viernes, abril 17, 2026

Cómo conocí a vuestro Führer (22): Marasmo


 


Esto está chupado
Esto no está chupado
Abdica de una vez, coño
Atrapados en la derrota de otro
Problemas en el paraíso de las izquierdas
Los socialistas sofocan la revolución socialista
Munich
El joven desclasado de la Mendemannstrasse de Viena
El nacimiento de un Führer
El error Trianon
El sueño erróneo de Hugo Preuss
El día que Hitler escuchó una conferencia sobre “cómo destruir el capitalismo”
El golpe de Kapp
De amnistías y nenazas
La república de las minorías gobernantes
Fuck you, pay me
Bajada de pantalones
Tiros en la Selva Negra
El default de 1922
El pacto germano-soviético de Rapallo
Rathenau
Marasmo
El Ruhr
Stresemann llega al poder
Pintan Renten (o sea, bastos)
El putsch de la birra
Dawes el salvador
El Plan Dawes
Polarización
Mein Kampf
La consolidación del portelismo alemán
La muerte de un presidente
Presidente en los minutos de descuento
Locarno
Rebelión en la granja
Give peace a chance
Las derechas en el gobierno
Puñetazo en la mesa en Tannenberg
Adolf Hitler, líder del 2,3% de los alemanes
Bailando en la boca de un volcán
La última hora de un titán
El canciller que no quería ser canciller
La motosierra económica
El tsunami hitleriano
El parlamento menguante
Bancarrotas
Brüning se desinfla
A veces quien gana, pierde; y quien pierde, gana
El gobierno Papen
Aquella tarde en que Joey Zasa se le apareció a Paul Ludwig Hans Anton von Beneckendorff und von Hindenburg
Papen vs Schleicher
Game over


En la conferencia de Brownie Street, por lo tanto, no se había acordado un nuevo calendario de pagos como quería Alemania. Ese calendario, sin embargo, comenzó a aplicarse por la vía de los hechos apenas 24 horas después de disolverse el embroque, ya que fue al día siguiente cuando el gobierno germano anunció que no pagaría. El 24 de agosto, el dólar alcanzó los 2.000 marcos. El 31 de agosto, la Comisión de Reparaciones decidió concederle a Alemania una moratoria especial de seis meses. Con eso, como dijo Henry Hill tras regresar de ser detenido, no tenía ni para el ataúd.

La profunda crisis económica, unida al ambiente de amenaza contra la república que había generado el asesinato de Rathenau, tuvo la consecuencia de que en el movimiento socialista comenzaron a escucharse voces en el sentido de que los socialdemócratas debían reunificarse por el bien de la democracia. De hecho, el 6 de septiembre el SPD y el USPD hicieron público un programa electoral conjunto. Seguían abogando por la construcción del socialismo pero, decían, en ese momento la prioridad era defender la república. Proponían una purga de la profesión judicial, para limpiarla de elementos reaccionarios, un impuesto sobre la riqueza, mecanismos de participación de los trabajadores de los beneficios de las empresas, así como la continuidad de la política conciliatoria que había iniciado Rathenau.

El 18 de septiembre, el SPD celebró su conferencia anual en Ausburgo. Allí estuvo Friedrich Ebert, quien dijo que la fusión del SPD y el USPD era muy oportuna. Los delegados aprobaron la fusión con una amplia mayoría. El USPD celebró su reunión dos días después en Gera. Aquí ya las cosas no fueron tan fáciles. El partido tenía una tendencia de ultraizquierda que no quería saber nada con los socialdemócratas y su pretendido accidentalismo, que ellos tendían a interpretar como lo que yo creo que era, es decir, repulsión hacia el concepto de revolución. Georg Ledebour, líder de la facción izquierdista, dejó claro que, para él, el SPD ya no era un partido socialista, y se declaró mucho más cercano al KPD. La cuidadosa selección de delegados que se había producido antes de la reunión (pues, como ya decía Stalin, el truco no está en controlar las elecciones, sino los candidatos) hizo que la fusión se aprobase por un abrumador resultado de 192 votos contra 9. Ledebour y su gente abandonaron entonces el partido. En todo caso, el nuevo partido fusionado tenía tres líderes: los SPD Hermann Müller y Otto Wels, y el USPD Wilhelm Dittmann. El 24 de septiembre, en Nürmberg, ya estaban teniendo su primera reunión reuniditos.

En paralelo, el gobierno Wirth estaba trabajando para concretar una demanda social cada vez más evidente en favor de realizar una primera elección de presidente de la república por sufragio universal. El 5 de octubre, el gobierno anunció que la elección sería en diciembre. El DDP y el DVP estuvieron en contra de la convocatoria, pues argumentaban que una elección en ese momento inflamaría las pasiones políticas. Más a su derecha, sin embargo, el DNVP estuvo a favor de celebrar la consulta; ya en este año tenía la idea de presentar al mariscal Hindenburg. Los socialdemócratas estaban convencidos de tener un activo muy sólido en Friedrich Ebert, y por ello también estuvieron a favor de la elección. Zentrum, recogiendo las inquietudes de los partidos que no querían agitar el avispero en un momento tan comprometido, propuso una enmienda constitucional que extendiese el mando de Ebert, por voto del Reichstag, hasta junio de 1925. Esta moción fue aprobada el 24 de octubre.

Aquel mes de octubre de 1922, por lo demás, cambió varias cosas en el tablero europeo en el que jugaba Alemania. En el Carlton Club de Londres se reunieron los diputados del partido conservador, que eran la muleta en que se apoyaban los liberales de Lloyd George para gobernar, y decidieron dejar de apoyarlo. Un elemento importante en la rebelión tory era George Nathaniel Curzon, primer marqués Curzon de Kedleston, normalmente conocido como Lord Curzon, secretario de Exteriores británico. Curzon había llegado a aborrecer la forma de actuar de su primer ministro, quien verdaderamente solía actuar como si fuese el titular de Exteriores él mismo, puenteándole. El 23 de octubre, en medio de una cierta sensación de urgencia por mandar a Lloyd George a tomar por culo como fuese, el líder conservador Andrew Bonar Law, que ya era entonces un enfermo de cáncer, accedió a la primera magistratura del país. El cambio, en todo caso, no fue mala noticia para Berlín. Bonar provenía del mundo de los negocios, entendía los hechos económicos y, por lo tanto, compartía con Lloyd George el concepto de que lo fundamental respecto de Alemania era recuperar su ritmo y poderío económicos.

El 28 de octubre, en Italia, el Partido Nacional Fascista de Benito Mussolini marchó sobre Roma y tomó el poder. Según Mussolini, la marcha fue tan masiva que nadie pudo pararla. Según la realidad, el ejército podría haberlo hecho, pero el fascismo se benefició de que el rey Víctor Manuel había decidido que estaba hasta los cojones del gobierno democrático de Luigi Facta. Consecuentemente, el 31 de octubre Mussolini era primer ministro.

Con toda la parafernalia de libros, películas y series que se ha ido creando en la segunda mitad del siglo XX y años subsiguientes en torno a la figura de Adolf Hitler, uno de los hechos que más sufren es la imagen y el prestigio de Mussolini. En efecto, resulta difícil entender la fuerza y la ilusión que generó en toda Europa, sobre todo entre los movimientos de derechas, la eclosión del fascismo en Italia. Mussolini fue quien verdaderamente abrió el camino y articuló algo que las ideologías ultranacionalistas estaban buscando, pero no habían encontrado: un movimiento nacido del socialismo diseñado para contrarrestar al socialismo. Para un observador español es importante entender de esto porque, dentro del propio movimiento fascista español, fueron escasísimos los miembros y dirigentes pro nazis; el fascismo español, a quien admiraba, y a quien buscó para organizar una rebelión civil contra la república, fue a Mussolini.

La llegada al poder de Mussolini en un país que, no se olvide, había conseguido subirse al carro de los aliados ganadores de la guerra y estaba presente en conferencias como la de Versalles, fue un bofetón en las aspiraciones de los regímenes democráticos. Éstos, de un plumazo, habían perdido el monopolio de la herencia ganadora, y ya no eran las únicas opiniones que importaban en el diseño del mundo. No se trata, como se podía pensar, en la idea de que con Mussolini ahora la Alemania de ultraderecha tenía un aliado, porque la convergencia entre Hitler y el italiano es muy, pero muy, posterior. Se trata de la presencia de un modelo que, guste o no, gozaba de cierto prestigio.

No por casualidad, Hermann Esser, dirigente nacionalsocialista, habría de proclamar en un mitin el 3 de noviembre: “Adolf Hitler es el Mussolini de Alemania”. El líder del NSDAP, de hecho, encontró en Mussolini los elementos de imagen y propaganda que necesitaba para alimentar una idea que ya le rondaba la cabeza: la de presentarse como el salvador del país. Y le funcionó. El 21 de aquel mes, por primera vez, el New York Times se fijó en él, describiéndolo como “un nuevo ídolo político”.

En ese contexto, aliados y alemanes encontraban cada vez más dificultades para entenderse en el tema de las reparaciones. El gobierno alemán, a pesar de haberlo admitido en un principio, se negó a colocar las minas de carbón y los bosques del Ruhr bajo control aliado. El 6 de octubre, Sir John Bradbury, representante británico en la comisión interaliada, esperaba ya un total colapso del marco.

En esa situación tan comprometida, los aliados y Alemania acordaron convocar una conferencia de expertos económicos, que se celebró en Berlín el 2 de noviembre, para discutir la situación económica del país. Participaron expertos británicos, neerlandeses y belgas. El mismo día de la conferencia, el dólar estaba a 6.516 marcos.

Los expertos elaboraron un informe que le fue entregado al gobierno alemán el día 8 de noviembre. Los firmantes le decían al gobierno alemán que no podía decir eso de pío, pío, que yo no he sido. Que la situación de su moneda se debía a su torpe y ciega política consistente en no reducir el gasto público y emitir moneda sin tasa. Consideraban que la economía alemana no tenía en ese momento mayor prioridad que estabilizar el marco (es decir; venían a decir que muchos elementos de estabilidad social debían sacrificarse para ello); pero, al tiempo, reconocía que ese objetivo cambiario era imposible de conseguir si el tema de las reparaciones no alcanzaba una solución adecuada. En este sentido, los expertos se alineaban con el gobierno alemán a la hora de pedir un periodo de dos años sin pagos.

Agarrándose a lo que creían o querían pensar que decía aquel informe (porque no decía exactamente eso), el gobierno alemán envió una nota a la comisión de reparaciones el 13 de noviembre, sugiriendo que la estabilización del tema de las reparaciones era una condición previa a la estabilización financiera del país; y proponía que el Reichsbank dedicase una proporción muy sustancial de sus reservas a defender la moneda (lo cual equivalía a profundizar los problemas de pago que ya tenían los alemanes). La nota proponía la creación de un sindicato internacional que consiguiese un préstamo de 50 millones de marcos-oro que ayudase a Alemania a recuperar la estabilidad financiera; y, finalmente, pedía una moratoria de pagos de reparaciones de cuatro años. La comisión contestó a esta nota arguyendo que era demasiado genérica y no entraba a definir bien todo lo que proponía.

El 14 de noviembre, con el marco en caída libre, un dictamen agridulce de los expertos económicos sobre la mesa, y cero perspectivas de alcanzar algún acuerdo workable con los aliados, el gobierno Wirth dimitió. Ebert había pasado las semanas anteriores tratando de convencer a Wirth de lo contrario, es decir, de que se quedase, pero ampliando el espectro de su coalición de gobierno incluyendo al DVP. El presidente de la república quería al partido de Stresemann en el gobierno, porque sabía que era una formación apoyada por muchos prósperos industriales; el tipo de personas a las que ahora quería ver arrimando el hombro. Wirth no le había hecho ascos a la propuesta; pero quienes sí que se lo hicieron fueron los líderes de la nueva socialdemocracia unificada, que lógicamente temían que el DVP pusiese sordina en las reformas laborales que ellos propugnaban.

El 16 de noviembre, ya convencido de que Wirth había dejado de ser su hombre, el presidente Ebert llamó a Wilhelm Cuno. La elección de Cuno supera en su carácter sorprendente a la de Portela Valladares por Alcalá-Zamora. Cuno había sido miembro del DVP, pero lo había abandonado tras el golpe de Kapp. En el momento en que Ebert marcó su número de móvil, por no ser, ni siquiera era miembro del Reichstag. Era presidente de la HAPAG, es decir, la principal naviera alemana del momento. Ebert buscaba con él la idea de un gobierno de expertos económicos, no políticos, que se ocupase de sacar a Alemania del marasmo. El Ibex al rescate, pues.

El doctor Cuno comenzó a tener reuniones con expertos económicos para tratar de captarlos para su proyecto chulísimo. Pronto se encontró con el problemilla de que los economistas, como los historiadores, los periodistas e incluso gente con profesiones respetables, tienen todos ideología y, por lo general, la obedecen. Los hombres de números emplazados en el SPD o cercanos simplemente se negaron a colaborar con él. Con lo que le quedó, Cuno formó el que fue denominado “gobierno de las personalidades”, del que fue nombrado canciller el 22 de noviembre por un decreto presidencial; esto quiere decir que ni siquiera pasó por un voto de confianza en el parlamento.

En la práctica, el gobierno Cuno era una coalición de centro-derecha, necesaria para orillar la auto marginación de los socialistas. El Zentrum puso dos miembros: Andreas Hermes en Finanzas, y Heinrich Brauns en Trabajo. El DDP puso a Rudolf Oeser en Interior y a Otto Geisler en Defensa. Por el DVP entraron Johannes Becker, en Asuntos Económicos, y Rudolf Heinz como vicecanciller y ministro de Justicia. Por el BVP, Karl Stingl en Correos. El gobierno, en todo caso, tenía una fuerte presencia, cuatro ministros, de independientes: Friedich von Rosenburg (Exteriores); Wilhelm Gröner (Transporte); Hans Luther (Alimentación y Agricultura); y Heinrich Albert en Reconstrucción. El miembro más polémico, sin duda, fue Becker. Militante de un partido de derecha económica, era uno de los directores de la Corporación Siderúrgica Renana y, por lo tanto, era visto por el SPD como un hombre que había llegado al gobierno para destruir las medidas sociales existentes. Pero, vamos, que este tipo de argumentos, viniendo de alguien a quien se le ha ofrecido formar gobierno y no ha querido, resultan un poco ciniquillos.

La jugada que todo el mundo esperaba en Alemania era que nombrar un gobierno con tanto peso de las personas de dinero y prístina reputación de negocio ablandaría la posición francesa en el tema de las reparaciones. Pero no fue así. Francia tenía muchas más razones para desconfiar del hecho de que el gobierno alemán estuviese, si no ejercido, cuando menos permitido, por los socialdemócratas. Raimondo Poincaré seguía convencido de que Alemania tenía capacidad de pago de las reparaciones, y que estaba tumbando su moneda a propósito para hacer como que no podía. Seguía enrocado en el hecho, por otra parte innegable, de que la Gran Guerra no había pasado por los campos de Alemania, y de ello concluía que el país tenía una capacidad de producción que a los demás les faltaba, y que justo era que la compartiese. Por lo tanto, venía a decir, Francia no se bajaba de la burra de invadir la cuenca del Ruhr si no había pagos. Y añadía que la paciencia francesa se acabaría en unas pocas semanas.

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