domingo, noviembre 05, 2006

El problema de la pasta en el Estatuto catalán del 32

Bueno, pues dado que un pasado post me ofrecí para desarrollar este asunto y hubo votos a favor de que lo hiciese, esto que estás leyendo es un pequeño ensayo en el que voy a tratar de resumir lo que sé sobre lo que fue el primer intento serio por organizar las relaciones económicas y, sobre todo, tributarias, entre un Estado español descentralizado y la principal región no foral con deseos y derechos para ello: Cataluña.

Y escribo este texto como escribo muchos de este blog, es decir: para tratar de demostraros a vosotros, pacientes lectores, que no todo lo que brilla en la distancia de la Historia es tan brillante. En el famosísimo Estatuto catalán de 1932 hubo muchas chapuzas. Y la parcela económico-tributaria no le fue a la zaga.

En fin, como dijo Jack El Destripador, vayamos por partes.

Empecemos por los antecedentes.

Durante el siglo XIX, el catalanismo se va estructurando lentamente. Comienza por lo más obvio, que es la identificación lingüística y cultural; pero, conforme Cataluña se va convirtiendo en uno de los dos pulmones económicos de España (pulmón de hierro en Asturias-País Vasco, pulmón de algodón, seda y lino en Cataluña), va tomando conciencia sobre el agravio económico. Ésta no es una idea ni nueva ni original; lo encontramos en otros países, como Italia. Paulatinamente, esta idea (Cataluña aporta a España más de lo que España aporta a Cataluña) va generando su contraversión, según la cual la prosperidad de Cataluña se habría generado a costa de sacrificios por parte del resto del país, notablemente la imposición de altos aranceles a la importación para proteger la industria catalana.

En mi opinión, ambas opiniones tienen parte de verdad, aunque ambas son sustancialmente falsas. Respecto de la primera: es cierto que Cataluña tiende a ser contribuyente neto del conjunto español. Exactamente igual que Alemania lo es de la Unión Europea, y eso no nos parece mal. No nos parece mal porque hace ya muchas décadas que hemos admitido la idea de que el gasto público, cuando tiene un carácter social, progresista y democrático, debe ser anticíclico, lo cual quiere decir, entre otras muchas cosas, que está ahí para intentar equilibrar los desequilibrios regionales. Lo cual, por cierto, no tiene ni pizca de altruismo: cuanto más rica sea, un suponer, Extremadura, más extremeños comprarán el salchichón de Casa Sendra, que está, por cierto, que lo paladeas y se paran los relojes.

Los catalanes no pagan más por ser catalanes, sino por ser ricos. Y su queja se asemeja a la del creso que se queja de que le cobren un 43% de impuestos.

Respecto de la segunda: el problema de Castilla radica en que su modelo económico, que la hizo potencial mundial durante siglos, se fue a la mierda hace unos trescientos años. Castilla vivía de la plata de América, que dejó de manar porque nada dura eternamente, y de las exportaciones de lana, que fue superada por otros productos en el orbe mundial. De que haya pueblos en España que fueron la leche y hoy tengan una existencia mortecina puede haber varios culpables; pero Cataluña no está entre ellos. Con los aranceles, la economía española se protegió en su conjunto. Sin aranceles, cierto, los productos de importación habrían sido más baratos. La pregunta, sin embargo, es quién los habría comprado.

Nuestra historia, en todo caso, comienza en 1868. Un año tan glorioso para la Historia de España que en él se produjo una revolución que denominamos La Gloriosa, que lanzaría la primera experiencia republicana española. En el mismo año de dicha revolución, un interesante catalanista, Valentí Almirall, redacta las conocidas como Bases para la Constitución Federal de la Nación Española y para la del Estado de Cataluña. Este documento es el primer intento por expresar el derecho de Cataluña a tener, por así decirlo, un presupuesto propio y gestionarlo; aunque su redacción es tan etérea y nebulosa que dice el qué, pero no dice el cómo. Eso sí, el documento es de corte federal.

¿Qué quiere decir «federal»? Bueno, muchas cosas, pero, a efectos de lo que aquí hablamos, significa algo muy sencillo: concebir un Estado de estados en el que son éstos los que tienen el derecho de recaudar los impuestos, y el Estado vive de lo que se le transfiere. La alternativa al federalismo es lo que podríamos denominar autonomismo, donde los términos se invierten: es el Estado quien tiene derecho a fijar impuestos, y los estados (autonomías) viven de lo que se les transfiere. La Constitución de la I República española establece un sistema parecido, del que parece concluirse (no es que esté muy bien redactada, en mi opinión), que las regiones tienen la obligación de contribuir a los gastos del Estado proporcionalmente a su riqueza, pero que pueden hacerlo organizando su recaudación por su cuenta.

Pero la I República duró poco, como ya sabréis. Así pues, su Constitución es más una curiosidad histórica de una tendencia marcada.

En 1892, los catalanes dan otro paso adelante con las Bases de Manresa, redactadas con ocasión de una asamblea convocada por la Unió Catalana. Estas bases son un referente importante para el nacionalismo catalán porque establecen con mayor claridad que los ensayos anteriores la potestad de Cataluña para establecer y recaudar impuestos (Base Sexta).

En 1898, estos sentimientos en gran parte se exacerban. El motivo de ello es, cómo no, el desastre de Cuba que, como es bien sabido, genera toda una corriente de pesimismo nacional y de reflexión profunda sobre todas las cosas que en el país están mal organizadas. Una de esas cosas es el autonomismo o federalismo (al gusto). Para los nacionalistas catalanes, la intensa autocrítica abierta por el desastre del 98 excita esa idea de la región trabajadora y productiva contrapuesta a un centro (Madrid) burocratizado e ineficiente. En dicho año, los denominados Cinco Presidentes (de la Sociedad Económica Barcelonesa de Amigos del País; Fomento del Trabajo Nacional; Instituto Agrícola Catalán de San Isidro [¿a que mola el patrón de Madrid aquí?], Ateneo de Barcelona y de la Lliga de Defensa Industrial y Comercial) le remiten un mensaje a la regente, María Cristina (la que nos quería gobernar) en el que se refieren a los «hábitos de pereza» enraizados en el español medio, a «las delicias de la nómina» contrapuestas al «rudo trabajo corporal y de la mente». Sin embargo, estos catalanistas son más modestos que los redactores de las Bases de Manresa pues, más que exigir la potestad federal de regir por completo sus destinos económicos, solicitan, como elemento intermedio, la realización de un concierto económico al estilo de los territorios forales (es habitual, y en la negociación del actual Estatuto catalán ocurrió, que, perdida la batalla del federalismo, bien como tal, bien disfrazado de pitufina, se reclame la vía del concierto). Esta petición está en el fondo del conocido como tancament de caixes, que fue una huelga de pago de impuestos llevada a cabo por comerciantes e industriales catalanes en 1899.

En 1905, el nacionalismo catalán se radicalizará, en gran parte a causa de un suceso de corte parecido, salvando las distancias, al que recientemente hemos vivido con las caricaturas de Mahoma. Una publicación satírica de Barcelona, Cu-Cut!, dedicada sobre todo a excitar los sentimientos catalanistas antiespañoles, publicó una serie de viñetas satíricas burlándose del ejército. Como respuesta, entre doscientos y trescientos oficiales asaltaron la publicación y sus imprentas y, ya de paso, también fueron a por La Veu de Catalunya, publicación mucho más seria ligada a la Lliga Regionalista de Françesc Cambó. El 11 de febrero de 1906, y un poco como respuesta a esta prepotencia a la que la Ley de Jurisdicciones dio además el marchamo de legal, todas las fuerzas catalanistas se unen bajo la denominación Solidaritat Catalana. Esta formación alumbra en 1907 un programa electoral, elaborado por Prat de la Riba, conocido como el Programa del Tivoli. En este papel, el catalanismo se desmelena y solicita ya, sin ambages, unos recursos económicos propios y un deslinde claro entre las haciendas de los municipios, regiones y Estado.

Las aspiraciones nacionalistas se sustantivarán durante años mediante una figura, la mancomunidad de municipios, hacia la cual la legislación estatal es comprensiva e incluso favorecedora. No obstante, la regulación real de las mancomunidades es más posibilista, pues el mecanismo elegido por el propio Prat de la Riba en sus Bases de la Mancomunidad Catalana (1911) se limitan a una sencilla fórmula aritmética de cesión de impuestos, según la cual los ingresos cedidos a la mancomunidad catalana serán los resultantes de aplicar a los ingresos tributarios obtenidos en Cataluña el porcentaje resultante de dividir gasto estatal por ingreso estatal (retened este asunto, pues os lo volveréis a encontrar). Canalejas quiso seriamente impulsar este proyecto, en el que no olvidemos el Estado retenía el monopolio recaudador; su asesinato, sin embargo, terminó por bloquear la iniciativa. La ley de mancomunidades finalmente aprobada (1913, gobierno Sánchez Guerra) no contemplaba la posibilidad de cesión de impuestos.

El principio de separación de haciendas se plantea por primera vez en algún lugar distinto de documentos políticos o doctrinales, que yo sepa, en las Bases para la Autonomía de Cataluña redactadas por una comisión mixta de parlamentarios y consejeros de la Mancomunidad. Concretamente, este documento plantea la cesión de las contribuciones directas.

¿Directas? En términos tributarios, grosso modo, podemos hablar, además de tasas, arbitrios y otras cosas, de impuestos directos, porque gravan la obtención o posesión de riqueza en sí; o indirectos, porque su hecho imponible no es la riqueza en sí, sino su uso. Es impuesto directo el Impuesto sobre la Renta. Indirecto, el impuesto sobre el alcohol, porque nos cobra al hacer uso de nuestra riqueza para comprar dicho alcohol.

La Mancomunidad catalana sería disuelta en 1925, es decir por la dictadura de Primo de Rivera. Tres años después, los separatistas catalanes se reúnen en La Habana bajo la presidencia de Françesc Macià. Las cosas están muy calientes.

La República

Algunos testigos de la reunión de San Sebastián en la que las fuerzas republicanas se juramentaron contra Alfonso XIII han dejado escrito que la práctica totalidad de los debates se consumieron en las cuestiones vasca y catalana, cuyos defensores estuvieron incluso a punto de bloquear aquel acuerdo. Así las cosas, a nadie ha de extrañar que el asunto de la ordenación territorial fuese, yo diría que junto con el laicismo y la reforma agraria, una de las grandes cuestiones que hubo que abordar desde el mismísimo primer día de la República. La declaración por Lluis Companys el mismo 14 de abril de 1931, desde un balcón de la Plaza de San Jaime, del Estado Catalán, no invitaba precisamente a tomarse mucho tiempo.

Las cosas había que hacerlas deprisa. Pero tampoco tanto. Los nacionalistas catalanes, en aquella hora primera, se desempeñaron con unas prisas y una chapucería que acabaría por comunicarse a su Estatuto, con consecuencias no muy buenas. El 10 de junio de 1931, la Diputación Provisional de la Generalidad (o sea, el Ente Preautonómico) dictaba la orden de elaborar un Estatuto. Dicho Estatuto fue entregado el 14 de septiembre por Macià en Madrid. Tres meses y un par de semanas para elaborar un Estatuto. Se dieron demasiada prisa.

En realidad, este borrador de Estatuto, conocido como Estatuto de Nuria porque fue en esta población donde fue redactado, fue obra de los políticos catalanes Jaume Carner, Martí Esteve, Rafel Campanals, Antoni Xirau i Palau y Pere Coromines, todos ellos diputados de la Generalidad. Y lo redactaron en cuatro días. Sí. Cuatro. Estuvieron cinco días en Nuria, pero el quinto día, según el propio Coromines, se fueron a hacer una excursión en burro. Sometido a refrendo en julio, el borrador fue votado afirmativamente por 595.205 catalanes (las catalanas se quedaron en casa) y negativamente por 3.286, de un censo electoral de 792.574 personas (hombres, se entiende).

El Estatuto de Nuria otorgaba al Estado la facultad de legislar en materia impositiva, pero reservaba para Cataluña la recaudación. La financiación de los servicios que a partir de entonces realizaría la autonomía se realizaría mediante la cesión de tributos directos, considerando como tales: la contribución territorial rústica y urbana (en el caso de la urbana, se trata del actual Impuesto sobre Bienes Inmuebles, que es un tributo local); la contribución industrial y del comercio, que podría identificarse, muy bastamente, con el Impuesto de Actividades Económicas; la contribución sobre utilidades y la riqueza mobiliaria, que podría identificarse como una especie de mezcla de impuesto sobre la renta y de sociedades, aunque en aquel entonces no existía propiamente un impuesto sobre la renta progresivo y tan importante a efectos de recaudación como el que tenemos hoy; y, por último, el denominado impuesto sobre derechos reales, que gravaba tanto las transmisiones patrimoniales como las transmisiones mortis causa, es decir las sucesiones y herencias.

Como puede verse, el planteamiento del Estatuto de Nuria era muy moderno, pues hoy en día las autonomías viven en buena parte de los sucesores contemporáneos de aquellos impuestos. Sin embargo, este juicio tiene truco. Para que las situaciones fuesen totalmente comparables, haría falta que el Estado tuviese un impuesto tan potente como el IRFP, y no lo tenía. En realidad, el nacionalismo catalán estaba reclamando meter la mano en todo el centro de la caja y, como veremos pronto, incluso la muy democrática y autonomista II República reaccionó a ello. En sentido contrario.

Siendo como fue el Estatuto de Nuria la base de la discusión entre Madrid y Barcelona, dicha discusión arrastró todos sus pecados, sobre todo uno: el redactado se había hecho sin un mínimo soporte técnico. De hecho, Coromines reconoce en sus escritos que, en una primera valoración, la conclusión es que el coste real de los servicios transferidos a Cataluña por mor de dicho borrador de Estatuto sería de una tercera parte de los ingresos por todos los impuestos que Cataluña demandaba.

La reacción estatal no se hace esperar. De la definición que de España hace la Constitución del 31 se pueden decir muchas cosas; pero que es la definición de un Estado federal no es una de ellas. En paralelo al propio diseño constitucional, Indalecio Prieto, desde el ministerio de Hacienda, le hizo el juego sucio a los catalanes distribuyendo cifras manipuladas que venían a señalar, de forma muy exagerada, el efecto, por otra parte real, que acabamos de señalar de que la Generalidad pedía demasiado dinero para los servicios que iba a gestionar. De hecho, se nombró una comisión de técnicos para que realizase un informe sobre ingresos y gastos para aclarar las cosas. Esta comisión, formada por José de Lara, Agustín Viñuales y Francisco de Cárdenas por Madrid, todos ellos técnicos hacendísticos; y por Rafel Campanals, Pere Coromines y Guillem Virgili por parte catalana (Virgili era el experto en números), funcionó también que al final redactó… dos informes. En el informe de Madrid aparecía un descuadre de más de 500 millones de pesetas (dado para comparar: en aquel entonces, el presupuesto de las cuatro diputaciones provinciales catalanas sumaba 50 millones). En el informe de Barcelona, el descuadre prácticamente no existía.

En este clima de consenso y entendimientos mutuos comenzó la discusión del Estatuto en las Cortes, con su correspondiente informe de la ponencia. Ponencia que deja el Estatuto de Nuria de una forma que no lo reconocería, que diría Alfonso Guerra, ni la madre que lo parió.

Para empezar, el Estatuto salido de la ponencia compromete a la Generalidad a contribuir al Estado con todos sus impuestos y figuras análogas, salvo los que expresamente se le cedan. O sea, se vuelve al concepto autonomista, en lugar de al federalista.

En segundo lugar, por lo que se refiere a los recursos cedidos, de la lista han desaparecido la contribución de utilidades y el impuesto de derechos reales. Eso sí, para la contribución de utilidades se arbitra una especie de sistema de concierto a la vasca: Cataluña la recauda, pero pagando una cuota fija al Estado.

Desaparece la limitación, que existía en el borrador de Nuria, de que el Estado no podría imponer nuevas contribuciones directas en Cataluña. O sea, el Estado sigue reteniendo la plena potestad de decidir cómo y de qué manera le va a cobrar impuestos a los catalanes, algo que el Estatuto de Nuria no contemplaba. Es más: para establecer nuevos gravámenes, la Generalidad precisaría del nihil obstat de Madrid.

Si os fijáis, esta ponencia fija un esquema en el que hay de todo. Hay tributos cedidos, hay tributos en los que Cataluña sólo participa en los ingresos (el impuesto del timbre, en el que se le reservaba una parte por los actos gravados en su territorio) y hay tributos en régimen de concierto. O sea: una especie de totumrevolutum de solidez técnica cero. Y es que cuando alguien se aplica a corregir algo que está mal hecho, suele dejarlo aún peor.

La discusión parlamentaria del Estatuto fue interminable y repleta de actos de sabotaje democrático. La del Estatuto actual parece, a su lado, una discusión de ursulinas en el patio de un colegio. El asunto fue tan grave que la razón de que el Estatuto catalán del 32 sea tan coñazo, con unos artículos interminables, fue que se decidió concentrar materias en cuantos menos artículos mejor, para así reducir la posibilidad de petardear el debate vía presentación de enmiendas.

En puridad, el debate sólo se lubricó después de agosto del 32, cuando fracasó el golpe de Estado del general Sanjurjo.

La estrategia de los catalanes ya no es conseguir la autonomía financiera. Se han leído la Constitución de la República y saben que, tal y como está redactado su artículo 18, no tienen nada que hacer por ahí. Así pues, se lanzan a una carrera para conseguir cuantas más cesiones de tributos, mejor. Con horror, comprueban que Madrid sólo parece dispuesto de verdad a cederles la contribución territorial. En el debate y en las negociaciones, el mismísimo Manuel Azaña tendrá que desplegar todas sus artes de negociador. Finalmente, se llegará a una especie de solución que no será ni el Estatuto de Nuria ni el dictamen de la ponencia.

En primer lugar, lo aprobado supone, en términos de rubgy, una patada a seguir. Porque la madre del cordero es la fijación de los recursos con que contará Cataluña; pero la valoración real de los recursos se deja a la decisión de una Comisión Mixta, paritaria, creada al efecto.

A la hora de definir las reglas por que se regirá este reparto futuro es donde el Estatuto la caga bien. Su artículo 16 establece tres reglas, dos de las cuales son bastante lógicas (se refieren al coste que hasta el momento han tenido los servicios transferidos y la actualización del mismo conforme lo haga el gasto estatal). Pero la otra, la segunda, será fuente de discusiones hasta el final. Textualmente dispone: [para la determinación de los recursos se tendrá en cuenta] un tanto por ciento sobre la cuantía que resulte de aplicar la regla anterior [los gastos del Estado en los servicios transferidos] por razón de los gastos imputables a servicios que se transfieran y que, teniendo consignación en el presupuesto del Estado, no produzcan pagos en Cataluña o los produzcan en cantidad inferior al importe de los servicios.

La gallina.

¿Qué es lo que está pasando aquí? Yo creo que lo que pasa es esto. Vamos a suponer que Cataluña tiene un solo servicio transferido. La educación, por ejemplo. Con el sistema del Estatuto del 32, Cataluña adquiere el derecho a recibir una serie de ingresos impositivos generados en su región, de forma total para la contribución territorial (en la que Cataluña tiene, pues potestad normativa; bueno, también está el asunto del impuesto de cédulas personales, pero bastante liado está ya este texto). Sin embargo, para el resto (con la excepción del timbre), carece de dicha capacidad normativa y además soporta la condición de recibir los recursos sólo cuando pueda demostrar que ha generado unos gastos equivalentes a esos ingresos. Por lo tanto, periódicamente (cada cinco años), la famosa Comisión Mixta ha de estudiar cómo ha evolucionado el gasto del Estado en educación, y dicho incremento sería el que asimismo permitiría a Cataluña.

Así las cosas, el Estatuto impedía a Cataluña una política fiscal desgravatoria, incluso en el impuesto que realmente tenía cedido, es decir la contribución territorial. Sigamos con el ejemplo. Supongamos que Cataluña tiene una sola competencia (educación) y un solo ingreso (la contribución territorial). Si al inicio de la cuenta la contribución recauda 100 y la educación cuesta 100, pongamos que a los cinco años la recaudación ha disminuido a 80 porque la Generalidad ha decido rebajar el impuesto a sus ciudadanos. Si, en ese caso, el Estado hubiese mantenido la relación entre ingreso y gasto en educación (por ejemplo, al principio gastase 1.000 e ingresase 1.000, y a los cinco años gastase 1.200 e ingresase 1.200), entonces esa recaudación de 80 sería tomada como los recursos con los que Cataluña debería asumir su gasto: habría tenido que reducirlo. Lo que sí hacía era potenciar la eficiencia recaudatoria: en la medida en que la Generalidad consiguiese recaudar 120 y gastar 100, de mantenerse la relación estatal entre ingreso y gasto, consolidaría esa diferencia a su favor.

Este último ejemplo es el que estaba, sin duda, en la mente de lo contrarios al Estatuto. según cálculos del entonces joven economista José Larraz, el consumo de carne en Cataluña era entre un 25% y un 30% superior a la media de España, el de tabaco un 56% y la posesión de automóviles de turismo un 100%. Era obvio que Cataluña era una región rica, susceptible, por lo tanto, de mejoras recaudatorias.

De los 375 millones de pesetas recaudados por el Estado en Cataluña en 1930, 44 correspondieron a la contribución territorial. Hasta allí llegaba la autonomía financiera catalana. Los gastos por los servicios traspasados totalizaban 70 millones. Así pues, Cataluña, puesto que no podía financiar su gasto con el impuesto transferido, necesitaba de la transmisión de los impuestos directos previstos en el Estatuto.

Pero para eso tenía que pasar por la Comisión Mixta.

Como ya sabréis, la II República tuvo tres grandes etapas: hasta 1933, un periodo constituyente de centro-izquierda; de finales del 33 a febrero del 36, gobiernan las derechas, con mayor dureza tras la Revolución de Asturias (en la que Companys declaró el Estado Catalán, lo que provoca la suspensión de la autonomía); por fin, desde febrero a julio del 36, un gobierno de izquierdas. En realidad, las transferencias de dinero, es decir la concreción de verdad del Estatuto, no marchó bien hasta el tercero.

Contra lo que pueda parecer, la etapa de Azaña al frente del gobierno (pre-33) fue bastante parca para Cataluña. El planteamiento mental de Azaña queda bastante claro con la humorada que se le ocurre para la primera reunión de la Comisión Mixta. Al terminar, les dice a los catalanes si no han reparado en el retrato antiguo que preside la sala. Cuando los catalanes lo miran despistados, les informa de que es un retrato de Felipe V.

Buscad a un catalán nacionalista y habladle de Felipe V. Cuando se os esté comiendo por las patas, entenderéis que el chistecito no tuvo ni puta gracia. Y que fue una muestra más del extraño sentido del humor de Azaña, entre inteligente y despreciativo.

La Comisión empieza a enredarlo todo aprobando el traspaso de servicios pero sin valorarlos. O sea: se acuerda que Cataluña se encargará de los servicios de, por ejemplo, aviación civil, pero no se acuerda cuánto valen. Asimismo, la comisión se enfanga en el traspaso de la contribución territorial y en el asuntillo ése de la regla del porcentaje sobre los gastos minusvalorados. El 28 de mayo del 33, Macià lanza un ultimátum: voy hacia Madrid, dice, a por lo mío. Y, si no me lo dan, caña. Esta amenaza surte efecto: en una semana se desbloquea lo de la contribución y la valoración de algunos servicios.

En el mismo mes de junio, tras una crisis de gobierno, entra en el ministerio de Hacienda Agustín Viñuales, con quien los catalanes se las prometen muy felices. Pero pinchan en hueso. El problema es la cagadita dejada en el Estatuto con el asunto de la regla de los servicios minusvalorados o sin gasto en Cataluña. Los catalanes tienen una alternativa, pero Viñuales no quiere verla ni en pintura y, de hecho, propone un sistema a todas luces cicatero. Según un breve relato escrito de Companys (era ministro de Marina, así pues asistía al Consejo de Ministros), en agosto Azaña se enfrentó con su propio ministro de Hacienda por esta cuestión, ante lo cual Viñuales permaneció impasible el ademán. Es más: los socialistas le canearon las espinillas al presidente, pues Prieto se expresó de acuerdo con el ministro de los cuartos y Largo Caballero se mostró dispuesto a llegar a un acuerdo sólo en la valoración de los gastos de sanidad.

Solución: Azaña se apioló al tal Viñuales.

Pero, claro, luego, muy pronto, llega Casas Viejas y las elecciones y los gobiernos cada vez más de derechas del Partido Radical. En marzo de 1934, tras una remodelación gubernamental, llegará al ministerio de Hacienda un político radical, Marraco, que ya se había destacado durante el debate parlamentario del Estatuto como poco partidario. La verdad es que les hizo la vida imposible. Marraco era un maestro del despiste, pues en marzo aprobó la valoración definitiva de la contribución territorial, pero hacía acompañar en el decreto a dicha valoración de una serie de condiciones según las cuales todo parecía indicar que la Generalidad tendría el traspaso cuando al ministro le naciese en la nalga un Julio Iglesias que se pusiera a cantar La Traviata en swahili. Básicamente: hasta el traspaso total de los servicios a la Generalidad, el Estado seguiría recaudando la contribución y, aún después, se reservaba el derecho a meter una representación del Ministerio de Hacienda en el órgano recaudador catalán.

Tras no pocas amenazas y palabras gruesas, los catalanes consiguen entre mayo y agosto la valoración de diversos servicios (básicamente, los que se llevaban discutiendo desde principios del 33, que ya les valía) y sobrepasar, con ello, la recaudación de la contribución territorial; tiempo para discutir la transferencia de pasta de otros impuestos directos, para poder completar el gasto tal y como prevé el Estatuto.

Y Marraco cogió su fusil.

Ya he dicho que en el impuesto de derechos reales, siguiente a ceder, se mezclaban las transmisiones patrimoniales y el caudal relicto, es decir las herencias. Pues bien: tras oportuna marracada, del caudal relicto nunca más se supo. Mediando un argumento técnico que es cierto (ambos hechos imponibles son de naturaleza distinta, y es que lo son y por eso hoy son objeto de dos impuestos distintos), el ministro de Hacienda se quedó la parte sucesoria sin transferir.

Tras la Revolución de Asturias y la suspensión de la autonomía, y hasta febrero del 36, la actividad se ralentizó, aunque aún así se decidieron traspasos de servicios. Tras la victoria del Frente Popular, por supuesto, la historia es otra: en junio del 36 se acuerda el traspaso de la sanidad y la incorporación del impuesto de derechos reales al caudal de recursos de la Generalidad. Nada de esto, sin embargo, tiene prácticamente virtualidad, pues en julio estallará la guerra.

En suma: el Estatuto catalán de 1932, en su aspecto hacendístico y por lo tanto económico, fue una chapuza basada en el compromiso. Más preocupados por alumbrar un Estatuto que por hacerlo bien, los políticos que lo diseñaron, en Madrid y en Barcelona, pintaron algo que tenía más cabos sueltos que una falúa de bajura. De hecho, su aprobación provocó reuniones, decretos, y conflictos constantes durante dos años completos después de su aprobación, demostrando que su letra poco significaba. Además, el nivel de autonomía presupuestaria con que contaba Cataluña en aquel Estatuto creo que no tiene comparación con el actual. Ya he dicho al principio de este plúmbeo comentario que a veces nos parece que el pasado fue la hostia cuando, en realidad, no fue sino el fangal en el que nos movemos los contemporáneos.

Si has llegado hasta aquí, habrás de saber que había más tortura. Tenía preparadas mis notas sobre la actuación de la Generalidad durante la guerra y, sobre todo el llamado Plan Tarradellas. Pero te ha salvado mi mujer, que me exige que prepare la cena.

viernes, noviembre 03, 2006

Los herederos de la República

[A ver si ahora queda bien esto. Antes, cuando coloqué este post, el blog hizo una pirula.]

Post doble para el fin de semana. La primera parte, en redonda, es de Inasequible Aldesaliento. La segunda, en negrita, es mía. El tema a mí me parece interesantísimo, y es la pretendida continuidad entre nuestra democracia actual y la II República. Hay muchas, muchísimas cosas más que decir. Por el momento, aquí está el aperitivo.

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Los herederos de la República

By Inasequible Aldesaliento y JdJ, por colleras.

Cuando el Parlamento español aprobó la Ley sobre la recuperación de la memoria histórica, señaló que el régimen español actual es el heredero de la II República. Enternece observar que vivimos en un país donde todo funciona tan bien que, como no hay temas más candentes sobre debatir, los señores diputados se ocupan en reescribir la Historia.

Por si se les acaban los temas de debate, les podemos sugerir algunos adicionales: moción de solidaridad con el pueblo de Cartago, por la destrucción de su ciudad a manos de los romanos y exigencia de que la ciudad se reconstruya a cargo de las Naciones Unidas; resolución de condena contra los atenienses por discriminación de género, ya que sus mujeres no pueden votar en el areópago ni pueden entrar en el ejército de la polis; concesión a Viriato de la medalla de oro del Congreso en reconocimiento a su defensa de los Derechos Humanos del pueblo lusitano.

Mientras los señores diputados se dedican a hacer los deberes que les hemos puesto, indaguemos si se sostiene la temeraria afirmación de que la Monarquía de Don Juan Carlos es la heredera de la II República. Con los libros de Historia en la mano, va a ser que no. Don Juan Carlos empezó a reinar basándose en la legitimidad que le conferían la Ley de Sucesión y los principios del Movimiento Nacional. Entendiendo que no podía fundamentar la legitimidad de su régimen en esas bases, convocó el referéndum sobre la Ley para la Reforma Política, que algunos han denominado “la última de las Leyes Fundamentales”, y con los resultados abrumadoramente positivos que obtuvo, logró una nueva legitimidad, nacida de la soberanía popular y del sufragio universal. O sea, la Monarquía de Don Juan Carlos es la heredera de Franco, pero optó por romper esa continuidad y, de alguna manera, en hacerse heredera de sí misma.

Como hasta los señores diputados algo de Historia han estudiado y entendían que la supuesta herencia era un poco rebuscada, se apresuraron a indicar que era heredera en cuanto que compartía los mismos ideales. Por la misma regla de tres, podríamos afirmar que Hitler es el heredero del Imperio Asirio, pues ambos compartían los mismos ideales hegemónicos, expansionistas y genocidas.

Pero resulta que ni con regla de tres nos sale la ecuación. ¿Cuáles eran los ideales de la II República? ¿La revolución soviética que quería traer Largo Caballero? ¿La república conservadora y casi fascista de Gil Robles, quien, a pesar de todo, se mantuvo mucho más leal a la legalidad republicana que muchos otros personajes de la época? ¿La republica laica y jacobina de Azaña? ¿La república frivolona y más bien corrupta de Lerroux? Quitando los primeros meses del entusiasmo inicial, la II República no logró generar un sistema de valores que uniese a todos los españoles. La II República fue una lucha constante entre distintos sistemas ideológicos, que buscaban tener el monopolio del poder y eliminar a los contrarios.

Si identificamos como valores republicanos el voto femenino, la ley del divorcio o la separación Iglesia-Estado, tendremos entonces que asumir que la España actual está asimismo muy estrechamente emparentada con Zimbabwe, Bielorrusia o Corea del Norte.

El certificado de defunción de la II República puede fijarse en muchos momentos. Unos lo datarán en febrero de 1936, cuando el Frente Popular ganó las elecciones. Otros en junio de 1936, cuando el asesinato de Calvo Sotelo hacía presagiar la derrota sangrienta que iba a tomar el país. Unos terceros, lo fijarán en julio de 1936, cuando estalla la rebelión militar. En el mejor de los casos, la II República murió en febrero de 1939, cuando su Presidente y miembros del Gobierno cruzaron la frontera francesa e iniciaron el exilio, sabedores de que la guerra estaba irremediablemente perdida. La II República aún alcanzó a llevar una existencia espectral como Gobierno en el exilio que alcanzó hasta los años 70 y que parecía más sacado de un chiste de Gila, que de la mente de unos políticos con los pies en el suelo. En todo caso, si tuviéramos que escribir la esquela de la II República, sería inevitable poner: “No deja herederos”.

A todo ello cabe añadir un argumento más, Ina, y es que, en realidad, quienes más mandaron en la República son formaciones que, ideológica u orgánicamente hablando, no han dejado, en efecto, herederos.

Trataré de demostrar esto con un cálculo propio. Para explicarlo, debo acudir a la medición del tráfico rodado.

Tomemos dos calles de Madrid, la calle A y la calle B. ¿Cuál de las dos tiene más tráfico? Alguien nos dice que por la calle A ruedan 1.000 coches diarios, y por la B 990. La primera tentación es decir: por la calle A. Pero ahora imaginemos que estas calles no tienen bocacalles, así pues, una vez que entras en ellas, tienes que salir por el otro extremo. La calle A mide 50 metros y la calle B mide 500 metros.

Ahora las cosas son así: la calle A la recorren 1.000 coches, cada uno de ellos recorriendo 50 metros, así pues tenemos 1.000 x 50 = 5.000 coches/metro. En la calle B, 990 vehículos recorren 500, lo cual es 990 x 500 = 495.000 coches/metro. O sea, en la calle B hay mucho más tráfico, dónde va a parar.

Este método de los vehículos/km (pasajeros/km en otros cálculos, como el del tráfico aéreo) lo he tomado para lo que estamos hablando y me he inventado una medición: el ministro/día.
O sea: si tomamos todos los ministros de los gobiernos de la República y los contamos, quizá nos den una idea falsa de las cosas, porque hay unos gobiernos más largos que otros. Es necesario multiplicar el ministro por los días que lo fue, o sea, calcular los ministros/día del periodo.
Alguno de vosotros estará pensando. Vale, pero, ¿quién puede ser tan gilipollas como para invertir un par de horas en copiarse en Excel los gobiernos de la República y formular las multiplicaciones? ¡Lo tienes delante! Ya sabes: cada uno busca su karma de una manera diferente. Yo tengo tantos problemas en mi vida laboral que procuro buscarme otros durante los tiempos de asueto, para no desacostumbrarme.

Debajo de este texto tenéis un fistro (no me atrevo a llamarlo cuadro) con los resultados porcentuales del cálculo. Esto, sobre base 100% el total de ministros/día de la República, su distribución por partidos. He incluido una tercera columna (el concepto de columna es una entelequia; he tratado de hacer un fichero .tiff con el cuadro para poder subirlo como una foto, pero me salía extremadamente pequeño; así que lo que veis es lo que hay) en la que señalo alguna idea sobre quién podría considerarse, o se considera, heredero del partido en cuestión.

ESPECIE DE FISTRO: DISTRIBUCIÓN PORCENTUAL DE LOS MINISTROS/DÍA DE LA II REPÚBLICA ESPAÑOLA, CLASIFICADOS DE MENOR A MAYOR

Formación política.: Ministros/día; Heredero

Partido Republicano Radical: 30,00%; Who?

Independientes: 14,74%; Who?

Izquierda Republicana: 7,89%; extraparlamentarios.

Confederación Española de Derechas Autónomas: 7,37%; Who?/PP?

Partido Republicano Radical Socialista: 6,32%; Who?

Acción Republicana: 5,26%; Who?

Partido Socialista Obrero Español: 4,74%; PSOE

Partido Liberal Demócrata: .4,21%; Who?

Agrarios: 4,21%; Who?

Partido Progresista: 3,16%; Who?

Unión Republicana: 3,16%; Who?

Organización Republicana Gallega Autónoma: 2,11%; Who?

Esquerra Republicana de Catalunya: 2,11%; ERC

Lliga Regionalista: 1,58%; Convergència i Unió?

Derecha liberal republicana: 1,05%;Who?

Izquierda Radical-Socialista: 1,05%; Who?

Partido Republicano Federal: 0,53%; Who?

Catalanes independientes: 0,53%; Convergència i Unió?
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Fuente: elaboración propia de JdJ a partir de las listas de formación de los sucesivos gobiernos de la II República.
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De aquí cabe colegir diversas conclusiones o preguntas, a saber:

El principal heredero de la II República española es Roger Daltrey, vocalista de los Who.

El partido político sobre cuyas espaldas recayó un tercio del poder de gobierno de la República, el Partido Radical, es un partido que desapareció con la República (antes del 18 de julio de 1936 tenía ya una existencia anodina) y nadie, que yo sepa, se declara heredero de él.

Un 15% del poder ejecutivo de la República fue realizado por independientes, con lo que el régimen actual, que es claramente un régimen de partidos (excepto Miguel Sebastián, de momento), no puede en modo alguno identificarse con él.

Azaña y equipo fueron la tercera fuerza política de la República, antes incluso que el PSOE (ojo: no he tenido en cuenta los gobiernos de la guerra, que son otra historia). Pero ¿quién es el heredero de Azaña? Debo recordar aquí que incluso el presidente de honor del PP, José María Aznar, se declaró heredero del azañismo. Parece que es una herencia sometida a discusión.

¿Qué pasa con las derechas? ¿Es el PP el heredero de la CEDA? ¿Quiere serlo? ¿Dice serlo?

Tienes, pues, razón, Ina. La expresión lógica es «no deja herederos».

miércoles, noviembre 01, 2006

Extranjeros extraños

Los escándalos son connaturales a la política. Ya existían antes de que hubiese regímenes democráticos. Pero la democracia parlamentaria, y la fuerza de los votos, ha hecho del escándalo político toda una categoría de la Historia. Con los años, más bien las décadas, tendemos a magnificar un poco los tiempos pasados e incluso a ver a nuestros políticos del pasado como liberados de las bajas pasiones que le suponemos a nuestros contemporáneos. Pero eso no es verdad. Aquel tiempo, si es que existe, en el que no podemos hablar de escándalos es, sin duda, un tiempo que no se ha investigado suficientemente.

Hoy quiero hablaros de dos escándalos, ambos ocurridos en tiempos de la II República española. Y los voy a juntar porque tienen un curioso nexo: ambos fueron originados por la actuación de extraños ciudadanos extranjeros.

Comencemos con el estraperlo. Porque por estraperlo entendemos los españoles todo aquello que se vende de tapadillo en el mercado negro. Pero que a eso le llamemos estraperlo no es sino la demostración de la honda cicatriz social que dejó el escándalo político del estraperlo, pues eso fue. Y, por cierto: estraperlo no es una palabra del castellano. Es el producto de dos apellidos extranjeros: Strauss y Perl.

Daniel Strauss era un aventurero holandés nacionalizado mexicano, de origen judío. En mayo de 1934, Strauss vino a España con el objeto de introducir el juego en la localidad catalana de Sitges. España, como ya he comentado en algún que otro post, siempre ha tenido una relación extraña con el juego, pero básicamente prohibicionista. Al parecer, las autoridades autonómicas catalanas, y muy especialmente el líder de la mayoritaria Esquerra Republicana, Companys, se negaron con bastante claridad a sus intenciones. En ese momento, Strauss comenzó a cortejar a políticos del Partido Radical, liderado por Alejandro Lerroux y que, además, como espero demostrar en un futuro post, fue el partido más importante de la República. En junio de 1934, apoyándose en estas amistades, Strauss solicitó autorización para un juego denominado «straperlo», palabra que como ya he dicho proviene de su propio apellido y el de uno de sus socios de aventura.

El juego se jugaba, al parecer, en una máquina. Era una especie de ruleta que sólo tenía trece números, lo cual hacía parecer más cercana la posibilidad de ganar, y la bola se accionaba mediante un botón eléctrico. Strauss sostenía, y al parecer fue creído por algunas personas en el Ministerio de Gobernación, que el juego tenía un fondo científico, ya que teóricamente el jugador, si era capaz de dominar el cálculo, podía ganar. Lo que parece cierto es que el movimiento eléctrico de la bola tenía detrás algún tipo de mecanismo de relojería que permitía al banquero regular las ganancias.

En la máquina es donde empiezan las confusiones porque Strauss alegó que la Dirección General de Seguridad de Madrid le había autorizado a instalarla, mientras que dicho departamento aduciría durante el escándalo que todo lo que se había hecho era certificar que la máquina no era peligrosa, pero que su uso se prohibió. Strauss, en cualquier caso, dirigió una solicitud al Gran Casino de San Sebastián para instalar dos máquinas estraperlo. Hubo una llamada del gobernador de San Sebastián al ministerio de la Gobernación en el que, en ausencia del ministro, su subsecretario comunicó, fuere por desidia, por error o por otros intereses, que no había problema con el estraperlo. El 12 de septiembre de 1934, se instalaron las dos máquinas en el casino donostiarra, y se montó la de Dios es Cristo porque la prensa denunció que el juego había sido permitido en San Sebastián por la puerta de atrás.

Al día siguiente el propio ministro, extrañado o asustado por las consecuencias, instó la retirada de las máquinas. Lo cual se hizo a las tres horas de haber empezado a funcionar, pistola en mano, pues la sala estaba repleta de donostiarras ávidos de jugar.

Más o menos un mes después, no se sabe muy bien cómo, Strauss consiguió instalar máquinas estraperlo en el Hotel Formentor, en Baleares. Duraron una semana antes de que el ministro de la Gobernación las precintase.

Más o menos un año después, el 10 de septiembre de 1935, el presidente del Gobierno, Niceto Alcalá-Zamora, recibió un sobre en el que se contenían ciertos documentos que venían a denunciar extrañas connivencias en las autorizaciones que había recibido el estraperlo en 1934.

En el asunto estaba implicado incluso Franco, pues Strauss aseveraba que él, en su condición de comandante militar de Baleares, había participado en la autorización, la más extraña de todas como hemos visto, para la instalación de las máquinas en el Hotel Formentor.

Pero el asunto apuntaba a Alejandro Lerroux, en ese momento jefe del gobierno. Más concretamente, el cúmulo de denuncias hablaba de que su sobrino, Aurelio Lerroux, había estado de alguna forma conchabado en aquel negocio. Al parecer, los estraperlistas intentaron chantajear a Lerroux a cambio de no aflorar el escándalo, pero éste se negó.

El 20 de septiembre de 1935, y por otras razones distintas de lo que contamos, cayó el gobierno Lerroux y se formó uno liderado por un político de corte conservador independiente, Joaquín Chapaprieta. Un par de semanas después, un abogado holandés reclama se le devuelvan los documentos que había recibido Alcalá-Zamora, si es que no eran de interés del Gobierno. Todo parece indicar que es ahí cuando el Ejecutivo comienza a tomarse las cosas un poco en serio, quizá por pensar que la petición de los documentos es una forma velada de amenazar con ir a la prensa. Chapaprieta reunió a los grupos políticos que apoyaban al Gobierno para deliberar sobre el asunto. Según José María Gil Robles (No fue posible la paz), y a pesar de que en sus memorias mantiene una actitud decididamente prolerrouxista y quiere ver en este escándalo una más de las movidas de Alcalá-Zamora contra el bienio derechista, a pesar de todo eso, digo, reconoce que los papeles tenían ciertos visos de legalidad, verosimilitud y «revestían, de ser ciertos, indudable carácter delictivo».

En principio, el Gobierno trasladó la denuncia recibida por Alcalá al fiscal de la República, pero sin publicidad. Así pretendían seguir, pero entonces tuvieron la confidencia de que, en un mitin multitudinario de las izquierdas que se iba a celebrar el 20 de octubre en la campa de Comillas, cerca del puente de Toledo, Manuel Azaña tenía previsto sacar a pasear el asunto. En la tarde del viernes anterior, 18 de octubre pues, el Gobierno redactó de prisa y corriendo una nota de prensa informando del asunto y de las actuaciones del fiscal. El escándalo político estaba servido. Eso sí, Azaña se dio el domingo uno de los mayores baños de multitudes de la historia de los mítines políticos en España (300.000 personas, según las crónicas), pero no habló del estraperlo.

El 22 de octubre de 1935, el asunto del estraperlo generó un debate parlamentario de cuatro horas, tras el cual se creó (cómo no) una comisión parlamentaria; no sin la inteligente oposición del líder de la Lliga Regionalista, Françesc Cambó, quien sostenía que el Parlamento no puede crear una comisión por cada denuncia que le llega. En dicha comisión se integraron tres diputados radicales, cinco de la CEDA, dos agrarios, un liberal demócrata, uno de la Lliga, uno de la Esquerra, uno de Izquierda Republicana, uno de Unión Republicana, un conservador, uno de Renovación Española, un tradicionalista, uno del PNV, un independiente monárquico y otro republicano. No faltaba casi nadie, pues.

La comisión tardó setenta horas en tener un dictamen, que se redactó en una reunión que duró unas 18 horas. En dicho dictamen se aseveraba que habían realizado acciones lejanas a la ética y, por lo tanto, debían cesar en sus cargos (eran otros tiempos, sí) un total de siete personas más una. La siete eran: Rafael Salazar Alonso (entonces alcalde de Madrid, había dimitido horas antes del dictamen), José Valdivia (ocupaba un cargo en el Parque de Intendencia), Eduardo Benzo (subsecretario de Gobernación), Sigfrido Blasco Ibáñez, Juan Pich y Pon (gobernador general de Cataluña), Santiago Vinardell (jefe de la oficina de turismo española en París) y Miguel Galante (comisario del Estado en MZA). El más uno, el importante, se llamaba Lerroux; Aurelio Lerroux (comisario del Estado en Telefónica).

La misma tarde de aquel 26 de octubre se votó en el Congreso el dictamen. Una vez votado, Chapaprieta dimitió. En realidad, la conjunción del escándalo del estraperlo y del affaire Nombela-Tayá (que también os podría contar otro día, si os interesa) laminó el crédito político del Partido Radical e hizo imposible a las derechas seguir gobernando con aquellas cortes, motivo por el cual convocarían las elecciones de febrero del 36 que, como sabréis, perdieron (o ganó el Frente Popular, si así se prefiere).

Dos testigos de primera mano de aquello, Gil Robles y Chapaprieta, coquetean en sus memorias con la teoría conspirativa según la cual habrían sido personas de las izquierdas las que habrían preparado todo el escándalo del estraperlo. Aunque sus versiones son distintas. Gil-Robles, después de afirmar que entre los papeles de Strauss había algunos sospechosamente muy bien redactados para excitar la curiosidad política en España, valora la hipótesis de que los hombres de Strauss hubiesen informado de la denuncia a Indalecio Prieto en Ostende, donde estaba exilado por su participación en la Revolución de Asturias. Chapaprieta se refiere, por su parte, a unos extraños viajes de Azaña (aunque no aporta pruebas) también a Holanda.

El otro extraño extranjero del que hoy voy a hablaros se llamaba Lazare Bloch. Era francés. También tenía, al parecer, origen judío y recaló en noviembre de 1931 en Barcelona. Desde su llegada, comenzó a relacionarse con la cúpula política catalana. Se entrevistó con el entonces alcalde de Barcelona, Aiguader, así como con Casimir Giralt, un político radical que ocupaba la consejería de Finanzas en lo que hoy podríamos denominar el Ente Preautonómico Catalán (el Estatuto catalán es del 32; mientras tanto, se generó un órgano heredero de las diputaciones provinciales). También se entrevistó con el diputado catalanista Lluhí, que tuvo un importante papel en no pocos gobiernos de la República. Françesc Maciá, sin embargo, se negó a recibirlo, quizá por estar mejor informado que el resto de sus colegas.

La intención de Bloch era ofrecer (hemos de entender: a cambio de alguna comisión) reservas de oro para la eventual creación de un banco emisor catalán tras la aprobación del Estatuto. Según Lluhí, se le informó de que no habría más Banco de España que el de España, aunque lo cierto es que la Generalitat sí manejó la posibilidad de crear un banco emisor, aunque la desechó.

El segundo proyecto de Bloch fue conceder un supercrédito al Ayuntamiento de Barcelona y la Generalitat. Pero pinchó en hueso, porque la Generalitat, en ese momento, no tenía demasiado claros los recursos impositivos que conseguiría adjudicarse en el futuro Estatuto (también si queréis, un día podemos hablar de cómo se instrumentó la financiación autonómica de Cataluña en la República) y estaba embarcada en una espiral (muy catalana) de austeridad de tal calibre que incluso el presidente Maciá, dado que carecía de residencia oficial (se le estaba habilitando a toda leche la Casa dels Canonges) vivía en el Hotel Ritz (Gran Vía de les Corts, si no me equivoco), después de haber negociado una rebajita en la pensión que, además, pagaba de su bolsillo.

Estaba la Generalitat como para megadeudas. Le dijeron que nones.

A partir de aquí es donde el asunto empieza a oler a podrido. Como Bloch no puede colocar su numerario en un hipotético Banc de Catalunya; ni tampoco lo puede prestar a las autoridades, decide invertirlo en Bolsa, más concretamente comprando valores industriales españoles, especulando con una devaluación de la peseta (la devaluación hace automáticamente más competitivos los productos del país en el extranjero; por este motivo, tras una devaluación es normal que los valores industriales de empresas del área devaluada, si tienen actividad exportadora, se disparen).

Pues bien: el 10 de noviembre de 1931, Casimir Giralt hace unas declaraciones en la prensa de Madrid en las que se refiere a la debilidad de la moneda y la conveniencia de que sea devaluada. El 15, un diario barcelonés, La Publicitat, órgano del partido nacionalista, minoritario, Acció Catalana, publica una noticia en la que sostiene que el tal Lazare Bloch y altos representantes políticos catalanes están conspirando para conseguir una devaluación de la peseta. A tal efecto, publica una carta en francés de Bloch sobre el asunto y las mentadas declaraciones de Giralt, a todas luces inspiradas en aquélla. Pero hay más. La Publicitat publica también una nota sobre política económica publicada por La Humanitat, publicación de la Esquerra dirigida nada menos que por Lluis Companys, que es… ¡la carta de Bloch traducida al catalán!

Giralt trató de explicar las coincidencias admitiendo que Bloch le había dado la brasa con el asunto de la devaluación y le había entregado no uno, sino varios artículos, en los que se inspiró en sus argumentos. Más crudo lo tenía Companys. Según el que terminaría siendo presidente de la Generalitat, había conocido a Bloch en un café de Barcelona, pero no le había hecho ni puñetero caso. Días después, un amigo suyo (sin nombre) le habría dado una nota en catalán sobre política económica con el ruego de que la publicase. Companys reconocía no saber mucho de economía ni tener experto de ello en la publicación y decía que la nota había estado varios días sobre su mesa hasta que, por una especie de arte de birlibirloque, había ido a la imprenta junto con otros originales. Este cuento, bastante poco creíble, sería además desmentido por La Publicitat, la cual argumentó que la nota de Bloch le había sido entregada a Companys en francés. Así pues, antes de una impresión «al despiste», tuvo que haber una traducción «por casualidad».

El mismo 15 de octubre que estalló el escándalo, Bloch fue expulsado de España. El asunto no se investigó y, de hecho, murió con facilidad, estando como estaba Cataluña inmersa en un asunto mucho más importante, como era la redacción de su Estatuto de Autonomía.

sábado, octubre 28, 2006

Increíbles parecidos

Hoy en día, cualquier persona medianamente informada sabe que el abuelo del actual presidente del gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, fue fusilado durante la guerra civil por el bando franquista. El propio Zapatero suele citar ese hecho e incluso tuvo unas palabras muy especiales para su abuelo en su discurso de investidura como presidente del Gobierno, tras haber ganado las elecciones de marzo del 2004.

Tras dichas elecciones, Zapatero sustituyó a quien había sido presidente del Gobierno los ocho años anteriores, José María Aznar, máximo dirigente del derechista Partido Popular, aunque había decidido no presentarse a dichas elecciones.

La verdad es que es difícil encontrar dos políticos con menos cosas en común que Zapatero y Aznar. Sus ideologías y formas de actuación se adivinan bastante diferentes unas de otras.

Cuesta imaginar, ya digo, que tengan algo en común. Pero lo tienen, o casi. Porque ambos tienen un abuelo que fue condenado a morir fusilado durante la guerra civil. Y, contra lo que pueda pensarse, en ambos casos el pelotón de fusilamiento estaba formado por las mismas personas.

Manuel Aznar Zubigaray había nacido en Navarra en 1894. Durante su juventud, y esto es algo que lógicamente le encanta recordar a los nacionalistas vascos de hoy en día, coqueteó claramente con dicho nacionalismo, quizá porque entonces los sabinianos presentaban un corte ideológico bastante más conservador que actualmente. Sin embargo, su gran oportunidad como periodista le llega de la mano del gran empresario de medios de comunicación español de la primera mitad del siglo XX: Nicolás María de Urgoiti, un inquieto empresario que fundó empresas como Papelera Española o la editorial Calpe (recuérdese Espasa-Calpe); y, sobre todo, un diario, El Sol, de clara vocación progresista dentro del liberalismo español, que acabó derivando hacia el republicanismo. En las columnas de El Sol fue donde Ortega y Gasset escribiría su famosísimo delenda est monarchia (la monarquía debe caer).

El Sol reapareció, por cierto, en los quioscos españoles en los años ochenta, de la mano del dueño del Grupo Anaya, Germán Sánchez Ruipérez. Tuvo corta vida.

Después de dirigir El Sol, a principios de los años veinte, Aznar marchó a Cuba, donde siguió laborando como periodista. Regresó con la avenida de la República a España y se reincorporó al periódico, al parecer de la mano de un monárquico, José Félix de Lequerica, que acabaría con los años siendo ministro de Asuntos Exteriores de Franco. Conforme los republicanos burgueses fueron haciendo inteligencia con la izquierda (la conocida como conjunción republicano-socialista), se fue apartando de las labores de este periódico, como lo fue haciendo Miguel Maura, el líder del Partido Republicano Conservador con el que Aznar se sentía más identificado.

Una vez estallada la guerra, Aznar hizo uso de sus amistades y conocimientos para salir de Madrid a Francia. Una vez allí, sus viejos amigos José María de Areilza y Lequerica le invitaron a pasar a la zona nacional, cosa que él hizo.

En 1972, la editorial falangista Gaudeamus publicó el libro Testimonio de Manuel Hedilla, elaborado por Maximiliano García Venero (también falangista) por encargo del biografiado (así pues, más que una biografía autorizada, es una biografía por encargo). Hedilla fue el segundo Jefe Nacional de Falange (tras la muerte de José Antonio) y fue condenado a muerte por Franco tras los sucesos de Salamanca, de los que otro día hablaremos. Lo importante, a efectos de este post, es que en octubre de 1936, cuando Aznar pasa a zona nacional, Hedilla es un personaje de indudables poder y contactos en el cuartel general de los sublevados, y por ello cabe seguir con interés el relato que nos hacen Venero y Hedilla en el libro de la peripecia del que acabaría siendo abuelo de un presidente del Gobierno.

Según este tándem de escribidor y escribido, Aznar estrenó la camisa azul de Falange Española el 29 de octubre de 1936, en Zaragoza, durante la conmemoración del acto fundacional del partido. Lamentablemente, dos horas después de estrenar la camisa, y para sorpresa de los falangistas zaragozanos, Aznar fue detenido por la policía, siguiendo una orden que llegaba de Valladolid (o sea, del entorno del general Emilio Mola). Fijaros cómo pintaba la cosa que los falangistas, nada más enterarse de que Aznar iba a ser trasladado esa misma noche a Valladolid por los policías, presionaron para que en el automóvil fuesen también falangistas. Sin duda alguna, temían que a mitad de camino le diesen el paseo. O sea, que le hiciesen lo que a García Lorca.

Manuel Hedilla relata de esta manera la conversación que tuvo con el también periodista (y también falangista) Víctor de la Serna:

«‑A Manuel Aznar lo fusilan esta noche –anunció De la Serna.

‑¿Tenemos algo que ver con eso?

‑No.

‑Así, no creo que podamos hacer nada.

‑Tú –insistió De la Serna –podrías pedirle a Mola que le salvase. Es el único a quien atendería.

‑Tal vez…»

De creer a Hedilla (no se olvide que este relato está escrito en una especie de autohagiografía), el Jefe de Falange le escribió una carta a Mola, que fue la que logró el perdón. Digo que hay que tener cuidado al creer esto porque Aznar tenía más amigos poderosos en el franquismo, además de Hedilla, que no lo conocía. Es probable, por lo tanto, que sea cierto que el falangista terció en su favor; pero también es muy probable que no fuera el único que lo hiciese.

Aznar fue sacado de la cárcel por unos falangistas que lo llevaron en tren a Burgos y, desde allí, en coche a Irán (corrección: querían llevarlo lejos, pero no tanto. Obviamente, quise escribir Irún). Según testimonia uno de sus escoltas, Mariano Tobalina, en el libro de García Venero, nada más cruzar el puesto fronterizo se presentó en el mismo un pelotón de requetés (carlistas) con la intención de detenerlo e impedir que pasase a Francia.

Manuel Aznar tardó sólo un año en volver a zona nacional y, a partir de ese momento, fue bendito por el franquismo. Fue periodista, embajador, autor de una Historia militar de la guerra e, incluso, en la película homenaje al dictador, Franco, ese hombre, aparece una larga entrevista con él.

¿Quién y por qué quiso fusilar al abuelo de Aznar en el 36? Es una pregunta muy difícil de contestar. García Venero alude nebulosamente en su libro a celos profesionales y asevera que se habla de tres o cuatro posibles culpables, sin citarlos. Resulta difícil de creer que se trate de un asunto de celos entre periodistas.

Mi opinión personal es que fue víctima del celo del franquismo, que pretendía ser, y fue, escoba de todo lo que oliese a la República. Es cierto que Miguel Maura, referente político de Aznar (al fin y al cabo, éste había dirigido la campaña electoral de aquél en el 33), era una persona de corte conservador, especialmente en materia religiosa (la primera crisis de la República surgió cuando el propio Maura y Alcalá-Zamora trataron de obstruir la definición constitucional de España como un Estado laico). Sin embargo, Maura había sido actor del Pacto de San Sebastián (cuando las fuerzas republicanas se coligaron para acabar con la monarquía) y, de hecho, quienes iban a gobernar España tras las elecciones municipales de 1931 esperaron acontecimientos, aquel 14 de abril, en su casa, situada en un palacete de la calle Príncipe de Vergara. Como he dicho, el conservadurismo maurista olía demasiado a republicanismo. En 1936, lo que se estilaba en el triángulo Salamanca-Valladolid-Burgos, donde se ventilaba el poder del bando nacional, eran opciones más puras: falangistas, requetés y derechistas de hora vieja, con un importante currículum de resistencia a la República. Para mí, la detención y condena al paredón de Manuel Aznar fue la manera que encontró alguien, probablemente el general Mola, de tratar de dejar claro que los sublevados no harían componendas y no dejarían ni un resquicio a los oportunistas de última hora. El hecho de que Aznar pudiese volver sin problema al escenario de su condena faltando Mola del mundo de los vivos abona esa tesis.

Lo que no sé es qué se siente viviendo décadas siendo condecorado y premiado por aquél que una vez, como poco, hizo más bien nada por evitar que te fusilasen. Quizás es que la Historia, como la política, hace extraños compañeros de cama.

viernes, octubre 27, 2006

La sucesión de Franco

Tengo hace varios días el texto de este post que me ha remitido Inasequible Aldesaliento. He tardado en colgarlo, básicamente, porque no quería terminar de elaborarlo sin hacer algunas notas por mi parte, como veréis no todas coincidentes con las tesis de Ina.

Aborda esta entrada del blog un asunto un tanto marrullero y complicado, cual es la sucesión de Franco al frente de los designios de España, y qué pensó realmente el dictador de ello. Es marrullero y es complicado por dos razones: primera, porque siendo una discusión histórica, también lo es contemporánea, por cuanto al frente del Estado español sigue hoy en día la persona que en su día designó Franco. Segunda, porque las opiniones de todo o casi todo el mundo vienen muy influidas por el hecho de que todos sabemos lo que ha pasado. Cuando se opina del pasado conociendo el futuro que en dicho pasado se desconocía, es difícil, creo yo, separar el grano de la paja.

Dos contribuciones en una, pues, para un debate, cuando menos en el momento presente, interminable.

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La sucesión de Franco

©Inasequible Aldesaliento™

(© JdJ para los textos entre corchetes)

Entre 1954 y 1971 Francisco Franco Salgado-Araujo, primo y asistente del más famoso Francisco Franco Bahamonde, fue recogiendo en un dietario las conversaciones que mantenía con su primo. Es de suponer que en esas conversaciones, que no sabía que estaban siendo registradas, Franco podía permitirse ser más Franco y más franco que nunca. Eran conversaciones en la intimidad con un hombre leal y sin ambiciones políticas. Por ello, las opiniones de Franco recogidas en ese libro seguramente sean más sinceras que cualesquiera otras. Franco era un maestro de la ambigüedad y sabía dulcificar los mensajes y hacer que al final cada cual hubiese oído lo que quería oír. Cuando haya una contradicción entre lo que otros hayan dicho que Franco había afirmado o pensado y lo escrito por Franco Salgado-Araujo, creo que sin dudarlo debemos inclinarnos por el testimonio de éste. Franco Salgado-Araujo, además de ser un hombre leal y sin ambiciones, era un hombre honesto, que nunca pensó en sacar ningún provecho de su dietario. De hecho éste no se publicó hasta que ambos Pacos hubieron muerto.

El tema que aparece más insistentemente en el libro, hasta el punto de que tal vez ocupe la tercera parte de éste, es el de la sucesión de Franco. Ya a mediados de los años 50, cuando Franco apenas había cumplido los sesenta, el problema de la sucesión del dictador aparecía como el tema más candente de la política española. Los partidarios del régimen eran conscientes de que cuando Franco faltase, las cosas cambiarían. Unos intentaban encontrar una fórmula que garantizase que, pasase lo que pasase, los principios del Movimiento no se modificarían. Otros eran conscientes de que algo debería cambiar, pero confiaban en que podrían minimizar los cambios necesarios.

[En realidad, yo no creo que a mediados de los 50 hubiese demasiados franquistas que, al estilo de lo que terminaron siendo Adolfo Suárez y otros azules, pensasen que el franquismo tenía que evolucionar. A mediados de los cincuenta, el régimen había terminado prácticamente con los maquis; culminado una negociación elegante con la URSS para la devolución de los prisioneros de la División Azul (llegada del Semíramis a Barcelona, en 1956); superado los peores años de la crisis económica de posguerra; iniciado en serio los amistosos contactos con los Estados Unidos; y, sobre todo, aún contaba con los anhelos de paz de la mayoría de la sociedad española. El franquismo aún parecía eterno. Empezó a dejar de serlo, paradójicamente, cuando comenzó a dar réditos y a favorecer el desarrollo de España, en los años sesenta.]

Resulta interesante comprobar que ya en 1954, Franco tenía pensada la fórmula para su sucesión y que se mantuvo fiel a la misma durante más de veinte años. Él no cambio de opinión. Fueron los demás que, engañados por su ambigüedad y su zorrería, no se dieron cuenta de que las cartas ya estaban repartidas desde una fecha tan temprana.

Para Franco, el sucesor legítimo era Don Juan de Borbón. Desgraciadamente, Don Juan se había desautorizado con el manifiesto de 19 de marzo de 1945, en el que hacía un llamamiento a favor de la restauración monárquica y advertía que el régimen de Franco, por su inspiración en el totalitarismo de las potencias del Eje y vínculos con éstas, ponía en peligro el porvenir de España. Aparte de ese manifiesto, Franco critica a Don Juan de rodearse de malas compañías e incluso de masones y de no estar bien informado sobre la realidad española. Aunque Franco da muestras ocasionales de cierto aprecio por Don Juan, los recelos hacia sus ideas políticas y el recuerdo del malhadado manifiesto siempre pesaron más. Franco estaba convencido de que Don Juan traería una monarquía liberal que acabaría dando paso a la república.

Descartado Don Juan por lo motivos aducidos, el candidato claro era su hijo Don Juan Carlos. Franco pensaba que cogiendo pronto al Príncipe y formándole en España con tutores escogidos y una buena pátina de educación militar, conseguiría el objetivo de que su sucesor fuese un Rey bien formado en los principios del Movimiento.

[De hecho, el principal punto de fricción en las elegantes cartas que se intercambiaron en aquellos años Franco y Juan de Borbón fue la educación del príncipe. Juan de Borbón quería para su hijo un programa muy al estilo del que luego tuvo el actual Príncipe de Asturias, Felipe de Borbón. Esto es: tutores españoles pero amplias estancias en el extranjero –como hizo Felipe en Georgetown. Franco, sin embargo, quería que la educación se hiciese toda ella en España, por razones obvias.]

Franco nunca consideró a los príncipes tradicionalistas como candidatos a la sucesión. Consideraba que no tenían ningún arraigo entre la población, para la cual eran unos desconocidos, y que eran príncipes extranjeros. Hubiera querido ver que todas las ramas monárquicas se uniesen detrás de la figura de Don Juan Carlos.

[En mi opinión, no se puede hablar exactamente de preferencias, sino de descartes. Quiero decir que las preferencias de Franco tenían que ver, sobre todo, con las preferencias imposibles o implanteables. En primer lugar, no podía entregar España a la Falange, porque ésta era una formación fascista y la deriva de España hacia un estado puramente fascista, años o décadas después de la caída de Hitler, además de anacrónica habría movilizado a la oposición activa de Europa contra la dictadura española. No podía entregar España a la Comunión Tradicionalista porque era una opción ideológica minoritaria en el país, salvo en Navarra; y, además, para colmo, como los años Carlos Hugo de Borbón-Parma, heredero de la pretensión carlista y finalmente pretendiente, fue derivando hacia posiciones democráticas y constitucionalistas bastante lejanas del franquismo e incluso, en los años sesenta, se colocó de minero en Asturias para conocer de cerca los problemas de la clase trabajadora. No podía entregar el país al Ejército (probablemente su opción más querida) porque la generación posterior a la suya no alumbró militares con la cercanía al dictador que tenían los Carrero o Alonso Vega, que difícilmente podían suceder a Franco si tenían su edad. No podía introducir la querella dentro de los borbones porque el otro gran pretendiente de la familia, en infante Jaime de Borbón, vivía en París desde donde le mandaba cartas a Franco instándole a convocar un referéndum para que los españoles decidiesen libremente su régimen político. En estas circunstancias, Juan de Borbón era, literalmente, lo que quedaba. Y, si no debía ser él, sólo quedaba el hijo.]

La única persona que hubiera podido hacer sombra a Don Juan Carlos era Don Alfonso de Borbón Dampierre. En la entrada del 4 de febrero de 1963, Franco comenta: «(…) el infante Don Alfonso de Borbón Dampierre, que es culto, patriota y que podría ser una solución si no se arregla lo de Don Juan Carlos.» Ya en otra entrada de 27 de octubre de 1960, Franco menciona que ha conocido a Don Alfonso y que le había parecido inteligente y culto. No obstante, son sólo dos alusiones elogiosas en el espacio de casi veinte años. Nada comparable con el casi centenar de referencias a Don Juan Carlos. En todo caso, Franco parecía respetar bastante los principios de legitimidad dinástica y encontraba que la abdicación y renuncia a sus derechos de Don Jaime, padre de Don Alfonso, eran bastante motivo para preferir a la línea de Don Juan.

Visto que desde el principio Franco se había decantado por Don Juan Carlos, la siguiente pregunta sería: ¿qué tipo de régimen tenía pensado Franco que le sucedería?

De las muchas referencias que trae el libro, entresaco dos, que no dejan lugar a dudas: «(…) la nueva monarquía será establecida sobre los postulados de la Falange» (22 de abril de 1955) y: «una monarquía basada en los principios del Movimiento, no en una que sea igual o parecida a la que cayó el 14 de abril, pues no duraría ni un año y ocasionaría el caos en España, haciendo inútil la Cruzada» (14 de marzo de 1959). Franco pensaba que la monarquía liberal no era un régimen que se adaptase bien al carácter español y, como muestra la cita de 1959, pensaba que una monarquía de ese tipo daría paso irremediablemente a una república, régimen del que Franco abominaba especialmente al verlo como equivalente al caos. Franco pensaba que su sucesor debería ser un Rey social, un Rey paternalista dentro de una democracia orgánica, ese peculiar tipo de democracia que inventó Franco.

No han faltado comentarios de personajes de aquellos años que dicen que Franco les habría dicho que a su muerte necesariamente Don Juan Carlos tendría que liberalizar el régimen. Dado que la última anotación de Franco Salgado-Araujo es de enero de 1971, no resulta posible seguir la evolución del pensamiento de Franco sobre su sucesión en los cuatro últimos años del régimen. Es posible que la gran presión internacional de aquellos años y los cambios evidentes de la sociedad española le llevasen a Franco a replantearse la cuestión y a aceptar que tras su muerte el régimen tendría que hacer algo más que meros cambios cosméticos.

[A mí la idea de un Francisco Franco que, a eso de los ochenta años de edad, se cae del guindo y se da cuenta de que España debería retornar a esquemas de participación política cercanos o iguales a la democracia se me hace una idea bastante inconcebible. Creo que las personas, por lo general, tendemos a instalarnos en nuestras ideas más queridas. Y los gobernantes más. Si existe, porque existe, el llamado Síndrome de La Moncloa, es decir el gobernante que cada vez ve menos la calle y más a una camarilla de asesores que tienden a no cuestionar sus decisiones, por estúpidas que sean; si existe, digo, con mayor razón existirá el Síndrome de El Pardo, pues en una dictadura la alabanza del Jefe es algo que va de suyo.

A mí, el testamento político de Franco, esas cuartillas que tal vez redactó personalmente antes de morir pero que en cualquier caso llevan su impronta, siempre me ha sonado a algo así como: «Bueno, chavalines, ahora que me voy yo, no se os ocurra volver a pelear, ¿eh?» Franco era muy paternalista con los españoles; nos consideraba, o más bien consideraba a nuestros abuelos, una pandilla de personas bienpensantes en el fondo que, sin embargo, no eran capaces de dominar sus emociones y querencias y por eso propendían al enfrentamiento. No creo que nunca superase la idea de que la única forma de gobernar adecuadamente a un país es disciplinándolo como se disciplina a la gente que está en el patio de un cuartel. Y alguien que piensa que lo que hay que hacer con el díscolo no es escucharlo sino arrestarlo, reprimirlo, difícilmente desarrollará ninguna idea mínimamente liberal.]

miércoles, octubre 25, 2006

Sic transit Gloria Hispaniae

Barcelona, again. Esta vez, me ha sobrado hora y media entre la llegada y mis obligaciones. Además, había quedado en el centro, así pues me he dado una vuelta por la plaza de Cataluña, donde han instalado medio huevo impresionante que a saber qué tiene dentro. La he mirado un rato, tratando de imaginarla llena de cadáveres de caballos. Algún día, cuando escriba el post que un día comprometí sobre el golpe de Estado de Franco en Barcelona y los porqués de su fracaso (o éxito republicano, pues todo puede verse de diversas maneras), os colgaré la foto que tengo y que demuestra que fueron los pobres caballos los principales paganos de los tiroteos entre los milicianos en la calle y los golpistas en el edificio de la Telefónica. 

lunes, octubre 23, 2006

Vamos atrasaos (o adelantaos, no sé)

Hoy voy a hacer una cosa que ya he hecho otras veces y que ojalá tenga meninges para volver a hacer: tocarle las narices a Omalaled, o sea el autor del blog que me inspiró para empezar éste, aunque yo hable de la Historia a secas y él lo haga de la Historia de la Ciencia.

Voy a hablar un poquito de ciencia.

El caso es que he estado leyendo un libro muy interesante, «España en hora», en el que se ubica un artículo de Joseph Collin titulado «Reconciliar trabajo y familia: la solución pasa por Greenwich». Un artículo, ya digo, bastante interesante, en el que el autor explica por qué los españoles comemos a las dos de la tarde y no a las doce, como todos los demás.

La cosa tiene que ver con una reunión de 25 países que se celebró en octubre de 1884 en Washington. Se llamó la Conferencia Internacional del Meridiano. Hasta que llegó esta conferencia, en realidad, nuestro mundo era un mundo en el que los palentinos, por poner un ejemplo, vivían a una hora, y los vallisoletanos, quizá, a otra. La vida de las personas se regía sobre todo por los tañidos de las campanas, a las horas en punto, pero los sacerdotes no son máquinas de precisión.

La cosa cambió con la llegada del primer medio de transporte que era capaz de recorrer distancias razonablemente abultadas en relativamente poco tiempo: el tren. Para tener un tren Palencia-Valladolid hace falta tener una hora de salida de Palencia y otra de llegada en Valladolid. O sea, hace falta que ambos lugares no vayan a su bola. Como para finales del siglo XIX ya había relojes y viajes largos tipo Phineas Fogg y demás, en realidad los científicos se dieron cuenta de que el problema era de orden mundial. De ahí la conferencia, a la que España envió tres representantes.

Fue allí donde se estableció el meridiano de Greenwich como referente mundial y 24 husos horarios que delimitarían las horas del mundo. Sin embargo, ésta fue la labor de los científicos. Luego llegaron los políticos.

A finales del XIX, un nuevo gigante político y militar nacía en Europa: la Alemania unificada por Bismarck. El eje político, que en el Renacimiento había estado en Madrid, se había desplazado a París y luego a Londres, pero ahora aparecía Berlín como referente de importancia. La ciencia estableció los husos horarios, pero los países pudieron decidir con quién acompasar sus relojes. Holanda, Bélgica, Luxemburgo y Francia decidieron, a pesar de que en buena lógica les tocaba el huso horario de Greenwich, acompasarse con Berlín. Y España, a pesar de estar aún más al oeste, hizo lo propio. Por eso, entre otras cosas, en España llevamos una hora más que las Islas Canarias, que están aquí al lado; pero tenemos la misma hora que Praga, que está donde Cristo perdió el Libro de Familia.

Por eso comemos a las dos de la tarde: porque todo Dios, también los españoles, come con el mediodía. Lo que pasa es que nuestro mediodía ocurre dos horas después de lo que debiera, porque es un mediodía berlinés, no londinense. A la hora de Greenwich, en invierno se haría de noche un poco más allá de las cuatro de la tarde. O sea, con el descafeinado en la mano.

España tiene un récord, ¿lo sabíais? Es el país del mundo en el que el sol sale más tarde. En mi Galicia, o sea el far west de la península, el mediodía llega a eso de las tres de la tarde.

Yo, que ya me vais leyendo que soy bastante cinéfilo, siempre he estado mosqueado con esas pelis y series americanas en las que invariablemente sale una escena en la que el prota está en la cama, suena el despertador y son las seis y media de la mañana… ¡y en la habitación hay una luz que lo flipas! Siempre pensé que eran juegos de atrezzo pero no, es que es así. Somos nosotros los que hemos retrasado la salida del sol.

La propuesta de Collins tiene su aquél. Propone que en el próximo cambio de horario de verano, no lo cambiemos y lo dejemos como está. Eso sí, lo que adelantaremos serán los horarios oficiales, o sea: si los funcionarios han de ir a trabajar a las ocho, que vayan a partir de ese día a las siete (¡eh, que también se irán una hora antes!), aunque sin afectar a los horarios laborales privados y a la escuela (pero sí se debe reducir el periodo de almuerzo de dos horas a una). Según el autor, medio año después, al llegar el horario de invierno y el cambio de hora, seremos europeos, por la simple razón de que nadie se quedará tomando una manzana asada de postre mientras se hace de noche. Desayunaremos en casa y no en el colmao más cercano al trabajo, un ratito después de haber llegado; veremos el telediario de la tarde a las 13 horas, y el de la noche a las 20 horas.

En fin. Lo suyo es quedarse con la idea de cómo una decisión de claro índole político puede llegar a quebrar lo natural.

En esto como en tantas cosas, si hubiésemos dejado decidir a los que saben, otro gallo nos habría cantado. A la misma hora, eso sí, porque los gallos no tienen reloj.

viernes, octubre 20, 2006

Las increíbles historias de la censura

Nunca he tenido la ocasión de comentar que llevo varios años estudiando inglés, gracias a mi empresa que me lo paga. Ahora trato de sacarme el CAE en un año o así y sigo una disciplina un poco férrea (preparar un examen es preparar un examen); pero tengo siempre mis porciones de conversación.

La mayor parte de mis profesores, he tenido varios en los últimos años, son estadounidenses, aunque he tenido a un inglés, una escocesa, una sueca y una aussi que era realmente guapa y divertida (miss you, Katie). A todos ellos, especialmente a los yankees, les he recomendado siempre que viesen Bienvenido Mr. Marshall. Les he garantizado que no iban a entender gran cosa (cosa que siempre se ha cumplido) pero que, por lo menos, habría una escena que les divertiría: aquélla en la que el alcalde, Pepe Isbert, sueña que es un sheriff del Far West. Después de que ven esa peli y se descojonan un rato (un profe, bostoniano, me juró que en el Sur hablan exactamente así), les digo que vean Los santos inocentes, que la vean con subtítulos, para enterarse bien. A mí me parece que es una peli que describe muy bien lo que fue España. Mi experiencia es que les cuesta entender que esa película esté describiendo una realidad ocurrida hace tan sólo cuarenta o cincuenta años.

Otra cosa que les divierte mucho es que se les hable de la censura. Pensadlo: para un ciudadano de Boston, de San Francisco o de Londres, que le hablen de la censura de prensa y de la cultura es como si le hablas a un nepalí del txacolí. Es algo tan extraño a su cultura que no pueden creerlo. Pero esto, a Dios gracias, les pasa ya a los españoles: el fin de semana pasado comprobé que mi sobrino, catorce años, tampoco puede creer que le esté contando algo que yo mismo haya vivido.

La mayor parte de los angloparlantes (y españoles) jóvenes de hoy no ha visto nunca Mogambo. Así que primero has de contarles la peli, la peli auténtica por así decirlo, y luego explicarles lo que el franquismo hizo con ella. O sea: es un film en el que un matrimonio se regala un safari por África, durante el cual ella (Grace Kelly) se enamorará del guía de la excursión (Clark Gable). La censura española obligó que en el doblaje desapareciese el adulterio, que consideraba contrario a las buenas costumbres de España. Así pues, en la versión censurada de Mogambo, Kelly y su marido eran hermanos. Unos hermanos muy cariñosos (yo nunca he abrazado ni he besado así a mi hermana, lo juro). Conforme avanza la película, se va desencadenando la tragedia, y no entiendes por qué. Porque, al fin y al cabo, en la versión censurada tanto Grace como Clark son solteros y libres. ¿Por qué no se van a liar? Ítem más: ¿por qué el hermano-soba-hermanas se mosquea de esa manera?

Mogambo ha quedado en el inconsciente colectivo de mi generación como el icono de lo absurda que puede llegar a ser la censura. Pero no es el único caso, desde luego. En Doce del patíbulo, un militar norteamericano comanda una misión suicida realizada por doce militares que han sido condenados a fuertes penas, algunos de ellos a muerte, por gravísimos delitos. Uno de esos condenados es un mafioso de origen italiano que, en la peli original, se llama Victor Franco. ¿Lo pilláis? Franco = militar = condenado a muerte. El doblaje español lo convirtió en Victor Frankie.

La muy abstrusa canción de Don McLean American Pie se llegó a distribuir en España con un estúpido pitido de 3 segundos en una frase que no le gustó a nuestra censura. Probablemente, aunque no estoy seguro, aquélla en la que McLean habla de escribir el libro del amor si la Biblia te lo dice. Cuando le cuentas esto a los yankees, te miran como supongo que mirarían a un armadillo hembra que se pusiera repentinamente a declamar versos de Coleridge.

Quizá la anécdota más graciosa que conozco tiene como protagonista a Luis García Berlanga, precisamente el autor de Bienvenido Mr. Marshall. Berlanga era muy temido por la censura porque era y es un tipo muy inteligente. Mr. Marshall tenía que ser una película de propaganda española (de hecho hay una cantante de coplas, Lolita Sevilla si no me falla la memoria, que se marca un par de números), pero lo que fue es una ácida crítica de la situación.

En los tiempos que ahora relato, en la Gran Vía de Madrid había una sala de fiestas, Pasapoga se llamaba, que tenía fama de ser antro de perdición (al estilo de la época, no os vayáis a creer). Pues bien: al someter Berlanga, el guión de una de sus películas a la censura, un censor leyó: «Toma aérea de la Gran Vía». Tomó el lápiz rojo, y tachó la escena. Otro compañero le dijo: «Pero, macho, ¿qué tiene de malo esa escena?» «Quita, quita», le contestó el otro; «tratándose de Berlanga, es capaz de meter en el plano general a un obispo saliendo de Pasapoga».

Si uno se sienta hoy delante de la tele a ver el deuvedé de El último tango en París, le costará creer que esta película estuvo prohibida en España; y que, de hecho, en los últimos años del franquismo había auténticas excursiones a la raya de Francia para verla (en francés). Se la tenía por película absolutamente pornógrafa y en no pocos lugares surgían leyendas urbanas que le contaban a los que no la habían visto escenas dignas de Nacho Vidal.

Porque ya tenemos, a la vuelta de la esquina, el fenómeno de la leyenda urbana asociado a la censura.

Es verdad aceptada por muchos, por ejemplo, que La Codorniz, revista satírica que fue secuestrada (o sea: su publicación fue impedida) varias veces, publicó una vez, en su sección de pasatiempos, el siguiente: «Regla de tres: bombín es a bombón como cojín es a X. Nota de la R: nos importa tres X que nos secuestren la edición». Me lo ha contado mucha gente, pero jamás he encontrado a alguien que pudiese mostrarme la edición. Probablemente es mentira.

Otra cosa que pertenece a mis recuerdos fue el estreno en España (en mi caso, en La Coruña), de Jesucristo Superstar. Da vergüenza explicar hoy en día por qué esa peli era escandalosa. En primer lugar, era una ópera rock; o sea, Jesucristo cantaba la música del diablo. En segundo lugar, Judas era negro. En tercer lugar, la historia insinuaba cierto amor, digamos, muy humano, de María Magdalena hacia Jesucristo (aunque Jesucristo, si no recuerdo mal, permanecía impasible el ademán). Por último, en una canción bastante apañadita en la escena de la oración del Monte de los Olivos, se mostraba a un Jesucristo atormentado por su martirio futuro y preguntándole al Padre por qué debía morir. Todo muy hippie. En la España de la demostración sindical y la Sección Femenina, fue la caraba.

Y se contaron cosas. Como, por ejemplo (y es que en el pecado se lleva la penitencia) que el Jesucristo Superstar exhibido en España (que yo creo que estaba íntegro) estaba censurado, porque en la versión original había… una escena de cama entre Jesucristo y María Magdalena.

Buena metáfora de lo que consigue la censura: si no te dejan ver la realidad, acabas por imaginarte que es peor de lo que es.

Feliz fin de semana a todos.

jueves, octubre 19, 2006

Cómo fabricar un mártir de Filipinas

Los mártires son fundamentales para la dialéctica histórica. Quizá, de entre las referencias masivas que pienso que pueden estar en la mente de vosotros mis lectores (no sé por qué, pero siempre supongo que mis lectores son más jóvenes que yo), la más clara sea Braveheart. Al final de esa película se cuenta, con cierto rigor histórico, que los hombres que seguían a Mel Gibson lograron apiolarse a las fuerzas inglesas, a pesar de que éstas eran más y estaban mejor armadas. Lo que les animó fue el martirio de su jefe. En cada minuto de tortura pública, los ingleses estaban labrando su desgracia, porque todo aquel que cree estar luchando por la llamada y el ejemplo de un mártir lucha siempre con fuerzas redobladas.

Inasequible Aldesaliento tiene una teoría, en la que yo creo también, y es ésta: para fabricar un mártir hacen falta dos cosas, no una. Hace falta un mártir, claro. Pero también hace falta un imbécil. Sin el imbécil, el mártir nunca lo sería. Hace falta alguien con suficiente poder y suficiente escasez de miras como para no darse cuenta de que, si sigue por la línea del martirio del enemigo, no hará sino encumbrarlo.

Ina ha decidido explicarme esto con un ejemplo del que, lo reconozco, no sabía nada antes de leer su escrito. Un ejemplo que demuestra que en Filipinas hubo más mártires que los de ídem. Y que un personaje que años después de los sucesos que relata Ina, tras la caída de Cuba, fue tomado en España como una especie de ángel salvador de la Patria era, en realidad, un personaje de notable miopía estratégica.

Aqui os dejo con la historia del mártir Rizal y el estrecho de miras general Polavieja.


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Creando mártires: el cretino del general Polavieja

© Inasequible Aldesaliento™

Crear mártires es una actividad ligeramente más inteligente que la de comprobar si un león tiene hambre metiéndole la mano en la boca. Es cierto que hay personas por la vida con vocación de mártires y que si uno no los martiriza, ya aparecerá otro que lo haga. Santo Tomás Moro, por ejemplo. Si tu señorito se llama Enrique VIII, es irritable, tiene la mano ligera a la hora de firmar sentencias de muerte, está salido y se le ha puesto entre ceja y ceja que se quiere divorciar de su mujer para casarse con esa francesita tan mona que le hace guiños, ¿para qué complicarse la vida, diciéndole que eso no se hace? Santo Tomás Moro se complicó la vida y en el empeño perdió su empleo, la simpatía del Rey y la cabeza. Pero bueno, era un hombre de principios y a ese tipo de hombres la cabeza no suele durarles mucho sobre los hombros. O sea, que en estos casos el martirizador casi está justificado. Lo grave son aquellos casos en los que encima el mártir no tenía ganas de serlo.

José Rizal era más un intelectual que un hombre de acción. Había escrito dos novelas críticas con la sociedad española de las Filipinas,- Noli me tangere (1) y El Filibusterismo-, y en sus contactos con los emigrados filipinos había mostrado cierta ambigüedad. Parece que prefería la autonomía a la independencia, entre otras cosas porque desconfiaba de la capacidad de las masas filipinas para autogobernarse, y, más burgués que revolucionario, sólo acudiría a la violencia como último recurso. Como vemos, no era lo que se podría considerar un terrorista. Y no parecía que tuviera madera de mártir. De hecho, suya es la frase: «La vida es agradable y es tan repugnante morir colgado, joven y lleno de ideas». Suena a premonición y sólo yerra en una cosa: Rizal murió fusilado, no ahorcado.

En junio de 1892, Rizal volvió a Manila, después de varios años pasados en Europa y en Hong Kong. Confiaba en que el clima político allí sería más relajado con el nuevo gobernador, el liberal Eulogio Despujol. Poco después de su regreso fundó la Liga Filipina, una sociedad más filantrópica que política, que buscaba promover reformas moderadas. Rizal, desgraciadamente, había olvidado que en las Filipinas, los gobernadores iban y venían, pero los frailes permanecían. Los frailes inmediatamente olieron a sedición, ponzoña, rebeldía y ateismo y prácticamente obligaron al gobernador Despujol a exiliar a Rizal a Dapitan, en la isla de Mindanao.

Rizal sobrellevó su exilio con buen espíritu. En Dapitan se embarcó en numerosos proyectos para mejorar la vida de los lugareños: introdujo nuevos cultivos, estableció una clínica, enseñó a los pescadores el manejo de nuevas artes de pesca y en el tiempo que esas actividades le dejaban libre, pintaba, esculpía y estudiaba. Es cierto que en esa época mantuvo contactos con algunos de los futuros revolucionarios, pero siempre más como el intelectual lejano, con un cierto halo de superioridad, que como el combatiente activo presto a pasar a la clandestinidad.

En 1896 estalló una epidemia de fiebre amarilla en Cuba. España pidió médicos y Rizal se ofreció como voluntario para ir. No se diría, desde luego, la acción de un peligroso revolucionario. Justo en ese momento estalló la revolución capitaneada por Andrés Bonifacio y las autoridades sospecharon que Rizal pudiera estar envuelto en ella. Un gobernador suspicaz pero inteligente, se hubiera dicho: «Que se vaya, a ver si hay suerte y acaban con él los mosquitos de la malaria o las balas de los mambises». Por desgracia en el gobierno español sobraban los suspicaces y faltaban los inteligentes. Rizal fue detenido en alta mar y devuelto a Manila, donde le encarcelaron y a toda prisa empezaron a amañar las pruebas que lo incriminasen.

El gobernador entonces era el General Ramón Blanco, que sí que era inteligente y planeaba vetar la más que pronosticable condena a muerte. El General Blanco sí que había comprendido que hay tareas más provechosas para los gobernadores coloniales que la de aumentar el martirologio. Desgraciadamente el General Blanco fue reemplazado en aquellos días por el General Camilo García de Polavieja, cuyo apellido era más largo que sus luces. Polavieja pertenecía a esa rancia estirpe ibera que cree que los pueblos pueden gobernarse como el patio de un cuartel y que un buen fusilamiento a tiempo cura todos los males (2).

Hasta el final Rizal intentó escapar a su destino de mártir. Hizo profesión de lealtad a España y repudió públicamente el levantamiento de Bonifacio como una aventura «absurda y salvaje». Esos intentos de Rizal, que a algunos les pueden parecer antiheroicos, a mí me lo hacen especialmente simpático. He ahí un hombre que entiende que todas las estatuas póstumas del mundo (y en la Filipinas actual Rizal tiene unas cuantas) no compensan por los años no vividos y los polvos no echados (supongo que Rizal, que era más romántico, hubiera utilizado otra imagen).
Nada de eso le valió. Su reputación de hombre librepensador y de filipino inteligente y culto y poco amigo de los frailes bastaron para asegurarle la condena a muerte. Para echar aún más sal en la herida, le procesaron el día siguiente a la Navidad de 1896 y le fusilaron en Manila el penúltimo día del año.

¿Cómo convertir un hombre tan contradictorio y antiheroico en héroe nacional filipino? Tenía evidentes dotes naturales, había muerto joven y en su tragedia final había algo del injusto martirio de Jesucristo que resultaba muy atractivo al católico pueblo filipino. Pero aun así, no parecen suficientes elementos para elevar a un hombre a la categoría de mito nacional. Es aquí donde entran en juego los norteamericanos.

El levantamiento filipino sofocado en 1896 resurgió en 1898 al hilo de la guerra hispano-norteamericana. Los filipinos creyeron inocentemente en las buenas palabras norteamericanas y asumieron que Estados Unidos les estaba ayudando contra España para que alcanzaran la independencia. En sus contactos con los líderes insurrectos filipinos, los norteamericanos jugaron continuamente a la ambigüedad y siempre se resistieron a asumir ningún compromiso escrito con la independencia de Filipinas.

Derrotados los españoles, los malentendidos aumentaron o más bien se disiparon: pronto no quedó duda de que los norteamericanos habían venido para quedarse. Siguió una dura guerra, que en algunos lugares del archipiélago duró hasta 1910, en la que puede que murieran unos 400.000 filipinos.

La guerra, poco aireada por la historiografía anglosajona, por motivos evidentes, produjo algunos héroes de talla: el Presidente de la efímera República de Malolos, el General Emilio Aguinaldo, con su figura de derrotado trágico; el General Antonio Luna, un fino estratega, cuyo desastre fue ser la Casandra filipina: ninguno de sus sabios consejos fue escuchado; Apolinario Mabini, intelectual, idealista e intransigente a la manera de los revolucionarios franceses de 1789; Gregorio del Pilar más caballero romántico que verdadero estratega, que sacrificó su vida para que Aguinaldo pudiera ganar tiempo en su retirada a ninguna parte. Cualquiera de ellos hubiera representado el papel de héroe nacional mejor que Rizal. Pero Rizal tenía varias bazas a su favor: se había enemistado con los anteriores ocupantes españoles y con su vida ofrecía más la imagen de un resistente pacífico a lo Ghandi que la de un revolucionario violento a lo Ho Chi-Minh. Y luego la baza más importante de todas: estaba muerto (3).


Notas de JdJ:

(1) Noli me tangere es latín y quiere decir «No me toques».
(2) Estirpe a la que también pertenecía el general Franco.
(3) Aún queda otra baza: la enorme capacidad de los Estados Unidos para construir mitos. Especialmente a finales del siglo XIX y principios del XX, que fueron la etapa dorada de la prensa manipuladora que tan excelentemente retrató Orson Welles en Citizen Kane. De hecho, Welles se inspiró para su personaje en el viejo William Randolph Hearst, fundador de una dinastía de dueños de medios de comunicación. De Mr. Hearst se cuenta la anécdota, más que probable, según la cual envió a un corresponsal a informar de la guerra de Cuba, en un momento en que dicha guerra todavía no había estallado. El periodista le envió un telegrama que más o menos decía: «Llegado a Habana STOP No guerra aquí STOP Puedo mandar poemas.» Hearst le contestó: «Usted mande poemas que yo pondré guerra STOP».

Una no-sé-qué-nieta de Hearst, Patty Hearst, fue un famosísimo caso de síndrome de Estocolmo en los años setenta. Concretamente, en 1974 fue secuestrada por el Ejército Simbionés de Liberación [sic], un extraño grupo terrorista estadounidense que nunca llegó a tener ni quince miembros. Aunque el móvil del secuestro fue más que probablemente sacar pasta (un año antes, en 1973, había sido secuestrado el nieto del millonario John Paul Getty, o sea John Paul Getty III, véase más abajo), Patty Hearst acabó identificada con sus secuestradores y, para sorpresa del mundo, fue captada por la cámara de un banco como miembro de una partida de simbioneses que lo robaron a punta de recortada. Cuando fue «liberada», adujo que le habían lavado el cerebro.

En cuanto a Paul Getty III, es otro caso como para contar. Su abuelo, el millonario, era el tipo más cutre del universo. Se dice de él que en su mansión todos los teléfonos eran públicos, de moneda, para que así el servicio no pudiese llamar de gorra. Cuando su nieto fue secuestrado, los secuestradores le pidieron 17 millones de dólares, y el abuelo se negó a pagarlos. Cuando, meses después, le enviaron la oreja de su nieto... ¡se avino a negociar una rebaja! Finalmente, llegó a un acuerdo en dos millones de dólares, que pagó a unos secuestradores que nunca han sido encontrados.

lunes, octubre 16, 2006

El perro Paco

Corre el año 1879 en la Villa y Corte de Madrid. Tenéis que situaros un poco, porque de entonces a ahora la ciudad ha cambiado un poco. Sobre todo: no existía la Gran Vía, que se construiría unas cuantas décadas después y bajo cuya piqueta desaparecieron más de 2.000 viviendas (eso eran alcaldes y no los de ahora, que sólo levantan autopistas y creen que molestan). Entonces, la única calle de postín de esta ciudad donde nací era la calle Alcalá, pues la Castellana era un prado.

Por no existir, tampoco existía con el porte de hoy la calle Sevilla, que une en diagonal la carrera de San Jerónimo con la propia calle Alcalá. Esa calle era sólo un callejón estrecho que la gente llamaba la calle Angosta de Peligros, para distinguirla de la calle Ancha de Peligros (entiéndase: de la Virgen de los Peligros, pero en Madrid le decimos Peligros sin más), que estaba justo enfrente, y allí sigue.

En la esquina entre Alcalá y Peligros, a unos pocos cientos de metros pues del Broadway castizo, o sea el teatro Apolo, que estaba junto a la iglesia de San José, en lo que hoy es el principio de la Gran Vía; en ese esquinazo, digo, estaba el café de más postín de Madrid: el Fornos.

Se llamaba así por la familia propietaria, la familia Fornos, y en 1879, en los tiempos que relato, acababa de mudarse a esa ubicación desde un callejón en lo que hoy es la calle Arlabán, y de montarse con todo lujo de detalles para mayor solaz del todo Madrid, con reloj de dos esferas, vajilla de plata y todo. De hecho, los dueños tuvieron que retirar las hermosas cucharillas de plata inicialmente colocadas en el ajuar, dado que llevárselas a casa se había convertido en el deporte nacional del madrileño burgués de la Restauración.

Sí que era completito el Fornos, pues tenía restaurante, con entrada independiente desde Alcalá, y unos reservados numerados en el entresuelo, para conspirar o debatir tranquilamente, cuando no pelar la pava, de los que se decía que no cerraban en toda la noche. En uno de esos reservados se levantó la tapa de los sesos, en 1905, Manuel Fornos, el dueño del local, comenzando con ello un declive del local que acabaría con el tradicional establecimiento.

En fin. Ya hemos dicho que es 1879. Debéis fijaros en un tipo entrado en años, bien vestido con su levita y probablemente sombrero de copa, que camina por la calle, de cachondeo, rodeado de varios amigos tan proclives a las calaveradas como él mismo. Este hombre es don Gonzalo de Saavedra y Cueto, marqués de Bogaraya, grande de España, hombre muy querido en la corte (borbónico hasta las cachas) y persona de futuro político, pues algunos años más tarde será alcalde de Madrid. Ese día, el señor marqués va, como sus amigos, algo achispado, con ganas de marcha, diríamos hoy.

Por el camino hacia el Fornos, donde han decidido cenar, los alegres señores se encuentran con un perro. Uno de tantos que hay entonces vagabundeando por Madrid. Perro, según las crónicas, de raza indefinida, tamaño tirando a pequeño y pelo negro. Es probable, aunque no lo sabemos, que el can, oliendo su destino, se acerque a las perneras del señor marqués y se frote contra ellas, para caerle simpático. El caso es que lo consigue.

Esa tarde de 1879 se encuentran un aristócrata borbónico y un perro vagabundo, que duerme en las cocheras que, en la calle Fuencarral, tiene el tranvía que, tirado por mulas, une la calle Alcalá con la glorieta de Cuatro Caminos.

Esa tarde nace el mito del perro Paco.

La coña que se inventan Bogaraya y los suyos es dar de comer al perro. Bueno, más que darle de comer, invitarle a cenar. Ni cortos ni perezosos, lo llevan al Fornos, le arriman una silla, lo suben a la dicha silla y, una vez allí, tratándolo como a un comensal más, piden para él un plato de carne asada, que el perro engulle lentamente. Terminado el ágape, el señor marqués pide una botella de champán y, derramando gotas sobre la cabeza del estoico perro, lo bautiza: Paco.

En ese Madrid que no es entonces más grande que algunos barrios menores del de hoy, la historia se conoce pronto. Tanto que, para cualquier parroquiano del Fornos que se precie, casi para cualquier madrileño, invitar a Paco se acaba convirtiendo en una especie de obligación. Cada noche, el perro, que es perro pero no tonto, se acerca por Fornos. Pasa y le dejan pasar como a un parroquiano más y siempre hay alguno que encarga al camarero el consabido plato de carne. Al perro se le sirve en una mesa, como a cualquiera y, tal y como ha aprendido, se sienta en la silla, y come. Y, cuando termina, simplemente espera a que su mecenas de esa noche se retire a su casa.

Según cuenta Natalio Rivas, que entonces era un joven político y que asevera haber visto todo lo referido personalmente, nada más hacer el invitador gesto de marcharse, Paco le acompañaba. Caminaba despacito, junto a su dueño de esos minutos, hasta la mismísima puerta de su casa. Nunca aceptó las muchísimas invitaciones de entrar en la casa y dormir caliente esa noche. De hecho, quienes lo intentaron refirieron que, al segundo o tercer intento de tirar del perro hacia dentro, Paco comenzaba a gruñir y a ponerse nervioso. Porque Paco era un bohemio. Un auténtico bohemio. Si hubiera tenido pistola y dedos, habría muerto de un tiro, seguro. Necesitaba volver cada noche a las cocheras del tranvía y rascar el portalón con la pata hasta que el guardés le abriese. Aquél era su hogar.

Lo realmente increíble de Paco es que de la costumbre de ser admitido como un parroquiano más en el Fornos se pasó a admitirlo en los espectáculos públicos. Paco iba, en efecto, al teatro Apolo. Le dejaban entrar. Si había butaca libre, en ella se sentaba. Si estaba el teatro lleno, siempre había dos espectadores que apretaban los culos para dejarle sitio. Y allí se quedaba, viendo la representación, hasta que terminaba. Una vez acabada, hala, a Fornos. A cenar de gorra.

Lo que más le gustaba a Paco eran los toros. En aquel entonces, la plaza de toros de Madrid estaba entre las calles Goya y Jorge Juan (y ésa es la razón de que sea tradición de los toreros vestirse en el Hotel Wellington, en la calle Velázquez, a un tiro de piedra de aquella ubicación). Los días de lidia, los madrileños subían a los toros calle Alcalá arriba. Y Paco subía como uno más. Ocupaba localidad como cualquiera y asistía al espectáculo de la cruz a la raya. Al terminar las faenas, muerto el toro, gustaba de saltar a la arena y hacer unas cabriolas, para regresar a su localidad con los clarines que anunciaban el siguiente toro. A la gente eso le gustaba. Salvo a los puristas. Mariano de Cavia, por ejemplo, escribió crónicas poniendo al perro a parir por esos espectáculos, que consideraba indecorosos con la lidia.

De hecho, podría decirse que fue la excesiva afición a los toros la que le costó la vida al pobre Paco. La tarde del 21 junio de 1882, un novillero lidiaba, malamente, a uno de los toros que le había tocado en suerte. En el momento de la suerte suprema, nadie sabe por qué (habría que saber de sicología perruna), Paco saltó a la arena. Comenzó a hacer cabriolas, como reprochándole al lidiador su escasa pericia. Éste, temiendo tropezarse con el can, y para sacárselo de encima, le dio un estoconazo.

Fue el acabóse.

A duras penas sobrevivió el lidiador a las iras del pueblo de Madrid, que quería lincharlo. ¡Había herido a Paco! Finalmente, el empresario teatral Felipe Ducazcal, hombre muy querido en Madrid, consiguió apaciguar a las masas, y llevarse a Paco para que lo cuidasen. Mas nuestro can nunca se recuperó y murió poco después. Tras una etapa sin pena ni gloria disecado en una taberna de Madrid, fue enterrado en el Retiro.

Como nunca llegó a reunirse dinero para hacerle una estatua, no sabemos bien ni cómo era, ni dónde está enterrado. Pero Paco es, desde luego, un extraño, conmovedor caso de sicología colectiva. Todo un pueblo, el de Madrid, se aplicó a quererlo, a alimentarlo, a respetarlo. Lo que empezó como una cachondada terminó siendo un fenómeno de masas, pues incluso hubo avispados comerciantes que lanzaron productos «Perro Paco».

Paco, sin embargo, fue siempre fiel a sí mismo. Podía dormir donde quisiera. Incluso se dice que fue presentado a la familia real. Pero él prefería su cochera fría, sus paseos nocturnos (del Fornos a Fuencarral no hay mucho, pero es un tirito perruno), y ser amo de todos, propiedad de nadie. Desde que leí, por primera vez, la historia de Paco, me dio por pensar que el primer hippie que hubo en Madrid fue este perro negro.

Paco era un ciudadano del mundo, un ciudadano con derechos, y aquel pueblo de Madrid una recua de cachondos mentales que, a lo tonto a lo tonto, se adelantó en siglo y medio a esas iniciativas que vemos ahora, que quieren darle derechos a los simios. ¡Anda que no queda tiempo hasta que le permitan a un orangután asistir a la sesión de tarde de Hoy no me puedo levantar!

Nos queda la duda de quiénes eran su cupletista y su matador de toros preferidos.