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… Y Francisco Franco Bahamonde, caudillo de España, espada de Trento, se bajó los pantalones
Los memorandos españoles sirvieron, fundamentalmente, para que los Estados Unidos se diesen cuenta de que podían alcanzar un acuerdo con España con bases diferentes de las que habían pensado. Sin embargo, para Washington se presentaba el reto de lograr entender, y hacer entender, que las expectativas de Franco en aquellos acuerdos no se limitaban a la ayuda militar, ni siquiera a la económica. La expectativa de El Pardo era utilizar toda aquella negociación para construir un puente que le permitiese a España incorporarse con normalidad a la vida europea y occidental.
Esto pasaba por reconocer explícitamente el papel de España (y
no de su territorio como mero espacio donde se implantarían las bases) en la defensa
occidental; algo que pasaba por atender las importantes necesidades de defensa que
tenía el ejército español; pero que cuando menos una parte de la clase gobernante
estadounidense no quería atender, por entender que de esa manera se estaba consolidando
una dictadura.
El embajador McVeagh, en parte influido por el hecho de que estaba
a pie de campo y no podía ver las cosas con la frialdad con que se podían ver a
miles de kilómetros, estaba por la labor de dar pasos de reconocimiento en favor
de España. En su opinión, tendría que existir un reconocimiento explícito a los
esfuerzos militares que iba a hacer España; aunque sólo fuera porque el país iba
a abordar la construcción de una base para bombarderos pesados que no tenía ninguna
utilidad para España. Asimismo, la embajada era partidaria de darle a España un
tratamiento igual a otros países con los que Estados Unidos tenía pactos similares;
y, sobre todo, reconocer su papel en la defensa del bloque occidental contra el
enemigo soviético. En el fondo de esta reivindicación por parte de Franco latía
la necesidad del general de pintar con ese barniz a la clase militar española, que
tanto había hecho por él y que ahora, en los tiempos de la posguerra, no quería
aparecer como un atajo de rancios espadones.
Todas estas reivindicaciones empujaban en una dirección en la
que Estados Unidos no quería moverse, pero hubo de hacerlo: la dirección de convertir
el acuerdo en una expresión de amistad entre naciones. Franco se quería vender como
aliado de la primera potencia democrática del mundo.
Otro elemento que fue muy importante fue que, como suele pasar,
las peticiones españolas, cuando fueron valoradas económicamente, se salían completamente
de los planes que se habían trazado en Washington. Con un sobrecoste superior a los
400 millones de dólares en varios años, en realidad el acuerdo venía a ser aproximadamente
el doble de caro de lo que se había calculado. Era un precio excesivo a cambio de
un mero alquiler de bases, y esto operaba como un argumento más a favor de los avances
en la implicación de las fuerzas armadas españolas en los esquemas de defensa atlántica.
Todo esto, sin embargo, desmentía el principal argumento con
que el gobierno estadounidense esperaba tranquilizar, tanto a los políticos más
liberales en su país, como a determinados aliados europeos. El argumento era sencillo:
todo lo que vamos a acordar con el gobierno español tiene estricta relación con
el uso de las bases que vamos a utilizar. Nada más. Ahora, sin embargo, se iba más
allá.
En el marco de las negociaciones, los estadounidenses acabaron
por aceptar (resignarse a yo creo que es una expresión más precisa) la inclusión en el
texto de los acuerdos una declaración explícita en la que se afirmaba la amistad
entre los dos gobiernos con el objetivo común de fortalecer la defensa occidental,
lo que suponía, además, establecer la promesa de que la ayuda militar se extendería
en el tiempo durante varios años. En materia económica, los compromisos eran más
tenues, pero no dejaban de ser importantes. El gobierno estadounidense establecía
que España podría ser beneficiaria de la ayuda estadounidense en condiciones iguales
a otros países. A cambio, los negociadores españoles aceptaron el principio, fundamental
para el Estado Mayor Conjunto estadounidense, de que la utilización de las bases
se produciría tanto en tiempo de paz como de guerra.
El gobierno republicano estadounidense, sin embargo, estaba comprometido
en una serie de medidas de recorte del gasto público que afectaban al acuerdo. El
1 de julio, el Senado dio su aprobación a una enmienda por la cual las transferencias
de la Mutual Security Agency deberían cesar el 30 de junio de 1955. Las operaciones
de la MSA pasarían a gestionarse por una Foreign Operations Administration o FOA.
Asimismo, se aceptó ya en 1954 un recorte de 1.000 millones de dólares en la ayuda
exterior, recorte que impactaba directamente en algunas cantidades que se habían
previsto para España.
Los hombres de Franco llamaron a McVeagh a capítulo. Le dejaron
claro que si la pasta dejaba de fluir, el acuerdo podía terminar el agua de borrajas.
Hizo falta, pues, un acuerdo entre los departamentos de Defensa y Estado, y entre
éstos y la FOA, para conservar impoluta la factura de España. En ese entorno de
cosas, Franco decidió presionar todavía más a Eisenhower, enviándole una carta personal
en la que le venía a decir que al gobierno español siempre le habían caído muy bien
los estadounidenses, pero que con tanto retraso del acuerdo estaban empezando a
preguntarse si no serían un poco hijos de puta; amén de recordar que esperaba que
el acuerdo incluyese un anexo donde se hablase, no de la dotación de las fuerzas
estadounidenses beneficiarias de las bases, sino de la dotación de las españolas.
Franco, en la práctica, estaba diciéndole al veterano general
metido a presidente (o que tal vez siempre fue un político metido a general) que
si le tocaban mucho los cojones podría encarecer el acuerdo más allá de lo que Estados
Unidos podía pagar conservando la jeta. Y le funcionó. El 9 de abril de 1953 había
sido nombrado embajador en Madrid James Clement Dunn. Dunn, un más que experimentado
diplomático, fue dotado de todos los poderes necesarios para concluir el acuerdo;
en Washington estaban seguros de poner el asunto en manos de un tipo que no permitiría
que la redacción se le fuera de las manos y terminara diciendo lo que no tenía que
decir. Tras el verano de 1953, efectivamente, Dunn fue consolidando convencimientos
y avanzando propuestas. Los estadounidenses se avinieron a un programa de ayuda
de 465 millones de dólares en cuatro años.
El pulso político, sin duda, lo había ganado Franco. El general
pudo presentarse ante las Cortes para presentar el texto del pacto, motejándolo
de histórico. Y lo era. En octubre de 1953, por fin, Francisco Franco podía exhibir
públicamente el giro retórico y político que llevaba buscando por lo menos desde
que en 1946 fue oficialmente declarado paria internacional. La reacción de España
al ostracismo de que le hizo objeto la comunidad internacional, tanto occidental
como soviética, fue negar lo evidente (que el país se había pasado años levantando
el brazo) y establecer una retórica victimista, de pollito Calimero, en plan a mí
nadie me quiere y no sé por qué. Franco estaba deseando abandonar esa retórica,
porque aunque interiormente le pudiera reportar inmarcesibles muestras de adhesión,
era suficientemente inteligente como para comprender que cuando antes la abandonase,
antes estaría cotizando la posibilidad de morirse con más de ochenta años, en la
cama y siendo jefe del Estado.
El discurso de Franco a las Cortes presentando el acuerdo es el momento en el que ese giro se produce. Franco se presentó ante sus mesnadas como un europeo más; y, dejando claras las instrucciones, provocó todo un tsunami de europeísmo entre su clase política, muchos de cuyos conspicuos miembros habían estado hasta aquel lunes por la tarde abominando de todo lo que ahora admiraban "de toda la vida". Eso sí, para gran disgusto del Departamento de Estado estadounidense, el discurso de Franco no ahorró los venablos con los que al general le gustaba regar a Reino Unido, potencia a la que acusó de rancio imperialismo colonial; y tampoco se recató de dejar claro que las tendencias mayoritarias de la política europea de la época (reformas democráticas) no eran las suyas. Es más: permitió que la sensación fuese clara de que una España “envalentonada” por una mejora de su dotación militar pudiera llegar a tomarse en serio la reivindicación de Gibraltar.
En otras palabras: Franco, que también sufría, a su manera, la presión de los suyos, hizo justo lo que Washington
no quería que hiciese. Franco, además, dejó claro en su discurso que la consolidación de una
relación de amistad y cooperación mutuas no modificaría ni un adarme la naturaleza
del régimen político español.
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