miércoles, octubre 07, 2026

El cabreo (8): La Enciclopedia

El retrato que encabeza esta serie
es una reinterpretación moderna
de Luis XV, obra de Copilot.


Café y alfabetos
El bulo real
La canción sifilítica
Esa cosa llamada jansenismo
Cuando la Iglesia decide no servir ni para lo poco que sirve 
El conflicto de los niños
… y Mauchaut se bajó los pantalones (para colmo, delante de un cura)
La Enciclopedia
La riqueza del Estado
El debate fiscal
¿A cuánto ascenderá el déficit público?
El follón de los jesuitas
Pelea de gallos ilustrados
El caso Calas
El rey está empalmado
La mujer más odiada de Francia
La otra mujer más odiada de Francia
L’affaire de Bretagne
El mundo nuevo de Maupeou
Libelos a favor y en contra
Beaumarchais, en escena
El rey ha muerto, que se joda el rey
Viva el rey, mientras no suba el pan
La guerra de la fariña
Luz y taquígrafos
El hombre que trató a los franceses como adultos
Entre la ilusión romántica y el realismo
Vous vous êtes donné la peine de naître, et rien de plus
Escritores calaveras
El cardenal y su amigo mistabobo
Versiones
La reina de las vajillas y las pajillas
De toros y de osos
Mirabeau abre la lata de Göbels
El abad especulador
El escándalo Norman 
Todo empezó con unos cuernos
Los notables
La caída de Calonne
Cállate, Borbón
El rey sordo
La declaración de 3 de mayo
Au revoir, parlement
La maduración lenta borbónica aviva el gen PNV
Un cartel en la puerta de la reina
La mala suerte
Necker retrasa la revolución francesa
Unas elecciones son más difíciles de lo que se cree
Tres, dos, uno...
Las lágrimas de un rey


El mundo en general, Francia en particular y París especialmente, habían cambiado mucho en los primeros cuarenta o cincuenta años del siglo XVIII; habían cambiado mucho entre Luis XIV y Luis XV. Uno de los aspectos que yo creo que todavía se tiene que estudiar mejor de lo que se ha hecho (aunque son muchos los autores que lo abordan) es el carácter estructural de la evolución del pensamiento occidental en ese siglo. Es decir: podemos defender dos ideas. O bien la Ilustración vino a enfrentarse, y finalmente imponerse, sobre un entorno absolutamente renuente a los cambios. O bien ese mismo Antiguo Régimen ya estaba alumbrando en su interior muchas de las ideas que posteriormente iluminaría la Ilustración. Yo creo, más bien, en la segunda. Creo que la llegada de las que yo creo que son las dos tendencias mandantes en la Ilustración (el endiosamiento de la ciencia y la idea de igualdad constitucional de los hombres, ya que la igualdad moral ya la había establecido en cristianismo mil y pico años antes) estaban ya, de alguna manera, latentes en el propio Antiguo Régimen.

Como ya hemos visto, en episodios ocurridos antes ya de 1750 se produjeron remonstrances parlamentarias que coqueteaban con la idea de que un rey debe tener un rey por encima que se llama Constitución. Esta reflexión, pues, la Ilustración, y la revolución francesa, la adoptaron, pero no la inventaron. Esto, probablemente, nos permite preguntarnos hasta qué punto la evolución del pensamiento no fue una evolución estructural; algo que, por así decirlo, tenía que pasar. Los desarrollos técnicos, el embrionario surgimiento de eso que daremos en llamar las clases medias, los aumentos de la alfabetización; todo esto conspiraba en una sola dirección.

Lo realmente sorprendente es cómo todo esto floreció en relativamente poco tiempo. En 1748, Charles Louis de Secondat, señor de la Brède y barón de Montesquieu, publicó su De l'esprit des lois. Un año después, Georges-Louis Leclerc, conde de Buffon y normalmente conocido como Buffon a secas, publica su Histoire naturelle, generale et particulière, avec la description du cabinet du roi. También en 1749, Étienne Bonnot de Condillac da a la prensa su Traité des systèmes. En 1750, Jean Jacques Rousseau publica su Discours sous les sciences et les arts. Ese mismo año se publica el prospecto de la Enciclopedia, y el primer volumen sale en 1751. En 1751, François-Marie Arouet, mejor conocido como Voltaire, publica su Le siècle de Louis XIV. En realidad, las Lettres persanes de Montesquieu circulaban ya desde hace años, como ocurría también con las Lettres philosophiques de Voltaire.

En esencia, pues, quien se perdió los cuatro o cinco años que van de 1748 a 1753, se lo perdió básicamente todo. Y se perdió, sobre todo, el inicio del florecimiento de la publicación que ha quedado en la retina histórica inscrita como sinécdoque de todas las demás: la Enciclopedia. Como es bien sabido, sus editores fueron Denis Diderot y Jean Le Rond d'Alembert. Pero lo verdaderamente importante es la impresionante nómina de colaboradores que acabaron por juntar. En la Enciclopedia metieron pluma Voltaire, Rousseau, Montesquieu; Paul Henri Thiry, barón de Holbach; Anne Robert Jacques Turgot, barón de l'Aulne, considerado el inventor de la fisiocracia; François-Vincent Toussaint; Jean-François Marmontel; André Morellet; Charles Pinot Duclos; o François Quesnay. La Enciclopedia tuvo más de 200 colaboradores; y no pocos de ellos eran convencidos defensores del Antiguo Régimen, por cierto.

Los leonoritos, eso está claro, estuvieron desde el principio bastante mosqueados con esta explosión de cultura. Desde 1748, la policía de París, al mando de Joseph d'Hemery, produjo más de 500 fichas de seguimiento de otros tantos escritores franceses considerados problemáticos. En todo caso, para desasosiego de quienes ven en la Historia procesos sencillitos, lo cierto es que en este momento procesal ni D'Hemery ni la Corona estaban preocupados por eso que acabaremos por llamar proceso revolucionario. Lo que realmente les movió a realizar esa operación de vigilancia fue la amenaza jansenista.

Obviamente la policía, sabedora de que lo mejor que se puede hacer para anular una serpiente es cortarle la cabeza, también vigiló a los propios editores, y sobre todo al de la Enciclopedia, André-François le Breton. Sin embargo, en este tema tenía muchos menos poderes. Muchos de los libros que acabaron adscritos a la biblioteca de la Ilustración se imprimían en lugares como Amsterdam o Ginebra; y luego eran introducidos en Francia mediante redes clandestinas muy eficaces. Esto generó un problema en forma de violenta protesta por parte de los impresores. París era, en ese momento, uno de los mayores centros de lectura y adquisición de libros; y, sin embargo, una parte fundamental de ese negocio se iba más allá de las fronteras de Francia. Como a un francés nunca le ha hecho ascos un euro más, la Direction de la librairie, que era el departamento gubernamental que se ocupaba de la censura de libros, comenzó a otorgar lo que llamaba “permisos tácitos”, que eran autorizaciones bajo cuerda de obras que, si bien se consideran innobles para el privilegio de publicación, también se reputaban lo suficientemente flojitas como para no ser un problema. 

En 1750, el gobierno tomó una decisión que es absolutamente, pero absolutamente, fundamental para la difusión del pensamiento ilustrado: nombró a un joven de 29 años, Chrétien Guillaume de Lamoignon de Malesherbes, como director de comercio de libros. Lamoñón de las Malas Hierbas era muy admirador de las ideas de los nuevos filósofos. Además, tenía muy claro el negocio que estaba detrás de dejar que la actividad editorial francesa floreciese. Con ello, entre 1750 y 1763, tiempo durante el cual permaneció en el cargo, hizo un uso generosísimo de la figura de la autorización tácita; y, con ello, impulsó la edad de oro de las publicaciones ilustradas. La revolución hija de la Ilustración le pagaría el favor separándole la cabeza del cuerpo el 22 de abril de 1794.


Chrétien Guillaume de Lamoignon des Malesherbes, el hombre que
hizo posible la difusión de la literatura ilustrada, en la última feria
del libro de Madrid.

El prospecto de la Enciclopedia, que se publicó en noviembre de 1750, despertó enseguida una gran expectativa. La publicación había pasado la censura y contaba con privilegio de impresión. Pero esto fue porque quienes la vigilaron durante su concepción no se dieron cuenta de que, al defender la idea de que el conocimiento se nutre de todas las ciencias por igual, se estaba cuestionando el papel, hasta entonces protagonista, de la teología.

El prospecto prometía haber entregado, en diciembre de 1754, ocho volúmenes de texto y dos de grabados, por 280 libras de suscripción. En realidad, finalmente la Enciclopedia terminó por tener 17 volúmenes de textos y 11 de grabados, en una edición que no terminó hasta 1772 y cuya suscripción entonces había subido hasta las 980 libras.

Los problemas comenzaron pronto. En enero de 1751, cuando se publicó el prospecto, una publicación jesuítica, Mémoires de Trévoux, publicó un comentario atacándolo y, sobre todo, atacando su concepto de “árbol del conocimiento”; concepto que, dijo, había sido plagiado de Francis Bacon. Estas críticas continuaron en el verano de aquel año, cuando se publicó el primer volumen de la obra. Los jesuitas, por cierto, no sólo atacaban la Enciclopedia, sino que defendían la suya propia, el Dictionnaire de Trévoux, que había sido reimpreso en 1752. Para los sacerdotes, pues, derribar los sueños enciclopédicos era, en primer lugar y más que nada, un asunto de pasta.

La verdadera toma de posición filosófica de la Enciclopedia se contiene en el llamado Discurso Preliminar, que D'Alambert hizo introducir en el primer volumen. Aunque el autor del texto hace evidentes esfuerzos por salvar el concepto de revelación, su punto de vista, se dirá décadas después, positivista, que se puede resumir el concepto de que la capacidad que tiene el hombre de percibir y de reflexionar y experimentar sobre lo percibido aporta herramientas suficientes como para conocer el mundo; esa filosofía, digo, era peligrosamente amenazante desde un punto de vista religioso.

Hay que decir, sin embargo; y hay que decirlo porque, además de ser verdad, es importante para entender los tiempos y los no-tiempos de la ilustración y la revolución, que esta resistencia religiosa a los conceptos enciclopédicos ni de broma se hizo evidente desde el principio. A decir verdad, la Enciclopedia, cuando se comenzó a publicar, sólo registró la oposición de los jesuitas del Trévoux; que, además, como os he dicho tenían un interés crematístico muy mundano a la hora de atacar a la publicación. Lejos de ello, sin embargo, la publicación más leída de Francia, el Mercure, saludó a la Enciclopedia con palabras cálidas. Sin embargo, pronto las cosas se iban a torcer.

El 18 de noviembre de 1751, el abad Jean-Martin de Prades defendió en la Sorbona su tesis para conseguir doctorarse en Teología. La impresión que siempre han tenido muchos historiadores es que aquel proceso de aprobación no fue muy profesional; de hecho, se tiende a pensar que los miembros del tribunal ni siquiera se leyeron el trabajo antes de darle la aprobación. Una vez aprobada la tesis, y siguiendo lo que entonces era costumbre, ésta se publicó en forma de hoja volandera. Pronto se comenzó a hablar de que aquella tesis era herética. Prades era un buen amigo de Diderot; y se decía que éste le había dado al abad acceso a todos los artículos de la Enciclopedia que tratasen temas religiosos. De hecho el también abad Claude Yvon, que llevó la mayor carga de los artículos teológicos de la Enciclopedia, y Prades, eran buenos amigos.

Surgieron rumores de que la tesis de Prades, en realidad, la había escrito Diderot, buscando con ello una sanción de la Sorbona a las ideas que estaba fibrilando en su publicación. El hecho es que Prades, en su trabajo, se apoyaba de forma bien clara en el Discurso Preliminar de la Enciclopedia. Y, efectivamente, como señalaban los rumores, incluía en su trabajo afirmaciones heréticas, como que todo el conocimiento del hombre proviene de sus sentidos. La tesis también decía cosas como que en los Evangelios hay serios errores cronológicos (que los hay); o que los milagros de Jesús venían a ser como las curaciones de Esculapio.

El escándalo fue mayúsculo, y su epicentro fue la Sorbona. Los rectores de la misma condenaron la tesis, castigaron a todos los miembros del tribunal, y expulsaron a Prades. Al buen abad no le cabía esperar, en ese momento, la solidaridad del parlamento. La principal institución de la Justicia francesa, en ese momento, estaba de hoz y coz en la defensa del jansenismo; así pues, de ellos no se podía esperar que se batiesen el cobre por alguien con visiones heréticas. En consecuencia, el parlamento sancionó su arresto. El abad huyó a Holanda y, con el tiempo, beneficiándose de una recomendación de Voltaire, se colocó de lector de Federico II de Prusia.

Cuando el tema estaba perdiendo ya momento, apareció el lissssto del arzobispo Beaumont. No se le ocurrió otra cosa que instituir un decreto episcopal o mandement en el que analizaba uno por uno los argumentos de Prades y los desmentía; además, acusaba directamente a la Enciclopedia de estar detrás de todo aquello.

Fue un error mayúsculo. Hasta ese momento, la propia Enciclopedia, y no digamos ya los alambicados argumentos epistemológicos contenidos en la tesis de Prades, habían sido cuestión de unos pocos. Aquél había sido, hasta el momento, un escándalo estrictamente limitado al pequeñísimo grupo de ciudadanos de Francia que, sobre saber leer y escribir, eran también capaces de entender las sutilezas de la Filosofía. El decreto de Beaumont, cantado en todas las esquinas de París, hizo que todo aquello fuese de conocimiento de absolutamente todo el mundo.

El argumento de Beaumont era el mismo que ha tenido la Iglesia Católica durante siglos: la inmensa mayoría de los creyentes, si no todos, todo lo que necesita es el Catecismo. Allí se explica todo de manera que cualquier subnormal puede entenderlo; cualquier otra goyería o concepto medianamente complejo, eso déjaselo a la elite eclesial. Y, como tienen que trabajar mucho, no te olvides de regarlos con pasta. Una campaña no muy inteligente; pues, por lo general, a la gente no le suele gustar que la traten de subnormal.

Los jesuitas vieron en aquel decreto el cielo abierto (nunca mejor dicho) para lanzar una campaña contra esa Enciclopedia que les estaba haciendo perder tanta pasta. Movieron sus hilos, y finalmente mojaron. El 7 de febrero, el Consejo de Estado aprobó un edicto condenando los dos primeros tomos de la obra; a los que acusó de ser anti monárquicos, de tratar de incitar a una revuelta, y de “plantar las semillas de la irreligión, la corrupción de la moral y la des creencia”.

El tema, sin embargo, tenía sus limitaciones. Prohibir los dos primeros tomos de la Enciclopedia era tontería, puesto que ya habían sido distribuidos a los suscriptores. Para el resto de la obra, apareció Malesherbes, dispuesto a proteger a Diderot para que pudiese continuar en su labor. En realidad, la obra tenía más partidarios. En Versalles, madame de Pompadour hacía lobby por la Enciclopedia, resistiendo las presiones de Jean-François Boyer, obispo de Mirepoix, preceptor del Delfín y abierto opositor tanto de la Enciclopedia como de los jansenistas.

El 5 de enero de 1757, un empleado doméstico sin trabajo llamado Robert François Damiens logró pasar el filtro de los guardias de Versalles y clavó una pequeña navaja en el costado del rey Luis XV. Aunque en realidad la herida no fue de consideración, el rey pidió la extrema unción, por un siaca. Damiens, que fue salvajemente torturado y ejecutado en una ceremonia pública en la que literalmente lo cortaron en cachitos, nunca confesó el nombre de cómplice alguno. Pero lo que es un hecho es que la corona se volvió especialmente sensible a la discrepancia.

El 16 de abril de 1757, se decretó que cualquier publicación que buscase emovoir les esprits, es decir, mover la conciencia del personal, supondría la ejecución de su redactor o impulsor. El parlamento organizó una quema pública de obras filosóficas, y comenzó a preparar el decreto por el que se prohibiría la Enciclopedia. Finalmente, el privilegio de publicación fue revocado. Malesherbes, en ese momento, advirtió a la Diderot de que la policía estaba preparando una acción para entrar en su librería y hacerse con todas sus publicaciones; y no sólo hizo eso, sino que le ofreció su propia residencia para ocultar los libros.

Diderot siguió trabajando en la clandestinidad. Pero el ataque a los enciclopedistas, o a los filósofos como se los llamaba, se convirtió en deporte nacional. Una obra de teatro, Les philosophes, de Charles Palissot de Montenoy, se convirtió en un éxito; pone a los ilustrados de gilipollas. En la Academia Francesa, un miembro, Jacques le Franc de Pompignan, los denunció. En marzo de 1759, siempre al frente de los valientes comme d'habitude, el francisquito Clemente XIII puso la Enciclopedia en el Índice de Libros Prohibidos. O sea, donde colocaría ahora a la inteligencia artificial si todavía tuviese poder.



Voltaire, Montesquieu y Rousseau, fotografiados
ayer por la tarde en la place Vendôme.

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