miércoles, marzo 07, 2012

De pollados y polladas

Espero que mis amables lectores me perdonen la digresión de este post, bastante más actual que de costumbre, pero no puedo evitar recomendaros el demoledor informe del profesor y académico Ignacio Bosque sobre una serie de guías contra el lenguaje sexista. No sé, la verdad, qué es lo que más me gusta  del excelente documento del profesor Bosque: si lo categórico de sus argumentaciones o la elegancia con la que reparte soplamocos, a partes desiguales, para los expertos (y expertas) de salón que han parido este monstruito sociolingüístico que es el lenguaje no sexista, para el sistema educativo y, de forma connotada, para los políticos que permiten la persistencia de este espectáculo.

Ni qué decir tiene que coincido plenamente con casi todos los planteamientos del documento académico. Es cierto que se puede ser sexista a la hora de usar el lenguaje. Se puede decir, por ejemplo, que los más inteligentes de los lectores de este blog quizá comenten su contenido con sus mujeres y novias; momento en el cual, obviamente, el autor que dicha cosa escribe estará asumiendo que aquéllos de sus corresponsales que se encuentran en el areópago de la inteligencia tienen cojoncillos. Pero hay un tramo larguísimo entre sostener esto y sostener que, al tiempo, frases como los lectores de este blog son muy inteligentes resultan sexistas o discriminatorias porque niegan la visibilidad de la mujer, o le niegan la condición de lectora inteligente.

Como acertadamente recuerda el profesor Bosque en sus 18 folios, preñados de sentido común, son legión (en realidad, son inmensa mayoría) las mujeres que no sienten discriminación alguna en frases como España siempre ha tenido buenos cirujanos. A lo que añado yo, aunque él no lo diga, que más legión son, aún, los hombres que, en utilizando el masculino no marcado, no tienen pretensión alguna de denigrar u ocultar a la mujer. Y es cierto que los defensores de las guías de lenguaje no sexista nunca han resuelto adecuadamente la cuestión de qué hacer, o cómo actuar, frente a mujeres que, siéndolo, no reclaman, sin embargo, lo que según la teoría deberían reclamar.

Por otra parte, personalmente yo tengo la misma experiencia que el académico confiesa en sus folios. Conozco muchas mujeres brillantes, exitosas en sus campos, incluso cuando son campos de ésos que hace años sólo hollaban los hombres. Y no sé de un solo caso de entre éstas que esté a favor de, por ejemplo, las cuotas femeninas. Es más: tienden a verlas como un insulto. La mujer que vale quiere sentarse en un consejo de administración porque la empresa valore sus habilidades como gestora; no porque un decreto diga que uno de cada x consejeros tiene que ser palomi, porque en el dicho caso le entrará un síndrome de florero que lo flipas.

Pero, vaya, la valoración académica me ha hecho pensar mucho porque, en el fondo, creo forma parte de toda una tendencia histórica, que no sabría decir a ciencia cierta cuando comenzó pero, posiblemente, está ahora en su ápex.

Ciertamente, el lenguaje, las palabras, siempre han servido para servir al poder y para humillar al enemigo. Los castellanos viejos que arrancaron la costumbre de llamar marranos a los conversos sabían muy bien lo que estaban haciendo. Exactamente igual que aquéllos que comenzaron a llamar a la traición o la zancadilla miserable con el vocablo judiada. Quien tiene malos presagios y temor al presente y al futuro, no por casualidad, tiene el alma negra. Moro es vocablo despectivo generalizado entre los españoles cristianos cuando comenzaron a odiar de verdad a los musulmanes, a los que hasta entonces llamaban islamitas u otras cosas. Se usa el lenguaje para zaherir y para colocar las cosas en su sitio, ciertamente. Pero también hay que tener en cuenta que éste es un fenómeno que muchas veces las víctimas han revertido a su favor. Así, a no pocos latinoamericanos residentes en España les gusta referirse a sí mismos con el vocablo sudaca y, de hecho, tanto han porfiado en el empeño que han acabado, en mi opinión, por desbastar claramente la palabra de sus significados peyorativos. Lo mismo han hecho los homosexuales a base de llamarse maricón o maricona entre ellos; o los negros apelándose de nigger.

Lo que nadie, sin embargo, había intentado, hasta el siglo XX, es subirse a la grupa de una cosa llamada sociolingüística y pretender cambiar las cosas desde arriba. El hombre habla desde hace unos 12.000 años, más o menos, y hasta ahora la evolución de eso que llamamos lenguaje la ha dictado, siempre, el uso. La masa. La mayoría de hablantes. Son los hablantes, moviéndose más o menos al unísono, los que, por ejemplo, deciden retorcer las reglas del latín y a una cosa que se llama ómnibus (literalmente, para todos, ablativo de omnis, todos) empiezan a llamarla bus (o sea, odos). Bus no significa nada; es sólo parte de la desinencia del ablativo [todavía no ha llegado ningún erudito comentario, y yo ya me estoy preguntando si no será genitivo, en realidad], -ibus. Pero en el momento en que para la mayoría de hablantes bus pasó a significar ómnibus, luchar contra ello habría sido estúpido. Y así, cuando los primeros transportes públicos de las ciudades dejaron de ir a caballo y pasaron a ser todos automotores, los ómnibus de antaño pasaron a llamarse auto por automotor, y bus por ómnibus, igual a autobús; palabra que, en sí, es un fistro que te cagas. Pero funciona, la gente la entiende, la usa. Hoy, evidentemente, ya nadie la cuestiona.

El siglo XX, sin embargo, en lo que al lenguaje se refiere, se plantea cambiar cosas así. Es como si alguien fuese y dijese ahora que usar bus en solitario es ofensivo para los latinistas, que son los únicos friquis que se coscan del error (y son , no creo que haga falta demostrarlo, estricta minoría en la Humanidad) y, en consecuencia, se dedicase a escribir artículos y guías en las que, de una forma más o menos velada, pusiese de fachas para arriba a todos los que digan bus en lugar de ómnibus. Así las cosas, los teóricos del lenguaje no sexista inventan la arroba epícena, que es una carallada que no tiene cabida en ningún idioma serio, y se permiten el lujo de recomendar su uso. Ya lo dijo Valle: cráneos previlegiados. Se refería también, por supuesto, a las cráneas.

El elemento definidor del siglo XX en el terreno del lenguaje es que es el siglo en el que se decide que el poder político tiene legitimidad para cambiarlo. Esto es: que una serie de personas, por el hecho de pertenecer al partido político mayoritariamente votado por los ciudadanos para gobernar los hospitales, las escuelas y el ejército, o aupados a dicha condición mediante procedimientos menos legales, también adquiere el derecho a gobernar el lenguaje. Durante 12.000 años, como decía antes, nadie le ha dicho a los hablantes cómo tienen que hablar; ni siquiera en los países que, como el nuestro, tienen un enfoque académico, pues la Academia fija el registro culto y hace notaría de los usos mayoritarios; pero no tiene Fuerzas Armadas que puedan imponer dichos usos, al modo de la policía religiosa que en algunos países islamitas impone la visita a la mezquita los viernes. Los gobiernos, y sobre todo los dictadores, han impuesto muchas veces, ciertamente, la prohibición de hablar tal o cual idioma. Pero lo que nunca habían establecido, hasta hace bien poco, era que la forma correcta de decir "polisíndeton" en tal o cual idioma sea ésta o aquélla.

Casi siempre que hablamos de una novedad a peor relacionada con el siglo XX acabamos hablando del mismo tipo: Adolf Hitler. Efectivamente, es el canciller austroalemán el primer gran ejemplo que tenemos en el siglo de manipulación del lenguaje como elemento fundamental de un estro ideológico; aunque, la verdad, justo es reconocer que este dudoso mérito es, más bien, de su cojo y rijoso ministro de Propaganda, Josef Göbels.

El nazismo, no creo que haya que descubrirlo ahora, es una ideología de pureza ariogermana. Ser blanquito, rubiete y con ojos azules, en plan Sigrid, la novia del capitán Trueno (no por casualidad, reina de Thule), mola. Ser bajito, más bien morenete, chaparro y de ojos achinados, puaj. En algún momento, como digo de la mano de ese renovador de la publicidad llamado Göbels, los gauleiter de la vida se dan cuenta de que esa filosofía de pureza se puede llevar al ámbito del lenguaje, lo que supone la invención de lo que hoy muchos investigadores conocen como Nazi Deutsch, o sea el alemán nazi. El ND elimina todas las influencias extranjeras que puede, especialmente las francesas. Incluso germaniza el nombre de los grandes platos habituales de la cocina francesa, como la omelette; gesto que fue, por cierto, copiado en España por los falangistas; como bien recuerda Dionisio Ridruejo en sus rememoraciones (Casi unas memorias, editadas por Planeta), a los falansios, recién terminada la guerra, les gustaba llamar ensalada imperial a la ensaladilla rusa. Otro ejemplo que se suele citar de la nazificación del lenguaje es que eliminó el uso del hertz o hertzio como medida, creo que de longitud de onda, por el hecho de que el físico que da nombre a la tal medida tenía en las venas, al parecer, sangre de una o más de una de las doce tribus de Israel.

Tipográficamente, además, el ND recupera la escritura en carácteres góticos, motivo por el cual los métodos de alemán de aquella época (yo tengo un par) son doblemente complejos para el estudiante. Lo que no sé si se planteó alguna vez Horny Josef fue si eliminar las reminiscencias del latín en el idioma pues, al fin y al cabo, el arianismo se compadece bastante mal con el maridaje del alemán con la parla del Mare Nostrum. Pero eso, en todo caso, tratándose de un idioma que se declina, habría sido bastante complejo. En todo caso, en mi opinión la mejor descripción de este proceso, de largo, está en un recomendabilísimo libro de Víctor Klemperer.

El fondo de todos estos cambios es ideológico, y por eso el nazismo marca una impostura en el tiempo en lo que a este asunto se refiere: la imposición masiva de una forma de pensar por la vía de manipular el lenguaje. En la Historia de la Humanidad ha habido gente que ha mandado un huevo y, consecuentemente, ha ostentado la exclusividad de muchas cosas; por ejemplo, uno de los temas que vivamente recuerda Pu Yi en sus memorias de emperador de la China venido a menos es que, en su infancia autocrática, era el propietario monopolístico de un determinado tono amarillo, que sólo podía ser vestido y, en general, usado, por el emperador. La deriva dictatorial del ser humano ha llegado, por lo tanto, al paroxismo de otorgar a una persona la propiedad de un color; pero rara vez le ha permitido poseer el lenguaje. Porque el lenguaje es de todos, y todos lo hacemos.

Después de desbrozado este sendero, la metodología ha sobrevivido a sus explotadores, por mucho que el mundo los denueste. Sólo que mutó, rápidamente, hacia la reivindicación de la pureza idiomática, que es una forma de hablar de pureza racial sin que se note. Esto ocurre mucho en los países francófonos, en mi opinión porque a Francia, a lo largo de los últimos 150 años, le está costando digerir el lento pero imparable proceso por el cual su lengua está dejando de convertirse en una lingua franca. para pasar a convertirse en el simple, modesto, modo de comunicación de franceses, belgas, la mitad de los africanos, y poco más; en ningún sitio es más perceptible este efecto que en la Unión Europea, institución que ha sido mayoritariamente francófona hasta antesdeayer a las cuatro y media, pero que, aun y a pesar de que de Margaret Thatcher para acá el UK está de canto con la estrategia europeísta, se ha rendido al saxon tsunami. Consecuentemente, en Francia la pelea por la pureza del lenguaje es cosa continuada, y se nutre de batallas tan difícilmente destinadas al triunfo como llamarle logiciel al software (aunque es peor en gallego, donde se propuso, y la verdad no sé si se usa a día de hoy, denominarlo pensalla, en oposición a ferralla, o sea hardware).

En España, la moderna historia de los cambios en el lenguaje top-down (en oposición a la evolución lógica del lenguaje, que es bottom-up) empezó por los topónimos. Yo viví 13 años del pérfido franquismo y lo que llegó detrás; y a pesar de ser observador tan provecto juro que jamás he oído a nadie, procedente de ningún lugar de España, hablar de San Cucufato del Valle. Fue muy pronto, hace muchos años, que Televisión Española estableció en la dicha villa satélite del Gran Barcelona sus estudios, así pues era bastante común oír en la tele aquello de "desde nuestros estudios de Sant Cugat". Todo el mundo lo decía, incluso los devotos del búnker falangista (que antes de ser la trampa de arena del juego del golf fue así, españolizado, con tilde). Así pues, la realidad de que, en lo tocante a los lugares de Cataluña, unos fuesen traducidos al español y otros no, era innegable. El uso lo definía.

Entonces, los políticos decidieron. Hágase la luz. Todo el mundo, esté o no acostumbrado a ello, deberá decir, y sobre todo escribir, A Coruña, Ourense, Lleida, Girona. La cosa dio para mucho. Para cierto tipo de asturianos, por ejemplo, fue oro molido: un auto matriculado en Girona circulando por Gijón evitaba tener que portar la humillante O de la vieja villa de Ovetao. Para los castellanos de Castilla, permitió el surgimiento del chiste tonto: "Si los carteles de la autopista dicen A Coruña, ¿por qué no dicen también A Murcia?"

Esto de los topónimos fue y es una demostración bastante clara de cómo los políticos, y la atmósfera de expertoides, expertoidos y expertoidas que los rodea, desarrolla la habilidad de crear problemas donde no los hay. Yo soy castellanoparlante, y hago mis pinitos en gallego cuando me dejan y lo necesito. En castellano, yo soy de La Coruña. En galego, eu son de A Coruña. Nunca he apreciado problema, nunca las neuronas se me han ligado, tratando de encontrar el registro necesario, cual trompas de Falopio en búsqueda de la esterilidad.

El siguiente paso fue el lenguaje no sexista. Los vascos y vascas. Las trabajadoras y trabajadores. La sustitución del masculino no marcado por expresiones tipo "las personas que blablabla". Y el fondo del problema, como digo, no es la utilidad o la solidez de la propuesta. El problema es el poso que lleva detrás de que hay gentes que se creen con derecho a definir el habla, en aras de unos beneficios sociales.

En mi opinión, sin embargo, eso de sentirse con derecho a decirle a la gente cómo tiene que hablar y escribir, es de totalitarios. La tal vez más acertada frase del documento del profesor Bosque está en la página 10 y es ésta: "las normas gramaticales no tienen extremos". Aunque parezca un sofisma idiota, es una frase de una extremada importancia. La norma es una. En cada momento de la vida de la lengua, esa norma puede ser distinta, pero siempre es una, y es ésa y no otra por razones que los expertos en lingüística, en morfología, en sintaxis, en lexicología, en etimología, manejan. No existe ninguna razón normativa, por ejemplo, para definir el género no marcado usando la arroba epícena. No existe. Sólo hay dos formas de imponer ese uso en el lenguaje: uno, que todo el personal se ponga, en un proceso espontáneo, a usarla, y al correr de las décadas el academicismo haya de reconocer que es evolución consolidada en la lengua. La otra, que unos señores que se consideran con poder suficiente para hacerlo decreten el uso del simbolito de marras. Como digo, sólo hay dos vías; pero sólo una es lingüísticamente lícita.


La otra cheira a fascista que tumba.

Para muestra, el delirante botón que Bosque aporta en su documento, copiado de la constitución bolivariana de Venezuela:

Sólo los venezolanos y venezolanas por nacimiento y sin otra nacionalidad podrán ejercer los cargos de Presidente o Presidenta de la República, Vicepresidente Ejecutivo o Vicepresidenta Ejecutiva, Presidente o Presidenta y Vicepresidentes o Vicepresidentas de la Asamblea Nacional, magistrados o magistradas del Tribunal Supremo de Justicia, Presidente o Presidenta del Consejo Nacional Electoral, Procurador o Procuradora General de la República, Contralor o Contralora General de la República, Fiscal General de la República, Defensor o Defensora del Pueblo, Ministros o Ministras de los despachos relacionados con la seguridad de la Nación, finanzas, energía y minas, educación; Gobernadores o Gobernadoras y Alcaldes o Alcaldesas de los Estados y Municipios fronterizos y de aquellos contemplados en la Ley Orgánica de la Fuerza Armada Nacional.

Para ejercer los cargos de diputados o diputadas a la Asamblea Nacional, Ministros o Ministras; Gobernadores o Gobernadoras y Alcaldes o Alcaldesas de Estados y Municipios no fronterizos, los venezolanos y venezolanas por naturalización deben tener domicilio con residencia ininterrumpida en Venezuela no menor de quince años y cumplir los requisitos de aptitud previstos en la ley.