Cuando Harry encontró a Frankie
El Lequerica Team
Estar, pero no estar
La cabeza caliente y los pies fríos
¿Qué somos: lyons, or huevons?
Franco se apunta un tanto
Política en revisión
Amigos sí, pero no tanto
OTAN, no
¡Ah, la canallesca!
El engaño
Esto hay que mejorarlo
Decepción
Consíguenos un poco de dinero más
Dudas americanas
Girando el gobernalle
Más dinero, papá
Puertas cerradas
OTAN, de entrada, no
Franco amaga, pero sólo amaga
Marruecos como problema
Fuera de Marruecos
¿Oposición? ¿Qué oposición?
Un artículo
¿Democracia?
La ultraizquierda en la Casa Blanca, y el tenaz grupo de pecadores en el exilio
Ya no somos tan amigos
Quiero la Luna
Un jarro de agua fría
Si hay que romper, se rompe
… Y Francisco Franco Bahamonde, caudillo de España, espada de Trento, se bajó los pantalones
El gran giro de la política estadounidense respecto de España se dio el 18 de enero de 1950, fecha que lleva una carta que el secretario de Estado Acheson le escribió al senador texano Thomas Terry Connally, presidente del Comité de Asuntos Exteriores del Senado. En dicha carta, Acheson reconocía que las iniciativas aislacionistas de la ONU no habían servido para aplacar la ira de Sauron y que eso de esperar cambios en la forma constitucional de España se estaba quedando ya para los cuentos de Teresa Rabal. Sin embargo, opinaba Acheson que Estados Unidos no podía perfeccionar sus relaciones políticas y económicas con España mientras no se diesen algunos pasos liberalizadores, sobre todo en materia económica; y la superación de los recelos de los aliados europeos en el sentido de que seguía teniendo un enemigo fascista en el continente.
En noviembre
de aquel año, varios países hispanoamericanos y Filipinas presentaron una propuesta
en la ONU para anular partes de la resolución aislacionista de diciembre de 1946;
Estados Unidos votó a favor. Sin embargo, no se cambió el preámbulo de la resolución,
donde España seguía siendo definida como un régimen fascista. En diciembre, Truman
anunció el nombramiento de Stanton Griffis como embajador en España; apenas unos
días antes había declarado que pasaría mucho tiempo antes de que la legación volviese
a proveerse. Se ve que Harry también hacía eso que Pablo Iglesias Turrión llama
“cabalgar contradicciones”.
Lo de
Corea iba cada vez peor; y, cuando peor iba lo de Corea, mejor le iba a España,
porque más amigos tenía en Washington. En enero de 1951, los departamentos de Estado
y de Defensa presentaron un documento conjunto que recomendaba girar el gobernalle
de las relaciones con España. Este documento se conoció, en su versión definitiva,
como documento
NSC 72/6. Ese nombre tan críptico esconde el hecho de que a Franco le estaba
brotando una flor en el culo.
NSC 72/6 terminó por dejar solo a Harry Truman. Estas cosas pasan en las democracias consolidadas: los ministerios no tienen por qué seguir la palabra de su amado presidente. En las democracias de baja intensidad, toda la duda que existe es la hora en la que se producirá la felación. El gran problema para Truman era que la opinión pro española, por llamarla de alguna manera, había captado incluso a George Marshall, quien era entonces secretario de Defensa. En realidad, hablar de “opinión pro española” es un poco, un poco mucho, exagerado. NSC 72/6 no estaba a favor de España, en el sentido de defender que el régimen español era el que tenía que ser. De hecho, en ese punto yo diría que no defiende nada de nada. Lo que los “pro españoles” defendían era más bien una idea que podría describirse bien con palabras de José Mota: “si hay que combatir [al régimen español], se combate; pero combatirlo por nada, es tontería”.
La posición viene a ser una mezcla de dos planteamientos o argumentos. Uno, nacido
de la guerra de Corea: tal y como se están poniendo las cosas, tal vez nos estemos
quedando cortos de fichas del Stratego en Europa. El otro, surgido del pragmatismo:
a Franco, señores, no hay quien lo eche. A Franco, para empezar, los españoles que
se han quedado dentro lo quieren. Porque ésta es una de las incómodas verdades que
hoy no se pueden decir: Franco, en 1950, no era un señor al que se lo respetaba
porque si no lo respetabas te arreaba una hostia. Gente así desde luego que había.
Pero la mayoría de la sociedad española quería a Franco porque les había librado
de los horrores de la guerra. Y las gentes que estaban fuera, en el exilio, cada
vez estaban menos por la labor de echarlo. La mayoría de los exiliados comenzaba,
diez años después de terminada la guerra, a tener hijos y nietos mexicanos, franceses,
suizos, soviéticos. La desconexión entre el antifranquismo de exterior y de interior
era cada vez más abrumadora (algo que se vería muy claro tres décadas después, ya
en democracia, cuando en muchos hogares exiliados los viejos abuelos siguiesen brindando
con champán cada vez que mataba la ETA). Y Franco tenía sólidos apoyos en el ámbito
geopolítico, notablemente el británico. El segundo argumento, pues, era simple:
para echar a Franco tendríamos que poner un montón de carne en el asador; y, además,
el resultado podría estar muy lejos de mejorar nuestra posición en lo tocante al
primer argumento. Si lo queréis ver en términos actuales, podríamos decir que los Estados Unidos, cuando escuchaban las soflamas (que las había, y muchas) de los políticos de su país que eran enemigos declarados del franquismo, se veían empantanados ante la duda de, si hacían algo, quién podría ser el Delcy Rodríguez del caudillo.
Marshall,
contando con la inestimable ayuda del jefe de Operaciones Navales, almirante Forrest
Percival Sherman, acabó por convencer a Truman. Ya os he dicho que la Marina
era la primera que perdía los vientos por tener algún tipo de embroque con los españoles.
Sherman
estuvo en España. Su misión, clara: conseguir de Franco la promesa de que España
estaba dispuesta a colaborar militarmente con Estados Unidos; eso sí, mediando cierta
asistencia económica, parte ésta que a Franco le interesaba mucho pero que a Sherman
se le daba una higa. Unas semanas después, Washington envió a Madrid dos misiones,
una militar y la otra económica. La primera estaba presidida por el general James
Wrathall Spry; y, la otra, por el economista Sydney C. Sufrin. Todavía en 1997,
cuando Sufrin falleció, el New York Times recordaba su misión madrileña como
su principal hito vital.
Sufrin
elaboró un informe en el que, básicamente, constataba que la economía española estaba
en estado de puta mierda. Sin embargo, su tono fue optimista, porque consideraba
que la situación presentaba muchas posibilidades de mejora. Para conseguir esa mejora,
eso sí, el país necesitaría un importante flujo de numerario, unos 450 millones
de dólares en tres años; asimismo, consideraba que el país debía abordar un vasto
programa de liberalización social y política a largo plazo, para elevar el nivel
de vida. Spry, por su parte, también concluyó que era factible el uso de bases en
España.
Estos informes, sobre todo el de Spry, generaron su polémica
en EEUU. El general, para sustantivar la necesidad de la colaboración militar con
España, había dejado caer en sus páginas que, en el caso de una seria conflagración
con la URSS, países como Francia o los Países Bajos podrían llegar a ser indefendibles
si la presión enemiga era muy fuerte. Sin embargo, no eran pocos los militares que
consideraban que apostar por esta idea era desmentir en sí misma la razón fundacional
de la OTAN, y que por lo tanto era ir demasiado lejos. Washington, en este sentido,
no sólo veía aconsejable mantener una actitud relativamente fría hacia España por
razones de opinión pública; también lo consideraba para así no dar la impresión
de que, en el caso de una guerra contra la URSS, en la Europa continental, por así
decirlo, lo daba todo por perdido, o más bien perdible, hasta las Ardenas o la raya de
los Pirineos.
El Pardo, mientras tanto, sopesaba sus oportunidades. El general
Franco tenía muchos defectos; pero la impaciencia no era uno de ellos. Era hombre
de natural hipotenso y bastante buen dominador de los tiempos. Por ello, el jefe
del Estado había llegado a la conclusión de que buena parte de la salida de España
de la situación de postración en la que estaba debería llegar de una relación más
fluida y beneficiosa con los Estados Unidos; pero era consciente de que esa fruta
debía caer en su momento. Tuvo además la suerte Franco de carecer, en su círculo
más íntimo, de presiones en la dirección contraria. En este sentido, su principal
asesor áulico, el almirante Luis Carrero Blanco, no sólo le profesaba fidelidad,
sino que compartía sus pacientes puntos de vista sobre la materia. Carrero fue el
gran teórico de eso que Javier Tusell llamó la actitud de “dignidad y espera”: España
no cedería su colaboración militar a cambio de cualquier cosa, o de nada; y, si
para eso tenía que dejar que el tiempo corriese, así sería. O sea, el "quiero que nos hagan más la pelota" de Richard Gere en Pretty woman, bastante frecuente en las relaciones internacionales.
Todo tenía su momento. Antes, había que cambiar la faz del régimen.
Así que Carrero culminó eso que algunos historiadores, muy acertadamente en mi opinión,
denominaron el proceso de desfascistización de España; un proceso que terminaría
a mediados de esa década de los cincuenta. Desaparecieron los brazos en alto; a
muchos altos funcionarios del Estado, militantes de FET y de las JONS, se les comenzó
a sugerir que ni puñetera falta que hacía que se presentasen en los actos oficiales
de uniforme (y, de hecho, creo no equivocarme si digo que no pasa de la decena el
número de ministros que juraron su cargo vistiendo el uniforme de FET y de las JONS);
y comenzó el “mito de Hendaya”, es decir esa interpretación según la cual Franco
nunca había querido entrar en la guerra con Hitler y que, de hecho, con su actitud
de no beligerancia le había hecho un montón de favores a los aliados.
La necesidad de presentarse ante el socio estadounidense como
un futuro firmante de confianza obligó a Franco, en todo caso, a bajarse de la burra
en la que había estado subido hasta el momento. Lequerica, ya os lo he dicho, había
dejado bien claro en sus entrevistas con los hombres del Departamento de Estado
que el régimen español no tenía necesidad de evolucionar; que, en realidad, esa
evolución podría incluso ser tóxica. Ahora Franco, sin embargo, tuvo que reconocer
que, cuando menos, un cierto aspecto renovador era conditio sine qua non.
Así que en El Pardo se comenzó a hablar, ante según qué interlocutores, de la necesidad
de estructurar constitucionalmente el régimen; proceso que terminaría en la creación
de ese meconio llamado Reino sin rey que fue España hasta 1975.
Lequerica, por su parte, seguía con su raca-raca. Comenzó a frecuentar
la casa del ex embajador estadounidense en Moscú William C. Bullit, que solía organizar
encuentros de gente caracterizada por su anti comunismo. Allí conoció a Robert Abercrombie
Lovett, subsecretario del Departamento de Estado; y al entonces director de la CIA,
el almirante Roscoe Henry Hillenkoeter. Asimismo, Lequerica programó una serie de
visitas a los medios de comunicación de corte más liberal y consecuentemente antifranquista,
como el New York Times, Newsweek o Look; y trató de trabar conocimiento
con opinadores como Walter Lippman. También se trabajó mucho a las altas jerarquías
católicas estadounidenses, como el cardenal Francis Spellman; e importantes hombres
de negocios.
El entramado de presión creado por Lequerica intensificó especialmente
sus acciones con ocasión de las elecciones presidenciales de 1952. Estas elecciones
presentaban elementos muy positivos para la causa española. En primer lugar, Truman
había agotado sus dos mandatos, por lo que tenía que abandonar la Casa Blanca. La
marcha de Truman era, también, la marcha de Acheson, un secretario de Estado que,
aunque había permitido claros acercamientos, siempre se había mantenido escéptico
en el tema español.
Las cosas, sin embargo, no estaban tan de cara como se podía
pretender. El 3 de junio de 1952, el general Dwight Eisenhower hizo unas declaraciones
públicas en las que distinguió claramente los países libres y democráticos, “con
los que es factible llegar a alianzas”; y los demás, con los que sólo era factible
“alcanzar acuerdos bilaterales en intereses recíprocos”. El lobby español
reaccionó muy airadamente a estas declaraciones, afirmando que sería muy difícil
alcanzar entornos de colaboración si mediaban declaraciones así de hostiles. Y argumentando,
no sin razón, que Naciones Unidas tenía relaciones fluidas con muchos estadistas
“también llamados dictadores”.
En este ambiente se terminó la redacción y aprobación de NSC
72/6. Este documento planteaba que la planificación estratégica de las áreas de
Europa occidental, el Mediterráneo y el Atlántico Norte incluyese a España, con
un horizonte último, sin fecha, de integración en la OTAN. El papel español se limitaría
a la defensa de Europa; los países democráticos del área conservarían la prioridad
sobre las ayudas estadounidenses.
Algo que podría definirse como: estar, pero no estar.
Como suplemento a este post, lo cual lo hace más largo que de
costumbre, aquí tenéis mi traducción del documento NSC 72/6. Respondo de casi todo,
aunque alguna cosa me supera por ser terminología militar que no domino (no sé qué
leches es exactamente una behind-the-lines staging área.
Documento NSC 72/6. Versión española by JdJ
Declaración de Política Propuesto por el Consejo de Seguridad
Nacional 1
Alto secreto
NSC 72/6
Washington, 27 de junio de 1951.
España
1. Los objetivos de seguridad nacional de Estados Unidos hacia
España deberían ser:
a. Desarrollar urgentemente las potencialidades militares de
la posición geográfica estratégica de España para la defensa común del área NAT
.
b. Concentrar la planificación en el uso de España para la defensa
común, no sólo para la defensa de la península ibérica.
c. Asistir a los españoles a mejorar sus relaciones con las naciones
NAT para obtener una actitud cooperativa con los objetivos del Atlántico Norte.
d. Obtener una pronta participación de España en la OTAN. Si
su total pertenencia fuese inaceptablemente aplazada, se concluirían acuerdos alternativos
de seguridad mutua que incluirían a España y no prejuzgarían la integración de España
en la OTAN en la primera fecha practicable.
2. En la búsqueda de estos objetivos, la política de los Estados
Unidos se guiará por las siguientes consideraciones.
a. Toda acción para desarrollar las potencialidades militares
de España deberá estar atemperada por consideraciones políticas.
b. Los funcionarios estadounidenses deberán enfatizar en todas
las discusiones que el papel primario adjudicado a España es apoyar la política
común de defender la Europa occidental, no liberarla.
c. Cualquier asistencia provista a España estará guiada por el
principio de que los países NAT tienen prioridad sobre nuestra ayuda y sobre el
material bajo NAT, MDAP y ERP.
d. Cualquier ayuda militar o económica dada a España lo será
bajo estos términos y condiciones y para avanzar y no retardar la entrada de España
en la OTAN. El gobierno español, sin duda, preferiría una relación puramente bilateral
con los Estados Unidos, bajo la cual España recibiría ayuda estadounidense y los
Estados Unidos recibirían de España ciertos derechos sin involucrar a España en
obligaciones relacionadas con la defensa de Europa occidental. Este resultado debe
evitarse y la ayuda debe darse sólo se estamos satisfechos de que, haciéndolo, estamos
avanzando hacia nuestros objetivos.
3. Para alcanzar estos objetivos, los Estados Unidos deberían:
a. Discutir esta política con los gobiernos francés y británico
para informarles de nuestra decisión y, si fuera posible, acordar una política común.
Si dicha política común se logra y cuando se logre, el Consejo de Adjuntos de NAT
debe ser informado y se debe hacer un esfuerzo par establecer una política común
NAT sobre estas líneas.
b. Acercarse al gobierno español para adquirir bases para bombarderos
de largo alcance y operaciones de cazas, así como áreas de preparación más allá
de las líneas. Deberíamos, en este sentido, tratar con el gobierno español la posibilidad
de bases de operaciones navales.
c. Proveer asistencia militar y la asistencia económica necesaria
y apropiada para España en la media que sea consistente con los objetivos fijados
en los parágrafos 2c y 2d, mientras se facilita la adquisición por los Estados Unidos
y sus aliados de materiales estratégicos para el uso en sus esfuerzos de movilización.
d. Liberar del Departamento de Defensa a través de la Administración
Aeronáutica Civil, bien directamente a los españoles, bien a través de las líneas
aéreas estadounidenses operando en España, toda la ayuda posible en navegación aérea
y otros equipos electrónicos que el gobierno español solicitó el pasado mes de junio
durante la renegociación del acuerdo de aviación civil.
e. Proveer lo siguiente en materia de cooperación militar y naval:
(1) Encuestas completas sobre los requerimientos militares y
las capacidades de España.
(2) Proveer para el intercambio mutuo de inforamción.
(3) Consultar los planes españoles de defensa.
(4) Dar asesoramiento técnico sobre problemas relacionados con
la producción y provisión de producción militar y naval española.
(5) Consultar y dar asesoramiento técnico sobre la mejora de
puertos, carreteras, vías férreas, telecomunicaciones y aeródromos españoles.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario