jueves, octubre 15, 2026

El cabreo (13): Pelea de gallos ilustrados

El retrato que encabeza esta serie
es una reinterpretación moderna
de Luis XV, obra de Copilot.


Café y alfabetos
El bulo real
La canción sifilítica
Esa cosa llamada jansenismo
Cuando la Iglesia decide no servir ni para lo poco que sirve 
El conflicto de los niños
… y Mauchaut se bajó los pantalones (para colmo, delante de un cura)
La Enciclopedia
La riqueza del Estado
El debate fiscal
¿A cuánto ascenderá el déficit público?
El follón de los jesuitas
Pelea de gallos ilustrados
El caso Calas
El rey está empalmado
La mujer más odiada de Francia
La otra mujer más odiada de Francia
L’affaire de Bretagne
El mundo nuevo de Maupeou
Libelos a favor y en contra
Beaumarchais, en escena
El rey ha muerto, que se joda el rey
Viva el rey, mientras no suba el pan
La guerra de la fariña
Luz y taquígrafos
El hombre que trató a los franceses como adultos
Entre la ilusión romántica y el realismo
Vous vous êtes donné la peine de naître, et rien de plus
Escritores calaveras
El cardenal y su amigo mistabobo
Versiones
La reina de las vajillas y las pajillas
De toros y de osos
Mirabeau abre la lata de Göbels
El abad especulador
El escándalo Norman 
Todo empezó con unos cuernos
Los notables
La caída de Calonne
Cállate, Borbón
El rey sordo
La declaración de 3 de mayo
Au revoir, parlement
La maduración lenta borbónica aviva el gen PNV
Un cartel en la puerta de la reina
La mala suerte
Necker retrasa la revolución francesa
Unas elecciones son más difíciles de lo que se cree
Tres, dos, uno...
Las lágrimas de un rey


Tras recibir la sentencia del caso La Valette, los jesuitas ni siquiera intentaron apelar. Dejaron el tema correr. Trataron de ganar la batalla de la opinión pública a base de alquilar plumas que escribiesen panfletos; pero fue en ese terreno donde habrían de darse finalmente cuenta de que habían perdido definitivamente eso que se llama la batalla de la opinión pública.

Como ya os he dicho, el gran golpe que recibieron los jesuitas fue la decisión de los parlamentarios de París, bastante genial, de publicar extractos de los propios escritos jesuíticos, demostrando con ello que servían lo mismo para un roto que para un descosido (como suele ocurrir con todo aquél a quien sólo mueve la pasta).

Además del ya citado libro de La Paige, que fue todo un best-seller, probablemente el golpe más duro lo asestó el editor del Parlamento, Pierre-Guillaume Simon, quien publicó un demoledor tomazo de más de 500 páginas: sus Extraits des assertions dangereuses et pernicieuses en tout genre que les soi-disants Jésuites ont, dans tous les temps et persévéramment sostenues, enseignées et publiées dans leur livres. Es uno de esos libros que ha sido rescatado por la edición moderna a precios casi asequibles; quizá se lo podáis pedir algún año a los Reyes, si tenéis interés. El libro fue editado por Simon, pero tiene muchos autores; pues algo así como el informe final de la Comisión Warren formada por el Parlamento, explícitamente para estudiar esas aseveraciones dangereuses et pernicieuses de los jesuitas de todo tiempo; así como para asegurarse de la calidad de las traducciones, ya que la mayoría de los textos originales se escribieron en latín, y la obra está editada a dos columnas, con la versión en francés.

El libro está dividido en capítulos en los que se agrupan por temas las burradas perpetradas por los jesuitas. Hay grupos de citas para cosas como la simonía, la blasfemia, el perjurio, el fraude, la prevaricación judicial, el robo, incluso el homicidio. La sección más larga, en todo caso, está dedicada a las citas en los que los jesuitas justificaron el regicidio. Extractos de manuales para sacerdotes demostraban que los jesuitas consideraban que el robo es una acción justificable o que, en todo caso, de considerarla un pecado, será venial, siempre y cuando el propietario del objeto robado no lo estuviese usando o el ladrón, si era su sirviente, no se considerase bien pagado. Esto te lo pongo, más que nada, para que te lo pienses dos veces antes de reírte la próxima vez que alguien te diga que el marxismo es pensamiento religioso reciclado. En cuanto al homicidio, por lo menos los jesuitas decían que sólo es justificable en algunos casos; pero, en un arrebato de moralidad, venían a decir que el homicidio por envenenamiento nunca es justificable; salvo que se aplique envenenando los vestidos que la víctima se va a poner.

En mi opinión, el Parlamento, en este texto, arrima un poco el ascua a su sardina. Yo creo que los jansenistas parlamentarios, que no eran ningunos idiotas, sabían perfectamente por qué diversos teóricos y maestros jesuíticos habían, a lo largo de los años, coqueteado con la moralidad del crimen. Ellos, es mi idea, sabían perfectamente que los jesuitas habían hecho eso para justificar las muchas ocasiones en las que se estaban quedando con la pasta. Pero, obviamente, llevaron todo aquello a otro terreno: el terreno de denunciar que el objetivo de los jesuitas era emponzoñar las mentes de los niños y estudiantes, disolver la sociedad y, al fin y a la postre, imponer su poder sobre el del rey, si acaso cargándoselo.

La antología parlamentaria vino a publicarse y leerse al mismo tiempo que otra obra de éxito: Compte rendu de constitutions des Jésuites, obra de Louis-René de Caradeuc de La Chalotais, que era fiscal en el parlamento de Bretaña. Se publicó en febrero de 1762 y en un mes había vendido 12.000 copias. Fue repetidamente reimpreso.

Chalotais es el teórico de los templados. Su obra no es en modo alguna una obra exaltada, y quizás por eso es más dañina desde el punto de vista de un jesuita. Los soldados de Dios, viene a decir, no son inicialmente peores que cualquier otra orden religiosa, puesto que, en realidad, toda orden religiosa, con el paso del tiempo, se deja llevar por malas ideas. La diferencia reside en que la mayoría de las órdenes le venían a decir a sus acólitos que se encerrasen en sus celdas; mientras que a los jesuitas lo que se les exigía desde el primer día era una presencia permanente en la sociedad. Presencia en la que el compromiso con el poder secular era nulo, puesto que ellos a quien obedecen es al Francisquito.

El abogado bretón se convirtió, con su publicación, y probablemente sin pretenderlo, en el portavoz de facto de eso que podemos llamar la opinión ilustrada sobre el tema jesuítico. Es tan así que en su momento se creyó, y de cuando en cuando resurge la idea, que el autor real del libro fue D'Alembert. Lo cierto es que los ilustrados, en este tema, pocos méritos pueden apuntarse. D'Alambert publicó con su nombre su propia publicación sobre los jesuitas. Pero lo hizo en 1765, cuando ya habían sido expulsados. El típico nenaza, pues. En 1763, Voltaire había publicado un panfletillo, Balance égale, en el que básicamente recopilaba todas las acusaciones contra los jesuitas y las refutaba; cosa que hacía de una manera tan torpe y manipuladora que, la verdad, ese folleto, en lugar de hacerle un favor a los jesuitas, les mete un pepino por el culo. Lo cual ha llevado a muchos volterianos a sostener que ésa siempre fue su intención. Yo, personalmente, creo que no hay nada de eso. En los escritos de Voltaire yo creo que queda claro que siempre quiso colocarse en un justo medio (o más bien tres metros por encima) tanto de jesuitas como de jansenistas. Y el caso es que la repugnancia que sentía por los segundos le impidió secundar los ataques por tierra, mar y aire contra la Compañía de Jesús.

Como consecuencia de todo esto, eso de ver la expulsión de los jesuitas como una especie de primera victoria de la Ilustración es tan sólo una visión moderna de historiadores partisanos que declaran felices haber superado “visiones obsoletas” a base de defender ideas que no se sostienen. Eso sí, todo el proceso, que fue un proceso liderado, vertebrado y ejecutado por jansenistas, tuvo la consecuencia, o la virtud si lo queremos de ver desde el punto de vista de la revolución francesa, de debilitar notabilísimamente tanto el poder como, sobre todo, el papel y el prestigio social de la Iglesia en Francia y, de consuno, también del montaje felpúdico-borbónico. En un proceso que a mí me recuerda un poco a ése de las mujeres persas que dejan de tener miedo de no llevar velo, Francia comenzó a acostumbrarse a ideas tan normales hoy en día como que si un cura es un gordo cabrón inútil y pederasta, pues se dice y punto. En las tiendas de París comenzaron a venderse unos juguetitos que eran la representación de un jesuita que, tirando de una cuerdita, se “refugiaba” en una especie de cueva; exactamente: como las serpientes. Por toda Francia se extendió el rumor de un panfleto publicado: Les trois nécessités, en el que se diría que la destrucción de los jesuitas era sólo el primer paso de tres. Los otros dos serían la destrucción de la Iglesia y de la monarquía. Este panfleto nunca existió; pero, en un mecanismo típico de leyenda urbana, Francia estaba petada de gente que lo había leído. Incluso un parlamento, el de Alsacia, llegó a prohibirlo.

El principal afectado de la expulsión de los jesuitas fue, sin duda, la Iglesia oficial. Siempre tendremos la duda de si decir que los jesuitas son el testaferro del Papa, o si es el Papa el que le guarda los cuartos a los jesuitas. Yo creo que el tema es un poco fifty—fifty. Pero lo que está claro es que el escándalo y la expulsión, sobre todo porque generó el embargo civil de la riqueza jesuítica, fue un golpe durísimo para la ICAR en el único flanco que realmente le importa, que es la pasta.

El caso es que, además, todo este problema fue contemporáneo de otra polémica que también mantuvo mesmerizados a los franceses.

¿Os habéis preguntado alguna vez por qué cierto tipo de persona: esa persona que frecuenta fiestas donde no entra cualquiera y que sabe comportarse ante cualquiera, suele ser definido como alguien mundano? La respuesta habitual es que decimos mundano de alguien que “tiene mundo”. Pero no en Francia. En Francia el apelativo moundain se le dedica a alguien que pertenece al mundo.

Esto es así porque, en los siglos XVII y sobre todo XVIII, el mundo, le monde, era, para los parisinos, esa sociedad por encima de la sociedad. Lo que luego hemos llamado la gente chic, los pijos, la beautiful people... tiene muchos nombres, pero siempre ha sido más o menos lo mismo, adaptado a su época. Le moundain es el título de un poema de Voltaire en el que el autor contrapone la rudeza y simpleza de los primeros Adán y Eva con la impostada sofisticación del mundano.

El fenómeno del mundano aportó mucha riqueza de matices a la sociedad francesa por dos características. En primer lugar, su relativa transversalidad, pues muchos mundanos eran aristócratas, pero no todos. Y, en segundo lugar, su carácter secular, ya que el francés mundano, por lo general, vivía básicamente ajeno a las llamadas y admoniciones de la Iglesia. La suya era una prevalencia que había dejado de esculpirse a base de procesiones y donaciones para conventos. El mundano es el rico de toda la vida, sólo que ahora disfruta de la existencia en público y sin cortarse; ya no ve razón para vestir sayón de estameña, ni siquiera en Semana Santa.

Fue en este terreno social, por mucho que Voltaire intentase ridiculizarlo en su poema, donde comenzaron a florecer los fans de los textos irreligiosos, más que anti religiosos, de Voltaire. A esos hombres normalmente cultivados y hondos creyentes en la palabra que sería el gran Mesías del siglo XIX, el Progreso, los puntos de vista de Voltaire, vitalistas y con un punto Raúl Cimas por así decirlo, les gustaban.

En 1750, sin embargo, otro autor vino a proponer un camino diferente para la Ilustración, por así decirlo. La publicación con la que aterrizó en las mentes de los franceses fue Discours sur lessciences et les arts, y se publicó en 1750. Su autor, Jean-Jacques Rousseau, era entonces un teórico completamente desconocido. Y, sobre todo, era cualquier cosa menos eso que entonces se llamaba un mundano. Era hijo de un relojero y había nacido y crecido en Ginebra; eso quiere decir que, fueren cuales fueren sus ideas sobre Dios, su manera de ver la vida era la de los calvinistas.

La tesis de Rousseau era que, contrariamente a lo que sostenía la corriente mandante de la Ilustración, el progreso de las ciencias no había hecho a las sociedades más justas y más morales. En la visión de Rousseau, que era una visión anti volteriana aunque no citase a su contrincante, la literatura, las artes y las ciencias no hacían sino corromper más al ser humano. Rousseau creía en un original, primitivo estado de inocencia y ausencia de maldad del ser humano; y consideraba que los avances del siglo le alejaban de esa situación.

El mensaje de Rousseau caló pronto, y caló hondo. Por varias razones. En primer lugar, porque, sociológicamente, había toda una Francia, extendida desde la clase obrera hasta la burguesía, que tenía la ambición de presentarle batalla a los mundanos, con la misma intensidad que a los hombres de poder de toda hora (porque contemplar el siglo XVIII como un enfrentamiento binario entre liberales y partidarios del Antiguo Régimen es empezar a no entender nada). En segundo lugar, porque el discurso de Rousseau, que era una especie de ascesis moral transversal, tanto laica como religiosa, prendía perfectamente entre unos franceses que habían generado el jansenismo, que no deja de ser la tradicional revolución savonaroliana reciclada.

Espoleado por este éxito, Rousseau publicó Discours sur l'origine et les fondements de l'inegalité parmi les hommes (incluido en el enlace que he puesto antes) en 1755; donde ya dibujó la idea de una sociedad primaria en la que el hombre es feliz por haber sido liberado de la contaminación de la riqueza y de la cultura.

Voltaire reaccionó violentamente a esta publicación. Le escribió una carta a Rousseau, que hizo publicar y circuló de mano en mano, en la que le decía cosas como “nunca nadie ha hecho tantos esfuerzos para convertirnos a los hombres en estúpidos” (se ve que no conocía a Montse Mínguez).

A partir de ese momento, ese movimiento que hoy llamamos Ilustración dejó de ser, en la percepción de los parisinos, un movimiento unívoco. Tenía, cuando menos, dos vertientes; y vertientes, además, antitéticas. En 1758, Rousseau se alienó por completo del movimiento ilustrado con su Lettre a D'Alembert sur les espectacles. La razón de esa publicación fue la redacción por parte de D'Alembert de la voz “Ginebra” en la Enciclopedia; un texto en el que no ahorraba críticas hacia el calvinismo de la ciudad y su hostilidad hacia el teatro. El autor intelectual de la crítica fue Voltaire, que estaba viviendo precisamente en Ginebra y quería tener la oportunidad de estrenar las obras que estaba escribiendo.

La evolución del discurso roussoniano lo llevó de criticar la cultura en general a criticar el universo mundano en particular. El lujo y los fastos de las reuniones mundanas, escribió, es “el arma favorita del vicio”.

Todas estas ideas, y el análisis de las consecuencias políticas de las mismas, las quintaesenció Rousseau en su obra más conocida, Du contrat social (también en el primer enlace que he puesto) (1762). Un año antes, sin embargo, había sorprendido a propios y a extraños convirtiéndose en el enemigo de la literatura que, de repente, publicaba una novela. Una novela que es, cuando menos en mi opinión, su mejor obra: La nouvelle Héloïse.

Al ser una novela, el libro no está afectado por las constricciones del discurso de ensayo. Cuenta la historia de una mujer, Julie, que vive en una pequeña ciudad protestante y es seducida por su preceptor, Saint-Preux, un hombre de menor extracción social que, por lo tanto, no se puede casar con ella. Julie obedece a su padre y se casa con Wolmar, pero sin dejar de amar a Saint-Preux. El preceptor decide marcharse en busca de aventuras. Julie se queda en su hogar con un hombre que además es profundamente ateo, cosa que ella tiene que soportar. Diez años después, Saint-Preux regresa, reavivando la llama del amor entre ambos, aunque Julie nunca abandona a su marido, y muere al final de la novela, digamos, en virtud.

La nouvelle Héloïse es, con mucho, el más exitoso best-seller del siglo XVIII y, para muchos autores, es un precursor neto del movimiento romántico del siglo siguiente. Destila un desprecio olímpico hacia los círculos mundanos de la sociedad; pero, a pesar de eso, en un fenómeno tan curioso como común (ahí están los pijos de los setenta escuchando música punk), esa misma sociedad mundana devoró la novela con pasión. La demanda del libro llegó a ser tan elevada que algunos avispados editores llegaron a alquilar ejemplares por horas.

Pero, por sobre todas las cosas, y es por eso que yo creo que es la mejor obra de Rousseau, La nouvelle Héloïse es la novela de las clases medias. Novela de burgueses esforzados que viven en entornos de elevada moralidad, levantándose cada día para ganarse el pan, y para ganarse, también, el amor. Esa novela es la victoria moral de los hombres y las mujeres en que nos hemos convertido. Porque Voltaire, a su manera, no quería esto. Quería un mundo sin religión y con mucha ciencia pero, en el fondo, tan dividido en castas como aquél que quería abandonar. Todo es así de contradictorio; un escritor que era enemigo de la literatura acabó haciendo una literatura que, a su manera, lo cambió todo.

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