miércoles, marzo 21, 2012

Vita Mariae

Si la existencia histórica de Jesucristo es cosa dudosa, obviamente lo es también la de su madre. Especialmente si nos referimos al paquete cristiano completo, esto es asumir, no sólo que Jesucristo nació de hombre de una madre, sino que lo hizo en las condiciones que nos dice la tradición evangélica. La inmaculada concepción, mito tardío del cristianismo (no será hasta bien entrada la Edad Media que se celebre en España, por ejemplo), es uno de esos típicos hechos binarios, tan fácil de ser creído por unos como imposible por los otros.

La Virgen María ha cumplido una función fundamental dentro de la liturgia católica en los últimos mil años. El culto mariano conecta con otras muchas tradiciones del hombre precristiano y, con el desarrollo de la cristiandad, tanto en occidente como en oriente, tomó una fuerza inusitada debida a su gran capacidad de captar adeptos entre los fieles, enormemente sensibles al culto a las divinidades nutricias y vinculadas a la concepción, que han sido adoradas por el hombre desde hace miles de años.

En zonas del Tibet, de Japón e incluso de la India hay una deidad conocida como Fo, que es un salvador de los hombres que se encarna en el seno de una joven a punto de celebrar los esponsales con un rey. En China se adoraba en los años antiguos a una diosa, Shing Mou, que se quedaba embarazada con sólo tocar las flores de los ríos (por no mencionar a la madre de Confucio, que se quedó preñada de él tras contemplar una estrella en el cielo; o Lao-Tsé, a quien la tradición quiere hijo de una virgen hermosa de piel morena). El dios-rey de Siam Sommonokhodom nació de una virgen, inseminada por los rayos del sol. Virgen y madre es Isis, la diosa egipcia; como hijo de virgen es Krishna, a cuyo nacimiento acuden a adorarle ángeles y pastores. Dogdo, deidad babilónica, ve en sueños a Aura-Mazda, quien coloca a sus pies ricos vestidos, antes de que un rayo de sol le ilumine la cara y ella quede preñada de Zoroastro.

El culto de María se hunde, pues, en las profundidades del diario de la Humanidad, y es además coherente con la religiosidad humana ante la que actuó el cristianismo (y a la que se adaptó), basada en la creencia en grandes dioses, que luego, sin embargo, dejaban espacio para el culto local a otras deidades menores, que eran, realmente, aquéllas a cuya adoración se entregaban los hombres y las mujeres de tal o cual localización. Es por ello que el culto de la Madre de Dios se despliegue con tanta facilidad en centenares, si no miles, de Marías con apellido, las más de las veces concitadoras de una fe mucho más intensa de la que merece Dios mismo.

Dicho lo dicho, tal vez sería lógico callar, teniendo en cuenta que quien esto escribe cree, más bien, que la figura mariana es una transmigración de cultos ya existentes; una más de las piezas de esa estrategia exitosa llevada a cabo por los primeros padres de la Iglesia, constructores de una fe que se parecía tanto a la que ya existía, que abrazarla evitaba todo conflicto. Sin embargo, cabe la posibilidad, y yo de hecho tengo muchos amigos cuya inteligencia respeto y la creen; cabe la posibilidad, digo, de que el relato, o bien sea plenamente cierto, o lo sea parcialmente. Y haya, en tal sentido, existido una María, una Marian, o Miriam, que fuese madre de un profeta, o de un hombre con voluntad divina (digámoslo en viejos términos nestorianos), o del Hijo de Dios. Quién sabe.

Pero, si María existió, ¿cómo existió? Por empezar por el principio, que lógicamente es el nacimiento, lo que nos dice la tradición es algo muy normal, casi chabacano. Lo que sabemos de María es que es hija tardía de un matrimonio que había, cuando su madre, Ana, se embarazó de ella, perdido prácticamente toda esperanza de tener descendencia. Como digo, es lo que nos dice la tradición y no tiene nada de extraño, aunque sí lo es el siguiente paso: confiarla a la custodia del templo de Jerusalén.

Verdaderamente, es un paso que no tiene mucho sentido. Dos padres que han estado esperando años por el nacimiento de su hija, ¿de repente renuncian a ella y la entregan al templo para una enseñanza de claro corte religioso? Pudo influir en esta decisión, evidentemente, la religiosidad de ambos padres (que son santos para la Iglesia; aunque esto no es sino una condición casi obligada para prolongar la pureza de la Madre de Dios incluso más allá de su propia concepción), aunque también otras cosas más, digamos, prosaicas. La tradición nos dice que los padres de María, pequeños propietarios de unas tierras, las cultivaban lejos de Jerusalén, pero sólo durante relativamente poco tiempo, porque cuando María es apenas una niña (su padre morirá cuando ella tenga algo más de diez años y lo que ahora relatamos, por fuerza, tuvo que pasar antes), los vemos a ambos jubilados de su labor campestre y tomando una pequeña casa en la propia capital hebrea. De donde cabe colegir que el matrimonio tuvo a su hija en un momento en el que el padre estaba ya empezando a no ser capaz de llevar las labores agrícolas diarias, como de hecho dejó de hacer pocos años después; así pues, el nacimiento de una niña tan tardía, quizá, no fuese lo que esperaban. Un hijo habría sido de mayor ayuda, y tal vez por eso, porque una niña no venía a colaborar con las labores del campo ni a garantizar el futuro de la hacienda, fue por lo que su destino fue la escuela del templo.

Siendo éste el destino de la hija de Joaquín y Ana, era lógica que fuese presentada y ofrecida en el templo. Si la ceremonia no se apartó del ritual que entonces se realizaba (y no tenía por qué apartarse; o más, habría tenido que tener una muy buena razón para hacerlo), tuvo que celebrarse en presencia de toda la parentela de los padres (como en una boda de hoy en día). Todo este cortejo atravesaría el patio exterior del templo, a partir del cual los extranjeros ya no podían seguir, hasta el llamado chel; un espacio de unos diez codos que separaba el patio de los gentiles del de las mujeres. Aquéllos del cortejo que fuesen fariseos extenderían entonces sus tephilim, pedazos de pergamino que reproducían cuatro sentencias de las Escrituras, y cubrirían sus cabezas con su taled de lino blanco, adornado de púrpura y color de Jacinto, un tejido cuadrado no muy grande que los judíos llevaban para orar y con el que, en aquel entonces, se cubrían la frente o se anudaban el cuello, cual sanfermineros.

Siendo María una niña, la celebración tuvo que celebrarse en el llamado patio de las mujeres, el segundo atrio de la construcción, pues era el último punto que las féminas podían sobrepasar. La espiritualidad hebrea terminaba para las mujeres en la denominada Puerta de Nicanor.

En las últimas gradas, esperarían al padre los doctores y levitas que habrían de recibir a la niña, tocados con mitras redondeadas de lino, con túnicas también blancas y también de lino ceñidas con un cinturón dorado: el traje sacerdotal que sólo se usaba en el interior del templo. Uno de ellos se adelantaría y, tras echar por encima de su hombro izquierdo los cordones púrpura y azul pastel (Jacinto) colgantes de su cinturón, tomaría el cordero traído por el padre y, volviendo la cabeza de éste hacia el norte, le hundiría el cuchillo en la garganta.

Carnicero experto, el sacrificador extrae con habilidad las vísceras, la cola del animal y todas las partes grasas, y las coloca en un gran plato de oro, no sin que otros sacerdotes las hayan lavado concienzudamente antes; las ceremonias de este tipo demandaban la presencia de hasta 18 sacerdotes con diversos cometidos. El sacrificador, una vez lleno el plato de oro, despliega sobre los trozos incienso y sal, sube al altar del holocausto y, una vez allí, hace libaciones de vino y de sangre. Luego encendía la pira arrojando aceite sobre carbón caliente (nunca, pues, usando mechas, como hacen hoy multitud de humanos en sus barbacoas dominicales), echaba al fuego, usando una copa de oro, un poco de harina mezclada con aceite, además de leños venidos expresamente de los bosques del país de Sichem (en la actual Nablús), previamente desprovistos hasta de la última mácula de corteza por otros sacerdotes; y, finalmente, colocaba sobre las brasas los tajos corderiles.

El pecho del cordero y su espaldar derecho era el pago que se quedaban los sacerdotes sacrificadores por su curro. El resto era entregado al padre, que lo repartía entre sus parientes. Finalmente, el padre acudiría frente a los sacerdotes con la niña, y pronunciará palabras parecidas a éstas: “vengo a ofreceros el presente que Dios me ha hecho”.

En el templo, María se unió al grupo de vírgenes allí situadas. Como ya hemos comentado en otros artículos de este blog, la impureza intrínseca de la mujer, fruto más que probable de un hecho físico (la menstruación) y otro moral (la turbación que es capaz de generar en el hombre, hasta el punto de, como Eva, turbar su raciocinio), es una constante de la espiritualidad organizada humana. Ni los cristianos, ni siquiera sus predecesores los hebreos, la inventaron; mucho menos los musulmanes, que son posteriores a todos ellos y, en buena medida, producto de ellos también. La vieja religión hebrea, en todo caso, era extraordinariamente pejiguera con el asunto de la pureza, como lo son aun hoy buena parte de los judíos, especialmente los más ortodoxos.

Sin embargo, es un error considerar que la virginidad ocupase un punto especialmente importante entre los hebreos. Ciertamente, la religión hebrea conectaba la virginidad con un estado de mayor pureza por parte de la mujer (la mujer virgen sigue menstruando; pero al menos no va por ahí tratando de atraer al hombre), pero, más allá de la pubertad, consideraba el dicho estado básicamente contrario a la ley mosaica; lo cual es lógico si tenemos en cuenta que buena parte de la ley mosaica data de una época en la que si el pueblo hebreo pudo hacer su destino en Egipto, fue en primer lugar por su notable capacidad de reproducción. Para la religión hebrea, por lo tanto, la procreación era, más que una obligación, una consecuencia lógica de la pubertad; y la esterilidad aparecía como un grande castigo divino.

Los hebreos, que conquistaban otros pueblos a sangre y fuego como cualquiera en su época, respetaban sin embargo a las vírgenes. E incluso algunas de sus normas, que prohibían a ciertas personas asistir a funerales incluso de personas a las que querían mucho, permitían dicha asistencia si la fallecida lo había hecho virgen. Las mujeres jóvenes que se juntan con Marian, la hermana de Moisés, para celebrar con cantos y bailes el paso del Mar Rojo, son vírgenes; lo cual nos viene a decir que, ya en aquellos tiempos, la organización de cofradías de jóvenes con precinto era ya común entre los hebreos; es, pues, incluso anterior al desarrollo de la complicada liturgia que tuvo como centro el templo de Jerusalén. El Éxodo, además, nos pinta a un grupo de mujeres cuya función es velar y orar a la puerta del tabernáculo donde se guarda el Arca de la Alianza; escena que ha hecho pensar a muchos intérpretes bíblicos que se trata de vírgenes especialmente encomendadas al servicio religioso. Si hemos de creer a exégetas antiguos como Gregorio Niceno, las vírgenes tenían un lugar especial, destacado, dentro del peristilo en el cual las mujeres seguían las celebraciones de la sinagoga.

El voto de entrega de la virgen al templo, además, era redimible. Los padres de una hija entregada al templo la podían recuperar tras el pago de una suma (que la ley mosaica establecía en 50 siclos). Los propios hijos entregados al templo podían enervar el pago si sus padres no querían hacerlo. Como puede verse, al revés de lo que ocurrirá siglos después, con el desarrollo del catolicismo, el sacerdocio hebreo es muy puntilloso a la hora de prevenir la adhesión al mismo, por la fuerza o el interés, de elementos en realidad no muy interesados en él.

Esta relativa liberalidad, sin embargo, se fue perdiendo con los siglos, tras el regreso del pueblo judío a su tierra prometida, probablemente por influencia de otras religiones mucho más machistas que estaban en contacto con ellos (como los persas). Así, cuando Heliodoro el Sirio entró en Jerusalén a llevarse todos los euros del templo (tal y como nos cuenta Macabeos, II, capítulo 3), las tradiciones hebreas nos describen, como cosa extraña, a las vírgenes del templo corriendo acojonadas a demandar la protección del rabino Onías; signo de que, probablemente, para entonces tenían ya una existencia más claustral que en el pasado (motivo por el cual fue extraordinario verlas por la calle).

De la estancia de María en aquella escuela templaria han dicho los propagandistas cristianos muchas bobadas. En verdad, las hagiografías de María y de su hijo son muy aficionadas a describir prodigios mil realizados por ellos durante su infancia. En algunos de los evangelios apócrifos, por ejemplo, Jesús es como una especie de Harry Potter con mala leche, que convierte en animales a niños que se meten con él, para luego restituir el mal a demandas de su padre. Con las mismas, devotos cristianos como Andrés Cretense o Jorge de Nicomedia sostuvieron en su día que la santidad de María en su infancia era tal que los rabinos la dejaban entrar como Pedro por su casa por el sancta sanctorum del templo. O sea: un lugar que sólo era hollado por una persona, el Gran Rabino, una sola vez al año, después de complejísimos ayunos y preparativos; y en el que sólo permanecía unos minutos, mientras los judíos sollozaban en el patio exterior, temerosos de que muriese al contemplar el rostro de Dios (algo que, según la tradición hebrea, nadie puede hacer sin espicharla). En fin, la afirmación de que María dispusiese de una tarjeta Travel Club para entrar allí cuando quisiera no merece el más mínimo comentario por parte de cualquiera que se limite a saber que Jerusalén no es la capital de Nueva Zelanda.

En el templo, María aprendió sobre todo labores domésticas. No se olvide que para los hebreos, la virgen no lo era para toda la vida; se la preparaba para su vida futura como madre y esposa. Llevaba, nos dice la tradición, un vestido color jacinto con una túnica blanca, cinturón modesto con los inevitables cordones, más un velo. La cosa, en todo caso, podía tener sus variantes. Las monjas anunciatas de Génova vestían, en el siglo XVII, un traje blanco por debajo y azul celeste por encima, con zapatos de cuero azul; y su regla decía expresamente que el hábito quería recordar el vestido de la Virgen. Por su parte, viajeros europeos decimonónicos del Medio Oriente, como Lamartine, dejaron escrito que las mujeres de Nazareth se vestían con túnicas azul celeste con un cinturón blanco cuyos cordones llegaban al suelo, todo ello cubierto con una túnica blanca. Sea como sea, parece que el color preferido de María, o tal vez de quienes regían su vestuario, era el azul.

Obviamente, su día a día comenzaría con las abluciones, para después encaminarse a la tribuna, donde repetiría las dieciocho oraciones de Esdras.

La parte más solemne de las oraciones judías era (ignoro si todavía lo es, aunque supongo que sí) la denominada Shemoné-Eshre (o así), que creo que quiere decir 18 súplicas, pretendidamente establecidas por Esdras. Poco antes de la destrucción del templo serían 19, tras la introducción de una súplica contra los cristianos por parte del rabino Gamaliel. En tiempos de María, todos los judíos en edad de razonar estaban obligados a ofrecer estas dieciocho súplicas a Dios en la mañana, al mediodía y por la noche.

A las dieciocho súplicas seguiría el Kaddish, una oración que pedía la llegada del Mesías y probablemente desarrollada también en los tiempos de Esdras (de hecho, se rezaba en caldeo, signo de su origen babilónico, donde Esdras fue rabino), para terminar con el salmo que aquellos judíos atribuían a los profetas Ageo y Zacarías, y que es, o a mí me lo parece, un claro precedente de ese famoso El señor es mi Pastor, nada me falta que se lee hoy en las iglesias. Más allá, se leía la Schema (conjunto de citas de Deuteronomio y Números que conforman una profesión de fe), y el sacerdote bendecía. Y hasta la tarde, que la cosa volvería a empezar.

¿Cómo sería María? Si hemos de creer al santo Epifanio, citado por Nicéforas, quien se habría documentado con tradiciones existentes en el siglo IV, era de una talla algo mayor que mediana, esto es ligeramente más alta que la media de su tiempo, morena de tez y rubia de pelo, pupilas color aceituna y nariz aguileña. No podía ser muy rellenita de ser cierto lo contado por Ambrosio, según el cual ayunaba muy a menudo; y conviene que tengamos en cuenta que el ayuno de los viejos hebreos no tiene nada que ver con el de los cristianos (y sí mucho con los musulmanes), pues era sentencia habitualmente seguida por el pueblo judío que un ayuno sobre el que no se pusiese el sol no podía considerarse tal.

Como ya hemos contado, la tradición nos dice que los padres de María se trasladaron a Jerusalén más o menos cuando ella tenía siete u ocho años de residencia en el templo, que supongo serían unos diez a doce. Al cumplir los nueve de enseñanza, esto es más o menos con trece, falleció su padre. Al instante, siguiendo las costumbres de los judíos, las mujeres comenzaron a llorar en grandes aspavientos mientras se mesaban los cabellos, y los hombres se cubrieron la cabeza con ceniza y se rasgaron las vestiduras (costumbre de donde viene la expresión tan común entre nosotros que dice: “esto no es como para rasgarse las vestiduras”), además de abrir de par en par las ventanas de la casa. ¿Por qué? Pues porque la presencia de un cadáver convierte a los seres humanos vivos en impuros y para los hebreos, cuya religión estaba obsesionada con la pureza, abrir las ventanas era la única manera de impedir que las almas de los vivos en vigilia se emponzoñasen.

Al día siguiente se verificaría el entierro, con una comitiva de plañideras y flautistas y los parientes llevando el cadáver a hombros hasta alguna pequeña cueva, donde lo dejarían antes de sellarla con una buena piedra; no sin antes colocar sobre la frente del muerto un pequeño saco de tierra y clavar el ataúd. Las exequias terminarían después de que los asistentes arrancasen por tres veces un puñado de yerba del campo y, tras arrojarlo hacia su espalda, salmodiasen: “florecerán como la yerba de los campos”. Luego, por supuesto, María guardaría luto por su padre, vistiendo, según era la costumbre, un camelote (tela de pelo de cabra) basto y estrecho, que recibía el nombre de cilicio, cabeza y pies destocados, escondiendo el rostro en un pliegue del vestido, sentada, junto a su madre, durante siete días de ayuno y silencio rigurosos. Pasados esos siete días, y durante once meses, María habría de ayunar todos los días de la semana coincidentes con aquél en el que murió su padre.

El viejo luto tradicional judío era realmente muy duro, especialmente para personas de edad avanzada. Como Ana, la madre de María, seguramente anciana ya en aquel momento y que, fuese por los rigores del luto, por la tristeza, la vejez o todo ello, falleció, nos dice la tradición, casi inmediatamente después de su marido.

La orfandad de María habría de generar el problema de su tutoría, que fue automáticamente asumida por los sacerdotes del templo; y, consecuentemente, su casamiento. Con trece o catorce años, la estudiante del templo estaba ya en edad de casarse, y los sacerdotes lo sabían. Y aquí es donde las Escrituras, forzadas por el dogma de la inmaculada concepción, hacen un arabesco complejo, por el cual dichos sacerdotes aceptan la decisión de María de permanecer virgen toda la vida, incluso mediando un matrimonio; e, incluso, acaban encontrando un hombre, José, que se aviene a dicho pacto.

Ambas cosas, sobre todo la primera, son bastante difíciles de creer. Ya hemos dicho que la sociedad judía valoraba la virginidad femenina como un paso de pureza religiosa hasta la edad de casarse, pero ni un minuto más. La moral hebrea presuponía que el destino de toda mujer núbil era casarse y tener hijos; no apreciaba virtud en la conservación del himen intacto, y es por ello que el culto de la Virgen es, en la Historia del cristianismo, cosa de gentiles; pues a los judíos convertidos, llegados al cristianismo desde el mesianismo mosaico, les era un culto extraño. La moral judía se regía por la sentencia sin ambages que cita Orígenes en sus escritos: “el que no deje descendencia, en Israel será maldito”. Tampoco parece lógico esperar que los ancianos rabinos fuesen a apreciar el albedrío de una niña huérfana de trece o catorce años como algo que se tuviese que respetar; eran tiempos, y siguieron siéndolo después, en los que a la mujer, por el hecho de serlo, se le suponía la minoridad mental.

Autores de los tiempos de la patrística como Gregorio Niceno, que además se dice inspirado por fuentes aun más antiguas, refieren sin ambages las fuertes resistencias de María a la idea rabínica de su matrimonio. No es de extrañar que, como insinúa el Niceno, los rabinos se sintiesen incluso encabronados ante la propuesta de la niña. Hacer voto de castidad de por vida equivalía a extinguir el nombre del padre; y eso, en un pueblo como el hebreo, muchos de cuyos miembros aun hoy, dos mil años después, guardan con orgullo el dato de su pertenencia a alguna de las tribus de Israel, sería a sus ojos de una impiedad estratosférica.

Existía, además, otro impedimento fatal para la pretensión de la adolescente: las profecías mesiánicas. En efecto, en los tiempos contemporáneos de Cristo y de su madre, los judíos vivían en grande agitación en la espera de la llegada del Mesías, y la profecía decía que llegaría del linaje del rey David. María, si hemos de creer en la tradición, pertenecía al tronco de Jesé y, por lo tanto, era descendiente de David. A los ojos de los judíos, no se podía permitir el lujo de no procrear, no fuese que, por hacerlo, dejase de parir al Mesías.

Finalmente, y por mucho que porfió la niña, se convocó una asamblea de parientes (hombres), todos ellos del linaje de David y de la tribu de Judá. La ley judía prescribía que el matrimonio debía de producirse con personas de tal tronco, para que así la heredad que aportaba María permaneciese en poder de la tribu. Esto es: los viejos judíos eran libres de casarse con quien quisieran, siempre y cuando esa boda conservase el patrimonio en el seno del mismo tronco tribal. La tradición nos dice que, por encima de jóvenes aguerridos y fuertes, y miembros de la tribu forrados de pasta, María eligió a un humilde carpintero, José, quien, además, se avendría a realizar el voto de castidad que ella pedía.

Éste es el relato, digamos, oficial. Pero ya he dicho que dicho relato está diseñado claramente para cuadrar con los objetivos finales de sí mismo. Visto lo visto, es decir que María tendría que casarse sí o sí, a pesar del rechazo, si no repugnancia, que le provocaba el tránsito carnal con el hombre, tengo yo por posible que urdiese un sencillo Plan B: casarse con un viejo.

La edad del carpintero de Nazareth es cosa que no está demasiado clara. Algunos autores, como Epifanio, le atribuyen la increíble edad de 80 años el día de su matrimonio. Pero es ésta una suposición que se da de leches con la ley judía, que reputaba escandalosos y prohibidos los matrimonios con fuertes diferencias de edad. José tenía que ser mayor, pero no tan mayor; las apuestas de los primeros exégetas se inclinaban, sobre todo, por una edad en torno a los 50 años, que ya es talludita para el tiempo.

José era soltero, o viudo. Sinceramente, yo me inclino por lo segundo. Si una mujer que quisiese permanecer virgen aparecía como una impiedad a los ojos de los hebreos, por las mismas razones se lo parecería un hombre canoso nunca casado; menos aún voluntariamente virgen, como afirman muchos padres de la Iglesia (Pedro Damiano, sin ir más lejos). De hecho, Epifanio, de nuevo, asevera que era viudo, y que de su anterior matrimonio habría tenido cuatro varones y dos mujeres (lo que convertiría la carpintería de Nazareth en algo así como la tribu de los Brady). Hipólito de Tebas informa incluso de que su primera mujer se llamó Salomé. Orígenes, Eusebio o Ambrosio son ejemplos de otros exégetas que creyeron en la viudedad de este hombre que, por su condición de padre putativo (dos pes) hizo nacer el coloquial Pepe para referirse a los Josés. El santo Jerónimo, sin embargo, escribe, categórico: aliam uxorem eum habuisse non scribitur. Nunca se ha escrito que (José) tuviese otra mujer. Pero el obispo de Hipona, tan seguro para según qué cosas, deja la polémica en un sí es no es.

Mi idea personal es que lo más probable es que, si toda esta historia ocurrió, lo que pasó fue que la joven María maniobró para casarse con un hombre mayor, juzgando que ello le permitiría guardar los votos con los que se habría prometido, si no en un 100%, sí cerca de la totalidad. Sólo así se entiende que rechazara a pretendientes más jóvenes y prósperos, alguno de los cuales, incluso, pretende la tradición se volvieron medio tolilis con la negativa (así, el joven Agabus, quien, despechado por la joven, montaría en cólera y se retiraría a las afueras de Jerusalén, a vivir en cuevas con los discípulos del gran Elías y, con el tiempo, se haría ferviente cristiano).

Casarse con un carpintero era bajar en la escala social. Pero no tanto como hoy se pretende, ni como pretendieron los traductores de la Vulgata. El trabajo manual estaba lejos de ser un escalón bajero de la sociedad hebrea, la cual tenía en tal alta estima a los artesanos que incluso aconsejaba a los padres enseñar un arte manual a sus hijos, “a menos que queráis criar un ladrón que vague por las calles”.

La ceremonia del matrimonio recuerda lejanamente a las que hoy celebramos. José ofrecería una pequeña pieza de plata o, si tenía ahorros suficientes, un anillo de oro, mientras le decía a la novia “si consientes en ser mi esposa, acepta esta prenda”. El mero gesto de la mujer de tomar el ofrecimiento sellaba el matrimonio. Luego, los escribas redactaron el breve contrato al uso, por el cual el esposo se comprometía honrar y alimentar a su mujer; es posible que, tratándose de un carpintero más bien humilde, se limitase a consignar la dote mínima de la ley mosaica (50 escudos).

El texto del contrato sería algo como esto: En el año bla, el día bla del mes de bla, Fulano, hijo de Zutano, le ha dicho a Fulana, hija de Zutaneiro: sé mi esposa según la ley de Moisés y de Israel. Yo prometo honrarte y proveer a tu mantenimiento y a tus vestidos según la costumbre de los maridos hebreos que honran a sus mujeres y las mantienen como conviene. Yo doy, desde luego, blablábla escudos, y te prometo, además de los alimentos, los vestidos y todo lo que te será necesario, la amistad conyugal, cosa común a todos los pueblos del mundo. Fulana ha consentido en ser la esposa de Fulano, quien de su voluntad, para formar una viudedad conforme a sus propios bienes, añade a la suma anteriormente citada la de blablablá.

Tras el matrimonio propiamente dicho, se abrió un proceso de unos meses hasta la celebración de los esponsales o, si así lo preferimos, el himeneo y la convivencia; aunque, si hemos de creer a la tradición, entre José y María se pactó que sólo lo segundo se llevaría a cabo. Esta segunda celebración hubo de producirse, según la costumbre judía, en luna nueva. Una procesión de mujeres y esclavos, ricamente vestida y fácil de reconocer por la costumbre de teñir de rojo la punta de sus dedos va a la casa donde espera María, la esposa. En memoria de los viejos tiempos de la raza judía, ella lleva pendientes y brazaletes de oro, como también los llevó Rebeca. Todas las novias judías, en el momento de aquellos esponsales, aparecían rizadas en el peinado; una imposición rabínica, naciente del hecho de que, según la tradición hebrea, Dios había ordenado en bucles el pelo de Eva antes de entregársela a Adán. Tratándose de una boda sencilla y humilde, la novia llevaría una corona de mirto. Las hebreas pudientes consumaban su matrimonio tocadas con una corona almenada de oro, similar a la que puede ver cualquier madrileño que se acerque por la plaza de Cibeles. El emperador Tito, de paso se metía los bulldozer en el templo de Jesusalén, la prohibió por ostentosa.

La novia sale de la que hasta entonces ha sido su casa bajo un palio que portan cuatro hombres; los judíos ya se casaban así durante su cautiverio en Egipto. El esposo la espera con una corona que, al parecer, se hacía de sal y azufre. Al llegar a la casa, esposo y esposa se sientan en el suelo bajo el palio, y José le pone el anillo en el dedo a ella y, acto seguido, en símbolo de posesión, se quita la tela que le cubre la cabeza y cubre la envelada cabeza de quien ya es su mujer. Entonces, un amigo de la familia escancia una copa de vino, bebe y da a beber a los dos novios. Se arroja al aire puñados de trigo (no arroz), símbolo de abundancia y, como en las ceremonias judías de hoy en día, un niño rompe la copa del vino. Al final de esta ceremonia se seguían, en los tiempos antiguos, siete días de fiesta. Por eso, no hemos de extrañarse que, años después, al anfitrión del hijo de aquel matrimonio se le acabase el vino.

Luego llegó la Anunciación; esto es, el punto en el que, decididamente, el relato de la vida de María de Nazareth se convierte en un relato simbólico, cada vez menos enraizado en las tradiciones verdaderas de su siglo y de su pueblo, de la mano de los reformadores cristianos que decidieron construir una creencia para los gentiles. Pero hasta este punto, lo que nos dice la Biblia es perfectamente creíble, entre otras cosas porque no nos describe nada que se aparte demasiado de, literalmente, lo que había.

O pudo haber.


Pour en savoir plus: La principal razón de que no cite bibliografía es que mi bibliofilia hace que, habitualmente, no pocas de mis fuentes de información sean difíciles de encontrar. Los primeros padres de la Iglesia y exégetas están citados en el texto, y en las bibliotecas cristianas suelen encontrarse reediciones y traducciones de sus textos. Asimismo, yo recomendaría las obras de Juan de Módena sobre las costumbres de los judíos, si es que el lector logra encontrarlas. Extraordinariamente recomendable es la denominada Biblioteque Oriental de Barthélemy d'Herbelot, que dudo esté editada en español aunque, al parecer, se pueden encontrar tomos en francés (yo lo encontré, de hecho; y a buen precio). Obligado es citar a Flavio Josefo, profusamente editado en libros modernos

lunes, marzo 19, 2012

El verdadero mosqueperro


Corría en siglo XV en Francia. Un tal Paulon de Montesquiou se casó con una mujer llamada Jaquemette d’Artagnan, por ser de esa comarca situada en Bigorre. Jacquecita, a su muerte, legó sus tierras a su marido, quien se convirtió, por ello, en señor de Montesquiou-d’Artagnan.

La familia siguió su curso hasta 1623, fecha aproximada, en la que debió nacer, en Béarn, más concretamente en un pueblo llamado Lupiac, Charles de Batz-Castelmore. Tuvo tres hermanos y tres hermanas y, con 17 años, decidió marcharse a París, con lo que se convirtió en lo que en aquella época se conocía como les cadets de Gascogne, o los chicos gascones. Casi todos estos cadets eran hijos de buena familia que, sin embargo, por las circunstancias de los muchos hijos que entonces tenían éstas, solían ser pobres y, por eso, iban a la capital a buscar fortuna. Según el historiador francés Charles Pasteur, en aquella época nuestro Charles era como “un gallo que desplegase sus primeros espolones”.

En aquel entonces, el cuerpo de los mosqueteros del reino estaba al mando de un gascón que tenía gran aprecio por estos jóvenes sin presente: el famoso señor de Tréville. Lo llama a integrarse en el cuerpo, y pronto comienza para Charles d’Artagnan esa vida que Alexandre Dumas describirá tan bien: juegos, pendencias, asuntos de faldas. Gentilhombre del cardenal Mazarino, tendrá la oportunidad de implicarse en los grandes asuntos políticos del momento, como los conflictos de la Fronda.

Según escribió a mediados del siglo pasado un descendiente directo de D’Artagnan, el diputado de la república Pierre de Montesquiou, duque de Montesquiou-Fezensac, el expurgado de los archivos familiares denota que no fue tan rocambolesca la vida real del mosquetero. En realidad, su vida fue muy intensa, pero desde el punto de vista político. Era el hombre de enlace de Mazarino para sus relaciones con muchos políticos de la época. También trabajó de emisario de confianza para la reina madre, y no le era desconocido al joven rey.

El 5 de marzo de 1659, Charles d’Artagnan se casó con una joven viuda, la dama Charlotte-Anne de Chanlecy, quien tras la muerte de su marido había heredado un río de pasta relativamente caudaloso. Es muy probable que el joven mosquetero la hubiese enamorado bien; pero alguien tenía que haber por ahí que no se fiaba del gascón, porque el contrato de matrimonio es un meticuloso documento jurídico cuyo constante objetivo es proteger el patrimonio de la esposa de las eventuales prodigalidades del marido.

La cosa era, verdaderamente, como para no fiarse. A base de quemar París noche sí, noche también, el marido se casó, en realidad, con más deudas que patrimonio. Era persona de ingresos modestos, aún a pesar de las gabelas del cardenal y los miembros de la familia real por servicios prestados; y, aun así, tenía una pasión desmedida por los uniformes, que tenía muy lujosos y en gran número; los caballos y las armas, cosas todas que necesitaba criados para poder cuidar. Era asimismo jugador y no tenía rubor, como de hecho hacían muchos hombres en su época, en aceptar dinero de sus amantes.

De hecho, tras tener casi inmediatamente dos hijos, el matrimonio se separa de facto. La mujer abandona París para irse a vivir a sus posesiones campestres, y el marido le tiende un puente de plata. A partir de ese momento, vivirá en la capital en mancebía, cada vez más cercano a su sobrino Pierre, que también ha recalado en París y se ha unido a los mosqueteros, acumulando el favor del joven Luis XIV, quien encuentra divertido a este oficial tan expansivo y libertino. Incluso, cuando el rey destituya y meta en la cárcel a su superintendente de Finanzas, Fouquet, será a d’Artagnan a quien encargue la vigilancia del preso durante los primeros cuatro de los quince años de su cautiverio.

Al iniciarse la guerra en Flandes, d’Artagnan parte a la misma como brigadier de infantería, y tras el sitio de Lille es nombrado mariscal de campo. Finalizada la guerra, es nombrado gobernador de Lille. En el oficio de nombramiento, el rey escribe: “Nos hemos puesto nuestros ojos en usted, sabiendo que no podríamos posarlos sobre algo más digno”.

Pero el conflicto, latente, vuelve a intensificarse y, algún tiempo después, se produce el sitio de Maastricht, en el que participan tropas aliadas francesas e inglesas. En las segundas se encuentra el duque de Malborough, antecesor de un personaje muy importante para la Historia de su país que se llamó Winston Churchill. Según los recuerdos del inglés recogidos en las memorias de Churchill, el duque de Monmouth tenía que dirigir un ataque por un pasaje estrecho. Charles d’Artagnan solicitó el honor de pasar el primero, porque dijo, “un oficial francés no puede sino preceder a los oficiales ingleses, que son invitados del rey de Francia”. Tal expresión de chovinismo (que, como se ve, existía antes de que el famoso Chauvin siquiera tomase su primera leche) le costó muy cara. Fue alcanzado por una bala en la garganta. Con riesgo de sus vidas, los mosqueteros lo rescataron de la línea de fuego.

Como escribiría hace décadas el duque de Montesquiou-Fezensac, la escena inventada por Dumas en la que el exangüe d’Artagnan recibe el bastón de mariscal de Francia para morir con él en las manos, es eso: inventada. En realidad fue su sobrino, al que todos conocieron como le petit d’Artagnan, el que llegaría a ser mariscal de Francia; y por méritos propios, además.

Una prueba del enorme respeto que tenía el rey por el auténtico d’Artagnan nos la da el dato de que, aprovechando el hecho de que a su muerte sus hijos no estaban aun bautizados, el monarca quiso ser su padrino. Los hijos de D’Artagnan fueron, por lo tanto, patrocinados por el rey y la reina en persona, en una ceremonia, para más inri, oficiada por Bossuet. Yo no creo que haya ningún civil en la Historia de España que haya sido objeto de homenaje de parecido jaez (excepción hecha de Urdangarín, claro).

La señora D’Artagnan, por su parte, renunció a la herencia que le correspondía. Chica lista, porque la herencia dejaba una cola de acreedores que daba varias vueltas al Louvre.

Charles d’Artagnan fue una personalidad tan fuerte e importante que, de hecho, eclipsa a su sobrino Pierre, una figura histórica en modo alguno desdeñable. Se encontró por primera vez con su tío en San Juan de Luz, durante las celebraciones de los esponsales de Luis XIV. Entonces tenía 14 años. Quedó tan impresionado de la figura de su tío, ricamente vestido con ese uniforme tan impresionante de los mosqueteros, viéndole cómo lo aclamaba la gente cuando pasaba por la calle, que decidió seguir sus pasos. Consiguió ser mosquetero en 1669. Tanto admira a su tío y desea emularlo que se casa, como él, con una viuda. Es 1672 y la afortunada es Jeanne Peaudeloup, de familia burguesa. Estuvieron casados 27 años y, por lo que parece, felices.

Más ambicioso que su tío en realidad, Pierre d’Artagnan abandona los mosqueteros en 1670 para convertirse en lugarteniente de la guardia y participar, en primera línea, en las importantes reformas militares abordadas por Luis XIV.

Enrique IV  y Luis XIII se habían conformado con juntar armadas de entre 10.000 y 15.000 hombres para sus acciones. Luis XIV, sin embargo, ambicionaba un ejército de 300.000 hombres; y lo obtuvo. Pero esa construcción suponía cambiar radicalmente el régimen de la vida militar, a partir de ahora más disciplinada y ordenada, así como las relaciones entre soldados y mandos, por no hablar del crecimiento exponencial de los problemas logísticos. Todo esto hubo de hacerse en relativamente poco tiempo, y le petit D’Artagnan fue un elemento crucial de ello. Como ya hemos dicho, en 1710 estos esfuerzos cristalizan en el nombramiento de D’Artagnan como mariscal de Francia. Falleció en 1729 en su castillo de Plessis-Piquet.

Resulta curioso, pero, cuando lo nombraron mariscal de Francia, Pierre de Montesquiou abandonó completamente el nombre D’Artagnan; de no haber sido por Dumas, hoy no lo conocería nadie. Un abad de Montesquiou fue ministro del Interior de Luis XVIII, cargo en el cual redactó la Carta Otorgada del rey a los franceses (especie de Constitución a la remanguillé de los reyes absolutistas). Asimismo, creó el cuerpo de bomberos de París y de él se rumoreaba que era el verdadero padre de Teophile Gauthier.

Otro Montesquiou, en este caso otra, entró en la Historia por ser observadora. Madame de Montesquiou era gobernanta del rey de Roma, o sea Napoleón II. Cuando el rey de Roma nació, todos los que estaban en la habitación lo dieron por muerto y, ni cortos ni perezosos, dejaron el niño sobre la alfombra para atender a su débil madre. La Montesquiou, sin embargo, se fijó en el niño, y dudó de que hubiese nacido muerto. Así pues, lo cogió en sus brazos, le puso una gota de vino en los labios y, al instante, el niño se puso a llorar (quizá es que le gustaba más el ribera del Duero). Napoleón mismo le regaló por ello un camafeo que, al menos en vida de Pierre de Montesquiou, seguía en poder de la familia.

El libro del duque de Montesquiou-Fezensac, Le vrai D’Artagnan, es de lectura interesantísima. Editado en 1963, se puede llegar a encontrar en librerías de reventa francesas, y en la propia Amazon. También se pueden encontrar las Memoires de Monsieur d’Artagnan, escritas por Gatien Courtilz de Sandras, libro anterior al de Dumas y algo más respetuoso con la verdad.

Y la cosa sigue. Hoy es el día que en el mismo centro del hemiciclo del Senado francés, en primera fila, se sienta el senador Aymeri deMontesquiou, a quien bien podríamos llamar, si él quisiera, D’Artagnan.

viernes, marzo 16, 2012

El triunfo de los ratas


A menudo, los ciudadanos del hoy no nos damos cuenta de que las cosas no fueron siempre como son ahora y que, en consecuencia, algunas cosas que hoy parecen de gran sencillez, en el pasado fueron enormemente complejas.

Una de esas cosas es el reconocimiento de los delincuentes. En un mundo sin fotografía, sin cámaras ni huellas dactilares, los policías solían pasar, nos dicen  las crónicas, horas enteras en las cárceles, observando a los presos ya trincados. Partían de la base de que aquellos delincuentes, con probabilidad, delinquirían de nuevo tras salir del maco y, por eso, era importante memorizar sus rasgos.

Hasta hace un par de horas, históricamente hablando, todo lo que tenían los investigadores de los crímenes para resolverlos era las pruebas; y no siempre en las mejores condiciones. A decir verdad, si de antiguo se ha desarrollado la inteligencia del ser humano para delinquir, también lo ha hecho aquélla que sirve para luchar contra el crimen. Un libro chino del siglo XI nos cuenta la historia de un hombre que tuvo que investigar un asesinato en una zona rural. Al pie de una carretera, hizo reunir a todos los jornaleros de la zona, que acudieron con sus hoces en la mano. Entonces les dijo que colocasen la hoz en el suelo, delante de sus pies, y esperó. A los pocos minutos, las moscas que por ahí pululaban volaban sobre una de las herramientas; aquélla que se había manchado con la sangre del finado, sangre de la que, a pesar de haber lavado la hoja el asesino, quedaban trazas suficientes como para que las moscas las oliesen.

Así pues, la investigación de los crímenes siempre ha tenido sus desarrollos; pero qué duda cabe que poder utilizar las características personales de los sospechosos para trincarlos es una ayuda de primer nivel que, en ausencia de testigos directos, no se ha podido usar hasta hace bien poco tiempo.

La invención de la fotografía mejoró las condiciones de los que persiguen a los malos; aunque no del todo, porque todo el mundo sabe dejarse la barba, o cortársela. En realidad, el primer paso serio hacia la correcta identificación de los delincuentes lo dio un oscuro policía, un funcionario de despacho, llamado Alphonse Bertillon.

Bertillon era, ya lo hemos dicho, un rata. Uno de ésos tipos cuyo trabajo consiste en anotar constantemente datos relacionados con las detenciones que otros hacían en la calle. Poco a poco, el meticuloso Bertillon se fue dando cuenta de que los datos que de las personas se anotaban en las fichas eran tan genéricos, tan inespecíficos, que resultaba imposible usarlos para identificarlos. Al mismo tiempo, se fue fijando en algo que también es bastante evidente para una persona observadora: las personas, en realidad, somos distintas. Todos, o casi todos, tenemos signos físicos distintivos que nos distancian de los demás. Todo lo que hay que hacer es correcta notaría de su presencia.

Ante el escepticismo, si no la burla, general, Bertillon obtuvo de sus superiores permiso para comenzar a medir y anotar las características personales de los detenidos. Así, por su cuenta y riesgo, comenzó a tallar a los delincuentes, a medir su distancia de hombro a hombro, el perímetro de sus cabolos, el perímetro torácico, la longitud de manos y pies... Muy bien dotado para las matemáticas, Bertillon comenzó a estudiar las identificaciones, similitudes y correlaciones existentes entre los centenares de datos que fue acopiando, hasta descubrir que la adecuada combinación de características corporales nos convierte a cada uno de nosotros en una pieza única. Más en concreto, en el informe que elevó a sus superiores decía haber calculado que, si las personas son clasificadas según once medidas diferentes del tipo de las citadas, la probabilidad de que dos personas tengan las mismas es del 0,000238589%.

A finales del siglo XIX, un anarquista aterrorizó París, cometiendo diversos atentados, para lo cual se escudaba en utilizar dos identidades distintas. A ratos era un tal Ravachol, a ratos un tal Königstein (éste era su apellido real; a pesar de ser francés, François Claudius Königstein era hijo de holandés). Pero fue el método Bertillon, mediante la medición en momentos diferentes de ambos "personajes", el que permitió establecer que eran la misma persona y, consecuentemente, resolver el caso. A partir de ese día, la antropometría como método de lucha contra el crimen estuvo razonablemente aceptada en la policía francesa, venciendo con ello la natural resistencia de los policías de calle, que siempre han tendido a ver la labor de oficina como tiempo perdido.

En paralelo a estos trabajos, en 1877 un funcionario británico destinado en la India, de nombre William J. Herschel, enviaba un oficio a sus superiores en el que, por primera vez en la Historia, defendía el uso de las huellas digitales para la identificación de las personas. En su escrito, Herschel confesaba que llevaba veinte años solicitando de todas las personas que entraban en su oficina a solicitar documentos oficiales que imprimiesen la huella entintada de su dedo, y había ido creando centenares de fichas con esas impresiones. Afortunadamente, no se encontró con la Agencia Española de Protección de Datos Personales, porque de lo contrario le había metido un puro que te cagas. En realidad, todo lo que había hecho el inglés era fijarse en que los comerciantes chinos de la zona tenían por costumbre firmar contratos con el pulgar.

A base de estudiar sus fichas, Herschel acabó por darse cuenta de que las líneas de las huellas dactilares nunca son las mismas. Como confesaba en su escrito, comenzó a aplicar sus conocimientos, y rápidamente comenzó a detectar fraudes entre los indios que acudían a su oficina a pedir subsidios, los cuales solían aprovecharse de que los blancos les viesen a todos iguales, y se suplantaban unos a otros. El funcionario inglés, sin embargo, no consiguió interesesar a las autoridades bengalíes.

En esos mismos tiempos, el profesor y arqueólogo aficionado Henry Faulds, que residía en Tokio, encontraba unos vasos antiguos de arcilla y, al clasificarlos, cayó en la cuenta de que tenían impresa la huella de un pulgar; evidentemente, la firma del autor. Esto le llevó a estudiar las huellas dactilares con la misma metodología que Herschel, con la diferencia de que él puso sus conocimientos en práctica. Un vecino suyo, en efecto, fue robado en su casa y, conocedor de la afición del profesor, le enseñó una huella dactilar que había quedado grabada en una pared de la casa. Faulds la guardó y, cuando un sospechoso fue detenido, imprimió su huella y anunció, ante el escepticismo general, que el detenido no era el ladrón. Finalmente, el verdadero ladrón fue encontrado, demostrándose así la pertinencia del método.

Herschel y Faulds son, por lo tanto, los descubridores de la singularidad de la huella dactilar humana, aunque, que yo sepa, aun a día de hoy se discute sobre cuál de los dos exactamente fue el primero. Sin embargo, su descubrimiento permaneció en el terreno de la especulación durante algunos años más. Fue otra persona quien implantaría la metodología: Francis Galton, que era primo hermano de Charles Darwin y, como él, estaba muy interesado por todas las cuestiones relativas a la evolución y las características de los seres vivos.

Cuando conoció los primeros avances de la dactiloscopia, Galton se obsesionó con el tema. Realizó ampliaciones fotográficas de miles de huellas distintas, que estudiaba constantemente. Lo que buscaba era dar un paso que ni Herschel ni Faulds habían intentado: una sistematización de las diferencias entre las huellas, sin la cual, obviamente, el método no es útil para algo como la investigación policial, que necesita razonables dosis de inmediatez. Tras consumir centenares, si no miles, de horas en la contemplación y anotación de sus fotografías, finalmente, concluyó que existían cuatro tipos de diseños de huella dactilar humana. Su obra sobre la materia data de 1892, aunque tiene la desventaja de que el método de trabajo con las huellas que propone es notablemente farragoso, especialmente para un mundo sin ordenadores. Hacía falta el concurso de alguien menos teórico.

Como leo en los comentarios que os va la marcha, aquí podéis ver una obra sobre Galton, aunque centrada en otros conceptos, porque sir John, en realidad, estaba obsesionado con los temas de herencia darwinianos, así como con las implicaciones estadísticas de su estudio.

Pero acabamos de decir que hacía falta una persona con un punto de vista más pragmático. Ese alguien fue Edward Henry, quien en 1896 era inspector de la policía británica en Bengala. En dicho año, durante un viaje a Londres, Henry, que era un convencido de la antropometría y la dactiloscopia, y las usaba en su comisaría, conoció a Galton, quien le explicó su método. El policía se planteó simplificarlo, y fruto de esa labor es la segmentación de las huellas en cinco diseños: arco, bucle interno, bucle externo, verticilo y verticilo con doble bucle; cada uno de ellos representado por una letra. Asimismo, estableció una serie de puntos fijos dentro de la huella, y contó las líneas que cruzaban las rectas trazadas entre ellos. Contaba, por lo tanto, con dos datos (la letra, que definía el diseño; y el número de rayas atravesadas por los segmentos); por lo tanto, con sólo dos elementos podía ponerle nombre a las huellas.

En 1898, el método Henry identificó, por sí solo, a 345 delincuentes; al año siguiente, 570. El gobierno de Su Majestad quedó impresionado, hasta el punto que llamó a Henry a Londres, donde lo nombró Jefe del departamento de Encuestas Judiciales de Scotland Yard. La celebérrima condena, en su tiempo, de los hermanos Stratton (1905) disipó finalmente todas las dudas e implantó la metodología en los servicios policiales británicos.

Esta pequeña y breve historia es, pues, el triunfo de los ratas. El momento en el que la vida policial y la lucha contra el crimen da un paso más allá y se da cuenta de que estar en la calle no es todo lo que se puede hacer contra el crimen. La buena imagen siempre se la llevan las personas activas. Si le preguntamos a cualquier persona si conoce a un arqueólogo (real o de ficción), es probable que los suficientemente friquis citen a Howard Carter; pero, sin duda, el ejemplo es Indiana Jones. Los arqueólogos, sin embargo, saben bien que su vida se compone, fundamentalmente, de largas horas sobre la mesa de un despacho o de un museo, catalogando y estudiando piezas; a menos que sean aficionados a las parafilias sexuales, rara vez utilizarán el látigo.

Con la policía pasa lo mismo. La imagen guay del poli, hoy y hace 150 años, es la del tipo que persigue a los malos en la calle, y los pone en vereda. Pero quienes realmente hicieron avanzar la criminología no fueron ellos. Fueron tipos oscuros, de aspecto y modos funcionariales, ratas de despacho.

Y ni siquiera ponían los brazos en jarras tras calzarse las gafas de sol, como el insoportable Horatio Caine.

jueves, marzo 15, 2012

Pregunta icónica

Escribo para dejaros aquí una pregunta sobre la que podáis, si queréis, opinar.

A día de hoy, con ésta, este blog acumula 802 entradas. Entre adivinanzas, artículos actuales, polladas y tonterías, yo calcula que suman unos 50 posts. Lo cual quiere decir que hay unos 750 artículos sobre Historia. La dimensión media del artículo, yo lo sé bien, son unas cuatro páginas en word, o unas 2.000 palabras.

Lo cual nos llevaría a concluir que dentro del blog hay ya unas 3.000 páginas escritas o, lo que es lo mismo, un millón y medio de palabras.

De un tiempo a esta parte, algún amigo me está dando la brasa de la hostia con que esto hay que evolucionarlo. Que debiera recopilar artículos con diversos criterios y ofrecerlos todos juntos. Me dicen algunos lectores que, especialmente, aquellos temas que he tratado seriados, en varias tomas distintas, se pierden un poco en el magma del blog; que a veces es un poco frustrante encontrar una toma y tener que ponerte a buscar las otras.

Bueno, el caso es que esas mismas voces braseras me hablaron de la edición de Kindle. Como yo soy consumidor compulsivo de Kindle, lo tenía cerca.

Bueno. La cosa es que, con bastante probabilidad, intentaré ver si logro superar mi vagancia natural y voy haciendo pequeños huevos Kindle, libros de unas 100 o 200 páginas o así, y los pongo a la venta en Amazon a medio euro, más o menos.

Voy a comenzar, como me han recomendado, por las series. Tengo la idea de irlas empaquetando, sin demasiado criterio de homogeneidad (esto es, tratando temas diversos) para crear archivos de lectura que sirvan para un rato de semi-relajación; el autobús, por ejemplo. Pero luego, quizás, me ponga con otras series. La Guerra Civil, por ejemplo. O el Crimen Organizado. Está, como digo, por ver.

La cosa es que ya me he fabricado en Word un primer ejemplar y, una vez terminado, cuando he visto la portada toda blancuzca, me ha venido una duda. Debería utilizar una imagen para la portada. ¿Una para cada libro, una para cada serie, una para todas? Y... ¿qué imagen? Algo que sea indicativo del contenido histórico, evidente; y que no tenga derechos, claro. Mi primera idea ha sido alguna de las varias, muchas fotos de la guerra civil que tengo escaneadas. Pero, claro, la guerra civil comenzó este blog, pero luego la cosa ha crecido lo suyo.

Así que he pensado que quién mejor que mis lectores para aconsejarme al respecto. ¿Alguna idea?

miércoles, marzo 14, 2012

La encrucijada sindical

Le leo a uno de nuestros pundits nacionales que la razón del importante papel político jugado en España por las centrales sindicales proviene de nuestra Transición. Sinceramente, creo que se queda corto. Muy corto. La hostia de corto, diría yo. La razón de que nuestros sindicatos mayoritarios, hoy, tengan reconocida una labor constitucional, (la mano); y ejerzan de hecho una influencia crucial en la política (el hombro), tiene una historia mucho más anterior.

La principal razón de que en España tengamos sindicatos tan poderosos, en el sentido de cercanos al poder o relevantemente enfrentados con el mismo, es el infradesarrollo de los partidos políticos. Desde Fernando VII, España ha tenido como dos docenas de grandes estrategas políticos que, desde el poder, han diseñado el futuro y el presente de la política patria; y casi ninguno, por no decir ninguno, pensó en una sana y variada formación de partidos políticos para estructurar el sistema.

Al gran líder liberal del siglo XX, el príncipe de Vergara, nunca le moló lo de los partidos políticos. Partidario y todo de recortar los poderes de la corona para mutarla de hecho en algo que no era (conflicto latente durante décadas que acabó dando con la reina en la frontera), a don Baldomero Espartero lo que realmente le iba era el cabildeo cortesano; a su alumno aventajado, el general Serrano, le dejó tan impresa esa afición que en el Palacio Real entró a menudo, no hasta la cocina, sino hasta la propia alcoba de Lizbeth Never Say No. Otros grandes políticos decimonónicos, desde Salustiano Olózaga al conde de Toreno, tenían, si acaso, capillas, que no partidos; ni los querían. Por lo que se refiere a los más conservadores, a los Narváez, conde de San Luis, etc., obviamente no les iba nada en crear una estructura razonable de alternancias modelo Disraeli/Gladstone, o similar.

El catalán don Juan Prim se fue a la tumba sin revelar el secreto de cómo salvar la monarquía española, que varias veces dijo poseer pero que se le fue por las heridas recibidas en la calle del Turco antes de poder ser revelado. De todas formas, visto cómo se las gastó con el partido autonomista cubano, no es nada aventurado avanzar que la suya no sería una solución de amplio espectro, una solución que a todos diese voz, que es lo que hubiera necesitado España para que las necesidades obreras no hubieran de desbordarse por el flanco sindical.

A la muerte de Prim, no pocos españoles tenían esa visión naïf, que también es bastante común hoy en día, según la cual, cuando gobernasen los buenos (cualesquiera que éstos sean), por el mero hecho de serlo, resolverían los problemas. El progresismo español tenía una confianza desmedida en progresistas y republicanos, pero la I República no es sino la historia de lo que pasó cuando estos políticos, en el fondo tan desestructurados como los conservadores, llegaron al poder. Estanislao Figueras, Pi i Margall, Salmerón o Castelar se fueron sucediendo en el frontispicio de la política española sin que ninguno de ellos fuese capaz de contrarrestar las tendencias centrífugas que afloraban al calor de la inexistencia de un poder estructurado. La enseñanza de aquel periodo fue la llamada Restauración, que tampoco buscó en lo absoluto la estructuración política de España, sino que se limitó a copiar el sistema inglés en su dermis y sostenerlo con un acromegálico fraude electoral.

La II República, que tantos cambios trajo, no puede contar la estructuración política como uno de ellos. En realidad, siguió siendo un régimen que desnortaba la representatividad parlamentaria día sí, día también; con la única excepción de las dos nacionalidades históricas, donde sí gobernaron y mandaron quienes tenían la fuerza de los votos (sobre todo en el País Vasco). La República tuvo tres grandes partidos: el Radical, el Socialista y la CEDA. El primero es el único que gobernó efectivamente, el segundo se auto-extrañó del proceso y al tercero no le dejaron. Por el camino, el régimen se convirtió en un régimen de políticos sin votos: Niceto Alcalá-Zamora, cacique electoral de Priego que sabe Dios dónde habría quedado de haberse celebrado unas elecciones limpias en su distrito; Manuel Azaña, que jamás tuvo mesnadas electorales y, por eso, para llenar sus mitines tuvo que aliarse con quien se alió; Miguel Maura, otro que tal baila; Ángel Pestaña, representante de sí mismo; Santiago Casares, representante de un republicanismo gallego tan evanescente como inaprehensible; y así mucho.

En estas condiciones, la clase obrera nunca encontró cauce para expresarse ni para defenderse por el flanco político; y para cuando la tuvo, como acabamos de decir, el PSOE, por motivos diversos no demasiado confesables, decidió no arrimar su ascua a la sardina gubernamental, nada más que lo estrictamente necesario. Si a eso unimos que, de una forma un tanto singular en la Historia europea, en España prenden pronto de forma muy profunda los puntos de vista anarcosindicalistas, acabamos teniendo lo que tuvimos, esto es un proletariado que no sólo no tenía acceso a las estructuras del poder y la participación, sino que además no lo quería. Doble sentimiento, de queja primero y de indiferencia después, que puede encontrarse con claridad en todos los discursos de Pablo Iglesias, quien, cada vez que era llamado a hablar ante el gobierno sobre mejoras de las condiciones del obrero, empezaba diciendo que a él esos encuentros se la pelaban, porque lo que él quería era acabar con los gobiernos burgueses.

Con estos planteamientos, era imposible que la izquierda política se relacionase con normalidad con el sistema político. Por eso, a principios del siglo XX llegó a meros acuerdos estratégicos con los republicanos para conseguir escaños en las Cortes, y sólo se apunta a una coalición política merecedora de tal calificativo con el gobierno Canalejas, es decir en el marco de la famosa campaña del ¡Maura, no!, que se parece al No a la guerra como una gota de agua a otra, y que tuvo iguales, yo diría que peores, consecuencias en términos de crispación.

Porque el recorrido de los partidos políticos es tremendamente limitado, es por lo que todos los anhelos de la numerosa clase obrera y campesina española se articulan a través del movimiento sindical. Entre otras cosas porque los patronos, de toda la vida de Dios, han tenido una visión distinta a la de los políticos, y siempre se han mostrado más proclives a entenderse con los obreros (sí, ya sé que el Catón del Buen Progresista dice lo contrario; pero esa teoría, simplemente, olvida hechos como que cuando el ámbito político todavía estaba digiriendo el fin de la Restauración y la transición hacia la democracia, el ámbito empresarial ya tenía jurados arbitrales de empresa).

España es, pues, un país, en el cual se obtenían muchos más éxitos a través de la acción sindical que de la acción política. Este hecho es el generador del efecto curioso de que a lo largo de buena parte del siglo XX hayamos tenido una central sindical mayoritaria que no respondía exactamente a la identificación con partido político alguno o, más bien, la rechazaba de plano. La CNT es el resultado de lo que pasa cuando aprietas fuerte una manga pastelera llena de crema; la crema sale a borbotones y por el primer agujero que encuentra. Nace oficialmente el anarcosindicalismo bebiendo de la decepción de décadas del obrerismo campesino del sur de España, salvajemente reprimido por las autoridades; y articulando a las masas obreras catalanas, que son muchas y no encuentran en la política forma de expresarse. Crecen, pues, antipolíticos, introduciendo en la ecuación del poder en España una variable inexistente en otros países.

Por lo que se refiere al otro gran sindicato español, la UGT, hay que entender que sería inexacto decir que el PSOE posee a la UGT; es, más bien, al revés. En la huelga general de 1917, es la UGT la que hace exhibición de músculo; por mucho que la huelga fracasase, para el socialismo español, 1917 viene a significar la absoluta prevalencia ideológica y estratégica del sindicato sobre el partido. Años después llega la dictadura de Primo de Rivera, general que derriba todo lo que hay menos, precisamente, la UGT, cuyo secretario general, Largo Caballero, pasa los duros años dictatoriales siendo consejero de Estado, episodio que los socialistas prefieren preterir de la biografía de su partido. Largo acepta aquel compromiso medio raro porque ve en ello la oportunidad, no de alzarse sobre el resto de los partidos políticos, sino de acabar con la CNT, que es la verdadera competencia que tiene.

En 1933, cuando en la izquierda marxista de la República se comience a hablar de tomar el poder mediante el golpe de Estado revolucionario, será en la UGT donde la idea nazca y crezca; y por no creer ya en la dictadura del proletariado es por lo que el histórico trío de la bencina ugetista (Besteiro, Anguiano y Saborit) es cesado.

Supongo que no habrá que gastar muchas líneas contando el poder sindical durante la guerra civil. En los tribunales populares, en los órganos de gobierno (véase Cataluña), etc., los sindicatos son admitidos como una parte más. Simple y llanamente, se asume, con total tranquilidad, que los puestos, prebendas o responsabilidades han de ser repartidos entre los republicanos burgueses, el PSOE, el PCE, UGT y CNT. Forman parte de la lista como si, verdaderamente, hubieran sido votados alguna vez. En la zona catalana, sobre todo Aragón, se produce uno de los episodios de la Historia de la Humanidad en el que el poder sindical se hace más elevado. Los anarquistas dominan la Generalitat (uy, perdón, quisimos decir el Comité de Milicias Antifascistas) durante meses (con la asténica colaboración de Lluis Companys, responsabilidad de la que sus biógrafos de parte le alivian elegantemente), hasta que los sociocomunistas los echen a hostia limpia; y en Aragón montan un edificante régimen egalitario que no invita precisamente a la ilusión por la Acracia.

Durante los años del franquismo, es una organización sindical, Comisiones Obreras, la que se convertirá en el principal, casi único, foco de oposición. Los partidos políticos, sí, se reunían dentro y fuera de España, charlaban con alemanes, franceses y británicos y todo eso; pero ninguno de ellos podía soñar, ni remotamente, con montarle a Franco un patín como el que le montaron los sindicatos en el 62 desde Asturias y luego todo hacia el sur. CCOO reedita parcialmente el esquema de la CNT; aunque de ideología más canónica, también es un sindicato de muy amplio espectro y con tenues identificaciones partidarias (es un error, a mi modo de ver, referirse a CCOO como el sindicato comunista; comunista era la OSO, y el PCE la tuvo que disolver por la fuerza de Comisiones). Está dentro del franquismo, lo utiliza, y cada vez es más peligroso para el régimen. Cuando en Suresnes el PSOE decida reinventarse en nuevos líderes jóvenes, el muñidor del proceso, su auténtico mentor, será Nicolás Redondo, secretario general de la UGT.

Como consecuencia, España lleva como 100 años acostumbrada a introducir a los sindicatos como un elemento más del entorno político, aceptando su representatividad como quien acepta barco como animal acuático, y asumiendo que un secretario general de un sindicato es un tipo que tiene que ir por ahí hablando de la ley del Aborto en lugar de la problemática de los asbestos entre los obreros de la construcción. En diversos ejemplos, desde la Comunidad de Madrid de Joaquín Leguina hasta los recientes gobiernos de Zapatero, los sindicatos han tenido un papel inusitado como iluminadores de la política económica y social.

La pregunta es si este proceso ha tocado a su fin. Y yo creo que no. Creo que no, por la simple y pura  razón de que el principal elemento que, según mi interpretación, genera el excesivo poder sindical, sigue ahí. Los partidos políticos españoles siguen siendo estructuras cerradas, clientelares, con escasísima calidad democrática y, además, al eterno asalto del centro político, lo que hace que, ideológicamente, tampoco resulten atractivos a muchos españoles, sobre todo los encuadrados en eso que un día llamamos la clase obrera. Su clientelismo hace que la forma de hacer carrera en el partido sea ser fiel al líder que resulta ganador; la brillantez está de más. Las listas cerradas y el voto borreguero en las cámaras hacen el resto. Ha pasado el 15-M, y bien se puede decir que no han aprendido nada. Nada.

En esas condiciones, ¿por qué habrán los sindicatos de pasar a un segundo plano nacional, si siguen siendo necesarios? No creo que sea exacto ya hablar de clase obrera. Pero los españoles, digamos, de ingresos modestos, ¿qué cauce participativo tienen? En realidad, se encuentran en una situación que, desde luego, es diferente; pero, en la esencia de su voluntad de presencia, se sigue pareciendo demasiado a la de los jornaleros de la Mano Negra.

Otra cosa es adónde se están llevando los sindicatos a sí mismos. Porque son ellos, no la situación, los que han negado la Historia. La Historia nos dice que los sindicatos han sido siempre una fuerza independiente que se distinguía de los partidos políticos y se negaba a someterse a ellos. Sin embargo, desde 1982, con la primera victoria del PSOE, se inicia un lento proceso, que a mí me parece es posible que fuese diseñado y ejecutado desde el partido, para darle la vuelta a esa situación. Felipe González quería, no sé si una UGT sometida al PSOE; pero sí, desde luego, un PSOE con vida propia que pudiera pasar de la UGT si fuese necesario. Sólo así podía abordar la reconversión industrial, que él sabía absolutamente necesaria. La situación hizo crisis en 1986, con la reforma de las pensiones. Nicolás Redondo renunció a su acta de diputado. El gobierno aguantó el tirón. Y pasó lo que en el poema de Cervantes: fuese... y no hubo nada.

El terreno de cuándo han ganado y perdido los sindicatos es un terreno totalmente opinable. Mi opinión particular es que el sindicalismo español muestra, históricamente, cierta torpeza a la hora de plantear las huelgas generales. Fracasó en 1917, aunque cabe decir que, muy probablemente, no era su objetivo ganar, sino quedarse donde se quedó, demostrando su fuerza. Fracasó en 1934, aunque es mal ejemplo, porque aquello no fue una huelga, sino un golpe de Estado, que son cosas distintas. Triunfó en el 62, movida que yo considero una huelga general encubierta de tomo y lomo, porque el franquismo hubo de doblar la cerviz, a su manera, ante el empuje sindical, y permitir la negociación colectiva, aunque fuese a la remanguillé. ¿Triunfó el 14-D? Vale, dejaron a toda España sin tele a las doce en punto y al día siguiente no fue a currar ni Peter, pero, exactamente, ¿qué pararon? ¿Pueden decir, como los estrategas del 62, que consiguiesen virar el rumbo que llevaba el gobierno? Más bien no; a medio plazo, no.

Repásese, de todas formas, la lista. La mayoría de huelgas generales sindicales han sido huelgas políticas, porque los sindicatos ni saben, ni quieren, renunciar a ese papel plus, como de movimiento de alta calidad, que la vida social española les otorga. Y se han emborrachado del dicho mecanismo. Desde 1982, en Alemania han gobernado: Helmut Kohl, Gerhard Schröder y Angela Merkel. Francia (primeros ministros): Pierre Mauroy, Laurent Fabius, Jacques Chirac, Michel Rocard, Édith Cresson, Pierre Bérégovoy, Édouard Baladour, Alain Juppé, Lionel Jospin, Jean-Pierre Rafarin, Dominique de Villepin y François Fillon. Italia: Giuliano Amato (2 veces), Carlo Azeglio Ciampi, Silvio Berlusconi (3 veces), Lamberto Dini, Romano Prodi (2 veces), Massimo D'Alema y Mario Monti. Son, pues, tres países en los que han gobernado, en treinta años: tres, doce y  siete primeros ministros diferentes.

¿Cuántos de ellos han sufrido huelgas generales?

En España son todos.

Jugando, jugandito, a ser un poder dentro del poder, era sólo cuestión de tiempo que alguien les hiciese caso. Si Felipe González fue el socialista que quiso poner terreno entre él y los sindicatos, José Luis Rodríguez Zapatero fue el socialista que se propuso gobernar con ellos. Los sindicatos, presa de esa ebriedad de lo inmanente, se dejaron querer y, para cuando el poder político se convirtió en eso que la sociedad española odiaba, ya no podían desligarse de él.

Es en este sentido en el que yo interpreto la enorme, casi exagerada violencia estructural con que quienes arremeten contra los sindicatos a su izquierda lo hacen. Lo que a los líderes sindicales les descoloca más, probablemente, es esta virulencia proveniente del bando indignado; y es así porque no entienden que es a ellos, a los indignados, no desde luego a las personas de clase alta, a las que el maridaje sindical con el poder político ha dejado huérfanos. Los otros rincones de la sociedad española que se sienten malquistos con los sindicatos tienen otros cauces para eclosionar; pero los que, teóricamente, se habían quedado sin ellos hasta el 15M famoso, son los seguidores de éste.

La huelga general del 29, por todo esto, podría ser histórica. Histórica, en el sentido de borrar del panorama la función que los sindicatos han venido cumpliendo hasta ahora en España, desde hace cosa de un siglo.

La cuestión es qué pinta tendrá lo que venga detrás.

lunes, marzo 12, 2012

Hanna Reitsch





El 29 de marzo próximo, supongo que sin alharaca ninguna, se cumplirán cien años del nacimiento de una mujer de elevado mérito: Hanna Reitsch, la primera mujer en la Historia que recibió la Cruz de Hierro de primera clase del ejército alemán, y el último aviador que aterrizó en Berlín antes de la definitiva caída de la ciudad a manos de los aliados.

Hanna Reitsch nació, efectivamente, el 29 de marzo de 1912, en la ciudad silesia de Hischberg. Era hija de un prusiano y una tirolesa. Su padre era médico oftalmólogo. En 1931, terminado el bachiller, su padre quiere que inicie sus estudios de medicina, con la intención de que se vaya a África a ejercer. Pero la hija quiere volar, lo cual genera bastantes discusiones en el seno familiar, por considerar los padres que eso de volar no es un oficio serio; menos aún cuando quien quiere ejercerlo es una mujer. Sin embargo, la hija se pone tan pesada que, finalmente, sus padres le autorizan a tomar cursos de vuelo a vela. A los 20 años, se saca la licencia de piloto de vuelo con y sin motor. A partir de ahí, durante dos años, compagina su afición a volar con los estudios de medicina. Sin embargo, en 1934 abandona los estudios y parte a Kiel, donde su hermano es oficial de marina. Es allí, en Kiel, donde comienza a hacerse famosa en el país por hacer la proeza de atravesar una tormenta con su avión sin sufrir daños. Acto seguido, y por iniciativa de unos productores cinematrográficos, ameriza un avión sin motor en la superficie de un lago. A partir de ahí, se convertirá en lo que hoy denominamos un personaje mediático. Tras sendas expediciones aéreas, en Latinoamérica y Alemania, se convierte en la primera mujer alemana que es autorizada a ingresar en la escuela oficial de navegación aérea.

En Lisboa, en 1935, se produce su primera demostración aérea internacional, después de que Reitsch haya sobrevolado Francia, Suiza y España. Sus proezas se convierten en hechos de conocimiento mundial. Ese mismo verano, es designada para realizar las pruebas de un nuevo planeador, el Seeadler (albatros), que ha de ser capaz de amerizar. Las pruebas se realizan con éxito en el lago Constanza. En mayo de 1937, toda la prensa europea publica la gesta de cinco aviadores alemanes que han atravesado los Alpes en planeador. Uno de ellos es Hanna Reitsch. El Salzburgo, durante los juegos aéreos internacionales, recibe el rango de capitana de aviación; es la primera mujer alemana es conseguir tal cosa.

Hanna Reitsch era, probablemente, el mejor aviador con que contaba el ejército alemán. De largo. Además, su escasa estatura, bajita y delgada como un jockey de carreras, le permitía meterse en cualquier parte y volar prácticamente en cualquier circunstancia. Sin embargo, el Estado nazi, siendo como era fuertemente sexista, nunca habría permitido que formase parte de los combates de la futura guerra; aunque al final, como veremos, tendrá que ser así. Por eso, en septiembre de 1937, es destinada a la base aérea de Rechlin, como piloto de pruebas. Allí pilotará, entre otros, diversos prototipos de los famosos Stukas y, también, comenzará a interesarse por los helicópteros, vehículos entonces menos desarrollados.

El 27 de marzo de 1941, la capitana Reitsch es presentada al jefe de la Luftwaffe, mariscal Hermann Göring, que ha de entregarle algunas condecoraciones que ha ganado como piloto de pruebas. El mariscal espera impaciente en su mansión, pero la invitada no llega, hasta el punto que Göring llega a preguntar, malquisto, si no se estará haciendo de rogar o será una maleducada. En realidad, lo que pasa es que Reitsch está esperando en la puerta de la casa, porque el servicio no se puede creer que alguien como ella sea la famosa aviadora. De hecho, cuando finalmente la entran a la presencia de Göring, éste apenas acierta a decir: “Pero… ¿es posible que algo tan pequeño pueda volar? ¡No lo puedo creer!”

Como se ve, el respeto a la mujer no era el fuerte de los nazis.  

Al día siguiente, se celebró una recepción, pero en la Cancillería, es decir frente a Hitler. En realidad, es la segunda vez que Reitsch ve a Hitler, pues también participó en la ceremonia de Salzburgo, cuando fue nombrada capitana. En esta ocasión, el Führer le impone la Cruz de Hierro de Segunda Clase, hasta entonces sólo concedida a una mujer en la Historia de Alemania.

Mientras la guerra continúa, Hanna Reitsch es designada como probadora de los distintos modelos de Messerschmitt. De hecho, probando el Me 163 se producirá un grave accidente, pero ella, en lugar de tratar de salvarse, decide pilotarlo, con el objeto de que el prototipo quede lo menos dañado posible. Finalmente, lo aterriza en un campo, no sin sufrir graves heridas: seis fracturas craneales, y la nariz rota. Pasa cinco meses entre la vida y la muerte, en el hospital de Ratisbona.

Algunos días más tarde del accidente, se le concede, oficialmente, la Cruz de Hierro de Primera Clase, una condecoración que jamás una mujer había obtenido antes.

Tras su estancia en el hospital, a Hanna Reitsch le queda una secuela bien jodida para un aviador: vértigo. Tiene vértigo incluso yendo en coche. Así pues, debe ejercitarse subiendo al tejado de la casa donde reside para lograr vencerlo.

En noviembre de 1943, Reitsch se desplaza a Orcha, en el frente oriental de la guerra, reclamada por el general Von Greim. El 28 de febrero de 1944, de nuevo es llamada a Berlín, a la presencia de Hitler, para recibir su Cruz de Hierro. En ese encuentro se habla de la probabilidad de construir aviones suicidas, al estilo de los kamikaze japonés; sin embargo, Hitler considera esa solución prematura e innecesaria, por considerar que la situación bélica de Alemania no es tan desesperada. Sin embargo, Reitsch acabará trabajando en el diseño de los famosos V1, que habrían sido, en realidad, aviones suicida (sobre todo la tercera versión, que por no tener, ya no tenía ni tren de aterrizaje). La guerra, sin embargo, terminó antes de que las pruebas se pudiesen hacer.

A finales de 1944, pasa de nuevo varias semanas en el hospital, herida tras un ataque aéreo.
El 25 de abril de 1945, Reitsch se encuentra de misión en Kitzbühel, localidad austriaca bien conocida de los aficionados al esquí. Su misión es localizar lugares susceptibles de ser usados como campos de aterrizaje para el traslado de heridos. Sin embargo, muy poco después de haber llegado recibe un telegrama del general Von Greim, quien le ordena presentarse en Munich para ejecutar una orden especial y excepcional.

El Führer ha llamado al general a su despacho. Lo ha hecho, previsiblemente, para nombrarlo jefe de las fuerzas aéreas en lugar de Hermann Göring, en quien Hitler ya no confía después de que el pígnico dirigente nazi haya intentado tomar las riendas del Reich medio a las espaldas de su jefe. Sin embargo, para entonces Berlín, en su mayoría, está ya tomado por los rusos, y las pocas aeronaves que conserva la Luftwaffe ni se atreven a acercarse. Sólo hay un aeropuerto, el de Gatow, en manos alemanas, y para eso está seriamente bombardeado por la artillería rusa, situada ya a un tiro de lapo.

El 26 de abril, a las cuatro de la madrugada, un Junker 188 aterriza en el campo de Rechlin, sede del Estado Mayor de la Luftwaffe-Norte. Hace 48 horas que ningún avión ha partido para Berlín. Para colmo, el vehículo más propio para la misión, un helicóptero, ha sido destruido en un bombardeo. Por ello, el viaje debe hacerse en un caza biplaza, el Focke-Wulf FW 190. Von Greim va delante pilotando y Hanna Reitsch detrás, de copiloto. El lugar reservado a ella es tan pequeño que no puede ni entrar ni salir de la carlinga sin ayuda de terceros.

Treinta minutos de vuelo, tras los cuales el avión baja el morro. El avión aterriza en Gatow sin heridos. Desde el aeropuerto, Von Greim habla con la cancillería, donde se le informa de que Hitler quiere hablarle como sea, en persona. El general se vuelve a su copiloto y le musita: “Befehl ist Befehl”. Órdenes son órdenes. Luego descarta acercarse por tierra, y decide hacerlo por el aire, aterrizando junto a la Puerta de Brandenburgo. Despegan en un Fieseler-Storch hostigado por la artillería soviética.

El general Von Greim, que va a los mandos, vuela a escasos metros del suelo, por lo que los soviéticos, a su paso, le disparan incluso con sus fusiles y pistolas. Repentinamente, el general deja escapar un grito y se encoje; le han alcanzado. Desde detrás, Hanna Reitsch se yergue como puede y, por encima de los hombros de su mando, agarra, con una mano el “palo de escoba” (el timón) y con la otra la llave del combustible. Así, llevando el avión un poco como míster Bean, lo aterriza en el lugar acordado, en la Puerta de Brandenburgo.



¿Era Hanna Reitsch una devota nazi? El biógrafo más documentado que yo he logrado encontrar, la francesa Patricia Lechevrel, asevera que no, con un tono casi de sentirse ofendida por la duda. Sin embargo, creo que ésta es una teoría difícil de sostener. Hanna Reitsch es, probablemente, uno de esos alemanes supervivientes de la segunda guerra mundial que han construido, o para los que se ha construido, un pasado algo más edulcorado que el real. Lo cierto es que alguien que abraza con la ausencia de reparos con que lo hizo ella el proyecto de pilotar aviones suicidas, difícilmente puede ser una persona de escasos perfiles ideológicos.

En todo caso, Hanna Reitsch estuvo presa del ejército americano poco más de un año. Siendo como era una persona cuyo único acto de guerra fue aterrizar un avión por encima de las espaldas de un anciano herido, era lógico que la soltaran, y eso hicieron en noviembre de 1946. Aunque no se volvió a subir a un avión hasta 1952, año en el que Alemania fue autorizada para volar de nuevo.

Ese año de 1952, Madrid es la sede de los campeonatos del mundo de vuelo sin motor, en los que participa Hanna Reitsch, que entonces tiene ya 40 años, y gana la medalla de bronce. En 1959, es huésped en India del presidente Pandit Nehru. De 1962 a 1966, participa en la construcción de una escuela de vuelo en el país africano de Ghana, proyecto que queda cercenado por la caída en desgracia de Kwame Kkumah. En 1968, parcipa en los campeonatos alemanes de helicóptero y en 1970 obtiene el récord de vuelo femenino en helicóptero, sobre los Alpes austríacos.

En septiembre de 1971, apenas dos años antes de morir, todavía obtuvo el campeonato mundial de vuelo en helicóptero.

jueves, marzo 08, 2012

Hace cuarenta años



Este librito, un tanto mareado, cayó en mis manos hace algunas semanas en el Rastro. Lo pesqué de una de esas cajas de libros a 20 céntimos y me hizo gracia. Básicamente, es un compendio de las preguntas planteadas en los exámenes de grado de Bachillerato (a partir de los 13 años, si no recuerdo mal) para la preparación de los mismos.

Hay bastantes materiales curiosos en el interior, pero hoy sólo me voy a ocupar de unos pocos, especialmente de los más blogueros: las preguntas de Geografía e Historia.

Aquí os dejo, por lo tanto, un florilegio de las preguntas que los adolescentes tenían que desarrollar en sus exámenes hace cuarenta años. Las escribiré en redonda y, en su caso, propondré, en itálica, alternativas sobre la misma materia para los exámenes actuales.

Vamos allá.

1.- Hacer una breve descripción del Brasil, señalando sus límites y e indicando cuáles son sus principales regiones. ¿Cuál es la principal riqueza del Brasil: la agricultura, o la industria? Razonar la respuesta.

Ronaldo, Dani Alves y Marcelo tienen dos cosas en común. Una es que los tres son futbolistas. ¿Cuál es la otra?


[Nota: como todo el mundo sabe, la respuesta correcta es: los tres se han rapado la cabeza alguna vez]


2.- Después de la Revolución de 1868, los principales acontecimientos de la política española durante el último tercio del siglo XIX fueron: el Gobierno Provisional, el reinado de Amadeo I, la Primera República, la Restauración y reinado de Alfonso XII y la regencia de María Cristina. Señalar los hechos más importantes de este proceso histórico.

 ¿Sabrías decir en qué siglo se produjo la revolución de 1868?


3.- El concilio ecuménico de Trento; sus decretos y consecuencias. Participación de los teólogos españoles. La Compañía de Jesús y la difusión del espíritu de la Contrarreforma.

Explica brevemente cómo deben distribuirse los distintos residuos en los diferentes recipientes de reciclaje.


4.- ¿Por qué fueron tan importantes en la Roma antigua las figuras de Mario, Sila, Julio César, Octavio Augusto y Constantino el Grande?

Tras la desaparición de la República romana, los máximos mandatarios pasaron a llamarse:


a) Emperadores.
b) Consejeros-delegados.
c) Obispos.
d) Coordinadores.


5.- ¿Cuáles fueron las causas de las Cruzadas? ¿Qué te recuerdan las figuras de Urbano II, Godofredo de Bouillon, Ricardo Corazón de León e Inocencio III? ¿Qué importancia y consecuencias tuvieron las Cruzadas?

Señala si es verdadera o falsa la siguiente afirmación: Los caballeros cruzados luchaban con fusiles de asalto AK-47.


6.- ¿Quiénes fueron Ganelón, Oliveros y Roldán? Lo expresado debe servirte de punto de partida para que resumas el argumento de la Canción de Roldán.

¿Cuántos libros has leído de Harry Potter? ¿Sabrías explicar dónde tienen lugar, y en qué contexto?


7.- ¿A mediados del siglo XIV, se inicia entre Inglaterra y Francia la llamada guerra de los Cien Años. En relación con esta contienda, exponer sus causas, periodos en que se divide y principales acontecimientos. ¿Qué importancia tiene la figura de Santa Juana de Arco?

¿Cuántos siglos crees que pudo durar, aproximadamente, la guerra de los Cien Años?


8.- Dibuja el contorno de nuestra península y dentro de él señala la cuenca del Ebro, distinguiendo la orografía que la forma, el río y sus principales afluentes. Localiza las comarcas de La Rioja y Los Monegros.

¿Cuántos ríos sabes que pasen por tu Comunidad Autónoma?




9.- Explica los testamentos de Sancho III el Mayor de Navarra y de Fernando I de Castilla.

¿Quién crees tú que pudo ser el primer rey de Castilla: Fernando I o Fernando II?


10.- Escribe lo que es el Camino de Santiago y sobre las influencias que por él recibe España de Europa. ¿Recuerdas quién fue el rey de Asturias que promovió el culto al apóstol Santiago?

¿Sabrías decir cómo se llama el conjunto escultórico de la principal puerta de la catedral de Santiago?


a) Puerta de embarque. 
b) Familia Telerín.
c) O Apalpador e os seus amigos.
d) Pórtico de la Gloria.


11.- ¿En qué época vivió el emperador Carlomagno en Francia, y cuál fue su obra política, militar y cultural?

¿Qué sabes de Carla Bruni?




Otro aspecto interesante de estos exámenes es que todos comienzan con una lectura. La lista de lecturas de primer grado es:


  • Cuentos extranjeros (Andersen, Perrault o Grimm).
  • Cuentos españoles antiguos (Calila e Dimna, El Conde Lucanor, Timoneda).
  • Cuentos españoles modernos (Fernán Caballero, Valera, Palacio Valdés).
  • Cuentos populares de tradición local [aquí, el franquismo, anticipando la enseñanza autonómica].
  • Juan Ramón Jiménez: Platero y yo  [inevitable].
  • Rabindranath Tagore: La luna nueva.
  • Romances (sic).
  • Lope de Vega: Villancicos.
  • Villancicos populares de tradición local.
  • Rubén Darío: A Margarita Debayle.

La lista de cuarto curso mueve a la risa: Homero, Sófocles, Plauto, Virgilio, Canción de Roldán, Cantar de Mío Cid, Berceo, el Auto de los Reyes Magos, don Juan Manuel, el marqués de Santillana, Jorge Manrique, Garcilaso, Fray Luis, Cervantes, Góngora, Quevedo, Lope, Calderón, Moratín, Meléndez Valdés, duque de Rivas, Zorrilla, Bécquer, Pereda, Palacio Valdés, Rubén Darío, JRJ, Benavente, Salvador Rueda, Gerardo Diego y José María Pemán.

Los alumnos, según advierte el libro, deben aprender diversas figuras y tropos de la lengua, entre ellas: antítesis, enumeración, comparación, concesión, corrección, amplificación, graduación, preterición, reticencia, epifonema, paradoja, sentencia, comunicación, lítote, interrogación retórica, exclamación, apóstrofe, prosopopeya, hipérbole, perífrasis, anáfora, conversión, complexión, reduplicación, conduplicación, concatenación, epanadiplosis, polisíndeton, asíndeton, paranomasia, aliteración, onomatopeya, silepsis, juego de palabras, epíteto, similicadencia, paradístole, ironía, sinécdoque, metonimia y metáfora.

Otro elemento que encuentro de cierta curiosa importancia es que los exámenes comienzan siempre con un texto (de estas lecturas) y, sistemáticamente, la primera pregunta se refiere al significado o los sinónimos/antónimos de determinadas palabras del texto. Las palabras que los alumnos, por lo tanto, debían conocer sin diccionario son, entre otras:


  • Vigilia.
  • Otear.
  • Hueste.
  • Torbellino.
  • Collado.
  • Coraza.
  • Rapto.
  • Copiosa.
  • Redor.
  • Porfía.
  • Aqueos.
  • Sinónimo de oculto.
  • Antónimo de valeroso.
  • Antónimo de cortés.
  • Evangelio.
  • Enmendar.
  • Etimología de prado.
  • Etimología de bien.
  • Morar.
  • Tez.
  • Maña.
  • Graveza (todo se torna graveza/cuando llega el arrabal/de senectud... de Manrique).
  • Arrabal.
  • Sinónimo de eternal.
  • Celemín.
  • Fanega.
  • Sinónimo de ladera.
  • Sinónimo de orear.
  • Sinónimo de manso.
  • Jaspes (Que no le enturbia el pecho/de los soberbios grandes el estado,/ni del dorado techo/se admira, fabricado/del sabio moro, en jaspes sustentado... o sea, Fray Luis).
  • Lisonjera.
  • Anegar,
  • Atribular.
  • Acrecentar.
  • Postreros.
  • Balumba (Llegaron también de los postreros, dos bravos y bizarros mozos, de bigotes largos, sobreros de grande falda, cuellos a la valona, medias de color, ligas de gran balumba, espadas de más de marca (...) Es de Rinconete y Cortadillo).
  • Broqueles.
  • Cofradía.


En fin. En uno de los exámenes con texto de Calderón, de La cena de Baltasar para ser más exactos, se hace esta pregunta de sintaxis:

Análisis sintáctico del siguiente punto: "¡Oh, suma Sabiduría, tú sabes los castigos que procuras!"



... pues eso. Que se acabaron los castigos.

miércoles, marzo 07, 2012

De pollados y polladas

Espero que mis amables lectores me perdonen la digresión de este post, bastante más actual que de costumbre, pero no puedo evitar recomendaros el demoledor informe del profesor y académico Ignacio Bosque sobre una serie de guías contra el lenguaje sexista. No sé, la verdad, qué es lo que más me gusta  del excelente documento del profesor Bosque: si lo categórico de sus argumentaciones o la elegancia con la que reparte soplamocos, a partes desiguales, para los expertos (y expertas) de salón que han parido este monstruito sociolingüístico que es el lenguaje no sexista, para el sistema educativo y, de forma connotada, para los políticos que permiten la persistencia de este espectáculo.

domingo, marzo 04, 2012

Geli





Ésta es, sin duda, la imagen de una mujer enamorada. Un tanto moñas la pose, todo hay que decirlo. Pero la mirada, y la sonrisa entre tímida y ambiciosa, no deja lugar a dudas. A todas luces queda claro, al ver esta foto, que está retratando a una mujer que bebe los vientos por el ser al que está mirando. Como se mira a las personas sensibles, sinceras y dulces de las que las mujeres se enamoran. 

¿Quién sería el afortunado?







... pues era Adolf Hitler. 

Y ella, Geli Raubal.





Todo empezó con los derechos de autor de Mein Kampf, el ensayo político de Adolf Hitler, escrito mientras estaba en la cárcel tras el putsch de 1923 en compañía de Ruldof Hess, y que sería, hasta el día de la muerte del dictador alemán, su única, y millonaria, fuente de ingresos (Hitler, de hecho, jamás cobró sueldo por su trabajo como canciller). Tanto dinero, además de las finanzas, cada día más saneadas, del Partido Nacionalsocialista de los Trabajadores Alemanes (NSDAP) le permitieron a Hitler soñar con volver a sus adorados Alpes. Así, Hitler pudo contactar con la viuda de un industrial de Hamburgo y alquilar, por una cantidad inicial de 100 marcos mensuales, un chalé en el Obersaltzberg, cerca de Berchtesgaden, que todo el mundo acabaría conociendo como el Berghof (la casa de la montaña, creo). Allí Hitler comenzó a descansar a menudo.

Todo empezó ahí porque poner en marcha aquel chalé obligó al líder del ultranacionalismo alemán a buscar servicio. Desconfiado como era, no quería que el servicio estuviese formado por perfectos desconocidos, razón por la cual decidió telefonear a Viena, para ofrecerle el puesto de ama de llaves a su medio hermana, Angela Raubal.

Durante los años duros de la vida de Hitler, cuando el futuro dictador de media Europa era una especie de inadaptado social que vivía en Viena de la caridad y la venta de sus dibujos, solía recalar en casa de los Raubal cuando regresaba a Linz, su ciudad natal. Allí siempre fue bien recibido, a pesar de que el marido de Ángela, León Raubal, no tenía, al parecer, demasiado buena opinión de él. Pero León había muerto y Ángela,  la verdad, era la única persona del entourage familiar de Hitler por la cual éste había sentido y expresado algo que pudiésemos considerar afecto.

Ángela Raubal dejó Viena sin grandes problemas, pues nada la retenía allí. Pero arrastró consigo a su joven hija, Geli, quien parecía querer desarrollar una carrera en la ciudad musical como cantante lírica. ¿Fue conditio sine qua non de la oferta que Geli subiese a la Casa Wachenfeld (como Hitler llamaba al Berghof) con su madre? No es seguro; pero sí es probable. Para entonces Hitler, que tenía 40 años, muy posiblemente había desarrollado ya cierta querencia por esa medio sobrina suya, de belleza un tanto extraña y, dicen quienes la conocieron, extraordinariamente vital.

Hitler había tratado a Geli cuando era una niña. Pero cuando se reencontró con ella, ya hecha una adolescente con todas sus cosas en su sitio, se quedó con la boca abierta. De hecho, la llegada de Geli al Berghof supone, a juzgar por los testimonios que nos han llegado, un cambio radical en la vida de Hitler. El político nazi, que en los años duros de Viena apenas ha conseguido tener un amigo, y para eso no muy estrecho, de repente no se separa de su sobrina. Incluso, sorpresa de sorpresas, el tío Adi acompañará a su joven sobrina a los almacenes de Munich y esperará, pacientemente, mientras ella hace compras; algo que, verdaderamente, los hombres sólo hacemos cuando queremos, que si no...

Pero esa relación armoniosa y enamorisca dura poco. Adolf Hitler, ya lo hemos dicho, es entonces un hombre mayor (40 años de los de entonces); y no se olvide que hay algunos historiadores que siempre han sostenido que una de las razones por las cuales adelantó el estallido de la guerra, a pesar de saber que su ejército no estaría plenamente dispuesto hasta 1942, fue que sabía que estaba enfermo, lo cual le haría tener mucha prisa. Hitler tenía, quizá, mucha prisa y, seguro, la sensación de llevar un pibón del brazo. Era mucho mayor que ella (de hecho, era su tutor legal). Un caldo de cultivo evidente para esa enfermedad llamada celos.

De los deseos de Hitler por controlar la vida de todos los que le rodeaban acabó por enterarse toda Europa y el mundo entero. Pero, por entonces, era Geli Raubal quien se comía el marrón. El tío Adi siempre quería saber dónde estaba, y le quería dictar lo que podría hacer y no hacer. Geli, joven y fogosa, no soportaba aquel estado de cosas. Sin embargo, es el criterio del tutor el que se impone, Hitler le prohíbe a su sobrina que jamás vaya por ahí con otros hombres que no sean él, y le prohíbe regresar a Viena a proseguir sus estudios de canto.

En 1929, Hitler adquiere un espacioso apartamento en Munich, 19 habitaciones, en la segunda planta del número 16 de Prinz-Regentenstrasse. Uno de los dormitorios es inmediatamente ocupado por Geli Raubal. Un ejemplo de lo maniático que era Hitler con no tener a su alrededor extraños es que para llevar el servicio de aquella casa contrata a Anny Winter, que había sido su casera durante su etapa de arrastrado en una pieza de Thierschstrasse. Pero ni Anny ni el resto de las personas que pululan por aquel piso se quedan nunca a dormir. Las dos únicas personas que quedan dentro de la casa al caer el sol son Adolf Hitler y su sobrina Geli Raubal. En aquel Munich de la Gran Depresión, todo el mundo asumía que eran amantes.

En el NSDAP nadie se atrevía a poner a Hitler delante de la realidad del escándalo que se estaba organizando a su alrededor. Bueno, una sola persona que se sepa: el gaulaiter de Würtemberg, quien, más o menos, le vino a preguntar si era consciente de lo que decía la gente. La respuesta de Hitler fue caer en un estallido de ira de los suyos (quienes hayan visto la película El Hundimiento no tienen más que ver la escena cuando da la guerra por perdida, que está sacada, creo yo, y punto por punto, de las memorias de Albert Speer), y desposeer al alto mando nazi de todos sus galones. Fueron tantas las toneladas de olvido bajo las cuales sepultó a aquel bocas, que la Historia apenas recuerda su nombre.

Sin embargo, Hitler acabará por confesarse. Será con el fotógrafo Henrich Hoffman, gran amigo suyo. A él le confiesa que ama profundamente a su sobrina, pero que sabe que no puede ni pensar en casarse con ella. Motivo por el cual, le dice, lo que ha decidido hacer es "disfrutar de Geli hasta que le encuentre un marido que me guste" (sic). Las pruebas del machismo exacerbado de Hitler son muchas; no olvidemos que luchó contra el paro subvencionando a las mujeres trabajadoras para que se casaran y dejasen libre su puesto de trabajo. Así pues, la frase no tiene por qué extrañar.

Con un tono sexista aún más claro, Hitler le confesó una vez a Hess: "No tengo intención de complicarme la vida; ni con Geli, ni con ninguna otra". Y lo cumplió: para cuando se casó con Eva Braun, las complicaciones eran ya otras.

La felicidad de Geli Raubal y la fama de Hitler son vasos comunicantes. En la primera mitad de los treinta, por lo tanto, tanto baja la primera como sube la segunda. Hitler es cada día más popular, motivo por el cual esconde a Geli en el fondo de su dormitorio en un piso donde sobran por lo menos cuatro o cinco habitaciones de dormir que no ocupa nadie; y, puesto es que es poderoso, puede hacer las cosas a su manera: finalmente, accede a que su sobrina reciba clases de canto en el mismo Munich; pero la manda a clase fuertemente custodiada por guardaespaldas del partido.

En esas circunstancias, casi como una conclusión lógica, pudo eclosionar un triángulo. Y decimos "pudo" porque. en verdad, tras la llegada de Hitler al poder todo registro escrito, oficial u oficioso, relacionado con la vida de Geli Raubal, despareció; razón por la cual, el relato de su vida es un relato supuesto a partir de testimonios contemporáneos.

El caso es que, de entre las personas sin mando, aquella en la que Hitler confiaba más era su chófer, Emil Maurice. Era a Maurice a quien le había dictado, ya detenido, los primeros capítulos de Mein Kampf. Maurice estaba siempre con Hitler, y Hitler nunca dejaba sola a Geli. Así pues, las cosas acabaron, probablemente, por terminar con el futuro canciller sintiendo un extraño peso en las sienes.

A partir de ahí existen, que yo sepa, dos grandes versiones.

Una señalaría que Hitler llegó un día al apartamento y se encontró a Geli en los brazos de Emil. La otra, que fue la expuesta por el propio Maurice terminada la guerra, se basa en que Hitler le habría confesado a su chófer su intención de casarse con Geli, ante lo cual Maurice, movido por su amor, le confesaría que se la pinchaba. Sinceramente, esta segunda versión tiene poco pase. Primero, porque es una versión a toro pasado (a Hitler muerto, quiero decir). Segundo, porque contradice todos los demás testimonios de la actitud de Hitler frente al matrimonio. Y tercero, porque Maurice, puesto que vivía con Hitler horas y horas al día, tenía que saber muy bien que alguien capaz de desatar la Noche de los Cuchillos Largos era bien capaz de meterle al chófer el neumático de repuesto por el culo; así pues, confesión tal, más que una machada, habría sido un suicidio. 

En todo  caso, dejemos aquí constatado que, según Maurice, Hitler lo llenó de improperios y le echó de su lado, no sin haberle pagado 20.000 marcos para comprar su silencio... otra chorrada. ¿Por qué comprar el silencio de alguien a quien te puedes cargar?

En todo caso, el hecho de que Maurice fuese el primer jefe de las fuerzas de choque del Partido Nazi, después de todos estos sucesos, hace pensar que, quizá, toda la historia de su noviazgo con Raubal fuese una mentira que se inventó después de la guerra para darse pote.

Para el verano de 1931, según han podido establecer los historiadores, Hitler conoce ya y, digamos, aprecia, a la joven Eva Braun. Lo que no sabemos, exactamente, es hasta qué punto y, sobre todo, qué sabe Geli Raubal.

Sea como sea, el 17 de septiembre de dicho año, Hitler sale, acompañado por Hoffman, de Munich camino de Hamburgo. Eso sí, ya no conduce Maurice, sino un tal (no es coña) Schreck. Geli Raubal les despide desde el amplio balcón de la casa.

Justo antes, en la despedida cara a cara, Hoffman ha escuchado a Geli preguntar:

- Tío Adi, ¿de verdad que no me dejas ir a Viena?

Pregunta a la que Hitler ha contestado con un seco nein.

En las afueras de Munich, siempre segun Hoffman, Hitler se vuelve hacia él y le dice que tiene un mal presentimiento.

Al día siguiente, tras haber hecho noche en Nuremberg, un taxi alcanza el Mercedes descapotable de Hitler, tocando el claxon y con alguien en su interior agitando un brazo. Quien hace esos aspavientos es un empleado de la Deutscher Hof, que trae un mensaje para Herrn Adolf Hitler. Ha llamado al hotel Nuremberg Rudolf Hess. El señor Hitler debe regresar al mismo. Es urgente...

Hitler se para junto a una cabina y llama a Munich. Cuando sale de ella, según Hoffman, está lívido. Extrañamente para él, habla con un hilo de voz.

- Han encontrado a Geli en su cama, con mi revólver en la mano... está muy grave. La policía está en el apartamento.

Para cuando Hitler llega a Munich, Geli Raubal ya está en la mesa de la Morgue, el pecho abierto de par en par por el forense. Se ha matado de un tiro al corazón, efectivamente, con la Walther 6,35 propiedad de su tío. Según algunas versiones, sobre una mesa, y creen que situada allí a propósito, los policías han encontrado una de las esquelas escritas a Hitler por Eva Braun...

Ella fue nuestro rayo de sol. Ésta es la inscripción esculpida en la lápida de Geli Raubal, en el cementerio de Viena; y, conociendo a Hitler, es difícil que dejase que otro la decidiese.

Contra lo que se ha dicho y escrito muchas veces, Hitler nunca borró a Geli Raubal de su vida. Primero a la Berghof, luego al edificio de la Cancillería en Berlín, el líder nazi se llevó fotos enmarcadas de su sobrina e, incluso, un retrato que le hizo Adolf Ziegler.

Se dijo por entonces que un sacerdote, Bernhard Stempfle, persona que gozó de cierta confianza por parte de Geli, poseía cartas entre ésta y Hitler. Es posible que sea así. Pero no lo podemos saber, porque Stempfle fue una de las víctimas de la Noche de los Cuchillos Largos, cuando Hitler aplastó la rivalidad de Röhm y sus SA. Tras aquella jornada, Stempfle apareció en el bosque de Harlaching, con tres balas en el corazón y el cuello degollado.



La vida y, sobre todo, la muerte de Geli Raubal son un misterio. Las tesis que explicarían el deceso son muchas.

Geli Raubal pudo suicidarse por amor. Es una teoría bastante lógica, que tendría que ver con el ambiente asfixiante a que la sometía su tío, rodeada de guardaespaldas; ambiente en el que pudieron operar como agravantes su separación de Emil Maurice (si es que verdaderamente fueron amantes), la decisión de Hitler de no casarse con ella (si es que la tomó, y si es que se la comunicó o ella se enteró); y, finalmente, la competencia de Eva Braun (si bien, aunque se sabe que Eva y Hitler se conocían ya, no está claro que fuesen amantes).

Geli Raubal pudo ser asesinada por miembros del Partido Nazi, a espaldas de Hitler, preocupados por el problema que le podría crear aquella relación tan escandalosa. De hecho, en los meses posteriores a la muerte de Raubal, el rumor más fuerte es que había sido asesinada por un grupo de las SS enviado allí por Heinrich Himmler. A favor de esta teoría está el interés objetivo de quitar a Geli Raubal de enmedio. En contra, que no es tónica del NSDAP actuar a espaldas de Hitler. Todos los hombres a su alrededor lo temían y, de hecho, es probable que de haber llegado él al conocimiento o la sospecha de que su sobrina había sido asesinada en esas circunstancias, hubiera tenido una reacción brutal. Una vez más, la Noche de los Cuchillos Largos demuestra, con total claridad, que a Hitler le daba igual ocho que ochenta.

Geli Raubal pudo ser asesinada por orden de Hitler. Su sobrina podría saber cosas; sabemos, por multitud de testimonios, que a Hitler le gustaba hablar y hablar y hablar durante las largas horas de la madrugada (razón por la cual, ni en medio de la guerra, nunca se levantaba pronto) de lo divino y de lo humano, embarcado en una especie de monólogo automesiánico. Si se zumbaba a su sobrina, es de esperar que, tras el polvo, su capacidad de largar se multiplicase. Así las cosas, Geli pudo amenazarlo con contar cosas o, simplemente, convertirse en un incordio por su manía de presionarlo para que se casaran; sabemos, positivamente, que su madre Ángela le comía la oreja a su medio hermano con la milonga del matrimonio, y sería lógico que lo hiciese instigada por la hija. Es posible, por lo tanto, que Hitler llegase a la conclusión de que Geli era un estorbo y, consecuentemente, decidiese ordenar su asesinato. No obstante, son bastantes los testimonios que sugieren que su amor por Geli era sincero. Si tenía una relación posesiva con ella, que la tenía, parece que para cuando ella se mató había conseguido espantarle los moscones; así pues, no tenía mucho sentido matarla en ese momento.

Y aún quedan otras posibilidades descabelladas: ¿le pediría Eva Braun la cabeza de Geli a Hitler? Hay quien lo piensa. Pero lo cierto es que, tras obtener, presuntamente, tan alta prenda de su enamorado, esperaría años para casarse, y no en las mejores condiciones posibles...

Yo, personalmente, siempre he pensado que la teoría más lógica es la primera. Sobre todo por ese gesto, tan desgarrado, de pegarse un tiro en el corazón. No soy sicólogo, pero me da la impresión de que algo así aúna el gesto de matarse y, al tiempo, destrozar la fuente del dolor que, según la simbología humana, en cuestiones de amor, es el corazón.

Sea como sea, con el suicidio de Geli Raubal, su sobrina, en su casa, en la casa en la que vivían los dos, Adolf Hitler lo pasó mal. Muy mal. Aquella muerte pudo acabar con su carrera política de haber sido los muniqueses más proclives al escándalo.

Ella fue nuestro rayo de sol... Tal vez, si verdaderamente la amaba, con la muerte de Geli Raubal, la vida de Adolf Hitler terminó por sumirse en las tinieblas. Con las tristísimas consecuencias que todos conocemos.