martes, octubre 06, 2026

El cabreo (7): … y Mauchaut se bajó los pantalones (para colmo, delante de un cura)

El retrato que encabeza esta serie
es una reinterpretación moderna
de Luis XV, obra de Copilot.


Café y alfabetos
El bulo real
La canción sifilítica
Esa cosa llamada jansenismo
Cuando la Iglesia decide no servir ni para lo poco que sirve 
El conflicto de los niños
… y Mauchaut se bajó los pantalones (para colmo, delante de un cura)
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La riqueza del Estado
El debate fiscal
¿A cuánto ascenderá el déficit público?
El follón de los jesuitas
Pelea de gallos ilustrados
El caso Calas
El rey está empalmado
La mujer más odiada de Francia
La otra mujer más odiada de Francia
L’affaire de Bretagne
El mundo nuevo de Maupeou
Libelos a favor y en contra
Beaumarchais, en escena
El rey ha muerto, que se joda el rey
Viva el rey, mientras no suba el pan
La guerra de la fariña
Luz y taquígrafos
El hombre que trató a los franceses como adultos
Entre la ilusión romántica y el realismo
Vous vous êtes donné la peine de naître, et rien de plus
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El cardenal y su amigo mistabobo
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De toros y de osos
Mirabeau abre la lata de Göbels
El abad especulador
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La caída de Calonne
Cállate, Borbón
El rey sordo
La declaración de 3 de mayo
Au revoir, parlement
La maduración lenta borbónica aviva el gen PNV
Un cartel en la puerta de la reina
La mala suerte
Necker retrasa la revolución francesa
Unas elecciones son más difíciles de lo que se cree
Tres, dos, uno...
Las lágrimas de un rey


 

El sistema fiscal francés era todavía más ineficiente e injusto. Una serie de provincias de la nación, conocidas como pays d'etats, contrataban con la corona el pago de sumas de impuestos que ellos pasaban a recaudar con sus propias reglas, reguladas en los Estados Provinciales. Era un sistema anticuado y medieval, basado en fueros antiguos, que generaba inmediatamente una irregularidad fiscal, pues lo normal era que territorios que tenían que pagar más, en realidad pagasen menos. Pero esto pasaba en el Antiguo Régimen. Afortunadamente, en los tiempos actuales este tipo de sistemas de cupo ya no existen, y los opinadores y políticos progresistas y amigos de los impuestos les presentan una hostilidad continuada y cerril [IRONIA OFF].

Como ya os he dicho, la Iglesia fijaba unilateralmente el monto de su cupo o don gratuit en un voto de una Asamblea General que se reunía cada cinco años, y que estaba dominada por el denominado primer orden de prelados; o sea, los come gambas purpurados.

Los impuestos indirectos eran recaudados por una entidad privada, que podía acordar con el gobierno el pago de adelantos.

Cuando el gobierno envió al Parlamento para su registro el edicto sobre la imposición de la vingtième, se encontró un ambiente poco propicio. Las consecuencias del conflicto por los jansenistas todavía estaban muy vivas. Los magistrados decidieron jugar la carta del populismo. En el seno de las cámaras comenzaron a producirse discursos que venían a decir que, imponiendo un impuesto indefinido sobre los hombros de la gente común, el rey estaba incumpliendo su parte de pacto, cuando los franceses habían cumplido la suya durante la guerra. Fue al calor de estas intervenciones cuando en París, y en Francia, se comenzó a hablar de las excentricidades del tren de vida del rey. Como ya os he dicho, el tema no era tanto por qué el rey poseía ciertas cosas, sino por qué las poseía en la medida en que lo hacía. No se ponía en cuestión que tuviese una cuadra; pero se decía que poseía más de 2.000 caballos, y eso sí que aparecía como excesivo (de hecho, como ya leeréis, una de las primeras medidas de Luis XVI, claramente obsesionado por demostrarse como un rey más austero que su padre, fue reducir drásticamente el tamaño de la cuadra).

Por otra parte, hay que tener en cuenta la insondable capacidad de los leonoritos a la hora de no enterarse de nada. Esa incapacidad intelectual que luego les llega a decir (cuando lo dicen) eso de “me equivoqué, y no volverá a pasar”. El rey de Francia poseía multitud de castillos; y hasta ahí yo diría que el tema daba cero problemas. Pero la cosa cambió cuando Luis XV decidió hacerse un Corinna zu Sayn-Wittgenstein, y regalarle el castillo de Bellevue a madame de Pompadour. En un París en el que un obrero con oficio ganaba aproximadamente unas 400 libras al año, se dijo que Bellevue valía siete millones. En otras palabras, las ganancias completas de 17.500 ciudadanos en un año. El polvo más caro de la Historia.

El 18 de mayo de 1749, el Parlamento sometió a votación si presentaban remonstrances al proyecto de edicto con los nuevos impuestos; la propuesta ganó 106 contra 49.

Mauchault ya esperaba este movimiento; y no era persona que se achantase. El 19 de mayo, ordenó al parlamento que registrase el edicto sin cambio alguno. Para sorpresa de todos, el parlamento obedeció.

Aquello, sin embargo, no había terminado. Los peores enemigos de Mauchault eran ahora los poderes territoriales y, cómo no, la Iglesia, tan acostumbrada siempre a que le den pasta sin soltarla.

Diversos territorios, como Languedoc y Bretaña, sacaron a pasear sus privilegios de tal o cual siglo para aducir que la vingtième no iba con ellos. Mauchault hizo disolver los Estados Provinciales de Languedoc. No sólo eso, sino que ordenó a los intendentes reales (especie de delegados del gobierno) para que organizasen ellos la recaudación del nuevo impuesto en los pays d'etats.

En cuanto a la Iglesia, lo cierto es que la razón estaba con Mauchault. De tiempo atrás, la Asamblea General de obispos y otros tripudos había abandonado incluso la tentativa de parecer que el don gratuit se acercase mínimamente a lo que todo el mundo sabía que la Iglesia, dueña de vidas y haciendas por toda Francia, debía pagar. El plan del ministro de finanzas era establecer un impuesto del 5% (de ahí lo de vingtième) sobre el valor de cualquier producción eclesial.

La Asamblea General de la Iglesia galicana convocada para estudiar esto se inició el 25 de mayo de 1750. El lugar, el convento de los Grands Augustins en París. Las sesiones fueron a puerta cerrada porque la Iglesia, que quiere que tú seas muy abierto al confesar tus pecados, es notablemente cerrada cuando ventila sus asuntos. La Asamblea vivió una vida clandestina entre los parisinos durante semanas; en puridad, allí nadie, salvo que se lo estuviese enculando un cardenal, tenía información alguna de lo que estaba pasando allí dentro. Esto, sin embargo, cambió el 17 de agosto, cuando el rey, probablemente hasta los huevos de dos meses y pico ya de dimes y diretes, hizo pública una declaración. Esa declaración decía que, en lugar del don gratuit, el gobierno estaba dispuesto a aceptar una aportación de un millón y medio de libras anuales durante cinco años. Técnicamente, esa aportación era para poder cubrir diversas deudas eclesiales; pero todo el mundo entendió que era un impuesto; y que Versalles pretendía tomar las riendas de lo que la Iglesia le pagaba, en lugar de dejar, como hasta entonces, la cantidad en manos de Dios (so to speak).

La corona iba más lejos: todo tomador de un beneficio eclesial debería declarar tanto su valor como su rendimiento. Los propietarios tenían seis meses para informar, y su información podía ser auditada por funcionarios. El mensaje era claro: se terminó el cupo. Se terminó eso de que, a cambio de un pago, yo no pueda, en puridad, saber lo rico que eres.

Cualquier persona que haya pasado algún rato de su vida bailando con curas sabe lo que pasó después. El rey de Francia estaba poniendo sus sucias, terrenales manos, sobre el puto centro de ese business model que llamamos Iglesia Católica, Apostólica y Forrada: la pasta. Si se intitulaba Cristianísimo, como si se intitulaba Ronaldísimo. Aquello no podía ser.

La Asamblea votó la remisión de remonstrances al rey. Su argumento principal era muy previsible: un estado secular no puede imponer impuestos sobre “propiedad consagrada por Dios”. Mauchault convenció al Rei Lui de que si se dejaba superar en aquel conflicto, ya nunca dominaría las finanzas del país, porque todos los que de verdad ostentaban la riqueza de Francia le irían meando en la pechera. Así pues el Bourbon, venciendo su natural repugnancia a enfrentarse con sotanudos, envió a la Asamblea a Louis Phélypeaux, conde de Saint-Florentin y marqués (duque desde 1770) de La Vrillière. Luis era el secretario de Estado de asuntos religiosos. Llevaba una carta remitida al presidente de la asamblea, Dominique de la Rochefaucauld. El presidente dijo que la asamblea quería tiempo para estudiar todo aquello, a lo que Saint-Florentin dijo que se dejasen de hostias, que el rey tenía prisa.

Lo mandaron a una habitación a esperar. Después de dos horas esperando, se fue a comer. Cuando volvió de comer, esperó otras dos horas. A las seis de la tarde, finalmente, le entregaron un escrito en el que la asamblea se reafirmaba en el principio general de que un rey no puede ponerle impuestos a la Iglesia.

Versalles, claramente, esperaba esto. De hecho, Saint-Florentin, cuando Rochefaucauld le dio la carta con la decisión, le dijo que se iba a la calle para leerla mejor; pero que, en el ínterin, le daba una caja de Amazon para él, y que la abriera. Cuando el curita abrió el paquete, se encontró una amplia colección de lettres de cachet ya preparadas. El rey iba a disolver la asamblea y enviar a sus miembros a sus diócesis. En el fondo de la caja había un edicto ordenando a cada obispo producir su cuota parte del pago de un millón y medio de libras.

Luis XV estuvo a punto, pues, de colocarse en eso que hoy nos ha dado por llamar el lado correcto de la Historia. Los tiempos venían así. Eso que llamamos Ilustración es un proceso que, en realidad, es más amplio que la Ilustración misma. Y bajar a la Iglesia de su pedestal marmóreo era uno de los elementos fundamentales de ese cambio. Haberse mostrado públicamente así de inflexible con los propietarios de buena parte de la riqueza del país le había servido al Felpudo para sacudirse parte de su caspa.

No hubo tal, sin embargo. El 17 de febrero de 1751, cuando estaba a punto de expirar el plazo dado por los edictos, se supo que Mauchault, finalmente, se había bajado los pantalones delante de los curas; gesto éste que, por cierto, es extremadamente peligroso por muchas razones. Aceptaba un don gratuit del clero equivalente a la mitad de lo que habría pagado por la vieja décima; a cambio de que el gobierno renunciase a cualquier investigación sobre el valor de las posesiones eclesiales. Renunciaba, pues, a saber si el citado don gratuit era el 10%, o el 0,00001%, de lo que la Iglesia obtenía cada año. En el tiempo de descuento, Luis XVI, presionado por los muchos miembros de la Corte que se beneficiaban de los ingresos eclesiales a través de Servinabar y Análisis Relevante SL; presionado, dicen, por una madame de Pompaduour que se negó a masajearle el pene hasta que no cediese; presionado por toda esa gente, digo, el Felpudo había dejado tirado a su ministro de Finanzas, y le había obligado a ir a ver al arzobispo de París, el ínclito Beaumont, y besarle el culo.

Tenéis que entender que la fase pública, por así decirlo, del conflicto sobre la vigtième, es contemporánea del problema del jansenismo. El rey, pues, a los ojos de muchos parisinos, le negaba a la gente la paz eterna, al regatearles los santos sacramentos; y le negaba también la paz presente, pues a nadie se le escapaba el detalle de que lo que la Iglesia no quisiera pagar, alguien lo tendría que pagar. Sabemos que miembros importantes de la Corte temieron, en la segunda mitad del año, el asesinato del rey. Luis, en diciembre, publicó un edicto suspendiendo el cobro eclesiástico de la vingtième, y dejando virtualmente a la Iglesia completa dueña de su patrimonio y sus finanzas. Aquellos tiempos fueron testigos de una creciente hostilidad hacia la figura del rey, de su favorita, y de su ministro de Finanzas, a quien se acusaba de arbitrario (a unos sí, a otros no); en mi opinión, de forma injusta, pues si alguien quiso, en ese momento, imponer en Francia un sistema impositivo medianamente racional, ése fue Mauchault. Ya en 1754, completamente vencido por sus oponentes cabe el rey, fue nombrado ministro de Marina, como lo podían haber nombrado ciemero de los establos.

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