Esto está chupado
Esto no está chupado
Abdica de una vez, coño
Atrapados en la derrota de otro
Problemas en el paraíso de las izquierdas
Los socialistas sofocan la revolución socialista
Munich
El joven desclasado de la Mendemannstrasse de Viena
El nacimiento de un Führer
El error Trianon
El sueño erróneo de Hugo Preuss
El día que Hitler escuchó una conferencia sobre “cómo destruir el capitalismo”
El golpe de Kapp
De amnistías y nenazas
La república de las minorías gobernantes
Fuck you, pay me
Bajada de pantalones
Tiros en la Selva Negra
El default de 1922
El pacto germano-soviético de Rapallo
Rathenau
Marasmo
El Ruhr
Stresemann llega al poder
Pintan Renten (o sea, bastos)
El putsch de la birra
Dawes el salvador
El Plan Dawes
Polarización
Mein Kampf
La consolidación del portelismo alemán
La muerte de un presidente
Presidente en los minutos de descuento
Locarno
Rebelión en la granja
Give peace a chance
Las derechas en el gobierno
Puñetazo en la mesa en Tannenberg
Adolf Hitler, líder del 2,3% de los alemanes
Bailando en la boca de un volcán
La última hora de un titán
El canciller que no quería ser canciller
La motosierra económica
El tsunami hitleriano
El parlamento menguante
Bancarrotas
Brüning se desinfla
A veces quien gana, pierde; y quien pierde, gana
El gobierno Papen
Aquella tarde en que Joey Zasa se le apareció a Paul Ludwig Hans Anton von Beneckendorff und von Hindenburg
Papen vs Schleicher
Game over
Adolf Hitler recibió el aval inmediato de la militancia del partido en un acto el 29 de julio. En ese momento, sin embargo, nadie esperaba que aquel tipo fuese a convertirse en el gran líder de las derechas alemanas. En realidad, la mayor parte de los representantes políticos y gonzalomirós de la época tendían a adscribirle el papel de un Juan Bautista del movimiento panalemán. En primer lugar, había muchas personas que, con un discurso muy así en plan Kiko Llaneras, se apoyaban en el dato (completamente cierto) de que Hitler era un líder básicamente muniqués que, fuera de su pecera, respiraba con bastante dificultad. Por esta razón, los más acerados de entre los analistas venían a decir que el líder carismático de las derechas alemanas no había surgido todavía; Hitler, por lo tanto, era un discurseador habilidoso que, el día que llegase un tipo realmente listo, tendría que dar un paso atrás.
Aparentemente,
el primero que asumía estos conceptos era el propio Hitler. En mayo de 1921 le
había concedido una entrevista a uno de los principales periódicos
pangermanistas del momento, el Deutsche
Zeitung (que serían arios, pero muy imaginativos poniendo nombres de
periódico no eran). En dicha entrevista, Hitler se sacudió la labor de ser el
salvador de la patria, y dijo que sólo era un agitador de masas.
Lo que había
dicho de tener el poder total sobre el partido no lo había dicho Adolf a humo
de pajas. Tenía planes, planes que sabía que Drexler podría y querría
obstaculizar; y, ahora que se había convertido en el rey del mambo, se apresuró
a ponerlos en marcha. Así, poco tiempo después de haber tomado todo el poder en
el NSDAP, fundó la organización paramilitar del mismo, los Sturmabteilung, normalmente conocidos como los SA. El germen de
esta organización fue el grupo de guardaespaldas que tenía Hitler desde 1920,
que lo protegían de grupos marxistas que en ocasiones iban a tratar de reventar
sus mitines. A este grupo se lo conocía como la División de Gimnasia y Deportes
del partido. Un elemento que fue fundamental para convertir aquel grupo en las
SA fue un militante del DAP, con el número 623: el capitán Ernst Röhm. Röhm
había sido el jefe de una organización secreta de oficiales conocida como El
Puño de Hierro. Era, asimismo, el asesor político del coronel Franz von Epp,
comandante de todas las tropas de infantería emplazadas en Munich.
Hitler sentía
una gran admiración por Röhm y, de hecho, aparentemente siempre supo que era
homosexual y nunca le importó; por mucho que utilizase ese argumento para
justificar su asesinato. Röhm no sólo garantizaba la seguridad en los mitines
del NSDAP, sino que también reventaba muchos los de las formaciones políticas
de izquierdas. Los miembros de las SA fueron pronto conocidos como Braunhemden, camisas pardas.
Una de las
razones, probablemente la principal, por la que Hitler quería crear a los
camisas pardas, era el creciente ambiente de violencia que se generó en
Alemania en el año 1921. El 21 de agosto, la policía de Berlín anunció la
detención del asesino en serie Karl Grossmann, más conocido como El Carnicero
de Berlín. Tras haber recibido denuncias de vecinos que habían escuchado gritos
dentro de una vivienda, la policía penetró en la misma y encontró a una mujer
atada a la cama y recientemente masacrada. Tras su detención, Grossmann confesó
haber matado a 20 mujeres, a las que había descuartizado. Incluso vendió
porciones de su carne a carniceros locales. El juicio de Grossmann se consideró
el juicio del siglo en Alemania; antes de terminar, sin embargo, el 5 de julio
de 1922, Grossmann se ahorcó en su celda.
No fue el único
asesino en serie del momento. Fritz Haarmann, un notable pedófilo, acabó
confesando el asesinato y descuartizamiento de cuando menos 24 niños,
adolescentes y hombres jóvenes. En el juicio, que fue una sensación mundial,
Haarmann confesó que solía morder el cuello de sus víctimas mientras las estaba
estrangulando hasta la muerte. Sería guillotinado en abril de 1925. Conocido
como El Vampiro de Hanover, y junto con Peter Kürten, otro asesino en serie,
fue la inspiración para el personaje de Hans Beckert, el asesino en serie
interpretado por Peter Lorre en la película de Fritz Lang M-Eine Stadt sucht einen Mörder, es decir M – Una ciudad busca a un
asesino.
Aunque
lógicamente los asesinos en serie no practicaban la violencia política, sí que
fueron importantes en la formulación de las ideas de las derechas alemanas. Las
posiciones radicales de derecha, efectivamente, tendían a ver a estas personas
enfermas como el resultado de la sociedad corrupta de Weimar. Eran, pues,
enfermos sociales, que no habrían de producirse en la sociedad perfecta que
ellos querían construir. Además, eran frecuentes las teorías según las cuales
la condición de asesino aberrado era algo que se heredaba; lo cual avalaba las
teorías de la eugenesia y la pureza racial. Hay que decir, en todo caso, que
esta manera de ver las cosas no se produjo sólo en posiciones de derecha. La
URSS también negaba la existencia de asesinos en serie en su seno, pues
consideraba que ese tipo de cosas sólo ocurrían en sociedades deterioradas como la estadounidense (como, por ejemplo, ocurrió en el caso del asesino
Andrei Romanovitch Chikatilo, quien en buena parte pudo realizar sus crímenes durante tiempo porque la policía soviética se negaba a admitir la existencia de un asesino en serie).
De hecho,
aunque hoy esto no ocurra, es importante entender que en la época de Weimar, en
la ciencia criminológica había un debate muy intenso en torno a la cuestión de
si los instintos de los asesinos en serie eran consecuencia del ambiente y la
educación, de la propensión genética o de la propensión racial. El pensamiento de la época estaba muy influido por el libro
L'Uomo Delinquente, del doctor
italiano Cesare Lombroso, quien formuló la teoría de que el asesino en serie
nace asesino en serie. Otros teóricos veían en el crimen una consecuencia
social; teoría que ha seguido muy viva desde entonces.
La violencia en
Alemania, en todo caso, iba más allá. Matthias Erzberger, como ya sabemos,
había pasado a una especie de retiro político tras el sonado juicio que tuvo
con Karl Helfferich a principios de 1920. En agosto de 1921, se fue de
vacaciones a Bad Peterstal-Griesbach, en un hotel termal en plena Selva Negra,
en Waden-Würtemberg. Desde el momento en que decidió ese desplazamiento, la
Organización Cónsul estaba planificando su asesinato.
La operación
fue dirigida por Manfred Killinger, un antiguo miembro de la brigada Ehrhardt.
La OC tenía una larga lista de objetivos y, de hecho, se especula con que
pudiera realizar más de 350 asesinatos.
Erzberger no
dejaba de ser el “criminal de noviembre” que había firmado el armisticio y,
además, había sido ministro de Finanzas, por lo que se le sospechaba
connivencia con eso que ahora llamamos los súper ricos. Killinger reclutó a dos
“soldados”: Heinrich Tillesen y Heinrich Schultz, ambos también veteranos de la
Ehrhardt.
El 26 de agosto
amaneció nublado y amenazando lluvia en la Selva Negra. Aún así, Erzberger
decidió dar un paseo junto a Karl Diez, que era un viejo compañero del
Reichstag, también miembro de Zentrum. Tillesen y Schultz les siguieron y,
cuando estuvieron cerca de Erzberger, le dispararon en la cabeza y en la
espalda. Ya caído, lo remataron con dos disparos más en la cabeza. Diez también
resultó gravemente herido, aunque salvó la vida. Los dos asesinos huyeron a
Hungría, cuyo gobierno se negaría a extraditarlos.
Las izquierdas,
es decir, tanto el SPD como el USPD y los comunistas, montaron un montón de
manifestaciones por razón de este asesinato. El resto de partidos que
participaban en el gobierno, bien directamente, bien mediante apoyos
parlamentarios, también condenaron la acción. Entre las derechas, sin embargo,
hubo grupos que no escondieron su alegría por el atentado. En septiembre, por
ejemplo, Adolf Hitler dio un mitin en el que dijo que Matthias Erzberger era
uno de los criminales de noviembre, y que había recibido lo que merecía.
El asesinato de
Erzberger tuvo, en todo caso, una consecuencia de gran importancia para la
política alemana: el cambio radical de actitud por parte de Gustav Stresemann.
Siendo el DVP que lideraba una formación de derechas, había mantenido una
actitud de cierta distancia respecto del proyecto de Weimar. Ahora, sin
embargo, al comprobar el nivel de ceguera exhibido por otras derechas, decidió
cambiar eso, llevando a su partido al total reconocimiento de la república y de
su pertinencia. Este reconocimiento abrió la puerta a que el DVP pudiera
convertirse en un partido de gobierno, participando en combinaciones diversas;
lo cual, obviamente, acercó a Stresemann a realizar la importantísima labor que
acabaría ejerciendo.
El 29 de
agosto, el presidente Ebert, haciendo uso de los poderes que le concedía el
artículo 48 de la Constitución, y plenamente convencido de que la respuesta
ante la actitud de las derechas podía y debía ser más fuerte, emitió un decreto
por el que autorizó a las autoridades civiles a cerrar cualquier periódico
cuyos escritos incitaran a la población contra la Constitución. Sin embargo,
personas como Gustav Kahr, que recordaréis era el primer ministro de Baviera,
se negaron a ejecutar dicho decreto. El asesinato de Erzberger, sin embargo,
había abierto una zanja en el BVP, el partido del primer ministro bávaro,
creando una escisión de facto que, el
21 de septiembre, obligó a Kahr a dimitir para ser sustituido por un conmilitón
suyo mucho más moderado: el conde Hugo von zu Lerchenfeld auf Köfering und Schön berg, normalmente conoicido como conde Hugo Lerchenfeld-Köfering, que había
condenado el asesinato de Erzberger y afirmaba su voluntad de colaborar con el
gobierno Wirth.
El presidente
Ebert, sin embargo, adolecía de un problema; un problema que es universal,
porque de hecho se ha reproducido después de él, y lo sigue siendo. Ese
problema se puede formular con la frase: la izquierda siempre cree saber de la
ultraderecha más de lo que realmente sabe. Yo creo que la raíz de este problema
proviene del hecho de que todas las personas de izquierdas, y la mayoría de las de
derechas, se obstinan en no ver que la ultraizquierda no es sino una forma de
ultraderecha (o la ultraderecha de ultraizquierda, si lo preferís). Al no
establecer esa identidad, renuncian a analizar los actos de la ultraderecha a
través de la óptica de lo que hacen movimientos que conocen bien (la
ultraizquierda); lo cual, al fin y a la postre, los lleva a inventarse buena
parte de lo que dicen que saben, y a interpretar las cosas de manera errónea.
El decreto
Ebert, como muy pocos años después la Ley de Defensa de la República en España,
lo redactó un señor que pensaba que, si le niegas a un pez ultraderechista el
acuario, te pedirá que le dejes volver a respirar a través de sus branquias
otra vez y, por lo tanto, se avendrá a dejar de dar por culo. Pero no es así
como funciona el cerebro de los fascistas auténticos, sean de izquierdas o de
derechas. Un fascista está deseando
que le niegues el acuario, porque entonces tendrá toda la fuerza moral para
evolucionar, convertirse en reptil anfibio, concretamente cocodrilo del Nilo, y
comerte un pie. A los fascistas, vender su periódico por las esquinas como si
fuese Lo País, en el fondo, no les gusta. Lo que les gusta es que su periódico
esté prohibido y se imprima y lea en esquinas oscuras. Utilizando otro símil: cada vez que tú les eches siete piedras, ellos te cantarán un órdago.
El 14 de
septiembre, Adolf Hitler, acompañado por Hermann Esser y un contingente de
miembros de las SA, se presentó en la Bürgerbräukeller de Munich, donde estaba
dando un discurso Otto Ballestedt, el líder de la Bayernbund o Liga Bávara, un grupo de derechas; hombre que estaba
enfrentado con el NSDAP por propugnar la escisión de Baviera.
Esser y los SA
atacaron a Ballestedt en medio de su espich. El líder de la Liga de Baviera le
puso una querella a Hitler por incitar a la violencia, por la que el líder del
NSDAP fue condenado a tres meses de prisión el 13 de enero de 1922. Estuvo en
el maco, de hecho, un mes de junio a julio de 1922, tras de lo que fue liberado
por buena conducta.
El 20 de
octubre de 1921, el comité de los cuatro de la Liga de las Naciones hizo
público su mensaje sobre la organización de la Silesia septentrional. Como los
diplomáticos de las Naciones Unidas (o institución similar) nunca han
entendido, y nunca entenderán, que lo que se espera de ellos es que resuelvan
problemas o, por lo menos, que no los planteen nuevos, los cuatro cráneos previlegiados, entre los cuales
como he dicho creo que estaba Salvador de Madariaga, propugnaron una partición
entre Alemania y Polonia que era la que les parecía justa a ellos; pero que ni
siquiera se compadecía con los resultados del referendo. Alemania recibiría el
70% del territorio y el 57% de la población; mientras que Polonia se llevaba
casi todo lo crema del Triángulo Industrial: casi todas las grandes fábricas,
el 76% del carbón que producía la región, el 80% del zinc, el 97% del hierro, y
todas las grandes plantas eléctricas.
Aquello fue
visto en Alemania como lo que era para Alemania: una enculada world class. Como ya os he dicho, el
principal problema que tenía el plan de los cuatro es que no era completamente
consistente con el referendo, ya que el referendo había tenido, por lo general,
tenues victorias alemanas en las ciudades industriales. Los diplomáticos habían
analizado la cuestión para llegar a sus propias conclusiones sobre cuál debía
ser la partición del territorio atendiendo a razones históricas, culturales,
demográficas y demás. En realidad, sin embargo, lo que estaban haciendo era
crear una cuarta realidad. Si el tema silesio ya estaba emputecido por la
existencia de una visión alemana, una polaca y otra generada por el referendo,
ahora aparecía una cuarta, que era el pensamiento de estos cuatro pollos. Se
les había llamado para trabajar desde los
resultados del referendo, pero ellos decidieron trabajar a pesar de los resultados del referendo.
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