jueves, junio 11, 2026

Franco y los EEUU (6): Franco se apunta un tanto




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Los memorandos españoles sirvieron, fundamentalmente, para que los Estados Unidos se diesen cuenta de que podían alcanzar un acuerdo con España con bases diferentes de las que habían pensado. Sin embargo, para Washington se presentaba el reto de lograr entender, y hacer entender, que las expectativas de Franco en aquellos acuerdos no se limitaban a la ayuda militar, ni siquiera a la económica. La expectativa de El Pardo era utilizar toda aquella negociación para construir un puente que le permitiese a España incorporarse con normalidad a la vida europea y occidental.

Esto pasaba por reconocer explícitamente el papel de España (y no de su territorio como mero espacio donde se implantarían las bases) en la defensa occidental; algo que pasaba por atender las importantes necesidades de defensa que tenía el ejército español; pero que cuando menos una parte de la clase gobernante estadounidense no quería atender, por entender que de esa manera se estaba consolidando una dictadura.

El embajador McVeagh, en parte influido por el hecho de que estaba a pie de campo y no podía ver las cosas con la frialdad con que se podían ver a miles de kilómetros, estaba por la labor de dar pasos de reconocimiento en favor de España. En su opinión, tendría que existir un reconocimiento explícito a los esfuerzos militares que iba a hacer España; aunque sólo fuera porque el país iba a abordar la construcción de una base para bombarderos pesados que no tenía ninguna utilidad para España. Asimismo, la embajada era partidaria de darle a España un tratamiento igual a otros países con los que Estados Unidos tenía pactos similares; y, sobre todo, reconocer su papel en la defensa del bloque occidental contra el enemigo soviético. En el fondo de esta reivindicación por parte de Franco latía la necesidad del general de pintar con ese barniz a la clase militar española, que tanto había hecho por él y que ahora, en los tiempos de la posguerra, no quería aparecer como un atajo de rancios espadones.

Todas estas reivindicaciones empujaban en una dirección en la que Estados Unidos no quería moverse, pero hubo de hacerlo: la dirección de convertir el acuerdo en una expresión de amistad entre naciones. Franco se quería vender como aliado de la primera potencia democrática del mundo.

Otro elemento que fue muy importante fue que, como suele pasar, las peticiones españolas, cuando fueron valoradas económicamente, se salían completamente de los planes que se habían trazado en Washington. Con un sobrecoste superior a los 400 millones de dólares en varios años, en realidad el acuerdo venía a ser aproximadamente el doble de caro de lo que se había calculado. Era un precio excesivo a cambio de un mero alquiler de bases, y esto operaba como un argumento más a favor de los avances en la implicación de las fuerzas armadas españolas en los esquemas de defensa atlántica.

Todo esto, sin embargo, desmentía el principal argumento con que el gobierno estadounidense esperaba tranquilizar, tanto a los políticos más liberales en su país, como a determinados aliados europeos. El argumento era sencillo: todo lo que vamos a acordar con el gobierno español tiene estricta relación con el uso de las bases que vamos a utilizar. Nada más. Ahora, sin embargo, se iba más allá.

En el marco de las negociaciones, los estadounidenses acabaron por aceptar (resignarse a yo creo que es una expresión más precisa) la inclusión en el texto de los acuerdos una declaración explícita en la que se afirmaba la amistad entre los dos gobiernos con el objetivo común de fortalecer la defensa occidental, lo que suponía, además, establecer la promesa de que la ayuda militar se extendería en el tiempo durante varios años. En materia económica, los compromisos eran más tenues, pero no dejaban de ser importantes. El gobierno estadounidense establecía que España podría ser beneficiaria de la ayuda estadounidense en condiciones iguales a otros países. A cambio, los negociadores españoles aceptaron el principio, fundamental para el Estado Mayor Conjunto estadounidense, de que la utilización de las bases se produciría tanto en tiempo de paz como de guerra.

El gobierno republicano estadounidense, sin embargo, estaba comprometido en una serie de medidas de recorte del gasto público que afectaban al acuerdo. El 1 de julio, el Senado dio su aprobación a una enmienda por la cual las transferencias de la Mutual Security Agency deberían cesar el 30 de junio de 1955. Las operaciones de la MSA pasarían a gestionarse por una Foreign Operations Administration o FOA. Asimismo, se aceptó ya en 1954 un recorte de 1.000 millones de dólares en la ayuda exterior, recorte que impactaba directamente en algunas cantidades que se habían previsto para España.

Los hombres de Franco llamaron a McVeagh a capítulo. Le dejaron claro que si la pasta dejaba de fluir, el acuerdo podía terminar el agua de borrajas. Hizo falta, pues, un acuerdo entre los departamentos de Defensa y Estado, y entre éstos y la FOA, para conservar impoluta la factura de España. En ese entorno de cosas, Franco decidió presionar todavía más a Eisenhower, enviándole una carta personal en la que le venía a decir que al gobierno español siempre le habían caído muy bien los estadounidenses, pero que con tanto retraso del acuerdo estaban empezando a preguntarse si no serían un poco hijos de puta; amén de recordar que esperaba que el acuerdo incluyese un anexo donde se hablase, no de la dotación de las fuerzas estadounidenses beneficiarias de las bases, sino de la dotación de las españolas.

Franco, en la práctica, estaba diciéndole al veterano general metido a presidente (o que tal vez siempre fue un político metido a general) que si le tocaban mucho los cojones podría encarecer el acuerdo más allá de lo que Estados Unidos podía pagar conservando la jeta. Y le funcionó. El 9 de abril de 1953 había sido nombrado embajador en Madrid James Clement Dunn. Dunn, un más que experimentado diplomático, fue dotado de todos los poderes necesarios para concluir el acuerdo; en Washington estaban seguros de poner el asunto en manos de un tipo que no permitiría que la redacción se le fuera de las manos y terminara diciendo lo que no tenía que decir. Tras el verano de 1953, efectivamente, Dunn fue consolidando convencimientos y avanzando propuestas. Los estadounidenses se avinieron a un programa de ayuda de 465 millones de dólares en cuatro años.

El pulso político, sin duda, lo había ganado Franco. El general pudo presentarse ante las Cortes para presentar el texto del pacto, motejándolo de histórico. Y lo era. En octubre de 1953, por fin, Francisco Franco podía exhibir públicamente el giro retórico y político que llevaba buscando por lo menos desde que en 1946 fue oficialmente declarado paria internacional. La reacción de España al ostracismo de que le hizo objeto la comunidad internacional, tanto occidental como soviética, fue negar lo evidente (que el país se había pasado años levantando el brazo) y establecer una retórica victimista, de pollito Calimero, en plan a mí nadie me quiere y no sé por qué. Franco estaba deseando abandonar esa retórica, porque aunque interiormente le pudiera reportar inmarcesibles muestras de adhesión, era suficientemente inteligente como para comprender que cuando antes la abandonase, antes estaría cotizando la posibilidad de morirse con más de ochenta años, en la cama y siendo jefe del Estado.

El discurso de Franco a las Cortes presentando el acuerdo es el momento en el que ese giro se produce. Franco se presentó ante sus mesnadas como un europeo más; y, dejando claras las instrucciones, provocó todo un tsunami de europeísmo entre su clase política, muchos de cuyos conspicuos miembros habían estado hasta aquel lunes por la tarde abominando de todo lo que ahora admiraban "de toda la vida". Eso sí, para gran disgusto del Departamento de Estado estadounidense, el discurso de Franco no ahorró los venablos con los que al general le gustaba regar a Reino Unido, potencia a la que acusó de rancio imperialismo colonial; y tampoco se recató de dejar claro que las tendencias mayoritarias de la política europea de la época (reformas democráticas) no eran las suyas. Es más: permitió que la sensación fuese clara de que una España “envalentonada” por una mejora de su dotación militar pudiera llegar a tomarse en serio la reivindicación de Gibraltar. 

En otras palabras: Franco, que también sufría, a su manera, la presión de los suyos, hizo justo lo que Washington no quería que hiciese. Franco, además, dejó claro en su discurso que la consolidación de una relación de amistad y cooperación mutuas no modificaría ni un adarme la naturaleza del régimen político español.

Esta manera de vender las cosas hizo que el Departamento de Estado estadounidense tuviera que realizar muchos esfuerzos para homeopatizar el significado político del acuerdo. Muy en particular, los voceros estadounidenses dejaron muy claro que la Casa Blanca no tenía ninguna intención, ni de avalar, ni de sugerir, la entrada de España en la OTAN. Más allá de las consideraciones políticas, la mayor preocupación de los estadounidenses era que un entorno de ayuda mal diseñado, es decir mal administrado por los españoles, pudiera llegar a provocar más inflación en el país; por no mencionar que no tenían nada claro que la ayuda económica fuera a llegar al nivel de vida de Juan Español.

Para la ucronía queda, pues, la pregunta de qué habría pasado si Franco hubiera hecho lo que, no tengo pruebas pero tampoco dudas, le sugirió el embajador Dunn. Qué habría pasado, entonces, si Franco hubiese presentado el acuerdo con Estados Unidos en el marco de un discurso gris, monocorde, muy técnico; desbastado de toda intencionalidad política. La gran pregunta es si con esa cesión Franco habría conseguido entrar en la OTAN, digamos, a finales de los años cincuenta del siglo pasado. 

Sinceramente, creo que no. Durante toda la vida del dictador, en demasiados de los países centrales de la alianza atlántica había fuerzas políticas relevantes que no lo habrían permitido. Y la lectura de los propios documentos estadounidenses deja bastante claro que Washington no estaba por la labor de poner toda la carne en aquel asador. EEUU, en realidad, como ya iremos viendo en estas notas, se fue dando cuenta de que una relación bilateral con España le resultaba mucho más cómoda y valiosa. Por lo demás, aunque en aquella España lo único que importaba en realidad era la opinión de Franco, cierto es que en su clase militar contemporánea, entre los generales que ganaron la guerra con él, había muchos que no querían a España en la OTAN, pues conceptuaban esa membresía como un peligroso contacto con potencias democráticas. 

En mi opinión, pues, y a despecho de lo que a veces opinan algunos historiadores en el sentido de que se equivocó, Franco hizo lo que tenía que hacer. Fue a las Cortes, y se apuntó el tanto. Las cosas no le saldrían como esperaba, pues yo creo que le habían contado que del otro lado del charco llegaría una especie de marshalito español. Pero, sin duda, con aquel discurso, con aquel acuerdo, Francisco Franco terminó de enviar al basurero de la Historia a los que fueron sus enemigos en los frentes de la guerra civil.

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