desembarcar en El Callao; cosa que, que yo sepa, nunca se nos pasó por la cabeza, así pues aquellos infantes murieron como chinches por una prevención inútil. Eso, sin olvidar que, como hemos dicho, el almirante español tenía orden de volver grupas.
Para colmo, 17 años después de la acción, el marino que sustituyó a Méndez Núñez al mando cuando resultó herido, Novo y Colsón, escribió un libro en el que decía lindezas como «las posiciones tomadas por la escuadra para batir a las fortalezas fueron tan poco estratégicas, que difícilmente se hubieran podido elegir peores».
Según este experimentado marino, a la escuadra española le habría bastado atacar El Callao desde el sur, maniobrando desde el sur de la isla de San Lorenzo en dirección este, para haber dispuesto para bombardear de un espacio amplio y profundo, con mucha capacidad de maniobra pues; mientras que la segunda división se podría haber colocado frente a la batería de Santa Rosa, desde donde podía bombardear sin que la fortaleza situada al norte del puerto pudiese alcanzarla. De esta manera, las baterías de la parte sur del puerto habrían quedado entre los dos grupos, que las habrían destruido con facilidad, pudiendo después unirse en el bombardeo a la fortaleza norte. Lejos de esto, los españoles se colocaron en El Callao en lugares donde siempre había algún cañón que les podía disparar.
O sea: fue una chulería.
Fue, en efecto, un intento por mostrarse ampulosamente belicosos, con desprecio hacia el peligro y la muerte. En mi opinión, algo hizo, para qué negarlo, cierto espíritu español de desprecio hacia el latinoamericano, en el sentido de creerle incapaz de presentar batalla seria en un terreno en el que España acumulaba ya entonces un glorioso pasado de siglos. Colocarse a tiro de los cañones peruanos cuando todos o casi todos ellos podían ser atacados desde posiciones seguras fue un gesto como el del matón que se enfrenta a otro en la calle haciéndole señas para que se acerque y diciendo: «Pégame, anda, pégame. Ven y pégame, si tienes huevos».
Creo que aquellos marinos, herederos ya se ha dicho de la inmortal honra de Lepanto y tal, se maquinaron primero lo que iba a pasar y, después, tuvieron completa certeza: España no presentaría batalla. En Madrid, alguien con dos dedos de frente se había dado cuenta de dos cosas: una, que el ejército y la marina españoles ya no eran lo que habían sido; dos, que los propios tiempos habían cambiado y que ya no estaba sonando la hora en la que el honor está por encima de la política y la diplomacia.
Fue una machada, una machada absurda que nos costó 43 vidas, y a los peruanos 2.000. ¿Salvamos el honor? Digamos que el 98% de españoles actualmente vivos, y creo que me quedo corto, que no saben una puñetera palabra de la acción de El Callao, son la demostración palpable de que más que salvar el honor, hicimos el gilipollas.
La batalla de El Callao, por último, no tiene ganador ni perdedor. Usualmente, desde España se suele argumentar que la ganamos nosotros, pues dejamos el puerto hecho una braga, destrozamos todas las piezas y causamos muchas más bajas que las que sufrimos. Los peruanos, por su parte, recuerdan que el bombardeo terminó a las cuatro y cuarenta y que a las cinco en punto el pueblo de El Callao podría estar descojonado, pero no había sido tomado por los españoles.
La discusión sobre quién ganó la batalla de El Callao es una más de las muchas gilipolleces que componen este episodio histórico.
Como se aprecia en las palabras de Méndez, la clave de todo este enfrentamiento eran Estados Unidos e Inglaterra, pues ambos países tenían barcos surtos en Valparaíso, amén de muchos intereses en Chile que les aconsejaban mediar para que no hubiese leches. Así las cosas, el comodoro Rodgers y Lord Denman, jefes de la flota gringa y británica, se pusieron a darle la barrila al almirante español para que declarase en qué condiciones no iniciaría el bombardeo de la bella ciudad chilena. Finalmente, Méndez Núñez aceptó poner como condición que Chile declarase que no había tenido el propósito de ofender a España, (amén de devolver la Covadonga), a cambio de lo cual España declararía que no tenía intención de conquistar el país (o sea, declarábamos lo obvio) y devolvería diversos botines y prisioneros de guerra. El acuerdo se sellaría, cómo no, con un intercambio protocolario de cañonazos, 21 como casi siempre, haciéndose el primero de ellos por parte de una fortaleza chilena. Quien haya tenido la paciencia de leer hasta aquí ya sabrá que este orden venía, de alguna manera, a significar que Chile se disculpaba ante España.
Chile no aceptó las condiciones. Lo cual no quiere decir estrictamente que no quisieran la amistad con España o que le diesen una importancia capital a lo del cañonazo. En realidad, lo que pasó es que los diplomáticos británicos en el país, no se sabe muy bien por qué, se dedicaron a comerles la oreja a los chilenos con que España, en cualquier caso, no iba a proceder al bombardeo de Valparaíso. Así pues, creyéndose salvos de la agresión con que se les amenazaba, nos hicieron la higa.
Méndez Núñez anunció el bombardeo de Valparaíso para el 31 de marzo de 1866, si no había avenencia. Debió de ser muy convincente pues el comodoro Rodgers, que hasta entonces había jugado a no creerse la acción, no sólo se puso de su parte, sino que anunció que la flota americana se iba de najas del puerto chileno. Se ofrecieron algunas soluciones al conflicto, que Chile no aceptó. El gobierno chileno, ciertamente, o estaba muy seguro de que los españoles estaban acojonados, o se había fumado algo, o tenía en su seno una cuota respetable de imbéciles; incluso, es posible que ocurrieran las tres cosas a la vez, porque su propuesta para solucionar el conflicto no se le ocurriría ni a un teletubbie con diarrea: un duelo internacional entre la flota española y la aliada, eso sí con la condición de que España retirase de la contienda su barco más moderno, la Numancia.
El 31 de marzo, desde las 9,15 hasta las 12 de la mañana, tras un aviso de dos cañonazos para que las escuadras americana e inglesa abandonasen el puerto, los barcos de guerra españoles Blanca, Villa de Madrid, Resolución y Vencedora bombardearon la ciudad semidesierta de Valparaíso, cuyos habitantes estaban en las alturas circundantes. Causaron las bombas daños por valor de unos 55 millones de pesetas de la época, según Chile.
Todo parece indicar que el bombardeo de Valparaíso envalentonó a la escuadra española, que empezó a albergar un proyecto más ambicioso, como era repetir el bombardeo, pero esta vez en la plaza de El Callo, auténtica plaza naval fuerte de los peruanos. Madrid quería que, tras Valparaíso, se bombardeasen diversas poblaciones menores, como Itique. Méndez Núñez se presentó en el puerto peruano el 27 de abril, avisando de que en cuatro días lo bombardearía.
El Callao era, ya lo he dicho, un puerto fuertemente protegido por dos torres blindadas y un total de 88 piezas de artillería, a lo que hay que sumar algunas medidas de urgencia tomadas por los peruanos, como el hundimiento en la costa de torpedos unidos a la costa por cables eléctricos. Los pocos barcos peruanos del puerto tenían cuatro piezas más. Por el contrario, por España estaban: la Numancia, que armaba 40 cañones; la Almansa, con 50; la Villa de Madrid, con 46; la Resolución, con 40; la Blanca; 36; la Vencedora, 3. En total, 215 piezas, aunque debe recordarse que eran barcos y que los barcos tienen esa cosa que se llama babor y estribor y, si se dispara por babor, no se puede disparar por estribor a menos que le queramos dar al horizonte. Así pues, la capacidad real de fuego era la mitad de esta cifra.
No obstante lo que acabamos de decir, no son pocos los historiadores españoles que destacan la franca desigualdad de fuerzas existente en la acción, a favor de los peruanos. Fundamentalmente, porque ellos estaban en casa, y tenían todo un país a las espaldas para proveerse de lo que necesitasen. Los barcos españoles no tenían ni un solo punto donde reabastecerse o repararse en más de 1.000 kilómetros. Esto viene a demostrar fehacientemente ese viejo aforismo de que en este mundo traidor, nada es verdad ni es mentira; todo depende del color del cristal con que se mira. Los peruanos, por su parte, tienden a pensar que fue una lucha desigual, pero llevando ellos la peor parte.
La víspera del bombardeo, el almirante Méndez Núñez recibió, de manos del alférez de navío, Álvarez de Toledo, un oficio del gobierno de Madrid ordenando el regreso de la escuadra. La respuesta de Méndez Núñez fue:
- Mañana, día 2, bombardeo El Callao. Usted no ha llegado todavía. Llegará pasado mañana y, en cuanto me comunique la orden del gobierno, me apresuraré a cumplirla.
Así pues, el bombardeo de El Callao nunca debió producirse.
El bombardeo se inició a las 11,50 horas del 2 de mayo de 1866. Los barcos españoles sufrieron diversas situaciones, entre los cuales cabe destacar que el almirante Méndez Núñez, que se encontraba en la Numancia, fue herido; o que la Almansa tuvo que retirarse un tiempo del fuego por sufrir un incendio a bordo. Con todo, los daños fueron muchos más para las personas en tierra, hasta el punto de que a eso de las cuatro de la tarde sólo tres de las 88 piezas de la línea de puerto seguían disparando a los españoles. El fuego cesó a las cuatro y cuarenta de la tarde, cuando la mayoría de las embarcaciones españolas estaban ya casi sin munición. La batalla se saldó para los españoles con unos daños en sus fragatas y goletas que a ellos mismos sorprendieron por su levedad. El error fue de los peruanos, los cuales, a todas luces, se apuntaron a una estrategia de dejar entrar a los españoles en la rada para luego cañonearlos a lo bestia; estrategia errónea pues sus piezas de mejor calibre eran dificilísimas, cuando no imposibles, de usar en distancias cortas, con lo cual los pepinos más gordos, lejos de impactar en los barcos, los pasaban por encima.
Las fuerzas españolas registraron en la acción 43 muertos y 151 heridos, casi todos ellos marineros pues sólo dos, Enrique Godínez y Ramón Rull, eran guardiamarinas. Por parte peruana, las fuentes españolas cifran las bajas en 2.000, entre los cuales se contó el ministro de la Guerra y Marina, José Gálvez, y el coronel Zavala, hermano de Juan Zavala, que en ese mismo momento era ministro español de Marina. Muchas pérdidas se debieron a que los peruanos colocaron un frente de trincheras en el puerto pensando que los españoles querrían desembarcar en El Callao; cosa que, que yo sepa, nunca se nos pasó por la cabeza, así pues aquellos infantes murieron como chinches por una prevención inútil. Eso, sin olvidar que, como hemos dicho, el almirante español tenía orden de volver grupas.
Para colmo, 17 años después de la acción, el marino que sustituyó a Méndez Núñez al mando cuando resultó herido, Novo y Colsón, escribió un libro en el que decía lindezas como «las posiciones tomadas por la escuadra para batir a las fortalezas fueron tan poco estratégicas, que difícilmente se hubieran podido elegir peores».
Según este experimentado marino, a la escuadra española le habría bastado atacar El Callao desde el sur, maniobrando desde el sur de la isla de San Lorenzo en dirección este, para haber dispuesto para bombardear de un espacio amplio y profundo, con mucha capacidad de maniobra pues; mientras que la segunda división se podría haber colocado frente a la batería de Santa Rosa, desde donde podía bombardear sin que la fortaleza situada al norte del puerto pudiese alcanzarla. De esta manera, las baterías de la parte sur del puerto habrían quedado entre los dos grupos, que las habrían destruido con facilidad, pudiendo después unirse en el bombardeo a la fortaleza norte. Lejos de esto, los españoles se colocaron en El Callao en lugares donde siempre había algún cañón que les podía disparar.
O sea: fue una chulería.
Fue, en efecto, un intento por mostrarse ampulosamente belicosos, con desprecio hacia el peligro y la muerte. En mi opinión, algo hizo, para qué negarlo, cierto espíritu español de desprecio hacia el latinoamericano, en el sentido de creerle incapaz de presentar batalla seria en un terreno en el que España acumulaba ya entonces un glorioso pasado de siglos. Colocarse a tiro de los cañones peruanos cuando todos o casi todos ellos podían ser atacados desde posiciones seguras fue un gesto como el del matón que se enfrenta a otro en la calle haciéndole señas para que se acerque y diciendo: «Pégame, anda, pégame. Ven y pégame, si tienes huevos».
Creo que aquellos marinos, herederos ya se ha dicho de la inmortal honra de Lepanto y tal, se maquinaron primero lo que iba a pasar y, después, tuvieron completa certeza: España no presentaría batalla. En Madrid, alguien con dos dedos de frente se había dado cuenta de dos cosas: una, que el ejército y la marina españoles ya no eran lo que habían sido; dos, que los propios tiempos habían cambiado y que ya no estaba sonando la hora en la que el honor está por encima de la política y la diplomacia.
Fue una machada, una machada absurda que nos costó 43 vidas, y a los peruanos 2.000. ¿Salvamos el honor? Digamos que el 98% de españoles actualmente vivos, y creo que me quedo corto, que no saben una puñetera palabra de la acción de El Callao, son la demostración palpable de que más que salvar el honor, hicimos el gilipollas.
La batalla de El Callao, por último, no tiene ganador ni perdedor. Usualmente, desde España se suele argumentar que la ganamos nosotros, pues dejamos el puerto hecho una braga, destrozamos todas las piezas y causamos muchas más bajas que las que sufrimos. Los peruanos, por su parte, recuerdan que el bombardeo terminó a las cuatro y cuarenta y que a las cinco en punto el pueblo de El Callao podría estar descojonado, pero no había sido tomado por los españoles.
La discusión sobre quién ganó la batalla de El Callao es una más de las muchas gilipolleces que componen este episodio histórico.
viernes, septiembre 28, 2007
El Callao (i)
Las relaciones de una metrópoli con sus ex colonias nunca son fáciles, y España no es en ello una excepción. Tenemos los españoles una actitud hacia los países que un día fueron posesiones nuestras entre ligeramente culpable y básicamente pasota. La mayor parte de la gente que conozco, incluso personas de alto nivel cultural, se podría decir que lo desconoce todo de Latinoamérica; todo lo que no sea fútbol, claro.
España se marchó de América Latina muy tarde. Le costó mucho irse y lo hizo, ya digo, con cierto retraso histórico, pues para cuando tiró la toalla de conservar sus colonias, dicha conservación le había costado mucho sudor, muchas lágrimas y muchas pesetas. Tampoco supo, o no quiso, construir un concepto de comunidad, al estilo de la Commonwealth inglesa. Las cosas, a veces, fueron tan mal como para que brillasen las navajas. Hoy quiero hablar de una de esas ocasiones; un momento en el que España y alguna de sus ex colonias se hicieron la guerra. Aunque esta guerra es muy nuestra, muy hispana pues, al contrario de lo que pasa con las guerras que hacen los angloparlantes, en ésta no se sabe aún, y ya han pasado más de cien años, quién la ganó, o si alguien la perdió.
En 1824, los españoles fueron derrotados por Bolívar en la batalla de Ayacucho, bien conocida por cualquier escolar latinoamericano en general y peruano en particular; aunque espero que entendáis los de allá que no es una acción bélica que se explique muy profundamente en las aulas españolas. Vencedor pues de los españoles, en diciembre de 1826 Bolívar dicta una constitución para el llamado Alto Perú (hoy Bolivia) y el Bajo Perú (o Perú a secas). Esta común norma, sin embargo, escondía una división bastante neta entre bolivaristas (que no bolivarianos) y peruanos. Bolívar le encendió el pelo a los peruanos en la batalla de Sirón (1829), aunque dejó que Perú se gobernase sola. Algo que hizo, desde entonces, con mayor o peor suerte.
España, mientras tanto, tomó la opción de no reconocer a Perú como nación independiente. Los españoles andábamos arriscados con eso de que nos hubieran dado una mano de leches (¡a nosotros!) y, sobre todo, teníamos un problemita de pasta: queríamos que el nuevo Perú, de existir, le pagase el justiprecio a los españoles a los que había expropiado.
Quince años estuvieron España y Perú sin decirse ni buenos días. A ninguno de los dos, sin embargo, le venía bien esta situación. Así pues, se iniciaron gestiones elegantes, de forma que un diplomático peruano destinado en Francia hizo, en 1841, una gestión secreta ante el gobierno español, interesándose por su opinión sobre la posibilidad de que hubiese un arreglo. España contestó que sí, que vale. Prosiguieron contactos en Chile y, finalmente, el general Echenique, al llegar al gobierno peruano, decidió designar a un primera fila, el entonces ex ministro de Exteriores Joaquín José de Osma, para que pilotase unas negociaciones como se debe.
El 25 de septiembre de 1853, De Osma y Ángel Calderón de la Barca llegaron a un acuerdo para el reconocimiento de Perú por España. No obstante, este acuerdo nunca llegó a estar vigente, pues Perú nunca lo firmó. Todo parece indicar que, una vez leída la letra pequeña (España seguía reclamando los duros que consideraba se le debían), encontró el acuerdo imposible de rubricar, y ahí lo dejó morir. En 1859 hubo otro intento, en el que se comisionó un plenipotenciario a Madrid. El problema es que este hombre, Pedro Gálvez, sentía tan plena su potencia que poco menos que no admitía más negociación que con la reina. Isabel II no lo recibió y la posibilidad del acuerdo se fue al carajo una vez más.
Por medio España se anexionó Santo Domingo y se embarcó, por unos meses, en la intervención francesa en México, de la mano de Napoleón III; una de las mayores cagadas bélicas del siglo XIX. El caso es que estos dos movimientos por parte de Madrid inquietaron mucho en la Latinoamérica libre. En todos los países, aquel movimiento se interpretó como una voluntad por parte española de reeditar el imperio y las colonias.
El guión más lógico nos habla de un posterior acercamiento entre las partes, lubricado por el paso del tiempo y de las generaciones, que debería haber culminado en un acuerdo amistoso. Pero no; antes, nos dimos de hostias. Y todo comenzó el 4 de agosto de 1863, en un lugar llamado la hacienda de Talambo.
En 1860, contratados por un español llamado Azcárate, llegaron a Perú 300 vascos para trabajar como jornaleros en una hacienda algodonera. Aunque el impulsor de la contratación era Azcárate, en realidad Talambo era de un peruano, Manuel Salcedo.
Hubo problemas, no sé muy bien cuáles exactamente, pero sí relacionados con el presunto incumplimiento, por parte de Salcedo, de las condiciones pactadas con los jornaleros. Azcárate se retiró del negocio. Uno de los obreros agrícolas, Marcial Miner, tuvo un durísimo enfrentamiento con Salcedo. Éste, cabreado, buscó a otro compatriota suyo, Valdés, hombre al parecer de mala reputación. Lo contrató para que detuviese a Miner. El tal Valdés formó una pequeña fuerza de cuarenta hombres, se fue a Talambo, y apresó a Miner, acción en la cual mató a un español e hirió a otros cuatro.
Según la versión española, que es obviamente la que yo tengo a mano, el establishment peruano pasó del asesinato como de deglutir deyecciones. El alcalde de Chepen, localidad más próxima a la Hacienda, tardó muchísimo en tomar declaración a los agresores, amén de no detenerlos. Se instruyó un sumario a la remangillé y de mala gana. Así las cosas, el juez de Chiclayo, con los mimbres que tenía, no pudo sino decretar la inocencia de los acusados, salvo dos, que fueron condenados a cuatro meses de cárcel.
Ocho meses de cárcel en total. Por la vida de un español. Asesinado por una partida de peruanos. No, la cosa no sonó muy bien en Madrid.
Claro que cuando se quieren exagerar las cosas, se exageran. Las crónicas españolas suelen olvidar con facilidad que el Tribunal Superior de Justicia de Perú anuló la sentencia y que, ítem más, la propia prensa local se puso del lado de los españoles. Copio del Mercurio local: «¡Gobierno del Perú! Pesad en buena balanza los hechos de los últimos asesinados cometidos con indefensos españoles residentes en la Hacienda de Talambo. Caiga la cuchilla de la Ley sobre los culpables, por más ricos que sean».
Por si no queríamos más pruebas, el gobierno peruano destacó un regimiento de caballería a Chiclayo, con la orden de aclarar el asunto y poner orden.
La respuesta de España fue invadir las islas Chinchas, importante centro productor de guano, y anunciar que no las devolveríamos hasta que no se diese satisfacción a nuestras reivindicaciones.
Aquí, de todas maneras, hay que hacer también honor a la verdad española. El gobierno de Madrid no quería aquello; el gobierno de Madrid, según todas las trazas, estaba por esperar a que la justicia acabase imperando en el feo asunto de Talambo. Sin embargo, una cosa es lo que mandan los que mandan y otra lo que hacen los que obedecen. Éstos, muy al contrario de lo que hubiera sido su obligación, obraron a su bola bélica.
El encendimiento del conflicto hispano-peruano se produce por la combinación entre un almirante, Luis Hernández Pinzón; y un diplomático, Eusebio Salazar Mazarredo. Hernández Pinzón recibió en aquellos días carta de la embajada española en Washington comunicándole la decisión de retirar la flota española del Pacífico y mandarla a Cuba. Hernández Pinzón no estaba de acuerdo con esta medida pues consideraba que lo de Talambo no estaba resuelto, así pues donde había que quedarse era en Perú. En eso llegó Salazar quien, pese a traer instrucciones de Madrid de amainar las cosas, secretamente quería la guerra. Así pues, se juntó el hambre con las ganas de comer.
El maniobrero Salazar Mazarredo consiguió ser nombrado ministro residente en Bolivia y comisario especial de España en Perú. Con estos cargos bajo el brazo, recibió del almirante la propuesta de ocupar las Chinchas y le transmitió la opinión del gobierno de Madrid al respecto.
Don Eusebio tenía dos oficios de Madrid. En el primero se le conminaba, negro sobre blanco, a conseguir «paz y buena inteligencia». En el segundo, se le instruía para que presentase la reclamación «en términos enérgicos, pero de todo punto pacíficos»; aunque, decía este segundo papel, mediante esta apelación al buen rollito «queda más justificado el empleo de la fuerza en el peor caso». «Si contra todo lo que es de esperar», decía el papel, «la reclamación fuese desechada in limine, expresando V.S. supesar de la precisión a recurrir a demostraciones de fuerza, que nadie querría evitar con más cordial resolución que el gobierno de S.M., anunciará V.S. que se retira a la goleta, dirigirá V.S. su ultimátum (…) con término de treinta horas para contestar, psado el cual sin verificarlo o ceder a las satisfacciones pedidas, levará V.S. anclas o adoptará sus disposiciones para la adopción de la escuadra».
No son pocas las opiniones según las cuales, de haber conocido Hernández Pinzón el primer papel, aquél que urgía una solución pacífica al conflicto a toda costa, no habría procedido a colocarse surto en las Chinchas. Pero nunca lo conoció. Eusebio Salazar, pícaro él, dijo haber extraviado la segunda instrucción de Madrid, instrucción que, dijo además, tenía poca importancia. Visto que las instrucciones del comisario especial eran las que eran, el marino actuó en consecuencia, y tomó las islas. Prueba de que Salazar sabía bien que las instrucciones que mostraba, tras haber perdido las otras, no se correspondían con lo que sus jefes esperaban de él, es que jamás alzó ante el gobierno peruano el ultimátum al que se refiere el papel. De hecho, probablemente por la inseguridad en que se movía en su secreto belicismo, Salazar fue incapaz de ordenar que se impidiese la extracción de guano, que los peruanos continuaron a buen ritmo.
No contento con haber enmerdado así la situación, el comisario especial redactó una declaración para las potencias extranjeras (ingleses y franceses) en la que el asunto daba un giro radical. El conflicto, que hasta entonces era la reclamación por parte de España de que se hiciese justicia en un asesinato, se convirtió en una reivindicación territorial. La declaración de Salazar, en este sentido, establecía que España tenía derechos sobre las islas Chinchas muy similares a los que había reclamado durante años Inglaterra sobre las islas de Fernando Poo, Annobón y Corisco; es decir, se daba el salto cualitativo de reclamar el derecho a poseer unas islas que entonces eran del Perú.
En Madrid alguien debió darse cuenta de que aquello era una locura, porque do Eusebio fue finalmente repatriado. También, en diciembre de 1864, el almirante Hernández Pinzón perdió el puesto. Ambas partes, Perú y España, desarrollaban arduas negociaciones, pero por medio se interponía el honor. España estaba por la labor de devolver las Chinchas, pero había una reclamación peruana que no estaba dispuesta a atender: que, en el momento de entrar el primer barco peruano en el puerto, la escuadra española disparase un primer cañonazo, en señal de desagravio. No sé mucho de protocolo marino, pero al parecer ese primer cañonazo venía a equivaler a un «Vale, tío, me pasé y merezco una colleja»; y España no estaba dispuesta a reconocer cosa tal.
El 25 de enero de 1865 el nuevo jefe de la escuadra española, almirante Pareja, fondea en el puerto de El Callao y lanza un ultimátum al gobierno peruano: cuarenta y ocho horas para decir sí a la solución propuesta por España. Nosotros decíamos que vale, que dispararíamos el puto cañonazo; pero sólo después de que el barco peruano hubiese disparado cuatro de saludo. La mediación francesa consiguió que nos arreglásemos con dos disparos; pero de esa burra no nos bajamos. Finalmente, y tras la llegada de un plenipotenciario peruano (el general Vivanco, según mis notas), se acordó lo siguiente: sería el fuerte de El Callao el que dispararía el primer cañonazo y, después, españoles y peruanos se saludarían disparando al mismo tiempo. Eso, más una indemnización de tres millones de pesos para España.
No hace falta explicar que a la mayoría de los peruanos aquel acuerdo les sentó como a Classius Clay las hostias de Joe Frazier. La cosa se puso muy caliente, tanto que el 5 de febrero, en El Callo, hubo un motín antiespañol en el que resultó muerto un cabo, Esteban Fradera. El gobierno de Perú actuó con prontitud en el castigo del crimen.
Las cosas no van mal con Perú. Pero, ¡ay!, España es, o era, mucha España. Si estuvimos a punto de ir a la guerra por negarnos a disparar un cañón antes que otro, tampoco podíamos dejar sin castigo las ofensas que se nos habían proferido, durante estos enfrentamientos, en el principal aliado de Perú, que había sido Chile. El almirante Pareja, en un oficio, reclamaba satisfacciones al gobierno de Chile por las injurias proferidas contra España en diversas manifestaciones y en la prensa local, así como por haber ayudado descaradamente al rearme de buques peruanos y haber obstaculizado el abastecimiento de carbón por parte de los españoles.
Y volvemos con los cañoncitos. Pareja exigía de Chile un saludo de 21 cañonazos al enarbolar nuestro pabellón (que, en lenguaje marino, debe de ser como pedir perdón reptando a los pies del agraviado), más tres millones de reales. El gobierno de Chile contestó que ni de coña. Así que España fondeó el buque Villa de Madrid en Valparaíso el 17 de septiembre de 1865, presentó el consabido ultimátum (cuatro días) y decretó el bloqueo de Chile (bloqueo de cachondeo, porque había tan sólo cuatro fragatas para vigilar un país que, como todo el mundo sabe, casi no tiene costa).
Hasta ese momento, España se había portado, por unas razones o por otras, como un matón de barrio. Y le pasó lo que a algunos matones: que, inesperadamente, le crecieron los enanos.
Si España se metió con Chile fue por considerar que el flanco peruano estaba resuelto. Pero en Perú, España había impuesto un acuerdo vergonzante que los peruanos no estaban dispuestos a admitir. El 28 de febrero de 1865 había estallado la revolución en Perú. El coronel Prado se sublevó contra el presidente Pecet; la primera acción del nuevo gobierno fue llevar al anterior ante los tribunales. El primer gobierno tras la revolución, comandado por Canseco, fue descabalgado por el coronel Prado, que tenía más ganas de declararnos la guerra que yo de cenar con Elle McPherson.
A finales de 1865, la escuadra española estaba enfangada en un bloqueo imposible de Chile y ante la perspectiva, más que probable, de que este país y Perú le hiciesen la pinza y le declarasen la guerra a la vez. Por si no andaban bien de moral los latinoamericanos, la corbeta chilena Esmeralda cobraba la goleta Covadonga. A principios de 1866, Perú, Chile, Ecuador y Bolivia le declaraban la guerra a España.
España se marchó de América Latina muy tarde. Le costó mucho irse y lo hizo, ya digo, con cierto retraso histórico, pues para cuando tiró la toalla de conservar sus colonias, dicha conservación le había costado mucho sudor, muchas lágrimas y muchas pesetas. Tampoco supo, o no quiso, construir un concepto de comunidad, al estilo de la Commonwealth inglesa. Las cosas, a veces, fueron tan mal como para que brillasen las navajas. Hoy quiero hablar de una de esas ocasiones; un momento en el que España y alguna de sus ex colonias se hicieron la guerra. Aunque esta guerra es muy nuestra, muy hispana pues, al contrario de lo que pasa con las guerras que hacen los angloparlantes, en ésta no se sabe aún, y ya han pasado más de cien años, quién la ganó, o si alguien la perdió.
En 1824, los españoles fueron derrotados por Bolívar en la batalla de Ayacucho, bien conocida por cualquier escolar latinoamericano en general y peruano en particular; aunque espero que entendáis los de allá que no es una acción bélica que se explique muy profundamente en las aulas españolas. Vencedor pues de los españoles, en diciembre de 1826 Bolívar dicta una constitución para el llamado Alto Perú (hoy Bolivia) y el Bajo Perú (o Perú a secas). Esta común norma, sin embargo, escondía una división bastante neta entre bolivaristas (que no bolivarianos) y peruanos. Bolívar le encendió el pelo a los peruanos en la batalla de Sirón (1829), aunque dejó que Perú se gobernase sola. Algo que hizo, desde entonces, con mayor o peor suerte.
España, mientras tanto, tomó la opción de no reconocer a Perú como nación independiente. Los españoles andábamos arriscados con eso de que nos hubieran dado una mano de leches (¡a nosotros!) y, sobre todo, teníamos un problemita de pasta: queríamos que el nuevo Perú, de existir, le pagase el justiprecio a los españoles a los que había expropiado.
Quince años estuvieron España y Perú sin decirse ni buenos días. A ninguno de los dos, sin embargo, le venía bien esta situación. Así pues, se iniciaron gestiones elegantes, de forma que un diplomático peruano destinado en Francia hizo, en 1841, una gestión secreta ante el gobierno español, interesándose por su opinión sobre la posibilidad de que hubiese un arreglo. España contestó que sí, que vale. Prosiguieron contactos en Chile y, finalmente, el general Echenique, al llegar al gobierno peruano, decidió designar a un primera fila, el entonces ex ministro de Exteriores Joaquín José de Osma, para que pilotase unas negociaciones como se debe.
El 25 de septiembre de 1853, De Osma y Ángel Calderón de la Barca llegaron a un acuerdo para el reconocimiento de Perú por España. No obstante, este acuerdo nunca llegó a estar vigente, pues Perú nunca lo firmó. Todo parece indicar que, una vez leída la letra pequeña (España seguía reclamando los duros que consideraba se le debían), encontró el acuerdo imposible de rubricar, y ahí lo dejó morir. En 1859 hubo otro intento, en el que se comisionó un plenipotenciario a Madrid. El problema es que este hombre, Pedro Gálvez, sentía tan plena su potencia que poco menos que no admitía más negociación que con la reina. Isabel II no lo recibió y la posibilidad del acuerdo se fue al carajo una vez más.
Por medio España se anexionó Santo Domingo y se embarcó, por unos meses, en la intervención francesa en México, de la mano de Napoleón III; una de las mayores cagadas bélicas del siglo XIX. El caso es que estos dos movimientos por parte de Madrid inquietaron mucho en la Latinoamérica libre. En todos los países, aquel movimiento se interpretó como una voluntad por parte española de reeditar el imperio y las colonias.
El guión más lógico nos habla de un posterior acercamiento entre las partes, lubricado por el paso del tiempo y de las generaciones, que debería haber culminado en un acuerdo amistoso. Pero no; antes, nos dimos de hostias. Y todo comenzó el 4 de agosto de 1863, en un lugar llamado la hacienda de Talambo.
En 1860, contratados por un español llamado Azcárate, llegaron a Perú 300 vascos para trabajar como jornaleros en una hacienda algodonera. Aunque el impulsor de la contratación era Azcárate, en realidad Talambo era de un peruano, Manuel Salcedo.
Hubo problemas, no sé muy bien cuáles exactamente, pero sí relacionados con el presunto incumplimiento, por parte de Salcedo, de las condiciones pactadas con los jornaleros. Azcárate se retiró del negocio. Uno de los obreros agrícolas, Marcial Miner, tuvo un durísimo enfrentamiento con Salcedo. Éste, cabreado, buscó a otro compatriota suyo, Valdés, hombre al parecer de mala reputación. Lo contrató para que detuviese a Miner. El tal Valdés formó una pequeña fuerza de cuarenta hombres, se fue a Talambo, y apresó a Miner, acción en la cual mató a un español e hirió a otros cuatro.
Según la versión española, que es obviamente la que yo tengo a mano, el establishment peruano pasó del asesinato como de deglutir deyecciones. El alcalde de Chepen, localidad más próxima a la Hacienda, tardó muchísimo en tomar declaración a los agresores, amén de no detenerlos. Se instruyó un sumario a la remangillé y de mala gana. Así las cosas, el juez de Chiclayo, con los mimbres que tenía, no pudo sino decretar la inocencia de los acusados, salvo dos, que fueron condenados a cuatro meses de cárcel.
Ocho meses de cárcel en total. Por la vida de un español. Asesinado por una partida de peruanos. No, la cosa no sonó muy bien en Madrid.
Claro que cuando se quieren exagerar las cosas, se exageran. Las crónicas españolas suelen olvidar con facilidad que el Tribunal Superior de Justicia de Perú anuló la sentencia y que, ítem más, la propia prensa local se puso del lado de los españoles. Copio del Mercurio local: «¡Gobierno del Perú! Pesad en buena balanza los hechos de los últimos asesinados cometidos con indefensos españoles residentes en la Hacienda de Talambo. Caiga la cuchilla de la Ley sobre los culpables, por más ricos que sean».
Por si no queríamos más pruebas, el gobierno peruano destacó un regimiento de caballería a Chiclayo, con la orden de aclarar el asunto y poner orden.
La respuesta de España fue invadir las islas Chinchas, importante centro productor de guano, y anunciar que no las devolveríamos hasta que no se diese satisfacción a nuestras reivindicaciones.
Aquí, de todas maneras, hay que hacer también honor a la verdad española. El gobierno de Madrid no quería aquello; el gobierno de Madrid, según todas las trazas, estaba por esperar a que la justicia acabase imperando en el feo asunto de Talambo. Sin embargo, una cosa es lo que mandan los que mandan y otra lo que hacen los que obedecen. Éstos, muy al contrario de lo que hubiera sido su obligación, obraron a su bola bélica.
El encendimiento del conflicto hispano-peruano se produce por la combinación entre un almirante, Luis Hernández Pinzón; y un diplomático, Eusebio Salazar Mazarredo. Hernández Pinzón recibió en aquellos días carta de la embajada española en Washington comunicándole la decisión de retirar la flota española del Pacífico y mandarla a Cuba. Hernández Pinzón no estaba de acuerdo con esta medida pues consideraba que lo de Talambo no estaba resuelto, así pues donde había que quedarse era en Perú. En eso llegó Salazar quien, pese a traer instrucciones de Madrid de amainar las cosas, secretamente quería la guerra. Así pues, se juntó el hambre con las ganas de comer.
El maniobrero Salazar Mazarredo consiguió ser nombrado ministro residente en Bolivia y comisario especial de España en Perú. Con estos cargos bajo el brazo, recibió del almirante la propuesta de ocupar las Chinchas y le transmitió la opinión del gobierno de Madrid al respecto.
Don Eusebio tenía dos oficios de Madrid. En el primero se le conminaba, negro sobre blanco, a conseguir «paz y buena inteligencia». En el segundo, se le instruía para que presentase la reclamación «en términos enérgicos, pero de todo punto pacíficos»; aunque, decía este segundo papel, mediante esta apelación al buen rollito «queda más justificado el empleo de la fuerza en el peor caso». «Si contra todo lo que es de esperar», decía el papel, «la reclamación fuese desechada in limine, expresando V.S. supesar de la precisión a recurrir a demostraciones de fuerza, que nadie querría evitar con más cordial resolución que el gobierno de S.M., anunciará V.S. que se retira a la goleta, dirigirá V.S. su ultimátum (…) con término de treinta horas para contestar, psado el cual sin verificarlo o ceder a las satisfacciones pedidas, levará V.S. anclas o adoptará sus disposiciones para la adopción de la escuadra».
No son pocas las opiniones según las cuales, de haber conocido Hernández Pinzón el primer papel, aquél que urgía una solución pacífica al conflicto a toda costa, no habría procedido a colocarse surto en las Chinchas. Pero nunca lo conoció. Eusebio Salazar, pícaro él, dijo haber extraviado la segunda instrucción de Madrid, instrucción que, dijo además, tenía poca importancia. Visto que las instrucciones del comisario especial eran las que eran, el marino actuó en consecuencia, y tomó las islas. Prueba de que Salazar sabía bien que las instrucciones que mostraba, tras haber perdido las otras, no se correspondían con lo que sus jefes esperaban de él, es que jamás alzó ante el gobierno peruano el ultimátum al que se refiere el papel. De hecho, probablemente por la inseguridad en que se movía en su secreto belicismo, Salazar fue incapaz de ordenar que se impidiese la extracción de guano, que los peruanos continuaron a buen ritmo.
No contento con haber enmerdado así la situación, el comisario especial redactó una declaración para las potencias extranjeras (ingleses y franceses) en la que el asunto daba un giro radical. El conflicto, que hasta entonces era la reclamación por parte de España de que se hiciese justicia en un asesinato, se convirtió en una reivindicación territorial. La declaración de Salazar, en este sentido, establecía que España tenía derechos sobre las islas Chinchas muy similares a los que había reclamado durante años Inglaterra sobre las islas de Fernando Poo, Annobón y Corisco; es decir, se daba el salto cualitativo de reclamar el derecho a poseer unas islas que entonces eran del Perú.
En Madrid alguien debió darse cuenta de que aquello era una locura, porque do Eusebio fue finalmente repatriado. También, en diciembre de 1864, el almirante Hernández Pinzón perdió el puesto. Ambas partes, Perú y España, desarrollaban arduas negociaciones, pero por medio se interponía el honor. España estaba por la labor de devolver las Chinchas, pero había una reclamación peruana que no estaba dispuesta a atender: que, en el momento de entrar el primer barco peruano en el puerto, la escuadra española disparase un primer cañonazo, en señal de desagravio. No sé mucho de protocolo marino, pero al parecer ese primer cañonazo venía a equivaler a un «Vale, tío, me pasé y merezco una colleja»; y España no estaba dispuesta a reconocer cosa tal.
El 25 de enero de 1865 el nuevo jefe de la escuadra española, almirante Pareja, fondea en el puerto de El Callao y lanza un ultimátum al gobierno peruano: cuarenta y ocho horas para decir sí a la solución propuesta por España. Nosotros decíamos que vale, que dispararíamos el puto cañonazo; pero sólo después de que el barco peruano hubiese disparado cuatro de saludo. La mediación francesa consiguió que nos arreglásemos con dos disparos; pero de esa burra no nos bajamos. Finalmente, y tras la llegada de un plenipotenciario peruano (el general Vivanco, según mis notas), se acordó lo siguiente: sería el fuerte de El Callao el que dispararía el primer cañonazo y, después, españoles y peruanos se saludarían disparando al mismo tiempo. Eso, más una indemnización de tres millones de pesos para España.
No hace falta explicar que a la mayoría de los peruanos aquel acuerdo les sentó como a Classius Clay las hostias de Joe Frazier. La cosa se puso muy caliente, tanto que el 5 de febrero, en El Callo, hubo un motín antiespañol en el que resultó muerto un cabo, Esteban Fradera. El gobierno de Perú actuó con prontitud en el castigo del crimen.
Las cosas no van mal con Perú. Pero, ¡ay!, España es, o era, mucha España. Si estuvimos a punto de ir a la guerra por negarnos a disparar un cañón antes que otro, tampoco podíamos dejar sin castigo las ofensas que se nos habían proferido, durante estos enfrentamientos, en el principal aliado de Perú, que había sido Chile. El almirante Pareja, en un oficio, reclamaba satisfacciones al gobierno de Chile por las injurias proferidas contra España en diversas manifestaciones y en la prensa local, así como por haber ayudado descaradamente al rearme de buques peruanos y haber obstaculizado el abastecimiento de carbón por parte de los españoles.
Y volvemos con los cañoncitos. Pareja exigía de Chile un saludo de 21 cañonazos al enarbolar nuestro pabellón (que, en lenguaje marino, debe de ser como pedir perdón reptando a los pies del agraviado), más tres millones de reales. El gobierno de Chile contestó que ni de coña. Así que España fondeó el buque Villa de Madrid en Valparaíso el 17 de septiembre de 1865, presentó el consabido ultimátum (cuatro días) y decretó el bloqueo de Chile (bloqueo de cachondeo, porque había tan sólo cuatro fragatas para vigilar un país que, como todo el mundo sabe, casi no tiene costa).
Hasta ese momento, España se había portado, por unas razones o por otras, como un matón de barrio. Y le pasó lo que a algunos matones: que, inesperadamente, le crecieron los enanos.
Si España se metió con Chile fue por considerar que el flanco peruano estaba resuelto. Pero en Perú, España había impuesto un acuerdo vergonzante que los peruanos no estaban dispuestos a admitir. El 28 de febrero de 1865 había estallado la revolución en Perú. El coronel Prado se sublevó contra el presidente Pecet; la primera acción del nuevo gobierno fue llevar al anterior ante los tribunales. El primer gobierno tras la revolución, comandado por Canseco, fue descabalgado por el coronel Prado, que tenía más ganas de declararnos la guerra que yo de cenar con Elle McPherson.
A finales de 1865, la escuadra española estaba enfangada en un bloqueo imposible de Chile y ante la perspectiva, más que probable, de que este país y Perú le hiciesen la pinza y le declarasen la guerra a la vez. Por si no andaban bien de moral los latinoamericanos, la corbeta chilena Esmeralda cobraba la goleta Covadonga. A principios de 1866, Perú, Chile, Ecuador y Bolivia le declaraban la guerra a España.
miércoles, septiembre 26, 2007
Saludos a «Público»... o casi
Esta mañana, en los quioscos de España, nos hemos encontrado con una sorpresa, sorpresa siempre agradable: un nuevo periódico.
La aparición de un nuevo periódico diario fastidia a una estricta minoría de la población, formada por los quiosqueros que se ven obligados a buscar sitio en un espacio ya abigarrado; y complace, o debería complacer, al resto.
El saludo a Público desde este blog me parece obligado porque ha tenido una idea o iniciativa que aquí no podemos sino aplaudir: dedicar a la Historia una página específica. Bueno, deberíamos decir que media página específica, pues en el número de hoy, el primero, la mitad del conocimiento histórico que Público podría regalarnos ha sido okupado por un anuncio de zumos de verduras. Quiere ello decir una de dos cosas: a) o bien los de Público tienen un estudio de mercadotecnia que demuestra una correlación entre la afición por la Historia y el consumo de zumos de verduras, en cuyo caso podría informarles de que, en mi caso, dicho estudio yerra (en el de Tiburcio también, pues los elefantes no consumen zumos); b) o bien tenían el anuncio, no tenían dónde ponerlo y eligieron la página de Historia. Vosotros mismos, decidid la que más os guste.
No obstante, hacer una página de Historia es cuestión batallona y en la que se puede, a mi modo de ver, meter la pata con facilidad. En su estreno, Público nos ofrece cuatro piezas, a saber:
- Un texto principal dedicado a la odisea del cadáver de Benito Mussolini que, dado que sólo tiene siete párrafos, no se mete nada más que en la Historia que cuenta, sin analizar el entorno (cómo cayó Mussolini y algunas otras cositas interesantes).
- Una efemérides.
- El anuncio de una exposición.
- Un suelto titulado «Pasaron por aquí», destinado a hacer, en unas pocas líneas, un perfil urgente de algún personaje histórico que, entiendo yo, hubiera estado en España.
Para el estreno de esta última sección o minisección, Público ha escogido a Abd-el-Krim, o sea el líder de las cabilas marroquíes que tanto disgusto nos provocó, especialmente en Annual. A mí lo primero que me ha costado entender es lo de hablar de Abd-el-Krim en una sección que se titula «Pasaron por aquí». Cierto es que este hombre estudio en Melilla y Salamanca; pero yo creo que es más cierto que «Nosotros pasamos por allí». Pero, en fin, eso son opiniones.
Lo que ya no es tan opinable, o a mí no me lo parece, es la urgente descripción de su caída. Dice Público (las negritas son mías): «Fundó la República del Rif en 1921. Los franceses contraatacaron y el dirigente capituló en 1926».
A ver. Si alguien le tenía ganas a Abd-el-Krim, éramos nosotros. Entre otras cosas, porque este caudillo jamás pudo hacerle a los gabachos una putada del tamaño de la que nos hizo a nosotros en Annual (independientemente de que nosotros nos la buscásemos haciendo la guerra a la remanguillé o, como se dice en mi tierra gallega, d'aquela maneira). Por lo demás, en España, desde 1923, existía una dictadura militar, la comandada por el general Miguel Primo de Rivera, que en gran parte se alzó para poder tapar las vergüenzas del ejército en Annual, que estaban a punto de ser públicamente discutidas en las Cortes a raíz del famosísimo Informe Picasso. Evidentemente, lo primero que hizo Primo nada más hacerse con el poder fue cerrar el Parlamento. No Martini, no party. Si no hay tribuna, no hay discusión.
Por la dicha razón, uno de los objetivos que Primo se fijó claramente desde el primer día en que comenzó a gobernar España con su especial estilo, entre caudillo y despachador de quesos de oveja, fue terminar con la guerra de Marruecos. Porque la guerra de Marruecos estaba detrás de casi todo lo que había hecho tambalearse España en el pasado reciente, pues no sólo está el desastre de Annual, que acabó con la restauración; también hay que recordar la Semana Trágica de Barcelona, que empezó por el embarque de tropas hacia África.
Así pues, la acción bélica que marcó el inicio del fin de la guerra de Marruecos y la capitulación de Abd-el-Krim fue el desembarco de Alhucemas, en el que unos 10.000 soldados españoles fueron transportados por una armada, eso sí, en la que había barcos hispanos y franceses, porque en esto ibéricos y galos íbamos de la manirri. El desembarco de Alhucemas, en el que algunos han creído ver (ampulosamente, en mi opinión; aunque ya sabéis que el que sabe de ejércitos no soy yo sino Tibur) un antecedente de D-Day de Normandía, fue un éxito militar y acabó por forzar la capitulación del cadí.
Éste fue lo que, al parecer, Público considera un contraataque francés.
Quizá tenga algo que ver en esa valoración que el comandante en jefe de la operación portase el apellido Primo de Rivera. O que el general en jefe de las tropas «francesas», lejos de llamarse Du Pont o Duplessis o Neprendslait, se llamaba Sanjurjo, José Sanjurjo. El mismo José Sanjurjo que en 1932 se alzó en armas contra la II República, y en el 36 de nuevo, aunque en este último caso no vivió para comprobar las consecuencias. O que en la operación de Alhucemas y adláteres fuese donde se ganó los galones de general un joven coronel llamado Francisco Franco.
Quede claro: los apellidos Primo de Rivera, Sanjurjo y Franco no están, precisamente, en mi lista privada de coleguitas. Pero es que la Historia es la Historia. Muchas, muchísimas veces es opinable, pero hay cosas que no entran ni con calzador. Y eso de que la guerra de Marruecos terminó gracias a un contraataque francés, con todos los respetos, no se lo creen ni en París.
Así pues, bien empezamos.
La aparición de un nuevo periódico diario fastidia a una estricta minoría de la población, formada por los quiosqueros que se ven obligados a buscar sitio en un espacio ya abigarrado; y complace, o debería complacer, al resto.
El saludo a Público desde este blog me parece obligado porque ha tenido una idea o iniciativa que aquí no podemos sino aplaudir: dedicar a la Historia una página específica. Bueno, deberíamos decir que media página específica, pues en el número de hoy, el primero, la mitad del conocimiento histórico que Público podría regalarnos ha sido okupado por un anuncio de zumos de verduras. Quiere ello decir una de dos cosas: a) o bien los de Público tienen un estudio de mercadotecnia que demuestra una correlación entre la afición por la Historia y el consumo de zumos de verduras, en cuyo caso podría informarles de que, en mi caso, dicho estudio yerra (en el de Tiburcio también, pues los elefantes no consumen zumos); b) o bien tenían el anuncio, no tenían dónde ponerlo y eligieron la página de Historia. Vosotros mismos, decidid la que más os guste.
No obstante, hacer una página de Historia es cuestión batallona y en la que se puede, a mi modo de ver, meter la pata con facilidad. En su estreno, Público nos ofrece cuatro piezas, a saber:
- Un texto principal dedicado a la odisea del cadáver de Benito Mussolini que, dado que sólo tiene siete párrafos, no se mete nada más que en la Historia que cuenta, sin analizar el entorno (cómo cayó Mussolini y algunas otras cositas interesantes).
- Una efemérides.
- El anuncio de una exposición.
- Un suelto titulado «Pasaron por aquí», destinado a hacer, en unas pocas líneas, un perfil urgente de algún personaje histórico que, entiendo yo, hubiera estado en España.
Para el estreno de esta última sección o minisección, Público ha escogido a Abd-el-Krim, o sea el líder de las cabilas marroquíes que tanto disgusto nos provocó, especialmente en Annual. A mí lo primero que me ha costado entender es lo de hablar de Abd-el-Krim en una sección que se titula «Pasaron por aquí». Cierto es que este hombre estudio en Melilla y Salamanca; pero yo creo que es más cierto que «Nosotros pasamos por allí». Pero, en fin, eso son opiniones.
Lo que ya no es tan opinable, o a mí no me lo parece, es la urgente descripción de su caída. Dice Público (las negritas son mías): «Fundó la República del Rif en 1921. Los franceses contraatacaron y el dirigente capituló en 1926».
A ver. Si alguien le tenía ganas a Abd-el-Krim, éramos nosotros. Entre otras cosas, porque este caudillo jamás pudo hacerle a los gabachos una putada del tamaño de la que nos hizo a nosotros en Annual (independientemente de que nosotros nos la buscásemos haciendo la guerra a la remanguillé o, como se dice en mi tierra gallega, d'aquela maneira). Por lo demás, en España, desde 1923, existía una dictadura militar, la comandada por el general Miguel Primo de Rivera, que en gran parte se alzó para poder tapar las vergüenzas del ejército en Annual, que estaban a punto de ser públicamente discutidas en las Cortes a raíz del famosísimo Informe Picasso. Evidentemente, lo primero que hizo Primo nada más hacerse con el poder fue cerrar el Parlamento. No Martini, no party. Si no hay tribuna, no hay discusión.
Por la dicha razón, uno de los objetivos que Primo se fijó claramente desde el primer día en que comenzó a gobernar España con su especial estilo, entre caudillo y despachador de quesos de oveja, fue terminar con la guerra de Marruecos. Porque la guerra de Marruecos estaba detrás de casi todo lo que había hecho tambalearse España en el pasado reciente, pues no sólo está el desastre de Annual, que acabó con la restauración; también hay que recordar la Semana Trágica de Barcelona, que empezó por el embarque de tropas hacia África.
Así pues, la acción bélica que marcó el inicio del fin de la guerra de Marruecos y la capitulación de Abd-el-Krim fue el desembarco de Alhucemas, en el que unos 10.000 soldados españoles fueron transportados por una armada, eso sí, en la que había barcos hispanos y franceses, porque en esto ibéricos y galos íbamos de la manirri. El desembarco de Alhucemas, en el que algunos han creído ver (ampulosamente, en mi opinión; aunque ya sabéis que el que sabe de ejércitos no soy yo sino Tibur) un antecedente de D-Day de Normandía, fue un éxito militar y acabó por forzar la capitulación del cadí.
Éste fue lo que, al parecer, Público considera un contraataque francés.
Quizá tenga algo que ver en esa valoración que el comandante en jefe de la operación portase el apellido Primo de Rivera. O que el general en jefe de las tropas «francesas», lejos de llamarse Du Pont o Duplessis o Neprendslait, se llamaba Sanjurjo, José Sanjurjo. El mismo José Sanjurjo que en 1932 se alzó en armas contra la II República, y en el 36 de nuevo, aunque en este último caso no vivió para comprobar las consecuencias. O que en la operación de Alhucemas y adláteres fuese donde se ganó los galones de general un joven coronel llamado Francisco Franco.
Quede claro: los apellidos Primo de Rivera, Sanjurjo y Franco no están, precisamente, en mi lista privada de coleguitas. Pero es que la Historia es la Historia. Muchas, muchísimas veces es opinable, pero hay cosas que no entran ni con calzador. Y eso de que la guerra de Marruecos terminó gracias a un contraataque francés, con todos los respetos, no se lo creen ni en París.
Así pues, bien empezamos.
lunes, septiembre 24, 2007
El nacimiento del Sindicato del Crimen
En la totalidad de los tres scripts de El Padrino, nadie pronuncia una sola vez la palabra Mafia. Fue, al parecer, una imposición a Francis Ford Coppola, provocada por algún tipo de demanda en tal sentido, presentada por alguna de las varias asociaciones de italonorteamericanos que existen en Estados Unidos. Y es que la Mafia es un algo poderoso, a la vez que atractivo. Y bastante universal pues, a pesar de ser un fenómeno de nacimiento en Italia y desarrollo fundamentalmente en los Estados Unidos, su desarrollo a través de todo un subgénero fílmico ha hecho que, de una forma o de otra, todos sepamos un poco de los mafiosos.
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